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El Contexto arqueológico de la cabeza colosal olmeca número 7 de San Lorenzo, Veracruz, México

Casellas Cañellas, Elisabeth

Abstract

Hay muchas lagunas en el conocimiento de los olmecas. No se dispone de textos, ni imágenes históricas, ni tradición oral que se pueda recuperar a partir de documentos otros pueblos. El contexto arqueológico es el documento más extenso al que acogernos para conocerlos. En el trabajo se quiere avanzar tanto en el conocimiento cronológico, como en el trato conjunto de estilo y cultura olmeca, analizando el contexto de uno de los vestigios arqueológicos más notables, aunque menos comunes que la identifican, las cabezas colosales. La investigación es el primer estudio realizado a partir de excavación extensiva, vertical y horizontal, sobre el contexto arqueológico de una de las diecisiete cabezas colosales olmecas halladas en los actuales estados de Veracruz y Tabasco, en la Costa del Golfo de México. El monumento SL-53 o cabeza colosal 7 de San Lorenzo es particularmente interesante porque fue hallada in situ en 1969 y posteriormente estudiada como una de las cabezas realizadas a partir del reciclaje de un antiguo trono, del cual aún quedan señales del nicho en su costado derecho, indicando así la conexión ideológica entre tronos y cabezas colosales como imágenes del poder supremo. En el marco de referencia de que existió un poder institucionalizado a través de la autoridad de un individuo (cuyo símbolo era el trono), el reciclaje de los tronos a cabezas colosales debía producirse por causas políticas y asimismo el abandono del trabajo de tallado de una cabeza colosal dentro del conjunto de estos monumentos que comunican el ejercicio del poder político e ideológico en su sociedad, debió producirse por un cambio en las prioridades y disposiciones del poder centralizado El trabajo de tesis se centra en recuperar e interpretar los restos arqueológicos de los acontecimientos y de la conducta humana relacionados con una cabeza colosal que han dejado las ocupaciones anteriores, contemporáneas y posteriores a la colocación del monumento, en el área de estudio. El capítulo I expone de forma general el campo de las investigaciones en torno a los olmecas, las problemáticas sobre su origen, territorio, temporalidad y el estado actual de su conocimiento. El capítulo II introduce al contexto natural del área de San Lorenzo a partir de las últimas investigaciones, elaborando una nueva visión conjunta sobre el territorio y el paisaje con el que convivieron y actuaron las antiguas ocupaciones humanas. El capítulo III introduce al contexto social de San Lorenzo (local) y el área circunvecina (regional) a partir del análisis de su complejidad social, espacios y la escultura pública como protagonista de las acciones humanas de producción de espacios y a las manifestaciones públicas del poder. El capítulo IV es una síntesis del registro escultórico sobre el conjunto de las 17 cabezas halladas en los centros de Tres Zapotes, La Venta y San Lorenzo, con el propósito de recuperar la información sobre el conjunto, contrastar las fuentes con las investigaciones recientes sobre reciclaje de monumentos apuntar posibles relaciones entre ellas desde un punto de vista formal y de transmisión de la técnica. En los capítulos V y VI se exponen los datos del registro arqueológico del área donde se halló la cabeza colosal 7 de San Lorenzo. A través del análisis de la secuencia estratigráfica y del material arqueológico, sus frecuencias y distribuciones en el área de estudio, se obtuvo mayor información sobre el monumento y su datación, sobre las ocupaciones, los cambios y su relación con el monumento y la función de éste dentro del sistema socio-cultural olmeca a través de los diferentes períodos. Junto a estos capítulos, se elaboró un apéndice con los datos experimentales sobre la posible utilización de azufre durante el proceso de esculpido.

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EL CONTEXTO ARQUEOLÓGICO DE LA CABEZA COLOSAL OLMECA NÚMERO 7 DE SAN LORENZO, VERACRUZ, MÉXICO. TESIS DOCTORAL elaborada por ELISABETH CASELLAS CAÑELLAS DIRECTORA DRA. ANN CYPHERS TUTOR DR. MIQUEL MOLIST UNIVERSITAT AUTÒNOM A DE BARCELONA FACULTAT DE LLETRES DEPARTAMENT DE PREHISTORIA 2004 Quisiera agradecer y dedicar el trabajo a los habitantes de la región del hule de todos los tiempos. El estudio no habría sido posible sin la confianza y la cooperación de profesores, familiares, com pañeros y amigos que m e han ofrecido descubrir la historia an tigua de México y la pasión por el conocim iento y las ciencias sociales. Por ello necesito dar las gr acias a todos los profesor es del Departamento de Antropología e Historia de Amér ica y África de la Universi dad de Barcelona por todas sus palabras, pautas y preparac ión en licenciatura; a los profesores del Departamento de Prehistoria de la Universidad Autónom a de Ba rcelona por su acercam iento a la técnica y la ciencia arqueológica, al In stituto de Investigaciones Antr opológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México y a sus investigadores. Mi comprom iso siempre estará en deuda con mi profesora y directora Dra. Ann Cyphers, investigadora titu lar del Instituto de In vestigaciones Antropológicas, d irectora del Proyecto Arqueológico San Lorenzo Te nochtitlan. Gracias por enseñarme, por conducirme y por la confianza. En este sen tido también quisiera ag radecer todo el apoyo ofrecido por el Dr. Miquel Mo list, tutor de la tesis. Mi más sincero agradecim iento a los docto res Jo rdi Estévez, José Alcina Franch, Jordi Gussinyer, Natalia Mora gas, Merixell Tous, Victoria Solanilla y Asumpció Vila por sus directrices. Mi enorme agradecim iento a todas las personas de Tenochtitlan y a los compañeros y com pañeras del proyecto en Ten o y en el laboratorio, quienes m e han dado lo mejor de ellas, m e han protegido y me han perm itido compartir experiencias, tiempos y espacios. A todas ellas y en espe cial a Ma. Luz Aguilar, Abelardo Caam año, Livia Escalona, Juan González, Lilia Grégor, Alejandro Hernández, Eladio Hernández, Elvia Hernández, Esteban Hernández, Gerar do Jiménez, Margarita Lobato, Marci Lane, Roberto Lunagómez, Rodolfo Parra, Stacey Sym onds, Marisol Varela, Valentina Vargas y Enrique Villamar. Por la tutela de la Mtra. Judith Zurita, por la ayuda para el análisis de lítica tallada de la Arqlga. Dolores Soto, al apoyo y com promiso recibido del Dr. Alfredo Maciel y del Q. Manuel Reyes para realizar la experimentación con la dispersión de azufre, a Rogelio Santiago por las fotografía s, al departamento de cóm puto y al de dibujo del IIA. A Fernando Botas y Annick Daneels por las conversaciones sobre el tema en México DF, a Gerardo Fernández, Alm udena Gómez, Peter Jim énez y Achim Lelgemann, por las suyas en Zacatecas. Muy es p ecialmente a M. A. Nicolás Caretta, por toda su cooperación, comprensión y voluntad . A Lluís Abejez por su ayuda en los dibujos de la cerámica, a Albert Alonso por su guía en estad ística, a Bernardino Cabero por hacer milagros en el tratam iento de la s imágenes y agradecer a Rubén Rodríguez sus asesorías en quím ica. También a Hirokazu Kotegawa agradecer su com pendio de fotografías de las cabezas colosales olm ecas. A mi familia, a los abu elos Salvador y Ángela, Joan y Mercè, a m is padres Baldiri y Ángela y a mis hermanas Yolanda y Gemm a, gracias por el cariño y la paciencia. A los Batlle de México y a lo s Massaguer de Cambrils. A Carm e García, Begoña García, Catalina Simonds, y todas la s amistades, a quienes debo una enorm e disculpa por los exilios. Todas ellas me han dedicado su tiempo y su ayuda. Para la elaboración de la tesis se han recibido las ayudas a través de las becas 1994 BEAI-00228, AIRE 2002-5 y AIRE 2003-2, de l Departam ent de Universitats, Recerca i Societat de la Informació de la Generalitat de Catalunya. ÍNDICE A GRADECIMIENTOS Í NDICE Í NDICE DE FIGURAS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . I-V I NTRODUCC IÓN . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 1 C APÍTULO I A RQUEOLOGÍA OLMECA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17 I.1. Los olmecas de la costa del Golfo de México . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 20 I.1.1. El encuentro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 22 I.1.2. Las excavaciones arqueológicas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25 I.1.3. San Lorenzo: el desarrollo o lmeca m ás temprano . . . . . . . . . . . . 34 I.1.4. Tratados sobre el corpus escultórico y la iconografía olmeca . . . . . . 36 I.1.5. Las investigaciones actuales . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 40 I.2. Cronologías para la zona olm eca de la costa del Golfo . . . . . . . . . . . . . . 44 I.2.1. En los centros de la costa del Golfo de México . . . . . . . . . . . . . 44 I.2.2. En San Lorenzo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 48 I.3. Consideraciones finales del capítulo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 50 C APÍTULO II P AISAJE Y M EDIOAMBIENTE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53 II.1. El clima . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 56 II.2. La geología . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57 II.3. La geomorfología: II.3.1. La hidrografía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 60 II.3.2. La intervención humana en la formación de la m eseta . . . . . . . . . 64 II.4. La conform ación de los suelos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 66 II. 5. Biodiversidad II. 5.1. La vegetación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 71 II.5.2. La fauna . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 80 II.6. Consideraciones finales del capítulo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 85 C APÍTULO III S AN L ORENZO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87 III.1. El centro regional de San Lorenzo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 90 III.2. Patrón de asentamiento en la regi ón de San Lorenzo . . . . . . . . . . . . . . . 95 III.3. Los recursos naturales y la subsistenc ia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 101 III.4. Las interacciones regionales e interregionales en el contex to arqueológico . . 106 III.5. Complejidad sociopolítica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 111 III.6. El espacio urbano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 117 III.7. Las esculturas públicas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 122 III.8. Un apunte etnográfico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 128 III.9. Consideraciones finales del ca pítulo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 130 C APÍTULO IV E STUDIOS SOBRE CABEZAS COLOSAL ES . . . . . . . . . . . . . . . . 133 IV.1. Las problemáticas planteadas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 135 IV.2. Descripciones de las cabezas colosales . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 151 IV. 3. Observaciones comparativas sobre las cabezas co losa les . . . . . . . . . . . 222 IV. 4. Consideraciones finales del capítulo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 236 C APÍTULO V L A CABEZA COLOSAL 7 DE S AN L ORENZO EN SU CONTEXTO : LA ESTRATIGRAFÍA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 245 V. 1. Antecedentes . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 246 V. 2. Objetivos y metodología de excavaci ón y registro . . . . . . . . . . . . . . . 250 V. 3. Estratigrafía del área . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 258 V.3.1. La secuencia estratigráfica del área central . . . . . . . . . . . . . . 259 V.3.2. El muestreo a intervalos de la sección no rte del área . . . . . . . . . 278 V. 4. Reconstrucción de la secuenci a deposicional . . . . . . . . . . . . . . 280 C APÍTULO VI L A CABEZA COLOSAL 7 DE S AN L ORENZO EN SU C ONTEXTO : MATERIALES CU LTURALES ASOCIADOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 293 VI. 1. La cerámica VI.1.1. Antecedentes y metodología del aná lisis . . . . . . . . . . . . . . . 298 VI.1.2. Tipología de la cerá mica de San Lorenzo que se presenta en la área SL-53. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 303 VI. 1.3. Inferencias globales sobre la cerámica en el área . . . . . . . . . 338 VI. 2. L AS FIGURILLAS CERÁMICAS VI.2.1. Antecedentes y metodología del an álisis . . . . . . . . . . . . . . 364 VI.2.2. Descripción de las figurillas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 367 VI.2.3. Inferencias globales sobre las figurillas cerámicas en el área . . . . . 384 VI. 3. Lítica: la piedra pulida VI.3.1. Antecedentes y metodología del aná lisis . . . . . . . . . . . . . . . 387 VI.3.2. Los artefactos líticos y su dispersión . . . . . . . . . . . . . . . . . 391 VI.3.3. Inferencias globales sobre la piedra pulida en el área . . . . . . . . . 398 VI. 4. Lítica: la piedra tallada VI.4.1. Antecedentes y metodol ogía del análisis . . . . . . . . . . . . . . . 404 VI.4.2. La procedencia de la obsidiana . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 407 VI.4.3. La industria de la lítica tallada . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 414 VI.4.4. Uso y reutilización . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 419 VI. 4.5. Inferencias globales sobre la distribución de la piedra tallada en el área . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 427 VI. 5. Proporciones de materiales en cada capa . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 432 C ONSIDERACIONES FIN ALES . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 435 B IBLIO GRAFÍA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 469 A PÉNDICE I E STUDIO SOB RE LA ALTERACIÓN DEL BASALTO A PARTIR DE DISPERSIONES SULFÚRICAS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 515 A PÉNDICE II C ATÁLOGO DE FORMAS CERÁMICAS . . . . . . . . . . . . . . . . . . 527 I RELACIÓN DE FIGURAS Capítulo I: Arqueología olmeca Figura I.1. Sitios con escultura olmeca en la costa del Golfo de México (González Lauck, 2000:365). Figura I.2. Tabla con la secuencia cronológica de Tres Zapotes y La Venta (Bernal, 1968: 166, tabla I). Figura I.3. Tabla con la secuencia cronológi ca de San Lorenzo Tenochtitlan y Mesoamérica (Coe y Diehl, 1980, Grove, 199 7:54, Fig.2). Figura I.4. Tabla con la secuencia cronológica de San Lorenzo Tenochtitlan. Capítulo II: Paisaje y medioambiente Figura II.1. Mapa de la región olmeca en la costa del Golfo de México, en los estados de Veracruz y Tabasco (Ortiz y Cyphers, 1997:32). Figura II.2. Cambios en la red hidrogr áfica dete ctados en la región de San Lorenzo (Ortiz y Cyphers, 1997:33). Figura II.3. Unidades geomorgológicas identificadas en la región de San Lorenzo y su relación con los niveles de inundación (Ortiz y Cyphers, 1997:40). Figura II.4. Denom inación de los suelos en base a estudios anteriores citados en e l texto. Figura II.5. Manchas de comunidades prim arias de bosque tropical, al este de San Lorenzo. Figura II.6. Vegetación autóctona para alimento y m edicina (Martínez Alfaro, 1967:107-123). Figura II.7. Vegetación autóctona ma derable (constr ucción, mangos de útiles) y para cercas, se agregó a esta tabla la vegetación de donde se procesa el látex, así como las fibras, los forrajes y los amarres (Martínez Alfaro, 1967:10 7-123). Figura II.8. Vegetación autóctona para ornato (Martínez Alfaro,1967:107- 123). Figura II.9. Vegetación secundaria autóctona (Martínez Alfaro, 1967:107- 123). Capítulo III: San Lorenzo Figura III.1. Tabla de tipos de sitios y características generales (Symonds et al. , 2002:40). Figura III.2. Tabla sitios en la región de San Lorenzo y estimación de densidad de población para las fases preclásicas (Sy monds et al. , 2002:57) . Figura III.3. Mapa de la meseta de San Lorenz o realizado por Krotser (Coe y Diehl, 1980). Capítulo IV: Estudios so bre las cabezas colosales Figura IV.1. Grupos estilísticos y localización temp oral de las cabezas colosales descubiertas hasta la fecha de publicación del artículo (Clewlow, 1974: 162-163). Figura IV.2. Medidas y elementos del tocado II Figura IV.3. Elementos del rostro Figura IV.4. Acabado y mutilaciones Figura IV.5. TZ 1 Figura IV.6. NS 1 Figura IV.7. C 1 Figura IV.8. LV 1 Figura IV.9. LV 2 Figura IV.10. LV 3 Figura IV.11. LV 4 Figura IV.12. SL 1 Figura IV.13. SL 2 Figura IV.14. SL 3 Figura IV.15. SL 4 Figura IV.16. SL 5 Figura IV.17. SL 6 Figura IV.18. SL 7 Figura IV.19. SL8 Figura IV.20. SL9 Figura IV.21. SL10 Figura IV.22. Localización de las 4 cabezas colosales en el centro ol meca de La Venta. Figura IV. 23. Localización de las 10 cabezas colosal es en el centro olmeca de San Lorenzo. Capítulo V: La cabeza colosal 7 de San Lorenzo en su contexto: la estratigrafía Figura V.1. Área donde se realizó la investigación (Krotser, en Coe y Diehl, 1980) Figura V.2. Esquema del trazado de las unidad es de excavación en el área de estudio las Temporadas de campo 1992, 1 993 y 1995. Figura V. 3. Planta del área de excavaci ón en SL-53 correspondiente a la capa X. Figura V. 4. Planta del área de excavaci ón en SL-53 correspondiente a la capa IX. Figura V. 5. Planta del área de excavaci ón en SL-53 correspondiente a la capa VI. Figura V. 6. Planta del área de excavaci ón en SL-53 correspondiente a la capa III. Figura V. 7. Planta del área de excavaci ón en SL-53 correspondiente a la capa II. Figura V. 8. Perfil N 3, E 1-10, N 4, E1 0-16 Figura V. 9. Perfil S 14-11 y S 9-7, E 4; S 7-0, E 0; N 0-3, E1 Figura V. 10a. Perfil N 3 – S 9, E7 Figura V. 10b. Perfil N17-11, E 6 y N 8-3.5, E6. Figura V. 11. Perfil N 0-3, E4; N 3.5-8, E 4 y N 11-17, E 4. III Capítulo VI: La cabeza colosal 7 de San Lo renzo en su contexto: materi ales culturales asociados Figura VI.1. Tabla de frecuencias de fragmento s hallados en cada capa según el Tipo Cerámico. Figura VI.2. Tabla de frecuencias de fragm entos con decoración hallados en cada capa. Figura VI.3. Tabla de frecuencias de frag mento s de borde en los que interpretar la forma hallados en cada capa. Figura VI. 4. Muestra de cerámica procedente de la capa XI, unidad N 0-3, E 1-4. 1) Tipo Caimán; 2, 3 y 4) Tipo Acamaya; 5 y 6) Tipo F. Figura VI. 5. Muestra de cerámica procedente de la capa X, unidad N 0-3, E 1- 4, Tipo Caim án. Figura VI. 6. Muestra de cerámica procedente de la capa X, unidad N 0-3, E 1-4, Tipo Acamaya. Figura VI. 7. Muestra de cerámica procedente de la capa IX. 1) S 2-3, E 7.5-15, Tipo Caimán; 2) S 2-3, E 7.5-15, Tipo Acamaya; 3) S 2-3, E 7.5-15, Tipo Tigrillo; 4) S 7-9, E 4-7, Tipo Caimán. Figura VI. 8. Muestra de cerámica procedente de la capa IX. 1) N 0-3, E 1-4, Tipo Caimán; 2) N 0-3, E 4-7, Ti po Caimán; 3) N 0-3, E 1-4, Tip o Tigrillo; 4) N 0-3, E 1-4, Ti po Caim án; 5) S 3-5, E 0-3, Tipo F; 6) S 3- 5, E 0-3, Tipo Acamaya. Figura VI. 9. Muestra de cerámica procedente de la capa VIII, u nidad S 2-3, E 7.5-15. 1) Tipo Caimán; 2) Tipo Gris Erosionado; 3 y 4) Tipo Ti grillo; 5) Tipo Garza Alisada. Figura VI. 10. Muestra de cerámica procedente de la capa VIII, unidad S 2-3, E 7.5-15. 1) Tipo Tigrillo crema; 2) Tipo Tigrillo; 3, 4 y 5) Tipo Gris Erosionado. Figura VI. 11. Muestra de cerámica procedente de la capa VII. 1) S 2-5, W 4-7, Tipo Acamaya; 2) S 2-5, W 4-7, Tipo Caim án; 3) S 2-5, W 1-4, T ipo Tigrillo r ojo; 4) S 2-5, W 4-7, Tipo Tigrillo; 5) S 2-5, W 4- 7, Tipo Pochitoca. Figura VI. 12. Muestra de cerámica procedente de la capa VII. 1) S 2-3, E 7.5-15, Tipo Acamaya; 2) S 3-6, E 10-12.5, Tipo Pochitoca; 3) S 2 -3, E 7.5-10, Tipo Tigrill o; 4) S 2-3, E 7.5- 15, Tipo Gris Erosionado. Figura VI. 13. Muestra de cerámica procedente de la capa VI, unidad S 2-5, W 4-7. 1, 2 y 3) Tipo Caimán; 4) Tipo Garza Alisada; 5 y 6) Tipo Garza Pulida. Figura VI. 14. Muestra de cerámica procedente de la capa V. 1 y 2) N 0-3, E 1-4; 3) S 2-3, E 7.5-15, Tipo Caim án; 4) S 2-3, E 7.5-15, Tipo Gris Erosionado; 5) S 2-3, E 7.5- 15, Tipo Tigrillo. Figura VI. 15. Muestra de cerámica procedente de la capa IV. 1) S 3-6, E 10-12.5, Tipo Tiburón Blanco; 2) S 3-6, E 10-12.5, Tipo Acamaya; 3 y 4) S 3-6, E 10-12.5, Tipo Pochitoca; 5) N 0-3, E 4-7, Tipo Conchuda roj o especular (cuerpo). Figura VI. 16. Muestra de cerámica procedente de la capa IV. 1 y 2) S 3-6, E 10-12.5, Tipo Garza Alisada; 3 y 4) S 3-6, E 10-12.5, Tipo Ca imán; 5) S 2-5, W 4-7, Tip o Gris Erosionado. IV Figura VI. 17. Muestra de cerámica procedente de la capa III. 1) S 7-9, E 4-7, Tipo Acamay a; 2 y 3) S 3-6, E 7.5-10, Tipo caimán; 4) S 2-3, E 7.5-15, Tipo Garza Alisada; 5) S 3-6, E 7.5-10, Tipo Tigrillo (ángulo de recipiente cuadrado o rectangular). Figura VI. 18. Muestra de cerámica procedente de la cap a III, unidad S 2-5, W 4-7. 1) Tipo Caimán; 2, 3, 4 y 5) Tipo Gris Erosionado. Figura VI. 19. Muestra de cerámica procedente de la capa II. 1 y 2) S 2-5, W 4-7, Tipo Caimán; 3) S 3-6, E 10-12.5, Tip o Caimán; 4) S 2-3, E 7.5-15, tipo Garza Alisada; 5) N 0-3, E 4-7, T ipo Caimán. Figura VI. 20. Muestra de cerámica procedente de la capa II, unidad S 2-5, W 4-7. 1) Tipo Acamaya; 2) Tipo Gris Erosionado; 3) Tipo Poch itoca; 4) Tipo Garza Alisada; 5) Tipo Gris Erosionado. Figura VI. 21. Tabla de frecuencias por capa de los frag mentos de figurillas hallados en el área de SL-53. En la capa I se le suma una extrem idad realizada con molde (F330), y en la capa II debe sumarse un torso de un cuadrúp edo (F825), am bas particularidades se ha considerado mejor anotarlas como tal. Figura VI. 22. Fragmentos de figurilla. Relación línea superior izquierda: F026, F015, F1090; línea inferior izquierda: F323, F237, F0 22. Figura VI. 23. Frag mentos de figurilla. En línea desde la izquierda: F026, F323, F032, F237, F1090. Figura VI. 24. Fragmentos de figurilla correspondi entes a torsos o cuerpos: a) izquierda F318, centro F823 y derecha F824; b) perfil de F823. Figura VI. 25. Fragmentos de figurilla corres pondientes a cuerpos y algunas extremidades: a) línea superior izquierda F014, F841, F015; línea in ferior izquierda F028, F020 y F021; b) torso con cinturón y doble faldó n, F827. Figura VI. 26. Fragmentos de figurilla correspondientes a extremidades: a) izquierda F017, derecha F326; b) izquierda F842, centro F31, derecha F24. Figura VI. 27. a) Cilindros sólidos cerámicos, lín ea superior izquierda F823, F827, F835, lí nea inferior F834, F837; b) F3 30, realizada con molde. Figura VI. 28. Fragmentos de extremidad de figuri lla. Izquierda F012, centro F826, derecha F324. Fig. VI.29. Fragme nto zoomorfo. Figura VI. 30. Esferas. De tamaño pequeño hallad as en las capas III (arriba) y VII. De tama ño grande halladas en capa VII. Figura VI. 31. Muestra de posibles percutores y pulidores. Figura VI. 32. Tabla de frecuencia de artefactos líticos por capas naturales en el área SL-53 (Parra, 2002:133). Figura VI. 33. a) Fragmentos de mano y me tate; b) diferentes fragmentos de manos. V Figura VI. 34. Fragmentos de vasija de basalto. Figura VI. 35. Fragmentos de basalto. Figura VI. 36. Tabla de artefactos de obsidiana según yacimiento. Figura VI. 37. Tabla de artefact os de obsidiana según producto. Figura VI. 38. Tabla de artefactos de obsidiana hal lados en el área de SL-53 según fuente o yacimiento versus producto. Figura VI. 39. Tabla de frecuencias sobre la técnic a utilizada en la industria de la lítica tallada del área SL-53. Figura VI. 40. Tabla de ángulos de uso entre los artefactos de obsidiana del área de SL-53, tabla donde se combinan los índices de productos con la función de estos. Figura VI. 41. Tabla del análisis del talón en la industria de la lítica tallada del área de SL-53. Figura VI. 42. Tabla de lítica tallada con retoque en el área de SL-53. Figura VI. 43. Fragmentos de obsidiana (1 de 2). Figura VI. 44. Fragmentos de obsidiana (2 de 2). Figura VI. 45. Tabla con las proporcione s de ma teriales por m3 de capa. Figura VI. 46. Gráfica con la proporción de cerámica por m3 de capa. Figura VI. 47. Gráfica con la proporción de piedra pulida por m 3 de capa. Figura VI. 48. Gráfica con la proporci ón de obsidiana por m 3 de capa. Consideraciones finales Apéndices: - I. Estudio sobre la alteración del basalto a partir de dispersiones sulfúricas. - II. Catálogo del análisis cerámico (formas y decoraciones). VI 1 INTRODUCCIÓN Ante las evidencias de la cultura mate rial de las antiguas sociedades olm ecas 1 son numerosas las preguntas sobre ellas y m u chas las que aún no tienen respuestas lo suficientemente claras, que permitan establece r puntos de partida de interpretaciones. Desafortunadamente cuando nos planteam os pr esentar nuestro conocimiento sobre la cultura olm eca a partir d el análisis del regi stro arqueológico adve rtimos que caminamos sobre una línea que se inició en épocas recientes, la cual estamos construyendo. Todo ello puede verse reflejad o también en la existencia de un vo lumen bibliográfico 2 sobre los diversos aspectos d e la cultura olm eca que puede calificarse de modesto si lo comparamos con otros casos de estudio de las sociedades com plejas del México y del Mundo antiguo. Inicialmente puede pensarse que la tesis que aqu í se presenta sigue en la línea de investigación de la m onumentalidad, icono de los olm ecas, pero como se expone en el título el e studio pretende la docum entación y comprensión d el registro arqueológ ico de una cabeza colosal. Esta inve stigación es un estudio de ca so de una de las 17 cabezas colosales halladas en la actualidad, pero apor tará datos par a iniciar nuevas líneas de investigación e hipótesis sobre unos monumentos claves en el inicio y el cam inar de la historiografía olmeca, por ejem plo, una datación en una secuencia cronológica y estratigráfica. Desgraciadam ente aún no tene mos estudios similares que nos perm it an formular hipótesis más globales del resto de cabezas colo sales, bien porque no se ha estudiado el contexto arqueológico de e llas o bien porque éste no corresponde a un contexto in situ . 1 En el documento m e refiero a sociedades olm ecas en plural porque han de c o nsiderarse de ntro de la cultura olm eca las distintas socied ades que existieron en el tiempo y espacio olm eca. Así por ejemplo, como podrá verse en los ca pítu los III, V y VI de la tesis, aunqu e la secuencia cronológica y ocupacional muestre en Sa n Lorenz o una cont inuidad desde la pri mera ocupación Ojochi (1 500-1350 a. C.) hasta l a Nacaste (800-700 a. C.), las di námicas del grupo hum ano son distintas en cada tiem po concreto. La problemática de pensar los olmecas como una sociedad es tática lleva a realizar generalizaciones a partir del regist ro arqueológic o de dinámi cas sociales distintas du rante una larga exi stencia de esta cultura en el período Preclásico, c on fechas ap roxima das comprendidas entre el 1500 a. C. y el 200 d. C. La pa labra “olmeca” significa “ha bitante de la región del hule” (cauc h o) y, como se desarrolla en el capítulo I, fue utilizada genérica mente para denominar a los diferentes grupos étnicos, lin güísticos y culturales que ocuparon la regi ón de Veracruz y Tabasco a t ravés de los siglos del período Preclásic o (Caso, 1942: 38- 43). 2 Véanse los com pendios bibl iográficos de Grove (1997 ), Benson y De la Fuente (1 996), Diehl (1 996, 1989), Dieh l y Coe (1995), Clark (1 994b), Clar k y Pérez (1994) , Pérez (1994 ), Beverido (1986) . 2 El panorama de la arqueología m exicana y de la arqueología mundial, empezó a urdirse más a partir de 1869, a raíz de la publicación del hallazgo de una enorm e piedra tallada con la imagen de una cabeza m asculina de rasgos negroides, enterrada en los suelos de cultivo de una hacienda agrícola de l sur del Estado de Veracruz, en el Golfo de México (Melgar, 1869; 1871) . Entre los contemporáneos al hallazgo se originaba la serie de preguntas intentando atribuir su ejecución, y, en definitiva, su origen y antigüedad: ¿a qué grupo cultu ral perteneció?, ¿durante qué período histórico o arqueológico?, ¿se trataba de una escultur a única?, ¿ qué dimensiones tendría la escultura si la cabeza sola m edia ya dos varas 3 ?, ¿quién o quienes pudieron realizarla y moverla?. De forma simultánea, también se iniciaban las concepciones y dogmas alrededor de la cabeza colosal y de sus artífices, en estos artículos apareció tratada co mo obra de arte, de escultura magnífica y de gran antigüedad, características que indudablemente la hacían pertenecer al patrim onio arqueológico del territorio mexicano aunque la cabeza colosal siguió en el luga r del hallazgo por la s dificultades de movimiento que ofrecían sus dimensiones y peso . Debo remarcar que fueron los rasgos pr esentados en la cabeza colo sal y la técnica del trabajo de la piedra que en es te m onumento se mostraba los que iniciar on una nueva línea de in vestigación y de inte rpretación de antiguos restos culturales, clasificados como de procedencia mexicana y depositados en m useos y colecciones en Norteamérica y Europa, restos estos sí de tamaños portá tiles como las denom inadas hachas votivas 4 . Así transcurrieron décad as desde finales del siglo XIX y casi has ta la primera mitad del siglo XX, cuando los hallazgos arqueológicos en territorio m exicano conformaron un conjunto de objetos y al gunos monumentos con características comunes entre sí y distintas a la de lo s demás grupos conoci dos, cuya presencia imponente venia dada m aterialmente sobret odo por la arquitectura, algo no definido para este nuevo grupo. Pero a inicios de los años cuarenta, Matthew y Marion Stirling, Philip Drucker, Richa rd Stewardt y C. W . We igan inicia ron la primera explorac ión con excavaciones arqueológicas en la zona donde se había hallado la cabeza colosal, revelando los prim eros datos sobre el sitio olmeca que pasará a conocerse com o Tres 3 Según la publicación del artículo de Melgar (1971: 105) “ de granito, dos varas de alto y las proporciones correspon dientes” y u na vez exca vada y medida se gún sistem as actuales 1. 45 m de altura, 1.50 m de ancho, 1.4 5 m de espesor y 5.49 m de circun ferencia , pesand o 7.8 t on y realizada en b asalto olivi no de color oscuro. (Clewlow et al, 1967:85). 4 Véanse las descripciones e ilustracio nes de Saville (1900, 1929a). 3 Zapotes. Así se reportaron m ás monumentos y entr e ellos una es tela con fecha calendárica y, sobre todo, se empezaron las excavacione s en el área con el objetivo de entender la estratig rafía y ubicar m ateriales lí ticos y cerám icos, e intentar apor tar datos para comprender la disp ersión de materiales con rasgos olmecas en los sitios tem pranos del territorio. Puede notarse como sin tener datos concluyentes sobre las prim eras problemáticas apuntadas, com o era rec onocer y definir al grupo cultural y su temporalidad, con cada nuevo objeto o m onu mento de “estilo olm eca” las preguntas cada vez fueron más, a las que agregar: ¿ cuá l fue su punto de origen?, ¿cuáles pudieron ser las relac iones entre territorios ?, pero siempre se tr ató de interpela ciones realiz adas a objetos que seguían unos cánones particulares , el llamado estilo olm eca, el cual fue definido a partir de la iconografía que mostra da en sus producciones, principalmente la representación más o menos idealizada del ja guar (anim al señalado como totémico del grupo 5 ). La II Mesa Redonda de la Socied ad Mexicana de Antropología en 1942 giró entorno a la determinación de estos nuevos ha llazgos, en la defini ción del grupo como cultura olm eca y en otorgarle su lugar en la secuencia cronoló gica cultural de Mesoamérica, que no fue ningún otro que el de cultura com pleja prístina, iniciándose en este mom ento la concepción de la cultura olmeca com o cultura m adre mesoam ericana 6 . Es importante anotar el cam bio en las lín eas de investigación que podía suponer desde este mom ento definir a los olm ecas como entidad cultural y no sólo como un estilo artístico distintivo. Entre 1939 y 1943, las expedici ones de Stirling por el área de Tres Zapotes, Cerro de la Mesas y La Venta, consiguieron hallar la segunda cabeza colosal y tres m ás en el sitio de La Venta, donde además de monum entos pudi eron ubicarse restos arquitectónicos y traza urbana que se interpretó com o sitio arqueoló gico que había 5 Véanse por ejemplo Bernal (1968) , Caso (1942, 1965) , Coe (1965a, 1965b), Co varrubias (1942, 1946, 1957), Kubler (1962) , Stirling (1965), Wicke (1971) y, com o actualización, Lesure (2000) y las nue vas aproxim acione s a parti r de las transform aciones rituales e xpuestas p or Furst (1972, 1995). 6 Entre todas las conce pciones expuestas en estas pr imeras pá ginas, la idea de la cultura olmeca como cultura madre es la que cons idero ha permanecido m ás inalterable de sde ent onces. A mi parecer, este hecho ha podido influir en algunas posiciones de i nvest igadores fre nte a lo s rechazos y aceptaciones dogm áticas de esta idea q ue denota n algunos artícul os ( véase el comp endio bi blio gráfico de Grov e (1997), así como lo s artículos de confrontación de Flannery y Mar cus (2000), Coe y D iehl (1991), Tolstoy (1991) , Graham (19 91), Hammond (1988 )). An te ello, por lo que respecta al yaci miento arqueológico de San Lo renzo y su área ci rcunvecina ( hint erland ), las investigaciones y las publicacione s recientes (Cy phers, 19 97, 2004; Sy monds et al. , 2002) m uestran el desarro llo local y la complejid ad cultural de San Lorenzo como aldea y centro regional en sus p eríodos más tempranos (cap ítulos III, V y VI de la tesis) y por lo que nos ocupa e n esta tesis, el trabajo de la roca volcánica pa ra la realización de cabezas colosales de pers onajes m asculinos con elem ento s particulares en el tocado y orejeras, los cuales aparecen rel acionados c on el po der po r vinc ularse a los tr onos, s ólo se ha n hallado hasta el m ome nto en San Lorenz o, La Ve nta y Tre s Zapotes. 4 funcionado como centro cívico-ceremonial. En la cabezas colosales tam bién se advirtió que no se trataba de partes de esculturas o representaciones huma nas sino de cabezas exentas; pero: ¿a quien representaba n?, ¿cuál pudo ser el vínculo de estas representaciones con la iconogr afía del jaguar y de los olmecas?. Se intuyó por el esfuerzo social invertido si se traslada la roca desde los Tuxtlas a La Venta, a unos 100 Km, que podían representar personajes im porta ntes para estos centros. D e igual manera no se hallaron en las represen taciones connotacione s religiosas o ideo lógicas presentes por ejemplo en otra estatuaria olmeca que muestra seres sobrenatu rales y en transformación, conclusión elaborada quizás a partir del hecho que en las cabezas colosales no aparece relación alguna con el jaguar (a no ser la boca de co misuras caíd as y que, al parecer, más que un rasgo físico hum ano, se supuso o interpretó com o un rasgo cultural e ideológico q ue los entronca con el anim al y con su poder natural y sobrenatural). Así, solo fueron caracteriza dos como personajes individualizados y con atavíos como tocados, que en este caso se tr ataba de cascos y orej eras. Con ello, como se anota en el capítulo IV de la tesis, su rgieron las hipótesis sobre si representan a jugadores de pelota, guerreros o gobernan tes (reyes, señores o jefes, según pueda concebirse el territorio bajo su respons abilidad como reino, estado, jefatura o cacicazgo) 7 . Sin haber solucionado incógnitas de l pasado, en este momento debieron promoverse varias problem áticas más: ¿ porqué los monum entos de grandes dimensiones de piedra olm eca se hallan en sitios del sur de Veracruz y norte de Tabasco?, ¿por qué fueron representados es tos personajes?, ¿cóm o fue que se destinó tanta fuerza de trabajo en su realización 8 ? Estas preguntas fueron formuladas a partir de los datos provenientes de expediciones de Stirling en el área de San Lorenzo, el tercer centro donde se hallaron cabezas colosales. Aquí Stirling en 1 945 y 1946 descubrió cinco, la número 6 se excavó en 1965 por Aveleyra y Piña Chan (1966), la número 7 fue reportada por Beverido 7 En este caso no se apun tó, como en otros grupos mesoamericano s, la posibilidad de que el gobernante pudiera participar en cerem onias como jugador de pe lota y en guerras c omo gue rrero, com o actividades que tam bién conlle va el carg o. Sobre ello, quizás la razón sea porque no se conocen para los olm ecas representaciones sobre secuencias históricas com o es el caso, por ejemplo, ent re los señores mayas, de los cuales se tiene más detalles sobr e sus actividades. 8 Hasta 1990, con la publicación del artículo de Porter sobre el reciclaje de algunos tronos en ca bezas colosales (estudio realizado sobre las cabezas colosal es 2 y 7 de Sa n Lorenz o), no se apuntaba la posibilidad de la reutilización de la roca trabajada. Es to suponía que la materia prim a para la realización de monum entos de dim ensiones grandes o de menor tam año debía llegar a los centros olmecas desde las fuentes de los Tuxtlas, alejadas h asta 60 Km. y 100 Km . de San Lorenz o y La Venta. 5 (1970), la número 8 por Brüggermann y Hers (1970), la n úmero 9 por Ruíz Gord illo (1982) y la más reciente en 1994 fue la número 10 hallada por Cyphers (1995). Por otra parte, varios investigadores ha n realizado estudios específicos sobre las cabezas colosales 9 , m e refiero a los trabajos reali zados por Clewlow (1967, 1975) y De la Fuente (1973, 1975, 1977, 1991). El primero, anotó que hasta a quel mom ento no se tenía una descripción detallad a de las 12 cabezas colosales q ue se habían hallado y este era su objetivo, junto a establecer sus sem ejanzas y diferencias, con el fin de introducir características objetivas que perm itiesen establec er particularidades en la realización de las representaciones y u na posible secuencia del conjunto. A sí, sin estar en desacuerdo que se trata de obras del arte antiguo, su punt o de partida es tratar estas esculturas como elementos dentro de la cultura olmeca (Clewlow et al., 1967:14), aunque no las relacionaron ni con el resto del corpus escultórico olmeca ni com o obras dentro de la sociedad. Desde otra línea comparativa, De la Fu ente exam inó las cabezas colosales com o obras de arte, que a causa de su permanencia, com o documentos, son las que tal vez nos pueden acercar mejor a quienes las crearon porque su si gnificado más profundo obedece a ideas arraigadas en la cultura que las creó (De la Fuente, 1975:6). Su objetivo es que a partir de las formas con rostros individuali zados de las cabezas colosales aproximarse a comprender lo que representan. Constató que : a) pudieron tallarse a partir de bloques prismáticos, desprendidos de la cantera, a los que se redondear on los vértices. b) Denotan que se invirtió mucho esfuerzo soci al para su realización. c) Todo ello para representar como retratos las cabezas de personajes importantes de un m ismo tipo racial, quizás por su sabidur ía. d) El artista es tá más preocupado por vislum brar la función social del personaje, con su actividad y su tipo humano, que sus características somáticas o psíquicas. e) Pero a la vez son expresiones simbólicas de ideas arraigadas en la cultura que las creó. f) Todo ell o, realizado con un fin excepcional, hacer algo destinado a durar, acaso eternamente (De la Fuente, 1975:8-11). g) Por ello y considerando el va lor conceptual de estas es culturas, las mutilaciones o desperfectos 9 En el prim er estudio de C lewlow et al. (1967) se e numeran las cabezas de Tres Zapotes (TZ), La Vent a (LV) y San Lorenz o (SL) con l as inicial es del centro y el núm ero de hallazgo e n el orden de l as cabezas colosales, así por ejemplo LV 1, LV 2, L V 3, LV 4 c orresponden a las 4 cabezas c olosales y monum entos, pero los halla zgos de las cabezas co losal es en San Lo renzo se intercalaron con un volúm enes de núm eros de ha llazgos de otras escult uras y el ementos ar quitectónic os com o columnas y cubre escaleras com plicando la num eración. La mi sma te rminología es utilizada por De la Fuente (1973, 1975, 1977) sin las iniciales del centro de origen. Cyph ers (2004) amplia y renu mera la serie quedand o establecida como: cabeza colosal 1 (m onumento SL -1), 2 (SL-2), 3 (SL-3), 4 (SL-4) , 5 (SL-5), 6 (SL-17), 7 (SL- 53), 8 ( SL-61), 9 ( SL-66 ) y 10 (SL-89) . 6 realizados sobre ellas deberán atribuirs e a actos de mutilación controlada que no aniquilaron, y tan sólo se dañó, en ocasione s, su apariencia visible externa (De la Fuente, 1991:70). Por otra parte, las investigaciones de Porter (19 90) sobre las cabezas colosales de San Lorenzo números 2 y 7 señalaron que los desperfectos en uno de sus lados se deben al reciclaje de la pi edra desde un antiguo monument o trono para su esculpido y que en la relación del esculpido co n el volumen se p rodujo un error que no permitió borrar el rastro del nicho. Y añadió “El desuso posterior a la inauguración, jubileo u otro evento, para el cual los tronos fueron es culpidos , pudo hacer posible la conversión de estos impresionantes monum entos en otra clase de esculturas conm emorativas, tales como las cabezas colo sales. Tal vez las cabezas colosales sean retratos o efigies de los líderes para quienes los tronos fueron esculp idos, y pudieron haber sido convertidos en monumentos m ortuorios a la muerte de éstos. Sin em bargo, no es posible, a partir de los registros arqueológico y escultórico, determin ar si el reesculpido de los tronos sucedió antes o después de la muerte de dichos líderes.” (Porter, 1990:94) Las investigaciones sobre el reciclaje de monum entos han sido desarrolladas por Cyphers en cuanto al corpus escultórico de San Lorenzo (Cyphers, 2004) y sobre las 10 cabezas colosales del sitio (Cyphers, 1994, 1997, 2004), observando las dos etap as escultóricas en todas ellas menos en la núm ero 8 o monumento SL-61, m ostrando distintos acabados de superfic ies (pulido o martillado) y en tendiendo su parte posterior plana y pulida como superficie inferior del trono. Es a partir de estas investigacion es que podemos relacionar las cabezas colosa les con el gobierno de San Lorenzo. El Proyecto Arqueológico San Lorenzo Tenoc htitlan (desde ahora en es te trabajo anotado como PASLT) está dedicado al estudio de los registros arqueológico y escultórico del centro regiona l y de su área circunvecina 10 . Ello le p ermite a Cypher s (2004b), directora del PASLT, realizar la concepción de las cabezas co losales como elementos dentro del corpus escultórico, relacionándolas co n las demás, para establecer que solo tronos y cab ezas se hallan vinculad as al poder político, y estas últim as solo se encuentran en el centro regiona l, esculpidas cuando este funcionó com o centro regional 10 Las primeras investig aciones en la meseta de San Lorenzo , Tenochtitlan y co munidades de Po trero Nuevo y El A zuzul suscitan a Stirling (1955) a referirse al área como un único sitio d enominado San Lorenzo Tenochtitlan . Las excav aciones y el recorrido de superficie en estas áreas han permitido al Proyecto Arqueológico San Lorenzo Tenochtitlan definir en la zon a toda una j erarquización d e sitios de tamaños distinto s según el período . Los sitios arqueológ icos con escu lturas son San Lorenzo, Tenochtitlan, Loma del Zapote, El Remolino y Estero Rabó n. De esta zona en el p resente se cono cen 159 esculturas. 7 (1200-850/800 a. C.); Cyphers establece la s diferenciaciones en cuanto a la representación y funciones a nivel local y regi onal en tronos y en figuras que com binan rasgos antropomorfos y zoom orfos, las cuales parecen ser testimonios de la participación de los c entros satélites en el si stema de creencias y en la co mplejidad de la organización social olmeca (Cyphers, 2004b:32-35). Por primera vez en los estudios de la es cultura olmeca los esfuerzos se d irigen a obtener datos del contexto de estas tallas e im ágenes. El objetivo de las excavaciones arqueológicas del PASLT no es la recuperaci ón de monum entos, sino la recuperación de los contextos horizontales y verticales de los monumentos y áreas expuestas en proyectos anteriores, para hallar los referent es e intentar entender el paisaje cultural 11 en el centro y la región. Frutos de estos trabaj os, 80 monumentos cuentan con una posición estratigráfica con base a las excavaciones realizadas para liber arlos y otros pueden relacionarse con secuencias estratig ráficas co ntroladas. La investigación del contexto añade información sobre el significado intrínseco de los m onumentos y sus funciones, la datación de la co locación de las escultur as y las actividades a su alrededor, y sobre la posibilidad de distribución de escultu ra conformando escenas (Cyphers, 1992b, 1997d; s.f. a, s.f. b). A partir de aquí Cyphers, centra sus investigacione s en correlacionar los datos, con el fin de intentar definir las va riables cronológicas en este largo lapso de por lo menos 1000 años, e inferir a partir de lo s restos de la conducta humana el contexto social de los monumentos y la ideología que interviene (Cyphe rs, 1997c:166); así tras ubicar las últim as funciones de las escultura s hallad as, el propósito del análisis del PASLT se dirige a “reconstruir los papele s de las escultu ras en la sociedad y consecuentemente lograr un entendim ien to de mecanismos culturales y sus consecuencias para el desarrollo de la cultu ra olmeca durante el Preclásico Inferior, 1200-850/800 a. C.” (Cyphers, s.f. a). Siguiendo la línea de inves tigación dirigida por Cyphe rs, el presente trabajo sobre e l contexto arqueológico de la cabeza colosal 7 de San Lorenzo propone un cambio en la metodología de observar e interp retar las cabezas colo sales, remarcando desde las primeras palabras d el título que el elemento a investig ar es el contexto 11 Entiendo como paisaje cult ural es el espacio físico, el m edio natu ral en el que transc urre el ti empo y las sociedades h umanas, do nde el deveni r de la hi storia va convirtién dolo en un medio cul tural, en el cual se sedime ntan las aportacio nes de las difere ntes cult uras que l o han habit ado y se con forma una i dentidad propia . 8 arqueológico del monum ento en el área donde fue hallado 12 . Aquí se plantea el análisis desde un nuevo enfoque, el cu al no parte del monumento si no de la comprensión la estratigrafía y la cultura material del ár ea donde se hallaba el m onumento, donde se busca el entendim iento de lo s procesos naturales y soci ales desde una perspectiva espacio-tiempo. El trabajo de tes is se centra en recuperar e inter pretar los rest os arqueológicos de los acontecimientos y de la conducta hum an a relacionados con una cabeza colosal que han dejado las ocupaciones prehispánicas de la meseta de San Lorenzo en el área de estudio. Desde un nuevo punto de vista, permite una revisión de las preguntas formuladas anteriormente. Esto es importante, no solo por el hecho de desplazar el punto de vista de la investigación desde el monumento hacia el estudio del contexto, sino porque com o se ha apuntado anteriormente a partir del reciclaje de m onumen tos trono a cabezas colosales, éstas aparecen vinculadas directam ente con el poder o la autoridad y con su comunicación a la sociedad olm eca, a partir de imágenes de personajes masculin os tallados sobre grandes volúmenes de roca. Según los datos arqueol ógicos hallados hasta el momento, el foco in icial de estas acci ones aparece en el ce ntro regional de San Lorenzo, y es también en este centro donde pu ede estudiarse los cambios sociales en una sociedad cada vez más compleja, y los procesos de formación del poder político, un poder que va más allá del territorio local para integrar un territorio regional. Com o se verá el contexto de esta cabeza colosal 7 de San Lorenzo es muy particul ar dentro de su conjunto, pero es interesante porque perm ite desarrollar una am plia columna de ocupación antes, durante y después de la colocación del monum e nto en el área. Las líneas de inves tigaci ón en esta tesis son dos: a) Identificar los agentes sociales y lo s ac ontecimientos que se desarrollan en el área alrededor de la cabeza colosal 7 de San Lorenzo. b) Aportar datos para entender los procesos que se están generando en el interior de San Lorenzo vinculados al poder y a las representaciones de este poder. 12 De las 10 cabezas colosales halladas hasta el moment o en San L orenzo, solo las núm ero 2, 7 y 8 fueron descubiertas in situ, las d emás se hallaron caídas en lo s declives laterales de la meseta. En el capítulo V de la tesis se presen tan los datos estratigráf icos del contex to arqu eológico próx imo a la número 7 (punto V.3.1.) y los datos de l os sonde os estratigr áficos r ealizados e ntre los escasos 160 m hacia el norte que existían entre las núm ero 7 y 2 (punto V.3.2). Para conocer los datos de l hallazgo de la cabeza 8 véa se Brüggem ann y Hers (1970) y la interpretación del context o del Gr upo E, do nde fue hal lada vincul ada a otros m onument os y estruct uras, ent re ellos el tr ono SL-1 4 (Cyphe rs, 1997d, 200 4a, 2004 b; Vare la, 2003). 9 Dentro de estas líneas de investigación los objetivos del est udio del área son: - Reconocer y registrar los procesos de formación y de transformación natural y cultural de la estratigraf ía. - Determinar la secuencia cronológica y depos icional, y dentro de ella la datación del monum ento y de los eventos relacionados con él. - Obtener inferencias sob re las diferentes ocupaciones, su cultura material y las actividades realizadas en ese espacio. - Distinguir cambios de com portamiento gene rales de los habitantes con respecto a la cabeza colosal a través de las distintas ocupacione s. Ver cóm o afectan y que transformaciones sufre el m onumento. - Contrastar y relacionar los datos obteni dos del contexto arqueológico de la cabeza colosal 7 (SL-5 3) con los datos derivados del análisis de un contexto relacionado con aspectos de gobierno de l sitio donde se hallaron entre otros monumentos y estructuras arqu itectónicas el trono SL -14 y la cabeza co losal 8 (SL-61). Las hipótesis a considerar son las siguientes: 1) La cabeza colosal 7 está en proceso de tallado a partir del reciclaje, s u lado muestra aún los vestigios del monum ento trono anterior (símbolo del poder activo de la autoridad), y se encuentra en el área de actividad o de producción escultórica exclusiva para llevarla a cabo. 2) En el marco de referencia de que exis tió un poder institucionalizado a través de la autoridad de un individuo (cuyo símbol o era el trono), el reciclaje de los tronos a cabezas colosales debía pro ducirse por causas políticas y asim ismo el abandono del trabajo de tallado de una cabeza colosal dentro del conju nto de estos monum entos que comunican el ej ercicio del poder po lítico e ideológico 13 en su sociedad, debió producirse por un cambio en las prioridades y disposiciones del poder centralizado. 13 En las cabezas col osales, reci cladas de tronos de la auto ridad e in dividu alizadas en piedra volcánica, se hizo patente la v inculación del poder y la ideología. En este sen tido Miller y Tilley (1984:148 ) afirman que la ideol ogía no es al go au tónom o, sino que form a parte del esfuerzo p or produci r, mant ener y resi stir los cambios s ociales que se re lacionan con el conflicto de i ntereses entre l os grupos. 10 En este sentido, las cabezas colo sales y los tronos, dentro del corpus escultórico olmeca, fueron símbolos punt uales del poder y la autoridad suprema centralizada, producidos dent ro del marco de las inst ituciones de gobierno para promover y m antener el orden socio-económ ico, la cohesión y la identidad en las relaciones centro versus región. Los tronos, as ientos de la autoridad suprema, fueron realizados con grandes cantos de basalto, es culpidos con bajos relieves y figuras que muestran personajes distingui dos con tocados e insignias y rodeados de simbología sobre el mundo sobrenatural y s ubterráneo, el cual se m ateri aliza de forma exclusiva en la parte frontal de l trono al presentar un personaje que em erge de un nicho y que es el nexo entre los poderes de los dos mundos. Este personaje ha sido interpretado dentro del corpus escultórico como un antepasado, el cual otorga legitim idad y poder al gobernante que se sienta en el trono (Grove, 1973). Un paso m ás adelante dentro de esta concepción de orden es el reciclaje de tr onos a cabezas colosales, entre ellas SL-53 y SL-2 aún muestran en su costado derecho lo s signos del trono y el trabajo de reciclaje sin terminar. Los retratos que m uestran las cabezas colosales presen tan una vez más individuos con insignias, se trata de retratos de rasgos y elem entos individualizados, realizados a partir de asient os de la autoridad, por tant o pueden estar estrecham ente vinculados a estas responsabilidades y pasa ran a apoyar la gestión de la autoridad central sentada en el trono. As í como tronos con sim bologías que vinculan el centro con asentamientos secundarios en la región, de m enores tamaños, pudieron hallarse en estos centros secundarios, las cabezas colosales solo se ubicaron en el centro recto r, donde estaban las instituciones, donde se creaba el discurso ideológico alrededor del sistema de creencias y de orden sobr enatural y terrenal, donde se trabajaban los monumentos a partir de materiales y tecnología controla da por la elite alre dedor del gobernante. Las cabezas colosales y los tronos eran las im ágenes del orden social y organizativo de unas relaciones complejas y diferenciales. Estaban impregnados de autoridad y legitimados en el sistem a de creencias, el cual vinculaba el poder sobrenatural del mundo subterráneo con el terrenal que mantiene el orden desde el centro. En este punto el reciclaje de tronos a retratos pe rmite desarrollar un punto m ás en la institucionalización del orden y en la producción cultural, creando una mayor diferenciación de asentamientos. Es a partir del estudio del contexto de los monumentos a través d e la secuencia temporal registrada en la estratig rafía y a partir de la secuencia d e ocupaciones y sus 11 comportamientos, com o por ejemplo en la cabeza colosal 7 (SL-53), pueden observarse los cambios que unieron la realización de es tas es culturas m onumentales con el sistema de creencias y el orden regi onal organizado desde San Lore nzo, cuando este centro era la ciudad de referencia social, económica, ideológica y cultural durante el período circa 1200-850/800 a. C. Después, el descenso de población y la pérd ida de instituciones gestoras, la elite e in cluso la persona de la autoridad, ro mpen la trayectoria y estas pautas culturales vinculadas a la monum entalidad escultó rica desaparecen, feneciendo también la preponderancia de esta tecnología en el sitio. En este sentido la escultura, como vehículo de la transm isión del orden instituciona l, fue creada y estrech amente vinculada a las instituciones de gobierno, cuando estas se desvanecen, las cabezas colosales y los conocimientos técnicos desaparecen. Los capítulos I, II y III se presentan a modo de introduc ción al tem a. El capítulo I expone de forma general el campo de las in vestigaciones en torno a los olmecas de la costa del Golfo, las problemáticas sobre su or igen, territorio, tem poralidad y el estado actual de su conocimiento. Las interrogaciones a partir de los hallazgos son el hilo conductor desde 1869 a los proyectos de la actua lidad. El capítulo se centra en la costa del Golfo de México porque es en este espa cio territorial donde se han hallado las 17 cabezas colosales (en los sitios arqueológ ico s de San Lorenzo, La Venta y Tres Zapotes). En la tesis no se ha incluido un capítu lo sobre los olmecas, para ello pued en consultarse las más recientes publicaciones generales 14 , así en éste pretendo aportar información sobre el contexto de las inve stigaciones e introducir al lector en el conocimiento de los olmecas y en su periodo. Su definición nace de la clasificación de un estilo que se halló expres ado sobre m ateriales imperece deros, tal inicio ha hec ho difícil separar dos conceptos: estilo artíst ico y sociedad. Los investigadores, frente a estos dos elementos de análisis, en muchos casos han enfatizado m ás uno de ellos pero en realidad creo que son indisolubles, cons iderando el estilo como expresión particular de un colectivo e instrumento de la cultura . Estilo y sociedad conforman las cabezas colosales al poderse definir como esculturas vi nculadas al poder pol ítico, a la autoridad suprema. El capítulo II introduce al c ontexto natural del área de San Lorenzo a partir de las últimas investigaciones, elaborando una nueva visión conjunta sobre el territorio y el 14 Véanse Sharer y G rove (1989), Clark (1994), Rosen baum (1995) , Benson y De la Fuente (1 996), Cyphers (19 97 a, 2004a, 2004b), Lowe (1998) , Clark y Pye (2000) y la revista Arqueo logía Mexicana (1995). 12 paisaje con el que convivieron y actuaron las antiguas ocupaciones humanas. Estos datos se valoran en los capítulos sig uientes y en la interp retación final, porque aportan información sobre los procesos de form ación y transform ación que muestra la estratigraf ía y los materiale s culturales, así como también aspectos de la vida y de la producción. Se trata el clima, la geom orfol ogía, la composición de los suelos y la biodiversidad. El capítulo III introduce al contexto soci al d e San Lorenzo (local) y el área circunvecina (regional) a pa rtir de las investig aciones realizad as sobre datos conservados en el registro arqueológico, en es te capítu lo me ref ier o al centro urbano de San Lorenzo como ciudad a través de su historia prehispánica, exponiendo las informaciones actuales sobre la co mplejidad cultural alcanzada desde las prim eras ocupaciones, a nivel social, político, eco nóm ico e intentando considerar las inform aciones sobre sus posibles relaciones internas y externas, las interacc iones regionales e interregion ales halladas en el contexto arqueológico, con la intención de excusar la in existencia de inferen cias relati vas a las relaciones alóc tonas procedentes de otros ámbitos que no sea a partir del interc am bio de productos. En esta dinámica, las elites son prim ordiales, quienes controlan las redes de aprovisionamiento, producción y distribución de productos e ideología. En el apartado sobre el es pacio urbano se trata además de las construcciones, el contex to espacial de las accion es humanas, la producción de espacios y las funciones especializadas de San Lorenzo en relación al área circundante, con el fin de entender las instituciones a partir de la cultura que generan. En este punto se presen ta la escultura pública olm eca de San Lorenzo, protagonista de las acciones humanas de pr oducción de espacios y a las manifestacion es públicas del poder. También se expone un caso etnográfico actual del área maya, que muestra condiciones medioam bientales simila res a las expuestas con anterioridad sobre San Lorenzo, con el fin de presentar alguna s evidencias inmateriales de relaciones sociopolíticas a nivel regional. El capítulo IV es una síntesis de l regist ro escultórico sobre el conjunto de las 17 cabezas colosales halladas en los centros regionales de es tas sociedades en la costa del Golfo 15 . En este capítulo se rev isa y contra sta la documentación publicada sobre ellas (fuentes secundarias referenciadas ya en el prim er capítulo) y la observación del 15 Las diferencias considerables de representaci ón entre las cabezas colosales de Sa n Lorenzo, La Venta y Tres Zapote s con los m onument os 1 y 1a de Laguna de los C erros (Cle wlow, 1974:23 -24; De la Fuent e, 1975) in ducen a q ue estos m onument os no se co nsideren d entro del mi smo conjunt o. 13 conjunto (fuentes primarias), insistiendo en es tructurarlo a partir de su localización, características formales y de esculpido. Además de los estudi os formales, las reflexiones alrededor de las cabezas colosales s e han cen trado en calcular el esfuerzo de trabajo invertido en su realización y en la temporalid ad que puede existir en tre ellas a partir de la conjetura que la roca se hallaba a 60 y 100 Km lejos, sobre sus localizaciones in situ y colocadas siguiendo ejes, hipótesis sobre a quien pueden representar por sus atavíos y sobre el proceso de trabajo. El propósito de l capítulo e s recuperar la inf ormación sobre el conjunto de las 17 esculturas, co ntrastar las fuentes con las investigaciones recientes sobre reciclaje de monum entos (Por ter, 1990; Cyphers, 1997d, 2004b) y apuntar posibles relaciones entre ellas desde un punto de vista formal y de transmisión de la técnica 16 que van a ser revisadas en las conclusiones a partir de los datos del contexto de la cabeza colosal 7 de San Lorenzo. Tal vez por la terminología utilizada en la redacción de este capítulo pueda pensarse que se trata de una compilación de datos valorados e interpretados desde sus aspectos artísticos. Quisiera aclarar que en este sentido considero dichas escu lturas como una producción de cultura m aterial y la s cuales me interesan en este m omento a partir de las reflexion es sobre im plicaci ón técnica y social. Claro que los es cultores buscaron y consiguieron incidir en los valores es téticos, pero no es función de esta tesis tratar cómo se obtengan y se ju zguen los valores esté ticos, ni a nivel de hist oriografía ni a nivel de grupo humano arqueológ ico, o cual era la relación entre los escultores y el poder político, esto último por razones obvias, la falta de datos en estos m omentos. Me interesa el proceso temporal y t ecnológico, el hecho que se trató de escultores que realizaron unas tallas en roca volcánica que por dim ensiones, forma y concepto pudieron formar parte de un conj unto, pero que fueron individualizadas. Mi postura atiende a que la cabeza colosal 7 de Sa n Lorenzo estaba en proceso de reciclaje y los datos del estudio de su contexto arqu eológico apuntan a que inicialmente el área fue el espacio destinado a este trabajo, pero tal actividad formó parte solo de u n episodio puntual. 16 En cuanto a datos sobre el hallazgo, si puede c onocerse el contexto arqueológico en futura s investigaci ones, prof undidad y material es relacionados c on el hallazgo a efectos de te mporal idad, si son productos del reciclaje de anteri ores monum entos, si la obra aparece term inada, mutilada o con desperfectos, elem entos ornamentales similares, cua ntas han seguido un a mi sma técnica de esculpido y de trazado de los elementos físicos com o orejas, orificios nasales e iris en cada una de las cabezas y en su conjunt o con e l fin de ver si se da o no una t ransmisi ón de la técnica, cont emporá neamente o a t ravés del tiempo. Así, poner en relación los tres conjuntos de cabezas colosales según del centro que procedan. Estas apreciaciones podrían pe rmitir iniciar nuevas líneas de trabajo sobre las dataciones y la temporalid ad. 14 De esta forma, entre el 1200-850/800 a. C. el sitio arqueológico de la m eseta de San Lorenzo fue el centro regi onal o la ciudad donde, a nivel re gional, se encontraba la concentración de las tres funciones: la polít ica-adm inistrativa, la económ ica y la cultural simbólica; y donde la escultura pública podría definir el poder ideo lógico que enfatizaba la unión regi onal y la identidad. Allí, las cab ezas colosales fu eron realizadas a partir del reciclaje de tronos y en algunos casos (como es el caso de la núm er o 7) no fueron terminadas. En ellas también apare cieron la s huellas de desperfectos ocasionados por individuos, provocados quizás por conflictos internos, o exte rnos, o realizados dentro del mismo sistem a cultural como ritual. Para intentar aportar datos que ayuden a esclarecer las incógnitas de los acontecimiento s alrededor de las cabezas colosales, en los capítulos V y VI se exponen los datos del registro arqu eológico del área donde se halló la cabeza colosal 7 de San L orenzo. El objetivo es registrar y comprender los contextos vertical y horizon t al del área o la secuencia de contextos momento para describir y analizar (no pretendo explicar) el cambio en térm inos de procesos culturales, no necesariamente unilin eales. A través del anál isis de la secuencia dep osicional y del material arqueológico, sus frecuencias y dist ribuciones en el área de estudio, pretendo obtener mayor inform ación sobre el monumento y su datación, así como conocer las ocupaciones, los cambios y su relación con el monum e nto y la función de éste dentro del sistema socio-cu ltural olmeca a través de los diferentes p eríodos. Como se apuntó anteriorm ente a parte de tr abajar el contexto de una escultura en proceso de reciclaje, el hallazgo a pocos me tros del m onume nto y en el mismo nivel de un horno con distintas áreas de actividad que pueden interpretarse de producción, relacionan este singular elemento con el trabajo que se esta ba desarrollando en el área, el esculpido de una cab eza colosal, tal vez para preparar d isper siones de ácidos, co mo por ejemplo azufre con el f in de ablandar la roca y agilizar el trabajo de esculpido. Sobre ello se han iniciado experimentaciones y análisis quím icos, pero por ahora los datos no son concluyentes y se exponen en un apéndice I final. Unido al capítulo sobre la es tratigr afía, el capítulo VI se e structura a partir de cuatro apartados correspondientes al anális is de los m ateriales cerámicos y líticos. Como he mencionado, tanto la cabeza colosa l como los materiales arqueológicos son productos de su sociedad, la cual los elaboró o adquirió como enseres útiles en su vida. En este sentido, también los m ateriales ar queológicos recuperados y las modificaciones ocasionadas en la e stratigrafía del contexto m omento en que se trabajaba la cabeza muestran estar asociadas a actividades produc tivas. Pero es tam bién muy interesante 15 reconocer el proceso cultural que se desa rrollaba en el área desde las primeras ocupaciones de sitio y cómo se corres ponde con los datos por ejemplo de las investigaciones sobre poblaci ón a nivel regional (Symonds et al. , 2002). Del m ismo modo, las superficies de ocupación posteri ores al trabajo del monumento tam bién reflejan los cambios en el sistem a regional y en la conducta o rela ción ideológica con lo que representó la cabeza colosal. Concluyendo, la contribución de la investig ación es la interpretación del registro arqueológico del área y su vinculación con el sitio y con el conocimiento de la cultura olmeca en la costa del Golfo de México, pero el propósito inicial en la investigació n es obtener inferencias a partir de los material es que conforman el registro arqueológico, sobre las ocupaciones y la deposición de los ar tefactos del sistema cultural, así com o el desecho de facto producido cuando los habitantes ab andonan un sitio y dejan atrás los materiales útiles. (S chiffer, 1976:14-15). Este propósito se dirige en particular a in terpretar la info rmación proporcionada por el registro arqueológico vinculada a la elección del lugar donde se depositó el monumento, que actividades fueron las realizadas cerca de él, en qué m omentos se intervino sobre el monum ento ocasionando los desperfectos o provoca ndo la pérdida de volumen y cóm o todo ello se relaciona c on los acontecimientos que se documentan arqueológicamente en otras áreas del sitio. Lo anterior form a el punto de partida para hacer correlaciones con otros conjuntos de datos procedentes de la región, lo cual permite asentar p lanteamientos referentes a los cambios politicos, sociales y económicos que tuvieron lugar durante el temprano desarrollo cultural o lmeca. Hay muchas lagunas en el conocimiento de los olm ecas. No se dispone de textos, ni imágenes históricas , ni tradición oral que se pueda recuperar a partir de documentos otros pueblos. El contexto arque ológico es el docum ento más extenso al que acogernos para conocer los o lmecas. En el trabajo se quiere avan zar tanto en el conocimiento cronológico, com o en el trat o conjunto de estilo y cultura olmeca, analizando el contexto de uno de los ve stigios arqueológicos más notables, aunque menos comunes, que identifi can al pueblo olm eca, las cab ezas colosales. Aún hoy, no podemos encontrar ningún estudio integral de las cabezas colosales, sólo estudios formales. El estudio del contexto de la cab eza colosal nº7 de San Lorenzo, es el punto de partida para un análisis que integr a los aspectos formales y sociales. 16 17 CAPÍTULO I ARQUEOLOGÍA OLMECA La historia de las investigaciones arq ueológicas sobre los olm ecas en la co sta del Golfo de México es relativamente reciente y particular. En este capítulo se pretende presentar una síntes is detallada del desarro llo de las investigaciones sobre esta cultura y sus monumentos, con el fin de mostrar lo s antecedentes de la investig ación y la importancia de los estudios sobre sus contextos. En los años finiseculares del XIX y hasta mediados del XX, el térm ino de civilización olmeca 1 se estableció a part ir d e la definición de un estilo artís tico distintivo. Fue entonces, a m ediados del sigl o XX con las dataciones de C14 cuando se ubicó dicha cultura temporalmente en el período Preclásico m esoamericano. Los interrogantes alrededor del ámb ito territorial que ocuparon y con el qu e interactuaron, se iniciaron tras los primeros hallazgos y conti núan en la actualidad. Por otra parte, cuando las investigaciones en Mesoam érica intentan comprender el com plejo sis tema de las culturas del Clásico se promueven los estudi os sobre los orígenes del patrón cultural mesoam ericano en el Form ativo o Preclásico 2 . Es en ese momento cu ando la clave m ás 1 En el texto yo utilizo el término cultura al referirme al sistema cultural de los olmecas del período llamado Preclásico en la arqueología mexicana, dentro de dicho térmi no consi dero su organización s ocial, económica e ideológica. Pero, com o en este caso, desde in icios de la historiografía olmeca también se h a utilizado el término civilización producto de las corrientes teóricas del momento. En Ancient Civilizations of México and Central America , H. J. Sp inden (192 8) distingu ió tres niveles de desarrol lo: nóm ada (caza y recolección), arcaico (agri cultura ) y civi lización, mi entras que en M etod and The ory in Americ an Archaeology , Willey y Phillips (1955) asig naron todas las culturas a cinco estad ios de complejidad creciente: lítico (caza mayor), arcaico (recolecciones), form ativo (agr icultura de poblados), clásico (primeras civilizaciones) y postclásic o (últimas civilizaciones). A pesar de su apariencia evolucioni sta, estas form ulacione s intent aron descri bir el cam bio cult ural en té rm inos de desa rrollo. Cuando en el texto aparece el término civilización es en re ferenci a a las conce pciones tradici onales. 2 Paralela a la nota anterior s obre el térm ino civ ilización puede com prenderse el m arco teórico originario de la periodiz ación d e las culturas de l a histori a antigua de Méxi co. Se consi dera Preclási co o Form ativo al período entre el Arcaico y Clásico, comprendido entre circa 1500 aC – 200 d.C. según ca da regió n, cuando se vivía en aldeas perm anentes y cuando se conforman lo s prim eros sistemas culturales complejos. Est as clasificaciones parten de conce pcion es evolucionistas, aunque en algunos se m atice que no necesariamente de ben ser unilineales. Es difícil no referirse a estas periodizaciones al ubicar e n el tiempo un siste ma cultural y la terminología d e Preclásico, Clásico y Po stclásico es la tradicionalmente más utilizada y por ej emplo para los olmecas se estructura su línea de existencia en estos términos d esde 1942, aun que ha ha bido ot ros intent os no m enos excl uyentes en térm inos de consid erar presencia/ausencia, por ejem plo: Pedro Arm illas ( 1957): prea grícola, proto-agrícola y civilizaciones mesoamericanas; Sande rs y Price ( 1968), como Serv ice (1975) y en base a dif erencias socio-econó micas: bandas, tribus, señoríos o c acicazgos y estado; o Matos (2000): etapa de cazadores-rec olectores, de sociedades ag rícolas igu alitarias, de socied ades agrícola -militarista esta tales; por citar algun as. En la tesis 18 obvia de la génesis se halló en los olm ecas de la costa del Golfo, conocida desde entonces como “cultura m adre”. Pero quizás la im portancia de los descubrimientos de sus esculturas m onumentales en la costa de l Golfo, como principales vestigios, no dio cabida a estudios cuidados sobre el regist ro arqueológico y la com plejidad cultural. Estas investigaciones se ll evaron a cabo en regiones al edañas, donde se hallaron improntas de com plejidad sociopolítica y del form ulado estilo olmeca que la sustentaban. La cuestión fue desde entonces determinar el tipo de relaciones entre los grupos y las distintas regiones. Así, reci entemente las investigaciones arqueológicas sobre el Preclásico mesoam ericano pres entan un panorama más m ultifocal y con múltiples interacciones en tre regiones contemporáneas. Igua lmente, las investigacion es actuales llevadas a cabo en la costa del Golfo de México pr ofundizan en la revisión de las cronologías es tablecidas para determ inar mejor los procesos de cada centro y la posibilidad de relaciones, al mism o tiempo que los proyectos regionales y estudios de patrón de asentam iento amp lían una visión tradicional, en la cual tres centros 3 definían la trayectoria de mil años de histo ria en estos territorios. Como se presenta en el capítu lo, la mayor ía de los estudios en la zona hasta hace unas décadas se centraban en la m onumentalidad de su escultura. La es tatuaria en piedra fue representativa y def initoria del estilo y de la cultura. Sus halla zgos se concentraron en la costa del Golfo (fig. I.1.), principa lmente en algunos centros anteriormente citados: Tres Zapotes, La Venta, San Lore nzo y Laguna de los Cerros. Su inventario incluye: cabezas colosales, tronos o asientos de gobierno, figuras hum anas, sobrenaturales y animales; esculturas en bulto redondo y bajos relieves. Asimismo, elementos p ortátiles del mism o estilo como pueden ser figurillas, cerámicas, m áscaras y hachas, se han hallado en la costa del Golfo y en otras regiones de Mesoamérica, hechos que fueron explicados a partir de teorías que proponían una expansión gestionada como imperio, conquistas m ilitares o colonias econó micas, e incluso proselitism o religioso (Caso, 1965; Bernal, 1968, 1975, Coe y Diehl, 1980). En la actualidad encontramos algunas posturas posicionadas tota lmente en el sentido contra rio: a) por un lado, quienes dudan de que ciertos m otivos del llamado estilo olmeca realm ente sean originarios d e la costa del Golfo y sugieren remplazar la as ociación de es tos elementos con el llam ado “estilo olmeca” por m otivos del “Horizonte Temprano”, como referencia m ás neutra se utiliza el término Preclásico (Infer ior, Medio y Final) siguiend o las pautas que se utilizan en la reg ión y por el PASLT, pero sin connotacion es evolucion istas. 3 Los sitios: San Lorenzo, La Venta y Tres Zapotes. 19 que puede referirse a las manifestaciones cu lturales del periodo Preclásico Inferior (Flannery y Marcus, 2000; 1994:390); b) por otra parte, la posición contraria la presentan los investigadores, que como De la Fuente (2000 :253) anotan que ante esta situación sólo se está cuestionando “la unidad de estilo olmeca”, no su origen. Ante tales circunstancias, Grove (1997:53) realiza un análisis de las investigaciones sobre la temática y aún sin precisar su enfoque, divide los estudios a partir de dos corrientes: los tradicionalis tas 4 y los no trad icionalistas 5 . Este tema puede ser se cundario en la tesis ya que las cabezas colosales se hallan en tres centros de la zona del Golfo. Éstas están relacionadas con el poder y la autoridad, más allá incluso que los tronos, los cuales se hallan en otros centros vinculados a los rectores, dejando patente la relación de superioridad según medidas y tem áticas expuest as. En este sentido, y en particular en San Lorenzo, las cabezas colosales son un elem ento más que presenta la com plejidad de su organización y nivel so cio-político e ideológ ico. Así, desde lo general hasta lo particular, en el capítulo se repasa la historiografía sobre los olmecas de la costa del Golfo de México a través d e las preguntas que han ido formulándose sobre su origen, territorio y temporalidad, al mismo tiem po que se presenta el marco de las investigaciones actua les. El capítulo se centra en la costa del Golfo de México porque es en este espacio territorial donde se han hallado las cabezas colosales que van a pe rmitir, en el presente tra bajo, incorporar los datos del estudio del contexto arqueológico alrededor de la cabeza colosal 7 de San Lorenzo o m onumento SL-53 del sitio. 4 Grove (1997:53) llam a a los investigadores tradic ionalistas a los que consi deran a los olm ecas como cultura m adre, como crea dores de un esti lo e innovadores de las ideas relig iosas y culturales que originaron el bagaje cultural de las grande s civilizaciones del período Clásico y Postclásico mesoamericano; así mismo los tradicionalistas in terpreta n gene ralm ente la distri bución de artefactos de “estilo olmeca” como evidencia de las influencias sobre otras sociedad es menos complejas. 5 Grove (1997:5 3) llama a los investig adores tradicion a listas a los que niegan la relación entre artefactos arqueológicos realizados e n “estilo olmeca” con la presencia de olmecas en su región; y tienden a clasificar el “estilo” como un conjunto de categ orías de artefactos y m otivos quizás con múltiples orígenes qu e fueron m anipulado s por las diversa s e inde pendie ntes sociedade s de las disti ntas regiones de Mesoamérica, com o también en la costa del Golfo fueron utilizados por los olm ecas. De esta form a el estilo no tiene que reflejar necesariam ente influenc ias y para ellos debe c onsiderarse el período Formati vo o Preclási co como se no de sociedades o “culturas he rmanas” que i nteracciona n (Tolstoy, 1991:36) y por lo tant o es import ante remarcar l a contem poraneida d o se relacionan a part ir de una interacción con c ompetencia (Flannery y Marcus, 2000:33). 20 I.1. Los olmecas de la costa del Golfo de México ¿Qué es olmeca? La literatura m esoamericana contien e numerosas interpretaciones y definiciones que, propias ca da una de su contexto, han llegado a crear una considerable confusión. Su descripción na ce de la clasificación de un estilo que se halló expresado sobre materiales impereced eros, tal inicio h a hecho difícil separar dos conceptos: estilo artístico y sociedad olm eca. Los investigadores, fren te a estos dos elementos de análisis, en m uchos casos han enfatizado más uno de ellos pero en realidad creo que son indisolubles, si como he anotado puede considerarse el estilo como expresión técnica e id eológica partic ular de un colectivo e instrum ento de la cultura. Con las salvedades anteriormente expuest as, se considera a la cultura olm eca como la que se desarrolló en la área ubicada al s ur de los actuales estados de Veracru z y frontera norte de Tabasco, en la costa del Golfo de Mé xico durante el período Formativo Inferior y Medio. Asim ismo, en es te caso en particular por tratarse de un estudio sobre escultura monum ental y cons iderando en el capí tulo los postulados tradicionalis tas, es lícito atender a la de finición del territorio por la presencia de estatuaria, dispersada en una extensión de 150 Km. de la rgo y 50 Km . de ancho (Fig. I.1). En él, las grandes im ágenes, las cabezas colosales y los tronos-altar 6 , todas ellas esculturas sólidas y monumentales reali zadas en roca volcánica, son eviden cias diferenciales de una cultura altamente com ple ja y testim onios de una estructura político- social regia y organizada a través del territorio 7 . Destacan adem ás porque se trata de las primeras m anifestaciones escultóricas en pied ra de grandes dim ensi ones halladas en la historia antigua de México 8 . 6 El estudio de Gro ve (1973) demuestra qu e los anteri orme nte llam ados altares (p or su fo rma) son en realidad tronos de goberna ntes olm ecas, se trata de esc ulturas de rocas volcánica de grandes y variadas dimensiones, de forma cúbica y rectangular, en al gu nas de las cuales hay representaciones hum anas que sobresalen de un nicho fr ontal y/ o con otras repres entaciones hum anas que cond ucen escenas a su alrededor. A partir de esta cita, en el text o s e referirá a esta s esculturas com o tronos. 7 Véase en la investigación de Cyp hers (1997 c, 1997d, 2004a, 2004b) y Symonds et al. (2002) sobr e el sitio de San Loren zo y el área circunvecina. Estos es tudios presen tan la relación de las d iferentes tipologías de escultura s, su ubicación en el centr o regional, secundarios y nodos de com unicaciones terrestres y fluviales. 8 Se trata de las prim eras esculturas realizadas e n piedra, ésta es volcánica de gran dureza (basalto y andesita), las dim ensiones son grandes y de las cuales no se conoce ni ngún antecedente ni en piedra ni en otros m ateriales. 21 Figura I.1. Sitios con escultura olmeca en la costa del Golfo de México. Mapa publ icado en González Lauck (2000:365): “La zona del Golfo en el Preclásico: la etapa olmeca”. En: L. Ma nzanilla y L. López Lujá n (coords), Hi storia Antigua d e México, vol. I,, INAH-II A-Por rúa, Méxic o. Referencias 9 : 1. Alvarado 2. Río Blanco 3. Cerro de las Mesas 4. El Mesón 5. Nopiloa 6. Río Hondo 7. Río Papaloapan 8. Cerro Nestepe 9. Cerro El Vigía 10. Tlapacoya (Ver.) 11. Tres Zapotes 12. San Andrés Tuxtla 13. Lago de Catemaco 14. Isla de Tanaspi 15. Pilapan 16. Matacanela 17. Los Mangos 18. S. Martín Pajapan 19.Laguna de los Cerros 20. Llano del Jícaro 21. Cuauhtotolpan 22. Río S. Juan 23. Zapotitlan 24. Coatzacoalcos 25. Sta. Rita 26. Loma larga 27. Río Tesochoacan 28. Minatitlán 29. Río Coatzacoalcos 30. Ixhuatlan 31. Antonio Plaza 32. Río Tonalá 33. La Venta 34. Los Soldados 35. S. Miguel 36. Río Zanapa 37. Río Grijalva 38. Cruz del Milagro 39. Medias Aguas 40/41 Estero Rabón 42. Tenochtitlán 43. San Lorenzo 44/45 Loma del Zapote 46. Manatí 47. Arrollo Sonso 48. Río Uspanapa 49. Las Limas 9 González Lauck (2000:365) an ota que la lista d e sitios esta basad a en Bernal (1968), Coe (1 968) y De la Fuente (1984 ). Esta lista se ha actualizad o a partir de las inve stigaciones de C yphers en l a región de Sa n Lorenzo (Symonds et al., 2002) cons iderando los sitio s de Estero Rabón y Loma del Zapote más extensos. 22 I.1.1. El encuentro La primera pregunta formulad a en esta historia de la s investigaciones ¿A quién puede corresponder este estilo? El hallazgo de una escultura monum ent al atribuida a algún pueblo antiguo a mediados del siglo XIX inauguró el interé s por una cultura desconocida hasta el momento. En 1869 José Melgar reporta en el “Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística” y en “ El Semanario Ilustrado” el descubrimiento de una cabeza colosal 10 esculpida en roca, la cabeza colosa l de Hueyapan o monum ento A de Tres Zapotes a la que tuvo acceso en 1862. Le llamó la atención los rasgos negroides de la imagen, rasgos que consideró p rueba de que la raza negra o etíope estaba presente ya antes de la llegada de los europeos 11 . La confusión étnica entr e estilo artístico y raza también fue sustentada por Alfredo Chavero (1887) en su obra “ Historia antigua y de la Conquista” en el primer tom o de México a través de los siglos , cuando relacionó una hacha votiva de igual singularidad con la cabeza co losal. Un aporte importante de Chavero fue que trató de identificar re stos arqueológicos c on grupos étnicos. Desde inicios del sig lo XIX expedicionarios europeos construyeron en el Viejo Mundo las bases de coleccione s sobre culturas exóticas y antiguas, fue así como en 10 Según pala bras de Melgar “reflexion é que induda blement e había ha bido negr os en este paí s, y esto había sido en los prim eros tiempos del m undo; aquella cabeza no sólo e ra importante para la arqueología mexicana, si no tam bién podía serlo pa ra el m undo en ge neral, pues ponía en evidencia un hecho c uyas consecuencias lo eran” (Melgar, 1971:105). Estas palabras p ertenecían a una voz de op inión de la sociedad m exicana de mediados (creaci ón del Museo Na cional de Arqueología, Historia y Etnología por Maximiliano I) y fin ales del siglo XIX, con espíritu de an ticuarios e intereses po líticos y científicos en la descripción de las piezas de las culturas i ndígenas, pero que adem ás aquí se daba l a oportunidad de emparentar las antiguas culturas am ericanas y la ri queza hi stórica y arque ológica de Méxi co con la humanidad nacida de u n tronco com ún, com o la tribu pe rdida de las Tribus de Isra el, la cual ll ega a América. Una rel ación de datos de cr onistas, otra de té rminos c hiapanecos y hebreos y el tipo etíópic o o negroide de la cabeza colosal hallada en Hueyapan hacen suponer que en épo cas muy remotas existieron comunicacione s entre el viejo y el nuevo mundo ( véase Melgar, 1971: 1 06-118) . Fina lmente, en la actualidad, est as hipótesis dif usionistas pue den estar de scartadas, a unque nunca dejan de sorprender otr os intentos que nieguen los de sarroll os locales prístinos y que deseo que la exposici ón de la tesis si rva para colaborar a desmenti r con datos co ntrastables. Es o si, co m o Melg ar en su escrito in icial, en nuestros días también podem os seguir mostrando ah ora ya el conjunto de 17 cabez as colosales olmecas como un particula r y único c onjunto de esc ulturas dat adas alred edor del pri mer mile nio antes de n uestra era, excepcionales por la indi vidualizaci ón de los pe rsonajes represe ntados, por sus m edidas, proporciones, texturas y superación de conocim ientos y técni cas escultóricas q ue muestran est os monum entos, así también como por desconocer se aún an tecedentes escultóricos para ellos. 11 En ese momento hist órico, l a pregunta a la que se dirigieron t odos los esfuerz os de comprensi ón fue entender lo s rasgos negr oides en la ant igüedad rem ota, antes de q ue la esclavitud novo-hispa na hubies e traído a tie rras veracruzanas a individu os de grup os culturales africanos. En sí, esta pregunta ad mitía todas las dem ás anotadas en los artí culos de Melgar (19 68, 1971). Page 34 could not be converted This page was skipped, but the rest of the document is available. Response ended prematurely 24 En el México de finales del siglo XIX el interés por el est udio de los pueblos precolombinos era im portante y Francisco del Paso y Troncoso (1892) inició algunas exploraciones en los Tuxtlas, en ellas recu peró m ateriales de superficie como algunas figurillas que fueron expuestas en la e xposición de Madrid con motivo del IV Centenario del Descubrim iento de América. Al m ismo tiempo y viendo las similitudes, Del Paso y Troncoso atribuyó a otras figur illas cerám icas halladas en Morelos y Guerrero el térm ino genérico de “tipo olm eca” (Piña Chan, 1989:25), considerando el término olm eca como reconocimiento a los grupos de la costa del Golfo que en posteriores tiempos m exicas y en len gua na hua aparecen como olm ecas o habitantes del país del hule. En 1906 Eduard Seler describe algunas esculturas de Tuxpan y utiliza el término “olm ecas huixtontin” al referirse a sus creado res (De la Fuente, 1984:20). Durante el primer cuarto de siglo XX se inician investigaciones en el sureste mexicano centrad as en conocer más rasgos sobre es te estilo olm eca. Además de las expediciones de Eduard Sele r y Cecile Seler quienes en 1922 reportaron la cabeza colosal de Hueyapan y otros monum entos de la región; también Frans Bloom y Oliver La Farge, de la Universidad de Tulane en 1925 r ealizaron sus expedici ones por la selva tropical de Tabasco, Veracruz, Chiapas y Guat emala. Bloom y La Farge, siguiendo las anotaciones que del sitio hizo Bernal Díaz del Ca stillo en 1519, reportaron las primeras exploraciones en La Venta. En Tribes and Temples , Bloom y La Farge (1926: 81-90) esbozan un plano parcia l del sitio qu e incluye una pirám ide escalonada d e tres cuerpos, con una rampa central al sur y, publican las referencias de los monumentos com o dos estelas, cuatro “altares” y de la se gunda cabeza colosal c onocida o monum ento 1. Realizan el reporte del reconocimiento en San Andrés Tuxtla, Catem aco, Agaltepec, Matacanela y Piedra Labrada, reportando lo s m onolitos; y com entan de haber oído que más al sur, cerca de Acayucan, exis tía una cabeza semejante a la hallada por Melg ar, posiblemente se trataba de alguna de las de San Lorenzo. El corpus escultó rico conocido fue incrementándose adem ás con la descripción del ídolo de San Martín Pajapan, el cual Herman Beyer (1927) en una reseña sobre Tribes and Tem ples comparó su tocado con la imagen grabada en una hach a, la cual él descubr ió y consideró com o deidad olmeca o toton aca. En 1932 Albert Wayerstal dio a conocer nuevos m onumentos en Tres Zapotes, cuya lectura causó gran interés a Matthew St irling. Este último en el año 1938 visitó la región y comprobó la importanc ia arqueológica de la zona , convenciendo a la National 25 Geographic Society y la Smithsonian Institu tion, en Washington, de llevar a cabo las primeras ex cavaciones arqueológicas en el lugar. Simultáneam ente, estudios paralelos en la zona maya como fue el proyecto llevado a cabo entre 1926 y 1931 en Uaxact ún por Oliver Ricketson (Ricketson y Ricketson, 1937) y en el valle de México lo s proyectos de George Vaillant entre los años 1928 y 1935 (Vaillant, 1930, 1931, 1934, 1935) proporcionaron datos sobre las sociedades tem pranas. Vaillant excavó para el Museo de Historia Natural en el Valle de México los sitios de Zacatenco (Vailla nt, 1930), Ticom án (Vaillant , 1931) y El Arbolillo (Vaillant, 1935) y en Morelos el sitio de Gualupita (Vaillant, 1934). En estos sitios aparec ieron objetos cer ámicos com o botellones y figurillas hu ecas con m otivos similares a los reportados en la costa de l Golfo reconocidos co mo “de típico estilo olmeca” y que le sugirieron la posibilidad del hecho del intercam bio entre culturas tempranas de distintas regiones. En 1934 Eulalia Guzmán (Guzmán, 1934), descubrió los relieves de estilo olmeca en Jonacatep ec, hoy Chalcatzingo, lejo s tam bién de la costa del Golfo. I.1.2. Las excavaciones arqueológicas Las excavaciones arqueológicas pres entaron una nueva perspectiva metodológica, pero ante la dispersión de elem entos portátiles con características olmecas se formuló otro interrogan te: ¿Cuál fue el rol de los olm ecas de la costa del Golfo en desarrollo de la complejidad soci al en otras culturas en Mesoamérica? Matthew Stirling conocía algunos objetos de jade olm ecas y había publicado algunos estudios previos en la University of California y la Sm ithsonian Institution (Stirling, 1968:1). Con la ayuda de esta ú ltima in stitución, en 1938 em pezó sus trabajos en la área olmeca de la costa del Golfo, de donde se com enzó a formar un gran corp us escultórico y ceremonial. El primer sitio explo rado, con excavaciones arqueológic as y recuperación de materiales p rincipalmente cerám icos junto a los monum entos, fue el de Tres Zapotes, en el margen occiden tal de la zona olm eca. Para ello du rante 1939 y 1940 contó con la ayuda de Marion Stirling, Phillip Drucker, Ri chard Stewart y C.W. Weigan, este último en 1943, publicó la primera descripción com pleta del sitio con los análisis de materiales líticos y cerámicos. También Drucker ( 1943a, 1943b) realizó ex cavaciones con el 26 objetivo de entender la es tratig rafía y se interesó por la cerámica. Por su parte, S tirling (1940, 1943) sugirió una larga ocup ación en el sitio, que se extendía con m ontículos a través de dos m illas en el Arroyo Hueyapan 13 . Adem ás de examinar y fotografiar la antigua cabeza colosal reportada se recobr aron más m onum entos escultóricos, entre ellos cabe destacar un fragmento de la Es tela C con la fech a calendárica 7.16.6.16.18 (6 Etzab 1 Uo) que equiv ale a 31 a.C. Esta fecha, casi 300 años más tem prana que cualquier monumento m aya con este sistema calendárico, causó gran controversia ya que en el registro faltaban el num eral de los baktunes. Treinta años más tarde cuando apareció el fragm ento superior se co mprobó que la lectura era correcta. Entre sus viajes, Stirling realizó uno a Izapa, en Chiapas, para conocer los monumentos, los cuales tam bién relacionó c on el estilo olmeca aunque los consid eró más tardíos (Stirling, 1943). Stirling (1943) inició las investigaciones en 1940-1941 en Cerro de las Mesas, sitio con gran cantidad de m onumentos escult óricos de un estilo m ás tardío, algunos incluso del clásico temprano (300-600 d.C.) y que dem ostraban una continuidad en el complejo. Pero de m ayor espectacularida d fue su descubrimiento de 782 piezas de piedra verde como ofrenda. Pero de éstas de be considerarse que no todas eran olmecas y formaban parte de un contexto de uso posterior a su elaboración. La primera tem porada de excavaciones en La Venta se inició en 1942 y siguió una segunda en 1943. Stirling y Drucker se ce ntraron en lo que se suponía el centro ceremonial 14 y fue allí donde la primera tem porada de campo, en el montículo 2 excavaron la cámara funeraria formada con co lumnas de basalto (m onumento 7) y el sarcófago (monumento 6). Am bos entierros contenían ofrendas funerarias. En ese momento en La Venta también se conocieron tres cabezas co losales más, que elevaro n al número de cinco la cifra total en la zona del Golfo. Drucker realizó el estu dio cerámico, el cual se publicó en 1952, La Venta, Tabasco: a study of Olmec Ceramics and Art. Ese mismo 1942 se inauguró la II Mesa Re donda de la Sociedad Mexicana de Antropología, en Tuxtla Gutiérrez (Chiapas), co n el título Mayas y Olm ecas. Es un hito en la historiografía olm eca. Estaba pres idida po r Alfonso Caso y participaron, entre 13 Véase también investig aciones más recientes: Pool (200 0); Pool et al. , (1997); C ypher s (198 2a); Orti z Ceballos (1 975); a demás de los ci tados e studios s o bre secuencias cerám icas realizados por Drucker (1943a, 1952 a, 1952b ) y We ian (1943, 1952) . 14 En las publicaciones de sus inve stigaciones realizadas en La Ve nta, Gonzál ez Lauc k de nomina el sitio como ciudad (Gon zález Lauck, 1995, 200 0) 27 otros, Miguel Covarrubias, Wigberto Ji ménez Moreno, Eduardo Noguera, Eric Thompson y Matthew Stirling. Las ponencias se divid ieron en dos ámbitos: olm ecas arqueológicos que se desarrollaron durante el Preclásico y los olm ecas históricos de los que hablan las fuentes. Con ello, se anotó que se trataba de dos grupos distintos. Los objetivos fueron intentar definir la temporalid ad y la filiació n étni ca del estilo llam ado por los investigadores olm eca (Caso, 1942). Salvador Toscano (1942) se apoyó en las fuentes históricas de los Anales de Cuauhtitlan y cronológicamente ubicó el últim o gr upo en el siglo V II o IX al XIII, también por su estilo que lo con sideró post-estelas mayas pero pre-m exica. Eric Thompson (1941, 1953), los dató entre el 900 y 1200 d.C. Por otra parte, Eduardo Noguera (1942), relacion ó los tipos de figurillas con los estudios sobre estos materiales de Hay-Vaillant (1930) y ubicó a los olmecas ente las culturas arcaicas. Adem ás, mostró como los tipos A eran sim ilares a algunos ti pos del centro de Méxi co apuntando incluso que el tipo A pudo originarse al lí, afirmaciones con las que Vaillant estuvo de acuerdo. A nivel lingüístico, Roberto Weitlaner realizó la reconstrucción de los antecedentes de la rama o subgrupo m ixteco-popoloca. Norman McQuown propuso una síntesis de la fam ilia macrom ayense como origen, sum a del ámbito idiom ático del totonaco-tepehua junto al mixe-zoque 15 , que constituían la fam ilia totonaca-zoquetana, a la cual se le uniría el mayense (Caso, 1942). Desde la antropología físi ca, Juan Comas (1942a, 1942b) planteó el problema del tipo racial olmeca a partir de los rest os hallados en Cerro de las Mesas. Sus conclusiones mostraban dos tipos físicos pe ro que no se correspondían a los dos tipos físicos que se presentaban en las figurillas, así que suge ría que las representaciones antropomorfas del arte olm eca no podían to m arse como expresión del tipo físico olmeca. Com as junto a Daniel F. Rubín de la Borbolla, Manuel Maldonado, Hanna Kirchhoff y Eusebio Dávalos (Caso, 1942) presentaron la ponencia “ Las representaciones Olmecas desde el punto de vista antropológico ”, donde propusieron un análisis de caracteres físicos que se div idían en anatómicos (braquitípico y longitipo); los antropológicos (tipo de cabeza, cara, ojo, nariz, labios), caracteres 15 La respuesta a qué idiom a ha blarían los olmecas aún no es segura. Lingüistas y arqueólogos coinciden en identi ficar la regi ón c omo mi xe-zoque, aunque es probable que tam bién se ha blara pr oto-yaxc hé a partir del dialecto uin ic, quizás mostrando una re gión bilingüe (Manrique Castañed a, 2000:69-70; Lowe, 1983; C am pbel y Ka uffm ann, 197 6) 28 patológicos (enanismo, obesidad, acrom egalia , etc.) y tipos de deformación craneana 16 . Alfonso Caso (1942) definió también dos tipos físicos en la misma cultura representados en los objetos: uno de nariz chat a y labios muy gruesos y, otro de nariz y labios finos. A partir de sus representa ciones, propuso que el tipo físico era de individuos gordos, de escasa estatura y extrem idades cortas. Posteriormente se estableció q ue el tipo físico de la gen te en la área m etropolitana, reconstruido en base d e representaciones en barro, piedra 17 y jade y com plementado con algunas de las características raciales de los actuales habitantes del tipo físico sureño mexicano: “es el de personas de baja estatura, de bien formados cuerpos pero tendientes a la obesidad, braquitípicas de cabeza y cara redondeada, mofletudos con nucas abultadas, ojos oblicuos y abogatados con pliegue epicántico, nariz corta y ancha, boca de labios gruesos y comisuras hundidas, ma ndíbulas potentes y cuello corto. Estos rasgos faciales ha n sugerido la presencia entre los olmecas de dos razas humanas; el pliegue epicán tico representa a la mongoloide (..) aparte del tipo básico metropolitano olme ca, hay otro m ucho menos frecuente representado por nariz fina y labios delgados. Corresponde a individuos de mayor estatura y parece ser más reciente que el otro”. (Bernal, 1975: 187). Según Alfonso Caso (1965:23) y Miguel C ovarrubias (1942) la principal deidad 18 “olmeca” era un an tepasado del dios de las lluvi as, pero con caracterís ticas de jaguar y era esculpido en grandes hachas de piedra s duras, que posiblemente representaban el rayo. Covarrubias anotó (1942:46) que los material es preferidos eran “el basalto, el jade y las piedras verdes sem ejantes”. Su técni ca escultórica com prendía “la percusión, el desmoronamiento, el desgaste, la perforación, el pulimento, el esgrafiado y los adornos”. Las im ágenes representadas se dividieron en cinco gr upos: 1. antecesor del dios de la lluvia, 2. figuras de enanos, 3. individuos con tocados 19 , capas y adornos, 4. individuos barbados, 5. individuos sentados. 16 Véase también los análisis realizados por Faul haber (2000: 30-48), donde reitera esta m ezcla de braquitip os y longitipo. Ella se refiere a estud ios gl otocronológ icos (como los citados en la no ta 15) para explicar la ex pansión de bra quicranea nos (de grup os mayenses) e n la parte sur del Golfo, au nque los cráneos de e ste pe ríodo estaba n deform ados artificia lmente y no se p uede determ inar. 17 La descripción f inal de Bernal (1975 ) expuesta en la cita correspond e a las imágenes representad as en las cabezas colosales, c on pliegue epicá ntico, ojos alm endrados, nariz ancha y corta y labi os gruesos. 18 A parte de la vincul ación m ítica e ideológi ca que apunta n Caso y Covarru bias del jag uar como dei dad de la lluvia, o deidad nat ural, po drá obse rvarse en el capítulo IV s obre las cabezas col osales que ninguna de ellas lle va en sus atavíos objeto o se ñal que relacione est os persona jes represent ados con el jaguar, pero si por ejem plo a aves. Por otra parte, s í se mues tran ra sgos de dich o anim al en esculturas de figuras humanas e n transformación (al respect o véas e Cyphers (2004 ), Lesure (2000) y Furs t (1972, 1995). Por lo tanto, en mi opinió n, las cabezas colosales reflejan un poder terr enal y social. 19 Las cabezas colosales, por tratar se de representaciones humanas co n tocado estarían de ntro de este grupo. 29 El análisis iconográfico fue introduci do por Miguel Covarrubias (1942, 1946, 1957), considerando los aspectos descriptivos , de significado y formales. Su discusión se centró en lo que nombró com o temas bási cos: el jaguar –haciendo uso de analogías con las sociedades del Postclásico, como rem arcó Saville-, los chan eques –desde la etnología-, y las representaciones idealizadas de sí mismos. Cova rrubias unía estos rasgos iconográficos a una es trecha relación del grupo con la naturaleza, el culto a la tierra o la lluvia. En la ponenc ia se mostraba su gráfica sobr e la evolución del dios de la lluvia desde los rasgos olm ecas del Preclásic o a los Postclásicos, pero un es tudio más profundo se publicó en Cuadernos Americanos el 1946, “ El arte olmeca o de La Venta ”. En las conclusiones se acordó que un esti lo de arte podía ser equivalente a una cultura en el sentido etnolingüístico y que el m arco tem poral de la civilización olm eca fue el período Arcaico y Prec lásico. Alfonso Caso propuso la extensión del com plejo olmeca (1942:43-46). En su opinión esta cu ltura no fue en ningún s entido primitiva aunque se halle en los estratos más antiguos , todo al contrario es de gran finura y preparación e influye esencialmente en las cu lturas posteriores. Comenta que sus rasgos primigenios desarrollados posteriorm ente po r otras civilizaciones le otorgan el calificativo de civilizaci ón y de “cultura m adre” 20 . Con las mism as perspectivas que la II Mesa Redonda, el mismo 1942 salió a la luz una primera obra de síntesis, El enigma de los Olmecas , de W . Jiménez Moreno. En 1957, se publicó el libro Ideas fundamentales del Ar te Prehispánico de México , escr ito por Paul Westheim, en el que se elaboró un análisis form al de las obras conocidas y tipificadas como olmecas hasta el momento (por eso en él tam bién aparecen “los 20 Sobre el término ci vilización véase la nota 1 de este capítulo y sobre el térmi no de cult ura ma dre, cabe decir que es polém ico en la actualidad c omo se ex pu so en la s primeras páginas d e este capítul o y referencia a notas 4 y 5, también en la introducción se encontrará m i opinió n. A pe sar de ello p uede anotarse lo que se establecía en 1942 (Caso, 1942) y que podría resumirs e: la deformació n cran eal, el septum perfora do, la m utilación dentaria si nos refe rimo s a las características físicas; la orientación de los centros y edificios, su planifi cación con ofrenda s y monu mentos y la construcción de plataform as para las casas-habitación y edif icios, como características arquitectónicas; las inscr ipcione s dentro del Sistem a de la Cuenta Larga, la utilización de num erales, el calenda rio de 260 días y los glif os o símbolos que podrían tratarse como escritura serían algunas de sus car acterí sticas más importantes a nivel científico; la escultura en piedra, el trabajo en jade y las repres e ntaciones de seres p atológic os, enanos, j orobado s, enferm os, etc. en muchas oc asiones se muestran co mo antecedentes de dichos traba jos o temá ticas en culturas más tardías, y en el ámbito de las creencias en ocasiones se resaltan las representaciones e n jades con motivos ol mecas de cuchillos cerem oniales, pero por l o que más se destacan es por el culto al jaguar y su asociación de este animal con el jade y con el corazón de la tierra, así com o con las cuevas y las montañas, t ambién por las c erem onias shamáni cas o los m itos de ori gen rep resentados a parti r de la combinaci ón de rasgos h umanos y anim ales, así com o las im ágenes de ídolos de rasgos de di stintos animales y por el entierro de las ofre ndas en rituales. 30 danzantes” de Monte Albán), considerando la s obras plásticas como el único m aterial que permite interpretar los m ateriales y la técnica de elaboración, los temas y las categorías formales del estilo. W estheim, aunque desde la perspectiva del análisis estilístico, siguió los mism os posicionamien tos prescritos en la Mesa Redonda de Palenque de 1942. El sitio que ocupa el presente estudio, San Lorenzo, seguía en el anonimato hasta que en 1945 Stirling lo visitó por primera vez, para iniciar las ex ploraciones en 1946 junto a Stewart y Drucker (Stirling, 1955). E se año se hallaron pruebas sobre la existencia de un sistema de acueducto y 17 monumentos, entre ellos los llamados altares 21 y las cinco primeras cabezas colosales. Las exploraciones se realizaron en la meseta de San Lorenzo, Potrero Nuevo y Tenochtitlan y se consideraron los tres sitios como parte del mism o patrón de ocupación 22 , al que denominaría Río Chiquito. Sus primeros trabajos les permitieron plant ear algunas cuestiones sobre los cambios ambientales que pudieron haber sufrido los sitios sobretodo en relación a cam bios morfológicos de los ríos. Stirling realizó la primera lectura s obr e la sociedad olmeca de San Lorenzo a partir de los monumentos. Estos le sugirier on su voluntad de expres ión d e los orígenes míticos del grupo com o descendientes del jaguar , a partir de las representacion es en los monumentos 1 de Tenochtitlan y 3 de Potr ero Nuevo, interpretados en ese mom ento como una cópula entre seres animal y hum a no. Asimismo, expuso la notoria destrucción sufrida por los monumentos a los que, según su interpretación, se les intentó borrar los rasgos, este hecho junto a la localización de los monum entos caídos en laderas o enterrados Stirling lo atri buyó hipotéticamente a rituales 23 . Resum iendo, en San Lorenzo halló rasgos del inicio y el fin de los olm ecas en el sitio, además de un corpus escultórico formado por altares y cabezas colo sales, las cuales, acabadas con un a cara 21 Como se ha citado ante riorme nte, fueron lla mados alta res por su form a pero desde los est udios publicad os en 1973 por Gro ve se reconocen com o tronos. 22 Tenochtitlan y Po treroNuevo son nombres actuales d e dos núcleos de población perten ecientes al munici pio de Texistepec, y la meseta es conocida tam b ién en la actual idad com o de San Lorenzo; este es el origen de los nombres de los tres sitios y también de lo s distintos proyecto s de investigación realizado s en la zona. Stirling, an te la confusión que podría crear el no mbre de Tenochtitlan con la capital mex ica opta por el protago snismo del nombre del río que transc urre cercano a estos tres sitios mencion ados, el río Chiqui to. Por otra pa rte, com o se podrá leer m ás adelante en el mism o capítulo, los estudios actuales realizados por el Proyecto Arqu eológico San Loren zo Teno chtitlán presentan las evidencias del rol a niv el regional de San Lo renzo como centro rector y Te noch titlán y Potrero Nuevo como centros satelites. 23 En décadas p osteriores C oe y Diehl (19 80) inter pretan esto s mismos dat os como produc to de revuel tas internas o ext ernas, pe ro despué s de realizar estudi os geom orfológicos Cyphers, ( 1997c, 2004a , 2004b) determina su deslave a causa de s u propio peso. 31 plana 24 le sugirieron su colocación junto a es tructuras a rquitectónic as. Las cabezas colosales las iden tificó como retratos realis tas de individuos prom inentes y ubicó los yacimientos de la roca utilizada en su reali zación en las m ontañas de los Tuxtlas, donde podían haberse mantenido contactos continuos y pacíficos con los grupos de la zona. A pesar de todo ello, la incipiente arqui tectura y la inexistencia de tumbas y ofrendas masivas como las halladas en La Ve nta, restaron importancia al sitio de San Lorenzo, aún recalcando su antigüedad respecto a La Venta, el cual cons ideró el centro más importante en la zona durante el Preclá sico. Stirling m encionó en su trabajo (1955) que, a pesar del clímax alcanzado en las reali zaciones escultóricas y la extensión de la ocupación, San Lorenzo probablemente no llegó su desarrollo total y pudo haber estado subordinado a otro centro 25 . Estos dictámenes se m antuvi eron durante décadas, porque el siguiente proyecto de excavac ión en el sitio se pres entó transcurridos más de veinte años. A partir de los años cincuenta, La Venta comienza a ser afectada drásticam ente por el auge petrolero en la región. Se construyó una pist a aérea que arrasó parte del recinto ceremonial, sin mencionar los vestigios arquitectónicos que nunca fueron registrados. En pos de protege r el amp lio acervo escu ltórico del sitio, el poeta tabasqueño Carlos Pellicer en 1957 trasladó a Villaherm osa la mayor parte del conjunto escultórico, exhibido parte en el Museo Regi onal e instaló 40 esculturas en el “Parque- Museo” (Pellicer, 1959). Desde entonces la población de La Venta empiezó a crecer e invadó la zona arqueológica, por lo cual en 1958 Roman Pi ña Chan (1959) y Roberto Gallegos realizan excavaciones de rescate, éstas y las de Heizer (Heizer, Graham y Graham,1968) en los años sesenta fueron ta mbién las últim as hasta transcurridos 20 años. Fuera de la costa del Golfo los proyectos llevados a cabo durante la década de los cincuenta fueron important es y las publicaciones de resu ltados se iniciaron con las noticias del descubrimiento de relieves olm ecas en El Salvador, hallados por Stanley Brogs (1950) en Chalchuapa. En 1952, Muriel Noe Porter (1953) y Rom án Piña Chan publicaron sus trabajos sobre Tlatilco, donde hallaron ajuares funerarios con objetos olmecas espacialm ente muy localizados, indi cando estratificación so cial y p restigio; 24 La parte posterior de las cabezas colosales planes indica que para su realización ha n sido recicladas a partir de un m onumento tr ono (Porte r, 1990, Cy phers, 200 4b). 25 En el capítulo III se presentan las in vestigaciones sob re patrón d e asentamiento en la región de San Lorenz o (Symonds et al. , 2002) donde se m uestra la organización de sitos de m enor tama ño alrededor de él en fases d onde San Lo renzo fue una aldea medi ana o en el perí odo de a uge cua ndo ést e funcion ó com o centro regional. 32 también en Tlatilco excavaron entierros Paul T olstoy y Louise Paradís (1970, 1971) cuyos datos proporcionaron toda una secu encia cronológica cerámica donde también aparecían objetos de estilo olm eca. Mostra ndo las mism as características, Chris tine Niederberger (1969, 1975) faci litó la secuencia cerám ica para Tlapacoya-Zohapilco. Por otra parte desde mediados de los años cincuenta, la N ew World Archaeological Foundation trabaja en Chiapa de Corzo y ela boró tam bién su secuencia cronológica. En aquel momento, el conjunto de cronologías contribuyeron a entender el desarrollo de las ocupaciones tempranas, en este sentido la s ecu encia en la costa de l Golfo era aún algo débil, pero en 1955, Phillip Drucker, Robert Heizer, Robert Squi er (Universidad de California) y Edua rdo Contreras (INAH 26 ) obtuvieron las primeras fechas de C14 para La Venta, las cuales ubicaban el período de esplendor del sitio entre el 1000 y el 400 a.C. (Drucker et al. , 1959). Ya a principios de los años sesenta, fu eron descubiertas las pinturas olmecas en las cuevas de Juxtlahuac a y Oxtotitlan, en Guerrero; Michael Coe publicó los resultad os de sus investigaciones en la costa del Pacífico de Guatem ala (Coe, 1959, 1960, 1961), ubicando una fase cerámica pre-olm eca 27 en el lugar, o fase Ocós (1500-1350 a.C.). En trabajos posteriores identificó otra fase en la región ya con caracteres olmecas, la fase Cuadros (1100-900 a.C.). Richard MacNeish (MacNeish et al. , 1970) aportó las fechas más tempranas para el valle de Tehuacán (P uebla). Garreth Lowe (1967) identificó el complejo cerám ico Barra en la costa de Chia pas y Carlos Navarrete publicó los estudios sobre los relieves olmecas en Pijijiapan (N avarrete, 1969) y Tzutzuculi, y sobre otras piezas olmecas com o cetros, hachas votivas , pectorales y figurillas en Chiapas y Guatemala (Navarrete, 1971). Con estos datos se empezaron a configurar cronolog ías que hablaban de relaciones entre culturas por motivos económ icos basados en el aprovisionamiento de m aterias primas y en la exportación de ideol ogía plasmada en el los motivos olm ecas de los materiales portátiles. Siguiendo con el repaso cronológico, y re gresando a la zona de la costa del Golfo, en 1965 se halló la escultura conoc ida como de Las Limas, con m otivos 26 Instituto Nacional de Antro pología e Histo ria, de Méx ico. 27 Posteriormente Coe (Coe y Diehl, 1980) reali zará in vestigaciones en San Lo renzo consi derando también dos fases pre-olm eca (Ojochi y Bajío (1500-125 0 aC)), una fase olmeca de auge del ce ntro (San Lorenzo A y B (1150 -900 aC)) , con una fase de fo rmación de esta complejid ad (Chicharras (12 50-1150 aC)), como se anotará e n el capítu lo VI, Coe está aplican do y definiendo San Lorenzo a partir de su interpretación de los materiales de su s investigaciones en la costa del Pacífico de Guatemala; y explica los cambios pr ovocados po r continge ntes externos . Como se verá en el capítulo V y VI la perspectiva es distinta a partir de ex cavaciones más extensivas y el análisis del material (Cyphers, s.f.b) 33 esgrafiados de un gran valor iconográfico; posteriormente sobre estos sím bolos Joralemon realizará su estudio en 1970. En Oaxaca, hacia mediados de los años se senta Kent Flannery, de la Universidad de Michigan, empezó sus trabajos en San José Mogote y m ostró la larga secuencia temporal durante el Preclásico y la g ran ex tensión del sitio (Flanne ry, 1976). Al parecer San José Mogote fue un importante centro regi onal cerem onial y económico, importante en las rutas de intercam bio 28 . Todos estos estudios estaban dirigidos a determinar el desarrollo prim igenio en cada región, por el contrario en el área de la costa del Golfo los proyectos son de rescate de monumentos. Mientras en San Lorenzo, Luís Aveleyra y Román Piña Chan (1966) rescataron la cabeza colosal 6 del sitio en 1965 y, en 1967 en La Venta, un equipo de la Universidad de Berkeley formado por Robe rt Heizer, Phillip Drucker y John Graham (Heizer et al. , 1968) siguieron descubriendo monum e nt os, aportando nuevas fechas de radiocarbono calibradas para La Venta (800-40 0 a.C.) y sugirieron que la pirámide fue construida imitando un volcán de los cercanos Tuxtlas. En 1970 se halló en el Rancho Cobata otra espectacular cabeza co losal, és ta con rasgos peculi ares com o sus ojos cerrados, cambios en la estructura harmóni ca y m edidas mucho más grandes que todas las anteriormente conocidas (De la Fuente, 1974). Las fechas, la grandiosidad cerem onial y es cultórica de los sitios en la costa del Golfo, especialmente ejemplificados a partir de L a Venta, y la distribución de materiales hasta lugares lejanos presentaron nuevas cues tiones centradas en la naturaleza de la sociedad olm eca. Así se definieron los términos y límites de los “olm ecas 29 ” en la “área metropolitan a o nuclear 30 ” y los “olm ecoides 31 ”. 28 Se señala aqu í la im portancia de San José M o gote com o centro regional durante l e período Preclásico en los valles de Etla, e n Oaxaca. La s características de las inve stigaciones llevadas a cabo en el área olmeca no permiten hasta varias déca das posteriores, en los años no venta con el Proy ecto Arque ológico San Lorenzo Tenochtitlan, dirigido por Ann Cyphers, presentar el sitio olmeca de San Lorenz o como centro regi onal important e en el área y en las rutas de i n tercam bio durant e el período P reclásico Inferio r y presentar a La Venta como centr o regional y no s o lo cerem onial durante el Preclásico Medio, según los datos impulsados por el Proyecto La Venta, di rigido por Re beca Gonzál ez Lauck (1996, 1998), 29 “Olmeca significa “ha bitante del país del hule”. Por e llo la palabra corresponde a los que han vivido en esa área, pero aquí la utilizam os exclusivamente para distingui r a la antigua ci vilización arqueológica que fuera anterior a la de los olmecas tardíos de esa re gión o de aquellos olmecas qu e dos mil años más tarde tuvieron su centro en el Valle de Pueb la y que cono cemos por las fuentes histór icas”. (Bernal. 1975:183) 30 “Los sitios arqueológic o s y m onumentos que c orresponde n a la regi ón olmeca, se encue n tran en la área limitada por el Go lfo de México al norte, las prim eras estribaciones de las sierra s al sur, el (río) Papaloapan al oeste y la cuenca d el (río) Blasillo-Tonalá al este. (..) Solo ocupa uno s 18.000 km2 definidos por los resto s culturales y por la geograf ía”. (Bernal, 1975 :183). 34 Al respecto, puede matizarse que a partir de las investigaciones arqueo lógicas en Monte Albán y Oaxaca, al igual que en Izapa, los rasgos olm ecoides fueron dsestimados, pero el concepto de olm ecoid e se ha seguido aplicando a los objetos de características olmecas hallado s en estratos antiguos de lo s centros fuera de la zona metropolitan a olmeca, com o vestigios de contactos entre elites y/o pequeños desplazamientos de gentes olm ecas a estas regiones con las que debían haberse establecido lazos comerciales y quizás políti cos. Así, Román Piña Chan y Miguel Covarrubias (1964) escribieron el libro El pueblo del jaguar , Alfonso Caso (1965) publicó el trabajo ¿Existió un imperio olmeca? , y Michael Coe en el Handbook of Middle American Indians redactó “The olmec style and its distribution”. En 1967 se realizó en Washington la C onferencia de la Dumbarton Oa ks sobre los Olmecas, cuyos materiales f ueron editados por Elizabeth Benson en 1968; Coe elaboró la exposición “The jaguar’s children: Preclassi c art from Central México” e Ignacio Bernal publicó el mism o año El mundo olmeca. Las décadas de los años seten ta y ochenta son significativas en la historiografía sobre la arqueología mesoamericana por la aportación de estudios cuantitativos y cualitativos sobre patrón de asentam iento, subsistencia, áreas de actividad y dom ésticas que conformaran el conocim iento global y regional de las sociedades del período Preclásico. Estos estudi os realizados en la zona del Golfo se anotan en las páginas siguientes. I.1.3. San Lorenzo: el desarrollo olmeca más temprano Con el conocimiento de las fechas de La Venta, se había establecido que el patrón cultural o lmeca se ubicaba en el Preclás ico Medio, pero la pregu nta que surgía entonces era ¿existía un desarrollo má s temprano de lo olm eca y dónde debería buscarse? Michael Coe, tras sus investigaciones en la costa del Pacífico de Guatemala y Chiapas que proporcionaron datos sobre las fa ses cerámicas pre-olm ecas en la región, inició el Proyecto Río C hiquito en S an Lorenz o Tenochtitlan. Coe, de la Universidad de Yale, dirigió las temporadas de campo en 1967 y 1968 y los resultados fueron 31 “También llamaremos omecoides a los habitan tes de varios sitios como Monte Alban o Izapa que son más o menos c ontemporáneos y tienen una serie de rasg os olmecas; pero cuyo estilo muestra difere ncias notables debi das a la mezcla con los grupos local es que no son Olmecas”. (Bernal, 1975:183). 35 publicados en 1980 (Coe y Diehl, 1980). Como podrá observarse en todo el cuerpo de esta tesis, el proyecto consideró aspectos metodológicos que aportaron una valiosa base de información, punto de referencia en posteriores trabajos en la zona. Una prioridad fue la elaboración del Ma pa Arqueológico de la Meseta de San Lorenzo a escala 1:1000 y orientado al norte verdadero, ideado por Ray Krotser (Coe y Diehl, 1980: mapa Krotser, 1967). Se trabajó con una retícula artificial de cuadros de 300 m de lado designados por una letra y un núm ero arábigo. Sobre el se localizaron los puntos datum , las excavaciones, los monumentos y lo s m ontículos numerados dentro de cada cuadro, así por ejemplo una concentración de monumentos se halló en B3-17, o sea el cuadrado B3 en el montículo 17. También se llevó a cabo un estudio ecológico con el análisis de suelos y su evaluación etnol ógica actual, se elabor aron hipótesis sobre estimaciones de capacidad de carga 32 en época olmeca e inventario s de plantas y animales propios del m edio selvático tropical húmedo. A nivel arqueológico, se recuperar on monumentos con todo un contexto estratigráf ico contro lado 33 y se relacionaron las estrat igrafías de las diferentes excavaciones obteniendo una columna con dat aciones. Asim ism o una gran contribución fue el establecimiento de toda la secuencia cronológica a p artir del estudio cerám ico 34 , con fases que consideró pre-olm ecas (Ojo chi, 15 00-1350 a.C.; y Bajío, 1350-1250 a.C.) y una fase de apogeo cultural anterior a la s dataciones obtenidas para La Venta (San Lorenzo, 1150-900 a.C.), fase a la que perten ecen la inm ensa mayoría de las esculturas del sitio. A la secuencia cronológica comp leta se hará referencia detallada seguidamente, en el punto I.2. de este m ismo capítulo. Dentro del proyecto se realizó el análisis de material arqueológico recuperado de sondeos y en los apéndices, además de las f echas de radiocarbono se aportó el análisis petrográfico de monumentos 35 , lascas y m etates. Se ad junta un detallado catálogo de escultura monumental con fotografías y dibujos de Felipe Dávalos, incluyendo la reseña, sin foto ni dibujo, de los monume ntos hallados en el período entre la finalización del Proyect o Río Chiquito y la publicación de los resultados en 1980; entre 32 Revisió n y nuevas propue stas en Ro dríguez et al ., ( 1997). 33 Revisio nes y nueva s prop uestas en C yphers (1997a, s. f. a). 34 En la actualidad, los est udios s obre materi al cerámico proce dente de excavacione s extensivas modifican y am plían la secuencia y las tipologías pr opuestas por Coe y Diehl (1 980). Al res pecto puede consulta rse Cyphe rs (s.f. b), S ymonds et al. (2002: apéndice II) y el capítu lo VI de la tesis. 35 Los datos presentados en el apén dice sobre la experimentación realizada con la dispersión de azufre sobre basalt o se elaboraron a part ir de los dat os pres entados por el análisis pe trográ fico en Coe y Di ehl (1980). 36 estas reseñas está la de m onumento SL-53, cabeza co losal 7 del sitio, descubierta en 1969 por Francisco Beverido y que ocupa el presente estudio. Como extensión del Proyecto Río Chi quito, el siguiente proyecto fue del Instituto Nacional de Antropología e Hist oria, sus responsables fueron Francisco Beverido y Jürgen Brüggemann, quienes llev aron cabo dos tem poradas de campo. Se realizaron prospecciones con magnetóm etro en algunas áreas de la meseta de San Lorenzo. Sus objetivos fueron probar la utilidad de estas nuevas técn icas de prospección y la localización de nuevos ras gos escultóricos, con el fin de conocer más el sitio y la cultura olmeca (Brüggem ann y Harris, 197 0). Entre los monumentos que se descubrieron en estas tem poradas de campo están las cab ezas colosales 7 y 8, ambas localizadas en sectores de la meseta donde se p uede estudiar el contexto, acción que se realizará dentro del posterior proyect o arqueológico en los años noventa. Siguiendo esta historia de las investigaciones, en el sitio en 1982, Omar Ruíz Gordillo (1982) efectuó trabajos de resc ate en la barranca del Ojochi, donde accidentalmente fue localizada la cabeza co losa l 9 de San L orenzo, fuera de su contexto primario. I.1.4. Tratados sobre el corpus escultórico y la iconografía olmeca Antes de seguir con la historia de las i nvestigaciones arqueol ógica en la zona debe aquí la importancia de los estudios sobre el corpus escultórico y la iconografía realizados durante la s décadas siguientes. Posteriorm ente al ya citado tratado sobr e arte olmeca de Paul Westheim (1952, 1957), Gordon R. Willey (1962), considerando las remarcadas sim ilitudes estilísticas entre las culturas prístin as contemporáneas de los olmecas en Mesoam érica y de Chavín de Huantar en Perú, analizó las implicac iones culturales y la s posibles causas del or igen de las civilizaciones en es tas zonas geoculturales 36 . Los argumentos de W illey derivaron de las considerac iones estilísticas, la s cuales le aproximan a sus de sarrollos culturales. Puede interpreta rse que su posición ante las suggerencias d e posibles contacto s es que 36 Ambas cult uras se desarr ollan e n tem poralidades te mpranas y sim ilares, sin antecedentes en s us áreas, es import ante el tallado de la pied ra y en ést as se representa el jaguar como animal toté mico. 37 los grandes estilos fueron la causa del paso de la sociedad aldeana a la sociedad compleja 37 . En los años setenta el interés por los es tudios sobre arte e iconografía olm eca se vio concretado en varios trabajos. En es as época George K ubler (1971, 1972, 1973), analizó los fundamentos teó ricos de las re construcciones cultural es sobre los olmecas. Fue contrario a la aproximación históri ca directa utilizada por Coe (1965a, 1965b, 1968, 1971) para explicar el significa do de sus descripciones. Kubl er, en los estudios citados anteriormente, rela tivizó las im plicaciones de térm inos como form a continua, significado continuo y continui dad de la cultura. Asimismo expuso dos diferentes aproximaciones diacrónicas a pa rtir de referencias etnológi cas e históricas: una, llamada plural, que percibe a Mesoam érica con muchas tradiciones culturales integradas; y otra, unitaria, que muestra a las diferentes cu lturas mesoamericanas com partiendo un sistema ideológico unificado, interconectado en tiem po y espacio, desde el Preclásico a la Conquista. En ambas posturas el origen de características comune s puede iniciarse con los olmecas y desarro llo de la complejidad social. Estas ideas influyeron el trab ajo de David Joralemon (1971) A Study of Olmec Iconography, quien propuso un método para estudiar el sistema simbólico olmeca a partir de la iconograf ía (Joralem on, 1971:6). Su dicci onario de símbolos incluyó 182 elementos aislados y sus interconexiones, c on descripciones e im ágenes. Para relacionar las representaciones con las f uentes históricas recurrió a la s culturas del Posclásico. Este diccionario lo aplicó a 88 im ágenes de escultura y que descompuso en elem entos constitutivos. Todo ello le llevó a concluir con la identificación de diez divinidades e intentó compararlas con sus posibles corres pondientes en las creencias mexicas. Estas divinidades, en un estudio posterior (Jor alemon, 1976), siguiendo las anotaciones de M. Coe quedaron reestablecidas en seis. Contemporáneamente, en 1972 se presenta en la Universidad de Berkeley la tesis doctoral de Carl W illiam Clewlow: A stylistic and chronological study of Olmec monumental sculpture , que se publica en 1974. Sus obj etivos fueron establecer una terminología adecuada para las descripciones del corpus de la escultura monumental analizada (211 artefactos) y pr oponer su secuencia temporal basada en el análisis de estilo. Sus conclusiones llam an la atención; en cuanto a las cabezas colosales sugirió 37 En mi opinión, e ntre los olmecas, las cabezas col osa les m uestran un paso aún m ás complicado dentro de la com plejidad social y es que se trata de manifest aciones no solo de diferenciación s ocial sino de poder y autorida d, un pode r legitim ado y per petuado po r los ancestros y por la socie dad. 38 que, las más tem pranas son las de Laguna de los Cerros, ya que to m ando en cuenta la técnica de talla le parec ieron obras de transición entre escu ltu ras de m adera y de piedra; posteriormente cree que se realiz aro n las cabezas colosales de tres escuelas escultóricas distintas que se sucedían en el tiem po: San Lorenzo, La Venta y Tres Zapotes (Clewlow, 1974:27). En cuanto a los relieves observó que existe una com plejidad creciente con el transcur rir del tiempo. Esta seriación fue criticada por Su san Milbrath (1979) en su obra A study of Olmec sculptural chronology . Consideró que Clewlow selecciona doce rasgos para definir las características de cada escuela escultórica pero m ezcló rasgos de estilo con mutilaciones, los cinco restántes s e clasific aro n como rasgos iconográficos pero en realidad reflejaban las variaciones re gionales m ás que un cambio cronológico. Su propuesta fue de organizar la escultura a partir de sus similitudes form ales y analizar sus cualidades como el m odelado, la composición, el detalle y la posición del cuerpo; y en cuanto a la cronología observó que los sitios olmecas habían estado ocupados en varias ocasiones, e incluso a veces simultáneam ente; de ello se desprende que tal contemporaneidad pudo corresponder al m ismo m omento escultórico. Milbrath (1979:42), resumió el arte olm eca en dos grandes momentos: el estilo propio del Preclásico Inferior donde se enfatizó la escu ltura de bulto, y el estilo del Preclásico Medio, el cual se concentró en el relieve; considera tam b ién que el origen continua siendo enigmático, ya que era un arte m ás clás ico que arcaico, inclus o desde sus inicios, y estuvo de acuerdo con Clewlow en que estos podrían hallarse en la anterior talla de madera, pero de la que no se disponía de m uestras arqueológicas por el momento. Una década más tarde el Proyecto El Manatí dirigido por Ponciano Ortiz y Carmen Rodríguez, rescatan tallas de madera 38 de un contexto de ofrenda lacustre en Cerro Manatí (Ortiz y Rodríguez, 1989). Siguiendo con los estudios sobre el corpus escultórico olm eca, en 1977 Beatriz de la Fuente presen tó su tesis, Los ho mbres de piedra: escultura olmeca . En ella realizó un catálogo escultórico y temático teniendo en consideración un corpus de 206 esculturas, de ellas 64 eran figuras compuestas ( were-jaguar o jaguar humanizado), 21 eran imágenes anim ales y 110 representaban figuras hum anas. Así, a pesar de que el felino tenía un lugar importante, las represen taciones humanas fueron m ás manifestadas. 38 Sobre este hallazgo se expondrá mayor in formación en el apar tado 1.1.5 al ref erirme al proyecto , donde se sintetizaran las datacione s presenta das, pero debo a notar aquí que las ta llas de madera s on de personajes labrados con formas que no se encuentran en e scultura en pi edra y adem ás su de posició n en un contexto de ofrenda lacustre en una ampli a franja t emporal puede a fectar en té rminos de datacion es. 39 Cronológicamente propuso que Sa n Lorenzo fue el sitio m ás antiguo, donde el estilo se muestra local y donde alcanzó la perfección en com posición. Los otros sitios com o La Venta, Laguna de los Cerros y Tres Zapotes mostraban otras épocas estilísticas; hasta que esta escultura de bulto redondo paulatinam ente fue supliéndose por el relieve y un nuevo vocabulario plástico. Su definición d e estilo escultó rico olmeca, con referen cias al volumen, a la m onumentalidad y a la equi librada arm onía de formas, se basó en la escultura de San Lorenzo y aunque para es ta época aún era desconocido el m onumento 53, el cual ocupa este trabajo, esta i nvestigación se considera una herramienta importante para el análisis formal escultórico. En 1976 John Graham (1977, 1989), de la Un iversidad de Berkeley, em pezó sus investigaciones en Abaj Takalik en el suro es te de Guatemala. Graham describió Abaj Takalik como el sitio olm eca más importante conocido hasta el m omento en el Pacífico de Guatemala. Su exten sión fue de apr oximadam ente 9 km2, muestra hasta 9 terrazas artificiales y se reportan más de ciento se tenta rocas labradas de andesita local, generalmente siguiendo el estilo o lmeca. En tre ellos cabe destacar una “cabeza colosal” desprendida de un cuerpo sentado en una cueva o nicho, ésta puede parecerse m ás a las halladas en la costa del Golfo que a los más próxim os monum entos de Monte Alto (Escuintla, Guatemala); aunque, según otras ap reciaciones, podría trat arse de otro tipo más de esculturas (Porter, 1990). Abaj Ta kalik parece ser clave en las rutas de intercambio entre los altos y la costa de Guatemala (Ben son y De la Fuente,1996b:23). También en Guerrero, se hallaron relieves de estilo olm eca en San Miguel Amuco (Grove y Paradís, 1971; Paradís, 1981) y en Chalcatzingo (Grove, 1984); así como objetos en Xochipala (Gay, 1972). En esta re gión el estilo olm eca se mezcla con los estilos locales ofreciendo una pau ta de combinación de am bas culturas en lo que posiblemente fue una ruta com ercial entre el centro de México y la costa del Golfo. Una síntesis de los estudios regiona les sobre el Preclásico se expuso en The Early Mesoamerican Village , editado por Kent Flannery en 1976; y en la publicación Regional perspectives on the Olmec, que unos años más tarde en 1989, editaron Robert J. Sharer y David C.Grove. 40 I.1.5. Las investigaciones actuales Los salvamentos que s e iniciaron en la década de los años ochenta serán el origen de proyectos conti nuados e importantes que sigu en en cu rso, los cuales proporcionan una nueva base cuantitativa y cu alitativa en los estudi os sobre la cultura olmeca y sus relaciones. En Guerrero, en 1983 se descubrió Teopantecuanitlán, sus investigaciones estarán a cargo de Guadalupe Martínez Donj uan. Las características dejaron entrever una promisoria inform ación para explicar la presencia olm eca en Guerrero (Martínez, 1985; Grove, 1989). Hasta la fecha se han explorado parte de sus construcciones ceremoniales, de sus áreas dom ésticas y de trabajo artesanal, así com o parte de sus obras hidráulicas y de sus construcciones f unerarias. Los fechamientos indican que a pesar de que el sitio fue habitado desde 1400 a.C., antes del año 1200 a.C. los olm ecas comenzaron a edificar las prim eras construccion es ceremoniales. E l lugar seleccionado se ajustó a su cosmología e hizo que pa reciera una sim bólica entrada protegid a por pequeñas elevaciones, desde su in icio fue una zona hundida cerrada 39 ; po steriorm ente, con cada etapa constructiva aumentaron los elementos de su iconografía (Martínez, 1994:155). En 1984 un nuevo proyecto del INAH de Ta basco da com ienzo en La Venta, bajo la dirección de Rebeca González Lauck. Su enfoque englobó la investigación, la restauración, la protección y la difusión mu seística del sitio. Los objetivos del proyecto fueron: a) determinar la extens ión de la ocupación prehisp ánica; b) inv estigar la área circundante del sitio; c) realizar prospecciones m agne tométricas en la zona arqueológica; d) efectuar un estudio geomorfológico regional y; e) establecer la secuencia arquitectónica y determinar la f unción de los edificios (González, 1988). Los trabajos del proyecto en La Venta def inier on el sitio no como centro cerem onial como había sido considerado desde in icios de la historiog rafía olmeca sino que lograron cartografiar el sitio y definir la ocupaci ón como ciudad, distinguiendo una probable especialización en diferentes complejos. Se definieron 10 comple jos arquitectónicos además de la llamada “acrópolis de Stirling”. Tam bién se estudió el Complejo C, esta vez como arquitectura en tierra, mostrando un edificio con esquinas rem etidas y una rampa en el lado sur. En el proyecto se llevó a cabo un estudio geomorfológico de la 39 Recientes i nvestigaci ones en Sa n Lorenz o aportan i nform ación sobre tempranas á reas hundida s, al respecto véase Cyphers et al. (s.f.), Varela (2003) y el capítulo V de esta tesis. 41 región y sobre el patrón de asentamiento a lo largo de los antiguos cauces de arroyos circundantes (González, 1989). Los estudios a lo largo de los años oche nta en las montañas de los Tuxtlas, al oeste del territorio olm eca, fueron llevados a cabo por Robert Santley y Ponciano Ortíz. El proyecto de seis años se estableció en fases de recorr ido y de excavación. Se centró en el estudio de Matacapan en el período Clásico pero también aportan información sobre los materiales cerám icos de las oc upaciones correspondientes al Preclásico Inferior y Medio (Santley et al. , 1984:16-18; 1987:42) Ya a finales de la década de los ochenta y como c onsecuencia de un rescate arqueológico notificado al Ce ntro Regional del INAH en Veracruz, dio inicio el Proyecto El Manatí, cuyas investigaciones es tán dirigidas por Ponc iano Ortiz y Carm en Rodríguez. Los objetivos principales se en focaron al rescate integral de un contexto lacustre donde se hallaban ofrendas, entre el las bustos realizados en madera. Tras sus investigaciones establecen una secuenci a estra tigráfica de ocho capas que corresponderían a tres fases cronológicas: fase Manatí A que se remonta hasta antes del 1600 a.C., con objetos como hachas pulidas, pelotas de hule y rocas talladas que fueron parte de un lecho rocoso y que de perfil m uestran la hendidura en “V” remarcada en la iconografía olmeca; fase Manatí B con ofrenda s de hachas alineados en ejes; y fase Macayal, contemporánea a la fase S an Lorenzo y fechada en el 1200 a.C., en la que se presentaron las esculturas en m adera; con esta f ase se llega al fin de El Manatí como espacio sagrado (Ortíz et al. , 1997). Como El Manatí está cerca de San Lorenzo, del lado oriental del río Coatzacoalcos y en 1992, Robert P. Kruger inició u n proyecto de recorrido entre los dos s itios, cubriendo una ex tensión de 10 km2 alrededor del s itio El Macayal (Kruger, 1992). El Proyecto Arqueológico San Lorenzo Te nochtitlan (PASLT), bajo la dirección de Ann Cyphers del IIA-UNAM 40 inició en 1990 y sigue en curso. Las intenciones del trabajo en San Lorenzo y la región circunvecina abarcan la investigación, la difusión a distintos niveles –am plios, desde universitarios a comuni tarios- y la protección del patrimonio cultu ral. En este sentido, adem ás de las publicaciones, presenta ciones y exposiciones, un hecho important e fue la construcción de un m useo comunitario, donde unos años después se ha instalado la cabeza colosal 10 de San Lorenzo, hallada en 1994. 40 Instituto de investigacion es Antropológicas de la Universid ad Nacional Autónoma de México. 42 Las labores se in ician a partir de la inf ormación m ultidisciplinar aportada por Coe y Diehl en sus investigaciones las te mporadas de 1967 y 1968 en el Proyecto Río Chiquito (Coe y Diehl, 1980) y, a partir de lo s datos estratigráficos de diferentes zonas excavadas por investigaciones an teriores, en focadas principalm ente a la escultura y arquitectura (Stirling, 1955; Be verido, 1970; Brüggerman y He rs, 1970). La finalidad es aportar un mayor conocim iento del centro olm eca, lo más integ ral posible. El proyecto ha puesto énfasis en el patrón de asentamiento en los niveles local y regional (Sym onds et al. , 2002), generando inform ación sobre la docum entación y la explicación del uso diferencial del espacio a través del tiempo por las distin tas ocupaci ones prehispánicas en el lugar (Cyphers, 1997a, 2004a, 2004b). Las i nvestigaciones se han centrado en la meseta de San Lorenzo y otros asentam i entos de la región circunvecina, con los objetivos siguientes: a) la delimitación y la excavación de diversas áreas con funciones específicas; b) la prospección extensiva regional, a través de recorridos sistemáticos e intensivos; c) los aná lisis del m edio ambiente antiguo , los cuales perm iten la aproximación a la com prensión del antiguo pais aje y su utilización para la subsisten cia y demás propósitos. Para conocer y explicar el uso del es pacio en el transc urso del tiempo se excavaron las áreas domésticas, las productivas , de almacenam iento y las ceremoniales del sitio (Cyphers, 1997a:23). Estos datos pr oporcionan evidencias claves sobre la configuración y la función de la ciudad y de los distintos sectores de la sociedad, detalles que se expondrán en el capítulo II I del presente trabajo. Así también en el capítulo II se realiza un a síntesis de los av ances del proyecto en el conocimiento del medio ambiente antiguo. Uno de los propósitos del proyecto fue investigar los vestigios estructurales señalados en estudios anteriores y, otro propósito fue datar lo s co ntextos de los monumentos, en los que a través de excavacio nes más extensivas y con una secuencia estratigráfica controlada se pudiera obtener este dato. Dichas propuestas se siguen trabajando en la actualidad, pero en rela ción a ellas se han podido establecer nuevos razonamientos como la importante actividad de reciclaje escultórico que s e llevó a cabo durante la fase de apogeo del centro, así como señalar que la presen cia de esculturas no se restringe a áreas ceremoniales, sino tam bién a las residenciales y productivas (Cyphers,1992a, 1992b, 1993, 1994b,1996a, 1997a, 1997f, 2004a, s.f. a, s.f. b). Esto ha sido posible al centrar la s investigaciones en la recuperación del contexto arqueológico. El estudio de los contextos permiten un entendim iento integral 43 de su antiguo entorno cultur al e indagar en los posibles sig nificados, las funciones y la datación. Los trabajos de Cyphers (1997c , 1997d, 2004a, s.f. a) se enfocan en las acciones humanas asociadas con la ideolog ía, tal como se manifiestan en los contextos de los monum entos en piedra procedentes de San Lorenzo y varios sitios aledaños. Como parte del proyecto se desarrolla el pres ente trabajo, analizando el contexto de la cabeza colosal designada a p a rtir del orden de descubrim iento como m onumento SL-53 o cabeza colosal 7 de San Lorenzo. Por otra parte, hacía el oeste de los dominios olm ecas, en los Tuxtlas, David Grove y Susan Gillespie inician en 1991 sus trabajos en los sitios La Isla y Llano del Jícaro. Para la tesis es importante éste últim o, ya que ha sido considerado un taller de esculturas olmecas (Medellín, 1960 ), defini do por encontrarse en el herramientas, bloques y esculturas sin terminar . Se encuentra en la ladera de Cerro Cintepec y cabe la posibilidad de que haya sido un yacimiento de aprovisionamiento de los olm ecas de San Lorenzo, pasando al dominio de Laguna de los Ce rros a partir de finales de la fase San Lorenzo, este hecho podría haber incenti vado las actividades de reciclaje de monumentos en San Lorenzo du rante la época, al no ten er ya el mismo acceso al yacimiento com o anteriormente (Grove y Gillespie, 1991, G illespie, 1994, 1996; Grove, 1994a). También en la zona de los Tuxtlas, Christopher Pool en 1995 empezó un programa intensivo de recorridos de superf icie en Tres Zapotes, determinando que la mayoría de la arquitectura vis i ble aparece en tiempos post-olm ecas 41 (Pool, 1995, 1996). Estas mism as temporadas Philip Arnold excavó en esa zona dos sitios del Preclásico Medio de important es dimensiones, La Joya y Teotepec (Arnold, 1995, 1996). 41 Estos dat os deberían llevar a l a revi sión de las dataci ones estable cidas ante riorme nte sobre l a arquitectura olmeca. Tam bién Symonds et al. (2002:109 -117) presenta n la arquit ectura monum ental en los sitios principales de la región de San Lo renzo para el periodo Clásico, fase Villa Alta. 44 I.2. Cronologías para la zona olmeca de la costa del Golfo El período Formativo o Preclásico ha sido definido en las secuencias temporales de los sitios arqueológicos circa 1500 a.C. hasta alrededor del 200 d.C., subyugado al esclarecimiento de los orígenes y m anife staciones previas que intervinieron en la formación de las características básicas de la serie de s istemas estatales complejos que caracterizan los siguientes períodos llamados Cl ásico y Postclásico; en definitiva, como antecedentes claves en la formación de Mesoam érica. Así, tanto el término Form ativo como el de Preclásico gozan de una construcción inicialmente con trasfondo desp ectivo, pero a quienes nos apasiona esta época y abogamos por la personalidad de lo s grupos y el juicio intencional de sus actuaciones, apreciamos en el período no sólo su trascendencia com o génesis sino la importancia propia, el proceso interno y la complejidad cultural en cada desarrollo regional del territorio llamado Mesoam éri ca. Durante el Preclásico la com plejidad social y cultural es diversa e interesant e porque a nivel local puede observarse el proceso de cambio tanto en aldeas como en centros m ayores. I.2.1. En los centros de la costa del Golfo de México El problema principal de la arqueolo gía olmeca en la zona es el de su cron ología. Como se ha com entado en páginas anteriores , a partir de la Mesa Redonda sobre Mayas y Olmecas del 1942 el estilo artístico técnica e ideológicamente com plejo de la cultura material d e las sociedad es olmecas se utiliz a para ubicarlas en un contexto temporal antiguo 42 . Por ese entonces el hallazgo de una fecha calendárica correspondiente al período Preclásico fue considerado de dudosa lectura (Thompson, 1941). Pero los datos que se tenían de la zona eran esc asos y solo procedían de dos sitio s arqueológicos 43 : Tres Zapotes (lugar donde posiblemente se in iciaba la cultura hacia el 300 a.C.) y La Venta (correspondiente a Tres Zapotes Inferi or II), éste último podía ser contem poráneo 42 Covarrubias (1942:49) lo caracteriza diciendo qu e “el estilo “olmeca” no tiene nada del sensualismo necrófilo aztec a, ni relacio nes con el si mbolism o flam boyant de los m ayas, o con el arte ordena do y florido del Te otihuacan de fi n de é poca. Tam poco ti ene relación direct a con el si mplism o cando roso y burdo del arte llamado “tarasco”. Pero si está con ectado, lejana pero palpablemente, con el arte teotihuacano más antiguo, el estilo lla mado “toton aco”, las formas más viej as del arte maya y con los objetos zapotecas, los cuales, mientras m ás antiguos, tienden a ser m ás “olm ecas”. 43 A partir de las excavaciones y propuesta s realizadas por Stirling (1940) y que se mantienen en su siguiente publicación ya con l os dato s de La Venta ( Stirling, 1943). 45 a Teotihuacan I-II (perí odo 300-400 d.C.). Así quedaba constituida una línea cronológica que unía “la cultura ma dre” con las culturas clásicas. Un cambio importante se pr odujo a partir de la publicación en 1968 del libro de Ignacio Bernal El mundo olmeca , quien a partir de las inve stigaciones que se habían llevado a cabo hasta el momento y las fech as de C14 existent es, reconstruye la secuencia cronológica y cambios culturales que se m uestran en la cultura material para los sitios de Tres Zapotes y La Ven ta (1968: 148 -166). Esta s íntesis será ampliada en su artículo (Bernal, 1975: 229-233) con los datos de las investigaciones en San Lorenzo y los sitios del Río Chiquito realizadas dur ante las temporadas 1968-1971. A continuación se presenta un esquema de su propuesta ya que ésta seguirá vigente h asta las actuales revisiones llevadas a cabo por los pr oyectos de in vestigación en cada centro. Bernal ubica los in icios de la civi lización olmeca sobre la base de sus antecesores en la área, período amplio reg ido por una organización social basada en el parentesco y su mundo natural se revolvía al rededor de las ideas m ágicas, época durante la cual se domesticaron las plantas y la ocupa ción ya era sedentaria, agrupada en aldeas y caseríos, se fabricaba cerámica y cestería, se tejía con algodón y fibras, y se pulía la piedra; posteriormente puede divid irse la hi storia olm eca en tres grandes etapas que llamó sucesivam ente Olmeca I, II y III. - Olmeca I (1500-1200 a.C.) con ocida so bre todo por los restos h allados en estratos correspondientes a etap as superiores, cuando, tanto en La Venta com o en Tres Zapotes y San Lorenzo, se em plearon barros re movidos de edificios anteriores y porque las secuencias cerámicas m uestran algunas tipologías anteriores al 800 a.C. (por ejemplo Tres Zapotes Inferior). Esto hace suponer que las etapas m ás importantes de estos centros son la continuación de un patr ón cultural establecido y a en la época anterior y dem uestra que la cultura olm eca nació en la área metropolitana ya que sus raíces están presentes dentro de su propio territorio. La continuación cultural e n la cerámica Tres Zapotes Inferior y Medio indica, al parecer de Bernal (1968:153), que se trata de cambios ocurridos dentro de una cultura, debidos al paso del tiempo, y no a influencias ex ternas o la lle gada de pueblos diferentes. 46 - Olmeca II (1200-600 a.C.) “expone ya muchos de los rasgos universalmente aceptados com o civilización: escultura monum e ntal, ciudades planificadas y orien tadas, organización social com pleja, con s acerdotes, comerciantes, trabajadores especializados; un excedente económico y tal vez, un poder im perial que im pone su estilo sobre áreas diferentes” (Bernal, 1975: 230). La Época II corresponde a Tres Zapotes Medio y equivale al apogeo de La Venta, Tres Zapotes y los sitios del Río Chiquito (San Lorenzo). Refere nte a La Venta (fig. I.2.) B e rnal distingue 4 etapas de construcciones rem atadas con una ofrenda m asiva; su explicación del apogeo de los sitios Olm ecas metropolitanos se basa en que: “es probable que la difusión y tal vez conquista ol meca, iniciada en el período anterior, se haya consolidado en esta fase y de hecho sea su causa. Ello explicaría que los ol mecas hayan podido realizar tan grandes trabajos así como importar tantas cosas. Como resultado de ello ya los olmecas no tuvieron que vivir exclusivam ente de su propia producción sino del tributo de otros y del comercio, lo que pe rm itió el auge y el gran desarrollo cultural. Entonces pudieron ya en gran escala, construi r sus ciudades, escul pir sus monolitos y crear su civilización ceremonial”. (Bernal, 1968: 155). - En la Olmeca III (6 00-100 a.C.) La Venta fue prácticamente abandonada, no obstante en Tres Zapotes aún se identificó la Fase Superior I y en San Lorenzo la Fase Palangana. Bernal la expone como una et apa decadente cuya contribución más importante a la civilización es la Cuenta Larga, hallándose la más antigua olm eca en Tres Zapotes pero ya en uso en territorio maya. - Pasada esta decadencia, en la etapa post-olmeca, la zona olm eca del Golfo de México pasó a ser periférica, un simple refl ejo de lo que estaba sucediendo en otras regiones. Para Bernal (1975:233) entre los m otivos que pudieron ocasionar la decadencia olmeca podría pensarse “en la pres ión que otras áreas ya para entonces muy desarrolladas ejercieron sobr e ella; podemos pensar en una revolución que despojara de su poder al sacerdocio para entonces convertido, com o ha sugerido Heizer, en un grupo opresivo”. 47 SECUENCIA CULT URAL EN L A ZONA OLMEC A (según i nvestigaciones realiza das hasta 1968) Años an tes de Cristo Períodos según Bernal Períodos se gún Druc ker, Heizer, Squier, Weigan, etc. Períodos según Piñ a Chan Post-olmeca 400-100 Olmeca III 800-400 Olmeca II 1200-800 Olmeca I Lirios, S. M arcos, S oncautl a, Tres Zapotes Superior I (parte) y II. Post La Venta Tres Zapotes Supe rior I (pa rte) La Venta, fase s I-IV, Tres Zapotes Medio Pre-La Venta Tres Zapotes Inferior La Venta III La Venta I I (hasta el año 200) La Venta I Figura I.2. Tabla con la secuencia cronológica de Tres Zapotes y La Venta; tomada de Bernal, Tabla I (1968: 166). Las investigaciones actuales señalan pr ocesos culturales que seguirán pautas similares a nivel local, junto a las investig aci ones regionales, a partir de los procesos originados dentro de cada región, consid eran do relaciones in ternas a nivel local y regional y externas. Además, técnicam ente se dispone de mayores recursos. Así una nueva revisión de las fechas radiométricas se ñalan que la ocupación de La Venta fue de 1200 a 400 a.C., con una mayor concentración entre 1000 y 600 a.C. (González Lauck, 2000:372). Sobre Tres Zapotes la secuencia cro nológica basada en materiales cerám icos es menos detallada, Ortiz Cevallos (1975: 229-230) concluye su estudio indicando una ocupación constante desde el Preclásico Medio hasta el Clásico Temprano y posteriormente una ocupación m ás tardía que no ha sido estudiada, y considera que el mayor auge del sitio ocurrió, posiblem ente, durante los finales del P reclásico Medio y en el Superior, declinando durante el Clásico Temprano 44 . 44 Véase tam bién P ool (199 5, 20 00) y P ool et al. (1997). 48 I.2.2. En San Lorenzo Las investigaciones ll evadas a cabo por Coe y Dieh l (1980) en el sitio de San Lorenzo, proponen una secuencia temporal basa da en sondeos estratigráficos y algunas dataciones de C14. Sus conclusiones referentes a la temprana ocupación olm eca en el sitio sorprendieron a lo s investigadores sobre el mundo olmeca del momento. Para estos autores la ocupación del sitio es constante dur ante todo el Preclásic o y se consideró la fase San Lorenzo como la de mayor apogeo, durante esta fase se documentaron a su parecer dos ocupaciones distinta s, San Lorenzo A y B, con diferencias en cerám icas y figurillas, que f ueron interpretadas com o la llegada de nuevas informaciones foráneas. Posteriorm ente, según sus interpretaciones, duran te el período Clásico el sitio sufre una gran pérdida de población quedando casi abandonado. La cerámica tipo Lim ón Incised y tipo Calzadas Carved se muestra com o diagnóstica del inicio de la com plejidad social y cultural 45 y del apogeo del sitio durante la fase San Lorenzo, período en el que se fechan también sus esculturas 46 . Referente a los monum entos se determina su destrucción antes del 900 a.C. Estos datos fueron estudiados paralelamente a las inform aciones que hasta el momento se tenían sobre La Venta, para estud iar la posibilidad de la existencia de procesos culturales p aralelos, pero sus conclusiones dete rminaron que las similitudes con las cerámicas del Com plejo A de La Venta sólo se producían durante la fase palangana de San Lorenzo. A este respecto, co mo se ha indicado en el anterior sub- apartado, las interacciones podrían ser ya ante riores. Pero Coe y Diehl, siguiendo las cronologías del momento y la secuencia que Co e había determinado para los m ateriales de los sitios de la costa p acífica de Guatem ala, formularon la secuencia de San Lorenzo y una tabla comparativa a nivel de Mesoam ér ica (Coe y Diehl, 1980, I: tabla 5-1), así mismo consideraron la reocupación de la zona por los grupos postclásicos de del golfo de México, nom brando a tal ocupación como Villa Alta, según sus estudios contemporánea a los T oltecas en el Valle de México. En una nueva coyuntura de las investigaciones en Mesoamérica está to mando protagonismo el período Epiclásico (Daneels, 1997), correspondiente en el Valle de México al período desde la caída de 45 Estos tipos cerámicos se m u estran también com o elementos indicadores de los contactos olm ecas con otras regiones. 46 Como se exp ondrá en los capítul os IV y V, m uchos de los m onumentos de pi edra recupera dos por las expedicio nes de Stirling y Coe y Diehl no fuer on hallados en un c ontexto prim ario, por ejem plo, algunas de las cabezas colosales estaban e n laderas donde ap arentem ente las llevó su peso y la erosión post- olmeca y otras esculturas pudieron se r movidas por grupos humanos olm ecas y post-olmecas. 49 Teotihuacan hasta la fundación de la ciudad to lteca de Tula, período en el cual seg ún correcciones cronológica s actuales (Symonds et al. , 2002:95) la región de estudio estaría ocupada por los pueblos Villa Alta. San Lorenzo Tenochtitlan Complejo A La Venta Hinterland La Venta* Chiapas Central Guatemala y Cost a de Chiapas Oaxaca Valle de México 1100-1200 d.C. Posclásico Inicial 900-1100 d.C. Villa Alta Ruiz (Chiapa XI) Monte Alban IV Toltecas Clásico (Hiatus) Preclásico Tardío 100a.C-300d. C. 300-100 a.C. 400-300 a.C. (Hiatus) Remplás (Hiatus) San Miguel Tardío San Miguel Temprano Guanacaste o Chiapa V Crucero Ticoman Preclásico Medio 600-400 a.C 600 a.C. 700-600 a.C. 800-700 a.C. 900-800 a.C Palangana (Hiatus) Nacaste Nacaste Fase IV Fase III Fase II La Venta Tardío La Venta Tardío La Venta Inicial Francesa o Chiapa IV Escalera o Chiapa III Dili o Chiapa II Conchas II Conchas I Monte Albán I Guadalupe Atoto- Cuautepec Totolica-La Pastora Iglesia-El Arbolillo Preclásico Inferior 1050-900 a.C 1000 a.C. 1150-1050 a.C 1250-1150 a.C 1350-1250 a.C 1500-1350 a.C San Lorenzo B San Lorenzo A Chicharras Bajío Ojochi Fase I La Venta Inicial Bari Tardío Bari Tardío Bari Medio Cotorra o Chiapa I Jocotal Cuadros Ocós San José Tierra largas Ixtapalupa 1500 a.C. Bari Medio Barra Figura I.3. Tabla con la secuencia cronológica de San Lorenzo Tenochtitlan y Mesoamérica, tomada de Coe y Diehl, 1980, I: tabla 5-1. * Secuencia cronológica en los sitios de la región circunvecina de La Venta, tomado de Grove, 1997:54, Fig.2. En la actualidad, los análisis de los mate riales (Cyphers, s.f.b; Parra, 2002) y de los datos de las excavac iones extensivas lle vad as a cabo po r el PASLT en la meseta (Aguilar, 1992; Cyphers, 1992 a, Cyphers et al. , s.f, Grégor, 1999; Hernández Portilla, 2000; Varela, 2003) y a nivel regional (Symonds, 1992, 1995; Lunagóm ez, 1999; Symonds et al. , 2002:62,95), se advierte un mayor conocimiento de las ocupaciones y de su secuencia cronológica. Estas variacione s se presentan a continuación en la tabla y 50 van a ser las seguidas en es ta tesis, ya que aunque prel im inares las considero más analíticas y confiables. FASES * FECHAS PERÍODO FECHAS FASES ** Villa alta 900-1100 d.C. POSTCLÁS ICO Temprano Ocupación sin identificar Hiato CLÁSICO Tardio (Epiclásico) 800-1000 d.C. 700-800 d.C. 600- 700 d.C . Villa Alta tardía Villa Alta temprana Órtices Hiato CLÁSICO Me dio y Tem prano 200-600 d .C. Carencia de sit ios de estos períod os Remplás 300-100 a.C. PRECLÁSICO Tardío 600 a. C. – 200 d.C . Preclásico tardío Palangana Nacaste 600-400 a.C. 900-700 a.C. PRECLÁSICO Medio 850/80 0-600 a. C. Preclásico medio San Lorenzo B San Lorenzo A Chicharras Bajío Ojochi 1050-900 a.C. 1150- 1050 a .C. 1250- 1150 a .C. 1350- 1250 a .C. 1500- 1350 a .C. PRECLÁSICO Temprano 1200- 800/850 a.C . 1500- 1200 a .C. San Lorenzo Pre-San Lorenzo: Ojochi -Bajío Figura I.4. Tabla con la secuencia cronológica de San Lorenzo Tenochtitlan: * Coe y Diehl, (1980:13); ** Symonds et al. , (2002); Cyphers, (s.f.b). I. 3. Consideraciones finales del capítulo Como ha podido observarse en el transcurso de las investig aciones olmecas los descubrimientos de las cabezas co losales marcaron el inicio de la existen cia en la historia antigua de México y en la historia de la humanidad de un sistem a cultural muy complejo, los descubrim ientos se han suced ido a través de más de 130 años y las preguntas y respuestas paralelam ente. La importancia de las cabezas colosales en el centro de San Lorenzo se presenta por su ví nculo con el poder, imágenes producidas a partir de tronos o asientos de la autorida d suprema. Estas im ágenes como se ha dicho con anterioridad no se presentan, como los tr onos, en centros de la región circunvecina, 51 o remarcando relaciones interregionales en otras áreas, estos m onumentos de gran tamaño solo se presentan en tres centros de l área del Golfo que al parecer podrían haber coexistido, aunque sus periodos de máximo auge parecen sucederse en el tiem po. En la actualidad estudios sobre medioambiente, patrón de asentam iento, investigaciones regionales y sobre materiales se unen a las investigaciones llevadas a cabo en los centros rectores y otros asentamientos con el fin de com prender mejor, prim ero dentro del área y luego a nivel de relaciones interr egionales, el sistem a cultural olmeca a lo largo de todo un milenio. De estas propuestas de análisis se desprende la trascendencia de las investigaciones y la disposición a precisar como primer objetivo cronología y contextos. Como se ha mostrado, uno de los problem as principales es establecer dentro de este largo m ilenio las data ciones y los procesos que se han generado respecto a estos distintos ámbitos de relaci ones; el segundo problema es bus car los datos los contextos para realizar in terpretaciones. En este sentido, el capítulo puede tratarse como una just ificación de la tesis y de su metodología, un nuevo enfoque a las pr oblemática de la in terpretación y la cronología de las cabezas colosales. En es tas páginas introductorias se han apuntado algunas características de los olmecas y muchas problemáticas aún por hallar la respuesta. En los siguientes capítulos se perf ilará el conocim iento de estas sociedades en San Lorenzo, a partir de los datos ofrecidos por las investigaciones arqueológicas en el sitio y a niv el regional, con el fin de tramar el co ntexto de la cabeza colos al 7 dentro del sistema cultural. El conjunto de 17 cabezas colosales y sus investigaciones se retom ará en el capítulo IV, para así realizar una interpretación del monum ento dentro del conjunto, sumarle el acercam ien to que el estudio estratig ráfico y de m ateriales culturales asociados puede proporcionar en su entendimiento y conocer la historia de las distintas ocupaciones en la se cuencia cronológica de San Lore nzo y su relación con el monumento. 52 53 CAPÍTULO II PAISAJE Y MEDIOAMBIENTE El paisaje actual es muy distinto al an tiguo, no sólo por la actividad humana sino por los constantes cambios m orfológicos propios del territorio. Así, el objetivo del capítulo no es mostrar una fotografía del m edioambiente en el presente sino intentar comprender -consciente de los lím ites interpreta tivos-, el territorio y el paisaje con el que convivió y actuó la antigua ocupación humana en la región olm eca de San Lorenzo. El propósito de estas páginas es introduc ir y valorar las informaciones sobre el medioam biente que se conocen, alejados de los postulados deterministas, por su relevancia y por sus vínculos con los capítulos siguientes . Se considera tratar: 1. El clima, a partir de los datos de la región elaborados por el INEGI 1 (1990). Considero que estas referencias son claves al reflexionar sobre la relación de las inundaciones periódicas con la posible temporalidad de las actividades productivas y de transporte que pudieron ser llevadas a cabo. 2. La geología, como elem ento que permite conocer la procedencia interna o externa de la región de San Lorenz o de los materiales constructivos, arquitectónicos y escultóricos que ha n sido utilizados por las ocupaciones en la área. Los datos proceden del INEGI (1990) y de Coe y Diehl (1980). 3. La geomorfología: 3.1. tratando la hidrografía del área de San Lorenzo, por su correspondencia con la elección del asentamiento, la subsistencia y el transporte; así mism o deben tenerse en cuenta los cambios geomorfológicos con el viab le abandono del centro regional. Se han tomado los datos del estudio geom or fológico realizado por Ortiz y 1 Instituto Nacional d e Estadística, Geografía e Informática, de México. 54 Cyphers (1997) y de patrón de asentamiento realizado por Sym onds et al. (2002) dentro del PASLT. 3.2. La intervención humana en la form ación de la meseta de San Lorenzo, a partir de los datos procedentes de las excavaciones en dicha elevación realizadas por el PASLT. 4. La composición de los suelos, es releva nte al estudio de la estratigrafía y la preservación de los materiales culturales. Asim ismo, los estudios de composición de los suelos se consideran al debatir las investigaciones sobre capacidad de carga, población y desarrollo de una sociedad compleja com o la olmeca de San Lorenzo. Esta inform ación se ha recuperado de INEGI (1990), Co e y Diehl (1980) y Symonds et al. (2002). 5. La vegetación y la fauna en el bos que tropical húmedo, com o actores de interacción con la sociedad olmeca de la región; se presentan a partir de los estudios de fitolitos sobre el medioam biente antiguo realizados por Zurita (1997) dentro del PASLT, de los datos climáticos y medioam bientales observados a finales de los años ’60 por Coe y Diehl (1980) y de los estudios sobre pobl aciones actuales y sobre regiones con similares características recogidos por INEGI (1990). Las peculiares circunstancias geológicas y climáticas m odelaron el devenir de los pueblos olmecas de la Costa del Golfo de México y sus sucesores. No sólo en San Lorenzo, sino también La Venta y Laguna de los Cerros son centros situados en la Cuenca Salina del norte del Istmo de Tehuantepec. Una región de 14.000 km2, de formaciones geológicas jóvenes y con m ovimientos tectónicos cuyos epicentros se sitúan en su línea de frontera. Esta línea abarca desde la ciudad de Coatzacoalcos, al norte, siguiendo el eje volcánico de las mont añas Tuxtlas a Acayucan, hasta el este, justo al sur del Cerro La Encantada o El Mixe desde donde continua hasta Tabasco, su límite noroeste se sitúa en la boca del Río Tonalá. 55 Figura II.1. Mapa de la región olmeca en la costa del Golfo de México, en los estados de Veracruz y Tabasco. En: Ortiz y Cy phers (1997:32). Dos tercios del área sur del Istmo son tierras altas, de unos 250 m snm y conectan la Sierra Madre del Sur (al sur de Oaxaca) con la Sierra Madre de Chiapas. De estas zonas altas los olmecas obtenían algunos m ateriales foráneos, los cuales no se encuentran en la zona baja de sus principales asentamientos. La hidrología de la Cuenca Salina del Istmo está controlada por los ríos Coatzacoalcos, Tonalá, Grijalva, Usumacinta y sus afluentes (Márquez et al., 1964:8). De hecho el río Coatzacoalcos es uno de lo s más caudalosos de la Cuenca Salina y de México. Su cauce es notable, con una descarga de 22.394 millones de m 3 y por la extensa planicie deltaica, de 21.120 km2 (Tam ayo y West, 1965:120). En la cuenca baja del río Coatzacoalcos, a unos 50 km de la costa, se hallan los vestigios culturales de lo que fue la región olmeca de San Lorenzo, nom bre que circunscribe la meseta de San Lorenzo y su región circunvecina 2 , acotada por cursos 2 Área de interacción y de abastecimiento, acotada por cursos fluviales que se paran un área de contactos interiores de un área exterior. Véase Lunagómez (1995), Symonds (1995), Sy m onds y Lunagóm ez, 1997, Sym onds et al., 2002, Cyphers, 2004b. 56 fluviales que separan una zona de contactos interiores de una exterior. El objeto de estudio de este trabajo, el monum ento SL-53 de San Lorenzo, se ubica en esta meseta y cuando nos referimos a la región lo hacem os en referencia al área circunvecina interior entre los cursos fluviales. San Lorenzo se sitúa en el actual muni cipio de Texistepec, en el estado de Veracruz. En la cartografía se encuen tra en las coordenadas UTM: E212000, N1961000 (INEGI, 1990), aproximadam ente a 7 km en el m argen izquierdo del río Coatzacoalcos y, con una altura de 75 msnm , aparece insertada entre las tierras inundables por los afluentes del río. En dicha llanura de inundación, otras elevaciones próxim as que conforman el paisaje de la región son las m ontañas y colinas de San Martín, Santa Marta, Tres Picos, El Mixe y Manatí. II. 1. El clima Dentro de la Costa del Golfo, la zona de San Lorenzo, es un lugar muy húm edo. No sólo se producen fuertes precipitaciones dur ante la estación de lluvias, desde finales de mayo hasta noviem bre, o hasta diciem bre en la cuenca baja, sino que los nortes , vientos fríos originados por la Corriente Bo real, llevan lluvias y lloviznas. Sólo durante abril y mayo el tiem po es realmente seco y se trata de la tem porada más calurosa, acompañada esta vez por los sures , o vientos cálidos del Pacífico que entran por el Istmo de Tehuantepec. De acuerdo con el sistema de clasifi cación clim ática de Köppen (García, 1974), el clima asignado es el Afwg: A, clim a tropi cal lluvioso; f , con lluvias irregulares y continuas durante todo el año; w, con un invierno seco y un periodo de lluvias más abundantes, se constatan diez veces superiores a las registradas en el mes m ás seco; g, las temperaturas m áximas se alcanzan antes del solsticio de verano. Se rebasan temperaturas de 42º C, y m ínimas excepcionales de 7.5º C, siendo más com ún las mínim as superiores a los 18º C, con una media anual de 22º a 26º C. La precipitación total anual es abundante, varía de 2.000 a poco más de 3.500 m m y, la tasa de evaporación es muy baja. La precipit ación m ínima anual es de 1.210 m m, con una alta humedad relativa. El clima desem peñó un importante papel en la definición del ambiente de la cuenca baja del Coatzacoalcos. Las lluvias e inundaciones alternadas con períodos 57 secos de extremo calor, crean diversos am bien tes en la región en diferentes épocas del año. En la estación seca (de enero o febrero y hasta mayo) se increm entan las planicies, donde los ríos son la fuente de recursos, el medio de transporte y de acceso a recursos. En la estación de lluvias (de junio a dici embre) todo es un inm enso río con las islas definidas por las terrazas elevadas que s obresalen a nivel de inundación, no es tiempo de cosechas y la comunicación por agua es la m ás empleada y aprovechada. II.2. La geología Como se ha apuntado al inicio del capítu lo, San Lorenzo se sitúa en la parte norte del Istmo de Tehuantepec. Form a parte de la Cuenca Salina del Istmo, en la llanura deltaica del caudaloso río Coatzacoal cos. Se trata de una cuenca geológica sedimentaria que tuvo su origen costero y m arino desde finales del Mesozoico, sobre el cual desde hace 230 millones de años y hast a la actualidad se depositan sedim entos continentales que en concepto de tiempo geológico podem os considerar recientes. Hace 1 millón de años, en el período Plei stoceno, la actividad volcánica en la región de los Tuxtlas fue pronunciada y el océano retrocedió. Actualmente esta cuenca sigue en formación, con im portantes movi m ientos tectónicos y sedimentarios que provocan el avance de la línea de costa hacia el continente, y las mareas penetran en el río y sus afluentes, hasta llegar a unos 40-50 km río arriba de la desem bocadura, hasta San Lorenzo. Las investigaciones de Hamm ond (1976) sobre los movim ientos recientes de la línea de la costa constatan que hacia el 1000 a.C. el nivel del mar redujo el tam año de la planicie costera en 3.75 km, en es a época San Lorenzo era el centro poblacional olmeca m ás importante en la región (figura 1). Pero volvamos al rem oto pasado geológico, cuando parte o todo el Istmo se encontraba sumergido en el m ar, fue enton ces el mom ento de formación de los extensos depósitos sedimentarios. Al evaporarse el agua em pieza la historia geológica de la cuenca salina, donde se conocen 43 domos salinos. En ellos no existen evidencias de fósiles, por lo tanto se pueden ubicar en la transición del Triásico al Jurásico. Estos domos juegan un papel im portante a efectos tectónicos, ya que actúan com o fluidos plásticos y provocan la formación de bloque s y caídas que causan distorsiones en la estratigrafía natural. En la región de San Lorenzo los depósitos minerales asociados a los domos salinos son los de azufre, que se halla en toda la zona, y los de ferrosos, 58 como la hem atita, la hematita especular, las concreciones y la lim onita. Los depósitos minerales férricos se hallan cerca del lugar, en Alm agres, El Palotal, al sur de Almagres, San Antonio, entre Almagres y el río Tata gapa, Cerro Colorado y en el Cerro La Encantada el cual se encuentra en Almagr es al noroeste del yacim iento arqueológico. La presencia de estos minerales en el contex to arqueológico, bien en áreas de actividad o bien como m inerales procesados, muestra el conocim iento del medio y de las propiedades de las distintas rocas y minerale s y, tal vez, el control de una tecnología y su aplicación. Asimism o, la utilización, por ejemplo de la hem atita como pigm ento colorante en los pisos y construcciones distinguidos y de la hematita con especulas brillantes en alguna decoración cerámica, relaciona los m inerales ferrosos con materiales elaborados de prestigio y distin ción. Junto a los minerales de hierro propios de la zona, se suman la m agnetita y la ilmenita, procedentes del exterior del área circunvecina y mostrando cierto control en su introducción, la magnetita com o producto para elaborar los espejos y posiblemente ot ros productos con significados sagrados y, la ilmenita para elaborar grandes cantidades de posibles pequeñas herram ientas (Di Castro, 1997) que además de hallarse en los diferentes contextos arqueológicos estudiados se hallaron concentraciones de grandes cantidades que indican posiblemente el control de la oferta y la distribución de este mineral. En algunas colinas como el Cerro La Encan tada o El Mixe, a sólo 7 km del sitio, algunas rocas limosas de color crem a formar on el estrato Chinam eca hacia el alto Jurásico y/o bajo Cretáceo. Se trata de rocas muy utilizadas en la construcción. Después de una inconformidad local, hacia el alto Cretáceo la llam ada Formación Méndez de naturaleza m arina, apor ta arcillas marrones grisáceas con arenas de grano fino del mism o color. Pero probablemente la form ación más extensa en la zona ocurre en el Terciario, con los depósitos marinos que form aron la mayoría de las colinas, incluida la m eseta de San Lorenzo y la isla de La Venta. Se trata de lutitas o estructuras sedimentarias formadas por arcillas, arenas, conglom erados y rocas areniscas. Durante el Oligoceno se produce el vulcanismo m ás significativo, pres umiblem ente el que forma las Montañas de los Tuxtlas. Esto produce además la inte rcalación de m ateriales volcánicos entre los depósitos de lutitas grises de las form aciones La Laja (término que se utiliza en la región para nombrar la bentonita, roca local am pliamente utilizada en las construcciones) y Depósito. 59 Durante el Mioceno se formaron los sedim entos de petróleo. El asfalto o bitumen , llamado localm ente chapopote, aparece en abundancia en los depósitos fluviales junto a San Lorenzo y fue muy utilizado por los olm ecas, al menos com o sellador. Actualmente se sigue utilizando com o imperm eabilizante de canoas. Y ya en el Plioceno los océanos se retir an definitivamente, es el período en que emerge la Península de Yucatán. Durante el Plio-Pleistoceno el vul canismo provoca en los Tuxtlas las formaciones del suroeste del sistem a montañoso y durante épocas geológicas m ás recientes del Pleistoceno tardío y Terciario se formaron los conos de los volcanes m ás jóvenes: San Martín Tuxtla, San Martín Pajapan, Santa Marta y el Pelón, conos visibles en los días claros desde la meseta de San Lorenzo. Así com o también se form aron los cerros de menor tam año en los mism os Tuxtla s como es Cerro Cintepec, en el flanco sur, que según análisis se trata de la fuente de basalto utilizada en las esculturas de San Lorenzo. Los depósitos más recientes fueron sedim entos aluviales instalados por el río en las estaciones lluviosas, durante las inundaci ones periódicas fuertes. Estos sedim entos fueron empleados por los olm ecas en las modificaciones del asentam iento y en rellenos de construcciones, pero sobretodo se utili zaron y siguen utilizando para la elaboración de cerámica. En el Mesozoico y hasta el Terciario, gr andes masas de rocas ígneas o batolitos se insertaron entre las rocas sedimentarias. Rocas m etamórficas com o gneis, micas, serpentinas, conglomerados de piedra verde que se encuentran a largas distancias de San Lorenzo y que fueron utilizadas para la realización de objetos de prestigio, así por ejemplo, una de las fuentes de serpentina se encuentra en El Barrio, donde nacen las aguas del río Coatzalcoalcos a 130 km del centro olm eca. En la actualidad en esta área se explotan yacimientos petrolíferos y de azufre 3 , minerales asociados a las form aciones salinas de la zona. 3 El azufre del área ha sido el utilizado para la experimentación realizada (véase apéndice) sobre la aplicación de ácido sulfúrico al basalto. Este azufre fue recuperado de la zona ya lim pio pero con muchas impurezas que dism inuyeron su volumen para la utili zación pero que nos implicaron en el proceso de moli do y tam izado. 60 II.3. La geomorfología: II.3.1. La hidrografía La planicie deltaica de la cuenca baja del Coatzacoalcos se ha convertido en un complejo de ciénagas, m eandros abandonados y ríos inestables. Los estuarios o ríos estacionales, como son el Tatagapa, El Ga to, el San Antonio y el Calzadas, eran antiguos cursos de río y son especialmente im portantes porque albergan ricos esteros, llenos de una amplia variedad de flora y fauna. Las crecidas de los ríos y los estuarios han creado a lo largo del tiempo una serie de diques ribereños y tierras con estuarios pantanosos, separados por planicies bajas punteadas por tierras elevadas que suelen convertirse en islas con las inundaciones anuales. Esta planicie se extiende alrededor de la meseta de San Lorenzo, al sur de las tierras elevadas de Texistepec y al norte de Peña Blanca 4 . Como se verá al final de este capítulo, la vegetación en estas planicies es sabanoide y después de la retirada de las aguas los recursos faunísticos son muy im portantes para la subsistencia (Rodríguez et al. , 1997) . Los cambios en la red hidrográfica han estado presentes desde tiem pos remotos (Stirling, 1955 y Coe y Diehl, 1980 sospecharon lo mism o), hecho que se evidencia en las planicies junto a la meseta de San Lo renzo. Estas fluctuaciones del río han causado cambios en el am biente y en la respuesta cultural. El estudio geomorfológico llevado a cabo por Ortiz y Cyphers (1997) en la región de San Lorenzo Tenochtitlan, conciern e al área comprendida: al norte, el río Chiquito; al oeste y norte, el estero Tatagapa ; al sur y oeste por las mesetas de antiguos depósitos fluvio-marinos; al oriente por el río Coatzacoalcos; al sur, las llanuras palustres de la región del cerro La Encantada o el Mixe. El objeti vo del estudio de la morfogénesis de los procesos geom orfológi cos fue correlacionarlos posteriormente con la evidencia arqueológica de las excavaciones y recorridos de los asentamientos, con el fin de construir parcialmente el antiguo paisaje. El estudio ha llevado a evidenciar numerosos rasgos de cursos fluviales antiguos con distintas trayectorias que se disponen con un arreglo de configuración de meandros y ciénagas de agua fresca y salina. 4 Esta área ocupada por la plani cie de inundación corresponde aproxim adam ente al área de estudio del Reconocim iento Re gional San Lorenzo (Sym onds et al. , 2002). 61 Figura II.2. Cambios en la red hidrográfica detect ados en la región de San Lorenzo. En: Ortiz y Cyphers (1997:33). Los estudios y controles medioam bie ntales llevados a cabo por el PASLT permiten definir cuatro diferentes niveles de a gua en el sistema de la cuenca baja del río Coatzacoalcos: 1. niveles de agua bajos que se aproximan al prom edio anual de escurrimiento; 2. los niveles altos norm ales durante la estación de lluvias, presentando al menos una inundación cada dos años; 3. los ni veles extraordinarios, una vez cada tres o cinco años; 4. los niveles inusuales de i nundación total, los cuales ocurren una vez cada cincuenta años (ver figura 3). En la antigüedad, la cuidadosa observación de los niveles de agua opera en la elección del lugar 5 . Las actividades productivas olmecas (desde la agricultura y la pesca 5 La reconstrucción geom orfológica junto con l as observaciones arqueológicas de cam po, l as excavaciones y los recorridos sist emáti cos de los asentam ientos llevados a cabo por Sy monds (1995) y Lunagómez (1997: 119-152) perm itieron identificar los cau ces activos durante el Preclásico, los cuales tienden a estar al ineados con las antiguas com unidades. 62 hasta el transporte de productos de subsis tencia e incluso los de prestigio) y sus estrategias están íntimam ente asociadas con unidades geomorfológicas, com o son los diques, las playas, los cursos meándricos y aluviales y la disposición de las diversas llanuras de inundación. Los estudios de Ortiz y Cyphers (1997) en la región permiten identificar siete unidades geomorfológicas y relacionarlas con los niveles de inundación (fig. II.3): 1. La terraza erosiva-denudatoria, está formada por depósitos de sedim entos del Mioceno y Plio-Cuaternario. Al igual que Coe y Diehl (1980), Ortiz y Cyphers (1997: 51) sospechan que la meseta podría ocultar en el subsuelo una estructura salina, como otros puntos altos de la región. Los afloramientos m uestran secuencias verti cales laminadas por su textura de arenas, lentículas de arenas conglomeráticas, lim os y finos. Se encuentra actualmente surcada por barrancos de poca profundidad y valles erosivos que han diseccionado la antigua superficie de nivelación de la terraza; estos desprendim ientos ya debían existir en la antigüedad con un nivel de base ubicado más arriba que el actual (Ortiz y Cyphers, 1997:39). 2. La rampa acum ulativa coluvial inundable, es tá form ada por sedimentos producto de la disección de la terraza a través del corte erosivo de los valles. 3. La llanura alta de inundación, es la línea de transición entre las tierras sujetas a inundación y las tierras altas. 4. La llanura baja de inundación, de relieve negativo con muestras de los antiguos lechos fluviales abandonados. Por su drenaj e deficiente, actualmente, se encuentran en estas áreas pantanos estacionales y/o permanentes. 5. La planície de desborde se encharca en las crecidas ordinarias, pero llegan a ser inundadas completam ente con las avenidas de magnitud extraordinaria. 6. Los diques elevados, se encuentran entre la s curvaturas de los meandros internos y fueron formados por acum ulación de sediment os y la m odificación de la trayectoria de los cursos. Surcan las llanuras de inundación y en las crecidas se presentan como un rosario de islas. 7. El lecho ordinario del río, cuyas característi cas morf ológicas indican la inestabilidad en la trayectoria del curso fluvial, debida a tres fenóm enos: a) la socavación de las riberas externas; b) la acumulación aluvial en la parte interna de la curva meándrica 63 y; c) la formación de obstáculos naturale s como son los levantam ientos del terreno provocados por las intrusiones salinas (diápiros). Las antiguas superficies halladas en las excavaciones indican que el perfil longitudinal de los ríos fue más profundo en el Preclásico que ahora. Figura II.3. Unidades geomorgológicas identificadas en la región de San Lorenzo y su relación con los niveles de inundación. En: Ortiz y Cyphers (1997:40). Los estudios sobre patrón de asentamiento de Sym onds (1995) y Lunagómez (1997) secundan la secuencia de cambios aluvi ales presentada anteriorm ente e indican que el curso del río Chiquito, tal como lo vem os ahora, posiblem ente no existía en el 64 Preclásico, sin embargo había dos cursos na vegables que arropaban las tierras altas desde Tenochtitlan hasta Loma del Zapote: a) el Calzadas-Tatagapa, que trascurrí a por la llanura de inundación occidental de San Lorenzo; b) el Azuzul-Potrero Nuevo, brazo del Ca lzadas-Tatagapa que transcurrió al este de la meseta y tenía conexión con el estero San Antonio. Como se presentará en el capítulo III, el patrón de asentam iento prehispánico se distribuyó linealmente a lo largo de estos an tiguos cursos, así com o también se han hallado muestras de arquitectura relacionada con el transporte acuático. II.3.2. La intervención humana en la formación de la meseta de San Lorenzo La meseta de San Lorenzo, al igual que las dem ás formaciones salinas del Istm o, emerge hace 230 m illones de años, en el período Triásico; de este período son las arenas, areniscas y conglomerados, de color café pardo. Cómo se ha apuntado al inicio del capítu lo, el origen geológico de la terraza erosiva-denudatoria, donde se halla el área de m onumento SL-53, “fue formada por el depósito de sedimentos del Mioceno y Plio-Cuaternario, acum ulados en un ambiente fluvio-lacustre o de ambiente costero m arg inal somero. Los afloram ientos presentan secuencias verticales laminadas de estratif icación graduada y series ordenadas por su textura, consistente en arenas, lentículas de arenas conglomeráticas, lim os y finos, muchos de los cuales conservan una franca estructura tabular; sin em bargo, horizontalmente los afloram ientos muestran hom ogeneidad, por lo que no se observan cambios de facies laterales acentuados”, Ortiz y Cyphers (1997: 39). La idea de la construcción de la meseta por la prim era ocupación olmeca, com o una elevación artificial, fue apuntada por Coe y Diehl (1980:28) dejándose llevar por la relación entre capacidad constructiva de las civilizaciones mesoam ericanas y capacidad de poder y complejidad socio-política. Su propuesta se basaba en los datos estratigráficos que mostraban: a) una nivelación intencional del terreno; b) el relleno central de la meseta y; 65 c) la realización de una planificación constr uctiva basada en la simetría bilateral, donde penínsulas y barrancas formaban una im agen de pájaro, aún en fase de construcción en el mom ento del colapso del centro olmeca. Las excavaciones llevadas a cabo por el PASLT (Cyphers, 1997b:102-109) demuestran que no hubo tal relleno central sino que la mese ta, com o elevación natural, fue cubierta por estratos formados por la continua oc upación olm eca en el Preclásico. Una vez más debemos reiterar que el paisaje actual no es el paisaje de las ocupaciones olm ecas. Cyphers resume las evidencias estructura les del proceso de ocupación olm eca en la meseta: “La profundidad del material cultural ha sido usada com o evidencia en el argumento que favorece la construcción artificial de la m eseta; sin embargo, la evidencia disponible es limitada (menos del 1% de la m uestra de l área total de superficie del sitio ha sido excavada). El análisis de la profundidad de los subsuelos culturalmente estériles muestra que la forma de la superficie original fue b astante uniforme por el centro del sitio antes de la ocupación humana. La profundidad de lo s estratos con m aterial cultural varía de acuerdo con los tipos de ocupación. La eviden cia para el allanamiento en la fase San Lorenzo se restringe a la parte sur del sitio. La “simetría bilateral” definida por Coe y Diehl (1980) para la meseta no representa una actividad constructiva sino que es el resultado de la erosión del sitio”. Cyphers (1997b:108) Si bien las modificaciones del terreno m ostradas por Coe y Diehl no han podido comprobarse, los datos aportados por el reconoc im iento estratigráfico en el perímetro de la meseta y elevaciones contiguas, a la altura de 50 y 60 m , indican la obra de terracería realizada por estas ocupaciones y la construcción de muros de contención. “Obviamente, la m agnitud del trabajo de te rraceado de la meseta no tiene paralelo con cualquier otro sitio de la región. Las modificaciones a gran escala representadas por estas terrazas ofrecen evidencia concluyent e y fechada por excavación de que los olmecas de San Lorenzo hicieron enormes esfuerzos arquitectónicos. La gran meseta de San Lorenzo posee la suficiente m odificación a gran escala que representa la inversión de trabajo más grande en la Mesoamérica del Preclásico Inferior.”(Cyphers, 1997b:110). Tal como es representado en el m apa 1 de Coe y Diehl (1980:mapa topográfico), el sitio de San Lorenzo generalmente es conceb ido com o un rasgo topográfico de 52.9 ha (Marcus, 1976; Rossman, 1976); sin em bargo, ha podido comprobarse (Sym onds et al. , 2002) que la ocupación de la meseta y la ex tensión de m aterial arqueológico abarca las terrazas hasta una altura de 30 m, cubriendo así 500 ha, quizás acotada por la línea de la llanura alta de inundación del área. 66 II.4. La conformación de los suelos La conformación de los suelos de la terraza erosiva-denudatoria o m eseta de San Lorenzo se caracteriza por ser gravosa, de me nor nivel f értil, buen drenaje superficial e interno y pobre consolidación; todo ello hace suponer que fueron elegidos por los antiguos olmecas com o tierras para el asentamiento (Cyphers, 1997a; Rodríguez et al. 1997:59). En base a las características geológicas y ambientales presentadas anteriorm ente, la interacción de las sociedades históricas y actuales con el medio y, su program ación de las siembras en los diferentes terrenos según los niveles de inundación, así com o el aprovechamiento de las planicies de inundación para la obtención de recursos acuáticos, proponen una máxim a utilización de la supe rficie y producción relacionada con la subsistencia de la población. Según estudios con bases de datos actuales (Coe y Diehl, 1980; Rodríguez et al ., 1997; Symonds et al. , 2002): 1. En los puntos altos, las tierras, aunque no tan fértiles como los diques del río, son muy apreciadas por su seguridad, y suelen ser las últim as en cosechar, produciendo más de una cosecha. 2. Los suelos de vega son muy apreciados pa ra la agricultura, por su m ayor facilidad de limpieza para el cultivo y porque la i nundación aporta una delgada película de sedimentos nuevos y ricos que fer tilizan. Según estudios de Rodríguez et al. (1997: 68) parece que “el efecto de la mejor calidad de los suelos de vega sólo se puede manifestar favorablem ente en los rendimientos cuando, a su vez, la lluvia invernal resulta suficiente, especialmente en diciem bre y enero”. El estudio indica un m ayor volumen de la cosecha y la estabilidad de la producción de m aíz en las tierras de lomerío. 3. La explotación de recursos acuáticos en las tierras de inundación. Lo anterior parece restar importancia a la s ubsistencia con referencia sobre el cultivo de vega e incluso a la agricultura como base de estratificación social olmeca en la región, como propusieron Coe y Diehl (1980:II). Sobre ello se hará referencia en el capítulo III, al tratar más am pliamente la subsistencia , los cálculos poblacionales y la capacidad de carga. 67 Estudi o/área Coe y Diehl (1980) INEGI (1990) Campesinos actuales Ortiz y Cyphers (1997) Meseta Tenochtitla n San Lorenzo Cambisol vértico Luvisol vértico Barreal o tierra de segunda para milpa Terraza erosiva- denudatoria Depresión lomerío San Lorenzo Phaezon háplico fertilidad y humedad Rampa acumulativ a coluvial Planície de inundación Coatzacoalcos (popal a 70 cm de agua; tular entre 10 y 70 cm de agua) Gleysol móllico (popal) Cambiosol g leico (tular) Tierra de vega o de primera para milpa Diques elevados; Planicie de desborde; bancos aluviales del l echo ordinario Sur de meseta- planicie de inundación Tatagapa (entre 10 y 20 cm de agua) Vertisol eútrico Gleysol úmbrico Potrero o tierra para pastoreo, caza y pesca Llanura alta y baja de inundación Figura II.4. Denominación de los suelos en base a estudios anteriores citados en el texto. Coe y Diehl (1980:II:32-34) muestra la inform aci ón reunida a partir de dos sistem as de clasificación: a) una propuesta por los científicos , b) y otra por la población local, con el fin de determinar el potencial agrícola . Las dos clasificaciones no concuerdan en algunos suelos, así los científicos consideran de m ala calidad los suelos considerados como de prim era por los agricultores locales actuales. Las conclusiones preliminares de las investigaciones sobre producción contem poránea de m aíz en la región de San Lorenzo llevadas a cabo por Rodríguez et al. (1997) secundan la opinión propuesta por los científicos consultados por Coe y Diehl (1980:II). 1. Serie de suelos Coatzacoalcos: Están formados por deposiciones aluvi ales, son bastante granulosos y su drenaje interno es rápido. En la topogr afía plana no presenta problemas de erosión. Los suelos son ácidos, la superficie es irregular y la estructura interna polvorienta. Son suelos que contienen una estratigrafía compleja, con capas lenticuladas de arenas y tierras limosas con transiciones m arcadas. Estos suelos se encuentran sólo en las riberas oeste de los ríos Coatzacoalcos y Chiquito. Su 68 grado de acidez crece desde la superfic ie con un 5.8 hasta 6.2 a niveles de 2 metros. Estos suelos formados por deposición aluvial se encuentra a lo largo de los diques altos, en las planicies de desbordamiento, en los m árgenes convexos de las curvas meándricas y en los bancos aluviales en lecho ordinario. Es posible que algunos antiguos estratos ocupacionales en el sitio San Lorenzo y en la área de estudio de m onum ento SL-53, formados por arenas y tierras limosas, sean deposiciones intencionales de suelos Coatzacoalcos procedentes de las áreas del río. Para la agricultura, la población local llama a esta serie “Suelos de primera” y los localiza en las riveras de los ríos que se inundan cada año. Para ellos se trata de los mejores suelos y m á s productivos. Se divide en dos subtipos: tierra de arena y tierra de arenilla, esta últim a utilizada actualmente para cultivos de sandia y calabazas. Las investigaciones de Rodríguez et al. , (1997) m uestran una producción muy variable en la tierra de vega y, contrariam ente a lo que tradicionalmente se cree, la razón está en la hum edad, ya que los sedim entos que reciben estas tierras bajas con las inundaciones son de bajo contenido orgánico, lo que ocasiona un rápido secado, escasa fertilidad e irregular potencial agrícola. Corresponde a un 21% del total de tierra, unos 77 km 2. A parte de los restos hallados en el zona de El Re molino, no es una tierra ocupada por la población como habitación, que se locali za en las tierras m ás altas y seguras, sobre la línea de inundación de los 24 metros. 2. Serie de suelos Tatagapa: En estos suelos predominan las arcillas de origen fluvial, con estratos compactos y de difusas transiciones. Son ácidos y contienen algunos rasgos orgánicos. Topográficamente los ubicam os en la planicie de inundación, con numerosas lagunas perm anentes y tempor ales. Inundados por las crecidas, no desarrollan perfiles. No existen problemas de erosión. La estructura de superficie es prismática, con un grado de acidez de l suelo entre los 5.3 y 5.8, pero en los niveles más profundos es com pacta e irregular, con un grado de acidez de 6.4. 69 La serie de suelos Tatagapa corresponde a las llanuras de inundación bajas y altas, tierras con pequeñas islas donde en algunas partes se han hallado restos de ocupación, al norte y noroeste de San Lorenzo. Podría existir la posibilidad que algunos estratos arcillosos o de barro compacto, del área estudiada en esta tesis hubieran sido acarreados desde las llanuras altas y bajas de inundación hasta la zona de ocupación en la meseta. Tierra de potrero es la denominación de esta serie de suelos por la tradición local. Se trata de zonas alargadas de sabanas destinadas a pasto de los animales porque tem poralmente se inunda n. La vegetación es abundante y no se suele cultivar si existen otras tierras cultivables porque en la actualidad se requiere de la utilización de maquinaria com o tractores (aspecto que nos recuerda la tesis de E. Boserup sobre la capacidad de carga donde la variable tecnología se conjuga con la variable pr esión poblacional). Se trata de áreas de depredación, de caza y las lagunas de pesca. 3. Serie de suelos Tenochtitlan: Son suelos donde están mezcladas lutitas, arenas y tobas que constituyen las zonas altas o lomeríos alrededor de la m eseta de San Lorenzo. La topografía es de bajas elevaciones con gradientes m oderados, la superficie de drenaje es rápida, pero el drenaje interno es poco. Los perfiles que desarrollan estos suelos van de los colores grises en la superfic ie a los cafés claro a partir de los 20-80 cm de profundidad. El m aterial orgánico se acum ula en sus áreas más bajas. Los suelos son muy ácidos ya en su línea de superficie con un pH de 6.5 y llegan a ser alcalinos a más profundidad con un pH de 8.1-8.3. Se trata de arcillas m uy compactas, a nivel de superficie la es tructura es prism ática pero en un segundo estrato ya se compacta. Estos suelos son llamados por la población local com o tierras de segunda clase o de barreal. Son consideradas las mejores para la agricultura del arroz y del maíz de la clase tapachol. Se trata de sectores cultivados y otros ya abandonados donde vuelve a crecer la vegetación secundaria. 4. Serie de suelos San Lorenzo: 70 Son muy sim ilares y con el mism o origen que la serie de suelos Tenochtitlan, pero más arenosos y contienen gravas. La topografía es m uy irregular y partida, el drenaje de s uperficie es rápido y estos suelos son susceptibles a la erosión y aún pueden ser considerados no formados. La textura predominante es arenosa, que proporciona un rápido drenaje interno. Su estructura no es compacta y los suelos son de colores grises claros con un nivel de pH entre el 6.0 en superficie y el 5.7-5.2 a más profundidad. La preservación de materiales arqueológicos se ve m odifi cada, y en algunos materiales com o el hueso o la concha su preservación es baja, aunque en algunos depósitos con barros alcalinos marinos se han podido recuperar datos faunísticos. Se trata del segundo componente del lom erío, su parte más alta, llam ada por los locales tierra de grava, no se utili zan para la agricultura y se trata de pastizales para el ganado. Predominan en las terrazas erosivas denudatorias. Pertenecen a este tipo de suelos la zona central del área, incluida la meseta de San Lorenzo y algunas pocas colinas ady acentes. Estas áreas más altas y de menor calidad de suelos fueron las que ocuparon los olm ecas para habitación. Figura II.5. Manchas de comunidades prim arias de bosque tropical, al este de San Lorenzo. II. 5. Biodiversidad II. 5.1. La vegetación 71 El clima y la variedad de suelos e hidr ológica interviene en la diversidad del sustrato vegetal, aunque actualmente la región se halla cubierta por vegetación secundaria mixta llam ada localmente “acahual”, producto de la humanización del paisaje y de los procesos productivos asoc iados: la agricultura y los pastos, quedando sólo algunas manchas de selva com o remanente del m edio que predominaba antaño. Estas manchas de bosque tienden a estar localizadas en áreas de baja productividad de pastizal o de cultivo, como son las tierras ba jas al este de San Lorenzo y algunas tierras elevadas al noroeste de Peña Blanca. La vegetación es típica de la topografía baja en los climas tropicales, donde se presentan comunidades prim arias de vegetación de selva alta o bosque tropical, perennifolia o sub-perennifolia. Los árboles alcanzan una altura de 25 hasta 40 m etros. Se llegan a presentar dos o tres estratos ar bóreos y ya en selvas muy alteradas abundan los arbustos y herbáceas. Otra característica de estas selvas es la gran variedad de formas vegetales, altos árboles sobre los que se encuentran plantas epífitas, trepadoras leñosas, líquenes y, en el estrato inferior, pa lmas de diferentes tipos y herbáceas de grandes hojas. 72 nombre científico familia nombre común uso otros usos tipo tierras donde se halla Acalypha alopecuroides Euphorbiaceae ? medicinal silv estre en milpas y casas, para enfermedades intestinales Aristolochia maxim a Aristolochiaecae contrayerba medicinal s ilvestre bejuco, infusiones par a pies hinchados, vívora, dol ores de cabeza o internos. Bixa orellana Bixaceae achiote condimento cintas y útile s cultivado y silvestre árbol de acahual, para cintas, tapijoles y cabos de coa. Como condimento o tinte alimenticio. Bromelia Karatas Bromeliaceae piñuela frutal nativa plant a de 1-1.5 m en lugares poco perturbados Brosium alicastrum Moraceae ojochi substituto ca fé construcción maderable árbol de 30 m, para horcones y tablas Bumelia persim ilis Sapotaceae pionchi frutal nat iva àrbol de 40-45 m, en acahual es viejos, antes muy abundante Commelina difusa Commelinaceae matalincille medicinal silves tre planta, en infusión o untada con alcohol para la tos o malestares estomacales Crescentia cujete Bigneniaceae jícaro frutal recipientes cultivada arbusto en huertos, sus frutos secados se usan como recipientes Elvira biflora Compositae chachayate medicinal maleza s ilvestre hierba de milpas, acahuales y patios; hojas untadas con alcohol para gripes Genipa americana Rubiaceae yoal frutal nativa árbol de 10 m, cerca de lagunas Heimia salicifolia Lythraceae acajete/atagote medicinal fibra silvestre hierba, hojas en infusión para dolores de cabeza. La fibra para escobas Ipomea batatas Convalvulaceae camote alimento básico alim enticia básica cultivada en la ribera del río Jussiaea sp. Onagraceae quebranto medicinal silv estre hierba, hojas en infusi ón para convalecientes. Baños. Mentha citrata Labiatae hierba buena medicinal cultivada hierba ut ilizada en infusión para dolores estomacales Ocimum micranthum Labiatae orégano condimento ornato cultivada hierba muy abundante en la región Ocimum sp. Labiatae albahaca medicinal condimento cultiv ada sus hojas en alcohol para parches, quitar aires, dolores de oído y de cabeza e insolaciones Pedilanthus tithymiloides Euphorbiaceae mallorca medicinal látex cultivada hierba crasa, el látex ut ilizado como cicatrizador de heridas Phaseolus vulgaris Papilionaceae frijol negro alimento básico alimenticia básica cultivada todo el año en terrenos no inundables Pilea pubescens Urticaceae sabañón medicinal silves tre hierba común en áreas inundables, en baños contra granos y sabañón Piper auritum Piperaceae acuyo manso condimento nat iva arbusto poco cultivado, de hojas grandes, uso en caldos y tamales Pouteria mammo sa Sapotaceae mamey frutal nativa arbol de 25 m Roystonea sp. Palmae yagua comestible construcción nativ a palma de 30 m, en lugares inundables Scheelea liebmannii Palmae coy ol/palma real comestible nat iva palma de 10-15 m, en lugares inundables Solanum nudum Solanaceae quelite cojudo medicinal maleza silvestre maleza utilizada para curar la rabia de los perros Spermacoce confusa Rubiaceae pinaguas blanca/roja medici nal maleza silvestre hierba de lugares límpios y casas, sus hojas con alcohol se usan para dolores de muelas Spondias mombin Anacardiaceae jobo frutal nat iva árbol de 25 m, en acahuales Stachytarphaeta jamaican Verbenaceae verbena medicinal silv estre hierbas de hojas para infu sión contra dolores de estóm ago y parásitos intestinales Tagetes erecta Compositae flor de muerto medicinal ornato cultivada y esc apada hierba muy abundante, untada con alcohol para dolores de cuerpo y cabeza Tagetes lucida Compositae pericón medicinal cult ivada hierba de hojas que untadas en alc ohol eliminan dolores internos Theobroma cacao Sterculiaceae cacao criollo medicinal estimulant e cultivada arbusto, preparación de la bebida llamada popo Xanthosoma robustus Araceae pise medicinal protección silvestr e planta de hojas grandes, uso como sombrilla s, hojas y rizoma para curar al ganado. Zea mays Gramineae maiz criollo alimento básico forraje alimenticia básica se cultiva dos veces al año en terrenos no inundables Figura II.6. Vegetación autóctona para alimento y medicina. En: Martí nez Alfaro (1967:107-123). 72 73 Figura II.7 a-b. Vegetación autóctona maderable (construcción, m a ngos de útiles) y para cercas, se agregó a esta tabla la veget ación de donde se procesa el látex, así como las fibras, los forrajes y los amarres. En: Martínez Alfaro (1967:107-123). Figura II.7 a nombre científico familia nombre común uso otros usos tipo tierras donde se halla Albiz ia purpusii Mimosaceae nacastillo construcción maderable ár bol de 20-25 m, uso para horcones y tablas Andira galeottiana Mimosaceae macay a construcción maderable árbol, uso para horcones , cintas y tablas Anthrostylidium Bambusaceae caña otate construcción or nato maderable planta de carrizos para cintas, tapijoles y empalizadas Apeiba tiborbou Tiliaceae papachote construcción útiles maderable ár bol de 13-15m, para escalas, útiles y bateas Bixa orellana Bixaceae achiote cintas y útiles condiment o cultivado y silvestre árbol de acahual, para cintas, tapijoles y cabos de coa. Como condimento o tinte alimenticio. Brosium alicastrum Moraceae ojochi construcción s ubstituto café maderable árbol de 30 m, para horcones y tablas Bursera simaruba Burseraceae palo mulato construcción cultivado y silvestre árbol de 25-30 m, tablas pequeñas para bancos y repisas Calathea sp. Maranthaeceae hoja de lara envolturas cultivado y silves tre planta utilizada para envol ver comida y objetos pequeños Callophyllum brasiliense Clusiaceae barí construcción mader able árbol de 23-25 m, para horcones Castillas elastica Euphorbiaceae hule construcción lá tex cultivado y silvestre tronc os para cintas y soleras Cecropia peltata Moraceae chancarro construcción ce rcas maderable en acahual es, uso para escalas, cabos, empalizadas Cedrela mexicana Meliaceae cedro construcción cu ltivado y silvestre árbol de 15 m, uso para tablas grandes y pequeñas Ceiba pentandra Bombacaceae ceiba construcción maderable poco utilizado pero para cintas, soleras y horcones Eichornia crassipes Pontederiaceae de agua forraje forrajera planta de laguna con flores violetas Enterolobium cyclocarpum Mimosaceae nacaste construcción maderable árbol de 30 m, para horcones, canoas, remos y tablas Erythina rubrinervia Papilionaceae chontal cercas sombra de café cercas árbol de 7-10 m Eugenia sp. Myrtaceae frutilla cercas cultivado y silves tre árbol de 3-5 m en suelos bien drenados Gliricidia sepium Papilionaceae cocuite cercas cercas como cerca viva Gossypium hirsutum Malvaceae algodón de mata fibra fibra para rellenar almoadas Guaz uma ulm ifolia Sterculiaceae guácimo cercas cultivado y silves tre arbusto de 3-6 m, en acahuales y potreros Hampea integerrima Bombacaceae majagua/vara prieta construcción amarres mader able árbol de corteza para amarres, cintas y soleras Heimia salicifolia Lythraceae acajete/atagote medicinal fibra silvestre hierba, hojas en infusión para dol ores de cabeza. La fibra para escobas Heliocarpus sp. Tiliaceae jonote construcción útiles mader able arbusto de ribera y acahual, en empaliz adas y cintas y mangos de coa y hacha Leptochloa filiformis Gramineae ? forraje forrajera pl anta de potrero y zonas inundables Luehea speciosa Tiliaceae pepecacao construcción cercas y útiles maderable árbol para cercas o empalizadas y soleras, cabos y coa Ochroma legapus Bombacaceae ? construcción mader able árbol para cintas y soleras, en bateas, remos y morteros Paspalum conjugatum Gramineae grana forraje forrajera pl anta en caminos, milpas y potreros 74 nombre científico familia nombre común uso otros usos tipo tierras donde se halla Paspalum fasciculatum Gramineae z. camalote forraje forrajera planta en milpas, potreros y zonas inundables Pedilanthus tithymiloides Euphorbiaceae mallorca medicinal látex cultivada hierba crasa, el látex utilizado como cicatrizador de heridas Pisidia piscipula Papilionaceae jabí construcción maderable árbol para cintas, soleras y horcones Roystonea sp. Palmae yagua construcción comestible nativ a palma de 30 m, en lugares inundables Roystonea sp. Palmae yagua construcción comestible nativ a palma de 30 m, en lugares inundables Salix chilensis Salicaceae sauce cercas cercas árbol de 3-5 m en las riberas de los ríos y como cerca viva de potreros, cultivos y gallineros Sapindus saponaria Sapindaecae chololo/mierda de loro construcción sombra de café maderable ár bol en los acahuales, para cintas de techo Sida rhombifolia Malvaceae malva fibra maleza silvestre planta en caminos, patios y casas, fibra para escobas Stemmadenia insignis Apocynaceae unduacan ornato látex silv estre árbol de flores blancas Sterculia apetaya Sterculiaceae tepataca construcción maderable árbol de 15 m, uso para horcones y postes de las casas Sweetia panamensis Papilionaceae guayacán construcción maderabl e árbol de 30 m, para horcones y bateas Swietenia macrophylla Meliaceae caoba construcción maderable árbol de 35-40 m, para tablas, horcones, mesas Tabebuia pentaphylla Bignoniaceae roble construcción cerc as y útiles maderable árbol de 5-15 m muy regener able para cercas vivas, tablas, útiles y m uebles Tabernaemontana alba Apocynaceae lachillo/lecherillo útiles látex maderable arbus to de 3-4m con látex, para cabos de coa y tarpala Trema micrantha Ulmaceae capulincillo construcción maderable ár bol para cintas, soleras y tablas de casas Vatairea lundelli Papilionaceae pierrillo construcción maderabl e árbol muy abundante para cintas y soleras Vochysia hondurensis Vochysiaceae corpo construcción maderable árbol abundante en lugares no perturbados, cintas y horcones Zantherylon procereum Rutaceae rabo lagarto construcción mader able árbol de 20-25 m en acahuales de 8 años y suelos aluviales drenados, uso para tab las Zuelania guidonia Flacourtiaceae trementino c onstrucción maderable árbol de altura variable, tablas muy duraderas Figura II.7 b 74 75 nombre científico familia nombre común uso otros usos tipo tierras donde se halla Amaranthus hybridus Amaranthaceae cola de pavo ornato cultivada planta inflorescencia violeta o guinda Anthurium sp. Araceae huazconxochitl ornato cultivada planta de flores aromáticas, en mayo Caesalpinea pulcharrima Caesalpinaceae tencho ornato cultivada ar busto de flores naranjas y amarillas Canna generalis/indica Cannaceae chilalaga ornato cultivada hierba de flor es rosadas (genralis ) y anaranjadas (indica) Cleome houstoni Cappaaridaceae charamuzca ornato cultivado y silvestr e hierba de flores blancas con rosa ovioleta Gomphrena globos Amaranthaceae siempreviva ornato cu ltivada planta de flores violáceas Nepholepis exalta Polypodiaceae palma ornato cultivado y silvestre helecho de follaje delicado Nopalea ficus-indica Cactaceae nopal ornato cultivada plant a de flores rojas muy vistosas Parthenium sp. Compositae incienso ornato silv estre planta de follaje cenizo Petrea volugilis Philodendron sp. Verbenaceae Santa Rita ornato cultivado y silvestre planta de flores azules, pequeñas Pilea microphylla Araceae huerfanito ornato cultivada planta muy cultivada en toda la región Stemmadenia insignis Urticaceae chismoso ornato cultivada planta pequeña de follaje muy fino, abundante en la región Tecoma stans Apocynaceae unduacan ornato látex silv estre árbol de flores blancas Vernenia sp. Bignoniaceae cabello de ángel ornato cultiv ada árbol de 5-6 m y flores amarillas Vinca rosca Compositae penumbra ornato cultivada arbo lito de flores blancas aromáticas Apocynaceae ninfa ornato maleza silvestre pl anta muy abundante que llega a convertirse en maleza Figura II.8. Vegetación autóctona para ornato. En: Martínez Alfaro (1967:107-123). 75 76 nombre científico familia nombre común uso otros usos tipo v egetación secundaria autóctona: tierras donde se halla Annena muricata Anenacene guanabana frutal cultivada y escapada árbol de huerto, de unos 5-6 m Annona reticulata Annonaceae anona frutal cultivada y escapada árbol de huerto, de unos 6-10 m Carica papaya Caricaceae papaya zapote frutal cultivada y escapada arbusto de huerto o potrero, de 3-7 m Curcubita pepo Curcubitae calabaza alimento recipient e cutivada y escapada planta rastrera de flores y frutos comestibles Chysobalanus icaco Rosaceae jícaco frutal cultivado y silves tre árbol de 5 m, con frutos pequeños rojos Diphysa robinioides Papilionaceae chipil alimento construcción cutivada y esc apada árbol cuyas hojas y frutos se guisan con masa Ficus cerstediana Moraceae higo frutal cultivada árbol de 7-9 m, frutos pequeños verdes Malpighia glabra Malpighiaceae cangrena frutal silvestre planta de 0.80-2 m en acahuales, de flores vistosas Muntingia calabura Elaeocarpaceae capulincillo frutal amarre s cultivado y silvestre árbol de 3-5 m en acahuales viejos, amarres de corteza Persea Americana Lauraceae aguacate frutal medicinal árbol de 8-12 m en huertos, infusiones de la s hojas contra parásitos intestinales Portulaca oleracea Portulacaceae verdolaga comestible silvestre plant ita postrada de terrenos límpios y potreros, grasa Solanum nigrum Solanaceae quelite blanco comestible cultivado y silvestre hierba de 0.80-1.25 m para comer cocinada Spondias purpurea Anacardiaceae ciruelo frutal cerc as cercas árbol de 4-6 m, utilizado para cercas vivas de las casas Figura II.9. Vegetación secundaria autóctona. En: Martínez Alfaro (1967:107-123). 76 77 Coe (1980:II:34-38) relaciona los tipos de suelos en las diferentes áreas de inundación y lomeríos con la vegetación: 1. Suelos ferrolíticos: se encuentran adyacentes a las zonas bajas, de inundación anual. Tienen un buen drenaje. Se encuentran a menos de un m etro de profundidad encima de las arenas café oscuro. Esta sección se encuentra m uy afectada por la acción antrópica, la vegetación original probablemente presentó alto bosque perennifolio, pero actualmente esta cubierta por acahual en varias zonas. 2. Suelos café oscuro o grises con alta can tidad de agua: se encuentran en las llanuras de inundación. Su vegetación es de bosque perennifolio alto en algunos casos mezclado con palm as. La vegetación es de menor tam año en las zonas de contacto, con árboles que no superan los 15 metros. 3. Suelos formados por las graduales deposiciones aluviales, ocupa a veces áreas alargadas utilizadas como pasto de tem porada, la vegetación es sabanoide con alto bosque perennifolio mezclado con palm as. 4. Suelos aglutinados y adherentes: se caracterizan por barros imperm eables cubiertos de agua la mayoría del año. A nivel de vegetación se distinguen cinco zonas bien diferenciadas por sus planta s, esta vegetación correspondería a las zonas de popal (4.1-4.3) y de tular (4.4-4.5) que a las que se hizo referencia anteriormente en la figura II.4: 4.1. Un sector central que cubre hast a 70 cm de la vegetación llam ada platanillo (Talía geniculata) y Pontederia sagittata . 4.2. Entre 20 cm hasta 70 cm de prof undidad de agua, esta cubre a Ciperáceas y Juncaceas 4.3. Con un nivel de agua entre 10 y 20 cm de profundidad se encuentran los camotes y las zarzas ( Paspalum fasciculatum y Mimosa pigra , respectivamente). Algunas veces se encuentran aquí Machaerium lunatum y planta de agua ( Sagitaria lancifolia) . Las áreas de pasto algunas veces contienen parches de bosque sobre los suelos que se distinguen por ser arenas de color rojo brillante y café hasta unos 3m de profundidad. La vegetación de estos parches se trata de coyol o plama real ( Scheelea 78 liebmannii ), ceibas ( Ceiba pentandra ), papachote ( Apeiba tiborbou ), jobo ( Spondias mombin ), pongolote ( Cochlospermum vitifolium ) , palo m ulato ( Bursera simaruba ), hoja de lara ( Calathea sp. ), guacimo ( Guazuma ulmifolia ) y acotope ( Inga spuria ). 4.4. Con repetidas inundaciones y fangosos, en esta zona la vegetación es de zona boscosa con acotope ( Inga spuria ), roble ( Tabebuia pentaphylla ) y rosa morada ( Lonchocarpus sp. ) 4.5. Bosque alto perennifolio, algunas veces mezclado con palm as. Estos suelos aglutinados y adherentes (p resentados en el punto 4), muestran el tipo de vegetación acuática de gramíneas propio de estos clim as y conocido com o popal, el cual se origina en zonas bajas c on filtraciones de los lechos de los cauces de los ríos. La gran llanura norte y noroeste de San Lorenzo, en la confluencia de los ríos Tatagapa y Chiquito, posiblemente en tiem po olmeca se hallaba m ás baja 6 y se trataba de un zona de pantano popalero, con ciclos de renovación por inundación, de desecación gradual y de fertilización natural orgánica de la vegetación, estos terrenos pueden ser cultivados en la estación de secas. Se trata de un rico am biente acuícola de fauna y recursos de flora apta para la cestería, las cuerdas, etc. Con base a los análisis de fitolitos, Zurita (1997) ha planteado que existía vegetación de popal en las inmediaciones de San Lorenzo, esta com unidad vegetal está compuesta principalm ente por platanillo ( Talía geniculata ), que habita en agua dulce estancada en forma perm anente, de 0.5 a 2 m de profundidad. Consiste en heliofitas, comúnm ente herbáceas magnifolias, cuyas hojas sobresalen del agua, escondiendo el pantano que yace debajo. 6 Estudios geom orfológicos l levados a cabo por Ort iz dentro del proyecto PASLT señala n que la gran llanura que rodea San Lorenzo al norte y noroeste, pudo haber experim ent ado un cierto levant ami ento del terreno en tiempos m ás recientes. 79 “por la presencia de fitolitos de gramín eas del tipo panacoide combinado con células buliformes silicificadas, que el clima en que se desarrolló el sitio de San Lorenzo era muy húmedo; aunado a la presencia de palmas, compuestas y ciperáceas, indica tentativamente una vegetación de selva tropical. Además, la presencia de marantáceas en combinación con ciperáceas y gramíneas indicativas de gran hum edad hacen pensar en el tipo de vegetación denominada Popal, la cual se caracteriza por una gran abundancia de estos géneros en zonas pa ntanosas o de agua dulce perm anentemente estancada, generalmente asociada a selva tr opical, (...). Tanto las especies de ciperáceas como de marantáceas pueden utilizarse en la confección de cestos, cuerdas y am arres, y la palma sirvió com o material constructivo.” (Zurita, 1997: 86-87) En tiempos olm ecas la deforestación para la agricultura, la construcción de viviendas y para usos productivos tuvo que ser muy im portante. Aunque la pérdida de población después de etapas de densidades altas de población e intervención intensiva en el medio, permitió la regeneración del m edio. Coe ( 1980:II: 146) opina que ahora, después de fuerte ocupación tras seis o siete centurias puede darse una situación parecida a la de tiempos olm ecas, hacia el 900 a.C. Así suponemos que las zonas de vegetación secundaria han sido propias del paisaje humano desde tiem pos olmecas. Los acahuales , fueron áreas boscosas que han sido tumbadas y quem adas para ser cultivad as, generalm ente pasan a ser campos de maíz, que una vez agotados los suelos se abandonan y crece la vegetación secundaria. Durante el primer año crecen herbáceas y arbustos: carnezuelo ( Acacia cornigera ), espino blanco ( Adelia barbinervi ), pata de vaca ( Bauhinia ungulata ), chochogo ( Calathea allorcia ), cabello de ángel ( Tecoma stans ), papaya ( Carica papaya ), chancarro ( Cecropia peltata ), pongolote ( Cochlospermum vitifolium ), solerilla ( Cordia alliodora ), hoja de lara ( Calathea sp. ), tres lomos ( Cupania geabra ), cadillo ( Desmodium sp. ), acahualera ( Eupatorium odoratum ), guácimo ( Guazuma ulmifolia ), balsamillo ( Hamelia sp. ), m ajagua ( Hampea integérrima ), jonote ( Heliocarpus sp .), cangrena ( Malpighia glabra ), palo de corcho ( Ochroma lagopus ), frijolillo ( Casearia sylvestris ), huevo de toro ( Plumeriopsis ahouai ), zacate cortador ( Scleria pterota ), quelite blanco ( Solanum nigrum ), huevo de gato ( Plumeriopsis ahouai ), diente de perro ( Smilax lanceolata y Smilax sp. ), romp e plato ( Ipomoea tyrianthina ), jicamilla ( Bomarea hirtella ) y peinecillo ( Combretum fruticosum ). Si el área cultivada se tom ó a la zona de alto bosque con palmas , crecen tam bién la palm a real ( Scheelea liebmannii ), platanillo ( Heliconia latispatha ), palo gusano ( Lonchocarpus aff. Guatemalensis ) y 80 chilalaga ( Canna generalis o Canna indica ). Hasta los ocho años no crecen los jobos ( Spondias mombin ), palo de chicharrón ( Trophis racemosa ), jabí ( Pisidia piscipula ) y huele de noche ( Vernenia sp. ). La vegetación rastrera y trepadora, tamb ién secundaria, puede encontrarse en las riberas y cerca de los antiguos meandros de los ríos, localm ente se conocen con el nombre de esteros. Esta vegetación no es alta , generalm ente su talla es de 10-20 metros y cerca del nivel del agua es de unos 3 o 4 metros. Esta constituida por acotope ( Inga spuria ), rosa morada ( Lonchocarpus sp. ), chololo ( Sapindus saponaria ), roble ( Tabebuia pentaphylla ) y tomatillo ( cordia stellifera ), también entre los arbustos se hallan espino blanco ( Adelia barbinervis ), achiote ( Bixa orellana ), cafecillo ( Casearia nítida ), cachimba ( Cassia bicapsularis ), f rutilla ( Eugenia sp. ), jimba ( Guadana suculeata ), majagua blanca ( Hampea integerrima ), am uchile ( Pithecellobium ), amesquite ( Pithecellobium recordii ), pochitoco ( Plenranthodendron ), cruceta ( Randia sp. ) y palo zorrillo ( Zanthoxylum caribaeum ). II.5.2. La fauna Un gran número de especies faunísticas m antienen la naturaleza animal de la región de San Lorenzo. En estas líneas c itamos algunos grupos de anim ales que son autóctonos de la región y que a través de las distintas ocupaciones humanas han logrado sobrevivir hasta nuestros días. La información sobre la existencia y el protagonism o de algunos animales la percibim os referenciada en producciones culturales como la escultura olmeca, haciendo alusión a la esfe ra social y sim bólica; asimism o en los estudios de contextos domésticos arqueológico s olm ecas hallamo s los restos faunísticos que pudieron formar parte de su alim entación. Ambos datos nos aportan inform ación sobre la relación del ser humano con la naturaleza anim al en este mom ento cultural. Pero la ocupación olmeca fue una de las culturas que intervinieron en el territorio, con sus valores y hábitos culturales; tras ellos otras muchas sociedades, con valores y hábitos diferentes, han ocupado la naturaleza: culturas prehispánicas posteriores a los olmecas con relaciones tri butarias que influían la población anim al, culturas post-colombinas con la consecuente introducción anim ales, hasta llegar a las últimas ocupaciones de la época industrial, con la extensión de las m odificaciones 81 provocadas por la agricultura, la ganadería y el regreso al tráfico de animales. Otro factor importante en la actualidad y que afect a a la fauna es la contam inación del agua producto de los residuos de aceites y petroquí micos de las refinerías de petróleo próximas al Coatzacoalcos. Como presentación del m edioambient e y después de tanta alteración, enumeram os aquí las especies autóctonas que los Tenochtitleños actuales utilizan dentro de su alimentación y sus referencias a anim ales peligrosos. La marcada estacionalidad que provocan las lluvias abundantes durante el verano afectan el tipo de fauna de la zona . Las llanuras, caños y potreros se inundan y muchos peces y aves llegan a ellas. La fauna en las áreas de popal se com pone de aves residentes y migratorias, y anim ales marinos como m oluscos y crustáceos. En los ríos, esteros y lagunas, debían abundar los peces que constituyeron un complem ento alimenticio para la población. En la actualidad (Coe y Diel, 1980:II) y parece ser que desde tiempos olm ecas (Symonds et al. , 2002), la pesca es m ás significativa que la caza en la obtención de proteínas anim ales y recursos económicos. Al menos entre 5 y 6 días al m es los cam pesinos contemporáneos salen a pescar e incluso algunas personas de Xochiltepec son pe scadores a tiempo com pleto. Se utilizan redes para atrapar los abundantes peces que vi ven en este nudo de ríos o en épocas de lluvias pueblan las lagunas. Los Tenochtitleños consideran el róbalo ( Centropomus undeimalis ) como el m ejor pescado y el peje lagarto ( Lepisosteus tropicus ) incluso se cría. Un pescado muy com ún es la mojarra ( Cichlasoma ) del que se conocen 7 clases distintas, también se pesca pám pano ( Dorosoma anale) , cabeza de hueso ( Arius melanopus ), juile ( Rhamdia guatemalensis ), lisa ( Agonostomus monticula ) y anguila ( Synbranchus marmoratus ). Los peces de mar no son m uy apreciados y cu están más de conseguir frente a la riqueza fluvial de la que disponen sin gran esfuerzo. Algunas clases de crustáceos, mariscos y m o luscos se recolectan en los ríos. En las planicies de inundación al norte y noroeste de la meseta de San Lorenzo, la recesión de la inundación y las lagunas temporales perm iten la explotación de los recursos fluviales. Los peligros en el río vienen por la subida de los tiburones cuando con las mareas penetra el agua del m ar en el río. 82 Ya cuando M. Coe y E. Wing estudiaron el m edio 7 y la población a finales de los años sesenta, nadie se dedicaba a cazar a tiempo com pleto. Los autores comentan que se salía esporádicamente o una vez a la sem ana, adem ás debemos tener en cuenta que a diferencia de la población prehispáni ca, en el presente se tienen animales domésticos. Actualmente se cazan algunas aves acuáticas 8 como la garza ( Egretta thula ), el Garzón Cenizo ( Árdea herodias ) conocida como grulla, la Cigüeña am ericana ( Mycteria americana ) o galambado, corm orant o el pato búcio ( Phalacrococorax olivaceuso Phalacrocórax brasiliensis ), el Pelícano Blanco ( Pelecanus erythrorhynchos ) o alcatraz. Patos salvajes de hábitos migratorios llegan tam bién a las lagunas, se trata de los llamados canates ( Anas platyrhynchos ) y Ganso Manchado, oca o anser ( Anser albifrons ), así como el pato salvaje llam ado pichichi ( Endrocygna autumnalis ), que es muy com ún en el río Tataga pa y las lagunas. Actualmente tam bién se cazan pájaros como la Palom a Huilota ( Zenaida macroura ) o paloma azul, los Hocofaisanes o faisanes reales ( Crax rubra ) y la Pava Cojolita ( Penélope purpurascens ), Tinamúes ( Tinamus major y Crypturellus spp.) y chachalaca Vetula ( Ortalis vetula ). En este hábitat húmedo se encontraban m uchas especies de aves, algunas apreciadas por su plumaje, otras por su valor alim enticio y otras por su simbología, como el águila arpia ( Harpya harpyja ). Los reptiles 9 también form aron parte de la subsistencia del cuerpo y de la ideología de los grupos olmecas. El único reptil de estas tierras que se utiliza como alimento es la iguana verde ( Iguana iguana ), que pone y esconde sus huevos en la arena en marzo. Tanto la iguana com o sus huevos son muy apreciados por su valor proteínico. El cocodrilo o lagarto (Cocodrilo de Río o Cocodrilo Americano, Crocodylus acutus ) en la actualidad es ya muy escaso y los inform an tes del estudio de M. Coe y E. Wing en el Proyecto Río Chiquito 10 sólo comentan haber oído alguno en Laguna Manatí. En las lagunas cerca de San Lorenzo se encontraban algunos caimanes ( Caiman sclerops ) de medidas m enores al cocodrilo, estos reptiles que se cazaban con arpón o cuchillo. 7 Coe y Diehl (1980: II, apéndice 1 y 2) 8 Se han consultado los regist ros y nom bres científicos en : Guía de aves de México de Peterson y Chali f. 9 Últimas referencias: NOM-059-ECOL-2001. 10 Coe y Diehl (1980:II, apéndi ces I y II) 83 Las tortugas fueron uno de los principales vertebrados en la alimentación de los olmecas. Cuando las aguas se secan de los potreros las pequeñas Chopontiles o Almizcleras ( Claudius angostatus ) quedan atrapadas en el barro. La tortuga Pinta o Tortuga de Monte Mojina ( Rhinoclemmys aureolata ) pone sus huevos con los prim eros sures, al igual que ella las Galápago ( Staurotypus triporcatus ) y Pochitoca ( Kinosternon lencostomum ). La tortuga Concha Blanca o riverina ( Dermatenys mawii ) prefiere las aguas más lim pias del río. No como alim en tación sino todo lo contrario, aparece el sapo ( Bufo marinus ). A parte, la selva es un hábitat propicio pa ra la reproducción de gran variedad de roedores y especies animales de herbíboros y carnívoros 11 . Actualm ente aún podemos reparar en algún Venado de Cola Blanca ( Odocoileus virginianus. ), Mazama Am ericana o mazate ( Mazama sartorii ), oso horm iguero ( Tamandua mexicana ), armadillo ( Dasypus novemcinctus ), pecari ( Tayassu tajacu ), mapache ( Procyon lotor ), tlacuache ( Dedelphys marsupialis ), coyote ( Canis latrans ), tejón o coatí ( Nasua narica ), zorro ( Didelphys marsupialis ), conejo ( Sylvilagus floridanus ), tepescuintle-Agouti paca ( Cunizalus paca ), cerrete ( Dasyprocta mexicana ) mono aullador ( Alovatta palliata ) y chango o mono araña ( Ateles geoffroyi ), por citar dos de los grupos m ás considerados de entre los simios que ocupan e incluso podían haber ocupado las copas de los árboles. Animales que hasta 1950 se conocían en la región eran los manatis ( Trichechus manatus ), el tapir o antiburro ( Tapirus bairdii ) y el jaguar ( Felis onca ). Los felinos, como el jaguar ( Felis onca ), el jaguarundi ( Herpailurus yagoarondi ) y el ocelote Margay, ( Leopardus wiedii ), por sus representaciones en piedra tuvieron una importancia natural y m ítica. Al igual que las serpientes, com partían el m edio con los olmecas y estos en m uchos casos los representaron unidos a símbolos de rango. Las serpientes, son también considerados anim ales peligrosos, que pueden hallarse entre los maizales, el zacate, en la lim pieza de acahuales o al salir de caza y pesca. Algunas de ellas son venenosas como la coralillo ( Micrus sp .), la botacoral , la nauyaca, el bejuquillo, la prieta, la voladora, la mano de m etate,o la tatoana ; sin embargo otras com o la sorda o rabo hueso ( Bothrops atrox ) no tiene una picadura mortal. En la actualidad los insectos y alguna s serpientes son los animales m ás peligrosos del medio. Ya desde tiem pos ol mecas, las plagas de insectos pudieron 84 intervenir en las cosechas, otros insectos venenosos son las arañas como la araña capulina o viuda negra ( Latrodetus mactans ) y los escorpiones, pulgas y garrapatas. También se consideran legendariam ente peligrosos los murciélagos, de los que se mencionan hasta 16 grupos distintos (Coe y Diehl, 1980:II, apéndice 2). Mención especial deben tener las abejas ( Melipona beecheii, Trigona jatiformis, Trigona pectoralis ), que además de peligrosas son las productoras desde tiem pos antiguos de miel y cera para la subsistencia de estas poblaciones. En los contextos arqueológicos se han hallado abundantes restos de recursos acuáticos y huesos de aves y de perro. La importancia de este últim o y su alimentación carroñera puede haber enmascarado las cuantif icaciones de restos óseos consumidos de otros animales dentro de los contextos dom ésticos. No sabemos si en tiem pos de la oc upación olmeca algunas especies se vieron afectadas por las actividades de subsistencia y las productivas de esas poblaciones, ya que a la falta de datos debemos agregar el desconocim iento de sus creencias y los tabús que podían afectar a las especies animal es y que consideramos propios de cada sociedad. Actualmente en las casas se tienen anim ales domésticos com o perros, cerdos, patos y gallinas, y en las parcelas o en las parcelas comunales hay quien tiene vacas. A parte de los perros, estos animales aportan pr oteínas directas (alim enticias) e indirectas (económicas) a las unidades dom ésticas, que pueden ajustar con las procedentes de la caza y la pesca. Los caballos, animales reintroducidos después de 1492 d.C., en la actualidad forman parte de lo que podem os llamar tabú alim enticio, de hecho son considerados animales de transporte e im prescindibles en las familias. Una diferencia más entre las ocupaciones olm ecas y la actual en la región es, en términos económ icos y de subsistencia, la domesticación y alim entación de animales como son los pavos y los cerdos, los cuales consum en mucho m aíz y no todas las unidades domésticas pueden perm itirse tene r. Hoy, todos los animales que pueden venderse y sus productos se ofrecen en los me rcados de las ciudades próxim as, al igual que la miel de las abejas que se produce en cajas o enjam bres. 11 Últimas referencias: Bernardo Villa R y Fernando A. Cervantes: Los mamíferos de México , Instituto de Biología de la UNAM. 85 II.6. Consideraciones finales del capítulo Terminar este capítulo refiriéndom e a los animales dom ésticos es explicable, por su relación con prácticas económicas dentro de la com unidad y fuera de ellas, así como con la subsistencia familiar presente, y porque por una base de alim entación distinta, pero también los anim ales domésticos influye n en el gasto de recursos, por esto todo ello se ha tenido presente. Pero los datos anteriorm ente expuestos pretenden acercarse al posible el medioam biente de la zona donde se desarrollo el sistem a cultural olmeca en San Lorenzo, los datos de este paisaje humanizado se presentan en el siguiente capítulo, pero ambos capítulos nos conducen al contexto de la escultura y de las ocupaciones del área. Así los asentamientos olm ecas estaban localizados en la línea tectónica, situación que además de m ovimientos sísm icos y erupciones volcánicas más o m enos alejadas, también fue cam biando los cursos de los rí os, la morfología de su paisaje y sus posibilidades. La situación de la meseta de San Lorenzo y su región circunvecina fue privilegiada en la cuenca baja del río Coatzacoalcos, a unos 50 km de la costa, acotada por cursos fluviales que separan una zona de contactos interiores de una exterior. La morfología de la zona, com o se verá en el capítulo siguiente al tratar patrón de asentamiento, fue clave para establecer asentam ientos, nodos terrestres y fluviales de comunicación y explotar al m áximo las pos ibilidades de recursos. Esta área aparece insertada entre tierras inundables, fuentes de recursos para una subsistencia mixta, basada en la agricultura y los recursos acu áticos principalmente, aunque éstos en algún período de máxim a población pudieron no se r suficientes, aprovechando la estacionalidad y varias cosechas e incluso podría ser las condiciones algo diferentes de zonas vecinas. Pero el clima tropical lluvi oso varia significativa m ente el medio, así como las posibilidades y actividades a reali zar en época de secas (abril y m ayo, período en el que llega a escasear el agua) o de lluvias (de junio a noviembre o diciem bre). Estos puntos ya dejan entrever una situación marcada por las dos tem poradas climáticas y por las posibilidades de comunicación que perm itían a esta sociedad el aprovisionamiento de alim entos, materiales y roca volcánica. Estos tem as serán tratados en el capítulo III. Por otra parte estas condiciones climá ticas han sido consideradas en la interpretación del área de SL-53, donde se llevaba a cabo una actividad productiva de reciclaje de un trono a cabeza colosal, cuyos da tos en el registro arqueológico sumados 86 a la experimentación realizada en Matacapan (Veracruz) 12 y trabajar con las m ismas condiciones climáticas ha ayudado a determ inar por ejemplo que el área de trabajo de la cabeza no sólo debía estar techada por el sol y el calor sino también por la hum edad, ya que como se apunta en el apéndice corres pondiente, a prim era hora de la mañana, aún sin sol, fue imposible m odificar el basa lto con las mismas dispersiones de azufre aplicadas. En época de lluvias, la zona debía tener muros o canalizaciones que no permitieran entrar el agua en la zona hundida , ya que esta estaba construida sobre un sedimento de barro im permeable. Estos muro s y/o canales no se han encontrado en la sección excavada. En el capítulo también se ha expuesto los tipos de suelos y su localización no sólo con el fin de relacionarlos con las pos ibilidades de subsistencia y habitación sino también para conocer la estratigrafía del área y las condiciones post-deposicionales. Finalmente, referirm e a los apuntes sobre biodiversidad del punto 5 para comentar que a partir de los análisis de m a teriales hallados en las excavaciones y de los análisis de polen y fitolitos (Zurita, 1997) se tiene más inform ación sobre el medio antiguo y las pautas de comportam iento de sus habitantes, así se ha podido determinar la importancia de los recursos acuáticos en contextos dom ésticos, e incluso la posible deforestación de la región a partir de má xim os poblacionales y técnicas constructivas que se suceden en la secuencia estratig ráfica de las áreas estudiadas, descubriendo cambios constructivos en m uros, del bajare que a los muros de tierra com primida, o en las construcciones de techumbres (Cyphe rs 1997b, Grégor, 1999), en este m arco las secuencias de preparaciones de pisos y pisos de ocupación con distintos repellos se relacionan con modificaciones y rehabilitacione s. Quizás en este sentido, el m edio actual deforestado y con sólo manchas de bos que tropical no es tan distinto del antiguo en épocas de gran ocupación humana. 12 Véase el apéndice I. 87 CAPÍTULO III SAN LORENZO Considerando que para llegar al estudi o del contexto arqueológico de una escultura, es primordial iniciar el trabajo con la presentación del centro que la acogía, me refiero a San Lorenzo com o centro urbano a través de su historia prehispánica, a partir de los datos y discusiones sobre su complejidad cultural, a nivel social, político, económico e intentando considerar las in formaciones sobre sus posibles relaciones internas y externas, atendiendo la influencia de los factores fuera de las ciudades en la configuración de éstas 1 . De esta form a podrá comprenderse el significado de las cabezas colosales en el centro. Dentro de los estudios sobre centros urba nos y sistemas estatales en la historia antigua de México, el concepto de ci udad aparece como trasfondo que refleja la complejidad sociopolítica, la trascendencia económ ica, y la escala dem ográfica de las sociedades prehispánicas. Dentro de esta concepción uno de los primeros centros considerado ciudad es La Venta, en el período Preclásico Medio (González Lauck, 1994, 1995, 1996); aunque también fue califica do com o centro ceremonial (Bernal, 1973). En el esquema europeo, nacido en la sociedad urbana post-industrial, y desde inicios de la teoría arqueológica sobre la ciudad y la civilización 2 (Gordon Childe, 1982), un centro urbano se definió en términos de densidad de población (se trata de la forma de la ciudad; una propiedad relativa a la jerarquización y densidad total de sitios en el área circunvecina), frecuentemente se trataba de un asentam iento amurallado o posicionado estratégicamente para asegurar la defensa (com o las primeras ciudades sumerias del tercer m ilenio a. C. y ya que el concepto “civilización” comportaba el elemento de dom inio y guerra), y por la distinción de ocupaciones entre la población “urbana” y la población “rural”, reflejada en una división de labores que incluía la elite, los comerciantes, y artesanos (en otros térm inos, se trata de la función de la ciudad). En la ciudad se encontraba la concentración de tres “funciones”: la política- administrativa, la económ ica y la cultural simbólica (Eam es y Goode, 1977:42). Pero 1 Véase el análisi s teórico de Eam es y Goode (1977) 88 ¿en las sociedades no occidentales la di cotom ía entre rural y urbano mantiene las diferencias de formas y funciones? Estudios sobre esta cuestión en los centros urbanos mayas (Bray, 1972:915), aprueban que incluso un centro maya del período Clásico tiene una configuración no-urbana, a pesar de ofr ecer todos los servicios proveídos por una ciudad. Así, determinar la línea entre fo rma y función ha llevado a com prender la ciudad, y es que en los centros urbanos mayas, com o en los olmecas, la construcción de un espacio por medio de la concentraci ón de instituciones políticas, económ icas e ideológicas pueden atribuirle al centro un significado esencialmente urbano. Por ello, Trigger (1972:574-579) enfatiza la importancia entre las relaciones entre el centro principal y los secundarios, proponiendo una definición de ciudad que no depende de aspectos formales ni de funciones especí ficas, sino de funciones especializadas en relación al área circundante más am plia. Es te autor considera que el proceso de crecimiento urbano com porta: a) una jerarquización de asentamientos, b) instituciones sociales definidas y especializadas y c) una relación entre el tamaño del asentam iento y las funciones que se llevan a cabo. Estas car acterísticas pueden observarse en la región de San Lorenzo y en esta ciudad también pue de identificarse la concentración de poder o recursos autoritarios 3 bajo las imágenes de las cabezas colosales. Afortunadamente en la actualidad las investigaciones sobre patrón de asentamiento, sobre la distribución de actividad es y grupos dentro de los sitios, y de las relaciones entre centros contribuyen con nue vos datos, que crearán el marco para profundizar en los estudios sobre la comple jidad sociopolítica en las aldeas y en las ciudades. En este capítulo se presenta el sitio arqueológico de San Lorenzo como ciudad prehispánica en el período de 1200-850/800 a. C., a través de la consideración de los datos conservados en el registro arqueológi co y las inferencias que se han realizado. Esta posición se razona en los siguientes apartados: 1. San Lorenzo a nivel regional, considerando la forma y la función del centro dentro de la jerarquía de asentamientos de la región. 2. El patrón de asentamiento en la re gión de San Lorenzo y las estim aciones sobre densidad de población en el área durante las ocupaciones 2 Véase nota 1 del capít ulo I. 3 Guiddens (1980) describe la ci udad como el crisol del poder, en el cual se concentran lo que él denomina “recursos autoritarios”. 89 prehispánicas, a partir del trabajo sobr e patrón de asentamiento realizado por el PASLT (Symonds et al. , 2002). 3. Seguidamente se exponen los datos que apoyan la esfera económ ica del centro, iniciando por los recursos naturales y la economía de subsistencia a nivel regional y local, teniendo en cuenta los estudios sobre la capacidad de carga (Coe y Diehl, 1980; Symonds et al. , 2002), y donde, en un medio tropical húmedo con un área de captaci ón de recursos propicia en aves migratorias, pesca, fauna de bosque y terrenos aptos para la agricultura, tal y como se expuso en el anterior capítulo, se explotan estos recursos e incluso se apuntan los mom entos críticos y la posibilidad de transporte de alimentos de las distintas áreas de la región hacia el centro. 4. A la citada economía para procurar la subsistencia diaria, debe unirse a la trascendencia económica del centro com o nexo participativo en las redes preclásicas mesoam ericanas de intercam bio de materiales y redistribuidor de productos, datos que se exponen a quí en el apartado titulado las interacciones regionales e interregionales halladas en el contexto arqueológico. En los capítulos siguientes se retomarán con m ayor extensión la importancia de estas relaciones entre regiones, al presentar los elem entos materiales hallados en el contexto de estudio del m onumento SL-53. 5. En esta dinámica, las elites son prim ordiales, quienes controlan las redes de aprovisionamiento, producción y distribuc ión de productos e ideología. Los datos de las excavaciones arqueológicas en San Lorenzo aportan información sobre la com plejidad sociopolítica del centro en el Preclásico. 6. En el apartado sobre el espacio urbano se trata además de las construcciones, el contexto espacial de las acciones hum anas, la producción de espacios y las funciones especializadas de San Lorenz o en relación al área circundante, con el fin de entender las instituciones a partir de la cultura que generan. 7. En este punto se presenta la escultura pública olmeca de San Lorenzo, protagonista de las acciones humanas de producción de espacios y a las manifestaciones públicas del poder. 8. Si a través de los datos arqueológicos se ha mostrado San Lorenzo com o estudio de caso de una ciudad, en este punto, se presenta otro estudio de caso desde la antropología urbana donde se muestra toda una parte de relaciones y 90 de materiales perecederos unidos a e llos. Este caso m uestra una ciudad con muchas sim ilitudes en cuanto a forma y función con San Lorenzo, se trata de Chemax, una ciudad cabecera de m unicipi o en el Yucatán actual. Con este estudio etnológico, el propósito es pr esentar algunas de las evidencias inmateriales de las relaciones sociopolíticas a nivel regional. III.1. El centro regional de San Lorenzo Como se ha com entado en las páginas ante riores, a partir de la posición teórica defendida por Trigger (1972), la ciudad, el centro regional o la capitalidad de un asentamiento puede definirse en relación a la prim acía sobre los asentamientos del área circunvecina y por las funciones que sólo en la primera se llevan a cabo. En este apartado se inicia la presentación del sitio arqueológico de San Lorenzo, como núcleo en relación a su área circunvecina. El creci miento del centro a nivel de población y de relación con asentamientos a su alrededor inicia desde las prim eras ocupaciones, funcionando como aldea de m ayor tamaño y ubi cación estratégica. Pero es durante el período del 1200-850/800 a. C. cuando funci ona como centro regional y ciudad, donde se organizan las relaciones con los centros s ecundarios, sede del poder y de los recursos autoritarios e ideológicos que mantendrán esta organización. El asentamiento de San Lorenzo, ubicado en las tierras elevadas de la cuenca del río Coatzalcoalcos, dominaba estratégicam en te un territorio inmerso en los ciclos anuales de inundaciones (consultar fig. II.1 y II.2). Posiblemente funcionó com o una estación de comunicación e intercam bio entre el mar, los ríos y el istmo para convertirse en una de las primeras sociedades com plejas de Mesoamérica. La urbe olm eca de San Lorenzo, entre circa el 1200 y el 850 a. C ., trasciende a centro regional, punto de referencia cultural, económico y político en la región o área circunvecina 4 , y m uy posiblemente fuera de ella. 4 Debido a que no se conocen aún las fronteras culturale s del hi nterland o área circunvecina de San Lorenzo, las investigaciones sobre el patrón de asen tamiento a nivel regional se trazaron a partir de considerar las fronteras naturales y el accesos a distintas zonas ecológicas (Sym onds et al., 2002:32). La definición del hint erland interior se realiz ó en base a los antiguos cauces fluviales que rodeaban l a meset a, con una distancia m áxima de cam ino anda ndo de dos horas (Lunagóm ez, 1995; Sym onds et al, 2002). El hinterland exterior se configuró a partir de secciones: is la de Tacam ichapa, margen occidental del río Chiquito y Ixtepec, Texi stepec, Peña Blanca (Sym onds, 1995; Sym onds y Lunagómez, 1997; Sym onds et al., 2002). La región estudiada es de 400 km 2. 91 El área circunvecina directa o interior se hallaba a su alrededor, dentro de los límites naturales de los antiguos cauces de los ríos Chiquito al norte y Coatzacoalcos al este, y de los esteros Tatagapa al oeste y Calzadas al sur. En ella, los centros satélites se ubicaban en las tierras elevadas, jerarquizados estratégicamente según sus relaciones y funciones políticas y económicas en relación al centro rector. Los vestigios culturales que arqueológicamente apoyan esta jerarqui zación son adem ás de la ubicación y el tamaño de los sitios, las m odificaciones del terreno, la arquitectura y la escultura que presenta la relación de las elites de los sitios alegados con el gobierno de San Lorenzo. Los grupos arquitectónicos tipificados por montículos y plazas no existían en esta región quizás hasta el Preclásico me dio. Las diferentes categorías de sitios establecidas en el estudio de patrón de asentam iento (Symonds et al. , 2002:42-46) se presentan a continuación: a) Los islotes consisten en la edificación de un montículo bajo, realizado con tierra, como base de una estructura habitaci onal. Algunos islotes están form ados por diferentes estructuras en una mism a unidad doméstica y ocasionalm ente tienen una formación interna tipo plaza. Se trata de una arquitectura especial diseñada para la explotación de los recursos de las llanuras de inundación durante el período Preclásico y algunos de ellos fueron reocupados en tiempos Postclásicos. En estas ocupaciones se ha observado una densidad relativamente alta de artefactos líticos (Symonds et al. , 2002:42). Podría tratarse de ocupaciones estacionales de colecta de fa una acuática atrapadas en la recesión de las aguas de la inundación, aunque también existe la posibilidad de una ocupación por más tiem po si se aprov echa la desecación gradual para una siembra de m aíz. El sondeo en un islote reveló la presencia de cinco fogones rectangulares, cronológicamente consecutivos, utilizados para ahum ar pescado. La presencia de limos entre los rest os de los distintos fogones indica la inundación completa del islote algunos años. b) Los caseríos pequeños o residencias aisladas, tienden a localizarse cerca de los arroyos, los ríos y en las laderas inferiores de los lomeríos, justo sobre el nivel de inundación. Cabe la posibilidad de que tam bién sean residencias estacionales para el cuidado de las cosechas y las actividades de recolección, caza y pesca. 92 c) Los caseríos medianos ubicados en terrenos elevados m uestran nivelaciones del terreno y posteriormente, en el período Clásico, hasta cinco m ontículos, plataformas, nivelaciones y terrazas artific iales. Algunos de ellos se encuentran cercanos a aldeas pequeñas, otros ocupando islas naturales y algunos en tierras altas más alejados y aislados de lo que podríam os considerar centro con más ocupaciones. d) Las aldeas pequeñas de tamaño e infraestructura m ayor que los caseríos medianos, siem pre en tierras elevadas (en las terrazas erosiva-denudatorias y rampas coluviales) y con un espaciam iento entre ellas regular. e) Las aldeas medianas están ubicadas siem pre sobre el nivel de inundación, sea el lomerío o en bajas islas de llanuras y cuentan con dos terrazas de entre 100 y 250 ha cada una. San Lorenzo, en las fases Ojochi-Bajío fue el centro m ayor de la región y la única aldea mediana, se lo calizó en terrenos altos circunscritos por cursos de agua y amplias planicies de inundación. f) Las aldeas grandes son versiones más complejas de las aldeas m edianas y se ubican en terrenos elevados en nudos fluvi ales. Entre ellas se espacian aldeas medianas. Presentan superficies con terrazas m ayores que las aldeas de inferior rango. g) Los centros secundarios se hallan en terrenos elevados y diques altos que permiten el control fluvial a norte y sur de los antiguos brazos de río que rodean el centro regional y presentan varios niveles de terrazas y arquitectura monum ental. h) El centro regional se presenta incluido en el área exclusivamente en dos fases, la San Lorenzo en el Preclásico y la Villa A lta en el Postclásico. Estos centros son la meseta de San Lorenzo y el sitio de Ahuatepec, respectivam ente. Se ubican en terrenos altos y son el sitio de mayor com plejidad y escala arquitectónica del área en los mom entos anotados. En estos períodos también la densidad de población es más alta y esto repercute en el m enor tamaño de los sitios pero mayor núm ero de ellos. 93 Figura III.1. Tabla de tipos de sitios y características generales. En: Sy monds et al. (2002:40). A partir del centro en el sitio de San Lorenzo, se amplía una red de conexiones entre poblaciones situadas en un territorio in scrito y comunicado por vía fluvial. Las relaciones y prerrogativas entre ellos pueden ir cambiando a través del desarrollo histórico, como se apuntará posteriorm ente, al exponer el patrón de asentamiento 5 . 5 Los mapas con la localización de sitios y su f unción dentro del área pa ra cada período cronológico pueden consultarse en la publicación Symonds et al ., (2002). 94 - Tenochtitlan y Loma del Zapote 6 , ubicados respectivam ente al norte y al sur de la meseta, fueron sitios contiguos a San Lorenzo. Asentados junto a los antiguos cauces, ambos controlaban los pasos de entrada. A 12 Km y cerca de Almagres, el sitio de Estero Rabón, completaba esta estratégica posición de centros principales y permitía la concentración del control de recursos y de la comunicación 7 . Se trata de los sitios de mayor extensión en la región durante los períodos de establecimiento y apogeo de San Lorenzo, con una notable ocupación y construcción de plazas y montículos , m odificaciones relacionadas con el transporte fluvial y escultura monum ental 8 (Symonds et al. , 2002; Cyphers, 2004b, 1997 a, 1997d, 1992 a, 1992 b; Lunagómez, 1995; Coe y Diehl, 1980 y Stirling, 1955). - De menor tam año, otras poblaciones esta ban situadas próximas a los antiguos cauces de transporte fluvial al este y oeste de San Lorenzo, siguiendo patrones lineales de asentamiento. Aldeas de m enor tamaño se encontraban sobre llanuras bajas de inundación, en bajas elevaciones naturales que fueron modificadas por el hombre en form a de grandes platafor mas alargadas con pequeños montículos. Su posición fue estratégica en el contro l sobre bifurcaciones de antiguos cauces para el transporte fluvial. - En la planicie aluvial norte o llanuras de inundación un salpicado de asentamientos m uestran una pequeña ocupación estacional o semi-permanente relacionada con el aprovechamiento de los recursos estuarios y pantanos. (Symonds et al. , 2002; Lunagóm ez, 1995; Symonds, 1992). 6 A partir de los estudi os del PASLT (Cyphers, 2004b; Sym onds et al. , 2002; Sym onds y Lunagóm ez, 1997, Lunagómez 1995) los sitios conocidos por sus esculturas com o El Azuzul y Potrero Nuevo (Stirling, 1955; Coe y Diehl, 1980) se han consi derado dentro del centro secundario de Lom a del Zapote. 7 La ubicación de estos sitios sobre el terreno eleva do form aban un triángulo, con un lado constituido por Tenochtitlan-San Lorenzo-Loma del Zapote y el vérti ce en Estero Rabón. Consúltese el mapa de la región en la figura 7 de C yphers (2004b:23). 8 Un total de 134 esculturas se conocen de San Lore nzo: desde diez cabezas colosales, dos tonos, figuras antropomorfas, figuras zoom orfas, figuras en transf ormación, esculturas m últiple s, una fuente y ductos, así como elementos co nstructivo s; de Tenoch titlan pro ceden 5: do s múltiples, dos zoo morfas y una columna; de Lom a del Zapote unas 15 esculturas, en tre ellas: un trono, dos esculturas m últiples, tres figuras zoomorfas y 5 fi guras antropomorfas; De Estero Rabón: un trono, una fi gura en transformación,, una zoomorfa y tres antropom orfas. (Cyphers, 2004b: 277-280). Así los t ronos sólo se han hallado en San Lorenzo y de menor tam año en Lom a del Zapote y Estero R abón indicando su vinculaci ón como centros secundarios. 95 III.2. Patrón de asentamiento en la región de San Lorenzo A través del estudio regional de patrón de asentamiento puede observarse com o las densidades de artefactos y los tamaños de los sitios cam bian durante los períodos Preclásico, Clásico y Postclásico (Symonds et al. , 2002). El Reconocim iento Regional de San Lorenzo definió 256 sitios en 400 km2. En el período Preclásico Inferior algunos de estos sitios se habitaron desde fases anteriores al apogeo de San Lorenzo, iniciándose lo que generaciones más tarde sería el dom inio de una amplia y densa red territorial de sitios en la fase San Lorenzo y siguiente s. Una acentuada despoblación de la zona marcó el final del dom inio del sistema cultural olm eca en la región del bajo río Coatzacoalcos, pero la ocupación conti nuó con otro grupo cultural, de etnia desconocida aún, hasta el Clásico Final. La organización de cada uno de estos dos sistemas de poder en el área descansó en sus estrategias de explotación del óptim o enclave fluvial para el comercio e inter cam bio a lo largo del Istmo de Tehuantepec y otras regiones de Mesoamérica. En el período Postclásico se m anifestó en el registro arqueológico otra marcada dism inución de la población. Los datos de excavación (Cyphers 1992a, 1992b, 1993b) indican que la población estaba creciendo rápidamente durante las fases Ojochi-Bajío (1500-1250 a. C.). En la región entre ríos se establecier on asentamientos que posteriorm ente llegarían a tener dimensiones significativas. San Lorenzo fue el asentamiento m ayor en una región entre ríos de 400 km2, una aldea mediana en los terrenos altos circunscritos por cursos de agua y am plias planicies de inundación. La ocupación en la ci ma de la m eseta se extendía unas 20 ha aproximadam ente y en ella vivía el 18% de la población total de la región. El mayor número de sitios y un 62% de población se di stribuía cerca de San Lorenzo, colocados en posiciones ambientales im portantes, evidencias que sugieren un interés por dominar la producción de recursos básicos de subsis tencia (explotación de recursos acuáticos, agricultura recesional 9 , caza de aves migratorias y resident es y el aprovecham iento de la flora para cestería y cuerdas). A mayor dist ancia se encuentra el asentam iento más disperso que sugiere la fundación estratégi ca de aldeas pequeñas en terrenos elevados cercanos a rutas terrestres y fluviales. Se estima la población en la región entre 426 y 9 Realizada en ti erras periódicam ente inundables (fi gura II.3). 96 1017 personas (media de 722) y en el hinterland interior o área circunvecina de entre 262 y 625 personas 10 (media de 444), (Sym onds et al., 2002:56). La preferencia por las secciones centrales de los promontorios y el es paciam iento regular de las aldeas sugiere intereses defensivos. El patrón de asentamiento en la fase San Lorenz o muestra una am plificación de la población, de los sitios y de la jerarquizaci ón de estos a través de una estructuración notable del sistema regional de asentam iento s. Se habitan pref erentemente las tierras cerca de los manantiales o lugares con el nive l freático alto para f acilitar la perforación de pozos, y las tierras elevadas sobre el nivel de inundación. La gente buscaba y hasta creaba un terreno seguro para la ocupación, es en este mom ento cuando aparece la arquitectura de tierra con nivelaciones y terrazas en los sitios mayores, siendo San Lorenzo el asentamiento m ás destacado. La población total estimada en el área de estudio del Reconocim iento Regional San Lorenzo es entre 8.554 y 18.735 personas (media de 13.644) y la población del área circunvecina interior era de unas 6.952 y 15.022 personas (una m edia de 10.987) con lo que la densidad se situaba entre 80 y 175 pers onas/km2 y en el resto de la región entre 5 y 9 personas/km2. El tam año de San Lorenzo era de 500 ha, con una ocupación central más densa que cubrió unas 300 ha y una dens idad m enor hacia la periferia (Symonds, et al. , 2002:66-68). En el ápice del sistema de asentam ien tos, el centro regional de San Lorenzo, presenta numerosas terrazas, plataform as y una gran extensión espacial. Desde su promontorio dom inaba las vastas llanuras de inundación y las intrincadas redes fluviales y terrestres. Tenochtitlan y Loma del Zapote com partían el mism o lomerío alargado que San Lorenzo, en ese tiempo una isla rodeada de ríos. En las confluencias norte y sur dos centros secundarios funcionaron como puntos de control para el tráfico fluvial que llegaba y salía de la isla. Loma del Zapote se caracteriza con un patr ón de asentam iento interno disperso, con focos de actividad y arquitectura relaciona da con el transporte, lomas m odificadas e islotes junto a la base del lomerío. Adem ás, el fuerte incremento de caseríos pequeños o estacionales y pequeños asentamientos rurales debe correlacionarse con una m ayor 10 En estas páginas se está retom ando el trabajo de Sym onds et al., (2002) con el fi n de exponer la jerarquización de sitios y la dens idad de población en cada período por que va a ser retomado en las conclusiones al interpretar las ocupaciones en el área de SL-53. Pueden consultarse las estimaciones y los coeficientes utilizados en Symonds et al., (2002:47-49). 97 dedicación a la agricultura. Así mism o, en los islotes, sus habitantes realizaron actividades especializadas dentro de un ambi ente pantanoso y de estuario. Durante esta fase se construyen más islotes, dentro y fu era de las inmediaciones de San Lorenzo (fig. III.2). Las diferencias de tamaño, núm ero de ag rupaciones y altura de los islotes, ya desde fases anteriores, permiten plantear la hipótesis de la existencia de organización social estructurada con derechos de us ufructo de áreas de humedales (Sym onds, et al. , 2002:63). Por otra parte, la cadena de aldeas medianas cerca de la orilla de las tierras elevadas de Peña Blanca, sitio que permite cruzar el río Coatzacoalcos, parece seguir una ruta terrestre hasta este sitio y sugier e un alineamiento defensivo. Y, el patrón de asentamiento en la sección m ás alejada al norte de la región, hacia Texistepec, contrasta con el centro por su poca infraestructura administrativa. Sym onds, et al. (2002:70), en su estudio apuntan la posibilidad de interese s de San Lorenzo en inhibir el desarrollo complejo en este lugar para poder ejercer un control directo sobre estos sitios y extraer chapopote de sus fuentes cercanas. En el inicio del Preclásico medio (850/800 a. C.-600 a. C.) la población desciende un 92% y se abandonaron la mayor ía de los islotes, hecho que puede interpretarse como una m enor necesidad de productividad de recursos de subsistencia. Pero también se observa una tendencia a ocupar los islotes m ás altos y quizás sea provocado por un incremento del nivel de inundación. Con la pérdida poblacional se reconfiguró el sistema jerárquico regional, dejando a San Lorenzo com o una de varias aldeas grandes ubicadas a lo largo de una ruta de comunicación poco integrada. Los asentamientos indican aún un interés sostenido en el control de las redes fluviales, pero, el patrón interno de San Lorenzo en este mom ento es disperso y vuelve a ocupar un área de unas 20 ha (el tema sobre la pérdida de población tan drástica después de la fase clímax de San Lorenzo, a inicios del período Preclásico m edio, se retomará posteriormente). En el patrón de asentamiento regional de San Lorenzo para el Preclásico tardío (600 a. C.-200 d. C.) se identifican sólo 5 sitios tipificados como aldeas y caseríos pequeños, todos ubicados en terrenos elevados. No hay ocupaciones en islotes. En este mom ento, como puede verse en la tabla de población (fig. III.2) la reducción de densidad de población a nivel regional vuelve a ser significativa, de un 83% después del 92%. Las causas apuntadas en el estudios de Symonds et al. (2002:91) pueden ser los fenómenos naturales com o los movim iento s tectónicos, fluviales y del m ar, el 98 vulcanismo del circa 100-200 d. C. pudieron tener gran im pacto en los patrones demográficos. Figura III.2. Tabla sitios en la región de Sa n Lorenzo y estimación de densidad de población para las fases preclásicas. En: Symonds et al. (2002:57). 99 Las estimaciones sobre densidad de población 11 se mueven entre parám etros amplios: no puede estim arse la población dent ro de un margen de fiabilidad y sólo puede hablarse de ocupación del área, la mayor en la Mesoam érica del Preclásico Inferior. Si se supone que la distribuci ón poblacional en el mom ento del contacto, calculada en 17 personas/km2, haya sido sem ejante a la de la fase Villa Alta tardía y la fase San Lorenzo, los mom entos de mayor ocupación, entonces, dentro de los 400 km2 de la región del Reconocimiento Regi onal San Lorenzo, se estim arían unas 6.800 personas repartidas en todos los sitios. Pero si se recurre a la cifra de 33 personas /km2, el resultado es de 13.200 personas (Symonds et al. , 2002:48). Después del período Preclásico Tardío, Symonds et al. (2002: 95-117) observan en la región una carencia de sitios que correspondan al Clásico Temprano y Medio (200-600 d. C.). En el período Clásico Tardí o, a partir de la fase Órtices (600-700 d. C.), la cual presenta solamente 16 sitios en la región de 400 km 2 ubicados sobre promontorios naturales cerca de las rutas fluvi ales, y de la f ase Villa Alta temprana (700-800 d. C.), cuando se muestra una triplicación de los asentam ientos, se esta elaborando la configuración de nuevas redes de interacción que sentaron las bases del inicio de la ocupación más densa y com pleja de todos los tiem pos en la región durante la fase Villa Alta tardía (800 a 1000 d. C.). Pero debemos resaltar que la hegem onía y la trascendencia frente a otros asentamientos fue m ayor en la antigua fase San Lorenzo. En la fase Órtices, Ahuatepec surge como aldea grande en la región, la cual congrega mucha población de los alrededores. Es te hecho y la tendencia m arcada en la región de la desaparición de caseríos y ald eas pequeñas, junto a la ubicación de sitios por pares parece indicar una postura defensiv a frente a amenazas exteriores. La m edia de población estimada es de 1.060 personas en toda la región, desafortunadam ente, no se puede definir el origen de ellas, ni ta mpoco si existió un centro próxim o fuera de la región responsable de esta colonización. Lo s diagnósticos cerámicos tam poco ayudan, presentando características locales (Symonds et al. 2002:97). La población regional crece a una media de 2.170 personas a partir del 700 d. C., repartidos en unos 50 asentamientos sobre los lom eríos. Una vez más las terrazas proporcionan espacio de habitación a los centros mayores. En este m omento, la 11 Coe y Diehl (1980:29) estim aron una poblaci ón de 1000 re si dentes a partir de l os 200 mont ículos bajos asumidos com o casas-habit ación que contaron sobre la m eseta. En el t ranscurso del PASLT fue posible muestrear estos m ontículos y se com probó que no fueron utilizados para habitación. Sin vestigios culturales, parece tratarse de acumulaciones de la vegetación durante el ciclo agrícola. 100 jerarquización de los sitios también se halla m arcada por la arquitectura de múltiples terrazas planificadas y asociadas a montícul os y plazas, propia de la Mesoam érica del período Clásico. Los sitios mayores tienden a ubicarse en los terrenos m ás elevados y los asentamientos m enores se agrupan a su alrededor. El control del sistema fluvial no ha perdido protagonismo, así el sitio El Mi rador destaca com o nodo de control, situado sobre la isla de Tacamichapa posee una vi sta de 360 grados sobre el sistem a del Coatzacoalcos y fue un posible punto de cont acto con Comalcalco en su expansión inicial. Peña Blanca, una aldea mediana, es importante como paso del m ismo río. Cabe notar que este último sitio presenta cerám i cas poco comunes en la región, sem ejantes a las policromas del Clásico Term inal del Seibal y tipos con pasta fina de color anaranjado-crema (Sym onds et al. , 2002:100). Sobre el origen de la población, Symonds et al. (2002:102) recogen diversas procedencias posibles. Las fuentes históricas indican que los emigrantes pipiles-nahuas del centro de México se asentaron en el sur de Veracruz alrededor del 800 d. C. (Fowler, 1989), y algunas evidencias escultóricas parecen apoyar esta llegada 12 . Las semejanzas con las cerám icas y la arquit ectura de Comalcalco señala una posible presencia de los cholanes o maya chontales . Y por últim o, los comerciantes m arítimos de filiación maya yucateca se trasladaban a lo largo de la costa del Golfo (Scholes y Warren, 1965) y fueron otra posible aport ación a la repoblación de la cuenca del Coatzacoalcos. Aparentemente fueron procesos lentos y los inm igrantes gradualmente construyeron una nueva organización regional mien tras se incorporaban aspectos de sus lugares de origen. En la fase Villa Alta tardía (800-1000 d. C.) 13 el crecimiento poblacional, una media regional de 13.949 personas, rebasa los m áximos alcanzados en el Preclásico, la capacidad de carga regional vuelve a ser insuficiente, aunque la ubicación de aldeas medianas y la reocupación de islotes sugieren unos niveles m ás bajos de las aguas y la necesidad de alta producción agrícola y de ac opio de recursos acuáticos. Ahuatepec, en una posición de isla era el centro regional y acogía al 55% de la población. Este centro 12 Hay un fragmento de una escultura procedente de Ahuatepec (RSLT-275) de este estilo (Sym onds, 1995) y la Estela I de Pi edra Labrada, cerca del Golfo (Coe, 1992:71). Aunque las sem ejanzas cerám icas de la región de San Lorenzo se encuentran m ás entr e las cerám icas de las Tierras Bajas Mayas que no en las cerámicas del valle de México. 13 Sym onds et al. (2002:104) redefinen la dataci ón y caract erísticas de la fase en base a la correlación de tipos, form as y decoraciones cerám icas con otras regiones, planteando el nuevo fechami entos en 800- 1000 d. C. 101 vigiló las redes de interacción, con la ayuda defensiva de Mixtán, centro vigía sobre toda la región. Texistepec emerge com o cen tro im portante, quizás porque Ahuatepec, contrariamente a lo que hizo San Lorenzo, se lo perm itió. III.3. Los recursos naturales y de subsistencia Los estudios de Coe y Diehl (1980, II:19) sobre agricultura y capacidad de carga en la región de San Lorenzo Tenochtitlan han propuesto la agricultura com o base de la subsistencia de la población del área en la actualidad y desde épocas de los primeros olmecas. La alternancia de los periodos de lluvias e inundación y de sequía cada año es propicia para la agricultura, y estos ciclos pueden tomarse com o agentes activos en el desarrollo prístino en la región, ya que pudier on afectar la productividad agrícola y al surgimiento de la com plejidad social. De hecho consideran el acceso, la apropiación y la utilización de los distintos tipos de suelos para la agricultura como el m ecanismo principal en la diferenciación social y la adquisición de poder, prestigio y dominio en las primeras sociedades com plejas de San Lorenzo, que corresponderían a las sociedades olmecas de los períodos entre el 1500-1150 a. C. La agricultura en las tierras cercanas al río, los diques donde reposan los sedimentos de las inundaciones, proporcionaría a sus cultivadores el excedente necesario que daría inicio a la pauta de diferenciación social 14 . El potencial agrícola calculado por el Proy ecto Río Chiquito para la planicie que se extiende alrededor de la meseta de San Lorenzo, al sur de las tierras elevadas de Texistepec y al norte de Peña Blanca 15 , podría cuestionarse con estudios más recientes. Contrariamente a lo que tradicionalm ente se cree los sedim entos que reciben estas tierras bajas con las inundaciones son de bajo contenido orgánico, lo que ocasiona un rápido secado, escasa fertilidad e irregul ar potencial agrícola (Rodríguez et al. , 1997). Sin embargo esta planicie presenta una vege tación sabanoide y después de la retirada de las aguas los recursos faunísticos son muy im portantes para la subsistencia, hecho relevante en relación a la capacidad de carga del ecosistem a de estudio, al considerarse 14 En el Imperi o Egipcio, la crecida del Nilo y la de posición de sediment os se observaba y se me dia. Así se podía prever con anterioridad las cosechas y las cantidades para almacenar y redistribuir (Trigger et al. , 1997). 15 Esta área ocupada por la planicie de i nundación corresponde aproxim adament e al área de estudio del Reconocim iento Re gional San Lorenzo (Sym onds et al. , 2002). Los estudios de Coe y Diehl (1980:II) y Sym onds et al. (2002) han tenido en cuenta el área para cal cular la posible capacidad de carga. 102 la explotación de los recursos acuáticos como un factor im portante en la relación sobre la productividad, el control de los recursos y la complejidad social en la región de San Lorenzo (Symonds et al. , 2002). Actualmente se sigue practicando la agricu ltura de tem poral y el sistema de roza y quema, consolidando la agricultura com o principal recurso económico de subsistencia. El maíz es la base de la alim entación y su producción suele ser para el consumo fam iliar. Algunos de los agricultores de Tenochtitlán practican dos sistem as de cultivos, dependiendo del tipo de suelo que disponen (consultar capítulo II): uno en los suelos Coatzacoalcos de las riberas del rí o durante el invierno y la primavera y, un segundo, en los suelos Tenochtitlan en áreas no inundables durante todo el año. De m aíz se pueden conseguir cuatro cosechas 16 pero generalmente se planta para una o dos. Los agricultores eligen las tierras donde plantar maíz según tres factores ordenados por preferencia: la clase de vege tación, la topografía y el tipo de suelo (ver capítulo II). Así la presencia de chayas y choneguis en los acahuales indica una buena calidad de los suelos. En el monte alto la s áreas con árboles papachote indican que la tierra es arenosa y con grava, de buen drenaj e. Los suelos Tatagapa, los cuales guardan muy bien el agua se destinan a las cosechas de arroz, pero este alim ento fue introducido después del año 1.492 d. C. La tumba y quem a y la cosecha se realizan con la cooperación entre familias. Algunos informantes para el estudio de l Proyecto Río Chiquito contaron la cantidad de cosecha necesaria para cinco pers onas, sin animales (cerdos y aves), para un año, el gasto es de 1.200 kg de maíz, o 0.5 kg diario por persona. La producción por hectárea en suelos Tenochtitlan de Tapachol de pende del tipo de maíz, si es híbrido es de 2.200-3.300 kg y la cosecha de maíz corri ente es de 1.800-2.700 kg, Los suelos tipo Tenochtitlan después de trabajarse entre 1 y 3 años deberán dejarse descansar entre 3 y 6 años. En suelos Coatzacoalcos se producen más cargas en cada cosecha, así en m aíz 16 1) La cosecha de Tapachol debe plantarse entre novi embre y febrero para cosecharse en mayo o junio. Es un maí z híbrido al que los norte s no devastan. 2) La llam ada cosecha grande se planta en m ayo en las partes má s altas por encim a de la l ínea de inundaci ón y a que se cosecha en noviembre. 3) Una cosecha rápida es la chamil, plantada en m arzo y recolect ada en m ayo o junio, se planta en los suelos Coatzacoalcos. 4) El maíz Tonam il es el que se plan ta en áreas altas y bien drenadas de las series Tenochtitlan, se planta en agosto y septiembre y se le llama el aventurero porque esta expuesto a pestes y tormentas. Es pequeñ o y las especies plantadas en esta cosecha generalmente son de maíz amarillo, negro y elotillo (Rod ríguez et al., 1997). 103 híbrido se pueden alcanzar entre los 2.750 y los 4.900 kg y en m aíz corriente entre 2.250 a 4.050 kg. La alimentación se com pone además de m aíz ( Zea mais ), de frijoles ( Phaseolus vulgaris ) y calabazas ( Corcubita pepo y Lagenaria seceraria ), ambos cultivados entre los campos de m aíz en la serie de suelos Coatzacoalcos. En suelos Coatzacoalcos se cultivan el chayote ( Sechium edule ) y la sandia ( Citrullus lanatus ). Todos ellos se consideran de cosechas secundarias. También tienen importancia en la alim entación los cultivos de mandioca ( Manihot esculenta ) o yuca, el camote ( Ipomoea batatas ), la jícam a ( Pachyrrhizos erosus ), la malanga ( Xanthosoma violaceum ), los chiles ( Capsicum frutescens ), el tomate ( Lycopersicon esculentum ), así como árboles frutales y plantas no dom esticadas (ver tablas de vegetación y usos en el capítulo II, figuras II.7-II.9). En resumen, los anteriores estudios am bientales y de capacidad de carga realizados por el Proyecto Río Chiquito (Coe y Diehl, 1980:II: 146) proponen que la complejidad social pudo ser desarrollada en San Lorenzo a través de la adquisición de tierras más productivas en la ribera del río y la acumulación de excedente y de poder en manos de un segm ento de la población, y descar tan la pesca como base para desarrollar derechos de propiedad y la complejidad social de los olm ecas de San Lorenzo. Contrariamente a ello, los estudios am bienta les y de patrón de asentam iento realizados por el PASLT proporcionan evidencias sobre la disposición de sitios con el fin del control de la productividad y que los islo tes artificiales representan una excelente evidencia para el establecimiento de derechos sobre estos lugares. Un ambiente com pacto y naturalmente bien protegido con tierras óptim as y abundancia de recursos naturales favoreció, pero no fue necesariamente la causa de un desarrollo de una jerarquía administrativa (Sym onds et al. , 2002:73). La base de la subsistencia fue una economía m ixta de cu ltígenos com o maíz, tubérculos, frijol y calabaza (Rodríguez s.f., Zurita, 1997) con un alto aprovechamiento de los recursos acuáticos, cuya proporción cambió paulatin am ente a favor de una m ayor producción agrícola en la fase San Lorenzo (Symonds et al. 2002: 74). Las vastas llanuras de inundación, con laguna s, esteros y pantanos cerca del sitio constituyeron un econicho particular dedicado a la producción especializada de bienes de subsistencia. Los olmecas de la región pudieron practicar la agricultura recesional en las llanuras pantanosas, la agricultura en los antiguos diques como cam pos elevados y la 104 pesca, la recolección de recursos acuáticos , e incluso con la posibilidad de tener en cautiverio pescados y tortugas, recursos alim enticios de las llanuras de inundación consumidos por la población de San Lorenz o y un producto potencialm ente exportable hacia áreas más interiores. Com o apuntamos en el capítulo II de este trabajo, según vestigios hallados en las excavaciones arqueol ógicas de contextos habitacionales, era importante el consum o de tortugas pinta, chopontil, pochitoca y galápago, y de pescados de ríos y mar com o róbalo, sábalo, juile, m ojarra y otros, algunos de los cuales eran de gran tamaño (Grégor, 1999; W i ng, 1980). Los recursos acuáticos fueron seguramente la base confiable de subsistencia y los cultivos, particularm ente el maíz, fueron recursos más inciertos (Sym onds et al. , 2002: 75). En las fases Ojochi-Bajío (1500-1250 a. C. ) el acceso a los recursos acuáticos en este ambiente tropical ribereño fue relativam ente fácil aunque un gran num ero de islotes (47 en el área cercana a San Lo renzo y 7 en el área más alejada) señala el interés por dominar la producción de recursos básicos de subsistencia. La explotación de recursos acuáticos no se limita a la pesca y recol ección, en la planicie norte las condiciones medioam bientales permiten el cautiverio de peces y tortugas atrapados después de la regresión de la inundación. Las evidencias de fogones para el ahumado del pescado y la construcción contemporánea de 47 islotes en las llanuras alrededor del sitio de San Lorenzo puede evidenciar el esfuerzo pa ra ocupar y explotar una zona ecológica especializada que permite intensificar las actividades de subsistencia. La fuerza de trabajo necesaria para construir los islote s mayores no se reduce a una unidad dom éstica sino que implica un esfuerzo com unal (Symonds et al. , 2002:60) La capacidad de carga para el período San Lorenzo, de m ayor densidad de población, ha sido recalculada por el PASLT en base a productividad, rendimientos de maíz variables y población involucrada a pa rtir de los datos arrojados por el Reconocimiento Regional llevado a cabo por Sym onds y Lunagómez. Se considera que otros cultivos y sobre todo la recolección de gramíneas silvestres, sem illas, frutos y tubérculos debieron ser una fuente de carbohi dratos importante pero al no disponer de datos no se pueden tener en cuenta. Tambié n se desconoce la proporción de cultígenos y de recursos acuáticos en la dieta pero una cantidad conservadora de consumo de m aíz es de 160 kg/persona/año 17 , teniendo en cuenta que se trata de una sociedad donde la caza, 17 Datos más específicos en Sym onds et al., 2002: 75. Ant eriorm ente C oe y Diehl (1980: II:146) calcularon la capaci dad de carga a partir de 180 kg/persona/a ño. 105 la pesca y la recolección desempeñaron un papel m ás importante que en la sociedad actual. Paradójicamente, a partir de la ocupación intensiva de 950 ha del total de tierras elevadas del área de abastecimiento m ás próxima o hinterland interior tan sólo quedaban 1.578 ha de tierras altas y seguras con suelos Tenochtitlan y San Lorenzo potencialmente cultivables, estos datos cuestiona n la autosuf iciencia agrícola durante el período de población máxim a. Se trata de tierras donde pueden cultivarse dos cosechas al año pero que después de dos años debe rán reposar entre 10 y 12 años. Los suelos explotables de diques y planicies de inund ación y las llanuras pantanosas al norte y noroeste aportarían unas 2.488 ha de terreno más para la agricultura de tem poral, potencialmente sólo producen una cosecha pe ro no es necesario tanta inversión de trabajo y no se agotan. Según los estudios del PASLT y teniendo en cuenta estudios anteriores en otras áreas 18 , se estima el rango de productividad de los suelos entre 200 y 500 kg/ha. De acuerdo con los terrenos disponibles en el período Preclásico Inferior, según la morfología e hidrografía del m omento, el rendim i ento de los cultivos de m aíz oscilarían para alimentar una población de 3.505 pers onas con una producción de 200 kg/ha, 5.258 personas si fuera de 300 kg/ha, 7.010 persona s con un rendimiento de 400 kg/ha y un máxim o de 8.763 personas si fuera de 500 kg/ha. (Symonds et al. , 2002:77), suponiendo excelentes cosechas en todo tipo de tierra s, una situación poco común teniendo en cuenta la gran variabilidad de productividad de l maíz que se constata en el estudio de Rodríguez et al. (1997). Con los cálculos de poblaci ón según los datos del patrón de asentamiento y la intensificación de asentam i entos rurales para la fase San Lorenzo, con una media de 10.987 personas, la producción de m aíz es insuficiente. La demanda de productos de subsistencia debía ser un hecho la mayoría de las tem poradas. E incluso al final de la fase San Lorenzo podría haberse s obre-explotado los recursos de subsistencia tanto de pesca como de agricultura. El almacenam iento en un medioam biente tan húmedo no perm ite guardar ni el pescado ahumado m ás de un mes ni las cosechas m ás de una temporada (Symonds et al., 2002:80), en la actualidad la cosecha se guarda en el tapanco o encañizada bajo la techumbre de la m isma casa de habitación y signos de procedim ientos similares se han 18 Véase Sanders y Nichols (1988), Ki rkby (1973). 106 encontrado en las excavaciones arqueológicas de contextos domésticos (Zurita, 1997), pero no se han encontrado evidencias, tampoco, de alm acenes comunitarios. El control de las rutas y de la redist ribución de alimentos era prim ordial. La jerarquización de asentamientos y su localización estratégica en el m apa de la región muestran el control fluvial de San Lorenz o para recibir los productos de río arriba, donde el ciclo agrícola se adelanta (Coe y Diehh, 1980:II:30-31). El aprovisionamiento y la distribución necesaria para la subsistencia era continua. III. 4. Las interacciones regionales e interregionales en el contexto arqueológico Los principios locacionales que guiaron la fundación del centro primario de San Lorenzo giraron alrededor de su posición única y extraordinaria en el entorno regional. El sistema fluvial tom ó una forma sem i-radi al con San Lorenzo en su centro y por lo menos cinco afluentes im portantes que conve rgen alrededor del centro: el Correa al norte, el Calzadas y Coatzacoalcos al sur, el Ilama y el Juile fluyendo hacia el Tatagapa al oeste y el Gato-San Antonio-Cuesalapa fluyendo al norte. Tierra adentro aproximadam ente a 50 km de la costa actual, la ubicación de San Lorenzo en la cabeza de la llanura deltai ca donde em erge el río Coatzacoalcos, le permitió controlar las redes de transporte y aprovechar ríos, inundaciones y la salida al mar . Durante el 1200-1000 a. C. en la región de San Lorenzo se puede constatar un incremento grande en la población y una estr ucturación notable del sistem a regional de asentamientos. San Lorenzo em ergió como capital en un lugar central, entre redes fluviales y terrestres, desarrollando un patr ón dendrítico de comunicación y transporte controlado por las comunidades claves de El Rem olino, Tenochtitlan, Loma del Zapote y Estero Rabón, ubicadas en las confluencias de los ríos y en las intersecciones de caminos fluviales y terrestres. Las evidencias arqueológicas muestran que los olmecas del centro regional de San Lorenzo mantenían interacciones con las dem ás poblaciones del área circunvecina, así como con regiones m ás alejadas. Estas evidencias son sobretodo de tipo económico, ya que para el área y el tiempo del San Lorenzo olm eca no disponemos de inform ación sobre relaciones personales y de poder entre regiones ilustradas en estelas, aunque si 107 podemos inferir, com o se citará en páginas siguientes, las relaciones de poder entre el centro de San Lorenzo y la región circunvecina a través de la escultura pública. El intercambio intervenía en ám bitos suntuarios y domésticos. Así hallam os materiales alóctonos com o las materias prim as utilizadas para la construcción de viviendas, la subsistencia, el prestigio y el ceremonialism o, además de la im portancia que guardan las esculturas monum entales de pi edra y su relación con la manifestación del poder y los rituales. Si iniciamos infiriendo sobre los m ateri ales constructivos utilizados en las edificaciones olmecas sobre la m eseta de San Lorenzo, debemos presuponer el alto volumen de m adera de la región que pudo ha berse empleado para la construcción en relación con las densidades de población del sitio a las que se ha hecho referencia anteriormente. Com o se expuso en el capítulo II en el apartado y la tabla de vegetación, posiblemente se em plearon maderas para los horcones, las vigas y travesaños, así com o para los tapancos 19 . Estas maderas habían de ser de ár boles altos, ya que algunas de las construcciones conocidas eran de importante tamaño. Las secuencias de pisos indican la frecuencia con que se hacían reformas en las habitaciones y por consiguiente los sucesivos cambios de m adera adicionale s a los ya necesarios por tratarse de edificaciones con materiales perecederos. Esta situación, posiblem ente, llevó a la región a una importante deforestación, que Coe y Diehl (1980) com paran a la actual. La arquitectura de San Lorenzo es de tie rra, los basamentos o plataform as de los edificios son bajos, consisten en acumulaciones de m ateriales arcillosos-arenosos transportados desde las tierras bajas aluviales. Sobre ellos se edificaban construcciones. La mayoría de pavim entos son de tierra compactada. Com únmente se utilizó la bentonita, una roca sedimentaria de la re gión para apisonados, algunos de los cuales fueron recubiertos por un delgado estrato de grava o de arena. Los muros ya eran de bajareque y en algunas construcciones se han podido recuperar bloques de adobes. La bentonita también f ue utilizada en constru cciones de mam postería junto a mortero de lodo (Cyphers, 1997b:94). En construcciones residenciales de elite, se suceden los pavimentos de bentonita y recubrimientos con arena pigm entada en rojo, procedente del área de Almagres, a 15 km al oeste dentro de la región. En estas construcciones, a veces, se incorporaron losas 19 según los datos aportados por los estudios de f itolitos y flotación, se utilizaron maderas, cuerdas vegetales y palmas (Zurit a, 1997). 108 de arenisca y de caliza en las paredes, cuyo yacimiento m ás próximo se halla a 7 km en el cerro Mixe dentro de la región o en el área Chiapaneca (Cyphers, 1997b:95). Otros materiales con fines arquitectónicos se im portaron de fuera de la región y muestran la im portancia de la construcción, se trata de colum nas para soportar el techo de hasta 4 m de altura y elem entos decora tivos com o recubrimientos de escaleras, ambos de basalto 20 procedente de los Tuxtlas, a 60 km de San Lorenzo (Coe y Fernández, 1980:397). Las importaciones regionales proveen a San Lorenzo de sal de la costa o de los domos locales, y hule o caucho de las tierras elevadas y pie de m onte serrano (Symonds et al ., 2002). En cuanto a materiales utilizados en la producción de útiles domésticos (capítulo VI) e incluso con gran carga simbólica, de stacam os las importaciones en la región de caolín procedente de Jáltipan para realizar cerámica, junto a pigm entos como pueden ser la hematita de Alm agres, la hematita especular de Manatí, otros m inerales ferrosos, azufre y chapopote del área de Texistepec 21 . Las discusiones sobre intercambio a ni vel cerám ico son actuales. Sobre los complejos cerám icos hay quien opina que al gunos tipos hasta ahora presentados como originarios del área olmeca de la costa del Golfo se presentan en mayor porcentaje de cantidad en otras regiones, este es el caso de la cerámica con decoración incisa simbólica llam ada en San Lorenzo del ti po calzadas (Flannery y Marcus, 2000). En realidad parece tratarse de problemas basados en las cantidades y densidades de estos materiales a nivel estratigráfico, partie ndo de los datos publicados por Coe y Diehl (1980) sobre San Lorenzo. En la actualidad se dispone de nuevos estudios (Herrera et al., 1999) y el análisis de materiales cerám icos de las excavaciones extensivas del PASLT sigue en curso (Cyphers, 2004b). Dentro del ámbito dom éstico se trabaj aban los objetos de obsidiana, como navajas, buriles, raspadores. La obsidiana fu e un recurso clave y hasta la actualidad se han identificado tres principales fuentes: la Victoria, en Puebla; el Chayal, en 20 El basalto con el q ue se esculpieron las columnas es una roca originaria de los Tuxtlas. Cabe la posibilidad en algunas columnas que se trate de re-esculpido del elem ento arqu itectónico a partir de un monum ento anteri or de mayor t amaño, en est e caso el trabajo es de re-esculpi do, no de transporte desde los Tuxtlas. 21 Actualment e se tienen informaciones que deben am p liarse sobre la producción para la exportación de esferas sólidas de chapopote y de hematita (Sym onds et al. 2002,:83) 109 Guatemala y Otum ba, en el Estado de México (Cobean et al., 1971, 1991; Pastrana, 1989) (ver capítulo VI). Aunque en el área estudiada en esta tesi s no se hallaron ilmenitas, si que en San Lorenzo y en Loma Zapote se encontraron concentraciones de toneladas de cubos de este mineral, restos de útiles e ilm enitas indican que la materia prim a llegada de Oaxaca y Chiapas (Agrinier, 1989) era trabajada en el sitio, implicando una m ayor eficiencia en el proceso de producción y una desarrolla da red de comercio. Se apunta su funcionalidad como útiles en el trabajo de la piedra (Di Castro, 1997:158; Cyphers, 1994b:61). Tampoco se han hallado en el área de est udio de la tesis restos de m agnetita y tan sólo una cuenta de piedra verde, pero ambos m ateriales fueron utilizados para la fabricación de adornos y elementos ritual es. Las investigaciones en los centros preclásicos de Oaxaca parecen indicar que los espejos de magnetita procedían de San José Mogote (Pires-Ferreira, 1976b). La localización de fuentes metam órficas como serpentinas y esquistos, Bernal (1968:92) las señala en la Sierra Madre del Sur, entre Tehuantepec y Tuxtla Gutiérrez, Coe y Diehl (1980) y Cyphers (1994b:56) las se ñala en la mism a conformación rocosa pero en los altos del istmo y de la sierra de Juárez. Por otra parte, la obtención de una creciente cantidad de piedra en la fase San Lorenzo extendió las redes de influencia de l sitio hacia las faldas de los Tuxtlas (Cyphers, 2004b). Las fuentes de las rocas ba sálticas para producir metates y platos (capítulo VI), así como las de m ayor tonela je donde se cincelaban las esculturas, tronos monolíticos y cabezas colosales (capítulos IV y V) se determ inan en las laderas de cerro Cintepec y el cerro Vigía, en las montañas de los Tuxtlas (Coe y Fernández, 1980; William y Heizer, 1965). El flujo contiene lig eras variaciones m ineralógicas, las cuales se reflejan en las tres variantes de basalto utilizadas en San Lorenzo: la m ayoría de esculturas son del tipo A, de características para una mayor f acilidad de trabajo, y los metates son del tipo B y C (Coe y Diehl, 1980:I:295). El flujo de cerro Cintepec abarca la falda de las montañas, cerca de Pa japan y hasta Huazuntlan, e incluye una prolongación en Llano del Jícaro y en Loma de los Ingleses. Llano del Jícaro, se ubica a 7 km al noroe ste de Laguna de los Cerros, un centro secundario dentro de la región de San Lorenzo. Llano del Jícaro estaba situado en la orilla del flujo basáltico, en una prol ongación compuesta de abundantes cantos 110 naturales. Era un taller de monum entos definido a partir de los hallazgos de herramientas, preform as y desechos (Gillespille, 1994). La principal ocupación parece datar del Preclásico Medio pero existen eviden cias de ocupación durante la fase de gran actividad escultórica en San Lorenzo (1200- 850/800 a. C.). Llano del Jícaro pudo haber sido un temprano proveedor de San Lorenzo pero para los últim os siglos de la fase San Lorenzo el control del yacimiento lo tenía Laguna de los Cerros, y justo para ese entonces en San Lorenzo la principal ac tividad escultórica era el reciclaje de monum entos. Un gran campo para la investig ación está en Llano del Jícaro y en otros posibles sitios con contextos de extracción y producción relacionados con los monum entos, futuras investigaciones quizás nos podrán proporcionar más inform ación sobre las técnicas y sobretodo relaciones entre estos centros y los centros donde finalmente se ubicaron los m onumentos. El traslado pudo ser una actividad estaci onal de tiempo com pleto. Dependerá de la relación de poder ejercida por San Lore nzo sobre las comunidades cercanas a los Tuxtlas que la fuerza de trabajo para el transporte pudiera proceder de allí o se desplazara desde la región de San Lo renzo, pero si podemos suponer que se movilizaban gran cantidad de personas, dir ecta e indirectam ente relacionadas con el transporte de la roca. Existen varias propuestas sobre el medio de transporte pero aún no se dispone de datos arqueológicos para sustentarlas . Una ruta propuesta por Coe (Coe et al. , 1967) implica el transporte acuático por el Golf o de México y el transporte fluvial a contracorriente por el río Coatzacoalcos; el mism o autor sugiere otra ruta alternativa más tranquila (Coe y Diehl, 1980:I:296) al proponer que desde el río Chacalapa se trasbordara al río Calzadas y desde este al Coatzacoalcos. Velson y Clark (1975) combinan la ruta terrestre con la fluvial ha sta el Coatzacoalcos, pero reconocen que la ruta más corta es la terrestre. Cyphers (2004b:34) propone una vía de transporte terrestre durante la temporada de secas (febrero-junio) para la piedra de sde los Tuxtlas, por ser una vía más corta, mostrar m ayor seguridad, menores necesidades técnicas y por su viabilidad estacional, tanto por las condiciones del terreno 22 como para el contingente hum ano que destinará las jornadas completas al trabajo relacionado a la escultura pública y descuidará su base 22 Esta apreciación encu entra apoyo en las observacio ne s del sitio Llano d el Jícaro realizadas du rante la estación de lluvi as; dicho lugar se conviert e en un pantano casi intransitable debi do al insuficiente drenaje del suelo causado por la cercanía de la roca madre a la superficie. 111 de subsistencia. Todo ello hubo de ser ges tionado por el aparato promotor de estas actividades (Cyphers, 1997d:238). Regresando a los puntos sobre el control del aprovisionamiento e intercam bio y de las vías de comunicación, el transporte de productos pesados, desde alim entos a piedras puede realizarse rápidamente y si n invertir tanto trabajo por río, sobretodo cuando es desde río arriba. Y aunque no se dispone de muestras sobre la tecnología del transporte utilizado si se puede suponer su desarrollo y control. Asimism o, las exportaciones, físicamente debían haber sido poco pesadas ya que deben subir el río, así se transportaría la cerámica caolín (Flannery y Marcus, 1994), e incluso según muestran los estudios realizados por Herrera (Herrera et al. 1999) las polémicas cerám icas con motivos incisos tipo calzadas y posiblem ente figurillas huecas. También se conocen la llegada a San José Mogote, en Oaxaca y desde San Lorenzo, de conchas de tortuga y perlas de ostras de agua dulce ( pearly freshwater mussels ) (Flannery y Marcus, 2000:3). Por otra parte, hem os de considerar las exportaciones de materiales perecederos, pero, aún así el volum en global de importaciones y exportaciones puede presentarse desigual. A modo de recapitulación anotam os que San Lorenzo, en el período Preclásico Inferior muestra una com pleja organización regional y de contactos 23 con regiones alejadas, entre las que seguramente había un intercambio continuo de ideas en mú ltiples campos, técnicas, costum bres y materiales c on otras regiones y culturas. Muchos de los conceptos germinaron así en el período Preclásico In ferior y fueron compartidos y optimizados por las distintas regiones. III. 5. Complejidad sociopolítica Desde el punto de vista de la antr opología urbana se considera que los asentamientos están generados por fuerzas sociales (Brown, 1998:284). El registro arqueológico de San Lorenzo permite vislum brar el poder de una elite, quien controla la producción en talleres, las rutas de aprovisionamiento y distribución de productos domésticos y suntuarios y m uy posiblemente las rutas de com unicación desde el centro, durante gran parte del año em ergiendo San Lorenzo com o isla 24 . A ciencia cierta aún no 23 En algunos casos los contactos podían ser direct os y otros indirectos pero con el element o llegaba también la carga simbólica del material. 24 Véase Cyphers (1994b:61-62; 1996ª; 1997e); Di Ca stro (1997); 112 puede conocerse la relación de esta elite con las instituciones de gobierno y aunque no se duda de la existencia de un gobierno cen tralizado en San Lorenzo, tampoco puede precisarse aún la trascendencia de esta institución. Según los datos expuestos en el estudio de patrón de asentamiento regional, “para el final de las fases Ojochi-Bajío, la economía regional de San Lorenzo parece haber dependido en sobremanera de una sola base productiva, la de la subsistencia mixta. Durante la fase San Lorenzo se increm entó el interés por la manufactura de bienes específicos para usarlos como intercambio con grupos aledaños. Este intercambio de bienes de prestigio y utilita rios estuvo involucrado en el sostenim iento del sector elite en San Lorenzo” (Symonds et al. 2002:82). Estos mism os autores ( ibid. :81), presentan la idea de atribuir a la elite y a las instituciones de gobierno la capacidad de desarrollar los mecanism os sociopolíticos y económicos diseñados para adquirir y controlar los excedentes ajenos, y la relacionan con el hecho que en el área circunvecina de abastecimiento, la producción ag rícola en la periferia y otras zonas de la región menos pobladas y rurales debía crear excedentes, los cuales podían redistribuirse dentro de la mism a región, la elite, desde el centro, no sólo podía crear la necesidad y gestionar el aprovisionamiento de bienes suntuarios, que son opcionales, sino que es allí donde se manufacturan útiles para la supervivencia. Los datos arqueológicos muestran la proxim idad al control de la elite sobre otros materiales indispensables en la subsiste ncia, como son la producción de m etates y morteros, así com o en el aprovisionamiento de obsidianas. Tras los últim os estudios del PASLT, Symonds et al. (2002: 81-82) alientan a continuar las investigaciones sobre el control de la tecnología del transporte, el acceso a las fuentes de chapopote y de las cuerdas 25 ; se trata de tres elementos tam bién indi spensables para la supervivencia y que contribuirán a entender un poco más la im porta ncia en este campo del grupo social al que llamam os elite. Un producto más y su actividad controlada por la elite es la ilm enita. El hallazgo de las fosas de cubos de este mineral perm ite pensar en el control de su producción y la retirada de las herramientas (Di Castro, 1997). El reciclado de la escultura y la tecnología relacionada con las ilmenitas proporcionan una evidencia sin precedentes de esta producción a gran escala administrada por el sector de la elite. El almacenam iento 25 Se ha relacionado (Cyphers, 1997d) el control de l a producción y distri bución de cuerdas por el sector gobernante, al aparecer como elem en tos remarcables y con simbolism o en los monum entos relacionados con la gobernatura. 113 con acceso controlado, una característica partic ular de estos talleres, defendía los intereses de la elite al mism o tiempo que protegía sus inversiones en m aterias importadas, tecnologías especializadas y productos term inados (Symonds et al. , 2002:83). Otra de las actividades controlada por la elite, y de sum a importancia en la concepción del espacio, de la historia y de la vida en la región olmeca de San Lorenzo, es la producción escultórica a partir del recicl aje de antiguos monum entos. En la meseta estuvo situado el taller de reciclaje de la escultura (B3-17) 26 , y su disposición y comunicación denota el control directo por oc upantes del área con prestigio. Esto podría significar también que una elite, subordinada a la legitim ación y supervivencia de la gobernatura, controlaba el acceso al recurso de la piedra posiblemente en el yacim iento y, exclusivamente y con toda probabilidad en el centro. Así m ismo la elite era quien secundaba la ideología legitimadora de la institución de poder (en mi opinión, no necesariamente del individuo) y quien podía proponer la iconografía y las representaciones en los monum entos, o sea lo s mensajes. Por las evidencias escultóricas recuperadas de San Lorenzo y su ár ea circunvecina, según Cyphers (Symonds et al., 2002) pertenecerían a la época de auge del sitio como centro regional aproxim adamente 1200-850/800 a. C. Después de esa época la escultura y la intencionalidad de los monum entos de piedra parecen perder su razón de ser. Estos hechos junto con la pérdida de población que se ha constatado, pueden interpretarse como que el gobierno, las elites y más en concreto los transm isores de la técnica del esculpido han abandonado el lugar. San Lorenzo perdió la capitalidad, la sede del gobierno y de las instituciones y se perdieron los mensajes. A nivel de población, la colectividad podía estar integrada por la población rural, dedicada a actividades de subsistencia : agricultura, cacería y pesca; y en el centro de San Lorenzo podía concentrarse mayorita riam ente el aparato destinado a la elaboración de productos y las instituciones de gobierno. Esto presupone un número de personajes de la elite para funciones de gobierno y administrativas, pero adem ás los equipos de especialistas, aprendices, mandos y trabajadores en los talleres, así com o de las estructuras de intercambio de producto s. Las instituciones de gobierno crean así mism o un contingente humano dedicado a la adm inistración del poder y que posiblemente tam bién reúnen y coordinan los trabajos de obras públicas como pueden 26 Situado en le m apa de Krotser (Coe y Diehl, 1980) en el cuadrant e B3-17. 114 ser el transporte y la colocación de escultura s, así como la organización de los eventos alrededor de estas actividades y otras cel ebraciones comunitarias que potencian la identidad y la cohesión del grupo. En este escenario, el poder de las autori dades centrales debía mantenerse com o institución, aunque el mando de los individuos fuera débil. Intitucionalizarlo para que fuera una idea, un concepto, en el que siem pre habría un protector pero lo im portante era la idea de gobernante y aparato de gobierno 27 , porque este tipo de gobierno implica unos servicios, unos territorios, unas normas, valores y creencias; en definitiva, seria el soporte del poder político. Como se ha apunt ado, una de las actividades productivas ligadas a las autoridades centrales fue la producción de escultura monum ental 28 , la cual, como se quiere dem ostrar en este trabajo, fue una escultura pública legitim adora de la estructura gubernamental y, subrayando que am bas estaban ubicadas en el centro regional de San Lorenzo. La escultura monum ental y pública es el documento de difusión general de la ideología ligada al poder y a su mantenim iento, espacio donde mostrar la im portancia como personalidades cl aves en la relación entre el mundo natural y el sobrenatural, en su presente y desd e el pasado de sus antecesores. Escultura monum ental directamente vinculada al gobernante son los tronos y las cabezas colosales, y al mantenim iento del poder político a través de escenas escultóricas o esculturas, estarían destinadas las figuras antropomorfa, zoom orfas, en transformación, estelas y esculturas múltiples 29 . La ubicación de todas ellas se ría clave para m antener su función en la ciudad o en sus límites, nodos y centros secundarios. Este tem a se retomará posteriorm ente. La escultura monum ental en algún mom ent o anterior a la época del reciclaje implicó el traslado de la piedra 30 desde los yacimientos ubicados en los Tuxtlas, como 27 En una lectura paralela del l ibro sobre historia del derecho de Georges Burdeau, L’état , Editions du Seuil, París, 1975; su aut or comentaba que la realidad del estado respecto al timorat o o adoración inconsciente del poder se mezclan con la necesidad de creer que nuestro destino, aunque misterioso, no es juguete del azar. Si la historia del estado resume nuestro pasado, su existencia actual nos parece prefigurar nuestro futuro. Si a v eces lo maldecim os, nos damos cuenta de que para bien o para m al, estamos ligados a él. 28 Sobre la tipología de la escul tura pública se volverá a incidir en el apartado final de este capítulo, así como en los capít ulos siguientes se trataran los tem as referentes a la escul tura monum ental. 29 Escultura múltiple es una escultura q ue presenta v arias figuras de b ulto y/o relieve en un mismo monum ento (Cy phers, 2004b:28). 30 “El fenómeno del alm acenamiento c ontrolado con el acceso controlado no se presentaría en la sociedad si la obtención del basalto y de la ilmenita fuera una actividad cooperativa en la cual part icipaban voluntariamente las com unidades, como se estila en los cacicazgos com plejos. Por lo tanto parece probable que la obtenci ón del basalto de los Tuxtlas involucraba l a mano de obra corvé , exigida com o un tributo a nivel domésti co en la región. La tribut aci ón del trabajo debió gui arse por poderosos conceptos [Document text truncated for crawler view.]