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Para una reorientación de la sociología del conocimiento

Toharia, José Juan

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Toharia, José Juan

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PARA UNA REORIEN'rACION DE LA SOC1O:LOGfA DEL CONOCIMIENTO JoséJuan Toharia (Uniuersidad Autónoma de Nadrid) Entre todas las subáreaa sociológicas probablemente la sociologia del conocimiento es la única que se presenta aiin dominada, muy sustancialmente, por enfoques y puntos de vista que a ctstas alturas del Último cuarto del siglo xx resultan claramente calificables tle presociológicos, cuando no de asociológicos. Una posible razón para que ello sea así consiste en la indiscriminada etiquetación como asociología del conocimiento)> de prácticamente todo tip0 de indagación gnoseológica. Para acabar con el presente estado de cosas se plantea aquí la necesidad de llevar a cabo una doble tarea: por un lado, delimitar claramente, y de una vez por todas, Sociologia del Conocimiento y Teoria del Conocimiento, evitando asi la atribución a la primera de temas y enfoques propios en realidad de la segunda; y por otro, proceder a una criba de 10 que generalmente suele catalogarse bajo la etiqueta ccsociologia del conocimiento)>, desalojando mucho de 10 hasta ahora allí acogido y, sobre todo, acogiendo a mucho de 10 hasta ahora no abarcado. Cómo podria efectuarse este corrimiento de lindes de 10 entendible stricto sensu por Soc~iología del Conocimiento,, de modo que dicha especialidad adquiriese un ~más vigoroso status socic)lógico es 10 que, en detinitiva, intenta exponer e1 presente articulo. Papers: Revista de Sociologia 6 (1976) Dentro de la sociología occidental contenlporánea la sociología del conocimiento es sin duda la 5;ubespecialidad que presenta -aparentemente al menosperfiles más imprecisos, gaseosos y huidizos y que mayor sensación de estancamiento, desoientación y cor~fusión tlransmite a quien, por primera vez, a ella se acerca. No es de extrafiar que asf sea si en dhlitiva -y como ahora espero mostrarde 10s tres grand~es enfoques o p:~radigmas (en el sentido kuhniano del drmino) que cabe inventariar corno artiailadores de su contenido dos --explícitosconducen a callejones sin salida, al menos para el sociólogo, y por tanto a estiriles argumentaciones circulares, mientras que el tercero -latente-, no suele presentarse etiquetado como <tsociología del conocimiento)>. Así las cosas, zcómo extrafiarse de que en la subdisciplina reine un cierto clima de confusión y desorden? Lo que aquí me propongo establecer es, justamente, que mediante un simple desplazamiento de 10s lindes acotadores de lo etiquetable como <tsociologia del conocimientou (de modo que parte de 10 que hasta ahora no era abarcado quede dentro, y fuera mucho de lo hasta ahora recogido) resulta posible disipar la brumosa condición de la subdisciplina y sustituir la impresión de estiril estancamiento por otra de fértil productividad. En totras palabras: que existe una pujante, vital, sociología del conocimiento, s610 que ni autoetiquetada asi ni sistematizada en un esquema unitari0 y, por tanto, floreciendo, dispersamente, extramuros de 10 oficialmente ent~endido por sociología del conocimiento en 10s círculos académicos. Pero antes de entrar a (considerar ese tercer, latente, gran enfoque reconocible por sus resultados -ya que no por su noml~recomo sociologia del conocimiento, veamos primer0 10s otros dos, autoetiquetados como <tsociología del conocimiento)> pero cuya verdadwa condición de tales, pese a su generalizada aceptación, me resulta cuestionabk. Tenemos, por un lado, una primera gran --y ya clásicaperspectiva teórica en torno a la cual se ha solido vertebrar la orientación y contenido de la sociología del conocimiento, que, sirl embargo, no constituye, en <<Papersa: Revista de Sociologia puridad, una sociologia del conocimiento sino más bien una sociologfa para el conocimiento (o, quizá mejor alin, una sociologia para un mejor conocimiento). Se trata, en efecto, de una perspectiva que, en realidad, 10 que persigue no es tanto el estudio sociológico de 10s entramados ideacionales y simbólicos objeto del conocimiento cuanto el estudio de 10s condicionamientos sociales de la misma actividad cognoscitiva. Lo que en el fondo de este enfoque late es, sencillamente, el intento de, con la ayuda de la sociología, llegar a conocer mejor. Enlaza con ello con uno de 10s grandes, seculares, temas de la especulación íilosófica, la teoría del conocimiento, a la que vendria -supuestamentea aportar un Último, dhitivo eslabón. La indagación acerca del conocimiento habría alcanzado su cenit al acceder a un estadio ctsociológico~> (entendiendo por tal simplemente -y de ahí el entrecomillado del adjetivola toma en consideración de factores sociales además de, o sobre, 10s de orden lógico o psicológico tradicionalmente contemplados: el énfasis pasarfa a desplazarse de las facultades cognitivas de 10s individuos sujetos del conocimiento al entorno social desde el que 10s mismos conocen). Así, y por decirlo con formulación un tanto contundente (y por tanto tan s610 aproximada) si con Descartes, por ejemplo, la teoria del conocimiento aparecía centrada en 10s obstáculos de orden lógico, y con Kant en 10s de orden psicológico de la actividad cognoscitiva, con Mannheim (por utilizar el nombre de un significado exponente de esta primera orientación teórica que estamos considerando) el énfasis aparece desplazado a 10s condicionamientos sociales del conocimiento. En suma, y por decirlo con expresión mertoniana, ante 10 que aquí nos hallamos es, en realidad, una teoria sociológicg del conocimiento más que ante una sociologia del conocimiento propiamente dicha. Teoria sociológica del conocimiento ésta que, a su vez, puede ser descompuesta en dos subenfoques diferenciados, si bien estrechamente interpenetrados y aun mutuamente implicados: por un lado, un enfoque centrado fundamentalmente en determinar las condiciones para acceder a un conocimiento objetiva y absolutamente verdadero; por otro, un enfoque orientado al desenmascaramiento del falso conocimiento. O 10 que es igual, una sociologia de la verdad frente a una sociologia de la ideologia (o falso conocimiento). La primera subvariante (<(sociologia de la verdad),) puede ser identificada con el itinerario intelectual Marx-Scheler-Mannheim (itinerario, me apresuro a aclarar, acumulativo no lineal sino contrapunteadamente, obrando Mannheim de catalizador que amalgama en un todo trabado elementos teóricos de procedencia y significación muy dispares). La línea argumental marxiana (una entre tantas posibles de aislar en la prolija y en puntos ambigua producción de Marx) que va a servir a Sociologia del conocimiento Mannheim de punto de partida para la elaboración de su propio esquema puede quedar sintetizada en 10s siguientes clos grandes puntos: por un lado, la conocida afirmación contenida en el postfacio a la Critica de la Economia politica: es el ser social del hombre 10 que determina su conciencia, y no a la inversa. Dictum marxiano éste, dicho sea de paso, tan tajante como ambiguo, susceptible por tanto de ser desarrollado en mis de una dirección (según que por <(ser social>> se entienda el origen social, o la trayectoria vital, o el entorno relacional, et(: ...) 'La lectura que Mannheim va a realizar de la sociologia del conocimiento marxiana va a basarse en la identificación de <(ser social>> con origen social. Así, el conocimiento estaria asentado socidmente: cada clase social lleva implícita una determinada perspectiva noética u horizonte mental que comparten todos sus miembros componentes. El conocimiento 10 es así, siempre, irreductiblemente, desde unas determinadas coordenadas sociales. Por otro, la escisión de la sociedad industrial-capitalista en dos grandes y antagónicas clases: burgueses y proletarios, correspondiendo a 10s segundos el protagonismo histórico final. De la fusión de ambos puntos resulta qule el mundo del conocimiento se presenta escindido en dos, correspondiendo cada mitad a una de las dos grandes clases citadas. Ahora bien, al ser la burguesía una clase llamada (siempre según el análisis marxiano) a desaparecer, a igual suerte aparece irremisiblemente destinado el entramado idleacional-simbólico sobre ella sustentado. El conocimiento burgués no es, así, verdadero conocimiento sino conocimiento ideológico, alienado, de inferior entidad, por cuanto efimero y transitori0 (al ir ligado a una clase cuyo abandono de la escena histórica se afirma inminente). Mannheim recoge, en 10 sustancial, esta argumentación -asi leída por 61 en 10s textos mamianossi bien introduciendo en la misma dos sustanciales retoques: por un lado -y en la estela weberianarelaciona la existencia de estilos de vida y horizontes mentales diferentes no ya con clases sociales sino con 10s gmpos de status encontrables en la sociedad. Así, para 61, habrá en la sociedad tantas Wdtanschauungen cuantos grupos de status diferenciados existan en la misma. Con ello da a su esquema teórico un alcance no limitado ya exclusivamente a las sociedades capitalistas. Por otro lado, no efectúa entre tales grupos de status una jerarquización en base a su diferencial y supuesto protagonismo histórico;, en (:onsecuencia, la Weltanschauung ligada a cada uno de dlos se encuentra en pie de igualdad con las demás en cuanto a grad,o de cercania a la verdad objetiva, absoluta: sencillamente, cada sector social constituye un espejo que ofrece un reflejo tan s610 limitado, parcial, de la verdad. S610 sumando, hipotéticamente, la totalidad de horizontes mentales encontrables seria pensable la aprehensión <(Papers)>: Revista de Sociologia plena, total, de ésta. Asi, cada horizonte mental es igualmen.te correcto --o falso; cada uno de ellos no ofrece, en suma, sino <(SUD vcrdad, la porción de la verdad absoluta alcanzable desde su perspectiva. En esto consiste el relacionismo mannheimiano, que no relativismo. De caer en éste le libran, en efecto, 10s elementos incorporados del pensamiento de Max Scheler. Para Scheler tal cosa como la verdad absoluta y total, independiente de tiempo y espacio, existe realmente. S610 que no siempre resulta igualmente perceptible: su captación aparece mediada por el efecto filtrante (variable se& épocas o lugares) de 10 que denomina <(factores realem. En función de la operación de éstos resulta posible que en culturas y/o en momentos determinados se produzcan vislumbres -parciales, fugacesde la verdad absoluta y eterna. Asi, y como señala Coser, logra Scheler aunar relativismo socio-cultural y creencia en una platónica dimensión de esencias inmutables. La incorporación de este componente a la perspectiva derivada de Mam ya delineada va a cristalizar en la sociologia sintética mannheimiana (etiqueta ésta, dicho sea de pasada, utilizada ya por Spencer, si bien en sentido bien distinto): la tarea del sociólogo --en concreto, del sociólogo del conocimientohabrá de consistir justamente en abstraer del horizonte mental de cada sector la verdad parcial que contiene para proceder así a la construcción, mediante su suma, de conocimiento verdadero, completo y absoluto. Tarea ésta que resulta pensable porque para Mannheim 10s intelectuales (y por ende 10s sociólogos) constituyen un grupo social en libre flotación; es decir, un grupo que al no hallarse amarrado a unas determinada~ coordenadas sacio-estructurales disfruta de un horizonte mental libre de constriñentes y limitantes cortapisas. La sociologia del conocimiento tendria así como meta última y grandiosa ni más ni menos que la construcción de la verdad. Desde el segundo subenfoque (el que he etiquetado como sociologia del falso conocimiento) 10s entramados ideacionales y simbólicos pasan a aparecerse sencillamente como <tideologías)>, esto es, como racionalizaciones al servicio de intereses, desprovistas por tanto de toda otra entidad o sentido. Desde esta perspectiva no hay idea ctinocenten: toda idea sirve, apuntala o justifica intereses. Como en el caso de la <tsociología de la verdad, esta sociologia de la ideologia tiene también su punto de arranque en la sociologia del conocimiento marxiana: el conocimiento burgués, aun cuando inherentemente falso (dada su irremediable falta de sintonia con el sentido que anima la dinámica histórica) subsiste sin embargo porque es funcional: puede ser utilizado como arma de dominación. Esto es, en el mismo cabe discernir, junto al componente de falsedad, un componente de funcionalidad. De ahí que para la sociologia del conocimiento marxista haya constituido siempre la preocupación fundamental el desenmascara- Sociologia del conocimiento miento del pensamiento burgués. Preocupaciijn que se concreta, por citar dos ejemplos contemporáneos algo distantes (en tiernpo y alcance) pero igualmente significativos, tanto en The Professional Ideology of Social Pathologist de un C. W. Mills (A.J.S., 1943) como en el Conocimiento e intereses humanos, de un Habermas (e.0. 1968). Esta sociologia de la ideologia (que cabe también denominar teoria del interés por cuanto sienta que todo conocimiento es interesado) no es identificable, sin más, con sociologia del conocimiento marxista. Similar vocación desrnitificadora o desenmascaradora anima en alguna medida, como apunta Merton, al psicoanálisis, al semanticismo, al análisis de propaganda, ell paretianismo e inclusa al funcionalisrno (Merton, 1957:458), <:s dlecir, a toda una serie de enfoques teóricos. Se trata, en todo caso, de un subenfoque ampliamente cultivado (el inventario levantado por Birnbau~n para el período 1940-1960, publicado en 1960 en Current Sociology, constituye testimonio fehaciente al respecto) y de permanente actualidad (corno, por citar un ejemplo de última hora, atestigua la publicación en 1974 del Hermeneutic Philosophy and the Sociology of Art -ldondon, Routledge-- de Janet Wolff -U. de Leedsque se basa en la combinación de un enfoque fenomenológico con el método hermenéutico elaborado por Gadanner y Habermas). Varias son las criticas que podrian hacerse a esta teoria de la ideologia. Entre ellas -y al basarse en la consideración de la funt:ionalidad de 10s entramados ideacionales-simbólicosla rnisma justamente que suele formularse a todo análisis funcionalista: la trampa teleológica, la tentación de confundir función con causa. Asimismo, more durkheimiano, cabria cuestionar, quizá, el sentido de un enfoque que destruye (al sentar ,su mera condición aparencial) aquell0 mismo que estudia. Pero sobre todo cabria argüir que llegar, en suma, a la conclusión de que no hay que fiarse, ingen~iamente, de las ideas en nada explica ni cómo surgen, ni cómo se &funden: tan sólo cómo son utilizadas. Y aun ello tan s610 parcialmente ya que la atención sólo es centrada en la intención del manipulador dando -gratuitarnentepor sentados sus efectos sobre el manipulado. De hecho este tema (el estudio del efecto de 10s entramados ideacionales y simbGlicos sobre el públic0 al que van destinados) ha constituido, curiosamente, una tradición de ya más de tres décadas en la sociologia norteamericana --que en cambio s610 recientemente recibió la sociologia de la ideologia. ((En este sentido es en el que hay que entender probablem~tnte la afirmacióri mertoniana de que 10s análisis de audiencia omparon, en Estados Unidbs, el lugar de la sociologia del conocimiento.) Si la primera gran perspectiva teórica que tradicionalmente ha vertebrado a la sociologia del conocimiento no pasa, en realidad, y como hemos visto, de constituir una teoria sociológica del conocimiento, al segundo <<Papers#: Revista de Sociologia enfoque que vamos ahora a considerar se le quedan estrechos, por su parte, 10s márgenes correspondientes a una mera subdisciplina del tronco sociológico tendiendo en consecuencia a desbordarse en teoria sociológica pura y simplemente. $En efecto, en su Social Construction of Re~lity (publicado en 1966 y subtitulado <(Un tratado de sociologia del conocimiento)>) Berger y Luckmann se proponen reorientar drásticamente a la subdisciplina sacándola de las pantanosas aguas epistemológicas en que, atrapada, solia vegetar. Su fórmula milagrosa para ello consiste, sencillamente, en variar el tema central que ha de ocupar a la sociologia del conocimiento; o lo que es igual, en redefinir 10 que habrá de enrenderse por <(conocimiento)>. Generalmente, señalan, por conocimiento ha solido entenderse ideas, entramados ideacionales y simbólicos. Ello implica -argumentany una empobrecedora reducción: la sociologia del conocimiento debe, por el contrario, ocuparse de <tcuanto pasa por conocimiento en una sociedad),. Es decir, no s610 de ideas (o sea, construcciones trabadas y autocontenidas) sino también y sobre todo ese conocimiento de sentido común que constituye la trama de significados compartidos que hace posible la existencia misma de la sociedad en cuanto tal. Mas no se trata de un mero análisis de la estructura y contenido de ese <(conocimiento de sentido común)>: el10 equivaldria a hacer de la sociologia del conocimiento una especie de sociologia de la cultura sustancialmente entresolapada con el quehacer de 10s antropólogos. Lo que el soci6logo del conocimiento debe hacer, afirman Berger y Luckmann, es estudiar cómo ese conocimiento es construido (10 cua1 --cabe añadir-, implica elevar la sociologia del conocimiento a la categoria más general de teoria sociológica sin más, por cuanto se le encomienda el análisis de cómo mediante la construcción de conocimiento compartido es hecha posible la vida en sociedad). Asi, si a la raiz de la tradición que he denominado <(teoria sociológica del conocimiento)> se encontraba la obra de Marx, en la base de esta segunda concepción de la sociologia del conocimiento cabe detectar influencias durkheimianas y, via Schütz, weberianas, ~i~nificativarnente simbolizadas en la afirmación de la realidad como construida -pero socialmente construida. Tenemos asi que mientras que la teoria sociológica del conocimiento no llega en realidad a ser sociologia (al quedar más bien dentro de los linderos frlosóficos de la epistemologia), la sociologia del conocimiento de Berger y Luckmann es en realidad más que eso: toda una teoria explicativa de la vida en sociedad. Ambos enfoques aspiran al monopolio de la etiqueta <{sociologia del conocimiento>>. Fuerza es reconocer, sin embargo, que 10 que he denominado <<teoria sociológica del conocimiento>> ha tenido mucho más éxito en tal pretensión: dentro del ámbito sociológico -y aun fuera de 61tiende, 1 Sociologia del conocimiento en efecto, a ser identificado sin mis y auton~áticamente con la sociologia del conocimiento. Para muchos, Mannheim sigue siendo el más autorizado portavoz de la disciplina y la ideologia su mi:; especifico objeto de estudio. Esta generalizada identificación de la sociología del conocimiento con un enfoque que, desde 10s cánones de la sociología occidental contemporánea no resulta propiamente sociológico sino más bien filodfico, ha tenido por efecto el encarrilar a la subclisciplina hacia derroteros diferentes de 10s de las demás subramas sociológicas. Centrada ei1 efecto asi la sociologia del conocimiento en la consecuci6n de conocimiento verdadero y/o en el desenmascaramiento de conocimiento falso -es decir, en una labor epistemoIógica de carácter básico y previno se ha podido producir en la misma (al menos no con igual intensidad) la recepción de la orientación positivista que, en cambio, ha impregnado en las últimas tres décadas al resto de las especialidades sociológicas. Lo que bajo la etiqueta <csociologia del conocimiento)> se ofrece hoy sigue en buena n~edida presentando 10s rasgos típicos de las especulaciones filosóficas del idealismo alemán más o menos tamizadas por un cierto barniz <csociológico~>. Por otra parte, esta tendencia a identificar sociologia del conocimiento con teoria del conocimiento, a más de borrar las diferencias entre ambas, ha contribuido a difuminar 10s lindes entre éstas y la filosofia de la ciencia y la metodologia de las ciencias sociales. Así concebida la sociologia del conocimiento lleva pues camino de, perdida toda especificidad, convertirse en vago termino passepartout aplicable a toda indagación gnoseológica. Lo menos que cabe decir de una tal sociología del conocimiento es que est6 claramente desfasada, anclada aún en planteamientos decimonónicos. Como sociólogos, planteémonos qué pensariamos (y no creo hacer demasiada caricatura en la trasposición) de, por ejemplo, una sociología de la familia o de la religión que, a estas alturas, se estructurase en torno a preguntas del corte de ¿cuál es la familia ideal? 2Y la religión vtzrdadera? ¿En qué puede el análisis sociológico ayudarnos a determinarlo? ~Qué condiciones sociales propiciarian su consecución y cuáles, por el contrario, la dificultarían? No parece, en suma, arriesgado afirmar que estamos ante una via muerta -siempre desde la perspectiva del sociólogo, que en nada pretendo menoscabar la importancia y entidad de 10s problemas epistemológicos sino tan sólo subra~ar que su consideración compete al aósofo, no al sociólogo. Via muerta s610 superable con la implantación, en la sociologia del conocimiento, de un paradigma alternativo que la oriente en sentido similar al seguido por las restantes subespecialidades sociológicas. Y ell0 nos lleva al tercer enfoque anunci~do -y descrit0 como en estado latente-. En efecto, desde Montesquieu y Tocqueville al menos (piénsese en el De I'esprit des lois del primero o en la segunda parte de la ct Papers,: Revista de Sociología Démocratie en Amérique del segundo) existe una tradición de análisis de 10s fenómenos ideacionales que cabe denominar como positiva (en el sentido de tomarlos como un datum, procediendo a indagar sus relaciones con factores sociales rnás que a cuestionar su entidad o validez últimas). Se trata, por supuesto, de una tradición de mucha menor profundidad y garra íilosófica que la hasta ahora dominante (no se centra, sencillamente, en cuestiones últimas, de principio) 10 cua1 posiblemente explique que en la lucha por el monopolio de la etiqueta <tsociologia del conocimienton no pudiera competir con la brillante aparatosidad de la wissensoziologie. Pero en cambio se trata de una perspectiva mucho más susceptible de cuajar en investigaciones concretas, de adoptar el punto de vista empirico, verificador de la sociologia contemporánea. Esta sociología del conocimiento latente, extramuros, no se enalentrg, a diferencia de los dos enfoques ya vistos, formulada explícitamente, de modo unitari0 y coherente, en un paradigma que incardine a cada aportación individual en un determinado continuo teórico. Su misma dispersión podria inducir a creer en su no existencia. Lo que me propongo establecer ahora es justamente que bajo toda una serie de etiquetas (tales como SOciologia del arte o de la literatura) o bajo ninguna etiqueta concreta han ido apareciendo toda una serie de aportaciones, al margen generalrnente de 10 dcialmente establecido -y catalogadocomo sociologia del conocimiento que, sin embargo, cubren el área de estudio que en realidad corresponde a dicha parcela sociolbgica. Establecer el hi10 conductor que enlaza a todas esas -en apariencia independientes, no relacionadasaportaciones poniendo asi de relieve la existencia desapercibida de una autentica sociologia del conocimiento es, pues, asi mi intención aquí. Para proceder a esta labor de ordenación y sistematización concebiremos a este tercer paradigma como centrado sencillamente en estudiar la iduencia de factores sociales en la creación, institucionalización y difusión de entramados ideacionales y simbólicos. Definición que ni prejuzga cuáles, de éstos, sean más correctos o más falsos (ni, por lo tanto, presupone un patrón valorativo que ayude a determinarlo), ni extiende el término conocimiento a algo tan vago, difuso y omnipresente como el mundo de significados comunes cotidiano. Parte, por el contrario, simplemente del hecho de que existen determinados entramados ideacionales y simbólicos, estructurados y autocontenidos; que la aparición de 10s mismos parece guardar claras concomitancias con determinados factores sociales, asi como su aceptación -o su difusióno no. Con una tal definición quedan marginadas las especulaciones sobre la posibilidad de conocimiento verdadero y 10s condicionamientos sociales del mismo: especulaciones, como ya queda dicho, de corte filosófico y que, en todo caso, I Sociologia del conocimiento trar su atención en uno s610 de tales irracionales motores de actividad creadora: el resentimiento. En su El resentimiento en la estructuración de la moral, publicado originariamente en 1912, Max Scheler no viene, en realidad, sino a prolongar y ampliar un vislumbre contenido en la nietzscheana Genealogia de la moral: la co~diguración del resentimiento como fermento generador no ya sólo de la moral cristiana -que era el argumento de Nietzschesino de toda una serie de formulaciones éticopolítico-religiosas. Vislumbre éste que, a su vez, será prolongado por la obra del sociólogo sueco Svend Ranulf Mc~ral Indz'gnation and Middle Classe Psycho~logy : A Sociobgicd Study ( 193 8) que desvela el componente de resentimiento aislable a la raíz de las reacciones de indignación propias de la clase media ante transgresiones de 10s mores prevalecientes. Más recientemente, en 1966, y siemprt: en esta Ifnea, el sociólogo austriaco Helmut Schoeck ha publicado su Enzidia: Una teoria de ;la conduct~ social, estudio tan turbador como sugestivo en el que sienta el papd estructurante básico que desempeña este sentimiento no ya s610 respecto de entramados ideacionales y simbólicos aislados y concretos sinio inclusa de sistemas sociales y culturales. Una segunda manera (sustancialmente afin a esta primera) de abordar el efecto condicionante --en cuanto a contenidosobre 10s productos culturales de rasgos psicológico-vivenciales de SLLS creadores puede ser identificada con el psicoanálisis. Concebido origin:ariarnent(: como técnica terapéutica (más que como enfoque de alcance mis general) no tard6 sin embargo en ensanchar su radio de aplicabilidad. En 10 que aquí nos interesa, el propio Freud contribuyó a el10 con sus escritos sobre arte y literatura (por no mencionar ya su estudio psicoanalítico del presidente norteamericano Woodrow Wilson en que pretendia desvelar las claves psicológicas profundas de su pacifismo e internacionalisrno). En un ensayo de 1908 sobre la creación literaria, por ejemplo, Freud compara la creación (y lectura) de literatura de ficción con una especie de soñar despierto, cuyas fantasias permiten satisfacer deseos que -escribe F'reud- <cpueden ser fácilmente divididos en dos grupos: o son deseos de ambición, que exaltan a la persona que 10s crea, o son eróticos)>. A(~ue1las novelas que tienen un héroe invencible, protegido por la providencia, contribuyen a satisfacer deseos de gratificación del ego. En palabras de Freud: <<se me antoja, sin embargo, que este significativo rasgo de invulnerabilidad ciertamente trasluce a Su Majestad el Ego, el héroe de todas las ensoñaciones y novelas)>. En suma, viene a decir Freud, por un lado las novelas constituyen vehicu10s para la satisfacción de deseos de gratificación del ego o de deseos eróticos; por otro, las novelas con héroes poderosos, invulnerables, son las que especialmente satisfacen 10s deseos de gratifjcación del ego. Afirmaciones <<Papers)>,: Revista de Sociologia éstas que George Huaco ha elaborado en hipótesis susceptibles de confirmación o rechazo por la investigación empírica. Así, por ejemplo, sugiere Huaco, cuanto menos satisfaga una novela deseos de gratificación del ego más tender6 a satisfacer deseos eróticos, y viceversa. Lo mal -arguye Huaco, si bien de modo s610 tentativo y exploratorioparece quedar confirmado en el caso de la novela europea de 10s últimos tres siglos: mientras que la novela europea de 10s siglos XVIII y XIX se caracteriza por la presencia de héroes o protagonistas poderosos, invulnerables, la pauta en tiemps recientes ha sido la gradual desaparición de protagonistas poderosarnente individualizados, reemplazados por antihéroes pasivos. En este contexto, concluye este autor, la hipótesis derivada de Freud nos lleva a predecir que a medida que la novela resulta menos capaz de gratificar al ego, habrá de compensarlo concentrándose en la satisfacción de deseos eróticos. En otras palabras, a predecir que en contraste con la novela decimonónica la novela del siglo xx contendrá mis, y mis explícitas e imaginativa~, referencias sexuales -10 mal parece ser efectivamente el caso. En esta lííea freudiana de explicación de productos culturales sobre la base exclusivamente de claves psicoanalíticas cabe mencionar, como ejemplos llamativos, 10s estudios de Erik Erikson sobre Lutero y Gorki. Por otro lado, la concepci6n asimismo freudiana de 10s productos culturales como balsámicas respuestas a situaciones de tensión y angustia (formulada, por ejemplo, en el estudio de Freud <(Acciones obsesivas y prácticas religiosass) hali6 ulterior desarrollo y aplicación en, por ejemplo, el Mito del nacimiento del héroe, de Otto Rank y, como aplicación no ya a productos culturales concretos (cuyo estudio en suma corresponde a la sociologia del conocimiento) sino a sistemas culturales globales (tema éste correspondiente más bien a la antropologia) por Malinowski. (En este respecto, y entre paréntesis y como variante de segregación de entramados ideacionales por situaciones de tensión no ya psicológica, sino estructural, cabe recordar el análisis de Sutton et alii del American Business Creed.) Pero existe también, y por último, una tercera y más complejizada forma de entender el condicionamiento vivencial sobre el contenido de 10s productos culturales. Los orígenes intelectuales de la misma pueden ser encontrados en Mam y Veblen: la célebre afirmación del primero <ces el ser social el que determina la conciencia, y no a la inversa)> puede, en efecto, ser interpretada como un reconocimiento explicito de la impor tancia de la trayectoria o experiencia vital en la determinación temática de las creaciones intelectuales. En cuanto a Veblen, en su The Place of Science in Modern Ciuilization and Other Essays (1891-1913) escribe: <(La trama del pensamiento o del conocimiento es, en buena parte, una reverberación de las tramas vitales.>> Asi, las distintas perspectivas y experiencias vitales Sociologia del conocimiento asociadas a posiciones sociales y roles ocupacionales distintos son susceptibles de influir, diferencialn~ente, en la temiitica de 10s entramados ideacionales y simbólicos elaborados por ocupantes de 10s mismos. Sobre esta perspectiva básica teórica (objeto de particular atención y desarrollo por cierta psicologia social conternporánea epitomizable en las investigaciones de Milvin Kohn) incorpora atlemás ---esta tercera estrategia anallticalas aportaciones más significativas del psicoanálisis y de !a teoria de 10s roles consiguiendo asi un enfioque que considera no s610 ya a 10s factores vivenciales-personales sino también a 10s factores socioestructurales encontrables a la base de éstos Esta tercera orientación (la más puramente sociológica de las tres consideradas) queda representada por cuatro recientes estudios tan originales como apasionantemente iluminadores. Tenemos en primer lugar el estudio (publicado no hace aún una década) realizado por John Raphael Staude sobre la figura de Max Scheler (1967), en que muestra la relación entre determinados cambios en el sistema de pensamiento de este autor y ciertas cirtxnstancias personalafectivas en la vida del mismo. Perspectiva 6st.a que asimismo utiliza Lewis Feuer en su trabajo de 1968 ctThe Character and Thaught of Karls Marx: the Promethean Complex and Historical R/[aterizlism)>, en que intenta nlostrar cómo 10s sucesivos retoques y matizaciones en la doctrina marxiana mis que responder a desarrollos teórico-especulativos no constituyen sino la respuesta -sublimada, abstractizadaa problemas y tensiones de su vida afectiva-familiar. .En tercer lugar, tenemos el The Iron Cage, de Mitzman (publicado en 1969) que intenta desvelar el fondo vivencial neurótico-angustioso que explicaria -entre (tros muchos aspectos de su obrala concepción weberiana del futuro (como <(una jaula de hierro)>. El último y más reciente estudio (publicado por Basic Books en este mismo año de 1975) es obra de John M. Cuddihy (Tbe Ordeal of Civilicity: Freud, Marx, Léui-Strauss and the Jewish Struggle with Modernity) quien argumenta que 10s sistemas teóricos desarrollados por Marx, Freud y LéviStrauss resultan, en buena parte, de su rechazo de 10s modos y ritos de la sociedad gentil. A primera vista, quizá pudiera parecer que estoc ; cuatro textos constituyen solamente biografias más o menos <tsociolÓgicas)> de las figuras considerada~. En realidad no son eso. Por el contrario, constituyen brillantes, sugerentes -y, por supuesto, discutiblesexploraciones del peso de factores socio-estructurales sobre las vivencias afectivo-personales más directamente intervinientes en el proceso de creación intelecrual. Ello, creo, constituye titulo suficiente para reivindicar su p11:na pertenencia al área de la sociología del conocimiento. Hasta aquf, he considerado la influencia de factores sociales en 10s con- ccPaprs>): Revista de Sociologia ceptos y categorias con que son elaborados 10s productos culturales, asi como en su contenido. Hay además un tercer aspecto en que tal influencia es susceptible de ser detectada: la forma que 10s mismos revistan. Este énfasis en el condicionamiento social de la forma arranca de Lukacs, quien en 1913 escribia ya que <cel principal defecto del análisis sociológico del arte es el haberse centrado en el tema de las creaciones artisticas, tratando de establecer una conexión directa entre el mismo y determinadas condiciones económicas, siendo asi que lo verdaderamente social en la literatura es la formal>. Ahora bien, esta influencia social sobre 10s aspectos formales de 10s entramados ideacionales y simbólicos puede ser abordado a dos niveles según 10 que, especifica y concretamente, se entienda en cada caso por <(formal>. Podemos, en efecto, por un lado, designar como forma al modo de presentación del contenido de una determinada obra, esto es, a su estilo, y preguntarnos asi en qué medida se ve éste condicionado por factores sociales. Lewis A. Coser ha realizado una indagación de este tip0 en relación con la obra de Simmel, poniendo de relieve las concomitancias entre variaciones estilisticas en la misma y cambios en el público al que iba destinada: hasta 1900 (esto es, mientras Simmel abrigó esperanzas de poder realizar una carrera académica normal) el 50 % de sus libros y ensayos son escritos en estilo académico, y el 50 % restante en estilo más fácil y asequible; pero tras dicha fecha, y perdida ya prácticamente la esperanza de integrarse en las estructuras docentes universitarias, Simmel cambia de significant other, pasando a dirigirse fundamentalmente no ya a un público académico especializado sino al público cultivado más general: desde entonces, el 72 % de su obra escrita 10 ser6 en estilo divulgatorio-literari0 y tan s610 el 28 % restante en estilo más técnico y especializado. Pero por forma podemos entender también el modo de organización interna de un producto u obra cultural: en otras palabras, su estructura; y así nos podemos plantear en qui medida la estructura de un entramado ideacional-simbólico se ve afectada por factores sociales. Esta linea de indagación se presenta asociada sustancialmente, en nuestros días, con las teorías denominadas de la homologia estructural, desarrolladas fundamentalmente por Lucien Goldmann (en su Pour une sociologie du romgn, su Introduction h la philosophie de K~nt y, sobre todo, su Le Dieu caché), por Guy Swanson (en su The Birth of the Gods) y por Lévi-Strauss (en su Tristes tropiques), y de las que, si bien en tono mucho menor, constituye un intento de aplicación mi <cToward a Sociological Analysis of French Impressionism)> leido en el Congreso de la American Sociological Association en agosto de 1970. Estas teorías (asentadas, en último término, en el vislumbre marxiano de que la sagrada familia no constituye sino una traspo- Sociologia del conocimiento sición sublimada de la familia terrena) parten de la existencia de una correspondencia isomórfica entre entramados ideacioriales y socio-estructurales: las pautas vertebradoras de estos últimos hallan un correspondiente reflejo paralelo en las de 10s primeros. Hasta ahora hemos considerado exclusivalnente la posible intervención de factores sociales en la creación de entranlados ideacionales y simbólicos, esto es, de 10 que hemos venido desrgnando como conocimiento. Podemos ahora penetrar en una segunda y distinta dimensión: ya tenemos creado el conocimiento; ~qué es 10 que esplica, a partir de este punto, que el mismo encuentre una mayor o menor acogida, que se expanda e irradie o que pase desapercibido y termine por ser olvidado? Porque, en efecto, no todos 10s entramados simbólico-ideacionalelj creados en un mismo momento histórico corren la misma suerle ni siguen la misma trayectoria. En general, cabe decir que si la creación de conocimiento es un proceso fundamentalmente individual (con totlos 10s condicionamientos sociales ya apuntados) la institucionalización y difusión del mismo una vez creado depende exclusivamer~te de variables socio-estructurales. Por un lado, el nuevo conocimiento puede resultar (en cuanto a su lenguaje conceptual, contenido o forma) más o nierios sintonizado con una serie de pautas culturales-valorativas prevalecientes en la estructura social toda o, al menos, en determinados sectores de la misma. Es decir, puede encontrar un clima propicio a su recepción y a~irnil~ación, o no. A este respecto, resulta posible mencionar una serie de estudios centrados en determinar la medida en que el estado del entorno cultural o de la estructura social contribuyen decisivamente a la aceptación de determinados productos culturales, como, por ejemplo, el análisis de Peter Berger (crTowards A Sociological Understanding of Psychoanalysis~>, 1965) de 10s factores intervinientes en el éxito e inmediata (y extendida) acogida del psicoanálisis en Estados Unidos, o el estudio de Jardk y Toulmin (1973) sobre Wittgenstein y la Viena de su tiempo, o el málisis de Feigl (1969) de 10s motivos que facilitaron la recepción, en la vida intdectual norteamericana, del positivismo lógico vienés, o, por último, el estudio de Thomas Spence Smith sobre la aparición del dandysmo en la Inglaterra decimonónica (A.S.R., 1974), por citar tan sólo algunos ejemplos recientes significatives. Claro es, que si la existencia de ese clima propicio favorece la recepción de un determinado producto cultural, su ausencin origina su rechazo o, cuando menos, su no recepción. En tales casos, ese nuevo conocimiento no enraizado no desaparece, forzosamente, cle una vez por todas: puede quedar en un cierto estado de hibernación para, má!j tarde, en un clima intelectual distinto, ser finalmente recogido y asimilado. El caso de la obra tocquevilliana nos proporciona, dentro de nuestro propio campo socio- ctPapers)>: Revitsta de Sociologia Iógico, un claro y significativo ejemplo de este proceso de recepción aplazada. Ahora bien, la existencia de un clima propicio iacilita la recepción, pero no la perdurabilidad de un determinado entramado simbólico-ideacional. Para lograr ésta precisa, además, del cultivo sistemitico y progresivo que proporciona su institucionalización. En efecto, y como señala Shils, la ventaja de la institucionalización es <(que las instituciones van creando la cámara de resonancia intelectual. iLas ideas que sufren el proceso de institucionalización adquieren un mayor peso especifico>>. Ahora bien, para lograr esa institucionalización es precisa la existencia -o creaciónde lo que Znaniecki denominara circulo social: el marco institucional susceptible de enraizar el nuevo conocimiento, proporcionándole un desarroillo y difusión constante. Una nueva, incipiente, linea de investigación se centra justamente en el análisis de 10s procesos que plasmaron en la institucionalización (y por tanto permanencia y consiguiente influencia) de determinados productos culturales. Dentro de la misma cabe citar el Prophets and Patrons (1973) de Terry Clark sobre la sociologia académica francesa de principios de siglo, 10s estudios de Oberschall sobre 10s origenes de la sociologia en Alemania y Estados Unidos, el reciente libro de Keylor, Academy and Community (1975), sobre el establecimiento, en Francia, de la Historia como disciplina académica entre 1870 y 1914 y la formación en la Universidad francesa de la escuela histórica científica, o por último, el libro de 10s White, Canvases and Careers (1965), sobre 10s cambios en la organización y funcionamiento del mercado pictórico que permitieron la institucionalización del impresionismo francés. En la difusión del conocimiento (y al margen del caso de oleadas migratorias intelectuales como, por ejemplo, las originadas en Alemania -con dirección fundamentalmente hacia Estados Unidosa raíz del advenimiento del nazismo estudiada por Laura Fermi y Fleming y Baylin, o, en menor escala, en España -con dirección fundamentalmente hacia Sudaméricaa rdz de la guerra civil de 1936) desempeña un papel decisivo la existencia de cajas de resonancia adecuadas: empresas editoriales y mercado editorial. Lewis Coser --en un trabajo presentado en el Último Congreso Mundial de Sociologia, <tPublishers as Gatekeepers of Ideas),, y que constituye un avance de un libro en preparaciónha dedicado una atención pionera a las primeras; Escarpit, en su ya clásica Sociologie de la Littérature (1958) ofrece un primer, tentztivo, estudio del segundo. Queda asi delineado a grandes rasgos el que podria ser el tercer paradigma vertebrador de la sociologia del conocimiento, asi como el tip~ de estudios que podrian encontrar acogida en el mismo. Mi intención en esta exposición no ha sido asi trazar un catálogo exhaustivo de estudios --CIA- Sociologia del conocimiento sicos o de última horaencuadrables bajc~ la etiqueta <csociología del conocimienton, sino ejempliticar con la ayucla de algunos de ellos cómo podrian ser desarrellados lc~s puntos medulares dlel esquema articulador del contenido de ésta aquí lpropuesto. En esencia, dicho esquema 10 que pretende es reorientar el rumbo de la subdiscipltna a1,ejándola de la consideración de la vcrlidez del conocimiento para en carnbio centrarla en el estudio de 10 que cabria denominar trayectoria existencial del mismo: origen, institucionalización, difusión. Como escribe Paolo Tufari, <(las aíirmaciones sobre la valida del conocimiento c:onc:iernen a la kilosofía y no pueden ser resueltas definithamente en el plano de la investigación empírica. Sin embargo, la investigación ssocioló1:ica puede servir para poner en evidencia cómo en determinadas situaci0n.e~ históricas el conocimiento tiene su origen en las circunstancias ambicntales --seciales, culturales, psicológicas-, convirtiéndose a su vez en elemento condicionante de 10s ulteriores desarrollos de esas mismas circunstancias)>. Tarea ésta, a fin de cuentas, que en su fructífera humildad quizíi contribuya a curar de estériles manías de grandeza a una subdisciplina cuyos an.teriores planteamientos parecían prometer tanto como, ei1 definitiva y a lla hora de la verdad, rendían poco. Departamento de Sociología Universidad Autónoma de Madrid Cantoblanco, Madrid