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TESIS DOCTORAL
NEGOCIAR EL RIESGO
Una propuesta para la gesti ón de riesgos en sistemas tecnológi cos
complejos
Por
Anna Garcia i Hom
Dirigida por el Dr.Ramon- Jordi Moles i Pl aza
Profesor Titular de Derecho Administrativo
De la Universitat Au tònoma de Barcelona
Diciembre de 2004
“No podemos cuantificar el futuro, porque es desconocido, pero hemos aprendido a
usar los números para escudriñar el pasado. ¿Pero hasta qué punto deberíamos confiar
en las pautas del pasado para decirnos como será el futuro? ¿Qué importa más cuando
se afronta un riesgo, los hechos como los vem os o nuestra creencia subjetiva en lo que
se esconde en el vacío del tiempo? ¿Es la gestión del riesgo un arte o una ciencia?
¿Podemos decir con precisión donde se encu entra la línea divi soria entre ambos
enfoques?”.
Peter L. Bernstein , Against the Gods: The Remarkable Story of Risk (1996)
LO IMPOSIBLE EN UNA TESIS...
María Zambrano decía que escribir era defe nder la soledad en la que uno está, una
acción que, sin duda, sólo brota desde un aisl am iento efectivo, pero también desde un
aislamiento com unicable, en que, precisamente, por dicha lejanía de toda cosa concreta
se hace posible el descubrimiento de lo que uno realm ente necesita: una alteridad
cercana que habita callando. De esta forma callada, aunque no por ello menos presente,
la imposibilidad recor re la historia de esta investigación –d esde sus orígenes m ismos
hasta hoy. Entonces como ahora, la m isma impo sibilidad: el recordar a unos y otros, no
olvidar a tantos y, sin embargo, abandonarse al riesgo que supone el perder a alguien
por el camino. A ellos, a los anónimos, que sin querer queden en la sombra, pero no en
el olvido, mi más sincero agradecim iento por estar ahí.
A través, pues, de m is inclinaciones, de m i s alegrías y desdichas –no importa cuáles
sean-, me siento hum anamente en deuda con aquellos que, para bien o para m al, han
hecho posible unir un pasado inm emorial y un futuro imprevisible. En la im posibilidad
de localizar cada instan te pasado, en la tensión convergen te y a la vez divergente, entre
el “nunca más”, el “ahora” y el “siem pre”, el acontecim iento real de este trabajo ha
tenido lugar por la oportunidad y la confia nza que, afectivamente, me brindó el Dr.
Manuel Ballbé, un hombre, admirablemente, ap asionado por su trabajo. A mi director
de tesis, el Dr. Ramon Moles, un contrapun to implacable a mis tem ores. A l’Escola de
Prevenció i Seguretat Integra l: Cesar, Manoli, Esther, Kiko, Sonia, Pep, Juangui, Manel
y Cari, su alma colectiva. A todos ellos, g racias por cuidarme y hacerm e un sitio. A
Esther y Miguel, un apoyo logístico impresci ndible. A Pere, Eva, Víctor y Sandra, mis
hermanos, por la dureza vital com partida y, a Juantxo, Carlos, Ro cío y Judith, por no
desfallecer en esa experiencia. A la tieta, otra m adre. A Maria y Eliss a, mi referen cia
actual al futuro. A Mari y Georgina, el regalo d e otra familia. Y a Rebeca, por todo lo
que ella ya sabe.
A los pocos pensamientos que uno ya nunca abandona, a los muchos que tocam os una
vez y dejamos, este trabajo está dedicado:
A la memoria de mi padre, por todas las ve ces que tuve que oír que m e parecía a ti; A
mi m adre, un desafío a la ciencia; mi lecc ión de vida; y, a tu memoria Marta, mi eterno
andar, por todo el cami no que recorrimos juntas.
A MODO DE INTRODUCCIÓ N .......................................................................................
BREVES ANOTA CIONES METODOL Ó GICAS PARA UNA APROXIMACIÓN
SOCIOLÓGICA A LA GESTIÓN DE RIESG OS EN SIS TEMAS TECNOL ÓGICOS
COMPLEJOS. ................................................................................................................ 11
CAPÍTULO PRIMERO. EL CONCEPTO DE RIESGO ANTE LOS CAMBIOS
SOCIALES Y TE CNOLÓGICOS .................................................................................. 31
1.1- CON FIGURACIÓ N HISTÓRICO- SOCIAL EN LA APRECIA CIÓN DEL
RIESGO. ........................................................................................................................ 31
1.1.1- La configurac ión simbólica del riesgo: recuerdo para nuestra existencia
transcurrida. ............................................................................................................... 38
1.1.2- Apuntes para una historización sociol ógica del riesgo. ................................... 51
1.1.3- El universo práctico-cognitivo del riesgo: seguridad, pe ligro, decisión.......... 61
1.2- DE LA SOCI EDAD DEL “CON FLICTO ” A LA SOCIEDAD DEL “R IESGO”:
OTRA DIMEN SIÓN DEL CONCEPTO DE RIESGO. ................................................ 84
1.2.1- La visibilización social del riesgo y estrategia s de externalización. Hacia un
nuevo paradigma social. ............................................................................................ 84
1.2. 2- El
outsourcing
del riesgo: generalización y trivialización. ........................... 105
1.2.3- R acionalidad es políticas y
Homo prudens
: (re)codificación estatal y
(re)definición social. ................................................................................................ 114
1.3 - REPENS AR LA NAT URALEZA CIENT ÍFICO -SOCIAL DE LA TECN OLOGÍA
PARA PENSA R EL RIESGO ..................................................................................... 122
1.3.1- Crisis del monopolio de la racionalid ad científica y princ ipio de
indeterminación. ...................................................................................................... 130
1.3.2- C ompleji dad, riesg os sistémico s y su impacto en la apari ción del “riesgo
tecnológico complejo”. ............................................................................................ 136
1.4 - LAS DIFE RENTES PERSPECTIV AS QUE CONF IGURAN EL CONCEPTO D E
RIESGO ....................................................................................................................... 15 5
1.4.1.- La perspectiva técnica: la ap roximación actuarial; la aproximación
epidemiológica y toxicoló gica; la aproximación técnica o ingenieril. .................... 160
1.4.2- La perspectiva económ ica: actores raci onales y ética utilitarista. ................. 168
1.4.3- La perspectiva psico lógica: percepci one s subjetivas y heurísticas intuitivas 173
1.4.4- La perspectiva sociológica : un afluente de corrientes. .................................. 182
1.4.5- La perspectiva cu ltural: patrones de visión y división social. ....................... 193
1.4.6- La perspectiva jurídica: el derecho del riesgo. .............................................. 200
1.5- REFLEXIONE S SOBRE NUESTRA CIVI LIZACIÓN MODER NA COMO
SOCIEDAD DEL RIESGO ......................................................................................... 211
1.5.1- A justes y desajustes de la sociedad del riesgo. .............................................. 211
1.5.2- El reverso perverso de la M odernidad: una lect ura de U.Beck. ................... 214
1.5.3- L a reflexividad co mo princi pio o el princi pio de la reflexiv idad: una lectura
de A.Giddens. .......................................................................................................... 220
1.5.4- Exégesis del riesgo ........................................................................................ 226
CAPÍTULO SEGUNDO. LA AMNISTÍA DEL RIESGO: EL “PRINCIPIO DE
PRECAUCI ÓN”. ........................................................................................................... 238
2.1- ASÍ NUNCA VIVIMOS, PERO ESPERAMOS VIVIR: DE LA CULTURA DEL
RIESGO A LA CULTURA DE LA PRECAUCIÓN. HACIA UNA SOCIEDAD
CAUTELO SA. ............................................................................................................. 238
2.1.1-Esperanza y miedo: dos frentes contra puestos del progreso. ......................... 255
2.1.2-Artes prudentes, viejas virtudes: entre la pr evención y la precaución............ 264
2.2- U N
RECO RRIDO POR LA
HISTORIA DEL PRINCIPIO DE PRECAUCIÓN:
DE LAS FLUCTUACIO NES A LAS TRANSICIONES. .......................................... 283
2.2.1- De nuevo en Babe l: una tematización del Pr incipio de Precaución. ............. 283
2.2. 2- La disputa es tá servi da: orígenes y pr oblem atizaci ones del stat us jurídico-
político del Principi o de Precaución. ....................................................................... 289
2.2.2.1- El prin cipio de precaución puede que no sea un principio jurídi co vincul ante sino
una técnica política o ec onómica recogida en una disposición normativ a. ......................2 96
2.2.2.2- La regu lación del pri ncipio de pre caución: ¿una prá ctica para la gestió n del
ries go, o un in strum en to pa ra ab orda r la ince rtid um bre ?. .................................................304
2.2.3- (D i)sentir, ( Con)sent ir o todo l o co ntra rio. Hacia una (in)definición técnica,
social y cultural del pr incipio de precaución. .......................................................... 320
2.2.4- Una he rmenéutica expositiva: de la precauc ión como principio a una
tecnología precautoria. ............................................................................................. 331
2.3 LU CES Y S OMBRA S DEL P R INCIPIO DE PRECAUCIÓN:
INCERTIDUMBRE, LIMITACION ES Y EXPECTATIVAS DE CAMBIO. ........... 344
2.3.1- La ambivalencia de l mundo científico -tecnológico: incertidumb re, igno rancia
e indeterminación. .................................................................................................... 344
2.3.2- Desandar lo andado: limitaci ones del Principio de Precaución. .................... 356
2.3.3- Una propue sta para operativizar e l pr incipio de precaución: premisas para su
uso. ........................................................................................................................... 369
2.3.4- Algunas considerac iones finales a la cultura de la precaución ...................... 395
CAPÍTULO TERCERO. NUEVO S TIEMPOS CON NUEVOS ROLES: GESTIÓN
DEL CONOCIMIENTO Y RE GULACIÓN EN LA GESTIÓN DE RIESGOS ..... 405
3.1- EL CONOC IMIENTO EN LA SO CIEDAD DEL RIESGO VS EL RIESGO EN
LA SOCIEDAD DEL CONO CIMIENTO. ................................................................. 413
3.2- CONOCIMIENTO, CIENCIA REGULA DORA Y GOBERNABILIDAD: LA
CAJA DE RESONAN CIA DEL RIESGO. ................................................................. 431
3.3-HACIA UN NUEVO RÉGIMEN IN STITUCIONAL EN LA GESTIÓN DE
RIESGOS: CONFLICTIVIDA D Y REGULACIÓN .................................................. 445
3.4-LI MITACIO NES EN EL SISTEMA DE REGULAC IÓN E IN CUMPLIMI ENTO
DE LA NORMA. ......................................................................................................... 459
3.4.1- Algunas e strateg ias para mejorar e l cumplimiento y la eficacia reguladora . 480
3.4.2- Herramienta s evaluadoras de l cumplimiento de la regu lación: evaluac ión
ex
ante
y
ex post
. .......................................................................................................... 488
3.4.3- La autorregulación como superación de la regulación administrativa. ......... 498
CAPÍTULO CUARTO. UN FUTURO INME DIATO: PARTICIPACIÓN SOCIAL
EN LA GESTIÓN DE RIESGOS CO MPLEJOS ....................................................... 503
4.1-LA PARTI CIPACIÓN SOCI AL CO MO MODERADO RA Y DINAMIZADO RA
DEL PROGRESO CI EN TÍFICO ................................................................................. 503
4.2- PARTICIPACIÓ N SOCIAL Y CIEN CIA IN STITUC IONALIZ ADA. C ULTURA
“CIENTÍFICA” Y CULTURA “LEGA”: JUNTAS PERO NO REVUELTAS ......... 521
4.3-TR ES ESCENARIOS PARA LA PART IC IPACIÓN SOCIA L EN LA GESTIÓN
DEL RIESGO. ............................................................................................................. 536
4.3.1- PRIMER ESCENARIO. Autonomía científica, (des)control po lítico e
incomprensión pública: una tríada en tensión. ......................................................... 536
4.3.2- SEGUNDO ESCENARIO. Dé ficit democrático vs défi cit cognitivo: hacia una
comprensión “pública” de la ciencia. ...................................................................... 543
4.3.3- T ERCER ESCENA RIO. El derecho a la inform ación: la le gitimida d
lingüística también se basa en recordar que la ignorancia de la norma no exime de su
cumplimiento. .......................................................................................................... 556
4.4- (RE )CREACIÓ N POLÍTI CA Y TR ANSFO RMACIÓN SOCIAL: NEGOCIA R Y
DELIBERAR ............................................................................................................... 574
4.4.1- La negociación y el respeto como medio y como fin. Así ganamo s todos.... 577
4.4.2- Un espac io delibe rativo para la pa rticipación social en la ge stión de rie sgos en
sistemas tecnológicos complejos. ............................................................................ 607
4.5- A MODO DE ILUSTRACIÓN. LA COMPLEJA GESTIÓN D E LOS RESIDUOS
RADIACTIVOS: REDES LOCALES, TRAN SPARENCIA Y CON FIANZA .......... 625
4.5.1- El proyecto COW AM: enredar lo local. ........................................................ 642
4.5.2- El modelo RISCOM: una metodología para los pro gramas de ge stión de
residuos radiactivos. ................................................................................................. 655
4.5. 3 - El
Forum on Stakeho lder Confidence
(FSC): un foro pa ra la confianza...... 668
CONCLUSI ONES .......................................................................................................... 684
BIBLIOGR AFÍA ............................................................................................................ 697
17
modelos heterónomos e ingenuamente egocéntric os de explicación y en la transferencia
de sus funciones explicativas a otros mode los de pensamiento y lenguaje más ajustados
a la existencia de una legalidad inmanente a estas interrelaciones de
acontecimientos” 10 .
Así y en nuestro esfuerzo por apro ximar la s interrelaciones de la actuación hum ano-
social en el dominio general de los sistem as complejos a nuestra propia comprensión y
por procurarnos un fondo cada vez mayor de sa ber fiable acerca de esas interrelacio nes
–precisam ente esto se cuenta entre las deseab les tareas de la sociología-, nos vemos
confrontados hoy con una tarea análoga de em ancipación. También en este terreno se
encuentran los hombres perm anentemente expuestos a la acción de eventos que no sólo
escapan, en ocasiones, a su comprensi ón, sino también a la acción de sucesos coactivos
y tratan de explicárselos para , con la ayuda de este saber, acceder a un m ejor control del
ciego curso de esas fuerzas coactivas –a menudo, carentes de sentido, destructivas y
causa de sufrimiento, y poder dirigirlas de tal m odo que su curso pueda, en la medida de
lo posible, causar menos estragos y m alestar social 11 . No es difícil acceder a la idea de
que las fuerzas coactivas sociales que trataremos de conceptualizar a partir de los
procesos que se desarrollan en las diversas modalidades y prácticas de gestión social de
riesgos, son coacciones que los hombres ejercen sobre sí mismos, o entre ellos. Dichas
coacciones no hacen referencia a co acciones físi cas, sino a aquellas que denominaremos
10 Elias, N. (1970) Op.Cit; p.18
11 La tarea de ampliar y hacer(nos) más co mprensib le dichos elementos coactivos en general y el
saber acerca de ellos en la aplicabilidad de algunos campos esp ecíficos, a saber, el nuclear, el
ambiental, el petroquím ico, el de la movilidad, etc., se situará, con especial atención, en el
centro de la problematización teórica del prim er capítulo: “El concepto de riesgo ante los
cambios sociales y tecnológicos ”. En él trataremos de dar cuenta cómo bajo la noción de
“riesgo”, indiscutiblemente ligada a aquellos sist emas, se construye todo un universo discursivo
que, mediante la extensión de un podero so arsenal conceptual, determina la forma y el
contenido de buena parte de la racionalidad sociológi ca a propósito de aquellos dom inios.
18
coacciones “sim bólicas” y que, en buena medida , nos señalan aquella brecha que separa
a los hombres entre sí en función del “poder simbólico” 12 del que dispongan 13 en su
“espacio social” y en su “campo de poder” 14 , y en el cual despliegan y hacen uso de las
12 Lo que llamamos “poder” es un aspecto de una relación, de cada una de las relaciones
humanas. El poder tiene que ver con el hecho de que existen gru pos o individuos que pueden
retener o monopolizar aquello que otros necesitan, como por ejemplo, comida, amor, sentido o
protección frente a ataques (es decir, seguridad), así como conocimientos u otras cosas. Cuando
hagamos referencia al “poder” lo haremos en términos de “equilibrios de poder”, proporciones
de poder más o menos “similares”, aunque sean poderes diferentes. Lo “simbólico”, se podría
decir, está íntimamente relacionado a lo que lla mamos conocimiento. Esto es, el significado
social de símbolos elaborados por los hombr es tales como palabras o figuras, dotados con
capacidad para proporcionar a los humanos medi os de orientación. Brevemente, los seres
humanos son la única especie animal que no compar te específicas pautas o recursos con los que
orientarse, comunicarse o regular sus interacciones, si se quiere, en comparación con otros seres
vivos, la naturaleza ha dotado menos al ho mbre de medios de comunicación innatos, y, en
consecuencia, estaría más supeditado a la adquisi ción preparada biológicamente de un medio de
comunicación social, de un lenguaje a través de l aprendizaje. Siguiendo a Elias, cada g rupo
social, en el sentido de cada sociedad, elabora y transmite colectivamente a las generaciones
siguientes, los símbolos (las pautas sonoras) con las que los seres humanos se comunican y se
orientan en la sucesión de los procesos – naturales y sociales- en los que se hallan inmersos. Así,
para comprender sociológicamente la experiencia social que hoy, por ejemplo, se tiene, de los
sistemas complejos, quizás, hay que prestar atención a aquello que Elias denominó el “proceso
de síntesis progresiva” al que están sometidos los símbolos con los cuales los seres humanos
enunciamos y referimos aquellos acontecimientos. Para una explicación más detallada de “lo
simbólico” ver Elias, N. [1989] La teoría del símbolo. Barcelona. Península. 1994.
13 Si bien el abordaje sociológico de los sistema s complejos debe situarse en un estadio
histórico–social determinado –un estadio o é poca que ha recibido (y recibe) distintas
denominaciones, a saber, sociedades posindustr iales, posmodernas, informacionales, de
“capitalismo sin clases”, “de ficción” o “desorganizado”, del riesgo, del simulacro, segunda
modernidad, m odernidad reflexiva, etc. -, la atención que concedemos a las categorías
cognitivas a partir de las cuales se piensa dicho complejo, debería situarse en una perspectiva
del desarrollo social considerado a largo pl azo. En otras palabras, nuestra herram ienta
metodológica característica de una soci ología procesu al y relacional no sólo tiene en cuenta la
importancia de los cambios, las transformacion es que tienen lugar durante amplios períodos de
tiempo (hecho que permitiría reconstruir la l ógica interna de la dinámica social) sino la
necesidad de reflexionar y analizar, en cada perí odo histórico la interdep endencia que exist e
entre múltiples procesos situados a diferentes nive les. Y todo ello, sin olvidar, las relaciones d e
fuerza, las relaciones de poder que están incidie ndo y contribuyendo a configurar la realidad y a
conferirle sentido. Ciertamente, la imposibilidad de realizar una investigación de este calado no
nos exime de señalar posibles vías de estudio y análisis que abrirían nuevos caminos en el
abordaje sociológico de estas cuestiones.
14 Ambas nociones, deudoras del m alogrado Pierre Bourdieu, m anifiestan, en primer lugar, la
ruptura con la tendencia a pensar el mundo so cial de forma sustancialista. La n oción de espacio
contiene, por sí misma, el principio de una aprehensión relacional del mundo social; afirmaría
que toda “realidad” que designa dicho espacio residiría en la exterioridad mutua de los
elementos que la componen. Como afirma el autor: “los seres aparentes, directamente visibles,
trátese de individuos o de grupos, existen y subsiste n en y por la diferencia, es decir, en tanto
que ocupan posiciones relativas en un espacio de relaciones que, aunque invisible y siempre
19
“competencias lingüísticas” de las que son portadores y/o po seedores. Ahora, en cuanto
se intenta avanzar a partir de aquí en la comunicación reflexiva se constata que el
aparato social de lenguaje y pensamiento orie ntado al cum plimiento de estas tareas de
pensamiento y com unicación sólo nos ofrece o bien modelos ingenuos y egocéntricos,
esto es, de carácter mítico-m ágico, o bien, modelos propios de la ciencia na tural. Los
primeros se encuentran en todos los casos en los que las personas tratan de explicarse
coacciones que se basan sobre la peculiarid ad de figuraciones constituidas por ellas
mismas junto con otras tan sólo a partir del carácter personal o de los objetivos o
intenciones personales de otros individuos o grupos de individuos. Esta exclusión
enormemente frecuente de la persona o del propio grupo de la explicación de
figuraciones constituidas por uno mismo junto co n otros es una de las muchas form as de
manifestación del “egocentrism o ingenuo” 15 o, lo que es lo mismo, del
“antropomorfismo ingenuo” que to davía hoy se hace perceptible por doquier en el
pensamiento y en el lenguaje relativo a los procesos sociales. Adem ás, se combinan de
múltiples maneras con m odos de pensamie nto y expresión que se aplican a la
difícil de manifestar empíricamente, es la rea lidad más real (...) y el principio real de los
comportamientos de los individuos y de los grupos ”. Así, al hablar de espacio social se hace
referencia al principio de diferenciación social q ue puede ser generadora de antagonismos
individuales y, en ocasiones, de enfrentamientos colectivos entre los agentes situados en
posiciones diferentes dentro del espacio social: “dicho principio que no es más que la
estructura de la distribución de las form as de poder o de las especies de capital eficientes en el
universo social considerado –y que por tanto varían según los lugares y los momentos”. Por
otro lado, la dinámica y la transformación de esta estructura es lo que otorga y hace del espacio
social global un campo tanto de fuerzas, cuya necesidad se impone a los agentes que se han
adentrado en él, como un campo de luchas dentro del cual los agentes se enfrentan, con medios
y fines diferenciados según su posición en la estru ctura del campo de fuerzas, contribuyendo ya
sea a conservar o a trans formar su estructura. Así, el campo de poder es: “el espacio de las
relaciones de fuerza entre los diferentes tipos de capital o, con mayor preci sión, entre los
agentes que están suficientemente provistos de uno de los diferentes tipos de capital para estar
en disposición de dominar el campo correspondien te y cuyas luchas se intensifican todas las
veces que se pone en tela de juicio el valor re lativo de los dif erentes tipos de capital (...),
cuando están amenazados los equili brios estableci dos en el seno del campo d e las instancias
específicamente encargadas de la rep roducción del campo de poder (...)”. Bourdieu, P. [19 94]
Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Barcelona. Anagrama . 1997. Pp. 47-51.
15 Elias, N. (1970) Op.Cit.
20
explicación de regularidades sociales, pero c uyo modelo está constituido por m odos de
pensamiento y por un lenguaje coherentes con la explicación de regularidades naturales.
En el proceso de cientifización del pensamiento acerca de lo que hoy, en tanto que
interrelacion es de la natura leza inerte, delimitamos netam ente de las interrela ciones
humano-sociales, se ha producido una tran sferencia de términos y conceptos,
inicialmente acuñados en el contexto de la investigación científica de las realidad es
naturales físico-químicas, que se han difundido y han entrado a formar parte del léxico y
del fondo conceptual cotidianos de la socied ad europea. Así entr e las tareas de la
sociología se conta ría no sólo la inves tigación y la explicación de las regularidades
específicas a que se encuentran som etidos los hom bres en determinadas sociedad es o
grupos empíricam ente observables, o en las so ciedades en general, sino también librar al
pensar y al hablar acerca de tales regularidades de sus at aduras a modelos heteróno mos
y desarrollar poco a po co, en sustitu ción de la term inología y conceptua lización
acuñadas atendiendo a represen taciones mági co-m íticas o bien a representaciones
científico-naturales, otras que se ajusten me jor a la peculiaridad de las figuracion es
sociales formadas por individuos. Las palabras correspondientes, los m odos de
pensamiento y las categorías científico-natura les aparecen como algo tan evidente q ue
se imagina que toda persona las posee de por sí. Representacion es como la de una
causalidad puram ente mecánica o la de una le galidad natural no intencional, carente de
finalidades y de plan, que una larga seri e de generaciones humanas han ido lenta y
trabajosamente desarrollando, en una dificultosa labor intelectual y de observación y al
precio de duras lu chas en las que no pocas veces se ponía en ju ego la propia vida, a
partir de representaciones y modos de pe nsar antropomórficos y egocéntricos, y que,
finalmente a partir de élites lim itadas han invadido el pensam iento y el lenguaje
21
cotidianos de colectivos sociales enteros, aparecen a los ojos de las gen eraciones
posteriores sencillamente com o las represent aciones y los modos de pensar “correctos”,
“racionales” o “lógicos”. La representación filosófica es tática del conocimiento como
una forma de conocim iento “humana eterna” bl oquea casi por com pleto la pregunta por
la socio-génesis y la psico-génesis de los modos de pensam iento y representación
científico-naturales, pregunt a que sería la única que ha ría posible avanzar hacia
explicaciones de esta reorientación del pensamiento y la experiencia hum anos 16 . No es
baladí aquella propuesta que consiste en deja r de lado muchos m odelos tradicionales de
pensamiento y saber y desarrollar en su luga r, en el curso de la s generaciones, otros
instrumentos de lenguaje y pensam iento má s adecuados a la peculiaridad de los
problemas que plantean los entram ados hu manos. Y es precisamente la elaboración o
redefinición de nuevos recursos discursi vos, nuevos lenguajes, nuevas estrategias
reflexivas y/o nuevos principi os básicos que guíen la re flexión sociológica de los
sistemas complejos la propuest a que aquí brindam os; herram ientas, si se quiere, que
ayuden a comprender la estructura y la diná m ica propias de las in terrelaciones que se
forjan en el seno de nuestras sociedades y que , en buena parte, determinan la manera en
la que aquellos sistemas son pe nsados y, por tanto, gestionados 17 .
16 No es nuestra tarea aquí la de desarrollar una socio-génesis y/o psico-génesis de los modos de
pensamiento y representación humanas. Con ello , tan sólo queremos señalar que nuestras
actuales formas de conocer, experi mentar, percibir, sentir e imaginar los denominados sistemas
complejos lo son todo menos naturalmente obvias, racionales y/o lógicas. El espacio social no
es un espacio neutro sino que existen relacion es de fuerza que dan lugar a configuraciones
concretas según las épocas históricas. Una breve atención a nuestras configuraciones sociales y
a la posición que en ellas ocupa un det erminado sujeto –o grup os de individ uos- para entender,
entre otras, el desarrollo de su personalid ad, nos permitirá quizás, aprehender mejor las
dinámicas (actuales) en la estructura de dichos complejos.
17 Por uno o varios motivos, esa necesidad y urgencia en (re )elaborar nuevos recursos
discursivos, nuevos lenguajes, nuevas estrategias reflexivas y/o, en definitiva, nuevos
“principios básicos para el an álisis sociológico” puede consid erarse una constante entre algunos
estudiosos de la sociedad contemporánea. Así es el propio Giddens quien afirma : “A las puertas
ya del siglo XXI, la cuestión de la modernidad, su desarrollo en el tiempo y sus actuales formas
institucionales se ha vuelto a plantear como un problema sociológico fundamental. Hace ya
mucho tiempo que se reconocen las relaciones en tre sociología y aparición de las instituciones
22
Así pues, dicho esto, nuestro núcleo de problematización teórica de la gestión de riesgos
de sistemas com plejos pivota, a nuestro decir, sobre dos consideraciones o ejes
principales. Por un lado, de raíz más clásica, en esta investigación nos resulta obligado e
imprescindible el desarrollar un análisis que nos permita entender la lógica subyacente
del concepto de “riesgo”. En el recorrido teórico que se propone en este análisis,
advertimos la necesidad de elabo rar un marco de reflexión q ue, en términos generales,
contemple los cam bios histórico-sociales y t ecnológicos bajo los cuales el riesgo ha ido
mutando tanto su forma como su contenido, dando lugar por ello a distintas prácticas
discursivas y estrategias de acción. Por otro lado, un segundo eje más novedoso, hace
referencia a lo que a nuestro decir podríam os calificar como modalidades y prácticas de
gestión social de los riesgos en sistemas com plejos. En efecto, nuestras sociedades, en
tanto sociedades del riesgo, en sus tratos con aquellos ries gos despliegan y proyectan un
conjunto de estrategias que en esta inve stigación son desarrolladas y analizad as
modernas. En la actualidad, sin embargo, ad vertimos no sólo que esas relaciones son más
complejas y problemáticas de lo que anteri ormente se daba por supuesto, sino la necesidad de
que el replanteamiento de la naturaleza de la modernidad vaya acompañado de una
reelaboración de los principios bás icos del análisis sociológico”. (Giddens, A. [1991]
Modernidad e Identidad de l Yo. El Yo y la Sociedad en la época contemporánea. Barcelona.
Península. 1997). Por su parte Ulrich Beck sostiene: “Con más urgencia que nunca necesitamos
conceptualidades que (...) nos p ermitan pensar de una manera nueva lo nuevo que se nos echa
encima y vivir y actuar con ello”. (Beck, U. [1986] La sociedad del riesgo. Hacia una nueva
modernidad. Barcelona. Paidós. 1998). Pierre Bourdieu tam bién puntualizó: “El terreno en el
que se lucha por imponer la manera conveniente, justa, legítima de habl ar del mundo social no
puede quedar eternamente excluido del análisis; aunque la pretensión al discurso legítimo
implique, tácita o explícitamente, el rechazo de est a objetivación ( ...) Diré, en mi jerga, que es
importante que el espacio en el que se produce el discurso sobre el mundo social continúe
funcionando como un cam po de luchas donde el polo dominante n o aplaste al polo domina do,
la ortodoxia a la herejía. Porque, en e ste domin io, mientras hay lucha hay historia, es decir,
esperanza”. (Bourdieu, P. [1984] Cuestiones de Sociología. Madrid. Istm o. 2000). Y Lamo de
Espinosa, citando a García Ferrando, escribe : “la variación conceptual sociológica no hace
otra cosa (...) que reflejar la propia variedad, la prof unda riqueza de matices de la vida real y
cotidiana. Pero esto no debe satisfacernos lo más mínimo, pues el objetivo de la ciencia no es
reproducir la realidad, sino elaborar esquemas o modelos que nos orienten en ella”. (Lamo de
Espinosa, E. La sociedad reflexiva. Suj eto y objeto del conocimiento sociológico. Madrid. CIS.
1990). Ciertamente, los autores aquí citados no ag otan las propuestas de otros que subra yan la
necesidad de esta revisión conceptual. V éase al respecto Castells, M. [1996-97] La era de la
información. Madrid. Alianza Editorial, 1997-98. Vallespín, F. El futuro de la política. Madrid.
Taurus. 2000. Bauman, Z. La sociedad individualizada. Madrid. Cátedra. 2001. Entre otros.
23
atendiendo a tres formas (o m odalidades) de aproximarse a la gestión de riesgos y las
prácticas que las soportan, a saber, una aproximación precautoria, una aproxim ación
reguladora y una aproximación pa rticipativ a. Cada una de ellas, en su objetivo por
minimizar las consecuencias adv ersas asociada s a la actividad de sistem as complejos,
pone en marcha un conjunto de estrategias prác ticas que activan la gestión de aquellos
riesgos, ya sea, mediante herram ientas pr ecautorias, procedimientos reguladores o
sistemas de participación social (comuni dades locales) de gestión del riesgo.
En el primer capítu lo pues, desarrollam os una reflexión sociológica a propósito del
entramado cognoscitivo o com plejo semántico de la noción de “riesgo” que incluye,
como no, una revisión de las filiaciones teóric o conceptuales a él asociados (seguridad,
peligro, decisión). En efecto, una aproximación sociológ ica al concep to de “riesgo” nos
remite, entre otras, a intentar recons truir lo que podríam os denominar una
“configuración histórico-social ” en la apreciación del ries go que nos perm ita establecer
vínculos teórico-prácticos con las persp ectivas “modernas” del riesgo, a saber, la
técnica, la económica, la psicológica, la sociológica, la cultural y la jurídica. Una breve
descripción de aquellas dimensiones debe ría proporcionarnos recursos con los que
poder entender cómo nuestras (modernas) soci edades han hecho del “riesgo” una de las
claves principales para inst ituir teórica y prácticam ente los pilares sobre los que se
asienta y funciona. En efecto, se dice que somos y estamos en una sociedad del riesgo y,
en este marco, los ejes del conflicto se renom bran, obligándonos a repensar la
arquitectura conceptual con la qu e hasta ah ora, las ciencias sociales nos hab rían
acostumbrado a pensar. Ciertam ente, una revisión dedicada a la temática de la
naturaleza científico-social de la tecn ología pa ra (re)pensar e l riesgo y la constitución de
sistemas socio-técnicos que nos encaran d irectamente en la interacción hombre-
24
máquina, se debate el destino peculiar de al gunos de aquellos conceptos. De ahí que este
primer capítulo se cierre con algunas refl exiones a propósito de nuestra civilización
como sociedad reflexiva y perversa del ries go, que en su contienda con el m anejo de
aquellos riesgos, y navegando por un mar de incertidum bres, recodifica y resitúa los
nuevos parámetros a partir de los cuales desa rrollar diversos proces os de gestión social
de riesgos.
En efecto y producto de aquellas interse cciones teórico-prácticas que señalábamos
antes, la gestión social de los riesgos pasa a ser descrita en esta investigación a m odo de
sucesión de tres etapas consecutivas, cu ando no, complementarias y/o, según el caso,
temporal y espacialm ente coincidentes. Una primera etapa, corres pondiente al capítulo
segundo, en la que la apuesta po r nuevos “principios” de (i n)acción, el “principio de
precaución”, guiado por un ethos social que se mueve en las coordenadas esperanza-
miedo-razón, acaba convirtiendo la gestión de riesgos en un a disputa a propósito del
status jurídico-normativo que és te ostenta o debería ostentar. Una consideración a las
“condiciones” políticas, económicas y cultural es que perm iten la integración y la
convergencia del nivel teórico-práctico del “p rincipio de precaución” que plantea la
reflexividad abriéndose paso hacia esa experiencia de la incertidumbre en la tom a de
decisiones y asunción de las responsabilida des característica de l riesgo. Una segunda
etapa (capítulo tercero) en la que la gestión de riesgos, supe rada por la ambivalencia del
mundo científico-tecnológico y que la herram ienta “precautoria” an siaba superar, se
abre paso hacia la instituc ionalización de regím enes “re guladores” del riesgo. Estas
prácticas de gestión del riesgo intervenidas esta vez por instituciones del riesgo, regulan
y normalizan los procedim ientos y estánda res para un efectivo cum plimiento de las
normas en la ejecución de activ idades de sistemas com plejos. Esta etapa de gestión
25
social del riesgo, característic a de los tiem pos presentes, tiende, adem ás, hacia prácticas
autorreguladoras, es decir, procesos de incentivación o cumplimiento voluntario de la
norma que fom entan el autocontrol asocia do a la autorregulación. No obstante, y una
vez vistas las posibilidades (lim itadas) que ofrecen los regímenes de regulación, se
advierte una tendencia futura, necesaria y ur gen te, hacia la implicación directa de las
comunidades (locales) en la gestión de riesgo s en sistemas com plejos. La participación
social en los procesos de elaboración y toma de decisiones en m ateria de gestión de
riesgos complejos obedece a la nueva forma que empiezan a adquirir las decisiones que
afectan a las políticas públicas que guían la ciencia y la tecnología (capítulo cuarto).
Ciertamente, en el caso de dom inios tecnol ógicos com plejos, como sería la esfe ra
nuclear (pero también la am biental, o la química, en toda su am plitud), se hace evidente
la complejid ad –teórica y práctica- de estos si stem as. La tarea de explicar los diferentes
elementos in tervinientes en esto s campos es una empresa que sin duda requiere tanto de
los esfuerzos conjuntos de los t écnicos y especialistas en el tem a –en hacer inteligible el
conocimiento utilizado e invertido- com o de l público en general –en su predisposición
para apropiarse, en beneficio propio, de aquel conocimiento. Es en este s entido que, en
el escabroso terreno entre ciencia y sociedad, o ent re saber experto y saber profano nos
enfrentamos con problem as derivados de las categorías cognitivas que hasta hace poco
han –o están- informando y pres idiendo los diversos análisis científic os “modernos”
sobre la “seguridad” de aquellos sistemas y todo lo que la acom paña. Sospechamos que
la racionalid ad científica y la racionalidad social, las más de las veces, están situadas en
registros epistemológico s distintos. Es decir, por un la do, el discurso que se elabora
desde el ámbito de la ciencia en materia de seguridad es tá demasiado sujeto no sólo a
los tecnicismos propios de las disciplinas implicadas, sino que a su vez, su imaginario a
26
propósito tanto de su dominio como de la percepción social está empapado de
principios de significación en exceso alejados de las valoraciones sociales. En otras
palabras, quizá se deba redefinir la racionalidad científica a partir de categorías no
comprom etidas con la propia seguridad tecnol ógica. Asimismo, la elaboración de una
metodología que perm ita acceder a la com prens ión propiamente so cial de los sistemas
complejos 18 debería, a su vez, ser cap az de establ ecer nuevos principios de reflexión que
no estén contagiados por el di scurso científico corrien te.
En el ámbito de las relaciones hum ano-social es, en el seno de comunidades implicadas
en la gestión de riesgos, los individuos es tán inmersos, todavía, en un poderoso círculo
vicioso. Su capacidad para superar pensando y actuando de manera conforme a la
realidad los problem as que se le plantean –a saber, los riesgos asociados a aquellos
sistemas- es tanto m enor cuanto mayor es la am enaza que peligros, tensiones y
conflictos incontrolable s surgidos del ámbito de estos problemas representan para su
vida y, de acuerdo con esto, mayores son lo s temo res, esperanzas y deseos que lo
dominan; y su capacidad para contener los peligros, conflictos y amenazas a los que se
ve expuesto es tanto menor cuanto mayores son la falta de ajustam iento a la realidad de
su pensamiento y acción y el grado de fantasía y emocione s que los dirigen.
Ciertamente, el cam po nuclear es un te rreno óptimo para el cultivo de esas
inseguridades y la falta de ajustam iento a la realidad de los hechos hace muy difícil el
alcanzar un dominio m ayor de las propias e intensas emociones ante acontecim ientos
18 Cuando hablamos de una com prensión social de los sistemas complejos, hacemos referencia a
aquello que tiene que ver con la aceptación “públi ca”, las preocupaciones sociales, si se quiere,
en general, de todo lo rela cionado con la existenc ia y funcionamiento de a quellos sistemas y, en
particular, de la gestión de los riesgos en aquellos, donde la participación de lo “social”,
encarnado en grupos de interés, hace especialme nte importante y destacable las limitaciones de
discurso a las que aludimos.
33
discurso sobre el riesgo empa pa hoy la práctica totalidad de las a cciones (c ognitivas y
prácticas) hum anas.
Es bien sabido que una de las característi cas principales que se predican desde la
sociología “moderna” de las sociedades o ccidentales (más) desarrolladas apunta a que
esta sociología es o debe ser –depende de los casos- una “sociol ogía del riesgo”. Se
afirma, en este sentido, que estas sociedades occidentales más desarrolladas son, entre
otras cosas, “sociedades del riesgo” (según la conocida de scripción de Ulrich Beck) 22 ,
caracterizadas por la pr oliferación de riesgo s derivados tanto del progreso tecnológico
como de la m isma complejidad de la organiz ación social. Y es que, en este contexto, la
sociología está irremediablem ente abocad a –nos guste o no- a enfrentarse con este
fenómeno, con lo cual se produce (o debería pr oducirse) una a lteración de su s principios
fundamentales de reflexión y análisis: básica mente, en su contenido “epistem ológico” o
“cognitivo” mediante el cual da cuenta de los cambios que van sucediéndose en nuestras
sociedades contemporáneas. Sea como sea, si n duda, som os testigos y protagonistas de
un nuevo imaginario de fragmentación de esp acialidades y temporalidades sociales 23 ,
de nuevas prácticas por las cuales se pone en juego (o fuera de él) a sectores de
población y a las nuevas formas que asumen los poderes y los saberes 24 . En este sentido,
y como afirm a García Blanco: “definir a las sociedades ac tuales más evolucionadas
como complejas, para así d iferenciarlas de las menos evolu cionadas y de sus
predecesoras, exige la clarificación teóric a del fundamento, contenido y consecuencias
22 Beck, U. (1998) Op.Cit.
23 Nogueira, Castro L. La risa del espacio. El imaginario espacio-temporal en la cultura
contemporánea: una reflexión sociológica. Madrid. Tecnos. 1997.
24 Podría dudarse, en algunos casos, de la nove dad de estas configuraciones, puesto que, m uchas
veces, las supuesta mente transformaciones sólo traducen o recodifican viejas prácticas ( en
cualquier caso, algo de lo que se debería dar cu enta en una investigación empírica acotada).
34
de tal complejidad” 25 . Sin duda, uno de los fundam entos, contenido y consecuencia de
dicha complejidad es la pr opia noción de “riesgo”.
Así, en el recorrido a reali zar en la reflexión sobre el riesgo y los cambios sociales y
tecnológicos a él asociados, se encu entra pr esente una insistente apelación a pensar en
conjunto, en su interrelación, en su mutua determinación, en su adecuación y tam bién en
su dislocación, el conjunto de factores que, a nuestro decir, afectan y/o están presentes
(y ausentes), visib les e invisibles en nuestras so ciedades, y en sus formas de gestionar,
analizar y evaluar los riesgos. Ciertamente, dichas secuencias no preten den abarcar, dar
cuenta ni homogeneizar la variedad de ot ro s elem entos que entrarían ( legítim amente) en
juego (o quizás, saldrían de él o jugarí an otro papel). Simplem ente quisiéramos
proponer un enfoque, flexible si se quiere, y sin duda abierto a la heterogeneidad y a la
fragmentación del m undo social , sin pretensión de enc ubrirlo todo con conceptos otros
igualmente om niabarcadores y generadores de nuevos “descuidos epistemológicos”.
Así adoptando una perspectiva de análisis de las interrelaciones entre las diversas
racionalidad es políticas y las tecnologías desplegada s al uso, al acoplam iento-
desacoplamiento entre ellas, esperamos ev itar caer en m onismos y ontologizaciones
varias que nos lleven a un nuevo callejón sin salida. Nuestro mundo de hoy, se dice, es
fragmentado y contingente 26 . Esto no quiere decir que sea totalm ente ininteligib le, sino
25 García Blanco, José María “Racionalidad y riesgo en la identidad de las sociedades
complejas”, en La mo de Espinosa, E; Rodríguez Ibáñez, José Enrique (eds.) Problemas de
Teoría Social Contemporánea. Madrid. Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). 1993. Pp.
473-489.
26 Recomendamos la lectura del excelente texto de Josetxo Beriain a propósito de la
contingencia: “Genealogía sociológica de la contingencia: del destino dado metasocialmen te
al destino producido socialmente”, en Ramos, R y García Selg as, F. (1999) Globalización,
Riesgo, Reflexividad. Tres temas de teoría social contemporánea. Madrid. CIS. Pp. 205-248. En
este texto, Beriain sitúa la problemática del riesgo en la reducción de la contingencia (por otro
35
que quizás, como dice de Marinis, “las condiciones de inteligibilidad no pueden
reducirse a factores únicos” 27 . Tanto es así que, en este escen ario, al pensar el “riesgo ”
se tiene la tentación, previa pe rplejidad, de ir más allá de la sim ple y fácil aplicación
para cualquier contexto y para cualquier segmento de socialidad 28 .
Ciertamente, el térm ino “riesgo” no siempre formó parte del vocabulario de la sociedad
a la que uno pertenece –y, sin duda, de toda sociedad-, ni suele haber motivo para
preguntarse qué procesos, qué pa rticularidades estructurales de las sociedades llevaron a
la formulación y el em pleo de este término evidente, hoy, de la com unicación humana.
Como otros térm inos, posee un carácter instru mental y, por tanto, puede servir como
testimonio de determ inadas particularidades estructurales de esas sociedades. Se
requiere un gran esfuerzo de autodistanciamiento para com prender que existen
sociedades y existieron niveles de evolución de la sociedad propia en los que no había
un término com o “riesgo” con el significa do que posee ahora, y para preguntarse qué
tipo de desarrollo social condujo a que se adoptara y se mantuviera su empleo.
Aún a riesgo de caricaturizar las cosas, parecería que la insisten cia de la racionalidad
científica en hacer del “riesgo” un p roducto –a evaluar , a analizar, a gestionar, según
lado, inerradicable del mundo) y rastrea el modo en el que las religiones han ido transforma ndo
tal contingencia “externa” en una variedad y multitud de modalidades de contingencias
“internas”. Beriain contrapone dos soluciones: la propia de lo que se denominan las gran des
religiones axiales, las cuales apuestan por un destino dado meta-social mente y las que postulan
un destino que se produce socialmente (las religiones postaxiales ).
27 De Marinis, P. (1999) “Gobierno, gubernabilidad, Foucault y los anglofoucaultianos ( O
un ensayo sobre la racionalidad política del neoliberalismo)”, en Ram os, R. y García Selgas,
F. Op.Cit; pp.73-103.
28 Sin lugar a dudas, dicho ejercicio se nos presenta tentador en otros muchos conceptos de la
jerga sociológica y de referencia obligada en la reflexión sobre nuestras sociedades
contemporáneas, a saber, el de “reflexividad”, el de “globalización”, el de “responsabilidad” . A
pesar de lo interesante de dicha apuesta práctic a en lo que sigue sólo señalaremos algunas de
esas perplejidades en el cas o del término “riesgo”.
36
los casos- del escenario de la sociedad m oderna, una consecuencia del “progreso
tecnológico” civilizator io, im plicaría, entre otras cosas, suponer que los seres humanos
anteriores o (actualmente) exteriores a la Modernidad no habrían o no podrían disfrutar
o padecer de sus avances tecnológicos, ni habrían o podrían sortear , perseguir o temer
de los peligros y riesgos que aquellos aco mpañaban. En otras palabras, el que algo
suponga un “riesgo” no es sólo una condi ción de nuestras sociedades modernas
(posindustriales, reflexivas o avanzadas), sino resultado del nivel de desarrollo
alcanzado por las sociedades que resuelven nombrar colectivamente un hecho como
eso, como “riesgo” . De acuerdo con Rodríguez Martínez: “la teoría de la sociedad del
riesgo nos propone que nos encontramos en una sociedad distint a, o suficientemente
distinta como para poder hablar de una situación nueva del hombre, la sociedad y sus
problemas básicos. La sociedad moderna negaba el pasado, se instalaba en el porvenir
y aceleraba el presente tratando de adelantar un futuro que ya empezaba a ser historia.
La sociedad del riesgo en que culmina la m odernización de la mode rnidad se insta la en
un presente amenazado, ante un futuro contingente y de espaldas a un pasado que ni
niega ni reclama porque no lo puede culpar ni añorar enteramente. Estas son las
coordenadas generales de partida en las qu e ubicar los aspectos centrales de la
sociedad del riesgo”. 29
En cualquier caso, y para bien o para mal, la discursividad sociológica parece ocupar un
lugar subordinado y a la sombra –aunque a m enudo, compartiendo racionalidad y, por
tanto, dejándose afectar por ella- con lo que hoy parece ser el discurso dominante sobre
cuestiones de “riesgo”. Nos referimos a un discurso que podríamos calificar de
29 Rodríguez Martínez, J. (1999) “El riesgo como utopía negativa. Notas para u na
reflexión”, en Ramos, R. y García Selgas, F. Op.Cit.
37
“científico-tecnológico” 30 em bastado en torno a las frecuentes fricciones producid as
entre lo que nuestro presente se complace en considerar los puntos vulnerables en el
abordaje del riesgo: su análisis, su evaluación y su gestión.
Así para contextua lizar el surgim iento del c oncepto de “riesgo” y del debate que éste
generaría posteriormente, sería convenient e exponer, brevemente, lo que, a nuestro
parecer pudiera ser presentado como un ejerci cio de rastreo “socio -histórico” que nos
permita entender el m odo en el que las soci edades han ido forcejeando con los riesgos.
A la hora de aventurarnos y adentrarnos en este eje de cons ideración quisiéramos, por
un lado, entender los bucles semánticos en los que operan las actua les concepciones del
“riesgo” y, en segundo lugar, da rnos una oportunidad para re situar la problem atización
sociológica de los riesgos asociado s hoy a los “sistem as complejos”.
30 A pesar de que la sociología ha desarr ollado su propio enfoque en la investigación del riesgo,
no hay duda que una de las definiciones operativas del riesgo, am pliamente aceptada por la
comunidad científica, es aquella que hunde sus raíces en una concepción matemático-estadística
del “riesgo” y que no es otra que la esperanza matemática de la pérdida. Así, si se considera un
acontecimiento “X” al cual es posible asociar un valor de probabilidad (P) y un daño o efecto (S
= Severity); el riesgo (R) será definido por el producto de esta probabilidad por el valor del
efecto, es decir: R = P X S. Esta formulación del riesgo está íntimamente ligada a lo que s e
conoce como “riesgo objetivo”, noción que se vincul a con la teoría de la decisión. El objetivo
operativo es desarrollar una medida universalmente válida para el riesgo con a yuda de la cual
puedan establecerse comparaciones entr e distintas clases de riesgo y obtener criterios racionales
de aceptabilidad de los riesgos con relación a su probabilidad y s us consecuencias. El supuesto
es que los sujetos estarían orientados, según esta pers pectiva, a reducir al m enor nivel posible el
riesgo. Dicho enfoque además, organiza sus explicaciones sobre la base que los sujetos carecen
de información para poder tomar una decisión r acional frente a situaciones que pueden ser de
riesgo.
38
1.1.1- La configuración simbólica del riesgo: recuerdo para nuestra
existencia transcurrida.
En continuidad con lo anterior y para quien se apresta a analizar el tema de los s istemas
(tecnológicos) com plejos - indisociablem ente unido, entre otros, al “riesgo”- en calidad
de “sociólogo” no le es ajena la sensación de encontrarse ante una cuestión, a lo sumo,
curiosa. Por lo que dicen los especialistas, esta nueva figura es relativamente recien te y
típica de las sociedades avanzadas, y sin em ba rgo a cualquier otro investigador quizá le
cueste percibirla por d iferencia con la an terior. Después de que Ulrich Beck hiciera
popular el diagnóstico sociológico de nuestra época que hace de nuestras sociedades,
“sociedades del riesgo”, parece que t odos estamos m ás o menos acostumbrados a
movernos en esta contemporanei dad particularm ente deslizante 31 . Ese año, el 1986,
asistió al desastre de Chernobyl; los últimos años nos han deparado nuevas
enfermedades producto de extrañas mani pulaciones (o m odificaciones) genéticas y
diversos son los avances en el campo de la ingeniería gené tica. Visto esto, hay algo que
incluso intuitivam ente debería indu cirnos a pensar en algún tipo de cambio de época.
No obstante, la curiosidad no acaba de disiparse, pues una de las primeras cosas de las
que nos enteramos abriéndonos paso en la literatura introductor ia es que la sociedad del
riesgo no está inscrita e n el rótulo de la modernidad pero tampoco ha consumado el
31 Aunque la obra y las tesis de Beck han sido (y están siendo) actualmente muy cuestionadas,
sus trabajos serían aceptables por la com unidad sociológica en tres aspectos: 1) las
transformaciones a las que alude son ciertamente perceptibles e importantes –de ahí su intento
por teorizar un nuevo concepto que de cuenta de la sociedad actual; 2) el uso de nuevas y
distintas categorías cognitivas que se aproximen a nuestra actual configuración social –al
margen de los problemas en su conceptualizaci ón, ponderación, etc., y 3) el reconocimiento de
su tarea –no fácil por otro lado- de reunir en un mismo discurso coherente problem as, procesos
y correlaciones diferentes que recog en un amplio espectro de fenómenos sociales. Ver
Rodríguez Martínez, J. (1999) Op. Cit.
39
tránsito a la llam ada postmodernidad (si es que debiera ) 32 . Com o afirma Rodríguez
Martínez: “desde un punto de vista hi stórico se observa que la acción social de riesgo
tiene antecedentes desde el siglo XII. Progres ivamente, la socialización en el riesgo y la
valoración positiva del mismo son un elemento constitutivo de la sociedad burguesa,
hasta el punto que no es fácil distinguir la sociedad del riesgo así entendida de la
sociedad burguesa sin más. La diferencia en tre ambas radicaría en que la primera es
consciente de los límites del cálculo racional, esto es, del tipo de acción social
característico (no el único) de la moderni dad que comenzó a cristalizar entre la Baja
Edad Media y el Renacimiento. Como ya seña laron M. D ouglas y A. Wildavski, la
conciencia de la inseguridad y del riesgo existe igual en las sociedades modernas que
en las premodernas, sólo que difiere en lo que es percibido como inseguridad y en
cómo se enfrentan una y otra sociedad con ello” 33 .
Para poder desmadejar el agravio y avanzar en la identificación del tema a reflexionar,
podemos esbozar muy brevem ente una imagen de cómo surgió el té rmino “riesgo”, o si
se quiere, de las circunstancias bajo las cuales empezó a ser utilizado . Hay quienes
proponen, para ello, remontarse en primer lugar a la distin ción entr e l o mo de rno y l o
32 Véase el interesante artículo de Rodríguez Ibáñez a propósito del tan m anido tema sobre la
modernidad: “¿Nuevos tiempos modernos?. Intento de delimitación sociológica de la
polémica modernidad-postmodernida d”, en Ramos, R. y García Selgas, F. (1999) Op.Cit; Pp.
137-166. En este texto el autor desarrolla su refl exión a partir de dos posturas principales: por
un lado, la caída del Muro de Berlín como acontecimiento histórico que inauguraría algo así
como un cambio epocal que no pocos han dudado en llam ar “postmodernidad” y, por otro, la
revisión de un conjunto de auto res que apostarían por la en tronización de un postmodernismo
cultural (Baudrillard, Latour, Callinicos, entre otro s). Entre ambas alternativas, y sin desdeñar
las aportaciones de los diagnósticos de la postm odernidad, Rodríguez Ibáñez se mostrará
partidario de calificar los tiempos que corren como “tardo modernidad” o “hipermodernidad”
caracterizados por la deriva hacia un proceso de ultra-diferenciación que se proyecta so bre
contextos y según escalas nuevas, y por la emerge ncia de una modernidad (auto)reflexiva.
33 Op.Cit; p.198
40
premoderno 34 . En las sociedades premoder nas mu taciones inespera das del tipo antes
mencionado no eran contem pladas como variacio nes realizada s activamente y
reflexivamente por los miembros de la comunida d. Más bien, se entendían como
inter vencion es exógenas causadas por un destino product or de peligros no im putables
a suje tos conc retamente s i tuados e identificables.
Como nos explica sintéticam ente Beriain, “ si bien la ‘fortuna’ , primero com o Tyche
en el mundo griego y, desp ués como la diosa Fortuna al final del helenismo y en el
cristianismo, había expresad o aquello que ocurre a pe sar de nuestro dise ño, del
riesgo como secu larización de la diosa Fortuna se puede habl ar ya en la transición de
34 Según Giddens, se pueden reconocer algunas discont inuidades que distinguirían las modernas
instituciones sociales de los tradicionales ór denes sociales. Dichas discontinuidades se
apreciarían en el ritmo, el ámbito y la natura leza del cam bio social. Así, nos hallamos envueltos
en una dinámica rítmica inco mparable a otros períodos: “las civilizaciones tradicionales pueden
haber sido más dinámicas que otros sistemas pre- modernos, pero la celeridad del cambio de las
condiciones de la modernidad es excepcional. Quiz ás resulta más evidente en lo que respecta a
la tecnología, pero puede extenderse igualmente a otras esferas”. La posibilidad de estar (inter)
conectado globalmente facilitaría una comunicación sin parangón: “la interconexión que ha
supuesto la supresión de barreras de comunicaci ón entre las diferentes regiones del mundo, ha
permitido que las agitaciones de transformación so ciales estallen prácticamente en la totali dad
de la superficie terrestre”. La configuración societal posee ras gos estructurales que crean y
facilitan nuevas formas de agregación social, política y económica así como nuevos modos de
relación con la naturaleza: “Algunas formas sociales modernas, tales como el sistema político
del Estado-nación o la dependencia generaliz ada de la producción a p artir de fuentes
inanimadas de energía y la completa m ercantilización de los productos y del trabajo
asalariado, simplemente no se dan en anteriores períodos históricos. Otras sólo poseen una
aparente continuidad con los órdenes sociales anteri ores”. Giddens, A. [1990] Consecuencias
de la modernidad. Madrid. Alianza Editorial. 1993. P.19. Ciertamente, la unidad social que
sirve de marco de referencia de muchos fenómenos en desarrol lo y cambios estructurales ha
sufrido profundas modificaciones. Por ello, r esulta útil la distinción (analítica) en la forma y el
contenido de las organizaciones de supervivencia. Ahor a, dicha distinción, por otra parte, sólo
tiene sentido para sociedades como l as nuestras, en las cuales parece resultarnos familiar y
evidente dicha distinción. Parece como si la novedad de la sociedad moderna sólo tuviera
sentido en contraposición a sociedades no modernas y por tanto, independiente de aquélla. Es
decir, la llamada Edad Moderna no surgió sólo de otra que denom inamos Edad Media sino que,
al mismo tiempo, el sentido con que vivimos esa Edad Media está determinado ta mbién por la
circunstancia de que la Edad Moderna naciera de ella y por el sentido en el que vivenciamos
esta Edad Moderna. Aquel período se consideró “E dad Media” desde la perspectiva de la Edad
Moderna, y, para entender ésta, es necesario ve r la Edad Media como era antes de que hubiese
una Edad Moderna; de la misma manera, resulta útil ver mentalmente esta Edad Moderna con
ojos de aquellos para quienes la será “Edad Me dia” y , quizás, hasta una Edad Media muy poco
civilizada.
41
la Baja Edad Media a la Edad Moderna temprana. E l riesgo aparece co mo un
‘constructo s ocial histór ico’ que se basa en la determin ación de l o que la soci edad
considera en cada momento normal y seguro. El ri esgo es la medida, la
determinación limitada del az ar según la pe rcepción soci al de una seguri dad
ontológica, el riesgo representa un dispos itivo de racionalizaci ón, de cuantificación,
de metrización del azar , de reducción de la ind eterm inación (.. .)”. 35 Visto así, el
riesgo es una forma d e realiz ar descripci ones pr esentes de l futuro, desde el punto de
vista de que “uno/a debe puede y ade más tiene que decidir” sobr e cursos alternativos
de acción. En este sentido, continua Beriain: “sólo podemos hablar de riesgos s i y en
la medi da que las consec uenc ias pueden atribuirse a las decision es ” 36 . Est o ha
conducido a la idea de que, en efecto, se pueden evitar los riesgos y ganar en
seguridad cuando se decide de forma diferente –por ejem plo, no instalando centrales
nucleares o petroquímicas. Sin duda, y de acuerdo con Beriain, es te supuesto no es
cierto pues cualquier de cisión puede dar lugar a c onsecuencia s no queridas.
Cambiando de decisión quizá variem os la distribución de ventajas y d esventajas, así
como de probabilidades e improbabili dades.
35 Beriain, J. (1999) Op.Cit; p.230. (La ne grita es suya)
36 Ibíd. (La negrita es suya). Cierta mente, y sin lugar a dudas, el “riesgo” existe; ahora bien,
como tal existe con relación a unos procesos, si se quiere, es inherente a acciones o actividades
(lo que no implicaría, en este sentido, su “construcción social”). Así, por ejemplo, existe el
riesgo (real y objetivo) de fenecer en una condu cción temeraria. Ahora, lo que constituye el
“riesgo” es un factor implicado en una acción, no el “ riesgo” de la conducción en sí mismo. En
otras palabras, el “riesgo” no es un ente “extra humano” que conviene exterminar. El pensar el
“riesgo” como entidad “objetiva” en este sentido es como afirmar que “el viento sopla” o “el río
fluye”, como si el viento o el río no hicieran otra cosa que soplar o fluir. Es por ello que,
entender el riesgo como un dispositivo de raci onalización de l a indeterminación (propio de
nuestras civilizaciones postaxiales ) sugiere pensarlo como mecanismo , como tecnología socio-
política, colectivam ente configurada, para pr oporcionar certidumbre (autodeterm inación) a la
contingencia de los diversos sucesos, si bien, ello no “suprime” el “riesgo” propiamente dicho.
42
Ulrich Beck, por su lado, cara cteriza esta diferencia haci endo hincapié en que los
riesgos que atraviesan la sociedad tienen un origen ya no externo, ajeno, extrahum ano
sino interno, y son provocados por la capa cidad que el hombre ha adquirido para
autoconf igurarse y auto transform arse: “a diferencia de todas las épocas anteriores
(incluida la soci edad industrial) la soci edad del riesgo se cara cteriza esencialment e
por una carencia : la imposib ilida d de prever ex ternamente la s situ aciones d e peligro.
A diferencia de to da s las anteriores cultur as y de todas las fa ses de desarrollo soci al,
que se enfrentaron de diversos mo dos con am enazas, la actual so cieda d se encuen tra
confrontada consigo misma con relación a los riesgos. Lo s riesgos son el producto
histórico, la imagen refleja de las acciones humanas y de sus omisiones, son la
expresión del gran desarrollo de las fu erzas productivas. De modo que, con la
sociedad del riesgo, la autoproducción de las condici ones de vi da social se convierte
en proble ma y tema (...) en aquellos aspectos en que los riesgos preocupan a los
hombres ya no se da un peligro cuyo origen quepa atribuirlo a lo externo, a lo ajeno,
a lo extrahumano, sino a la capacidad adquirida históricamente por los hombres de
autotransformar, de autoconfig urar y de autodest ruir las condiciones de reproducción
de toda la vida sobre la tierra” 37 . Los riesgos serían, en es te sentido el frut o de un
sistema d e decisiones: “(...) las fuentes de pe ligro ya no están en la ignorancia sino
en el saber , ni en un dominio de la natur aleza deficiente, sino en el perfecci onado, ni
en la falta de acción huma na, sino precisa mente en el sistem a de decisiones y
restricciones que se esta blec ió en la ép oc a industrial” 38 . Se puede decir que las
civilizaciones antiguas no nece sitaron del té rmino “riesgo”, tal co mo lo conocemos y
usamos nos otros, porq ue las prácticas con las qu e elaboraban los m ecanismos
37 Beck, U. (1998) Op. Cit; p.237 (La negrita es suya)
38 Ibíd. (La negrita es suya)
49
Así pues, las dimensiones sim bólicas que r ecorren cualquier proceso de configuración
(social) se encarnan en específicas formas de actitud social o estructura social de la
personalidad, es decir, pautas de sensibilidad y conducta colectivamente configuradas,
socialmente com partidas e im aginariamente in stituidas por los miembros de una m isma
sociedad y, a partir de los cuales se desarroll a su diferencia respecto a los miembros de
otros grupos, esto es, se individualiza formando parte integrante de la es tructura
individual de la personalidad. Aún más, la actitud social acontecerá la exteriorización
simbólica que hacen lo s seres humanos en su forma de conocer, de pen sar y de sentir, en
las formas de necesitar y desear al otro así co m o en las formas de percib irse y sentirse a
uno mismo.
En definitiva, lo que querem os poner de manifiesto es que para entender las histór icas
modalidades de experiencia humana, si se quiere, cóm o para comprender
sociológicamente la forma con la que conocemos, percibimos y sentimos, es decir, nos
representam os, experimentam os e “imaginam os” nuestra manera de ser, de hacer, así
como el “modo de existencia” de lo que nos rodea, debemos prestar atención a las
cadenas de interdependencia que nos vinculan unos con otros y desde las cuales
elaboramos y configuramos “imaginariam ente” y “simbólicamente” lo que, en cada
momento, som os y no somos, cuenta y no cuenta, vale y no vale, etc., así es,
establecemos el sentido y el significado, el valor y el estatuto que, en cada mom ento
tiene para nosotros lo q ue es natural y lo que es social, lo que es racion al y lo que es
irracional, lo que es científico y lo que no lo es, lo que es objetivo y lo que es subjetivo,
lo que es bueno y lo que es ma lo, lo que es real y lo que no lo es, lo que constituye un
50
riesgo y lo que no 52 . En efecto, nuestra manera de experim entar hoy los riesgos, de
vivirlos, de nombrarlos com o tal, tiene una forma “sim bólica” en la medida en que
dicha experiencia está confi gurada y atravesada por las tran sformaciones acaecidas en
nuestros medios de comunicación. En otras pa labras, y si se quiere, los seres hum anos
no sólo experimentan el m undo como sujeto s que se enfrentan a objetos, sino como
sujetos que afrontan el mundo físico de los propios objetos, y al mismo tiem po a través
del instrumento que tienen para comunicarse en tre sí, a través del instrum ento de su
idioma. Pues aunque la función primaria del lenguaje es la de m edio de comunicación,
la comunicación lingüística influye en toda la form a de experiencia de los seres
humanos. De ahí que hablem os de recuerdo de nuestra existencia tr anscurrida, pues, en
cierto sentido, y como hem os tratado de expone r, la com prensión de los riesgos (pasada,
presente y futura) es indisociable de la c onfiguración histórico-soci al de las diversas
sociedades; una configuración que está indi solublemente unida a los sím bolos de que
los que dispone cualquier sociedad para dar cuenta de sus aco nteceres sociales,
naturales e individuales.
52 La configuración social de la realidad, esto es, las dimensiones simbólicas que operan en
estos procesos se sustenta en aquello que podr íamos llamar, en palabras de Castoriadis, un
proceso u operación de institución de significaciones imaginar ias sociales, que remitiría al
magma de todas las significaciones imaginarias de una sociedad. Así para Castoriadis, cada
sociedad es un autómata de distinto tipo, puesto que (y en la m edida que) establece un universo
de discurso diferente, o lo que viene a ser lo mismo, puesto que la institución de la sociedad
establece en cada momento aquello que, para la sociedad en cuestión es y no es, lo que es
pertinente y lo que no lo es, el peso, el valor, la “traducción” de lo que es pertinente, así como la
correspondiente “respuesta”. Para Castoriadis, el imaginario de una sociedad o de una época
considerada, es el elemento que da a la f uncionalidad de cada sist ema institucional su
orientación específica que determina la elección y las conexiones de las redes simbólicas,
creación de cada época histórica, su manera singular de vivir y de hacer su prop ia existencia, su
mundo y sus propias relaciones, este, en palabras de Castoriadis, estructurante originario, este
significado-significante, es soporte de las articulaciones y de las distribuciones de lo que vale y
lo que no vale, de lo que im porta y de lo que no importa, de lo que cuenta y de lo que no cue nta,
de lo que sirve y de lo que no sirve, de lo que ha y y de lo que no ha y, de lo que se debe y no se
debe hacer, etc. Ver Castoriadis, C. [1975] La institución imaginaria de la sociedad (2 Vols .)
Barcelona. Tusquets. 1989.
51
En definitiva, actualm ente, se minusvalora el papel que juega en la humanidad el
desarrollo del acervo cultural (simbólico ) humano. Por ello le hemos dedicado esta
breve atención. No hace falta perder de vi sta la dirección del saber ya hacia un
distanciamiento y coherencia con la realid ad, ya hacia un mayor com promiso personal y
unos símbolos de m ayor fantasía, que es in separable del sentido, como hem os dicho, de
las transformaciones en forma y estructura de la convivencia humana, esto es, de la
estructura de sus conflictos y su solución, en la provisión y distribuc ión sociales de los
medios de subsistencia y en el reparto de todo lo necesario para la vida (seguridad,
protección, etc.). Al igual que estas líneas de evolución, el desa rrollo del acervo del
saber social está en func ión de la supervivencia de l grupo y sus m iembros, que
participan en su evolución de manera pasiva y activa. Con ello que da de m anifiesto que
uno de los aspectos centrales de este proceso de la hum anid ad es un cambio totalm ente
específico en la actitud humana respecto de los objetos del saber, aunque no sólo a su
respecto. Dicha actitud encuentra una expres ión inequívoca en las transformaciones de
la estructur a y la form a de los símbol os hum anos de orientación. El “riesgo”,
precisamente, form a parte de ese acervo cultural (simbólico ) humano sometido a
constantes variacione s histórico-sociales.
1.1.2- Apuntes para una historización sociológica del riesgo.
El “riesgo” es, hoy, algo que nuestros saberes, nuestras prácticas y nuestras instituciones
ya han capturado: algo que se puede explicar y nombra r, esto es, conocer y clasificar;
algo sobre lo que se puede (y debe) interv enir, algo que podemos “acoger”. El “riesgo ”,
desde este punto de vista, no es otra cosa que el objeto de estudio de un conjunto de
saberes más o m enos científico y/o la presa de un conjunto de acciones más o menos
52
técnicamente controladas y eficaces 53 . Además, y a otro nivel, el “ riesgo” es también e l
usuario de un conjunto de instituciones ( outsourcing ) más o m enos adaptadas a sus
características o a sus demandas 54 . Pero, el “riesgo” tam b ién podría ser considerado
como siendo el resultado de un pr oceso de configuración social, un hecho que puede ser
observado en una secuencia histór ica que atienda a los procesos simbólicos (com o
hemos visto con Elias), o como aquello que autores com o Barnes denomina constitución
cognitiva 55 y que lo configura com o una “categoría social imaginaria” 56 .
Así, al “riesgo” también se le puede “suponer” un pasado ; rastrear las condiciones
socio-históricas que pos ibilitaron su desarrollo para así entender la form a con la que
53 Ver más ad elante epígrafe 3.2 “Conocimiento, ciencia regulad ora y gobernabilidad: la
caja de resonancia del riesgo”.
54 Vid Infra.
55 Barnes, Barry [1988] La naturaleza del poder. Barcelona. Pom ares-Corredor. 1990. Para este
autor, la situación habitual de los objetos social es es que son identificables como tales, p ues
constituyen entidades sustancialmente l imitadas, pero son el obje to que son; esto es, tiene la
naturaleza que tienen por las creencias que mantenem os sobre ellos. Es decir, nuestras creencias
forman el contexto constitutivo de su naturaleza: “los objetos sociales (...) son muy a menudo
como los objetos que denominamos objetivos . Son identificables como objetos, como entidades
sustancialmente limitadas, pero su naturaleza está constituida por las creencias que tenemos
sobre ellos: nuestras creencias constituyen el contexto que los convierte en lo que son”. Este
parecería ser también el caso de los riesgos: constituyen objetos sociales “contextualmente
dependientes”. Formar una creencia sobre un riesgo, como señala Ortwin Renn, es un acto
cognitivo y ejecutivo. Identificar un riesgo es tam b ién valorarlo; pero identificar un riesgo es
también crearlo, en el sentido de mostrar o da r a ente nder las consecuencias dañinas que puede
tener un suceso, actividad o elemento material hasta el momento visto como inocuo, o bien
mostrar la imputabilidad que puede contemplarse an te la falta de previs ión de una catástrofe
(transformando así un peligro en riesgo, algo ante lo que sólo cabe resignarse en otra cos a frente
a la que puede exigirse responsab ilidad). Utilizar el concepto de riesgo, en resumen, es dar
sentido a un acontecimiento a través de un dete rm inado marco cognitivo; un ma rco que, como
veremos, incluye otros conceptos, como el de seguridad, peligro, imputabilidad y decisión.
Ahora bien, al identificar un riesgo, no c reamo s un riesgo en el sentido de dar vida a un objeto
antes inexistente. Lo creamos en un sentido nom inalista de renombrar un acontecimiento como
riesgo, resignificando el concepto al modificar su ámbito de aplicabilidad, esto es, su extensión.
Creamos pues en el sentido de que construim os pa trones y “orden cognitivo” no de co nstruir el
mundo natural. Respecto a este últim o punto pue de consultarse Sism ondo, Sergio (1993) “Some
Social Constructions”, en Social Studies of Science. Núm. 23. Pp.515-553.
56 Castoriadis, C. (1989) Op.Cit.
53
hoy, tratamos y forcejeamos con él. Una sucint a historicidad del concepto “riesgo” nos
permitirá introducirno s en el tema. Para entender las m odificaciones que el símbolo de
comunicación social “riesgo” sufre a lo largo de la histo ria; transformaciones, si se
quiere, que nos señalan el desa rrollo de las so ciedades y, a su vez, también nos indican
que la dirección de aquellos cam bios está íntim amente relacionada con las necesidades
sociales del momento, hay quienes apuestan por atender a los ámbitos de la religión, el
comercio y la industria 57 .
De hecho, el análisis del riesgo en la vida práctica es casi tan antiguo como la historia
de la civilización. Como nos explica Vl asta Molak, alrededor del 3200 a.C. en
Mesopotamia, un grupo llam ado Asipu actuaba como lo que hoy calificaríamos de
consultor de riesgo: daba c onsejo a aquellas personas que tom aban decisiones difíciles,
inciertas o arriesgadas. Los antiguos grie gos y rom anos ya observaron correlaciones
entre enfermedades y exposiciones am bientales: “Hipócrates (siglo IV a.C.)
correlacionó la aparición de enfermedades con exposicione s ambientales. Vitruvio
(siglo 1 a.C.) dio cuenta de la toxicidad del plomo; Agrícola (siglo X VI d. C.) dio
cuenta de la correlación en tre la exposición ocupacional a la minería y la salud”. 58
En la teoría sobre la usura de la Edad Media, “inseguridad” y “riesgo” son nociones
relacionadas 59 . La usura era una am enaza para la salvación del alma, y por ello no solían
57 López Cerezo, José A. y Luján José L. (2000) Ciencia y Política del Riesgo. Madrid. Alianza
Editorial.
58 Véase Molak Vlasta (ed.) (1997) Fundamentals of Risk Analysis and Risk Management.
Nueva York. Lewis Publishers. Especialmente “Intro duction and Overview” . Pp. 3-4.
59 Bechmann, Gotthard (1995) “Riesgo y desarrollo técnico-cien tífico. Sobre la importancia
social de la investigación y valoración del riesgo” , en Cuadernos de Sección, Ciencias
Sociales y Económicas, núm. 2. Pp. 59- 68. (Donostia, Eusko Ikaskuntza).
54
abundar los prestamistas cristianos. Sin emba rgo, no todos los intereses se consideraban
como usura: el interés q ue se tomaba com o compensación d el ries go de no recuperar el
dinero prestado, era un in terés justificado. A pesa r de todo, se corría el peligro de ir al
purgatorio si se cobraba un impuesto excesivo. También el conocido cálculo de Blaise
Pascal con respecto a la fe se mueve en coordenadas religiosas: dada la falta de
certidumbre sobre la existencia o inexistencia de Dios, el riesgo de la incredulidad era
demasiado alto, pues ponía en juego la salvación del alma tras la m uerte.
Los análisis modernos del r iesgo tienen su raíz en la teo ría de la probabilid ad y en el
desarrollo de los métodos para identificar las conexiones causales entre los efectos
adversos a la salud y los diferentes tipos de actividades peligrosas 60 . De acuerdo con
Peter L. Bernstein, este nuevo dispositivo c onceptualizador creó una línea diviso ria
histórica: “qué es aquello que distingue los millones de años de la historia de aquello
que nosotros pensamos como tiempos modernos. La respuesta va más allá del progreso
de la ciencia, la tecnología, el capitalismo y la democracia (...) La idea revoluciona ria
que define el límite entre los tiempos modernos y el pasado es el dominio del riesgo: la
noción de que el futuro no es más que un capricho de los dioses y que los hombres y
mujeres no son pasivos ante la natural eza. Hasta que los seres humanos no
descubrieron una forma de cruzar ese límite, el futuro era el espejo del pasado o el
60 Blaise Pascal y Pierre de Fermat establecieron el fundamento de la Teoría de la Probabilida d
en 1654, necesaria para desarrollar el concepto moderno de riesgo; Ed mond Halley propuso las
tablas de “esperanza de vida” en 1693; y en 1 792, Pierre Simon de LaPlace desarrolló un
verdadero prototipo de un moderno análisis del riesgo cuantitativo con sus cálculos de
probabilidad de muerte con y sin vacunación de la viruela. Con el auge del capitalism o, uso
monetario, y los índices de interés, hubo un incr emento del uso de métodos matemáticos que
trataban con probabilidades y riesgos. Por ejem pl o, el riesgo de morirse fue calculado para los
propósitos de seguros (tablas de esperanza de vi da). Los físicos en la Edad Media también
observaron correlaciones entre las exposiciones a la química o a sus agentes y la salud: John
Evelyn (1620-1706) dio cuenta de que fum ar en Londres causaba problemas respiratorios.
También llamó la atención de la correlación de padecer cáncer de próstata por la exposición
ocupacional al hollín en las barreduras de las chimeneas. Ver Molak, V. (1997) Op.Cit.
55
dominio oscuro de los oráculos y adivi nos que retenían el monopolio sobre el
conocimiento de anticipar lo s acontecimientos (...) La c apacidad de definir que podría
suceder en el futuro y escoger entre alter nativas se encu entra en el corazón de las
sociedades contemporáneas. La gestión de l riesgo nos guía sobre un vasto abanico de
toma de decisión, desde la distribución de riqueza a la protecci ón de la salud pública,
desde la lucha contra la inflación a la pl anificación de una familia, desde el pago de
prima de seguros a llevar cinturón de seguridad, desde planear maíz hasta
comercializar cereales” 61 .
Hacia finales del siglo XVI, la noción de riesgo se expande desde un cont exto re ligioso
a un contexto económico. Los viajes por mar y el com ercio a grandes distancias forman
el nuevo ámbito en el que se plantea el inte rés por los cálculos s obre riesgo. El riesgo,
aquí, es entendido y experimentado co mo posibilidad de que sobrevengan
acontecimientos que pertenecen a un futuro inseguro y peligroso. Calcular riesgos y
asegurar bienes valiosos era el medio de pa liar la posible pérdida que podría producirse
en unos transportes de gran duración y acompañados de pe ligros imprevistos en el m ar
o las travesías te rrestres. Dado que com batir o eliminar los pelig ros era demasia do
costoso (además de imposible por com pleto), se trataba de crear una seguridad parcial
contra la posible pérdida de bienes: en caso de que se presentase la circunstancia que
provocase el daño, se trataba de mantener éste com o limitado y soportable. Así, con
mo tivo de los viajes emprendidos por los ex ploradore s occidentales el vocablo par ece
61 Bernstein, Peter L. (1996) Against the Gods:The Remarkable Story of Risk. John Willey &
Sons. Como explica el autor, fue este dispositivo el que usaron los reyes del Antiguo Régimen
para calcular su población futura en vistas a las necesidades militares y financieras. Pero fue la
probabilidad, y de manera fundamental, la que ll evó al desarro llo de planes de seguros, en
primer lugar con vistas a los barcos, a los segur os de vida y a los seguros contra incendios.
56
haber lle gado a los demá s idioma s por vía del castellano, a ca usa de un térm ino
náutico que signi fica encontrar un peligro o choc ar contra un risc o 62 .
Si el riesgo, en un primer mo m ento, significa abrir un futuro desconocido a la toma de
decisiones, la posibili dad de riesgo s e convierte ( en cuanto cualidad de acciones
terminadas ) en una form a existenc ial in evitable de ntro del obr ar humano. Así “cuanto
mayor sea la inseguridad con re specto a la relac ión te mporal de acontecim ientos,
actuaciones y decisiones, tant o mayor será la posibilidad y necesidad de introducir el
riesgo en juego” 63 . Del mism o modo, el acto de evitar acciones arriesgadas con ayuda
de estrategias preventivas se concebirá también como arriesgad o ya que con ello se
asume la carga de costos y renuncias qu e podrían considerarse como innecesarios
eventualmente.
Los seguros, com o explica Molak, que empezaron hace 39 00 años en Mesopotomia,
es una de las más viejas estrategias para “tratar con los ries gos”. En 1950 a.C., el
Código Hamurabi formalizó contratos de base que contenía una prima de riesgo por la
probabilidad de pérdida de lo s barcos y del cargam ento. Ha cia el 750 a.C. los g riego s
62 Las primeras situac iones de inseguridad defini das como riesgos en v ez que como peligros
se dieron, como vem os, en el comercio ma rítimo. En un contexto tal, el “mercader no se
sometía a las insegu ridades sino que inten taba dominarla s por un procedimiento que hasta
ese momento no era un principio típico de acci ón social: el cá l c u l o racional. Con él y un
p o c o de suerte podía hacerse rico e n uno o dos viajes ”. La seguridad emerge pues de un
ámbito distinto al de la acción, y el secreto de su triunfo, como afir ma Rodríguez Martínez, es
que constituye una compensación s obre la que puede apoyarse el cálculo del capital. Dicha
estabilización se produce al utilizar una fórmula pr ocedente de otro ám bito, pero dando cierta
continuidad a la empresa comercial racionalizándola más allá de lo simplemente estratégico. La
clave es que esta institución de la solidaridad co mún, esto es, la parte del, en palabras de
Rodríguez Martínez, “ arca comunis que no se invierte”, procede del derecho germánico que
pervivió en las ciudades del interior de la Toscana, y que estaba pensado más para la autárquica
comunidad familiar que para el comercio, si bien ello sirvió para dotar de seguridad y
perduración a las sociedades comerciales y , por tanto, a la racionalidad a largo plazo.
(Rodríguez Martínez, J . [ 1 9 9 9 ] Op.Cit; p p . 1 9 8 - 2 0 0 ) . Ver también Giddens, A. (1993)
Op.Cit.
63 Bechmann, G. (1995) Op.Cit.
57
también practicaron es tos contratos o establecimientos de “mínimos”. En 1583, la
primera póliza de vida se usó en Inglaterra 64 .
También hay quien seña la s u posible proc edencia á r abe y su primera exp ansión,
debida a la introducción de la imprenta , especial mente en Italia y España 65 . Un
mome nto fundame ntal para l a afir mación de l concepto de riesgo –señala Giddens- se
debería a la invención de la contabilidad y a la introducción del libro de doble entrada,
lo cual conllevó la posibilidad de hacer p r evisiones y calcular los be neficios y las
pérdidas de las inversiones fu turas. De manera espontánea, junto con la idea de riesgo
cobra valor la idea de seguro. De ello se desprende que “la seguridad representa la otra
cara del riesgo y de hecho no sería casuali dad que también los primeros contratos de
seguro surgieran en el ámbito del tráfico marítimo en el siglo XVI” 66 .
Como se ve, aquí em pieza ya a vislumbrarse una prim era diferencia entre esta nueva
forma de atender el riesgo y la de su (e rróneo) “homólogo” pelig ro. Dicha diferencia
64 En las s ociedades conte mporáneas, com o exp lica Molak, los s eguros se han desa rrollado
para tratar con una exten sa variedad de fe nómenos asociados con efectos adversos, desde
seguros de vida a segur os hipotecarios. Los actuarios de seguros (aquella gente que se dedica
al cálculo de prima de seguros , basados en pé rdidas históricas y estimaciones de ingresos
futuros que provienen de ganancias y pérdidas) son, probablemente, los m ejores asesores de
riesgo, ya que el fallo en la elaboración de exactas predicc iones sobre pérdidas y ingresos de
primas pueden res ultar en la pérdida del ne gocio.
65 “Los orígenes de la palabra son desconocidos. Hay quien habla de su posible procedencia
árabe. En Europa el término ya se encuentr a en documentos medievales, sin embargo se
extiende en primer lugar con la lle gada de la imprent a, especialmente en Italia y España (...) El
citado término aparece con poca frecuencia y muy di sperso en diferentes ámbitos de la reali dad
social. El viaje por mar y el comercio son casos en que el empleo de la palabra es frecuente.
Los seguros marítimos son un primer ejemplo de la planificación del control del riesgo.
Independientemente de esto, se encuentran form ulaciones como ‘ad risicum et fortunam...’ o
‘pro securitate et risico...’ o ‘ad omnem risicum, periculum et fortunam Dei...’ en contratos que
reglamentan quién debe hacerse responsable del daño. Sin embargo, la palabra riesgo no
permanece restringida a este ámbito, muy al cont rario se difunde desde el año 1500 con motivo
de la aparición de la imprenta” . Luhm ann, N. (1996) Op. Cit; Pp. 130-131. (La negrita es suya)
66 Giddens, A. (2000) Un m undo desbocado. Los efectos de la glo balización en nuestras vidas.
Madrid. Taurus. P. 37
58
estribaría en que un peligro potencial puede ser conceptualizado como riesgo cuando
aquél no deriva de un fenómeno externo e impr evisible para los seres hum anos, sino que
es, de algún modo, la consecuencia de una inte rvención humana activa, y que, por tanto,
es la responsable d e la amenaza. Dicho de forma esquem ática, el peligro es un efecto
indeseado que tendría su génesis en algo exte rno al sujeto (fuente del daño). El riesgo,
en cambio, es la probab ilidad que se materia lice un daño en el caso de una interacción
voluntaria y el sujeto de esta relación es el afectado por el daño potencial (probabilidad
potencial de materialización del daño). Tal “intervención voluntari a”, desde un punto de
vista histórico, constituye la pauta prin cipal de un nuevo tipo dominante de acción
social: la socializac ión y la valo ración posit iva del riesgo se im plantan progresivamente
en el desarrollo de las activid ades sociales, hasta el punto de convertirse en un elemento
constitutivo de la socied ad naciente, la burgu esa 67 . En este sentido podemos afirm ar que
el concepto de riesgo es también típico –pero no exclusivo- de la configuración social
capitalista porque introd uce el cál culo, racional y orientado al futuro 68 , de beneficios y
pérdidas.
67 “El riesgo, pues, se constituye en el núcleo de un tipo de acción social que consta, además,
de otros elementos procedentes de diferentes ám bitos sociales y cultural es. Esta configuración
de elementos de diversa natura leza y procedencia estructura, co gnitiva y prácticamente, una
forma típica de socialización. En cuanto tal a cción social típica se convierte en signo de
identidad y principio de socialización cara cterística de la burguesía, que, a medida que
adquiere hegemonía cultural, lo proyecta sobre la cultura, sobre el ocio, etc., de muy diversas
formas. El juego, las apuestas, la bolsa, el comercio, etc., constituían un mismo tipo de acción
social aún no muy diferenciado pero sí muy ext endido en las dos primer as décadas del siglo
XVIII. La incipiente modernidad no sólo ‘descubre’ el futuro, no sólo se instala de cara a él con
optimismo, sino que además empieza a distinguir aspectos del mismo: fortuna, suerte, destino,
previsión, cálculo, estrategia, inversión, azar. Paralelamente, se va poniendo en marcha la
empresa de legitimar las distintas expectativas de un tipo de acción social cuyo punto de
partida eran algo tan peligroso socialmente como la inseguridad y la incertidumbre. Pero esta
empresa fue un éxito, y la inseguridad fue revesti da de seguridad, la incertidumbre de certezas,
la contingencia de legalidad (...)”. Rodrí guez Martínez, J. (1999) Op.Cit; p.194
68 El “riesgo” es inseparable, hoy, de las i deas de “probabilidad” e “incertidumbre” (entre otras).
Ello, como señala Giddens, se refiere a peligro s que se analizan activamente en relación con
posibilidades futuras. De hecho su uso sólo se hace extensivo en una sociedad orientada al
futuro, si se prefiere, donde el futuro “tiene sentido”. Este punto es importante a tener en cuenta
65
Otra pareja de nociones relacionadas son las de “riesgo” y “peligro” 81 . Am bos
conceptos, aún habiendo sido teorizados hast a la saciedad, continúan, en ocasiones,
siendo indiscriminadamente intercambiables. As í, en el sentido m ás general, ¿qué es un
riesgo?, ¿qué constituye un peligro?. Podemo s citar, las definiciones clásicas de la
“cindínica”, la ciencia d e los riesgos y del peligro, que nos ofrecen Bourg y Schlegel:
“El peligro es la tendencia de un sistema a dar lugar a un o o varios accidentes. El
peligro posee dos propiedades: su probabilida d y su gravedad. La probabilidad mide
las oportunidades que hay de que se materiali ce. La gravedad mide el impacto de esta
materialización por el d año máximo correspondiente ”. El riesgo, es definido como “la
medida del peligro. Combinando por multiplicaci ón las dos dimension es del peligro, su
probabilidad y su gravedad, el riesgo da una me dida sintética del peligro. En cálculo
de probabilidades, el riesgo, tiene pues una estructura de esperanza matemática” 82 .
Estas definiciones, muy equilibradas pero ta m bién muy abstractas, tienen el defecto de
ser estáticas, desvinculadas de la acción y de la vida hum anas. En efecto, las acciones
sociales de los individuos no se enclav an ni toman como punto de partida estas
definiciones. Sólo para seres humanos moder nos tendría (si lo tuviera) “sentido” el
81 Con relación a la distinción entre “riesgo” y “peligro” ha y quienes apuestan por hablar de
“acción temeraria” y “acción de riesgo”. La diferenc ia estribaría en que la primera no tiene
asociado ningún concepto interno de “seguridad” para afrontar el abanico de contingencias al
que se aboca. La seguridad es la propia fuerza y ast ucia del héroe al enfrentar se a las pruebas
del destino. La “acción de riesgo”, por el contra rio, tiene en el cálculo racional una técnica
racional en la que confiar, y en la común conf ianza por parte de muchos individuos la unidad
básica de socialidad que permite la emergencia de un ámbito cultu ral independiente, como es el
caso de la economía. El cálculo además, es reforzado por instituciones jurídicas co mo la
responsabilidad común en un primer momento y el seguro de riesgo más adelante, la creación de
la sociedad limitada, y cuenta, además, con el refuerzo de una mentalidad racional cuyos
orígenes se remontan, tal co mo señaló Weber, a la religiosidad protestante y , en general, al
contexto de las transformaciones religiosas a par tir del siglo XIII. Cfr. Rodríguez Martínez,
Ibíd.
82 Bourg, D. y Schlegel J-L. (2001) Parer aux risque de demain. Le principe de précaution.
París. Seuil. P.36
66
hablar del riesgo y del peligro en los té rm inos matem áticos que hemos explicado 83 ;
términos que son el producto o que provi enen de una etapa del desarrollo del
conocimiento en la que se dispone de un ar senal sim bólico que le s permite acercarse a
la realidad del m odo en el que lo hacen. Lo que trae este proceso es una visión de
conjunto de muchos puntos en común, haci endo asequible a la com prensión y a la
comunicación algo nuevo, desconocido hasta en tonces.
83 En el abordaje sociológico de los fenómenos sociales podemos hallar una dicotomía –en
ocasiones, confrontada, en otras enfrentada- por lo que respect a a la posición que toma el ser
humano en los actos o acciones sociales. Muy en síntesis, por un lado, tenemos la opción que se
aproxima al análisis y explicación de aque llos fenómenos desde la consideración del ser
humano como un actor esencialmente y sustancial mente racional, es decir, aquella que
considera al individuo naturalm en te dotado de razón y de concie ncia reflexiva que le permite
discernir y discriminar tanto sobre sí mismo (lo que es –un ser singular, una unidad, un “yo”; lo
que posee –una “identidad”, un conjunto de ne cesidades, intereses, emociones, afectos,
sentimientos, etc.-; lo que quiere y lo que desea) como sobre la mejor manera de comportarse
(individual o colectivamente) con el o bjetivo de da r coherencia a su interior. Esta consideración
racional del ser humano que s upone la asignación de una “i nterioridad” completamente
equipada de intereses, sen timientos, afectos, emoc iones, etc., y con la cual el individuo se
identifica plenamente hace que aquel conozca y actúe elaborando y ofreciendo razones que le
dan derecho a decir que conoce y posee alguna cosa o a justificar y reconstruir coherentemente
el curso y el discurso de sus acciones y relaciones frente a sí mismo y los otros, de manera que
se lo considere moralmente responsable de lo que dice y de lo que hace. Paraf raseando a Gil
Calvo en relación con su crítica a la categoría de “sujeto racional” propia del pensam iento
neoclásico (y que, en gran medida, se mantiene en esta aproximación analítica de los fenó menos
sociales asociados al riesgo), esta consideración del se r humano como un actor esencialmente y
sustancialmente racional supone la con cepción de un individuo vol untariamente e
intencionalmente autodeterminado, es decir, un individuo sobera no en tanto máximo y único
responsable de su propio comportam iento y amo de sus actos, decidiendo, consecuentem ente, su
destino, su conducta y seleccionando personalmente su comportamiento. Si se quiere, y en
términos de N.Elias, esta sería la imag en moderna del hombre bajo la forma de homo clausus,
esto es, una conceptualización individuali zada, sustancializada, en definitiva, clausurada, del
ser humano. Por otro lado, también encontra mos la consideración que postula que, en la
comprensión de lo social no debe ignorarse que los seres humanos además de actores racionales
son también y a la vez sujetos pasionales, esto es, seres socialmente e inevitablemen te
inclinados y arrastrados por el otro (y/o asediados por el otro), sin prop ósito ni intención, sin
voluntad ni premeditación; seres tan desbordados y anhelosos de alteridad como sobrados y
carentes de “identidad”. Esta di mensión “pasi onal” del ser humano acentuaría también que los
humanos no sólo tienen o poseen intereses, deseos, e mociones, sino que ellos se interesan,
desean, y se emocionan, temen y se asustan, sin quererlo ni preverlo, sin razones ni
explicaciones. Este sujeto pasional no es el individuo heterodeterminado que propondría Gil
Calvo, es decir, aquel sujeto que según dice sólo puede “definirse” y construirse
relacionalmente, no; el sujeto pasional, es tan i ndeterminado como indefinido, tan im previsible
como inclasificable, en definitiva, inmoral. Es por eso que, con relación a lo expuesto hasta
aquí, queremos dejar constancia que, si bien el sujeto es conocedor (racionalmente) de las
formulaciones matemáticas de estimación de los ri esgos ello no implica que en su acontecer, en
su sentir, en su vivenciar, etc., actúe de acuerdo con ellas. Gil Ca lvo, E. (1993) “La hipótesis
del rol ‘egoísta’. Límites de la teo ría de la elección racional”, en Lamo de Espinosa, E;
Rodríguez Ibáñez, J.E (eds.) Op.Cit; Pp.225-266
67
Por otro lado, hay que advertir que este sa ber, llamémosle más “científico”, olvida que
el “riesgo” y el “peligro” además de pode r ser contabilizado, clasificado o enum erado
como expresión m atemática, es, ante todo, un vivenciar social, una experiencia humana.
Sin embargo, no hay que olvidar que eso que hoy vem os como el método científico sólo
se impuso en la m edida en que el hombre empezó a concebir el mundo como una m era
relación mecánica de causa y efecto y asum ió que el objetivo princip al de toda búsqueda
de conocimiento era el descubrim iento de c onexiones causales despr ovistas de cualquier
finalidad u objetivo. En este senti do y en coincidencia con Elias: “no ha habido
separación de forma y contenido: cuando apar eció la concepción mecánica del mundo,
apareció al mismo tiempo un método de investigación adecuado a ésta” 84 .
Inspirándonos en las reflexi ones del ya citado Anthony Gi ddens y para seguir dándonos
juego en esta distinción entre “riesgo” y “peligro”, retro cederem os ahora a la etimología
latina de la palabra resecum, (“lo que corta”) c omo forma de actuación del riesgo. Por
“riesgo” se entiende todo hecho perjudicial posible, susceptible de interrum pir (cortar)
el curso normal y previsto de una acción o de una sucesión de acciones, o incluso de
alterar bru talmente y de una m anera im previs ta un estado de cosas. Es tas posibilidad es
son lo que podría denom inarse “riesgo”: un accidente podría producirse sin n ecesidad
de hacer nada y vendría a “cortar”, a romper la situación de tranquilidad en que nos
encontramos. Podemos correr riesgos, de una m anera más o m enos consciente, al
practicar un deporte peligroso o simple mente al conducir un coche a dem asiada
velocidad, y un accidente puede interrumpir el p roceso en curso. De golpe vem os las
dificultades de un enfoque “objetivo” como el de la “esperanza m atemática” de la que
se habla en la definición de riesgo antes mencionada: es tá dem asiado desconectada de
84 Elias, N. (1990) Op.Cit.
68
los seres humanos. El riesgo es, ante todo, susc eptible de alterar y de complicar la vida
de los individuos. O sea que, por definición, hay un aspecto “subjetivo” mezclado con la
“imprevisibilidad” de un suces o. La alteración que puede producirse, o sim plemente la
comprensión de dicha alteración, es indisociab le de la vida persona l de las personas. No
dejaremos de insis tir en este trabajo sobre la dificultad que implica separar los aspectos
objetivos del riesgo y lo que perciben las pers onas. Pero si s eñalamos ciertas reticencias
al toparnos con una definición demasi ado “objetivista” del riesgo, demasiado
independiente de los actores y de los factores humanos, ta mbién nos equivocaríamos si
la dejáramos de lado. De hecho, una defini ción así podría ser útil en determinados
ámbitos, para poner de relieve las situaciones sociales que no se lim itan a lo que percibe
la subjetividad individual. Por ejemplo, en la definición que Bourg y Schlegel nos
muestran de Aquilino Morelle 85 en el libro cuy o tema, como lo indica el título, e s el
fracaso de la salud pública, se percibe una defin ición del riesgo, en exceso, restringida.
Según este autor, “el riesgo no tiene ninguna dimensi ón humana. No puede en ningún
caso reflejar las debilidades o los fallos de l hombre que ejecuta la técnica en cues tión,
sino solamente los peligros intrínsecos de dicha técnica. De ahí que el riesgo sea una
noción estadística, “universal” y “absoluta”: universal, es de cir que existe en todos los
países donde se utiliza la t écnica en cuestión; absoluta, o sea que presenta la misma
incidencia, la misma posibilidad de realizac ión en todos los países comparables en el
plano científico y técnico”. Esta definición está muy al ejada de aquélla que nosotros
hemos preferido. Pretende ser rigurosam ente “objetiva” y por consiguiente neutraliza de
f o rm a to ta l y vo lu n t ar ia la ac c ió n de l o s a ut or es , incluso los sentimientos de las
víctimas. Insiste decididamente en el aspecto e s ta dí st ic o, p er o n o lo h ac e de u na
manera desinteresada. N o hay que cerrarse a la posibilidad de recu rrir a una definición
85 Morelle, Aquilino La Défaite de la santé publique. París. Flammarion. 1996 (c itado en Bourg
y Schlegel, Op.Cit; p.38).
69
mucho más restringida del ri esgo que permita poner de relieve un determ inado aspecto
de la realidad que resulta invisible si nos quedam os en el com ponente puramente
subjetivo. En cualquier caso y como veremos en el próximo capítulo, este aspecto es
necesario para comprender el sentido del “principio de precaución”.
No obstante, es preciso, tamb ién, hacer alguna s distinciones y precisiones. En primer
lugar, hay que distinguir entre los ri esgos “probados”, que han sido objeto de
experiencias y que han sido inventariados, y lo s riesgos “potenciales”, es decir los que
hasta el mom ento no han sido experimentados ni vividos. Un ri esgo com probado es
también, en sí m ismo, un riesgo potencial ente ndido como daño potencial, pero éste lo
conocemos y su “potencialidad” só lo tiene que ver con su realización efectiva. Los
accidentes de carretera o las averías que pueden afectar a una central nuclear son
muestras de estas categorías de riesgos com probados. En cambio, con los riesgos
simplem ente potenciales, no es sólo la reali zación del daño lo que es potencial, sino el
daño mismo. Nos encontram os pues, también, con una especie de “riesgo del riesgo” 86 .
En este sentido, ¿son realmente peligrosos lo s OGM para el medio ambiente o para la
salud?. No se puede decir que haya una certeza p or lo que respecta al peligro sanitario, y
tampoco conocem os la amplitud de la am enaza para el medio am biente. La
potencialidad tiene que ver, pues, con la existencia misma del riesgo y con lo que
representaría si llegara a hacerse realidad. Con la noción de riesgo comprobado se sabe
cuál es la amenaza, pero en el caso del riesgo potencial, la in certidumbre por lo q ue
respecta a la gravedad y a la extensión de los posibles estragos puede ser grande. Se
entiende también que se puedan suscitar de bates y controversias en las sociedades
86 Bourg, D; Schlegel J-L. (2001) Op.Cit; p. 39
70
democráticas por lo que respecta tanto a la realidad del riesgo com o a las medidas que
hay que tomar para evitar el peligro potencial 87 .
Entonces, visto esto, ¿qué debemos entende r por “peligro”? La definición heredada,
clásica, percibe en el peligro el grado de gravedad y de probab ilidad de daño potencial
atribuidos al riesgo. Se dice de una situación o de una acción que es más o menos
peligrosa. Una situación peligrosa es aquélla en la que uno se expone de f orma variable
a daños más o m enos importantes, pero en ningún caso desdeñables. En realidad, la
noción de peligro es inseparable de una gra duación y de variaciones de intensidad de los
daños. En general, no obstante, si bien está adm itido correr riesgos (“no correr ries gos
t am b i én es un gran riesgo”), es inadmisible en cambio “poner en peligro” (la salud,
la vida, el medio ambiente... de los demás, e incluso los propios).
Esta contraposición entre riesgo y pelig ro también ha sido temati zada com o distinción
entre dos tipos de riesgo: el riesgo “externo” y el riesgo “fabricado” 88 . Durante los
primeros dos siglos de su existencia la soci edad industrial “clásica” se ha visto expuesta
a algo que puede ser llamado riesgo externo, esto es, la posibilid ad de que se produz can
eventos que pueden afectar a lo s individuos de forma inespera da (desde fuera, podría
decirse), pero debido a que tal cosa ocurre con cierta frecuencia –involucrando, las más
de las veces, enteras poblacion es- se trataría de un fenómeno predecible y, por lo tanto,
al decir de Giddens, asegurable.
87 De este tema es de lo que trataremos en el capítulo cuarto de esta investigación con relación a
los procesos que se desarrollan en el ámbito de la gestión de los residuos radiactivos.
88 Giddens, A. (1997a) “Risk Society: the context of British Politics”, en Franklin, J. (ed.),
The Politics of Risk Society. Cambridge. Polity Press. Pp. 23-24.
71
Diversamente de lo que ocurre con el riesgo externo, en el caso del riesgo fabricado
estaríamos ante una situación que pres enta problem as nuevos, en muchos casos
imprevisibles y cuyas consecuencias son m uy di fíciles de calcular. La causa general de
esta nueva situación es, como se ha di cho a ntes, la interv ención humana. Dicho
brevemente, el riesgo fabricado es creado por la progresión de l desarrollo humano,
especialmente el científico y el tecnológico, y se refiere, según Giddens, a un aspecto
que los primeros teóricos de la so ciedad industrial no supieron ver.
Pese a que se está expandiendo a muchos ámbitos de la experiencia humana, la génesis
de la idea de riesgo fa bricado se debe, sobre todo, a los nuevos riesgos del
medioambiente (contaminación, alteración clim ática, etc.) respecto de los cuales la
historia proporciona m uy pocos preceden tes y que ponen de manifiesto que la
intervención controlada del hom bre en la soci edad y en la n aturaleza no ha producido la
certeza que el proyecto de la Ilustración es peraba del avance del conocim iento. A este
respecto, y de acuerdo con Campione 89 , este tipo de problemática sólo puede ser
percibido como tal allí donde en línea general se considera resuelto el problema de la
supervivencia material y del consum o de masa s. No hay que olvidar, en este sentido,
que en muchos países los riesgos “tradici onales” siguen teniendo la prim acía absoluta
sobre los nuevos riesgos. En todo caso, el gi ro que marca la transición de un estadio al
otro se registra en el momento en que nos dam os cuenta de que empezamos a
preocuparnos menos por lo que la natural eza puede hacernos y m ás por lo que hacemo s
nosotros a ella (aunque, claro, por las re percusiones que eso tendría sobre la
humanidad). Por consiguiente, también aum entarían las fuentes de in seguridad con la
89 Campione, R. “El que algo quiere algo le cuesta: notas sobre la
Kollateralschädengesellschaf”. Ponencia presentada en el Workshop, “ Seguridad y Riesgo”
celebrado en Oñati (Guipúzcoa), 22-23 de mayo de 2003.
72
expansión del riesgo fabricado: la posibilid ad de calcular la pr ima de un seguro de
coche no se puede aplicar, por ejemplo, a lo s efectos a largo plazo causados por el
accidente de Chernobyl o el agujero de la capa d e ozono.
Los orígenes de esta nueva fi gura social se hallan, según el parecer de Giddens, en dos
trasformaciones fundamentales que están c ondicionando nuestras vi das y que guardan
una relación estrecha con la creciente influencia de la ciencia y la tecnolo gía: el “fin de
la naturaleza” y el “fin de la trad ición”. El fin de la naturaleza no significa que esté
desapareciendo el medio am biente, sino que cada vez son menos los aspectos del
mundo físico que no se ven afectados por la intervención hum ana. Este cambio radical,
ocurrido en los últimos cincue nta años, se ha visto impulsa do por la intens if icación del
desarrollo tecnológico. Como ya se ha apuntado, a consecuencia de este proceso
habríamos dejado de preocuparnos por lo que la naturaleza nos pueda ocasionar a
nosotros empezando ya a inquietarnos por lo que nosotros podríam os causarle a ella.
Esta transición marcaría uno de los m ayores espacios de ingreso en la sociedad del
riesgo: una sociedad que quiere (¿no tiene m ás remedio?) vivir después de la naturaleza.
La relación co-implicatoria entre sociedad y naturaleza convierte a esta últim a, a finales
del siglo XX, en un producto histórico explíc ito. El desvanecim iento de la naturaleza,
en el sentido que acabamos de esbozar, está vi nculado con la disolución de la tradición,
en la medida en que ésta tam bién solía representar un marco de referencia vital estable.
Al igual que ocurre con la na turaleza, vivir en un orden so cial postradicional no quiere
decir que ya no haya tradiciones. Se trata má s bien de una v ariación de categoría, pues
el mism o pensamiento ilustrado había impulsa do la puesta en cues tión de todo tipo de
tradición, suscitando de esta forma el enfrenta m iento entre lo tradic ional y lo moderno.
Pero la importancia de lo pr imero siguió siendo muy enérgica (la religión , la familia o la
73
sexualidad, por ejemplo). En cam bio, en el momento actual la tradición se abre a
preguntas y debates, ha de ju stificarse o pu ede perder su valor vi nculante. Por lo tanto,
convertirnos en dueños de nuestro propio destin o mediante el control activo del futuro a
través de la ciencia y la tecnología no habría multiplicado de form a exclusiva las
oportunidades de dominio de la “biovida”, como sostiene Giddens, sino tam bién, los
potenciales riesgos.
Desde esta perspectiva, Beck plantea aspectos muy interesant es sobre la m anera en que
históricamente se ha concebi do la diferencia y la relaci ó n entre la sociedad y la
naturaleza. La contraposición de naturaleza y sociedad –dice Beck- es u na construcción
del siglo XIX que servía al doble fin de domi nar e ignorar la naturaleza; hoy en día, en
cambio, la naturaleza ha pasado de ser un fenóm e no dado a ser un “fenómeno
producido”: “mientras que el concepto de la so ciedad industrial clásica reposaba en la
contraposición de naturaleza y sociedad (en el sentido del siglo XXI), el concepto de
sociedad (industrial) del ries go parte de la ‘naturaleza’ integrada civilizatoriamente
(...) A finales del siglo XX hay que decir que la naturaleza es sociedad, que la sociedad
es (también) naturaleza . Quien hoy sigue hablando de la naturaleza como no sociedad
habla con categorías cognitivas propias de otro siglo que no pueden captar la realidad
actual” 90 . También en el análisis de Beck se ev idencian nuevas fuentes de inseguridad:
90 Beck, U. (1998) Op.Cit; pp. 89-90 (La negrita es suya). Con relación a esto no queremos
renunciar a decir que el co ncepto “naturaleza” hoy , está aún codeterminado en alto grado por la
referencia a las a ctuales forma y significado de las ci encias naturales. Ahora bien, esas ciencias
sólo se ocupan de un área limitada del mundo; se ci rcunscriben a ciertos niveles de integración
del universo natural y excluyen de su inves tigación aquellos niveles constituidos por los
hombres, como ajenos a la “natural eza”. Sin embargo, para co mprender el contenido del
concepto “naturaleza”, en este contexto, no carece de importancia que los hombres salgan del
mundo natura l como representantes de un estadio de diferenciación e integración muy alto y
quizá supremo. No puede uno escamotear este hecho, sino que ha de incluirlo en el concepto de
naturaleza: de los ciegos procesos pueden resultar no sólo depósitos de helio y desiertos lunares,
sino también seres humanos. En este contexto no es necesario discutir sobre qué responsabilidad
recae sobre los hombres a causa de este saber y , más en general, sobre las consecuencias que se
74
de estas nuevas fuentes de incertidumbre surg en preguntas para las que los afectados no
tienen respuesta; éstos serían (seríamos) , en este sentido, incompetentes porque
perderían una parte esen cial de su soberanía cog nitiva.
Al disolverse los contornos de la socied ad industrial se impone, según Beck, un cambio
de lógica: la producción de riesgos pasa a dominar sobre la produ cción de riqueza, pues
las amenazas que surgen de los nu evos escen arios cruzan el umbral fronterizo de los
estados nacionales y no afectan a ninguna clase específica: “mientras que en la
sociedad industrial la ‘lógica’ de la producción de rique za domina a la ‘lógica’ de la
producción de riesgos, en la sociedad del ri esgo se invierte esta relación (...) las
fuerzas productivas han perdido su inocencia en la reflexividad de los procesos de
modernización. La ganancia de poder del ‘p rogreso’ técnico-económ ico se ve eclipsada
cada vez más por la producción de riesgo s (...) Al contrario que los riesgos
empresariales y profesionales del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX, estos
riesgos ya no se limitan a lugares y grupos , sino que contienen una tendencia a la
globalización que abarca la producción y la reproducción y no respeta las fronteras de
los Estados nacionales, c on lo cual surgen unas amenazas globales que en este sentido
son supranacionales y no específicas de una clase y poseen una dinámica social y
política nueva”. 91 La situación novedosa es debida a una característica peculiar
generada por los riesgos en las sociedades m á s avanzadas: al tratarse de am enazas que
derivan de ello para su conducta recíproca y con la “naturaleza”, en el sentido más estricto de la
palabra. La tradicional y acadé mica división de especialidades favorecen la representación de un
mundo clasificado en “naturaleza” y “sociedad” o, según los casos, en “naturaleza” y “cultura”.
Por el contrario, en movimientos ecológicos que se orientan a la protección del medio ambiente
se abre camino la idea de que los hombres no vi ven encapsulados, sino inmersos en los procesos
naturales y que, por su peculiar condición y en interés de sí mism os, cargan con la
responsabilidad derivada de esta relación .
91 Op.Cit; p.19. (La negrita es suya)
81
que también se dan en el plano individual. Los “momentos decisivos” son aquellos en
que los individuos se ven llamados a tomar d ecisiones especialm ente determinantes para
sus vidas futuras y además, tienen consecuencias de gran transcendencia en el destino
de una persona.
Los momentos decisivos, o m ejor, esa categoría de posibilidades qu e un individuo
define como decisiva, está en esp ecial re lación con el riesgo. Son los m omentos, como
dice Giddens, en que la llam ada de la “fortuna” es enérgica, m o mentos en que en
medios m ás tradicionales, como ya explicam os, se consultaba quizá a los orácu los o se
propiciaban las fuerzas divinas. Cuando se acerca un m omento decisivo o se ha de
tomar una resolución decisiva, las m ás de las veces, se recurre a expertos. No obstante,
hay relativamente pocas situaciones en que una decisión sobre lo que se ha de hacer
queda netamente definida a resu ltas del consejo de un experto.
Los mom entos decisivos am enazan la coraza protectora que defiende la seguridad
ontológica del individuo, pues, en cierta medida, quiebran la actitud de dejar que las
cosas “sigan com o están”, tan im portantes pa ra esa envo ltura defensiva. Hay situacion es
en que el individuo debe poner rumbo h acia algo nuevo, a sabiendas de que una
decisión que tome o una dirección que siga tendr á la calidad de lo irreversible o qu e, al
menos, le será difícil volver al antiguo se ndero. Los m omentos d ecisivos no significan
necesariamente afrontar una alta posibilidad de que las cosas se tuerzan, es decir, una
serie de circunstancias con una gran probabi lidad de pérdida. Lo que tiende a hacer
difícil abordar una situación de riesgo es más bien la escala de penalizaciones (sociales
e individuales) de que las cosas salgan mal. Los m omentos decisivos ponen de
manifiesto riesgos de graves consecuencia s para el individuo, com parables a los que
82
caracterizan la actividad colectiva. Sin duda , la institucionalización del riesgo, su
presencia imperturbable ha increm entado la in seguridad de las decisiones individuales y
colectivas: todo acaba siendo una decisión arriesgada, incluso la no-decisión.
De lo expuesto hasta aquí se pueden hallar algunos de los elementos fundam entales del
universo de la noción de riesgo que, sin duda, la convierten en un eje directriz del
mundo moderno 102 :
a) se trata de “inseguridad” y “futuro”, de decisión y actitud. Existe inse guridad
con respecto a las consecuencias (bue nas o malas) qu e derivarán de una
decisión. Los beneficios y las pérdidas pe rtenecen en cualquier caso al futuro,
eso sí, desconocido, escondiendo peligros y abriendo, a su vez, posibilidades. La
decisión de influir sobre el futuro es, ad emás, intransferible. En este sentido, el
futuro se presenta como verdaderamen te desconsolador y desesperanzado. El
riesgo, en tanto que decisión, da lugar a una actitud inconsistente dentro del
tiempo. A través del cálculo del riesgo se intenta conseguir: por un lado,
aprovechar los beneficios que ofrece el futuro y, por otro, limitar el daño que
pudiera verse generado por esa actuación. El riesgo constitu ye, de ese modo, la
forma de decisión que se refleja en s í mism a.
b) A través de decisiones arriesgadas se pretende encadenar el tiempo y “hacer
dominable el futuro”; un futuro desconoc ido pero determ inante del horizonte de
la actuación.
c) Las decisiones arriesgadas dependen tamb ién del saber. Si bien uno puede tom ar
decisiones guiándose por intuiciones, no obs tante, la forma del cálculo obliga a
102 Bechmann, G. (1995) Op.Cit; Pp.69-70.
83
reunir datos e informaciones sobre posibles acontecimientos, a com probar su
reiteración o reproducibilidad. Dicho en otras palabras, a hacer qu e se puedan
calcular.
d) Encontramos en ello un proceso de “s ubjetivación del peligro”. Los peligros
consisten en acontecimientos que se pr oducen con independencia de la actuación
humana. Siem pre que se los conozca se podr á inten tar librarse de ellos. Los
peligros que se presentan co mo daños o inseguridades que p roceden del exterior
y sobre los que apenas puede influirse, se consideran com o una fatalidad o fruto
del destino. Contrariamente , los riesgos se asum en conscientemente, ha de
responderse por sus consecuencias y pue den imputarse com o decisiones al
particular que hubiera podido actuar de esta u otra forma. Cuando se trata de
peligros dom ina la causalidad, aunque a veces sea la causalidad del d estino,
mientras que cuando se trata de riesgos domina la experiencia de la contigencia.
e) Las decisiones arriesg adas son “autorrefe renciales” y “paradójicas”. Esto es,
desaparece la distinción entre riesgo y no riesgo, puesto que una “no-decisión”
también es una decisión. Los riesgos s on paradójicos: en tanto en cuanto se
realice la opción, aumentará la incerti dum bre o inseguridad con respecto a las
consecuencias que se produzcan.
Como vemos lo que resulta realm ente nuevo no es tanto la posibilida d de realizar co sas
y en la posibilidad de conf igurar en form a planificada relaciones sociales, sino que ,
como dice, Bechm ann, la noción de riesgo se manifiesta una “comprensión distinta del
hombre res pecto a la naturaleza y a sí m ism o” que debería traducirs e en el inmenso
aumento del potencial de decisión del hom bre y en el aplastante imperio del futuro.
84
1.2- DE LA SOCIEDAD DEL “CONFLICTO” A LA SO CIEDAD
DEL “RIESGO”: OTRA DIMENS IÓN DEL CONCEPTO DE
RIESGO.
1.2.1- La visibilización social del ries go y estrategias de externaliz ación.
Hacia un nuevo paradigma social.
En las ciencias sociales, es un lugar co mún aquella afirm ación, según la cual, la
Sociología es hija de la modernidad, de sus cam bios y sus conflictos. Las primeras
teorizacione s sociológicas están ín timam ente ligadas al desarrollo in dustrial, a la
formación del proletariado, a las divisiones de clase, a la marginación y aparición de
grandes bolsas de pobreza urbana , al obrerismo y a las luchas centradas en el trabajo y
la fábrica. En este sentido, la “cuestió n social”, entendida como dinam izadora y
catalizadora de relaciones sociales y de estrat egias de clase parecen ser el centro de las
primeras miradas sociológicas (Marx, W ebe r, Durkheim, Simmel, Tönnies). Estas
sociologías inic iales o constituyentes están centradas en dar cuenta de tales
enfrentamientos y, m ás en concreto, de ofr ecer diagnósticos y curas potenciales (ya sea
en su vertiente reformista o revolucionaria) 103 . Los males eran laicos y sociales,
producto de una mala organización social y requerían una interven ción para subsanarse
y corregirse: “es profundamente coherente con lo que en su momento Cassirer llamó la
103 En este sentido, Rodríguez Martínez afirm a: “los orígenes de la teoría sociológica moderna
pueden entenderse como una reacción a ciertas in seguridades experimentadas primero tras la
crisis del antiguo régimen (Comte, Spencer) y lu ego tras la crisis de ciertas seguridades
modernas (Marx, Durkheim, Simmel y, sobre todo, Weber). Pero la sociología (...) se
concentraría en un problem a básico, el hobb esiano interrogante por la posibilidad del orden
social una vez que desaparecen los fundamentos trascendentes. De este modo el riesgo es
reprimido, o más bien, negado , incluso entre aquell os que confí an en un orden ‘nat ural’ del
mercado, y es tratado como una cuestión de desviación y control social” . Rodríguez Martínez,
J. (1999) Op.Cit.
85
solución moderna y laica al problema de la teodicea. Siendo ésta central en todo orden
legítimo, la solución que se fue diseñando de sde la segunda mitad del XVIII consistió en
proponer que el modo en que los hombres se organizan en so ciedad explica la
emergencia del mal y su even tual superación. Lo que s e venía a asegurar es qu e el mal
no resulta de la desmesura que desequilibra el cosmos eterno o del pecado de la
criatura frente a su Creador, sino que, laico y social, es producto de una mala
organización de la sociedad y depende de ésta” 104 . La sociología se erige entonces
como examen y terapia para el cuerpo social, como método de identificación y
tratamiento de sus patologías. A su vez, la práctica política y los m ovimientos sociales
se posicionan en torno a estos elementos. La sociología del “conflic to”, articulada con
una visión del cambio social y de lo político 105 , en un primer momento, es aquella que
da cuenta, de diversas formas, de la pugna por el control de los medios de producción
(en lenguaje más m arxista) o por el dominio de la econom ía (en lenguaje más estándar)
y por las relaciones interclase mediadas por el trabajo.
Dada una serie de contradicciones esenciales , las identidades cole ctivas fundamentales
se construían en torno a este conjunto de c onflictos. La cuestión soc ial era la matriz de
posiciones/ideologías p olíticas, el motor de los cam bios sociales y la fuente de
fenómenos m acro sociales principales. El pr otagonismo de la “cuestión social” divide y
polariza las diversas teorías sociales, propuestas políticas o proyectos de construcción
104 Ramos, R. (1999) “Prometeo y las flores del mal: el pr oblema del riesgo en la sociología
contemporánea”, en Ramos, R; y García Selgas, F. Op. Cit.
105 “En el ámbito del conflicto social n os hallamos ante el hecho de que, al lado de las viejas y
renovadas formas del conflicto –aquellas que han v enido ocup ando un lugar central en las
sociedades industrializadas-, aparecen nuevas form as sociales del conflicto producto de las
nuevas dimensiones de la conciencia moderna que han ido emergiendo en los últimos decenios:
nuevos movimientos sociales, identidades etnonacionales, etc.”. Tejerina, B. (1991) “Las
teorías sociológicas del conflicto social. Alguna s dimensiones analíticas a partir de K.Marx
y G.Simmel”, en Revista Española de Inves tigaciones Sociológicas (REIS) nº 55. P.59. Madrid.
CIS. Ver también Tilly, C. (1998) “Conflicto polític o y cambio social” en Ibarra, P; Tejerina,
B. Los movimientos sociales. Transformac iones políticas y cambio cultural. Madrid. Trotta.
86
colectiva. Sirve como punto de referenc ia teórico y como legitimación de las
intervenciones sobre lo social o las p rácticas colectivas.
De esta mism a forma, las nacientes teor ías sociológicas pivot an, desde una óptica
secularizada, sobre las diferentes dimensione s y aristas de la c onflictividad industrial 106 ,
como un intento de norm alización cognitiva an te el turbulento m undo moderno que se
abre y las dislocaciones que pr ovoca. La idea de conflicto, se erige, en esa época como
la categoría básica para estudiar y entender el cam bio social y el progreso. Deducimos
entonces que el conflicto social ocupó un l ugar destacado en la reflexión sociológica
desde sus orígenes, como una categoría central explicativa, un con cepto convergente en
la literatura de las ciencias sociales y un término que poblaba los discursos sociológicos
de entonces. Son los momentos de crisis y confrontación los que canalizan y reactivan
la investigac ión soci al y la atención de la vida pública.
Ahora, según nos adentramos en el siglo XX, tal concepción del c onflicto, entendido, en
términos generales, como enfrentamiento en tr e clases antagonistas en torno al trabajo o
al campo de lo económ ico, parece que se debi lita y difumina. Los discursos sociales
dejan de atender al mero espa cio fabril y a los sujetos invo lucrados en el mundo laboral
para abrir sus horizontes. Que la “cuestión soci al” pierda peso en el escenario intelectu al
se dice obedece a una doble causa 107 : a) las transformaciones sociales y económ icas del
siglo XX que desembocan en la sociedad contemporánea y generan una nueva gama de
106 Rundell, J. (2001) “Modernity, Enlightement, Revolution an d Romanticism: creating
social theory”, en Ritzer, G; Smart, B. (eds.) Handbook of social theory. London. Sage.
107 Sábada Rodríguez, I. “La conflictividad en la sociedad de la información y la
globalización: de la ‘cuestión social’ al discurso del riesgo”, en Revista Crítica de Ciencias
Sociales y Jurídicas. Nómadas, 5. Enero-Junio, 2002.
87
conflictividades que eclipsan y sombrean las anteriores 108 , y b) una cierta
invisibilización de ta l conflicto mediante su integración o instituciona lización a través
de determinadas es trategias retóric as, disciplinarias y políticas 109 . Por otro lado, la
noción de ciudadanía se despeg a y separa de la capacidad de ser productor o trabajador
para atender, en un primer mom ento, a las posibilidades de consumo y en otro m ás
actual, al acceso a la esfera de lo inform ático, de lo tecnológico o lo comunicativo.
Nos encontramos entonces en un mom ento en el que la “cuestión social” entra en
declive y ocaso, de manera que parece desp lazada y metamorfoseada por otro conjunto
de conflictos asociados a los nuevos paradigmas productivos y de consum o, a la
108 Estos diagnósticos han estado te orizados inicialmente en obras como: Dahrendorf, R. (1959)
Class and Class conflict in industrial society. Standford. Standford University Press. Del mismo
autor puede consultarse tam bién (1991) El moderno conflicto social. Madrid. T rotta.
Bell, D. (1973) El advenimiento de la s ociedad posindustrial. Madrid. Alianza Editorial.
Inglehart, R. (1977) The Silent revolution: changing values and political styles among western
publics. Princeton. Princeton University Press. Véase del mismo (1991) Eur obarometer: the
dynamics of European public opinion. Essays in honour of Jacques-René Rabier. Edited by
Karlheinz Reif and Ronald Ingl ehart. Basingstoke. Macmillan.
Touraine, A. (1969) La soc iedad posindustrial. Madri d. Alianza Editorial.
Estos autores, y otros, centrados en lo que podríamos denominar un enfoque basado en la idea
de “sociedad postindustrial”, subrayan, básica mente, el proceso de terciarización de las
sociedades avanzadas (esto es, la entrada en la famosa “socieda d de servicios”) así como la
aparición de nuevos sectores productivos, cuartenari o y quinario, a similados a las esferas de las
organizaciones públicas y privadas, la investigación y la educación.
109 Recogido en: Bilbao, A. (1993) Obreros y Ciudadanos. Madrid. Trotta. En esta obra se
analiza la transición que se opera desde una conf iguración social escindida en la cual la clase
obrera era la protagonista y la referencia po lítica a otra en la que el ciudadano encarna la
uniformidad política. Como telón de fondo la sus titución del keynesianism o como modelo en el
que se integraba políticamente a la clase obrera por el modelo liberal, en el que el capital ha
recobrado su independencia po lítica instituyéndose como único principio de realidad.
Ver también Castel, R. (1997) La metamorfosis de la cuestión social. Una crónica del
salariado. Buenos Aires. Paidós. Del mi smo autor (2001) “¿Por qué la clase obrera ha
perdido la partida?”, en Revista Archipiélago nº48 . Cuadernos de Crítica de la Cultura.
Septiembre-Octubre. Madrid. Pp.37-45. Y, “Centralidad de la cuestión social”. Conversación
con Robert Castel, en Revista Archipiélago nº29. 1997. Pp. 42-55.
Gaudemar, J-P. (199 1) El orden y la producción. Ma drid. Trotta.
Un excelente contrapunto a las teorías que cond enan y reducen el mantenimiento del orde n
público a la práctica de la violencia mediante l as armas o guerras, nos lo ofrece la brillante obra
de Manuel Ballbé Orden público y militarismo en la España constitucional, en la que se indaga
el papel y el funcionamiento real de los dis positivos del poder más allá de la retórica de los
textos constitucionales.
88
globalización económica y m ediática, a la c onjunción ciencia-tecnología, a los riesgos
de una civilización ultratecn ocrática, a la convivencia multicultural, etc. Las
inestabilidades que tensionan nuestras soci edades contem poráneas se bifurcan en
nuevos antagonismos, dibujando un com plejo ma pa de fuerzas sociales. La sociología,
entonces, al igual que otra s disciplinas y que la opin ión pública gen eral, comienza
progresivamente a dejar de problematizar los temas asociados al simple m undo del
trabajo (reconvertido ahora en empleo flexible) 110 , relegando a segundo plano todo lo
relacionado con este espacio. La atención se centra ahora a favor de fenómenos nunca
vistos y por la rapidez fulgurante de los cam bios sociales que se están produciendo y
cuyo ritmo vertiginoso acapara la m ayoría de intereses y preocupaciones. El
movimiento gradual orienta la observación sociológica hacia terrenos inexplorados o
procesos emergentes. Ese abandono parcial se realiza entonces en favor de una
“sociedad del riesgo” y “sociedad de la información” que penetra y perm ea todas las
prácticas sociales actuales y el im aginario colectivo actual; una sociedad globalizada
aquejada de riesgos mundiales que monopoliza todas las m iradas a partir de entonces.
Es la consolidación de eso que ha si do denominado com o Fordismo, modelo
keynesiano 111 y/o Estado de Bienestar el que, al decir de Sábada, descompone ese
primer paradigm a sociológico que se ha de scrito anterior mente. Las sociedades de
posguerra y post-crisis del 29 dan un paso at rás en la tendencia mercantilizado ra del
primer capitalism o y recomponen la gram ática de relaciones sociales de la época sobre
110 Sennett, R. [1998] La corrosión del carácter. Las con secuencias personales del trabajo en el
nuevo capitalismo. Barcelona. Anagrama. 2000.
111 El “keynesianismo” hace referencia, a grandes rasgos, a aquellas políticas q ue ponían el
énfasis en la recuperación económica mediante la recuperación y/o estimulación de la demanda.
La argumentación teórica más importante de dichas políticas las podemos encontrar en la obra
de Keynes.
89
nuevos parámetros 112 . No queriendo entrar en la com plejidad de este entramado
político, económico y social sí que podemos esbozar, siguie ndo para ello al ya citado
Sábada Rodríguez, unos apuntes sobre los modos de gestión y adm inistración de los
conflictos sociales en dicho momento.
El Fordismo es, ante todo, un m odo de regula ción de la conflictividad, un sistem a de
gestión controlada de los antagonismos social es, un pacto global. Las sociedades que se
abren tras las guerras mundiales, asumiendo las inestabilidades consustanciales del
capitalismo industrial de la época y la amenaza que suponía la fuerza subversiva d el
movimiento obrero-sindical, elaboraron el di seño de un plan de convivencia pacífica a
gran escala. Ello pasaba por una cierta “negociación colectiva o m acro concertación” 113
en la que la clase obrera queda integrada finalm ente en el engranaje capitalista a cambio
de ciertas compensacio nes. Las diversas estrategias de las clases sociales parecen
armonizarse m ediante la presencia de un en te exterior (e l Estado) que comp ensa los
desequilibrios y ejerce de pivot e neutral. El aspecto m ás re levante era la intervención
del Estado en el proceso económico-social: “el Estado venía a cumplir dos funciones.
Por una parte, actuaba como gestor colectiv o en ciertos sectores de la economía,
inaugurando un proceso de intervención y exp ansión del sector público completamente
extraño en la etapa anterior. Por otra parte, por medio del desarrollo de su vertiente
asistencial, contribuía a estabili zar y legitimar el orden social” 114 . El pacto keynesiano
articula la producción económica con la re producción social m e diante la mediación
pública y estatal con fines a una cier ta estabilidad social plena y com pleta. En cualquier
caso, afirma Sábada: “el proceso de reforma social que se le adscr ibe al fordismo es
112 Polanyi, K. La gran transformación. Crític a del liberalismo económico. Madrid. La Piqueta.
1989.
113 Alonso, L.E (1999) Trabajo y ciudad anía. Madrid. Trotta.
114 Bilbao, A. (1993) Op. Cit; p.43 .
90
fruto de largos ciclos de luchas y con flictos sociales que fuerzan a una búsqueda de
garantías de macroestabilidad s obre la base de la incrustaci ón en el cuerpo jurídico de
determinados derechos y condiciones de bi enestar para la población no beneficiada por
la lógica mercantil. Se buscó, dicho de otra forma, una solución política al medio
económico” 115 .
En esta mism a línea de argumentación es Noya Miranda quien además añade: “El
Estado del Bienestar y la sociedad de cons umo de masas, que forman de consuno el
núcleo de la llamada sociedad fordista, materializaron una au téntica colectivización de
riesgos. El Estado asumía la provisión de seguridad contra distintos riesgos como un
bien público del que nadie podía ser excluido. La empresa de producción de bienes de
consumo en serie, no diversificada, encont raba en el consumi dor-masa colectivo la
garantía de su estabilidad y crecimiento” 116 .
Esta posición (y este punto es fundamental) parte del reconocim iento de la existencia de
unos conflictos (¿riesgos?) estruc turales que atraviesan lo soci al sin otro remedio que la
intervención estata l y exterior: “la premisa de que existen as imetrías inseparables de la
esfera socioeconómica, desajustes reconoc ibles e insuperables entre los diversos
grupos sociales y de que el mercado no es un vertebrador eficiente del cuerpo social
(fallos de mercado) es el punto de par tida para su rectificación colectiva” 117 . El
supuesto de esta afirmación es que el “j uego económ ico” no posee re glas equitativas y
siempre hay colectivos desfavorecidos o segm entos de población con mayor
vulnerabilidad o riesgo. Se hace público que existe un enfrentamiento inherente, que
115 Sábada, I. Op.Cit.
116 Miranda Noya, J. (1993) Op.Cit.
117 Procacci, G. (1999) “Ciudadanos pobres, la ciudadanía so cial y la crisis de los Estados
del Bienestar”, en García, S; Lukes, S. Ciudadanía: justicia social, identidad y participación.
Madrid. Siglo XXI. Pp. 15- 44.
97
(...) la apatía llevada al extremo puede hacer que los diversos componentes de la
sociedad dejen de ser operativos y que la so ciedad se encamine hacia la desintegración
(...) una sociedad debe disponer de un método adecuado para relacionarse con su
entorno. De los aspectos diferentes de la cu estión del entorno, el primero es la ecología
(...) el segundo aspecto del entorno son los sistemas sociales diferentes con los que
trata la sociedad. Esto incluye, entre otras, el comercio, los intercambios culturales,
una comunicación conveniente, y la defensa militar apropiada (...) La sociedad también
requiere un método que regule la relación entre los sexos (...) también debe disponer de
una diferenciación adecuada de roles, as í como de un mecanismo apropiado para
asignar personas a esos roles (...) Otro requi sito fundamental es la existencia de un
sistema de comunicación adecuado. Sus elemen tos incluyen el lenguaje y los sistemas
de comunicación (...) que también incluyen el interés por los sistemas simbólicos
compartidos que las personas aprenden (...) Además del requisito de un sistema
cultural compartido, los funciona listas estructurales hablan ta mbién de la necesidad de
un sistema de valores comune s en el nivel individual” 129 .
Las fuerzas destructoras o quebrantadoras que pudieran estr opear la armonía de este
sistema, eran disfuncionales, im probables y ej emplos de extrañas ra rezas. Un ejercicio
claro de meta sociología nos describiría esta óptica sociológica como el correlato
intelectual del modelo organizativo que soportaba la cohesión social y la vida colectiva.
El funcionalismo, en este caso, hizo pasar lo temporal y continge nte como universal y
necesario. Es decir, de acuerdo con Sábada: “consideró que las condiciones
coyunturales, temporales y limitadas derivadas de l pacto keynesiano eran
sistemáticamente reproducidas en otros ór denes sociales con independencia de la
129 Ritzer, G. (1996) Op. Cit; Pp. 111-1 16.
98
elección política tomada en las formas de gobierno” . No queremos señalar o debatir
aquí la tan acusada falta de perspe ctiva (histórica) del funcionalism o 130 , sino mostrar
cómo la ausencia de c iertas dosis de reflexiv idad o de “vigilancia epistemológica”, si se
quiere, impide percib ir con nitidez qu e nuestras teorías sociológicas es tán afectadas p or
las condiciones materiales de su producción. Lo que apuntamos es a la ahistoricidad e
ingenuidad de la sociología americana de pos guerra en sus diferentes versiones. Hay
que mencionar, dentro de la época dorad a del funcionalismo, ya en sus últimos
momentos, un cierto redescubrim iento del co ncepto de conflicto en la sociología
europea 131 que supondrá un punto bisagra entre el funcionalismo m ás tardío y maduro y
las nuevas teorías contemporáneas.
130 Una sucinta e interesante reflexión a propósito de las limitaciones del m odelo estructural-
funcional pueden verse en Lamo de Espinosa, E. (199 0) Op. Cit.
131 Ver Aron, R. Las etapas del pensamiento sociológico. Buenos Aires. S.XXI. 198 7.
99
El neoliberalism o, “liberalism o avanzado” 132 o “capitalism o neoliberal” (o tantos otros
132 La expresión “liberalismo avanzado” es debi da a Nicolás Rose y hace ref erencia a los
regímenes que se sirven de técnicas de gobierno que crean una distancia entre la s decisiones de
las instituciones políticas formales y otros actores sociales, concibiendo a esos actores de for ma
nueva como sujetos de responsabilidad, autonom ía y elección, tratando de actuar sobre ellos
sirviéndose de su libertad. Según Rose, t res son lo s rasgos que caracterizarían al neoliberalismo:
las nuevas relaciones que se establ ecen entre los expertos y la política; la pluralización de las
llamadas tecnologías “sociales” y la nueva especificación del sujeto de gobierno. Las relaciones
de los expertos y la política se caracterizan por la transferen cia de poderes conferidos
previamente a los conocim ie ntos positivistas sobre la conducta humana a regímenes
calculadores de contabilidad y de gestión financie ra. Las zonas cerradas de los expertos se verán
invadidos por toda una gam a de nuevas técnicas (presupuestarias, de contabilidad y las
auditorias) destinadas a ejercer un control crítico sobre la autoridad: “estos procesos de cambio
sin duda están basados en una exigencia de verdad, pero de una verdad diferente a la verdad
de las ciencias humanas y sociales: estas ‘c ien cias grises’, estos ‘saber hacer’ de la
enumeración, el cálculo, la monitorización, la evaluación y la gestión, pueden aparecer al
mismo tiempo como modestos y omniscientes, limitados y aparentemente sin límites, cuando se
los aplica a problemas tan diversos como la conv eniencia de un procedimie nto médico, o la
viabilidad de un departamento universitario”. Al mism o tiempo se produce, según Rose, la
implantación de una forma de gobierno que actúa a través de la conformación de poderes y
voluntades de entidades autónomas: empresas, organizaciones, comunidades, profesionales,
individuos. De ello se deriva la im plantación de modos particulares de cálculo de los agentes, y
la sustitución de ciertas normas, como las de servicio y dedicación, por otras, tales como las de
competitividad, calidad y dem anda de los usuari os. Son las estrategias de pluralización y de
autonomización que caracterizan a muchos programas contemporáneos destinados a
reconfigurar las tecnologías sociales desde di stintas partes del espectro político los que
muestran una tendencia hacia una ‘des-gubern amentalización’ del Estado y hacia una ‘ des-
estatalización del gobierno’ : “contrat os, objetivos, indicadores, medidas de l os resultados,
monitorización y evaluación están así siendo usados para goberna r el comportamiento de esas
entidades al mismo tiempo que les conceden cier ta autonomía para tomar decisiones de poder y
responsabilizarse de sus acciones (...) se produce un desplazamiento desde los mecanismos
electorales de control democrático en los que in tervienen los ay untamientos a nuevas técnicas
de contabilidad, es decir, a la representación de ‘socios’ de diferentes ‘comunidades’ –
negocios, residentes locales, or ganizaciones voluntarias y ayuntamientos- en los consejos de
administración (...) Nuevos mecanismos m odulados y programados por las autoridades
políticas están siendo utilizados para v incular lo s cálculos y las acciones de un heterogéneo
conjunto de organizaciones, gobernándolas ‘a distan cia’ a través de la instrum entalización de
una autonomía regulada”. La instalación de los poderes del cliente en tanto que consumidor –
de servicios de salud, de educación, de f ormación, de transportes, etc.- redefine a los sujetos de
gobierno de una nueva forma: son individuos que buscan realizarse, maximizar su calidad de
vida mediante (obligados) actos de elección, confiriendo sentido y valor a sus vidas en la
medida en que pueden ser racionalizadas como el resultado de elecciones hech as u opciones por
tomar: “en el interior de este nuevo régimen que supone un yo activamente responsable, los
individuos tienen que cumplir sus obligaciones ciudadanas no a través de mutuas relaciones de
dependencia y obligació n de unos para con otros, sino a través de realizarse a sí mismos en el
seno de una variedad de ámbitos micro-morales o ‘comunidades’: familias, l ugares de trabajo,
escuelas, asociaciones de ocio, vecindades (...) Las racionalidade s políticas actuales se basan y
utilizan una gama de tecnologías que instalan y apoyan el pr oy ecto civilizador modelando y
gobernando las capacidades, competencias y volunt ades de los sujetos, que están ya fuera del
control formal de los ‘poderes públicos’ (...) Esta s tecnologías no tienen su origen o principio
de inteligibilidad en ‘el Estado’; sin embargo, han hecho posible introducir los objetivos de las
autoridades políticas, sociales y económicas en el interior de las elecciones y compromisos de
los individuos, situándolos en redes reales o vi rtuales de identificación a través de las cuales
100
sinónimos que se le han asignado) entra en escena, aproximadamente, a partir de
mediados de los años 70 (mom e nto de “cr isis” del modelo anterior), llegand o a
extenderse como m odelo político y macroec onóm ico total y único. Ello implica, además
de muchas m etamorfosis y reconfiguraciones de la estructura socia l, un cambio en la
regulación de los conflictos sociales, en la forma en que son definidos, significados,
abordados y resueltos. Independientement e de las causas de su em ergencia, es
interesante apuntar que las convenciones que hemos señalado anteriormente como
definitorias en la época i ndustrial o de posguerra se rec onfiguran en un nuevo orden
simbólico (discursivo, teórico, cogn itivo...) y práctico (políticas, regu lación jurídica y
legal,...). El mundo neoliber al y globalizado viene acomp añado de unas reconversiones
estructurales en los sistemas de convive ncia social, producción y consumo económico,
normatividad, prác tica y cultura po lítica, pres encia tecnológica, legitim aciones de los
modos organizativos, producti vos etc. En ellos se in scriben y sitúan nuevas
metodologías para lidiar con los co nflictos anudados al paradigm a 133 que comienza a
reinar.
Así y a diferencia del fordismo, el neol iberalism o, no se posiciona reconociendo
públicamente la exis tencia de conflictos que anteriormente mencionábamos, ni asum e la
posible imperfección d e sus herramientas cohesionadoras. Por lo m enos eso se
desprende de sus propuestas programáticas y de los rasgos esenciales de sus m arcos
discursivos. Lo que elabora es “una tarea de minimización del potencial disruptor de la
conflictividad, en función de estrategias alternativas que hacen de puente entre las
pueden ser gobernados”. Rose, N. “El gobierno en las democracias liberales ‘avanzadas’:
del liberalismo al neoliberalismo”, en Revista Archipiélago nº29. La Epidemia Neoliberal.
1997. Pp. 25- 40. (La negrita es suya).
133 Un paradigma que, al decir de Sábada, est aba basado en la implícita contraposición
maniquea entre seguridad-bienestar y libertad.
101
mediaciones típicas del fordismo y la s técnicas re solutivas previas” 134 . Dicha postura es
avalada y estimulada por un ren ombramiento de fenóm enos sociales en nuevas
categorías cognitivas. La reutilización de un nuevo vocab ulario que puntúe y guíe la
autopercepción colectiva del mundo social c ondiciona por supuesto qué es considerado
o qué se instituciona liza com o conflicto y de qu é forma será abordado. Como af irma
Sábada, “nuestra época asume una construcción li ngüística del entorno que disuelve la
potencialidad penetrativa de determinados conceptos y apuesta por la capacidad
explicativa de otros . El envoltorio simbólico con el que cubrimos nuestra realidad
presente nombra (denota) y significa (connota) distintamente la sociedad que tratamos
de abordar”.
El neoliberalismo, al propiciar una fragm ent ación productiva sin preced entes, a saber, la
subcontratación, la deslocalización, la desreg ulación, la flexib ilizaci ón, la precarización,
la cultura empresarial, el privatismo, el m ercantilismo, etc., favorece una fragm entación
de los sujetos del for dismo y su inicial hom ogeneidad 135 . Ello da lugar a la
(re)configuración 136 de un nuevo “tipo antropológico”, de una nueva modalidad de
134 Sábada, I. Op. Cit.
135 Esta fragmentación no sólo hace refer encia a diferentes sectores del espacio social, en los
cuales se aplicarían ciertas tecnologías en menosca bo de otras. El sujeto mismo se encue ntra
atravesado por instancias de poder diferentes, participando a veces en redes más o menos
tradicionales de afiliación comunitaria y otras veces, o quizás al mismo tiempo, en redes muy
“avanzadas” de insidiosa sujeción responsab ilizante. Como advierte de Marinis, “los nuevos
sujetos del neoliberalismo no sólo son flexibles, yuppies transnacionalizados, los gestores, los
consultores o los managers, sino también las maquiladoras, la underclass y los refugiados”. De
Marinis, P. (1999) Op. Cit; p. 98.
136 La (re)configuración del sujeto de gobierno asi gna, al decir de Rose, obligaciones y deberes
al mismo que abre nuevos espacios de decisi ón y acción. Las dos dimensiones del gobierno
social, la seguridad social y el trabajo social , van a verse, de este modo, transformadas: “la
seguridad social, en tanto que principi o de solidaridad social, cede el paso a una especie de
privatización de la gestión del riesgo. En este nuevo prudencialismo, el seguro frente a
posibilidades futuras de paro, enfermedad, vejez, etc., se convierte en una obligación privada.
El ciudadano es estimulado a gestionar los ries gos, no sólo en lo que afecta a formas
socializadas previamente existentes, sino también respecto a una amplia gama de otro ti po de
decisiones; es estimulado a integrar el futuro en el presente, es ed ucado de tal forma que debe
102
subjetivación por tras tocamient o de la “conciencia narrat iva” engarzada ahora en un
tiempo flexible, en el que la biografía vital queda desasida del pasado, como flotando en
un presente que se sabe cada vez más efím ero y necesariamente ab ierta a un futuro que
se presenta cada vez como m ás impre visible e impre decible . Las biografías laborales se
hacen añicos y las iden tidades asociadas al m undo del trabajo se reinventan en otras
formas de agregación colectiva hasta ahora desconocidas 137 . Todo esto genera un
borroso perfil de clases, grupos y sujetos cole ctivos que se muestran incapaces de alzar
una bandera unitaria de intereses y demanda s (crisis del sindicalis m o y aparición de
nuevos movim ientos sociales). A ello se suma el “adelgazamiento” del E stado, su nueva
posición en la gestión política y su pa pel presente en el campo económico. La
globalización financiera, la hipertecnologización incontro lable, la mediatizació n
comunicativa de las in teracciones sociales, los cam bios en las soberanías nacionales 138 ,
etc. van minando la senda por la que cam inab a la seguridad fordista y las garantías
públicas para la vida social que el mundo occidental de posgue rra había construido.
calcular las consecuencias futu ras de acciones tan diversas como las que se refieren a la dieta
o a la seguridad de la casa. El activo ciudad ano tien e, por tanto, que añadir a sus obligaciones
una nueva: la de adopt ar una prudente y calculadora relación personal con el destino,
considerado ahora en términos de peligros calcul ables y riesgos previsibles”. El trabajo social,
por su parte, en tanto que instrumento de civiliz ación tutelada, da paso al consejero privado, al
manual de autoayuda, al teléfono de la esp eranza, en suma, a prácticas que liga n cada
individuo con el consejo de los expertos al tiem po que adoptan la apariencia de ser el resultado
de una elección individual libre”. Rose, N. (1997) Op. Cit; p. 38.
137 Ver Sennett, R. (2000) Op.Cit.
138 Sassen, S. (2001) ¿Perdiendo el control?. La soberanía en la época de la globalización .
Barcelona. Bellaterra.
A propósito de las cuestiones aquí planteadas auto res como Fernández Jilb erto sugieren pensar
que la liberalización económica y política en algunos países no van juntas. Antes al contrario,
ejemplos como América Latina, Asia o África muestran que el rol del Estado puede ser crucial
en la movilización tanto de la inversión de capital com o del capital humano para la
competitividad en la economía internacional. Ve r Fernández Jilberto, Alex E; Mommen, A.
(ed.) (1996) Liberalization in the Developing Word. International an d Economic Changes in
Latin American, Africa, Asia. Routledge Studies in D evelopment Economics, 5.
103
Así, el descenso de las seguridades jurí dicas clásicas ha pr oducido un aumento sin
precedentes de los ries gos sociales, económ icos y políticos que aquejan a nuestras
sociedades y que corre paralelam ente a lo s ataques al Estado como articulador y
componedor del cemento social. Este conjunto de desfases se ha ido produciendo hasta
consolidar un complejo panoram a de in certidumbre, ambigüedad, ambivalencia e
incapacidad colectiva para la administración de un m undo en cambio total. De esta
manera, como afirma Sábada: “somos testigos y espectadores de un viaje cuyo punto de
partida era los macroconflictos de clase y la estación de llegada una constelación
fragmentaria de microconflictos de slavazados y riesgos que acechan”. O como ta mbi én
sostiene Noya Miranda: “en las sociedades postfordista s actuales las trayectorias
vitales vienen marcadas por la individualiz ación del riesgo. En un período de crisis,
cuando los gastos de neutraliza ción de riesgos se hacen ingentes, la seguridad se
convierte en un bien privado de cuya distri bución debe desentenderse el Estado, y la
individualización del consumo permite a las em presas reducir riesgos al diversificar las
inversiones” 139 .
En resumen, podríam os concluir que mientras el fordism o se erigió como un modo de
regulación y un sistema de gestión de los “c onflictos”, el neolib eralismo, no m enos,
puede ser pensado como un modo de regulación y un si stema de control de los
“riesgos”. De aquí, y a nuestro decir, que el paso de una sociedad del conflicto a una
sociedad del riesgo recae no sólo en una nuev a “cuestión social” a regular (si puede
considerarse al riesgo una “nueva cuestión social” –por lo que ti ene de “nuevo” y de
“cuestión”) sino también en las estrategias discursivas y en los recursos cognitivos
desplegados para dar cuenta y, sobretodo, justif icar, la inevitabili dad de las bases
139 Sassen, S. Op.Cit.
104
políticas y económicas de la nu eva configuración social. En este sentido, los “riesgos”
asociados, entre otras, a un nuevo m odo de desarrollo, el inform acionalismo 140 , se
sitúan en el centro mismo de las “cuestione s sociales” a regular; s i el sistema de
regulación del fordismo pasaba por el Esta do como elem ento “neutralizador” de los
conflictos, el s istema de regulac ión del neoliberalism o pasa por una multitud de
organismos, agencias e instituciones ( públicas y/o privadas) como elem entos
“institucionalizadores” de los riesgos, y, sie ndo los individuos, los responsables últimos
de sus decisiones. En este sentido, la soci edad del riesgo es, como dice Noya Miranda,
“el producto –o el subproducto, según la in terpretación, intencional o no intencional,
que se le quiera dar al fenómeno- de unas estrategias de externaliz ación y socialización
del riesgo, por las cuales de terminados grupos sociales descargan sobre cada uno de
los individuos del resto de la sociedad costes que también se habían convertido en
carga obligada para ellos tras haber suscrito implícitame nte el ‘contrato social
keynesiano’”.
140 El uso de la expresión “modo de desarrollo in for macional” es debido a M. Castells. En su
conocida trilogía La era de la i nformación el autor caracteriza a las socieda des a partir de la
distinción entre lo que denom ina “modos de pr oducción” (capitalism o, estatismo) y los “modos
de desarrollo” (industrialismo, informacionalismo). Así define la nueva estructura social como
“asociada con la aparición de un nuevo modo de desarrollo, el informacionalismo, definido
históricamente por la reestructuración del m odo capitalista de producción hacia finales del
siglo XX”. Los modos de desarrollo, según Castells, “son los dispositivos tecnológicos mediante
los cuales el trabajo actúa sobre la materi a para generar el producto, determinando en
definitiva, la cuantía y calidad del excedente. Cada modo de desarrollo se define por el
elemento que es fundamental para fomentar la pr oductividad en el proceso de producción (...)
En el nuevo modo de desarrollo informacional, la fuente principal de la productividad estriba
en la tecnología de la generación del conocimie nto, el procesamiento de la información y la
comunicación de símbolos (...) Lo que es específi co del modo de desarrollo informacional es la
acción del conocimiento sobre sí mismo como principal fuente de productividad. El
procesamiento de la información se centra en el perfeccionamiento de la tecnología de este
procesamiento de la información: por ello, denomino i nformacional a este nuevo modo de
desarrollo, constituido por el surgimiento de un nuevo paradigma tecnológi co basado en la
tecnología de la información (...) El info rmacionalismo se orienta hacia el desarrollo
tecnológico, es decir, hacia la acumulación de conocimiento y hacia grados más elevados de
producto por unidad de insumo, la b úsqueda de conocimiento e información es lo que
caracteriza a la función de la producci ón tecnológica en el informacionalismo”. Castells, M.
La era de la información. Vol. 1: La so ciedad red. Madrid. Alianza Editorial. 1996. Pp. 43 -48.
105
Estas estrategias de “externalización” y “socialización” del riesgo pueden también
entenderse como aquello que se ha denom inado outsourcing generalizado 141 , esto es, el
aprovisionamiento externo, la subcontra tación o la delegación de funciones u
operaciones hacia fuera. Como afirm a Scott Lash en el prefacio a la obra de Beck y
Beck: “en la ‘sociedad del riesgo’ de Beck, o en el que John Urry y yo denominamos
por la misma época el ‘capitalismo desorgani zado’, existe un outsourcing generalizado
de funciones y operaciones. La organizaci ón económica y jerárquica empieza a tomar
decisiones de manera regular, mejor dicho a no ‘tomarlas’ sino a ‘comprarlas’. Así, en
esta época de desintegración vertical existe toda una panop lia de funciones
empresariales aprovisionadas externamente”.
Ahora, no sólo parece que se esté produciendo un outsourcing, sino también un
insourcing, esto es, un aprovisionamiento interno, una operación desde dentro o de
internalización. Es decir, se han resitua do un buen número de propiedades, funciones y
actividades anteriormente atribuibles a la n ación-Estado, al Estado del bienestar, a la
empresa jerárquica, a la familia, etc. Algunas de ellas, como hemos visto, se han
desplazado extensivam ente a instancias glob ales mientras que otras se han desplazado
intensivamente al individuo, a la subjetividad (consciente o inconsciente), en definitiva,
a instancias privadas. Así pues, en nuestra épo ca existe un outsourcing de las funciones
de gobernancia del Estado, de los derechos nacionales a convertirse en derechos
globales, de las organizaciones contables y de las funciones económicas respecto a los
cuerpos económ icos supranacionales e instanci as culturales igualm ente supranacionales.
También se ha extendido la práctica de dele gar funciones en instan cias privadas. Por lo
tanto, la encrucijada está servida: por un lado, tenem os globalización y por otro –
141 Beck, Ulrich y Beck-Gernsheim, Elisabeth [2002] La individualización. El individualismo
institucionalizado y sus consecuencias sociales y políticas. Barcelona. Paidós. 2003.
106
paralelamente- individualización; dos elem entos constitutivos que hacen de nuestras
sociedades (globales) contem poráneas verdaderas sociedades del riesg o e individuos
socialmente institucionalizados.
1.2.2- El outsourcing del riesgo: generaliz ación y trivialización.
En este nuevo escenario histórico-social que hemos ido dibujando, la sociología
encuentra un campo propicio en el que abonarse. Así, se dice, que la actual “sociología
del riesgo” surge inic ialmente como com p lem ento de una “tecnología del riesgo”,
afirmándose e independizándose hasta adquiri r en la actualidad un estatuto propio 142 .
Sus propuestas fundamentales, según Ramos, se pueden resumir así: “el riesgo es un
aspecto generalizado y crucial de la soci edad contemporánea; surg e de y problematiza
la tecnociencia; abierto a las decisiones humanas, las hace en la actualidad más
urgentes y problemáticas. Lo primero supone la generalización de l riesgo, lo segundo,
su ambivalencia y la de aquello que es pensado por medio de él; lo tercero, la
emergencia del principio de precaución”.
El primer eslabón del diagnóstico es que la nue stra es la época de la generalización del
riesgo. Concepto extensionalmente lim itado que servía para pensar específicos avatares
del juego o de las trans acciones económi cas entre pun tos distantes del espacio 143 , fue
expandiendo desde mediados del XVIII su ám bito de aplicación hasta introducirse en
los más nim ios detalles de la vida cotidiana. Sería el caso, com o dice Ewald 144 ,
142 Ramos, R. (1999) Op. Cit.
143 Vid Supra.
144 Ewald, F. (1996a) “ Philosophie de la précaution”, en L’Anneé Sociologique, Vol. 46. Núm .
2. París. Pp. 382- 412.
113
de la eventualidad de lo tremendo”. Es por esto motivo que el discurso del riesgo se
transforma en crítica de los princ ipios inst ituyent es de las sociedades contem poráneas.
Según Ramos, su centro es el riesgo tecnol ógico o, en términos más amplios, el
complejo te cnocientífico cara cterístico de las sociedade s de finales del siglo XX. Es en
este dónde Bauman diagnostica la “am bivalencia de la modernidad” 154 ; en el seno de
una tecnología que se ha hecho reflexiva 155 en la m edida en que aplicada a un mundo
que se pone en riesgo, se acaba aplicando tambié n a sí m isma para gestionar lo que ella
misma produce. En definitiva, el com ple jo tecnocientífico opera no sólo sobre un
ámbito externo a su dominio sino que a su vez debe crear m ecanismos para poder operar
tanto sobre él mismo como sobre el resultado de su activida d. Es decir, la tecnociencia
se enfrenta no sólo ni exclusivam ente c on el desarrollo, elabor ación y aplicación de un
complejo ejercicio cien tífico, sino que tam bién debe aprender a tratar con las
consecuencias o efectos (queridos o no) de lo creado. El resultado científico además, y
como veremos, no requiere sólo de una ge stión puram ente científica sino que debe
incorporar y atender (las reclamaciones) del mundo social que pone o ha puesto en
riesgo. Las consecuen cias para la tecnociencia no pueden ser más evidentes: un
ejercicio de (auto)reflexión y apertura al exterior, eso es, (auto)cuestion amiento de s us
propias prácticas y cuestionamiento social por parte de los receptores de aquellas. Como
vemos, la unión de una tecnología que depende cada vez más de la ciencia, se presenta,
154 “Si la modernidad es producción de orden, la ambivalencia es el desperdicio de la
modernidad. Tanto el orden como la ambivalencia son igualmente produc tos de la práctica
moderna; y nadie excepto la práctica moderna –siempre vigilante- debe corroborarlo. Ambos
comparten en la contingencia típicamente moderna la des fundamentación del ser. La
ambivalencia es lo que más preocupa e inquieta en la era moderna, desde que, a diferencia de
otros enemigos derrotados y dominados, aumenta complementariamente c on los muchos logros
de los poderes modernos. Es su propio fracaso el que la actividad construye su ambivalencia”.
Bauman, Z “Modernidad y Ambivalencia” (extraído de Bauman, Z. Modernity and
Ambivalence. Londres. Polity Press. 1991. Pp. 1-15, 53-74; en Beriain, J. (ed.) [1996] Op.Cit; .
Pp. 73-119. L a negrita es suya).
155 Luhmann, N. (1992) Op.Cit; p.140.
114
como una causa fundam ental para el desarr ollo de riesgos y peligros en una forma
desconocida hasta ahora por las sociedades. La generación de riesgos a través de la
ciencia y la percepción de los mismos con ayuda de la ciencia, es lo que constituiría una
verdadera novedad en la comunicación del riesgo, de forma que la ciencia, a partir de
ahora, debe ocuparse también de sus propias consecuencias.
Sin duda, estamos frente a lo que podríam os denominar el outsourcing del riesgo tanto
de sus funciones como de su gestió n. Es deci r, el riesgo parece ges tionarse, tal y como
veremos en los próx imos capítulos de es ta investigación, por un entrelazamie nto
extraordinariamente poderoso, de sistem as sociales y técnicos, o más precisam ente,
sociotécnicos. Es la genera lización y la trivialización del riesgo en todas sus
dimensiones la que ha ayudado pr ecisam ente a configurar este outsourcing del riesgo
moldeado, entre otras, por una variedad de modalidades y prácti cas de gestión de
riesgos en sistemas tecnológicos complejo s. Una muestra de estas modalidades y
prácticas de gestión es, precisam ente, lo que pretendemos recoger, ex plicar y analizar en
esta investigación.
1.2.3- Racionalidades políticas y Homo prudens : (re)co dificación estatal y
(re)definición social.
En el epígrafe anterior hemos explicado, brevem ente, la problemática de la crisis
experimentada por las racionalidades políticas 156 y tecnológicas de gobierno del Estado
156 Las racionalidades políticas de las que aquí hablamos son racionalidades fundamentalmente
prácticas, orientadas a la resolución de los problemas mundanos que se les presentan a los
sujetos que intervienen en cada ejercicio concre to de poder. Asimismo dicha noción no contie ne
referencias no rmativas, asociadas a una “Razón” en deter minadas prácticas históricas. Se trata
115
Providencia –que se había convertido como modalidad dom inant e de gobierno de lo
social- y la paralela reactiv ación de racionalidades políticas y tecnológicas de gobierno
que han recibido en su conjunto la denominación de “neoliberales” 157 . Estas mismas
racionalidad es han desarrollado en el tran scurso de su despliegue una coherencia
práctica, si bien, dicha cohe rencia sólo la han alcanzado en el m omento de su misma
aplicación. Vimos también cóm o el punto de an claje de cada una de esas racionalidades
políticas sufría de una aparente reform ulaci ón en sus modalidades de gestión y/o control
en los que operaba, esto es, de aquello que denominamos sistemas de gestión de los
“conflictos” a los sistemas de control del “r iesgo”. Precisamente, la exposición de esa
incardinación de discursos y p rácticas de gobierno nos debería perm itir la
contextualización de lo que, para nu estros pr opó sitos aquí, constituye el entram ado de la
problematización sociológica del “riesgo” 158 . En efecto, si en el neoliberalismo se
de una forma de concorda ncia de reglas, de formas de pensar , procedimientos tácitos, con un
conjunto de condiciones o determ inaciones bajo las cuales, en un cierto momento, resulta
posible percibir algo como un “problema”, tematiz arlo como tal y generar alternativas prácticas
de resolución del mismo, aún pese a las re sistencias que precisamente esto pueda generar por
parte de otros actores.
157 Lo que en su conjunto se conoce bajo el ró tulo hom ogeneizante de “reforma liberal” o
“liberalismo” incluye, grosso modo, la mercan tilización de los servicios de salud, pensiones y
seguros, reformas en los sistemas educativos, privatizaciones de algunas empresas públicas,
introducción en las instituciones estatales de moda lidades de gestión propias del sector privado,
mecanismos de flexibilidad laboral y de contra taciones, etc. Como algunos autores destacan,
dichas reformas tuvieron un impacto considerable en la relación entre lo público y lo privado
afectando diferencialmente según el ámbito al que hacían referenc ia. Así, afirma de Marinis: “la
reestructuración se manifiesta de maneras divers as y encuentra diferentes resist encias y
apoyos, según se trate del campo de control de la criminalidad y la seguridad pública, del nivel
municipal o regional del gobierno, del sistema educat ivo, de la administraci ón de justicia, de la
prestación de servicios de salud, etc.”. de Marinis, P. (1999) Op.C it; p. 76.
158 Sin lugar a dudas, cada una de las interrelaci ones, las y uxtaposiciones, los vínculos, los
entrecruzamientos que se dan en las diversas e históricas configuraciones soc ietales requeriría
de un análisis más pormenorizado. No obstante, y para el caso que nos ocupa, dicha tarea no
sólo se nos presenta inabarcable sino que, en exceso, nos alejaríamos del “objeto” de
problematización que constituye la presente investigación.
116
produce una importante recodificación del lugar del Estado, también se redefine el lugar
de los sujetos 159 y, com o no, el lugar y el espacio de los riesgos.
Lo que se manifiesta en todo ello revela una cierta autonomizaci ón del Estado en otras
numerosas entidades de gobierno, con las que sin em bargo permanece vinculado a
través de una compleja cadena de relaciones, responsabilizaciones, em powerment de
diferentes sectores y agencias distantes del centro estatal, m ecanismos indirectos por los
cuales se produce una nueva alineación de la conducta personal, so cial y económ ica con
objetivos socio-políticos de más am plio espectro.
Ciertamente, en este contexto es de suponer que si se ha dado una alteración
fundamental en la relación entre Estado e instituciones partic ulares, entre lo público y lo
privado, si se han reactivado en el ámbito ge neral los principios de mercado, eficiencia
y competitividad para los intercam bios y la gestión económica ( outsourcing e
insourcing ), al tiem po que se devalúan y se reco nfiguran nociones más “sociales” como
solidaridad y pertenencia (naciona l, clas ista, etc.,) es lógico que algo haya sucedido al
nivel de los sujetos y que algo deba “hacers e” también al niv el de los “riesgos”.
Como sugiere de Marinis, el nuevo sujeto no es un sim ple calculador de sus acciones en
términos puram ente utilitaristas. Por el contra rio, se trata de lo que se ha denominado un
159 C o m o a f i r m a d e M a r i n i s : “las grandes transformaciones en juego podrían resumirse
diciendo, de manera esquemática, que la fl exible figura del mercado transnacional reemplaza a
la rígida planificación estatal de la economía nacional: las viejas responsabilidades sociales
welfaristas se trastocan y se recodifican en formas mercantilizadas, crecientemente de-
socializadas, de previsión individual y familiar; simultáneamente, se inyecta en los sujetos una
conducta empresarial que debe reemplazar la ‘p asividad’ y la ‘depe ndencia’ propias de una
época pasada, cuando las solidaridades y las responsabilidades colectivas, a la vez que daban
importantes garantías y reducían con ello las in certidumbres existenciales, le quitaban peso a
la autonomía personal” . Op. Cit; p.93
117
“homo prudens” 160 y que se enclava en un régimen de “nuevo prudencialismo” 161 . En
este nuevo régimen, y al decir de Marinis, el homo prudens buscará en el m ercado las
variadas ofertas dispon ibles para satisface r sus necesidades vitales de seguridad, de
placer y de bienestar personal y existencial. A pesar de la pe sada experiencia de soledad
que viven estos sujetos, también reavivan nuevos m odos de defensa de sus posiciones a
través de su adscripción en el seno de una comunidad cerc ana a su experiencia: “[ el
homo prudens] desarrollará modos de agregación comunitarios que no sólo son
reactivos, sino también poseen un sentido positivo de reafirmación de nuevas
identidades”.
Así, el neoliberalismo trae consigo una im portante reactivación d el viejo concepto
sociológico de Gemeinschaft, de comunidad 162 . La suposición de la sociología clásica
de que la Gelleschaft –y con ella la intensificación de los intercambios económicos y de
las acciones racionales con “arreglo a fines” 163 - terminaría dom inando y barriendo
160 O’Malley, Pat “Risk and responsability”, en Andr ew Barry, Thomas Osborne y Nikolas
Rose (eds.) Foucault and political reason. Liberalism, neo-liberalism and rationalities of
government. Londres. UCL Press. 1996. Pp. 189-207.
161 De Marinis, P. Op.Cit.
162 Fue F.Tönnies quien mejor encaró el análisis de la Modernidad interesándose por aquello que
denominó “tipo” o “modalidades” de agregación. Así, su análisis del cambio s ocial se resume
en lo llamó el paso de la Gemeinschaft a la Gelleschaft (de la Comunidad a la Asociación o
Sociedad). Ver Tönnies, F. [1887] Comunidad y Asociación. Barcelona. Península. 1979.
163 El término “acción racional con arreglo a fin es” es debido a Max Weber. Con la noción de
acción Weber hacía referencia a “toda conducta humana (exteriorizada o de fuero interno,
pasiva o de aquiescencia) cuando y en l a medida en que va unidad a un significado subjetiv o”.
Esa acción será considerada como “acci ón social” cuando “en virtud del significado subjetiv o
dado a ella se refiere a la conduc ta de otro (u otros) hombres y se orienta hacia esa conducta
durante su curso”. El significado subjetivo de la acci ón social puede ser analizado de dos
maneras: por referencia al significado concreto que la acción tiene para un agente individual
dado, o por relación con un tipo ideal de significa do subjetivo para el agente hipotético. En
cualquier caso, explicar el sentido subjetivo de la acción (sea esta racional o afectiva) significa
captar la conexión o el complejo de sentido en el que la acción transcurre, para lo cual será
necesario relacionar la conducta concreta que se estudia con una pauta normativa más amplia y
con referencia a la cual actuaría el individuo. Desde este enfoque Weber diferenció cuatro tipos
118
cualquier experiencia más cercan a y más com p rometida afectivamente, parece, al decir
de algunos 164 , no acabarse de cumplir. Así, m ien tras las raciona lidades polític as
contemporáneas no dejan de hablar de com pe titividad, de éxito, de asunción de riesgos
y responsabilid ades y de nuevo prudencialism o, lo hacen pero “abandonando un
lenguaje ‘social’”, dirigiéndose y apelando a la s crecientes y predominantes
modalidades de agregación: las comunidades: “en tanto se desprenden cada vez con
mayor énfasis de un cierto ‘punto de vista socia l’, las tecnologías de gobierno tienden
de orientaciones del proceder o de la “acción social”: la “tradicional” , la “afectiva” , la
“racional con arreglo a valores” y la “racional con arreglos a fines” . La acción “tradicional”
es aquella que se lleva a cabo bajo el influjo de la costumbre y el hábito y c uyo significado
procede de las ideales o símbolos que, en opini ón de Weber, no tiene la forma coherente y
precisa de lo que se pretende en la “raciona lidad según valores”. La acción social “af ectiva”
sería aquella en la que la concie ncia subjetiva, bajo el imperio de cierto estado emotivo, rompe
con la rutina tradicional y, afirmá ndose co mo subj etividad, se encamina hacia la autoconciencia
racional sin alcanzar una clara definición de la racionalidad y /o del ideal que la mueve;
quedaría, según Weber, en el límite en tre el proceder significativo y el no significativo. La
acción racional con “arreglo a valores” está, según Weber, coherentemente dirigida hacia un
ideal que diezma y convierte en improcedente cualquier tipo de consideración; las acciones
orientadas únicamente hacia los supremos ideal es del deber, del honor, o por adhesión a una
“causa” se aproximan a est e tipo de proceder social. Finalmente, la acción racion al con “arreglo
a fines” es aquella en la que el individuo valo ra racionalmente las probables consecuencias d e
un determinado acto en té rminos del cálculo de medio para un fin; ella supone una razón
subjetiva autoconsciente de sus fines individuales. Ver Giner, S. (1976) Historia del
pensamiento social. Barcelona. Ariel.
164 A este respecto Bau man, afirma: “Echamos en falta la comuni dad porque echamos en falt a
la seguridad, una cualidad crucial para una vida feliz, pero una cualidad qu e el mundo que
habitamos cada vez es menos capaz de ofrecer e in cluso más reacio a prometer. Pero la
comunidad sigue echándose en falta tenazmente, elude nuestra aprehensión o s igue
desmoronándose, porque la forma en la que este mu ndo nos incita a cumplir nuestros sueños de
una vida segura no nos acerca a su cumplimient o: en vez de mitigarse, nuestra inseguridad
aumenta a medida que seguimos adela nte, de m odo que continuamos soñando, intentá ndolo y
fracasando (..) Aquí, en la ejecución de esos comedidos, es donde más se echa en falta la
comunidad; pero es también aquí, para variar, don de está la oportunidad de que la comunidad
deje de echarse en falta. Si ha de existir una comunidad en un mun do de individuos, sólo puede
ser (y tiene que ser) una comunidad entretejida a par tir del compartir y del cuidado mutuo; una
comunidad que atienda y se responsabilice de la igualdad del derecho a ser humanos y de la
igualdad de posibilidades para ejercer ese derecho”. (La negrita es suya). Bauman, Z. [2 001]
Comunidad. En busca de s eguridad en un mundo host il. Madrid. Siglo XXI. 2003.
119
crecientemente a gobernar a través de la co munidad, a través de la instrumentalización
de lealtades personales y de activas responsabilidades” 165 .
Es en el seno de esta reactivación com unita ria que se insta a los sujetos a permanecer
constantemente activos, en guardia, estim ulados positivamente a resp onsabilizarse, a
tomar el destino en sus m anos en cualqui era de las decisiones que vayan a tomar.
Incluso en aquellas actividades más supue stamente “sociales” que todavía siguen
realizándose, como los llamados “program as de com bate a la pobr eza” (o incluso en los
actuales program as de protección a las mujeres) tam bién se apelan a las capacidades
autorreguladoras de los indi viduos y las comunidades: la “participación” de los m ismos
gobernados (que a menudo se lim ita merament e a la gestión “activ a” y “responsable” de
su situación) se insc ribe en este tipo de p rogram as. De este modo: “ el Esta do
Providencia era un permanente, perseveran te , incansable productor de energía social.
Además de producirlos, condens aba los flujos de energía de las fuerzas sociales y los
codificaba en una misma matriz de solidaridad colectiva. E n el ne oliberalismo, por el
165 De Marinis, (1999) Op. Cit; p. 94. Ciertam ente, el (re)surgir de la comunidad tiene (o debería
tener), desde el punto de vista social, un elemento po sitivo sobretodo de cara a los miembros
que las componen. La configuración de com uni dades sociales (actor es o agentes sociales
implicados) con relación a los sistemas complejo s puede también resultar interesante desde el
punto de vista de los miem bros que las componen y los intereses y posiciones que defienden. En
un capítulo posterior, problematizaremos los s upuestos de participación pública con relación a
los procesos de toma de decisiones que puedan afectar a los colectivos directa o indirectamente
afectados por aquellas decisiones. Como veremo s, son algunos los logros conseguidos a ese
nivel, si bien aún está por dem ostrar la “viabilidad” y los “objetivos” que se persiguen cuando,
comunal y democrática mente, se permite el acceso a dichos procesos de decisión. Del mismo
modo, tam bién veremos como pueden coexistir en una misma situación de poder un co njunto de
técnicas que pueden parecer a primera vista como muy razonadas (las técnicas de empowerment
y de autoresponsabilización de grupos y comunidades, de inyección de autoestima y de
capacidad de iniciativa en el sujeto), con retó ricas típicamente “welfaristas (d e defensa de la
cohesión social, de la integración y de la ciudada nía social), con otro tipo de dispositivos que
tienen que ver con la exclusión y la descalificaci ón, la razón de Estado, etc. Ciertamente,
estamos delante de una situación contemporánea caracterizada por la disposición a una especial
sensibilidad ante la gran y potencial reestruct uración de poderes, de sa beres y de identidades
actualmente en curso, y ante la compleja y uxtaposición de ejercicios de poder que tienen
diferentes niveles, provienen de distintas iniciativas y producen diferentes efectos sobre los
individuos y l os grupos sociales.
120
contrario, se procura la economización más efectiva posible de lo s medios de gobierno,
y se trata entonces de gobernar contando c on la mayor cantidad pos ible de la energía
que para su propio gobierno aporten los gobernados mismos” 166 .
En este contexto de tan prof undas transformaciones del gobier no, de la vida individual y
colectiva, debem os (pre)ocuparnos ahora acerca de los “riesgos” que nos acechan, y
sobretodo preguntarnos si podemos seguir pens ando lo “social”, lo “individual” y los
“riesgos” como hasta ahora o si debem os avanzar hacia la construcción de nuevos
objetos, estrategias y/o herramientas m á s ad ecuadas para reflexionar acerca de ellos 167 .
Así, puede intuirse la posibi lidad de que coexistan en una mism a situación de poder un
conjunto de técnicas que, a pr im era vista, puedan parecer muy avanzadas (las técnicas
de empowerment y de autorresponsabilización de grupos y comunidades, de inyección
de autoestima y de capacidad de in iciativa en el sujeto ), con retóricas más típicam ente
welfaristas (de defensa de la cohesión soci al, de la integración y de la ciudadanía
166 Ibíd; p. 95. E staría por ver si las nuevas m odalidades de gobierno d e la vida social y por ende
de la conducta individual que fomentan, al tiem po que parecen abrir las vías a la “reflexión” y
“creación” para la participación e inte rvención de los sujetos en la gestión de sus propias
opciones vitales y de bienestar, quizá estén a su vez inaugurando nuevas m odos de sujeción más
invisibles que los que proporcionaba el esta do Providencia; esto es, la imposibilidad de
identificar, aún más, los puntos de anclaje social.
167 Todas estos interrogantes nos remiten, una y otra ve z, a la cuestión de las instituciones. Lo s
debates actuales sobre estos temas han genera do un enorme corpus bibliográfico de, por
ejemplo, la globalización, la soberanía, la indi vidualización, etc. Ahora, una vez planteada la
nueva (re)codificación estatal y la (re)definición social, y con los ele mentos que antes
denominam os de outsourcing / insourcing de funciones, ¿qué tipo de instituciones pueden
regular a un individuo cuyos rasgos diferenciables estriban en el no estar determinados por las
normas de las instituciones?, ¿qué instituciones pueden permitir a los individuos ser reflexivos
en el sentido de buscadores de normas?. En est e contexto, podría tener sentido pensar en
términos de distintos tipos de instituciones que nos ofrecen sendos tipos de normas. Para ello
quizá resulte útil la distinción entre normas c onstitutivas y norma s reguladoras. Así, si las
primeras permiten jugar el juego, las n ormas reguladoras son más bien pres criptivas. Ahora,
¿qué tipo de normas constitutivas son com patib les con una serie de normas reguladoras que no
regulan?, ¿qué tipo de norma constitutiva es co mpatible con una serie de actividades de
búsqueda de normas, distintas de actividades de determinación de normas?. Tal vez hay que
reconsiderar la posibilidad de pensar las nue vas instituciones (de regulación) no tanto como
instituciones de normas reguladoras sino constitutivas y por tanto, quizás, (auto)reguladoras.
Este cuestiones serán tratadas a mpliamente en un capítulo posterior de esta investigación.
121
social), con dispositivos meramente disc iplinarios (utilizando la terminología de
Foucault) de sujeción de poblaciones, con pura violencia, exclusión, etc. Sea com o sea,
la situación contemporánea se caracteriza por disponer de una especie de especial
sensibilidad ante la gran reestructuración de pod eres, saberes e identidades actualmente
en curso, y ante la compleja yuxtaposición de ejercicios de poder que tienen distintos
niveles, provienen de distin tas in iciativas, y producen di ferentes efectos sobre el
individuo y los grupos sociales.
Esta fr agmentación no sól o haría refe rencia a difere ntes sect ores del espaci o social, en los
cuales se aplicarían ciert as tecn ologías en lugar de otras, o en los cuales tendría predominio
tal racionalidad en ta nto que las otras quedarían en la penum bra. El sujeto mismo se
encuentra atravesado por diversas instancias de poder, partic ipando a veces, quizá al m ismo
tiempo, en redes muy “avanz adas” de insidiosa suje ción responsabilizante.
Si de lo que se trata es de pensar juntos el gobierno de la conducta individual y el
gobierno de la vida social, deberíamos preg untarnos qué es lo que ello aporta de
novedoso en el análisis del riesgo. Así, a continuación queremos apuntar y/o señalar
algunos elementos que parecen conf igurar hoy el abordaje sociológico de los “riesgos”.
Para ello, una breve atención al espacio y lugar que estos ocupan en las tan manidas y
discutidas contiendas en el dominio propio del saber de los riesgos nos dará pistas para
continuar avanzando en nuestra tarea por comprender el cómo pensamos las
dimensiones sociales de los sistem as complejos. Ello, sin duda, nos obliga a
problematizar la natu raleza científica y soci al de los riesgos ; una unión inseparable que
opera en el seno de las dis tintas disciplinas en el cam po del análisis, evaluación y
gestión de los riesgos.
122
1.3- REPENSAR LA NATURALEZA CIENTÍ FICO-SOCIAL DE LA
TECNOLOGÍA PARA PE NSAR EL RIESGO
Que los estudios sociales del riesgo se ha yan acabado orientando hacia la crítica de la
tecnociencia es, de acuerdo con Ramos, una mu estra más de la tendencia irónica de los
procesos de construcción del conocimiento. En efecto, “si algo motivó la intervención
sociológica en el estu dio del riesgo fue la necesidad de complementar y hacer
socialmente eficaz el dogma tecno-natural ista inicialmente dom inante según el cual,
contándose ya con una técnica segura de evaluación, medición y gestión de riesgos
tecnológicos, sólo se precisaba explicar el escepticismo que encontraba en los legos y
el comportamiento irracional de éstos”. Tal debía ser el cometi do de las ciencias del
hombre –sociología, pero tam bién antropología y psicología-. De el las se esperaba un
exhaustivo catálogo de sesgos: sesgos cognitivos que dieran razón de las limitaciones
del vulgo a la hora de utiliz ar el cálculo de probabilid ades; se sgos culturales q ue
proporcionaran las claves de la resistencia trad icionalista al racionalismo científico y
sus complejos tecnoló gicos; sesgos soci ales, que explicaran cómo se percibe
grupalmente el riesgo, quiénes aceptan y quién es resisten, en qué condiciones se confía
o desconfía de los expertos, cómo hay que com unicar las decisiones, etc. Ahora, el
complemento se convirtió en suplemento: en lugar de problem atizar la psique humana,
la cultura o la sociedad, lo que acabó por pr oblematizarse fue la definición experta d el
riesgo, lo que se hizo tanto en términos psicom étricos 168 , como antropológicos 169 o
168 Slovic, D. The perception of risk. London. Earthscan. 2000.
169 Tal es el caso de Mary Douglas que analizó los co mplejos mecanism os mediante los cuales
el tejido institucional de una sociedad, extiende las mallas, más o me nos visibles, que la
aseguran idealmente de potenciales acechanz as. Douglas también estudió la forma en que
construimos determinadas categorías culturales a p artir de ciertas posiciones sociale s. Las
129
compartim entación en especialidades incapaces de abordar lo com plejo 186 ; rechaza su
tendencia a no atender a los efec tos colaterales, latentes o secundarios que engendra; se
irrita ante la soberbia seguridad en sí mism a; cuestiona su monopolio de la verdad. P ero
su veredicto final no deja de reafirmar lo cu estionado: no se trata de prescindir de la
ciencia (ni se puede ni se debe), sino de (re)elaborar otra ciencia, radicalmente
reflexiva, descompartim entizada, abierta al diálogo con los legos, flexible, cauta,
dispuesta a aprender de su única verdad incuestionable, que no es otra que “ la
capacidad del error y de fallos del pensamiento humano y de la acción”. 187
Crítico de la neo-ilustración que espera de la ciencia un sabe r que ésta no puede
construir, Wynne subraya el carácter s ituado, culturalmente co mprometido del saber
científico. Cercano a las posiciones de Lat our, concibe el entramado tecnocientífico
como una red en la que están interesados no sólo el saber y la natu raleza, sino tam bién
la sociedad. Mientras intente resolverse cien tíficamente los riesgos que la mism a ciencia
engendra estaremos realim entando un monstruo insa ciable que, en su soberbia, tiende a
desconocer u ocultar sus propias limitacione s y convierte en un laboratorio el m undo
social de vida. Hay, pues, que abrirla y para lizarla, tender los puent es de diálogo con los
legos, compensar su s abstracciones con sa beres locales que son sedimentos de
186 En este sentido, no coincidimos con Beck en es ta imposibilidad de abordar lo complejo. De
lo que se trata más bien e s de asumirlo no de abordarlo. La complejidad, a nuestro decir, es u na
característica intrínseca de nuestro mundo, por tanto, el primer paso es asumir dicha
complejidad y los límites (naturales) que impone la relación naturaleza/sociedad. En muchas
ocasiones, la ciencia ha operado pasando por alto aquella complejidad, intentando –
infructuosamente- en unos casos, abordarla (creando, por tanto, más complejidad) y, en otras,
pasándola por alto, y, por tanto, generando más riesgos. Por otro lado, la complejidad no es
exclusivamente científica o tecnológica sino también social. El resolver una no lleva aparej ada
la resolución de la otra, de ahí que ambas deban ser aprehendidas recíprocamente.
187 Beck, U. (1998) Op. Cit; p.231.
130
experiencias sociales 188 : “el conocimiento científico (a este r especto, como cualquier
otro conocimiento) se genera con relación a m undos sociales, y su validez o invalidez
no depende solamente de su grado de adecuac ión a la naturaleza ( que es negociable) ,
sino también de su correspondencia con el mundo social” 189 .
Esta breve aproximación perm ite, pues, reafirma r lo qu e Ramos aventuraba al princip io:
la conciencia del riesgo, y más especialme nte la de los riesgos graves, se vuelca
críticamente sobre el en tramado de la tecn ociencia. Vivir en una sociedad del riesgo
generalizado es vivir en una sociedad en la que la tecnociencia ocupa un lugar central.
De ahí que la alarma que provoca aquél se conv ierta en alarma ante ésta. Pero tal alarm a
no la demoniza, sino simplem ente pone de relieve su intrínseca ambivalencia en el
sentido amplio que Baum an da a tal etiqueta, es decir, su limitación, su prom iscuidad y
su ambivalencia. La ind isociabilidad del car ácter científico y soci al de la tecnología
debería servir para proyectar y arrojar nuevas luces a la comprensión de los riesgos
complejos.
1.3.1- Crisis del monopolio de la raci onalidad científica y principio de
indeterminación.
Una característica fundamental que Beck adjudica a los riesgos es que suelen
permanecer invisib les, basados en atribucione s causales y por tan to, establecidos en el
188 Este intento por aproximar e interrelaciona r los saberes científicos y los saber es locales se
desarrollará en un capítulo posterior de esta i nvestigación. En concreto, y en el caso del
complejo sistema nuclear existen algunas pr ácticas y programas de gestión de residuos
radiactivos que llevan a cabo una excelente ta rea por aproximar no sólo los saberes y las
experiencias sociales en dicho campo, sino por h acer partícipes a todos los sujetos afectados en
las tomas de decisiones imbricados en la gestión de los residuos radiactivos.
189 Wynne, B. (1992) Op. Cit; p.181.
131
saber (científico o no científico), lo cual vi ene a decir, que están abiertos a procesos
sociales de definición. En es te escenario, se percibe la crisis del monopolio de la
racionalidad científica porque ésta sólo puede moverse en el marco de unas
“afirmaciones de probabilid ad” (además, es necesario haber adoptado una posición
axiológica para poder debatir sobre los riesgos). Pero esto, no es un atributo específico
de la sociedad del r iesgo: el papel y la poten cia socio-explicativa de la racionalidad
científica han sufrido un retroces o genera l bajo el im pulso desgarrador d e la teoría de la
ciencia a lo largo del siglo XX. En particular , el desarrollo de la física cuántica y la
relatividad einsteiniana han reventado los propios fundamentos del pensam iento
científico moderno. Los avances de la física subatómica han quebrantado una
cosmogonía centrada en la im agen unitaria de l m undo físico: el átomo ya no es la
unidad fundamental de todas las cosas y la m isma noción de materia ha sido
reconceptualizada com o una forma de energía y viceversa. La “probabilidad” sustituye a
la “exactitud” científica. El “principio de indeterminación” echa abajo la univocidad de
los resultados científicos. Esto es lo que se supone quiere decir Beck cuando afirma que
la naturaleza se ha vuelto política bajo las m a nos objetivas de los científ icos de la
naturaleza, porque las mediciones llevad as a cabo sin ningún rasgo valorativo pueden
contener un material político explosivo. La sociedad del riesgo es quizá tam bién, en este
sentido, una sociedad de la ciencia y de la información; una sociedad, como dice
Campione, “en la que se registran contrastes entre quienes producen las definiciones
de riesgo y quienes las consumen” 190 .
Quizá los individuos ya no aceptan sim ple y llanamente los descubrim ientos producidos
por los científicos, sobre todo, porque, en o casiones, en el propio campo científico, se
190 Campione, R. (2003) Op.C it. (La negrita es suya)
132
producen desacuerdos, particularmen te, en si tuaciones de riesgos “fabricados”. Par ece
ser que la aparente pérdida de confianz a hacia los hallazgos científicos es una
consecuencia del marco social inducido por la em ergencia de la nueva sociedad del
riesgo. Ésta, al menos es la hipótesis avan zada por teó ricos como Giddens o Beck. No
obstante, hay elementos importantes que seña larían a una relación de tipo inverso, a
saber, que la “concienc ia ecológica” que apunta la socied ad del riesgo, es el fruto, m ás
que la causa, de un gi ro en la ciencia que, desde princi pios de siglo, induce a pensar en
una renovación de los cánones básicos de interp retación de la naturaleza y de la relación
con ella. Lo que, en term inología kuhnian a, podríamos definir como un cambio de
paradigma en la ciencia, ha consistido pr ecisam ente en haber cambiado el significado
tradicional de la “confianza científica”: la cien cia ya no es una “herram ienta” exacta
porque ha abierto las puertas a la indeterm inación, a la incertidumbre e incluso a la
paradoja 191 .
Ello nos lleva a una primera conclusión de que nuestra relación con la ciencia y la
tecnología es hoy diferente de la de tiempos anteriores, durante los cuales la ciencia
funcionaba como una especie de tradición y de paradigma de certidumbre. Quizá por
eso Giddens, señala la posición d e quienes dicen que la manera m ás eficaz de manejar
lo que llama “riesgo fabricado” sea lim itar la responsabilidad adopta ndo el “principio de
precaución”, conform e al cual “debe actuarse en cuestione s medioambientales (y, por
inferencia, otras formas de riesgo), aunque no haya evidencia cien tífica definitiva sobre
ellas” 192 .
191 Estas y otras cuestiones serán abordadas en el próximo capítulo de esta investigación cuando
entremos a analizar el “principio de precaución”.
192 Giddens, A. (2000) Op.Cit. Pp. 44-45
133
Los puntos críticos sobre los que se erige pues la problematización de la “tecnociencia”
nos lleva, irremediablem ente, a interrogar nos por las relaciones entre los riesgos y
progreso. La gestión de la sociedad del riesgo parece estar indisolublem ente ligada a la
idea de progreso. Pero ¿es el progreso algo implícitamente y generalm ente positivo?. De
hecho, Beck señala, como una de las tesis en el enjuiciamiento del cambio de sistem a de
la política en el contexto de los riesgos, que el progreso s ustituye políticam ente el
consenso o, más aún, que sustituye el cuestionam iento, se convierte en una aceptación
social previa de objetivos y consecuencias que no se conocen ni se m encionan: “(...) las
innovaciones tecnológicas incrementan el bienestar colectivo y soci al. Por el supuesto
del nivel de vida, se justifican también cada vez más los efectos negativos (...) Incluso la
crítica de las ‘cons ecuencias sociales’ no c onsigue impedir el pe rfeccionamiento de las
innovaciones técnico-económicas. Éstas se mantienen leg itimadas políticamente, en su
núcleo, e incluso su poder de realización resu lta inmune a las críticas, si se compara
con los procedimientos democrático-admin istrativos y los largos procesos de
implantación. El progreso sustituye el consenso. ” 193
La progresiva imposición del progreso com o sucedáneo del consenso tiene mucho que
ver con aquel espíritu positivis ta moderno sólidam ente apoyado en el supuesto implícito
de que el conocimiento científico también era la clave para la solución de los problem a s
prácticos. Como decía Com te, “este término fundamental (positivismo) indica el
contraste de lo útil y lo inútil: entonces r ecuerda, en filosofía, el destino necesario de
todas nuestras sanas especulaciones para el mejoramiento continuo de nuestra
193 Beck, U. (1998) Op.Cit; p.238 (La negrita es suya)
134
verdadera condición, indi vidual y colectiva, en lugar de la vana satisfa cción de una
estéril curiosidad” 194 .
El problema del riesgo, observado desde es ta óptica, abre un espacio de discusión
acerca del posible retroceso de la cr eencia en el progreso como fenóm eno
absolutamente positivo. La historia del discur so ilustrado ha construido los cauces de la
modernidad alrededor de una confianza indiscutida en el valor evolutivo de las
transformaciones sociales, aunque se tratase de experiencias arriesgadas. La “sociología
del riesgo” evidencia, e n los últimos años, el carácter e structura lmente ambivalente de
la constitución activa de la sociedad: se tam balea el axiom a de que el progreso es
siempre evolución hacia una hum anidad mejor. Ahora bien, vista a través de este prisma
esta cuestión no es específica de la sociedad del riesgo o posm oderna. Como ha
observado Noya Miranda, lo “social es un polipasto, un ju ego dinámico de poleas, una
de ellas fija y la otra móvil. La seguridad ontológica sigue arropándonos en
determinados momentos (...) la conciencia fatalista de lo recalcitrante de la
desigualdad social, por ejemplo. El riesgo es el engranaje mó vil en ese mecanismo: el
intento, por ejemplo, de reducir esas desigualdades aun intuyendo que ello a veces
puede desencadenar consecuencias no queri das -como sucedería con la igualdad de
oportunidades y los usos perversos de la meritocracia” 195 .
La “cultura del riesgo” ya no suscribe la idea de que el daño derivado de acciones
llevadas a cabo en situaciones de incertidumbr e es el resultado de un acto m oralmente
erróneo atribuible conform e al esquema de la responsabilidad i ndividual. El daño “es
194 Comte, A. (1980) Discurso sobre el espíritu positivo. Madrid. Alianza Editorial.
195 Noya Miranda, J. (1993) Op.Cit; p.117 .
135
visto como un inevitable efecto colateral de un a actividad útil” 196 . Se trata, sin duda de
una observación curiosa: cada vez más los ries gos parecen compartir el código genético
de los daños colaterales. Estos últimos se definen “ co mo consecuencias secundarias –
supuestas o c onocidas en c i er to gr ado- no deseadas y sin embargo consideradas
i ne v i t a bl e s porque están enmarcadas e n una secuencia te le o ló gi c a g lo b al qu e e m p uj a
al cumplimiento de la acción”.
En efecto, desde una definición no estr ictamente técnic a, se ha dicho que el riesgo “se
refiere a situaciones en las que es posibl e pero no cierto qu e se produzca un evento no
deseado” 197 . O también que en “la cultura del riesgo consid eramos este tipo de daño
como un desafortunado efecto colateral de acti vidades que en conjunto son valoradas
positivamente” 198 .
En ambos casos (rie sgos y daños c olaterales) el com portamiento social e institu cional
tiende a la reducción al mínimo de los efect os no queridos, es decir, se valora y se
pondera la relación costes/reduc ibilidad de riesgos igual que se contabilizan los daños
colaterales con respecto al pers eguim iento de los objetivos de la acción. En este sentido,
la ambivalencia del riesgo es ineludible por qu e el cálculo se orienta siempre hacia el
futuro. Por tanto, y de acuer do con Cam pione, si se asume que las consecuencias no
queridas son el fruto de decisiones activas, “la primera tarea de la teoría debería ser la
de esclarecer el diagnóstico del presente, más que el pronóstico sobre el futuro” . Sin
embargo en muchos casos, aunque puedan conoc erse razonablemente los costes que una
196 Pieterman, R. (200 1) Op.Cit.
197 Hansson, S.O. (1996) “What is philosophy of risk?, en Theoria, Vol. 62, Nº 1-2, Pp. 16 9-
186.
198 Pieterman, R. Op.Cit.
136
acción puede acarrear es posible que se igno re la secuencia teleológ ica que inspira quien
actúa 199 .
Beck dice que la palabra “riesgo” es hoy un m odo para decir que “nadie sabe” 200 . En los
debates sobre el tema se citan constantem en te escenarios de riesgo vinculados con la
crisis ecológica o el m anido ejemplo de las “vacas locas”. E n estos casos ya no parece
procedente decir que nadie sabe; al fin y al cabo se trata de incertidumbre
manufacturada y, por cierto, en m uchos cas os manufacturada “a sabiendas”. Podemos
no estar seguros con respecto al alcance de lo s efectos no deseados pero estos m árgenes
de indeterminación no son en ningún caso patrim onio exclusivo de la
Risikogesellschaft. Estos márgenes son consustancia les a cualquier actividad, tanto
técnica como política. La mism a ciencia no ha sido nunca –por suer te- un ejercicio de
exactitud.
1.3.2- Complejidad, riesgos sistémicos y su impacto en la aparición del
“riesgo tecnológico complejo”.
Las estrategias discursivas y analíticas de Douglas, Lu hmann, Giddens y Beck que
hemos ido citando, pueden ser vistas a modo de ejem plo de cómo el concepto riesgo se
puede asociar a cambios profundos en las relaci ones sociales, en las formas de autoridad
199 Según Ramos, las situaciones de ries go, al ser un producto de decisiones “plantean el
problema general de la a tribución (¿quién ha cre ado esos riesgos?) en un mundo social e n el
que típicamente, aunque todos pu edan estar afectados, puede ser que no t odos hayan decidido,
convirtiéndose algunos en víctimas de decisiones ajenas. La atribución comporta problemas de
responsabilización y la eventualidad de indemn izaciones. En cómo se atribuya, se
responsabilice y se indemnice los daños que sobreve ngan a raíz de una situación de riesgo se
muestra la lógica social del riesgo. Ésta ha sufrido hondas transformac iones históricas -por
ejemplo, según se pase del riesgo individual al social o al catastrófico-. En cualquier caso, la
decisionalidad del riesgo comporta siempre su moralización y politización, tal como ha
destacado Douglas” (Ramos Torre, R. [1999] Op.Cit; p.258).
200 Beck, U. (1997) Op.Cit.
137
y en las relaciones entre ciencia, técni ca y sociedad. Los procesos de creciente
individuación que empapan las relaciones social es m ás diversas y los lím ites al control
y al dominio de la ciencia y d e la técn ica recolocan el tem a de la creciente complejidad
de los sistemas sociales y la centralidad de la incertidumbre en el paradigm a societal
actual. Visto así, parece que la arquitectura de nuestras sociedades, caracterizadas por
sofisticadas tecnologías, ha llevado hasta sus últim as consecuencias las posibilidades y
potencialidades inscritas en dichos sistem as y, con ello, la puesta en escena de elevad os
riesgos tecnológicos asociados a aqu ellos sistemas.
El concepto de riesgo, no obstante, y como explicaremos, no es novedoso en el campo
de las ciencias sociales. Éste ha tenido un recorrido que admite diferentes alcances,
preocupaciones y ejes gravitantes. Duclos 201 distingue diferentes etapas en la evolución
del concepto de riesgo, para concluir que el mismo se volvió, a principios de los años
80, de manera explícita o im plícita, un concep to clave, en la medida en que permite
vehicular la discusión acerca de las actit udes aceptables y los resultados em píricos
tangibles, constituyénd ose en el punto de en cuentro entre los factores materiales o
técnicos y el factor humano. El concepto de riesgo perm ite, desde esta perspectiva,
establecer modelos desde una lógica previs ional, com o inducir comportamientos a
través de una lógica actuante. Genera tamb ién una discusión teórica y empírica acerca
de los lím ites máxim os o mínim os de aceptabilid ad de los evento s, así como la
construcción de útiles de gestión que perm itan la modelización y la serialización de los
probables accidentes. En la segunda mitad de los 80, por el contrario, se produce el
efecto contrario. Frente al im perialismo del concepto de riesgo, se produce una reacción
que limita y desplaza al m i smo. La etapa actu al se caracteriza por la reabsorción y el
201 Duclos, D. (1996) Op.Cit.
138
ajuste funcional del concepto riesgo en el cam po de la teoría de la gestión. El concepto
riesgo se integra a la perspectiva si stémica de sarrollada en el seno de la teoría de la
gestión; dicha incorporación eleva al riesgo a una posición “tecnológica” 202 .
Dourlens, Galland y Vidal Naquet 203 , señalan que la introducción del concepto de riesgo
en el campo de la gestión cam bia el enfoque que se tenía hasta el presente en relación
con la seguridad. La conciencia de la comp lejidad de los sistem as lleva al abandono de
los conceptos dem asiado mecánicos que se te nían con relación a la segu ridad, como la
idea de que un sistema se reduce a una cadena li neal de componentes, cuya fiabilidad es
considerada como igual a la de su eslabón m á s débil. La ge stión del riesgo parte de la
base de que la seguridad absoluta no exis te y d e que la fiabilidad en cada uno de los
202 El “riesgo tecnológico (complejo) im portante” ha sido referido por Patrick Lagadec como el
riesgo de accidente de una instalación técnica compleja y que afecta en diversa medida a un
gran número de individuos; cuya única culpa fue la de encontrarse en ese lugar en el peor
momento. Ejemplos de este tipo serían: el de Seveso (Italia) con 37.000 afectados (1976) por
emanaciones de dioxina (subprod ucto peligroso de ciertas actividades industriales); Bophal
(India) con 7000 muertos y 50.000 minusválidos como consecuencia de un gas tóxico, el
isocianato de metilo, producido en una planta i ndustrial de Unión Carbide (1984); el accidente
de Three Mile Island y sus 165.000 evacuados (1979), y, el archiconocido accidente de
Chernobyl (1986), con la estimación si guiente: muertes oficiales ese día, 30; fallecidos, seg ún
Ucrania y Rusia, entre los liquidadores, casi 800.000 personas que sin protección ayudaron a
extinguir el incendio y a construir el sarcófa go protector, 8000; enferm os por radiactividad,
12.000; muertes, según la OMS, que se produc irán, 500.000; afectados 10 años después, según
la ONU, siete millones; la mitad, niños; s uperficie contaminada, unos 160.00 0 kilómetros
cuadrados. Bourg y Schlegel, en lo que clasifican co mo “nuevos riesgos” hacen referencia
también a otros tipos de riesgo tecnológico, n o propiamente accidental, como es el riesgo
“sanitario” o “alimentario” que hace posible a gran escala la difusión de productos industriales
que se vuelven peligrosos como consecuencia de er rores o de fallos en la cade na de distribución
o fabricación. Junto a estos, los autores, ha blan de riesgos “simbólicos”, los cuales no
conciernen tanto a la duración o a la materialid ad de nuestra existencia como a las gra ndes
representaciones en las que se f unda; las ideas que nos formamos de nosotros mismos y de los
demás, de nuestros hijos y de la humanidad en gene ral, de la naturaleza, de la muerte o de l os
dioses (el imaginario). Estos riesgos, al deci r de los autores, tienen s u origen en las
posibilidades abiertas por la genética, la informática y las nanotecnologías (las tecnologías de
transformación de la materia a la escala del nanómetro, es decir, de las moléculas e incluso de
los átomos), y por lo que significan en cuestion es como la vida, la robótica y las técnic as de
fabricación. (Bourg y Schlegel [2001] Op.Cit; Pp.41- 65).
203 Dourlens, C., Galland J.P; Vidal-Naquet P.A. (1991) “Introduction” en Dourlens, C;
Galland, J.P; Theys, J; Vidal-Naquet, P. A. Conquête de la sécurité, gestion des risques. París.
L’Harmattan.
145
métodos de resolución de problem as, en los di ferentes contextos en que se utilizan, por
el juego de jerarquías y opciones que s uponen, tienden a reducir lo complejo a lo
simple.
Siguiendo este razona miento, Guardiola et al., enfocan las causas de la complejidad de
los procesos organizacionales en las innom brables contingencias secundarias que nunca
pueden ser examinadas o anticipadas por la pl an ificación de la actividad organizada. De
este modo, ni la d isciplina ni la pl anificación ni ningún otro m ecanismo de
uniformización de resp uestas frente a si tuaciones complejas, pueden resolver el
problema de la com plejidad. Ahora, si bien la discip lina y la planificación son
condiciones del éxito –ya que sin las mism as la comp lejidad se mu ltip licaría-, ellas, por
sí solas, no resuelven los problemas estrat égicos que están presentes en la conducción
de una organización.
La complejidad de las situacion es presentes en el trabajo cotidiano de una organización
explica la distancia entre lo p rescrito y lo real, fenómeno casi general de las
organizaciones. Estas contingencias son producidas por procesos que no pueden ser
anticipados porque son generalmente activos pero invisib les. Los autores muestran
cómo los métodos de resolución de problem as habitualmente utilizados pueden
participar en la transformación de procesos secundarios en pro cesos invisibles. Los
análisis de problemas organizacionales (qué defectos, cuáles son las causas y cómo
remediarlas) se traducen en una jerarquiza ción de respuestas que no dejan espacio a la
detección de otros procesos. En una situación organizada todo concurre, como hemos
dicho, a esconder la complejidad de las interacciones, a res umir lo multidim ensional en
lo unidimensional, lo dialógico en lo m onológico. En la medida en que la acción
146
organizada se fundamenta en esta visión reduccionista de la realidad, provoca, sin
quererlo, riesgos sistémicos y genera zonas de peligro.
Con todo además debe atenderse al hecho de que toda organización se caracteriza por la
presencia de objetos, actores e interacciones entre actores, que acaban conformando
rutinas. Estas rutinas son saberes traducidos en reglas de acción efi caces constru idas a lo
largo del tiempo y de las experiencias. Cons titu yen una manera de eco nomizar energía,
ya que permiten que los individuos puedan cen trar su atención sobre eventos y tareas
nuevas 213 .
La vida colectiva organizada supone la existencia de rutinas que se f undan sobre la
confianza 214 . Tal com o plantea Giddens 215 , estas rutinas aseguran a los individuos la
seguridad ontológica necesaria pa ra desarro llar sus actividad es en la sociedad. La rutina
protege la seguridad ontológica, pero a su v ez ésta es asegurada de manera fundam ental
por el mantenim iento de las rutinas: “desde los primeros días de la vida, el hábito y la
rutina tienen un cometido fundamental en el establecimiento de relaciones (...) Entre la
rutina, reproducción de convenciones coordi nadas, y los sentimie ntos de seguridad
213 Cyert, R.M; March J.G. (1978) Processus de décision dans l’entreprise. París. Dunod.
214 En este sentido, y como señalaba Luhmann, no es humanamente posible tener un control
racional absoluto sobre la complejidad que empapa el actual mundo en el que vivim os. Por esta
razón, la confianza –como veremos en un capítulo posterior- se convierte en la gran virt ud
social que permite reducir la complejidad hast a el punto de, minimizarla, ser capaces de hacerle
frente. La cuestión, co mo señala Salvador Cardús ( “Seguridad contra confianza”, en La
Vanguardia, 3 de Octubre de 2003), es que la confianza no reside tanto en la seguridad como en
el riesgo. La simplificación de la vida s e consi gue, afirma, por la aceptación del riesgo, no por el
aumento de seguridad. Así, quizá, en el intento de com prender el mundo en el que vivim os, lo
primero que debemos hacer es aceptar el riesgo, asumir la inevitabilidad de su presencia e
intentar desarrollar aquellos mecanismos que permitan restablecer la confianza entre los
individuos.
215 Giddens, A. (1993) Op.Cit. Espec. capítulo 2: “El yo: seguridad ontológica y angustia
existencial”.
147
ontológica en las posterior es actividades del individuo se establecen vínculos
nucleares. Desde esos vínculos podemos ver por qué ciertos aspectos, aparentemente
menores, de las rutinas diarias se cargan de l significado emocional (...) Pero, al mismo
tiempo, las rutinas expresan ambivalencias profundas presentes en su compromiso
temprano con la disciplina. Las actividade s rutinarias no se ejecutan de manera
automática (...) Respecto al control del cuerpo y el discurso, el actuante deberá
mantener una constante vigilancia a fin de ‘salir adelante’ en la vida social. El
mantenimiento de hábitos y rutinas es un bal uarte contra la amenaza de la angustia,
pero al mismo tiempo es un fenómeno cargado de tensión en sí y de por sí” 216 . En
organizaciones donde la cantidad y la escala sobrepasan las capacidades humanas, la
confianza es esencial pa ra que una acción inic iada en un p unto se continúe en otro, o
que una decisión tomada en un sector sea acatada por otro sector. Sin em bargo, las
competencias, la organización jerárquica y las reglas y disposiciones utilizadas en un
determinado m omento para resolver los pr oblemas organizacionales pueden resultar
inadecuadas cuando las condiciones externas o internas se m odifican, si la organización
no está dotada de una capacidad de mejora (o adaptación) perm anente.
En efecto, estos problemas de adaptación tam b ién generan zonas de riesgo. Frente a los
problemas derivados de la com plejidad de las organizaciones, surgen diferentes
respuestas y posibilidades de solución. Una de ellas es la ex periencia: la acción de aquel
que ya ha tenido experiencia en la misma, tom a en cuenta las contingencias secundarias,
sin necesariamente ser consciente d e ello ni tener capacidad para verbalizarlas, en la
medida en que son secundarias. También ex isten, en una organiz ación, conocim ientos
que conciernen al dominio de la complejid ad. Ejemplo de ello son las relaciones
216 Op.Cit; Pp. 55-56
148
informales muy intensa s entre servicios, ta nto con relación a la circulación de bienes
físicos como con relación a los aspectos reglam entarios. En este sentido, Guardiola et al
destacan las adaptaciones a las fallas indivi duales que se dan debido a que determ inados
individuos o grupos tienen la capacidad de asum ir los problem as, más allá de las reglas
o rutinas estipuladas. A este fenómeno lo denom inan “desbordes informales”. Otra
solución es la pos ibilidad de capitaliza r soluciones g eneradas localm ente. Estas
iniciativas descansan en un conocimiento co lectivo o individual invisible, local,
marcado por la jerarquía del contacto, pero valorizado localmente sin que sus soluciones
repercutan en los indicadores establecidos. Esto m uestra, para los autores, la razón p or
la cual la interpre tación de un cuadro o de un indicador que resume y descontextualiza
el resultado de un proceso es engañosa. La selección de un in dicador ilum ina la realidad
organizacional que resume, pero, en la m e dida que sólo refleja uno de los múltiples
procesos en marcha, deja sin representar proc esos vitales para entender la marcha de la
organización. Los esfuerzos de medición deja n en la oscuridad num erosas contingencias
secundarias, en tanto que la política de la empresa es guiada a partir de informaciones
parciales que se piensan com pletas. El hecho de aplicar en interacciones com plejas
indicadores, medidas y procedim ientos clar amente estandarizados, reduce un conju nto
en el cual múltiples procesos están presen tes al mism o tiempo, a la visibilidad de uno
solo entre ellos. Numerosos autore s 217 han mo strado de qué manera los “útiles de
gestión” y las m edidas estructuran los co m portamientos colectivos y orientan el
aprendizaje de los actores. Si b ien son c onsiderados “modelos de conocimiento” y no
útiles normativos que se im ponen a los actores, son capaces de construir
217 Moisdon, J.C. (1997) (sous la direction de) Du mode d’existence des outils de gestion. París.
Seli Arslan.
149
representaciones comunes que m ovilizan a lo s actores sobre objetivos particulares y
catalizan los esfuerzos de aprend izaje.
En estas condiciones, se puede estimar, que la noción de “rie sgo aceptable” puede
constituir un útil de orient ación del aprendizaje y de adquis ición de conocimientos e n la
medida en que determ ine cierta representaci ón de la manera de abordar los problem as.
El riesgo aceptable tiene un rol en el s istem a de rep resentaciones y de movilización de
actores sobre problemas com unes. Puede h acer posible un diálogo entre actores q ue
tienen inter eses y lógicas diferentes. Sin elim inar los conflictos, p ermite plantears e
soluciones negociadas. Perm ite a los actores representarse la ges tión organizacional no
como un juego sum a cero sino como un juego donde cada uno tiene un rol a jugar e
intereses a defender, intereses que puede n evolucionar a lo largo del tiempo. Las
actividades de planificación de la toma de riesgo, aprovecham iento de las oportunidades
y creación de referenciales locales de acción tienen por consecuencia el aum ento de la
incertidumbre, por lo tanto de la desconfianza. Esto implica pues, que la confianza no se
origina por decreto sino que requiere un “proceso de construcción”. Contrariamente a la
idea de que la confianza se opone al riesgo, como si la ausencia de una trajera aparejada
el desarrollo de la otra, coincidimos con Karpik 218 en que no puede haber seguridad
ontológica si no existen dispositivos que permitan a la confianza establecerse y
subsistir 219 . Algunos de estos dispositivos para ge nerar confianza son las estrategias de
218 Karpik, L. (1996) “ Dispositifs de confiance et engagem ents crédibles”, en Sociologie du
Travail, núm. 4. París. Pp. 527-5 50.
219 Karpik, distingue dos tipos de mecanismos que permiten que las rutinas existan, a saber, los
“dispositivos de prom esa” y los “dispositivos de juicio”. Los dispositivos de promesa
intervienen antes de la transacción: su objetivo es obtener del otro un comportam iento conforme
a lo que se espera de él. Los dispositivos de ju icio intervienen después de la acción y permiten
tener un juicio sobre lo que pasó. Estos dispositivos:
150
“negociación” com o sistema de gestión de ries gos en sistemas tecnológicos com plejos
tal y como desarrollarem os en un capítulo posterior de esta investigación. Como
veremos, estas estrategias pueden ayudar a la ge stión de riesgos en tanto que ellas sirven
para decidir asuntos, cuestione s, tem as que afectan a un co njunto de actores o agentes
sociales con distintos y conflictivos interese s en juego. La confianza en la negociación
se erige, además, fundamental para la resolu ción de disputas públicas en la gestión de
riesgos.
En definitiva, la confianza se construye poniendo en juego lo s dispositivos de
prevención que indican la manera com o la acc ión debe desarrollarse. Pero el carácter
falible de la actividad hum ana conduce tamb ién a conocer có mo la acción efectivamente
se desarrolló. Instala aparatos de m edici ón capaces de evaluar las probabilidades de
aparición de errores por sect or, por localidad, por nivel de responsabilidad, etc. Y así
remontarse en el sistem a desechando y s uprimiendo las causas de los defectos de
conducta que generan desconfianza y que im piden que las rutinas se instalen.
Las consecuencias de estos procesos, expresad as por Karpik, son dobl es: si la confianza
existe es que las normas de conducta son co m partidas, y si son compartidas no aparecen
distorsiones con relación a la obtención del objetivo común. La prueba de la existencia
de la confianza común es que la internalizac ión de las metas y de los medios legítimos
para alcanzarlos forman parte de un acuer do tácito. Si hay verd adera confianza un
individuo solo o un grupo aislado se van a comp ortan tal como se espera de ellos. Ahora
- permiten la reducción de la ignorancia sobre el comportamiento de los actores con los
cuales se va a proseguir la relación;
- permiten relativizar la confian za que se puede tener en alguien;
- construyen medidas a posteriori acerca de lo actuado, y
- permiten evaluar la pertinencia de los dis positivos de promesa comprometidos antes de
que la acción tuviera lugar.
151
bien, esta internalización es el resultado de un período anterior de negociación y
confrontación. Es necesaria la interacción en tre el que dicta la conducta y el que
obedece, y que la misma sea im portante para ambos. La construcción de relaciones de
confianza implica un proceso de (mutuo) aprendizaje organ izacional 220 .
Este concepto permite analizar la m anera cómo la adquisi ción de nuevos conocimientos
en las organizaciones estructuran los m odos de decisión y acción. En este sentido, es
Koenig 221 quien define el aprendizaje organizaci onal como un fenóm eno colectivo de
adquisición y de elaboración de conocimien to que, de m anera más o menos profunda y
durable, modifica tanto la gestión de las situ aciones como las situacion es en sí. Desde
esta perspectiva, los individuos evolucionan en un contexto de ince rtidumbre, en tanto
el conjunto de eleccio nes posibles resu lta exógeno para aquél que decide. Por el
contrario, el conjunto de elecc iones posibles se debe constr uir, debido a que la cuestión
no es solamente seleccionar la mejor opci ón, sino que el problem a es construir el
conjunto de opciones posibles. El aprendizaj e organizacional pue de ser considerado
como una modificació n de las rutinas, de la s reglas de acción y de los valores y las
representaciones sobre las cuales están basadas estas regl as. Este proceso incluye la
existencia de rutinas defe nsivas que fijan los comp ortamientos individuales y
220 Otro autor que ha analizado el tema de la confia nza en el contexto de la gestión de riesgos es
Timothy C. Earle ( “Social Trust and Confidence” . The Brunswik Society. Vol.14, nº1. New
York. Albany. 1999). En su distinció n entre social trust (“confianza social”) y confidence
(“tener seguridad en”), el autor apuesta por la creación de redes de confianza dentro de la
sociedad y a través de ellas configurar nuevos modos y sistemas de confianza. Para ello es
necesario, naturalizar la confianza –comprendi endo sus bases biológicas; crear nuevos caminos
de descripción de redes de relaciones y controlar m utuamente el cambio para moverse hacia la
multiplicidad existente.
221 Koenig, G. “Introduction: repérage des lieux”. Dossier L’apprentissage organisationnel:
Practiques et théories. Revue Française de Gestion. Núm. 97. Janvier-Février, 1994. P. 78.
152
colectivos, aunque los mismos se traduzcan en disfuncionam ientos 222 . En estos casos, el
aprendizaje se restringe y la corrección de problem as no da lugar a una reflexión sobre
los valores que dirigen las estrateg ias de acción.
En esta visión general, los procesos de apre ndizaje colectivo, de innovación y desarrollo
tienen, por tanto, lugar en el contexto de un entramado de elem entos de naturaleza
variada, a saber, técnica, po lítica, cultural, económica y social. Es decir, las tecno logías
sólo son tales en un contexto socio técnico bien determinado, en virtud del cual éstas
adquieren ciertas característi cas, ciertos usos, riesgos, impactos, etc. Se trata del
llamado “tejido sin costuras” de Thom as H ughes. En palabras de Ulrik Jorgensen y
Peter Karnoe 223 : (...) tanto el proceso de variación como el ambiente de selección son
creados en paralelo con la tecnología, son el resultado de los mismos procesos sociales
de construcción... (se produce una) co-evo lución dinámica e interactiva de las
instituciones, las tecnologías, las formas organizativas y los grupos sociales (...).
Si entendemos los riesgos tecnológicos complejos desde la persp ectiva analítica de
Perrow, eso es, como características constitutiv as de sistemas tecnológicos, la
naturaleza y la magnitud de esos riesgos se rá también objeto de m odulación social en la
co-producción de tecnologías y sus impactos a través de instrum entos como la
evaluación constructiv a. Los accid entes pueden ser car acterísticas co nstitutivas de
sistemas tecnológicos, p ero éstos son el fruto de un proceso de construcción socio
técnica con una cierta flexibilidad de trayec toria, dadas las condiciones apropiadas de
participación socia l. Como afirma Perrow a l final de su libr o: “... son sistemas que han
222 Argyris, C. (1995) Savoir pour agir. Sur monter les obstacles à l’apprentisage
organisationnel. París. Inter Editions.
223 Citado en Cerezo y Luján (2000) Op. Cit; Pp. 32-33.
153
construido las elites, y por tant o, pueden ser cambiados o abandonados” 224 . En otras
palabras, la seguridad en las tecnologías co mplejas no sólo expres a la reducción de la
propensión a los fallos de los sistemas técnicos, sino que incluye tam bién las
expectativas sociales.
El desarrollo y control de grandes sistem as técnicos exige unos cambios sociales
fundamentales. Para ello es im prescindible contar con m últiples recursos. No obstante,
y como hemos tratado de explicar, no se trat a sólo de disposición de capital, sino que se
necesita también un gran número de person al técnico y científic o así como una
infraestructura de división de l trabajo, aunque altamente orga nizada, en los procesos de
investigación, desarrollo y producción. Los gr andes sistemas soci otécnicos requieren,
para su desarrollo, su implantación y su explotación, un nuevo entrelazam iento de
sociedad, ciencia y política 225 .
Todo ello demuestra que los grandes sistem as técnicos sólo se encu entran constituidos
en una pequeña parte por los artefactos té cnicos; constituyen m ás bien un sistema de
relaciones, interacciones y estr ategias de actores colectivos , cuyas form as de actuar y
sus estructuras de decis ión se encuentran determ inadas por complejos de orientación
divergentes. Adem ás, con los complejos si st emas técnicos nace también para la
sociedad un potencial de riesgo y de catástrofe desconocida: el riesgo tecnológico
complejo. Este potencial generador de catástrofes ha creado una quieb ra con el antiguo
mundo confiado de los sistemas técnicos de seguridad im plantados hasta ahora. La
sociedad se amenaza a sí m isma en una medi da históricamente desconocido hasta hoy.
224 Perrow, Ch. (1984) Op.Cit; p.351
225 Estos aspectos serán desarrollados en el capítulo cuarto de esta investigación cuando
entremos a analizar las relaciones entre ciencia, política y sociedad.
154
El potencial de generar catástrofes que enci erran hoy los grandes sistem as técnicos tanto
en su alcance como en su magnitud, hace neces ario sustituir el procedimiento clásico de
trial and error, por otro que se ajuste mejor a la s condiciones sociales de dichos
sistemas. Esto quiere decir que la concatenación de causas y circunstan cias
concomitantes que pueden conducir a efectos da ñinos provenientes de dichos sistem as
resulta demasiado compleja com o para que pue da presentarse una gestión de los riesgos
tecnológicos complejos con una sola plan ificación científicam ente organizada.
257
nuclear) no se está completam e nte persuadido o convencido de lo que será a la larga (la
gestión de los residuos radiactivos).
Desde hace tiempo, no podem os ni queremos –no debemos querer- renunciar a la
interrogación “racional”, a la exploraci ón del mundo. Es decir, uno se puede dejar
absorber –y los hombres deberían ser de tal m anera que todos los que quisieran tuviesen
la posibilidad de ello- p or una demostración matemática, p or los enigm as de la física
fundamental y de la cosmología, por los inex tricables meandros en las interacciones de
los sistemas nervioso, horm onal e inmunológico, con una satisfacción cuya calidad
difiere, pero cuya intensidad nada tiene que envidiar a la que se puede experimentar
contemplando un herm oso paisaje libre de co ntaminación y de artefactos técnicam ente
inmejorables pero estéticam ente abominables 374 . En este sentido, no se trata entonces de
un prejuicio anticientífico o antitéc nico; el prejuicio está en las antípodas de lo que
estamos exponiendo.
Si se pudiera decir –com o hacen algunos ante las po tencialidades apocalíp ticas de la
tecnociencia- “prohibamos la ciencia, de teng amos la técnica o tracémosle un lím ite
preciso”, no habría un verdadero conflic to, sino solamente “problemas prácticos”
(ciertamente, innum erables). Sin duda, una reflexión más profunda –que no cabe en esta
investigación-, ver ía su imposibilidad, a m enos que se renunciara a la libertad. Co mo
afirm a Castoriadis: “no por el hecho de que se impusieran prohibiciones legales para el
ejercicio de una actividad (d espués de todo, matar está prohibido), sino porque la
creación de la libertad, en la historia greco-occidental, es indisociable de la
374 Ciertamente uno puede hallarse complacientement e en ambos lados. ¿Cuá ntos de nosotros no
puede dar fe de ser amantes de ciertos dominios y, a su vez, haber gozado –o estar gozando- de
la eficacia técnica de, por ej emplo, la medicina contemporánea?.
258
emergencia y de la interroga ción de la búsqueda racional” 375 . Esta cuestión,
irresoluble, nos conduce a una antinomia ins uperable en el plano estrictam ente teórico
y, en gran medida, rem ediable, con la ac ción y el juzgamient o políticos de las
colectividades hum anas. Esta problemá tica tampoco puede ser reducida a una
separación o división entre los aspectos “buenos” y “m alos” de la ciencia y la técnica
contemporáneas; com o tampoco basta una m ayo r consideración de algunas reglas de
ética técnic o-científica, la eliminación de la ga nancia capitalista o la s upresión de la
burocracia gestionaria. Es decir, no es en el nivel de los dispositivos de superficie o
incluso en las instituciones formales donde se puede ref lexionar la cuestión: una
sociedad verdaderamente democrática, liber ada de las oligarquías económicas, políticas
o de otra clase, viviría la situación con la misma intensidad. La cuestión que se pone en
juego es uno de los núcleos del im aginario occidental m oderno: el “imaginario de un
dominio ‘racional’ y de una racionalidad artificializada, que ha devenido no sólo
impersonal (no individual) sino inhumana (‘objetiva’) ” .
Todos conocemos las form idables conquistas de la técnica m oderna, tras las que
obviamente se encuentra la ciencia. E llas implican una capacidad igualmente
formidable de producción. ¿ Dónde hallamos pue s esa im potencia creciente? . La ilusión
del poder entraña también una ilusión relativ a al saber: podríamos saber todos los
resultados (o, como m ínimo, los que im portan) de lo que hacemos. Sin duda, no es este
el caso. Los resultados de nuestros actos no terminan nunca de sucederse, más aún,
incluso los resultados más inmediatos los conocem os cuando el momento del acto está
próximo, proxim idad en sí misma fragmentada. Esto no im plica ningún tipo de
agnosticismo o de indiferencia ética y prác tica (lo podem os ver muy bien en nuestras
vidas cotidianas). Debemos saberlo, para que los resultados hum anamente previsibles de
375 Castoriadis, C. Op.Cit; p.36
259
nuestras acciones, dependan de lo que hacem os y que así sea posib le a la vez un
proceder razonable y la responsabilidad con respecto a nuestros actos y sus
consecuencias. Todo lo cual no quiere deci r que se puedan delim itar geométricam ente
las fronteras de la previsibilidad. Trazam os una frontera de lo que se requiere como
previsión –frontera que en sí m isma está tácitamente instituid a por la sociedad
considerada- y es en su inte rior, donde planteamos la cu estión de la responsabilidad.
Esto es toda una conquista de la civilización. Hubo culturas, para las cu ales el hecho de
haber sido colocadas –real o imaginariam ente- en un punto cualquiera de la cadena que
conducía al acontecimiento perj udicial, bastaba para designar a alguien como culpable.
Ahora, la negación hacia el optimismo sist em ático a la que vamos haciendo referencia,
todavía no tiene nada que ver con la precauci ón. En todo caso, todavía no se m anifiesta
como un nuevo rumbo que tom ar; habrá que es perar al cambio o la toma de conciencia
de la crisis ecológica, en el sentido má s general del término –aspectos sanitarios
incluidos- como nuevo pivote racionalm ente “im aginario” de nuestras sociedades
contemporáneas. Desde entonces, la desgracia ya no proviene de una regresión belicista,
sino de perturbaciones resultantes del cons umo acum ulado, con el confort y la holgura
material que traen aparejados para nuestra vida: es ahora realm ente que se vive el
progreso como una am enaza. Tanto es así, que hoy en día nos preguntam os si hay un
vínculo directo entre nuestr o confort energético, el ac ceso fácil y generalizado al
transporte y la am enaza de un cambio clim ático que, como mínimo, vendría a echar a
perder nuestra vida diaria. Con las “vacas locas” y sus posibles con secuencias en
materia de salud hum ana (la nueva forma de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob), se
establece un vínculo entre el coste m ódico de la alim entación industrial y posibles
deslices sanitarios cuyos efectos podrían ser masivos. Po r un lado, el tan manido caso
de la sangre contaminada o lo s brotes de legionella, el de las horm onas del crecimiento ,
260
las diferentes hipótesis sobre los orígenes del virus del SIDA , el aumento del núm ero de
muertes en el medio hospitala rio, la resistencia aum entada de las bacterias a los
antibióticos, los casos de neumonía atípic a, y por otro, la gestión del agua, la
biodiversidad, las ingeniería s genéticas, informáticas –las nanotecnologías-, la
clonación humana, las células m a dre, etc., han puesto en evid encia no sólo los peligros
que amenazan al sistem a de salud y las debilid ades de las té cnicas m édicas frente a las
posibilidades de resistencia de los seres vivos, sino que inauguran también nuevas
dimensiones en el debate social que afect an a la forma ética y moral de nuestras
representaciones imaginarias básicas, fundament alm ente, nuestra idea de humanidad. La
técnica no sólo parece incapaz de hacer frente sistem áticamente a las desgracias
sanitarias, sino que ella misma se convierte en una fuente po tencial de desgracias. Y son
estas derivaciones / desviaciones lo que, a grandes rasgos, trata de “prevenir” el
principio de precaución de forma precoz.
El “Principio de Precaución”, como explican B ourg y Schlegel 376 , fue aplicado por las
autoridades inglesas a partir de julio de 1998, con la prohibición de la distribución de
harinas de carne al ganado bovino, a pesar de que la atribución del origen de la
encefalopatía espongiforme bovina a estas hari nas no era, dicen, m ás que una hipótesis.
Los autores subrayan la magnitud que habría alcan zado esta crisis si no se hubiera
aplicado en cierta medida el principio de precau ción. Por otra parte, probablem ente, si
se hubieran tomado otras m edidas con igual, o incluso mayor, prontitud, la crisis no se
hubiera producido. Del mismo mod o, el recurso al principio de precaución y la negativa
a basar las decisiones adm inistrativas excl usivam ente en certidumbres científicas
376 Bourg y Shlegel (200 1) Op.Cit; p.132
261
habrían podido evitar, según Marie-Angèle Hermitté 377 , el caso de la sangre
contaminada.
Aunque estas situaciones podrían llevar a suponer una cierta actitud de rechazo hacia la
ideología del progreso, no está claro que as í sea. Efectivam ente es posible que los
hombres ten gan necesidad de esta “fe” en el p rogreso para dar sentid o a su destino
personal o colectivo, e incluso, a sus esperanzas para las generaciones futuras. Esta “fe
en el progreso” suscitó en sus comienzos una euforia sin precedentes, si bien es cierto
que duró poco. No es más que un recuerdo, que reapareció en distintos momentos, por
ejemplo en los años 60 y 70 del siglo XX. En nom bre de esta fe, se pudieron esperar
resultados milagrosos de ciertos producto s, com o el caso del DDT –que citan los
autores-, considerado en principio como el insecticida milagroso, si bien,
posteriormente, se com probó la aparición de fenómenos de resistencia en los insectos y
de estragos entre las poblaciones de aves y de otros anim ales cuya reproducción se vio
co mpr ome ti da .
A pesar de todos los desengaños de los que somos testimonios, protagonistas,
responsables, sujetos activos y pasivos, el entusiasmo por el progreso dista m ucho de
haber desaparecido en nuestros días. Basta c on escuchar algunos mensajes publicitarios,
o el discurso sobre las nuevas tecnologías de ciertos políticos, si n contar con el de
algunas figuras del panorama intelectual, para com probarlo 378 . La ideología del
377 Hermitte, Marie-Angèle. Le Sang et le Droit. Essai sur la transfus ión sanguine. París. Seuil.
1996 (citado en Bourg y Schlegel, Op.Cit ).
378 Con esta apreciación no quisiéramos caer en la recurrente (y en ocasiones, banal) acus ación
de la “construcción social de las necesidades”. Ciert amente, hoy podríam os vivir sin muchos de
los artefactos tecnológicos de los que dispone mos. Pero también constatamos que su uso y
expansión no cesa de au mentar (como es el caso de los teléfonos móviles). En este sentido
estamos de acuerdo con Castells en que, “la tecnología n o determina la sociedad: la plasma.
Pero tampoco la sociedad determina la innovación tecnológica: la utiliza”. Castells, M. Op.Cit,
p.35.
262
progreso no ha perecido. Bourg y Schlegel citan al profesor Jean Bernard a quien,
dicen, le gustaba repetir que la medicina, en un mome nto dado, crea problemas, pero
“¿acaso no los resuelve ella misma, por su propio impulso creador y con las técnicas
que no deja de inventar para encontrar soluciones?” 379 . La ideología del progreso es
precisamente esta fe en el que las ciencias y las técnicas corrig en, por sí m ismas y
sistemáticam ente, todos los problemas a los que dan lugar. Es un m ecanismo
esperanzador que conducirá infaliblemente a la hum anidad a un porvenir mejor.
Nos encontramos pues, ante una es pecie de “t eleología” de la técnica, la idea de que
lleva necesariamente a la m e jora de la condición humana. Aunque, a su vez, hay una
declinación de esta con fianza, un cierto mi edo que se evidencia en los sentim ientos
respecto del poder de las cienci as y de las técnicas. Dichos sentimientos siguen siendo
ambiguos –esperanza y m iedo-, y es inevitab le, ya que todos seguimos disfrutando en
nuestra vida diaria de innumerables beneficios que ellas aportan. Y es que “el fin o la
crítica de la ideología del progreso e quivale a poner en duda esta idea de una
tendencia inmanente hacia el bien, esta pretendida necesidad de un mecanismo que
funcionaría por sí mismo, sin necesidad de elecciones humanas” 380 .
Un cuestionamiento que, sin duda, no podría resum irse ni resolverse en un simple
aumento de lucidez en la util ización de una té cnica partic ul ar. La crisis ecológica, en
particular, implica mucho más ya que va m ucho más allá del desliz de tal o cual téc nica
precisa y bien delimitada. Nos encontram os más bien ante el reverso del bienestar, en
una especie de etapa terminal que representa un a gran am enaza para el porvenir. Es la
totalidad de las técnicas la que produce la crisis ecológica aunque, por otra parte,
379 Op.Cit; p.134
380 Ibíd; Pp. 134- 135
263
introduce un bienestar sin igual para una can tidad de personas sin precedentes en la
historia; una variable más a añadir a la ecuación precaución / sostenibilidad.
En efecto, aquí es donde, al decir de Bour g y S chlegel, la precaución entra en jueg o y
adquiere su sentido. Sin caer en un pesim i smo sistemático, lejos de toda denuncia
apocalíptica, dicho principio enarbola la prudencia, “anunciando los peligros pasados
de ciertas técnicas y negándose a darles un cheque en blanco con los ojos cerrados.
Descansa en una actitud de exploración y de anticipación de pos ibles peligros, con
voluntad de intervenir en los orígenes. Tambié n pone en tela de juicio la fe ciega en
nuestras posibilidades de dominar los fenómenos. Pues (...) la técnica desemboca en un
dominio local de los fenómenos, produce efectos a medio y largo plazo que son
imprevisibles por definición y a veces ingobernables” 381 .
Así, puede decirse que la idea de precaución constituye un nuevo m arco de comprensión
de las técnicas, un anuncio de que la real idad es m ucho más complicada de lo que
creíamos al com ienzo del auge de las cien cias, que un beneficio pue de traer aparejados
perjuicios aún más importante s. Co nsiste pues, en la e xploración sistem ática de los
peligros y de los daños posibles, con la voluntad de intervenir en la raíz, esto es, en el
punto de partida, incluso ante s de tener la certidumbre ci entífica de que estos daños
pueden surgir. A pesar de los be neficios aportados, ya no parece admisible otorgar una
confianza automática y un crédito sistem átic o a las técnic as y a los descubrimientos
nuevos.
381 Ciertamente, las defini ciones de “precaución” o de “principio de precaución” son
cuantitativamente extensas y cualitativamente variadas. No pretendemos aquí hacer una
recopilación de las mismas –tarea, por otro lado, ardua-. Algunas consultas bibliográficas
interesantes al tema pueden ser, entre otras: O’ Riordan, T. y Cameron, J. (eds.) (1994)
Interpreting the Precautionary Principle. Londres. Earthscan. Freestone, D. y Hey, E. (eds.)
(1996) The Precautionary Principle and International Law. The Challenge of Im plementation.
La Haya. Kluwer. Ewald, F; Gollier, C; De Saedeleer, N (eds.) (2001) Le principe de
Précaution. París. PUF. Kourilsky, P. y Viney, G. (eds.) (2000) Le principe de précaution.
Rapport au premier ministre. París. Odile Jacob/ La Documentation Française.
264
No obstante, la precaución no deb ería ser vi s ta como un rechazo de las técnicas y
mucho menos de la ciencia. Aplicar el pr incipio de precau ción, al decir de algunos,
puede suponer la entrada en una trayectoria de conocimientos, de un acrecen tamiento
del saber (no en la ver sión positiva de “saber más”, sino en descubrir aquello que “no
sabemos” de otro modo). Esta aplicación exige que se produzcan conocimientos nuevos
y/o distintos, complem entarios y/o suplem entarios de tal o cual técnica. Por
consiguiente, en este sentido, sería lo contrario de una m aquinaria dogmática
“anticiencia” o de un oscurantismo otro, de una inquietud irracional q ue inmovilizaría
todo tipo de investigación, o, al menos, esto debería ser.
Resulta así que el Principio de Precaución es un campo de debate abierto, falto de
acuerdo sustancial, plural. Por ello será necesario proced er a indagarlo de forma
pausada. Uno de los pasos a realizar es, sin dud a, el que se adentra en el territorio d e su
historia. No obstante, y antes de lanzarnos a dicha aventura, es m enester, a nuestro
entender, el procurarnos una distinción concep tual entre lo q ue sugiere la “prevención”
y su homóloga-contraria “precau ción”. Amba s se podrían pro blematizar com o formando
parte de aquellas tecnologías prudenciales a las que hacíamos referencia en el primer
capítulo; artes prudenciales que som etidas al imperio de la incertidumbre hacen de la
necesidad virtud.
2.1.2- Artes prudentes, viejas virtudes: en tre la prevenció n y la precaución.
El “Principio de Precaución” está, sin duda, situado en una región del espacio del
riesgo: la de los riesgos poten ciales o hipotético s, es deci r, los no susceptibles de u na
comprobación y evaluación exactas. De esta m a nera es cómo se distinguen precaución y
265
prevención: la primera se activa ante ri esgos potenciales; la segunda ante riesgos
comprobables y probabilizables. S i se quiere y en otras palabras, la “prevención” denota
una acción en pos de evitar algo ante s de re pararlo o intentar m itigarlo; si bien, cuando
actuamos preventivam ente disponemos de un conocimiento suficiente para saber qué
ocurrirá –aunque sea probablem ente- de optar por un curso determinado de acción 382 .
En cambio, la “precaución” no denota un conoc im iento, ni siquiera probabilista, acerca
de las consecuencias de nuestras acciones, por lo que actúa en u n contexto de
incertidumbre. Esto es, “precaución significa aquí prevención ante u na amenaza o
conjunto de amenazas cuya posibilidad es incierta” 383 .
Más concretamente, el principio de precauci ón, contien e dos elemen tos esenciales q ue
lo caracterizan: la incerti dum bre acerca de los daños pot enciales, por un lado, y la
existencia de indicios de que la m agnitud de daño es superior al nivel aceptable fijado,
por otro. A este respecto la Comisión Europea en su Com unicación al recurso al
principio de precaución subraya que “la decisión de invocar o no el principio de
precaución es una decisión que se ejerce cuando la información científica es
insuficiente, poco concluyente o incierta, y cuando hay indicios de que los posibles
efectos sobre el medio am biente y la salud humana, animal o vegetal puedan ser
potencialmente peligrosos e incompatible s con el nivel de protección elegido” 384 .
382 En este sentido, el análisis del riesgo es y a por sí mism o una herramienta preventiva, y a que
aquí de lo que se trata es de evitar unos ri esgos (o un determinado nivel de riesgo) que
previamente ya han sido me didos.
383 Hansson, S.O; Sandin, P. (2001) “Persistence, Liability to Bioaccumulate, and the
Precautionary Principle”. Background Paper for the New Strategy for the Risk Management of
Chemicals (NewS). Policy Forum (Falkenberg, 3-4 April 2001). P. 28 (citado en Rodríguez, H.
[2003] Op.Cit. )
384 Comisión de la Unión Europea (2000): Comunicación de la Comisión sobre el recurso al
principio de precaución. Bruselas. COM (2000-1) (2.2.2000). El Tratado CE sólo co ntiene una
referencia explícita al principio de precaución, a saber, en el título dedicado a la protección del
266
De esta guisa, la incer tidumbre no se invoca com o un elemento para no actuar, al m enos
cuando existen indicios razona bles de que daños importantes y/o irreversibles para el
medio ambiente y la salud de las pers onas pueda producirse (o ya se estén
produciendo) 385 . De este modo el principio de pr ecaución su pone una tom a en cuenta
precoz o temprana de unos riesgos potenciales cuya m isma existencia es incierta, lo que
choca con las medidas clásicas d el dere cho administrativo y los m ecanismos de
regulación de tecnologías, que combatían lo s riesgos únicam ente cuando el peligro era
evidente o el daño ya se había producido 386 .
Esto es, el principio de precaución sugiere que la cautela debe prevalecer en caso de
incertidumbre científica. Dicho planteam ient o minimiza el riesgo cuando hay indicios
de peligro potencial en una cuestión relacionada con la tecn ología, pero tam bién puede
ralentizar e l desarrollo si orig ina muchas falsas alarmas. Adem ás, dado el marco
existente de análisis y evaluación de la info rmación científica, puede ser difícil alcanzar
un consenso con respecto a los riesgos potenciales de tecnologías inmaduras 387 .
medio ambiente. No obstante, en la práctica, el campo de aplicación de dicho principio es
mucho más amplio y se extiende asimism o a la política de los consumidores y a la salud
humana, animal o vegetal. A falta de una defini ción del principio de precaución en el Tratado o
en otros textos comunitarios, el Consejo solicitó a la Comisión, en su Resolución de 13 de abril
de 1999, que elaborase líneas directrices claras y eficaces con vistas a la aplicación de dicho
principio. La Comunicación de la Comisión es una respuesta a dicha solicitud.
385 Godard, O. (2001) “Principe de précaution”, en Hottois, G. y Missa, J.N (eds.) Nouvelle
encyclopédie de bioéthique. Bruselas. De Boeck Université. 2001. Pp. 650-658.
386 Bárcena, I; Schütte, P. (1997) “El principio de precaución medioambiental en la Unión
Europea. Aspectos jurídico-políticos”, en Revista d e Derecho Ambiental, 19. Pp. 13-42. Ver
también, Bodansky, D. (1994) “The Precautionary Principle in US Enviromental Law”, en
O’Riordan, T. y Cameron, J. (eds.) Op.Cit; Pp. 203-228.
387 En EEUU, por ejemplo, se defiende, las más de las veces, un enfoque de la gestión del riesgo
basado en la ciencia que no reconoce e xplícita mente un principio de precaución predominante.
En cualquier caso, ningunas de las dos opciones o sistemas, parecen satisfacer la necesidad
pública de intervenciones políticas que puedan gara ntizar el progreso tecnológico sin riesgos
medioambientales.
273
fabric ante o el importado r (...) tal obliga ción no puede preverse sistemáticamente
como principi o general”.
Si n e mba rg o, sí es el caso que el principi o de precaución muestra un claro sesgo en pos
de la maximización de las utilidad es mínimas (evitar riesgos). Esta maxim i zación va
destinada a la evitación en la medid a de lo posible de los denom in ados errores de Tipo
II (falsos negativos o errores de comisión); esto es, cuand o se afirma, sobre la base de
una información científica incierta, que de term inada –pongamos- sustancia no es tóxica
y luego resulta serlo. En este caso, deberíamos hablar de una falsa aserción de no-daño
que ha demostrado ser falsa. Esto es muy importante ya que podemos com ercializar una
sustancia tóxica pensando que no lo es. Sin embargo, esta evitación de los errores de
Tipo II va en paralelo c on un aumento de los errores de Tipo I (f alsos positivos o errores
de omisión u oportunidades perdidas); esto es , cuando se afirma, sobre la base de una
información científica incierta, que algo es da ñ ino (una sustancia quím ica es tóxica) y
después resulta no serlo, lo que acarrearía costo s innecesarios. En este caso hablarem os
de una falsa aserción de daño. Este “inter cambio entre falsos positivos y falsos
negativos” 405 supone, para el caso del principio de precaución, que la evitación de los
errores de Tipo II (falsos negativos) lleva c onsigo un aum ento de los err or es d e Ti po I
(falsos positivos), es decir, considerar un producto o un a sustancia co mo peligrosa,
cuando, en realidad, resulta no serlo, convierte al prin cipio de pre caución en un
principio in-operante. En cualquier caso, el principio de prec aución, desde esta
perspectiva operacional, no re sulta válido, pues las coorde nadas entre lo “positivo” y
lo “negativo ” son valores abso lutos no relativos (o es peligr oso o no lo es). Otra cosa,
405 Stewart, T.R. (2000) “Uncertaintly, Judgment and Error in Prediction”, en Sarewitz, D;
Roger, A; Pielke, Jr. y Radford Byerly, Jr. (eds.) Prediction: Science, Decision Making, and the
Future of Nature. Washington, DC. Island Press. Pp. 41-57.
274
es la gradación que se da en tre ambos extr emos, lo que n os evitaría la invocación del
principio 406 .
Estas dos posibilidades regula tivas so n la base de dos opciones polí ticas genera les:
por un lado, tenemos la “m inim ización de f alsos negativo s”, donde se priorizan las
consideraciones sociales a trav és del principio de precaución, corriéndo se el riesgo de
falsos positivos (falsas alarma s) y el consig uiente perjuic i o económ ico y la posibilidad
de producir el incremento de otro s riesgos. Po r otro, la “m inim iz ación de falsos
positivos”, donde se prioriza la economía, con el riesgo consiguiente de falsos
negativos y de perjuici os sociales (para la s alud o el ambiente).
En el primer caso, la in cert idumbre científ ica se conviert e en prohib ición / con trol de
la práctica política; mientras que en el segundo caso, tal incertidum bre se traduce en
una mayor per misividad. Estas dos opci ones general es en polític a pública son
interpretadas también como dos principios-guía para la conducta indi vidual y que
toman la forma propagandística de “ant e la dud a, abstente” y “an te la duda,
adelante” 407 .
Lo que está claro, de acuerdo con Hannot, es que en los ámbitos políticos las decisiones
se deben ejecutar a menudo en ausencia de una evidencia científica lo suficientem ente
consistente, por lo que la sombra de estos dos tipos de errores que se m encionan se
mantiene para estos casos alargada. Dicho esto, un modo de tom ar decisiones en este
contexto de incertidumbre es mediante la adopción de lo que algunos denom inan los
406 Un aspecto a tener en cuenta en este resbal adizo terreno, es la fiabilidad y la honestidad
científica en su defensa del no-conocimiento de las consecuencias. Es decir, hasta qué punto, se
desconocen los efectos de determinados producto s o sustancias sobre el medio o las personas.
407 Cerezo y Luján, Op.Cit; p.152. De hecho, y en un nivel tanto individual como colectivo, el
principio guía por el que parece encaminarse la gestión de los riesgos es: “ante la duda,
comprende, participa y decide”.
275
“valores por defecto” 408 . Estos análisis describen los valores por defecto com o valores
que se aplican en el proceso de toma de decisiones en ausencia de inform ación
específica sobre el grado, pongamos, de toxicidad de determinada sustancia.
Supongamos que debemos decidir si perm itir la liberación de determ inada sustancia al
medio, pero que no tenem os información ac erca d el impacto ambiental que esta
sustancia pudiera tener. Esta terca incertidum bre no puede servir como excusa para no
tomar decisión alguna ni actuar, ya que en el proceso de tom a de decisiones debemos
tratar a la sustancia de una m anera o de otra m ientras esperamos m ás evidencia. Esto es,
se debe actuar porque de lo contrario se co rre el riesgo de enmarañarse en las redes
paralizantes del “nudo gordia no” de la incertidumbre 409 . Así, una sustancia con un a
toxicidad desconocida puede ser tratada como si fuera altamente tóxica, como si fuera
moderadamente tóxica, como si fuera no-tóx ica, etc. Este “como-si” no significa que la
decisión sea arbitraria, sino que depende de una colaboraci ón y deliberación activa de
los expertos y los gestores a la luz de un conocim iento insu ficiente y la necesidad de
“hacer algo” 410 .
408 Hansson, S.O; Sandin, P. (2001) Op. C it; Pp. 67-69, 88-93.
409 Sarewitz, D; Pielke, R. Jr. (2000) “Breaking the Global-Warming Gridlock”, en The
Atlantic Monthly, 286( 1). Pp. 54-64.
410 Hannot, en este sentido y siguiendo a Hansson y Sandin (2001), m uestra la distinción que
éstos hacen de los cuatro enfoques que difieren a la hora de asignar un valor por defecto para la
toxicidad en situaciones de incertidum bre:
0- El método de la lista negati va: aquí las sustancias son tratadas co mo sustancias no-
tóxicas.
1- El método de la lista positiva: aquí las sustancias son tratad as com o sustancias
altamente tóxicas.
2- El método de las expectaciones estadísticas: aquí las sustancias con una toxicidad
desconocida se les asigna un valor por defect o que corresponde a la toxicidad media
de sustancias previamente testadas. Si la sustancia pertenece a un grupo quím ico en
el cual un número razonable de sustancias ha sido tes tado, entonces la media tóxica
es extraída de ese grupo en vez de sacar un promedio general.
3- El método de la fijación de un valor que es menos extremo que cero: aquí el valor
por defecto para la toxicidad se fija en algún punto entre el valor de expectación
estadística y el muy alto valor del método de la lista positiva.
276
Dicho esto pues, la adopción del principio de precaución com o principio gestor de
actividades potencialmente pe ligrosas, supone conceder un mayor protagonismo al
juicio extracientífico como consecuencia del reconocim iento explícito de un universo de
incertidumbres que dificulta sobremanera efec tuar un análisis fidedigno de los riesgos.
Ante esta tesitura, el principio de precaución, en este sentido, no debe ría renegar de la
ciencia, sino el reinterpretar su papel más como guía para una gestión de peligros
potenciales que como val edo r de verda d es finales sobre uno s riesgos dados.
Pero es m ás. La sign ificac ión del p rincip io de precauci ón debiera presentarse más allá
de ser una herramie nta para gestionar los riesgos . El esta blecimie nto del pri ncipio de
precaución como un nuevo elem ento clave en la gestión del univer so de
potencialidades en nuestras sociedades alta mente tecnificadas supone adoptar un
nuevo marco conceptual desde el cual se hace necesaria una rele ctura de los roles
apropiados para la ciencia, la política, la economía, la ética y el derecho, en el
contexto de la protección y gestión de ri esgos tec nológicos comple jos pro-acti va 411 .
Esto es, lleva consigo un nuevo compromiso cultural qu e abre las puertas a un
reconocimiento m ás prof undo del papel de la propia in certidumbre en los diversos
ámbitos de la vida. Ello, no obstante, no debería para lizar la propia activid ad
científico-tecno lógica, antes al contrario. Y es que , quizás, el principio de precaución
debería ser pensado y, por tanto, ejecu tado, como inst rum ento práctico que actúa
sobre la propia tecnología, y no sobre la ciencia teóri ca, o lo que vendría a s er lo
mismo, sobre la incertidum bre científica. La aplicabilidad t eórica del pri ncipio de
Excepto el método 1, el resto puede considerarse como métodos precautorios, si bien en grados
distintos.
411 O’Riordan, T; Cameron, J. (1994) “The History and Contemporary Signifi cance of the
Precautionary Principle”, en O’Riordan, T. y Cameron, J. (eds.) Op. Cit.
277
precaución en el dominio de la incertidumbre cien tífica ll eva a un callejón sin salida,
ya que el espacio que cubre la incertidum bre es inf inita m ente mayor que el lím ite que
impone, teóricam ente el princi pio. Es decir, la incertidumbre no es sólo científ ica,
sino también política y social . El espectro que cubre la precau ción se presenta, a
nuestro decir, inadecuado a este respecto.
No obstante, hay quienes su brayan que el principio de precau ción presupone y
fomenta ciertas “virtudes” específicas 412 . Así, es el propio Ti ckner quien destaca cinco
virtudes del princi pio, a sa ber:
- responsab ilidad: al inicia r una ac tividad nuev a, recae sobre e l iniciador la
carga de la prueb a en demostrar qu e no hay vía alternativ a más segura para
logra r lo que ha de logra rse 413 ;
- respecto: en condiciones de riesgo grave, se impone la actuación preventiva
para evitar daños, incluso si no existe una certidumbr e científica total de las
relaciones causa-efect o;
- prevención: exist e el deber de inge niar medios que eviten daños potenciales,
más que control arlos y “gesti onarlos” a poster iori 414 ;
412 Tickner, J. “A commonsense fra mework for operationalizing the precautionary
principle”, Paper presentado en la Wingspread Conference on Strategies for Implementing the
Precautionary Principle . Racine. 23-25 de Enero de 1998.
413 En contra de esta argu mentación, creemos que el principio de precaución no resuelve nada ya
que la exigencia de responsabilidad puede ser ejecutada y exigida normativamente sin su
invocación.
414 En este sentido pues, la precaución y la prev ención, a pesar de las distinciones teórico-
prácticas a las que han sido sometidas (tal y como anteriorme nte hemos visto), la virtud que se
supone fomenta la precaución, es decir, la prev ención, hace innecesaria dicha diferenciación
terminológica. El deber de inge niar medios que eviten daños, nos remite de nuevo a suponer que
lo que debe ser “precautoria” es la propia tecnología, no tanto la ciencia.
278
- obligación de sa ber e informar : existe el deber de co mprender, investigar,
inform ar ( sobr e todo a lo s potenc ialmente expues tos al riesgo ) y actuar sob re
los potenci ales impact os; no cabe esc udarse en la ignoranci a;
- obligación de compartir el poder: democratización de la toma de decisiones
con relación a la cien cia y la tecnología.
Otro criterio nos lo s ofrece Aarón Cosbey 415 , quien subraya y enfatiza aquellos
elementos conceptuales que, a su decir, i ntegrarían el princi pio de precaución,
proporcionándole un carácte r prudentem ente virtuoso:
- anticipación preventiva; predisposición a actuar (p or ejem plo, con med idas
legales o fiscales ) an tes de disponer de una prueba científica compl eta de la
necesidad de acción;
- dejar lugar para errores; puesto que tratamos con si stemas com plejos, hay que
dejar deliberadamente un margen de error;
- proporcionalid ad en la respuesta; el cost e de las me didas propuestas no
debería ser desproporciona do con los beneficios espe rados (q ue incluyen los
costes ev itados);
- carga de la prueba; debe corresponde r a quien proponga un nuevo producto,
proyecto o tecnología, probar adecuada mente su segurid ad, o bien, la falta de
alternativas;
- búsqueda de mayor certidumbre; al mismo tiem po que tomam os medidas
precautorias, debemos intensif i car la investigación par a disipar en lo posible la
incer tidumbre in icial;
415 Cosbey, A. (2000) A forced Evolution?. The Codex Alimenta rius Commission Scientific
Uncertainty and the Precautionary Principle. Winnipeg (Canadá). IISD (International Institute
for Sustanaible Development). Puede descargarse en www.iisd.org
279
- procesos abiertos; participación de l os afectados, tran sparencia en la toma de
decisiones y distribución adec uada de la infor mación;
- énfasis en la bús queda de alter nativas; buscar activame nte tecnologías o
productos alternativos, con las cualidades valiosas apete cidas pero sin riesgos
o efectos negativos.
En definitiva, la precaución es tá relacionada, d e alguna ma nera, con la virtud de la
prudencia tal como la pensó Ar istóteles. Al igual que ésta, nos ha ce vo lver de m anera
inequívoca a un a forma de deli be ración anterior a la acción, en u n contexto en el c ual
se echa en falta el conoci miento de la necesida d que opera en la naturaleza. Es, en
esencia, una nuev a forma de prudencia, fund amentalmente en el ám bito ecológico y
sanitari o, pero con una marc ada insistencia sobre la acci ón cuando la delibe ración
saca a la luz la situació n peligr osa e inc ierta e n que nos encontramos.
Para Bourg y Schlegel, este aspecto es centra l, puesto que en la re flexión clásica sobre
la acción es importante que los conocimient os compro bados prece dan a la decisión de
actuar y la informen. Por el contrario, “la precaución nos invitaría a actuar y a
intervenir, a pesar de la fa lta de conocim ientos sobre los fenómenos que conviene
modificar” . Ahora bi en, dicha decisión de actuar “no debe ser gratui ta ni irracional;
siempre debe apoyarse en conocimientos ya adquiridos” 416 . En realidad, se puede
imaginar perfectamente un proceso de precaución, con la movilización de
conocimientos que puede susc itar, que no desemboque en una decisión inmediata de
acción. El proceso c onsiste en una acción preven tiva, pero nada tendría de
escandaloso que di era lugar a una búsqueda de informaciones (y en un mom ento dado
a una discusión pública) que no conduzca a una acció n a falta de razones s uficientes.
416 Bourg y Shlegel (200 1) Op.Cit; p.148
280
Además, las accion es en origen sobre la s cuales desemboca norm almente un pro ceso
de precaución, pueden ser objeto de un cálculo económ ico de lo más clásico 417 .
El principio de pr ecaución auténtico a priori de l a percepción y de la acción,
constituye, indudableme nte, como se ve, un principio. Pero ta mbién, de acuerdo con
los autores, se debe recono cer que no permite una resolución casi automática, como
suceder ía con otros princi pios como aqué l de que “q uien contam ina paga”, cuya
aplicación es casi inmediata, o al menos cuando se puede id entificar la fuente de la
contaminación. Lo m ismo sucede con el principio de legalid ad, en nombre del cual no
se podría condenar a na die sin poder comprobar una infra cción expresamen te de finida
por la ley en el momento de los hechos que se le imputan. Apl icar la precauci ón
guardaría relación en cambio con un proceso diferente en cada caso, aplicado a
determ inada situ ación conc reta y prec isa. L a gravedad de una am enaza no es s iempre
fácil de evaluar, t amp oco lo son casi nunca los análisis científicos sin una verd adera
prueba experimental. Adem ás, siempre se planteará la mi sm a cuestión : ¿qué sac rificio
consentir en el presen te y hasta qué punto en nombre de un futuro incier to?, y ¿qué
futuro?. M ientras no s manten gamos en el pl ano de la pura aplic ación de la ley, la
precaución sólo puede ser para el juez una norma de juicio, utilizand o una expresión
de Pierre Lascoumes 418 . Esto es, tendrá que d ecidir, por cuanto la ley lo obliga a ello,
“pero no podrá hacerl o sin un trabajo de evaluaci ón y de juicio que se desprende de
su responsabilidad”.
La precaución no es algo senc illo de llevar a la práctica ya que ex ige todo un trabajo
de elaboración y de cu estionamient o. Cuando atañe a la política pública, co mo sería la
417 A este respecto Bourg y Schlegel se preguntan : ¿por qué habría de convenir pagar más, o
privarse más, si el resultado que se espera de la precaución es idéntico, incluso menor?.
418 Lascoumes, P. “La précaution, un nouveau standard de jugement”, en Esprit. Novembre,
1997.
281
gestión de riesg os en sis temas complejo s, de bería ser posible realizar ampl ios debates,
ya que las decisiones tomada s podrían in fluir ma rcadamen te sobre la vida de los
ciudadanos, y es imposible vo lver a un saber impue sto desde arriba y sin discusión. La
incertidumbre propia de la situac ión de pre caución legitim a totalm ente el recur so al
debate público. En este cont exto, la precaución, podría hacer las veces de com promiso
moral de toda una com unidad. A sí debería ser, entre otros, ta nto en el caso del cam bio
climático com o en el de la gestión de lo s residuos radiacti vos y de su prevención.
Sobre un tema tan im portante y determinante para el po rvenir, serían oportunos
quizás, uno o varios “procesos participativo s” o aque llo que, autores como Bauman ,
denomina n comunidades de “con-senso”.
Como explican Bourg y Schlegel, a priori de la perce pci ón (es el aspecto arjé,
“comienzo”), p ero sin desembocar en un a especie de mandato eviden te ( ajé,
“mandato”), e l principio de pre caución supone siempre, por oposición al espír itu de l a
geometría, una apreciación sutil (en el sentido de su tileza del espíritu) de los
elementos de u na situación. En este sent id o, ello no per mite jam ás (o no debiera)
decidir de form a mecánica. Es u na de las dificultades, p ero tam bién un interés a fin de
cuentas , inhere ntes a e ste principio.
Así pues, la distinción entr e prevención y precaución pued e resum irse en dos punto s
fundamentales:
- mientras que la prev ención actúa sobre la certidumbre científica, es decir, ante
riesgos comprobables y prob abilizables y con el objeti vo de evitar algo antes
de repararlo o intentar mitigarlo, la precaución oper a con y sobre la
incertidumbre, esto es, ante riesgos pot enciales, de sconocidos e i nciertos,
282
- Si la prevención hace uso de un conocim i ento (aun que sea limitado ) de las
consecuencias de un a acción, la precau ción, podríam os afirma r, hace uso de
“intuici ones”.
La preven ción y la precau ción no son equivalentes 419 pues nos hallamos frente a
riesgos de los cuales d esconocem os sus co nsecuencias. Además, la gestión de riesgos
en sistemas tecn ológicos com plejos no pued e derivarse (sólo) a pa rtir de principios-
guía para elabor ar polí ticas públicas (minimización de fal sos positi vos y minim ización
de falsos posi tivos). Ambos s on, en tér m inos generale s, dema siado estáticos para
afrontar adecu adamente los riesgos del d e sarrollo tecnológico. El problem a no es
simplemente el tom ar una decisión sobre un tipo de regulación pe rtinente para una
aplicación tecn ológica concreta. Estam os frente a una tesi tura más c omplicad a que
necesita de una “evaluación” má s partic ipat iva y que in troduzca en su seno la
precaución como técnica política o económica de gestión social de los riesgos.
419 Ver en este mismo capítulo 2.3.2- “Desandar lo andado: limitaciones del Principio de
Precaución”.
289
En cualquier caso, lo relevante es que en lo s últim os años ha aparecido en el derecho
medioambiental internacional un nuevo principio que se ha dado en llam ar así, Principio
de Precaución. Veamos a continuación una breve histo ria de este princip io, para después
entrar en la problematización de los problem as formales y de contenido que arrastra, así
como las deficiencias que más se han dest acado y que encienden las polém icas actuales
en el mundo jurídico-social.
2.2.2- La disputa está servida: orígen es y problematizaciones del status
jurídico-político del Principio de Precaución.
Cuando uno se embarca en la tarea de invest igar los orígenes de un fenóm e no, resulta
que dicho proceso podría devenir infinito pues, al retroceder en el tiempo, uno no deja
de ver precursores en el pasado. De todos modos, y en coincidencia con Bourg y
Schlegel, es menester evitar an acronismos que proyecten sin motivo sobre el pasado las
preocupaciones actuales. Pensem os en el ilustrativo ejemplo que estos autores nos
ofrecen sobre el nacimiento de la epidem iología 435 . En Londres, en 1894, un tal John
Snow advirtió que la epidemia de cólera que asolaba la ciu dad estaba relacionada con
una bomba de agua. Una vez identificada, localizada y cerrada la fuente de agua en
cuestión, se pudo controlar la epidemia. Esto, p untualizan, fue anterior a los trabajos de
Pasteur. Por entonces, se desconocía todo a quello que tenía que ve r con el desarrollo y
el funcionamiento de la enferm edad, sobre la forma en que se propagaba, sobre sus
bases biológicas, etc. Pero con un razonami ento puram ente estadístico, dentro de un
contexto epidemiológico, Snow había identifi cado el origen de la enferm edad y había
prevenido el peligro en sus propias raíces. ¿Podríamos hablar, se preguntan, de una de
435 Bourg y Schlegel (2001) O p.Cit; p.136
290
las primeras aplicaciones del principio de pr ecaución, tal como se lo ha querido ver?. La
respuesta, en este caso, es negativa puesto que no se aplicó el principio, es decir, lo más
importante: “hablar de principio significa que se trata de una especie de criterio
fundamental y general de las conductas y de la acción o (...) de un nuevo marco de
valoración del progreso tecnológico y de los peligros a los que puede dar lugar” 436 .
En efecto, en el ejemplo que no s ofrecen los autores se pone de m anifiesto una
trayectoria de precaución previa en un cont exto de incertidumbre pero ante una
catástrofe ya desencadenada –el cólera-, pero la precaución, tal como se entiende
actualmente, se utiliza la m ayoría de las veces cuando la incertidumbre todavía pesa
sobre la propia r ealidad del peligro, o sea ante s de que se concrete. No se está seguro de
que la amenaza se vaya a hacer realidad cuando ejercem os la precaución. Tampoco se
sabe con exactitud lo que podría ser, pero se llega a aislar una causa posible y se
interviene sobre dicha causa para ev itar que se produzca lo p eor. Nos encontramos ante
un peligro, pero no sabemos con exactitud cu ál es su m agnitud. De todos modos, se
puede aplicar la precaución frente a un pelig ro conocido cuya causa es, sin em bargo,
incierta, que fue precisamente lo que sucedió co n el cólera o; en época m ás reciente, en
1999, con el asunto de la Coca-Cola (cuando se sospechó, sin razón, que algunas paletas
de latas contenían sustancias peligrosas) 437 .
436 A este resp ecto, hay quienes ven el “principio de precaución” co mo una actualización
moderna del antiquísimo juram ento hipocrático que tienen que pronunciar los profesionales de
la medicina: primum non nocere (“lo primero no hacer daño”). Ver Riechmann, J. (2002 )
“Introducción: un principio para reorientar las relaciones de la humanidad con la
biosfera”, en Riechmann, J; Tickner, J. (coords.) (2002) Op.Cit.
437 Una partida en mal estado de CO2 (anhídrido carb ónico utilizado para gasificar la bebida)
que se empleó en las botellas de Coca-Cola procedentes de la fábrica de Amberes (norte de
Bélgica) durante un período de producción lim itado, y el tratamiento y la presencia de
fungicidas en los palets (soportes de madera en lo s q ue se transportan las latas) empleados en la
planta de Dunkerque, en Francia, qu e es la principal embotelladora de E uropa (con una
capacidad de 2.5 millones de botellas por hora) fueron las causas de las más de cien
291
Así pues, cuando estamos seguro s de que la amenaza se va a producir y conocemos su
amplitud, ya no estam os en el te rreno de la precaución, sino en el de la prevención y los
tecnócratas competentes o los políticos “al uso”, deben tom a r las medidas oportunas. En
el ejemplo del cólera, la am enaza evidente era que ésta iba camino de producir sus
efectos, aunque su causa era desconocida al igual que la de otras enfermedades
infecciosas del momento. Por consiguiente, en dicho contexto, serí a erróneo hablar de
precaución 438 .
intoxicaciones por refrescos que se registraron en Bél gica en 1999. La contaminación se debió a
un pesticida utilizado para elim inar los hongos de los palets; dicho funguicida, c uyo uso no está
autorizado, se impregnó en las bases de latas y bot ellas a través de la almohadilla que pretende
aislarlas de la madera. En este caso el producto tóxico no afecta al interior de los envases y por
tanto el líquido no es peligroso, pero puede ser inhalado por los consum idores al beber
directamente de los envases.
438 Bourg y Schlegel hacen referencia también al principio de precaución en relación con e l
transporte del material fisible. Según su opi nión esto tam poco tiene sentido por cuanto los
peligros de esta operación son hartamente c onocidos. La única incertidum bre es estadística y
tiene que ver con el número de accidentes posib les. Asimismo, la pr ohibición del vuelo del
Concorde que se impuso después del accidente de julio de 2000 tampoco tiene que ver, dicen,
con la precaución. Ciertamente había, y la conti nua habiendo, ince rtidumbre sobre las causas del
accidente, pero se trata, afir man, de una incertidumbre que podría caracterizar cualquier
investigación policial: “se trata del desconocimiento de un hecho determinado y no de un
proceso causal necesario y regular”. En ese caso, la incertidumbre está relacionada con un
hecho puntual, accidental y circunstancial (proyección de una pieza met álica que perforó un
depósito, fallo de un reactor o reve ntón de un neum ático, etc.) y no general (como es el caso del
proceso de destrucción del ozono estratosférico, el recalentamiento climático, etc.). La
precaución, según Bourg y Schlegel, sólo tiene sentido ante el desarrollo prodigioso de las
técnicas y la incertidumbre sobre los efe ctos a la rgo plazo que pueden tene r, efectos que remiten
precisamente a mecanismos regulares, surgidos de una investigación propiamente científica y
que justifica la entrada en escena de medidas jurídicas y de intervenciones políticas encargadas
de ponerlas en práctica (tal como sería el caso de la gestión de los residuos radiactivos o en el
caso de la industria farmacéutica con la fabricación y uso de nuevos fármacos para co mbatir
nuestras actuales enfermedades). En este sentido pues, podría sugerirse que el principio de
precaución, no debería tener (sólo) una aplicabilid ad científica (teórica) sino un principio de
actuación práctica, por tanto, sobre la propia tecnología.
292
El “principio de precaución” hunde sus raíces, co mo decíamos, en el Vorsorgeprinzip 439
alemán, un principio qu e durante la década de los años setenta se convirtió en uno de los
cinco principios fundamentales para la de finición de la política m edioambiental de
Alemania (occiden tal). Vorsorge denota la idea de que un daño determ inado debe
evitarse antes de que ocurra, po r lo que premia la pr evención en de trimento de la c ura
con relación a los daños medioamb ienta les a evitar. A través del Vorsorgeprinzip se
rehuía cualquier requ erimiento legal o institucio nal de “probar” científ icam ente un daño
medioambiental (derivado de alguna actividad indus trial, por ejem plo) para considerar
legitimada una actuación en pos de p revenir ese posible daño 440 . Por supuesto, esto no
significa que el conocimiento científico se de sechara y no tuviera nada que decir, sino
que simplem ente no había por qué esperar a obtener pruebas científicas concluyentes
para actuar. Enuncia pues un deber de cu idado con relación al patrim onio natural
alemán al q ue han de atenerse los poderes públicos en su acción de gobierno en defensa
de los intere ses generales 441 .
439 El Vorsorgeprinzip se abre camino en la política ambienta l de la República Federal Alemana
en los años setenta (Ley contra la cont aminación atmosférica de 1974, y otra s normas): “La
política ambiental no se agota en la defensa cont ra peligros amenazantes y la reparación de
daños ya acaecidos. Una política ambiental preca utoria (Vorsorgende Umweltpolitik) exige,
más allá de eso, que los fundamentos de la naturaleza sean apropiadamente valorados y
conservados” (declaración del Gobierno Federal, 1976).
*Un resumen detallado del desarrollo político-jurídi co del principio de precaución en diversos
textos políticos y legales nos lo ofrece Jorge Riechmann en la obra con Tickner ya citada.
440 Boehmer-Christiansen, S. (1994) “The Precautionary Principle in Germany – Enabling
Government”, en O’Riordan, T. y Cameron, J. (eds.), Op.Cit; Pp. 31-60.
441 Como explica Ramos, el principio de precaución tuvo su punto de inflexión como
consecuencia de la muerte de los bosques y la lluvia ácida, que fue vivido en Ale mania como
desastre general. Ademá s, “la aplicación del principio ha sido siempre básicamente
pragmática, muy atenta a la proporcionalidad, la relación entre costes y beneficios y dirigida
al desarrollo de una tecnología medioa mbiental de vanguardia”. Ram o s, R. (2002) Op.Cit; p.
413.
293
A lo largo de los años ochenta, el princi pio de p recaución, empieza a incorporarse a la
normativa m edioambiental in terna cional, inic ialm ente en el campo restringido de la
prevención de la contaminaci ón marina, y, más tarde in corporándose a otros campos
medioambientales, de salud y alimentarios. As í pues, en el ám bito internacional, el
principio de precaución fue incluyéndose cada vez más en diversos convenios
internacionales sobre el m edio ambiente a pa rtir de su prim era aparición en la Carta
Mundial de la Naturaleza ap robada por la Asamblea Genera l de las Naciones Unidas en
1982 442 .
Tal vez la aparición más conocida del prin cipio de precaución (a unque no se use el
término exp lícitamente) se deba a su f orm ulación en la Conferen cia de las Naciones
Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarr ollo celebrada en 1992 en Río de Janeiro.
El principio de precaución está incluido aquí en el principio 15 de la Declaración de
Río, como uno de los principios de derechos y obligaciones generales de las autoridades
nacionales 443 .
Básicamente, en esta s declaraciones se aboga por la acción preventiva ante d años
inciertos qu e pueden ser o bi en muy dañinos o pueden provo car impactos de carácter
irreve rsible sobr e el medi o natural. Es to signif ica que la in certidumbre no podrá
usarse como excu sa pa ra no hacer nada y seguir con m ás de l o mismo. Al c ontrario, la
442 Hay quienes sitúan la primera ap arici ón en el escenario internacional en 1972 –la
Conferencia de las NNUU sobre Medio Ambien te Humano, conocida como la “Cu mbre de
Estocolmo”. Ver Riechmann, Jorge (2002) Op. Cit; en Riechmann, J; Tickner, J. (2002) Op.
Cit.
443 “Con el fin de proteger el medio ambiente , los Estados deben aplicar ampliamente el
criterio de precaución conforme a sus c apacidades. Cuando haya peligro de daño grave o
irreversible, la falta de certeza ci entífica absoluta no debe utiliz arse como razón para postergar
la adopción de medidas eficaces en función de lo s costos para impe dir la degradación del
medio ambiente” (citado en Comisión Europea [ 2000] Op.Cit ).
294
incertidumbre acerca de las po sibles cons ecuencias de nuestras acciones se conviert e
ahora en un argum ento de acción m ás, hast a el punto de constitu irse, b ajo el prism a de
la precaución, como uno de lo s pilares de las políticas pa ra el medio ambiente, la
salud y la seguridad alimentaria en la Unión Europ ea.
Más recientemente, el recu rso al principio de p recaución era recono cido expresam ente
en el artículo 10.6 del Protoc olo sobre Biodiversi dad, adoptado en Mo ntreal el 28 de
enero de 2000, en la Conferen cia sobre la Diversidad Biológica. El Pr otocolo sobre
Bioseguridad relativo a la regulación del tr ansporte, la m anipula ción y utilizaci ón
seguras de organismos vivo s modif i cados derivados de la m oderna bi otecnología 444
confirm ó la func ión clav e del p rincip i o de precaución en su artículo 10.6 445 .
Median te la introdu cción de l principio de precaución –punto sobre el que m ás insistió
la Unió n Europe a, en con tra de la ma yo ría de lo s p aís es que se resistían a m edidas
restrictivas fuertes- los países importadores de productos transgénicos pueden vetar esos
productos si tienen dudas acerca de los datos científicos sobre su seguridad. En este
caso, recaería sobre el propio país exportador pro bar la seguridad de sus productos, por
lo que la carga de la prueba se invertiría. Sin embargo, la duda radica ahora en la
444 El Protocolo, explica Hannot Rodríguez, sólo regula las semillas, los productos agrícolas no
elaborados y demás artículos que entran en c ontacto con el medio am biente, ya que la mayor
preocupación radica en la posibilidad de que su diseminación al en torno pueda provocar
alteraciones en la dotación genética de las esp ecies autóctonas. Los productos elaborados –
galletas, salsa de tomate ...- quedan fuer a de esta regulación. Rodríguez, H. (2003) Op.Cit.
445 “La falta de certeza científica de bida a una ins uficiente inform ación científic a pertinente y
de conocimi entos sobre los efectos pote ncia lmente peligrosos de un organismo vivo
modificado para la conse rvación y utilizac ión sostenible de la diversidad biológica de la
Parte impor tadora, ten iendo tambié n en cuenta los riesg os para la salud hum ana, no
impedirá a dicha Par te adoptar una decisi ón, según sea conve niente, respecto a la
importación del orga nismo vivo m odificad o de que se trate, com o se indica e n el incis o b) del
párrafo 3 del presente artíc ulo, a fin de evi tar o minimizar los efectos potencialme nte
peligrosos ” (citado en Comisión Europea [2000]).
295
relación del Protocolo de Bioseguridad con lo s tratados de la Organización Mundial del
Comercio. Queda por ver qué pacto se subordi na a cuál, y si la adopción del Protocolo
viene a violar las reglas de lib re comercio de la OMC y por ende el presente y el futuro
de un muy boyante sector biotecnoló gico con países como EEUU y Canadá a la cab eza
en exportaciones. De hecho, como explica Hannot Rodríguez, la am bigüedad en este
punto se interpretó como el contrapunto del Grupo de Miam i 446 al acuerdo de mínimos
en torno al principio de precaución.
De todos modos, parece innegable que el pr in cipio de precaución ha experim entado una
consolidación progresiva en el derecho inte rnacional del medio am biente, lo que lo ha
llevado a convertirse en un ve rdadero principio de derecho internacional de alcance
general 447 . Y lo mismo puede decirs e acerca de su consolidación progresiva en los
sistemas de derecho en el ám bito comunitario y nacional.
En efecto, y a raíz de las preocupaciones me dioam bientales alemanas, el Principio de
Precaución se ha ido incorporando al derec ho comunitario europeo. El acontecim iento
fundamental en este sentido fue la aprob ación del Tratado de Maastricht de 1992, cuyo
artículo 130-R-2 lo incorporaba explícitamente com o uno de los principios que habría
de guiar la política comunitaria en el cam po medioambiental. Incorporado
446 Grupo formado por EE UU –que participó sola m ente como observador en la Cum bre de
Montreal, tal como le correspondía al no ser uno de los países firmantes en la Convención sobre
Biodiversidad de Río de 1992-, Canadá, Argentina, Chile y Uruguay, reacios a las r estricciones
en el comercio de transgénicos debido a la importancia que éstos tie nen en sus respectivas
economías. El 50% de las exportaciones de Argentina, por ejem plo, lo cubre la soja transgénica.
447 Ver Comisión Europea (2000). Ta mbién Cam eron, J. (1994) “The St atus of the
Precautionary Principle in Internatio nal Law”, en O’Riordan, T. y Cam eron, J. (eds.) Op.
Cit. McIntyre, O; Modesale, T. (1997) The Precautionary Principle as a Norm o f
Customary International Law”, en Journal of Envir onmental Law, 9. Pp. 221- 241.
296
posteriormente al Tratado de Ám sterdam (a rt.174.2), el principio ha informado desde
entonces la política com unitaria medioam b iental, sanitaria y alimentaria, ha sido
recogido por la jurisprudencia de los tribunales comunitarios y se ha convertido en seña
de identidad de la posición de la UE en el escenario intern acional 448 .
Hasta aquí podríamos decir que llega la hi storia –comprim ida- del Principio de
Precaución tal y como se ha desarrollado en las dos últim as décadas. La proliferación de
disposiciones jurídicas que, mencionándolo ex plícita o im plícitament e, le asignan su
significado, debería llevar, dicen algunos, a una reconstrucción relativamente fácil a
partir de un análisis compar ado de los textos. Ciertam e nt e, las dispu tas doctrina les
muestran que este no es el caso, an tes al contrario, el debate está abierto y adem ás
parece que prom ete.
2.2.2.1- El principio de precaución p uede que no sea un principio jurídico
vinculante sino una técnica polí tica o económica recogida en una disposición norm ativa.
La progresiva consolidación e im plementación del principio de precaución como una
norma jurídica de aplicación directa y general n o está exenta de críticas por parte de
algunos analistas, como es el caso de Godard 449 . Para este autor –y aquí nos servimos de
la interpretación que Ha nnot hace de su postura- el prin cipio constituye esencialmente
448 Ver Bárcena, I; Schütte, P. (1997) Op.Cit. Afirman estos autores: “la política
medioambiental de la Comunidad reside hoy en los pr incipios de prevención y precaución”.
449 Godard, O. (2000), “Le principe de précaution, une nouvelle logique de l’action entre
science et démocratie”, Cahier du Laboratoire d’Econométrie de l’Ecole Polytechnique, núm.
256 (disponible en la red: http://ceco.polytechnique.fr/CAHIERS/pdf/526.pdf ).
(2001a) “Le principe de précaution face au dilemme de la traduction juridique des
demandes sociales”- Leçons de méth ode ti rées de l’affaire de la vache folle”, Cahier du
Laboratoire d’Econométrie de l’Ecole Polytechnique, núm. 2001-009 (disponible en la red:
http://ceco.polytechnique.fr/ CAHIERS/p df/2001-009.pdf ).
(2001b) “Le principe de précaution entre debats et gestion des crises”, Cahier du
Laboratoire d’Econométrie de l’Ecole Polytechnique, núm. 2001-010 (disponible en la red:
http://ceco.poytechnique.fr/CAHIERS/pdf/2001-010.pdf ).
297
un principio político destinado a guiar la acción legislativa y reglamentaria, y en defecto
de una aplicación legal o reglamentaria espe cífica que le dé vida , el principio de
precaución se encontraría privado de una apli cación inmediata y autónoma. Para él, por
tanto, el principio de precaución no consti tu ye una regla de derecho con alcance
autónomo, la cual se podría invocar directam ente por los Estados en las jurisdicciones
internacionales o por los administrados en la s jurisdicciones comun itarias o nacionales.
Al contrario, “el principio de precaución de bería entenderse como una regla
interpretativ a de normativas particulares, po r lo que se encontraría desprovista de
carácter normativo autónomo, no pudiendo ser invocado ni por los justiciables ni
imponerse a principios concurrentes”.
Contrariamente, es de Sadeleer 450 quien defiende que el prin cipio de precaución rev iste
más bien un carácter autónom o y ostenta un poder normativo de obligación hacia sus
destinatarios. Y argumenta su posición fija ndo dos condiciones bási cas por las cuales,
dice, el principio de precaución con forma una regla de ap licación directa y autóno ma.
Por un lado, y desde un enfoque formal, apuesta y defiende la inclus ión del principio en
un texto de alcance normativo; la segunda de la s condiciones es la de estar formulado de
manera suficientem ente prescriptiva (enf oque m aterial). Siguiendo este enfoque,
argumenta que el principio de precaución se ha vuelto una verdadera regla de derecho
de aplicación directa en los sistem as de de recho internacional, comunitario y nacional.
Este carácter de norma autónom a sorprende , dice Hannot, a Godard, pues éste recelaría
de una posible judicialización del proceso de tom a de decisiones precautorias. Según
este autor, la conversión del principio de precaución en una regla autóno ma del derecho
450 de Sadeleer, N. (2000) “Reflexiones sobre el estatuto jurídico del principio de
precaución”, en Revista de Derecho Ambiental, 25. Pp. 9-38.
298
da plenos poderes a los jueces p ara, ex post, atribuir responsabilidades de manera
indiscriminada y/o arbitraria a actor es que tomaron determinadas pautas de acción ex
ante, bajo condiciones de incertidumbre. En otras palabras, el princip io de precaución
podría volverse una herramienta retrospec tiva que atribuyera nuevas obligaciones a
actores públicos y priva dos a la luz de unos co nocimientos adquiridos a posteriori, lo
que introduciría graves transformaciones en el ré gim en de atribución de
responsabilidades, además de producir una m ás que probable pará lisis innovativa en
aquellos actores econó mico-políticos encarg ados de producir y ge stionar nuevos
productos. Este enfoque lim itaría además el carácter netamente político del principio de
precaución, coartando el potencial deliberativo de un proceso que pasaría a depender de
una jurisprudencia con plenos poderes 451 .
Sin embargo, de acuerdo con Hannot, el m iedo al absolutismo retros pectivo de Godard
debería ser amortiguado por el hech o de que el principio de precau ción constituye una
regla de contenido indeterminado, y no una regla de contenido determ inado, lo que
significa “que su carácter obligat orio es menos intenso que el de las normas
451 De acuerdo con Hannot, el miedo de Godard a la judicialización del principio de precaución
va asociado a su vez a una deter minada interpretación (quizá “extremista”) del mismo que él
considera muy extendida en los ámbitos de los media, lo s ecologistas y el público en general.
Según esta interpretación –que Godard rechaza y atribuye a una mala comprensión del princi pio
de precaución-, el principio demanda una exigen cia de la prueba de la inocuidad de los
productos o prácticas bajo escrutinio, siendo ést a una carga que recaería invariable e
inevitablemente sobre los agentes económicos o los innovadores de ciertas actividades. Esta
exigencia de la prueba de la inocuidad es una ex igencia i mposible de satisfacer, y a que lo que el
principio de precaución establece es precisament e la imposibilidad de una prueba científica
concluyente en los contextos inciertos y comple jos en los que se mueve la ciencia. De este
modo, lo que se cuestiona es la propia noción de prueba científica (véase, por ej emplo: Godard
2001b, Op.Cit ). Además, esta exigenci a draconiana te ndría como consecuencia equiparar el
principio de precaución con una regla de la absten ción, y a que no es posible determinar con una
certeza absoluta toda ausencia de daño potencial, ni establecer un escenario de acción de ri esgo-
cero, por lo que la única alternativa para evita r una carga de responsabilidad extr ema y sin fin
sería la inacción. Según Godard, esta noción de la precaución se alimenta de concepciones
éticas a lo Hans Jonas, que demandan, a modo de i mperativo ético, la abstención a la vista de
cualesquiera escenarios potencial mente catastróficos a los que la ciencia y la tecnología nos
pueden conducir (Godard [2000] , Op. Cit ).
305
documentos norm ativos internacion ales evid encia una radicalizaci ón de la percepción
social del riesgo 469 . La preocupación por los peligros ecológico s acentúa el sentimiento
de aquella (in)seguridad ontológica de la que habla Giddens y reclama una
aproximación ex ante a las problemáticas políticas y jurídicas de daños aún no
definitivam ente ocurridos.
La Society for Risk Analysis define el riesgo como “el potencial para la realización de
consecuencias no deseadas, adversas para la vida humana, la salud, la propiedad y el
medio ambiente” 470 . De esta definición se sigue , de acuerdo con Hannot Rodríguez 471 ,
“que el concepto de riesgo denota la posibilidad de que en un futuro se produzcan
acontecimientos no deseados como result ado de algún determinado curso de acción”.
A su vez, “la definición implica la búsqueda de conexiones causales entre nuestras
acciones y los posibles result ados de las mismas para, de esta manera, modificar las
causas y evitar así consecuencias no deseadas” , de lo que se deduce que el riesgo,
como ya vimos con Ortwin Renn 472 , se trataría de un concepto tanto descriptivo como
normativo. Ello nos lleva a ver que el concep to “riesgo” hace referencia a un futuro
calculable, a un futuro para el cual es posible determ inar qué es lo que ocurrirá de optar
469 En palabras de Ramos Torre “parece como si el Principio de Precaución no fuera sino una
forma de guiarse en un mundo de riesgos, es decir, un criterio para seleccionar cursos de
acción arriesgados al lado de otros criterios posibles” (Ramos Torre, R. [2002] Op. Cit . P.
434).
470 Puede encontrarse un glosario de términos rel acionados con el riesgo en la página que la
Society for Risk Analysis tiene en Internet en la siguiente dirección electrónica:
www.sra.org/glossary.htm .
471 Rodríguez, H.(2003) Op.Cit.
472 Ver capítulo primero, epígrafe 1.4: “Las diferentes perspectivas que configuran el
concepto de riesgo”.
306
por un curso de acción determinado 473 . Es decir, s e hace referencia, como dice
Bechamnn 474 , a una situación de toma de decisiones, lo que nos perm ite identificar el
riesgo –el cálculo de los riesgos posibles, me jor dicho- con la producción de seguridad y
la búsqueda de control.
Otra de las características que se resaltan del riesgo, dentro de la perspectiva de la
precaución, tiene que ver con el grado de m a gnitud del d año al que podem os vernos
expuestos en la realización de un acontecimiento dado. Di cho esto, es indudable que
muchos de los riesgos a los que nos vemos expuestos tienen un potencial catastrófico.
En estos casos hay mucho en juego y los errores se co ntabilizan por m uertos y
destrucciones ecológicas. Las “apuestas de decisión” ( decision stakes ) son tan altas que
existe la posibilidad de hipotec ar el futuro de la hum anidad 475 .
Es en este contexto donde se cuestiona, por ejemplo, la factibilidad o no de idear y
materializar depósitos perm anentes que logren albergar residuos radiactivos cuyo poder
destructivo no se agota en miles y m iles de años, lo que supone dudar de la capacidad
del conocimiento experto para afronta r los reto s que se plan tean en estos contextos de
incertidumbre extrem a.
Esta posibilidad amenazadora que, bajo la forma de riesgos para la salud y el medio
ambiente se cierne sobre nosotros, ha llev ado a las instituc iones a desarrollar
mecanismos de análisis y control de los riesgos a los que se ven expuestas nuestras
473 Lo que llevaría a pensar que la incertidum br e que rodea ciertas “acciones” o “actividades” no
es tan arrolladora como parece. A veces, se tiene l a impresión que lo que verdaderamente se
teme no es el desconocim iento sino todo lo contrario.
474 Bechmann, G. (1995) Op.Cit.
475 Funtowicz, S; Ravetz, J. (1992) “Three types of Risk Assessment and the Emergence of
Post-Normal Science”, en Krimsky, Sh. y Golding, D. (eds.) Op. Cit.
307
sociedades. Sin embargo, esos intentos de generar seguridad se han visto a m enudo
abocados a una inoperancia absoluta, lo que ha provocado, aquello que Beck 476
denominaba, la em ergencia de una crisis de legitim idad de los diversos subsistem as
sociales encargados de mantener los riesgos a raya.
A pesar de que diversos acontecimientos recientes hayan puesto de m anifiesto las
debilidades de la gestión científico-política a la hora de anticipar y controlar la s posibles
consecuencias a aquellos asociados, es in negable que hoy en día las decisiones en
materia de tecnologías, m edio ambiente y sa lud pública se toman sobre la base de un
conocimiento experto, en el contexto de lo que se conoce com o “análisis del riesgo”, lo
que nos fuerza, en este caso, a caracterizar de una m a nera más precisa en qué consis te
este análisis.
Para caracterizar dicho análisis nos serviremos del resum en que nos ofrece Hannot
Rodríguez. Así, podemos encontrar una aproximación al análisis del riesgo
concibiéndolo como una herram ienta de anális is político que basa sus decisiones sobre
la información científica disponible 477 . Por lo tanto, es posible decir que el análisis del
riesgo se basa en un conocimiento experto cu yo objetivo es el de proveer una “base
objetiva” sobre la cual tom a r decisi ones polític as en un intento de “racionalizar” este
proceso de toma de decisiones 478 .
476 Beck, U. (1998) Op. Cit.
477 Rowe, W.D. (1992) “Risk Analysis: A Tool for Policy Decisions”, en Waterstone, M. (ed.)
Op.Cit.
478 Hansson, S. O (1993) “The False Promises of Risk Analysis”, en Ratio, 6 Pp. 16- 26. Ver
también Cooke, R.M. (1982) “Risk Assessment and Rational Decision Theory”, en
Dialectica 36(4). Pp. 329- 351.
308
El análisis del riesgo puede di vidirse en dos tareas centrales 479 :
3- Evaluación del riesgo (que a su vez, se podría s ubdividir en tres quehaceres
principales):
- Identificación del riesgo; se identifica una sust ancia o una práctica tecnológica
cualquiera como peligro sa pa ra la salud humana o para el m edio ambiente. Esto
es, se trata de identificar todas las posi bles consecuencias qu e pudieran derivarse
de una acción dada.
- Estimación del riesgo; se calcula la probabilid ad de ocurrencia de ese riesgo
identificado así como su severidad. Aquí se trata de aplicar métodos analíticos
para estimar la prob abilidad de cada consecuencia y la magnitud del efecto
adverso asociado con tal consecuencia.
- Valoración del riesgo; aquí se decide si un riesgo dado es aceptable o no. Se
establecen com paraciones de riesgos ya a ceptados de antem ano y se calculan los
posibles costos y beneficios asociados a los nuevos riesgos pa ra determ inar la
idoneidad o no de correr con los mismos.
4- Gestión del riesgo. Aquí se establecen políticas con el fin de regular,
prohibir, fijar impuestos especiales sobre, etc., el riesgo previamente
calculado y determinado. De lo que se trat a es de que los gestores del riesgo
hagan cumplir de la manera m ás ad ecuada posible los estándares de
aceptabilidad fijados anteriormente. La gestión del riesgo se ocupa de qué
podemos y deseam os hacer con los riesgos, esto es, encontrando m aneras de
479 Para más detalle remitimos a Shrader-Frechette, K.S. (1991) Risk and Rationality.
Philosophical Foun dations for Populist Reforms. Berk eley. University of California Press.
309
eliminar, mitig ar o adaptarnos a los nuevos riesgos tal com o fueron
determinados en los pasos anteriores. Es dentro de esta gestión del riesgo
donde tiene cabida precisamente el principio de precaución en tanto que
técnica política (o en su caso, econó mica) q ue trata de dirimir criterios
teórico-prácticos sobre riesgos potencialm ente inciertos.
Dicho esto, tal vez sería posible que nos refi riéramos a la evaluación del riesgo como lo
que sabemos acerca de los riesgos y a la gestión de l riesgo, tal como acabam os de decir,
como lo que deseamos o podemos hacer con los riesgos 480 . Sin embargo, y una vez
llegados a este punto, Hannot nos invita a hace rnos la siguiente pregunta: ¿qué hacer
cuando no sabemos acerca de los riesgos, o sabe mos m enos de lo que desearíamos?. En
otras palabras, ¿qué hacer cuando nuestro grado de conocimiento sobre las posibles
consecuencias de nuestras acciones no nos pe rmite determinar con un grado de certeza
suficiente los riesgos a los que nos vemos expuestos?. O, de otro modo, ¿ qué hacer
cuando el problema no es el “rie sgo” sino la “incertidum bre”?.
En el análisis del riesgo, como vimos, el ri esgo se entiende como el producto final de
multiplicar la probabilidad de fallos del sistema por la severidad o m agnitud de los
mismos. De esta manera, y siguiendo la lectura que Hannot hace de Jon Elster 481
diremos que estar en una situación de tom a de decisiones bajo riesgo significa poder
“asignar probabilidades numéricas a las diversas respuestas a la p regunta ‘¿Qué
480 En coincidencia con Hannot Rodríguez, debe ríamos cuidarnos de establecer una nítida e
inequívoca distinción entre “hechos” –evaluación del riesgo- y “valores” –gestión del riesgo-.
La distinción, en este sentido dice, es mucho m ás difusa. La evaluación del riesgo debe echar
mano, en el contexto de una información disponi ble pobre y de baja calidad de juicios de valor
que, por ejemplo, asuman la validez de determinadas modelizaciones para predecir el
comportamiento de sistemas ambientales co mplejos.
481 Elster, J. (1983) Op.Cit.
310
sucederá?’”, esto es, que, si bien la inform ación de la que disponemos es imperfecta, es
cuantificable, pues dada la elec ción que hagamos conocemos las probab ilidades de las
consecuencias derivadas de tom ar las mismas . Esto significa que “riesgo”, en este
contexto de toma de decisiones, se trata de un concepto que esencialm ente se hace eco
de un enfoque probabilista, distinguiéndose así de una tom a de decisiones bajo
condiciones de certeza, en la cual la proba bilidad de las consecuencias de m i s acciones,
en un continuo que va de 0 a 1, siempre será 0 ó 1. Ahora, tomar una decisión bajo
condiciones de incertidumbre supone que “podemos a lo sumo enumerar las respuestas
posibles de nuestras elecciones pero que somos incapaces de asignarles
probabilidades” , esto es, que podemos llegar a cono cer las consecuenci as posibles de
nuestras elecciones pero que so m os i ncapaces de cuantificarlas 482 .
Desde esta perspectiva pues, esto es, bajo situaciones de riesgo, la incertidumbre se
convierte en una incertidumbre probabili zada, en donde podem os identificar los
escenarios posibles que se ab ren a nuestras decisiones y acciones y podemos cuantificar
la probabilidad de ocurrencia de esos es cenarios. En cambio, bajo situaciones de
incertidumbre a lo sum o podemos enum erar los escenarios posibles pe ro sin ser capaces
de medir la posibilidad de su ocur rencia en términos probabilistas.
482 En (Hansson, S.O. [1996b] “Decision Making Under Great Uncertainty”, en Philosophy
of the Social Sciences, 26. Pp. 369-386) se afina esta caracterización de la incertidumbre,
distinguiendo entre tres tipos de incertidumbre de consecuencias con respecto a una tom a de
decisiones: 1) conocemos las posibles consecuenci as de las distintas opciones pero sólo tenemos
un conocimiento incom pleto de las probabilidades (“toma de decisiones bajo incertidumbre”);
2) conocemos las posibles consecuencias da l as distintas opciones pero solamente podem os
decir de las probabilidades que son no-cero (“to ma de decisiones bajo ignorancia”); 3) las
posibles consecuencias son desconocidas, esto es, hay alguna consecuencia para la cual no
sabemos si su probabilidad es cero o no-cero, lo que significa que no tenemos una lista completa
de las consecuencias que debieran tomarse en cu enta (“toma de decisiones bajo posibilidades
desconocidas”). La cuestión en este tercer punto es la de cómo discri minar las consecuencias
inciertas importantes de aquellas que no lo son.
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