Full text
U NIVERSITAT AUTÒNOMA DE B ARCELONA
DEPARTAMENTO DE FILOLOGÍA ESPAÑOLA
PROGRAMA DE DOCTORADO
EN TEORÍA DE LA LITERATURA Y LITERATURA COMPARADA
G ÉNERO E I DENTIDAD EN LA OBRA NARRATIVA DE
G ABRIEL M IRÓ
por
Isabel Clúa Ginés
T ESIS DOCTORAL
dirigida por la
Dra. Carme Riera i Guilera
Las inclusiones y las exclusiones no están determinadas
de antemano por categorías fijas de raza, género, sexualidad o
nacionalidad. “Nosotras” somos responsables de las inclusiones
y exclusiones, de las identificaciones y de las separaciones
producidas en la práctica intensamente política que se llama
leer ficción. Ante quién somos responsables forma parte del
producto de las lecturas. Todas ellas son, asimismo lecturas
erróneas, relecturas, lecturas parciales, lecturas impuestas y
lecturas imaginadas de un texto que no está simplemente ahí.
Así como el mundo se desmorona desde su origen, el texto se
encuentra siempre inmerso en prácticas y esperanzas
enfrentadas
Donna Haraway
The one characteristic of a beautiful form is that one can
put into it whatever one wishes, and see in it whatever one
chooses to see
Oscar Wilde
ÍNDICE
Marco____________________________________________1
Capítulo I: Historia del ojo: la modernidad y la mirada________15
I.1 Modernidad y fin de siglo. De la imagen del mundo a la imagen
del yo ________________________________________17
I.2. Trompe l’oeil . La mirada de las estéticas finiseculares._____ 35
I.3 Lámparas maravillosas. Cartografías de la mirada en el fin de
siglo hisp ánico.__________________________________73
Capítulo II. Deseando ver. Gabr iel Miró y la estética de la
mirada__________________________________________109
II.1. Sigüenza y el mirador azul : la estética de Gabriel Miró____111
-Artificios del ojo, artificios del yo_________ 120
-En el último azul____________________ 127
-Belleza sin fi nalidad__________________135
-La exactitud de lo inexacto_____________ 146
-Los sujetos de la mirada_______________ 151
II.2. La identidad y el deseo : la tema t i z a c i ó n d e l a m i r a d a e n l a o b r a
de Gabriel Miró._________________________________159
-La mirada de l deseo__________________169
-Los ojos del artista___________________179
-La mirada de l otro___________________189
Capítulo III. Exactamente bellas. La mirada del amante como
generadora de identidad._____________________________199
III.1 El espectáculo post-genérico. La s narrativas del género en el fin
de siglo y en la ob ra mironiana._______________________201
-El nacimiento de las bellas (y las bestias)___206
-Estereoatípicas: las mujeres en la obra de Gabriel
Miró___________________________ 213
-Una fuga imposible: estereotipo, género y
sexo____________________________219
III.2 El artista sin mirada. La construcción fallida de la amada en La
mujer de Ojeda (1901)_____________________________227
-El artista ciego____________________232
-Una mujer sin importancia___________ 238
-La mujer que mira_________________ 244
III.3 Miradas ideales e ideales peligrosos en Dentro del cercado
(1916)________________________________________249
-El artista burgués__________________254
-Ideales peligrosos__________________262
III.4 El espejo inquebrantable. Iden tidades reflejas y erotismo en La
palma rota (1909)_______________________________279
-La virgen fa tal____________________ 283
-Reflejos cr uzados__________________ 288
-El artista burlado__________________ 293
Capítulo IV. Copias sin original. Las especulaciones del yo en la
experiencia erótica._________________________________299
IV.1 La mirada de Narciso. La movi lidad del yo junto al espejo__301
IV.2 Te doy mis ojos. La flui dez del deseo y la mirada en Las cerezas
del cementerio (1910)_____________________________315
-Marca de agua____________________321
-Místico y se nsual__________________ 328
-El héroe en ajenado_________________336
-El otro, yo mismo. La tentación de Narciso. 341
-Te doy mis ojos.___________________363
Capítulo V. Seres nada. La ti ranía del ojo y las identidades
resistente s._______________________________________359
V.1 El ojo categórico. La estructura panóptica y el poder.______365
V.2El otro ensimismado. La mirada normativa y la heterogeneidad
interior en las novelas de Oleza. (1921-1926)______________373
-Santas imág enes__________________ 378
-Sujetos expuestos_________________ 390
-Miradas mistificadoras______________401
-Miradas disidentes_________________406
-La tiranía del ojo__________________ 416
-Puntos de fuga____________________424
-Una identidad luminosa: María Fulgencia_ 433
-Las metamorfosis__________________437
-Epifanías del yo___________________443
-Todo está il uminado________________450
-La salvación y la felicidad____________ 458
Epílogo__________________________________________471
Bibliografía_______________________________________475
1
MARCO
Estoy en algún lugar en el borde del
marco (...)
Pero se supone que no debo estar
allí. Estoy fuera del marco
De lo que ocurre (...)
Adrienne Rich
2
3
Es lugar común iniciar cualquier tr abajo con unas páginas dedicadas a
la reflexión, al somero repaso del punto de partida, a la declaración
programática, y situarlas bajo el marbete de prólogo o introducción. Este
trabajo no se aparta del lugar común, y en efecto, las páginas que siguen
desean cumplir todas esas funciones que acabo de enumerar. No obstante,
utilizar las nociones de prólogo o introd ucción no resulta, desde mi punto de
vista, un inicio satisfactorio, en ta nto que ambos conceptos parecen designar
algo liminar, que está junto al cuerpo del trabajo pero que puede separarse
limpiamente de él.
Por el contrario, la idea de marco me parece mucho más ajustada a mis
intenciones. A mi juicio, un marco, no so lo es una moldura o un soporte, sino
también una marca decisiva e inevitable que sitúa y condiciona la mirada del
espectador, y en su caso, del lector. Po r eso no se me ocurre mejor manera de
empezar este trabajo que desde el ma rco; en realidad, no concibo otra
manera.
El marco que me veo obligada a ofrecer es el conjunto de marcas, valga
la redundancia, que han determinado mi contemplación de un objeto –la
obra de Gabriel Miró-, pero también las que el propio objeto me ha ofrecido:
un marco nunca escapa a aquello que rode a, ciñe o guarnece, se tiñe de las
particularidades de ese objeto y mar co y él establecen una relación de
4
solidaridad que a veces es difícil precis ar y mucho menos relatar en un lugar
que debería ser una introducción pero que no puede ser sino marco.
Utilizo la palabra marco desde la convicción de que las páginas que
preceden a un trabajo de largo aliento, como es el caso, no pueden ni deben
ser introducción o contexto, pues am bas nociones tienen un aire de
complementariedad y asepsia que me pa rece absolutamente falaz. Por eso
utilizo la noción de marco, porque el marco implica el compromiso de la
posición del que habla, del que lee, del que mira. De ahí, también, la paradoja
del marco, pues aunque en estas pági nas intente desvelarlo, evidenciar sus
ángulos, trazar su perfil, todo ese afán es pura ilusión, ya que nunca se puede
estar ni se puede hablar simultáneamente dentro y fuera del marco, como nos
recuerda el poema de Rich que utilizo como epígrafe.
Asumo, entonces, esta posición irre al de sustraerse del marco para
hacerlo explícito por varias razones: en primer lugar, por simple convicción
metodológica, porque considero absol utamente imprescindible mostrar con
t o d a n i t i d e z c u á l e s e l p e r f i l d e m i lectura, mostrar los lugares desde donde
leo -a lo largo de las páginas que siguen - la obra de Gabriel Miró. Y creo que
no es un asunto menor que pueda reso lverse con una pequeña introducción:
los vectores de la lectura son, a mi juicio, tan importantes como el resultado
de ésta. En segundo lugar, y ahí el ma rco ya se empieza a difuminar, porque
el trabajo que presento juega explícit amente con los conceptos de mirada,
visión, imagen y representación: sería totalmente deshonesto, tratando tales
temas, esconder mi mirada y hacerl a pasar por lente objetiva que,
sencillamente, parafrasea lo que ya estaba en el objeto de análisis.
Y es que el objeto de análisis, la obra de Gabriel Miró, nunca fue, ni
siquiera en los inicios de la presente investigación, una superficie neutra. En
realidad, mi lectura de la obra mironi ana parte de una idea que ya es un
juicio de valor: que la obra de Gabrie l Miró es plenamente finisecular. Desde
ciertos parámetros y perspectivas es poco menos que imposible sostener tal
afirmación, por eso la primera marca de cisiva de este marco de lectura que
intento reconstruir, es la que atañe a la definición del fin de siècle , o lo que es
lo mismo, la que atañe a la historizac ión de los discursos y la narración del
pasado.
11
evidencia de las numerosas amis tades que Miró mantuvo con los
intelectuales de su tiempo. Basta referi rse al punto álgido de su carrera, la
consecución del primer premio en el concurso organizado por El cuento
semanal con la novela Nómada (1908). Como ha quedado perfectamente
atestiguado, el jurado que decidió otorgar el galardón a Miró estaba formado
por Valle-Inclán, Trigo y Baroja. Así mismo, al banquete que se organizó para
agasajar al premiado asistieron entr e otros Gregorio Martínez Sierra, los
hermanos Quintero, Villaespesa y Benavente.
Si bien Miró era, en esos momentos, casi desconocido la anécdota
resulta sintomática al mostrar la dive rsidad de contactos intelectuales y
relaciones de muy distinto grado qu e el autor mantuvo con sus compañeros
de época. Un breve repaso por la biogra fía del autor indica no sólo contactos
con los círculos “modernistas” 10 sino también con miembros de la generación
anterior, como Galdós o Valera. Igualmen te, es conocida la estrecha relación
que mantuvo con algunos de los llamado s noventayochistas, en especial, con
Unamuno y Azorín. Y para mayor dese speración de quién se empeñe en
apartar a Miró del panorama literari o español de su tiempo, es también
conocida la relación cordial y aún de magisterio que le unió a varios
miembros del grupo del 27, algunos de cuyos integrantes -Guillén y Salinas,
en concreto- se convertirían en críticos de excepción del autor alicantino.
Hay que recordar, también, que Miró mantuvo distintos vínculos con
la intelectualidad catalana del moment o, entre otros, con Carner, Bofill i
Mates, Eugeni d'Ors, Segarra, Maraga ll, Prat de la Riba... Al respecto,
Barberà, en un estudio pormenorizado de las relaciones catalanas de Miró,
concluye que la mayoría de tales rela ciones se circunscriben al ámbito
profesional y que de amistad, propia mente, se puede hablar en pocas
ocasiones y en la mayoría de los casos se trata de intelectuales pertenecientes
a ámbitos no literarios: Pi-Sunyer, Turró y Granados (Barberà 1998) 11 .
10 Evidentemente, todas estas etiquetas so n solamente eso, etiquetas y no comparto
la idea de una división en escuelas o generaciones, como expondré en capítulos posteriores;
en cualquier caso, y puesto que la historia lite raria las ha usado en este sentido, me sirvo de
ellas a fin de mayor claridad.
11 Véase Barberà,F., “Evolució literària de Gabriel Miró: la influència catalana” en
1898:Entre la crisi d'identitat i la modernitzaci ó. Actes del Congrés Internacional celebrat a
12
Ni qué decir tiene que el casamiento entre el Miró monacal y éste que
se nos dibuja en las rela ciones personales se resuelve en una especie de
espejismo hagiográfico, como el que ap unta Ricardo Baeza al recordar que
cualquier persona que tuviera contacto con Miró, el más mínimo contacto,
quedaba impresionado para siempre 12 . Solución que refuerza, de nuevo, al
Miró beato y esquiva con notable soltura el problema irresoluble de adscribir
la obra mironiana a alguna corriente literaria de la época.
Me detengo en la cuestión del “ret rato” de Miró porque soy consciente
de que las directrices del presente trabajo nacen, en buena medida, como
respuesta a esa imagen del individuo que limita la interpretación de la obra.
Si el capítulo primero es una reconstrucci ón del pasado que redefine el fin de
siglo, es también un deliberado marco de lectura para mostrar la complejidad
de la estética y la obra mironiana y el diálogo apasionado que sostiene con los
referentes culturales que lo rodean, cuestiones que desarrollo en el capítulo
segundo. Entiendo que situar los text os de Gabriel Miró en el complejo
escenario del fin de siglo es un ejercici o, no sólo de rigor metodológico y de
necesidad retórica, sino también de ju sticia, pues permite releer toda esa
obra desde unos parámetros que la enriquecen y muestran, de forma diáfana,
su excepcional calidad.
Con esas convicciones definidas, con esa narrativa sobre la estética
mironiana y su vinculación con la cultura finisecular, solo cabe ya enfrentarse
a la lectura y la interpretación de los textos. A ellos dedico los capítulos 3, 4 y
5, siguiendo un hilo de lectura qu e podría definirse como temático, si
Barcelona. 20 -24 abril 1998 , Barcelona: Abadia de Montserrat, 1998. Justamente entre la
nómina de amigos no pertenecientes al ámbi to literario cabe destacar el compositor
alicantino Óscar Esplà que es, justamente, el pr imero en afirmar: “ Sus amistades preferidas
se contaron entre artistas no literatos y entr e hombres de ciencia: el compositor Enrique
Granados, el biólogo Turró, el fisiólogo Pi-Sunyer...” citado de Esplà, O., Evocación de
Gabriel Miró , Alicante: Caja de Ahorros del Sureste de España, 1961: p.17. Por otra parte, los
frutos literarios de estas relaciones son notabl es; destaco, a modo, de ejemplo dos de ellos: la
composición del libreto El sueño de Eros , musicado por Esplà y la traducción de la Filosofía
crítica d e T u r r ó a l c a s t e l l a n o ( 1 9 1 9 ) c u y a i n f l u e n c i a e n M i r ó h a s i d o c o n t e m p l a d a p o r
Johnson 1985, quién sostiene que El humo dormido (1919) es la transposición literaria del
ideario turroniano.
12 Baeza afirma: “...nadie pudo cruzar su vida, por pasajera o superficialmente que
fuese, que no conservase ya un recuerdo perdurable”, en el prólogo a Figuras de la pasión
del Señor , en Obras completas , Edición Conmemorativa, Barcelona: Altés 1935; vol V,
p.XXVII.
13
entendemos que los temas no son núcleos de significación que el texto posee:
es la lectura, finalmente, la que produce el significado 13 , y en consecuencia, la
que genera los temas en tanto que conjuntos de significación. Entiendo que el
tema es aquello que nos permite articula r de manera global los significados
que nos suscitan los textos, mediante la apelación a “elementos de un
imaginario difundido y continuamente enriquecido” 14 .
En este caso, el elemento del imag inario común no es otro que la
mirada como clave de acceso a dos focos de significado fundamentales: el
género ( gender ) y la identidad. La elección de esta tríada temática se justifica
porque permite transitar por la obra entera de Gabriel Miró, atender a sus
múltiples configuraciones y vincularla tanto con su proyecto estético como
con el marco finisecular. Los parpadeos de la mirada en la obra de Miró, me
permiten además –o así quiero creerlo - iluminar momentos, pasajes, líneas
ideológicas que no han sido apuntados por la crítica precedente o que han
sido apenas esbozados y que no agotarán, en ningún caso, toda la riqueza que
esos textos atesoran.
El tema de la mirada me obliga , además, a recordar el juego de
visiones y perspectivas que se inicia en toda lectura. Decía Wilde que es al
espectador y no a la vida lo que refleja la obra de arte; elegir la mirada como
tema, como hilo de mi discurso, me ob liga a ver en cada palabra de este
trabajo un reflejo de mi condición de espectadora fascinada de la obra de
Gabriel Miró, una fascinación que quisiera contagiar a los lectores de este
texto, pues al fin y al cabo, la misión del crítico literario –si es que hay alguna
prescripción en esta actividad- no es, a mi juicio, establecer verdades sino
ganar lectores apasionados.
Y es este simple propósito el auténtico marco de todo este trabajo.
13 Tomo la idea de Belsey, C., Critical Practice , Londres: Metuen, 1980.
14 Cito del capítulo “Temas y mitos literarios”, deTrocchi, A., incluído en Gnisci, A.
(ed.), Introducción a la literatura comparada , Barcelona: Crítica, 2002: 163.
14
15
H ISTORIA DEL OJO .
L A MODERNIDAD Y LA MIRADA
No hay más realidad que la imagen
ni más vida que la conciencia. No importa –
con tal de que sea intensa- que la realidad
interna no acople con la externa. El error y la
verdad son indiferentes. La imagen lo es
todo.
Azorín
16
1
7
M ODERNIDAD Y FIN DE SIGLO :
DE LA IMAGEN DEL MUNDO A LA IMAGEN DEL YO .
Je ne voi pas ce qui est; ce qui est,
c’est que je vois.
Remy de Gourmont
18
19
La modernidad es pura imagen. Este enunciado es una hipótesis
desesperada para conseguir explicar de manera coherente pero no reductiva
ese extraño fenómeno que llamamos mo dernidad. Una hipótesis que, más
allá de los límites cronol ógicos, de los cambios culturales, de las variaciones
estéticas; más allá, por tanto, de los problemas metodológicos a la hora de
definirla, entiende que la modernidad emerge como un fenómeno vinculado a
la mirada y que, por tanto, su configu ración atañe a todos esos límites que
acabo de señalar.
Las aproximaciones a la modernid ad han batallado en diferentes
escenarios: la historia, la ciencia, la cultura, la estética... y han dejado
testimonios incontables de esa lucha. El estudio –probablemente el más
célebre y elogiado sobre el tema- de Ma tei Calinescu ya deja constancia de la
irreductibilidad del concepto de modernidad desde su mismo título, en el que
ésta se proyecta como un cuerpo poliédri co y pronto advierte de las escisiones
que lo cruzan. 1 Calinescu constata que la mode rnidad debe contemplarse, al
menos, desde un ángulo doble: como con cepto histórico-filosófico, es decir,
como un estadio en la historia de la civilización occidental y como concepto
1 Calinescu, M., Faces of the Modernity , Bloomington: Indiana University Press,
1977.
20
estético, mucho más resbaladizo y evanescente, que emerge con el primero y
se separa netamente de él durante la primera mitad del siglo XIX. 2
El caso de Calinescu ejemplifica pe rfectamente el discurso típico sobre
la modernidad: un discurso forzosamente fragmentario, consciente de que la
mirada sobre la modernidad no puede ni debe ser exhaustiva y, además,
consciente de que sus límites coinciden con los del propio sujeto que la
contempla y la traduce a discurso, noción , ésta última (sujeto), que se admite
como “creación” de la época moderna, pues tal y como señala Heidegger a
propósito de la Edad Moderna, en su capítulo “La época de la imagen del
mundo”: 3
Lo decisivo no es que el hombre se libertara de suyo de las
ataduras anteriores, sino que se transforma absolutamente la
esencia del hombre al convertirse és te en sujeto (...) Pero es sólo
posible si se transforma la con cepción de la totalidad de lo
existente (Heidegger 1979: 78-79)
La cita y, por extensión, el texto íntegro constituye, desde mi punto de
vista, una de las aproximaciones má s brillantes al “estudio” de la
modernidad, puesto que da con la fórmula adecuada para amalgamar los
diferentes ejes desde la que puede contemplarse. Heidegger dibuja una
modernidad que produce y, a la vez, es objeto, de un doble proceso: la
formación de la subjetividad y la conversión del mundo en imagen
(Heidegger 1979: 82). La formación de la subjetividad resulta una idea
2 Si bien este no es el lugar para detallar por extenso todos los problemas que plantea
la noción de modernidad, no puedo dejar de comentar algunos de los aspectos más
conflictivos. Como concepto histórico, el prob lema, obviamente, estriba en fijar los límites
cronológicos, su inicio y su final; y justamente , el fin de la modernidad plantea especiales
dificultades al compartir características con la post-modernidad, de modo que la oposición
modernidad/post-modernidad no es ni mucho menos evidente. Como intentaré explicar más
adelante, el punto de vista antropocéntrico al qu e se asocia la modernidad genera diferentes
impresiones: del optimismo cartesiano respecto a la autonomía del sujeto se pasará a una
actitud mucho más turbulenta, cuya expresión está en los límites de la post-modernidad.
Finalmente, en el aspecto estético, la modernid ad parece referirse a algo cronológicamente
mucho menos extenso que la modernidad histórica o filosófica. Al margen de la bibliografía
que aborda directamente el asunto de la mo dernidad, pueden encontrarse unas excelentes
visiones de conjunto dentro de los siguientes estudios: Ródenas de Moya, D., Los espejos del
novelista. Modernismo y autorreferencia en la novela de vanguardia española , Barcelona:
Península, 1998 y Santiáñez-Tió, N., Investigaciones literarias. Modernidad, historia de la
literatura y modernismos , Barcelona: Crítica,2002.
3 Heidegger, M. “La época de la imagen del mundo” en Sendas perdidas , Buenos
Aires: Losada, 1979.
2
7
de Heidegger, la modernidad “no sólo es nueva frente a lo precedente para la
contemplación retrospectiva, sino que se propone a sí misma y adrede como
nueva” (Heidegger 1979:81-82)
La imagen se ensombrece y el tiempo s e l l e n a d e p a r a d o j a s y p l i e g u e s
en una vacilación que afecta, finalmente, a la propia subjetividad.
Las dudas que afectan a la visión y al tiempo, su propia condición en
tanto que medios de conocimiento, se extienden a todos los ámbitos. En
palabras de Crary, lo visual deja de ser una tabula rasa en la que las
representaciones pueden ser dispuestas a partir de un orden lógico, y se
convierte en una superficie de inscripc ión en la que potencialmente pueden
producirse una cantidad infinita de ef ectos (Crary 1992: 96) Por tanto, el
perfil de la mirada y el de la subjetiv idad que inscribe en ella significados,
c o i n c i d e n y , e n ú l t i m a i n s t a n c i a , s e p o nen en duda. La significatividad de las
representaciones depende de una mirada/sujeto cuya propia condición
depende, finalmente, de un régimen más amplio de representaciones y
discursos:
Vision and its effects are always inseparable from the
possibilities of an observing subj ect who is both the historical
product and the site of certain pr actices, techniques, institutions
and procedures of subjectification (Crary 1992:5)
O bien, dicho de un modo más radical y altamente sugerente, la propia
visión se configura como artefacto prod ucido por otros artefactos: las propias
imágenes, de suerte que toda percepción visual es el resultado de cambios
históricos en la representación. 15 Lo visible, pues, no coincide exactamente
con lo inteligible: sólo es un punto de partida, pues la inteligilibilidad
depende del artefacto cultural que es to da representación, sea de la propia
imagen, sea del propio sujeto que la contempla.
La parábola del ojo, que parte de la confianza en su poder cognitivo, se
proyecta en la tecnología como me dio para aumentar los límites del
conocimiento y cae hacia en la duda sobre sí mismo y, a través de él, sobre la
15 Wartofsky, M.W., “Picturing and Representing” en Nodine, C.F.& Fisher, D.F.
Perception and Pictorial Representation , Nueva York: Praeger, 1981.
28
totalidad de las cosas, tiene su reflejo armónico en la parábola del yo. Como
he explicado anteriormente, también la modernidad ha sido asociada a la
noción de sujeto y también este emerge de forma turbulenta. Foucault,
decisivo a la hora de defi nir la subjetividad, sus riesgos y sus zonas oscuras,
asocia la modernización con la producción de sujetos manejables a través de
nuevos procedimientos de individualización. 16 Esos procedimientos están
dispersos en todos los órdenes del sabe r y se constituyen en lo que Foucault
denomina las tecnologías del yo:
... que permiten a los individuos efectuar, por cuenta propia
o con la ayuda de otros, cierto número de operaciones sobre su
cuerpo y su alma, pensamientos, conducta o cualquier forma de
ser, obteniendo así una transformaci ón de sí mismos con el fin de
alcanzar ciertos estados de felicidad, pureza, sabiduría o
inmortalidad (Foucault 1990:48)
También la modernidad en general y el siglo XIX en particular son el
escenario de nuevos mecanismos de pode r y nuevas técnicas de control de las
individualidades. Foucault incide especi almente en las ciencias humanas, en
tanto que esa pretendida dominación depende directamente de la
acumulación de conocimiento sobre los in dividuos. En ese aspecto, la Edad
Moderna asiste al nacimiento y const itución de nuevas disciplinas, que
someten a su mirada analítica al sujeto. 17
Simmel, uno de los teóricos más te mpranos de la modernidad, resumía
la deceptividad de la tecnología refe rente a lo visual con una imagen muy
16 Mencionar todos pasajes foucaultianos en los que se especula sobre el sujeto y su
constitución es poco menos que misión imposible, puesto que sus observaciones sobre el
sujeto están diseminadas en la totalidad de su obra. Me permito señalar, no obstante,
algunos de los lugares más destacados: Power/Knowledge: Selected Interviews and Other
Writings , Nueva York: Panteón, 1980; Tecnologías del yo , Barcelona: Paidós-ICE UAB,
1990; Vigilar y castigar ; Madrid: Siglo XXI, 1994; Historia de la sexualidad , Madrid: Siglo
XXI, 1997.
17 T.R. Flynt traza un excelente panorama del tratamiento de la visión y el sujeto en
Foucault en su artículo “Foucault and the Ec lipse of Vision” (Levin 1993: 273-287). Flynt
sugiere que el pensamiento foucaultiano despla za el lenguaje del ojo propio de la Edad
Antigua hacia un lenguaje del yo, propio de la Edad Moderna y es, justamente, el carácter
normativo del régimen escópico moderno que Foucault describe lo que pone en contacto
ambos lenguajes en tanto que el sujeto emerge/actúa bajo esa mirada normativa. No
obstante ese poder del ojo (Panopticon) que Fo ucault investiga no resulta ni mucho menos
tan estéril como la propuesta de Débord, puesto que Foucault establece que el poder es la
condición previa a la formación del sujeto y, por tanto, no es una simple fuente de represión,
sino que también actúa transitivamente.
29
esclarecedora, al señalar que la invención de la luz eléctrica, que, en
principio, permitía ver mejor, finalmen te, sólo mostraba que los objetos eran
igual de insignificantes y feos que ba jo la luz de petróleo (Simmel 1902). 18
Esta metáfora es igualmente aplicable a las ciencias humanas y en general, a
las tecnologías que pretenden diseccionar , analizar y, en último término,
someter al yo. Quizás el ejemplo más elocu ente sean las ciencias de la mente,
psicología y psiquiatría, que emergen con fuerza en el siglo XIX y cuyo afán
para establecer un discurso de la “normalidad” acaba convirtiéndose,
paradójicamente, en una especie de para da de los monstruos, en un catálogo
de excepciones que parecen colapsar es a norma ideal. Basta pensar en las
aportaciones de Janet o Charcot para evidenciar esa paradoja, aportaciones,
por cierto, que utilizan la fotografía para establecer la imagen de la
normalidad/anormalidad. Sintomático, puesto que supone un ejemplo claro
de las estrategias de visualización caract erísticas de la modernidad; de hecho,
según Mirzoeff, la característica más llamativa: 19
One of the most striking features of the new visual culture is
the growing tendecy to visualize th ings that are not in themselves
visual (...) In other words, visual culture does not depend on
pictures themselves but the modern tendecy to picture or visualize
existence (Mirzoeff, 1999: 5-6)
Mirzoeff advierte, además, que lo vi sual es el lugar donde el/los
significados son creados y contestados , y por tanto, las estrategias de
visualización acaban envolviendo un el emento irreductible de dominación.
Las imágenes de los enfermos de la Sa lpêtrière son un ejemplo de esa doble
faceta, creadora y dominadora, de la mirada aplicada a la concepción del
sujeto.
Los estudios psicológicos que se acumulan en la segunda mitad del
XIX y que se mezclan promiscuamente con otras disciplinas –la sociología, la
criminología, la estética- caen también en l a p ar ad oj a q ue a fec ta ba la m ir ada :
18 Simmel, G., “Tendencies in German Life and Thought since 1870” en International
Monthly , 5,1902 : 93-111. Extraído de Frisby, D., Fragmentos de la modernidad. Teorías de l
modernidad en la obra de Simmel, Kracauer y Benjamín , Madrid: Visor, 1992.
19 Mirzoeff, N., An Introduction to Visual Culture , Londres&Nueva York: Routledge,
1999.
30
cuanto más se avanza en ellos, más evidente se hace su opacidad. La
irrupción de Freud –discípulo, por ci erto, de Charcot- y su noción del
inconsciente parecen una consecuencia ló gica de una disciplina que pocos
años antes regalaba afirmaciones que in sistían en la fragilidad de la línea
divisoria entre normalidad y anormalidad. Jay recuerda, además, que
muchos de los términos psicológicos configurados durante la época, como el
narcisismo, el exhibicionismo o la para noia tienen relación directa con el
imaginario visual. Ver, ser visto o in cluso no ser visto devienen asuntos
relevantes en la fijación de las patologías del yo.
La multiplicación de las imágenes y la disgregación del yo parecen ir
aparejados en un proceso que se de tecta precozmente. Benjamin, en su
estudio sobre Baudelaire, reproduce parte de un texto de Víctor Fournel Ce
qu’on voit dans les rues du Paris (1858) en el que se establece una dicotomía
muy curiosa respecto a la vida contemporánea. 20 Fournel, a propósito de la
vida en la ciudad, distingue dos tipos de personaje: el flanêur y el badaud ; la
diferencia estriba en que el primero con templa la masa urbana pero mantiene
su individualidad, mientras el segundo la pierde y se acaba confundiendo con
la masa a la que contempla.
La reflexión de Fournel resulta inte resante no sólo porque sitúa en
primera línea una de las figuras claves de la modernidad, el flanêur , sino
porque lo define no sólo basándose en su mirada –como es habitual- sino
también asociándolo a la individualidad , que en el marco de la metrópolis
que traza, resulta una tarea poco menos qu e heroica. La voluntad de ver y la
voluntad de ser parecen intersectarse y entrar en una relación poco menos
que conflictiva en la figura del flanêur , de modo que la mirada en el contexto
de la metrópolis moderna parece lleva r implícita una amenaza de disolución
del yo.
En realidad, la mirada resulta cent ral en el pensamiento moderno por
esa condición de lugar de tránsito, de frontera entre el sujeto y el objeto.
20 Benjamin, W., Baudelaire: un poeta en el esplendor del capitalismo
(Iluminaciones,2) Madrid, Taurus: 1972
31
Derrida se refiere a ella como inadecuaci ón entre lo interior y lo exterior. 21 Y
Blanchot es todavía más explícito cuando afirma: 22
Ver supone la distancia, la de cisión que separa, el poder de
no estar en contacto y de evitar la confusión en el contacto. Ver
significa que, sin embargo, es a separación se convirtió en
encuentro. Pero qué ocurre cuando lo que se ve, aunque sea a
distancia, parece tocarnos con un contacto asombroso, cuando ver
es un contacto a distancia, cuando lo que es visto se impone a la
mirada, como si la mirada estuvie se tomada, tocada, puesta en
contacto con la apariencia? (Blanchot 1992: 25-26)
También Merleau-Ponty define la visión como una presencia en la
ausencia, como el medio por el que el propio ser se vincula con los objetos
distantes. 23 Si la mirada es el cauce por el q u e e l s u j e t o s e a p r o p i a d e l o
exterior, es también el punto de fuga por el cuál el sujeto puede perder su
condición; es un límite pero también es una puerta de doble dirección. La
mirada es, por tanto, el punto de infl exión del dualismo cartesiano. Por un
lado, sitúa al sujeto en un escenari o de mayor complejidad, que sustrae al
s u j e t o d e l a p u r a a b s t r a c c i ó n y l o s i t ú a en la encrucijada de los histórico, lo
social, lo psicológico, etc, como afirma Flint:
For them [victorians], howeve r, problematising vision
meant a great deal more than a consideration of the conceptual
and mechanical implications of th ese means of seeing. It involved
acknowledging the individualism in volved in perception, both the
individualism of consciously evoked social knowledge and
experience, and of factors of memory and association which
belonged to the increasingly inve stigated world of the unconscious
(Flint 2000: 311)
Por otro, sitúa al objeto en una posi ción de relatividad que ya habían
preludiado los sensacionistas (Locke, Hume, Condillac, entre otros), que
retomará la fenomenología husserlia na y que reaparecerá tanto en los
filósofos más relevantes del momento (p or ejemplo, Schopenhauer cuya idea
del mundo como representación es, en es te sentido, inequívoca), como en los
21 Derrida, J., La escritura y la diferencia , Barcelona: Anthropos, 1989.
22 Blanchot, M., El espacio literario , Barcelona: Paidós 1992.
23 Entre otras obras del autor, la cuestión de la visualidad aparece en Fenomenología
de la percepción , Barcelona: Península, 1975 y El ojo y el espíritu , Barcelona: Paidos, 1986.
32
primeros analistas de la modernidad. As í Simmel, en su ensayo sobre Rodin,
afirma: 24
La esencia de la modernidad com o tal es el psicologismo, la
experiencia e interpretación del mundo desde el punto de vista de
las reacciones de nuestra vida interior y, de hecho, como un
mundo interior, la disolución de los contenidos fijos en un
elemento fluido del alma, del que se filtra todo lo esencial y cuyas
formas son simples formas de l movimiento (Simmel 1986)
Una idea que Simmel repite en su Filosofía del dinero , proclamando el
fin de la separación suje to/objeto y la apertura de un mundo de posibilidades
de expresión propias. 25 Crary retoma también la idea y concluye que una vez
que la visión queda localizada definiti vamente en sujeto corporal, una de las
opciones esenciales es la afirmación de la soberanía y la autonomía de la
visión, y detalla que esa es la opción que tomará el modernismo. La otra
opción, según Crary es la estandar ización y regulación creciente del
observador, basada en el (presunto) conocimiento del cuerpo visionario, es
decir, el aumento de la presión de los discursos de poder sobre los individuos
(Crary 1992: 150)
Resulta curioso que Crary, poco afic ionado a establecer indicaciones
cronológicas y taxonómicas férreas, remita al “modernism” 26 como época en
la que los caminos trazados por la mi rada deceptiva están ya perfectamente
delineados. Es curioso, pues, que acab e vinculando las consecuencias de una
erosión que se produce, sobre todo, en el campo filosófico a un fenómeno de
condición estética. No es, no obstante, el único: Jay también establece un giro
en su obra al aproximarse a los últimos años del siglo XIX; su reflexión entra
d e l l e n o e n e l á m b i t o d e l a e s t é t i c a d e l a m a n o d e J a m e s o n y s u r e f l e x i ó n
sobre la inevitable consecuencia de en tender la percepción como actividad
24 Simmel, G., “Recuerdos de Rodin” en El individuo y la libertad. Crítica de la
cultura , Barcelona: Península, 1986.
25 Simmel, G., Filosofía del dinero , Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1977.
26 El concepto “modernism” como movimiento estético de renovación que se produce
en el cambio de siglo XIX al XX y en los prim eros años de éste requiere un examen más
detallado que desarrollaré en los capítulos siguientes. Mención aparte merece el uso de tal
concepto en el ámbito hispánico, pues la relación de “modernism” y modernismo ha sido
evaluada desde una diversidad de posicion es que, también, discutiré más adelante.
33
semi-autónoma que produce sus propios objetos. 27 Como Crary, pero con
mucho mayor detalle, Jay afirma:
Modernist aesthetics, to be sure, has traditionally been
constructe as the triumph of pure visuality, concerned solely with
formal optics questions (Jay 1994:160)
Jay transita por la pintura finise cular, y en particular por el
impresionismo cuya vinculación a una nu eva concepción de lo visual es obvia
y queda explicada perfectamente por Ig lesias Feijoo, curiosamente en una
conferencia en la que se remi te a la literatura finisecular: 28
La apariencia de la realidad cambia, evidentemente, con la
luz (...) cada pintura reproduce lo mismo, pero todas son distintas,
porque lo era también el objeto qu e se captaba, que se ofrecía a la
vista del sujeto. Y todo ello sucede porque la realidad ha dejado de
ser entendida como algo dado, inmutable, permanente, y por tanto
no debe irse más allá de la plasma ción de las imágenes transitorias
de la apariencia de las cosas (Iglesias Feijoo 2000: 31-32)
Tanto Iglesias como Jay coinciden en el mismo ejemplo para reforzar
su argumentación: las series de la cate dral de Rouen pintadas por Monet, una
repetición del mismo objeto que, sin em bargo, nunca es el mismo puesto que
la mirada del pintor cambia. En am bos estudios, el impacto del nuevo
régimen visual en la litera tura es el paso siguiente. Crary ya advertía que la
oposición entre estéticas realista s y modernistas –entendidas como
antirrealistas- era inexacta y que, en realidad, ambas representaban las dos
caras de una misma moneda. El aséptico recorrido de Jay por la literatura de
finales del XIX pone de relieve, en consonancia con Crary, que ambos
programas estéticos parten de la con ciencia de la representación. Como
señala Moxey, la objetividad –valor, en principio, asociado a las poéticas
27 La cita que utiliza es la siguiente: “This unused capacity of sense perception can
only reorganize itself into a new and semi-a utonomous activity, one which produces its own
specific objects, new objects that are themselv es the result of a process of abstraction and
reification” (Jameson, F., The Political Unconscious: narrative as a socially symbolic art ,
Londres: Methuen, 1981: 229). Nótese la simi litud con los comentarios de Crary explicados
anteriormente.
28 Iglesias Feijoo, L., “Modernismo y modernidad” en Serrano Alonso, J. et alii (eds.),
Literatura modernista y tiempo del 98. Actas del Congreso Internacional, Lugo 17-10 de
noviembre de 1998, Santiago de Compost ela: Universidad de Santiago, 2000: 27-43.
34
realistas- no es más que una perspect iva visual, una “view from nowhere”,
que es, en consecuencia, una pers pectiva imposible, una ilusión. 29 La célebre
imagen de Stendhal de la literatura com o espejo en el camino ya remite al
ámbito del reflejo, la representaci ón y la ficción. La diferencia, como
intentaré mostrar más tarde, estriba en la voluntad de revelar ese artificio o
intentar hacerlo invisible.
Espejo, representación, artificio, vi sibilidad... como ideas estéticas son
conceptos que reaparecen a la hora de hablar de la modernidad manifestada
en el fin de siglo. Parece que la crisis del régimen escópico y la
transformación del ojo y sus tecnología s durante el siglo XIX conducen a un
período, el finisecular, en el que la mirada y sus perversiones solo son
soportables por vía estética, en palabras de Gabrieloni: 30
L a m o d e r n i d a d f u e e l e s c e n a rio de un proceso doble de
erosión que afectó los límites entr e las artes y las distinciones de
género. La imagen, agente principal de dicha erosión, se
constituyó como categoría estética y genéricamente transversal,
dado que atravesó tanto poesía y prosa como literatura y artes
plásticas. La síntesis entre poesía y prosa, que redefinió la
configuración interna del sistema moderno de géneros literarios,
se produjo sobre los márgenes entr e la literatura y la pintura. En
consecuencia, puede afirmarse que esta configuración es
ontológicamente visual.(Gabrieloni 2001) 31
Desde este punto de vista, el fin de siècle aparece como el momento en
que la crisis de la mirada que atravies a la modernidad se incorpora, mediante
nuevas estrategias de representación, a la expresión estética.
29 Moxey, K., “The History of Art after the Death of the “Death of the Subject” en In[
]visible Culture , nº1, 1, invierno 1998 (documento electrónico). Moxey recuerda muy
oportunamente que ese “nowhere” se identifica, no obstante, con un perfil ideológico muy
concreto que incorpora rasgos como la raza blanca, la masculinidad, la clase media... y por lo
tanto no es, en absoluto, un no-lugar. Sobr e la transparencia de algunas posiciones
ideológicas, véase Lugones, M. “Pureza, impureza y separación” en Carbonell N. & Torras, M.
(eds.), Feminismos literarios , Madrid: Arco Libros, 1999: 235-264.
30 Gabrieloni, A.L., “ Interpretaciones teór icas y poéticas. Sobre la relación entre
poesía y pintura” en Saltana , nº1, vol.1, 2001-2002 (documento electrónico)
31 Creo interesante recordar que la autora dedica parte de su artículo a mostrar la
cada vez más frecuente interacción entre litera tura y pintura en el siglo XIX, recordando
ejemplos claves como la faceta de críticos de arte de literatos como Baudelaire o Huysmans.
35
TROMPE L ’ OEIL
L A MIRADA DE LAS ESTÉTICAS FINISECULARES
No great artist ever sees things as
t h e y r e a l l y a r e . I f h e d i d , h e w o u l d c e a s e t o
be an artist
Oscar Wilde
36
43
The human figures that epitom ize modernity are defined by
experiences such as childhood or convalescence, a freshness of
perception that results from a st ate wiped clear, from the absence
of a past that has not yet had ti me to tarnish the immediacy of
perception although what is thus freshly discovered prefigures the
end of this very freshness (De Man 1983: 148 y 157)
De Man enfatiza la importancia de la mirada infantil y/o enferma por
su particular relación con el concepto de tiempo y experiencia íntima de éste.
Pero la isotopía óptica en Baudelaire avanza mucho más allá de la vivencia
dramatizada del presente a partir de la imagen captada por el ojo del niño; la
isotopía avanza y adquiere nuevos matices al referirse al concepto de
“hombre de las multitudes” que debe ser todo artista, y que remite de nuevo a
la observación:
L'observateur est un prince qui jouit partout de son
incognito (...) On peut aussi le com parer, lui, à un miroir aussi
immense que cette foule; à un ka léidoscope doué de conscience,
qui, à chacun de ses mouvements, représente la vie multiple et la
grâce mouvante de tous les éléments de la vie. C'est un moi
insatiable du non-moi, qui, à chaq ue instant, le rend et l'exprime
en images plus vivantes que la vi e elle-même, toujours instable et
fugitive. [ Curiosités esthetiques . Le peintre de la vie moderne: III.
L’artiste, homme du monde, homme des foules et enfant]
(Baudelaire 1968: 1160-1161)
En este caso, la actitud del artista roza la flanêrie , entendida, tal y
como señalaba Fournel, como una actitud de disolución y recomposición del
yo, que Baudelaire traduce perfectamente con la subversión de la imagen del
espejo - el artista y no la obra es el espejo de la realidad- y su reformulación
en la imagen del caleidoscopio. Insaciab le de lo otro y capaz de confundirse
con los otros, el artista no pierde su individualidad. Su identidad juega con la
disgregación por obra y gracia de las imágenes que permiten la ilusión y el
artificio tanto del observado como del observador, ilusión que sobrepasa la
vida misma. 40
40 Me parece oportuno mencionar la lectura sobre estos textos que realiza Cruz
S á n c h e z , P . A . e n s u r e c i e n t e l i b r o La vigilia delcuerpo. Arte y experiencia corporal en la
contemporaneidad , Murcia: Tabularium, 2004. El autor insiste en la centralidad de la
mirada en el pensamiento de Baudelaire, a la qu e define como auténtico centro de poder; no
obstante, Cruz entiende que la importancia ot orgada a la mirada supone una forma de
44
Estos fragmentos son apenas una pequeña muestra de la recurrencia
del motivo de la mirada en la obra y el proyecto estético baudelairianos. En él
se evidencia la paradoja de la visión en la modernidad: su pensamiento es, sin
duda, ocularcéntrico, puesto que la pr eeminencia del ojo queda fuera de tota
duda; pero es, justamente, ocularcéntrico porque desvincula la mirada de las
nociones de razón y verdad y las sitúa en otro orden cuya realización sólo
puede ser completa en el plano estético.
Baudelaire es, sin niguna duda, el caso más emblemático de los
comentarios sobre la modernidad estéti ca. Su relevancia en este trabajo
estriba menos en su capacidad de di agnosticar un estado de ánimo y
pensamiento que en articular un programa estético, esencialmente
ocularcéntrico, que sienta las base s de las estéticas finiseculares. 41 Ahora bien,
la fijación por el ojo y su particular estatuto no es patrimonio exclusivo de
Baudelaire; si éste plantea una nueva con cepción de la mirada desde el medio
siglo XIX, la formación de la estéti ca finisecular se debe a un goteo
permanente de reflexiones sobre es te mismo tema, que voy a repasar,
someramente, en las páginas que siguen.
Un impacto tan decisivo como Baud elaire en la formación de los
ideales esteticistas finiseculares lo protagoniza Ruskin. Si Baudelaire es
aclamado y admirado por la intele ctualidad francesa, Ruskin está
directamente implicado con el grupo pr errafaelita, cuya influencia en el fin de
siècle está fuera de toda duda. Como Baudel aire, que ejerció la crítica de arte,
Ruskin enfoca su aportación estética dirigiendo su mirada hacia las artes
pictóricas y no sorprende, pues, que su aportación se centre en la mirada y
rechazar la corporeidad y la sensualidad y, por ende, una formade separar la identidad del
artista de la de la masa. Como se ve, discrepo en este último punto, si bien, entiendo que la
propuesta de Cruz merece ser comentada aquí por la profundidad de su alcance y por el
vínculo que establece entre los textos baudelairianos y la experiencia estética moderna y
contemporánea.
41 Sobre Baudelaire y su estética, véase, entre otros: Azúa, F., Baudelaire y el artista
de la vida moderna , Barcelona: Anagrama, 1999; Benjamin, W., Baudelaire: un poeta en el
esplendor del capitalismo (Iluminaciones,2) Madrid, Taurus: 1972; Pichois, C., Baudelaire ,
Valencia: Edicions Alfons el Magnànim, 1986; Rincé, D., Baudelaire et la modernité
poétique , París: PUF, 1996.
45
sus cualidades. Ruskin da con la idea exac ta para expresar el papel de los ojos
como elementos de filtro ineludible para captar la realidad: 42
The term idea, according to L ocke’s definition on it, will
extend ever to the sensual impre ssions themselves as far as they
are “things which the mind occupies itself about in thinking”; that
is, not as they are felt by the eye on ly, but as they are received by
the mind through eyes [ Modern Painters I] (Ruskin 1987: 9)
And you are to remember still more distinctly that the
words “fiat lux” mean indeed “fiat anima”, because even the power
of the eye itself, is in its animation. You do not see with the lens of
the eye. You see through that, an d by means of that, but you see
with the soul of the eye [ The Eagle’s Nest ] (Ruskin 1987: 24) 43
L a i d e a e s c r i s t a l i n a : n o s e v e c o n los ojos, sino a través de ellos, por
tanto, su función es central en la ex periencia cognoscitiva. Ahora bien, la
personalísima reinterpretación del “fiat lu x” de la creación muestra el cambio
en el matiz de los parámetros ocularcén tricos: la aparición de la luz ya no
implica el descubrimiento del universo tal y como es sino que, tal y como
apunta Ruskin, implica la capacidad de ve r lo exterior desde el alma del ojo,
esto es, desde el mismo sujeto. Ruskin precisa en otro pasaje:
We never see anything clearly (...) Be sure of this last fact,
for otherwise you will find yourself continually drawing, not what
you see, but what you know [ Modern Painters IV] (Ruskin 1987:
39)
Reinterpretando de manera sesgada sus plabras, la conclusión es que
aquello que se ve no es otra cos a que uno mismo. Obviamente, tales
principios socavan cualquier posibilidad de lo que se entendería por mímesis
realista, si bien Ruskin basa su programa estético en la reproducción fiel de la
realidad; eso sí, la reproducción fiel no es posible sin la presencia de la
subjetividad en la imitación de la na turaleza. La afirmación es de sentido
común: del mismo modo que no se ven las cosas como trazos geométricos,
medidas y volúmenes, del mismo modo que no se contemplan desde una
42 Todas las citas de la obra de Ruskin están extraídas de Ruskin, John, The Art
Criticism of John Ruskin (R. Herbert, ed.), New York: Da Capo, 1987. Anoto junto a los
párrafos citados la obra a la que pertenecen.
43 La cursiva, en ambos casos, es mía.
46
posición aséptica y sensitivamente esté ril, su reproducción en el arte no
puede pretender tales valores. 44
Imitation can only be something material, but truth has
reference to statements both of the qualities of material things,
and of emotions, impressions, an d thoughts. There is a moral as
well as material truth, -a truth of im pression as well as of form-, of
thought as well as of matter; and the truth of impression and
thought is a thousand times th e more important of the two
[ Modern Painters I] (Ruskin 1987: 11)
Como se ve, Ruskin no sólo afirma la existencia de un doble universo
(material y moral) susceptible a la repres entación en el arte, sino que otorga
una importancia superior al segundo, lo que supone un ataque claro a las
premisas del positivismo, cuya confianza en el método científico, basado en
valores racionales, con la finalidad última de conocer la verdad se revela, a los
ojos de Ruskin, inexacta e incompleta:
And the aim of the great inve ntive landscape painter must
be to give the far higher and deep er truth of mental vision, rather
than that of the physical facts, and to reach a representation
which, though it may be tota lly useless to engineers or
geographers, and, when tried by rule and mesure, totally unlike
the place, shall yet be capable of producing on the far-away
beholder’s mind precisely the im pression which the reality would
have produced, and putting his heart into the same state in which
it would have been. [ Modern Painters IV, 1856: 33]
El planteamiento ruskiniano basado en la condición ineludible del ojo
como componente de la realidad adquiere una concreción política –la crítica
al positivismo como método omnipresente de conocimiento 45 - y una
concreción estética –la redefinición de l concepto de imitación, separándolo
44 De hecho, Ruskin vincula la percepción visual al color en lugar de la línea y la
forma (como se había hecho tradicionalmente). Esa preferencia pone en evidencia el escaso
carácter figurativo que Ruskin atribuye a la pint ura y por tanto, la absoluta disociación de su
ideal artístico respecto a los valores pretendi damente objetivos asociados a la ciencia. La
entidad y valor de la ciencia y el arte ocupan un lugar preeminente en la obra de Ruskin,
como mostraré en las páginas siguientes.
45 De hecho, el ataque de Ruskin no se dirige al positivismo como método de
conocimiento sino como único m é t o d o d e c o n o c i m i e n t o , t a l i d e a e s l a b a s e d e s u
preocupación principal: reivindicar la autonomía del arte y de la estética, separándolo
claramente de las doctrinas científicas que inte ntan dar cuenta de ello con un conjunto de
instrumentos que no son adecuados.
4
7
netamente de la reproducción “objetiva” de la realidad-. Ahondando en este
aspecto, Ruskin reniega del espejo stendhaliano y de su voluntad de
reproducir todo cuanto existe:
It has been stated, over and over again, that it is not posible
to draw the whole of nature, as in a mirror. Certain omissions
must be made, and certain conventio nalities admited, in all art.
[ Modern Painters IV] (Ruskin 1987: 14)
El texto sigue con la reflexión sobre la importancia de las presencias y
las ausencias en la obra del arte, concediéndoles capacidad significativa a
a m b a s . L a a u s e n c i a n o i m p l i c a m e n o r f i d e l i d a d , p u e s t o q u e e s e l a l m a d e l o s
ojos del artista la que mide tal valor; la selección de aquello que se reproduce
e n l a o b r a d e a r t e , t e ñ i d a c o n l a s i m presiones del artista son las generadoras
de la verdad y la fideli dad. Así, Ruskin recurre de nuevo a las isotopías
ópticas para explicar el deber ser del artista:
We do not want his mind (of th e artist) to be like a badly
blown glass, that distorts what we see trough it, but like a glass of
sweet and strange colour, that gives new tones to what we see
trough it; and a glass of rare stre ngth and clearness too, to let us
see more than we could ourselves, and bring nature up to us and
near to us [ Modern Painters I] (Ruskin 1987: 30)
El artista, pues debe tener una amplitud y calidad de visión que
represente/redescubra la realidad a los oj os del espectador de la obra de arte.
E l t i p o d e v i s i ó n q u e R u s k i n d e m a n d a a l artista vuelve al lugar común de la
mirada infantil:
The whole technical power of painting depends on our
recovery of what may be called the innocence of the eye , that is to
say, of a sort of childish percepti on of these flat stains of colour,
merely as such, without consciousne ss of what they signify, -as a
blind man would see them if suddenly gifted with sight. [ The
Elements of Drawing ] (Ruskin 1987: 46)
La argumentación para equiparar la mirada del genio y la mirada del
artista coincide, en buena parte, con la argumentación de Baudelaire: ambos
son capaces de ver con admiración, con conciencia de la novedad y con un
desmesurado placer; dicho en otros términos, su capacidad de conmoción
48
ante la belleza es infinita y ello es, en última instancia, la piedra angular de la
ejecución de la obra artística:
And the whole difference between a man of genius and
other men, it has been said a thou sand times, and most truly, is
that the first remains in great part a child, seeing with the large
eyes of children, in perpetual wonder, not conscious of much
knowledge, -conscious, rather, of infinite ignorance, and yet
infinite power; a fountain of eternal admiration, delight, and
creative force within him, m eeting the ocean of visible and
governable things around him. [ The Stones of Venice ] (Ruskin
1987: 4)
Resulta curioso comprobar cómo Rusk in, calificado de conservador y
moralista, y Baudelaire, situado tradicionalmente en las posiciones
ideológicas contrarias coinciden tan si gnificativamente en algunas de las
ideas vertebrales de sus resp ectivos idearios estéticos. 46 Allegra, en su artículo
sobre la incidencia del prerrafaelis mo en el modernismo, señala otras
coincidencias relevantes 47 . El autor afirma que Baudelaire y Ruskin coinciden
también en su diagnóstico de los male s que amenazan al artista y que se
resumen en uno sólo: la mediocridad del gusto. Tal idea está implícita en los
comentarios sobre la mirada infantil, cuyas cualidades –en especial, en la
reflexión de Ruskin- se engloban en una cierta independencia respecto al
conocimiento y los prejuicios convencio nales. Mantener el espíritu de la
infancia deviene una estrategia para ev itar el peligro que es la mediocridad
del gusto: una acomodación de la propia mirada a la mirada hegemónica o a
la mirada de las masas.
Naturalmente, también ahí se escon de una posición ideológica: el
rechazo del gusto burgués, que desde un a posición hegemónica, se constituye
a través de convencionalismos y formal ismos que coartan la creatividad y la
mirada. Frente a la imagen estereotipad a del artista finisecular, cuya actitud
46 Sobre el ideario estético de Ruskin, véanse, entre otros: Landow, G.P., The
aesthetic and critical theories of John Ruskin , Princeton: Princeton University Press, 1971;
Praz, M., Mnemosine: parallelo tra la letteratura e le arte visive , [s.l.]: Mondadori,1971;
Quennell, P, John Ruskin , Londres: Longman, 1966. Sobre la recepción de las teorías de
Ruskin en el ámbito peninsular, véase: Cerdà i Surroca, M.A. Els prerrafaelites a Catalunya ,
Barcelona: Curial, 1981.
47 Allegra, G. “Las ideas estéticas prerrafaelitas y su presencia en el imaginario
modernista” Anales de literatura española , 1 (1982); pp. 282-300.
49
antiburguesa se dibuja como mera prov ocación y rebeldía anti-sistema, las
observaciones de Ruskin y Baudelaire sitúan en él una razón mucho más
profunda y de primer orden en su ideario estético.
A estas alturas, espero que resulte evidente que mi revisión de las
estéticas finiseculares no admite una esci sión entre lo estético y lo ideológico.
Toda actitud estética está aparejada a una actitud de mayor alcance: l’art
pour l’art afecta a muchas más cosas que el p r o p i o a r t e y , e n e s t e s e n t i d o ,
resulta muy esclarecedora la aportación de Walter Pater, discípulo de Ruskin,
y definitivamente vinculado al movimi ento esteticista finisecular inglés.
Su obra The Renaissance. Studies in Art and Poetry (1873), adquiere
una popularidad elevadísima y consagr a a Pater como uno de los fundadores
del esteticismo inglés. Además de la afortunadísima descripción de La
Gioconda que - según Mario Praz- insti tuye un nuevo tipo de belleza
f e m e n i n a q u e s e r á d e c i s i v a e n t o d a l a p r oducción artística finisecular, la obra
de Pater contiene en su conclusión el ideario fundamental del esteticismo. 48
Justamente, el texto de Pater atesor a un perfecto sincretismo de los
conceptos cruciales de Ruskin y Baud elaire. Pater retoma el motivo del
éxtasis ante la belleza –que Ruskin y Baudelaire asociaban con la mirada
infantil y del artista- y lo contrapone a la formación del hábito y el estereotipo
que impone la sociedad del momento. Los efectos devastadores de ésta se
traducen, cómo no, en un motivo ópti co: la brutalidad en la mirada, que
homogeneiza el mundo contemplado, y po r tanto, priva de la contemplación
estética: 49
To burn always with this hard , gem-like flame, to maintain
this ecstasy, is success in life. In a sense it may be said that our
failure is to form habits: for, a fter all, habit is relative to a
stereotyped world, and meantime it is only the roughness of the
eye that makes any two persons, things, situation, seem alike.
While all melts under our feet, we may well grasp at any exquisite
passion, or any contribution to knowledge that seems by a lifted
horizon to set the spirit free for a moment, or any stirring of the
48 Praz, M. La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica , Barcelona: El
Acantilado, 1999.
49 Extraigo todas las citas de Pater, Walter, The Renaissance. Studies in Art and
Poetry [1873] (Adam Phillips, ed.), Oxfo rd: Oxford University Press, 1986.
50
senses, strange dyes, strange colou rs, and curious odours, or work
of the artist’s hands, or the face of one’s friend. Not to discriminate
every moment some passionate atti tude in those about us, and in
the very brilliancy of their gifts so me tragic dividing of forces on
their ways, is, on this short day of frost and sun, to sleep before
evening. (Pater 1986: 152)
Es evidente que, frente al peligr o de embrutecimiento del ojo, Pater
edifica un programa estético/vital que na da tiene que ver, por ejemplo, con el
de Baudelaire, pero que como este tamb ién está teñido po r los valores anti-
burgueses y anti-positivistas.
With this sense of the splendour of our experience and of its
awful brevity, gathering all we are into one desperate effort to see
and touch, we shall hardly have time to make theories about the
things we see and touch. What we have to do is to be for ever
curiously testing new opinions and courting new impressions,
never acquiescing in a facile orthod oxy, of Comte, or of Hegel, or
of our own. Philosophical theories o r i d e a s , a s p o i n t s o f v i e w ,
instruments of criticism, may help us to gather up what might
otherwise pass unregarded by us. ‘Philosophy is the microscope of
thought’ The theory or idea or system which requires of us the
sacrifice of any part of this experience, in consideration of some
interest into which we cannot ente r, or some abstract theory we
have not identified with ourselves, or of what is only conventional,
has no real claim upon us. (Pater 1986: 152-153)
El último punto es diáfano, en tant o que la experiencia –elevada a un
sensualismo jubiloso- y la subjetividad se perfilan como los valores que deben
ser preservados frente al ataque de la sociedad burguesa capitalista y
positivista que embrutece la mirada.
Tanto Baudelaire, como Ruskin y Pa ter son conscientes de que la
mirada es, a la vez, un lugar de vu lnerabilidad y de subversión. Como
apuntaba en el capítulo anterior, la mirada tal y como se constituye en la
modernidad, resulta un límite, una fron tera, el punto de contacto entre lo
exterior y lo interior. Y Pater, asoci a claramente ese frágil límite a la
inestabilidad del sujeto:
At first sight experience seems to bury us under a flood of
external objects, pressing upon us with a sharp and importunate
reality, calling out us ourselves in a thousands forms of action. But
when reflexion begins to play upon those objects they are
51
dissipated under its influence; th e cohesive force seems suspended
like some trick of magic; each object is loosed into a group of
impressions –colour, odour, textur es- in the mind of the observer.
And if we continue to dwell in thought of this world, not objects in
the solidity with which language invests them, but of impressions,
unstable, flickering, inconsistent which burn and are extinguished
with our consciousness of them, it contacts still further: the whole
scope of observation is dwarfed into the narrow chamber of the
individual mind. (Pater 1986: 151)
Pater delimita extraordinariamente bi en la extraña relación entre la
realidad exterior como un conjunto autó nomo y la realidad vivida desde la
conciencia, asociándolo al mecanismo de las ilusiones ópticas: la realidad
palpable es una construcción unitaria cuya cohesión desaparece, como por
arte de magia, cuando el sujeto reflexio na sobre ella, por tanto, no es más que
un espejismo presto a desaparecer ante el menor movimiento de la
conciencia.
No sólo eso, Pater asocia esa “revelación” a la vivencia dramatizada del
tiempo:
(...) those impressions of the individual mind to which, for
each one of us, experience dwindl es down, are in perpetual flight;
that each of them is limited by time , and time is infinitely divisible,
each of them is infinitely divisible also; all that is actual in it being
a single moment, gone while we tr y to apprehend it, of which it
may ever be truly said that is ceased t o b e t h a n t h a t i t i s . T o s u c h
tremolous wisp constantly re-forming itself on the stream, to a
single sharp impression, with a se nse in it, a relic more or less
fleeting, of such moments gone by, what is real in our lifes fines
itself down. It is with this movement, with the passage and
dissolution of impressions, images , sensations, that analysis leave
off –that continual vanishing away, that strange, pepetual,
weaving and unweaving of ourselves (Pater 1986: 151-152)
El descubrimiento de la auténtica realidad, que no es otra que aquella
vivida desde el esplendor de la concien cia, está sometido a la acción del
tiempo, que no se dibuja como una dimensión homogénea sino que se
atomiza en una infinidad de momentos aislados y cambiantes en los que se
ubica el yo. 50 De esa conciencia emerge el programa estético-vital que he
50 Nótese la proximidad de la experiencia descrita por Pater con el concepto de
epifanía tal y como es definido, en el contexto “modernist” por James Joyce, es decir, como
52
señalado en las páginas anteriores y cuya articulación coincide con la
presentación foucaultiana de la modernid ad estética: no sólo la conciencia de
lo transitorio sino también una acti tud, que afecta directamente a la
constitución del sujeto. 51
El texto de Pater apunta, finalmente , a la condición principal de la
mirada en el fin de siglo: si metafí sicamente, la mirada puede llevar a la
disolución del yo o a una individualiz ación mayor –recordemos la diferencia
entre el flanêur y el badaud -, en el plano estético, preservar la propia mirada
y adherirla, indisolublemente, a la re alidad, constituye el máximo triunfo
posible, el auténtico heroísmo de la vida moderna. En palabras de Ruskin:
The whole value of that witn ess depends on its being eye-
witness; the whole genuineness, acceptableness, and dominion of
it depend on the personal assurance of the man who utters it. All
its victory depends on the veracity of the one preceding word:
“Vidi” [ Stones of Venice ] (Ruskin 1987: 12)
Igualmente taxativo sobre este pu nto se muestra quién constituye la
cima del pensamiento esteticista ingl és; me refiero, obviamente, a Oscar
Wilde. La solidez de su propuesta esté tica ha podido quedar eclipsada, como
en el caso de Baudelaire, por su talento a la hora de crear aforismos y por el
interés que despierta su azarosa biogra fía; sin embargo, Wilde ofrece una
especulación estética que retoma la imaginería de la imagen, valga la
redundancia, y edifica sobre ella una pr opuesta que socava todavía más, si es
que es posible, las nociones de realidad y sujeto en la obra de arte.
súbitas manifestaciones espirituales que constituyen los momentos más delicados y
evanescentes. La observación resulta interesant e, porque creo que muestra claramente la
continuidad de las estéticas entre finales del XIX y principios del XX y porque, como ha
señalado Allan Wallis en su reciente libro - Modernidad y epifanía literaria en Miró y
Azorín , Alicante: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2003-, éste es un
concepto central en la estética mironiana.
51 Otras aproximaciones al ideario estético de Pater pueden encontrarse en: Iser, W.,
Walter Pater:the aesthetic movement , Cambridge: Cambridge University Press, 1987;
Fletcher, I., Walter Pater , Londres: Longman, 1971; Stein, R.L., The Ritual of Interpretation:
the fine arts as literature in Ruskin, Rossetti and Pater , Cambridge: Harvard University
Press, 1975.
59
Naturalism is not often regarded as part of the “aesthetic
nineties”, except when is seen against a reaction against the
artificial sensibility of the fin de siècle . Yet the scientific
detachment that produced and a llegedly objective vision can be
seen as an authorial ruse enabling the naturalist to project himself
onto nature while feigning the passivi ty of a naive observer. If so, it
is a sophisticated legitimization of a “divided self”. The detached,
“objective” narrator is but another versión of the voyeur,
vicariously involved while maintaining the illusion of distance
behind the paradigm of an experiment (Gordon 1979: 48)
Fuera de ese paradigma del experime ntación -que no es más que un
trampantojo- las doctrinas esté ticas vinculadas a los modelos
realistas/naturalistas no habían dejado de ser conscientes de la ilusión
inherente a toda creación artística y de la posición artificial que supone la
objetividad. Maupassant, en su prólogo a Pierre et Jean (1888) alude a la
objetividad como una “vil palabra” y se refiere a las doctrinas realistas en los
siguientes términos: 59
J’en conclus que les réalistes de talent devraient s’appeler
plutôt des illusionistes.
Quel enfantillage, d’ailleurs, de croire à la réalité puisque
nous portons chacun la nôtre dans notre pensée at dans nos
organes. Nos yeux, nos oreilles, notre odorat, notre goût différents
créent autant de vérités qu’il y a d’hommes sur la terre. Et nos
esprits qui reçoivent les instructio ns de les organes, diversement
impresionées, comprennent, analysen t e t j u g e n t c o m m e s i c h a c u n
de nous appartenait à une autre race.
Chacun de nous se fait donc simplement une illusion du
monde, illusion poètique, sentimentale, joyeuse, meláncolique,
sale ou lugubre suivant sa nature. Et l’ècrivain n’a d’autre misión
que de reproduire fidèlement cette illusion avec tous les procedes
d’art qu’il a appris et dant il peut disposer.
Illusion du beau qui est une convention humaine! (...) Les
grands artistes sont ceux qui impo sent à l’humanité leur illusion
particulière (Maupassant 1888: XVIII-XIX)
Aunque la cita es extensa me pare ce oportuno reproducirla puesto que
deja claro que la visión realista no esca pa, pues, a la red fantasmagórica de la
mirada moderna: no reproduce la realidad sino la ilusión de esa realidad, del
59 C i t o d e l a s i g u i e n t e e d i c i ó n : M a u p a s s a n t , G . d e , “Le róman” prólogo a Pierre et
Jean , París: P.Ollendorf, 1888 ( http://gallica.bnf.fr )
60
mismo modo que el espejo stendhaliano ofrece, evidentemente, no la realidad
sino su reflejo, su ilusión.
No se puede pensar, por tanto, que Zola parte de una base estética –
realista- que es conservadora ideológi camente y que perpetúa el régimen
escópico cartesiano. Como se ve, éste ya está modificado en las reflexiones de
Maupassant y, por extenso, en la contribución estética del realismo 60 . Y el
propio Zola comparte, a pesar de todo, esas posiciones; no sólo Le Róman
Experimental está cruzado por los equilibrios entre dos órdenes de la mirada,
uno que se asocia a la verdad como meta accesible y otro que se refiere a la
intuición y a la imaginación como pr ácticas en la ejecución de los
“documentos de la vida”. Él mismo desarrolla una teoría que matiza su
concepto de reproducción de la realidad:
J e m e p e r m e t s , a u d e b u t , u n e comparison un peu risquée:
toute oeuvre d’art est comme une fe nêtre ouverte sur la création; il
y a, enchâsseé dans l’embrassure de la fenêtre, une sorte d’Écran
transparent, à travers lequel on perçoit les objets plus o moins
deformes, souffrant des changeme nts plus ou moins sensibles
dans leurs lignes et dans leurs coleur (...) Toutes mes sympathies,
s’il faut le dire, sont pour l’Écran re aliste; (...) er j’affirme qu’il doit
avoir en lui des propietés particul ières qui déforment les images, et
qui, par conséquent, font de ces images des oeuvres d’art. 61
La pantalla interpuesta entre el obse rvador y la realidad destruye la
idea de una objetividad, puesto que in evitablemente, deforma los objetos. Por
otra parte, si la perspectiva “realist a” es sólo una manera entre otras de
contemplar la realidad es, por tanto, una perspectiva equivalente a cualquier
otra en términos de veracidad/falsabilidad.
60 Cabe recordar que Guy de Maupassant emerge en el panorama literario con su
cuento “Boule de Suif”, publicado en el volumen colectivo Les soirées de Médan (1880), en el
que también publican Zola, Huysmans, Alexis, Hennique y Céard, bajo la consigna de
defender su amistad y sus tendencias literarias. La elección de Maupassant como ejemplo
para resituar las discusiones sobre las estéticas realistas finiseculares no es, pues, casual
puesto que considero muy sintomático el alejam iento de los postulados del grupo de Médan y
la valoración, sumamente ponderada, de otros maestros y colegas -como Flaubert y los
simbolistas- en el prólogo a Pierre et Jéan . Por otra parte, Maupassant es conocido y
recordado por sus relatos fantásticos, cuyo pl anteamiento estético está, obviamente alejado,
de cualquier enunciado naturalista o positivista.
61 Extraigo la cita del prólogo de R. De Diego a Pardo Bazán, E., La cuestión
palpitante , Madrid: Biblioteca Nueva, 1998. La cita corresponde a la correspondencia
personal de Zola, en concreto, de la carta di rigida a Antony Valabrègue fechada el 18 de
agosto de 1864.
61
Zola y Maupassant sólo constituyen una pequeña cala en todo el
corpus de reflexiones estéticas sobre el realismo/naturalismo del último
tercio del siglo XIX, pero me parece adecuado incluirlas porque ponen de
manifiesto los pliegues y las dobleces que padece la mirada dentro de un
marco estético que, en principio, no la problematiza. 62 Y constatan, por otra
parte, la tesis de Crary acerca de la consolidación de la crisis del régimen
escópico como base previa a todas las fo rmulaciones estéticas de la segunda
mitad del XIX.
Si la tesis de Crary es cierta, y todo parece apuntar a que lo es, y el
propio Zola muestra, en el conjunto de su obra, unas posturas más que
matizadas acerca de la objetividad en el arte, la conclusión lógica sobre la
rigidez programática del Naturalismo que se desarrolla en Le Róman
Experimental , apunta a un factor –en principi o- externo a la estética. Lo que
estoy sugiriendo es que el anclaje al antiguo régimen escópico del que Zola
hace gala en Le Róman Experimental se sitúa en las doctrinas positivistas y
no en el orden mimético propio del realismo.
Pero también las doctrinas positivistas acaban participando en/de la
discusión estética, en términos much o menos armónicos que los planteados
por Zola. Obviamente, un paradigma de pensamiento que confiaba en la
observación como método para conocer la verdad, que depositaba todas sus
esperanzas de conocimiento y por ende, de progreso, en el ejercicio visual
tenía que enfrentarse con otro paradi gma de pensamiento, que se estaba
desarrollando en el plano artístico y que se estaba construyendo sobre las
ruinas del régimen escópico. Las manife staciones artísticas constituían un
síntoma de peligrosa anomalía en el pa radigma de claridad que el positivismo
intentaba mantener.
Un ejemplo muy elocuente de los cr uces entre distintos regímenes de
mirada y de las fricciones entre los pará metros positivistas y las producciones
62 Aunque la bibliografía secundaria sobre Zo la y las poéticas realistas y naturalistas
del XIX es muy extensa, me permito apuntar, como referencias indispensables: Becker, C.,
Lire le réalisme et le naturalisme , París: Nat han, 2000; Dufour, P., Le Réalisme: de Balzac à
Proust , París: PUF, 1998; Levin, H., El realismo francés: Stendhal, Balzac,Flaubert, Zola,
Proust , Barcelona: Laia, 1974; Miterrand, H., Zola et le naturalisme , París: PUF, 1989;
Miterrand, H., Zola: l’histoire et la fiction , París, PUF: 1990; Prendergast, C., The order of
mimesis: Balzac, Stendhal, Nerval, Flaubert , París, CUP: 1986.
62
artísticas se halla en la evaluación de la pintura impresionista que Huysmans
dearrolla en su crítica sobre la exposi ción de independientes de 1880. Su
larga exposición sobre la pintura impr esionista manifiesta una estupefacción
que Huysmans no se siente capaz de resolver y que encomienda a la ciencia. 63
L' étude de ces oeuvres relevait surtout de la physiologie et
de la médecine. Je ne veux pas ci ter ici des noms, il suffit de dire
que l' oeil de la plupart d' entre eux s' était monomanisé ; celui-ci
voyait du bleu perruquier dans toute la nature et il faisait d' un
fleuve un baquet à blanchisseuse ; celui-là voyait violet ; terrains,
ciels, eaux, chairs, tout avoisinait, dans son oeuvre, le lilas et l'
aubergine, la plupart enfin pouvai ent confirmer les expériences du
Dr Charcot sur les altérations dans la perception des couleurs qu' il
a notées chez beaucoup d' hystériques de la Salpêtrière et sur
nombre de gens atteints de mala dies du système nerveux. Leurs
rétines étaient malades (...) (Huysmans 1929: 106)
La consideración de los impresio nistas como seres con los ojos
enfermos así como la apelación a Charcot, pone de manifiesto la
permeabilidad de todos los órdenes frente al positivismo. Huysmans
establece un juicio de arte que elude el ámbito artístico y se basa en el
régimen de normalidad/anormalidad establecido en el momento por las
disciplinas médicas emergentes. No es un ejemplo aislado: el método
positivista cruza muy pronto los límites del campo científico para entrar en
una convivencia promiscua con todo tipo de disciplinas cuyo estatuto
científico es mucho más comprometido: las nuevas ciencias humanas que se
consolidan en el mismo período, esas ciencias humanas que según Foucault
ya no pretendían el control del cuerpo sino el control del ser humano por
completo, incluido el pantanoso territorio del alma o la psique.
Ahora bien, el propio texto de Huys mans se aleja de los parámetros
positivistas con los que juzga las pintur as de los impresionistas y lanza una
afirmación que matiza sus propias palabras.
M. Degas ne sera probablement reconnue telle que dans une
période illimitée d' années. On peut dire cependant qu' un
changement s' est produit dans l' attitude du public qui se tordait
63 Cito de la edición on-line: Huysmans, J.K., “Exposit. Independants en 1880”, L’art
moderne en Oeuvres completes de J.K.Huymans , París: C.Grés, 1929 ( http://gallica.bnf.fr )
63
jadis aux expositions des intran sigeants, sans tenir compte des
efforts ratés, des ravages du dalton isme et des autres affections de
l' oeil, sans s' apercevoir que les cas pathologiques ne sont pas
risibles, mais simplement intére ssants à étudier. (Huysmans 1929:
139-140)
La constatación de la anomalía está seguida por un vivo interés hacia
ésta: los casos patológicos no son risibles sino interesantes. Y, evidentemente,
si tenemos en cuenta la trayectoria de Huysmans, podemos afirmar que ésta,
sin duda, se decanta por la contempla ción fascinada de la enfermedad. 64
Como decía, el positivismo –y su vertie nte estética en el naturalismo zolesco-
pronto se colapsa en su voluntad de ve rlo todo y de verlo profundamente; esa
voluntad acaba iluminando la oscuridad que afecta al ser humano: la
enfermedad, la locura, la marginació n. Y esa misma zona que revela se
convierte en la señal de identidad del decadentismo. Hustvedt, en su visión
panorámica de la decadencia establec e nítidamente el contacto entre ambas
posiciones: 65
Like naturalism, decadence takes degeneration as its
creative source. But in contrast to Zola and his followers, whose
purported (though not necessarily realized) aim was an objective,
“scientific” documentation of the world, the decadents
aestheticized decay and took pleasu re in perversity. In decadent
literature, sickness is preferable to health, not only because
sickness was regarded as more in teresting, but because sickness
was construed as subversive, as a tret a to the very fabric of society.
By embracing the marginal, the unhealthy and the deviant, the
decadents attacked bourgeois life , which they perceived as the
chief enemy of art (Hustvedt 1998: 14)
64 S i l a e l e c ci ó n de M a up a s s a nt n o er a i n ocente, mucho menos lo es la de Huysmans.
Como aquel forma parte del grupo de Médan y pa rticipa activamente en la defensa de Zola y
sus teorías estéticas –en concreto, con la serie de artículos “Émile Zola et L’Assomoir ”,
publicados en 1877 en el diario belga L’Actualité - ; pero, como es sabido, pocos años después
publicará lo que se considera el auténtico breviario del decadentismo, su novela A Rébours ,
que se suma a la imaginería decadente y tort urada que caracterizará al resto de su obra.
65 Hustvedt desarrolla, en términos genera les, la relación de decadentismo y
naturalismo en su artículo “The Art of Death: French Fiction at the Fin de Siècle”, que sirve
de introducción a el libro que él mismo edita, The Decadent Reader , Nueva York: Zone
Books, 1998 y que presenta una nutrida selección de textos representativos del decadentismo
francés acompañados por estudios de especial istas reconocidos como Charles Bernheimer,
Emily Apter y Jennifer Birkett entre otros.
64
La observación resulta muy interesante porque muestra, en realidad,
el doble el contacto del decadentismo finisecular con sus antecedentes más
próximos y, en principio, incompatibl es. Por un lado, le debe mucho a los
proyectos de traslación literaria del positivismo en tanto que les
proporcionan gran parte de su materi al artístico: es precisamente, la
voluntad de establecer el control so bre el ser humano a través de una
normativa –desarrollada a través de la ciencia y las para-ciencias humanas-
lo que otorga una categoría delimitada y a decir verdad, protagónica, a lo
anormal y lo desviado. Por otra parte, la oposición a esa mirada normativa y
su consideración de ésta como una amenaz a para el arte se suma a la cadena
de avisos que hemos visto en los textos de signo claramente esteticista. 66
Pero las relaciones del decadent ismo con el régimen visual del
positivismo son mucho más complejas. Como he advertido, las mismas
doctrinas positivistas acogen e n s u s e n o e l g e r m e n d e s u d e s l e g i t i m a c i ó n : n o
se trata de que las investigaciones posi tivistas establezcan una categoría –la
anormalidad- hasta entonces no arti culada y que el decadentismo las
contemple desde otra perspectiva qu e ponga de relieve su carácter
subversivo; ocurre, más bien, que las pr opias investigaciones alcanzan, las
más veces, una posición de mal disimula da escopofilia (interés, utilizando las
palabras de Huysmans) respecto a su propio objeto de observación y
experimentación.
El caso más emblemático es el de J.M.Charcot, quién, como jefe
médico de la Salpêtrière centró su aten ción en los estudios sobre la histeria,
que se vieron plasmados en lo s tres volúmenes de la obra Leçons sur les
maladies du systéme nerveux faites a la Salpêtrière (1872-1877). Tales
estudios no fueron aislados, sino que de ben evaluarse junto a los de Pierre
Janet y posteriormente, junto a los de Sigmund Freud (quién, como he
señalado, asistió a las lecciones de Char cot) La particularidad de los estudios
charcotianos radicaba, más que en el método científico que guiaba sus
66 La diferencia entre esteticismo y decadentismo es, como casi todo lo que concierne
al fin de siècle, tenue y evanescente. De hecho, P. Jullian, en su temprano libro Dreamers of
Decadence , Londres: Pall Mall, 1971, apuesta más qu e por una diferencia efectiva por un
cambio de matiz relacionado con los ámbitos nacionales, así, el esteticismo es un fenómeno
eminentemente inglés y el decadentismo, francés.
65
experimentaciones, en el despliegue teat ral y en el abuso de la visualidad que
utilizaba en sus demostraciones. Las demostraciones en el aula estaban
rodeadas de una espectacularidad que derivaba directamente de someter a
las histéricas a la mirada de los asistentes, como se observa en el lienzo Un
Leçon Clinique a la Salpêtrière , de André Brouillet. De hecho, el lienzo es una
prueba inequívoca del grado de estetiza ción de la enfermedad que alcanzaron
las experimentaciones charcotianas y de la tenue frontera que separaba la
observación “objetiva” de la enfermedad de la fascinación decadente por ella;
observación/fascinación que se proyecta ban, no casualmente, sobre cuerpos
femeninos a los que, si bien la mirada normativa de la ciencia quería
taxonomizar, se resistían peligrosam ente a ser reducidos a mera fórmula. 67
Como señala Hustvedt, el frenesí po sitivista para aislar, identificar y
clasificar, chocó con una enfermedad, la histeria, que frustró cualquier
intento de esas prácticas. Los insi stentes estudios de Charcot y de la
psiquiatría finisecular “They were only themselves, baffling, alarming, but
revelatory of nothing” (Hustvedt 1998 : 500) La formación de Charcot como
neurólogo no garantizó ninguna ortodo xia científica a sus observaciones;
muy al contrario –y como señala Hustve dt- su lenguaje para describir la
histeria pronto cruzó hacia el territori o de lo religioso y lo sobrenatural.
Como señalaba Huysmans, cuando el ma terialismo hace estragos, surge la
magia. Y el caso de Charcot es, probab lemente, la prueba más clara de la
saturación de la ciencia y del conocimiento positivista y su precipitación hacia
otro tipo de discurso que asumía los límites del propio conocimiento y, sobre
todo, del conocimiento del sujeto.
67 La importancia del género y la complicidad con los discursos de dominación
masculina en toda la experimentación chracotiana son evidentes y así han sido estudiados; es
especialmente esclarecedor el artículo de Hu stvedt “Science Fictions: The Future Eves of
Villiers de l’Isle-Adam and Jean-Martin Charcot” (Hustvedt 1998: pp.498-518), que, a partir
de la comparación entre los discursos de Charcot y la obra La Eva futura de Villiers de l’Isle
Adam, muestra la perversa tendencia de crear mujeres imposibles, ajustadas a los deseos
masculinos. La cuestión, que atañe a la representa ción (y por ende, creación) del género en el
fin de siglo es bastante más compleja y entr aré en ella más adelante, pero me parece
oportuno recordarlo aquí y recordar que las técnicas utilizadas por Charcot no sólo se
sirvieron de lo visual como forma de presentación de las mujeres, sino también de lo
puramente gráfico, pues como Hustvedt re cuerda, Charcot utilizó también técnicas
dermatográficas cuyas implicaciones simbólicas –la mujer como papel en blanco sobre el que
inscribir el significado- son tan evidente s que, por el momento, no merecen mayor
comentario.
66
Charcot fue, probablemente, el caso más espectacular de saturación
del paradigma científico positivista y su ideal de orden y claridad, pero no fue
el único. El fin de siglo francés vi vió un auténtico florecimiento de los
estudios psiquiátricos y psicológicos que, de forma menos espectacular que
Charcot, llegaron al mismo vacío epistemológico. Un ejemplo muy
esclarecedor lo constituye, a mi juicio, el de Théodule Ribot, fundador de la
Revue philosphique (1876) y primer ocupante de la cátedra de psicología
experimental y comparada de la So rbona (1888). Sus obras más conocidas –
Les maladies de la memoire (1881), Les maladies de la volonté (1883) y Les
maladies de la personalité (1884)- ya dan cuenta del afán de disección
psíquica que alienta su obra. Ahora bien, las obras de Ribot, pese a
desarrollarse sobre un esquema positivista, que privilegia la taxonomía y que
dispone todos los fenómenos patológicos en un esquema lógico, ofrece
afirmaciones tan contundentes como:
Sobre esta base física del or ganismo reposa, según nuestra
tesis, lo que se llama unidad del yo, es decir, esa solidaridad que
enlaza los estados de conciencia. La unidad del yo es la de un
complejo y sólo por una ilusión se le concede la unidad ideal y
ficticia del punto matemático (Ribot, 1912: 141-142)
La cita está extraída de su estudio sobre las enfermedades de la
personalidad, una obra que aborda la multiplicidad del yo (doble
personalidad, enajenación, et c) en términos patológicos. 68 Sin embargo, la
clasificación de ese tipo de transtorno s topa de frente con afirmaciones como
la citada; no es, sin embargo, un caso aislado: toda la obra está cruzada por
un discurso bastante evidente que insist e en la evanescencia de la mayor, a
saber, que la normalidad –entendida como unidad del yo- es poco menos que
una ilusión. 69 Así, por ejemplo, ya en la introducción señala que el concepto
68 Cito de la temprana traducción al castellano: Ribot, T., [1885] Las enfermedades
de la personalidad , Madrid: Daniel Jorro, 1912.
69 Aunque he evitado entrar en el análisis de textos filosóficos del período, no puedo
dejar de situar junto a estas observaciones, la siguiente afirmación de Nietzsche: “Quizás no
sea necesaria la suposición de un sujeto: quizá sea lícito admitir una pluralidad de sujetos,
cuyo juego y cuya lucha sean la base de nuestra ideación (...) mi hipótesis: el sujeto como
pluralidad”(Nietzsche, F. La voluntad de poderío , Madrid: EDAF, 1980; p.281). Creo que la
coincidencia es muy significativa y, que, en conjunto, La voluntad de poder , se suma
6
7
de yo “uno, simple e idéntico” que supone la psicología no es más que una
“falsa claridad y una apariencia de soluci ón” (Ribot 1912: 1-2). El resultado no
tiene desperdicio, puesto que enfrenta conceptos propios de la visibilidad con
la noción de verdad en una amalgama francamente subversiva: la verdad
sobre la que se basa la psicología no es más que una ilusión de la mirada. A
estas alturas, obvia cualquier comentario; no es extraño, entonces, que la
obra concluya asegurando:
La unidad del yo, en sentid o psicológico, es, pues, la
cohesión durante un tiempo dado, de cierto número de estados de
conciencia claros, acompañados de otros menos claros, y de una
multitud de estados fisiológicos que, sin ir acompañados de
conciencia, como sus compañeros, obran tanto como ellos y más
que ellos. (Ribot 1912: 173)
Me atrevería a decir, que la con clusión es, en definitiva, una
constatación de la oscuridad del sujeto ; una constatación de que la claridad
con la que el estudio científico pretende iluminar la personalidad no alcanza a
traspasar su opacidad, que se revela como una fuerza tanto o más poderosa
que la parte transparente.
Esta constatación flota a lo largo y a lo ancho de toda la obra de Ribot;
su estudio sobre las enfermedades de la voluntad sigue los mismos
parámetros. 70 En medio de una cuadrícula que organiza las enfermedades de
la voluntad por falta de impulso (a bulia, indecisión, suspensión), por
ausencia de voluntad (epilepsia, hister ia), etc, aparecen afirmaciones tan
contundentes como:
En suma, lo que es sorprendente es que la voluntad, la
actividad de orden complejo y superior pueda llegar a ser
dominadora
(...)
[la voluntad] no reina por derecho de naturaleza, sino que
es siempre inestable, pronta a descomponerse y, en suma, un
accidente feliz (Ribot 1922: 93-94)
decididamente a lo que Ribot y otros textos de la época apuntan: que el sujeto no es más que
una ficción.
70 Cito de la traducción castellana: Ribot, T. , [1883] Las enfermedades de la
voluntad , Madrid: Daniel Jorro, 1922.
68
La duplicidad del discurso ribotiano es cristalina, puesto que, si por un
lado reconoce que la voluntad es “un accidente feliz”, por el otro, la
justificación del milagro apela al crecimiento de la masa cerebral en el
h om br e ci v i l i z ad o y al in f l ujo de la civilización y lo s hábitos: un razonamiento
típicamente positivista, que mezcla la explicación fisiológica y la sociológica.
La fragilidad de la normalidad psicológica que apuntan los textos de
Ribot tiene su traslación al plano psico-se x u al e n l a s o b ra s d e A l f r e d B i n et . S i
desde el campo de la psicología los trabajos de Binet han trascendido por su
contribución al estudio y medición de la inteligencia, desde los estudios
literarios y culturales interesa, sobre to do, por su definición y descripción del
fenómeno del fetichismo con su obra Le fetichisme dans l’amour (1887). 71
C o m o e n l a s o b r a s d e R i b o t , e l a f á n d e taxonomía reluce en todo el texto, que
dispone la anormalidad fetichista en un orden racional; pero también como
Ribot, el texto es menos ta xativo de lo esperable a la hora de fijar los límites
de esa anormalidad y arranca asegurando que, si bien las actitudes fetichistas
son anomalías psicológicas “tales hech os existen en germen en la vida
normal” (Binet 1904: 3). La idea es recurrente en toda la obra y fluye desde
las primeras páginas, reaparece en el curso de la obra – “Volvamos ahora al
fetichismo, que no es sino la exagerac ión del gusto normal” (Binet 1904: 25)-
y cierra la obra como conclusión: “Si el fetichismo existe en el amor normal,
¿en qué momento podemos considerarle como enfermedad amorosa? (...) La
línea divisoria es muy difícil de señalar”(Binet 1904: 65-66)
Las obras de Ribot y Binet ejemplifican perfectamente otra faceta de la
crisis escópica de finales de siglo: sus estudios constituyen descripciones
detalladas de constructos que no so n más consistentes que las ilusiones
ópticas; analizan, clasifican, y ordenan, pero esa taxonomía no aclara aquello
que presuponen desde el prólogo, de ahí que las conclusiones confirmen la
dificultad de señalar la frontera entre lo normal/anormal. La paradoja es que
operan con solidez sobre una categoría –lo anormal- que se revela
inconsistente pero que el propio discurso contribuye a formar.
71 Todas las citas de esta obra están extraídas de Binet, A. [1887] El fetichismo en el
amor , Madrid: Daniel Jorro, 1904.
75
La escueta genealogía de las estéti cas finiseculares europeas que he
desarrollado en el capítulo anterior de bería haber mostrado la formación de
un discurso que considero como a uténtica columna vertebral de las
manifestaciones artísticas que se sucede n entre el último cuarto del siglo XIX
y las primeras décadas del XX. Sin emba rgo, en todo texto se esconde mucho
más de lo que se dice y el capítulo precedente está construido mediante
elipsis, elusiones y, cómo no, de ilusio nes y artificios que deben revelarse.
La ilusión de fluida coherencia que he intentado crear entre los textos
evocados responde, en primer lugar, a la voluntad de reevaluar el fin de siglo
desde una perspectiva global, que supe re las infinitas taxonomías que,
normalmente, lo han cruzado. La cent ralidad de la mirada en el ámbito
cognoscitivo y su independencia de las n ociones de verdad y objetividad, por
una parte, y la concepción del sujeto como una entidad compleja, llena de
pliegues, que atesora distintos extremos y cuya identidad no es estable, por
otra, son, a mi juicio, los dos grandes lugares comunes que permiten releer de
manera unitaria el torrente de discurso s culturales del fin de siglo. En ese
sentido, en el capítulo anterior, he inte ntado mostrar la persistencia de esas
ideas en ámbitos como el esteticismo, el naturalismo, el decadentismo.... que
en muchas ocasiones se han contemp lado como compartimentos aislados e
incluso opuestos.
76
En segundo lugar, la elección de ca da uno de los textos evocados en las
páginas anteriores se debe a la voluntad de trazar un panorama,
razonablemente completo, de lo s que considero los intertextos
fundamentales de la estética mironi ana. Como intentaré mostrar en las
páginas siguientes, entiendo que el pr oyecto estético mironiano entabla una
relación directa y fructífera con la esté tica vitalista de la mirada –que asoma
claramente en las obras de Ruskin y Pa ter- y con la concepción fragmentaria
del sujeto –que emerge desde los estudios psicológicos y que se filtra y florece
en ámbitos literarios como el naturalismo y el decadentismo.
Salvo contadas excepciones, los autores evocados se encuentran
representados en la biblioteca personal de Gabriel Miró; en ella se cuentan
Las piedras de Venecia , de John Ruskin (traducción de Carmen de Burgos y
extenso prólogo de Ramón Gómez de la Serna) ; Platon et le platonisme y La
Renaissance , de Walter Pater, en traducción francesa; una extensa selección
de las obras de Wilde –hasta diez volú menes- que incluyen teatro, narrativa y
crítica; Germinal , de Zola; Au va l’eau , de Huysmans; La logique des
sentiments , Les maladies de la personnalité y Les maladies de la volonté , de
Théodule Ribot y Le fetichisme dans l’amour de Alfred Binet, entre otros
estudios psicológicos de la época (Mantegazza, Payot, etc). 76
Ciertamente, la selección que he lle vado a cabo es tan significativa
como el conjunto de omisiones y la apel ación a la biblioteca personal del
autor en tanto que justificación última de mi dibujo de los intertextos
mironianos no excusaría ninguna de las ausencias. No obstante, la biblioteca
personal de Gabriel Miró debe toma rse como una referencia y no como una
76 Además de los numerosos volúmenes sobre psicología, me parece oportuno señalar
el controvertido caso de la posesión de las obras de Freud; si bien en el catálogo editado por
la Biblioteca Gabriel Miró no aparece, Ian Mc Donald incluye los doce volúmenes de las obras
completas como libros registrados por Clemencia Miró pero que no han aparecido.
Igualmente, en el catálogo actual no aparece referencia alguna a Maupassant pero McDonald
sí incluye la novela La mancebía en el su lista realizada durante los años sesenta. La
catalogación de la biblioteca personal de Gabriel Miró puede hallarse en Catálogo de los
fondos de la biblioteca personal de Gabriel Miró , Alicante: Caja de Ahorros del
Mediterráneo, 1992 y McDonald, I. Gabriel Miró: His Private Library , Londres: Tamesis,
1975. Hecha esta precisión, cabe aclarar que los únicos autores que he mencionado cuyas
obras no constan en ninguna catalogación son Baudelaire y Charcot, a los que considero, en
cualquier caso, ineludibles por ser figura fund acional del discurso estético moderno, el
primero y por ser figura central del discurso psicológico normativo del fin de siglo, el
segundo.
7
7
fuente de verdad que demuestre infl uencias o contactos positivamente
comprobados. Como ha señalado repe tidamente McDonald, la biblioteca
mironiana está cruzada por ausencias sumamente significativas, sobre todo,
por la ausencia de textos literarios castellanos contemporáneos; salvo Azorín,
que se encuentra bien representado, la presencia de autores contemporáneos
es diversa y extrañamente escasa. 77 La biblioteca personal, pues, más que
determinar, sugiere y su heterogeneidad , que la hace resistente a cualquier
clasificación taxativa e irrevocable, evoca perfectamente el propio carácter de
la obra mironiana.
Y al hablar del carácter de la ob ra mironiana, de su resistencia a
encajar en una taxonomía y a conectarse con una única línea de pensamiento,
lo hago desde la convicción de que esa característica constituye un auténtico
privilegio, tanto para los investigadores de la producción de Gabriel Miró
como para los investigadores del perí odo finisecular. Márquez Villanueva,
uno de los mironianos que mejor ha entendido hasta qué punto el estudio
intertextual, por encima de marcas, gene raciones y nacionalidades, es una vía
fundamental para el estudio de Miró , expone claramente los términos
elementales de ese punto de vista: 78
A pesar de sus obvias e in evitables concomitancias con
Modernismo y Noventa y Ocho, qu e tenía tan cerca, hemos de
resignarnos a considerar a Miró como un individualista integral,
que no quiso tener “ismo” ni “g eneración”. Frente al Noventa y
Ocho, no quiso saber nada de rege neracionismo, ni hizo exhibición
de un dolor de España causad o en él por razones mucho más
77 P a r a h a c e r s e u n a i d e a , e n l a b i b l i o t e c a p e r s o n a l d e M i r ó n o c o n s t a n i u n s o l o l i b r o
de Baroja o de los Machado; sí existe una obra de Unamuno, en traducción italiana y con una
sospechosa dedicatoria autógrafa del traductor; también aparecen dedicatorias autógrafas
del autor en los dos volúmenes de Valle Inclán que se guardan en la biblioteca... y, en fin,
podría alargarse la nómina de ausencias contemporáneas empezando por Rubén Darío y
acabando con Felipe Trigo, pasando por Marquina , Martínez Sierra, etc . Algo similar ocurre
con la generación anterior: la abundante pr esencia de las obras de Valera y la nada
despreciable cantidad de volúmenes de Clarín co ntrastan con las solitarias obras de Alarcón,
Pereda y Galdós y con la absoluta ausencia de Pardo Bazán.Respecto a autores posterriores,
casi todos los ejemplares incluyen dedicatoria, lo que hace pensar más en el obsequio que en
la elección personal, que como se ve, parece orientada hacia otro tiempo y/u otros lugares.
Esta peculiar presencia de la literatura española co nt em po r án ea en la bi bl io te ca d e M ir ó e s tá
también reseñada por E.L.King en su artículo “Gabriel Miró y el mundo según es”, Papeles de
Son Armadans , LXII (1961), p. 129.
78 Márquez Villanueva, F. La esfinge mironiana y otros estudios sobre Gabriel Miró ,
Alicante: Instituto de Cultur a "Juan Gil-Albert", 1990.
78
hondas que el desastre colonial. Contra el Modernismo, no creyó
en la “estética” de la moralidad decadentista y (aunque al principio
jugara con ella) no hay Bradomines en su obra. (...) El estudio de la
vena naturalista muestra, a su ve z, una superación sistemática del
modelo ultrapirenaico, siempre a la busca de alcances más
complejos y deteniéndose sólo a las puertas de las innovaciones
expresivas, que hoy consideramos características de los años
veinte. (Márquez Villanueva 1990: 21)
No es de extrañar, entonces, que Márquez Villanueva, denuncie con
energía en el mismo artículo citado cóm o la creación de esa figura autorial
m a r c a d a p o r l a b e a t i t u d y e l m i s t i c i s m o – a l a q u e m e h e r e f e r i d o a l p r i n c i p i o
de este trabajo- ha impedido emprender el estudio intertextual de la obra
mironiana. El profesor Márquez encabe za así la nómina de estudiosos que
han obviado con mayor empeño la figu ra aislada de Miró y han intentado
vincular su obra a los discursos históri cos, literarios, etc de su época. En las
propias palabras de Márquez: “...a pe sar y por encima de las lagunas es
posible contemplar hoy el arranque de la obra mironiana bajo una típica
constelación finisecular” (Márquez Villanueva 1990: 19)
Esa peculiar relación con los discur sos finiseculares ha sido apuntada
con fuerza en la tesis doctoral de K. Larsen, Gabriel Miró and Literary
Naturalism , que dedica un capítulo -con el significativo título de “Other
styles and Naturalism, other styles of Naturalism”- a analizar la participación
de la obra mironiana en corrientes fi niseculares como el impresionismo, el
modernismo, simbolismo y decadentismo, para insistir en que la estrecha
línea que separa todos esos esos "-ismos” es tan sólida o difusa como la crítica
quiera: “... there are no schools, only artists (and scholars who want to
organize them into schools)” (Larsen 19 83: 400) y que la posición de Miró
respecto a estos depende de la actitud del lector o lectora que se enfrente a
ello.
Como lector, Larsen se muestra ex tremadamente agudo e insiste en
que no se puede mantener la idea de un Miró impermeable a cualquier
tendencia, pero que tampoco cabe adscribirlo sin contemplaciones a
cualquiera de ellas. Larsen usa el con cepto de “oportunismo” como solución a
esa incómoda posición que Miró ocupa respecto a ellas; oportunismo como
capacidad de utilizar, alterar y tr ansformar materiales que reconocemos
79
como característicos de determinadas co rrientes, sin que ello implique la
participación en ellas. Robándole las palabras a Derrida, una participación
sin pertenencia. 79 Desde esta perspectiva, la ob ra mironiana emerge a la luz
como una original reelaboración de la s doctrinas finiseculares, como un
enorme texto atravesado por elementos de la más variada procedencia. 80
Ahora bien, la consideración de Miró bajo la constelación finisecular es
un juicio que no atañe sólo a la obra mironiana sino que concierne a toda la
visión del período. La insistencia en considerar el período vital de Miró
(1879-1930) como una época en la qu e se suceden distintas corrientes
artísticas perfectamente caracterizadas ha llevado a considerar a Miró como
un autor inclasificable. 81 Por ello es necesario, antes de emprender el estudio
detallado de su estética, redefinir el período finisecular en el ámbito
hispánico y establecer la pertinencia de la cartografía de la mirada que he
esbozado en los capítulos precedentes.
Tal y como he intentado mostrar en los capítulos precedentes, la
revisión del período que me ocupa y de los discursos que lo caracterizan no
79 T o m o l a i d e a d e D e r r i d a , J . “ T h e L a w o f G e n r e ” e n Critical Inquiry , 7 (1980). El
autor la utiliza aplicada a la noción de género literario pero creo que su discurso es
perfectamente aplicable al caso de los movimientos literarios, que, como los géneros son
construcciones abstractas que en el plano teór ico presuponen un estereotipo imposible y que
en el plano práctico están cruzados por fisuras y excepciones.
80 Cabe señalar que la conexión de la obra mironiana con los discursos finiseculares
no es señalada exclusivamente por los autores mencionados. Otros estudios han detectado
elementos similares que, no obstante, no han sabido o no han querido calificar como
expresiones del fin-de-siécle . Así, Eugenio de Nora, por ejemplo, habla de “novela sensual” e
indica (sin darse cuenta) algunos momentos en los que el rastro del fin de siglo es
especialmente relevante, como el “nietzschi anismo erótico” de Luis, protagonista de Dentro
del cercado o la capacidad para transformar lo repulsivo en materia estética (Nora,E. De, “La
novela sensual de Miró” en La novela española contemporánea , (tomo I) Madrid: Gredos
1961). Esas observaciones no están muy lejos de las de Rodríguez Puértolas, que habla de
“sensualidad enfermiza” para designar la nota p r e d o m i n a n t e d e l a n a r r a t i v a d e l a u t o r , e n u n
artículo que apuesta decididamente por la búsque da de la conexión con los cánones estéticos
de la época (Rodríguez Puértolas,J.L. "Decadentismo, pesimismo, modernismo: los cuentos
de Gabriel Miró” en Román del Cerro, J.L Homenaje a Gabriel Miró. Estudios de crítica
literaria , Alicante: Publicaciones de la caja de Ahorros Provincial de Alicante 1979).
81 La cantidad de marbetes que suceden vertiginosamente en poco más de treinta
años es escandalosa: generación del 98, modernismo, generación del 14 o novecentismo,
generación del 27. Casi resulta imposible que exis ta algún autor que no encaje en tal variedad
de casillas, pero en el caso de Miró es así y a falta de soluciones mejores (reevaluar la validez
de esos marbetes, aclarar los intertextos con los qu e la obra mironiana se relaciona...) se le ha
tildado de escritor aislado, raro e inclasificab le. Evidentemente, el problema compete, como
decía, tanto a los investigadores mironianos como a los historiógrafos de la literatura
hispánica.
80
puede ejecutarse razonablemente mediante el uso exclusivo de la cronología y
los esquemas taxonómicos que forman el esqueleto de la historiografía
literaria tradicional. Ya advertía Edmund Wilson que estudiar las
manifestaciones estéticas de un perí odo en una sucesión lineal que las
relaciona por oposición es un ejercicio de safortunado y que, en el caso de la
modernidad y el fin de siglo, no sólo es poco acertado sino que falsifica su
propio carácter, proteico y multiforme. 82
Del mismo modo, entiendo que el estudio historiográfico que sólo
contempla un ámbito sin explorar la s relaciones con otras disciplinas y
discursos sólo puede dar una visión in completa que dificulta la comprensión
y evaluación de los fenómenos que es tá explorando. Esa convicción general
reaparece dramáticamente en el pe ríodo que me ocupa, puesto que la
contigüidad entre distintos discur sos y sus núcleos ideológicos es
absolutamente frecuente y obliga, en ci erto modo, a establecer una narrativa
que pierde características historiográf icas y adquiere rasgos genealógicos.
Como explica muy claramente Noël Valis al hablar de su visión del fin de
siglo: 83
...me es imposible tratar el fin de siglo como si fuera
simplemente un fenómeno esté tico. Tampoco encuentro ya la
nomenclatura de manuales literari os especialmente útil aquí. El
adorno femenino, la autoconciencia, la interioridad, la
fragmentación, lo transitorio, lo er ótico, el voyeurismo y la crisis
de identidad forman un conjunto de significancia cultural que
llamanos el fin de siglo. (Valis 1993: 105)
La observación de Valis me interesa no sólo por la honestidad con la
que evalua el propio acto de reconst r u i r e l f i n d e s i g l o , s i n o p o r e s a
concepción abierta, que rechaza el es tudio meramente estético y el uso de
nomenclaturas como medio de construir el discurso del pasado y apuesta por
los constructos culturales - cultural clusters - como punto de partida para el
estudio y el análisis.
82 Wilson, E., El castillo de Axel: estudios sobre la literatura imaginativa (1870-
1930) , Barcelona: Versal, 1989
83 Valis, N. “Figura femenina y escr itura en la España finisecular” en Cardwell, R.A. &
McGuirk, B. (eds.) ¿Qué es el modernismo? Nueva encuesta, nuevas lecturas , Boulder,
Colorado: Society of Spanish-American Studies, 1993; pp.103-123
81
En realidad, Valis constata lo más di fícil: lo evidente; y es que los
estudios especializados sobre este perí odo -cuyos límites, naturalmente, se
difuminan mucho antes y mucho después del fin de siglo- juegan con varios
nombres que encierran los mismos refe rentes o conjuntos culturales: el
simbolismo del que habla Balakian no di fiere en exceso del decadentismo que
intenta definir Binni; el post-romanti cismo de Praz se asemeja mucho al
sueño de decadencia que propone Jullian y podría seguirse con una larga lista
de bibliografía especializada que sin embargo, es incapaz de proponer una
definición exacta del fin de siècle . 84 Seguramente, tampoco hace falta.
Jullian, en su magnífico ensayo sobre al arte y la estética finisecular
utiliza la persecución de la quimer a como imagen de ese período, algo
bastante más eficaz que una aséptica de finición. Sus “dreamers of decadence”
(Jullian 1971) se presentan como pers eguidores incansables de quimeras
(legendarias, místicas, macabras o er óticas), y esos cuatro animales
mitológicos encierran con mayor fortuna que cualquier clasificación de
tendencias y corrientes los innumerables caminos que cruzan el fin de siglo:
desde los prerrafaelitas a los rosa cruces, desde los nazarenos a los
simbolistas, desde los estetas a los decadentes... caminos que se pueden
recorrer en todas las direcciones imaginables.
Frente a la falta de definición que padece el fin de siècle entre la crítica
especializada, la recurrencia de moti vos y actitudes lo redibujan como un
momento perfectamente reconocible. La tópica remite a ideas como la
84 Para la definición, descripción y análisis del período y sus corrientes en el ámbito
europeo, véanse, entre otros: Balakian, A. The Symbolist Movement. A Critical Appraisal ,
Nueva York: New York University Press, 1987; Binni, W. La poetica del decadentismo ,
Florencia: Sansoni Editore,1988; Birkett, J. The Sins of the Fathers. Decadence in France
1870-1914 , Londres: Quarter Books, 1986; Chai, L., Aestheticism. The Religion of Art in Post-
Romantic Literature , New York: Columbia University Press, 1990; Chefdor, Quiñonez &
Wachtel (eds.) Modernism: Challenges and Perspectives , Urbana: University of Illinois
Press, 1986; Fletcher, I. (ed.) Decadence and the 1890s , Londres: Edward Arnold, 1979;
Hinterhäuser, H . Fin de siglo. Figuras y mitos , Madrid: Taurus, 1980; Hönnighausen, L.
The Symbolist Tradition in England Li terature. A Study of Fin-de-Siècle , Cambridge:
Cambridge University Press, 1988; Jullian, P. Dreamers of Decadence , Londres: Pall Mall,
1971; Pierrot, J., L’imaginaire décadent , Paris: Presses Universitai res de France, 1977; Praz,
M., La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica , Barcelona: El Acantilado,
1999; Wilson, E., El castillo de Axel: estudios sobre la literatura imaginativa (1870-1930) ,
Barcelona: Versal, 1989. Evidentemente, la bibl iografía sobre el tema es mucho más amplia;
menciono aquí únicamente la que me parece más completa y la que me ha sido más útil a lo
largo de esta investigación.
82
oposición al racionalismo y cientifism o decimonónico, la búsqueda enfermiza
de la belleza, el fracaso de esos ideales estéticos y, en consecuencia, la entrega
a los placeres sensuales y a los horrores, sensuales también. De modo que se
sella una círculo vicioso en el que la ansiada belleza resulta amarga por
escurridiza y que se despliega en un un iverso artístico en el que se cruzan
bellas bestiales y bestias hermosas sobre un exquisito (o deprimente o incluso
delirante) decorado. Obviamente, esta s líneas no son más que una pobre
estilización de lo que fue o podría haber sido el catálogo de motivos
finiseculares; pero tampoco es este el momento de emprender una largo
resumen de estudios críticos cuya ag udeza y buen hacer deben ser conocidos
de primera mano. Valgan estas considera ciones, no obstante, para dar cuenta
de lo escurridizo que resulta el térm ino finisecular y de la complejidad
ideológica que radica en él.
Si bien el imaginario finisecular en los términos en los que lo acabo de
plantear resulta razonablemente limita do, su propia definición y alcance
histórico lo hacen algo menos concret o. Sería razonable pensar en el fin de
siècle como un conjunto de tendencias que aparecen, a nivel internacional, a
finales del XIX y que perviv en en las primeras décadas del XX, caracterizadas
por una notable conciencia formal y esté tica y cuya ideología defiende la
indepedencia de tales conceptos fren te a otros discursos –intelectuales,
sociales, históricos- que intentan interv enir en ellos. La definición sería
intachable si no fuera una glosa de la definición de modernism que Bullock y
Stallybrass establecen en su fundamental obra. 85
Con este pequeño trampantojo pretendo señalar la dificultad, ya no de
ofrecer un término general que agrupe la diversidad de tendencias, escuelas y
talleres que conforman el panorama esté tico del momento, sino de establecer
un acuerdo entorno a ese término general. No hace falta una excesiva
agudeza para observar que la divergencia entre los términos responde a las
tradiciones nacionales: modernism es un término acuñado en la tradición
anglófona y utilizado, especialmente, en ella y fin de siècle remite,
obviamente, a la tradición francesa. Y es , evidentemente, la diferencia entre
85 Bullock, A. y Stallybrass, O. (eds.) Fontana Dictionary of Modern Thought ,
Londres: Fontana, 1977.
83
literaturas nacionales lo que hace difí cil la total correspondencia entre los
términos, puesto que cada uno de ellos se crea en función de unos textos –los
de la literatura nacional en cuestión- qu e revisten un carácter particular en
función de las tradiciones que los preceden.
De nuevo topamos con la fatal confrontación entre una visión de
conjunto, supranacional e interdisciplinar ia y una visión local y fragmentaria.
Tal confrontación es, si cabe, más enca rnizada en el caso de la tradición
hispánica, en la que la reivindicación de una perspectiva global y
comprehensiva es, relativamente reciente. 86 La tradición historiográfica
española parece haberse aliado durant e mucho tiempo con la atomización y
las oposiciones lineales que denunciaba Wilson; me refiero, claro está, a la
división entre modernismo y noventayochismo, a la que se viene a sumar el
marbete de novecentismo (generación de l 14) en un panorama fragmentado y
compartimentado hasta el exceso. 87
No es este el momento de repasar la formación de esa visión histórica,
puesto que me preceden obras que han revisado tal fenómeno con claridad y
agudeza. Remito, simplemente, a Santiá ñez Tió, quién traza el estado de la
cuestión de la historiografía litera ria española concerniente al período y
86 Quizás la fecha clave sea 1987, año en el que la revista Ínsula publica un
monográfico sobre modernismo y fin de siglo, coordinado por Javier Blasco y en el que
participan especialistas como Allegra, Yurkievich, Macklin, Litvak, etc. Blasco, en su artículo
“Modernismo y modernidad” establece las claves para re-emprender el estudio del período:
1) constatación de la inoperancia entre mode rnismo y noventayochismo 2) imposibilidad de
un estudio estrictamente nacional y necesidad de incorporar parámetros generales que den
cuenta de la crisis europea (estética, ideoló gica y social) 3) necesidad de explorar las
manifestaciones de esa crisis en un marco que so brepase lo literario y 4) reivindicación de la
innovación del contenido y los valores ideológico s en el modernismo frente a la tradición que
explora sólo su vertiente formal.
87 Sobre la variedad del tratamiento del fin de siglo en el ámbito hispánico, además
de las obras ya consignadas, véanse, entre otros: Abellán, J.L. et alii, La crisis de fin de siglo:
ideología y literatura , Barcelona: Ariel,1974; Abellán, J.L. E l 9 8 c ie n a ñ o s d e s p u é s , Madrid:
Aldebarán, 2000; Allegra, G. El reino interior , Madrid: Encuentros, 1986; Calvo Carilla, J.L.
La cara oculta del 98. Místicos e intelectuales en la España del fin de siglo (1895-1902) ,
Madrid: Cátedra, 1998; Díaz-Plaja, G., Modernismo frente a Noventa y Ocho , Madrid:
Espasa-Calpe, 1979; Ferreres, R. Los límites del modernismo , Madrid: Taurus, 1964; Grass,
R. & Risley, W. (eds.) Waiting for Pegassus , Macomb, Illinois: Western Illinois University,
1979; Gullón, R., Direcciones del modernismo , Madrid: Alianza Editorial, 1990; Gutiérrez
Girardot, R. Modernismo , Barcelona: Montesinos, 1983; Litvak, L. La crisis de fin de siglo:
Literatura e ideología , Barcelona: Ariel, 1974; Mainer, J.C. La Edad de Plata (1902-1939)
Ensayo de interpretación de un proceso cultural , Madrid: Cátedra, 1981; Mainer, J.C. y
Gracia, J. (eds.), En el 98 (Los nuevos escritores) , Madrid: Visor, 1998; Romero Tobar, L.
(ed.) El camino hacia el 98: los escritores de la Restauración y la crisis del fin de siglo ,
Madrid: Visor, 1998.
84
establece una triple posición: la que considera el modernismo como una
escuela eminentemente poética liderada por Rubén Darío, la que considera el
modernismo como una época convulsa cuya inquietud se vincula a la crisis de
la mentalidad burguesa de finales de l XIX y la que asimila modernismo y
modernism .
No es necesario el conocimiento es pecializado del período para saber
que es la primera posición la que ha dominado durante muchos años, a saber,
la concepción del tránsito entre los siglo XIX y XX como un momento
escindido estéticamente entre la escuel a modernista y la generación del 98,
presentadas como formulaciones antitéticas. La duda razonable sobre la
e x i s t e n c i a d e l a g e n e r a c i ó n d e l 9 8 es, quizás, el lugar por el que este
constructo empieza a ser destruido; desde “la invención del 98” que señalo
Gullón y a la que Butt se refiere, con to tal acierto, como falacia crítica, han
sido constantes las revisiones de es a falsa oposición que, como señala
Blasco 88 , encubre una discriminación axiológica:
D e f i n i d o e l 9 8 p o r s u e s p a ñ o l i s m o, su virilidad, su ética y la
densidad de pensamiento, todo lo que no cabe bajo tal definición
se despacha con una vaga refere ncia a una pura cuestión de
formas, dando por sentado que, fue ra del 98, no es posible una
literatura con proyección de futuro y con una dimensión ideológica
reseñable (Blasco 1993: 61)
Desde esa valoración, que comparto completamente, el resultado es
que la única manifestación literari a de calidad es la adscrita al
noventayochismo, fenómeno que es ex clusivamente español, puesto que
remite a un hecho histórico –la pérdid a de las últimas colonias- que sólo
atañe a la entidad política España. De nuevo aparece la reivindicación de las
características nacionales como fuente de atomización y desacuerdo a la hora
de evaluar el tránsito finisecular.
Por supuesto, Blasco, apuesta por de sestabilizar esa división entre
modernismo y noventayocho constatando que es una división a posteriori ,
88 Las referencias a esos textos son: Gullón, R. La invención del 98 y otros ensayos ,
Madrid: Gredos, 1969; Butt, J. “The Generation of 1898: A Critical Phallacy” en Forum for
Modern Language Studies , 16 (1980); pp.136-153 y Blasco, J. “De “oráculos” y de
“cenicientas”: la crítica ante el fin de sigl o español” en Cardwell & McGuirk (1993); pp. 59-
86.
91
Pitarch señala, y estoy en pleno acue rdo con sus observaciones, que tal
razonamiento roza el esteticismo y, en concreto, la tradición del esteticismo
ruskiniano, lo cual resulta muy sintom ático. Como también lo resulta que,
finalmente, tras afirmar la autonomía de l arte respecto a la ciencia, Pardo
B a z á n n i e g u e l a m a y o r , e s d e c i r , l a ilimitada capacidad de conocimiento y
progreso asociada a la ciencia y afirma: “Si hay una verdad dicha, repetida y
trillada, es que la ciencia no nos saca de dudas respecto a la esencia íntima de
las cosas.” (Pardo Bazán 1973: 1181) La afirmación está cruzada por un sinfín
de aires de familia con te xtos y conceptos revisados anteriormente: el frenesí
de visibilidad propio del positivismo colapsado al acabar observando lo
invisible o lo que es lo mismo, todo aquello que escapa a la lógica y la
subjetividad racional; un fenómeno qu e he descrito asociado a los estudios
psico-fisiológicos de Charcot, Binet y Ribot, quién llega a afirmar, en
profunda sintonía con el enunciado de Doña Emilia:
El hombre siente surgir en él necesidades, deseos,
problemas, a los que la razón pu ra no aporta satisfacción, ni
respuesta, ni remedio; el sentim iento y la imaginación ocupan su
puesto. 99
Me parece muy interesante observar cómo la postura de Emilia Pardo
Bazán respecto a la ciencia se agudiza en el lapso de una década. Ya en La
cuestión palpitante rechazaba la intervención de la ciencia en el arte y sugería
la necesidad de entender la realidad como algo más que lo puramente visible
y tangible. En los 90, con La nueva cuestión palpitante , abunda mucho más
en la argumentación, acercándose a la línea de descrédito de la realidad y
desestabilización del sujeto que emerge desde varios ámbi tos ya señalados;
además, tal argumentación, no lo olvi demos, está vinculada no sólo a la
crítica a Nordau sino a la reivindicaci ón de un hacer literario que Nordau
califica de degenerado y malsano y qu e Doña Emilia revisa con una gran
capacidad crítica. Así, señala:
99 La cita pertenece a la obra de Ribot, La lógica de los sentimientos [1897], Madrid:
Daniel Jorro, s.f. : 231.
92
Pompeyo Gener pone el dedo en la llaga al escribir que para
Nordau es enfermizo cuanto rebasa de las cualidades
estrictamente necesarias a la ex perimentación científica, o a un
raciocinio lógico directo, y que fuera de esta actividad matemática,
no ve sino desorden y destrucción , por no admitir más obras sanas
que las que nacen de la asociac ión de ideas dirigidas por la
voluntad, reduciendo así el arte al papel de producto voluntario,
consciente y fabricado, y encerrando la expresión de las ideas en
contornos geométricos. (Pardo Bazán 1973:1183)
La llamada de atención a los valo res de voluntad, raciocinio y orden
me parece muy importante, puesto que de splaza la cuestión del orden de la
mímesis –donde se ha situado, tradic ionalmente, la discusión sobre las
manifestaciones presuntamente antitéticas del fin de siglo- y la sitúa en su
lugar corrrespondiente, a saber, las im plicaciones de esa mímesis. Ya he
sugerido que la cuestión no es que ha ya una tendencia –realista/naturalista-
que actúe como un espejo y otra te ndencia –simbolista, decadentista,
llámesele como se quiera- que actúe como una lámpara. 100 Se trata de una
cuestión de transparencia, de concebir la realidad que se representa en la
obra de arte como una entidad a la que se puede acceder a través de un cristal
transparente –el de la objetividad y la razón- que desvela todos sus
componentes, o bien, de concebir tal realidad como una entidad a la que se
apega, indefectiblemente, la mirada traslúcida, subjetiva y no siempre
racional del sujeto; una realidad conde nada, por tanto, a ser contemplada y
representada fragmentariamente. Fijándon os en este parámetro, es obvio que
el desencuentro entre autores y tendenci as no radica en algo tan simple como
copiar o no copiar del natural sino en la participación más o menos decidida
en ese corpus ideológico que redefine la realidad y su captación y en la
fijación de esos valores en unas form as literarias más o menos innovadoras.
E l c a s o d e D o ñ a E m i l i a e s u n e j e m p l o impagable para observar los diferentes
grados de implicación en esos valores y de experimentación paralela en el
trabajo literario. 101
100 Evidentemente, la apelación al espejo y la lámpara como metáfora de las teorías
literarias miméticas o anti-miméticas es una referencia encubierta a Abrams, M.H., El espejo
y la lámpara. Teoría romántica y tradición crítica , Barcelona: Seix Barral, 1975.
101 P r e s t o e s p e c i a l a t e n c i ó n a P a r d o B a z á n n o s ó l o p o r q u e s u o b r a c r í t i c a e s u n
documento excepcional para el estudio del período y la multiplicidad de tendencias que
93
Mucho menos gradual y armónica pa rece esa formulación de valores
en otros autores. Un caso muy significativo es el de Jose María Llanas
Aguilaniedo, cuya obra más pintoresca es la que escribe conjuntamente con
Bernaldo de Quirós, La mala vida en Madrid y que constituye una curiosa
traslación hispánica de los estudios criminalistas de Lombroso. Menciono tal
dato para constatar la clara filiación de Llanas con las doctrinas positivistas y
sus formulaciones en el ámbito psi co-fisiológico y la lanzo a modo de
advertencia, puesto que las afirmaci o n e s d e L l a n a s e n l a s u o b r a Alma
contemporánea (1899) un tratado propiament e de éstetica, revelan otros
valores ya conocidos. 102
Si bien el título mismo de la obra r e v e l a u n a f á n d e d i s e c c i ó n m u y
propio de las disciplinas de la ment e de finales del XIX, y parte de la
argumentación rechaza los “desvíos” mo dernistas, la postura de Llanas
respecto al panorama estético del mo mento es mucho más compleja. Para
empezar, Llanas recupera el famoso va lor de la degeneración y, en cierta
manera, confirma su existencia; ahor a bien, frente a la cruzada de
purificación que propone la crítica más recalcitrante, encabezada por Nordau,
Llanas adopta una postura de aceptación sosegada:
Será degeneración, demérito de la raza, o lo que se quiera,
pero es lo cierto que ese refinamien to de la sensibilidad tan fácil de
resolverse en sensiblería, es un a de las características de los
hombres de la época. Falta sabe r si eso es una contingencia
lastimosa o un progreso, en unos tiempos en que se ha demostrado
bien claro, y para nosotros triste mente, que el valor personal no
vale nada frente a los adelantos de la balística (...) pero de todos
modos, resulta prácticamente demo strable, sin dar lugar a duda,
que la humanidad va perdiendo en aquilibrio fisiológico y en
virilidad y energía de carácter, todo lo que en el orden moral gana
como progreso efectivo (Llanas 1991:150)
Resulta curioso comprobar cómo en el fragmento, Llanas parece poner
en duda la tan recurrente idea de que el progreso es una fuente inagotable de
conviven en él, sino también por su hacer literario, que, a mi juicio, es el que mejor
ejemplifica el paso de unas prácticas claramente realistas –con claros toques naturalistas- a
otras prácticas literarias en los que el psicologismo, el espiritualismo y los tópicos
decadentistas son la nota predominante
102 Llanas Aguilaniedo, J.M., Alma contemporánea. Estudio de Estética [1899] (J.
Broto Salanova, ed.) Huesca: Instituto de Estudios Altoaragoneses, 1991.
94
felicidad y bienestar. Ese tono desenc antado aparece también a la hora de
hablar de la ciencia, y en concreto de la relación entre ésta y el arte:
la plétora de ciencia ha hecho que una gran parte de ésta se
entrara por las puertas del Arte adelante. Pero comenzamos ya a
cansarnos de ella; nos hastía tanto análisis, tanto detalle
psicológico, tanto juego de fact ores técnicos (...) y volvemos
inconscientemente la vista hacia el Arte puro, el Arte natural, el de
siempre, el que poco o nada tiene que ver con la ciencia, el que
sienten ciertos espíritus creado s para comprender en su más
amplia manifestación esa armonía no estudiada, ese quid difícil de
definir que contituye la Belleza (Llanas 1991: 88)
Como ocurría con Doña Emilia, la sepa ración del arte y la ciencia lleva
a un tipo de discurso casi esteticista, que reivindica el arte como realidad
autónoma y que lo libera no sólo de la ciencia sino de la moral: “La moral de
una obra tiene más de subjetiva que de objetiva y casi puede afirmarse no
existe en ésta moralidad ni inmoralidad en tanto el apreciador no pretende
sacar de ella una u otra” (Llanas 1991: 199) El fisiólogo criminalista Llanas
roza –y es decirlo muy suavemente- el esteticismo à la Wilde. 103
Teniendo en cuenta estas afirmaci ones, no es de extrañar que la
propuesta estética de Llanas se sosten ga en la defensa de la emoción como
base del trabajo artístico y defi na la obra literaria modélica
como reflejo del mundo visto a través de la personalidad,
principalmente afectiva, del a utor, presentará fases nuevas,
desconocidas del sentimiento, aspect os bajo los cuales nadie había
considerado aún este fenómeno anímico (Llanas 1991: 127)
De nuevo la parafernalia óptica se po ne al servicio de la subjetividad;
la obra literaria tiene un aspecto miméti co, ciertamente, pues es un reflejo,
pero es un reflejo del propio yo , de ahí que Llanas bautice como emotivismo
su propuesta estética, que reclama un arte “que tradujera exactamente el
estado de alma de los hombres de esta época”(Llanas 1991: 154)
103 La afirmación de Llanas recuerda, cuanto menos, el célebre aforismo de Wilde
sobre la amoralidad del arte incluido en el prefacio de The Picture of Dorian Gray : “There is
no such thing as a moral or an immoral book. Books are well wrtitten, or badly written. That
is all.”
95
La misma idea de sentimiento de época que Llanas reutiliza en su
propuesta estética, reaparece como hilo conductor de la obra de Pompeu
Gener –a quién Pardo Bazán mencionaba en su Nueva cuestión palpitante -,
un autor conocido por su discusión en torno a las ideas de decadencia de
Nordau y cuya obra Literaturas malsanas (1894) se ha querido ver como un
cuasi-plagio de Entartung . Pitarch analiza detallada mente la obra y resitúa
las relaciones Nordau-Gener en términos muy esclarecedores que son muy
útiles para reseguir la presencia de lo s nuevos valores escópicos pese a la
participación en la ideología positivista de la que hace gala Gener.
La piedra angular de tal asunto es la redefinición del naturalismo –del
que se declara partidario y partícipe- a partir de las noción capital de
observación, que, como era previsible, se disocia de los valo res de objetividad
y se vuelve reflexiva, es decir, se concibe como una actividad desarrollada
desde y en el propio sujeto, tal y como Gener lo plantea en su obra Amigos y
maestros : 104
Partiendo de que todo lo qu e sabemos o sentimos, de que
toda fenomenalidad, o sea el Cosmos en general, sólo lo
conocemos como representación, es de c i r , e n v i r t u d d e l a i m a g e n
que de ello nos formamos y de los efectos que ésta nos causa, y por
tanto, que es elemento de suma importancia, y tal vez el primero
de lo que podríamos llamar nuestr o yo, nuestra unidad psíquica, o
sea la suma de fenómenos que constituye el estado general de
ánimo en el individuo (Gener 1915: 32)
El párrafo es casi un despliegue modélico de las palabras claves del
nuevo régimen escópico moderno: repr esentación, imagen y sujeto. Y el
despliegue continúa a lo largo de toda la obra; la verdad deja de ser absoluta y
externa y se convierte en “una pura rela ción entre nosotros y lo existente”
(Gener 1915: 153) y en “un mero fenó meno de la conciencia” (Gener 1915:
154). La realidad también se relativiza y se define como “idea que se tiene de
una impresión o de una suma de impresio nes”, de suerte que no es viable una
separación entre el mundo exterior y el interior; ya no existe, siquiera la
104 La referencia completa es la siguiente: Gener, P., Amigos y maestros.
Contribución al estudio del espíritu humano a fines del siglo XIX , Barcelona: Maucci, 1915.
96
pantalla de Zola puesto que “el mund o llevamos dentro. Lo que llamamos tal,
es solo la imagen que cada uno de nosotros tiene de él”. 105
Realmente, a la luz de estas obse rvaciones, resulta poco menos que
sorprendente que Gener reconozca la coi ncidencia de objetivos y métodos de
su trabajo y el de Nordau y que, ad emás, utilice argumentos propios del
positivismo con notable vehemencia. Pita rch explica muy bien el desconcierto
que genera la obra de Gener:
Literaturas malsanas es un texto ecléctico, paradójico,
incluso contradictorio, pero muy típico de un modelo de crítica
finisecular que, partiendo de los ideales empiristas de la ciencia
positiva, conformaban un part icular espiritualismo de la
sensación, enfrentado de manera más o menos explícita con el
didacticismo artístico burgués y el realismo convencional (Pitarch
2003: 76)
Esa fluctuación de los discursos fi niseculares que Pardo Bazán y de
forma extrema Llanas y Gener muestran en sus textos me parecen un ejemplo
claro del movimiento de tales discursos hacia posicion es hegemónicas y
conscientes. El anticientifismo, la reivin dicación de la autonomía del arte, la
subjetividad de la mirada y, en última instancia, la negación de una realidad
monolítica son ejes de discurso qu e emergen y adquieren una posición
central en los tres casos.
Evidentemente, la elección de ésto s no es inocente y responde a mi
interés por mostrar las tenu es y delicadas fronteras que separan las posturas
más antagónicas. Los nuevos valores es cópicos, pese e incluso a causa de su
contacto con formulaciones radicales como el positivismo higienista de
Nordau o el naturalismo de Zola, acaban conformando una amplia superficie
de contacto. Desde esa perspectiva, resulta comprensible que un presunto
plagiario de Nordau y cruzado contr a la degeneración como Gener lance
afirmaciones como la siguiente:
Para nosotros el mundo exterior existe solo en cuanto en
nosotros se realiza por colores y por formas. Por ese mundo
exterior sensible, sabemos lo qu e sabemos y somos lo que somos.
105 C i t o d e G e n e r , P . , Literaturas malsanas. Estudios de patología literaria
contemporánea , Madrid: Fernando Fe, 1894; pp. 111 y 112, respectivamente.
9
7
Los fenómenos todos, morales y materiales, se nos revelan en
último resultado por imágenes, se nsaciones figuradas que al fin y
al cabo se reducen a impresiones. (Gener 1894: 77)
Una afirmación que tiene su eco, en las palabras del que, sin duda,
sería un hipersensible y atormentad o degenerado –siempre según los
parámetros de Nordau-:
No hay más realidad que la imagen ni más vida que la
conciencia. No importa –con tal de que sea intensa- que la
realidad interna no acople con la externa. El error y la verdad son
indiferentes. La imagen lo es todo. 106
No debería ser ninguna sorpresa revelar que la cita pertenece a la
novela La voluntad (1902), texto fetiche del fin de siglo hispánico junto a las
otras tres novelas del mismo año – Amor y pedagogía , de Unamuno; Camino
de perfección , de Baroja y Sonata de otoño , de Valle-Inclán- y tampoco
supone ninguna novedad afirmar que esa fecha adquiere un gran valor
simbólico en tanto que evidencia de la renovación de la producción literaria
hispánica. La coincidencia, pues, entr e la observación de Azorín, miembro
fundamental de la “gente nueva” y Gene r, un crítico de aparente raigambre
decimonónica y conservadora debería se r sospechosa y mostrar que los cortes
y divisiones son, cuanto menos, inexactos.
La reducción de la realidad a imagen radicada en la conciencia es,
como bien saben los lectores de La voluntad , el leit-motiv de la novela y
retoma, desde una perspectiva afirmati va, lo que José Martínez Ruiz se
planteaba en Diario de un enfermo : 107
¿No es lo objetivo una alucin ación de los sentidos? ¿Cómo
certificamos de que el tacto, y el oí do y el gusto y el olfato y los ojos
no nos engañan? ¿Cómo salir, sin de struirla, de esta bárbara cárcel
de la propia subjetividad? (...) Sí; acaso sea la realidad una ilusión,
y nosotros mismos ilusiones que flotan un momento y desaparecen
en la Nada –también quimera. (Martínez Ruiz 2000: 190)
106 E x t r a i g o l a c i t a d e l a e d i c i ó n d e E . I n m a n F o x d e M a r t í n e z R u i z , J . ( 1 9 0 2 ) La
voluntad , Madrid: Castalia, 1989; p.74.
107 Todas las referencias a esta obra preten ecen a la edición de F.J. Martín de
Martínez Ruiz, J. (1901) Diario de un enfermo , Madrid: Bibliot eca Nueva, 2000.
98
Las dos citas son una clara muestr a del nuevo régimen escópico que
engendra las manifestaciones estéti cas finiseculares, como las propias
novelas en las que aparecen, claram ente desvinculadas de cualquier
pretensión de mimetismo objetivo y marc adas, desde su propia firma, por la
inestabilidad del sujeto que se desprende de ésta última referencia: el sujeto
como ilusión y, por tanto, como creaci ón autoconsciente y múltiple, alejada
de la unidad racional y entregada, en pa labras del propio Azorín, a “las orgías
del yo”.
No voy a ahondar en los intertextos filósoficos de Azorín ni en la
descripción profunda de su programa estético, puesto que ya contamos con
trabajos de calidad excepcional que dan cuenta de tales aspectos. Sin
embargo, sí me parece procedente insi stir en la obra de Azorín como un
ejemplo critstalino del impacto de las nuevas doctrinas escópicas sobre el
quehacer literario: el juego del sujeto manifestado en las firmas de los libros
(José Martínez Ruiz/Azorín), la clara con ciencia de la representación y de la
subjetividad que tiñe todo lo visible y la traslación de esos presupuestos a una
nueva forma de escritura en la que los parámetros de la modernidad –
imagen, sujeto y temporalidad- se arti culan de forma innovadora, rechazando
claramente los valores racionales y re ivindicando los valores que escapan a
ese dominio. 108 Un proyecto estético que, en palabras de F.J. Martín, es
consciente de no tener otro material que “la fragmentación del orden del
positivismo” y que es consecuente, en sus procedimientos artísticos, con tal
afirmación.
108 F.J. Martín señala que el nudo gordiano de la “pequeña filosofía” es justamente
ese, la conciencia de que realidad y racionalidad no coinciden y la apelación a la sensibilidad
como medio de conocimiento, sin que eso implique un debilitamiento de la carga metafísica.
Sobre la estética de Azorín, véanse, entre otros Inman Fox, E. “Azorín y la nueva manera de
mirar las cosas” en José Martínez Ruiz (Azorín) , Actes du Ir Colloque International (Pau 25-
26 de abril de 1985) Biarritz: J&D Editions, 1993, pp.299-304; Litvak, L. “ Diario de un
enfermo : la nueva estética de Azorín” en La crisis de fin de siglo: ideología y literatura.
Estudios en memoria de Rafael Pérez de la Dehesa , Barcelona: Ariel 1975; pp.273-282;
Lozano Marco, M.A. “ Algunas consideraciones so bre la estética simbolista en los primeros
libros de Azorín (1905-1912)” en Azorín et la France. Actes du Deuxième Colloque
International (Pau, 23-25 de abril de 1992), Biarritz: J&D Editions, 1995: pp.81-91; Lozano
Marco, M.A., “J. Martínez Ruiz en el 98 y la es tética de Azorín”, en Mainer&Gracia, 1998:pp.
109-137; Lozano Marco, M.A. “Azorín y el fin de siglo (1893-1905)” en Azorín y el fin de
siglo . C a t á l o g o d e l a E x p o s i c i ó n “ A z o r í n y e l f i n d e s i g l o ( 1 8 9 3 - 1 9 0 5 ) , A l i c a n t e : C a j a d e
Ahorros del Mediterráneo, 1998; pp.1-32
99
D e n u e v o , c a b e i n s i s t i r e n l a c l a r a carga ideológica anti-positivista que
alimenta este tipo de proyectos esté ticos. El propio Azorín ofrece una
radiografía exacta de la visión anti-positivista del fin de siglo en La voluntad
al poner en labios de Yuste la sigu iente afirmación: “El positivismo lo
examina también todo, lo tritura todo . Y cansado de tan prolijo examen,
aburrido, hastiado, el positivismo perece también...” (Martínez Ruiz 1989:99)
La descripción es, a mi juicio, muy brilla nte en tanto que refleja claramente el
paso del frenesí de la visibilidad, concr etada en minuciosos exámenes de todo
lo visible, a su colapso traducido, genialmente, como hastío, mostrando la
conexión que he intentado explicar en páginas precedentes, entre los
proyectos positivistas y la atmósfera me lancólica y dubitativa propia de las
estéticas finiseculares. 109
La misma agudeza en la valoración de la ciencia y la racionalidad se
detecta en otros compañeros de “generación”. Unamuno señala: 110
Querer racionalizarlo todo en el arte es excluir de él lo
irracional, factor importantísimo en la vida real. Empleo aquí
irracional en el sentido que esta vo z recibe en matemáticas. [...] No
por cálculo, por intuición se logra fi jarlo, y fijarlo si no científica,
artísticamente por lo menos. El ar te es un saber intuitivo, gráfico
podría decir, que nos presenta real idades que la ciencia, que sólo
opera con cantidades abstractas [...], no consigue determinar.
(Unamuno 1958, IX: 771)
La reflexión se suma a la cadena qu e he intentado trazar en las páginas
precedentes; recordemos la reivindicación de la autonomía del arte frente a la
ciencia que aparecía en Ruskin y que re surgía en las claras afirmaciones de
Doña Emilia, por ejemplo. Unamuno con stata, además, en consonancia con
ésta última, la existencia de ámbitos en los que la ciencia no es operativa y
que no duda en calificar de irracionales. 111 Finalmente, es muy significativo
109 Me permito recordar que Llanas también ap elaba al hastío como consecuencia de
los trabajos positivistas (Llanas 1991: 88) y qu e la formulación más celébre de ese contacto
corresponde a Huysmans, en concreto, a la cita que abre esta sección.
110 Las referencias de Unamuno están extraídas de sus Obras Completas , Barcelona:
Vergara, 1998.
111 Es preciso recordar a Ribot y a los participantes de las disciplinas normativas que,
como he explicado en el capítulo anterior, in tentan definir la racionalidad pero acaban
bautizando y dando cuerpo a la irracionalidad.
100
que caracterice el arte como un saber gráfico e intuitivo, unos conceptos que
han sido asociados -en la tradicional división forjada, principalmente, por
Díaz-Plaja- al ámbito del modernismo: el dominio de la imagen y de la
sensación.
Si la reflexión de Unamuno no resulta bastante convincente como
argumento que confirme la continuidad de ideas y discursos finiseculares, la
siguiente afirmación debería reforzar la credibilidad de esta idea: “El artista
moderno no es, respecto a la Naturaleza, un espejo que trate de reflejarla: es
más bien un instrumento delicado que vibra con sus latidos y amplifica sus
vibraciones”. 112 Si siguiéramos pensando en la época en términos binarios
(modernistas/noventayochistas) y si tuáramos la cita bajo un decoroso
anonimato, indudablemente caería bajo la constelación del modernismo al
situar el centro de representación de la realidad en el sujeto y su sensibilidad.
La afirmación corresponde, sin emba rgo, a Baroja, quizás el menos
experimental de los autores finiseculare s. Y no debería sorprender que Baroja
apostara por esta concepción de la crea ción literaria cuando ya sabemos que
la idea del artista como espejo se enmarca en una larga tradición cuyo
intertexto fundamental es el padre de la estética moderna: recordemos a
Baudelaire y su descripción de Constántin Guys como espejo, comentada
anteriormente. No parece casual, en tonces que Baudelaire reaparezca,
explícitamente mencionado en el artí culo “Modernismo” (1902) de Valle-
Inclán, en el que éste afirma: 113
La condición característica de todo el arte moderno, y muy
particularmente de la literatura, es una tendencia a refinar las
sensaciones y acrecentarlas en el número y en la intensidad.
Esta analogía y equivalencia de las sensaciones es lo que
constituye el "modernismo” en lite r a t u r a . S u o r i g e n d e b e b u s c a r s e
en el desenvolvimiento progresivo de los sentidos, que tienden a
multiplicar sus diferentes percepciones y corresponderlas entre sí
formando un solo sentido, como uno sólo formaban ya para
Baudelaire (Litvak 1975: 18-19)
112 Cito de Baroja, P., Obras completas , Madrid: Biblioteca Nueva, 1946; vol VIII:
851. 113 Cito de Valle Inclán, R. M. del, "Modernismo” [1902], en El Modernismo (L.
Litvak, ed.), Madrid: Taurus, 1975, pp. 17-19.
10
7
Todas las artes –dice Juan de Mairena en la primera lección
de su Arte poética - aspiran a productos permanentes, en realidad,
a frutos intemporales. Las llamadas artes del tiempo, como la
música y la poesía, no son excepción. El poeta pretende, en efecto,
que su obra trascienda de los momentos psíquicos en que es
producida. Pero no olvidemos que precisamente es el tiempo (el
tiempo vital del poeta con su prop ia vibración) lo que el poeta
pretende intemporalizar: digámoslo con toda pompa: eternizar.
(Machado 1988:355)
Aunque no es mi intención formul ar juicios absolutos sobre Machado
ni sobre ninguno de los autores evocado s aquí, creo que son relevantes como
hilos de una red de referencias que tr aza el dibujo, más o menos exacto, de
los avatares de la mirada finise cular en el ámbito hispánico.
La puesta en duda de la veracidad de la mirada y de la racionalidad
como único valor operativo del sujeto que mira son ideas que pueden
rastrearse desde mucho antes del desastre del 98, ocupando, si se quiere, un
lugar marginal en una discusión más am plia. Así ocurre en los casos de Pardo
Bazán, Llanas y Gener, cuyos interese s no parecen dirigi rse ni mucho menos
a defender los nuevos valores escóp icos pero un cuyos textos éstos
encuentran un acomodo nada despreciab le y adquieren una relevancia cada
vez mayor que los aproxima y, finalmente , los hace partícipes de los núcleos
ideológicos finiseculares.
El breve recorrido por algunos textos de la “Edad de plata” demuestra,
a mi juicio, la centralidad de esos nu evos valores escópicos en la concepción
del arte (y aún de la vida misma) y espero, debo reconocerlo, que hayan
demostrado también cómo esos valores sobrepasan las taxonomías
generacionales y nacionales, pues como he intentado mostrar, la crisis de la
mirada y sus correlatos estéticos es un factor de continuidad no sólo entre
diferentes escuelas y talleres sino ta mbién entre las distintas tradiciones
nacionales.
Desde esta pespectiva, la propuest a estética de Gabriel Miró no
aparece, -y así lo explicaré en el ca pítulo siguiente- como un ejemplo raro o
aislado sino como un complejo y ponder ado proyecto que utiliza la crisis
escópica finisecular para llevar a cabo una extraordinaria obra literaria.
108
109
D ESEANDO VER .
G ABRIEL MIRÓ Y LA ESTÉTICA DE LA MIRADA
Lo que miraba era lo de menos.
Lo que miraba nunca sería tantó como lo que él deseó.
Gabriel Miró
110
111
S IGÜENZA Y EL MIRADOR AZUL :
LA ESTÉTICA DE G ABRIEL M IRÓ
Mirar una cosa con Miró y escuchar cómo la
escribía, era verla por primera vez 1
1 L a f r a s e l a c i t a E . L . K i n g , q u e l a p o n e e n b o c a d e u n c o n o c i d o d e M i r ó a l q u e n o s e
identifica.
112
113
La serie de textos, conceptos y conjuntos culturales que he ido
desgranando en los capítulos anteriores constituye un intento de crear un
marco adecuado para la lectura del pr oyecto estético de Gabriel Miró. Pero
como advertía, cualquier marco debe su propia textura y queda marcado –
valga la redundancia- por el objeto al que rodea. Y en este caso, el objeto
implica unas decisiones de lectura y pr esenta unas particularidades que no
puedo dejar al margen de su análisis.
La convicción de que la estética mironiana está marcada
decisivamente por los nuevos regímenes escópicos de la modernidad se basa
en la lectura de Sigüenza y el mirador azul , al que considero el centro de la
estética mironiana. El texto es muy significativo por varias razones: en
primer lugar es, quizás, el único en el que se hace evidente un propósito
claramente teórico, en cuanto que que se expresa con contundencia una
t e o r í a d e l a n o v e l a , y s e d e s v e l a n o t ros puntos esenciales como la concepción
del hacer literario, el estatuto del arte, etc. La claridad de esas explicaciones
está indisolublemente vinculada a la coyuntura de la composición del texto,
114
escrito como respuesta a la sangrienta reseña de El obispo leproso que Ortega
y Gasset publicó en enero de 1927. 2
En segundo lugar, la tardía fech a de composición –poco después de
publicar su obra cumbre y unos tres años antes de morir- dota al texto de una
gran madurez y profundidad, que perm ite leerlo como testimonio final de
toda una trayectoria literaria. De hech o, muchas de las ideas fundamentales
que se entretejen en la pieza aparec en casi literalmente, en documentos
anteriores, algunos muy próximos en el tiempo –como la única conferencia
pronunciada por Miró, titulada Lo viejo y lo santo en manos de ahora ,
pronunciada en el Ateneo Obrero de Gijón en 1925- y en otros,
sorprendentemente tempranos y de tipología muy diversa.
La tipología, la textualidad mi sma es, finalmente, otro aspecto
relevante. Sigüenza y el mirador azul e s u n t e x t o , c u a n t o m e n o s , o r i g i n a l y
está marcado por la interposición de ese doble que es Sigüenza y por la
resistencia a encajar en cualquier cate goría genérica, situándose en el punto
en que lo literario y lo meta-literario se abrazan e invalidan cualquier división
taxativa. Estas dos notas características no atañen sólo a Sigüenza y el
mirador azul sino que son extensivas a la práctica totalidad de la obra
mironiana, por ello estimo necesari o establecer algunas consideraciones
sobre ésta antes de proceder al anális is, tanto del texto como del conjunto de
la producción.
La indefinición genérica de la ob ra mironiana ha sido una de las
observaciones constantes de la crítica y no se ha referido solamente a textos
como Sigüenza y el mirador azul , claramente híbridos, sino que ha afectado
incluso a las producciones más transparente s, de suerte que a lo largo de toda
la crítica sobre la obra de Miró aparecen una y otra vez dudas sobre y
posiciones encontradas en lo refe rente a calificarla como producción
novelística.
Así, Landeira afirma: 3
2 El texto aparece por primera vez, junto a escritos de Miró publicados en El Íbero , en
1982, editados por E.L.King en Sigüenza y el mirador azul. Prosas de El Íbero, Madrid:
Ediciones de La Torre, 1982. De Sigüenza y el mirador azul se ofrecen tres versiones, dos de
ellas con el mismo título y una tercera llamada La casa del mirador azul , menos cargada de
especulación teórica en sentido estricto.
115
L a n o v e l a d e M i r ó e s t á a p u n t o d e n o s e r l o , d e c a e r e n e l
anonadamiento de lo que llamamos de ordinario ficción. Este
peligro no es grave. Toda novela moderna tiende a la descripción,
no a la narración; a un mundo inconexo y no a un pasar de
perfecta concatenación. Su obra se coloca en la evolución
desnovelizadora del género. Acción y argumento se pierden a favor
de una una literatura intimista, de confesión y ésta es, en rigor, la
nueva fisionomía novelesca (Landeira 1983: 259)
Landeira establece que la estética que rige tales producciones se
sostiene sobre los elementos propio s de la novela de personaje: romance ,
autobiografía y confesión, lo que queda ejemplificado, según él, en las obras
Del vivir , Libro de Sigüenza y Años y leguas . Las tres novelas tienen en
común la personalidad de Sigüenza com o hilo conductor y especialmente las
dos últimas mantienen una textualidad claramente fragmentaria, constituida
a base de estampas, momentos de meditación o epifanía arrebatados al
tiempo sin mayor unidad que la presen cia de ese sujeto misterioso que es
Sigüenza.
Me parece importante detenerse en el asunto de la textualidad de
Sigüenza y el mirador azul y d e l a o b r a m i r o n i a n a por extenso, antes de
abordar al análisis de sus enunciados sobre estética, puesto que entiendo que
ambos aspectos –dicho en términos tradicionales, forma y contenido- son
indisociables y la propia forma impl ica un carga de ideología estética.
Además, creo que la particular textuali dad de la obra mironiana, que rompe
con el modelo de mimetismo transparente , ha sido un factor esencial en la
inexacta percepción de ésta. 4 S ó l o a s í s e c o m p r e n d e q u e a M i r ó s e l e h a y a
tachado de evocador lírico, de narrador estático... y que se haya determinado
con total tranquilidad que en sus obras lo verdaderamente importante es el
3 Landeira, R., “La narrativa autobiográfica de Gabriel Miró” en Villanueva, D. (ed.),
La novela lírica , Madrid: Taurus, 1983; pp.259-265.
4 No es ninguna novedad constatar que la historiografía literaria hispánica ha
privilegiado el paradigma realista en la clasificicación y taxonomización de todos los
períodos. Lugar común de buena parte de la crítica ha sido, durante años, decir que la
literatura hispánica es, por definición, real ista, y que los textos más característicos y
genuinos son los que responden a tal parámetro. El resultado de tal prejuicio es que toda
aquella producción que no responde a los esquemas del realismo mimético, se pone bajo
cartel de rareza, extravagancia o hecho aisaldo. Creo que la comprensión de la obra
mironiana ha padecido, en buena manera, este mal hábito que arrastra la historiografía
hispánica.
116
estilo, puesto que “no pasa nada”, 5 reduciendo su mérito literario al de
excelente paisajista y extraordinario cult ivador de la prosa castellana, situado
en los dominios de la excentricidad, es decir, de aquello que cae en los
márgenes de las taxonomías, como bien afirma Baquero Goyanes: 6
(...) la presencia de una peculiar entonación poética en la
prosa mironiana ya constituye un indicio revelador de que hay en
ella una cierta complejidad o indeterminación genérica; la
suficiente como para hacer de Miró un escritor que no admite con
facilidad un marbete etiquetador (Baquero Goyanes 1979: 126)
El profesor Baquero busca –muy sign ificativamente- la solución a tal
indeterminación en el concepto de no vela lírica (tal y como la define
Freedman) como posible etiqueta genérica para Miró. 7 Aunque, claro está,
bajo el auspicio de una designación ge nérica tan impura, el profesor se ve
obligado a manejar las denominaciones más variadas (cuento, fábula, novela
corta, estampa, artículo...) para dar cuenta de la producción mironiana.
Esa misma indeterminación es se ñalada por Lozano Marco quién
desarrolla, en su introducción a Las cerezas del cementerio , una revisión muy
acertada sobre los problemas de la tex tualidad y sus tipologías en la obra
mironiana. Apelando a la famosa frase de Miró “Nunca escribí un verso ni
una comedia” 8 . Lozano Marco reflexiona sobre esta definición exclusiva,
b a s a d a n o e n l o q u e s e h a c e s i n o e n lo que no se hace y que, en realidad,
apunta a la raíz de todos los problemas, la misma noción de género. Como ya
5 E l j u i c i o s e d e b e a O r t e g a y G a s s e t , y e n concreto, a la despiadada crítica de su
narrativa que lleva a cabo en la ya mencionada reseña “ El obispo leproso , novela por Gabriel
Miró”, publicado en el diario El sol el 9 de enero de 1927.
6 Baquero Goyanes, M., “Los cuentos de Gabriel Miró” en Román del Cerro, J.L.,
Homenaje a Gabriel Miró. Estudios de crítica literaria , Alicante: Publicaciones de la caja de
Ahorros Provincial de Alicante, 1979; pp.125-148.
7 De hecho, en el amplio estudio sobre la novela lírica editado por Darío Villanueva,
se incluye un examen prolijo de la obra miro niana, llevado a cabo, entre otros, por Miller,
Landeira y Ricardo Gullón, uno de los más conspicuos defensores de tal denominación para
la obra de Miró. Véase Villanueva, D. (ed.) La novela lírica , Madrid: Taurus, 1983.
8 La referencia pertenece al breve texto lla mado “Autobiografía”, que aparece en el
primer volumen de las Obras Completas de Gabriel Miró, publicadas como edición
conmemorativa entre 1932-1949 po r la editorial Altés, Barcelona. Cada uno de los volúmenes
está introducido por insignes amigos y admiradores de Miró, como Dámaso Alonso, Gregorio
Marañón, Óscar Esplá, Miguel de Unamuno, etc. En particular, el primer volumen, que
incluye las novelas Del vivir y La novela de mi amigo , está introducido por Azorín. El
estudio de Lozano Marco corresponde a la introducción de Miró, G., Las cerezas del
cementerio , Madrid: Taurus, 1991.
123
el autor resituan la figura de Sigüenza. 17 Asumiendo de forma más o menos
sutil que toda escritura de la identidad implica siempre una distorsión,
Barberà repasa los epistolarios y concluy e que a través de ellos se coteja una
imagen de Miró que juega con ciertos lugares comunes, a saber, la ineptitud
para la vida práctica, la escasez de recu rsos monetarios y la fragilidad de la
salud y señala:
En ello, insistimos, debe ve rse una pose, una impostura
estética un tanto decadente (...) La mistificación de su propia
imagen adquiere las cotas más altas de elaboración a través de la
ironía. El juego irónico sobre su propia imagen nos recuerda el
juego de la voz narrativa sobre el alter ego Sigüenza. (...) En efecto,
Miró firma muchas de sus cart as a amigos y familiares como
Sigüenza, Gabrielín Sigüenza, papá-hijo-Sigüenza y aún Sigüenza
ahumado y dormido . (Barberà, 1999: 180)
Tales muestras documentales certific an, sin duda alguna, la conciencia
del doble, que se explota de forma delibe rada y, si se me permite, un tanto
juguetona. En el mismo artículo, Barb erà menciona otra carta, fechada en
1916 y dirigida a Juan Vidal- en la que aparece una cita reveladora: “ (...) eres
un poco hermético conmigo, olvidand o que yo, además de ser yo soy
Sigüenza” (Barberà 1999: 180) De nuevo Sigüenza y Gabriel Miró aparecen
como figuras de perfil idéntico pero no asimilables; remitiéndonos
sencillamente a la carta, parece que Si güenza sea el Otro dentro del propio
yo, la condición necesaria para definirse a uno mismo.
No quisiera que esa naturaleza dobl e del sujeto se entendienda como
una identidad dicotómica y limitada, como dos partes cuya relación está
basada en la antítesis, a l a m a n e r a d e l o s doppelgänger . En cambio, sí me
parece pertinente tomar de ese referent e su carácter siniestro: el doble como
la figura que muestra lo familiar convertido en extraño y que, por tanto,
ofrece siempre una alternativa a la mirada, genera el permanente
extrañamiento de la visión y escapa , en consecuencia, a los regímenes
17 Barberà, F., “Gabriel Miró en su correspondencia” en Lozano Marco, M.A & Monzó
R.M. (coords.) Actas del I Simposio Internacional “Gabriel Miró” , Alicante: Caja de Ahorros
del Mediterráneo, 1999; pp. 177-186.
124
escópicos consolidados por el hábito. 18 Creo que sólo esta característica
puntual se puede rescatar de la imagen del doble a la hora de definir la
relación entre Sigüenza y Miró, y quiz ás esa imposibilidad de nombrar su
relación constituya ya un indicio sintomático; como recuerda Derrida:
El yo y lo otro no se dejan do minar, no se dejan totalizar por
un concepto de relación (...) A decir verdad, no hay que
preguntarse de qué clase es este encuentro: es el encuentro. (...)
No hay pues, conceptualidad del en cuentro: éste se hace posible
por lo otro, por lo imprevisible, re fractario a la categoría (Derrida
1989: 128-129)
Creo que poco se avanza en la compr ensión de los textos mediante el
empeño en la categorización de esa re lación entre Sigüenza y Miró; tal y como
señala la bibliografía crítica que se ha encargado de ello, difícilmente se le
puede poner un nombre y no ayudan en ese cometido los ejemplos próximos
a Miró: hombres interiores, complem entarios, heterónimos, apócrifos... 19
Quizás, la única denominación que me resulta más o menos confortable es la
de alter ego , tal y como la plantea Derrida:
El otro como alter ego sign ifica el otro como otro,
irreductible a mi ego, precisamente porque es ego, porque tiene la
forma del ego. La egoidad del ot ro le permite decir, como a mi,
“ego” y por eso es el otro y no un a piedra o un ser sin palabra (...)
(Derrida 1989: 169)
E l o t r o n o s e r í a , p u e s , l o q u e es (mi prójimo como extraño),
si no fuera alter ego (...) el otro no es absolutamente otro más que
en tanto que es un ego, es decir, en cierto modo, lo mismo que yo
(Derrida 1989: 171)
Tal definición me interesa porque rehúye a los juegos cerrados de la
identidad, basados en la oposición anti tética entre las partes, y apunta a la
18 Utilizo la noción de lo siniestro (Unheimlich) acuñada por Freud y matizada en los
términos desarrollados por Trías, E., Lo bello y lo siniestro , Barcelona: Ariel, 1996.
19 Obviamente, estoy utilizando las denominaciones que Ortega, Machado y Pessoa,
entre otros, utilizaron para referirse a este tipo de personajes. Un buen repaso de las
relaciones de Sigüenza con los alter-egos de la época puede leerse en el artículo de
C a r p i n t e r o , H . “ S i g ü e n z a e n l a v i d a y e n l a o b r a d e G a b r i e l M i r ó ” , e n L a n d e i r a , R . ( e d . ) ,
Critical Essays on Gabriel Miró , Ann Arbor: Society of Spanish and American Studies-
Lincoln, 1979; pp.121-137. Sobre Sigüenza es también indispensable el artículo de Rubia
Barcia, J., “La radical esencialidad de Sigüenza” en Román del Cerro, 1979.
125
similitud como fuerza perturbadora y no a la mera diferencia. Al fin y al cabo,
la diferencia es soportable entend ida como aquello que separa, segrega,
impone distancias tranquilizadoras entre e l y o y l o d e m á s . P e r o l a s i m i l i t u d
en la diferencia es perturbadora, y es eso lo que confiere al otro, que es otro
porque se me parece, su capacidad de extrañamiento.
Este deslizamiento entre la identidad y la alteridad, expresado en
dudas sobre los límites de la propia id entidad es una de las constantes de las
reflexiones de Sigüenza, como se ve en el pasaje “Realidad”, incluido en Años
y leguas :
Ser Sigüenza del todo y hasta sin querer. Pero ¿acaso lo es
en verdad? ¿No irá siendo la suma de sí mismo? Nos valdremos de
la cronología: ¿es ya verdaderamente Sigüenza? hasta los veinte o
veinticinco años toda nuestra vida es nuestra, toda, porque la de
los demás no adquiere valor si no se relaciona con nosotros
siquiera sea como espectáculo. Los demás parecen creados por
nuestro antojo y para nuestro serv icio y complacencia (...) Todo es
nuesto o para nosotros o para nada.(Miró 1943: 1128)
Como una imagen reflejada de ese mi smo texto, leemos en un texto de
Gabriel Miró:
Tampoco he cultivado la autobiografía. Era vivir en un
anecdotario más o menos apócrif o a costa de mí mismo. Las
anécdotas auténticas son las que me han probado que yo había de
ser irremediablemente lo que soy, que había de ir conformándome
según he quedado. ¿Viví, gocé yo como yo me había prometido en
el principio de mi juventud? En seguida, me pregunto: Pero ¿si
hubiese vivido y gozado como yo m e v e í a e n l o s p r i m e r o s
horizontes, sería actualmente yo según yo? 20
En ambos textos aparece de manera dramática la conciencia de la
multiplicidad del yo, expresada en un ju ego de imágenes: lo que se es, lo que
se quiso ser, lo que se podría ser... im ágenes que no agotan la complejidad del
yo, pues como recuerda Miró, citando a Nietzsche:
20 La referencia pertenece a un texto public ado bajo el título “Untitled Manuscript
Fragment” en Molloy, S. y Fernández Cifuentes, L. (eds.), Essays on Hispanic Literature in
Honor ef Edmund l. King , Londres: Támesis Books, pp. 7-11.
126
“En ciertas épocas parece que fa lta tal talento o tal virtud, y
lo mismo en ciertos hombres; pe ro no hay más que esperar a los
hijos y a los nietos si hay tiempo para la espera: ellos sacarán a la
luz el alma de sus abuelos, el al ma de que sus mismos abuelos no
se dieron cuenta. Muchas veces el hijo es el revelador del padre, y
éste se comprende mejor a sí mismo en su hijo. Tenemos en
nosotros viveros y jardines desconocidos...”
Y yo no sé si consuela y acongoja el esperar a que otros
averigüen y manifiesten el alma nues tra, de la que nosotros no nos
dimos cuenta... 21
Siempre existirán más ojos que alcanc en ver lo que todavía no se ha
visto; ninguna mirada agota lo que existe puesto que lo que existe es, al fin y
al cabo, lo que se quiere ver: “Lo que miraba era lo de menos. Lo que miraba
nunca sería tanto como lo que él deseó” (Miró 1982: 107). Tal axioma atañe
también a la identidad, y es en ese lu gar donde interviene Sigüenza: no agota
la mirada, pero sí la multiplica; es, ta l vez, los ojos que descubren a Gabriel
M i r ó a q u e l l o q u e d e o t r o m o d o n o h u b i era visto, el cambio de perspectiva
necesario para despojar a la mirada de las limitaciones impuestas por la
cotidianidad. 22 Ambos se me aparecen como dos miradas perplejas que se
contemplan mútuamente y están en asombro perpetuo, la actitud que desde
Baudelaire, se demanda al artista como condición necesaria para su actividad
y que tantas veces se asocia a la mirada infantil. 23 No es extraño, entonces,
que el texto que atesora los puntos fundamentales del proyecto estético
mironiano encuentre la expresión adecua da en la voz Sigüenza evocando sus
recuerdos de la infancia.
21 El fragmento son las últimas lineas del artículo “Dante”, que forma parte de Glosas
de Sigüenza , Buenos Aires: Espasa, 1952; pp. 82-83.
22 A n d e r s o n I m b e r t , e n s u a r t í c u l o “ L a c r e a ción artística en Gabriel Miró” – incluido
en Landeira, R. (ed.), 1979: 84-99- resalta es te aspecto y señala: “ En el momento mismo de
escribir es cuando se le patentiza el pasado, y entonces a cada plumada se le suben a la
conciencia las escenas imprevistas. Ahora bien sorprende con ojos poéticos lo que antes sólo
se había entevisto con ojos físicos. Ahora la im aginación le inventa experiencias que, a pesar
de ser inventadas, están llenas de observaciones concretas. Los personajes de sus novelas, de
pronto, rompen a hablar; y Miró se extraña de que sea el personaje y no él quien ha sabido
escudriñar las cosas” (Anderson Imbert 1979 : 86) Para mostrar esa visión de personaje
utiiliza, justamente, en calidad de ejemplo, a Sigüenza.
23 Las coincidencias con Baudelaire no se agotan con la referencia a la mirada infantil
en paralelo a la mirada del artista; también es muy útil, como se verá, la imagen del artista
como espejo hecho añicos y reconvertido en caleidoscopio.
12
7
E N EL ÚLTIMO AZUL
La definición de Sigüenza y el mirador azul como una evocación de la
m i r a d a d e l a i n f a n c i a e s , a m i j u icio, acertada en tanto que es lo
suficientemente amplia como para no comprometer a nada. Es necesaria una
definición de este tipo porque se trat a de un texto extraño, refractario a la
categoría –utilizando las palabras de Derrida- y presenta algunas
particularidades muy notorias, algunas de las cuales – como la coyuntura de
su composición, la relevancia de su configuración textual y su tardía
publicación- ya he señalado. Existe aún otro detalle importante: Sigüenza y el
mirador azul es un texto múltiple; E.L.King edita tres versiones que
evidencian el carácter provisional de la respuesta a Ortega y cuya
comparación muestra las distintas im plicaciones de la mirada en la
formación de una teoría estética.
Diferencias al margen –por el mo mento-, la anécdota central del
mirador azul constituye el nú cleo común de los textos. 24 Las versiones A y B
narran una anécdota de la niñez de Sigü enza: el cambio de casa y la espera
ansiosa por descubrir la particularidad de ese nuevo hogar, a saber, la
existencia de un mirador azul “como no habría otro en la ciudad” (Miró 1982:
102). La llegada a la casa y el encuen tro con el mirador, no obstante, es
totalmente deceptiva puesto que desde él no se ve nada, o mejor dicho: “Nada
podía ver por el cristal de color ajeno. La claridad teñida del aposento seguía
perteneciendo a los que ni siquiera esta ban allí” (Miró 1982:103). El empeño
de Sigüenza de despojar al mirador del añil que se apega a sus cristales, de
desnudarlo del color impuesto por otros ojos y ganar así la visión propia y
personal de aquello que se contempla desde el mirador cierra la anécdota
central.
Resulta muy significativo que la vivencia por antonomasia de la
infancia de Sigüenza mantenga una rela ción directa con la cuestión de la
24 Para ser precisos, es el núcleo común de las dos primeras versiones; la versión C es
notablemente distinta, desde su propio título: La casa del mirador azul . É st e s e c e n t r a en l a
narración de los momentos previos al cambio de hogar y a la mudanza, insoportablemente
dilatada por la epidemia de cólera que azota la ciudad.
128
mirada y, en concreto, con la subjetivid ad y la individualidad de tal mirada.
Mucho más significativo es, no obst ante, que sobre esa anécdota se
despliegue una teoría de la novela, qu e es, en realidad una teoría de mucho
mayor calado estético.
Así pues, tras el desencanto que su pone encontrar el mirador azul, al
que Sigüenza imaginaba sin descanso com o un prodigio y que resulta ser un
“fanal ciego de azul”, el niño empieza a librar su particular batalla infantil
contra los ojos ajenos que han impregnado los cristales de un color que no es
el propio:
Habló con su padre y con su ma dre; y alcanzó su voluntad.
Nuño desarticuló los cristales. Y en una terraza, él y Sigüenza los
descortezaron de su tinte hasta de jarlos en atmósfera diáfana. Le
pareció que sus dedos de cinco años acababan de hacer la luz. Y vio
que la luz era buena, y siguió creando. (...) El mirador sin piel azul
le devolvía su universo como un horizonte de aguas moradas y de
aguas celestes y encandecidas de sol y de luna.(Miró 1982:103)
La sensación de ceguera que Sigüenza experimenta inmerso en el azul
del mirador será el desencadenante de los principios estéticos de éste; ese
azul de los cristales será el último, el último que Sigüenza está dispuesto a
encontrar y su afán de borrarlo será la directriz de su actitud respecto a la
mirada y sus implicaciones estéticas.
La versión B modifica muy signif icativamente el momento de la
primera mirada a través de los crista les despojados del azul, acentuando la
individualidad de la visión como núcleo de todo el conflicto:
El mirador, sin cortezas azules le presentaba de nuevo el
mundo con su horizonte de ag uas moradas y aguas celestes. Había
recuperado sus ojos y con su óptica el recuerdo del panorama de la
otra casa (Miró 1982: 113) 25
Los textos, y especialmente la vers ión A, establecen un paralelismo
muy marcado entre la visión primera de Sigüenza través del mirador y la
actividad creadora de Dios, tal y como es n a r r a d a e n e l G é n e s i s . L a v i s i ó n
depurada gracias al trabajo de eliminar el tinte de los cristales evoca a
25 La cursiva es mía.
129
Sigüenza la creación de la luz: “L e pareció que sus dedos de cinco años
acababan de hacer la luz. Y vio que la luz era buena: y siguió creando. Lo que
creó, ya estaba; pero ahora estuvo para él con toda la gracia intacta de la
nueva casa” (Miró 1982: 103)
Y el texto prosigue, vinculando la plenitud del Dios creador y del
Sigüenza niño con la actividad del ar tista, en particular, del novelista:
Después de hacerla, vio Dios que eta buena; y siguió
creando. El autor del génesis le aplica a Dios la emoción del
novelista, del novelista que no sa be enteramente su obra mientras
la van cuajando sus dedos.
Así le quedó a Sigüenza el con cepto inicial de novela y de
toda obra estética (...) (Miró 1982: 104) 26
Es muy curioso observar cómo los te xtos parten de una referencia
tópica y muy genérica, la del poeta-de miurgo, y llegan a una definición de
obra literaria que está, a mi juicio, mu y anclada a la época y a los distintos
regímenes escópicos que pugnan por imponerse en la actividad estética.
Así le quedó a Sigüenza el conce pto inicial de la novela y de
toda obra estética: el de no ser casi ciencia, el de no proceder a
mansalva con métodos y procedimien tos de pre-visión, sino el de
ver poco a poco, por la virtud de la forma, lo único quizás que
quedaba del perfecto reflujo de Heráclito –según dicen- la forma
que prorrumpa cada vez recién nacida renovando creadoramente
todas las realidades (...) (Miró 1982: 104)
La negación de la similitud entre no vela y ciencia, por un lado, y el
rechazo del “método” y los procedi mientos de “pre-visión” remiten
claramente a los proyectos de mime tismo transparente contagiados de
positivismo que emergen en un momento dado de la modernidad estética y
26 En efecto, la imagen del poeta-demiurgo, rodeado de un halo de divinidad es uno
de los tópicos recurrentes de las teorías literarias expresivas. Su uso en Sigüenza y el
mirador azul resulta bastante original al estar inse rto en una red de imágenes más amplia
cuyo hilo conductor, el recuerdo de la mirada del pequeño Sigüenza, lo despoja de sus
aspectos más trillados. Sin embargo, Miró util izará la tópica de las teorías expresivas de
manera tópica, valga la redundancia, en otros textos anteriores; el ejemplo más claro es el
texto “Ofrenda”, publicado en el Diario de Alicante el 21 de mayo de 1908, que reproduce el
discurso realizado por Miró en homenaje a Salvad or Rueda, celebrado en el Ateneo Científico
y Literario de Alicante. El texto presenta claramente las huellas del idealismo platónico, que
relucen en afirmaciones como “Porque el Poeta ha sido como traspasado de Divinidad y
padece la absorción de Ella”; cito de V. Ramos, Vida de Gabriel Miró , Alicante: Caja de
Ahorros del Mediteráneo-Instituto de Cultur a “Juan Gil-Albert”, 1996: 20 6.
130
que, si bien, como práctica están perf ectamente liquidados en la época de
composición del texto, no lo están ni mucho menos como modelo escópico
operativo en otros ámbitos.
Frente al programa de observació n y experimentación – creo que la
palabra que utiliza Miró, “pre-visió n”, coincide perfectamente con la
definición de experimentación que daba Zola en Les romanciers naturalistes ,
donde hablaba de experimentar como la capacidad de ver qué harían los
personajes bajo la presión de las circ unstancias- Miró lanza una mirada muy
irónica y se centra en otras cualidades necesarias para la creación artística:
Entonces, como después, no po día valerse de ninguna tabla
de logaritmos que facilitase las op eraciones. Entonces principia el
callado amanecer de la intuición y la predisposición. Ese estado de
gracia se lo atraen algunos con externas disciplinas, como
Stendhal que creía lograrlo leyend o la Ley de Enjuiciamiento Civil
(Miró 1982: 104)
La versión A, a la que pertenecen es tas citas, se inclina más hacia la
narración de la anécdota y pasa de pu ntillas por la declaración programática,
que prácticamente concluye a punto y seguido de las afirmaciones previas,
con la siguiente aseveración: “Cuando la ciencia y el arte se acercan más es en
llegando al vértice puro de la intuición, y allí precisamente se parece más la
ciencia al arte que el arte a la ciencia” (Miró 1982: 104)
Sin embargo, esos dos parráfos, emer gidos de la anécdota del mirador,
muestran inequívocamente, la presenci a de los nuevos regímenes escópicos
modernos en su vertiente estética. Que en el anecdotario del recuerdo
Sigüenza rechace el tinte azul dejado po r otros habitantes de la casa y que en
la verbalización del proyecto estético se d e s c a r t e e l m é t o d o y l a p r e v i s i ó n ,
implica la aceptación de un mismo nú cleo ideológico: la negación de una
mirada objetiva y normativa, o lo que es lo mismo, el rechazo de la mirada del
otro y búsqueda de la propia como pr incipio fundamental de la estética. 27
27 Una anécdota muy similar a la del mirador azul se puede leer, muchos años antes
en el breve artículo “Súplica”, pulicado en el Diario de Alicante en marzo de 1909. El artículo
expone la congoja del narrador a causa de la cons trucción de un edificio nuevo delante de su
casa, edificio que le priva de ver el paisaje y al que califica de “edificio-antiparra de mis ojos”
(Ramos 1996: 203). El artículo concluye con el deseo de que el edificio sea derribado par a
poder recuperar así la visión del paisaje que el narrador tenía originalmente desde la ventana
131
El discurso que aparta la cienci a del arte debe entenderse como
negación de un modelo de mirada, el ci entífico, que se basa en unos valores –
la objetividad, el raciocinio, la ley- que nada tienen que ver con los valores
propios del arte. Como ya apuntaba, entre otros, Emilia Pardo Bazán al
afirmar que la obra artística no se ajusta en absoluto al método del
observador científico.
En cualquier caso, el texto mironiano no solo niega la legitimidad de la
ciencia para intervenir en el arte, sino que lleva esa crítica incluso más allá.
No se trata de que la ciencia sea un do minio distinto al arte y que no tenga
derecho a intervenir en él, es que se cuestiona la propia objetividad y verdad
de la ciencia al hablar de la in tuición como un valor común a ambas
actividades. Como hemos visto, la de fensa de los valore s artísticos y la
reivindicación del estatuto del arte como un ámbito tan verdadero como la
ciencia es un lugar común de las argu mentaciones del esteticismo, tal y como
se ve en las observaciones de Ruskin:
Science deals exclusively with things as they are in
themselves; and art exclusively wi th things as they affect the
human sense and human soul. Her work is to portray the
appearances of things, and to deepen the natural impressions
which they produce upon living crea tures. The work of science is to
substitute facts for appearances, and demonstrations for
impressions. Both, observe, are equally concerned with truth; the
one with the truth of aspect, the other with the truth of essence.
Art does not represent things falsel y, but truly as they appear to
mankind. [ The Stones of Venice ] (Ruskin 1987: 47-49)
Me parece interesante llamar la aten ción sobre el fragmento de Ruskin
puesto que establece un juego doble en tre objetivo y subjetivo, esencia y
apariencia que separa netamente los ámbito s del arte y la ciencia, a la vez que
les otorga un mismo estatuto en cuan to a conocimiento válido. Las tesis
ruskinianas, como ya se ha dicho, muestran muy tempranamente las
primeras formulaciones de alternativas escópicas. El discurso mironiano se
de su casa. Si bien las diferencias entre este texto y Sigüenza y el mirador azul son muy
notables, me parece muy sintomático la insi stencia sobre el motivo del elemento ajeno
impuesto fortuitamente a la mirada del narrador y la vehemencia en recuperar esa visión
propia. Por otra parte, creo que es un ejem plo diáfano de la continuidad y permanente
reelaboración de ciertas ideas en la obra de Gabriel Miró.
132
i n s c r i b e e n e s t a l í n e a , p e r o d e b e n o tarse cómo la lleva mucho más allá, pues
lo que se pone en duda no es ya el valor del arte como forma de conocimiento
sino el de la ciencia, cuya objetivi dad es contemplada con reservas. Miró
parece darse cuenta de que la subjetivid a d d e l a m i r a d a e s u n a p o s i c i ó n d e
conocimiento insalvable, a la que ni la propia ciencia escapa.
Las consideraciones sobre el ar te y la ciencia adquieren mayor
profundidad y carácter programático en la versión B, 28 que arranca, de hecho,
por ese punto y recoge buena parte de las afirmaciones aparecidas en A:
...Si la novela es casi ciencia se acabó el encanto (...) El
novelista no puede proceder como el científico tan a mansalva,
acogiéndose a métodos y procedimientos que le acerquen todo lo
posible a la previsión casuística de sus criaturas. La técnica no es
externa y previa, sino toda de substancia que cada vez se renueva,
crece y se afirma. Cuando la cienci a y el arte se acercan más es en
llegando al vértice puro de la intuición, sin tabla de logaritmos que
le facilite las operaciones, y ento n c e s s e p a r e c e m á s e l a r t e a l a
ciencia que la ciencia al arte (Miró 1982:110)
Tal y como está formulado en la versió n B, la negación de los vínculos
entre ciencia y arte tiene una faceta evid ente en la praxis artística. El autor
rechaza la idea de la creación li teraria como una actividad metódica y
reglada, como el simple seguimiento de ciertas recetas o instrucciones de
manual. 29 Y hay que ver en esa actitud una voluntad de dotar a la literatura y
al arte de una trascendencia que se pierde al reducirlo a una actividad
mecánica, como el texto señala:
28 En realidad, la principal diferencia entre las versiones A y B es el orden del
discurso: la versión A empieza por la anécdota de l mirador y se detiene en ella para insertar
después la reflexión teórica; en la versión B es a la inversa: se inicia con la teoría, la detalla en
profundidad y luego recurre a las anécdotas de la infancia.
29 Me parece oportuno recordar que Clarín realizó una crítica casi exacta a propósito
del Naturalismo en el prólogo a la segunda edición de La cuestión palpitante, de Emilia
Pardo Bazán. En ese prólogo leermos: “El Naturalismo no es un conjunto de recetas para
escribir novelas, como han creído muchos incautos. Aunque niega las abstracciones
quiméricas de cierta psicología estética que nos habla de los mitos de la inspiración, el estro,
el genio, los arrebatos, el desorden artístico y otras invenciones a veces inmorales (...) Ya se
han escrito por acá novelas naturalistas con planos; y no falta quien tenga entre ceja y ceja
una novela política, naturalista también, en la que, con motivo de hacer diputado al
protagonista, piensa publicar la ley electoral y el censo” (Pardo Bazán 1998: 125-126) La
coincidencia me parece sintomática en tanto qu e la diferencia cronológica queda borrada por
la misma actitud respecto a ciertos planteamient os literarios e incluso por la mismo ironía
con la que se contemplan tales planteamientos.
139
then, when he has nothing better to do; know, such fragments of
knowledge as he can gather without stooping, or reach without
pains; but none of this things are to be his care, The work of his life
is to be two-fold only; to see, to feel. [ The Stones of Venice III,]
(Ruskin 1987: 53)
Ciertamente, la conexión de Ruskin con Wilde no es nueva, y a pesar
de las diferencias de talante entre ambos, resulta lógica. Pero tales reflexiones
se encuentran también en autores que son, en principio, mucho más
renuentes a aceptar los planteamientos pu ramente esteticistas. Es el caso del
crítico francés Jean Marie Guyau, cu yas obras conoció perfectamente Miró y
sin duda, le sirvieron de inspiración. 36 Creo que la mediación de Guyau es
fundamental para acabar de trazar la relación entre Miró y los miembros de
las corrientes esteticistas; su obra fundamental Los problemas de la estética
contemporánea 37 , arranca con un tema que ya hemos visto en Miró y otros
tantos autores finiseculares: la irritaci ón por el ánimo de intromisión de la
ciencia en el arte:
Los grandes artistas creyeron siempre en el carácter serio y
profundo del arte: le conside raron más verdad y de más
importancia que la realidad mism a (...) Muy lejos estamos hoy de
este orden de ideas, a juzgar por las teorías acerca del arte que más
boga alcanzan entre los sabios (...) Una primera teoría científica y
filosófica reduce el arte y aun la belleza misma a un simple juego
de nuestras facultades (...) A esta teoría viene a agregarse otra más
radical sobre el juego estético: si el arte no es otra cosa que un
juego para los hombres, está muy por bajo del trabajo serio
científico (...) Últimamente, los artistas mismos contribuyen hoy
día a despreciar el arte, reduciéndolo a una mera cuestión de
forma, de procedimiento y de habilidad (Guyau 1902: 1-3)
Lo curioso de este planteamiento inicial es que arremete contra varios
frentes de la actualidad literaria; Gu yau observa un peligro de degradación
36 D e h ech o, Mi ró p o s eí a l a ob r a d e G u y a u Esquisse d’une morale: sans obligation ni
sanction , París: Félix Alcan, 1905. La afinidad de Miró con los planteamientos de Guyau
queda explícitamente manifestada en la anotació n autógrafa que aparece en la página 13, en
la que Miró anota un vehemente “¡Dios mío, qué hermoso es esto”. El fragmento en cuestión
es el relato de un sueño que, posteriormente Miró reescribirá en traducción en un pequeño
opúsculo.
37 Guyau, J. M. (1888) Los problemas de la estética contemporánea Madrid: Daniel
Jorro, 1902.
140
del arte tanto en su equiparación con la actividad científica como en su
reducción a mero artificio. El texto de Guyau se desarrolla en permanente
lucha con los extremos: a Kant le recrimin a haber separado lo bello de lo útil,
creando el peligro de considerar el arte como una actividad estéril; a
Schopenhauer le recrimina, por el contrario, someterlo a una finalidad
consolatoria que le resta autonomía. Ese difícil equilibrio, teñido de
moralismo y en ocasiones totalmen te confrontado con las posturas
esteticistas más extremas, se sostiene so bre la convicción de que el arte no es
un dominio independiente de la vida:
En nuestra opinión, el arte está e n l a v i d a m i s m a ; p a r t i c i p a ,
por lo tanto, de la seriedad de ésta (...) Nada más opuesto al
verdadero sentimiento de lo bello que ese diletantismo tibio para
el cuál toda impresión se limi ta a una sensación más o menos
refinada, está reducida a una simple exterioridad intelectual, a una
ficción pasajera, mero juego del es píritu. Todo lo que así resbala,
sin penetrar en el individuo, todo lo que, según la expresión vulgar
y cruda, deje frío, es decir, todo lo que no conmueva la vida misma
es extraño a lo bello. La más alta función del arte es hacer latir el
corazón humano y, como este es el centro mismo de la vida, el arte
debe ir confundido con la existenc ia toda, moral o material, de la
humanidad (Guyau 1902: 3-4)
Si reparamos en la argumentación, la tesis ultra-moralista de que el
arte está en la vida encuentra su justificación última en un argumento
totalmente esteticista: 38 que no hay vida fuera del su jeto y que ese sujeto está
inmerso en su subjetividad, sus sensaciones y sus recuerdos:
Todo movimiento ha concluido por representar un
sentimiento, un estado de concien cia: toda manifestación de la
vida exterior, a nuestros ojos, se ha convertido en una
manifestación de la vida interior (Guyau 1902: 59-60)
38 La cuestión del moralismo en Guyau requiere –como ocurre con Ruskin- varias
matizaciones. No se puede pensar en un férreo código moral que Guyau siga a la letra, muy al
contrario, en su obra Esquisse d’une morale: sans obligation ni sanction leemos: “ C’est a la
vie que nous demanderons le principe de la mora lité ” (Guyau 19 05: 81). Tal afirmación cierra
una reflexión sobre la necesidad de empatizar con los otros, de comunicar emociones y
pensamientos, entendiendo tal fenómeno no sólo como un fenómeno fisiológico y nervioso
sino como una manifestación de la fecundidad de la vida misma. En cualquier caso, afirmar
que la moral debe inferirse de la vida misma manifiesta una amplitud de miras muy alejada
del conservadurismo puro y duro y se integra en la línea de vitalismo moral, por llamarlo de
algún modo, que ya se observa en auto res precedentes como Ruskin o Pater.
141
Los aires de familia con las form ulaciones de signo esteticista
prosiguen, incluso en la conceptualizaci ón de la imagen y el recuerdo como
núcleos del sujeto:
Además, las sensaciones visuales , que son de todas, las más
representativas, adquieren intensidad nueva mediante haber
llegado a constituir el centro de un sinnúmero de asociaciones de
ideas. Fragmentos enteros de nuestra existencia se agrupan a su
alrededor, son la vida compendiada. Para el ser dotado de vista, el
recuerdo es una serie de cuadros, es decir, de imágenes y colores.
(Guyau 1902: 92)
Lo que Guyau retrae, en todo caso, a los planteamientos esteticistas es
el peligro de llevar al arte al puro ar tificio, a la esterilidad, a la total
intrascendencia y en esa vehemencia se llega a un punto en el que el propio
texto acaba apuntando a las tesis más ra dicales del esteticismo, a saber, la
estetización de la vida misma y, en consecuencia, la consideración de la
realidad como algo siempre supeditado al sentimiento que genera:
Las emociones verdaderamente estéticas son aquellas que
nos dominan por completo, las que hacen latir con mayor fuerza el
corazón, las que apresuran o retard an la circulación de nuestra
sangre, las que aumentan la intens idad misma de nuestra vida (...)
El verdadero artista se conoce en que lo bello le afecta, le
conmueve profundamente, acaso más que la realidad de la vida;
para él es la realidad misma (Guyau 1902: 104)
Vivir una existencia completa y robusta es ya estético: vivir
una existencia intelectual y moral, tal es la belleza elevada al
máximum, y tal es también el g oce mayor. Lo agradable es como
un foco luminoso, del cual es la belleza el nimbo resplandeciente,
pero todo foco luminoso tiende a irradiar, y todo placer propende a
convertirse en estético. Lo que quedó solo agradable, aborta,
digámoslo así: la belleza, por el contrario, es una especie de
fecundidad interior (Guyau 1902: 99)
Las posturas de Guyau encajan, si n duda, mejor con el moralismo de
Ruskin y el vitalismo de Pater que con las formulaciones epatantes del
esteticismo que hace Wilde. Sin embarg o, creo que todos ellos manifiestan
distintos matices de una idea centra l común: el culto a la belleza, y en
concreto, a una idea de belleza que opera directamente en la vida, que
142
conmueve y regala momentos de suprema plenitud; en ese sentido, el culto a
lo artificial y a la reconstrucción del yo que proclama Wilde y los éxtasis
paterianos ante los momentos de be lleza y conciencia de ésta son dos
respuestas distintas a una misma convicci ón, el poder de lo bello sobre lo
real, o como decía Guyau, el carácter serio y profundo del arte que lo
convierte, para los grandes artistas, en al go más real que la realidad misma. Y
la filiación de Miró a esta cadena de referentes es inequívoca, tal y como
afirma en una de sus frases más recordada s , e n l a q u e l a r e a l i d a d s e d i b u j a
como punto de partida, casi como pretexto para llegar a un orden superior
que no es otro que el estético: “Para el artista la realidad, con todas su
exactitudes, es la levadura que hace crecer la verdad máxima, la verdad
estética” (Miró 1982: 111)
Evidentemente, todo ello tiene, en el caso de Miró, una concreción en
un programa estético que no busca reproducir la realidad sino las
sensaciones, los momentos de epifanía y belleza plena que han nacido de ella
y se han elevado muy por encima. Es obvio que estoy utilizando un léxico à la
Pater para dar cuenta del programa esté tico mironiano; me avalan no sólo los
argumentos que he ido aportando a lo la rgo de estas páginas sino también la
apelación directa a él que hace Miró en Lo viejo y lo santo en manos de
ahora . En su revisión de Figuras de la pasión del señor que despliega en la
conferencia, Miró justifica la ele ccion del tema evangélico no por
convicciones religiosas –que no niega en absoluto- sino por otras razones
más poderosas:
(...) ¿no hay, recordándolo y proyectándolo ahora, el deseo
de acogernos a una conciencia emoci onal de nosotros mismos de
aquellos años, un deseo de revivirl a que coincide con el de Walter
Pater: Ya que todo huye y desaparece bajo nuestros pasos,
siquiera retengamos y prolonguemos toda pasión exquisita, todo
conocimiento que ensanche nuestros confines, todo lo que liberte
nuestro espíritu y conmueva nuestra vida ? (Ramos 1996: 579)
La referencia a Pater no es nueva, en absoluto, pues pertenece a su
“Conclusion”, ya comentada anteriorment e por extenso. La elección de esa
c i t a e n s u ú n i c a c o n f e r e n c i a m e p a r e c e m u y s i n t o m á t i c a , n o s ó l o e n l o q u e s e
refiere al concepto que defiende, la epif anía vitalista -que Miró integra muy
143
bien con el lugar común de la infanc ia y el recuerdo como elementos de
estética- sino también en cuanto al valo r añadido que tiene el texto de Pater,
conocido y reconocido como un texto fundamental del esteticismo.
Hay aún otra cita explícita en la con ferencia que se suma al vitalismo
pateriano y que conecta extraordinaria mente bien con los postulados de
Guyau. En este caso se trata de André Gi de, cuya frase “ (...) el Arte, aunque le
lleguen reflejos del cielo es una cos a enteramente humana” (Ramos 1996:
580) cierra la conferencia. Como ya se ha dicho, la implicación mutua de la
vida y el arte, es quizás el aspecto má s notable de las reflexiones de Guyau y
posiblemente el que mayor impronta de ja en la obra mironiana, como lo
atestigua la nota autógrafa con un encendido “¡Dios mío, qué hermoso es
esto!” que Miró deja al lado del siguiente pasaje de Guyau:
Qu’on me permette de racon ter une rêve. Une nuit, -
quelque ange ou quelque séraphin m’ avait-il pris sur son aile pour
m’emporter au paradis de l’évangile, auprés du ‘créateur’?- je me
sentais planer dans les cieux, au -dessus de la terre. A mesure que
je m’elevais, j’entendais monter de la terre vers moi une longue et
triste rumeur, semblable à la ch anson monotone des torrents qui
s’entend du haut des montagnes, dans le silence des sommets.
Mais cette foi je distinguai de s voix humaines: c’étaient des
sanglots mêlés d’actions de grâc e, des gémissements entrecoupés
de bénedictions, c’étaient des suppl ications désolées, les soupirs de
poitines mourantes qui s’exhalaient avec de l’encens; et tout cela se
fondait en une seule voix immense, en me si déchirante s ymphonie
que mon coeur se gonfla de pitié; le ciel m’en parut obscurci, et je
ne vis plus le soleil ni la gaieté de l’universe. Je me tournai vers
celui qui m’accompagnant. “N’ent endez-vous pas?” lui dis-je.
L ’ a n g e m e m e r e g a r d e d ’ u n v i s a g e s e r e i n e t p a i s i b l e : “ C e s o n t , d i t -
il, les priéres des hommes qui, de la terre, montent vers Dieu”
Pendant qu’il parlait, son aile blan che brillait au soleil; mais elle
me parrut toute noire et pleine d’ horreur. “Comme je fondrais en
larmes si j’étais Dieu!” –m’écriai-je , et je me mis en effet à pleurer
c o m m e u n e n f a n t . J e l à c h a i l a m a n d e l ’ a n g e e t j e m e l a i s s a i
retomber sur la terre, pensant qu’i l restait en moi trop d’humanité
pour que je pusse vivre au ciel (Guyau 1905: 12-13)
Si bien el fragmento es largo, me parece oportuno reproducirlo puesto
que constituye otro de los intertextos claramente identificados de la obra
mironiana. El propio Miró lo trad uce libremente y lo incorpora a una
pequeña reflexión sobre el arte que E. L.King publica por vez primera en el
144
año 1954 en la revista Clavileño y en el que aparecen ideas ya conocidas,
como la crítica al frenesí de visibi lidad propio del positivismo o la
reivindicación de la subjetividad como núcleo central de la obra artística:
Ahora que la Medicina hunde su mirada en lo más recóndito
de nuestra pobre vida, y explica ya la santidad, el Mal y el Genio
m e j o r q u e u n a f i e b r e m a l t e s a , n o s e r é y o q u i e n s i g a b u s c a n d o l a
palabra precisa que manifieste el sentir raro y aun paradójico de
esas almas en estado de gracia artística.
El elemento humano del arte, no el técnico, sino el emotivo,
a u n q u e p a s e y s e a l c e e n u n m i s t erio de intimidad, como un río o
una altitud entre nieblas, aparece de cuando en cuando
estremecido de luz. Entonces, es un trozo de Creación
interpretada. (Miró 1954: 61)
Es también relevante la noción de “creación interpretada” que aparece
en el texto y que remite a la gama de conceptos asociados a la representación,
como opuesto a reproducción. En cualquie r caso, y al margen de la evidente
continuidad de ciertas ideas estéticas, el texto tiene su nota más característica
en esta apropiación del sueño de Guya u, que incide directamente en el
carácter del artista y en su compromis o e implicación en la realidad como
rasgo esencial de su carácter.
Este punto ha sido reseguido y re saltado por la crítica; E.L.King
señala, a propósito de la estética mironi a n a , q u e s u l e m a b i e n p o d r í a s e r l a
frase de Romain Rolland: “No hay más que un heroísmo: ver el mundo según
es, y amarle” Y de hecho, King la utili za como lema en su clásico artículo
“Gabriel Miró y ‘el mundo según es’” 39 que analiza la estética mironiana
basándose, sobre todo, en el cuento “Don Jesús y la lámpara de la realidad”,
perteneciente a El humo dormido . King considera fundamental la siguiente
frase: “Nadie burle de estas realidades de nuestras sensaciones donde reside
casi toda la verdad de nuestra vida” (Miró 1943: 698) En efecto, la frase es
una formulación redonda de ideas ya ap arecidas y comentadas en Miró y en
otros autores, que King relaciona inev itablemente con el subjetivismo que
subyace en ellas.
39 Publicado en Papeles de Son Armadans , LXII, mayo de 1961, pp. 121-142.
145
Aparentemente, la aceptación del mu ndo según es y la consagración al
subjetivismo son conceptos antitéticos y creo que King no acaba de resolver
bien esa paradoja, sin embargo, Gordon la explica con gran claridad a
propósito de los decadentes ingleses:
This transformation or exch ange between objective and
subjective means that art, that which would normally be part of
the “static” universe, is part of one’s developement and hence
interchangeable with the “persona l history” that we call auto-
biography (Gordon 1979:39)
La desaparición de la línea entre lo objetivo y lo subjetivo que Gordon
plantea se basa, en último término, en la indisociabilidad de arte y vida, en
los mismos parámetros expuestos por Pater, Gide y Guyau y que coinciden
también con los que expone Wilde:
For the artistic life is simple self-developement. Humility in
the artist is his frank acceptance of all experiencies, just as Love in
the artist is simply that sense of beauty that reveals to the world its
body and soul [ De Profundis ] (Wilde 1990: 923)
El artista pues, está demasiado comprometido con la realidad, en
cuanto que la realidad es su propia cr eación como para caer en ejercicios de
mera pirotecnia verbal. Y me parece importante reivindicar este compromiso
é t i c o , s i s e q u i e r e l l a m a a s í , d e n t r o del pensamiento esteticista puesto que las
más veces se ha contemplado esta postura como simple parafernalia verbal e
impostura vital. Esconde mucho más: el artificio, la representación no son
actividades neutras y carentes de implicaciones ideológicas. En este
pensamiento esteticista-vitalista, en el que la realidad más valiosa es la que
consagra el artista a través de la repres entación literaria, es obvio que no hay
lugar donde esconderse. Como decía Wilde, “es al espectador, y no a la vida,
lo que refleja realmente el arte”, y es evidente que el artista en esta linea
estética, es el primer observador. La mirada de Sigüenza niño a través del
mirador y el anclaje de la teoría estética a esa mirada es in equívoca: el artista
es, ante todo, un observador. No es extraño, entonces, que el programa
estético de Miró se apoye en el descré dito de la realidad y la capacidad
146
generadora de la mirada, tan típica de los nuevos regímenes escópicos de la
modernidad, como base de su concepto de arte: el exacticismo.
L A EXACTITUD DE LO INEXACTO
Si bien la creación del concept o de “exacticismo” corresponde a
Sigüenza y el mirador azul , el descrédito de la real idad - y en consecuencia,
la autonomía de la mirada- en el que se sostiene, es una idea acariciada en
términos muy similares en textos ante riores del propio Miró, especialmente
en Lo viejo y lo santo en manos de ahora . C o m o y a s e h a d i c h o , l a
conferencia trata la obra Figuras de la Pasión del Señor y Miró desgrana en
ella buena parte de los propósitos artíst icos que rigen esta obra y la totalidad
de su producción. Uno de los puntos en los que más se detiene es en la
cuestión del paisaje; resulta curios o comprobar que el tema del paisaje
resultaba ya poderosamente llamativo aún en vida de Miró y mucho más
curioso resulta reseguir con él la significativa confesión de que la inspiración
directa para describir el paisaje de Palestina no es otro que el paisaje
mediterráneo de Alicante. 40
Puede parecer mera anécdota, o simple manifestación del tan
celebrado amor a la tierra alicantina que siempre se ha asociado a Miró, pero
40 Larsen reflexiona sobre la cuestión del paisaje en Miró a propósito de las
relaciones entre éste y Wilde. Larsen sugiere que la famosa frase de Wilde: “For what is
Nature?... She is our Creation” coincide en buena medida con los planteamientos
mironianos. La tesis de Larsen es arriesgadísima y en mi opinión, también muy acertada,
puesto que como él mismo expone: “ Si Miró solamente hubiera sido un “paisajista” (como
tantos críticos le han tildado), estas ideas de l irlandés habrían chocado de frente con las
suyas. En todo caso debiera de haberse dado cuenta de que parte de lo que Wilde decía era
una expresión exagerada adrede para subray ar las faltas del realismo estrictamente
representativo” (Larsen 1989: 72-73). No puedo estar más de acuerdo; en ese sentido no sólo
las precisiones que detallaré en los párrafos siguientes son dignas de consideración.
Recordemos cómo en “El sueño de Guyau” (1914-1915) Miró hablaba de Creación
interpretada, y también que en la semblanz a de “Domingo Carratalá” (1 901) escribe:
“Naturaleza no es recatada, no esconde sus be llezas; ni tiene preferidos a los que sólo
muestre sus tesoros; por todos se engalana con flores en primavera, y luce hermosos paisajes
en estío, y crepúsculos tristes pero bellos en invierno; y sin embargo, no todos se extasían
contemplando sus gracias, no todos admiran sus colores, su luz ¿por qué? Porque falta lo
principal, lo necesario, falta el sentimiento del arte , y sin él, no hay artista” (Ramos 1996:67)
La cursiva es mía y con ella quiero indicar la conciencia de que la naturaleza, en sí misma, no
produce el menor efecto estético; es el sentimie nto del arte, la mirada del artista la que pone
en ella la belleza o dicho radicalmente, en palabr as de Wilde, ella es la creación del artista.
14
7
lo cierto es que tras esa pequeña confesión, sigue una intensa e incontestable
formulación del nuevo regímen de la mirada:
Luego, ¿no llegaremos nunca a la fidelidad, a la exactitud?
Así es, o mejor, así sea. Los libr os de viajeros, de exégetas, de
naturalistas, de arqueólogos, nos de jan una visión de un lugar, de
un país, parcelada o panorámica qu e, poseída ya por nosotros, se
nos aparece bien dotada de posibilidades de realidad, de realidad
recreada, aunque sin exactitudes localistas. La precisión es una
virtud en los mapas, en las guías oficiales, en los Baedecker. Para
el artista, la realidad con todas sus exactitudes, es la levadura que
hace crecer la verdad máxima, la verdad estética.
Nuestros ojos no calcan lo que presencian. Por eso se
engañarán los que cotejen la obra artística con el lugar, con el
pedazo de naturaleza que la inspiró. Las comprobaciones y
demostraciones sirvan a las Matemáticas, a la Ciencia,
singularmente a la ciencia aplicada.
No me afirmaría, no me dotarí a de ninguna virtud literaria,
si, en un viaje a Palestina se me ofrecieran sus campos
prolijamente lo mismo que en mi s páginas. Para eso bastaba con
intercalar fotografías en el texto. No es que el artista proceda a su
antojo. No existe el arte sin disciplina, sin esfuerzo, sin
contradicción. La libertad, como la facilidad, lo enmollece y lo
rebaja, dejándolos sin calidades ni esesncias.
Emoción de lugares, de tiempo s, de gentes... Sensación de
aquello, emoción de aquello pero no su traslado. Prolijidad, rasgos
sutiles, trazos grandes y que, de sus coordinaciones, resulte la
exactitud que estampe la evocación. La exactitud para la exactitud
no es menester, puesto que ya existe. Los ojos que ven
concretamente un paisaje se cansan pronto de mirarlo. (Ramos
1996: 578-79)
Si bien el fragmento es muy extenso, me parece fundamental
reproducirlo por dos razones: la primer a es que coincide a la letra con buena
parte de la versión B de Sigüenza y el mirador azul , de suerte que este último
podría considerarse una ampliación de la versión A elaborada con estos
retazos de la conferencia. La segunda, y más importante, es que se refiere con
todo detalle al núcleo de las estética s modernas y lo inserta en una red de
referencias a lo visual que rozan, muy sutilmente, los prob lemas centrales de
cualquier especulación literaria, en una correlación pluscuamperfecta que
integra los nuevos regímenes escópicos propios de la modernidad con la
concreción en un proyecto personal.
148
Así, se impone la presencia del oj o no como mero receptor fiable y
objetivo de la realidad sino como auténtica fuerza generadora; Miró lo
traslada al quehacer literario y lo expr esa mejor que yo: el ojo no calca, y con
ello, desbarata los programa de mime tismo exacerbado, incidiendo en el
candente punto de comparación entre arte y ciencia. La fidelidad y la
exactitud no son, pues, valores relevantes en la labor artística; al menos, no lo
son en cuanto valores absol utos y objetivos. Es necesaria la exactitud, pero la
exactitud de la propia mirada, la exactitud de lo inexacto, y eso es lo que Miró
convierte en programa estético, con nombre propio, en Sigüenza y el
mirador azul :
Hemos llegado al exacticismo -todo lo contrario del
realismo- la palabra exacta, el sonido exacto para evitar la realidad
exacta sino su sensación emocionada. Lo exacto no necesita de
nuestra lengua literaria porque ya existe. Los ojos que ven
concretamente un paisaje se cansan pronto de mirarlo. La
precisión es una magnífica virtud en los mapas, en las guías
oficiales de Baedecker. Para el artista la realidad, con todas sus
guías oficiales, es la levadura que hace crecer la verdad máxima, la
verdad estética.(Miró 1982: 111)
Creo que la definición roza la ge nialidad al utilizar un concepto tan
absolutamente transitado por las poétic as miméticas como es la exactitud, y
darle la vuelta para indicar, justamente, todo lo contrario de lo que indica en
tales contextos. La contigüidad entre el ojo que mira y aquello que es
contemplado es la exactitud que debe bu scarse en la obra artística, y de
nuevo, Sigüenza y el mirador azul ofrece la epifanía del descubrimiento
infantil de tal fenómeno; en la versión A leemos:
Una noche, se despertó; es de cir, una noche se sorpendió
con los ojos abiertos: abiertos y rojos. No se veía sus ojos pero de
seguro que se le había vuelto de color naranja; por eso, su
dormitorio, se trocaba en una naranja inmensa y transparente; la
oscuridad de la madrugada estaba enrojecida. (Miró 1982: 108)
El fragmento, bajo aspecto de ingenu idad infantil, destruye los límites
entre el conocimiento y la realidad: si lo que se ve es cálido y ardiente, es
porque los ojos se han vuelto naranja y en ningún caso porque éstos registren
la realidad. En este caso, la “realidad” es que ha habido un incendio en el
251
Si La mujer de Ojeda es la menos conocida de las novelas mironianas,
Dentro del cercado bien puede calificarse como la más desconcertante, o para
ser más exactos, como la mitad del dí ptico de desconcierto que constituye
junto a La palma rota . Aunque las fechas de pu blicación de ambas novelas
difiere - La palma rota se publica en 1909 y Dentro del cercado en 1916-, la
gestación de tales obras parece haber sido paralela. Como señala Márquez
Villanueva: “ Dentro del cercado ha tenido una gestación lenta e imprecisa, en
clara cercanía con La palma rota y La novela de mi amigo . Su inminente
publicación es anunciada a finales de 19 10 en una carta de Miró a su amigo
Puigcerver” (Márquez Villanueva 1990: 72) Del mismo modo, la publicación
de ambas, en volumen conjunto, en 19 16 y acompañadas de un preámbulo de
Miró en el que las califica de nove las románticas pone en evidencia la
proximidad temática de las dos piezas.
Que la historia textual de ambos textos sea paralela quizás no justifica
plenamente la decisión de anteponer el análisis de Dentro del cercado al de
La palma rota . Sin embargo, me permito la li cencia cronológica a efectos de
coherencia. Dentro del cercado retoma los planteamientos que hemos visto
en La mujer de Ojeda y los lleva al extremo en la figura del artista-
falsificador; a la vez, la conversión del objeto de deseo femenino en un sujeto
cuyo punto de vista nos es accesible inicia un tratamiento de la figura
252
femenina - amplificado en La palma rota - que, resulta a todas luces,
transgresor.
En realidad, tal adjetivo es perfecta mente aplicable a toda la novela. Es
de referencia obligada el comentario de Nora sobre la misma:
Acaso lo más sorprendente de este libro, junto a la
irresolución argumental, ya por sí misma significativa, es la no
menos vaga y diluída noción, no ya d e m o r a l , s i n o - d i r í a m o s - d e
decencia sentimental (Nora 1961: 449)
Determinar las razones de tan escandalizada aseveración no es tarea
fácil, pero sin duda están trabadas al cáracter fuertemente erótico de la
misma (Márquez Villanueva 1990 y Larsen 1992). Un erotismo que
difícilmente puede hacerse pasar por el lado de la espiritualidad, puesto que
las referencias sensuales y sexuales se acumulan a lo largo de sus páginas. 34
Más escandaloso aún es que esas referenc ias fluyan en más direcciones de las
que deberían y escapen de los sagrados vínculos del matrimonio, trazando un
triángulo -Laura, Luis y Librada- cuyo s vértices son focos y receptores de
deseo, en lo que Larsen ha califica do de “multidimensionalidad amatoria”
(Larsen 1992: 17)
Pero no es sólo la pr esencia de un “anómalo ménage a trois ” (Márquez
Villanueva 1990: 72) lo que genera escándalo y desconcierto, sino las
implicaciones ideológicas de éste. Co mo ha insinuado, con su habitual
agudeza el profesor Márquez “ Dentro del cercado recala (...) en el tema
feminista, tan característico de Miró, de la mujer como víctima del egoísmo y
del double standard masculino” (Márquez Villanueva 1990: 86) Es
justamente el original conflicto en qu e se ven envueltas la s figuras femeninas
y la todavía más original resolución de ese conflicto el gran motivo de estupor
de la novela.
En ese sentido se puede hablar de una crítica estupefacta, que empieza
con Nora y acaba con García Lara. De he cho, la obra de éste último es la
34 Un ejemplo evidente de la presencia de la pasión amorosa en la novela es la
recurrencia de las imágenes relacionadas con el fuego, las brasas,el calor, etc que adquieren
su máxima presencia en el momento del incend io y, posterioremente en la enfermedad de
Laura, pero que está presentes desde el inici o, como se desprende de la rigurosa lista de
referencias de este tipo que se incluyen en García Lara 1996.
253
mejor confirmación de la tesis de Márque z sobre el feminismo de la novela. A
García Lara le debemos un curioso estud io sobre ésta en términos de “novela
clínica”, destinado a mostrar y demostrar la enfermedad mental de su
protagonista, Laura, cuya neurosis y zonas histerógenas son perfectamente
descritas por el autor en paralelo con un historial psiquiátrico “real” recogido
por Freud (García Lara 1996). Que Freu d no estaba exento de prejuicios
misóginos es cosa sabida -o debería serl o- y que parte de las aplicaciones del
psicoanálisis detectan enfermedad me ntal dónde sólo hay excepcionalidad
también. 35 No obstante, García Lara hace uso del más obsoleto modelo
psicoanalítico para resolver el enigma que es Dentro del cercado apelando a
la gestación y eclosión de una neurosis por parte de la protagonista femenina.
Que García Lara resuelva el conflicto novelesco apelando al histerismo
neurótico de la protagonista y salvaguard e a Luis de cualquier revisión bajo la
misma óptica es el mejor indicio para evidenciar que la cuestión del género
en Dentro del cercado resulta poco convencional, o por mejor decir,
sospechosamente feminista.
De hecho, focalizar en Laura como cl ave de los hechos relatados tiene
otra desventaja, puramente interpretativa , pues se convierte en una elección
envenenada que deja en la penumbra buena parte de los episodios que
contiene la novela. No parece casual, entonces, que las exégesis más
completas de la obra sean las que han se han centrado no en la “anormalidad”
psicológica de Laura sino en la de Luis.
Desde esa óptica lo ha contempla do Márquez Villanueva, quién se
centra en la peculiar configuración de Luis como clave de lectura. Como
explicaré más adelante, Luis encarna un sueño de dominación masculina,
basado en el narcisismo, que juega a su gusto con la moral del momento; un
juego que no le deja indiferente, de ahí que Márquez determine como tema
fundamental de la novela los retorcido escrúpulos de su protagonista y se
permita afirmar: “Tras la olímpica fachad a del protagonista se agitan, de este
35 Sobre el psiconálisis en el fin de siglo y sus presupuestos y conclusiones misóginas,
ver Dijkstra 1986; sobre la invención de la locu ra como ejercicio de control, Foucault 1972 y
sobre la aplicación misógina de la enfermedad psiquiátrica y las relaciones entre mujer y
locura, Gilbert&Gubar 1979 y Showalter 1988.
254
modo, diversas componentes de claro signo neurótico” (Márquez Villanueva
1990: 85) Nada más lejos, sin embargo, que usar y abusar de los moldes del
psicoanálisis para iluminar el pe rsonaje; Márquez concluye que esos
síntomas neuróticos no desembocan en una eclosión psíquica sino que
derivan pronto hacia la cima del egoísmo más deleznable.
El mismo uso del adjetivo “neuró tico” que desarrolla Márquez puede
aplicarse a las fantasías fi niseculares sobre la mujer: más que referirse a la
enfermedad, indica el delirante egoísm o que engendra nuevos problemas en
las soluciones que el discurso masculino dominante había erigido para
tranquilizarse y complacerse.
Es en este punto dónde la novela adquiere su mayor originalidad,
puesto que asistimos a la construcción d e l a f a n t a s í a d e l v a r ó n b u r g u é s
finisecular - amparado por nociones com o la honorabilidad o la superioridad-
d e u n u n i v e r s o f e m e n i n o c r e a d o p o r y p a r a s u d e l e c t a c i ó n . L o s u b v e r s i v o d e
la obra es, entonces, contemplar como esa fantasía escapa al control del
varón y observar en qué medida y con qué procedimientos las mujeres
implicadas se sitúan al margen de ese delirio.
EL ARTISTA BURGUÉS
Dentro del cercado ha sido planteada por buena parte de la crítica como
una novela de deseo, de deseo imposi ble entre sus protagonistas. Es, no
obstante, un deseo tan intrincadamemt e complejo que apenas hay acuerdo en
determinar hacia dónde y desde dónde fluye y qué consecuencias tiene. De
hecho, el título de la novela -y ta mbién ciertos pasajes que consideraré
posteriormente- apunta hacia un deseo pr ohibido: algo o alguien está vedado,
dentro del cercado, y es, por tanto, inacce sible. El problema surge a la hora de
determinar quién es ese alguien; Barber o, por ejemplo, no duda en presentar
a Luis como foco de deseo y a Laura como virgen mística o monja seglar
dedicada a su adoración devota, elevando tal situación a constante en la obra
mironiana:
255
La contradicción de estas ac titudes, masculina y femenina,
las destaca bien evidentes el pr opio autor. Así, mientras las
enamoradas defienden fieramente su pudor, el sacrificio interior,
la íntima fantasía, el héroe siempr e está dispuesto a saltar la valla
de los prejuicios, hasta que la fe roz resistencia de la amada le
detiene al borde del peligro (Barbero 1981: 79)
La idea del sacrificio de los dese os femeninos ante la irresistible
tentación masculina es retomada por Garc í a L a r a q u i é n n o d u d a e n g l o s a r l a
novela bajo el epígrafe “El sacrificio del deseo en Dentro del cercado ” (García
Lara 1999) y quién insiste en la existe ncia de la prohibición como condición
de amor en la obra mironiana. Un a prohibición que circula en los dos
sentidos y que se resuelve, para Luis “con el triunfo de la legitimidad
institucional” y la sublimación de su s pulsiones eróticas en “su triunfo
profesional y la solución cariñosa que subsume en amor fraterno la corriente
sensual de su erotismo hacia Laura” (García Lara 1999: 132). En cuanto a
Laura “no parece ir mucho más allá de un reaseguramiento defensivo de su
capacidad represiva” (García Lara 1999: 132).
Así las cosas, el panorama resulta bastante conocido: Barbero, en su
pretendido estudio feminista, redime a Laura del turbador peligro de la
tentación que encarna mediante la conversión en una figura monjil,
evitándole el deshonroso trance de un papel activo en un posible adulterio
mediante la apelación al amor platóni co y al adulterio espiritual (que siempre
resulta menos incómodo). García Lara pare ce ir algo más allá, al conceder el
don del deseo a ambos personajes; pero la turbadora desazón que produce al
situarse fuera del marco institucional se resuelve como sublimación en el
caso masculino y como crisis histérica en el caso femenino.
Salvando las distancias, ambas lecturas son complementarias y
coinciden en considerar el deseo fe menino como una entidad fuera de
control, de ahí que sólo el pudor y la resistencia heroica, en un caso y la
histeria, en otro sean las únicas opcion es posibles para que las cosas no vayan
más lejos. La contrapartida evidente es la concesión de un estatuto de
control, poder y responsabilidad al pers onaje de Luis, de suerte que es su
conflicto interior entre el deber y el de seo el nudo gordiano de la novela. Su
inclinación final hacia las labores masculinas, su afianzamiento como
256
trabajador, padre y esposo, equivald ría a afianzar las nociones de
responsabilidad y honorabilidad del personaje.
¿Pero es realmente Luis Menéndez un ser responsable y honorable? ¿Y
es su dedicación final al trabajo y al hogar un verdadero sacrificio del deseo?
En realidad, más que sacrificio cabe hablar de acomodación consentida a un
orden social al que sólo osa retar en sus fantasías; ni siquiera retar. El
refinado Luis Menéndez sueña quim eras constantemente y como Carlos
Osorio, sueña quimeras sobre sí mismo, pero el narrador ha perfeccionado su
técnica y la evidencia con la que Os orio se magnifica queda sabiamente
dosificada en Dentro del cercado . Como afirma Márquez Villanueva, la
“esencia” del personaje no se desv ela completamente hasta las últimas
páginas y desde ellas se hace forzosa la relectura de las páginas precedentes.
No me voy a detener en describir pormenorizadamente al personaje,
puesto que la explicación de Márq uez es sobradamente detallada y
exhaustiva. 36 A modo de paráfrasis, valga recorda r la peculiar utilización de la
filosofía nietzschiana que lleva a té rmino Luis; un uso que le lleva a
considerarse superior a los “medianos corazones” y a justificar una posible
relación extra-matrimonial con Laura va liéndose de una auto-consideración
como super-hombre, libre, pues, de salt ar las estrechas y mezquinas barreras
de la moralidad burguesa. No obstante, ese discurso magnificador que parece
sostenerse gracias a la -aparente- ador ación que le profesan las mujeres que
le rodean y a los encendidos elogios que le tributan no resiste el menor
análisis.
Ya desde el principio de la novela -como observa fugazmente Márquez-
se nos presenta una quiebra del seguro super-hombre que Luis intenta ser. La
primera aparición de Luis entre las páginas de Dentro del cercado pueden
hacernos creer momentáneamente qu e nos hallamos ante un individuo
excepcional, como lo manifiesta la cá lida acogida que le dispensan Laura y
Martina y la favorecedora descripción que le sigue:
36 También Larsen 1992 contiene un esplén dido análisis del personaje desarrollado
desde bases comparatistas; así, relaciona a Menéndez con el protagonista de Dos mujeres , de
Gertrudis Gómez de Avellaneda.; con Bonifacio Reyes, protagonista de Su único hijo , de
Clarín y con Juanito, protagonista de Fortunata y Jacinta , de Galdós.
25
7
Era el caballero alto y de gallardo porte. Frisaba en los
treinta años, y había en su mirada, en su boca de patricio dibujo
entre la negra barba, y en su páli da frente una expresión, un gesto
apasionado, jerárquico sin dureza.
Laura, la señora y Martina, que ya le querían por la fineza
de sus prendas, amábanle ahora más por sus cuidados y exquisita
ternura. (Miró 1943: 260)
La imagen de tan apuesto caballero, desempeñando además nobles
funciones de protector pronto queda en entredicho, cuando en plena agonía
de la madre de Laura cae dormido y al despertar, la única preocupación que
asoma en su pálida frente es la posi bilidad de parecer tan vulgar como el
criado de la casa, también dormido. Mí sera preocupación teniendo en cuenta
que la agonía de la enferma ha desembocado en muerte:
¡Se había dormido, y acaso tan rudamente como ese
hombre! (...)
Luis quedó contrito, lleno de vergüenza de su sueño ¡qué
pensaría Laura! (...)
Oyéndola, se odiaba Luis.
Huyó a la terraza; y bajo la in ocencia, la paz y la hermosura
de la noche, fue curándose de su vanidoso sufrimiento; y pensó en
la muerta, y afligióse generosamente (Miró 1943: 262)
El ejemplo es paradigmático: la ante posición de la vanidad y el egoísmo
al sufrimiento ajeno, incluso de seres qu eridos, es la muestra más evidente de
la calidad moral de ese personaje que se pretende “super-hombre”. La misma
f a l t a s e r e p e t i r á e n l a a g o n í a d e l a ahijada de Laura y llegará al extremo del
ridículo en el episodio en que Luis va a buscar auxilio médico para remediar
l o s s u f r i m i e n t o s d e l a p e q u e ñ a m o r i b u n d a . T r a s e l í m p e t u c o n e l q u e
emprende el camino al sanatorio en busca de médico, Luis reflexiona:
Notó Luis que sus primeros ím petus misericordiosos habían
enflaquecido, que la llama de su caridad temblaba oscilando como
si la doblase y venciese un vien tecillo de emanaciones de vida
amplia, placentera, que quitaban todo recuerdo de angostura y
apagamiento de enfermedades y tristezas. Y para mantener su
propósito, que antes era dulcísimo y arrebatado porque
naturalmente fluía de su corazón, tuvo que acudir a la idea del
deber.
258
Necesitaba un médico. Lo buscaría. Lo arrancaría de dónde
fuese para llevárselo a Laura.
¿A Laura? ¡Pero si la enferma era la niña pobre y
campesina! (Miró 1943: 282)
El egocentrismo de Luis, capaz de de svincularse del sufrimiento ajeno -
como se ve en estos dos ejemplos- con la mayor facilidad, desvirtúa la tesis de
García Lara según la cual la decisión final de cortar las pretensiones eróticas
hacia Laura y dedicarse al trabajo y a su futuro hijo equivalen a una
sublimación de su deseo, pues como af irma Márquez, es el mismo deseo el
que queda en entredicho:
Se pone así de manifiesto que no hay en él costosas
renuncias, que no ha amado ni am ará nunca bastante a aquella ni
a ninguna otra mujer y que la “éti ca de los medianos corazones” es,
a fin de cuentas, la más oportuna al iada de su egoísmo. Pedir celos
de una amada que se condena al “cercado” del deseo insatisfecho
es, en sí, una baja acción, y risi ble fariseísmo el hacerlo, para
colmo, en nombre de una pureza logomáquica, no menos cascada
que aquella otra derivación neologista de “esposa ideálica”
(Márquez Villanueva 1990: 84)
Insisto en que la precisa valoración de Márquez es tan innovadora que
derriba los fundamentos en los que se ha bía basado la exégesis tradicional de
l a n o v e l a . N o s e t r a t a , e n t o n c e s d e u n a neutra historia de amores frustrados
simplemente por el orden social; el origen del fracaso se halla en las mismas
pretensiones del protagonista a quién de nuevo podemos situar en la estela
de falsos artistas.
Menéndez desempeña una profesión menos romántica que otros
personajes de Miró, pero no exenta de creatividad y sentido estético. Sin
embargo, atendiendo a la mercantiliza ción de su actividad como arquitecto,
el aura de belleza que pudiera rodearla queda pronto diluída.
Don Luis pasaba el día en su estudio de arquitecto, el
predilecto de la comarca; y su caud al le permitía darse a sueños y
quimeras, pues resulta que no es la pobreza el mejor incentivo del
artista, como imaginan algunos generosos corazones (Miró 1943:
260)
259
Su labor como arquitecto, pues, no sólo se inscribe en el orden
mercantil, sino que también es carta de paso hacia una aceptación social sin
reservas y una fuente inagotable de re putación. Evidentemente, tal armonía
entre artista y sociedad sólo puede prod ucirse mediante un asentimiento del
primero, de ahí que Márquez conside re la novela como un perfecto
kunstleroman en el que se plantean, en una suerte de exemplum ad
contrarium , las rigurosas responsabilidades del artista. 37
Tampoco cabe hablar, por tanto, de un doloroso sacrificio de la voluntad
creadora a los deseos de la sociedad burguesa. Si en el amor no existía
sacrificio por parte de Menéndez ta mpoco lo hay en el arte, y es que,
sencillamente, el arquitecto no tiene el menor sentido estético ni perspectiva
artística. Tal carencia se hace sosp echosa al contemplar la maqueta del
edificio que presenta al concu rso de Lima -un pretencioso pastiche de
elementos modernistas-, cuyo triunfo le reportará el homenaje provinciano y
amanerado de toda Alcera; pero, sobre to do, se hace evidente en su ceguera
ante la belleza del paisaje que se con templa desde el Hontanar. Situado, por
azares de la novela, en un hortus conclusus de dimensiones paradisíacas las
reflexiones de Menéndez son las siguientes: 38
Luis, en presencia de la ma ñana agreste y magnífica,
separóse de las leyendas y volviend o los ojos a la cumbre del “Tajo
de Roldán” tendió una gentilísima puente en aquella hendedura de
tan limpia traza sobre el día, y puso un palacio cimero de un estilo
armónico con la grandeza que le rodeaba; y fue imaginando todo el
palno ¡Oh, qué mansión para Laura y Librada y para él! (Miró
1943: 281)
Semejante observación no ha pasado de sapercibida a la crítica, pero sí
ha suscitado disparidad de opiniones. Márquez considera que el proyecto de
Menéndez está alentado por un apreciable impulso estético y que el hecho de
que sea proyecto destinado a no cump lirse pone de manifiesto cómo el
37 No me extiendo en este punto por estar ya perfectamente desarrollado en Márquez
Villanueva 1990 y 1999, textos a los que remito nuevamente.
38 Sobre las implicaciones del jardín y su configuración como hortus conlusus en esta
novela y en la obra mironiana por extenso es de obligada referencia el arículo de M.G.
Coope, “Gabriel Miró’s Image of the Garden as Hortus Conclusus and Paraíso Terrenal”,
Modern Language Review , 68, 1973: 94-104.
260
a r q u i t e c t o j a m á s e m p r e n d e r á n e g o c i o a l g u n o s i é s t e n o l e h a d e r e p o r t a r l a
admiración de la comunidad. De ahí que la cosa quede en castillos en el aire.
El significado literal de esta expresión es el que usa Larsen, señalando que el
párrafo pone de manifiesto la capa cidad de ensoñación de Menéndez.
De un modo u otro, ambas nociones están contenidas en el texto; pero
no hay que pasar por alto la advertencia que precede a ese pasaje:
Luis, antes que lírico era técn ico, y como los que profesan
alguna disciplina académica o científica suelen ver y gozar la
naturaleza especialmente, y cuanto más desasidos de su oficio se
juzgan, están pensando profesionalmente (Miró 1943: 281)
El juicio del narrador es toda una sentencia, en tanto que define
completamente a Luis: despojado de cualquier capacidad creativa, su
existencia se inscribe en el orden mercantil -como ya he señalado- pero
también en el orden académico, ci entífico y profesional. De ahí que
Menéndez sea el más falso artista de cuantos contiene la obra mironiana,
pues responde, a todas luces al perf il del varón burgués finisecular.
La desviación de su posibl e sentido estético hacia una
“profesionalización” de la visión del paisaje nos devuelven al recurrente tema
de la distorsión de la mirada. In capaz de contemplar la desbordante
naturaleza que se alza ante sus ojos, Me néndez no sólo no sabe apreciarla
sino que además la modifica a su vo luntad; una voluntad que pervierte la
realidad. No parece casual, entonces, que poco antes, el mismo paisaje se
haya adquirido una estremecedora belleza en los labios de Laura: “[Luis] se
recreaba con la memoria de las peregr inas fábulas que de toda la serranía
tejió Laura para contarlas a su ahijada.” (Miró 1943: 280-281)
Frente a la falta de impulso artíst ico de Menéndez, Laura se convierte
en depositaria de una creatividad esté tica mediante la cual convierte la
realidad en una suma de leyendas. Esa capacidad de perderse en el paisaje,
embellecerlo y otorgarlo como fábula a lo s demás se convierte en un indicio -
menos evidente que otros- de la pose sión de una positi va sensualidad por
parte de Laura. Una sensualidad mu cho más limpia que los deseos de
Menéndez y también mucho menos constre ñida por las ataduras sociales -no
26
7
Librada quién convence a su esposo para ir al Hontanar a visitar a Laura. La
misma insistencia se produce en la direcci ón inversa: desde su retiro ésta sólo
escribe a Librada y es su compañía la que reclama en sus cartas:
Mucho más quería contarte, pero hablemos de nosotras, o
no hablemos de nada, porque parece que ya es demasiado escribir,
y que esto sea un recurso contra lo s ocios de la soledad. Y no es
cierto. Te juro que no me aburro aunque Martina murmure que
estoy cansada y arrepentida de mi traslado. Sólo tú me faltas .
(Miró 1943: 277) 42
La relación entre ambas mujeres pa recen llegar a un punto en el que
están perfectamente desvinculadas de la figura patriarcal de Luis. De hecho,
la desvinculación de Laura respecto a éste queda más queda subrayada en
varios momentos de la novela. Hay una profunda atracción hacia él, en
efecto, pero no puede olvidarse la obstin ación con que Laura se aparta de éste
y de su aparente velo protector.
La huida al Hontanar es la muestr a más evidente de ese intento de
escapar de la legítima y paternalista protección que le ofrece Menéndez; una
represión del deseo, a primera vista. Si n embargo, al leer junto a Librada las
cartas de Laura la decisión parece más compleja:
Muchos me han dicho, y yo estuve muy cerquita de creerlo,
que mi espíritu era de un heroísmo y firmeza que me hacía
superior a casi todas las mujere s. Y tanto he pensado en mi
singularidad, que algunas tardes me ponís triste, muy femenina,
imaginando y subiéndolo a las nubes, el sacrificio de mi
retraimiento de señorita delicada , romántica y lugareña. Entonces
cambiaba mi vida por una vida newyorkina de mujer zancuda y
flaca, con máquina de escribir en vez del bastidor de bordar,
lentes, un fieltro hincado en el moño por un agujón como una
espada y un traje liso y cortito, y tomando los tranvías a codazos.
Como no me agradase esa figura ni fuese tampoco justa con lo que
mí decían, dábame yo otra (...) una Diana o una Minerva moderna,
según les parece a los feministas y a los antifeministas (...) (Miró
1943: 276)
R e t i r a d a e n e l c a m p o , L a u r a r e h ú y e claramente del papel de víctima de
las circunstancias y niega también el estereotipo opuesto de mujer
42 El subrayado es mío.
268
emancipada y autosuficiente. Perfectame nte consciente de que la soledad y el
desamparo son rasgos de los que no pu ede deshacerse, la apuesta que lanza
sobre sí misma pasa por un afianzamie nto de esa soledad como factor capital
de su identidad, lo que pasa por esca par a las pretensiones protectoras de
Luis. No es extraño entonces que en su correspondencia insista en que
“puedo vivir en soledad eternamente incomunicada” y rechace con cierto
enfado las noticias provincianas que le manda Bernardo Suárez. Y todavía
menos extraño que a los modelos de feminidad que descarta oponga dos
figuras míticas, Diana y Minerva, qu e como Larsen hace notar a pie de
página, son dos diosas vírgenes y absol utamente independientes de la esfera
de poder masculina.
La auto-asociación que Laura traza con estas figuras, en especial con la
de Diana, se puede seguir a lo largo de la novela. Tomando en consideración
únicamente el sustrato mitológico, Laura presenta unas coincidencias más
que notables: como la diosa, su ámbito es la naturaleza y la elección de éste la
reviste de una inaccesibilidad que Luis detecta desde el primer momento para
mayor alimento de su deseo y que la propia Laura reconoce: “Más ruda y más
esquiva que en ese pueblo debo de pa recer en estas soledades” (Miró 1943:
276). También como Diana, Laura establ ece una estrecha relación con las
niñas y las mujeres. La diosa se asociab a, en concreto, con la prepubescencia
y la doncellez y con esos datos en la mano, resulta más que sintomática la
devoción que la protagonista de la novela siente hacia su ahijada, Corderita ; 43
del mismo modo, Laura lamenta en más de una ocasión haber dejado atrás el
mundo de la infancia y la adolescencia.
Por otra parte, los mitos hablan de Diana en estrecha conexión con sus
ninfas; frente al rechazo cruel que disp ensa a los hombres que se le acercan
demasiado, la diosa dispensa un trato de confidencia e intimidad a sus ninfas,
43 De hecho la mayor identificación entre Laura y la luna –una de las imágenes de
Diana- proviene, justamente de la niña, quién en la canción que tantas veces aparece en la
novela dice: “La lluneta es ma padrina”. La identificación no puede ser más clara, y es
retomada por Librada, quién al anunciarle a Laura su futura maternidad le confiesa:
“Prepárate a ser lluneta de lo que es señor me diere” (Miró 1943:304)
269
un trato que en ocasiones puede sugerir la relación homosexual. 44 Replantear
la relación de Laura y Librada desde es ta trama arquetípica resulta, entonces,
más que evidente.
Nos desplazamos, entonces, desde la s diabluras del decadentismo -uso
la expresión de Márquez- a otro sent ido más complejo: la relación entre
ambas resulta menos un aprovechamient o oportunista de temas eróticos al
uso que una sutil presentación del cará cter notablemente original de estas
mujeres. El sueño idílico que Laura manifiesta en su correspondencia
respecto a una futura reunión de Corder ita, Librada y ella misma en el
entorno del Hontanar equivale a un sueñ o en la que lo masculino, civilizador
y dominante queda completamente excluído. El sueño de Artemisa.
La relación intertextual entre el personaje de Laura y tal divinidad
puede resultar mucho más convincente si tenemos en cuenta la recurrencia
de los motivos lunares en la caracteriz ación de Laura y sobre todo, si leemos
estos motivos desde los usos finisecu lares. Como muestra Dijkstra, la
asociación entre la mujer y la luna alca nza una gran popularidad en el fin de
siglo y es depositaria de una ideología qu e bien podría aplica rse al análisis de
la novela:
Woman, as the moon, was char acterized by her distance
from man. Inevitable dissapointm ent awaited the male who sought
to approach her. It was as if, th e sun, the active principle, must
forever struggle with the passive in ertia of primal being (Dijkstra
1986: 127)
El ensamblaje entre los motivos luna res y solares en la novela parecen
estar hechos ad hoc para demostrar tal observación: todas las tentativas de
contacto físico con Laura por parte de Menéndez empiezan o acaban con la
frialdad femenina y/o la escena lunar de forma evidente. Así, en el primer
acercamiento leemos:
Sus brazos se alzaron graciosos y adorables para
desprenderse de los velo s de su luto, y después le tendió su mano
de luna , iniciando la despedida. (...)
44 Sobre el mito de Artemisa como forma de feminidad, ver Downing 1998; sobre las
funciones arquetípicas y una lectura exhaustiva del mito, ver Otto 1954.
270
Y sucedió que el hombre-mártir no subió a la santa hoguera
del heroísmo, sino a la suprema de licia de besar a la amada en los
cabellos, en los ojos y en los labios cerrados y fríos como la boca
de una muerta (Miró 1943: 270) 45
La frialdad de Laura adquiere mayor sentido en el momento climático
de la novela, en el que la asociac ión mujer-luna-muerte adquiere una
delicadeza excepcional:
Ella levantó su pálida cabeza , mirando delirantemente el
cielo. Quedó inmóvil, con las manos cruzadas, magnífica y trágica.
En sus ojos se copiaba la luna, y en sus labios palpitaba una gota
de luz. ¡Así estaría muerta! Habí a muerte sin fealdad, sin horror.
La quería más que nunca. La veía envuelta en una santa blancura
l u n a r , y e l p e r f e c t o v a s o d e s u cuerpo transparentaba toda la
venustidad de su alma (Miró 1943: 290) 46
Si la resistencia de Laura a la posesión por parte de Menéndez
encuentra su cauce en los motivos lunares, la caída o, al menos, la concesión
al deseo masculino se desarrolla mediante los motivos solares. Así, los labios
de Luis “la abrasaron” cuando en la escena precedente éste sella el encuentro
con un beso. Y también la misteriosa enfermedad que contrae Laura está
vinculada a las imágenes de luz, fue go y ardor. No voy a determe en
mencionar cada una de las referencia s, pues ya contamos con una lista
exhaustiva, construida para describir esa enfermedad como neurosis (García
Lara 1996). 47 Si bien la lectura freudiana del episodio es posible -por
supuesto, se puede considerar a Laura una neurótica, aunque quizás sería
más apropiado hablar de ella como un a lunática-, prefiero atenerme al
somero diagnóstico del ama Martina se gún el cuál Laura sufre “un empacho
de sol”. Efectivamente, el acoso emocional a l q u e l a s o m e t e L u i s , f i j a d o e n e l
leit-motiv mencionado, tiene sus consecuenci as en en esta mujer lunar e
45 El subrayado es mío.
46 E l m is mo Lu is tr a z a cl ar a m en t e l a co nex ió n e n t r e La ur a y l a lu na e n ot r o p a s aj e de
la novela: “ Era ella, la presencia de esa mujer, sencilla y velada, clara como una noche
lunar...” (Miró 1943: 266)
47 Contamos, por otra parte, con otro detallado estudio de De la Vega sobre la
enfermedad de Laura, dentro de su monográfico sobre las enfermedades –a nivel
estrictamente fisiológico- en la obra mironiana: De la Vega, J.L., La enfermedad en la obra
de Gabriel Miró , Alicante-Málaga: Publicaciones de la Librería Anticuaria El Guadalhorce,
1974. En este caso la considera fiebre tifoidea.
271
inaccesible quién, sin embargo, no ha accedido a las alturas míticas y es, por
encima de todo, un ser humano. Así las cosas, la crisis que sufre hacia el final
d e l a n o v e l a e s j u s t a m e n t e e s o : u n e m p a c h o d e s o l , u n e m p a c h o d e L u i s , u n
empacho del varón que la intenta poseer e integrarla en su colección de
mercancías.
En ese sentido, la actitud de Laura supone una quiebra respecto al ideal
finisecular de la mujer lunar: la resi stencia y curación de esa insolación
emocional ponen en entredicho que la mujer sea una superficie pasiva sobre
la que el varón arroja su luz. La ac titud de Laura pone de manifiesto una
obstinación -y un triunfo- en conservar la propia luminiscencia lunar, y de
hecho, otros aspectos relacionados con la misma isotopía se encargan de
mostrar que el carácter activo y pe ligroso de la mujer lunar radica,
justamente, en su irreductibilidad.
Dijkstra señala cómo el sueño de la mujer iluminada por el varón solar
topa con una cierta resistencia; la este rilidad de la mujer-lunar y la afinidad
con las otras mujeres -heredada del cu lto a Artemisa- reconducen ese sueño
hacia la pesadilla del lesbia nismo. De nuevo la pareja Laura-Librada se presta
al reanálisis, pero tambien ahí la mano del autor parece burlar los discursos
de género finiseculares. El embarazo de Librada, que parece poner fin a esa
dudosa relación, es bastante más complej o que un retorno al orden con el que
se subraye la esterilidad de la mujer lunar y le otorgue un lugar tranqulizador
en la matriz heterosexual.
Downing recuerda -y es oportuno recor dar con ella- que la luna, Diana,
es una diosa estrechemente relacionad a con la condición femenina y sus
fenómenos biológicos, en especial con la menstruación, la concepción y el
parto; es decir, con los fenóme nos asociados a la maternidad.
La presencia de Laura en el moment o de la concepción del hijo y la
insistencia de Librada, ya embarazada , en que Laura la acompañe en su
maternidad y actúe como madrina de su hi jo parecen reforzar la idea de la
complicidad femenina. Este es un as pecto que ha pasado completamente
desapercibido entre la crítica, o por mejor decir, se ha contemplado sin
considerar en absoluto la estrecha relaci ón que existe entre las protagonistas.
Se ha leído la concepción del hijo, en la noche del incendio de los campos,
272
como un momento de presencia exultante de lo masculino, el momento en el
que Luis toma posesión simbólica de las dos mujeres con su abrazo
compartido. Igualmente, la reclamada pr esencia de Laura en el hogar de los
Menéndez como madrina del futuro hijo se ha entendido como una vuelta al
orden, por la que Laura deja de ser aman te potencial de Luis para convertirse
en su “hermana”.
Si leemos tales episodios sin centra rnos en Luis las conclusiones son
bastante distintas. La escena del ince ndio-posesión-concepción se inicia con
el fantasma de la separación de la tríada; ante la necesidad de Luis de
retornar al trabajo y la triste coyuntura de la separación Luis anima a Librada
a que se quede en el Hontanar:
-¿Qué yo me quede?
Y Laura le pidió arrebatadement e que se quedase, y a él no
le nombró.
Alzóse Luis nervioso y violento, y acercándose al barandal
d e l a t e r r a z a , h u n d i ó s u s o j o s e n e l paisaje, que se perfilaba en el
misterio.
Percibió que lloraban las mujeres; volvióse a ellas, y cuando
se acercaba, las vio súbitamente iluminadas por una lumbre rojiza
y siniestra, y vio su misma somb ra agrandada, trepando por los
muros, entre espectros de ramas del huerto (Miró 1943: 297)
El inicio del incendio no puede ser menos sensual y triunfante para el
varón. La sensación ante la posible de spedida es que Luis sobra, de ahí su
nerviosismo y no sería difícil entender la irrupción del incendio como una
reacción metafórica paralela: una magnif icación siniestra de sí mismo que se
cierne sobre ambas mujeres. Tambié n ha pasado desapercibido que la
primera reacción de Laura y Librada no es precisamente de complacencia
pseudo-erótica con tal desastre: “Libra da y Laura se buscaron, se abrazaron
espantadas, mirando fascinadamente el incendio. Y entrambas pronunciaron,
al mismo tiempo, el mismo nombre: ¡Luis!” (Miró 1943: 298)
La ambigüedad está servida. No se ha dudado, hasta la fecha, que el
grito de las mujeres corresponde a una pe tición de amparo y protección. Y sin
embargo, teniendo en cuenta los párrafos precedentes, bien podría ser una
simple afirmación, el gesto revelador qu e da nombre al incendio y que hace
evidente el carácter de Luis. Un fuego que consume a los demás para brillar y
273
arder con más fuerza y esplendor. Teni endo en cuenta las observaciones
sobre el personaje masculino, tal paralelismo adquiere sentido.
Obvia decir que Luis, en esas circ unstancias, está dispuesto a actuar
como un héroe y un galán y que tras contr ibuir a apagar el incendio, socorre a
las dos damas brindándoles su tran quilizadora protección. Pero ese
abrasador abrazo triangular, que en prin cipio constituye la apoteósis de Luis
también tiene sus fisuras:
Se estremeció Laura notando el brazo de Luis
arrebatadamente trenzando a su talle; le miró angustiada ... 48 Y él
se apiadó de la mujer, y la inefable lástima difundióse protectora y
buena sobre el deseo. Volvióse y re cibió la apasionada mirada de la
esposa, que también había sentido la dulzura del abrazo. Entonces
sangró de arrepentimiento... (Miró 1943: 299) 49
Curiosamente, el enfriamiento de Lu is -provocado por los escrúpulos,
como siempre- coincide con el humear de las brasas del incendio, de ahí que
cabe reconsiderar quién posee a qu ién en el momento del incendio-
concepción, pues con el deseo mascul ino más o menos apagado es Librada
quién lleva la iniciativa sexual, no si n cierta resistencia por parte de Luis. 50
Además, antes de ceñir a su esposo con tentadores abrazos leemos:
Al recogerse en su dormitorio, la huérfana presentó sus
mejillas a Librada.
-¡Las últimas buenas noches!
Librada la besó, y sin explicár selo, notó que la besaba como
una hermana muy buena y maternal.
Luis se había asomado a su balcón. Sentía una honda
congoja que no sabía por qué le recordaba sus llantos cuando era
muy chiquito. (Miró 1943: 299)
48 La misma dualidad de sensaciones aparec e claramente en otra reflexión posterior
de Laura sobre la noche del incendio: “¿No fue esa noche cuando Luis la tuvo muy ceñida del
talle, y ella miraba asustada la horrenda hoguera de los campos, sintiendo la dulzura de la
protección mezclada con temblor de amenaza, que también ¡oh, Jesús! la llenaba de
delicia?... “ (Miró 1943: 304).
49 El subrayado es mío.
50 La iniciativa sexual de Librada pone punto y final, definitivamente, a su
consideración de esposa perfecta y limpia de conno tación sexual a través de la imagen de ésta
atrayendo a su marido con un beso; una imagen que, sin duda, resulta sorprendente en la
virtuosa esposa del burgués arquitecto Menéndez.
274
Es de nuevo Luis quién queda al margen, justo como antes de la
irrupción del incendio, repitiendo incl uso el gesto de asomarse al balcón.
¿Remordimientos? Tal vez. O tal vez la concencia que su triángulo de
ensueño se ha vuelto en su contra y ha sido él quién ha quedado en la
incómoda posición de vértice abandonado.
Sea como sea, la unión -casi confus ión de identidades- de las dos
mujeres en este pasaje, sellada por el beso de ambas antes del encuentro
sexual, y la iniciativa de Librada en la concepción del hijo, así como,
posteriormente, la dedicación exclusiva de Luis a su trabajo, hacen de ese
niño -o niña- un complemento no de la vi da de Luis sino de la vida de Laura y
Librada.
El sueño idílico de feminida d que Laura expresaba en su
correspondencia halla entonces su revers o en la carta que Librada le dirige
para comunicarle su embarazo, en el qu e sustituye a la llorada Corderita por
el futuro vástago. Ni una mención a Luis , ni una referencia a la felicidad
conyugal. Sólo la felicidad compartida de la madre y la doncella; de nuevo, la
esfera radiante de lo masculino qued a al margen. Y de nuevo la mano del
autor ha burlado los discursos dominantes al apartar a Laura de la esterilidad
y concederle una maternidad simbólica y compartida.
A pesar de que el análisis de Laura se pueda leer a la luz de la figura
arquetípica de Diana y de la isotopía lunar, no hay que engañarse: se
asemejan pero no son equivalentes. La insistencia de la narración en la
situación de desamparo en la que vi ve Laura muestra una y otra vez que
Alcera no es el Olimpo y que la esfera de lo masculino sigue ahí. Laura, como
ser humano está obligada a vincularse con esa esfera, en su caso, con Luis
Menéndez y su deseo hacia él. Eso no obsta para que su voluntad adquiera
magnitudes olímpicas al imponerse const antemente un alejamiento de él, un
alejamiento que tiene poco de míti co y mucho de práctico y realista. 51 Así,
51 El tema de la lejanía aparece en varias ocasionas, de forma muy significativa, en la
obra. Uno de los ejemplos más claros es la meditación de Laura sobre la lejanía:
“Pronunciaba para sí misma la palabra 'lejos'; y la enamoraba decirla, y volaba su mirada
275
Laura, reflexiona: “El nombre de Luis estaba para Laura cercado de riesgos,
de prohibiciones y le abría un surco doloroso en su vida.”
Ese famoso cercado que da título a la novela no parece ser, tampoco, el
cercado de unas convenciones social es a las que Laura se pliega con
aquiescencia. En este punto, el auto r jugó una mala pasada a sus futuros
críticos y suprimió un párrafo a toda s luces esclarecedor: “Ella no soñaba;
nunca gustó esas quimeras de doncelli tas que se mustian de amor esperando
un príncipe rubio y triste como el otoño...” (Larsen 1992: 191) 52 Un párrafo
que concluye con el desgarrador balbuceo de Laura: “(...) predestinada a la
soledad... ¿Por qué era ella así? ¿Qué ce rcado invisible, pero recio, fiero, la
ceñía y muraba?” (Larsen 1992: 191)
El temible cercado ciñe, pues, a Laur a; el cercado de la convención es
mucho menos insalvable que el cercado de la identidad que Laura se
construye para sí y con el que demuestra ser mucho menos romántica y
exaltada de lo que la crítica ha quer ido presentar. Negándose a consumir su
v i d a a l a e s p e r a d e q u e u n h o m b r e la rescate como a las princesas de los
cuentos, Laura elige la soledad, una so ledad difícil y dolorosa, como forma de
ser.
Elegir esa soledad no sólo implica un a decisión personal, sino que tiene
consecuencias sociales. Decía que La ura, por su condición de soltera
desprotegida, se constituía en un peli gro según los discursos hegemónicos. Su
rechazo al joven pretendiente que conoce en el Sanatorio es, en ese sentido,
una ratificación de su soledad y un a negativa a recluirse en un nuevo
estereotipo que, como los anteriores re chaza, aunque es consciente de que
tampoco la huída es posible y que su futuro depende de ella misma: 53 “(...) no
sobre todos los horizontes y concebía el silenc io de otras inmensidades.” (Miró 1943: 300)
Igualmente, en su último diálogo con Luis este le reprochará: “Vengo a quejarme de tu
alejamiento” (Miró 1943: 315)
52 L a r s e n t o m a c o m o b a s e l a v e r s i ó n d e l a “ E d i c i ó n C o n m e m o r a t i v a ” d e l a s Obras
completas , pero coteja el ejemplar con la edición original de 1916 y una reedición de 1927.
Como hace notar el editor, las variaciones su elen limitarse a ser fragmentos o personajes
eliminados; de ahí que restituya a pie de página los pasajes omitidos, como es el caso del
texto citado.
53 De hecho, de Laura se dirá en comparac ión con Menéndez, que era “más exenta de
amor o más señora de sí misma” (Miró 1943: 269)
276
puedo huir; y tampoco me atrevo a dar mi compañía hasta que no me sienta
del todo curada y pruebe mi fuerza interior.” (Miró 1943: 315)
En cuanto al último encuentro con Lu is, el silencio de Laura supone un
enigma. Acomodado a su nueva situación de triunfo profesional y en espera
de la llegada de su hijo, Luis vuelve a contruir un sueño triangular en el que
Laura se convierte ya no en amante, sino en hermana y madrina.
Nada sabemos de la actitud de Laur a ante esa propuesta; lo único que
parece evidente es que cualquier semeja nza entre las fantasías de Luis sobre
ella y su esposa y la realidad son pu ra coincidencia. Lo único que podemos
sospechar -a partir de la relectura de l incendio y la concepción- es que en
caso de que esa hermandad se prod uzca, será una hermandad femenina.
Desde esos referentes, la hipotética aceptación del papel de hermana del
matrimonio Menéndez no tendría los ri betes de claudicación que le concede,
por ejemplo, García Lara. Prescindiend o del varón como eje de análisis o,
como mínimo, desplazándolo, el triángul o se reestructura y la soltería y la
maternidad respectivas se alzan no com o destinos implacables y excluyentes
para la figura femenina, sino como ro tundas e incluso subversivas elecciones.
Dentro del cercado abandona la evidencia de la isotopía de la mirada
que caracteriza a La mujer de Ojeda , sin embargo, continua con la misma
narrativa de las versiones y perversion e s d e l a m i r a d a . E n e s t e c a s o , l a s
perspectivas se multiplican y se hace n más profundas: los personajes están
constantemente abismados a una imagen, la propia, hecha de los retazos que
la mirada de los otros depo sita en ellos, en especial, la mirada normativa.
Menéndez es, quizás, quién tiene mayo r conciencia de esa mirada normativa
que le dicta unas pautas de comportamie nto; para legitimar su alejamiento
de esas pautas tendrá que revisarse, verterse en una imagen ideal y
adulterada de sí mismo por la cual se sitúa por encima de las medianías y
deviene, o eso cree, un super-hombre. Por otra parte, Menéndez no tien
escrúpulo alguno en reproducir esa mirada normativa y aplicarla a las
mujeres que son objeto de su deseo, a las que imagina, en un delirio
típicamente finisecular, como dos extremos distintos y distantes de un placer
que está a su servicio. En cierta medida , tales rasgos de la mirada masculina,
283
sospechar qué querían las mujeres y teníamos que enfrentarnos a sus
resoluciones finales, en La palma rota asistimos al despliegue de los deseos
de Luisa, unos deseos que -para sospechoso desconcierto de los críticos- no
están orientados a la figura masculina.
LA VIRGEN FATAL
La decisión de no orientarse, o incl uso de rechazar a la figura masculina
no es, como he mostrado, nueva en la obra mironiana. Tanto Clara como
Laura desembocan, de muy distinto modo, en ella. Sin embargo, en La palma
rota adquiere mayor profundidad a causa de la amplificación de rasgos que
apenas se intuían en las anteriores mu jeres. No parece casual que las tres
novelas utilicen la misma expresión, que remarca su singularidad, para
referirse a ellas: Carlos Osorio dirá de Clara que “Clara no se parece a
ninguna mujer” (Miró 1901: 127); Librada señalará que las cartas de Laura no
son “como las de otras mujeres” (Miró 1943: 279) y aún la misma Laura está
tentada a considerarse “superior a casi todas las mujeres” (Miró 1943: 276);
finalmente Luisa a la observación de Guzmán “Y usted ha gritado como...
otras mujeres!...” responde “ ¡Yo he gritado como ninguna...como nadie!”
(Miró 1943: 219)
Los tres ejemplos muestran perfecta mente la conexión entre esas tres
anómalas figuras femeninas, pero tamb ién las distancias y es que entre la
observación de Osorio y la exclamación de Luisa se abre el abismo de la auto-
conciencia. El perfecto conocimiento de la diferencia que encarna Luisa se
perfila así como el primer punto de ap oyo para trazar un análisis; es esa
consideración de sí misma la que explica, en cierto modo, el orgullo
sangrante con que trata a Guzmán, un orgullo que tiene que ver menos con la
neurosis o con el desdoblamiento de la personalidad que con la superioridad
del artista. 54
54 Márquez Villanueva sugiere que el personaje de Luisa retoma el tema de las
personalidades desdobladas y del doble peligr oso a la manera de Jekill y Hyde (Márquez
Villanueva 1999)
284
Sin embargo, la presencia de un orde n social en la novela -y también
fuera- según el cuál la mujer no está vinculada a la creatividad -de nuevo cabe
hablar del tópico de la naturaleza imitativa de la mujer que señalaba Dijkstra-
sino al perfecto mantenimiento del ho gar, y la sabia combinación de ambos
factores en la pluma del narrador han oscurecido la consideración de Luisa
como artista. La complejidad de su ca rácter se apunta ya en la primera
descripción:
Cuidaba Luisa de todo en el hogar desde que murió su
madre y su hermano. Quedaron rotos los dulces coloquios de
doncellez. La plebeya condición es piritual de un hombre, su amor
primero, le selló alma y labi os. No tuvo ya intimidades ni
expansión aliviadora de ensu eños y aflicciones. Tornóse
desconfiada, fría, y gustaba most rar aumentada su impasibilidad.
El apartamiento y la adoración a la música la acendraron
exquisitamente. Era altiva; y llegaba a rendirse de ternura por lo
que no atendían los demás. (Miró 1943: 196)
El fracaso amoroso que se sugiere en estas líneas ha sido usado,
frecuentemente como justificación de la hipotética neurosis de Luisa. Lozano
Marco se refiere a él como “el suceso que originó la neurosis de Luisa”
(Lozano Marco 1991: 49) y también Garc ía Lara utiliza este párrafo para
desarrollar el mismo punto, aunque no deja de observar que “ha encontrado
en la música el cauce de sublimación de su sensibilidad y sus inquietudes
femeninas” (García Lara 1999: 107), aunq ue no menciona en absoluto cuáles
son tales inquietudes propias de la mujer.
Por supuesto, la lectura en clave patológica puede desplegarse con toda
legitimidad, pero el párrafo nos devuel ve a unos términos ya conocidos. La
frialdad, altivez e impasibilidad de Luisa remiten, de nuevo, a la imagen de la
mujer lunar. No hay que olvidar que junto al alejamiento de la esfera
masculina, las imágenes lunares indican un alejamiento de todo lo terrenal;
de hecho, es sobradamente conocida la asociación entre la luna y lo
espiritual, especialmente cultivada por los simbolistas y por el propio Miró. 55
55 La secuencia mujer-alma-luna es desa rrollada con un tratamiento netamente
finisecular en el cuento “Los amigos, los amantes y la muerte” (recogido en el volumen con el
mismo título que ve la luz en 1915, aunque se publica por primera vez en prensa en 1908). El
cuento, cuyas relaciones con La Intrusa , de Maeterlink son evidentes, se centra en el
285
Que el reino de Luisa es el reino de l espíritu está fuera de toda duda
incluso para los que codician su carne; será el mismo Guzmán quién exclame:
“ ¡Oh, mujer, que pareces hecha sólo de alma, de alma dolorosa y agónica!”
(Miró 1943: 224). La idea de la mujer como alma, desmaterializada y pura
entronca, insisto con todo un repertorio de textos finiseculares, lo cuál
demuestra una vez más que el autor estaba perfectamente informado de la
literatura de la época. Ahora bien, lo pecu liar de la espiritualidad de Luisa es
que proviene de la apropiación de un saber -el arte- propiamente masculino;
no en vano, esa condición inmaterial s e a l z a c o n m a y o r f u e r z a e n l o s
momentos en los que la protagonista ej erce su actividad favorita. Tal y como
leemos, su música “no parecía tañida po r manos, sino que sólo sonase por la
eficacia del alma artista, sin medio de fuera” (Miró 1943: 211)
Es esa extraña carnalidad del espíritu, la plenitud de esa autosuficiencia
encauzada en la música, la misteriosa re clusión en sí misma y en su arte lo
que convierte a Luisa en deseable para Aurelio:
No pudo decirse en qué momento prorrumpió esta mujer de
entre todas las mujeres; y la vio si ngularizada, sola, precisa, frente
a su vida. No la adivinó ni sintió amiga, ni hermana, ni amante.
Aislada, sin atraerle ni re chazarle; velada, insinuante,
inquietadora. (...) (Miró 1943: 211)
Gustaba de vestir telas delgadas y de amplia y peregrina
hechura que hicieran misteriosa su carne; por eso, cuando la
rapidez o el descuido de una acti tud no buscada confesaba alguna
línea de su cuerpo, daba suprem a tentación, sin degenerar su
castidad. (...) (Miró 1943: 211)
Concurren en la belleza de Luisa muchos de los tópicos mironianos
sobre la belleza femenina: la fragancia a jardín, que funde a la mujer con la
Naturaleza; la fijación por los delicado s pies de la doncella (que no se
menciona en este fragmento pero que llega a la obsesión: Aurelio sigue sus
huellas en el campo y recoge, literalmen te, el polvo que pisan); la conjunción
personaje femenino, Alma, y utiliza el reflejo de la luna sobre ella como presagio de muerte.
Sobre este cuento y su relación con Maeterlink, ver López García, P.I., “ 'Los amigos, los
a m a n t e s y l a m u e r t e ' . C l a v e s s i m b ó l i c a s d e u n c u e n t o d e G a b r i e l M i r ó ” e n L o z a n o M a r c o ,
M.A & Monzó R.M (coords.). Actas del I Simposio Internacional "Gabriel Miró" , Alicante:
Caja de Ahorros del Mediterráneo, 1999: 289 – 312.
286
de provocación y castidad... La mejor imagen de Luisa es, quizás, la de la
adelfa blanca (le dice Aurelio “tiene uste d la amargura de la adelfa blanca”).
Su identificación con una flor indica, de entrada, la feminidad y el erotismo
que posee; ahora bien, es una flor amar ga, de hecho venenosa, y es blanca, un
color de inequívoca connotación, que re coge tanto la alusión a la virginidad
como a la espiritualidad.
Ninguna de las descripciones de su belleza escapa a esos rasgos de
feminidad, castidad y espiritualidad que tan bien encajan con el símil lunar.
Ahora bien, la luna, como recuerda Dijk stra equivale a tres identidades:
Cintia, en el cielo; Artemisa, en la tie rra y Hécate, en el mundo subterráneo. Y
en esas entidades oscuras hay que buscar muchos de los rasgos restantes que
definen a Luisa; como menciona la Princesita , Luisa es “rara”, “nunca se la ve
por dentro” (Miró 1943: 203) y esa falta de transparencia remite a la imagen
circular de la luna/mujer: cerrada, in franqueable, contenida en sí misma, 56 lo
que la convierte en esquiva e inaccesible. Walter Otto, en su estudio sobre los
dioses homéricos señalaba que Artemi sa -en todas sus encarnaciones- es,
sobre todo, la diosa distante, en la qu e soledad, la virginidad y un anómalo
sentido de la crueldad se encadenan pa ra preservar esa distancia (Otto 1954).
Downing apela a ese mismo fenómeno en otros términos: es la diosa que
necesita estar-en-sí-, hecho que invita a la intrusión en su “mundo”(Downing
1998).
Y esas nociones son capitales para entender la relación entre Luisa y
Guzmán, que se puede leer como el in tento de una intrusión no permitida
que tiene su auténtico campo de batalla en el verdadero núcleo del carácter
de la protagonista: su dimensión intele ctual. Aurelio no sólo reprocha a Luisa
su rechazo en términos afectivos, si no que deplora su exclusión de las
tertulias artísticas que ésta alienta y su negativa a leer sus obras: “¡Y esa
mujer que encendía su alma estaba arri ba hablando con dulzura a los tibios, a
56 Esas características encuentran su corresp ondencia gráfica en la imagen del círculo
que nunca acaba, la serpiente que se muerde la cola, el uroboro, tal y como explica Dijkstra
1986: 129 et ss. Tal imagen tuvo un sorprenden te éxito en el arte finisecular, como queda
atestiguado con los numerosos lienzos que el estudio de Dijkstra reproduce.
28
7
los externos, a los frívolos! A él no le admitiera nunca en espiritual comunión;
no se sintió acogido.” (Miró 1943: p.211)
El desequilibrio entre el artista y la mujer adorada se anula, y los dos
caracteres se sitúan en la misma posi ción, como explicaré más adelante. Ahí
está el peligro de Luisa y también su naturaleza tentadora; y sobre todo, ahí
está la clave de la incomprensión del personaje.
Dejando atrás los referentes simbóli cos, el hecho de que Luisa se sitúe
en el mismo nivel intelectual que su pretendiente resulta poco menos que
escandaloso. De hecho, resulta curios o comprobar cómo los críticos que han
optado por la descripción neurótica de la protagonista filtren observaciones
como las siguientes:
Luisa podría ser la estabiliza ción y cronificación de la
incipiente neurosis de Laura. Es la perfecta caracterización
histérica de Luisa, a través de la represión de su sexualidad y su
corolario de secuelas afectivas, así como de la idealización del
Padre en tanto que “amo” al que se rvir y sobre el que reinar. Luisa
vive entregada al “amor al Padre” y en permanente rivalidad con
el hombre (García Lara 1999: 107) 57
Si García Lara nos hace sospechar qu e el diagnóstico clínico tiene algo
qué ver con esa rivalidad con lo masculino, Barbero usa la misma idea y
muestra esa conexión a las claras:
En efecto, Aurelio desearía una mujer mucho más adaptada
a sus sueños que una mujer inteligente y recelosa. Luisa, inexperta
en el amor, toma, sin casi darse cuenta de ello, una postura
agresiva, nada sumisa . Ha olvidado la regla establecida: para
gustar hay que someterse. Luisa mantiene una lucha entre su
condición femenina y su inteligenc ia superior a la media de las
jóvenes de su entorno (Barbero 1981: 29-30)
A la luz de ambas observaciones, pare ce claro que una sexualidad “sana”
es incompatible con el disfrute de at ributos tradicionalmente masculinos
(como la creación artística), incluso que la condición femenina y la
inteligencia superior a la media son in compatibles. Por si queda alguna duda
respecto al poso ideológico que guía esto s análisis, vuelvo a ceder la palabra a
57 El subrayado es mío, en ambas citas.
288
Barbero, quién en su capítulo dedicado a las mujeres agresivas -y ya ha
quedado claro que Luisa lo es- afirma:
En estas mujeres hay un oculto in tento de castrar al varón al
tiempo que rechazan en sí mi smas la feminidad. Una mujer
normal puede manifestar, junto al deseo de desarrollar todas
aquellas actividades típicamente femeninas, como son el cuidado
de la casa, la crianza de los hi jos, el cobijo del esposo y el
mantenimiento de sus atractivos fí sicos, el deseo de establecer una
segunda percepción de sí mism as en roles tradicionalmente
masculinos, pero si sacrifica el pr imer deseo y del segundo hace un
arma contundente para humillar al varón, no es una mujer normal
en absoluto; es una mujer fuertemente frustrada y por lo tanto,
peligrosa (Barbero 1981: 91) 58
Quizás no haya más que añadir. Luisa, que ha decidido encerrarse en su
pasión artística, no es una mujer norm al, en absoluto; y efectivamente, es
peligrosa, porque desestabiliza el es trecho y cerrado mundo de los roles
genéricos. Que decidamos que eso es sínt oma de un desajuste psíquico es ya
un asunto que no corresponde al text o sino a nuestra sensibilidad, y sobre
todo, a nuestra ideología.
REFLEJOS CRUZADOS
Evidentemente, mi elección pasa por desechar la neurosis e interpretar
el desconcertante comportamiento de Luisa en relación a su vocación
artística. Que ese es el puntal de su identidad y que es un rasgo usado con
fines excluyentes queda sobradamente demostrado desde el principio de la
novela y adquiere toda su significac ión en el momento en que Guzmán le
reclama compartir su arte con él:
- (...) Ha tocado usted por to dos sus amigos. Es posible que
yo no sea ni amigo siquiera. Pero toque usted ahora por mí,
prescindiendo de todos, por mí y para mí solo.
- ¡Por usted solo! ¡Si yo no toco por nadie!
(...)
58 Me tomo la licencia de repetir la cita, hecho que justifico por la impagable
contundencia de la misma.
289
- ¿De modo que no quiere usted?
- No es que no quiera; es qu e no puedo, no siempre se
puede. ¡Como no es usted artist a, acaso crea que es un pobre
capricho de mujer! (Miró 1943: 213)
El uso de su habilidad musical no puede ser más soberbio; concurren en
él tanto la reafirmación de la soleda d y la autosuficiencia como el desprecio
del hombre que reclama la participac ión en él. Que niegue a Guzmán la
calificación de artista es, por otra parte, mucho más que una expresión de
o r g u ll o d e s me su ra d o . P a ra L u is a n o e xi s te o tr o ar t e q u e la m ús ic a , de a h í q ue
Guzmán quede desposeído, ante sus ojos , de cualquier mérito artístico y eso
lo excluye, en consecuencia, de ser objeto de su deseo: 59
En los últimos años, había hech o parcial abdicación de su
carácter. Aceptaba las visitas de los amigos del hermano, aunque
en algunos momentos la cansasen. Eran nada más hombres. Los
espíritus raros, indomables, extrao rdinarios, sólo los comprendía
siendo músicos (Miró 1943: 198) 60
La misma correlación entre la música como cualidad necesaria para
asumir al otro se atisba de sde el inicio de la obra, dónde se fija en una imagen
fundamental para comprender el deseo de Luisa:
En las artes padecía celosa intr ansigencia. La música era el
más supremo y alado. Las demás ar tes necesitaban de medios de
expresión más humanos o terreno s; de modo que los músicos-
genios perdían para ella la carn e y hechura de hombre quedando
en un misterioso androginismo , o mejor, angélicamente, sin sexo;
música humanada, algo inefable, como el arte amado (Miró 1943:
196)
Si hasta el momento, la habilidad artística de Luisa se revelaba, al
apropiarse de un saber masculino, como una clara confusión genérica, la
conversión del ideal de masculinidad en un ideal de androginia nos aboca
irremediablemente al terreno de la indiferenciación sexual. De ahí el
desconcertante comportamiento de Luisa: atraída por Guzmán, su igual -mal
59 Me permito recordar que la consideración de la música como ideal de todas las
artes es una idea ampliamente desarrollada en las doctrinas esteticistas del fin-de-siècle y
muy notablemente, en el ámbito inglés.
60 El subrayado en mío.
290
que le pese- y por su condición de hombre-niño 61 , todavía no determinado
por una madura masculinidad, Luisa se ve atacada también por el rechazo en
el momento que esa masculinidad se ha ce evidente mediante los requiebros
amorosos y ve atacada también su prop ia condición genéricamente fronteriza
cuando el arte de Guzmán es situado por encima del propio.
De ahí las distintas reacciones ante el novelista; la desazón que le
provoca un espíritu similar al suyo -su orgullo no lo tolera- y el peligro que
corre su propia androginia ante la su misión a ese artista que, pese a sus
rasgos angélicos, es un hombre gene ran en el comportamiento de Luisa
diversas estrategias para disuadirse/d isuadirlo de una hipotética comunión
erótica con él.
Así, no duda en usar y abusar del desp echo y la ironía en su trato con el
joven Guzmán:
- ¡Luisa!
Entonces ella vino lentamente a Guzmán.
Comenzaba la calleja de los blancos muros.
- ¿Qué quiere?
Y él, inmóvil, no habló. ¡Cómo decirle su padecimiento!
- P e r o ¿ q u é q u i e r e ? – l e p r e g u n t a b a L u i s a , y a c o n p e s a r d e
su complacencia.
Y dijo Aurelio palabras infa ntiles estremecidas como un
aleteo.
- ¿Por qué me trata usted así? ¡Usted, a la que hablo...!
- ¡Y para eso me llamaba! – y ra uda y alegre lo dejó. “ (Miró
1943: 218)
No sólo usa la frialdad más irónic a y la crueldad más sangrienta con
Guzmán; sus intentos de disuasión pasan también por una nuevo
transvestismo del rol genérico, de forma que en las pocas ocasiones en las que
hay cierta proximidad entre ambos, Luis a utiliza su mayor edad para situarse
en un rol femenino maternal que hiere profundamente a su pretendiente. Así,
cuando Luisa ofrece su trenza a Aurelio para que la bese, reconduce
hábilmente la situación para mostra rle que su cabello tiene ya “hebras
blancas”, ante lo cuál: “Aurelio no pudo hablar. Salió al vestíbulo. Se marchó.
61 E l c a r á c t e r i n f a n t i l d e G u z m á n , y l a f a lta de la figura materna quedan subrayados
en la obra, especialmente en el pasaje en qu e intenta sin éxito, que su tía Carmen lo trate
291
Pena y altivez se recruzaban en su alma . ¡Como a un niño le trataba ella! ¡Ni
siquiera coqueta se mostraba con él!” (Miró 1943: 223)
Si los métodos que utiliza para disuadir a Guzmán evidencian una
perversa eficiencia de Luisa, no menos perversos son los que usa para
disuadirse a sí misma de cualquier in timidad con él. Enhebrando su ideal
andrógino con su irreductible orgullo, Lu isa insiste en vulgarizar la imagen
que ella misma proyecta de Guzmán para situarlo, definitivamente, lejos de
los selectos exquisitos que pueden tent arla. Así, desde su primer encuentro,
Luisa se obstina en poner a Guzmán a la altura del resto de mortales:
La s l ín e as de la b oc a t en ía n p a sión y amargura; los labios de
su frente y las sienes, de más li mpia palidez, y su mirada bella,
lenta, como cansada, manifestaban infortunio y grandeza. Y así iba
a confesárselo Luisa; pero ella mi sma se dijo que las alabanzas y
murmuraciones oídas de aquel homb re, la llevaban a singularizarle
y ver imaginativamente prendas mentirosas. (Miró 1943: 202)
Cabe notar, a tenor de este párrafo, la lucha del sujeto por imponer la
propia mirada al objeto contemplado, frente a la visión que los otros le
ofrecen de él; una preocupación, por cierto, que ya se ha comentado por
extenso como uno de los rasgos típicos del artista finisecular. Luisa intenta
preservar su propia mirada, una actitud que para nada es inocente, sino que
sirve a su decisión personal de no aceptar a Guzmán y que, en realidad,
supone un funcionamiento que ya hemo s visto anteriormente: acomodar al
amado a los intereses del amante.
Constantemente Luisa se interroga con inquietud por la preferencia del
maestro Gráez hacia Guzmán y constan temente se obstina en dispensar a
Guzmán un trato equivalente a los de más, asimilándolo a las almas no
dotadas con el don artístico, imaginán dolo vulgar. Si ese comportamiento es
síntoma de neurosis, qué duda cabe de que también Guzmán está afectado
por la misma enfermedad. Si Luisa se de bate entre su estar-en-sí-misma y su
orgullo de ser llamado al arte y su visible atracción hacia Guzmán, éste parece
moverse entre su visible atracción hacia Luisa y su temor a que ésta sea
demasiado “plebeya” o “vulgar” para lle gar a formar “un dúo grandioso” con
como a un hijo.
292
él. 62 Curiosamente, las menciones a la vu lgaridad o al apagamiento espiritual
de Luisa, suelen venir de la boca de Guzmán en momentos en los que Luisa
prefiere o simplemente está con compañí as menos selectas que él mismo y en
los que su posesión se dibuja claramente como una quimera irrealizable:
¡Cuerpo armónico con su espíritu! ¡No pensaba el artista en
su alma sin desear augustamente su cuerpo, ni miraba su cuerpo
sin ansia de penetrar en su alma ! La intensa y cabal posesión de
aquella mujer la imaginaba como una celestialidad inefable. (...)
¡Y esa mujer que encendía su alma estaba arriba hablando
con dulzura a los tibios, a los exte rnos, a los frívolos! A él no le
admitiera nunca en espiritual comunió n; no se sintió acogido. Al
contrario placía ella de mostrarse indiferente, descuidada y aun
esquiva a las preferencias y emoci ones suyas... ¡Era plebeyo, era
vulgar el lenguaje de su alma! ¡Baja, vulgar! ¿Y siéndolo le
inquietaba hasta angustiarle? (Miró 1999: 211)
En ese aspecto, Luisa y Aurelio no sólo coinciden en la posesión de la
creatividad, sino que comparten un de smesurado orgullo basado en ésta que
deriva hacia la vulgarización del otro a la menor oportunidad. La similitud
entre ambos se hace anecdóticamente clara en una discusión entre ellos. Ante
el reproche de Guzmán sobre la esquivez de Luisa, ella le responde “no huyo
de nadie” y Guzmán deplora más aún “que me mezcle con los demás. ¡Ese no
huyo de nadie me hace hasta desventurad o!” La discusión que sigue se cierra
con una coincidencia casi telepática entre ambos:
- Pero, ¿os reñís otra vez? -les gritó el maestro Gráez
- ¡Ni siquiera nos reñimos! - repuso Luisa con desdén
- ¡Iba yo a contestar lo mismo! ¡Y confieso que casi me duele
la coincidencia! -dijo Guzmán haciendo una leve risa.
- ¡Pues a mí, me da igual que coincidamos o no! (Miró 1943:
215)
Lo cierto es que la reflexión de Guzm án al final de esta escena muestra
claramente cómo la equívoca situación en la que se hallan inmersos tiene que
ver con una cuestión de género; así, exclama “¡Si fuese hombre esa mujer,
cómo me odiaría!”(Miró 1943: 215). La igualdad y la competencia entre
ambos no puede expresarse con mayor claridad.
62 Debe hacerse notar cómo el temor a la vulgaridad en la relación con la amada
299
C OPIAS SIN ORIGINAL :
LAS E SPECULACIONES DEL YO EN LA EXPERIENCIA
ERÓTICA .
When Narcissus died the pool of his pleasure changed from a
cup of sweet waters into a cup of salt tears, and the Oreads came
weeping through the woodland that they might sing to the pool and
give it comfort.
And when they saw the pool had changed from a cup of
sweet waters into a cup of salt tear s, they loosened the green tresses
of their hair and cried to the pool and said: “We do not wonder that
you should mourn in this manner for Narcissus, so beautiful was he”
“But was Narcissus beautiful?”said the pool
“Who should know that better than you?”Answered the
Oreads. “Us did he ever pass by, but you he sought for, and would lie
on your banks and look down at you, in the mirror of your waters he
would mmirror his own beauty”
And the pool answered: “But I loved Narcissus because, as
he lay on my banks and looked down on me, in the mirror of his eyes
I saw my own beauty mirrored”
Oscar Wilde
300
301
L A MIRADA DE N ARCISO :
LA MOVILIDAD DEL YO JUNTO AL ESPEJO
Juguemos a que existe alguna manera de
atravesar el espejo; juguemos a que el cristal se hace
blando como si fuera una gasa de forma que
pudiéramos pasar a través.
Lewis Carroll.
En este espejo sin realidad, es este espejo de
un espejo, la diferencia o la díada existe, puesto que
hay mimos y fantasmas. Pero es una diferencia sin
referente, o mejor dicho, una referencia sin
referente, sin una unidad primera o última, un
espíritu que es un fantasma sin cuerpo, vagando sin
pasado, sin nacimiento, sin presencia.
Jacques Derrida
302
303
Hasta ahora, las novelas analizad as se han deslizado por un eje
evanescente: la mirada como generadora de identidad y alteridad -conceptos
en los que el género desempeña un pa pel fundamental-y se han movido por
los resbaladizos terrenos de la creación del Otro.
Esencialmente, las novelas revisada s plantean el conflicto de unos
protagonistas masculinos que intentan adecuar a las mujeres que aman a sus
propios ensueños eróticos. Unos ensueños basados en marcas genéricas que
adolecen de la misoginia propia de la época: Clara es soñada como
compañera espiritual pero juzgada como criatura pasiva, querida como ángel
y deseada como amante; Laura se integr a en la quimera de posesiones de
Menéndez como mero objeto de deseo; Luisa es deseada por una inteligencia
y una libertad de espíritu que son deno stadas cuando no redundan en la
admiración y sumisión a Guzmán.
La construcción ideal de esas muje res que llevan a cabo sus amantes
acaba sirviendo, paradójicamente, a un a consolidación de su identidad como
artistas y como varones. Una efectiva sumisión o correspondencia equivaldría
a alcanzar uno de los mayo res méritos del esteta: convertir la vida en una
obra de arte, modelada según un guió n establecido y despojada de todos los
aspectos inarmónicos. Como varones, equivaldría a reforzar su posición
patriarcal, reconduciendo la situación de conflicto respecto a la mujer a una
situación perfectamente jerarquizada.
304
El fracaso de esos ensueños, no ob stante, no se debe a una simple
condena de los personajes masculinos. Miró no se limita a jugar con roles
genéricos marcados ni a construir dicot omías maniqueas entre personajes. El
fracaso se debe a un factor doble: la eq uívoca idea del amor que sostienen y la
particular condición de las mujeres qu e deberían someterse a su mirada. La
convicción mironiana de que el amor pasa por una unión de Eros y Ágape, y
de que la sexualidad puede ennoblecerse mediante la sensibilidad estética no
parece cumplirse en estos personajes . Osorio reniega una y otra vez del
contacto carnal, al que considera casi in digno, en un discurso que no llega a
convencernos; Menéndez se deja poseer por la lujuria o por mejor decir, por
la lujuria de la posesión; Guzmán, de forma menos evidente, es también
tentado por el ansia de posesión. Todos ellos, además, hacen de su
sensibilidad estética un instrumento de orgullo con el que pretenden acceder
a las amadas y seducirlas, en el que cifran una superioridad moral que les
otorga perfecto derecho para convertir en adúltera a la mujer, convertirse en
adúlteros ellos mismos o exigir, en fin, una adoración que refuerce su
posición de poder.
Por otra parte, la condición de la s mujeres amadas dista mucho de ser
un mero receptáculo pasivo o materia mo delable. Si bien en su constitución
como personajes hay marcas notables de época, como su aspecto -de filiación
claramente prerrafaelita-, la nota pr incipal es mucho menos estereotipada.
De hecho, ninguna de ellas es suscepti ble de ser leída desde un estereotipo.
Su identidad genérica no está fijada, sino que está fijándose en el conflicto en
el que están inmersas. Si por un lado sus admiradores intentan adecuarlas a
ciertos modelos, es esa presión, la mira da del otro, la que ratifica su propia
identidad. Una identidad que, curiosam ente, pasa por rechazar la presencia
masculina o al menos, por no orientarse hacia ella.
Contemplando, pues, La mujer de Ojeda , Dentro del cercado y La
palma rota podemos concluir que existe en la obra de Miró un interés por
cuestionar los estereotipos de época. En el caso de los estereotipos
masculinos, se produce un rechazo nota blemente irónico de la versión más
snob del esteta; en el caso de los estere otipos femeninos, se produce una clara
huída del pensamiento dicotómico según el cuál la mujer es angélica o
305
diabólica; incluso se podría pensar en una cierta idea feminista si
consideramos que los personajes femeni nos, que tientan eróticamente al
varón pero no se someten a él, no se con vierten en mujeres fatales ni pierden,
en momento alguno, su complejidad y su coherencia.
Las tres novelas son, en fin, histor ias de amantes que intentan crear a
unas amadas a su imagen y semejanz a; hombres que, como evocaciones del
dandy , buscan su espejo en las figuras femeninas que tienen ante sus ojos.
Son historias de una contemplación casi enfermiza de la imagen del Otro, que
terminan con esa imagen burlando al pretendido seductor. Son novelas que
giran sobre un mismo motivo y progresi vamente lo retuercen y lo llenan de
dobleces: de la absoluta invisibilidad de la amada en La mujer de Ojeda ,
avanzamos hasta el antagonismo y el conflicto de intereses en Dentro del
cercado y a la peligrosa similitud entre los amantes en La palma rota .
Trabajos de amor perdidos, estrategias de seducción frustradas porque faltan
al principio mismo de la seducción, su gratuitad y su irreductibilidad.
Baudrillard establece que la seducción se opone, esencialmente, a la
producción: producción de signos fren te al parpadeo y continuo cambio de
éstos que se da en el espacio de la seducción. 1 Desde esta oposición, las tres
novelas anteriores se revelan mucho má s cercanas a las estrategias de la
producción que de la seducción. Las pa siones encendidas que afectan a los
protagonistas parecen encuadrarse en un espacio de seducción, pero ésta
implica perderse en el otro y perderlo en uno mismo, y ese es un juego en el
que casi nadie está dispuesto a partic ipar. Por el contrario, asistimos a un
espectáculo regido por la producción del Otro: las consolidaciones de unas
miradas que crean, o al menos, intent an, crear al Otro, producirlo, y tal
creación, no casualmente, suele ser un “espejismo ideal de ellos mismos”,
aquello que les permite consolidar la producción del discurso sobre sí
mismos.
Obviamente, esta recurrencia de la figura del Otro como correlato de
uno mismo evoca la cara más pobre del mi to de Narciso: la del ser que se ama
a sí mismo, que se abisma en su propia imagen superficial porque la ve como
1 Véase Baudrillard, J., De la seducción , Madrid: Cátedra, 2000 y Baudrillard, J., El
otro por sí mismo , Barcelona: Anagrama, 2001
306
“otra cosa”. Es una figura que se podría aplicar sin demasiadas
complicaciones en la lectura de las novelas precedentes, y que quedaría
corroborada por la condición –pretensión- de dandys de sus protagonistas;
de hecho, la mayor parte de las interpretaciones del dandy han enfatizado la
relación con Narciso en tanto que cr iaturas demasiado centradas en sí
mismas, cuyas relaciones eróticas se basan en buena medida en la
contemplación de sí mismos en el Otro. 2
P e r o t o d o e l l o e s u n a v i s i ó n d e m a s i a d o p a r c i a l : e l m i t o d e N a r c i s o n o
atañe sólo al amor exacerbado haci a uno mismo; como bien intuía Miró,
Narciso aletea en cualquier experiencia er ótica, en la que el sujeto amado se
siente escindido entre el ansia de fun d i r s e c o n e l o t r o y , a l a v e z , d e
permanecer tal cuál se es :
Una pasión violenta hinca en el amante el encendido deseo
de ser como lo amado, de vivir dent ro de su sangre, de sus nervios,
de su aliento; de vivir, de fundirs e en su propia vida, pero con la
ciega protesta de ser al mismo tiempo quien es, de no perderse del
todo para poder gozar de lo que se ama. De modo que ni por ansias
de sabiduría, de belleza, de vi rtud ni de amor renunciamos a
nosotros (Miró 1943: 644) 3
El difícil equilibrio entre el yo y el otro, entre amantes y amadas parece
encontrar su escenario perfecto en la su perficie lisa y brillante del espejo que
devuelve la imagen de Narciso; como recuerda Melchior-Bonnet:
2 No voy a detenerme en la glosa del mito de Narciso y sus versiones, pues ya
contamos con una excelente aproximación en los capítulos iniciales de Ballesteros, A.,
Narciso y el doble en la literatura fantástica victoriana , Cuenca: Ediciones de la
Universidad de Castilla la Mancha, 1998. El propio Ballesteros, en su análisis de El retrato de
Dorian Gray , vincula el fenómeno del dandy smo tal y como se presenta en la novela con la
experiencia fatal de Narciso ante su imagen. Ba llesteros recuerda, además, cómo el mito de
Narciso –en versión ovidiana-incorpora una interesante figura femenina, la ninfa Eco, cuyo
correlato en la novela de Wilde es la malograda actriz Sybil Vane: “Sybil Vane es un trasunto
de Eco. Su atributo fundamental –como sucede a la desdichada ninfa- es la voz, por medio de
la cual atrae/encanta a Narciso. (...) Pero como le ocurre a su doble en la mitología, su
capacidad es incompleta. (...) En efecto, Sybil –como actriz que es- dice palabras y expresa
conceptos que no le pertenecen. Ella es una me ra transmisora de la capacidad estética de
otros...” (Ballesteros 1998: 310) Una lectura similar, que también resalta la carencia de
creatividad de Vane y su consagración como fi gura de naturaleza imitativa –al igual que otras
tantas representaciones femeninas finiseculares- es la que establece Dijkstra 1986: 121-122.
3 La cita pertenece al ya mencionado capítulo “Razón y virtudes de muertos”
perteneciente al Libro de Sigüenza .
30
7
Para recomponer la imagen disgregada e inquietante de un
yo que se descubre otro en un espejo oblicuo y cruel, la
convergencia entre una mirada y un deseo constituyen una
mediación necesaria. Proyección de uno mismo en el otro y del
otro en uno mismo, la amistad y el amor ofrecen esos espejos
laterales en donde cada uno puede entrever una imagen de sí
mismo que es tolerable, a la vez que familiar y diferente (Melchior-
Bonnet 1996: 242)
El espejo parece una superficie extraordinariamente rica para situar en
ella las narrativas de la identidad, el deseo y el ojo; sin embargo, y como
sugiere Baudrillard, la teoría del espejo como superficie reflectante resulta,
finalmente, pobre y deceptiva: “Tod a teoría del reflejo es pobre, y
singularmente la idea de que la seducci ón se funda en la atracción de lo
mismo, en una exaltación mimética de su propia imagen, o en el espejismo
ideal del parecido”(Baudrillard 2000: 67-68).
La teoría del espejo a pesar de ju gar con la movilidad del yo y las
posiciones que puede llegar a ocupar, en cubre un esencialismo exacerbado, al
menos, tal y como la conocemos. Sólo exis te un Yo, un sujeto, una mirada; el
Otro, la imagen, sólo es tratada como ilusión, ilusión en el sentido más
desviado: falsificación, mentira, engaño.
El espejo opera la mediación entre el sueño y la realidad.
Ofrece al encuentro con el otro un espacio virtual, ficticio, en el
que se representa un argumento imag inario (...) el espejo libera un
margen de interpretación ante una verdad que no puede decirse
cara a cara (Melchior-Bonnet 1996: 245)
Bajo la apariencia de disolución que se asocia al espejo en la fábula de
Narciso, nuestra paráfrasis tradicional de ésta lo convierte en una frontera
bastante soportable. Separa la verdad de la mentira, lo que soy de lo que
podría ser, mi esencia de mi apariencia... de hecho, que Narciso muera
cuando apuesta por la mentira, la posi bilidad y la apariencia parece ser una
admonición inequívoca sobre la necesi dad de ser y permanecer en nosotros
mismos.
P e r o ¿ y s i e l e s p e j o n o s e p a r a r a n a d a ? ¿ y s i h u b i e r a o t r o m o d o d e l e e r
la fábula de Narciso? Baudrillard apuesta por una relectura del mito de
Narciso en la que el espejo ya no es una superficie de reflejo sino de
308
absorción, y en la que se cancela, por tanto, la distancia entre el Otro y lo
Mismo. De hecho, el espejo que pierde la rigidez, se apega a los dedos y se
convierte en un espacio de tránsito es una imagen que reaparece con
frecuencia en los discursos sobre la iden tidad. El caso más obvio es quizás la
propuesta lacaniana sobre la identidad asociada al estadio del espejo, por la
que el origen de la identidad está en el momento en que el niño se identifica
con la imagen del espejo y por extenso, considera que el yo está constituido
por el reflejo que nos devuelven todos los espejos que nos rodean
(instrumentos, personas, entidades, etc). 4 Además de vincularse claramente
con la isotopía del espejo y el reflej o, la propuesta lacaniana deshace –al
menos teóricamente- la diferencia entr e los seres que está n a ambos lados del
espejo. El reflejo no es una ilusión ni una mentira, es tan verdadero como el
propio yo; a decir verdad, el yo no existe al margen de sus reflejos.
Del mismo modo, la misma idea de in tangibilidad de las fronteras que
delimitan nuestra identidad puede rast rearse en propuestas como la de
Althusser: la idea de que devenimos su jetos en la medida en la que somos
“interpelados”no es sino una verbalizac ión de que las imágenes de nosotros
mismos que nos ofrecen otros ojos y di scursos se apegan, inevitablemente, a
nuestra identidad. 5
En realidad, cualquier planteamiento sobre la identidad que considere
a Foucault y sus observaciones sobre la subjetividad se halla abocado a esta
revisión del mito de Narciso por la cual las imágenes de ambos lados del
espejo son exactamente igual de verdader as (o igual de falsas). Butler es
especialmente incisiva a la hora de esta blecer las correlaciones entre esos dos
lados del espejo rehuyendo de la isotop ía visual y trasladándola a las redes
del discurso:
4 Lacan, J. “El estadio del espejo como formador de la función del yo” en Escritos
(vol. 1), México: Siglo XXI; pp. 86-93.
5 No es mi intención establecer una genealog ía de la identidad, ni siquiera desarrollar
un examen completo de las aportaciones co ntemporáneas sobre el tema; estas pequeñas
calas, necesarias para mi propio discurso, pu eden completarse con: Burger, C. & Burger, P.,
La desaparición del sujeto. Una historia de la subjetividad de Montaigne a Blanchot ,
Madrid: Akal, 2001; Silverman, K., The Subject of Semiotics , Oxford: Oxford University
Press, 1983 y Taylor, C., Sources of the self: the making of the modern identity , Cambridge:
Harvard University Press, 1989,entre otros.
315
T E DOY MIS OJOS .
LA FLUIDEZ DEL DESEO Y LA MIRADA EN LAS CEREZAS DEL
CEMENTERIO (1910)
¿Qué es el amor? La necesidad de salir de
uno mismo. Charles Baudelaire.
Y por esto el amante que no es amado está
muerto completamente... Pero cuando el amado
corresponde en el amor, el amante vive al menos en
él.
Marsilio Ficino.
316
31
7
Las cerezas del cementerio es considerada el primer hito de la
producción mironiana: es la primera no vela larga y supone, en consecuencia,
un mayor y más evidente despliegue de la habilidad del escritor. Estas son las
consideraciones generales lanzadas por la crítica entorno a la novela, como lo
es la consideración de ésta como cima y cierre de la vena modernista y/o
decadentista en la producción literaria de Gabriel Miró.
Esta última valoración es un instru mento muy útil para la exégesis de
la obra, siempre y cuando no se utilice como pretexto para banalizar algunos
aspectos de la novela. En ese sentido, una parte de la crítica ha investigado el
proceso de gestación de la obra y ha proporcionado datos muy relevantes
para su estudio. Lozano Marco, en su introducción a Las cerezas del
cementerio traza un completo y acertado panorama de la novelística
mironiana previa a 1910 y observa que la obra “da forma adecuada a temas
que aparecen aquí ingenuamente esbo zados”(Lozano Marco 1991: 44) “Aquí”
se refiere a las novelas tempra nas de Miró y en concreto, a La mujer de
Ojeda , con la que establece alguno s interesantes paralelismos. 9 Lozano Marco
9 El paralelismo más obvio y tangible es el que se desprende del estudio de la
cronología interna de la novela, según el cuál ésta se concibió y empezó a escribirse en
primera persona –como puede verse en el fragmento primigenio publicado en el Hearldo de
Madrid en 1907- usando discursos y formas aparen temente autobiográficas, como ocurre en
el caso de La mujer de Ojeda ; sobre este aspecto, véase McDonald, I., “First Person to Third
Person: en Early Version of Gabriel Miró’s Las cerezas del cementerio ” en Bacarisse, S. et alii
(eds.) What’s Past is Prologue: A Collection of Essays in Honor of L.J. Woodward ,
Edimburgo: Scotish Academic Press, 1984. Lozano Marco, en su introducción a la obra
318
sugiere que la gestación de Las cerezas del cementerio está próxima a La
mujer de Ojeda ; afirma, así, que el proceso de elaboración se situaría entre
1902 y 1910 y aporta diferentes da tos y documentos que certifican ese
dilatado proceso de composición.
Estos datos me interesan como prueba de que el hacer literario de
Miró difícilmente acepta cortes y divisi ones en etapas; el trabajo sostenido
del autor a lo largo de casi una década sobre Las cerezas del cementerio
desautoriza, a mi juicio, la idea de qu e ésta supone el cierre y posterior
rechazo de una etapa. Culminación, sin duda, sobre todo porque en la obra
cristalizan y se personalizan, como bien señala Lozano Marco, muchas de las
posibilidades vistas anteriormente y se engarzan en una fábula que es,
verdaderamente, un prodigio. Al mismo tiempo, la profundización en esas
posibilidades temáticas, genera nuevos motivos y líneas que se proyectan en
las producciones posteriores y qu e serán decisivos en novelas como Nuestro
Padre San Daniel y El obispo leproso .
Es quizás esa densidad temática tan característica de Las cerezas del
cementerio lo que hace insuficiente su consideración como novela
modernista o decadentista sin más precis iones. Lozano Marco ya advierte de
este conflicto, y reproduzco sus pa labras puesto que las considero
admonición especialmente adecuada en lo que concierne al estudio de esta
obra:
(...) es necesario ser conscie ntes de que nos encontramos
ante un texto complejo sobre el que no podemos dejar caer la losa
de una definición, o de una rigurosa interpretación: el texto se
encuentra vivo, y lo que se ha querido enterrar no es sino el
fantasma que algunos críticos crea ron, después de reducirlo a un
pobre esquema fosilizado y vest ido con retales de guardarropía
modernista. En la novela está presente ese procedimiento de
“decir las cosas por insinuación” ; y “contiene”muchas cosas. De
ahí que las interpretaciones que de e s t a n o v e l a s e h a n h e c h o s e a n
variadas, diversas y, como es lógico, contradictorias (Lozano
Marco 1991: 59)
señala cuatro aspectos principales de similitud: abundancia de referencias y citas literarias,
ambiente lugareño caracterizado por una moral mezquina, la emoción ante la naturaleza y la
presencia inocente y espontánea del erotismo.
319
Al margen de describir con notable exactitud e ironía las reducciones a
l a s q u e s e h a v i s t o s o m e t i d a l a n o v e l a , L o z a n o M a r c o p o n e e l a c e n t o e n u n
hecho evidente de su recepción y lectur a: la obra se ha convertido en un
incómodo foco de interpretación, y el propio Lozano Marco repasa con
eficacia algunas de las lecturas sobre ella. 10
Las razones de esa fertilidad de lo s significados son muchas, pero me
permito sugerir una causa común, que no es otra que la evidente presencia de
elementos inequívocamente finiseculares pero tratados de un modo
desconcertante: 11 por ejemplo, Félix aparenta encajar perfectamente en la
casilla de los héroes decadentes... pero resulta demasiado positivo,
demasiado espontáneo, demasiado alejado de la frialdad del dandy ; el idilio
con Beatriz, una mujer casada que no pierde en momento alguno su carácter
venerable, trae recuerdos de Va lle-Inclán o D'Annunzio... pero su
pensamiento resulta demasiado independ iente, su papel dista mucho del de
una Maria Ferres, sacrificada ante la seducción de un Sperelli; 12 la lista se
podría alargar hasta el infinito, pero so n esos dos personajes, Félix y Beatriz,
y la peculiar historia de amor que vi ven -íntimamente vinculada a su propia
condición- los que generan mayores dudas y problemas.
La relación erótica entre ambos parece indescifrable; ¿es, como sugiere
Barbero, una muestra del carácter pasivo de las mujeres por la cuál Beatriz se
10 E l a u t o r s e c e n t r a e n l a s l e c t u r a s m á s p e c u liares de la obra: la visión edípica de la
relación Félix-Beatriz según se pl antea en Stein, B., “Edipo en Las cerezas”, Estudios Ibero-
Americanos , VI (1980): 73-82; la trama mítico-religiosa que articula el capítulo
correspondiente a Las cerezas del cementerio en la obra de Hoddie, J. Unidad y
universalidad de la ficción modernista de Gabriel Miró , Madrid: Orígenes, 1992 (cuyo
precedente es el artículo del mismo autor “Ensayo de aproximación a Las cerezas del
cementerio de Gabriel Miró”, Revista de Estudios Hispánicos , 11 (1984): pp.163-185) y,
finalmente, la lectura en clave existencialista que desarrolla Ruiz, R., “El sentido existencial
de Las cerezas del cementerio ”en Márquez Villanueva, F. (ed.) Harvard University
Conference in Honor of Gabriel Miró , Harvard Studies in Romance Languages, 1982: 35-46.
Obviamente, la extensa y brillante introducci ón a la obra menciona otras lecturas que
mencionaré en el momento oportuno.
11 De hecho, el juego y renovación de los clichés literarios es habitual en la obra de
Miró: como ya se ha dicho, El hijo santo, por ejemplo, reescribe el típico tema decimonónico
d e “ e l c u r a e n a m o r a d o ” ; l a p r e s e n t e n o v e l a t a m b i é n l e d a l a v u e l t a a l o b s e s i v o t e m a d e l
adulterio, como ocurre en las novelas de Olez a en las que, además, también se utiliza de
m a n e r a b i e n d i s t i n t a a l o s u s o s h a b i t u a l e s e n l a n o v e l a d e c i m o n ó n i c a , e l t e m a d e l a c i u d a d
levítica. 12 La relación entre Miró y D'Annunzio ha sido estudiada por Meregalli 1949, por
tanto sólo apunto la relación entre Félix y los protagonistas d’annunzianos y remito a la obra
citada para profundizar en ese aspecto.
320
entrega al “sosias”de Guillermo intentan do resarcir un pecado -que dicho sea
de paso, nunca cometió- que le genera un insoportable sentimiento de culpa?
(Barbero 1981) ¿Es necesario que Félix muera para que Beatriz renazca a la
vida? ¿O es una fábula sobre el loco amor y los perversos pa raísos terrenales,
como señala Larsen? (Larsen 1998) ¿O qu izás es una nueva versión del amor
a lo prohibido que fracasa porque Fé lix no es Guillermo sino una copia
respecto a su original? (García Lara 1999)
Menciono estas tres interpretaci ones, entre otras, porque sus
diferencias muestran la disparidad de criterios con las que los intérpretes de
la novela se han enfrenta do a ella. Nadie acierta a ponerse de acuerdo sobre
la “moraleja”de la obra, como nadie ac ierta a ponerse de acuerdo sobre su
misma trama ¿hay final feliz o no? ¿la vivencia erótica culmina en triunfo o
en fracaso? Y si fracasa ¿quién es el vencido o la vencida; Félix, que muere, o
Beatriz? ¿Por qué sobrevive Beatriz a Fé lix? ¿acaso es una confirmación de la
maldición que parece afectar a Beatriz po r la cual trae la muerte a los seres
que ama? ¿es, entonces, una Eva, una Lilith, dadora de muerte al varón?
Las interrogaciones se entrelazan y no hay respuesta definitiva; la
novela se escapa siempre a la tiranía de un sentido único, sin embargo, creo
que es posible sostener que Las cerezas del cementerio trata menos de la
relación erótica con el otro que de la búsqueda de uno mismo a través de la
seducción del otro. Si en las nove las analizadas anteriormente, los
conflictivos contactos entre la identidad y la alteridad quedaban
notablemente sugeridos por las relaciones entre amantes y amadas, Las
cerezas del cementerio alcanza la sublimidad de su formulación mediante la
ejecución de un guión en el que el cambio de posiciones genéricas e
identitarias es la nota predominante y que culmina con la genial imagen de la
tríada de amadas/amantes de Félix Valdivia devorándolo, literalmente
uniéndose a él, mediante las cerezas del cementerio.
321
M ARCA DE AGUA
Y a a d v e r t í a L o z a n o M a r c o q u e Las cerezas del cementerio presenta
numerosas similitudes con la novela que inaugura la producción mironiana:
La mujer de Ojeda . Al margen de las acertadas comparaciones que establece
el profesor Lozano Marco, Las cerezas del cementerio recupera, sobre todo,
la preeminencia de lo visual como mo tivo recurrente. En los análisis
precedentes he intentado demostrar cómo la presencia de la mirada es un
aspecto capital en el conjunto de la pr oducción mironiana, pero en las dos
novelas que me ocupan esa presencia roza la saturación y en mi opinión, tal
indicio, actúa como un sólido y fértil principio de interpretación.
De hecho, Las cerezas del cementerio se abre con esa saturación de
motivos visuales que veíamos en La mujer de Ojeda y arranca abruptamente
con la figura del protagonista, Félix Valdivia, mirando a la luna:
Desde el primer puente del buque contemplaba Félix la
lenta ascensión de la luna, luna enorme, ancha y encendida como
el llameante ruedo de un horno. Y miraba con tan devoto
recogimiento, que todo lo sentía en un santo remanso de silencio,
todo quietecito y maravillado mientr as emergía y se alzaba la roja
luna. Y cuando ya estuvo alta, dorada, sola en el azul y en las aguas
temblaba gozosamente limpio, nuevo, el oro de su lumbre, aspiró
Félix fragancia de mujer en la in mensidad, y luego le distrajo un
fino rebullicio de risas. Volvióse y sus ojos recibieron la mirada de
dos gentiles viajeras cuyos tules, blancos, levísimos, aleteaban
sobre el pálido cielo (Miró 1943: 319) 13
En el párrafo que abre la novela se insiste hasta tres veces en la acción
de mirar o ser mirado; no sólo eso, Féli x está mirando la luna, un astro cuya
característica principal es, como ya se ha dicho en varias ocasiones, reflejar la
luz y además, lo que Félix observa no es sólo la luna sino también su reflejo
en las aguas, es decir, reflejo de un re flejo. La aparición de las dos mujeres –
Beatriz y Julia, como se descubrirá má s adelante- no hace más que subrayar
esta atmósfera de fantasmagoría y evan escencia de la imagen; curiosamente,
13 Enfatizo con cursiva las alusiones a motivos ópticos y visuales que se concentran
en este párrafo.
322
y en paralelo a lo que ocurría en La mujer de Ojeda , el vínculo visual que se
establece entre el protagonista mascul ino y la(s) protagonista(s) femeninas
no equivale a la visión: Osorio, senci llamente, no veía a Clara; Félix, muy
significativamente, más que verlas es vist o, recibiendo en sus ojos la mirada
que ellas lanzan sobre él.
Obviamente, esta es una lectura muy interesada de la apertura de la
novela, pero me parece esencial destac ar el ambiente cuajado de visiones,
imágenes, fantasmas y reflejos que caracteriza a toda la obra y que se explota
especialmente en este primer capí tulo, concebido, no casualmente como
presentación de algunas figuras de esta fábula. 14 Hoddie llama la atención
sobre la concepción de la novela com o fábula y amparándose en algunas
definiciones del vocablo, destaca el de liberado alejamiento de “las técnicas
del realismo epistemológico cervantino”(Hoddie 1992: 103). 15 Ciertamente, la
noción de fábula marca una clara escisión no sólo frente a lo realista, sino
también frente a lo real: ficción artifi ciosa con la que se encubre o disimula
una verdad; esa es una de las definiciones del vocablo que resulta
especialmente relevante en el marco de la obra, que se presenta como fábula
y está cruzada por fábulas, ficciones, arti ficios que se albergan en las miradas
de todos los personajes y que, en con secuencia, se proyectan también en
todos ellos. La capacidad de fabulación vehiculada por los ojos será uno de
los temas recurrentes y teniendo en cuenta las características de la mirada en
la modernidad es obvio que el funcionam iento literario de este tema en la
obra acaba contradiciendo la definición que acabo de aportar: las fábulas que
cruzan la novela son ficciones, artifici os, pero no encubren ni disimulan la
verdad, pues no hay verdad fuera de es os discursos con los que los personajes
articulan su universo.
14 Evidentemente, este arranque también pued e (y debe, incluso) leerse a la luz del
sistema de imágenes típico del modernismo: la escena nocturna a la luz de la luna, la
aparición de las mujeres como presencia inmaculada y vaporosa remiten, sin duda, a ese
sustrato. Detener la glosa del fragmento ah í me parece, sin embargo, poco productivo.
15 Hoddie precisa que si bien la tradición cerv antina está presente en la obra, pues en
más de una ocasión el paralelismo entre Félix y el Quijote se hace evidente, el tratamiento de
la relación entre las visiones de mundo de esos personajes y la realidad es muy distinto en
ambas: mientras en Cervantes la realidad tiene un estatuto epistemológico sólido, en la obra
mironiana no es exactamente así, como explicaré más adelante. De ahí la observación que
acabo de citar; por otra parte, Hoddie destaca la de f i n ic ió n d e f á b u la co m o r el a to m i t o l óg ic o,
lo que le sirve para apoyar su lectura, que se mueve en ese ámbito.
323
Menos atención se le ha prestado al uso de la palabra “figura” en el
título del capítulo inicial. El diccion ario proporciona, entre otras, dos
definiciones aparentemente incompatibles : forma exterior de un cuerpo por
la cual se diferencia de otro y cosa qu e representa o significa a otra. En la
primera, la figura se asocia a lo propio, a lo individual, a aquello que
caracteriza a un elemento y lo distingue d e ot r o ; e n l a s e g un d a , e n c a m b i o, s e
apela a la indiferencia, a la sustitución y al desplazamiento. La oscilación de
los personajes/figuras entre ambos polos, será otro de los núcleos de sentido
de la novela, y en especial, en el caso de Félix. Como explicaré más adelante,
Félix parece moverse entre su propia pe rsonalidad, el perfil único y exclusivo
de su yo, y otra personalidad ajena, la de su difunto tío Guillermo, con el que
establece una relación exacta a la que proporciona la definición del
diccionario: lo representa y lo significa. Además, ambas definiciones de figura
se mueven en el campo de la superfic ie, la apariencia y la representación;
unos aspectos -ya se ha insistido vari as veces en ello – que no conllevan ni
mucho menos la sencillez de l sentido: de hecho, la imagen por excelencia de
los juegos de superficies y apariencias es el trompe l’oeil y como reflexiona
Baudrillard sobre éste:
En el trompe-l’oeil no se trat a de confundirse con lo real, se
trata de producir un simulacro con plena consciencia del juego y
del artificio (...) remedando y so brepasando el efecto de real,
sembrar una duda radical sobre el principio de realidad, pérdida
de lo real a través del mismo exceso de apariencia de lo real . Los
objetos se parecen demasiado a lo que son (...) (Baudrillard 2000:
64)
La reflexión es adecuada para la lectura de Las cerezas del cementerio
puesto que la pérdida de lo real a través de la repetición y el simulacro será,
en cierta medida, el proceso que padecerá la identidad de Félix a lo largo de la
novela: demasiado parecido a sí mismo, único e irreductible, la mayor parte
de quiénes lo rodean intentarán reconstruirlo como fantasma, como figura de
una figura ausente, convirtiéndolo en puro trampantojo.
En Félix, pues, coinciden de mane ra privilegiada las fábulas y las
figuras que recorren la obra y ello es posible, en cierto modo, porque su
324
propia identidad se define por las ausenc ias y las apariencias, se desliza, tal y
como se insiste en el primer capítulo por el resbaladizo terreno de la
especulación
De hecho, la primera aproximación al carácter de Félix aparece en sus
propios labios, cuando respondiendo a Beatriz confiesa:
- ¡Oh sí! Soy muy nervioso. Siempre creo que va a
sucederme algo grande... y no me sucede nada ; siempre estoy
contento, y contento y todo... yo no sé qué tengo que siento el
latido de mi corazón en toda mi carne, y... lloraría (Miró 1943:
320)
L a m i s m a d e f i n i c i ó n b a s a d a e n l o q u e no es, lo que no sucede y lo que
no existe se repite en la página siguiente:
¡Yo siempre codicio estar donde no estoy! ¡Verdaderamente
es dichoso el Señor estando en toda s partes!... Pero cuando llego al
sitio apetecido, no hallo toda la hermosura deseada, y es que lo que
antes miraba lo dejo, acercándom e. Esa misma sierra, delgada,
purísima, cristalina a los lejos, si caminásemos y fuésemos a su
cumbre, acaso nos desilusionase, mostrándose distinta (Miró
1943: 321) 16
Al margen del carácter hiperestési co e imaginativo de Félix que revelan
estas líneas, resulta sugerente que la vi sión de sí mismo que Félix posee sea
refractaria a una sola palabra o a un solo rasgo identificable como propio. En
el marco del viaje marítimo, cuajado de superficies reflectantes, como el agua
y la luna, resulta muy significativo que las primeras palabras de conocimiento
vinculadas con Félix provengan de otra persona:
-¡Es usted lo mismo que cuando era pequeño!
- ¡Lo mismo! Pero ¿acaso me conoce usted?
- ¡Mucho, Félix, mucho!... ¡Y también usted a mí!
(Miró 1943: 323)
El personaje que dice conocer a Félix no es otro que Beatriz quién le
habla así en una escena profundamente marcada por los reflejos del agua:
16 En ambas citas la cursiva es mía.
331
tiene que ver más con la etología que con la patología, es decir, que es menos
una enfermedad que una visión y comportamiento alejados de los parámetros
normativos.
En ese sentido, bien pudiera Félix tener algo de loco, puesto que su
comportamiento es juzgado como excéntri co en algunas ocasiones y se sitúa,
efectivamente, en un ámbito que atenta el sentido común. El joven estudiante
de ingeniería tiene -me permito el jueg o de palabras- un sentido fuera de lo
común; quizás más que de sentido deberíam os hablar de sentidos, pues es la
capacidad de absorber y degustar mediante éstos todo lo que le rodea. Ese es
e l p r i m e r r a s g o d e s u p e r s o n a l i d a d que se nos hace evidente desde el
momento en que lo encontramos, en el pu ente del barco que lo ha de llevar a
Almina, contemplando la luna y dejánd ose embriagar por el momento y el
lugar hasta contagiarles su propia embriaguez:
... Y esta noche, por serme ustedes desconocidas, y
viéndolas entre ese bello misterio de velos y de luna, me traen la
ilusión de la distancia, de lo re moto; se me figura que vamos muy
lejos, muy lejos, sin acordarme de que llegaremos pasado mañana
a nuestro pueblo (...) (Miró 1943: 320)
Que el vuelo del alma de Félix es capaz de arrancar de cualquier
pedazo de materia hasta llegar a las alturas más insospechadas ha sido
señalado en tantas ocasiones que no me rece la pena detenerse. Rallo resume
la capacidad de modificación de la re alidad que caracteriza a Félix en la
novela con las siguientes palabras:
Del mismo modo que el lector asiste en El Quijote a la
metamorfosis de molinos en gigant es, de campesinas en princesas,
es invitado en Las cerezas del cementerio a percibir un soñador
éxtasis de los sentidos; en ambos casos debido a una locura que no
es más que el intento de acomodar la realidad a la peculiar
capacidad receptiva del protagonista, sea interpretación
caballeresca, sea hipersensibilizaci ón modernista. Se construye un
mundo irreal sobre piezas reales tergiversadas por una mente
enferma. (Rallo 1986: 260)
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