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Relaciones de poder, espacio subjetivo y prácticas de libertad : análisis genealógico de un proceso de transformación de género

Amigot Leache, Patricia

Abstract

La tesis aborda el análisis de la constitución social e histórica del espacio subjetivo, otorgando especial relevancia tanto a la dimensión política, es decir, la producción y regulación de la identidad mediante relaciones de poder, como a los dispositivos de género que configuran sujetos generizados. Entroncada en el ámbito de la Psicología Social Crítica plantea un trabajo, no obstante, transdisciplinar. Partimos de una reflexión sobre los avatares de la conceptualización del sujeto en la Modernidad, subrayando cómo las prácticas discursivas han estado entrelazadas con la construcción de la desigualdad sexual. Asimismo, desconfiando del rechazo que algunas elaboraciones posmodernas manifiestan hacia la noción de sujeto, consideramos pertinente su consideración tanto para el esclarecimiento del ejercicio del poder que produce a los individuos como de sus posibilidades de agencia y de transformación. Se analizan, por tanto, las conexiones complejas entre el poder y la agencia situándolas en los procesos sociales donde el sujeto va constituyéndose inserto en prácticas reguladas, discursivas y no discursivas, que se sedimentan inaugurando simultáneamente la posibilidad de subvertirlas y transformarlas. Como referentes teóricos se ha utilizado, por un lado, la obra de Michel Foucault que analizó profusamente el ejercicio del poder, los procesos de subjetivación y las prácticas de sí en tanto esquemas de formación de los sujetos vinculados al posible ejercicio de la libertad. Por otro, la teorización feminista postestructuralista, fundamentalmente la obra de Judith Butler, que continua el análisis foucaultiano explorando la dimensión psíquica de los mecanismos de sujeción y su vinculación con la agencia, otorgando relevancia a los procesos emocionales y opacos a la conciencia. Por último se ha explorado el diálogo y las lecturas que las propuestas feministas han realizado de la obra foucaultiana. La tesis aborda asimismo el análisis de un proceso, situado social e históricamente, de transformación de la subjetividad de género. Evitando generalizaciones, nos ceñimos al estudio de los desplazamientos subjetivos de un grupo de mujeres de clase obrera en el contexto del final del franquismo y la transición española. La experiencia analizada se sitúa en lo que se denominó «Centros de Promoción de la Mujer y Cultura Popular». El interés del análisis se centra en explorar los elementos que concurrieron en este proceso de transformación recogido en las entrevistas realizadas. Utilizando tales relatos, así como los documentos que constituyen el archivo de esta institución formativa, se trata de perfilar la trayectoria que va desde un estado de dominación, en términos foucaultianos, a una situación más flexible y móvil en la que las posibilidades prácticas de estas mujeres se ven incrementadas. Y se sitúa esta trayectoria en el contexto de una institución que fue, asimismo, transformándose. El análisis, por tanto, está realizado utilizando las herramientas foucaultianas, otorgando especial relevancia a la analítica del poder por él planteada, a su elaboración teórica de las prácticas de sí y a la vinculación de éstas con los juegos de verdad identitarios. Y se resalta, por último, el carácter irreductiblemente intersubjetivo del proceso y de las prácticas implicadas en las transformaciones. Se concluye que ha sido de manera intersubjetiva como se dieron desplazamientos en las prácticas discursivas y no discursivas y en la resignificación activa de lo que ser mujer implicaba, introduciendo una dimensión de autonomía y de crítica que permitió un mayor bienestar de las mujeres protagonistas. Las tensiones entre la sujeción y la agencia, situadas en una constelación de prácticas, emociones y relatos, son los hilos que tejen y dan movimiento a este análisis genealógico de una transformación de género.

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Patricia Amigot Leache Relaciones de poder, espacio subjetivo y prácticas de libertad: análisis genealógico de un proceso de transformación de género Tesis doctoral dirigida por la doctora Margot Pujal i Llombart 2005 Departament de Psicología social Facultat de Psicologia Universitat Autònoma de Barcelona Autora Patricia Amigot Leach e Título Relaciones de poder, espacio subj etivo y prácticas de libertad: análisis genealógico de un proceso de transformación de género Directora Margot Pujal i Llombart Programa Programa de doctorado en Psicología social Departament de Psicología social Facultat de Psicología Universitat Autònom a de Barcelona Depositada 17 de marzo de 2005 Este procedimiento es el centro de mi trabajo. ¿ consecuencias? Ante todo, que no existe un fundamen to teórico que sea continu o y sistemático. Y, en segundo t érmino, que no hay ningú n libro que yo haya escrito sin que hubiera ha bido, por lo menos en alg una medida, una experiencia pe rsonal directa […] En tercer o, a partir de la ex periencia, es necesario alla nar el camin o para una tra nsformació n, una metamor fosis, que no es solo individual, sino que es de carácter accesible a los demás; o sea, que esta experi encia debe poder ser relacionada, en cierta medida, con una prác tica colec tiva y con una m anera de pensar. M ICHEL F OUCAULT , Entrevista , 1980 Cada uno de mis libros representa una parte de mi historia. M ICHEL F OUCAULT , Vérité, pouvoir et soi , 1 988 ix Índice general Introducción. Pensando en las fronteras................................................................... 1 P ARTE I U NA TENSA OSCURIDAD : EXPLORANDO EL LUGAR DEL SUJETO ......... 7 Capítulo 1. Contextualización epistemológica y disciplinar .................................. 9 1.1. Las epistemologías feministas .................................................... 10 1.1.1. Tendencias epistemológicas feministas .................................. 14 1.1.2. La identidad y la diferencia ....................................................... 16 1.1.3. Caracterización de un luga r desde el que se mira: conocimientos situados ........................................................... 19 1.2. Diálogos transdisciplinares ......................................................... 20 1.2.1. Psicología social crítica ............................................................. 22 1.3. Psicología y teoría(s) feminista ................................................... 29 1.3.1. La cuestión de las diferencias sexuales y la psicología de la mujer .................................. 29 1.3.2. Un viaje de ida y vuelta: el sexo que ya era género ............... 31 Capítulo 2 Una reflexión sobre la epistemología y genealogía del sujeto ........ 41 2.1. El sujeto moderno y sus momentos de emergencia................ 47 2.1.1. Momentos inaugurales: Descartes .......................................... 47 2.1.2. Trascendencia y finitud kantianas ........................................... 51 2.1.3. La excepción spinoziana ........................................................... 55 2.1.4. Notas sobre el sujeto, el mercado y el capi tal en Marx........ 56 2.1.5. Emergencia de las ciencias humanas, la psicología científica del siglo XIX y la fenomenología ......................... 66 2.1.6. Ese perpetuo principio de in quietud : el paradójico papel del psicoanálisis ............................................................................... 74 2.2. La destitución del sujeto.............................................................. 78 2.2.1. El giro lingüístico: juegos de lenguaje y actos de habla ....... 79 2.2.2. Estructuralismo y postes tructuralismo: rastre ando la muerte del sujeto ...................................................................... 86 2.3. Un espacio teórico para la subjetividad .................................... 95 2.3.1. El self y los aportes de la psicología social crítica ............... 95 2.3.2. Líneas de tensión en el estu dio de la subjetividad y la subjetivación .............................................................................. 99 x Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad P ARTE II. P ODER Y SUBJETIVIDAD : LA TENSIÓN ENTRE S UJECIÓN Y AGE NCIA .. 113 Introducción: lo posible y lo político .................................................................... 115 Capítulo 3. Un poder sin un afuera : poder y sujeto en Michel Foucault ............. 123 3.1. Analítica del poder ...................................................................... 124 3.1.1. Poder y resistencia ................................................................... 136 3.1.2. Relaciones de poder y estad os de dominación .................... 140 3.2. Los ejes de una ontología del presente .................................... 143 3.2.1. Formaciones discursivas, episteme y poder/saber ............. 145 3.2.2. Genealogía del poder............................................................... 151 3.2.3. Las técnicas de sí ...................................................................... 163 3.3. Esa extraña coherencia de Foucau lt ........................................ 177 3.3.1. Utilizando la caja de herramientas (I ) ................................... 180 Capítulo 4. Entre la sujeción y agencia ................................................................ 191 4.1. Judith Butler: performatividad, poder y agencia .................... 191 4.1.1. Desarrollo de la idea de perform atividad de género .......... 192 4.1.2. Mecanismos psíquicos del poder. Víncul os apasionados .. 196 4.2. El poder se inscribe en el cuerpo: lo inconsciente ................ 205 4.3. Experiencia: corporeización e in terpretación abierta ............ 222 4.3.1. La experiencia como producto .............................................. 224 4.3.2. La experiencia como interpre tación y como innovación .. 226 4.3.3. Control interpretativo: de cidir el significado de acontecimientos en los que se par ticipa .............................. 230 4.3.4. La experiencia clama relato: Ricoeur y la id entidad narrativa .................................................................................... 232 4.3.5. Las figuraciones estratégicas como acción políti ca para la experiencia ........................................................................... 233 4.3.6. Experiencia como tensión e ntr e el deseo inconsciente y el discurso ................................................................................ 235 P ARTE III L ECTURAS FEMINISTAS DE F OUCAULT ............................................. 237 Introducción: Ariadna en el laberinto ................................................................... 239 Capítulo 5. Lecturas feministas de Foucault ....................................................... 241 5.1. La pertinencia de un diálogo ..................................................... 241 5.2. Espacios de confluencia ............................................................ 244 5.2.1. Analítica del poder ................................................................... 246 5.2.2. Formaciones discursivas y dispositivos d e poder, .............. 248 5.2.3. Técnicas de sí y procesos de autocreación ........................... 250 5.3. Espacio de divergencias............................................................. 252 5.3.1. La responsabilidad y el ejercicio del poder: ......................... 252 5.3.2. ¿Inadecuación para una política feminista? .......................... 253 5.3.3. El androcentrismo de Foucault................................................... 255 5.4. Fertilidad de una lectura crítica ................................................ 262 xi P ARTE IV A NÁLISIS GENEALÓGICO DE UN PROCESO DE TRANSFORMACIÓN DE GÉNERO : LOS C ENTROS DE P ROMOCIÓN DE LA M UJER EN EL CONTEXTO DE LA TRANSICIÓN ........................................................ 267 Preámbulo .............................................................................................................. 269 Capítulo 6. El a priori histórico de una experiencia posible............................. 273 6.1. Utilizando la caja de herramientas (II) .................................... 274 6.1.1. Dispositivo de producción de datos ..................................... 274 6.1.2. La analítica del poder como punto de parti da..................... 276 6.1.3. Las prácticas de sí como tránsito .......................................... 277 6.2. El regimen franquista ................................................................ 280 6.2.1. Las leyes y los discursos .......................................................... 282 6.2.2 La disciplina: regulación normativa del espaci o/tiempo de las mujeres .......................................................................... 287 6.3. Los Centros de Promoción de la Mujer y Cultura Popular . 289 6.3.1. Contexto soci al de emergencia: El desarr ollismo en Navarra ..................................................................................... 289 6.3.2. Historia de los Centros de Prom oción de la Mujer y Cultura Popular ....................................................................... 290 6.4. Los Centros de Promoción de la Mujer y Cultura Popular como institución abierta ....................................................................... 293 6.4.1. La metodología del Centro de Promoción de la Mujer ..... 293 6.4.2. Análisis genealógico- institucional de los Centros de Promoción de la Mujer ................................................................ 294 6.4.3. Discontinuidades discursivas ................................................. 299 6.4.4. Dispersión de posiciones de enunciaci ón ............................ 302 Capítulo 7. El franqueamiento posible: análisis de las trayectorias intersubjetivas de transformación .................................................... 305 7.1. Un malestar sin nombre ............................................................ 305 7.1.1. La dificultad del rol naturalizado ........................................... 306 7.1.2. Imposibilidades de género y de clase .................................... 307 7.1.3. La exclusión del espacio pú blico ........................................... 310 7.1.4. «Unos años sin vida» ............................................................... 311 7.2. Hacer problemático lo que es sólido: fracturando los incuestionados ............................................................................ 313 7.2.1. Un discurso para la resistencia ............................................... 314 7.2.2. Acontecimiento: lo imprevisible y la extr añeza .................. 316 7.2.3. Performatividad: la práctica nueva ........................................ 317 7.2.4. Las sanciones ............................................................................ 320 7.3. Imaginarios, deseos, afectos ..................................................... 321 7.3.1. Otra mirada, nuevos anhelos: identifi caciones/ desidentificaciones .................................................................. 322 7.3.2. Intensidad y ambivalencia emocional ................................... 323 xii Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad 7.4. Intersubjetividad y prácticas de sí ............................................ 327 7.4.1. Paso de una moral de código a la problematizaci ón y la posibilidad de reflexión .......................................................... 328 7.4.2. Nueva sustancia ética: la sexualidad ...................................... 329 7.4.3. Desplazando el cuidado de otro s hacia el cuidado de sí .... 332 7.4.4. La elaboración intersubjetiv a de las experiencias ............... 333 7.4.5. Juegos de verdad ...................................................................... 336 7.5. Prácticas de resistencia en relación .......................................... 338 7.5.1. Tensiones y complicidades ..................................................... 338 7.5.2. Estrategias de negociación con los maridos ........................ 340 7.5.3. Estrategias de actuación e n el entorno: pa rticipación social ......................................................................................... 342 7.6. Prácticas de libertad ................................................................... 345 Conclusiones: un fragmento de tierra nueva .................................. 349 Un cierre en tránsito ................................................................................................ 355 Bibliografía ............................................................................................................... 357 A PÉNDICES ............................................................................................................... 377 Las entrevistas .......................................................................................................... 379 Guión de las entrevistas ............................................................................... 379 Entrevista 1 .................................................................................................... 381 Entrevista 2 .................................................................................................... 401 Entrevista 3 .................................................................................................... 413 Entrevista 4 .................................................................................................... 425 Entrevista 5 .................................................................................................... 433 Entrevista 6 .................................................................................................... 441 Entrevista 7 .................................................................................................... 455 Entrevista 8 .................................................................................................... 469 Entrevista 9 .................................................................................................... 477 Entrevista 10 .................................................................................................. 493 Entrevista 11 .................................................................................................. 511 Entrevista 12 .................................................................................................. 523 xiii Agradecimientos Gilles Deleuze escribió en cierta ocas ión: «encontraremos los aliados de los que tenemos necesidad o aquellos que tienen necesidad de nosotros». Nada podía reflejar mejor el proceso de esta tesis. Supongo que algunos no tenían ninguna necesidad de mí, pero sí a la inversa. Mi primer agradecimiento quisier a dirigirse al espacio del doctorado de este Departamento de Psicología Social de la UAB que para mí ha consitituido, sencilla y decisivamente, el espacio de posibilidad para la realización de esta tesis. De manera explícita, quisiera agradecer a Tomás Ibáñez, a Félix Vázq uez y a Lupicinio Íñiguez los gestos que han facilitado un proceso académico. Quisiera recordar el apoyo de quien, desde otro contexto, el del Departamento de Trabajo Social de la Universidad Pública de Navarra, ha facilitado este trabajo; a la inestima ble lucidez y receptividad de Conchita Corera y Camino Oslé va también dirigido mi agradecimiento. Lo hago extensi- vo a los compañeros cuya amistad ha sido aliento, ánimo, una red de «microre- sistencia»: a Manuel Aguilar porque sin su ayuda, esta tesis, materialmente, no existiría; a Begoña Perez, a Cristina García y a Raquel González porque com- partiendo circunstancias comenzamos a compartir el humor para combatirlas y a crear una cotidianidad de complicidades nueva. Aliadas en este proceso fueron tambié n Juliana Flórez, Eva Gil, Angélica Ñáñez e Inma Lloret, porque los diálog os y las discusiones hacen florecer las preguntas y desplazan las respuestas en una búsqueda compartida que franquea muchas distancias. Y en la distanci a entrecortada tambien agradezco un diálogo extraordinario, el que he mantenido con Pepe Ema. Quisiera agradecer a mis amigos de Iruñea haber soportado, de una u otra forma, la intensidad de este proceso: a Fede, desde hace años; a Xagu, Marian, Iñaki, Nerea y Harri; y a las amigas de Barcelona cuyo apoyo ha constituido para mí un maravilloso regalo. A Marina Partera por la intensidad de lo compartido. A Marimar Velasco, por una amistad y ayuda que exceden cualquier palabra; siempre resultarían demasiado estrechas e inexactas. Agradezco profundamente también una de las ex periencias más hermosas de esta tesis: las palabras y el afecto que quienes entrevisté me regalaron; voces sorprendentes e intensas que hicieron posible este trabajo. Por último, y sobre todo, quisiera agrad ecer a mi directora, Margot Pujal, la ayuda más intensa de esta tesis. Un espacio de relación tejido de encuentros teóricos y de afectos ha permitido su realización , palpita a lo largo de su escritura y, con mucho, la sobrepasa. Y a mi hermana, a mi madr e y a mi pa dre, aliados por excelencia. A ellos les dedico estas páginas, bihotz-bihotzetik . xiv Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad Parte I Una tensa oscuridad: explorando el lugar del sujeto El pensamient o es gesto, salto, danza, desviación extrema, tensa oscurida d. M ICHEL F OUCAUL T , Ariane s’est pendue , 1969 Deconstruir el s ujeto no es negar o aban donar el concepto; al contrario, la deconstrucción im plica solamente qu e suspendamos tod os los compromis os a los que se re fiere el término «sujeto» y que reflexion emos sobre l as cuestiones lingüísticas que realiz a en la consolidación y ocultamiento de la autoridad J UDITH B UTLER , Contingent Foundations , 1995 Capítulo 1. Contextualización epistemológica y disciplinar Situamos este trabajo en una perspectiva foucaultiana puesto que ella nos ha proveído de herramientas epistémico-metodológicas relevantes para llevar a cabo una exploración de la noción de sujeto y un análisis de un proceso concreto e histórico de transformación psicosocial de género. No obstante, entre otras influencias, ha sido la teoría feminista la que ha nutrido y situado nuestra lectura de la obra de Michel Fouc ault. Es, por lo tanto, una lectura que establece conexiones particulares y otorga relevancia a aquellas cuestiones pertinentes desde una óptica feminista. La teoría feminista no consiste en un corpus unitario o monolítico, sino que demarca un espacio de prácticas episte mológicas heterogéneas, cuya produ c- ción teórica se enmaraña en planteamientos diversos, polémicos e incluso contradictorios. Pero, como posición crít ica, la práctica feminista reconoce y certifica su dimensión ético-normativa, el carácter político de lo que decons- truye y reconstruye, de lo que combate y de aquello por lo que apuesta. Demoledora o refinada, la elaboración feminista pretende desacti var los efectos de poder que las prácticas sociales y académicas, atravesadas por el sistema sexo/género, ejercen. Aunque, como cual quier discurso, genere otros nuevos, ante lo cual se remarca el carácter precario, reflexivo e inestable de cualquier desarrollo teórico. «La tarea del decir verdadero — dire vrai — es un trabajo infinito», decía Foucault 6 , porque en el espacio fluido e histórico de lo social, no hay una Verdad garan tizada, terminante, sino el proceso incesante y situado de un decir cuyos efectos pueden ser de emancipación o de dom inación, nunca definitivos. Algo, a nuestro entender, insoslayable. Dentro de este espacio teórico, la denu ncia y la reflexión acerca de las implicaciones epistemológicas de cualqui er hacer científico o discursivo, ha florecido en los diversos postulados y corrientes agrupados bajo la denominación de epistemología feminista. Es desde ella, desde donde comenzamos este recorrido espiral que se desplazará circularmente, introduciendo elementos nuevos de manera progresiva, hasta llegar a un desarrollo analítico y genealógico de la (trans)formación de género. 6 (Foucault, 1984f) p. 678 10 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad 1.1. Las epistemologías feministas Como campo diverso y heterogéneo , la epistemología feminista, de constitución reciente como campo teóri co multidisciplinar, es espacio de tensión y productividad floreciente en to rno a las prácticas de conocimiento. Los debates fundamentales en el área, de los que no podemos dar aquí cuenta sino sucintamente, se ha centrado alrededor de la relación entre la identidad —la femenina, la feminista—, problematizándola, y la práctica epistemológica y política . Ha introducido la relevanc ia del sistema sexo/género en la consideración de las prácticas de construcción del conocimiento. Por ello, su vigorosa conflictividad teórica ha sido y es fuente de reflexiones ontológicas, epistémicas y políticas de gran interés. Este campo teórico emergió en un pr i mer momento agrupando un cúmulo de problemas teóricos y políticos que afectaban al conocimiento. En sus comienzos en los años 80, fundamenta lmente, es una actividad deconstructiva y crítica de las prácticas convencionales de conocimiento androcéntricas, para ir progresivamente deslizándose hacia propuestas reconstructivas de las prácticas epistémicas a medida que se producía su estabilización y reconocimiento 7 . Los estudios feministas comenzaron analizando la situación de las mujeres en la ciencia y la construcción del objeto «mujer» en las producciones teóricas para desplazarse hacia propuestas feministas de hacer ciencia y la consideración de la posición situada, la subjetividad generizada – gendered– del sujeto cognoscente. El análisis de la relación saber/poder, en terminología foucaultiana, es uno de los pilares de la epistemología feminista. Como Bonder plantea: Postestructura lista y postmodernis ta avant la lettre , la crítica femi nista ha puntualizado el carácter situado del conocimi ento, la parcialidad de todas las afi rmaciones, l a íntima relación en tre saber y poder, ha colocado las grandes narrativas en el i n c ó m o d o c o n t e x t o d e l a p o l í t i c a , retirándolas del confor table dominio de l a epistemol ogía. 8 La epistemología feminista es, pues, política . Más allá de la confluencia innegable con otros ámbitos teóricos con los que comparte esta problematiza- ción de la relación entre conocimiento y poder, las epistemologías feministas han hecho emerger con fuerza cuestiones clave para tal reflexión, sobre todo desde corrientes post-estructuralistas y antipositivistas. De ellas, en sinto nía con el interés de este trabajo, destac aremos dos, que a su vez aparecen en íntima imbricación. 7 (Campbell, 2004) 8 (Bonder, 1999) p. 30 Parte I. Una tensa oscuridad 11 En primer lugar, muchas autoras ha n subrayado el uso característico de dicotomías en el despliegue del pensamiento occidental en la moderni- dad: lo público y lo privado, la mente y el cuerpo, lo racional y lo emocional, lo abstracto y lo concreto, lo universal y lo particular, lo masculino y lo femen ino. En este último duplo resuenan las dist inciones anteriores, puesto que en el pensamiento occidental se han vinculado los primeros términos de las parejas conceptuales con lo masculino y los segundos con lo femenino. 9 D e a h í q u e las relaciones de las mujeres con las pr ácticas de saber hayan sido es pecialmen- te conflictivas, tanto desde su posición como sujetos de es e saber como por operar como objetos específicos caracterizados y producidos por él. Algunos de estos efectos pueden relacionarse con la consideración devaluadora o desautorizadora de las mujeres en tanto sujeto de conocimiento, puesto que su construcción histórica ha pivotado sobre una configuración del ser femenino como alguien con menor capacidad de racioci nio o abstracción, y mayo r emotividad, lo cual se opone al esta tus de neutralidad-objetividad del sujeto cognoscente postulado por tales desarrollos; así pues, la constru cción tradicional del objeto mujer lo destaca como particular idad, carencia, un «otro» en relación siempre con ese sujeto pr etendida mente abstracto pero cuyo arquetipo reúne las características tradicionalmente viriles. Tal como Michel Foucault mostró principalmente en Las palabras y las cosas , el hombre, ese objeto de conocimiento reci ente en la historia y creado a partir de la configuración de las ci encias humanas en el siglo XIX , en amalgama heterogénea con dispositivos de n ormalización de los que eran a la vez producto y elemento posibilitador, es también, aunque más adelante lo maticemos, una «invención», una «configuración trazada por la nueva disposición que ha tomado recientemente en el saber» 10 . Pero los discursos de la modernidad han establecido trazos distintos, con efectos distintos, para ese objeto femenino al que la psicología y la medicina, por ejemplo, han dedicado tanta producción discursiva. Gran parte de la crítica feminista se ha dedica do a mostrar cómo el pensamiento hegemónico ha sido/es ma sculino (Maite Larrauri señala que es un pleonasmo la noción de pensamiento masculino), 11 lo que moviliza hacia una sospecha y una distancia crítica renovada. Por ejemplo, se ha señalado cómo en multitud de desarrollos teóricos se deslizan, más o menos abiertamente, más o menos subrepticia mente, metáforas e implicaciones imaginarias vinculadas a tales dualidades 12 (Harding, Fox Keller, Amorós, Le 9 (Sánchez, 1991) p. 171 (Pujal i Llombart, 1993). 10 (Foucault, 1966) p. 15 11 (Larrauri, 1989) p. 1 12 Cuando co mencé a le er Cómo hacer cosas con palabras , de Austin, una frase del prólogo de los traductores me sacudió co mo un destello un magnífi co ejemplo de lo anterior. Dicen así: «alguien ha dicho que las traducciones , como las mujeres, cuando s on bellas no son fieles 12 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad Doeuff, entre otras). 13 Además de esta operatividad de los imaginarios movilizados discursivamente, y desde perspectivas más empiricistas, se han señalado abundantes sesgos y prejuicios en la p ráctica científica, tanto en la selección y definición de problemas de in vestigación como en la interpretación de datos o en la construcción de los resultados. 14 Como ejemplo, una de las primeras elaboraciones que analizó las implicaciones políticas/sexistas en la elaboración de conocimiento es la planteada por Nancy Harstsock acerca del punto de vista feminista ( feminist standpoint ). De alguna manera esta autora continua la tradición marxista que identifica cierto conocimiento como ideología opuesta a la verdad. 15 Según esto, puntos de vista relegados y silenc iados como el de las mujeres podrían hacer más verdadero el producto de la práctica epistémica. Denomina específicamente «masculinidad abstracta» a ese r eflejo de una posición de género que elabora conocimiento autoriza do y que oscurece el punto de vista de las mujeres. Aun sin acordar con ella la posibilidad de una Verdad cuyo desvelamiento no fuera obstaculizado por la ideología, la masculinidad abstracta es uno de los aspectos más eficaces en la producción de efectos sexistas, vinculados a practicas de saber/ poder históricas, y más criticados en la deconstrucción que la teoría feminista ha llevado a cabo en relación con el «conocimiento verdadero o científico». Una de las consecuencias más importan tes de estas críticas, desarrollada después en otros planteamientos, ha sido la puesta bajo sospecha de cualquier formulación abstracta y asocial del sujeto. Porque tal abstracción ha reproducido en el ámbito teórico, en ocasiones de forma absolutamente sorprendente, una disimetría social y simbólica que configuraba dos clases de sujetos: uno central, abstracto, con pretensiones totalizadoras y otro, medio excluido o amputado, que quedaba en los márgenes y cuya apelación, paradójicamente, desvelaba la naturaleza particular del anterior. Esto no es sino uno de los aspectos mediante los que de manera recíproca, las prácticas sociales han configurado y guiado la histor ia de la ciencia y el pensamiento, un y cuando son fieles no son be llas. Nuestra tr aducción cierta mente no es bella y, además , parece infiel…» (Carrió y Rabossi, 1990), pá g. 34. Esto condensa tres elementos ordinarios en el imaginario androcéntri co: a) la mujer cosificada (u na traducción, por muy viva que sea carece de subjet ividad); b) la alusión a las dos caracter ísticas, se a por presencia o aus encia, que se v inculan estrech amente a «la m ujer»: la belleza y la pureza para con un varón; c) la dimensión de «doble vínculo» que pa rece someter mucha s situaciones de la vida de las mujeres (ser atractiva pero no demasiado activa sexualmente… ). Desde luego, es evidente que ha cen cosa s con palabras, co sas con efectos político s y que ad emás es tán insertas en unas condiciones de produ cción, un orden discursivo androcéntrico. 13 (Fox Keller, 1991). (Harding, 1996). (A morós y Agra Ro mero, 2000). (Le Doeuff, 1993). 14 (Perona, 2000) p. 213 15 (Hekman, 1999) Parte I. Una tensa oscuridad 13 régimen de verdad , tal como diría Foucault; 16 tal como, a pesar de sus diferencias y matices, se ha señalado desde otros ámbi tos: desde la sociología y la epis te- mología de la ciencia, la etnografía, la etnometodología o el socioconstruccio- nismo. Espacios inaugurados o posibilitados, entre otros, por el llamado giro lingüístico o el giro historicista de Kuhn. Otra de las cuestiones clave que ha emergido en el contexto de la epistemología feminista es la reflexión acerca de cómo se constituye el sujeto que conoce , es decir, cómo se constr uye la subjetividad dentro de un contexto socio-histórico que produce y articula la relación entre hombr es y mujeres de manera asimétrica y cómo esta producción específ ica de subjetividad genera y se reproduce en prácticas epistémicas concretas que, a su vez, construyen y reconstruyen la realidad de man era sexista. Esto alude a una de las características de esa política de la verdad que ha regulado el desarrollo de la ciencia: la supuesta objetividad de la ciencia que oculta las condiciones particulares en las que ésta se produce. El análisis, por lo tanto, de los procesos invisibilizados en los que subjetividade s y prácticas concretas se entretejen produciéndose, será uno de los asuntos de mayor alcance en la agenda feminista. Esta preeminencia concedi da a las formas del conocer y elabo rar saber marcadas por lo social y las subj etividades de género puede apreciarse especialmente en la obra de Evelin Fox Keller. Autora clásica en l a epistemología feminista, sitúa su análisis en la dimensión micro de lo social como momento privilegiado de la constitución de sujetos que lue go, comprometidos en las prácticas d e elaboración de saber, reproducen prácticas y formaciones discursivas androcéntricas. Haraway, por su parte, con su feliz formulación de los conocimientos situados , plantea que es imposible un ejercicio de pensamiento o de producción de saber desde ningún sitio, es decir, que siempre es producto y actividad reiterada desde un lugar y una posición marcada, entre otras, por la construc ción del sistema sexo/género; posición encarnada y conformada en la articu lación de elementos heterogéneos. En suma, late en la epistemología feminista la voluntad de deconstruir la objetividad-subjetividad científica, y de ha cer visible el lugar desde el que se conoce: ese lugar inexistente en las cartografías de los planteamientos positivistas, un lugar invisibilizado gracias a la retórica científica. Evidentemente, las elaboraciones feministas se ha desarrollado entretejidas o albergadas parcialmente bajo otras ár eas más amplias, con las que comparten muchos postulados y conceptos. Alg unas, las más recientes e interesantes se insertan en la tradición postmoderna y postestructuralista. Foucault atendió de manera especial a es ta compleja relación entre prá cticas sociales, destacándolas 16 (Foucault, 1999) 14 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad como relaciones de poder, y producción de saber afirmando que las prácticas sociales engendran formas total mente nuevas de sujetos y de sujetos de conocimiento. El propio s ujeto de conocimiento también tiene una historia, la relación del sujeto con el objeto, o más clar amente, la ver dad misma tiene una his toria. 17 La verdad tiene una historia, así como tiene una historia el sujeto, tanto como objetivación operada por las formac iones di scursivas como subjetivación de los individuos en dispositivos de poder históricos. En es te contexto, la epistemología feminista introduce la volu ntad específica de an alizar y proble- matizar aquello que en ocasiones se el ude en otros planteamientos críticos: que somos/estamos construidos como sujetos sexuados y que el sujeto que cono- ce, el sujeto conocido, está marcado por el género. Se puede considerar que la epistemología feminista ha incluido el análisis explícito del poder en relación con la dimensión de lo subjetivo , esa dimensión no transparente que late en deseos o motivaciones en carnadas y opa cas (Pujal, curso de doctorado). Lo cual, partiendo de una posición crítica y subversiva supone una radicalización y profundización en la perspectiv a crítica, tanto referida a las prácticas epistémicas como a la con stitu ción social de las subjetividades. En nuestro contexto histórico la subjetivida d está marcada por el género y, como plantea Judith Butler, no hay sujeto inteligible no sexuado. El género, además, anida en los dispositivos de poder que conf iguran la realidad. De esta forma, la distinción clásica entre público y priv ado queda totalmente desbaratada. El poder atraviesa los cuerpos y las subjetividades. En última instancia, por lo tanto, también lo opaco al discurso, co mo lo emocional y lo inconsciente, por ejemplo, podría pensarse en tér minos de prácticas sociales. 18 1.1.1. Tendencias epistemológicas feministas Siguiendo la ya clásica distinción de Harding 19 señalaremos de manera sucinta tres corrientes que ilustran el carácter heterogéneo de este campo. No las trataremos con exhaustividad pues se relacionan de manera conflictiva y compleja, pero señalaremos qué posición adoptamos en confluencia con otras denominaciones que exceden el femini smo pero han sido, así mismo, de enorme influencia en el estudio del poder y de las prácticas epistémicas. 17 (Foucault, 1974a). 18 (Pujal i Llomba rt, 2003) 19 (Harding, 1996). Parte I. Una tensa oscuridad 15 Según Harding, y aunque ella subraya el carácter no excluyente sino complementario, incluso especializad o, de cada una de ellas, nos encontraremos con tensiones que remiten a diferentes conjunciones de consideraciones epistémicas y utilidades políticas: un a) empirismo feminista, cuyo planteamiento se ciñe exclusivamente a «reparar» o solventar los sesgos sexistas de la ciencia mediante un cumplimiento estricto de las normas metodológicas vigentes; lo cual, a parte de suponer un conflicto latente en tre objetividad y compromiso feminista, ta mbién ha mostrado una potencialidad ineludible puesto que combate la «ciencia objetiva con más ci encia objetiva»; b) la teoría del punto de vista feminista, que de forma afirmativa considera que la posición desfavorable de las mujeres pu ede tornarse una ventaja epistémica, pues desde su situación conocen mejor el sistema que las oprime y sus retóricas y prácticas de legitimación; y c) las tendencias posmodernas feministas, que comparten los principios teóricos de la posmoder nidad en general, con figuras destacadas como Donna Haraway o Jane Flax. 20 Esta clasificación inicial no ha dejado de sufrir variaciones y matizaci ones propuestas por otras autoras. 21 A pesar de los cuestionamientos apasionados y de las críticas afinadas y afiladas que la postmodernidad ha reci bido desde posiciones feministas, que pueden resumirse en la consideraci ón de Celia Amorós acerca de que «la postmodernidad es una amistad peligrosa para el feminismo» 22 creemos que la convulsión que ha supuesto en el ámbito del pensamiento y su inestabilidad semiótica y su indeterminación 23 han permitido la apertura de debates y problematizaciones inéditas que han sido fundamentales y cuyos efectos pueden considerarse liberadores y antihe gemónicos en el orden del discur so. Las críticas a los feminismos postmodernos y pos testrucuturalistas parten de la contemplación excesivamente burda de los plateamientos de éstos, adjudicándoles una posición acrítica y desmovilizadora no justificada; cuestionar nociones ilustradas como sujeto o ideales emancipatorios no supone directamente, por lo menos no necesariamente, efectos d e desactivación política, sino todo lo contrario: supone introducir precariedad donde había garantías trascendentes; lo cual, según cómo se lea, permite la apertura y la intensificación de la dimensión política desde criterios inmanentes, atendiendo a los efectos normativos de los discursos y autorizando la práctica política y subversiva permanente, situada y estratég ica, puesto que nada garantiza la 20 (Haraway, 1995) (Haraway, 199 9) 21 (García Dauder, 2003) 22 (Amorós, 1997) p. 303. Es interesante la metáfo ra afectiva y vi ncular que se repite en las valoraciones feministas de la utilidad y pe rtinencia de otras corrientes de p ensamiento para su propia causa: Heidi Hartmann calificó el vínculo entre feminismo y marxismo como «un matrimonio infeliz», y Nancy Fras er, analizando la potencial utilidad del pensamietno foucaultiano, con sidera que Foucau lt no puede ser «un buen marido» p ero sí «un amante ocasional». 23 (Cabruja, 1996) p. 173 16 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad disolución de hegemonías y discri minaciones siempre en permanente rearticulación. Pero, por otro lado, algu nas críticas feministas a las posiciones postmodernas introducen, quizá, una sana sospecha en relación con la exclusión tajante de determinados tópicos modernos que han funcionado como nociones de alto potencial estra tégico en las luchas feministas, tales como la noción de sujeto y sus derechos fundamentales. 24 En ocasiones, no solo la exigencia de identidad en el pe nsamiento, también la conminación a la ruptura funciona como un abuso. 25 Como señala Bu tler: Si el término posmodernismo tie ne alguna fuerza o signific ado en la teoría social y en la teoría s ocial feminis ta en par tircular, tal vez pueda ser encontrada en el ejercici o crítico que busca mostrar có mo la filosofía está siempre implicada e n el poder. Un poder, según ella, que alcanza al suj eto que enuncia la teoría, puesto que, como dice más adelante: Ese «yo» está constitu ido p or esas posiciones y esas «posici ones» no son meros productos teóri cos, sino principios orga nizadores totalment e impregnados de prác ticas material es y ordenamientos instituciona les, aquellas matrices de poder y discurso que me producen como un «sujeto» viable. 26 No obstante, es en es te turbulento espacio de confluencia entre la epistemología feminista y las aportaciones posmodernas y pos testructuralistas donde comenzamos nuestro itinerario, laberinto y espacio de dispersión, como diría Foucault, en el que explorar las conexiones esperadas e inesperadas, siempre con especial aten ción a los efectos y a las posibilidades que se abren o se bloquean. 1.1.2. La identidad y la diferencia Lejos de ser un ámbito homogéneo, por lo tanto, la epistemología feminista está atravesada por intensos debates y enfrentamientos ineludibles, que exceden su demarcación y se sitúan en el más amplio espacio de la teoría y l a política feminista. Uno de ellos es la cuestión de la identidad y la diferencia y su incierta imbricación mutua. ¿cómo se produce un sujeto sexuado? ¿cuál es la constante, si la hay, que lo caracteriza? ¿a qué identidad es legítimo apelar para sostener una política feminista? Es obvio que este aspecto es uno de los que 24 (Amorós, 1994, 1997; Benhabi b, 1992; Fraser , 1989; Molina Petit, 2003; Nicholson, 1990) 25 (Foucault, 1979a)p. 784 26 (J. Butler, 1995) Parte I. Una tensa oscuridad 17 han sacudido con intensidad el deba te feminista de las últimas décadas; una gran diversidad de orientaciones se ha n puesto en juego en un abanico que abarca desde postulados de tinte sustancia lista o cuasi-esencialistas, vinculados a una especificidad femenina irreductible, –sea del cuerpo sexuado, sea referida a las primeras relaciones afectivas, inspirados, fundamentalmente en el escenario feminista francés, con autoras como Luce Irigaray o Helène Cixous (con todas las matizaciones y precauciones q ue la complejidad de tales desarrollos exigen) o en las aportaciones de autoras como Nancy Chodor ow o Carol Gilligan en el ámbito de la disciplina psicológica– hasta el construccionismo radical de intelectuales como Judith Butler y todas las teóricas que han problematizado tal consideración general acerca de la constitución del ser mujer, desde el feminismo postestructuralista y postcolonial, subrayando otras diferencias que se encarnan en los individuos: construcción de raza, clase social, orientación sexual, y la heterogeneidad de la categoría «mujer» como sujeto no unitario sino múltiple, fragmentado en diversas posiciones sociales, como muestran, entr e otras, las obras de Alcoff, Braidotti, De Lauretis, Gatens,Grosz, Haraway, Spivak. 27 En estos debates acerca de la diferencia se reproduce esa oposición más amplia que se debate entre la esencia y la construcción ; como una inervadura del desarrollo teórico, este dilema recorre la producción feminista. Y, como Campbell señala, la tensión entre una postura y otra ha oscureci do y obstaculizado en muchas ocasiones el abordaje del cómo se producen sujetos cuya inteligibilidad está condicionada por el ser sexuados 28 . Esta tensión, obviamente, es derivada y desplazada de sde otra que late en la propia existencia del feminismo: cómo justificar y abog ar por una práctica feminista si no contamos con sujetos caracterizados específicamen te como mujeres. Esta última consideración lleva a inte ntar no reproducir polaridades en el mismo análisis de las relaciones de poder, es decir, a no considerar de forma monolítica la producción de sujetos mujeres, pues éstas comparten con otros sujetos el ser/ estar insertas en relaci ones de poder, lo cual permite habla r de mecanismos múltiples y flexibles que varían con el tiempo y que acercan a mujeres y hombres que comparten una posición de clase social o étnica. Creemos que cualquier análisis de la especificidad de la opresión de las mujeres tiene que ser un análisis situado socio-históricam ente y vinculado a la regulación y producción general de las subjetividades . Lo que se ha dado en llamar género no alude sino a una noción o construcción relacional. Y frente a las sustancias, que no cambian, las relaciones siempre son móviles. 29 27 (Alcoff, 2002; Braidotti, 1994; De Lauret is, 1987, 1992, 2000a; Gatens, 1996; Grosz, 1994; Haraway, 1995) 28 (Campbell, 2004) 29 (Larrauri, 1989) p. 3 24 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad Enraizada genealógicamente en el cuestionamiento que sufrió la psicología social en la «crisis» interna vivida en los setenta, alcanzará en los 80 unos desarrollos más explícitos, en los que la obra de Gergen ejercerá un impacto considerable. Es en los 80 cuando la intensa crítica desemboca en unas propuestas más elaboradas que prefigur an el construccionismo social. Es inevitable la referencia al papel repr esentado por Gergen, tanto como su libro de 1982 49 Toward transformation in social knowledge , como con su artículo de 1985 que bautizó de alguna forma este ámbito incipiente: The so cial construccionist movement in modern psychology . 50 A partir de ahí se produciría un auge espectacular. En este auge tuvieron también especial relevancia las intersecciones con otro s ámbitos del pensamiento como la filosofía. Fueron importantes, y lo son especialmente en nuestro trabajo, la obra de Foucault , el segundo « giro lingüístico » que ha alentado el desarrollo del análisis del discurso, el resurgir del « pragmatismo » de Rorty, y el auge del postestructuralismo . La diversidad férti l generó nuevas líneas teóricas y abordajes metodológicos con una permeabilidad extraordinaria al contexto histórico de pensamiento. Los nuevos movimientos y las luchas so ciales han impregnado el discurrir múltiple del socioconstruccionismo. El movimiento feminista, así como lo ha hecho en otros ámbitos de conocimiento, ha introducido preocupaciones y cuestionamientos que han ampliado y autorizado nuevos focos de atenci ón y una preocupación reiterada por las relaciones de poder, intensificando la sensibilidad crítica que atraviesa esta corriente. La dimensión política ha sido contemplada, tanto en lo que se refiere a los efectos que las propias prácticas de conocimiento tienen, como en relación c on el estudio de la discriminación, desigu aldad, o las relaciones interpersonales y subjetivas en el contexto social. Creemos, por último, que el cuestionamiento de la propia disciplina y la po- sición de legitimidad que el socioconstruccionismo ha conseguido, han permiti- do el desplazamiento de presupuestos inmovilistas ampliando el campo teórico y de análisis y generando nuevas formas empíricas de abordarlo. Una mayor libertad para el pensamiento, sin lugar a dudas. b) Tensiones y límites: ¿postconstruccionismo? Últimamente, variadas voces señalan una cierta inflexión en el sociocons- truccionismo, cuya causa, a su vez, puede estar vinculada a la propia heteroge- neidad de planteamientos teóricos que confluyen en él, cada vez más divergen- 49 (K. J. Gergen, 1982) 50 (K. J. Gergen, 1985) Parte I. Una tensa oscuridad 25 tes, así como a la consta tación de cierto s elementos privilegiados en detrimento de la consideración de otros o, in cluso, de las implicaciones políticas cuestionables de algunos de sus desarrollos. Muestra de tales elaboraciones críticas o reflexivas en nuestro país es el último número monográfico de l a revista Política y Sociedad , titulado significativamente, « A partir del construccio nismo social ». 51 Podría decirse que ciertas promesas iniciales inherentes al momento insti tu- yente del campo vuelven con fuerza de forma crítica con lo s planteamientos que no han dado cuenta de ellas. Como en la crisis de los años 70, en la q ue se destacó, entre otras, la carencia de po tencial emancipador de una disciplina que así se pretendía, en la consideración cr ítica de los límites del socioconstruccio- nismo se agita la sospecha de que al gunos de sus desarrollos siguen reprodu- ciendo aquello que inicialmente el ímpetu crítico de la orientación pretend ía combatir. Las tendencias predominantemente lingüísticas del socioconstruccionismo han revelado sus límites, y con ellas se han establecido líneas de tensión desde posturas feministas (o postfeministas) —no sólo, pero son las que más nos interesan— que insisten en las sedi me ntaciones semiótico-materiales de los efectos de poder que se r eiteran en prácticas no lingüísticas ni racionales, y que atraviesan una triple dimensión imaginaria, inconsciente e intersubjetiva. 52 Su análisis se revela pertinente, en ínti ma intrincación con lo discursivo, para explorar las sujeciones y los límites de la agencia así como su reverso, o el otro polo de tensión, la posibilidad del ejercicio de prácticas de libertad. Destacamos por tanto dos tendencias críticas a algunos postulados del corpus socioconstruccionista: el olvido de la materialidad, de la corporalidad , sobre todo, y la deficiente atención prestada a los efectos que los dispositivos de poder inducen terca e insistentem ente, limitando las posibilidades de «construcciones» de la realidad, haciendo más persistentes unas y no otras. A su vez, estas dos cuestiones están, a nuestro parecer, estrechamente relacionadas y así lo abordaremos en este trabajo. La obra de Michel Foucault ofrece extraordinarias reflexiones acerca del cuerpo atravesado por un poder multiforme y relacional . Es más, permite también introducir otro de los elementos considerados en ocasiones antitéticos a la materialidad: el discurso . Tal como iremos explorando con y a partir de los textos foucaultianos, los discursos, las prácticas discursivas, entr e otras prácticas sociales , nos dotan de inteligibilidad. Un discurso que nos habilit a, diría Judith Butler, a la vez que, simultáneamente, tal inteligibilidad y se ntido se compone y se juega en las 51 ("A partir del construccionismo social") 52 (Pujal i Llomba rt, 2005) 26 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad reglas prácticas que actúan a los significados, tal como Wittgenstein suponía. Pero la adquisición del lenguaje también inaugura una dimensión opaca a la conciencia en el espacio de la subjetividad, un espacio cuyos procesos no racionales, vibrando en un cuerpo que habla y por tanto significa , permitirán experiencias y elaboraciones singulares de sentidos. Sujetados por el lenguaje, ese elemento que nos habilita y nombra en función de reglas invisibles pero reales que se producen en su propio actu ar social, ese elemento que nos atrapa en las mallas del poder se desplaza y sigue trayectorias imprevisibles cuyos efectos, corporales, afectivos, racionales, permitirán re-significaciones en un proceso posible de ejercicio de la agencia. Las críticas planteadas al socioconstruccionismo y el estatus privilegiado otorgado en sus planteamientos, al me nos en algunos, a lo discursivo y narrativo, señalan, más concretamente, la desconexión que esto implica en relación con lo fenomenológico y lo experiencial; 53 recordando la fenomeno- logía de Merleau-Ponty, que afirmaba que experimentamos el mundo a través de nuestro cuerpo, no de nuestro lenguaje, algunos autores señalan la naturaleza extradiscursiva de la expresividad del cuerpo y encuentran en el fenomenólogo francés una orientación sugerente para afrontar tal desafío. 54 No obstante, acordando en la consideración de discurso y cuerpo como nociones heterogéneas y en la necesidad de complejizar y problematizar las líneas discursivistas –de filiación casi metafísi ca en ocasiones como señala Virno–, 55 nos parece muy relevante establ ecer la relación, pr ecisamente, entre discurso y cuerpo y subrayar los efectos que la inserción en el orden lingüístico tienen en el organismo humano, así como la heterogeneidad de la corporalidad en relación con lo lingüístico, pero, sin em bargo, inextricablemente vinculados. Pero, por otro lado, las posibles vers iones «neofenomenológicas» plantean o se encuentran con los n udos candentes que desbrozaron en su obra Michel Foucault, por un lado, y Paul Ricoeur, en una línea muy diferente, por otro: el carácter histórico del sujeto , consideración que destituye la propiedad funda- cional de éste en relación con la realid ad (e histórico para Foucault significa que está vinculado a dispositivos variables de poder ), pero carácter histórico también de aquello a lo que se puede re ferir como lo experiencial del sujeto, que excede lo meramente discursivo. Y, por otro lado, la imposibilidad de dar cuenta de tales dimensiones si no es mediante la pal abra, lo cual desplaza así lo 53 (Crossley, 2003) 54 (Burr, 1999) 55 (Virno, 1995). Subraya en este prodigioso libro el carácter finito radical de l a palabra humana restituyendo relevancia y autonomía a todo aquello que perman ece opaco a la enunciación. Es tablece paralelis mo entre la s derivas discursivistas con la prueba ontológica de la ex istencia de Dios señala ndo el carácte r metafísico de algunas versiones linguistícas filosóficas. Parte I. Una tensa oscuridad 27 fenomenológico a lo hermenéutico , 56 a pes ar de que consideremos que la palabra no agota ni los seres ni la existencia, y que, a pesar de que los configure, no los crea de la nada. La psicología social socioconsruccionista «desconfía de explicaciones que plantean procesos cognitivos o generativo s corporeizados, y es por ello am bi- valente hacia la consideración de la subjetividad». 57 Y esta ambivalencia, que provendría de su ímpetu desencializad or, parece acercarse paradójicamente hacia aquello que precisamente marca la vi gencia de las dualidades cartesianas en la psicología cognitivista: la distin ción entre los procesos mentales por un lado y el cuerpo, olvidado, por otro; es ta cierta proximidad podría explorarse con relación a la preeminencia otorgada a un discurso que no considera las se- dimentaciones semiótico-materiales, en el privilegio otorgado a una dimensión no entroncada problemáticamente con el or ganismo, con el cuerpo, en esa ten- dencia hacia el reduccionismo discursivo , como señala Burkitt, que establece un salto no explorado entre lo discursivo y la materialidad. 58 Habría, dentro de la heterogénea galaxia construccionista, un «desequilibrio» en sus focos de aten- ción que le ha hecho «olvidar la importancia de las condiciones materiales de la existencia». 59 Esa no consideración de lo material quizá impide simultáneamen- te la posibilidad de explorar los efectos materiales del poder , asunto de espe- cial relevancia en lo que atañe a la con s ideración de la generización de los suje- tos, de la construcción de sujetos sex uados, con los efectos de desigualdad que el sistema sexo/ género implica. En este sentido, la consideración del cuerpo se revela necesaria, como una ampliación o complejización de la noción discursiva del sujeto. Porque la no consideración de lo corporal desde al gunos planteamientos socioconstruccio- nistas quizá sea la herencia no reconoci da y trasfigurada que tales plantea mien- tos siguen sosteniendo en relación c on el sujeto trascendental del proyecto racional moderno. Un sujeto ya no aislado como el hongo hobbesiano al que aludía Celia Amorós, sino lo contrario, un su jeto como epifenómeno de lo social– discursivo, pero cuyo cuerpo sigue b orrado y eludido: precisamente, aquello que ha caracterizado el androcentrismo del pensamiento moderno cu yos avatares han ido situando lo corporal, sensible, emocional como ese «otro» del sujeto arquetípico y que ha caracterizado la configuración de lo femenino. Quizá pudiera vislumbrarse en ello una peripecia retórica que, a pesar de subvertir determinados postulados, enmascara un androcentrismo de nuevo 56 (Ricoeur, 2000) 57 (Cromby, 2004) 58 (Burkitt, 1999) p. 5 59 (Ibáñez, 2003b) p. 160 28 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad cuño. No sería extraño puesto que, como Mary Gergen advierte, el cuerpo no suele aparecer en las narrativas vitales masculinas. 60 No es casualidad que dentro de los parámetros posmodernos hayan sido las autoras feministas postestructuralistas las que más y más hondamente hayan problematizado la noción de sujeto. Porque problematizar no es sinónimo de evacuar o borrar, sino un ejercicio de re significación que atiende a la dimensión corporal y sexuada. Tampoco es extra ño que desde otras versiones feministas diferentes se haya desarrollado un pensam iento fértil y múltiple acerca de los límites del lenguaje falocéntrico, fundam entalmente desde el pensamiento de la diferencia sexual y de variaciones psicoanalíticas en obras complejas e intensas como las de Luce Irigaray, Helène Cixous o Julia Kristeva. Quizá este olvido del cuerpo se enra iza en el carácter androcéntrico de la episteme moderna, que constituyendo a lo femenin o como lo otro , proyectaba en él los elementos situados, sensibles, en carnados, permitiendo así el despegue trascendental de una figura del sujeto ab stracta y racional, sin cuerpo, aunque paradójicamente atrapad a en éste. Tal como Descartes aseveraba «podría existir sin mi cuerpo», así parece que se ha filtrado tal presupuesto en algu nas versiones y configuraciones del espa- cio subjetivo, aunque sea, precisamente, para hacerlo desaparecer en formu- laciones discursivas que se pliegan sobre sí mismas —no para constituir el pliegue sujeto como plantea Deleuze y Foucault, en un pliegue de lo social—, sino para postular su desaparición desd e una posición encarnada que ignora sus efectos. Tal ruptura aparente puede vi ncul arse herética y burdamente con cons- trucciones filosóficas y psicológicas que, como una constante atravesando dis- cursos y expresándose en prácticas, cuando han considerado la diferencia sexual, han proyectado lo masculino en lo abstracto. Ya estaba la configuración femenina para recoger los elementos particulares, sensibles y encarnados. La persistente resistencia hacia la consideración del cuerpo es una debilidad de algunas versiones construccionistas. Pero postular una atención necesar ia a tales dimensiones materiales no supone vo lver a establecer un objeto «dado» que albergaría lo psíquico. Es algo mucho más complejo: un p roceso multidi- mensional en el que las prácticas discursivas y no discursivas, intersubjetivas y singulares se sedimentan en un cuerpo cuyo dol or y placer ya no será nu nca ajeno a todo ello. No se trata de una esencia ni d e una naturaleza innata s us- tantivizada, se trata de un organismo de naturaleza heterogénea al lenguaje que se sitúa y configura en el tiempo como encrucijada irreducible de sensaciones, sentidos, pasiones y relatos. Siempre co mo superficie de inscripción habilita- dora de los significados sociales y de las propias p osibilidades singulares. Como señala Silvia Tubert: 60 (M. Gergen, 2000) Parte I. Una tensa oscuridad 29 Considerar al cuerpo como natur al representa un obstáculo episte mo- lógico, un sustancialismo que otorga u n privilegio ontológico a la cons- trucción bioló gica del cuerpo. Pero no hay nad a natural que pueda ser captado como tal por el ser humano, pr isionero de las ca denas significan- tes del lenguaje y del orde n simbólico en general; para él, lo natural y lo significante son indiscernibles. 61 1.3. Psicología y teoría(s) feminista El supuesto de que existe un sujeto femenino da do, en concordancia con el sexo anatómi co, no es más que una il usión S ILVIA T UBERT , ¿Psicoanálisis y género? 62 1.3.1. La cuestión de las diferencias sexuales y la psicología de la mujer Cerramos este apartado de contextua lización epistemológica y disciplinar, que no disciplinaria, volviendo de forma recurrente a la consideración de los conocimientos feministas, pues es un lugar de partida explícito de este trabajo. Se puede señalar una tensión creciente que en la disciplina psicológica se ha ido produciendo en la medida en que las cuestiones que atienden a la s diferencias entre sexos y a los sesgos andr océntricos de la psicología ortodoxa se han incorporado a la agenda de la disciplina. Esta tensión emergerá de manera explícita durante los años 80 y 90 en intensos debates en relación con la pertinencia o no de analizar ese constructo denominado di ferencias sexual es . Muestra de ello fue el número especial que la revista Feminism & Psychology dedicó al tema. 63 En general, el registro de las diferencias sexuales en psicología ha sido un hábito extendido cuando se han intentado explorar los procesos o los fenómenos relacionados con las mujeres, al tiempo que ha solido eludirse el intento de comprender o analizar los pr ocesos que generaban tales diferencias. La variable sexo planteada como variable independiente generaba y puede generar, por lo tanto, un efecto de naturalización de las diferencias. Esta tensión evidencia las discrepancias políticas y epistemológicas de las líneas implicadas en el estudio de las condiciones sociales y de las características psicológicas de hombres y de mujeres a partir de los años 60, en 61 (Tubert, 2003) p. 369 62 (Tubert, 2003) p. 378 63 (Kitzinger, 199 4). Con la parti cipación, entr e otras d e Rachel T. Ha re-Musti n, Jeanne Marecek, Wendy Hollway y la misma Celia Kitzinger. 30 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad confluencia con la revitalización del movimiento feminista. Aunque ya anteriormente algunas mujeres habían desafiado los postulados androcéntricos de las teorizaciones y de las investigaciones psicológicas desde la propia disciplina, fue en esta década cuando se intensificó y proliferó la actividad feminista de muchas psicólogas. A partir del ya clásico artículo de Naomi Wesstein 64 en el que plantea que algunos de los hallazgos científicos en relación con «la mujer» no son tales sino sorprendentes y trasparentes reflejos de los prejuicios sociales, se desarrolla todo un corpus de investigación que subraya el carácter no innato de las diferencias sexuales. Éstas, cuando se dan, son fruto de la socialización 65 . Esta línea que minimiza o relativiza tales di ferencias se ve conf rontada después con la aparición de trabajos que pretenden al go aparentemente opuesto: ensalzar la experiencia y las voces de las mujeres. Especialmente relevantes serán aquí las obras de Carol Gilligan, Nancy Chodorow y las psicólogas del Wellesley College, entre otras. 66 Desde una perspectiva evolutiva y de orientación psicodinámica, centrada en las primeras relaciones afectivas de crianza, estas autoras establecen un desarrollo diferencial de mujeres y hombres con características particulares. Es esp ecialmente conocido e interesante el cuestionamiento que Gilligan planteó a la teoría del desarrollo cognitivo-moral de Kolhberg y que después será retomada por otras autoras feministas desde el ámbito de la ética como Sheyla Benhabib. 67 Plantea Gilligan en su obra una contraposición entre la ética de principios universalistas-abstractos y la ética del cuidado. Al formalismo postconvencional de los últimos estadios del dominio moral, opone un contextualismo postconvencional que indica que las diferencias entre hombres y mujeres en relación con los juicios morales no deben entenderse como un signo de deficiencia de las mujeres sino como la manifestación de otro desarrollo moral, en el que estarían incorporados el cuidado, la responsabilidad y las relaciones con l os otros. Una voz diferente y femenina. Esta perspectiva retomaba la cuestión de la diferencia resignificándola en términos positivos, oponiéndose a la histór ica caracterización de ella en tanto carencia o debilidad femenina y viendo en su especificidad elementos valorizados. Y situaban esta esp ecificidad en la trama relacional que caracterizaría al desarrollo de la psicología femenina. Estas dos tendencias, la que minimiza las diferencias sexuales y las que las maximalizan , fueron analizadas desde una posición socioconstruccionista por 64 (Weisstein, 197 1). Publicado o riginalmente como Kinder, Küche and Kirche as scientific law: Psychology constructs t he female . Boston: New Engl and Free Press . 65 (Bohan, 2002) 66 (Chodorow, 1978) (Gilligan , 1982) 67 (Benhabib, 1986) Parte I. Una tensa oscuridad 31 Rachel Hare-Mustin y Jeanne Marecek, en su obra Making a difference: Psycho logy and the construction of gender. 68 De manera muy resumida podemos decir que estas autoras exploran los efectos que tales pr ácticas de investigación, a las que denominan sesgo alfa (la acentuación de la di ferencia) y sesgo beta (la minimización de la diferencia), produ cen. Desde una posición construccionista es absurdo el intento por determinar qué elementos y en qué grado establecen diferencias entre hombres y mujeres, pues tal empeño se insertaría en la presuposición de esencias inmutables y positivamente cons tatables. Pero no lo sería atender a los efectos que tales p rácticas tienen en relación con la polí tica feminista. Según ellas, insistir en la diferencia construye tales elem entos como inmutales o sustanciales, pudiendo tener efectos negativos vinculados a la reproducción de la opresión y la desigualdad. Por otra parte, minimizar o subrayar la ausencia de diferencias resul ta en una práctica ciega a los efectos que las posiciones sociales de poder desi gual producen. De ahí que su apuesta, y la de muchas otras, sea eludir la cuestión candente de las diferencias establecidas y abordar los procesos relaci onales, insertos en contextos sociales e históricos en los que se construyen los sujetos. 69 No establecer procesos de comparación sino atender a las interacciones marcadas por el poder y a la construcción social del género. La pregunta sobre las diferencias sexuales que no incluya la consideración del poder «no es nuestra pregunta», como plantean Hurtig y Pichevin, 70 aunque sea la pregunta que nos hagan y se haga gran parte de la psicología académica. No lo es en tanto asuma como punto de partida la existencia de «rasgos» o «característic as» medibles y constatables en los individuos, en conjunción con una figura ción universal de «los hombres» y de «las mujeres». Esta tensión en el seno de la Psicolog ía corre pareja a las derivas que los conceptos de sexo y de género han sufrido. 1.3.2. Un viaje de ida y vuelta: el sexo que ya era género a) Invención de la categoría de género La distinción conceptual entre sexo y género, profusamente utilizada y desarrollada por el pensamiento feminist a, sobre todo el de ámbito anglosa- 68 (Hare-Mustin y Marecek, 1994) 69 (Hollway, 1991) (Wilkinson, 1997) 70 (Hurtig y Pichevin, 1995) 32 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad jón, 71 ha sido objeto de intensos debates y reflexiones críticas en los últim os años. Ahora que tal formulación terminol ógica ha traspasado la lindes del feminismo para extenderse por amplios territorios de la teoría social, con usos ciertamente variados, han sido versione s de la propia teoría feminista las que han puesto en cuestió n su pertinencia y sus beneficios epistemológicos. Ahondaremos a continuación en e llo, pero, siguiendo a Diane Fuss, 72 resaltaremos el carácter político de tales términos, y en tanto políticos, insertos en su evolución en un contexto teórico y social determinado, las valoraciones que emitamos pueden situar las tensi one s en una progresión histórica balizada por los desafíos concretos que en cada momento ha enfrentado el/los discursos feministas. Prec isamente porque lo que en un contexto suponía un potencial subversivo, en otro ha dejado de tenerlo. El término género se inauguró como c ontrapunto del de sexo en la década de los 60. Pero ya con anterioridad Money 73 había introducido la noción de rol de género para aludir al papel de la bi ografía y de l as conductas que los padres asignan al recién nacido. A partir de ello se desarrolla en la psicología todo un abanico de conceptos diferenciales y específicos de la continuidad sexo-género: identidad sexual, identidad de género, rol de género e incluso androginia, constructos complejos y reificadores, c on gran aceptación en la disciplina hoy en día. La literatura feminista politizó el con cepto de género y lo utilizó para com- batir el determinismo biológico y para re saltar la importancia decisiva de las prácticas sociales en la situación de in ferioridad de las mujeres, con una pro- ducción vastísima de la que aquí no podemos dar cuenta. El uso del concepto de género se entronca en la creación de utillaje teórico y metodológico utili- zado para dar cuenta, comprender e incluso denunciar la constitución de manera jerárquica de las relaciones en tre hombres y mujeres. Gayle Rubin fue una autora precursora en la utilización de los conceptos de sexo y género, y estableció la formulación «sistema sexo/gén ero» en un artículo ya clásico: « El tráfico en las mujeres: notas sobr e la economía política del sexo » . 74 En él introduce también la consideración de las prácti cas sexuales y complejiza el aná lisis otorgando una dimensión relevante a la heterosexualidad obligatoria analizándola conjuntamente con el proceso a través del cual la socieda d transforma los sexos en sexos «opuestos» mediante el sistema de género. No obstante, tal como señala Fraisse, la formulación «sexo y género» parece señalar, como si se tratara de una evid encia, el sexo biológico y el género social, 71 Fraisse ha señalado las difu cultades polisémicas de tal conc epto así como sus dificultades de traducción y de uso específi camente en el ámbito de le ngua francesa. (Fraisse, 2003) 72 (Fuss, 1989) 73 (Money, 1955) 74 (Rubin, 1975) Parte I. Una tensa oscuridad 33 y este esquema heurístico , la oposición entre lo biológico y lo social, permite interpretaciones múltiples y contradictor ias, pero presupone un marco episte- mológico que no debemos olvidar. El género, en el uso que de él se ha hecho desde el feminismo, nace con la estrategia de r educir el alcance del sexo 75 y proclamar que la biología no es el desti no. Pero esta dualidad biología/ sociali- zación configura una superficie epistem ológica que Nicholson ha denominado la «identidad del perchero» sustentada por un fundacionalismo biológico problemático que corre parejo a la impor tancia que la noción de socialización ha tenido en el pensamiento del siglo XX . 76 Los rasgos biológicos se constituyen como lo «dado» inmutable sobre lo que se superpone el ropaje cultural del «género». Tal fundamento supone un sexo verdadero, y solo uno, de los dos posibles como característica de los seres humanos. El cuerpo se considera causa invariable de las relaciones de género susceptibles de variar social e históricam ente. Este papel de lo sexual como un previo a las variaciones sociales, pero sujeto ya a una dualidad esencial se entronca en una tradición mucho más antigua en el pensamiento occidental que pasó de percibir en el cuerpo un se xo a percibir «dos sexos» diferentes en el siglo XVIII, tal como Laqueur ha analizado. Antes de aquella época el cuerpo femenino se consideraba una versión inferior del masculino —y ello es muy relevante también en el pensamiento griego clásico— 77 en un eje vertical de infinitas gradaciones. 78 Este esquema que naturaliza el sexo plantea problemas cuyo exponente más intolerable aparecería en la tecnología médica articulada en torno a la intersexualidad. Dado que las variaciones corporales y biológicas de los ras gos sexuales no se conforman a un modelo dual y mutuamente excluyente, sino que presentan una complejidad y heterogeneidad difícilmente simplificable (morfológica, anatómica, cromosómica, gonadal, etc.), en aquellos casos de difícil clasificación, esos casos qu e impugnan con su propia existencia las demarcaciones culturales de los sexos, serán objeto de intervención «social» para adecuar lo «dado» a lo socialmente aceptable. Es decir, la variabilidad se convierte en ambigüedad bajo la mirada médica y el sexo será objeto de modificación cultural. Nos encontramos aquí con la «maleabl e artificialidad del sexo natural y la sedimentada na turalización del género cultural». 79 Incluso la propia constatación de la multidimensionalidad de los procesos biológicos relacionados con los procesos de sexuación, aunque pueda surgir como 75 (Nicholson, 2003) p. 49 76 (Nicholson, 2003) p. 50 77 Para Aristóteles la diferencia sexual se reduce a una diferencia cuantita tiva. 78 (T. Laqueur, 1994b) 79 (García Dauder y Romero Bachiller, 2004) 40 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad presupuestos o los efectos de la propia ps icología feminista, explorando cómo un discurso de resistencia a la dominación actúa también como un discurso de poder. 98 Son muchas, pero no podemos dejar de citar, además de Erica Burman y Sue Wilkinson, a Margareth W etherell, Valerie Walkerdine, Celia Kitzinger, Wendy Hollway, destacando en n uestro país el trabajo de Concepción Fernández Villanueva, Teresa Cabruja, Margot Pujal i Llombart, Silvia García Dauder, Lucía Gómez, entre otras. Son las complejas relaciones de pod er–saber y sus tensiones las que nos atraviesan y nos constituyen. El saber no puede ser remitido a un sujeto que lo origina como inicio metafísico de un pens ar individual, pero sí a un proceso de constitución subjetiva que configura un es pacio social en el sujeto, singular en un cuerpo con historia, y que refracta rá todo ello de forma más o menos creativa, más o menos sometida, en su devenir singular. También, por supuesto, en las prácticas de conocimiento. 98 (Pujal i Llomba rt, 1998) Capítulo 2 Una reflexión sobre la epistemología y genealogía del sujeto Cuestionar un término como «suj eto» o «universalidad» supone preguntar cómo funciona, q ué implicaciones tiene, qué objetivos logra y qué alter aciones produce. La vid a cambiante de este término no limita la po sibilidad de s u uso. Y si un térmi no se vuelve cuestionable ¿significa esto que ya no pued e ser utilizado, y que sólo podemos usar términos que y a sabemos cómo dominar? ¿Por qué se cons idera que la p regunta sobre un términ o equi vale a p rohibi r su uso? J UDITH B UTLER , Lenguaje, poder e identidad , 199 7 99 Pensar el sujeto supone un ejercicio de vértigo. Porque pensar contra el sujeto, lugar común de algunas corrientes posmodernas, su pone dejar de pensar la complejidad del sujeto sexuad o y la complejidad de la operatividad del sistema de género. Pero pensar el sujeto desde posici ones postestructuralistas, además de herejí a escandalosa para algunos, implica el riesgo de pensar sin sustancias y sin es encias, lo cual oscurece las certezas conceptuales o las implicaciones no cuestionadas de muchos conceptos: supone pensar el cuerpo y el lenguaje, sin identificarlos de manera reduccionista, asumiendo su heterogeneidad escurridiza y siempre fluctuante. Tanto el feminismo, cuya reciente literatura ha experimentado u na ebullición considerable en torno al tema, como la obra de Foucault ofrecen preciosas herramientas y estrategias teóricas para abordar tal trayecto envuelto en penumbra. La teoría feminista, mejor en plural dada su diversidad, sus tensiones y su dimensión, ha establecido confluencias cuyo roce ha resulta do en revisiones y replanteamientos vibran tes de elementos teóricos heterogéneos, como los elaborados por Judith Butler sobre los actos de habla de Austin o la iterabilidad derrideana, o incluso las lecturas feministas, asimismo variadísimas, de textos psicoanalíticos. Las nociones de deseo, imaginario, identificaciones, en conjunción con teorías semióticas, constituyen ejes y fructíferas ramificaciones en las obras de autoras como Teresa De Lauretis, Elisabeth Grosz, Rosi Braidotti, Moira Gatens, o la misma Judith Butler. Dejam os al margen, no por carencia de interés, sino porque excedería el marco de nuestro trabajo, el psicoanálisis y la teoría feminista francesa, sobre todo las obras de Helène Cixous, Luce Irigaray o Julia Kristeva, cuyas obras intensas Butler ha 99 (J. Butler, 1997b)p. 260 42 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad calificado de «esencialismo estratégico», 100 pero cuya complejidad nos resulta especialmente sugerente. Si el feminismo postmoderno ha problematizado y afilado sus análisis en torno a la noción de sujeto, este tópi co constituye asimismo una de las constantes de la obra de Michel Fouc ault, e incluso una de las nociones más discutidas e interpretadas de su obra, pu esto que muchas autoras y autores lo destacan como una incongru encia insoslayable en sus planteamientos teóricos. Sin embargo, la lectura feminista de es te autor, si en un primer momento se interesó sobre todo en él en relación con la analítica del poder y la historia d e la sexualidad en ella especificada (sobre todo en la voluntad de saber ), en una segunda fase se ha centrado en la vinculación entre los procesos de subjetivación y las prácticas de sí o de autoproducción expuestas en sus últimas obras. Muestra de ello es la reciente publicación de Feminism and the Final Foucault . 101 El sujeto moderno 102 ha dejado una ausencia, un gran vacío: ése que testimonia su desaparición. «La mayoría de las corrientes filosóficas se las arreglan sin sujeto. El paradigma según se dice, se encuentra agotado.» 103 Pero como Nietzche cuando certifica la muerte de Dios, la muerte del «hombre» que postula Foucault al final de L as palabras y las cosas , postulado enfáticamente puesto en r elieve por diferentes versiones posmodernas, se sitúa en una doble temporalidad. Por un lado, es algo que ha ocurrido; por otro, no ha llegado todavía aún a nosotros. Porque la muerte del sujeto nos desafía en la posibilidad de explorar ese vacío, en la n ecesidad de escribir y en el ineludible riesgo de seguir pensando. 104 Esta muerte no es un episodio concreto y fechable, es más bien un proceso que enraiza en el propio pensamiento de la Modernidad, en discursos que implicaban seminalmente la comple jización y problematización de una categoría que con el estructuralismo y el postestructuralismo sería diluída o frontalmente socavada. Las configurac iones sucesivas o enlazadas de la subjetividad en la historia del pensamie nto dibujan un paisaje complicado en el cual unas elaboraciones tendrán mayor incidencia que otras, pero que en modo alguno han sido ni homogéneas ni unívocas. Asimismo, los procesos de descentramiento o destitución subjetiva se han dado de forma recurrente, desde postulados confrontados y en es trecha imbricación con sus posibilidades 100 (J. Butler, 2004b) p. 336 101 (Taylor y Vintges, 2004) 102 Como señala Nebreda «esta deno minación es en cierto modo redun dante puesto que el sujeto, ese que est á hoy en crisis, se constituye como tal en la modernidad ». (Nebre da, 2003), pág. 19. 103 (Bürger y Bürger, 2001) 104 (Rodríguez Ma gda y Vidal, 1998). Parte I. Una tensa oscuridad 43 de emergencia, es decir, con aquellas teor izaciones contra las que se deslizaban. El propio Foucault situa en el siglo XIX el escenario de una tensa batalla contra el descentramiento del sujeto que ya habría empezado a darse: Este tema ha desempe ñado un papel c onstante desde el siglo XIX : salvar, contra todos lo s descentramientos, la so beranía del sujeto […] contra el descentramietno operado por Marx […] el descentramie nto operado por la gene alogía nietzschea na […] en fin, más recienteme nte cuando las investigaci ones del psicoa nálisis, de la lingüística, de la etnología, han descentrado el sujeto en relación con las leyes de su deseo, las formas de su lenguaje, las reglas de su acción, o los juegos de sus discursos míticos o fabulosos, cu ando quedó claro que el propio hombre, int errogado sobr e lo que él mismo era, no podía dar cue nta de su sexualidad ni de su inconsciente, de las for mas sistemáticas de su lengua o de la regularidad de sus ficcione s, se reactivó ot ra vez el tema de la continuidad de la historia. 105 El concepto de dialogismo , referido a las voces heterogéneas, irreductibles que aparecen en la polifonía de los desarrollos teóricos, así como el de intertextualidad , como citas recurrentes y ge nealógicamente ancladas nos permiten pensar una contextualización hi stórica de la desaparición del sujeto, pero, también, la problematización de ésta como la que ha desarrollado intensamente parte del pensamiento femi nista, vinculada tanto a análisis epistemológicos como políticos , es decir, referida a los efectos de poder que cualquier discurso, también los que abog an por un olvido radical del sujeto, ejercen. Para dotarnos de herramientas de explor ación del espacio de la subjetividad, más allá de las síntesis históricas, cons ideramos interesante deslizarnos por las implicaciones y matices que determinadas configuraciones de lo subjetivo han planteado, con la sospecha de que, en determinadas versiones antisujeto, se reproducen como movimientos así mismo inaugurales. Aquello que late en las conceptualizaciones del s ujeto moderno, o por lo menos en algunas de ell as, puede seguir latiendo, describiendo movimientos retóricos, en las mismas versiones que lo socavan. Uno es, por ejemplo, nietzschano aunque sea antinietzschiano, como decía Foucaul t, hay algo de lo rechazado que permane- ce en las posturas sostenidas. Algo así podría suceder con versiones que arremeten contra el sujeto olvidando el cuerpo, en sintonía con la tradición moderna que ha establecido una ruptu ra metafísica entre cuerpo y alma, cuerpo y psique, despreciando el primero y situando en él aquellos aspectos que diferentes versiones del humanismo han considerado «negativos» o despreciables; quizá también se siga manteniendo semejante ejercicio en 105 (Foucault, 1969b) p. 22 44 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad formas de construir el no-sujeto, de manera implícita y fuertemente deudora de aquello que aparentemente se combate. Nuestro interés no es tanto una arqueología exhaustiva de corrientes o escuelas filosóficas sino el bosquejo de aquellos elementos que implícitamente concurren en versiones postmoderna s, con la exclusiva intención de extender la comprensión de los efectos de poder en la conceptualización del sujeto y la subjetividad , en este caso desde una posición política feminista. La dualidad sexual ha mantenido un extraño estatus en el discurso de la modernidad. Por un lado, conceptualizadas también como s eres humanos, las mujeres deberían haberse «beneficiado» de las cualidades y derechos que el Sujeto adquiere en la Ilustración. Pero, como polo magnético vinculado a lo biológico y lo irracional, parecen habe rse constituido en los dispositivos modernos como ese otro sexo, particular y contrapunto diferencial del universal humano y racional. Además, como señaló Laqueur, durante el siglo XVIII se establece, dentro de la economía de la verdad de los regímenes de saber/poder, la distinción de dos sexos opuestos y verdaderos. 106 Durante el XIX , los discursos psiquiátricos y psicológicos, (también lo harán durante el XX ) construyen una ontología en la que dos sexos se contraponen, estando uno de ellos marcado por la carencia, la deficiencia, la particularidad compartida homogéneamente, e incluso por lo patológico, como elemento de la feminidad. Exploraremos en este capítulo dedica do a las figuraciones históricas del sujeto aquello que la teoría feminista ha señalado profusamente: cómo las relaciones de género se reiteran y conforman en p rácticas sociales discursivas. El pensamiento occidental de los últi mos siglos está profundamente marcado por la cuestión del género y aquellos disc ursos, sobre todo los enmarcados en las ciencias humanas y la filosofía, pr etendidamente neutros y trasparentes, más que representar una realidad «externa » la han configurado desde presupuestos sexuados en compleja y circular relación con otros ámbitos prácticos sociales. Por ejemplo, soportando una posición discursiva muy ambivalente, las biografías de mujeres «ilustres» han sido concernidas por tales configuraciones discursivas en sus procesos vitales enc ontrando infinidad de límites de todas clases. Así lo muestra Christa Bürger en su exploración de las narrativas que algunas de ellas legaron y en las correspondencia que mantuvieron con los «grandes hombres» de sus épocas. En su escritura emerge rei teradamente un lugar de auto-referencia que es el lugar del no-saber, del no-ser, o bien una profusa exploración de las dimensiones afectivas y relacionales. 107 También podríamos caracterizar el otro polo de las figuraciones de la subjetivi dad 106 (T. Laqueur, 1994b) 107 (Bürger y Bürger, 2001) especialmente pp. 33 0-340. Parte I. Una tensa oscuridad 45 femenina, sobre todo a partir del siglo XIX, como una sobredeterminación en sus vivencias singulares debido a que di scursos y prácticas avanzaban en las definiciones normativas de la feminidad con un rígido y exhaustivo repertorio de roles o consideraciones patológicas. En concreto, la elaboración teórica occidental de la subjetividad ha construido un sujeto universal y abstracto que como una poderosa ficción ha ejercido su influencia y ha marcado las reflexiones filosóficas; pero tras la aparente neutralidad de tal noción se escondía casi siempre la marca de género. Y cuando éste ha sido considerad o, cuando se ha intentado abordar la constitución del sujeto sexuado, ha sido en primer lugar y en general mediante una reflexión acerca de las mujeres. Como Foucault plantea , son efectos y contraefectos de poder: si los dispositivos de poder han normalizado de forma específica el cuerpo de las mujeres, éste ha sido posteriormente reivindicado como un estandarte por los movimientos feministas. Porque no se pu ede responder sino a lo que existe, y porque la lucha contra las dominaciones siempre establece una filiación genealógica (aunque sea de contraposición) con los discursos y las practicas que comba te. Cierto es que a veces lo que se combate está presupuesto en la posición mantenida. En la introducción a La arqueología del saber , y hablando de sus libros anteriores, Foucault dice: «sin las dificultades suscitadas, sin las objeciones, no habría visto, sin duda, dibujarse de ma nera tan precisa la empresa en la que, quiéranlo o no, me encuentro en adelante compro metido». 108 Esa empresa consiste en desatar las sujeciones antropológicas que todavía renquean en los desarrollos teóricos loca lizados en la historia del pensamiento y de las ideas. Su empresa, una empres a sin duda situada bajo el propósito de socavar «la función otorgada a la actividad sintética del sujeto», la filosofía de la conciencia, se inscribe en «ese campo en el que se manifiestan, se cruzan, se entrelazan y se especifican las cuestio nes sobre el ser humano, la conciencia, el origen y el sujeto». Esa empresa es la de la arqueología del saber , cuyo desarrollo se abrirá posteriormente a la reflexión acerca del poder. Rechazar el recurso filosófi co a un sujeto constituyen te no conduce a hacer como si el sujeto no existi era y a hacer abstracción de él en beneficio de una objetivida d pura; di cho rechazo tiene com o mira hacer aparecer los procesos pe culiares de una experiencia en la que el sujeto y el objeto «se forman y se tra nsforman» uno por rel ación y en función del otro. 109 108 (Foucault, 1969b) p. 27. 109 (Foucault, 1984b) p. 634. 46 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad Socavar el sujeto trascendental no es sinónimo de olvidar el sujeto. Esto último puede ser una opción teórica, obviamente, pero no es la nuestra. Y no lo es porque precisamente el análisis de las relaciones de poder , focalizando en aquellas que construyen y colocan en posiciones diferentes a mujeres y hombres, así como regulan las relaciones complejas y ambivalentes, es lo que nos ha llevado a explorar el espacio subjetivo. Espacio de sujeción y agencia, espacio localizado en un cuerpo que es él mismo y no otra cosa aquello que denominamos sujeto, aquello que es el sujeto porque somos cuerpos que sufren y sienten placer y son capaces de generar y comprender lenguajes. Abordar el estudio de la subjetividad fue, por lo tanto en nuestro caso, una opción vinculada a la exploración de la operatividad de las relaciones de poder. Toda síntesis es una operación discursiva que fuerza y borra diferencias. La coherencia en lo relatado no es en oc asiones sino una proyección retrospectiva que tranquilice y sostenga nuestra mirada. «La coherencia es el resultado de la investigación», decía Foucault, «se está obligado a suponerla para constituirla […] aparece como un optimum : el mayor número de contradicciones resueltas por los medios más sencillos». 110 No obstante, consideramos necesario articular un mapa provisional, quizá paradójico, de la emergencia del sujeto moderno, aunque solo sea porque constituye éste el bastión contra el que ha arremetido la corriente postestructuralista y porque en tal emergencia y desarrollo s e esbozan los ardides sexistas y androcéntr icos que ha señalado el pensamiento feminista. Es importante explorar la ge nealogía de lo que se rechaza —aunque el propio ejercicio genealógico ya sea una socavación, puesto que sitúa en el terreno histórico y contingente aquello que se consideraba verdadero y trascendente—, para analizar las implicaciones y efectos políticos de tal rechazo y de las nuevas propuestas que vi ene a ocupar su sitio. O a desplazarlo. En intrincado diálogo entre tradiciones, resaltaremos aspectos relevantes para nuestro trabajo y simplificarem os necesariamente las reflexiones entretejidas de diferentes corrientes recordando en todo momento, no obstante, la violencia ejercida por esta operación de análisis sobre la heterogeneidad y dispersión del pensamiento. En su obra acerca de la desaparición del sujeto , 111 Bürger recoge la dispersión recurrente y compleja de obras de diferentes autores y auto ras cuya lectura, como puntualización específica, tiene el efecto de desdibujar paisajes falsamente homogéneos y hacer visibl e ese límite que las formaciones discursivas tienen como condición de existencia. La dispersión da medida de la historicidad de las figuraciones y nos sitúa en un escenario en el que los 110 (Foucault, 1969b) p. 196. 111 (Bürger y Bürger, 2001). Parte I. Una tensa oscuridad 47 significados se desplazan y son susceptib les de resignificación e, incluso, como señala Butler, de reutilización estratégica: Y, además, parece que la reutilización de ese térmi no en un contexto post-soberan o, cuestiona el sentido de contexto firme que el término posee. Derrida denomina a esta posibilidad «reinscripción». Los térmi- nos clave de la modernidad son ta mbién vulnerables a estas reins- cripciones […]. Mi posi ción, dicha brevemente, e s ésta: es preci- samente en la capacidad que tienen estos términos de adquirir sentidos poco comunes donde reside su inagotable esperanza política . 112 2.1. El sujeto moderno y sus momentos de emergencia Los términos no son una pro piedad; a sumen una vida y un propósito para lo s cuales nunca había n estado dest inados J UDITH B UTLER , Lenguaje, poder e identidad, 1997 113 2.1.1. Momentos inaugurales: Descartes […] en cuanto que yo soy sólo u na cosa que pien sa —y no extensa—, y, por otra p arte, tengo una idea di stinta del cuerpo –en cuanto que él e s sólo una cosa extensa —y no pensante—, es cierto entonce s que ese yo (es decir, mi alm a, por la cual soy lo que soy) e s, enterament e distinto de mi cuerpo y que puede existir sin él. D ESCARTES , Meditaciones metafísicas 114 Así que, mi bien, pienso lueg o existo ; pienso con ternura, luego la amo Carta de M ADAME DE S EVIGN É a su hija, 1680 Tiene a su «favor» Descartes ser el pr imer blanco de los reproches de quienes han llevado a cabo la deconstrucción de la noción de sujeto moderno. Debe soportar su nombre el reiterado señalamiento acusatorio: ahí empezó todo . Aunque, como Foucault declara, «no se trata en absoluto de situar ese momento en una fecha y localizarlo o indi vidualizarlo en torno de una persona 112 (J. Butler, 1997b) p. 236. 113 (J. Butler, 1997b) p. 258. 114 (Descartes, 1642) me di tación sexta, p.66. 48 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad y una sola»; no obstante, el momento es Descartes. 115 La referencia es inevitable y su cogito ha devenido la clave inaugural de lo que ha dado en denominarse sujeto moderno. Sabemos que hablar de orígenes supone la invención de determinado paisaje histórico que actuar ía como supuesto suelo productor de fenómenos o conceptos específicos. Hablar de principios, y la genealogía nietzscheana así como su reelaboración foucaultiana nos han mostrado la problemática complejidad de ello, tien de a establecer un desarrollo lineal y progresivo, aparentemente neces ario, hasta las cuestiones analizadas. Pero, generalmente, las palabras y las cosas aparecen en un campo d e enunciación y visibilidad en relación con condiciones de emergencia variadas, complejas, prácticas y anudadas también al azar, no exclusivamente a la necesidad impuesta por el progreso del campo de las ideas. En tal complejidad, también puede leerse la reflexión de Descartes como un momento incipiente de la muerte de Dios. 116 Aunque necesitara de éste en el momento último de su despliegue argumental, puede considerarse a la vez como la emancipación humana de aquel Dios que revelaba la verdad. El nacimiento del sujeto es a su vez un paso en la destituc ión de Dios, en el alejam iento del teocentrismo que había dominado la Edad Media. No obstante, la obra de Descartes supone un «momento» «con un montón de comillas» 117 decisivo en los desarrollos filosóficos de Occidente. Foucault vincula tal influencia al proceder cartesiano que consistió en situar m uy explícitamente el punto de partida del rumbo filosófico en la evidencia . 118 El pensamiento se vincula pues a la autoconciencia sin ninguna dud a posible . No se trata de un autoconocimiento procesual, como podía indicar aquella inquietud de sí de la cultura griega cuyos avatares analiza Foucault en la Historia de la sexualidad , sino de un autoconocimiento como evidencia , como una forma de conciencia de sólido fundamento en la existencia como sujeto pensante. El acceso a la verdad se enlaza al conocim iento, de manera que aquellas prácticas de espiritualidad (las transformaciones necesarias en el ser mismo del sujeto) que en la Antigüedad estaban entrelaz adas a las posibilidades de «acceso a la verdad» se desvinculan totalmente de ésta: «Entramos en la edad moderna el día en que se admitió que lo que da acceso a la verdad, las condiciones según las cuales el sujeto puede tener acceso a ella, es el conocimiento y sólo el conocimiento». 119 El individuo en general es capaz, tal como es y sin la necesidad de ningún proceso de transf ormación, de alcanzar la verdad. 115 Como otros muchos, Foucault así lo designa en su curso sob re la herm enéutica del sujeto. Véase la clase del 6 de en ero de 1982, primera y segunda hora (Foucaul t et al. , 2001). 116 (Nebreda, 2003) p. 16. 117 (Foucault et al., 2001) clase del 6 de enero de 1982: primera y segunda hora. 118 (Foucault et al., 2001) clase del 6 de enero de 1982: primera y segunda hora. 119 (Foucault et al., 2001) clase del 6 de enero de 1982: primera y segunda hora. Parte I. Una tensa oscuridad 49 Pero a pesar de ello, según las reflex iones cartesianas, tamp oco cualquier individuo puede hacerlo sin condiciones. Estas serán de orden intrínseco: las reglas internas del acto de pensar y sus condiciones formales; y de orden extrínseco, tales como tener formación adecuada o inscribirse en un espacio académico adecuado. El conocimient o o la verdad ya no «salvará» o transformará al sujeto, efecto que en la antigüedad se perseguía y en función del cual se llevaban a cabo prácticas determinadas; constituirá, por el contrario, una acumulación lineal y progresiva. In definida. Un conocimiento asegurado por la conciencia pensante del sujeto, pero que a su vez excluye como incapaces a aquellos cuya alma esté empañada por la realidad corporal, o a quienes por su posición no pueden garantizar la prosecución de las reglas epistemológicas de un pensar adecuado. Delicada paradoja: la formulación que configuraba al sujeto siempre como dotado de aquello que le permitía pensar de la manera adecuada para alcan zar la verdad, pulveriza en la práctica las posibilidades concretas de aquellas cuya condición de pensantes no es evidente (por efecto de complejas interacciones con otras prácticas discurs ivas) y con aquellos que no pueden garantizar el proced imiento adecuado. Este es el inicio según Foucault de la filosofía moderna y de la relación particular que en ella se establece en tre conocimiento y verdad. «El sujeto es capaz de verdad pero ésta, tal como es, no es ca paz de salvarlo». 120 Pero, tal como él avanzaba, existen condiciones pa ra ese sujeto abstracto y general que generarán, a su vez, otros sujetos concretos n o capa ces de verdad. Por otro lado, a lo largo de los siglos, vendrán otras elaboraciones filosóficas a defender la posibilidad de «salvación» que el conoc imiento implica: porque un saber científico permitiría revoluciones o porque se podrían impugnar tanto la retórica de la verdad como sus efectos. No obstante, este «momento cartesiano» tiene otras lecturas. Según Paul Ricoeur, en la obra de Descartes aparece por primera vez un desplazamiento subjetivo de reflexión que inaugura no sólo una categoría de sujeto determinada, sino un ejercicio : el de la reflexividad . Se establece el yo, el sujeto, como conciencia. Yo y sujeto s on aquí dos términos equivalentes. Un ejercicio que en tensió n constante in tentará progresivamente aclarar los fundamentos de tal autoconciencia tr ansparente que sostiene el ejercicio del pensamiento. Un ejercicio que se sostiene articulando diferentes presupuestos epistemológicos durante toda la filosofía moderna y que quizá, tal como señala Ricoeur, supone la condición de posib ilidad del propio ejercicio filosófico contemporáneo, desde la fenomenología a la hermenéutica por lo menos, donde él encuadra el suyo. Y nos atreveríamos a decir que en el juego entre poder, verdad y subjetividad, este ejercici o de reflexividad es producto pero 120 (Foucault et al., 2001) clase del 6 de enero de 1982: primera y segunda hora. 56 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad formal previa sino por su propio rea lizarse: «lo que hace que la norma sea norma es su acción». 144 Lo cual permite pensar las normas despegándose de su noción habitual represiva y limitadora y atender a su carácter productivo, vincular y corporeizado. Consideraciones todas ellas próximas y relevantes para un intento de teorización feminista, como veremos. De hecho, algunas teóricas han vuelto su mirada a la obra de spinoza como superfic ie fructífera de reflexión, como la misma Maite Larrauri o, recientemente, Moira Gantens. 145 2.1.4. Notas sobre el sujeto, el mercado y el capital en Marx Si hay cosas muy interesa nte en Marx sobre el c uerpo, el marxismo –en tanto que realidad histórica– las ha ocultado terriblement e en beneficio de la conciencia o de l a ideología. M ICHEL F OUCAUL T , Pouvoir et corps , 1975 146 Aunque Marx no (parece) hacer una reflexión explícita sobre sujeto y subje- tividad, la cuestión del sujeto (cuestión central en el pensamiento liberal frente al que Marx desarrolla su labor crítica) , aparece en varios momentos de su obra. En estas notas dejamos de lado el modo en que la cuestión es tratada por Marx en sus textos políticos ( Manifiesto comunista , etc.), en sus obras filosóficas ( Manuscritos , La ideología alemana , etc.). Sólo indagaremos un poco en có mo aparece la cuestión del sujeto en la crítica de la economía política, aspecto sin duda central de la labor intelectual de Marx ( El Capital , Grundrisse ). Tampoco analizaremos aquí de qué modo ha tratado el marxismo (o los marxismos, mejor dicho) la cuestión del sujeto y la subjetividad. Cierto marxismo ha sostenido una visión según la cual los sujetos no serían sino personificación de los papeles que la estructura económica y social crea por sí misma. Una cierta estructura de relaciones de producción (fundada en determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas) generaría de forma directa «clases sociales» determinadas, dotadas de una subjetividad propia, característica ( consciencia de clase ), determinada por las estructuras materiales. Las personas que compondrían tales clases sociales se limitarían a pe rsonificar dicha subjetividad, a actuar según el papel que se les ha asignado. Si bien esta visión tiene algunos apoyos en afirmaciones del propio Marx, trataremos de mostrar una aproximación distinta a la cuestión del sujeto, abierta a lecturas más ricas, en los textos de crítica de la economía política de Marx. 144 (Macheray, 1989) p. 181 145 (Gatens, 2000) (Gatens y Lloyd, 1999) 146 (Foucault, 1975b) p. 757 Parte I. Una tensa oscuridad 57 a) La crítica de la economía política como crítica de la cienci a social La economía política se va abriendo paso desde mediados del XVIII y en la primera mitad del XIX como la ciencia social por excelencia. La vieja sociedad organizada en estamentos del Antiguo Régimen va dando paso a una nueva sociedad (burguesa, capitalista) donde la división del trabajo es creciente y está mediada cada vez con mayor intensidad por el mercado. La ciencia del intercambio de los productos del trabajo en el mercado aparece así com o la ciencia de la sociedad, la ciencia del «cemento» de la sociedad: la llamada economía política clásica (Adam Smith, T homas Malthus, David Ricardo, etc.). Para Marx, la crítica de la economía política consiste precisamente en poner en evidencia los límites de la ciencia social bu rguesa y tratar de ir más allá de ellos. No pretende desarrollar una ciencia alterna tiva, sino una crítica de la ciencia existente. Por ello subtitula su obra crítica de la economía política y no tratado de economía política . Habría que señalar que, en tanto que ciencia de la sociedad burguesa o capitalista, la economía política clásica y su crítica marxiana presentan evidentes puntos ciegos en relación con los espa cios so ciales no integrados en el circuito mercantil y de valorización del capital . Aunque hay apuntes sobre dónde podrían encajar, la naturaleza y su valor o los espacios de reproducción no mercantilizados (centr ales para la visi bilidad de las mujeres) parecen quedar en un segundo plano. b) Sociedad de m ercado y sociedad del capital El sujeto individual caracter ístico del pensamiento liberal (libre, autó- nomo, igual a los demás, propietario de sí mismo, con capacidad de pensar) parece nacer de la figura del propietari o que compra y vende en el merca do , espacio social en apariencia igualitario, en el que nadie está sometido a nadie y donde sólo se enajenan las propiedades de libre y común acuerdo. C.B. Macpherson 147 distingue analíticamente dos tipos de sociedad de mercado: la sociedad de mercado simple y la sociedad posesiva de mercado. Su intención es identificar un modelo de sociedad que corresponde con el estado de naturaleza de Hobbes y los pensadores liberales. Macpherson caracteriza la sociedad de mercado simple como aquella socieda d de mercado en la que el trabajo no es una mercancía. 148 En la sociedad de mercado si mple , personas que producen por sí mismas produc- tos los venden en el mercado a camb io de dinero para comprar después aquellas otras mercancías que desean obtener y que no producen ellos. Los 147 (Macpherson, 1970). 148 (Macpherson, 1970), p. 51 58 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad sujetos son productores autónomos para otros, vendedores de los productos de su trabajo y compradores de los productos del trabajo autónomo de otros. Corresponde al nivel de análisis de los tres primeros capítulos de El Capital , es decir, al análisis de la mercancía, el dinero y el intercambio; a la circulación de mercancías. A una especie de mercado sin capital . En la sociedad posesiva de mercado , al menos una parte de los vendedores de mercancías llevan al mercado el producto de un proceso de trabajo realizado bajo su dirección y autoridad, en el que han pues to en combina ción mercancías que habían comprado previamente: materias primas, herramientas, y una mercancía especial, la capacidad de trabajo de otras personas durante un tiempo, personas éstas propietarias de esa capacidad y que se la han vend ido como mercancía. Esta distinción es importante, como lo muestra el uso que Macpherson hace de ella para analizar la teoría política liberal. Ésta se mueve en el terreno resba- ladizo de partir de un sujeto individual inspirado en el productor autóno- mo y comprador–vendedor del modelo de mercado simple: todos los suje tos aparecen como iguales formalmente, situ ados en el mismo plano social, nunca subordinados unos a otros y sólo transfieren los productos de su trabajo social- mente dividido mediante un acuerdo mutuo o contrato . Sin embargo, en el con- texto de una sociedad de mercado que ti ende a convertirse en posesiva (la que se expande con la revolución industrial y el desarrollo capitalista), una parte de los compradores–vendedores tienen una peculiaridad : desposeídos de medios de trabajo propios, se ven obligados a vender su capacidad de trabajo a otros . En apariencia son unos propietarios más de mercancías, pero en realidad entran en una relación asimétrica , de diferente poder, con otros propietarios de mercancías. Esta apariencia no se romp e, en palabras de Marx, «mientras la lucha de clases se encuentra en estado latente o no se manifiesta más que en apariciones aisladas». Y esa tensión es la que lleva al liberalismo a fundar una sociedad política de ciudadanos iguales, al tiempo que excluye de la condición de ciudadanos a sectores am plio s de la población (trabajado- res directos, mujeres, menores, en general a los no–propietarios). c) El sujeto en el intercambio mercantil Al desarrollar su análisis de la mercancí a («célula» de la sociedad burguesa), Marx analiza en primer lugar, la relación social entre propietario s de mercancías que se produce en el mercado (espacio de intercambio, espacio de esa relación social). Correspondería a la sociedad de mercado simple de Macpherson. Las mercancías no pueden ir ellas mismas al mercado e intercambiars e por sí mism as. Tene mos, pues, que preguntarnos por sus Parte I. Una tensa oscuridad 59 custodios, por los poseedores de mercancías. Las mercancías son cosas, incapaces, por lo tanto de r esistirse a los hombres. Si las merca ncías no se someten de grado, el h ombre puede violentarl as, o, dicho de otro modo, cogerlas. 149 Para relaci onar esas cosas en cuanto mercancías, sus custodios tienen que com portarse entre ellos como per sonas cuyas v oluntades ha biten en aquellas cosas , de tal modo que c ada uno de ellos no se apropie la mercancía aje na sino de acuerdo co n la voluntad del otro, o s ea, sólo mediante un acto de volun tad común a ambos, enaje nando primero su propia mercancía. Por eso los custod ios de mercancías se tie nen que considerar re cíprocamente pro pietarios privados. Esta relación jur ídica cuya forma es el contrato —esté o no desarrollada por ley— es una relación entre voluntades en la cual se r efleja una rela ción económica. Aquí las personas no exis ten las unas respecto de las otras más que como represe ntantes de las mercancías , y, por lo tanto, como poseedores de mercancías. Dicho más generalmente: en el curso de la exposición veremos que los disfraces económicos de las pers onas no son sino personificaciones de l as relaciones y circunstancias e conómicas como portadoras de las cuales se enfrentan unas con otras. 150 El sujeto humano que se relaciona con el objeto mercancía aparece dotado de al menos dos elementos centrales: por un lado es portador o sujeto de determinadas necesidades (que pueden proceder del estómago o la fantasía 151 ); por otro es portador de la capacidad de trabajar , de alterar la naturaleza para crear productos. Para Marx, ambos elementos tienen una naturaleza concreta, sensible, por oposición a la naturaleza abstracta, indife renciada, que atribuirá al valor, al valor de cambio y al dinero. Al referirse al valor de uso de las mercancías, dice: La utilidad de una cosa la convierte en v alor de uso. Pero esa u tilidad no es nada que flote en el aire. Condicionada por las propiedades del cuerpo de la mercancía, no existe si n ellas. Por lo tanto, el cuerpo mi smo de la mercancía, como hierro, trigo, di am ante, etc., es un valor de uso, un bien. (…) S on valores de uso los que consti tuyen el contenido ma terial de la riqueza, cualquiera que sea la forma s ocial de ésta. 149 En el siglo XII , tan celebra do por su piedad, a parecen a menu do entre esas mercancí as cosas muy delicadas. A sí, por ejemplo, un poeta fr ancés de la época enum era, entre las mercancías qu e acudían a la f eria de Lan dit, paños, calzado, cueros, h erramientas, piel es, etc, pero tambi én femmes foll es de leur corps [muje res locas de cuerpo]. (Not a de Karl Marx en el fragnm ento citado en la nota sig uiente) 150 (Marx, 1976), cap. II, pág. 95–96. 151 «La mercancía es por de p ronto un objet o exterio r, una cosa qu e por sus propiedades sati sface ne cesid ades hum anas de a lguna cl as e. La naturaleza de es tas necesidades — el que procedan, por ejemplo del es tómago o de la fantasía— no hace a la cosa.» (Marx, 1976), cap. I, pág. 43) Marx in troduce aquí un a cita de Ni cholas Barbon, A Discourse on coining the new mo ney lighter , que il ustra esta id ea: «El deseo inclu ye la necesidad ; es el apeti to del espíritu, y tan natural como el hambre para el cuerpo… La mayo ría de las cosas obtienen su val or del hecho de que satisfac en las necesidades del espíritu.» 60 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad Las mercancías aparecen como objetos exteriores al sujeto humano dotados de valor de uso (en la medida en que s ati sfacen necesidades humanas); produc tos del trabajo (en la medida en que suponen una acumulación de tr abajo humano); y dotados de valor de cambio (en la medida en que son inter cambiados en el mercado por otras mercancías, cuya raz ón de intercambio está regulada por su valor , o cantidad de trabajo humano abstracto cont enida en ellos). Una cosa puede ser un v alor de uso sin ser un val or. Así ocurre cuando su utilidad para el hom bre no es tá mediada por el tr abajo. Así, por ejemplo, el aire, la tierra virgen , los prados natur ales, la leña no plantada, et c. Una cosa pu ede ser útil y producto del trabajo hu mano sin ser mercancía. El que satisface su pr opia necesidad mediante su producto crea sin duda valor de uso, per o no mercancí a. Para producir merca ncía no basta co n que produzca valo r de uso, sino que tiene que producir valor de uso para otros, valor de uso socia l. [Y no sólo para otro s sin más. El campesino medieval producí a para el seño r feudal el tri go de su prestación o bligada y para el cura el trigo del diezm o. Pero ni u no ni otro se convertían en mercancí as por el mero hecho de ser producidos p ara otros. Para conv ertirse en m ercancía el producto ti ene que ser transferido mediante intercambio al otro que lo utiliza como valor de uso.] 152 Así pues, en el espacio social del mercado, del intercambio de mercancías entre sus productores directos por medio de dinero, nos hallamos al sujeto humano escindido a lo l argo de varias líneas . En primer lugar, entre sus dos dimensiones de sujeto transformador (productor) y sujeto de necesidades (consumidor). El producto de su trabajo concreto, sensible, es útil para otros, no para él. Sus necesidades concretas, sensibles, son satisfechas por los pro ductos del trabajo de otras personas, que llegan a sus manos en la medida en que son intercambiables, en tanto que trabajo abstracto equivalente representado por el di nero. La escisión de la mercancía en valor de uso y valor se traduce en la escisió n del sujeto que se relaciona con otros sujetos por medio de mercancías. Lo que más diferencia al poseedor de merc ancías de la mercancí a misma es la circunstancia de que para ésta cualquier otro cuerpo de mercancía no es más que otra forma de manifestación de su valor. Por eso la merc ancía — leveller y cínic a de nacimiento — está siempre a punto de cambiar no sólo de alma, sino incluso de cuerpo con cualquier otra mercancía, au nque esta tenga más defectos que Maritornes. El propietario de mercancías compensa, en cambio, con sus cinco o más sentidos esa falta de sensi bilidad pa ra lo concreto y corpóreo que es propia de la mercancía. La mercancía no tiene para su poseedor ni ngún valor de uso inmediato, porque, de tene rlo, no la llev aría al merca do. 152 (Marx, 1976), cap. I, pág. 49. Parte I. Una tensa oscuridad 61 Tiene valor d e uso para otros. Para él mi smo y en lo inmediato no tiene más valor de uso que el de ser portado ra de valor de cambio, el de ser, consiguientemente, un me dio de cambio. Por es a razón quiere enajenarla a cambio de merc ancías cuyo val or de uso le satisfaga. Todas las mercancías son n o–valores–de–uso para su s poseedores y val ores de uso para sus no poseedores. Po r eso han de pasar const antemente de unas manos a otras. Ah ora bien, ese pasa r de unas manos a otras es el intercambi o de mercancías, y su cambi o las relaciona en cuanto valore s y las realiza en cuanto valores. Así pues, las m ercancías se tienen que realizar como valores antes de poder se realizar como valores de uso. 153 En segundo lugar, esta escisión se traduce en la separación de dos esferas, una privada (la del consumo de valores de uso y la del trabajo directo) y otra pública (la del intercambio de me rcancías por dine ro y dinero por mercancías). En la primera predomina lo sensible, lo corp óreo, lo concreto. En la segunda predomina lo abstracto (el trabajo en cuanto trabajo genérico, comparable con otros, como valor; la me rcancía en cuanto va lor de cambio, en cuanto no–valor–de–uso). En la primera rige el metabolismo con la naturaleza y el goce del valor de uso; en la segund a las reglas del intercambio (propiedad, contrato, razón cuantitativa entre val ore s). Y las múltiples y diversas esferas privadas sólo se relacionan, se integran en un sistema social a través del mer- cado en cuanto esfera pública. Hasta aquí, en el análisis de Marx del intercambio en la sociedad de mercado simple, se reconocen muchos elementos del sujeto individual racional y autónomo del pensamiento liberal . Antes de pasar a ver cómo esa figura se modifica a la luz de su análisis del proceso de valorización del capital, debe- mos recordar cómo buena parte de estos elem entos quedan recogidos en la noción de carácter místico, de fetich e, o enigmático de la mercancía. En la medida en que es un valor de uso [ la mercancía] no tiene nad a de misterioso, igual si l a contempl o desde el pun to de vista de que por sus propiedades satisfac e necesidades humanas que si consider o que no cobra esas pr opiedades más que como producto del tr abajo hu mano. Es claro sin más que el hombre alter a con su actividad l as formas de las materias naturales de u n modo conveniente par a él. Así, por ej emplo, se altera la forma de la mader a cuando se hace de ésta una mesa. Pero a pesar de ello la mesa sigue siendo madera, una ordinaria cosa sensible. En cambio , en cuanto que se presen ta como mercan cía se con vierte en una cosa sensiblement e suprasensible. (…) ¿De dónde viene, pues, el carácter enigmáti co del producto del trabajo en cuant o que toma forma de mercan cía? Evidentemente, de esa forma misma . La igualdad de los trab ajos humanos cobra la fo rma objetiva de una igu aldad de materia lidad de valor de los productos del 153 (Marx, 1976), cap. II, pág. 96–97. 62 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad trabajo; la medida del gasto de fuerza de trabajo huma na por su duración cobra la form a de magnitud de valor de l os productos del tra bajo; y por último, las rel aciones entre los pr oductores, relaciones en el seno de las cuales se actúan aquellas determi naciones sociales de sus trabaj os, cobran la forma de una relaci ón social entre los productos del trabajo. Lo enigmático de l a forma mercan cía consiste, pues, simple mente en que devuelve a los hombres la imagen d e los caracter es sociales de su propio trab ajo deform ados como caracteres m ateriales de los productos mismos del trabajo, c omo propiedades naturales so ciales de esas cosas; y, por lo tanto, refleja ta mbién defor madamente l a relación soci al de los productores con el trabaj o total en forma de un a relación soci al entre objetos que existiera fuera de ellos. A través de este quid pro quo los productos del tra bajo se convier ten en m ercancías, en cosas sensiblemente suprasensibles , en cos as sociales. (…) Este carácter de fetic he del mund o de l as mercancías nace —com o ya l o h a m o s t r a d o e l a n t e rior análisis— del peculi ar carácter social del trabajo pr oductor de mercancías. Los objetos de uso no se c onvierten en merc ancías sino porque son productos de trabaj os privados realizados con independ encia los unos de los otros. El complejo de es os trabajos co nstituye el tra bajo social global. Como los productores no entran en contac to social sino a tr avés del intercambio d e los pr oductos de sus trabajos, t ampoco los cara cteres específicamen te sociales de sus trabaj os privados aparec en sino dentro de ese intercamb io. Dicho de otr o modo: los trab ajos privados no s e actúan de hecho co mo miembr os del trabajo s ocial global más que a tr avés de las relaciones en las que el intercam bio pone a los p roductos del trabaj o y, mediante ellos, a los productores. 154 Por es o a es tos últimos las relaciones soc iales entre sus trabajos privados se les apa recen como lo que son, esto es, no como relaci on es sociales i nmediatas en tre las personas mis mas en sus trabaj os, sino más bie n como relacio nes materiales entre las personas y re laci ones sociales entre las cosas. 155 Hasta aquí la forma en la que el sujeto en el intercambio mercantil, el sujeto individual de la sociedad de mercado simple, inspirador del sujeto liberal, aparece en el análisis marxiano de la mercancía y el intercambio. Nos aparece un sujeto escindido entre lo público y lo privado, entre sus dimensiones de productor, vendedor–comprador y consumidor, entre lo concreto, sensible y corpóreo y lo sensiblemente supra sensible , lo abstracto. Muchos de estos elemen tos son reconocibles en partes del propio discur so liberal sobre el sujeto, la razón y el ciudadano, como hemos visto al analizar a Kant más arriba. En Marx 154 Así pues, los trabajos privados que no se intercambian en el mercado no «exis ten» como parte del trabajo social global : es el caso del trabajo no m ercantil, domésti co, de la producción p ara la autosubsistencia, etc. 155 (Marx, 1976), cap. I, págs. 82–83. Parte I. Una tensa oscuridad 63 aparecen relacionados co n el proceso mate rial de pr oducción e intercambio en la sociedad de mercado simple. Sin embargo, al pasar Marx al análisis del capital aparecen elementos nuevos. En las sociedades de mercado, en el proceso de intercambio de mercancías aparece pronto un modo peculiar de circulación . Equivale al paso a la sociedad posesiva de mercad o de Macpherson. Para Marx ese modo peculiar, la transformación del dinero en capital , deriva necesariamente de la propia naturaleza del mercado y el dine ro. Macpherson nos hablaba de cómo la sociedad de mercado simple es más un artificio analítico para separar aspectos que de hecho se suelen dar en combin ación con la existencia del capital. El intercambio mercantil aparece co mo un proceso en el que productores llevan mercancías al mercado, las cambian por dinero y con ese dinero com- pran mercancías que necesitan y después consumen. En ese modo de circula- ción, el proceso se inicia y se acaba en sí mismo. Claro es que se reinicia constantemente, pero se acaba con el mismo ritmo. Sin embargo, aparece pronto otra forma de circulación . En ella, un poseedor de dinero acude al mercado, compra mercancías que combina para obtener una nueva merca ncía distinta que vende a su vez en el m ercad o a cambio de dinero, ésta vez en can- tidad superior a la inicial. Si se trata de una mera compra para vender más caro, se trataría de mera especulación. Marx iden tifica la circulación de capital con un proceso por el que entre compra y venta se produce un incremento de va lor: producción de plusvalor o valorización del capital. Para que dicha producción pueda darse, es preciso que intervenga una mer- cancía especial: la fuerza o capacidad de trabajo . Su particularidad es que su valor (el tiempo de trabajo abstracto que cues ta producirla) es inferior al valor que produce su uso (su consumo durante un determinado tiempo). Dicho burdamente, producir la capacidad de que una persona trabaje ocho horas cuesta menos de ocho h oras de trabajo. En esa peculiaridad de la merca ncía fuerza de trabajo reside la posibilidad de producir plusvalor, de valorizar el capital, respetando las reglas del intercambio (pagar las mercancías por su valor, por el trabajo que ha costado producirlas). Este nuevo espacio social modifica la figura del sujeto en el mercado de dos formas. En primer lugar, hace que los sujetos aparentemente iguales del mercado (compradores–vendedores) se muestren como diferentes (vendedo- res de productos y vendedores de su propi a fuerza de trabajo). La insistencia en la ceguera de los economistas políticos clásicos hacia las clases puede entender- se como una crítica de la posición que ignora que no todos los sujetos que actúan en el mercado son iguales. Hay diferentes tipos o clases d e vendedores y com- pradores, y entre ellos existen notables dife rencias. En el momento en el que el trabajador vende su fuerza de trabajo, el compr ador está en condicio nes de 64 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad usar a su antojo dicha fuerza (como es lógico, inseparable de su cuerpo ). Los iguales en el mercado se vuelven amo y esclavo durante la jornada de trabajo, para volver a ser iguales al renovar la compraventa. Bajo la apariencia de una relación igualitaria entre personas a través de las cosas aparece una relación de dominación entre personas . De este modo se abre la puerta al re- conocimiento de formas de subjetividad diferentes , no derivadas de la mera condición de actor en el mercado. Es ta relación de dominación, como bien señaló Foucault, se establece gracias a una compleja trama de tecnologías políticas de disciplinamiento de los cuerpos. Los procesos económicos están enredados con esta malla heterogénea de producción de sujetos disciplinados . La formación de la sociedad capitalista y la proliferación de controles políticos y sociales están histórica y mutuamente impli cadas: N o c r e o q u e s e p u e d a a d m i t i r p u r a y simplemente el análisis marxista tradicional que supone que como el trabajo es l a esencia concreta del hombre, el sistema capital ista trasform a el trabajo en benefici o, en sobrebenefi cio o plusvalor . El sistema capitalis ta penetr a mucho más profundamente en nuestra existencia. Este ré gimen, tal y com o se instauró en el XIX , se ha visto obligado a elaborar tod o un conjunto de técnicas políti cas, técnicas de poder, por media ción de las cuales el hombre se en cuentra ligado a una realidad como l a del trabajo. Para que haya plusvalo r es necesari o que haya subpoder; es necesario que una tram a de poder polític o microscópi co, capil ar, enraiz ada en la existencia de los hom bres se haya instaur ado para fijar a éstos al apar ato de producción, convirtiénd olos en trabajadores. N o hay sobrebeneficio sin subpoder 156 . Esta puede ser una clave para en tender la contradicción del pensamiento liberal que se funda sobre una sociedad de ciudadanos iguales y tiene que excluir a una parte sustancial, mayoritari a de las personas de la condición de ciudadanos. En segundo lugar, aparecen algunas interesantes indicaciones que permiti- rían enlazar con la idea de desaparición del sujeto que ha recorrido los siglos XIX y XX . La circulación simple de merc ancías —la venta para la compr a— sirve de medio de un fin úl timo situado fuera de la circulación, el cual es la apropiaci ón de valores de uso, la satisfacción de necesidades. Es decir el fin se sitúa en el sujeto humano de la s necesidades que desean satisfacerse por medio del uso de las mercancías. 156 (Foucault, 1974a) p . 622 Parte I. Una tensa oscuridad 65 La circulación del dinero en cuanto capital es, por el contrario, fi n en s í m i s m a , p u e s l a v a l o r i z a c i ó n d e l v a l o r n o e x i s t e m á s q u e d e n t r o d e e s e movimiento constanteme nte renovado. Por eso el movimi ento del capital es desmedido. 157 Su finalidad no es satisfacer el afán de lucro del p oseedor de dinero, sino la necesidad de expansión del propio valor, del dinero. Aparece así un sujeto no humano, que tiende a subordinar a los sujetos humanos: El valor pas a consta ntemente de una for ma a otr a [dinero a mer can- cía, mercancía a dinero] sin perderse e n ese movimiento, y se transfor ma así en un sujeto autom ático . ( … ) E n r e a l i d a d e l v a l o r s e h a c e a q u í s u j e t o d e un proceso en el cual, sometido al c ambio cons tante de las formas de dinero y mer cancía, altera su prop ia magnitud, se desprende, como plusvalor, de sí mismo como valor inicial, se valoriza a sí mismo. Pues el movimiento en el cual echa plusval or es movimiento propio suyo, y valorización e s, por lo tant o, autovalori zación. (… ) Como sujeto autónomo y ab arcante de ese pr oceso, en el qu e ora toma la forma dinero y la form a mercancía, ora la s abandona, pero ma nteniénd o- se y estirándose en ese c ambio, el valor nec esita ante todo una forma autónoma me diante la cual se comprueb a su identidad consigo mis mo. Sólo en el dinero tiene esa form a. Sujeto no humano, automático, con finalidad propia (autovalorizarse absor- biendo trabajo humano), autónomo y abarca nte del proceso de circulación, en el que toman parte los viejos sujetos del mercado, compradores–vendedores de productos, incluídos los de fuerza de trabajo. Su «autonomía» como sujetos queda profundamente modificada por esta nueva situación: El poseedor de dinero es capitalista en cuanto es portador cons ciente de ese movimiento. Su persona o, por mejor decir, su bolsillo es el punto de partida y el punto de regreso del dinero. El contenido obje tivo de esa circulación —la valoriz ación del valor— es su final idad subjetiva, y el individuo no funciona como capi talista, como c apital personi ficado, más que en la medida en la que el únic o motor impulsor d e sus operaciones es la creciente apropiación de riqueza abstracta. Así, pu es, el valor de uso no se debe tratar nu nca como fi nalidad inmediata del capitalista. Tampoco cada ga nancia particula r, sino el movimiento incesante del ganar. El capitalista d e j a d e s e r s u j e t o a u t ó n o m o l i b r e e n l a m e d i d a e n q u e p a r a serlo debe ser mera personificación de otro sujeto, el capital. El trabajador libre , que vende en el mercado su fuerza de trabajo, no sólo debe ejer cer su actividad bajo la dirección de otro. Marx ilustra el proceso por el cual progresivamente el 157 (Marx, 1976), ca p. IV, pág. 167 72 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad Puede considerarse que lo que es punto de partida para Husserl resulta para Foucault una producción histórica, esto es, un momento en la historia de la racionalidad. Confrontado a la fenomenol ogía, que pensará la subjetividad como una relación que avanza del indivi duo hacia el mundo, Foucault pensará en una relación que proviene de saberes y poderes que el individuo encuentra en su mundo y que, al plegarse, generan zonas de subjetivación. 181 Foucault iniciará su trayectoria teórica marcado por la voluntad de socavar ese sujeto constituyente que la fenomenología y los existencialismos más tarde postulan y asumen como punto de partida. El problem a para mí era: ¿está el sujeto fen omenológic o, transhistorico en condiciones de dar cuenta de la historicidad de la razón? La lectura de Nietzsche r epres ent ó un punto de ruptura para mí. […] hay una historia del su jeto como hay una historia de la razón; per o no podemos pretender que la histori a de la razón se despliegue ante el primer acto fundacional del sujeto racionalista. 182 Paul Ricoeur, un «fenomenólogo» segú n Foucault, alguien por quien parece que no tuvo este último inicialmente excesiva simpatía, 183 explicita su propio itinerario intelectual, siempre en un complicado espacio de mediación entre posturas que manifestaban a priori desavenencias irreconciliables. 184 Tal como él mismo considera, su desplazamiento se ha d ado desde la corriente feno- menológica a la hermenéutica. En la tr adición reflexiva abierta por el propio Descartes, en la que él se sitúa, Husse rl concibe la fenomenología, no sólo como un método de descripción esenci al de las articulaciones fundamentales de la experiencia (perceptiva, imaginativa, intelectiva, volitiva, axiológica, etc.) sino como una autofundamentación radical en la más completa claridad intelectual . Sostiene que toda aprehensión de una trascendencia es dudosa, pero que la inmanencia del yo es indu dable. Debido a esta afirmación, la fenomenología sigue siendo una filosofía reflexi va. 185 Sin embargo, la fenomenología en su ejercicio efectivo va señalando paradójicamente el alejamiento más que la realización del sueño de dicha fundamentación radical basada en la transparencia del sujeto con respecto a sí mismo. 181 (Miceli, 2003). 182 (Foucault, 1983a) p . 436 183 (Eribon, 1989), p. 233. Se puede señalar que tal recelo fue en un inicio recíproco, tal como el propio Ricoeur s eñala en un a entrevista : «la idea de que el hombre e s un invento reciente me parecía simpl emente fant asiosa. [ …] Cómo podía olvida rse de l os estoicos, con su dominio de los deseos y las pasion es, a las c uales Foucault dirigirá su a tención en sus últimos libros, por los que tanta admi ració n siento.» (Rico eur, 2003) p. 111 184 (Gabilondo y Aran zueque, 1999) p. 9 185 (Ricoeur, 2000)p. 201 Parte I. Una tensa oscuridad 73 La fenomenología queda atrapada en un movimiento infinito de interrogación hacia atrás, en el que se desvanece su proyecto de autofundamentación radical. En este sentido, la fenomenología ha subvertido su propia idea directriz al intentar realizar la. Aquí reside la gran deza trágica de la obra de Husserl. 186 L a r u p t u r a d e l a m e t a f í s i c a d e l a c o n c i e n c i a s e d a p u e s , como señala Ricoeur, mediante el propio intento fenomenológico que va desplazándose hacia la hermenéutica . Es decir, el carácter radicalmente mediado por el lenguaje de cualquier in tento de dar cuenta de la experiencia inmediata. No obstante, y tan solo lo apuntaremos de manera tangencial, en el escenario de la psicología social las versiones fenomenológicas han tenido un efecto también de problematización, tal como Fernández Villanueva señala con respecto a la obra de Schutz, a la qu e reconoce la virtud de haber abierto un nuevo marco de investigaciones con relación a la atención dirigida hacia los pequeños hechos de la vida cotidiana. «Su interés consiste en mirar lo obvio con mirada de extraño», 187 otorgar relevancia al sentido subjetivo d esafiando así las corrientes positivistas y oficialista s que postulan la existencia de un conocimiento «objetivo». La imposibilidad de la autofundamenta ción radical y trasparente del sujeto señalada por los enfoques hermenéuticos, también se estaba fraguando a través de otro movimiento del pensamiento que ya estaba teniendo lugar durante el propio desarrollo de la época moderna: las figuraciones del inconsciente. Aquello, en célebres palabras de Freud, que derroca al yo como dueño de su casa. Aquello que precede, que procede y actúa excediendo la razón, pero condicionándola. Este elemento tamb ién desestabiliza algunas narrativas excesivamente lineales de algunas versiones actuales que ven en toda la filosofía precedente un monolítico planteamiento en lo que a las figuraciones del sujeto respecta. Es conocido que durante todo el siglo XIX la noción de inconsciente se difunde por obras de diversos autores. Pe ro es Freud quien la reformula de la forma en la que ha afectado o sembrado las filosofías del siglo XX. Para Freud –en la formulación de su segunda tópica– el Yo será tan solo un producto del Ello en su encuentro con la realidad. Un Ello que socava el legado cartesiano: desbarata la dualidad cuerpo-mente (a unque pueda reactualizarse de otras formas) y destituye el pensamiento racional como elemento privilegiado que de cuenta de la existencia. 186 (Ricoeur, 2000) 187 (Fernández Villanueva, 2003) p. 39 74 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad 2.1.6. Ese perpetuo principio de inquietud : 188 el paradójico papel del psicoanálisis Pues bien, me parece que el psicoanáli sis puso en cuestión, d e un modo insisten te, esta posición absol uta del sujeto M ICHEL F OUCAUL T , La vérité et les formes juridiques , 1974 189 Como el propio Foucault mostró con la s palabras y reflexiones que dedicó al psicoanálisis, su postura fue ambivalente y en tretejida de consideraciones valorativas contrapuestas de éste. El efecto del surgimiento, consolidación y diversificación del psicoanálisis ha sido múltiple y ha agitado la superficie del pensamiento y la cultura con fuerzas y direcciones distintas, generando a veces efectos prácticos liberadores y, en ot ras ocasiones, reforzadores de los discursos normativos y esencializadores. No obstante, como señaló en La verdad y las formas jurídicas : El psicoanálisi s fue ciertame nte la pr ácti ca y la teoría que re evaluó de un modo más fundame ntal la prioridad un ta nto sacralizada c onferida al sujeto, prioridad que se estableci ó en el pensamiento occidental a part ir de Descartes. 190 De hecho, el propio Foucault parte en la Arqueología del saber de la consideración negativa de las reacciones que los descentramientos subjetivos efectuados por Nietzche, Marx y Freud habían suscitado a lo largo de un siglo. 191 Sin embargo, como Gadamer apunta, en la época romántica, que fue cuando más se extendió este hincapié en la individualidad y en la «cerrazó n» opaca del sujeto, jamás se puso en duda la posibilidad de redescubrir algo común e inteligible detrás de la singularidad de una persona. 192 Aquella época supuso un paso previo a la teorización que Freud hará d el inconsciente, desplazándola significativamente de las ideas anteriores . Vimos cómo con Descartes el sujeto es un yo como conciencia de sí mismo, transparente, que inaugura la concepción del sujeto racional, consciente y ca paz de acceder a la verdad desde sí mismo tal y como es. La obra de Freud, entre otros muchos, establece dos giros importa ntes que socavan tales presupuestos 188 «El psicoanálisis y la etnología […] forman con toda certeza un tesoro inexti nguible de experiencias y de conc eptos, pero sobr e todo un perpetuo principio de inquietud, de poner en duda, de crítica y de discusión de to do aquello que por otra parte pudo parecer ya adquirido.» (Foucault, 1966) p. 385 189 (Foucault, 1974a) p . 540 190 (Foucault, 1974a) p . 540 191 (Foucault, 1969b) p. 22 192 (Gadamer, 1997) Parte I. Una tensa oscuridad 75 y las ideas que de ellos pueden derivarse. En primer lugar, tal y como una de sus frases más conocidas afirma, «el yo no es el dueño de su casa» es decir, el sujeto ya no equivale, o no prioritariamente, a un yo consciente y transparente a sí mismo, sino que es una de las tres instancias que emergen y regulan el transcurso de la vida psíquica. Ni siquiera la que más peso tiene. Freud va a descubrir y explorar la instancia de lo inconsciente, lo que implica la imposibilidad de transparencia del sujeto para s í mismo. Por lo tanto, de acuerdo con las tr adiciones del siglo XIX que concebían una interioridad cada vez más profunda del sujeto, Freud la confirma estableciendo a su vez el carácter opaco a la conciencia de tal interioridad. Posteriormente, en su relectura de Freud , Lacan subrayará la debilidad característica del «yo» afirmando su carácter ilus orio . Desplazamientos que, como mínimo, hieren a ese sujeto moderno . Cabe juzgar que la hi pótesis del inconsciente infligió una herida terrible en el narcisismo trascenden tal de la visión clásica del sujeto. Como supues to epistem ológico, el inc ons ciente señala la no coi ncidencia del sujeto (El/ella) con su conciencia; es el grano de arena en la máquina que impide la enunciaci ón de otro sujeto monolíti co, autopresent e. 193 Como así mismo señala Carbonell, no se puede entender la modernidad ni las teorías de la subjetividad que se suceden en el siglo XX y que hablan del sujeto descentrado sin esta aportación clave. 194 El propio Foucault insiste en el efecto que la obra de Lacan tuvo en la destitución del sujeto fenomenológico o constituyente, «una vez más, el sujeto fe nomenológico era descalificado por el psicoanálisis, como lo había sido por la teoría lingüística». 195 Pero, además, tal destitución de la in stancia racional y consciente implica el oscurecimiento de otro de los presupuestos de la tradición cartesiana: la posibilidad de acceso directo a la « verdad » del sujeto, en las dos acepciones de la frase: que el sujeto de conocimiento pueda acced er a la «verdad» directamente siguiendo tan solo reglas formales y de conocimiento; y q ue el sujeto pueda acceder directamente a la verdad sobre sí mismo. Estas imposibilidades fueron abordadas por Fouc ault de otra manera, puesto que consideró de forma compleja la producción y la regulación de la verdad que los regímenes históricos implican; y, por ot ro, consideró al sujeto como una forma histórica producida por dispositivos de poder poliédricos que ocultan su propio actuar. La obra nietzscheana había hablado asimismo de la «invención de la verdad» y había subrayado la vo luntad de poder como elemento decisivo en ello. 193 (Braidotti, 2004) p. 41. 194 (Carbonell, 2003) p. 87 . 195 (Foucault, 1983a) p . 435. 76 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad Otro elemento importante de la obra de Freud fue dotar de carácter específicamente procesual a la subjetividad, y de una dimensión conflictiva y tensional irreductible. Por último, sin abordar el complejo desarrollo de una teoría de la feminidad que llevó a cabo, se puede señalar que «fueron sus pacientes las que le van a decir alguna cosa sobre la feminidad diferente de los discursos dominantes de la época» 196 , puesto que eran ellas quienes hablaba n de un malestar específico en relación con la posición femenina. Para Foucault, que no veía en el trabajo de Freud acerca de la sexualidad ningún desplazamiento sustantivo respecto del discurso de la época, esto suponía una vu elta de tuerca en la «histerización del cuerpo de la mujer». Alude a ella con esa imagen convocada por él de la histérica a la que se le inducían sus sínt omas, imagen espantosa de la Salpetrière donde Charcot incitaba y exponía visiblemente los síntomas histéricos de la s mujeres consideradas enfermas. Una imagen que entronca en ese saber m édico y científico que construía el cuerpo de la mujer como un espacio satura do de sexualidad e irracionalidad. A pesar de que no sea esta indagación en el malestar femenino de la histeria l o q u e F o u c a u l t r e s c a t e d e l a o b r a d e F r e u d , é s t a c o n d u j o a F r e u d a exploraciones de la feminidad laberínt icas, cierto, a veces ambiguas, pero también transgresoras de la explicación biologista de las posiciones femeninas, socavando su necesidad natural y estableciendo un campo de análisis complejo sobre los procesos psíquicos de sexuación. Es el carácter inconsciente de éstos, como de otros procesos subjetivos y su abordaje língüístico lo que Foucault reconoce como un mérito: Freud no hizo más que t omar al pie de la letra lo que había oído decir una tarde a Charcot : desde luego, se tr ata de la sexualidad. El fuerte del psicoanálisis consiste en haber desemb ocado en otr a cosa, en la lógica del inconsciente. Y ahí la sexualidad deja de ser lo que era al comienzo. 197 Por ello hay qu e ser justo con Freud. […] Freud retomó la locura en el nivel de su lenguaje, re constituyó uno de los eleme ntos esenciales de una experiencia reducida al silenci o por el positivismo. 198 No deja de resultar curiosa la consid eración foucaultiana del psicoanálisis, ciertamente ambivalente, pero que le hace llegar a decir que él mismo «hace algo que se parece un poco», en el momento en que acaba de publicar el primer tomo de Historia de la sexualidad : 196 (Carbonell, 2003) p. 89 197 (Foucault, 1977c)p . 315 198 (Foucault, 1961) p. 411. Citado por Derrida en (Derrida, 1996 ) pp. 119 Parte I. Una tensa oscuridad 77 Quería decir que la gran origin alidad de Freud no consistió en descubrir la sexualidad bajo neuros is. La sexualidad ya estaba allí, Charcot ya ha blaba de ella. Su originalidad consistió en tomar eso al pie de la letra y a partir de ahí edificar la Traumd eutung , que es algo muy distinto a la etiologí a sexual de las neurosis. […] Yo, siendo muy pretencioso, diría que hag o algo que se par ece un poco. Parto de un dispositivo de sexualidad, dato históric o fundament al, y a partir del cual no se puede h ablar. Lo tomo al pi e de la letra, n o me sitúo e n el exteri or, porque no es posibl e pero me lleva a ot ra cosa. 199 Continuando con el psicoanálisis, los dos descentramientos que hemos señalado en relación con el sujeto mode rno confluyen en un paradójico cruce que constituirá la obra extraordinariamente comp leja de Jaques Lacan. Este, como Fernández Villanueva ha señalado, da una preeminencia absoluta al len- guaje. 200 Es conocido el enunciado lacaniando acerca de que «el inconsciente se estructura como un lenguaje», que luego variará y formulará Lacan más enigmaticamente como «el inconsciente, en tanto que aquí yo lo sostengo de su desciframiento, no puede sino estructura rse como un lenguaje» (S XX, 26 de junio de 1973). Lacan dirá que «el leng uaje es la condición del inconsciente». 201 En su elaboración de la teoría del signif icante, ya en el año 1950 decía ante el Primer Congreso Mundial de Psiquiatría: «no es que la psicología explique el lenguaje, sino que el lenguaje determina a la psicología». 202 Este carácter privilegiado también se evidencia en la consideración del sujeto. El ser mismo de lo humano está en la palabra. No hay esencia ni existencia, sino que el o la humana está aprehendido en la sola referencia a su enunciación. 203 Esto es desarrollado de una manera complejísima por Lacan, plagada de neologismos como el de moterialismo en el que confluyen lo material y la palabra para subrayar la prim acía fonemática de la materialidad del lenguaje . La primacía del lenguaje apunta pues a un límite o a una falta generadas en el proceso de inserción en el orden simbólico y de adquisición del lenguaje; procesos que se juegan asimismo en los vínculos que nos van constituyendo como sujetos, vinculos con el Otro , el orden simbólico, y los otros contretos que nos nombran y nos distinguen, y de los que aprendemos a distinguirnos. El pensamient o lacaniano conllevaba una es pecie de humildad y descentramiento del sujeto que mu cha gent e valoró po rque parecía liberar al sujeto de la carga del dominio de sí mismo y entreg arlo a un 199 (Foucault, 1977c) p . 320. 200 (Fernández Villanueva, 2000). 201 citado por assoun en (Assoun, 2003). 202 (Lacan, 2001). 203 (Assoun, 2003). p. 77. 78 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad mundo de deseo y le nguaje mucho mayor que él. Por medio de ese descentramiento se c onecta con otr os de un modo muy profu ndo. 204 Estas relaciones entre lenguaje y límite fueron también una constante en el contexto intelectual particular en el que Lacan desarrolla su obra. Obviamente con muchísimas matizaciones, algunas de ellas parecen resonar en este fragmento de Foucault: El límite de la muerte abre ante el lenguaje, o mejor e n él, un espacio infinito; a nte la inmi nencia de l a muerte, s e prosigue co n una prisa extrema, per o también vuelve a empez ar, se cuenta a sí mismo, descubre el relato del relato y ese ensambl aje que bien podrí a no acabarse nunca. El lenguaje, sobre la líne a de la muerte, se refleja: allí encue ntra algo como un espe jo; y para detener es a muerte que va a detenerlo, sólo ti ene u n p o d e r : e l d e d a r n a c i m i e n t o e n s í m i s m o a s u p r o p i a i m a g e n e n u n juego de espejos que, él sí, carece de límites. 205 El lenguaje juega con un límite. Ese límite será una falta en la literatura psicoanalítica y tendrá varios significan tes en ella. Una falta que establece asimismo la apariencia de una identidad ficticia. 2.2. La destitución del sujeto La desaparición del sujeto cartesiano se fragua paradójicamente en s u propio desarrollo; el dualismo persisten te en las formaciones discursivas que figuran al sujeto se ve matizado o socavado a lo largo de la articulaci ón genealógica de otros discursos. Hemos señalado alg unos momentos interesantes, sin afán sistemático por nues tra parte, para un recorrido algo más disperso y complejo acerca de tales figuraciones, desde la intu ición de que las tensiones desatadas por ellos siguen lati endo, más o menos calladamente, en las producciones actuales. Entre los moment os destacados hemos apuntado la reflexión sobre el cuerpo en relación d e Spinoza y el giro que Kant establece en relación con la finitud-trascendencia del suj eto, el cual sirve a Foucault para dar un paso más en el desplazamiento de lo s aprioris históricos. También la obra de Marx, en diálogo con la economía política que se nutre y señala una destitución objetiva del sujeto. Las cien cias humanas complejizaron todos estos discursos de objetivación del hombre dando lugar a esta nueva figura discursiva y específica. La fenomenol ogía impugnó algunos planteamientos y enfatizó el caracter autofundante del s ujeto. 204 (J. Butler, 2004b). p. 332. 205 (Foucault, 1963) 251. Parte I. Una tensa oscuridad 79 No obstante, otro de los límites y de las fracturas de las figuraciones subjetivas fue establecido por el psicoaná lisis con la irrupción de la noción de inconsciente, por un lado, y con la consideración simbólica y lingüística de éste. El lenguaje será uno de los tópicos que mayor interés han despertado a lo largo del siglo XX . Aunque otras muchas corrientes pudieran señalarse en este esbozo de la destitución de la figura del sujeto moderno, nos centraremos a continuación, precisamente, en el énfasis lingüístico que ha penetrado las ciencias sociales y las reflexiones filosóficas en otro de los m omentos de este recorrido. 2.2.1. El giro lingüístico: jue gos de lenguaje y actos de habla Según Tubert, quizá fuera Kant quien más contribuyera de manera cercana a llevar la reflexión sobre el lenguaje a primera línea de la reflexión filosófica. 206 Frente al papel meramente instrumental como «expresión del conocimiento» que el lenguaje tenía en la reflexión an terior, entre la percepci ón sensorial y el pensamiento, el análisis de las «forma s del juicio» como estructuradoras del conocimiento, supeditaba la experiencia se nsorial a una estructura que la hacía inteligible. No obstante, será a comienzos del siglo XX cuando la reflexión filosófica privilegie la reflexión y el análisis del lenguaje. Tal desplazamiento filosófico, emprendido desde diferentes corrientes, dará lugar a ese movimiento que afectará a otros ámbitos disciplinar es y que se ha dado en llamar giro lingüístico . Tal como hemos señalado, Freud establece una original e intensa relación con el lenguaje que lo sitúa como elemento privilegiado del comportamiento y el sufrimiento humano, así como de la cu ra psicoanalítica. Como dice Forrester, historiador de la ciencia que se ha dedicado a estudiar los orígenes del psicoanálisis, con éste, donde leíamos «biología» leemos ahora «lenguaje»: La diferencia entr e un síntoma neur ológico y un sínt oma neurótic o consiste en que la ubicaci ón de éste en el cuerpo está deter minada por la estructura específica de un s istema de pensamie ntos cuya expresión en el cuerpo a menudo está ligad a a un giro verbal de una f rase. 207 Pero, además de esta etio logía «lingüís tica» de los síntomas, Freud establece a su vez un movimiento recíproco, y es el hecho de que los síntomas significan, remiten a otra cosa, hablan , resumido en esa frase magistral de Freud acerca de cómo «nos encontramos con el fenómeno interesante y no indeseado de que el 206 (Tubert, 1999) p.148 207 (Forrester, 1980) p.20 80 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad síntoma se une a la conversación ...». 208 Y es precisamente esto, además del socavamiento de las teorías de la degeneración decimonónicas, el mayor mérito que Foucault reconoce a Freud, en una relación periódicamente ambivalente. (Nietzsche, Freud, Marx) h an modificado la naturaleza del signo y l a forma general en la que podía se r interpretad o […] con ellos la interpretación ha devenido una tarea infinita […] Nietzsc he y Freud, cuanto más lejos se va e la inter pretación más nos acer camos a una región peligros: puede llegar a desapare cer entr añando la desapari ción del propio intérpret e […] porque Freu d no interpreta signos sino interpretaciones. Bajo los síntom as, ¿qué descubre Freud? No traumatismos, actualiza fantasmas co n su carga de angustia, un nudo que es ya él mismo en su propi o ser una interpret ación. 209 La lectura de Lacan enfatizará está di mensión de la función del lenguaje y Lacan será uno de los protagonistas del auge del movimiento estructuralista en los años 60. Su relectura de Freud y la in corporación de nociones de la lingüística moderna inaugurada por Saussure —significante y significado— y de la lingüística estructural de Jakobson —procesos de metonimia y metáfora— florecerán en una complejísima y sugerente obra que no ha dejado de tener férreos enemigos ni reelaboraciones desde parámetros feministas. El propio Foucault en sus primeros libros reconoce su d euda con algunos postulados lacanianos. A pesar de un a centralidad y de una influencia determinante sobre otros discursos culturales, nos limitaremos a señ alar tal momento puesto que abordar el estatus de lo lingüístico en el ámbito del psicoanálisis supondría una descomunal empresa. Reconociendo la relevancia difícilmente cuestionable del psicoanálisis en el pensamiento del siglo XX y en el progresi vo interés que adquirieron en él los fenómenos lingüísticos, otras corrientes de muy diferente cariz introdujeron el estudio del lenguaje como objeto central de sus desarrollos. Entre ellas, la filosofía an alítica emprendió un sistemático estudio de los pr oblemas y de las fórmulas potencialmente adecuadas para el uso del lenguaje en la práctica cognoscitiva. Tanto Frege como Russel r ecurren a la lógica estableciendo las bases para su posterior desarrollo con la intención de conseguir que el lenguaje permita un conocimiento adecuado del mu ndo. Tal como señala Ibáñez, esto supone el desplazamiento de las ideas a los enunciados, reemplazando la relación ideas/mundo por la de lenguaje/mundo. 210 Aunque siempre sea excesivo situar en un autor la influencia determinante en relación con un proceso de amplio y heterogéneo de ela boración discursiva, sí resulta pertinente referirse al extraordinario impacto que la obra de 208 (Freud, 1918 [1914]) 209 (Foucault, 1967) pp. 568-571 210 (Ibáñez, 2003a) p. 27 Parte I. Una tensa oscuridad 81 Wittgenstein tuvo y tiene en las reflexiones sobre el lenguaje. Vienés, pero alumno de Frege y Russel de quienes aprendió la nueva lógica p roposicional, su transcurso vital le permitió insertarse en contex tos de tradiciones culturales diversas; asimismo, su propio itinerario intelectual de desplazamientos tan acentuados, hace que se hable habitual mente de un primer y un segundo Wittgenstein, y lo caracteriza como un autor decisivo. Tal como lo expone Cruz, Wittgenstein pasa de un planteamiento atomista lógico según el cual las proposiciones atómicas representan hechos atómicos, a la crítica de ese paradigma significado-figura puesto que éste descansaría en un doble prejuicio: a) que los elementos últimos del lenguaje tienen una univocidad referencial al objeto y b) q ue la estructura de la proposición es una proyección de la estructura del estado de los hecho s. En el desarrollo posterior de su obra, la base de la comprensión del lenguaje no estará ya en su relación figurativa, sino en la objetividad de sus usos : el lenguaje no es otra cosa que sus usos, variad os y múltiples. Un uso sería el de la descripción (que el neopositivismo equipa ra con el significado) pero habría otros y a todo esto llama Wittgenstein juegos de lenguaje , que son, en el límite, formas de vida .211 Rompiendo con la concepción representacionista que mantiene en el Tratactus , se opone después a la esencialización y ontologización del significado, tal y como se establece en las Investigaciones filosóficas . El significado ya no se conforma a los requisitos a priori y sugi ere que hay que vincular el significado al uso , evitando la idea de que a cada palabra le corresponda un objeto. El uso, obviamente, se da en un contexto ling üístico-social, no puede analizarse el significado de las palabras desvinculado del mismo. Las expresiones lingüísticas adquieren, pues, su significación en función de su empleo en los diferentes contextos vi tales, lo cual lo orienta a centrar su análisis en las reglas pragmáticas que gobiernan los usos de difer entes expresiones en los juegos de lenguaje en los que operan esas reglas, y en las formas de vida más amplias que confieren significación a los juegos de lenguaje . Lo que irrumpe con fuerza en las investigaciones filosóficas es, precisamente, la naturaleza social del lenguaje, su ser mismo emergiendo en la acción y la interacción humana . «Llamaré juego de lenguaje al todo formado por el lenguaje y las acciones con las que está entretejido». 212 «La noción juego de lenguaje debe poner de relieve aquí que hablar el lenguaje forma parte de una actividad o de una forma de vida». 213 211 (Cruz, 2002) 212 (Wittgenstein, 1953) (VII) 213 (Wittgenstein, 1953) (23) 88 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad La naturalizaci ón tanto de la het erosexualidad como de l a esencialidad masculina del agent e sexual son co nstrucciones discursivas que en ningún moment o se explican, p ero que se dan p or sentadas en este marco estructuralista fundacional. 232 Consideramos que, además de las autoras cuyas aportaciones recogemos en este trabajo, han sido las obras de Foucault, Deleuze y Derr ida aquellas que han cuestionado solidamente presupuestos de formas de pensamiento anteriores. Y es también su obra la interlocutora de muchas teorizaciones feministas entre las que podemos resaltar la figuración del sujeto nomade de Braidotti inspirada en la obr a de Deleuze y la noción de performatividad que Butler utiliza recogiendo la idea de iterabilidad e indecibilidad de Derrida. Este ha sido también una influencia constante en la teoría reciente a par tir de su noción de deconstrucción . Deleuze ha sido un pensador radica lmente creativo, con un pensamiento intempestivo que ha configurado un intr incado y fluido paisaje teórico, que bien podría ser el reflejo de una de sus conceptualizaciones más notorias e innovadoras, el rizoma . Frente a lo que él considera la imagen dogmática del pensamiento occidental, desarrolla otra , la del pensamiento rizomático, que escapa a la estructuración y a las formas rígidas y canonizadas de la filosofía. Un pensar vivo que desplaza incesantemente l o establecido para abrirse de manera constante al a contecimiento, a lo nuevo. Un pens amiento que es político porque es en sí mismo resisten cia en tanto creació n de vida. Un pensamiento en plural, también, puesto que Guattari y Deleuze trabajaro n y firmaron juntos. Una de sus preocupaciones fructíferas ha sido la noción de diferencia y junto a ella la de repetición , rompiendo la forma característica de pensar és tas que ha dominado la filosofía. Sin entrar en más detalles, considera que ambas nociones están intrínsecamente unidas, puesto que desde el momento en que introducimos el eje diacrónico en un ámbito cualitativo, éste se multipli ca, porque se repite diferenciándose, lo cual a su vez es lo que le permite seguir repitiéndose. En su pensamiento acer ca del sujeto cobran una importancia decisiva dos de las características a las que se han opuesto las conceptualizaciones de la identidad que han prevalecido en los últimos siglos en occidente: la multiplicidad (frente a lo monolítico y coherente) y el devenir, el fluir inevitable y gozoso de la vida, de esa vida que siempre es diferente a ella misma. Desde estas consideraciones abordará el análisis del sujeto, del cual acentuará los rasgos más inestables y lo pensará co mo un territorio, fluctuante, cambiante, cuyos límites con el exterior , si puede establecerse tal distinci ón, 232 (J. Butler, 1990a) pp. 77 Parte I. Una tensa oscuridad 89 serían porosos y cambiantes. Y porque este fluir de la duración es incontenible, Deleuze liberará al deseo del objeto, pensará el deseo como un vector de fuerza, fuerza de la vida como líneas pujantes. De lo que hay, de lo que va habiendo, piensa Deluze, se apodera inmediatamente el poder, que lleva a cabo sobre todo cuanto ocurre, una tarea de atribución de sentido. El sentido es una determinación que el acontecimien- to alcanza cuando consigue hacerse visi ble y enunciable. Pero el control sobre el sentido es precario porque la subj etividad no se agota en su condición de efecto del exterior, es también la expresión de una potencia capaz de desplegarse fuera de las vías trazadas por el poder. Porque como deja claro en Lógica del sentido «el sentido no es nunca principio ni origen, es producto. No está por descubrir ni restaurar ni reemplazar; está por producir con nuevas maquinarias». 233 El individuo, tal como es conceptualizado habitualmente, es un producto del poder ante el cual lo que cabe hacer es, precismante, «desindividualizar» mediante la multiplicación y el desplazamiento. Una fuga tenaz en relación con el poder que le hace decir a Foucault en su prefacio a la traducción al inglés del Antiedipo , algo sutil y brillante: Incluso podía decirse que a Deleuze y Guatt ari les gusta tan poco el poder que han p retendido neutraliz ar los efectos de poder ligados a su propio discurso. De ahí los juegos y las trampas q ue se encuentran dispersas por todo el libr o, y que hace n de su traducció n una proeza. No son sin embargo las trampas familiares de la retórica […]. Las trampas de el antiedidpo son las trampas del humor: invita ciones incesa ntes a dejarse expulsar, a irse del text o dando un portaz o. El libro inci ta a veces a pensar que únicamente hay humor y juego allí d onde, sin embargo ocurre algo es encial, algo de la ma yor seriedad, el asedio a todas las formas de fascismo, desde aquellas, colosales, que nos rodean y nos aplastan, has ta esas o tras form as menudas que consti tuyen la ama rga tiranía de nuestras vidas cot idianas. 234 Estas transiciones complejas entre momentos históricos del pensamiento no pueden ser agotadas, obviamente, con lo que hemos señalado, pero nos permiten pensar la irrupción de la problem ática del sujeto y de la historia en el panorama postestructuralista. Al respecto, Foucault señalará su propia posición entre estos dos movimientos, el estr ucturalista y el postestructuralista: Se admite que el estructuralism o constituyó el esfuerzo más sistemático para evacuar el concepto de acontecimiento, no s ólo de la etnología, sino de toda una serie de ciencia e incluso, en último término, de la historia. No veo quién puede se r más antiestructuralista que yo. Pero lo importante es no hacer con el acontecimiento lo que se 233 (Deleuze, 1969) 234 (Foucault, 1977g) p . 136 90 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad hizo con la estructura . No se trata de colo carlo todo en un plano, que sería el del suceso, sino de consider ar detenidamente que existe toda una estratificación de tipos de a contecimiento s diferentes q ue no tie nen ni la misma importancia ni la misma ampli tud cronológica, ni tampoco la misma capacidad para producir efectos . 235 El planteamiento de Foucault matiza la consideración del campo de dispersión y proliferación que la noción de acontecimiento implica, situando tales irrupciones de novedad en un complejo entramado social e histórico así como estableciendo la posibilidad de analizar los propios efectos de tales novedades. Es una consideración vinculada a y que vuelve pertinente, por supuesto, la analítica del poder por él desarrollada. 236 Por otro lado, la muerte del hombre , dibujada en las páginas finales de las palabras y las cosas, puede ser relacionada asimismo con el hombre conf igurado y emergente en las ciencias humanas constituidas en el siglo XIX. La muerte del hombr e no resulta para Foucault en su trayectoria sino el desplaza miento hacia la problematización de la subjetividad y el sujeto y la exploración de las formas en las que éste es configurado por los dispositivos del poder , en las mallas del poder, y la tensión establecida por la resistencia y la práctica política. De hecho, es la analítica del poder la que lo distancia de planteamientos postestructuralistas como el de Derrida, quien, en opinión de Foucault, elude la dimensión inmanente de las prácticas mediante una formalización aristocrática . Desgraciadamente soy inca paz de rea lizar ese tipo de especul aciones tan elevadas que permi ten afirmar que la historia del discurso es la represión logocéntri ca de la escri tura. Si las cos as fuesen tan fáciles sería maravilloso… por desgracia, el m ate rial absolutamente humilde del que me sirvo no permite un tr atamiento ta n aristocráti co. 237 Si se quiere hacer la historia de deter minados discursos, por tanto, «no se pueden dejar de lado las relaciones de poder que existen en las sociedades en las que funcionan esos discursos». Re laciones que sitúan lo emergente, reconducen y regulan los aconteceres y las posibilidades. 235 (Foucault, 1999). Los subrayados son nues tros. Es curioso constatar un escepticismo similar respecto a las etiq uetas por parte de Judith Bu tler: «no sé qué es el posmodernismo[…] yo no me suscribo bajo esta p e rspectiva , y no sé qué se necesita para aceptarla o negarla. De h echo, nunca he ente ndido a qué se refiere la gente cuando utiliza este término.» (J . Butler, 2001a) pp.78 236 En la siguiente cita cif ra en el poder aquello que lo separa de los an álisis estructuralistas: Ni Deleuze, ni Lyotar d ni Gu attari ni yo hacemos nunca an álisis de estructura, no somos en absoluto «estructuralistas»…no hacemos una investigaci ón de las estruc turas. Sirviéndome de un juego de palabras dirí a que hacemos inv estigaciones dinásticas. …intentamos h acer apar ecer lo que en la histo ria de nuestr a cultur a permaneció has ta ahora más escondido , más oculto, más p rofunda mente enr aizado: las relacio nes de poder. (Foucault, 1974a) p . 554 237 (Foucault, 1973a) p . 409 Parte I. Una tensa oscuridad 91 Como señala Vintges, 238 el cuestionamiento radical de la categoría del sujeto se ha llevado a cabo desde posiciones teóricas diferentes, no asimilables. A su vez López Petit platea que aquello que las a portaciones postestructuralistas de Foucault o Deleuze han permitido, es precisamente una crítica del sujeto, es decir, «que la muerte del hombre abre la s puertas a una teoría del sujeto porque deja siempre un residuo en tanto que ef ecto de un proceso de subjetivización: el sí mismo, la singularidad». 239 En palabras de Rosi Braidotti, el focus del po stestructuralismo es una compleja estructura de poder y de los diversos pero altamente eficaces modos en que el poder se combina con el conocimiento y la constitución de la subjetividad. 240 El postestructuralismo reacciona ante el estructuralismo, tanto por sus versiones marxistas que distinguían lo material de lo ideológico, estando este último subordinado al prim ero, como ante la di mensión estática, completa o cerrada de la noción de estructura. La confluencia dentro de posiciones postestructuralistas de diferentes autores y autoras, en concreto de corrien tes feministas, se da también en esta impugnación de la soberanía del sujeto; pero este diálogo no se produce sin tensiones e incluso contradicciones relevantes. Como cualquier discusión, la establecida dentro del espacio así etiquetado nos resulta extraordinariamente viva e interesante porque en ella se perfilan y afinan las consideracio nes políticas que, más allá del rechazo compartido a la soberanía del sujeto metafísico cartesiano, plantean la variable delicadeza con la que se secciona n los hilos del tejido: hay quien después de rasgarlo pasa a otra cosa, pero también hay quien se detiene a analizar qué heb ras resultan necesarias para construir otra cosa cuyos efectos sean menos opresivos y mistificadores. Creemos que los feminismos postestructuralistas han abordado con u na agudeza y tenacidad reseñables la cuestión del sujeto: en ello se juegan demasiadas cosas. Desde estos parámetros se puede entender también el di scurso de la «muerte del sujeto» —no está de más recordar que en Foucault era la muerte del «hombre», un hombre configurado por las ciencias humanas—, no en el sentido de una renuncia a la categoría de sujeto, sino como el signo de un desli- zamiento epocal dentro de la misma. 241 En este deslizami ento se han encontrado, en ocasiones fructíferamente, en otras con acritud, el feminismo y la posmodernidad. Se trata de un proceso en el que esta categ oría central de la 238 (Vintges, 1996). 239 (López Petit, 1996) p. 188 240 (Braidotti, 2004) p. 187 241 (Bürger y Bürger, 2001). 92 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad modernidad va desmontándose, desvelan do, por un lado, los vínculos y las condiciones de posibili dad que permitieron su ela boración y desarrollo y, por otro, los otros de ese sujeto abstracto , racional, no incardinado ni vinculado afectiva e intersubjetivamen te, que hablaba de lo universal y lo humano excluyendo, entre otros, a los sujetos constituidos en el lugar de la dependencia, de la afectiv idad, esos suj etos que cargaban con to do lo «natural» de la especie para que algunos sujetos se constituyeran simból icamente como trascendencia e individualidad; y ese lugar de inmanencia era en muchas ocasiones el femenino. Desde el análisis de las relaciones de poder se avanza hacia la problematización, no como mera repulsa, del espacio subjetivo. No es casualidad que gran parte de esta problematización, en tanto destitución compleja y pausada, irreducible a un simple rechazo, haya sido realizada por el pensamiento feminista. Incluso por ése que cuesti onará radicalmente el sujeto moderno en oposición a otras corrientes feministas. Y no es casualidad, a nuestro entender, porque en esta prodigiosa batalla crea tiva, tenaz y delicada, los efectos políticos tienen un papel muy relevante. La categoría de sujeto en el pensamie nto occidental moderno ha funcionado a través de la exclusión, tal como lo ha señalado Foucault: la exclusión de lo irracional, de la locura, de lo Otro frente a lo Mismo . Las mujeres, constituyendo uno de esos otro , han tenido un estatus ontológico borroso que se deslizaba siempre hacia lo irracional, lo sensible o lo p atológico en ese mecanismo androcéntrico que ya De Beauvoir señaló como el proceso de configuración de el segundo sexo . Pero, además del proceso problemático de exclusión y/ configuración discursiva, podría añadirse que este desarrollo ha funcionado a través de la ocultación: la ocultación de los mecanismos y dispositivos de poder que reproducen y construyen subjetividades en torno a la diferencia sexu al. La ocultación más eficaz, evidentemente, es el mecanismo de natur alización. La teoría feminista ha establecido un pr ofundo diálogo en torno al sujeto no exento de tensiones, sobre todo en lo re ferido a la disolución de tal categoría, puesto que de tal desapar ición parecería derivarse la deslegitimación del sujeto feminista 242 . Pero este diálogo ha permit ido, por lo menos en algunas corrientes del feminismo, deconstruir también la categoría mujer, desencializarla, introducir el plural para hablar de las mujeres y considerar las diferentes posiciones en las que éstas se encuentran, contemplando otros dispositivos d e poder que condicionan la vida tanto de mujeres como de hombres. Que, en última instancia, no exista «la mujer», no significa que no pu edan articularse luchas estratégicas en función de la s constricciones sociales que sufren las mujeres. Ni que estas luchas se esta blezcan en un proceso reconocido como 242 (Amorós, 1997) Parte I. Una tensa oscuridad 93 provisional, permanente y crítico. Tal dimensión estratégica ha sido señalada, entre otras, por Spivak, Nicholson y Butler. Cuando en 1971 Foucault dice que «e s preciso desembarazarse del sujeto mismo, llegar a un análisis que pueda dar cuenta de la cons titución del sujeto en el interior de la trama histórica» 243 a través del análisis genealógico, postula la pertinencia de una forma de historia que no recurra a una noción de sujeto trascendente para destacar así la dimensión productiva del ejercicio de p oder. El sujeto no puede dar cuenta de las transformaciones en los ámbitos de las formaciones discursivas que ha analiz ado, puesto que es un producto encarnado de los dispositivos, tal y como señalará explícitamente en Vigilar y castigar . Pero en su progresiva complejización del poder y la resistencia y de un dispositivo como el de la sexualidad, perfilará una noción de sujeto como forma 244 , un sujeto que desde su propia constitución subjetiva en las mallas del poder, inserto en las prácticas históricas, podrá de alguna manera autoproducirse o generar cambios. La tensión, pues, entre poder y libertad, entre los cuerpos dóciles y las prácticas de libertad, encuentra en la superficie subjetiva un lugar de inscripción, conflictivo y ambivalente . La muerte del sujeto no trata de un suceso databl e de algún modo, sino de una transformación en curso del posici onamiento respecto de la ca tegoría central de la modernidad. Tras su muerte, nos es aún pertinente el espacio subjetivo sólo que ya no como un esquema, libre de contradicción, sino como espacio y proceso tensional y fragmentado . La «muerte de la muerte del suj eto», como diagnostica Laclau, 245 nos sitúa en las fronteras de múltiples desarrollos teóricos y políticos en los que emerge un «anhelo de subjetividad» 246 o irrumpe con fuerza renovada el tema del sujeto 247 . Pero ya será una noción distinta. Como dice López Petit, la muerte del sujeto nos pone en el camino de analizar precisamente el sujeto , de generar una teoría sobre el mismo, puesto que ya no damos por sentado ni partimos de las mismas premisas. 248 Es siempre inquietante cuestionar también lo qu e de ser subversivo puede devenir en verdad perceptiva. La mu erte del sujeto, expresión polifónica y polisémica, tiene sus versiones extremas en la negativa a concebir siquiera tal espacio de reflexión, a eludirlo mediante un gesto epistémico afirmativo: no existe, no hay por qué estudiarlo. Como Butler, sospechamos de tal «desamarre 243 (Foucault, 1999) p. 47 244 (Foucault, 1984d) 245 (Ernesto Laclau, 1996)p. 43 246 (Birulés, 1996) 247 (Muñoz, 2002) P. 374 248 (López Petit, 1996) 94 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad radical del sujeto» aunque fundamentalmente lo hagamos desde la conside- ración de las implicaciones políticas que esto tiene. 249 Y desde una perspectiva genealógica y filosófica sería posible plantear, como lo hace Muñoz: ¿No resultaría más acorde con l o que aquí está realmente en jueg o interpretar aq uella «destrucción» como u n paso más de ese proc eso de búsqueda de las condiciones efectivas de posibilidad de sujeto reales o lo que es igual, inicialmente determ inados, más allá de la consabida elevación de la subjetividad sin más a origen y fund amento de todo sentido y «medida de valor de la s cos as» con el que también puede identificarse la modernidad? Una mo der nidad de la que Spinoza, por ejemplo, sería y es tan represent ativo como Descar tes. 250 El análisis postestructuralista permite entender instancias que han sido sustancializadas y concebidas como ontológicamente preexistentes a su estudio, intenta comprenderlas en un marco relacional en el que sus fronteras y límites se desdibujan, se vuelven poros os, se desvanecen. El individuo, la sociedad y el conocimiento que en ella se produce están íntimamente conectados: el individuo está condiciona do en su desarrollo por el tejido social de prácticas, relaciones y símbolos en el que se inserta y que remite siempre a un momento histórico y a una sociedad determina da. No es posible pensar un sujeto abstrayéndolo de los vínculos que lo constituyen y que lo determinan, como es difícil pensar una producción científica que no remita a las posiciones sociales desde la que es elaborada. 249 (J. Butler, 2004b) 250 (Muñoz, 2002) p. 375 Parte I. Una tensa oscuridad 95 2.3. Un espacio teórico para la subjetividad 2.3.1. El self y los aportes de la psicología social crítica Debemos partir de una doble consider ación. En primer lugar, que la atención que a diferentes fenómenos psicos ociales se haya prestado a lo largo de la historia de esta disciplina ha estado condicionada por el contexto concreto en el que ha emergido y ha ido desarrollándose. En segundo, que el reflejo que esto haya tenido en las historiografías más o menos aceptad as por la comunidad científica también será producto de intereses y prácticas determinadas. Como ha señalado Ibáñez, ninguna historiografía es inocente, y en muchos casos puede ser un ejercicio de justificación del presente desde el cual se lee la historia; además, siempre existirá la tendencia a aplicar retrospectivamente las clasificaciones o distinciones disciplinares vigentes, como si ya hubieran estado contenidas en el pasado, algo a lo cual Ibáñez denomina falacia presentista . 251 Por lo tanto, y en el tema que nos ocupa, se p uede analizar qué tipo de consideración y atención (o desatención) ha tenido la cuestión de la identidad o la subjetividad en la historia de la disciplina teniendo en cuenta que aquellas serán fruto de procesos contextuales y sociales; además, que, aun cuando haya sido aparentemente limitada, quizá haya en los márgenes de la evolución de la psicología social «oficial» desarrollos y teorizaciones influyentes y ricas. Estas últimas se han hecho visibles sobre todo a partir de la crisis que sacude a la disciplina en los 70; crisis que, dicho un tanto sucintamente, es también f ruto de aportaciones que han convulsionado la historia del pensamiento y las ciencias sociales en el si glo XX, y de la incapacidad de la psicología social hegemónica del momento para explicar e intervenir en la realidad tal como parecía ser una de sus pretensiones. En relación con esto úl timo, han sido fundamentalmente el paradigma positivista y el individualismo metodológico imperantes los elementos que se señalaron como «obstáculos» para ello o, incluso, como causa de efectos de poder en la comprensión o la definición de la realidad psicosocial. Este contexto histórico que ha afectado los avatares de la Psicología, aunque haya desarrollos de ésta que han sido contundentemente impermeables a él, se caracteriza, entre otros elemento s, por la superación o, por lo menos, la 251 (Ibáñez, 1990) p. 20 96 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad problematización de los planteamientos neopositivistas, el auge del pragmatismo, de la fenomenología y la hermenéutica, la configuración de la sociología del conocimiento y la mutación de paradigmas científicos. Será pues en el contexto d e la crisis de la disciplina en el que, por un lado, se recuperarán autores y teorizaciones que habían quedado en una órbita marginal, se harán nuevas lecturas de autores clásicos y emergerán con características nuevas planteamiento s teóricos innovadores de muchos fenómenos, entre ellos el interés concedido al self, a la identidad y a los procesos de subjetivación. No es nuestra intención analizar este complejo panorama disciplinar, sino trazar un esbozo breve de las apro ximaciones y de las teorías que han posibilitado el estudio de los fenómenos de la identidad desde un paradigma psicosocial, para situar nuestro análisis dentro de su contexto académico. El cuestionamiento del individualismo metodológico permitió la recuperación de corrientes como el interaccionismo simbólico de Mead y la dramaturgia de Goffman, entre otras; el interaccionismo simbólico sitúa la emergencia del self en las relaciones soci ales, es la propia interacción el soporte para su configuración, interacción cuya dimensión simbólica es acentuada; por otra parte, la teoría de la presentación del yo y la gestión de impresiones de Goffman concibe el self como actor en contextos diversos, con modelos d e comportamientos organizados socialmen te, que actúa y nego cia en la propia interacción. Ambas corrientes desesencializan y fragmentan la identidad considerándola, además, en el proceso de su desarrollo. Además, podemos añadir que el cuestionamiento de postulados individualistas y positivistas ha permitido asimismo la permeabilidad a ot ras disciplinas. Esta permeabilidad ha derivado progresivamente en planteamientos interdisciplinares e incluso transdisciplinares como se dan en el seno de la psicología social crítica. Así, por ejemplo, tanto las anteriores escuelas como la etnometodología, la lingüística, la antropología e incluso las ciencias «duras» han prestado o han permitido la elaboración de conceptos clave para desa rrollar nuevos discursos y análisis de la realidad psicosocial. Todo ello en contraposición con los « mitos positivistas» cuya construcción de la identidad se da a partir de presupuestos variados como pueden ser la distinción entre el individuo y la sociedad como entes cons tituidos en mayor o menor grado antes de establecerse la interacción entre ellos, lo cual se vincula asimismo a la demarcación de un interior y un exterior, la distinción entre lo natural y lo cultural, la estabilidad sustantiva de la identidad, así como la compartimentación de ésta (identid ad social, de género… y todas las esquematizaciones convenientes acerca de l autoconcepto multidimensional y la Parte I. Una tensa oscuridad 97 autoestima) y el presupuesto de una iden tidad primera sobre la que se integran otras tales como la identidad de género. a) El redescubrim iento del self en la psicología social contemporánea Tal como se refleja en los Handbooks y en la proliferación de publicaciones y simposios, el self suscita un notable interés en los años siguientes a la crisis. Una de las razones de ello es la revoluci ón cognitiva que se da en la psicología y los dilemas y elementos que pr ogresivamente planteaban las teorías enmarcadas en tal corriente como las teorí as de la atribución, los esquemas de conocimiento de sí mismo, el impacto de la teoría de la disonancia cognitiva, la reflexividad que se adivina en conceptos como la autoeficacia, la autoconciencia, la autoevaluación, etc. Por otro lado, la recuperación del trab ajo de Mead y Cooley, así como el de Goffman, como hemos señalado, permite situar el self en un contexto de interacción continua en el que se disuelven las fronteras claramente delimitadas entre individuo y sociedad. La psicología social europea, reactivada con gran energía tras la crisis, en su vocación de hacer más social una disciplina limitada en el contexto norteamericano, introduce conceptos de gran poder explicativo como el de identidad social de Tajfel, la categorizac ión social, las teorías implícitas de la personalidad, etc. Por lo tanto, abunda en este desdibujamiento de la demarcación infranqueable en algunos pos tulados, entre individuo y contexto social, y vincula la identidad a una categoría social, un «nosotros» en el que uno se configura. Ya hemos mencionado el desarrollo de los estudios de género y de la psicología femenina y feminista que, desde el concepto de género, han producido una gran cantidad de conceptos-puente entre la identidad y el género, tales como androginia, identida d de género, rol de género, etc. En muchas ocasiones algunas conceptualizaciones han reproducido la esencialización de las diferencias, perm itiendo un efecto de n aturalización del que quedaba ausente toda referencia a las relaciones de poder que las reproducen, «marcando la diferencia» y homogeneizando al colectivo de mujeres. Contra esto, desde el pens amiento crítico feminista se ha problematizado la categoría de género y las identidades de género, a las que no se podría asociar de forma estable y continuada unas características y atributos concretos. Toda posibilidad de conocimiento sobre las identidades de género está circunscrita a la cultura, historia y relaciones de poder que la envuelven; padece un proceso de «semiotización» irreductible. 252 252 (Violi, 1991) 104 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad prácticas significantes. El cuerpo em erge en ese proceso como un cuerpo que habla, un cuerpo que produce y refracta, a su vez, actividad significante. El cuerpo es, siempre, un cuerpo ya habitado y conc ebido con el lenguaje, a pesar de que algo heterogéneo lo exceda. El cuerpo es un cuerpo siempre con historia, como Tubert resalta: Toda explicac ión que se apoye en analo gías con el cue rpo orgánic o —que no es, por otra parte, el cuerpo real, sino el cuerpo construido por la biología— será necesariamente imaginaria porq ue no toma en consideración la heterogen eidad del organismo y el cuerpo eróg eno, cuerpo que la histori a de cada sujeto c onfigura como una c artografía particular del placer y del dolor. 272 Para Burkitt, por ejemplo, el cuerpo es tanto un producto como un productor cultural que habita un mundo simbólico conectado a otras dimensiones o a sus experiencias; con ectado a su propia localización en los distintos espacios y tiempos generados por su actividad social. 273 El sujeto es un sujeto en y de la semiosis, como sostiene ampliamente De Lauretis. 274 Al respecto, nos parece enormemente su gerente un texto de García Selgas: Asentar la semiosis en la enc arnación ha ce que para que algo funcione como signo sea n ecesario, entre otras cosas, una agente cuya configuración/asimilación experien cial de la práctica social permita la realización del signif icado . Igualmente hace que las prácticas significa ntes no sean casos extraordinari os o inmediatament e ligados a alguna narr atividad textual, sino que ap arezcan en cualquier contexto prá ctico. Al usar o recibir signos pr oducimos interpreta ciones. Sus efectos de significado deben pasar a través de cada uno de nosotros , antes de poder producir un efec to o una acci ón sobre el mundo. 275 Esta realización del significado que puede no ser exclusivamente racional o narrativo y que se produce cuando múltiples conexiones y relaciones nos atraviesan, creemos que es un proceso implicado y posibilitado en la adquisición del lenguaje, un proceso que se abre tambien, por lo tanto, a dimensiones no conscientes de la práctica humana. El cuerpo puede contemplarse como lugar de inscripción de conocimientos y poderes, pero también como lugar de producción de agencia, significados, emociones. Este es el desafío, a nuestr o entender, que la conceptualización de 272 (Tubert, 2003). 273 (Burkitt, 1999). 274 (De Lauretis, 1992) 275 (García Selgas, 1994) p. 521 (l a negrita es nuestra). Debo el de scub rimiento de este texto a Pepe Ema, cuyos seminarios fueron esp ecialment e rel evantes en el pro ceso de elaboración de esta tesis y la posib ilidad de un extrao rdinario diálogo. Parte I. Una tensa oscuridad 105 la «corporeización» se encuentra: cómo se producen los cuerpos, pero cómo la realidad corporal, sin caer en una posición realista, puesto que nunca podremos concebir un cuerpo de forma no discursiva, elabora, crea o reproduce significados y prácticas. c) Los procesos no conscientes y el deseo Foucault dijo en una entrevista que haber leído a Lacan a principios de los cincuenta le había ayudado a liberarse de la «concepción tradici onal del sujeto», pues le enseñó que el «uso aparente de l pronombre yo» disfrazaba el hecho de que el sujeto es, en realidad, «una cosa muy frágil y compleja, de la que es muy difícil hablar y sin la cual no es posible hablar ». 276 Esa cosa compleja y frágil, de la que es difícil hablar (y Foucault emprendió una obra inmensa para hacerlo), habla. Sin ella no es posib le hablar, porque el sujeto es alguien hablado pero que habla. Y habla con su cuerpo, como expresa una cita de Leonardo que Agamben resalta: ¡Oh, matemáticos, aclaren el err or! El espíritu no tiene voz, porque donde hay voz hay cuerpo... 277 Agamben, que se apoya en la lingüísti ca de Benveniste y su cuestionamiento de la obra de Saussure, sobre todo en relación con la utilización de los pronombres personales, considera que aquel inconsciente primario, esa parte sumergida de la tierra psíquica a la que Freud había aludido, era un no-sujeto, puesto que la idea de una infancia como una «sustancia psíquica presubjetiva se revela como un mito similar al de un sujeto pr elingüístico». 278 Considera por ello que sujeto e inconsciente van parejos y q ue se conforman con/en el lenguaje. No resulta sorprendente, dice, que Lacan nos demuestre que también ese inconsciente es en sí mismo lenguaje. Los procesos inco nscientes serían una dimensión imbricada en el curso de la configuración subjetiva, iniciada, sinuosamente, a través del periplo de la adquisición del lenguaje. Y es esa dimensión opaca, no racional, la que pu ede servirnos para pensar tanto la sedimentación de prácticas y disposicione s como la actividad d e producción de significados. Entrelazadas ambas en el cuerpo que sufre, padece, goza y vibra. El lenguaje aprehende un cuerpo que atraviesa y configura, inaugurando asimismo la posibilidad de refractar y recrear el orden simbólico. Pero es, en la infancia, un lenguaje que se está adquiriendo. Porque tal adquisición se da siempre desde el inicio de una vida, en un proceso complejo y largo, y siempre en un contexto social regulado e intersubjetivo . Por lo 276 (Foucault, 1981a) p . 205. 277 (Agamben, 2001a) p. 7. 278 (Agamben, 2001a). 106 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad tanto, el lenguaje que se va adquiriendo es el lenguaje que está aprehendiend o y atravesando ininterrumpidamente un cuer po. El inconsciente puede ser otra dimensión de un cuerpo que se inserta paulatinamente en el orden simbólico, donde los significantes y la elaboración de significados se encarnarán dando inteligibilidad al sujeto. También Butler recoge esta idea planteando que «el sujeto emerge al mismo tiempo que el inconsciente». 279 Pero el lenguaje, en el proceso que dota de inteligibilidad a un cuerpo, funciona también como un límite. Intr oduce la articulación de una identidad que se distingue de otras. Hay una fractura que el lenguaje posibilita, posibilitando a la vez la historia y los re latos desde su singularidad. El yo será una ficción, como recordaba Foucault del presupuesto lacaniano, una ficción que enmascara una complejidad irreducti ble a lo consciente. Una ficción que disfraza la heterogeneidad y encubre un a falta. Ahí es donde Lacan situa la emergencia del deseo dentro de los pr ocesos de movilidad del sujeto. En una compleja interrelación entre las instanci as de lo real, lo imaginario y lo simbólico, se establece la dinámica de l deseo vinculada a la inserción en el lenguaje y las dimensiones no co nscientes que esto implica. Un cuer po atrapado por los significantes, pero que goza y sufre. Desea. Sin embargo, subrayamos que tales procesos están situados en un contexto relacional, intersubjetivo, regulado a su vez por dispositivos y prácticas sociales , discursivas y no discursivas. La historicidad de éstas, algo relegado en muchas versiones de la teoría psicoanalítica, nos sitúa en un espacio de contingencia que puede ser subvertido, que es subvertido en procesos sociales de mayor o menor alcance, por sujeto s que resignifican, que impugnan y desvían normas hegemónicas en sus prácticas. La gente lucha y busca transformaciones en y desde sus condiciones materiales y simbólicas. Desea cambios, aunque a veces se desee ta mbién abrazar las propias servidumbres. Y esto nos sitúa en otra línea de tensió n importante, quizá la más importante en este trabajo, aquella que se refiere a las relaciones de poder como elem ento instituyente de una realidad que ha cen aparecer como necesaria, siendo contingente. d) Sujeto sujetado y sujeto agen te: entre el poder y la libertad Si los dispositivos de poder están implicados en la configuración de una realidad determinada mediante técnicas, discursos, instituciones y prácticas múltiples y heterogéneas, tal como Foucault planteó, la consti tución social de los sujetos, la propia inteligibilidad de éstos, vinculada a un orden sociosimbó- lico determinado, está producida, de al guna manera, por las relaciones estraté- 279 (J. Butler, 1997c) p. 17. Parte I. Una tensa oscuridad 107 gicas e históricas de poder. El propio c onocimiento sobre ellos es un efecto de prácticas discursivas determinadas. Sus conductas son disciplinadas o medicali- zadas, controladas de diversas maneras, como individuos y como poblaciones. Tal como abordaremos más adelante, los propios juegos de verdad sobre los sujetos son complejos entramados de prácticas y disciplinas, en la doble acepción de éstas. Pero si el poder opera s obre la contingencia, la resistencia, como expone la obra de Foucault, participa en el juego. El poder dispone estratégicamente los espacios sociales pero lo hace de ma nera histórica, por lo tanto, cambiante. Y en tal desarrollo o movilidad, la resistencia y la agencia participan. Lo pertinente sería analizar cómo opera el poder de manera situada, no tanto qué sea éste, en conflictiva tensión con las posibilidades de subversiones asimismo localizadas. La inmanencia de las estrategias (de poder y de resistencia) implica la necesidad de analizar situadamente tales rel aciones conflictivas. De ahí una analítica del poder histórica y siempre en la necesidad de re-actualizarse, en la que la tensión entre la sujeción y la agencia, el poder y la potencia, resulte un elemento problemático e irreductible. Judith Butler ha profundizado en esta dimensión productiva del poder explorando sus dimensiones psíquicas. 280 El interés de abordar mecanismos no conscientes de estos procesos podríamos cifrarlo como el intento por comprender aquella vieja perplejidad de Spinoza, «luchan por su servidumbre como si fuera su libertad». La constitución y las regulaciones de los contextos sociales pasa por la operatividad del poder sobre y en los cuerpos, sin establecer una relación dialéctica entre estas dos instancias, poder y sujeto/cuerpo, puesto que operan y son aquello que emerge y se actualiza en la propia relación. 281 Pero atender a los procesos inconscientes, ima ginarios y de deseo, permite explorar las identificaciones y los relatos subjetivos que se ajustan, más o menos, a los imperativos hegemónicos y desde los que establecen una tensión o resistencia. Preguntarnos como lo hace Alvarez–Uría ¿cuáles son los complejos procesos sociales y políticos pero también los procesos de subjetivación que hacen que los sujetos abdiquen de su libertad y autonomía? O , c o m o B u t l e r ¿ cuáles son los mecanismos psíquicos del poder? Nos sitúa en el escenario de una analítica incierta, provisional y continua, inmanente, de carácter ético y político. Si el poder actúa produciendo su propia invisibilidad, ¿cómo distinguir la liberta d y la sumisión? ¿las prácticas de libertad y las prá cticas de dominación? Huyendo de las totalizaciones y descend iendo a las prácticas, Foucault enhebra múlti ples elementos y relaciones para abordar estas paradojas cuya respuesta será 280 (J. Butler, 1997c). 281 (J. Butler, 2004a). 108 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad siempre precaria. Necesaria y deseablemente precaria. Porque toda historicidad, por un lado, y la dificultad de hablar por todas y todos, impide el recurso a formulaciones normativas trascendentes , aunque no impide la toma de posición, por otra parte inevitable, cuando de las condiciones vitales, las nuestras, las de otras, hablamos. El sufrimiento, así como los placeres y el deseo que pueden desprenderse de ellas, son siempre vibraciones de un cu erpo situado. La práctica teórica es también un campo de lucha que, como todas l as acciones humanas, tienen efectos en tales condiciones. Si se concibe lo pensado como un producto i nserto en una superficie histórica y discursiva, entonces la deconstrucción del proceso a través del cual ese resultado ha tenido lugar pasará a constituir un elemento clave par a su analítica. La superficie discursiva ha si do un escenario de la práctica teórica feminista que precisamente ha impugnado, deconstruido y elaborado diversos desarrollos teóricos subrayando los efectos que éstos tienen en las vidas de las mujeres. Porque los sujetos son sujetos engenerados ( gendered ) y ello también se juega en las mallas del poder. 282 Dicho de otra forma, tal como el colectivo de precarias a la deriva plantea, las interrelaciones entre poder y cuerpo sexuado s on parte de los procesos de subjetivación: Rescatamos tambi én un pensamiento y una pr áctica políti ca que tematizan el cuerpo como lugar y expresión de la dominación y la explotación y pe nsamos el cuerp o productivo o la «producción del cuerpo (sexuado)» com o un proceso conti nuo de encarnación de subjetividades que se encue ntran si multáneamente suje tadas y en pu gna por determinar sus cond iciones de desarrollo. 283 e) Sujeto generizado Que las condiciones de existencia de hombres y mujeres se han producido de manera parcialmente específica es algo que muchos análisis olvidan. Y lo olvidan porque figuran un sujeto abstracto que opera como universal y deja en silencio las situaciones y los contexto s específicos que las mujeres viven. Obviamente, no consideramos como constante invariable tal operatividad del sistema de género, puesto que éste adquiere concreciones diversas en articula- ción con otros dispositivos reguladores y hegemónicos, pero sí un elemento muy importante en el tra sfondo que deter mina nuestras prácticas sociales. Sus efectos de desigualdad y sometimiento han sido y son p ermanentemente 282 Recojo el título de una con ferencia de Foucault (Fo ucault, 1981b). 283 (Precarias a la deriva, 2004). Parte I. Una tensa oscuridad 109 señalados. La cuestión del self siempre ha sido central en el feminismo puesto que en la sociedad no somos nunca selves simples, sino gendered selves. 284 Incluso la consideración del marco de la diferencia sexual, desde una estrategia política, debería manten erse tal como argumenta Butler: (…) porque tr ae a debate l a conti nua realidad cultural y polític a de la dominación patriarca l, porque nos re cuerda que sean cuales sean las permutacio nes de géner o que se den, no desafían ple namente el marco dentro del cu al se desarrol lan, ya que e ste marco persiste a un ni vel simbólico sobre el que es más difícil inter venir. 285 Foucault consideró la sexualidad en La voluntad de saber como un dispositivo histórico que en Occidente ha confi gur ado el sexo. Otras autoras, como De Lauretis y Butler han abordado de manera similar la constitución generizada de los sujetos, desplazando el núcleo de anális is de la sexualidad como práctica de inteligibilidad y configuración subjetiva ha cia la consideración identitaria de un «sexo verdadero» que nos dota de in teligibilidad social. Se gún Butler, por ejemplo, es necesario: Mostrar cómo la noci ón misma del sujeto, inteligibl e sólo por su apariencia de género, admite posib ilidades que antes habían quedado excluidas forzosamen te por las diversas r eificaciones del géner o que han constituido su s ontologías continge ntes. 286 Siguiendo a esta autora, la exploraci ón del funcionamiento del sistema de sexo/género supone la consideración del proceso de configuración subjetiva puesto que, parafraseándola, así como el sexo era, desde antes, género, el sujeto era, desde el inicio, un sujeto generizado; es decir, constituido como tal en la configuración de su ser en el entramad o sociosimbólico. Por lo tanto, sería interesante que en las reflexiones acerca de las fi guraciones subjetivas, éstas problematicen y complejicen este ejercici o de poder vinculado a la identidad generizada y corporeizada de los sujetos. El género se construye en la misma constitución del sujeto. Al decir que el género está construido no se afirm a que sea ilusorio o artificial, ente ndiendo estos términos dentro de una rel ación binari a que contrapone lo «real» y lo «a uténtico» como una oposición. 287 Siendo pragmáticas, podríamos decir que los discursos que prescinden radicalmente del sujeto prescinden también a nu estro entender del análisis 284 (Coole, 1995) p. 123. 285 (J. Butler, 2001 b) p. 12. 286 (J. Butler, 1990a) p. 66. 287 (J. Butler, 1990b) p. 66. 110 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad exhaustivo y detallado de las prácticas de sujeción de género, ya que éstas construyen sujetos, pero sujetos diferentes, “diferencia” que se elabora y reelabora en diferentes momentos histór icos y entornos culturales diversos, evidentemente, pero que, como subraya De Lauretis, implica experiencias distintas para hombres y mujeres, asumie ndo que ni todas las mujeres ni todos los hombres tienen las mismas experiencias. Sin abordar este complejo campo de los dispositivos de poder, quedan de nuevo las definiciones genéricas enraizadas en el oscuro subsuelo de lo natural, o, lo que es peor, invisibilizados sus efectos de desigualdad efectiva. Desde sus inicios la reflexión de las mu jeres pone en relación los temas de la individualidad y de la generalidad, de lo que es único y específico de cada s er y lo que es general y común a tod as, de la diferencia y de las diferencias. Como el lema «lo personal es político» indica , se han desmantelado demarcaciones rígidas establecidas para la acción social y política. Hacer político lo privado, ése es uno de los ejes del pensamiento feminista en el análisis de la identid ad, politizando las prácticas cotidianas a través de prácticas intersubjetivas. Partir de sí misma: esta fórmula ha presentado tal vez una de las adquisiciones más importantes para las mujeres formadas en el feminismo. Partir de sí misma significa considerar la propia experiencia individual como fuente primera de conocimiento, base y fundamento imprescindible para cualquier reflexión y elaboración posterior es. Sabiendo que no se puede da r un auténtico conocimiento de la realida d ni transformación alguna de ésta si no es a partir de una compleja implicación de nuestra singular, específica individualidad; pero inscribiendo ésta en los contextos sociales e históricos en los que emerge. f) La inevitable tensión ética Si seguimos a Foucault, no es posible moverse fuera de las mallas del poder, aunque éstas, como dispositivos móviles se rearticulen constantemente y en su actualización permitan la apertura a lo nuevo e imprevisible. Y si los discursos forman parte de estos dispositivos conformadores de la realidad, todo discu rso, cualquiera, tiene efectos d eterminados, sean éstos de solidificación del orden hegemónico o sean impugnaciones del mism o. Pero incluso en un proceso de subversión, de crítica de los lugares y de las prácticas reguladas, será difícil prever los efectos y será difícil sustentar las propuestas en necesidades o imperativos trascendentes; desde una posición abierta aunque se q uiera emancipadora, en tanto apuesta antiautoritaria o anhelo de transformación de las condiciones de vida para evitar sufr imientos evitables, la imposibilidad de una respuesta totalizada implica una incertidumbre atenta a los efectos Parte I. Una tensa oscuridad 111 inmanentes y a las experiencias creati vas. También a los efectos de su propio discurso. Radicalmente escéptica, 288 la apuesta de Foucault , a pesar de haber sido calificada de conservadora o paralizante (las interpretaciones son inevitables y muy discutibles) plantea, a nuestro entender, una actitud de alerta, de no reificación de un lugar de la verdad defi nitivo y con alcance universal, de crítica constante, asumiendo en su quehacer la dimensión política y ética de toda práctica y su compromiso con los diferentes contextos en los que se desarrolla. Lo importante es que la verdad no está fuera del poder, ni car ece de poder.[…] la verdad es de este mundo. 289 Su escepticismo y sus desarrollos teóricos le impiden aceptar la figura de un intelectual universal que dijera y supiera un a verdad y una respuesta omnipotente. Formula la figura del intelectual específico , vinculado con la crítica en un ámbito localizado e inmanente; c onsciente de la responsabilidad, al intelectual específico, en tanto la verdad es una cuestión también de lucha política, le corresponden responsabilidades «que de buen o mal grado está obligado a adoptar». 290 No hay ninguna posición política purificada de poder. 291 Ni siquiera una evidencia acerca de qué sea lo subversivo o aquello que no lo es. Tales juicios son difícilmente sostenibles fuera de un contexto o al margen de la consideración de lo que sus protagonistas expresan. Aunque podamos considerarlos de manera estratégica o co mo paulatinos avances. Lo cual enlaza con la importancia que adquiere la re sponsabilidad en tanto dar cuenta de manera intersubjetiva de aquello que se hace. *** Por lo tanto, pensaremos el espacio subjetivo como un efecto de los procesos de subjetivación sociales, proces os que lo configuran como sujeto al tiempo que lo sujetan en el desarrollo de prácticas sociales discursivas y no discursivas, que in–corporan efectos se miótico-materiales; también como un espacio en tensión compleja, que sigue sujetándose per o que establece innovaciones y subversiones en una dinámica donde la actividad significante se 288 En una de sus últimas entrevis tas, Foucault se considera a sí mismo como u n pensador radicalmente escéptico. (Foucaul t, 1984e) p. 707, aun que caracteriza su labor filosófica dentro de la función que la fil osofía ha re alizado que consiste en desafiar todos los fenómenos de dominación (Foucault, 1984d) p. 729 289 (Foucault, 1999) p. 53 290 (Foucault, 1999) p. 53 291 (J. Butler, 1990a) p. 25 112 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad da imbrincando procesos racionales y no racionales, emocionales e intersubjetivos. Tal como diferentes autores han señ ala do, es mucho más difícil pensar en términos de relaciones que de sustancias , de relaciones potenciales que de intercambios visibles (Deleuze, Bourdieu, Ibáñez). Por eso, porque se arrastra una dificultad y tendencia insidiosa a analizar aquello que se ve y a reificar aquello que sucede, hay cuestiones como la del poder y la constituci ón y regulación del género se han estudiado en ocasiones de forma limitada, dejando que a través de las redes conceptuales predefinidas se esca pen procesos y conexiones entre ellos como si de agua se tratara. Como dicen Bürger y Bürger, es necesario apostar por un pensamiento que se mueva entre los dos paradigmas, fronterizo: que evite, porque le son imposibles, las aseveraciones rígidas acerca de la inexistencia o de la existencia del sujeto. 292 Tales aseveraciones siempre ocultan algo. Un pensamiento que se mueva entre los dos como es el caso del de Foucault, o que los relacione, como es el caso de Lacan según estos autores, y sobre todo, que los supere vinculándolos, como puede ser la teor ización enmarcada en el pensamiento postestructuralista feminista; éste ha desplegado un análisis exhaustivo y comprometido de diferentes conceptua lizaciones del sujeto, y lo ha abordado considerando la dimensión generizada del sujeto, corporeizado, sometido a servidumbres seculares, pero capaz de analizar y modificar tanto los discursos como las prácticas, en beneficio de esos individuos que viven y se experimentan como mujeres. Una ana lítica del poder compleja permitirá alejarnos de homogeneizaciones simplificadas de estas últimas. Pero la analítica del poder, y ha sido éste el inicio remoto de nuestra empresa, atraviesa los procesos de configuración subjetiva. Poder y subjetividad, pues, imbricados en el análisis y la crítica de nosotras mismas, esa ontología del presente que desarrolló Michel Foucault, insertándose, según él, en una tradición crítica y reflexiva: un ethos filosófico que enraíza en la obra kantiana. 293 Labor siempre pertinente e interminable, en nuestro caso centrada en el análisis de los dispositivos de género. Pensar, decía Deleuze, es lanzar los dados. Hagámoslo y hagámoslo de una manera obstinadamente problematizadora de las cer tezas. 292 (Bürger y Bürger, 2001). 293 (Foucault, 1984i) p. 575 . Parte II. Poder y subjetividad: la tensión entre sujeción y agencia El fuerte no es a bsolutamente fue rte, ni el débil absolut amente débil, pero ambo s lo ignoran. Y entonces van más allá de la fuerz a de que disp onen, (…) y allí están desnud os expuestos a la desgracia, sin la arm adura del poder que protegía sus al mas, sin qu e nada en adel ante los separe ya de la s lágrima s. S IMONE W EIL , La Ilíada o el poema de la fuer za Sed sólo vuestro rostro. Id al u mbral. No sigáis siendo los sujetos de vu estras facultades o propiedades, no permanezcáis po r debajo de ell as, sino id con ellas, en ellas, m ás allá de ellas. G IORGIO A GAMBEN , Medios sin fin , 2001 Parte II. Poder y subjetivi dad 121 Según Laclau, las relaciones de poder fijan en procesos hegemónicos el significado, reifican y naturalizan. Lo dado no es causa ni precedente, es precisamente el efecto de procesos de determinación. La contingencia radical de lo social adquiere rasgos de necesidad cuando los dispositivos de poder sedimentan determinados efectos. Y tal como Foucault planteó, ningún ejercicio de poder será más efectivo que aquel que no aparece, es decir, que aquel que adquiere invisibilidad expulsado de lo visible o enunciable por efecto de un régimen de verdad. Y una de las estrategias privilegiada en relación con esto ha sido, por supuesto sobre todo en relación con los dispositivos de género, la naturalización. En 1973, Foucault se preguntaba en relación con el sistema penal: El problema es saber si es imaginable una sociedad en la que l a aplicación de las reglas estaría controlada por los propios grupos sociales . Y en esto radica la cuesti ón del poder políti co, el problem a de la jerarquía, de la autoridad, del Estado y de los aparatos de Est ado. Unicamente c uando se hay a dilucidado esta inmensa c uestión se podrá decidir finalmente si se debe poder castigar de esta forma, o es totalmente i nútil castigar, o si la sociedad debe dar ésta u otra respuesta a una conducta irregular. 309 Esta inmensa cuestión, ampliada a otros ámbitos, quizá no pueda resolverse de manera definitiva. Quizá no deba. Quizá la alternativa sea pensar una partida constante, abierta y en riesgo permanente de problematizació n y tensiones, en las redes enmarañadas d el poder y de la libertad. Todos mis análisis van en contra de la idea de necesid ad universales en la existencia humana. Muestran la ar bitrariedad de las instituci ones y muestran cuál es el espacio de libertad del que todaví a podemos disfrutar, y qué cambios pued en todavía realizars e. 310 Hay una promesa de libertad en las palabras de Foucault, una promesa que pasa por desmantelar las evidencias y problematizar las verdades. Una libertad, pues, vinculada a la idea de poder y dominación, puesto que demostrando la arbitrariedad o la contingencia, es deci r, que algo se ha instituido como necesario hasta llegar a ser incuestionado, oculta todas esas prácticas y dispositivos, esos juegos de fuerzas que lo hicieron progresar, pero cuya inmanecia implica la posibilidad de otras formas y prácticas diferentes. 309 (Foucault, 1973b). 310 (Foucault, 1988c) p . 779. 122 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad Parte II. Poder y subjetivi dad 123 Capítulo 3. Un poder sin un afuera : 311 poder y sujeto en Michel Foucault Me parece efectivamente, q ue el poder e stá «siempre a hí», que no se está nunca «fuera», q ue no hay «márgene s» para la pirueta de los que está n en ruptur a M ICHEL F OUCAUL T , Pouvoirs et stratégies , 1977 312 (El polo subjetividad y v erdad) ése ha si do siempre mi proble ma M ICHEL F OUCAUL T , L’éthique du souci comme pr atique de la liberté ,1984 313 No pretendemos exponer aquí de forma exhausti va y sistemática todo el desarrollo teórico de la obra de Michel Foucault. Queremos, por el contrario, señalar algunos de los elementos noda les de su pensamiento y forzar los espacios que entre ellos se abren y que permiten plantear aquell o que fue una de las aportaciones más s ignificativas de su trabajo: hacer nuevas preguntas. Su lucidez implacable iluminó y cuestionó aquellas verdades establecidas. Nunca quiso que su obra fuera objeto de veneración o de exégesis. Intentaremos encontrar entre la producción caleidoscópica de Foucault, la tensión y la reflexión continuas que permiten socava r lo establecido, incluso las versiones de su propia obra, con otras miradas y preguntas. En uno de los textos de sus últimos años, como ya señalamos, Foucault vuelve su mirada hacia el acontecimiento de la ilustración y a la consideración k a n t i a n a d e l a m i s m a . E n é l s e ñ a l a u n «cambio de respiración» histórico en el pensamiento que, por primera vez, se in terroga acerca de sus posibilidades y límites en estrecha vinculación con su presente, con las condiciones históricas en el que se desarrolla. Foucault mismo se situará en esa trad ición que se pregunta mediante la reflexi ón crítica por sus circunstancias y sus aprioris. Como Deleuze ha señalado, re planteó las preguntas kantianas en una serie inquisitiva: ¿qué puedo saber? ¿qué puedo hacer? ¿quien soy yo? , 314 es decir, la reflexión sobre las posibilidades y los juegos del saber, del poder y de la subjetividad en tanto conjunto de las experiencias que uno hace de sí mismo. Pero estas reflexiones se dan con una ex plícita voluntad situada, no como un 311 Recogemos la formulación que Ewald utilizó en el encuentro i nternacional o rganizado en París en 1988 por la A ssociation pour le C entre Michel Foucau lt . 312 (Foucault, 1977f). 313 (Foucault, 1984d) p . 708. 314 (Deleuze, 1986). 124 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad ejercicio de pretensiones totalizadoras o universales, sino ceñido a su presente y a su experiencia. Ceñido a la consid eración de los aprioris que lo hacen posible, para lo cual su mirada retroceder á más y más lejos en la historia, pues es en la genealogía y el contraste dond e emerge el caracter contingente d e lo que somos. «La espiral foucaultiana», como la ha denominado Maite Larrauri, se desplaza y retrocede, descubriendo en su movimiento nuevos elementos pertinentes de análisis, fruto, asimismo , de una problematización constante de lo establecido. Esta espiral avanza desde la co nsideración del saber y las formaciones discursivas hacia las relacione s de poder múltiples, vinculadas así mismo con aquél, hasta alcanzar el anális is de las formas del sujet o, implicadas también en el análisis precedente. Son las complejas relaciones entre esto s ámbitos lo que será una y otra vez pe nsado, a través de desplazamientos y revisiones reiterativas e innovadoras. Habitualmente se considera a Foucault un pensador del poder. Nosotras llegamos a su lectura con la voluntad de encontrar herramienta s para pensar las relaciones de poder, en nuestro caso, desde una óptica de género. Como todos los viajes no programados, esta lectura nos condujo por caminos imprevistos y fascinantes. Y descubrimos en él una cartografía accidentada para pensar el poder y el sujeto: las relaciones de poder y la manera en la que puede pensarse la configuración subjetiva vinculada a éstas. 3.1. Analítica del poder Foucault manifiesta desde el principio su «interés en mostrar que las relaciones políticas no existen únicamente en el ámbito de la «sociedad política» sino que penetran y tejen toda la fluctuante red de la sociedad civil (y que incluso constituyen la microfísica de lo genuinamente político)» 315 . Esta contundencia en la consideración de los espacios no contemplados por la política convencional confluye y resulta relevante para la práctica feminista, como veremos más adelante, en su denuncia y esfuerzo de análisis de las relaciones de dominación que en los ám bitos «privados» se han localizado. Por supuesto, esto tendrá consecuencias ambiguas y contradictorias en el sentido de generar exigencias de que el Estado intervenga y regule derechos, o en no considerar que ésta sea la práctica adecuada para lograr transformaciones. Es ya casi un lugar común la asev eración de que Foucault ejerció una considerable influencia y estableció una ruptura significativa frente a versiones 315 (Pardo, 2000) p. 43. Parte II. Poder y subjetivi dad 125 anteriores al reconceptualizar el poder. Pe ro de este ejercicio no se pued e dar cuenta completa y sustantiva, porque su noción de poder no responde a una teorización sistemática ni totalizada, puesto que en su análisis el poder muta en relaciones de poder cambiantes y heterogéneas . El poder, en realidad, son unas rel aciones, un h az más o menos organizado, más o menos pira midalizado, más o m enos coordina do de relaciones. 316 El poder no es una sustancia ni un principio omniexplicativo: «el poder, para mí, es aquello que debe ser explicado«. 317 No parte, por lo t anto, de una noción establecida y generalizable, sino que es en los pasos de su trabajo analítico donde emergerán constataci ones y conceptualizaciones provisionales y localizadas, pues las relaciones siempre se sitúan en un escenari o histórico. Antes que interrogarse sobre qué sea el poder, Foucault plantea, por tanto, la cuestión del cómo, más concretame nte cómo se ejerce , situando su analítica como investigación crítica y empírica. 318 El poder es algo que se ejerce, no se tiene, y se ejerce mediante procesos di versos. De esta manera nos presenta, más que una teoría del poder, una analítica del poder , aunque esta requiera de conceptualizaciones previas pero provisionales: Si tratamos de edificar un a teoría del poder, nos ver emos siempre obligados a consider arlo como surgiend o de un punto y en un m omento dado, del que se deberá hacer la géne sis y luego la ded ucción. Pero si el poder es en re alidad un conjunto abierto, más o menos coo rdinado (y sin duda tirando a mal coordinado) de rel aciones, en ese caso, el único problema con siste en procu rarse una red de análisis, que permita una analítica de las relaciones de poder . 319 Esta red de análisis será, inevitablemente, un andamiaje provisional en desarrollo y siempre referido al contexto histórico . Analizar las relaciones de poder supone, por lo tanto, analizarlas en un momento y contexto social siempre en proceso de cambio, lo cual no quiere decir, de ninguna manera, de cambio teleológico en pos de un progreso que nos hiciera concebir la historia como la acumulación finalista, bien sea de libertad, de riqueza o de moralidad. En la obra del propio autor, en el avance de esta red que permita analizar las relaciones de poder, ésta se desplaza desde una consideraci ón jurídica del poder, desde el modelo jurídico de soberanía, a un paradigma estratégico. Se trata de desamarrar la mirada sobre el poder de sus enganches habituales y con- 316 (Foucault, 1977c) p . 302 317 (Foucault, 1980) p. 83 318 (Foucault, 1982c) p . 233 319 (Foucault, 1977c) p . 302 126 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad vencionales para poder contemplarlo y pensarlo de otra forma. «El modelo jurídico presupone al individuo como sujeto de derechos naturales o de poderes primarios; tiene como objetivo dar cuenta de la génesis ideal del Estado y, por último, hace de la ley la manifestación fundamental del poder» ( Resumé du cours 1975-1976). 320 El modelo jurídico como esquema de interpretación es una herencia que hemos recibido y que debemos cuestionar para liberar el espacio de una analítica del presente. Frente al paradigma jurídico concebirá el paradigma estratégic o, el cual problematiza las asunciones incuestionadas del anterior. Frente al paradigma jurídico que presupone a los sujetos pre-constituidos: «habría que ensayar el estudio del poder no a partir de los términos primarios de la relación, sino a partir de la relación en sí misma […] y cómo las relacio- nes de dominio pueden constituir a los sujetos». 321 «Lo que caracteriza al poder que nosotros analizamos es que pone en juego relaciones entre personas (o grupos).» 322 Si el poder es aquello que ha y que explicar, que no está definido a problemáticamente desde el principio, es necesario atender a sus procesos y efectos, hay que «bajar a la mina», ha y que rastrear sus mecanismos allí donde se producen huyendo de formulaciones totalizadoras e invariables. La inmanencia del ejercicio del poder, la im posibilidad de localizarlo en un lugar, en una institución o ley, es puesta de relieve mediante su aseveración de que el poder, paradójicamente, no existe: El poder no existe . Quiero decir con esto: la ide a de que hay en u n sitio dado, o emanado de un punto dado, algo que es un poder, me parece reposar sobre u n análisis falseado. 323 La noción de poder, por lo tanto, denomina situaciones estratégicas en las que se ejerce como forma de restricción o de producción sobre un cam po de posibilidades. Es algo más que las leyes, que los castigos y que las prohibiciones; se trata de un campo de fuerzas que regulan las prácticas al actualizarse en ellas, porque «hay que comprender que no hay norma en sí, que no hay ley pura, que se afirme como tal en su relación formal consigo misma» 324 Esto supone que estamos insertos en relaciones de poder que, incluso, nos han configurado. Pero un poder sin un afuera qu e no adquiere de forma exclusiva la apariencia de una represión o una pr ohibición permite, es más, implica, pen- 320 (Foucault, 1989). 321 Íbid. 322 (Foucault, 1982c) p . 223. 323 (Foucault, 1977c) p . 302. 324 (Macheray, 1989) p. 180 . Parte II. Poder y subjetivi dad 127 sar en la resistencia. Como las relaciones de poder son vectores de fuerza, como no se manifiestan como determinaciones absolutas, —lo cual no nos permitiría hablar de poder sino de otra cosa, como veremos más adelante— Foucault considerará que no hay rel aciones de poder sin resistencias, y que si éstas existen es porque estamos enmarañados, precisamente, en relaciones de poder. Pero resistencia es una cosa, y libertad, otra. Veremos más adelante cómo situará las posibilidades del ejercicio de ésta última en el desarrollo de su propio pensamiento. Por lo tanto, lejos de configurar una nueva teoría, cometido que siempre ha rechazado, encuentra sus líneas más f ecundas precisamente en aquello que rechaza, en la pues ta de manifiesto de las insuficienc ias de los modelos comúnmente aceptados. Por ello, Foucault se opone tanto a la visión del poder de cuño dialéctico o marxista –fundamentalmente de elaboraciones marxistas, no tanto de la propia obra de Marx– cuanto al modelo jurídico de soberanía: 325 Es cierto que fui conducido a interesarme de cerca en l a cuestión del poder. Pronto vi que, si el s ujeto humano está atrapado en rel aciones de producción y en relacion es de sentido, también est á igualmente atrapado en relaciones de poder de una gran complejidad. Ahora bi en, disponemos, graci as a la historia y a la teo ría económica , de instrumentos adecuados para estudiar l as relaci ones de producci ón; asimismo, la lingüística y la semiótica nos proveen de instrume ntos para el es tudio de las relaciones de sentido. Pero, respec to a las relaci ones de poder, no hay ninguna herramie nta definida: sólo po díamos recurrir a ma neras de pensar el p oder que se apoyab an bien sobr e modelos jurídicos (¿es legítimo el poder?) bien sobre m o delos institucionales (¿qué es el Estado?). 326 Este rechazo y problematización de las formas habituales de concebir el poder lo llevan a puntualizar repetidamente aquellos postulados que rechaza en su analítica, incluso aquellas inter pretaciones que de sus palabras se van realizando. De una manera muy si ntética señalamos las asunciones convencionales que él impugna, y para e llo seguimos el esquema propuesto por él mismo y recogido, entre otros, por Ibáñez o Rodríguez Magda: 327 • postulado de la propiedad : «ellos tienen el poder» (aunque Foucault señale el valor político y estratégico que tal expresión puede condensar 328 ). • postulado de la localización : habría un centro o un núcleo desde el que se desprende el poder. Para él, el aparat o de Estado, por ejemplo, no es el origen, sino «una forma concentrada —una es tructura de apoyo— el 325 (Rodríguez Magda, 1999) p . 153 326 (Foucault, 1982c) p . 223 327 (Ibáñez, 1982); (Rodrígue z Magda, 1999) p. 1 57 328 (Foucault, 1987) p. 211 128 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad instrumento de un sistema de poderes que lo desbordan ampliamente». 329 ! postulado del poder como derivado exclusivamente de las relaciones de producción : «el poder no se puede comprender como el gara nte de un modo de producción, el Poder es, de hecho, u no de los elementos constituyentes del modo de producción, funciona en el corazón mismo del modo de producción» . Hay una relación permanente y mu tuamente condicionante entre diversos procesos: Se puede ver cómo estos mecanismos de poder, en un momento dado, en una coyuntura precis a, y mediante un determinado número de tra nsformaciones, han empe zado a volverse económicamente v entajosos y políticamente útiles. […] la burguesía ha enc ontrado su pro pio interés n o en la exclusión de los locos, por ejempl o, sino más bien en la técnica y en el procedimiento mismo de l a exclusión. 330 • postulado de la esencia o del atributo del poder: el poder no es ni una cosa ni otra, no se puede decir que alguien «tenga» el poder. • postulado de la modalidad : no hay un modo exclusivo de ejercicio del poder, las relaciones de poder son múltiples y heterogéneas. • postulado de la legalidad : el poder no son las leyes, o no tienen a és tas como instrumento exclusivo de su ejercicio. Frente a ello, como hemos señalado, el poder será pensad o en términos relacionales, heterogéneos, se ejercerá mediante técnicas variadas y constituirá una madeja coordinada y estratégica que , no obstante, no será producida en su origen por la voluntad de un(os) sujeto(s), aunque éstos par ticipen parcial- mente en la determinación de sus racionalidades u objetivos locales. Foucault se pregunta si es necesaria una teoría del poder y, como toda teoría supone una objetivación previa, «ninguna puede servir de base al trabajo de análisis». Pero todo análisis requiere de una «conceptualización previa de los problemas tratados y esta conceptualización implica un pensa miento crítico– una verificación constante ». 331 Este proceso en equilibrio en tre la reflexión crítica y el aterrizaje empírico socava las miradas monolíticas sobre el poder, así como la consideración metafísica de éste, acusación que h a recibido repetidamente. Frente a ello, Foucault juega la batalla de la es trategia desencializadora y móvil: 329 (Foucault, 1987) p. 212 330 (Foucault, 1976a) pp . 182-183 331 (Foucault, 1982c) p . 223 Parte II. Poder y subjetivi dad 129 Hay que ser nominalista , sin duda: el poder no es una inst itución y no es una estructura, no es cie rta potencia de la que algunos estarí an dota- dos; es el nombre de una situación estratégica comple ja en una soci edad dada. En el poder no hay intencionalidad, hay estrategia sin sujeto. Las estrategias son anónimas. Es el esbozo de un mapa, de una cartografía de las relaciones de fuerza lo que Foucault acomete: un diagrama, dirá Deleuze. 332 a) Microfísica del poder Así sitúa Pardo el esfuerzo foucaultiano para ampliar la c onsideración convencional del poder: El poder es la energía política microfísica que carga ese «campo de mayo» de las relaciones soci ales y el conjunto de estas relaciones desc ribe lo que podríamos ver de la vida social si la desnudásemos de la pesada coraza de «repres entación» formada por el Derecho y los grandes aparatos del Estado 333 Si el poder se ejerce, vincula y produce, atraviesa lo social configurándolo, su análisis difícilmente puede reducirs e a la consideración de las grandes estrategias (que también) o a las formas jurídicas que adquiere (que también). Si el poder es relacional y produce, penetra los cuerpos, su análisis requiere también de la exploración de estas microrrelaciones: una microfísica del poder que alcanza los espacios sociales recó nditos convencionalmente excluidos de su análisis. Este poder se remite a la aparición de nuevos procedimientos, instrumentos, un aparato complejo durante los siglos XVII y XVIII , que n o es transcribible en términos de soberanía y que ha sido «uno de los instrumentos fundamentales de la implantación del capitalismo industrial y del tipo de sociedad que le es correlativo». 334 Esto le lleva a decir: Se debe hacer un análisis ascende nte del poder, arrancar de los mecanismos infinitesimales , que tienen su propia hi storia, su propio trayecto, su propia técnica y táctica y ver después cómo estos mecanismos de pode r han sido y todaví a están inv estidos, coloni zados, doblegados, transform ados, desplazados, exte ndidos por mecanismos más generales y por formas de domina ción global . 335 Tal como Pardo señala, en la obra de Foucault parece dibujarse una fascina- ción en torno a la escena en la que un cuerpo desnudo, el « hombre infame», se 332 (Deleuze, 1986) p. 66 (en castellano). 333 (Pardo, 2000) p. 35. 334 (Foucault, 1976a) p . 186. 335 (Foucault, 1976a) p . 181. 130 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad expone sin mediación alguna a la maquinaria del poder, imagen cuyas versiones diferentes aparecen en Historia de la locura, El nacimi en to de la clínica, Vigilar y casti- gar o Vidas de los hombres i nfames , pero también en textos sobre literatura y en la reflexión de su experiencia política. Bajo el rótulo de «microfísica del poder», por lo tanto, «la apelación a lo físico es al menos tan prin cipal como la apela- ción a lo micro» 336 . Lo físico alude y contempla el cuerpo como organismo que sufre, que es exhibido o analizado, mirado, que es disciplinado y situado – dispuesto— en coordenadas espacio-temporales determinadas. Las relaciones de poder configuran lo social como un campo de fuerzas inestables pero efectivas, que se difunden y penetran hasta aquellos espacios íntimos habitualmente contemplados, desd e otros paradigmas, como un afuera de tales relaciones de poder. Este alcance micro y difuso puede referirse con el término capilaridad d el poder. La dimensión relacional caracteriza esta capilaridad como un ejercicio múltiple que no tiene un solo origen ni puede localizarse sólo en algunos espacios, «el poder se ejerce desde puntos innumerables» 337 . Los excede de manera fluida y tensional, evitando a sí concebir el poder como una posesión o propiedad. Precisamente, sería preciso estudiar el poder no a partir de los térm inos primitivos de la relación, si no a partir de la relación misma, en tanto que es ella quien determi na los elementos sobre los cuales actúa. 338 Relacional, estratégico, múltiple y capilar, el poder es ante todo, productivo . «de un modo general, diría que la prohibición, el rechazo, lejos de ser las formas esenciales que adopta el poder, no son sino sus límites extremos, sus formas rudas o extremas. Las relacione s de poder son por encima de todo productivas». 339 Tal productividad será exhaustivamente examinada mediante el análisis de la disciplina y de la norma, que sujetan produciendo a los sujetos mediante regulaciones normativas y n ormalizadoras. Pero también lo será en relación con los juegos de verdad que en una época rigen y tienen efectos, y en el análisis de las prácticas de sí y la constitución de los sujetos morales. El poder es productivo, sobre todo, porque «las relaciones de poder penetran los cuerpos» 340 . El término « assujettissement », sujeción, señalará esta productividad que opera «progresivamente, realmente, ma terialmente; […] constituye los sujetos , el sujeto, a partir de la multiplicidad de los cuerpos, de las fuerzas, de las energías, de la s materias, de los pensamientos, etc.». 341 El poder, dirá asimismo, no existe más que como acto . 342 336 (Pardo, 2000) p. 30. 337 (Foucault, 1976b) p. 123. 338 (Foucault, 1976c) p . 124. 339 (Foucault, 1977e) p . 263. 340 (Foucault, 1977d). 341 (Foucault et al. , 1997) p. 21 (cours du Co llège de France 1975-1976). 342 (Foucault, 1982c) p . 236. Parte II. Poder y subjetivi dad 137 aquí que el poder, puro ejercicio, preci se libertades sobre las cuales ejercerse. En conclusión, donde hay poder, hay resisten cia. Pero, al hablar de resistencias, como al hablar de poder, hay que ser nom inalista: resistencia al poder es el nombre que se atribuye a una situación oc asional de fuerzas activas, y, en vez de preguntar qué sea, ha de preguntarse cómo funciona : «la resistencia es, pues, como el poder, múltiple e integrable en estrategias globales». 356 Podemos resistir y resistimos normas, incluso creamos normas nuevas. La tarea de Foucault no parece consistir en huir de las normas sociales, lo cual sería imposible, sino en plantear la posib ilidad de subvertirlas hacia situaciones de no sometimiento: Me dedico a analizar mecanismos de ejercicio efectivo del poder; y lo h a g o d e m o d o t a l q u e a q u e l l o s q u e s e e n c u e n t r a n i n s e r t o s e n a l g u n a relación de poder, quienes están impli c ados en ellas, puedan escapar de ellas a través de sus acciones de re sistencia y rebeli ón, puedan trasformarlas de modo que no estén s ometidos ya 357 O, en sus últimas obras, en la posibilidad de crear formas de ser y de interactuar que ensanchen el caudal de lo posible, aunque nunca podamos suponer que este caudal es progresivo e irreversible, o que garantice las condiciones para el ejercicio de la liberta d a todo el mundo. Si el poder no se ejerce sobre sujetos dados, éstos se c onstituyen en sus mallas, un modo de resistirlo entonces consiste en cuestionar esa subjetividad constituida de hecho. Abrirnos a nuevas posibilidades de ser, algo que nos lleve más allá de nuestros propios márgenes. No obstante, si el sujeto para la mira da de Foucault es un sujeto sujetado (« assujetti ») y su experiencia no es sino su com portamiento tal y como puede y debe ser con arreglo al momento hist órico y las configuraciones de poder- saber, si ese sujeto está atrapado en un a red de pr ácticas que determinan lo que es, tal como analizó conceptualizando los dispositivos disciplinarios y normalizadores, ¿cómo podremos cambiar, alterar, inventar, crear nuevas formas de vida? Es e l problem a de la libe rtad e l que Foucau lt se pla ntea rá hasta el final de su vida. En palabras de Ma ite Larrauri: «cómo hablar de libertad en el seno de la determinación». 358 No tener garantías acerca de la libertad, sino concebirla como un ejercicio permanente que laberínticamente nos en reda en relaciones de poder, supone una revisión constante de aquellos efecto s nuevos establecidos y una inquietud permanente, una impaciencia por la libertad nunca satisfecha. En sus palabras, será una moral de la incomodidad — une morale de l’inconfort —. 356 (Foucault, 1977f) p. 425. 357 (Foucault, 1980) p. 93. 358 (Larrauri, 1996) p. 3. 138 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad Si el poder no debe analizarse como si su origen se hallase en un centro de irradiación, sino que ha de ser observado en sus extremos, donde se torna capilar, inestable y difuso, la resistencia al poder debe conceb irse también de forma microfísica , cual maraña de fuerzas que se oponen a otras. Las resistencias, por muy frágiles y di spersas que sean, existen. Podemos encontrarlas allí donde otros construyen relatos victimizadores que niegan la agencia. La cuestión en juego será su intensificación y su efectividad, lo que nos conduce a analizarlas siempre de manera situada y en relación con aquellos elementos enmarañados que las condic ionan o las agitan o las ponen en relación en una nueva situación estr atégica. Las relaciones de poder abren delante de ellas, «todo un campo de respuestas, reacciones, efectos, invenciones posibles». 359 Si las relaciones de poder se config uran según un cálculo impersonal o estrategia sin estratega, y cr istalizan en dispositivos de conjunto, las resistencias al poder trascienden también las inten ciones de los agentes. Se reconocerán por la constante ruptura de sus posibles códigos, por su alejamiento respecto a los diagramas según los cuales todo pod er se estructura, por su permanente tendencia a destruir cualquier forma de totalidad social 360 . P or ello las resistencias son aquí luchas inmediatas, actuadas, pensadas o no, que rompen las reglas en el mismo acto de ponerlas en juego . «Hay siempre algo e n el cuerpo social, en las clases, en los grupos, e n los individuos mismos, que escapa en cierto modo a las relaci ones de poder; algo qu e no es la materi a prima más o m enos dócil, o reaci a, sino el movimiento centrífug o, la energía inversa, la escapada. Sin duda, «la» plebe no existe, pero «hay» plebe». 361 Algo que se resiste a quedar asimilado en el orden del saber y poder consagrados. Paradoja de ese no existe pero hay . Quizá ese «hay» remita a una constatación indefinida que en la palabra existenci a encontraría la necesidad de caracterizarse, de vestirse de propiedades y especificidades. Si algo existe tiene características y propiedades precisas. Quizá su «hay» remita a una instancia mucho más difusa y, por lo tanto, relati va siempre a las situaci ones concretas y a actualizaciones imprevisibles. Cuando a Foucault se le reprocha que con su idea de plebe incurre en vaguedad de los conceptos teóricos para olvidarse de las realidades concretas de la vida social, se olvida que, si sus soluciones adoptasen como punto de partida tales realidades, ese punto inicial ya se hallaría codificado dentro de la 359 (Foucault, 1982c) p . 236. 360 (Hurtado Valero, 1994). 361 (Foucault, 1977f). Parte II. Poder y subjetivi dad 139 situación de poder actual. 362 Quizá por eso la analítica del poder adquiere la forma de una genealogía que permite si empre problematizar el presente. Se le ha acusado a Foucault de provocar desactivación política, en relación con formas habituales de llevarla a ca bo como los partidos políticos; también un individualismo que reflejaría, por ej emplo, su manifiesto sobre los derechos humanos, que comenzaba así: «los aquí reunidos somos únicamente personas privadas…» o sus últimas obras. Fue muy escrupuloso en su voluntad de evitar esa «indignidad de hablar en nombre de otros». 363 Y esto, aunque suponga desafíos y problemas, no supone, como se ha llegado a decir, una «huida hacia lo privado», sino la advertencia de que hablar por otros implica también una relación de poder que puede tener efectos autoritarios. Significa que, en última instancia, solo el sujeto puede dar cuenta de sí mismo como oprimido o decidir actuar o confrontarse. Lo cual nos plantea dos enor mes paradojas, el lugar del sujeto (frente a su muerte o agonías) y la paradoja de cómo éste, si es precisamente producto de dispositivos históricos, si el poder llega a conformar incluso sus deseos o sus criterios decisionales, puede volverse contra eso: dónde estaría esa radical voluntad no contaminada que pudiera manifestarse como libertad. La cuestión del sujeto la abordamos tal como hemos señalado anteriormente, como proceso en tensión, como espacio en el q ue se inscriben los discursos sociales pero en cuyo trascurso se confo rma un cuerpo atravesado por dolores y placeres, y cuyo residuo singular , vincul ado al deseo, tal como abordaremos, sostiene sus desplazami entos. No es el Sujeto consciente y ontológico previo a las relaciones sociales sino el sujeto entrelazado y tejido por éstas. Pero un sujeto cuya libertad relativa lo hace sujeto ético y responsable. Aunque, creemos, el grado de sujeción y sometimiento introduciría un elemento importante en la consideración de la responsabilidad. La segunda cuestión, que se solventaría fácilmente con términos como el de ideología o falsa conciencia, los cuales salvaguardan un lugar para una visión objetiva y verdadera, creemos que supone un desafío constante para la acción política, pero que, a la vez, nos oblig a a ver ésta como proceso inacabable, abierto, puesto que nadie podría determinar a priori o de forma estable la bondad de casi nada. Serán los efectos autoritarios o de dominación, nunca previsibles del todo, los que irán constituyendo el recurso provisional para el compromiso político. Si, por ejempl o, como plantea Nicholson y otras feministas, una definición de mujer no debe sustentar la práctica feminista, sino que hay que entender ésta como una coa lición estratégica, no de grupos, sino de mujeres, para evitar los efectos excluyentes que el discurso feminista 362 (Hurtado Valero, 1994). 363 (Ibáñez, 2001). 140 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad también ha provocado, es irrenunciable plantear que la singularidad de un sujeto (sea fragmentado, múltiple, herido , como dirá Ricoeur) actúe. Quizá la ética de Foucault, como plantea Schmid, consista en evitar que las relaciones de poder se consoliden en estructuras permanentes. 364 Podría decirse, desde la desnuda consideración de los sufrimientos y placeres, malestares y bienestares, que hay ficciones o regulaciones permanen tes que son mejores que otras. No sería necesario aludir a criterios univ ersales problemáticos, o podría hacerse como estrategia política siempre abie rta, tal como plantea Judith Butler. 365 Como dice Deleuze: ¿Se dirá que todos los dispositivos valen? Hace ya mucho tiem po que pensadores c omo Spinoz a o Nietzsche mostraron q ue los modo s de existencia posible debían pe nsarse según criterios inmanentes , según su tenor de «posibilidades», de libertad, de creatividad sin apelar a v alores trascendentes. Foucault h asta hará alusión a crit erios «estéticos», entendidos como criterios de vida, que sustituyen cada vez por una evaluación in manente las pretension es de un juicio trascendente. 366 Solo la alerta y la consideración cons tante d e los efectos de las regulaciones que combatimos o vamos estableciendo puede resultar útil para una acción política de resistencia. 3.1.2. Relaciones de poder y estados de dominación Las relaciones de poder que atraviesan el campo social presuponen pues la resistencia. Pero las relaciones de poder, móviles y reversibles, pueden llegar a fijarse de manera que el margen de libertad esté extremadamente limitad o: hablará Foucault entonces de estados de dominación . En numerosos casos, las relaciones de poder están fijad as de manera que son perpetu amente asimétricas y el margen de libertad está extremadamente limi tado. Por tom ar un ejemplo , en la estructura conyugal tradicional del siglo XVIII y XIX , no se puede decir que sólo estaba el poder del hombre: la mujer podía hacer toda una serie de cosas: engañarlo, sis arle dinero, recha zarlo sexualme nte. Sin embargo, ella sufría un estado de dominación en la medida que todo es o no constituía al final más que un cierto núme ro de argucias que no ll egaban jamás a dar vuelta a la situación. 367 364 (Schmid, 1994) 365 (J. Butler, 2004b) p. 339 366 (Deleuze, 1989) p. 158 367 (Foucault, 1984d) p . 720-21. Parte II. Poder y subjetivi dad 141 Es significativo que Foucault acuda a la desigualdad sexual para ejemplificar un estado de dominación. Un ejemplo que nos sitúa a nosotras en la consideración de partida del análisis realizado en la última parte, que las mujeres cuyo testimonio recogemos sufrían también una situación de dominación. Pero no solo por la desigual dad jerárquica establecida en el seno de la familia, también en lo que resp ecta a las formas de gubernamentalidad que configuran el tipo de relaciones su bjetivas (de una consigo misma) y a los dispositivos sociales que demarcaban y regulaban las funciones, tiempos y espacios de las mujeres en el momento que inicia su experiencia, es decir, en el franquismo. La dificultad que plantean los estados de dominación para la subversión y para la resistencia debido al bloqueo que las relaciones de poder presentan, se debe, por lo tanto, a una configuración global que actúa en variados frentes: En las situaciones de domina ción, los procedimien tos dispersos, heteromorfos y locales de p oder son reajus tados, reforzados, transformados por estas estrategias globales y tod o esto c on fenóm enos numerosos de inercia, de desniveles, de resistenci as; no hay que partir de un hecho primero y masivo de domi nación (una estru ctura binaria con un lado de «dominantes» y otro de «dominados») si no más bien una producción multifor me de relaciones de dominación que son parcialmente integrables en estrategias de conjunto. 368 La dominación es una estructura global de poder cuyas significaciones y consecuencias pueden enc ontrarse hasta en la tr ama más tenue d e la soci edad; pero es al mism o tiempo una situación estratégica má s o menos ad quirida y solidificada en una confrontaci ón de largo alcance histórico entr e adversarios. 369 Creemos que su problemático rechazo de un esquema binario (dominantes, dominados) para analizar las situacio nes de dominación, implica no obs tante un grado de precisión y de afinamiento muy útiles para evitar simplificaciones que entrañen la desatención a variados mecanismos de poder o la consideración de que los «dominado s» conforman una masa homogénea. Pero, simultáneamente, plantea el pr oblema de cómo nombr ar a quienes se encuentran dominados, o dominadas, en nuestro caso. Por otra parte, siempre resultará resbaladizo el criterio para es tablecer si estamos ante una situación de dominación o no. Hay una gradación elud ida en su distinción tajante en tre relaciones de poder y estados de dominación. Algo similar ocurre en la referencia a la violencia como algo específico y distinto de las relaciones de poder. Las relaciones violentas serán para Foucault 368 (Foucault, 1977f) p. 425. 369 (Foucault, 1982c) p . 243. 142 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad aquellas que encuentran la pasividad en su polo de ejercicio, puesto que si encuentran resistencia la reducen. Pensando en el fenómeno de la violencia contra las mujeres, sería muy problemá tico demarcar y trazar una frontera entre aquellas relaciones que violentan y otras que no lo hacen de manera tan clara. Parecería más bien que presen tan una continuidad cuya expresión sangrante fuera la primera. En los estados de dominación será pues difícil que las resistencias sean efectivas y fructifiquen. Algo similar plantea Foucault cuando considera que para poder ejercer la libertad, deben darse procesos de lib eración si un colectivo se encuentra en una situació n de dominación. Debe producirse algo que permita la desujeción de estas relaci ones inmóviles y que las vuelva fluídas. Es precisamente esto, en un contexto que no se corresponde exactamente con un movimiento de liberación o un pr oceso feminista, lo que intentaremos explorar en nuestra última parte: qué elementos, mutuamente desencaden antes o condicionantes, van emergiendo y posibilitando un des-sometimiento progresivo, posibilitando una experiencia en la cual las prácticas de resistencia y de libertad, aunque locales y limitadas, puedan ejercerse. *** A pesar de la densidad que las relaci ones de poder tienen en los análisis foucaultianos, su analítica histórica y exhaustiva nos permite escudriñar la productividad del poder sin recurrir ni a una imagen metafísica de éste ni a una noción omniexplicativa. Son las relaciones de poder las que hay que explicar, de manera situada y com pleja, sin renunciar a considerar el car ácter represivo de éste, pero sospechando de los esquemas que lo conciben exclusivamente en términos prohibitivos: He querido desplazar los ace ntos y hacer aparecer mec anismos positivos allí donde, generalmente, se privilegian los mecanismos negativos. 370 La pregunta sobre su ejercicio multifor me y sutil, individualizador así como estratégico, es una apuesta que quizá nos permita desplazar fronteras. Y en ese tránsito interrogarnos sobre la tensión constan te y paradójica entre la sujeción y la agencia. 370 (Foucault, 1977d) Parte II. Poder y subjetivi dad 143 3.2. Los ejes de una ontología del presente La analítica del poder parece una constante en la obra de Foucault pero está siempre planteada en compleja imbricación con otras nociones a ella vinculadas: el saber, la verdad y el sujeto. De hecho, él considerará que son estas últimas sus preocupaciones persistentes, pero que para poder estudiarlas tuvo que analizar las prácticas y es en ese escenario donde las relaciones de poder cobran protagonismo. Así fui conducido a plantear el probl ema del saber/ poder que para mí es, no el pro blema fun damental, sino un instrumento que permite analizar de la maner a que me parece más exacta el probl ema de las relaciones entre sujeto y juegos de verdad. 371 Puede reseñarse su evolución aludiendo a etapas o momentos amplios en los que, sucesivamente centrará su atención y emergerán como tópicos destacados el saber y el discurso, el poder y, en último lugar, el sujeto. Pero, como muchos autores han planteado, sería más a justado ver en tal desarrollo una dinámica circular que progresivamente incorpora elementos nuevos y problematiza otros ya presentes en sus reflexiones. Foucault se arriesgó siempre a deslizarse por l aberintos, a rec onsiderar l o expuesto, a escuchar otras voces que le permitieran elucidar y afin ar sus plantamientos, a «avanzar fuera de paisajes familiares lejos de las gara ntías a las que estamos acostumbrados, por un terreno cuya cuadrícula no se ha hecho aún y hacia un término que no es fácil de prever». 372 En un movimiento circular y progresivo , –«la espiral foucaultia na» como la denomina Larrauri–, en el que alternan y se alteran cierta s nociones, se desplazan las intensidades y las prioridades, 373 se mantienen las hebras iniciales tejiéndose con aquellas otras que dibuja en su avance. Rodríguez Magda también señala que en la obra de Fouc ault se dan operacio nes en las que «reordena y otorga intelegibilidad a todo su pensamiento»; 374 pensamiento que explícitamente él situará en la tradici ón crítica kantiana en tanto ejercicio incesante de interrogación acerca de las experiencias posibles en un momento histórico determinado. 375 Por lo tanto, esta complejidad «insta a no reducir a Foucault a la linealidad que va del saber, por el poder, a la ética y es tética de la existencia». 376 Creemos 371 (Foucault, 1984d) p . 718. 372 (Foucault, 1969b) p. 54. 373 (Larrauri, 1996) p. 2. 374 (Rodríguez Magda, 1999) p . 24. 375 (Foucault, 1984i) y (Fo ucault, 1984b). 376 (Gabilondo, 1999) p.10. 144 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad que no hay rupturas bruscas ni contradicciones flagrantes en su obra. Se aprecia, por el contrario, el desplazami ento múltiple que explora, extiende sus análisis, víncula y reelabora los tópico s iniciales. Solo se puede reprochar incoherencia al precio de exigir la permanencia inamovible en determina dos postulados y desistir de contemplar la ev olución y la reescritura. Solo se puede reprochar vacíos al precio de pretender siempre leer totalizacio nes y síntesis. Y como él mismo dijo, «nos hemos liberado de las síntesis». 377 El mismo dirá al final que siempre fu e el sujeto el tema explorado, cercado , acometido desde un punto y desde otro; aunque fuera, sobre todo en un principio, el negativo de una fotografía que le otorgaba una soberanía cuestionada, siempre fue el anhelo de rast rear en los dispositivos que lo hacían aparecer como un ente autónomo, racional y transparente, suelo último y fértil de las acciones y los significados. Ese ra stro se convirtió en la analítica del poder y la analítica del poder contempló la conformación de la s técnicas de sí: esas prácticas contingentes e históricas en las que un individuo se toma por objeto y se produce. Claro que ahí entrelazó magistralmente los efectos productivos del poder con la movilidad irreductible y reflexiva de las formas de sujeto que conocemos. Exploró las objetivaciones y las demarcaciones que los discursos efectuaban en torno al «hombre» para estudia r asimismo las formas de subjetivación de éste en tanto sujeto de conocimiento y desembocar en una historia de la su bjetividad que contemplaba lo anterior introduciendo las técnicas establecidas para la relación consigo mismo. Más adelante, además de la considerac ión de la libertad, introduciremos otros elementos a nuestr o entender pertinentes p ara comprender los proces os productivos del poder, la constitución de los sujetos en un orden normativo y la demarcación de las experiencias posibles que no obstante, no están determinadas ni limitadas férreamente. Las tensiones entre la sujeción y la agencia nos conducirán a contemplar, en la constitución de la sujetividad, el cuerpo lingüístico y el cuerpo que desea. Porque los dispositivos de poder, móviles y complejamente articulados, aunque cristalicen en formas y producciones concretas no llegan a congelar absolutamente ni las resistencias ni las posibilidades de acción. Por último, ese pensar autrement –pensar de otro modo– que Foucault persigue, se constituye como un pensar que es experimentar, es problematizar el saber, el poder y el sí mismo que se constituyen como «la triple raíz de una problematización de su pensamiento». 378 La problematización y la crítica se deslizarán hacia las consideraciones éticas, porque son ellas mismas u n ethos filosófico e n e l q u e l a t e u n 377 (Foucault, 1975a) p . 782. 378 (Gabilondo, 1999) p. 12 . Parte II. Poder y subjetivi dad 145 compromiso por la transformación situada y localizada en estrecha relación con otros. La ontología del presente, el territori o analítico de Foucault, avanza pues por caminos diversos. El campo de la expe riencia, las actuales y las que remiten a aquello que ya no somos, se constituye a través de prácticas históricas que se distribuyen en tres ejes: el del saber, el del poder, y el de la ética. Una ontología de nuestro presente y de pasados cada vez más remotos, en tanto seres constituidos en esa heterogénea red de prácticas discursivas y no discursivas, juegos de verdad y relaciones de poder entrelazados : Tres dominio s de genealog ía son posi bles. Primero, una on tología histórica de nosotros mismos en relaci ón con la verdad a través de la cual nos constitui mos como sujetos de co nocimiento; se gundo, una ontología histórica de nosotr os mismos en rel ación co n un campo de pod er a través del cual nos constitu imos como sujetos que act úan sobre otros; tercero, una ontología hist órica en rel ación con la ética a trav és de la cual nos constitui mos en agente s morales. 379 3.2.1. Formaciones discursiva s, episteme y poder/saber Mi problema siempr e ha sido, como dije al comienzo, el problema de la relación entre el sujeto y la verdad. ¿cómo ing resa el sujeto en cierto juego de verdad? 380 La inserción de los sujetos en un juego de verdad es una cuestión que Foucault había planteado ya desde su tesis publicada como Historia de la locura en la época clasica , y en Las palabras y las cosas . Tanto las demarcaciones discursivas de la locura, como la objetivación del «hombre» que las ciencias humanas acometen, abordan esta inserción compleja del sujeto en juegos de verdad cambiantes. Ya desde el principio parece as omar aquí la referencia al poder en tanto condiciones de posibilidad de la emergencia de ta les discursos y prácticas, pero esto será abordado explicítamente más adelante. La arqueología del saber constiuirá un movimiento intelectual que reconsidera las obras anteriores, fundamentalmente Las palabras y las cosas , desde el punto de vista del esclarecimiento metodológico. La complejidad y la abstracción de las formulaciones que desarrolla han provocado en ocasiones la crítica o la desaprobación aturdida de algunos teóricos. Y es cierto que pueden constatarse 379 (Foucault, 1983c) p . 393. 380 (Foucault, 1984d) p . 717. 146 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad en la obra ciertas incoherencias 381 pero parecen ser l a consecuencia desprendi da en este ejercicio de indagación y probl ematización exhaustiva. El objeto de análisis privilegiado serán el discurso, las formaciones discursivas y los enunciados. Y en esta voluntad de rastrear la superficie de las formaciones discursivas , sus reglas de emergencia, presci ndiendo de las totalizaciones y continuidades que utilizamos de manera acrítica , Foucault impugna la linealidad expuesta habitualmente cuando se habla de una evolución de las «ideas» de las «tradiciones», de las «corrientes». Desh aciendo las continuidades epistemlógicas habituales, él intentará abrir un campo de dispersión en el que considerar los enunciados como acontecimientos . Es decir, atender a la materialidad y especificidad de las cosas dichas, y en esa empresa rastrear las reglas de formación de los discursos, que no se aj ustan a la demarcación habitual entr e disciplinas o autores. Intenta dotar de inteligibilidad metodológica el trabajo realizado en su libro anterior. Pero en el empeño abre nuevas vías de trabajo que tendrán profundas consecuencias en sus obras y derivas posteriores. Dreyfus y Rabinow, así como Maite Larrauri, han señalado la dimensión pragmática de la arqueología de Foucault, explorando las conexiones y coincidencias así como las discrepancias «menores» entre éste y las obras de Wittgenstein, Austin y Searle. 382 Lo que más adelante Foucault denominará juegos de verdad , será situado por estos autores en el escenario de la dimensión performativa del lenguaje y considerarán que alude a un efecto específico que los discursos de las cien cias humanas generan: éstas podrían ser consideradas como actos ilocucionarios, performativos por tanto, en tanto configuran los juegos de veridicción: los enunciados configuran el régimen de la verdad. El mismo Foucault reconocerá esta proximidad conceptual: Me he equivocado al decir que los enunciados no er an actos de habl a, pero diciendo esto quería subrayar el he cho de que los considero baj o un ángulo diferente del suyo. 383 Este «ángulo diferente» es diferente porque él dota de un alcance distinto a sus reflexiones. Los juegos de verdad son performativos, cierto, pero él entrelaza este efecto con las condici ones de su emergenci a, cuestión que, creemos, lo conducirá a la consideración de las relaciones de poder: Se trataría de una especie de análisis del discurso como estrategi a, un poco al estil o de lo que hacen los anglosajones y, en concre to, Wittgenstein, Austin, Strawson, S earle. Lo que me parece un poco 381 Tal como Larrauri señala en relación a la no ción de discurso expues ta en la arqueología. (Larrauri, 1999). 382 (Dreyfus y Rabinow, 1984) (L arrauri, 1996) (L arrauri , 1999). 383 Carta de Foucault a Searle citada por Dreyfus y Rabinow (Dreyfus y Rabino w, 1984) p. 73. 250 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad configuran diferentes espacios de ser/estar sujeto y en el caso d e las mujeres la objetualización sea más intensa. 654 Esto podría relacionarse con una especificidad en la relación compleja que interesó a Foucault durante sus últimos años, entre las técnicas de poder que determinan la conducta de los individuos y objetivan al sujeto y las técnicas de sí que permiten a los individuos efectuar solos o con ayuda de otros al gu nas operaciones sobre su modo de ser. Quiza la construcción de los individuos como diferenciados según el sexo de manera desigual se vincule con tecnologías específicas de género que restringen y particularizan las técnicas de sí que los sujetos mujeres se hayan en condición de llevar a cabo. Cuando abordemos el androcentrismo de Foucault indagaremos en las posibles explicaciones y derivas de esta idea. Que éste, la objetivación discursiva de las mujeres, haya sido uno de los mecanismos de constitución de sujetos subordinados, como las mujeres –pero no solo–, ha sido señalado y ampliamente denunciado por la práctica feminista: los cuestionamientos de las verdades científicas acerca de las particularidades e inferioridades femeninas, la impugnación de una biología que fuera destino, la aseveración beauvoiriana de que la mujer no nace, se hace, han sido uno de los ejes permanentes de la práctica feminista. Aunque esta confluencia con Foucault es reseñable, también l o es la crítica que se le ha dirigido en cuanto que, a pesar de haber desentrañado complejos dispositivos de construcción de la sexualidad y gobierno de la vida, no ha visibilizado aquellos que de forma especí fica ejercían un plus de violencia contra las mujeres en función de un a mayor naturalización y por lo tanto mayor restricción de las posibilidades in dividuales. Esto, como veremos más adelante, ha sido achacado a una mira da androcéntrica que este autor no hab ría problematizado. Las consecuencias de tal androcentrismo en relación con la formulación d e los vínculos entre sexualidad y verdad, lo veremos más adelante. 5.2.3. Técnicas de sí y procesos de autocreación La analítica del sujeto que Foucault lleva a cabo más explícitamente en sus últimas obras es quizá el corpus teórico que más atención reciente ha recib ido por parte de teóricas feministas. Confluyen do con la problematización tanto de la noción moderna de sujeto, pero también de la postulación del rechazo de cualquier forma de éste, la teoría feminista ha abordado una comprometid a y 654 Marta Nuss baum plantea u na gradac ión de la cosificación/objetualización cuyos mati ces y progresiones consid eramos de inte rés excep cional para poder pen sar unas sujeciones más intensas que otras. (Nussbaum, 1999). Parte III. Lecturas feministas de Fo ucault 251 exhaustiva consideración del espacio de lo subjetivo. Y en esta reciente y candente literatura, que muchas autoras si túan en los noventa y en los primeros años de este siglo, 655 se retoman las lecturas foucaultianas. Las lectura de las reflexiones de Foucau lt acerca de las prácticas de sí han sido variadas. A pesar de algunas discre pancias que luego señalaremos, hay por parte de autoras una valoración muy ex plícita de este útlimo tramo de su obra en cuanto reconsideraría una dimensión de agencia obliterada en la noción de cuerpo dócil. 656 Ese espacio de tensión establ ecido entre las co nfiguraciones sociales y la posibilidad de generar formas de vida creativas permitiría eludir asimismo una distinción simplificada entr e dominantes y domi nadas y restituir, en un análisis más complejo, la capacidad de agencia de las mujeres dentro de las constricciones sociales múltiples. Permitiría, a su vez, atender a la multiplicidad de experiencias de las mujeres. Combinando la consideración de dispositivos variados de poder y la potencialidad creativa de las mujeres podrían contemplarse de una forma no esquemática tanto las diversas situaciones de opresión como las di versas maneras de subvertirlas y modificarlas. La relación que establece Foucault entre la noción de prácticas de sí con la noción de gubernamentalidad , permitiría asimismo considerar esa maraña de fuerzas de poder que no residen en un aparato unificado de dominación, sino en una red de instituciones y procedimientos que emplean técnicas compleja s para organizar las relaciones social es y que pueden ser parcialmente modificadas. La interrogación radical de la identidad que realiza Foucault, puede converger con la crítica feminista al esencialismo, según Lois McNay, y retener al mismo tiempo, mediante la consideración de las pr ácticas de sí, la noción de posibilidad de autocreación como elemento de resistencia política. 657 Esta autora considera que el trabajo de Foucault sobre la subjetividad, a pesar de que no considere los procesos de género –o quizá precisamente por ello–, es útil para la labor feminista porque, frente a otros pensadores postestrucutarilstas, Foucault evita la co lonización de lo «femenino» que según ella marca el trabajo de Derrida o de Baudrillard. 655 (Allen, 2004) p. 235. 656 (McNay, 1992). 657 (McNay, 1992). 252 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad 5.3. Espacio de divergencias Como veremos más adelante, el pensamie nto de Foucault es calificado de androcéntrico; aunque siempre aludió a las relaciones entre hombres y mujeres como relaciones de poder, no llegó a explorarlas específicam ente ni atendió este espacio de análisis. Muestra, como dice B utler, una cierta indiferencia problemática respecto a la cuesti ón de la diferencia sexual. 658 Señalaremos a continuación las reflexiones que esta despreocupación ha podido suscitar. 5.3.1. La responsa bilidad y el ejercicio del poder Foucault aborda la cuestión ética en su última etapa al considerar que nos constituimos en agentes morales en función de prácticas de naturaleza profundamente histórica y contingente. Pero a pesar del espacio abierto a la reflexión ética, esta es analizada en relación con la libertad ontológica que presuponen las relaciones de poder, y problematizando los procesos de subjetivación histórica en su intersección con la reflexión acerca de los placeres y acerca de su ética. Pero la problematización genealógic a del sujeto de deseo que realiza Foucault se circunscribe a un modelo viril, tal como él mismo señala, sustentado sobre el eje actividad/pasividad, que se ocupaba de regular en función del tal eje la relación entre desiguales. La reflexión acerca del cuidado de sí y de las artes de la existencia se localizan en relación con un modelo de sexualidad y placeres desigual , pues to que no contempla la relación entre iguales 659 del que las mujeres, por supuesto, están excluidas. Es por tanto una exploración acerca de la vinculación entre la ética y la libertad, pero sin atender a la complejidad que introduce en los procesos de subjetivación la relación entre iguales y la responsabilidad derivada de ella, así como los procesos de constitución como sujeto de aquellos que ocupan posiciones de subordinación e inferioridad. Aunque interrumpida, su reflexión sobre la ética se inició explorando la práctica del cuidado de s í y la práctica de libertad en relación co n las posibilidades que, desde posiciones concretas, algunos sujetos varones tenían de relacionarse consigo mismos, de constituirse en sujetos morales en un contexto explícitamente desigual. Y, aunque no lo aborde, lo cual limita su análisis, sí lo apunta: 658 (J. Butler, 1990a) p. 30. 659 En la entrevista realizada por Dreyf us y Rabinow, Foucaul t dice qu e «el problem a ¿no viene del hecho de que introduciendo la noció n de placer del otro, todo el sistema mo ral y jerárquico amenaza derrum barse?». (Foucault, 1984j) Parte III. Lecturas feministas de Fo ucault 253 Ejemplo: el estatuto de l as mujeres casadas les prohibía toda relación sexual fuera del matrimonio; pero sobre e ste «monopolio» apenas se e ncuentra reflex ión filosófica, ni preocup ación teóric a. En cambio, el amor con l os muchachos era libre (con c iertos límites) y al respecto se elaboró toda una conc epción de la moderación, de la abstinencia, del vínculo no sexual. 660 Por otro lado, las diversas críticas que ha recibido su obra, en tanto s u planteamiento del poder multiforme y no dual, señalan qu e no permite establecer una distinción colectiva que suponga una «localización» genérica del poder. Las responsabilidades, aludiendo a las masculinas, se disuelven. 661 5.3.2. ¿Inadecuación para una política feminista? El precio por ceder a su discurso [ el de Foucault ] sobre el poder es nada m enos que la desp olitización del feminis mo T ORIL M OI , Power, Sex and Su bjectivity , 1985 662 Foucault ha sido muy criticado por su falta de u n marco normativo en el que enraizar las propuestas políticas. Es es to quizá lo que subyace a las palabras de Toril Moi, junto con la consideración de lo inadecuado de un poder difuso que no permitiría señalar posiciones an tagónicas como Monique Deveaux ha señalado criticando la noción de poder, agónica , de Foucault. 663 En la obra de Foucault, se dice, más allá de su analítica del poder, de su fascinación por las figuras que subvirtieron toda clase de normas y reglas, sufriendo después la despiadada disección científica, psiquiátrica y los procesos judiciales y de castigo; más allá de las prácticas de sí antiguas, mediante las que algunos varones se constituían a sí mismo en el ejercicio de una libertad que ya poseían puesto que se trataba de las figu ras privilegiadas en el ordenamiento de esas sociedades, más allá de localizar las relaciones de poder y ensalzar resistencias míticas o prácticas de liberta d de una época que ya no es la nuestra, se dice, en su obra no se dispone de unos postulados normati vos y positivos mínimos que articulen, sustentando como un suelo firme y fértil, las luchas y resistencias organizadas; menos aún la s feministas. Si la práctica política necesita de pautas normativas, Foucault no las da. Cierto que no propone normas correctas de forma explícita, pero eso no impide compromisos y denuncias concreta s y furibundas que salpican toda su 660 (Foucault, 1984f) p. 671. 661 (Deveaux, 1994). 662 (Moi, 1985) p. 95. 663 (Deveaux, 1994). 254 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad obra ni la alusión reiterada a los esfuer zos neces arios para modificarlas. Su labor teórica, tal como hemos citado, perseguía mostrar la contingencia de lo que aparece como inevitable, intentado, por otro lado, rescatar las posibilidades de socavarlo. Qué sea concretamente a quello que hay que resistir o modificar resulta en sus textos una propuesta abie rta y circun scrita a su momento y a sus experiencias. A nuestro entender su lectura no devi ene en una desactivación de lo político; por el contrario, se pueden ex traer de ella múltiples elementos para articularlo. No postula, huye de establecer principios trascendentes o absoluto. Para un pensador que ha privilegiado el carácter histórico de la crítica y las luchas situadas, hubiera supuesto esto un cierto contrasentido. Pero creemos que sería problemático considerar que ello ejerce un efecto de despolitización; por el contrario, alerta y provee de sospechas y compromisos que permitan eludir la fascinación fetichista, el ab solutismo de fundamentos impolutos que, sin embargo, en las retículas y mallas de poder po drían ejercer una sujeción o un silenciamiento más efectivo todavía. Los fundamentos para la acción política, como Butler ha subrayado reiteradamente, pueden ser contingentes . Que esos fundamentos existan sólo pa ra ser cuestionados es el riesgo permanente d e un proc eso de democrat ización abierto. Rec hazar esa disputa es sacrificar el ímpetu democrático radical de la política feminista. 664 En esta primacía de lo inmanente fr ente a lo trascendente en Foucault, que parece desprenderse de su elusión de una propuesta normativa positiva, encontramos espacios abiertos donde lo prioritario resulta la pr áctica política concreta: a. la propia implicación pública en demandas de derechos, denuncias, cuya más significativa manifestació n será la participación en el Grupo de Información de las Pris iones o el manifiesto colectivo leído por él en Ginebra, en 1981. b. esto, más que una contradicción, supone una cautela teórica y un riesgo político. Aunque la propia teoría tenga una dimensión política inequívoca en su desactivación de l efecto de naturalidad de lo «dado» y las relaciones e identidades contingentes pero construidas como necesarias. c. la relevancia y protagonismo se otorga a quienes, de manera colectiva, o individual, luchan o resisten. El intelectual no puede dar pautas éticas y decir a los otros qué deben hacer. Puede dotar, no obstante, de instrumentos y análisis específicos 664 (J. Butler, 1995). Parte III. Lecturas feministas de Fo ucault 255 Como señala McLaren, 665 en el análisis de las tecnologías de normalización, Foucault critica al menos dos tipos diferentes de normas. Por un lado, normas universales tales como verdad, justicia y derechos. Por otro, normas sociales que prescriben conductas particulares y que categorizan a los individuos en grupos, 666 y la adscripción de identidades que eso supone, añadiríamos. Quizá Foucault, aunque al final mostró posici ones diferentes de otras que mantuvo a principios de los 70, no acabó de problematizar algo que, para las mujeres, como veremos después, y para el movi miento feminista más específicamente, ha constituido un elemento fundamental, sobre el que se han reificado posturas antagónicas y se han dibujado tensiones in ternas: la cuestión de la igualdad, en abstracto, y la de igualdad de derechos concretos. Porque, precisamente, ha sido en muchos momentos y contingencias diversas esta demanda de igualdad la estrategia para permitir distanciamie ntos de las identidades prescritas y la creación de formas de vida antes prescritas. Aquí podríamos recordar la Antígona de Butler, ese mecanismo de citación que reconfigura performativamente una situación cuando el discurso del gobierno es dicho por quién no estaba legitimado a decirlo . Las mismas palabras pero desde una situación de enunciación no autorizada. 5.3.3. El androcentrismo de Foucault Son abundantes los apelativos que ha recibido la obra de Foucault en términos de mirada o construcción teó rica androcéntrica. «Flagrante androcentrismo», dice Rodríguez Magda. 667 Incluso Lois McNay añade que la visión agenérica del cuerpo y la asu nci ón de la sexualidad masculina como modelo de análisis le hace caer en la trampa universalista que teóricam ente rechazaba su proyecto filosófico. 668 Según Hekman, nunca examinó específicamente la subordinación de las mujeres o las fuentes de su subjetivación. 669 A tal ceguera ante las diferentes tecnologías de género, Diana Fuss la llama irónicamente su «voluntad de no saber acerca de las mujeres». 670 No podemos saber nada acerca de esta voluntad, pero sí que él pudo intuir cierta ceguera o dificultad de atender a elementos que operan en la configuración de la existencia de las mujeres: 665 (McLaren, 2004) p. 215. 666 (McLaren, 2004)p. 215. 667 (Rodríguez Magda, 1999) p . 25. 668 (McNay, 1992) p. 35. 669 (Hekman, 2004) p. 200. 670 (Fuss, 1989) p. 107. 256 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad Estos diversos tipo s de represión ha n variado a lo larg o de décadas, pero no puedo decir que haya e ncontrado diferencias fundamentales en lo que concierne a la mujer o al hom bre. Pero yo soy un hombre. 671 Incluso hay quien ha planteado una genealogía de tal característi ca androcéntrica, como Romero, que señala que el androcentri smo de Foucault tendría su origen en la no asunción de M. Mead, y en una lectura sesgada de Marx. 672 La cuestión de las categorías y las calificaciones es algo incómodo. No resulta sin embargo descabellado cons iderar tal androcentrismo si lo vinculamos con los asuntos no problematizados por él, o con su desatención a determinados aspectos específicos de las relaciones de poder que han operado históricamente en las vidas de las mujeres. Sobre todo porque permiten, más que una confrontación, un a matización y la fertilidad que otras o nuevas preguntan generan. a) Cuerpo dócil, pero masculino: Como dice Rodríguez Magda en relación con los análisis de las tecnologías disciplinarias de Vigilar y castigar , «no existen los cuerpos neutros y universales, por más que el sexo sea un constructo y la sexualidad una elección» 673 y la diferencia sexual, construída en la medida que se quiera, es también un elemento que específicamente ha regulado los dispositivos disciplinarios sobre y en los cuerpos. Foucault se habría re ferido « a un cuerpo neutro, por el que no hay que dejarse engañar, puesto que es un cuerpo masculino». 674 Braidotti, asimismo, sostiene: Foucault nunca locali za el cuerpo de l a mu j e r c om o e l s i t i o d e u n a de las divisiones más inter nas y oper acionales en nue stra socied ad, y consecuent emente, tambié n, una de las más persistentes form as de exclusión. La diferencia sexual, simplemente, no juega un rol en el universo de Foucault, dond e la tecnologí a de la subjetiv idad se refiere a un sujeto «humano» desexualizado y general. 675 Esta es una de las limitaciones achacadas a los análisis de Foucault que más fructífera y sugerente ha resultado para la investigación feminista. La consideración de una «ceguera de gé nero», en la reflexión acerca de las políticas disciplinarias sobre el cuer po ha estimulado otros análisis más 671 (Foucault, 1975a) pp . 770-771. 672 (Romero Pérez, 1996) Tesis doctoral. 673 (Rodríguez Magda, 1999) p . 216. 674 (Le Blanc, 2004) p. 17. 675 (Braidotti, 1991). Parte III. Lecturas feministas de Fo ucault 257 específicos sobre la disciplinarización del cuerpo de las mujer es. Entre estos análisis de las prácticas que lo someten y lo conforman, destacan los trabajos de Susan Bordo y sus análisis sobre la agorafobia femenina durante los años 50 o la anorexia nerviosa de momentos a ctuales, como cristalización corporal de determinados imperativos culturales y prácticas de poder. 676 También Bartky ha considerado en un análisis exhaustivo las prácticas estéticas actuales como prácticas disciplinarias a las que se somete a las mujeres, o a la s que se someten ellas activamente. 677 Al no abordar de manera específica las disciplinas y tecnologías normalizadoras que afectaban más concr etament e a las mujeres, al aparecer éstas bajo la imagen de un cuerpo abstracto que era a su vez m asculino, «deja en la oscuridad muchas experiencias importantes de poder específicas de las mujeres»; 678 tampoco Foucault atendió excesivamente —aunque tuvo el proyecto de hacerlo— a la proliferación de discursos sobre la feminidad desde los saberes científicos que se entrelazab an con prácticas disciplinarias y con la gestión de los espacios vitales que producían y sujetaban a la población femenina: el encierro en el hogar o la docilización exhaustiva y patológica del cuerpo dispuesta desde preceptos médicos (uso de corsés y otras técnicas de restricción de la movilidad, sedentarismo obligado, etc.). 679 b) dispositivo de sexualidad La incitación productiva del dispositivo de la sexualidad que se despliega c o m o e l h i l o a r g u m e n t a l d e l a Histo ria de la sexualidad ha sido asimismo una cuestión discutida. ¿La «policía de los en unciados», la incitación discursiva a su proliferación, ha sido históricamente la misma par a hombres y mujeres? ¿O esa historia del sujeto de deseo que Foucault planteaba, como producto de los dispositivos de poder que vinculaban verd ad y sexo, de forma creciente a partir del siglo XVI, olvidaba las particularidades vinc uladas a la diferenciación sexual, sobre todo en los últimos siglos? «Ahí está lo esencial, que el hombre o ccidental se haya visto desde hace tres siglos apegado a la tarea de decirlo todo sobre su sexo». 680 Pero quizá esta intensa incitación no ha funcionado exactamente así para las mujeres en algunos momentos. En determinados disc ursos acerca de las mujeres quizá no se haya establecido de manera tan clar a la vinculación entre deseo y sexo, sino que la proliferación discursiva al resp ecto construía más bien una verdad del 676 (Bordo, 1988); (Bordo , 1993). 677 (Bartky, 1988). 678 (Deveaux, 1994) p. 232. 679 (Romero Pérez, 1996). 680 (Rodríguez Magda, 1999). 258 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad sexo y la sexualidad femenina sin un sujeto deseante , o con un sujeto deseante patológico, cuya verdad no era sino una función biológica y reproductiva. El deseo y el placer se han seccionado de la sexualidad de las mujeres en los dispositivos de enunciación d e determinados momentos históricos. Según Judith Butler, «la asex ualidad es algo que a veces está unido en la concepción dominante de la mujer heterosexual». 681 Foucault aborda el desplazamiento de la sexualidad femenina hacia lo patológico en su Historia de la sexualidad pero, no obstante, no atiende a es ta construcción paradójica de la asexualidad , que dejaría en silencio el placer; lo ha ce de una manera en la que parece establecerse una particularidad respecto al g rueso argumental de la obra: Histerización del cuerpo de la mujer: triple proces o según el cual el cuerpo de la mujer fue analizado –calificado y descalificad o– como cuerpo integralmente s aturado de sexualidad; según el cual el cuer po fue integrado, baj o el efecto d e una patol ogía que le sería intríns eca, al campo de las práctic as médicas; según el cual por últim o, fue puesto en comunicación orgánica c on el cuerpo social (cuya fecundidad regulada debe asegurar), el espaci o familiar (del que debe s er un elemento sustancial y f uncional) y l a vida de los niños (que produce y debe garantizar, por una responsabilidad bi ol ógico-moral que dura todo el tiempo de la e ducación). 682 Es pertinente recordar cómo en obras cl ásicas de esta producció n discursiva incesante, como resulta el caso de Havelock Ellis, se constituye una sexualidad femenina en la que el dolor es el placer, 683 llevando a cabo una operación enunciativa que ha sido reiterada por muchos hombres situados en posiciones autorizadas de enunciación discursiva, de sde la medicina hasta la filosofía: detentar un saber tiránico que sanciona como placer lo que p robablemente el individuo que lo experimenta vive como sufrimiento o dolor. Tal posición «interpretativa» no sólo ha sido establecida en los discursos sobre la sexualidad, aunque quizá sea éste el terreno de mayor ocurrencia (los desarrollos que en la teoría queer analizan la pornografía desde un marco «postporno» lo señalan acerca de la pornografía convencional) tamb ién la filosofía ha sido territorio de extraordinaria prolijidad en relación con el interpretante-autorizado-varón acerca de los sentimientos, pens amientos de un sujeto «mujer/es». 684 En un intento por averiguar las formas en que los individuos son llevados a reconocerse como sujetos sexuales Foucault se plantea, co mo hemos dicho, una genealogía del hombre de deseo . Indaga las modalidades de relación consigo mismo por medio de las cuales el indi viduo se constituye y se reconoce como 681 (J. Butler, 1997b)p. 217 (ed. castellana). 682 (Foucault, 1976b) p. 127. 683 cit. por (Martín González , 2003) p. 84 . 684 Michèle Le Doeuff realiza un prodigioso anál isis de parte de la obr a de Sa rtre obse rv ando tal fenómeno. (Le Doeuff, 1993). Parte III. Lecturas feministas de Fo ucault 259 sujeto, y considera que este proceso de subjetivación está indisolublemente unido, no es un mero paso previo, a la reflexión en torno a los placeres y a la reflexión moral. Foucault se embarca en tal proyecto, que supone un cam bio de rumbo en relación con el esquema inicia l de la historia de la sexalidad, para analizar cómo la actividad sexual ha sido problematizada por los filósofo s del siglo IV a. C. en el tomo II , y la problematización reflejada en los textos latinos y griegos de los dos primeros siglos d.C. Pero ¿quién es ese sujeto que desea? Como señala Rodríguez Magda, hablar del «hombre de deseo» introduce una penosa ambigüedad. 685 Aunque Foucault es consciente del carácter viril de las prácticas estudiadas, esto no parece ser problematizado en su propio análisis: Es cierto. La étic a griega del plac er se vincula con la sociedad viril, con la disimetría, con la exclusión del otro, c on una obsesi ón por la penetración y con una es pecie de amenaza de ser des poseído de l a propia energía entr e otros temas. ¡Todo esto es bastante desag radable! 686 El sujeto de deseo «mujer» quizá haya sufrido avatares más complejos en función de un orden androcéntrico: ha sido sujeto pero también, de forma ambivalente y compleja, objeto del deseo de los otros, ha pensado su sexualidad vinculada por un lado a la reproducción sin placer (como señala Laqueur en relación con el «descubrimie nto» de que el orgasmo femenino no era necesario para la procreación) 687 y por otro a la patología (la histeria, la criminalización). En algunos momentos históricos, como la época franquista, las instancias de producción discursiva al respecto, lo que hacían casi exclusivamente, era manejar silencios , incitar prohibiciones , fomentar ignorancias sistematicas . 688 Aunque no fuera sólo en relación con una sanción de lo lícito o lo ilícito sino con técnicas más amplias que a bordaban la regulación del sexo y la sexualidad «para el mayor bien de todos», sea llamado ese todos, población, raza o patria… No obstante, y como es característico de la pastoral cristiana, la indagación de la verdad acerca del deseo hasta en su más míni ma o desleída percepción ha sido siempre incesante, e incesante la inci tación a poner en palabras tal verdad para producir efectos de reconversión espi ritual. Pero en algunos momentos, el deber decir del sexo , incitador e insidioso, ha tenido diferentes regímenes pa ra hombres y mujeres. Quizá éstas, por lo menos en la época aquí referida –el 685 (Rodríguez Magda, 1999). 686 (Foucault, 1984j) p. 614 . 687 (Thomas Laqueur, 1994a) 688 «Buscar en cambio las ins tancias de producción dis cursiva (q ue también ci ertamente manejan silencios) de producción de po der (c uya f unc ión a v eces es prohibi r) d e l as producciones de saber (qu e a veces hacen circula r errores o ignorancias si stemáticos)» (Foucault, 1976b) p. 21. 266 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad como dice Deleuze, dentro de esta ma deja que conforma un diagrama de visibilidad y de enunciación que nos produce y que huye fugazmente. «El estudio de los proceso s de subjetivación par ece ser una de esas tareas fundamen tales que Foucault dej ó a quienes h abrían de seguirlo. […] toda una tip ología de formaci ones subjetiv as en dispositivos móviles». 698 Por todo ello, más que ver una limitación negativa en la obra de Foucault, tal como se apunta d esde algunas lecturas feministas que consideran inadecuado el conjunto de instrumentos teóricos foucaultianos debido a la insuficiente atención prestada a las dime nsiones comunicativas y recíproca de las dimensiones sociales, 699 creemos que sus planteamientos entrañan una gran fertilidad. La utilidad de sus herramientas guiarán el proceso de análisis que exponemos a continuación. Las contradicciones o rechazos tajantes pueden ser producto de una previa configuración abstracta y dualista, tant o de los planteamientos como de los tópicos del poder y de la libertad. Precisarlos en un contexto histórico detallado ayuda a contemplarlos en proceso, en rel ación, en una maraña turbia que ficcionamos, construyendo una versión atrapada en las prácticas semiótico materiales concretas. Después de todo, fue el mismo Foucault quien señaló que las consideraciones acerca de las técnicas o pr ácticas de sí debían ser contempladas en su delicada y compleja relación con las técnicas de dominio. No hemos hecho sino eso que Rodríguez Magda consideraba adecuado hacer con las ideas de F oucault: «...forzar engranajes y estructuras, para volver la teoría sobre sí misma hasta el punt o sin retorno de su diseminación. Hacer circular las sugerencias, aplicar las metodologías a objetos que en principio quedaron fuera de su horizonte, forzar las interpretaciones hasta su contradicción o su salto cualitativo…». 700 Es la noción de diferencia sexual la que nos pr opicia incorp orar a la ética de la libertad la m emoria de las estrategias de poder que han configurado la producción de un sujeto sexuad o, y que desde esta sexuación se apresta a construir un a nuev a y más amplia subjetividad. 701 El carácter no totalizador ni hermét ico de las reflexiones de Foucault, multiplica las preguntas, bosqueja lagu nas y desconciertos, inquietudes sobre las que precipitarnos para transitarlas. 698 (Deleuze, 1989) p. 157. 699 (Allen, 2004) p. 251. 700 (Rodríguez Magda, 1999) p . 11. 701 (Rodríguez Magda, 1999). Parte IV Análisis genealógico de un proceso de transformación de género: los Centros de Promoción de la Mujer en el contexto de la transición Si es correcta, aunque sea en parte, la afirmación de Beauvoir respecto de que no se nace mujer sino que s e llega a serlo, entonces mujer es de suyo un término en p roceso, un convertirse, un construi rse del que no se pu ede decir definitivamente que tenga un origen o un fin al. Como práctica discursiva que es tá sucediendo, es tá abierta a la i ntervención y a la resignificación. Aun cuando el género parezc a congelarse en las formas m ás reificadas, el «congelamiento» en sí es una práctica insistente e insidios a, sostenida y regl amentada por diversos modos sociales. J UDITH B UTLER , El género en disputa , 1990 702 Mostrar que un cambio, e n el orden del discurso, no supone unas «ideas nuevas», un poco de invención y de creatividad, una mentalid ad distinta, sino un as transformaciones e n una práctica, eventua lmente en las q ue la avecindan y en su articulación común. Yo no he negado, lejos de eso, la posibilidad de ca mbiar el discur so: le he retirado el derecho exclusivo e instantáneo a la soberaní a del sujeto». M ICHEL F OUCAUL T , L’archéolo gie du savoir , 196 9 703 702 (J. Butler, 1990a) p. 67 703 (Foucault, 1969b) p. 272 Parte IV. Análisis de un pro ceso de transformación intersubjetiva 269 Preámbulo El juego de la libert ad es un juego dentro d e unos límites. Y siempre es un ju ego de escisión en el interio r de uno mismo, entre la parte de uno mismo que ha ido in-corpo rando inconscientement e, esto es, sin tener consciencia de ello, algunas prácticas que le hacen ser el sujet o que es y la par te de uno mismo que se res iste (..) es un viaje de conv ersión por el que el sujeto que parte recorr e un camino que lo dev uelve a sí mis mo, transformado; en defintiva, un viaje e n espiral. M AITE L ARRAURI , La espiral foucaultiana ,1996 704 Nos aventuramos ahora a través de un relato compuesto de múltiples voces cuyas intensidades, inflexiones y arrullos desaparecen en este tránsito a la escritura; desaparece la inmediatez vibrante de su enunciación para re-crearse en esa refracción elaborada por nosotras en un relato nacido al calor del suyo. El lenguaje florece en un desplazamiento continu o. Como dice Ricoeur, cada relato, cada lectura, cada transmisión es una refiguración que recrea siempre innovando y sin cuya nueva apertura no podríamos confeccionar el sentido de nuestro mundo. De estar en el mu ndo porque estamos en el lenguaje. La imposibilidad de la denotación exa cta en tanto lazo con un referente externo concreto que reflejar, que reproduc ir sin alterarlo, es la otra forma de aludir al poder de configuración de la realidad que ejerce el lenguaje. Pero que ésta adquiera un estatuto para nuestr a experiencia mediante las palabras no quiere decir que sea solo lenguaje. Efectivame nte, el carácter finito del lenguaje permite restituir la importancia de los aspectos no lingüísticos de nuestra pertenencia al mundo, ese algo heterog éneo que, como dice Virno, nos empuja a ser un poco afásicos de manera c onstitutiva. Hablamos fundamentalmente del cuerpo, ése que al ser nombrado deja de ser un organismo mudo y queda atrapado en un orden social y discursivo . Somos un cuerpo que se dice y dice el mundo. En un decir incesante que re-figura, con mayores o menores posibilidades y diversos efectos, su estar en el mundo. Exponemos aquí una historia tejida de historias encarnadas, actuad as, sufridas y disfrutadas, relatadas. Un tejido singular y apasionado, imperfecto y limitado, pero también tenaz en su r econfigurarse. Es singular porque es nuestra escritura la que lo conforma, alimentánd ose de miles de palabras de 704 (Larrauri, 1996) p. 18. 270 Relaciones de poder, esp acios de su bj etividad y prácticas de libertad otras. Una historia hecha de historia s extraordinarias que nunca fueron así consideradas. Una mirada teñida de voluntades y pasiones, la nuestra, por reconocer y rescatar fragmentos de vi das empeñadas en la práctica de una libertad contingente y limitada. Enredadas en sus imposibles que progresivamente se transfiguraron en afectos y actos nuevos. Las destacamos sobre relatos canónicos de liberaciones, algunos de los cuales suelen sostenerse sobre categorías que sustantivizan, paradójicamente, a pesar de la retórica subversiva, y no permiten ver otras resistencias y otras transformaciones locales e inmanen tes, ni comprender cambios que transformen identidades, de género en este caso, y se diluyan para reconfigurarse en un movimiento antes impedido o inimagimable. Son transformaciones paradójicas estas de mujeres sólidamente consideradas co mo «amas de casa» y de «clase obrera». Cambios imperceptibles, sin interés para algunas narrativas y que, sin embargo, hemos escuchado con detenimiento como vertiginosas aventuras articuladas en una compleja red de el ementos simultáneos que se convirtieron en cond ición de posibilidad unos de otros. Hemos trazado una travesía sobre la sup erficie de ese espacio subjetivo que venimos analizando. Pero es en la sup erficie, evocando a Deleuze, donde levanta el vuelo, repentino y múltiple, como mariposa fugaz que volviera siempre distinta, el sentido. Foucault reflexionó acerca de los juegos de verdad y de poder que configuran los diversos y cambiantes pr ocesos de subjetivación y objetivación. En su analítica del poder estu di a las relaciones de fuerzas en ejercicio produciendo un enfoque conceptual que puede convertirse en modelo para el esclarecimiento de distintos sistemas de sujeción. 705 Además, su análisis privilegió en sus últimas obras aquellos ju egos en los que el propio sujeto se plantea como objeto de un saber posible y como objeto en formaci ón, desplazándose su eje hacia una historia de la subjetividad, 706 en tanto esclarecimiento de las formas en las que el sujeto hace experiencia de sí mismo. En tal intento, la sexualidad fue destacada como la superficie sobre la cual los individuos han sido interpelados a r econocerse de maneras específicas, constituyéndose así, mediante dispositivos concretos, en una v erdad interna y esencial, un elemento que dota de inteligibilidad al sujeto. Ya hemos comentado cómo algunas autoras feministas, recogiendo esta reflexión compleja acerca de los procesos subjetivos, han desplazado el vértice d e l a « v e r d a d » s i t u a d o e n l a n o c i ó n d e s e x u a l i d a d , a l « s e x o v e r d a d e r o » p e r o e n tanto identidad sexual producida por los dispositivos de género. Y es en el intento de esclarecer los procesos enraizados en prácticas y que atraviesan el 705 (Díaz, 1995) p. 183. 706 (Foucault, 1981e) p . 214; (Foucault, 1984b) p. 216. Parte IV. Análisis de un pro ceso de transformación intersubjetiva 271 cuerpo, como se han establecido fértiles y arriesgadas conexiones con la dimensión opaca de los procesos de s ujeción: imaginarios y deseos, fantasías y tensiones emocionales que bullen en un cuerpo sometido y disciplinado pero investido de potencia para la creación y la re-creación; sea mediante la repetición imperfecta de prácticas constituyentes, sea mediante el desplazamiento de los significados, sea mediante la reelaboración de relatos autoconfiguradores, o, más bien, de la co-ocurrencia de ell os, de procesos diversos en el devenir social. Cuando los elementos de una tal configuración enmarañada, de es e diagrama como diría Deleuze, se alter an , correlativamente se reconfiguran y se mueve el conjunto. Las relaciones de poder, los juegos de verdad, los procesos de subjetivación y las prácticas de sí. Es esta apertura o deslizamiento el que intentaremos analizar, estableciendo como eje inicial y prioritario una situación de dominación, cuyo deshacerse y reh acerse en relación con prácticas concr etas y circunscritas a un ámbito institucional permite una alteración que progresivamente abre, no de manera apr oblemática por supuesto, la agencia, o, en términos de Foucault, intensifica o multiplica las posibilidades para la resistencia, estableciendo nuevas prácticas de sí que quizá, y esta era nuestra intuición, se acaben configurando co mo prácticas de libertad. Contingentes, concretas, históricas. Colectivas y sing ulares a la vez y que quisiéramos entroncar en la tradición feminista de elaboración de genealogías de la ontología de género, como postula Butler, y en la rica tradición de práctica política y ética de los movimientos de mujeres. Aunque, paradójicamente, el proceso estudiado no se enmarcara en una iniciativa calificada como feminista. Es la pretendida incoherencia ac hacada a Foucault acerca de las consideraciones contradictorias de lo s procesos de subjetivación, mediante los cuales los dispositivos producen, el poder normaliza y disciplina, por un lado, y el sujeto autopoiético que se configura a sí mismo como una obra de arte, por otro, el espacio que permite la problematiza ción del cambio. Leída esta «incoherencia» de manera más fructífera y adecuada, a nuestro entender, y asumiendo como clave una noción de sujeto no sustantiva y procesual, relacional e intersubjetiva, intentaremos destacar en ese espacio de tensión elementos que en su emergencia y en su coexistencia con otros persistentes, permiten una lectura política de ese movimiento de transformación. Pensamos un sujeto inaugurado por el poder, un sujeto constituido socialmente en relaciones de poder, pero cuya cons titución progresiva, enmarañada en prácticas sociales cambiantes, puede permit irle un ejercicio de libertad en tanto reflexión y práctica acerca de su propia conformación. Como punto de partida, solo queda resaltar la pertinencia de la obr a foucaultiana para las posibilidades de la práctica política feminista: el sujeto, configuración histórica en las mallas del poder, no es sólo un cuerpo dócil, 272 Relaciones de poder, esp acios de su bj etividad y prácticas de libertad puede ejercer resistencia incluso de manera muy limitada, como cuando el género, por ejemplo, se «congele» (en términos de Judith Butler) en la reiteración persistente de determinadas pr ácticas o, (en términos foucaultianos) cuando las relaciones de poder se tornen inflexibles, difícilmente reversibles en un estado de dominación. No obstante, las posibilidades de una práctica política de la libertad tampoco serán nunca absolutas ni tr ascendentes; condici onada por las relaciones heterogéneas de poder en las que emerja, estará siempre sujeta a la formación de nuevas situaciones estr atégicas que pueden tornarse más opresivas. Las prácticas de sí están conformadas en los dispositivos históricos, aunque la subversión permitirá un ej ercicio móvil de algunas cuyos efectos amplíen la agencia y generen una reducción de los malestares o un incremento del placer. Incluso si el proceso es irreductiblemente ambivalente Introduciendo una analítica del poder específica d e la ontología de género, la consideración habitualmente eludida por Foucault de lo afectivo y del deseo, y una lectura particular de las prácticas de libertad por él postuladas, creemos que es posible trazar eso s tránsitos colectivos y singulares que en esta historia permitieron, no de manera simple y lineal, la experiencia de un bienestar y de unas posibilidades insospechadas a unas cu antas mujeres. Porque el sujeto es una formación histórica, su re-creac ión en determinada confluencia de elementos mutuamente condicionantes es posible. Parte IV. Análisis de un pro ceso de transformación intersubjetiva 273 Capítulo 6. El a priori histórico de una experiencia posible Una de las num erosas razones q ue hacen qu e sean para nosotros tan desconcertant es es que a pesa r de su singularidad histórica, no son del todo origi nales. El fascismo y el estalinismo han utilizado y extendido mecanismo s present es ya en la mayoría d e sociedades M ICHEL F OUCAUL T , Le sujet et le pouvoir , 1982 707 . El proceso de cambio que vamos a analizar se produce en un grupo de mujeres que participan, en Navarra duran te los años 70, en una experiencia que tiene lugar en los Centros de Promoción de la Mujer y de Cultura Popular . Las mujeres que hemos entrevistado tienen en la actualidad entre 55 y 70 años. Nacieron entre 1936 y 1950, y se educaron dura nte la etapa más dura del régimen franquista, el llamado período autárquico . Su edad adulta se inicia casi al mismo tiempo que el proceso de desarrollo y mo dernización que arranca del Plan de Estabilización de 1959. En ese proceso se combina el arranque de la moderna sociedad capitalista española con el mantenimiento de un régimen dictatorial y buena parte de los discursos ideológicos del primer franquismo, cada vez menos coherentes con los procesos sociales en marcha. Su participación en la experiencia de los Centros se sitúa preci samente en la fase de crisis de las formas políticas e ideológicas del régimen y de inicio de la transición al régimen de la Constitución de 1978, consecuencia y continuación del proceso desarrollista. El régimen franquista dedica un import ante esfuerzo a establecer y codificar el papel de las mujeres. Ese esfuerzo es visible tanto en el plano discursivo como en el del ejercicio disciplinario, que coinciden en configurar el cuerpo social como una familia, en cuyo seno la mujer tiene el papel exclusivo de esposa y madre. Una mirada genealógica a cerca de esa ontologí a de género y de sus desplazamientos en un proceso concreto, implica recoger, y así lo hemos intentado, tal como insistentemente reclamaba Foucault, la singularidad de los acontecimientos, evitando la presuposición de una direccionalidad teleológica hacia la que deberían transitar los procesos subjetivos analizados. Hemos intentado conservar, implícita pero palp itante, la pregunta sobre por qué esos movimientos, por qué las coincidencias y las singularidades, esperando encontrar, en la confluencia y conexiones teóricas de los materiales estudiados las posibles respuestas. Lo hemos hecho sin considerar que sean las únicas y evitando una actitud de interpretació n que descuidara la propia emergencia de 707 (Foucault, 1982c) p . 224 274 Relaciones de poder, esp acios de su bj etividad y prácticas de libertad ejes particulares en el análisis conforme nuestra mirada se afinaba, y considerando que, aun cuando la aparición de una nueva experiencia sea el resultado de una modificación de la experiencia anterior, esa modificación no estaba en absoluto inscrita en la experiencia precedente . 708 La respuesta a las preguntas de qué re sultó tal modificación, qué vivencias entrañaba, qué tonalidades adquirió, sólo pueden señalarlo las voces recogidas. Es ahí donde hemos intentado una escrupulosa consideración de lo manifestado por ellas. Hemos intentad o articularlo utilizando de manera particular, como ese andamiaje provisiona l que va avanzando en función de lo elaborado, las herramientas que la lectura de Foucault nos ha proporcionado. E introduciendo, asimismo, algunos elementos nuevos que las lecturas feministas y las aproximaciones butlerianas han planteado, como la atención a la dimensión emocional ambivalente o lo s procesos de desidentificación- identificación. Iremos introduciendo nues tras consideraciones, recogiendo las voces de las mujeres entrevistadas, a lo largo de todo este análisis. 6.1. Utilizando la caja de herramientas (II) 6.1.1. Dispositivo de producción de datos En este análisis genealógico hemos intentado articular diversos elementos heterogéneos. Por un lado, las herramientas teóricas que hemos ido explorando, atendiendo fundamental mente a la analítica foucaultiana, tanto de las relaciones de poder como de las pr ácticas de sí. Además, hemos introducido la dimensión afectiva vinculada a lo anterior que desde lecturas feministas de la subjetividad se ha apuntado. Nuestro propósito no es hacer una interpretación exhaustiva de este proceso de transfor mación de género sino profundizar en las aportaciones foucaultianas que pued an trazar o esclarecer este complejo tránsito hacia posiciones de menor sujeción. Por otro lado, contamos con materiales así mismo diversos. a. Los documentos que se construyeron en aquel momento y que hemos revisado en los archivos de los los Centros de promoción de la mujer y cultura popular . Tales documentos caracterizan el proyecto iniciado en los años 60 y reelaborado parcialmente en los 70, y dan cuenta del surgimiento de esta iniciativa en Pamplona y de su desarro llo. Estos documentos, como estatutos, 708 (Larrauri, 1996)p. 2 Parte IV. Análisis de un pro ceso de transformación intersubjetiva 275 actas de las reuniones, objetivos, materi ales de formación, notas de prensa y evaluaciones, nos han permitido reconfigur ar el funcionamiento y las prácticas concretas allí realizadas. Todos se insc riben en ese momento histórico del final de régimen franquista y de la transición. b. Los relatos de reconstrucción subjetiva, desde el presen te, de aquel proceso. Para obtener tales datos hemos realizado doce entrevistas en profundidad que nos han permitido recoger las voces de mujeres que participaron y se implicaron en tal experi encia. No son explícitamente historias de vida, puesto que hemos otorgado especial énfasis a este trayecto de sus vidas, aunque, obviamente, muchos «antes» y muchos «después» se relatan, se retoman, irrumpen, son elaborados, en fin, en el relato de aquella experiencia. Planteamos una muestra estratégica para acceder a mujeres que tuvieron en común su participación en los Centros. Tal muestra estratégica se estableci ó a partir de los documentos revisados en los archivos y tuvo l a pretensión de abarcar la participación en los centros de barrios diferentes por parte de mujeres con cierta variabilidad en su edad. Las mujeres entrevistadas participaron en los centros de tres barri os de Pamplona: San Juan, la Rotxapea, San Jorge. Tres barrios significativos que abarcan tres espacios de crecimiento de la población en los años 60 y son destino de inmigración proveniente de zonas rurales de Navarra y de otras z onas del Estado. Barrios que crecieron espectacularmente en aquellos años y que fueron asimismo el lugar de residencia de gente nacida en la propia ciudad. Estas mujeres, en su mayoría casadas y con hijos, no habían cursado estudios secundarios, ni siquiera alguna s habían finalizado los primarios. Sólo dos de ellas se habían diplomado en estudios superiores, Asistencia Social, pero solo una, de todas ellas, trabajaba en el momento de implicarse en los Centros. El resto siguió los cursos de formaci ón que se impartían en ellos. En la actualidad cuentan entre 55 y 70 años . En aquel momento, por tanto, eran jóvenes amas de casa, aunque en su mayo ría habían trabajado antes de casarse y desempeñaban el rol de ama de casa desde hacía poco tiempo o llevaban más años asentadas en él. Volvemos ahora a la retícula conceptual y metod ológica foucaultiana para señalar elementos que se han consti tuido como guías de nuestra elaboración del análisis de los materiales recogidos. 276 Relaciones de poder, esp acios de su bj etividad y prácticas de libertad 6.1.2. La analítica del po der como punto de partida Según Foucault la analítica del poder implica ciertos puntos a tener en cuenta para orientarnos en la complejidad heterogénea de las relaciones de poder. El señala cuatro elementos que guiarían la exploración de éstas 709 . En primer lugar , el sistema de diferenciaciones , puesto que toda relación de poder implica diferenciaciones que son a la vez condiciones de su ejercicio y sus efectos. Se pueden referir a diferencias jurídicas y de privilegios, económicas en cuanto apropiación de las riquezas, diferencias culturales y de competencias. En la situación estudi ada, en el apriori histórico en el que se inserta, las diferenciaciones de género implicaban tanto diferencias jurídicas como tradicionales , que a pesar de la modificaci ón de las leyes al final del franquismo, seguían actuando como hábitos incorporados; por otro lado, implicaban diferencias culturales y de competencias pues la educación recibida por las mujeres era muy distinta y específica, entra ñando menores posibilidades de acción y desempeño de tareas, aunque algunas habilidades, como las referidas a las domésticas, eran objeto de sobreinstrucción. Por otro lado, también las diferencias económicas, de «clase» son cruciales en nuestro caso. Las mujeres que acudieron a los centros de promoción provenían y se relacionaban dentro de las (im)pos ibilidades y prácticas específicas de la clase obrera. Ellas habían trabajado hasta el momento del matrimonio. Sus maridos eran fundamentalmente obreros y emplead os en talleres. En segundo lugar, señala el tipo de objetivos en el ejercicio del poder. Aquí nos encontramos una situación po liédrica en la que se entrecruzan objetivos de estratos diversos con mayor o menor grado de generalización. Desde el objetivo explícito que el franquismo situaba en el mantenimiento de un orden social determinado , articulado fundamentalmente desde la familia, al mantenimiento de privilegios, relativos, por parte de los varones con los que conviven estas mujeres y que se verán alterados en su proceso de transformación. Pero, sobre todo, podemos intuir un objetivo más difuso pero más encarnado respecto al mantenimiento de las prácticas de género que definían las subjetividades. Serán éstos los que se pongan más en juego en la progresiva alteración de las práctica s (funciones, espacios, tiempos...). En tercer lugar, Foucault señala las modalidades instrumentales en el ejercicio del poder. Es decir, cómo, a trav és de qué medios éste opera sobre un campo de posibilidades. Desde las sancione s sociales, sistemas de control, de vigilancia según reglas explícitas o no, dispositivos materiales, etc. Creemos que aquí resultan especialmente relevantes los sistemas informales de control y de sanción , que emergerán en los itinerarios analizados cuando comiencen a 709 (Foucault, 1982c) p . 239–41. Parte IV. Análisis de un pro ceso de transformación intersubjetiva 283 Esas instituciones debían asegurar el fu ncionamiento sin conflictos de esos tres ámbitos y estaban formal y legalmente re guladas hasta sus mínimos detalles. El régimen tuvo especial empeño en regular las relaciones de lo que consideraba la primera «entidad natural»: la familia. 716 En relación con la extrema segregación de género impuesta por los discursos y la política franquista, el régimen y la Iglesia Católica hablaron c on la misma voz represora: existía una imbricación estricta al respecto en ambos discursos. 717 El Estado franquista ejerce de manera límpida el poder pastoral: su gobierno y cuidado individualizado de las almas. En ese entrelazamiento de esferas, sobre todo en relación con la objetivación de «la mu jer», la retórica organicista exigía, por un lado, una dist inción estricta de funciones femenin as y masculinas y, por otra, la subordinaci ón de las mujeres en una estructura familiar jerárquica. Una legislación femeni na restrictiva y específica solidifica ese discurso familista; éste, que ensalzab a el papel fundamental de la mujer en la familia como garante de un orden «nat ural», advertía exaltado de los peligros que podrían derivarse de una alteración de estas funciones naturales, asimismo sacralizadas, 718 lo cual configuraba de manera c onjunta y singular la anomalía y el pecado. Fueron pues la Iglesia y la Falange —dentro de ell a en especial la Sección Femenina—, los generadores de discursos apoyados en argumentos biologicistas, que ya habían proliferado en el XIX en Europa en relación con las mujeres, y que sostenían la sumisión femenina. No podemos dar cuenta detallada de ellos aquí, pero sí resulta reseñable un rasgo específico de los discursos y proclamas de la Sección Femenina: en contraste con otras organizaciones fascistas europeas, era la única que sostenía una inferioridad natural de la mujer con relación al ho mbre. Tal como decía Pilar Primo de 716 En plena Guerra Civil, la Pasto ral Cole ctiva d el Episcopado Español escri ta por el cardenal Gomá decía así: « El Movimiento ha fo rtalecido el sentido de la patria, contra el exotismo de las fuerzas qu e le son contra rias . La patria implica una paterni dad; es el ambiente moral, como de una familia di latada , en que logr a el ciuda dano su desa rrollo total; y el Movimiento nacional ha determinado una corrien te de amor qu e se ha concentra do alrededor del nombre y de la sustancia histór i ca de España, con aversión de los elemen tos forasteros que nos acar rearon la ruina.» Cita do por A. Granados, El carden al Gomá, primado de España , Madrid, 1969, el subr ayado es nuestro. 717 (Molinero, 1999) 63-82. 718 Sobre la idea del orden político construi do sobre el orden jerár quico «natural» de la familia en el discurso de la derecha reacci onaria española en lo s albores del franquismo, véase (Moya, 1984). El papel central y superior del padre es evidente en todo ese discurso. Como muestra, el propio Gomá sosti ene en un libro de 1931 titulado La familia según el derecho natural y cristiano : «...dondequiera que, en las cosas divinas o humanas, se concentran los poderes fuertes y dilatados, las profun das influencias, las dulces y recias afecciones, allí hallaréis el nom bre de pa dre qu e las represen ta y so stiene. El padre es como el origen frontal de la vida humana; la madre es más bien el r eceptác ulo sagra do que la fomen ta. El padre aporta la semilla viva; la madre es la tierra que la fecu nda y convierte en tallo vivaz. La generación, obra solidaria de l padre y la madre, se atribuye , como principi o activo, al padre...». [Document text truncated for crawler view.]