Full text
Patricia Amigot Leache
Relaciones de poder,
espacio subjetivo y prácticas de libertad:
análisis genealógico de un proceso
de transformación de género
Tesis doctoral
dirigida por la doctora Margot Pujal i Llombart
2005
Departament de Psicología social
Facultat de Psicologia
Universitat Autònoma de Barcelona
Autora
Patricia Amigot Leach e
Título
Relaciones de poder, espacio subj etivo y prácticas de libertad:
análisis genealógico de un proceso de transformación de género
Directora
Margot Pujal i Llombart
Programa
Programa de doctorado en Psicología social
Departament de Psicología social
Facultat de Psicología
Universitat Autònom a de Barcelona
Depositada
17 de marzo de 2005
Este procedimiento es el centro de mi trabajo. ¿ consecuencias? Ante
todo, que no existe un fundamen to teórico que sea continu o y
sistemático. Y, en segundo t érmino, que no hay ningú n libro que yo haya
escrito sin que hubiera ha bido, por lo menos en alg una medida, una
experiencia pe rsonal directa […] En tercer o, a partir de la ex periencia, es
necesario alla nar el camin o para una tra nsformació n, una metamor fosis,
que no es solo individual, sino que es de carácter accesible a los demás; o
sea, que esta experi encia debe poder ser relacionada, en cierta medida,
con una prác tica colec tiva y con una m anera de pensar.
M ICHEL F OUCAULT , Entrevista , 1980
Cada uno de mis libros representa una parte de mi historia.
M ICHEL F OUCAULT , Vérité, pouvoir et soi , 1 988
ix
Índice general
Introducción. Pensando en las fronteras................................................................... 1
P ARTE I U NA TENSA OSCURIDAD : EXPLORANDO EL LUGAR DEL SUJETO ......... 7
Capítulo 1. Contextualización epistemológica y disciplinar .................................. 9
1.1. Las epistemologías feministas .................................................... 10
1.1.1. Tendencias epistemológicas feministas .................................. 14
1.1.2. La identidad y la diferencia ....................................................... 16
1.1.3. Caracterización de un luga r desde el que se mira:
conocimientos situados ........................................................... 19
1.2. Diálogos transdisciplinares ......................................................... 20
1.2.1. Psicología social crítica ............................................................. 22
1.3. Psicología y teoría(s) feminista ................................................... 29
1.3.1. La cuestión de las
diferencias sexuales y la psicología de la mujer .................................. 29
1.3.2. Un viaje de ida y vuelta: el sexo que ya era género ............... 31
Capítulo 2 Una reflexión sobre la epistemología y genealogía del sujeto ........ 41
2.1. El sujeto moderno y sus momentos de emergencia................ 47
2.1.1. Momentos inaugurales: Descartes .......................................... 47
2.1.2. Trascendencia y finitud kantianas ........................................... 51
2.1.3. La excepción spinoziana ........................................................... 55
2.1.4. Notas sobre el sujeto, el mercado y el capi tal en Marx........ 56
2.1.5. Emergencia de las ciencias humanas, la psicología
científica del siglo XIX y la fenomenología ......................... 66
2.1.6. Ese perpetuo principio de in quietud : el paradójico papel del
psicoanálisis ............................................................................... 74
2.2. La destitución del sujeto.............................................................. 78
2.2.1. El giro lingüístico: juegos de lenguaje y actos de habla ....... 79
2.2.2. Estructuralismo y postes tructuralismo: rastre ando la
muerte del sujeto ...................................................................... 86
2.3. Un espacio teórico para la subjetividad .................................... 95
2.3.1. El self y los aportes de la psicología social crítica ............... 95
2.3.2. Líneas de tensión en el estu dio de la subjetividad y la
subjetivación .............................................................................. 99
x Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
P ARTE II. P ODER Y SUBJETIVIDAD : LA TENSIÓN ENTRE S UJECIÓN Y AGE NCIA .. 113
Introducción: lo posible y lo político .................................................................... 115
Capítulo 3. Un poder sin un afuera : poder y sujeto en Michel Foucault ............. 123
3.1. Analítica del poder ...................................................................... 124
3.1.1. Poder y resistencia ................................................................... 136
3.1.2. Relaciones de poder y estad os de dominación .................... 140
3.2. Los ejes de una ontología del presente .................................... 143
3.2.1. Formaciones discursivas, episteme y poder/saber ............. 145
3.2.2. Genealogía del poder............................................................... 151
3.2.3. Las técnicas de sí ...................................................................... 163
3.3. Esa extraña coherencia de Foucau lt ........................................ 177
3.3.1. Utilizando la caja de herramientas (I ) ................................... 180
Capítulo 4. Entre la sujeción y agencia ................................................................ 191
4.1. Judith Butler: performatividad, poder y agencia .................... 191
4.1.1. Desarrollo de la idea de perform atividad de género .......... 192
4.1.2. Mecanismos psíquicos del poder. Víncul os apasionados .. 196
4.2. El poder se inscribe en el cuerpo: lo inconsciente ................ 205
4.3. Experiencia: corporeización e in terpretación abierta ............ 222
4.3.1. La experiencia como producto .............................................. 224
4.3.2. La experiencia como interpre tación y como innovación .. 226
4.3.3. Control interpretativo: de cidir el significado de
acontecimientos en los que se par ticipa .............................. 230
4.3.4. La experiencia clama relato: Ricoeur y la id entidad
narrativa .................................................................................... 232
4.3.5. Las figuraciones estratégicas como acción políti ca para
la experiencia ........................................................................... 233
4.3.6. Experiencia como tensión e ntr e el deseo inconsciente y
el discurso ................................................................................ 235
P ARTE III L ECTURAS FEMINISTAS DE F OUCAULT ............................................. 237
Introducción: Ariadna en el laberinto ................................................................... 239
Capítulo 5. Lecturas feministas de Foucault ....................................................... 241
5.1. La pertinencia de un diálogo ..................................................... 241
5.2. Espacios de confluencia ............................................................ 244
5.2.1. Analítica del poder ................................................................... 246
5.2.2. Formaciones discursivas y dispositivos d e poder, .............. 248
5.2.3. Técnicas de sí y procesos de autocreación ........................... 250
5.3. Espacio de divergencias............................................................. 252
5.3.1. La responsabilidad y el ejercicio del poder: ......................... 252
5.3.2. ¿Inadecuación para una política feminista? .......................... 253
5.3.3. El androcentrismo de Foucault................................................... 255
5.4. Fertilidad de una lectura crítica ................................................ 262
xi
P ARTE IV A NÁLISIS GENEALÓGICO DE UN PROCESO DE TRANSFORMACIÓN
DE GÉNERO : LOS C ENTROS DE P ROMOCIÓN DE LA M UJER EN EL
CONTEXTO DE LA TRANSICIÓN ........................................................ 267
Preámbulo .............................................................................................................. 269
Capítulo 6. El a priori histórico de una experiencia posible............................. 273
6.1. Utilizando la caja de herramientas (II) .................................... 274
6.1.1. Dispositivo de producción de datos ..................................... 274
6.1.2. La analítica del poder como punto de parti da..................... 276
6.1.3. Las prácticas de sí como tránsito .......................................... 277
6.2. El regimen franquista ................................................................ 280
6.2.1. Las leyes y los discursos .......................................................... 282
6.2.2 La disciplina: regulación normativa del espaci o/tiempo
de las mujeres .......................................................................... 287
6.3. Los Centros de Promoción de la Mujer y Cultura Popular . 289
6.3.1. Contexto soci al de emergencia: El desarr ollismo en
Navarra ..................................................................................... 289
6.3.2. Historia de los Centros de Prom oción de la Mujer y
Cultura Popular ....................................................................... 290
6.4. Los Centros de Promoción de la Mujer y Cultura Popular como
institución abierta ....................................................................... 293
6.4.1. La metodología del Centro de Promoción de la Mujer ..... 293
6.4.2. Análisis genealógico- institucional de los Centros de
Promoción de la Mujer ................................................................ 294
6.4.3. Discontinuidades discursivas ................................................. 299
6.4.4. Dispersión de posiciones de enunciaci ón ............................ 302
Capítulo 7. El franqueamiento posible: análisis de las trayectorias
intersubjetivas de transformación .................................................... 305
7.1. Un malestar sin nombre ............................................................ 305
7.1.1. La dificultad del rol naturalizado ........................................... 306
7.1.2. Imposibilidades de género y de clase .................................... 307
7.1.3. La exclusión del espacio pú blico ........................................... 310
7.1.4. «Unos años sin vida» ............................................................... 311
7.2. Hacer problemático lo que es sólido: fracturando los
incuestionados ............................................................................ 313
7.2.1. Un discurso para la resistencia ............................................... 314
7.2.2. Acontecimiento: lo imprevisible y la extr añeza .................. 316
7.2.3. Performatividad: la práctica nueva ........................................ 317
7.2.4. Las sanciones ............................................................................ 320
7.3. Imaginarios, deseos, afectos ..................................................... 321
7.3.1. Otra mirada, nuevos anhelos: identifi caciones/
desidentificaciones .................................................................. 322
7.3.2. Intensidad y ambivalencia emocional ................................... 323
xii Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
7.4. Intersubjetividad y prácticas de sí ............................................ 327
7.4.1. Paso de una moral de código a la problematizaci ón y la
posibilidad de reflexión .......................................................... 328
7.4.2. Nueva sustancia ética: la sexualidad ...................................... 329
7.4.3. Desplazando el cuidado de otro s hacia el cuidado de sí .... 332
7.4.4. La elaboración intersubjetiv a de las experiencias ............... 333
7.4.5. Juegos de verdad ...................................................................... 336
7.5. Prácticas de resistencia en relación .......................................... 338
7.5.1. Tensiones y complicidades ..................................................... 338
7.5.2. Estrategias de negociación con los maridos ........................ 340
7.5.3. Estrategias de actuación e n el entorno: pa rticipación
social ......................................................................................... 342
7.6. Prácticas de libertad ................................................................... 345
Conclusiones: un fragmento de tierra nueva .................................. 349
Un cierre en tránsito ................................................................................................ 355
Bibliografía ............................................................................................................... 357
A PÉNDICES ............................................................................................................... 377
Las entrevistas .......................................................................................................... 379
Guión de las entrevistas ............................................................................... 379
Entrevista 1 .................................................................................................... 381
Entrevista 2 .................................................................................................... 401
Entrevista 3 .................................................................................................... 413
Entrevista 4 .................................................................................................... 425
Entrevista 5 .................................................................................................... 433
Entrevista 6 .................................................................................................... 441
Entrevista 7 .................................................................................................... 455
Entrevista 8 .................................................................................................... 469
Entrevista 9 .................................................................................................... 477
Entrevista 10 .................................................................................................. 493
Entrevista 11 .................................................................................................. 511
Entrevista 12 .................................................................................................. 523
xiii
Agradecimientos
Gilles Deleuze escribió en cierta ocas ión: «encontraremos los aliados de los
que tenemos necesidad o aquellos que tienen necesidad de nosotros». Nada
podía reflejar mejor el proceso de esta tesis.
Supongo que algunos no tenían ninguna necesidad de mí, pero sí a la
inversa. Mi primer agradecimiento quisier a dirigirse al espacio del doctorado de
este Departamento de Psicología Social de la UAB que para mí ha consitituido,
sencilla y decisivamente, el espacio de posibilidad para la realización de esta
tesis. De manera explícita, quisiera agradecer a Tomás Ibáñez, a Félix Vázq uez
y a Lupicinio Íñiguez los gestos que han facilitado un proceso académico.
Quisiera recordar el apoyo de quien, desde otro contexto, el del
Departamento de Trabajo Social de la Universidad Pública de Navarra, ha
facilitado este trabajo; a la inestima ble lucidez y receptividad de Conchita
Corera y Camino Oslé va también dirigido mi agradecimiento. Lo hago extensi-
vo a los compañeros cuya amistad ha sido aliento, ánimo, una red de «microre-
sistencia»: a Manuel Aguilar porque sin su ayuda, esta tesis, materialmente, no
existiría; a Begoña Perez, a Cristina García y a Raquel González porque com-
partiendo circunstancias comenzamos a compartir el humor para combatirlas y
a crear una cotidianidad de complicidades nueva.
Aliadas en este proceso fueron tambié n Juliana Flórez, Eva Gil, Angélica
Ñáñez e Inma Lloret, porque los diálog os y las discusiones hacen florecer las
preguntas y desplazan las respuestas en una búsqueda compartida que franquea
muchas distancias. Y en la distanci a entrecortada tambien agradezco un
diálogo extraordinario, el que he mantenido con Pepe Ema.
Quisiera agradecer a mis amigos de Iruñea haber soportado, de una u otra
forma, la intensidad de este proceso: a Fede, desde hace años; a Xagu, Marian,
Iñaki, Nerea y Harri; y a las amigas de Barcelona cuyo apoyo ha constituido
para mí un maravilloso regalo. A Marina Partera por la intensidad de lo
compartido. A Marimar Velasco, por una amistad y ayuda que exceden
cualquier palabra; siempre resultarían demasiado estrechas e inexactas.
Agradezco profundamente también una de las ex periencias más hermosas
de esta tesis: las palabras y el afecto que quienes entrevisté me regalaron; voces
sorprendentes e intensas que hicieron posible este trabajo.
Por último, y sobre todo, quisiera agrad ecer a mi directora, Margot Pujal, la
ayuda más intensa de esta tesis. Un espacio de relación tejido de encuentros
teóricos y de afectos ha permitido su realización , palpita a lo largo de su
escritura y, con mucho, la sobrepasa.
Y a mi hermana, a mi madr e y a mi pa dre, aliados por excelencia. A ellos les
dedico estas páginas, bihotz-bihotzetik .
xiv Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
Parte I Una tensa oscuridad:
explorando el lugar del sujeto
El pensamient o es gesto, salto, danza, desviación extrema,
tensa oscurida d.
M ICHEL F OUCAUL T , Ariane s’est pendue , 1969
Deconstruir el s ujeto no es negar o aban donar el concepto; al
contrario, la deconstrucción im plica solamente qu e
suspendamos tod os los compromis os a los que se re fiere el
término «sujeto» y que reflexion emos sobre l as cuestiones
lingüísticas que realiz a en la consolidación y ocultamiento de la
autoridad
J UDITH B UTLER , Contingent Foundations , 1995
Capítulo 1. Contextualización epistemológica y disciplinar
Situamos este trabajo en una perspectiva foucaultiana puesto que ella nos ha
proveído de herramientas epistémico-metodológicas relevantes para llevar a
cabo una exploración de la noción de sujeto y un análisis de un proceso
concreto e histórico de transformación psicosocial de género. No obstante,
entre otras influencias, ha sido la teoría feminista la que ha nutrido y situado
nuestra lectura de la obra de Michel Fouc ault. Es, por lo tanto, una lectura que
establece conexiones particulares y otorga relevancia a aquellas cuestiones
pertinentes desde una óptica feminista.
La teoría feminista no consiste en un corpus unitario o monolítico, sino que
demarca un espacio de prácticas episte mológicas heterogéneas, cuya produ c-
ción teórica se enmaraña en planteamientos diversos, polémicos e incluso
contradictorios. Pero, como posición crít ica, la práctica feminista reconoce y
certifica su dimensión ético-normativa, el carácter político de lo que decons-
truye y reconstruye, de lo que combate y de aquello por lo que apuesta.
Demoledora o refinada, la elaboración feminista pretende desacti var los efectos
de poder que las prácticas sociales y académicas, atravesadas por el sistema
sexo/género, ejercen. Aunque, como cual quier discurso, genere otros nuevos,
ante lo cual se remarca el carácter precario, reflexivo e inestable de cualquier
desarrollo teórico. «La tarea del decir verdadero — dire vrai — es un trabajo
infinito», decía Foucault 6 , porque en el espacio fluido e histórico de lo social,
no hay una Verdad garan tizada, terminante, sino el proceso incesante y situado
de un decir cuyos efectos pueden ser de emancipación o de dom inación, nunca
definitivos. Algo, a nuestro entender, insoslayable.
Dentro de este espacio teórico, la denu ncia y la reflexión acerca de las
implicaciones epistemológicas de cualqui er hacer científico o discursivo, ha
florecido en los diversos postulados y corrientes agrupados bajo la
denominación de epistemología feminista. Es desde ella, desde donde
comenzamos este recorrido espiral que se desplazará circularmente,
introduciendo elementos nuevos de manera progresiva, hasta llegar a un
desarrollo analítico y genealógico de la (trans)formación de género.
6 (Foucault, 1984f) p. 678
10 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
1.1. Las epistemologías feministas
Como campo diverso y heterogéneo , la epistemología feminista, de
constitución reciente como campo teóri co multidisciplinar, es espacio de
tensión y productividad floreciente en to rno a las prácticas de conocimiento.
Los debates fundamentales en el área, de los que no podemos dar aquí cuenta
sino sucintamente, se ha centrado alrededor de la relación entre la identidad
—la femenina, la feminista—, problematizándola, y la práctica
epistemológica y política . Ha introducido la relevanc ia del sistema
sexo/género en la consideración de las prácticas de construcción del
conocimiento. Por ello, su vigorosa conflictividad teórica ha sido y es fuente de
reflexiones ontológicas, epistémicas y políticas de gran interés.
Este campo teórico emergió en un pr i mer momento agrupando un cúmulo
de problemas teóricos y políticos que afectaban al conocimiento. En sus
comienzos en los años 80, fundamenta lmente, es una actividad deconstructiva
y crítica de las prácticas convencionales de conocimiento androcéntricas, para
ir progresivamente deslizándose hacia propuestas reconstructivas de las
prácticas epistémicas a medida que se producía su estabilización y
reconocimiento 7 . Los estudios feministas comenzaron analizando la situación
de las mujeres en la ciencia y la construcción del objeto «mujer» en las
producciones teóricas para desplazarse hacia propuestas feministas de hacer
ciencia y la consideración de la posición situada, la subjetividad generizada –
gendered– del sujeto cognoscente.
El análisis de la relación saber/poder, en terminología foucaultiana, es uno
de los pilares de la epistemología feminista. Como Bonder plantea:
Postestructura lista y postmodernis ta avant la lettre , la crítica femi nista
ha puntualizado el carácter situado del conocimi ento, la parcialidad de
todas las afi rmaciones, l a íntima relación en tre saber y poder, ha
colocado las grandes narrativas en el i n c ó m o d o c o n t e x t o d e l a p o l í t i c a ,
retirándolas del confor table dominio de l a epistemol ogía. 8
La epistemología feminista es, pues, política . Más allá de la confluencia
innegable con otros ámbitos teóricos con los que comparte esta problematiza-
ción de la relación entre conocimiento y poder, las epistemologías feministas
han hecho emerger con fuerza cuestiones clave para tal reflexión, sobre todo
desde corrientes post-estructuralistas y antipositivistas. De ellas, en sinto nía
con el interés de este trabajo, destac aremos dos, que a su vez aparecen en
íntima imbricación.
7 (Campbell, 2004)
8 (Bonder, 1999) p. 30
Parte I. Una tensa oscuridad 11
En primer lugar, muchas autoras ha n subrayado el uso característico de
dicotomías en el despliegue del pensamiento occidental en la moderni-
dad: lo público y lo privado, la mente y el cuerpo, lo racional y lo emocional, lo
abstracto y lo concreto, lo universal y lo particular, lo masculino y lo femen ino.
En este último duplo resuenan las dist inciones anteriores, puesto que en el
pensamiento occidental se han vinculado los primeros términos de las parejas
conceptuales con lo masculino y los segundos con lo femenino. 9 D e a h í q u e
las relaciones de las mujeres con las pr ácticas de saber hayan sido es pecialmen-
te conflictivas, tanto desde su posición como sujetos de es e saber como por
operar como objetos específicos caracterizados y producidos por él. Algunos
de estos efectos pueden relacionarse con la consideración devaluadora o
desautorizadora de las mujeres en tanto sujeto de conocimiento, puesto que su
construcción histórica ha pivotado sobre una configuración del ser femenino
como alguien con menor capacidad de racioci nio o abstracción, y mayo r
emotividad, lo cual se opone al esta tus de neutralidad-objetividad del sujeto
cognoscente postulado por tales desarrollos; así pues, la constru cción
tradicional del objeto mujer lo destaca como particular idad, carencia, un «otro»
en relación siempre con ese sujeto pr etendida mente abstracto pero cuyo
arquetipo reúne las características tradicionalmente viriles.
Tal como Michel Foucault mostró principalmente en Las palabras y las cosas ,
el hombre, ese objeto de conocimiento reci ente en la historia y creado a partir
de la configuración de las ci encias humanas en el siglo XIX , en amalgama
heterogénea con dispositivos de n ormalización de los que eran a la vez
producto y elemento posibilitador, es también, aunque más adelante lo
maticemos, una «invención», una «configuración trazada por la nueva
disposición que ha tomado recientemente en el saber» 10 . Pero los discursos de
la modernidad han establecido trazos distintos, con efectos distintos, para ese
objeto femenino al que la psicología y la medicina, por ejemplo, han dedicado
tanta producción discursiva.
Gran parte de la crítica feminista se ha dedica do a mostrar cómo el
pensamiento hegemónico ha sido/es ma sculino (Maite Larrauri señala que es
un pleonasmo la noción de pensamiento masculino), 11 lo que moviliza hacia
una sospecha y una distancia crítica renovada. Por ejemplo, se ha señalado
cómo en multitud de desarrollos teóricos se deslizan, más o menos
abiertamente, más o menos subrepticia mente, metáforas e implicaciones
imaginarias vinculadas a tales dualidades 12 (Harding, Fox Keller, Amorós, Le
9 (Sánchez, 1991) p. 171 (Pujal i Llombart, 1993).
10 (Foucault, 1966) p. 15
11 (Larrauri, 1989) p. 1
12 Cuando co mencé a le er Cómo hacer cosas con palabras , de Austin, una frase del prólogo de los
traductores me sacudió co mo un destello un magnífi co ejemplo de lo anterior. Dicen así:
«alguien ha dicho que las traducciones , como las mujeres, cuando s on bellas no son fieles
12 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
Doeuff, entre otras). 13 Además de esta operatividad de los imaginarios
movilizados discursivamente, y desde perspectivas más empiricistas, se han
señalado abundantes sesgos y prejuicios en la p ráctica científica, tanto en la
selección y definición de problemas de in vestigación como en la interpretación
de datos o en la construcción de los resultados. 14
Como ejemplo, una de las primeras elaboraciones que analizó las
implicaciones políticas/sexistas en la elaboración de conocimiento es la
planteada por Nancy Harstsock acerca del punto de vista feminista ( feminist
standpoint ). De alguna manera esta autora continua la tradición marxista que
identifica cierto conocimiento como ideología opuesta a la verdad. 15 Según
esto, puntos de vista relegados y silenc iados como el de las mujeres podrían
hacer más verdadero el producto de la práctica epistémica. Denomina
específicamente «masculinidad abstracta» a ese r eflejo de una posición de
género que elabora conocimiento autoriza do y que oscurece el punto de vista
de las mujeres. Aun sin acordar con ella la posibilidad de una Verdad cuyo
desvelamiento no fuera obstaculizado por la ideología, la masculinidad
abstracta es uno de los aspectos más eficaces en la producción de efectos
sexistas, vinculados a practicas de saber/ poder históricas, y más criticados en la
deconstrucción que la teoría feminista ha llevado a cabo en relación con el
«conocimiento verdadero o científico».
Una de las consecuencias más importan tes de estas críticas, desarrollada
después en otros planteamientos, ha sido la puesta bajo sospecha de cualquier
formulación abstracta y asocial del sujeto. Porque tal abstracción ha
reproducido en el ámbito teórico, en ocasiones de forma absolutamente
sorprendente, una disimetría social y simbólica que configuraba dos clases de
sujetos: uno central, abstracto, con pretensiones totalizadoras y otro, medio
excluido o amputado, que quedaba en los márgenes y cuya apelación,
paradójicamente, desvelaba la naturaleza particular del anterior. Esto no es sino
uno de los aspectos mediante los que de manera recíproca, las prácticas
sociales han configurado y guiado la histor ia de la ciencia y el pensamiento, un
y cuando son fieles no son be llas. Nuestra tr aducción cierta mente no es bella y, además ,
parece infiel…» (Carrió y Rabossi, 1990), pá g. 34. Esto condensa tres elementos
ordinarios en el imaginario androcéntri co: a) la mujer cosificada (u na traducción, por muy
viva que sea carece de subjet ividad); b) la alusión a las dos caracter ísticas, se a por
presencia o aus encia, que se v inculan estrech amente a «la m ujer»: la belleza y la pureza
para con un varón; c) la dimensión de «doble vínculo» que pa rece someter mucha s
situaciones de la vida de las mujeres (ser atractiva pero no demasiado activa
sexualmente… ). Desde luego, es evidente que ha cen cosa s con palabras, co sas con
efectos político s y que ad emás es tán insertas en unas condiciones de produ cción, un
orden discursivo androcéntrico.
13 (Fox Keller, 1991). (Harding, 1996). (A morós y Agra Ro mero, 2000). (Le Doeuff, 1993).
14 (Perona, 2000) p. 213
15 (Hekman, 1999)
Parte I. Una tensa oscuridad 13
régimen de verdad , tal como diría Foucault; 16 tal como, a pesar de sus diferencias y
matices, se ha señalado desde otros ámbi tos: desde la sociología y la epis te-
mología de la ciencia, la etnografía, la etnometodología o el socioconstruccio-
nismo. Espacios inaugurados o posibilitados, entre otros, por el llamado giro
lingüístico o el giro historicista de Kuhn.
Otra de las cuestiones clave que ha emergido en el contexto de la
epistemología feminista es la reflexión acerca de cómo se constituye el sujeto
que conoce , es decir, cómo se constr uye la subjetividad dentro de un contexto
socio-histórico que produce y articula la relación entre hombr es y mujeres de
manera asimétrica y cómo esta producción específ ica de subjetividad genera y
se reproduce en prácticas epistémicas concretas que, a su vez, construyen y
reconstruyen la realidad de man era sexista. Esto alude a una de las
características de esa política de la verdad que ha regulado el desarrollo de la
ciencia: la supuesta objetividad de la ciencia que oculta las condiciones
particulares en las que ésta se produce. El análisis, por lo tanto, de los procesos
invisibilizados en los que subjetividade s y prácticas concretas se entretejen
produciéndose, será uno de los asuntos de mayor alcance en la agenda
feminista. Esta preeminencia concedi da a las formas del conocer y elabo rar
saber marcadas por lo social y las subj etividades de género puede apreciarse
especialmente en la obra de Evelin Fox Keller. Autora clásica en l a
epistemología feminista, sitúa su análisis en la dimensión micro de lo social
como momento privilegiado de la constitución de sujetos que lue go,
comprometidos en las prácticas d e elaboración de saber, reproducen prácticas
y formaciones discursivas androcéntricas. Haraway, por su parte, con su feliz
formulación de los conocimientos situados , plantea que es imposible un ejercicio de
pensamiento o de producción de saber desde ningún sitio, es decir, que
siempre es producto y actividad reiterada desde un lugar y una posición
marcada, entre otras, por la construc ción del sistema sexo/género; posición
encarnada y conformada en la articu lación de elementos heterogéneos. En
suma, late en la epistemología feminista la voluntad de deconstruir la
objetividad-subjetividad científica, y de ha cer visible el lugar desde el que se
conoce: ese lugar inexistente en las cartografías de los planteamientos
positivistas, un lugar invisibilizado gracias a la retórica científica.
Evidentemente, las elaboraciones feministas se ha desarrollado entretejidas
o albergadas parcialmente bajo otras ár eas más amplias, con las que comparten
muchos postulados y conceptos. Alg unas, las más recientes e interesantes se
insertan en la tradición postmoderna y postestructuralista. Foucault atendió de
manera especial a es ta compleja relación entre prá cticas sociales, destacándolas
16 (Foucault, 1999)
14 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
como relaciones de poder, y producción de saber afirmando que las prácticas
sociales
engendran formas total mente nuevas de sujetos y de sujetos de
conocimiento. El propio s ujeto de conocimiento también tiene una
historia, la relación del sujeto con el objeto, o más clar amente, la ver dad
misma tiene una his toria. 17
La verdad tiene una historia, así como tiene una historia el sujeto, tanto
como objetivación operada por las formac iones di scursivas como subjetivación
de los individuos en dispositivos de poder históricos. En es te contexto, la
epistemología feminista introduce la volu ntad específica de an alizar y proble-
matizar aquello que en ocasiones se el ude en otros planteamientos críticos: que
somos/estamos construidos como sujetos sexuados y que el sujeto que cono-
ce, el sujeto conocido, está marcado por el género. Se puede considerar que la
epistemología feminista ha incluido el análisis explícito del poder en
relación con la dimensión de lo subjetivo , esa dimensión no transparente
que late en deseos o motivaciones en carnadas y opa cas (Pujal, curso de
doctorado). Lo cual, partiendo de una posición crítica y subversiva supone una
radicalización y profundización en la perspectiv a crítica, tanto referida a las
prácticas epistémicas como a la con stitu ción social de las subjetividades. En
nuestro contexto histórico la subjetivida d está marcada por el género y, como
plantea Judith Butler, no hay sujeto inteligible no sexuado. El género, además,
anida en los dispositivos de poder que conf iguran la realidad. De esta forma, la
distinción clásica entre público y priv ado queda totalmente desbaratada. El
poder atraviesa los cuerpos y las subjetividades. En última instancia, por lo
tanto, también lo opaco al discurso, co mo lo emocional y lo inconsciente, por
ejemplo, podría pensarse en tér minos de prácticas sociales. 18
1.1.1. Tendencias epistemológicas feministas
Siguiendo la ya clásica distinción de Harding 19 señalaremos de manera
sucinta tres corrientes que ilustran el carácter heterogéneo de este campo. No
las trataremos con exhaustividad pues se relacionan de manera conflictiva y
compleja, pero señalaremos qué posición adoptamos en confluencia con otras
denominaciones que exceden el femini smo pero han sido, así mismo, de
enorme influencia en el estudio del poder y de las prácticas epistémicas.
17 (Foucault, 1974a).
18 (Pujal i Llomba rt, 2003)
19 (Harding, 1996).
Parte I. Una tensa oscuridad 15
Según Harding, y aunque ella subraya el carácter no excluyente sino
complementario, incluso especializad o, de cada una de ellas, nos
encontraremos con tensiones que remiten a diferentes conjunciones de
consideraciones epistémicas y utilidades políticas: un a) empirismo feminista,
cuyo planteamiento se ciñe exclusivamente a «reparar» o solventar los sesgos
sexistas de la ciencia mediante un cumplimiento estricto de las normas
metodológicas vigentes; lo cual, a parte de suponer un conflicto latente en tre
objetividad y compromiso feminista, ta mbién ha mostrado una potencialidad
ineludible puesto que combate la «ciencia objetiva con más ci encia objetiva»; b)
la teoría del punto de vista feminista, que de forma afirmativa considera que la
posición desfavorable de las mujeres pu ede tornarse una ventaja epistémica,
pues desde su situación conocen mejor el sistema que las oprime y sus retóricas
y prácticas de legitimación; y c) las tendencias posmodernas feministas, que
comparten los principios teóricos de la posmoder nidad en general, con figuras
destacadas como Donna Haraway o Jane Flax. 20 Esta clasificación inicial no ha
dejado de sufrir variaciones y matizaci ones propuestas por otras autoras. 21
A pesar de los cuestionamientos apasionados y de las críticas afinadas y
afiladas que la postmodernidad ha reci bido desde posiciones feministas, que
pueden resumirse en la consideraci ón de Celia Amorós acerca de que «la
postmodernidad es una amistad peligrosa para el feminismo» 22 creemos que la
convulsión que ha supuesto en el ámbito del pensamiento y su inestabilidad
semiótica y su indeterminación 23 han permitido la apertura de debates y
problematizaciones inéditas que han sido fundamentales y cuyos efectos
pueden considerarse liberadores y antihe gemónicos en el orden del discur so.
Las críticas a los feminismos postmodernos y pos testrucuturalistas parten de la
contemplación excesivamente burda de los plateamientos de éstos,
adjudicándoles una posición acrítica y desmovilizadora no justificada;
cuestionar nociones ilustradas como sujeto o ideales emancipatorios no supone
directamente, por lo menos no necesariamente, efectos d e desactivación
política, sino todo lo contrario: supone introducir precariedad donde había
garantías trascendentes; lo cual, según cómo se lea, permite la apertura y la
intensificación de la dimensión política desde criterios inmanentes, atendiendo
a los efectos normativos de los discursos y autorizando la práctica política y
subversiva permanente, situada y estratég ica, puesto que nada garantiza la
20 (Haraway, 1995) (Haraway, 199 9)
21 (García Dauder, 2003)
22 (Amorós, 1997) p. 303. Es interesante la metáfo ra afectiva y vi ncular que se repite en las
valoraciones feministas de la utilidad y pe rtinencia de otras corrientes de p ensamiento
para su propia causa: Heidi Hartmann calificó el vínculo entre feminismo y marxismo
como «un matrimonio infeliz», y Nancy Fras er, analizando la potencial utilidad del
pensamietno foucaultiano, con sidera que Foucau lt no puede ser «un buen marido» p ero sí
«un amante ocasional».
23 (Cabruja, 1996) p. 173
16 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
disolución de hegemonías y discri minaciones siempre en permanente
rearticulación. Pero, por otro lado, algu nas críticas feministas a las posiciones
postmodernas introducen, quizá, una sana sospecha en relación con la
exclusión tajante de determinados tópicos modernos que han funcionado
como nociones de alto potencial estra tégico en las luchas feministas, tales
como la noción de sujeto y sus derechos fundamentales. 24 En ocasiones, no
solo la exigencia de identidad en el pe nsamiento, también la conminación a la
ruptura funciona como un abuso. 25 Como señala Bu tler:
Si el término posmodernismo tie ne alguna fuerza o signific ado en la
teoría social y en la teoría s ocial feminis ta en par tircular, tal vez pueda ser
encontrada en el ejercici o crítico que busca mostrar có mo la filosofía está
siempre implicada e n el poder.
Un poder, según ella, que alcanza al suj eto que enuncia la teoría, puesto que,
como dice más adelante:
Ese «yo» está constitu ido p or esas posiciones y esas «posici ones» no
son meros productos teóri cos, sino principios orga nizadores totalment e
impregnados de prác ticas material es y ordenamientos instituciona les,
aquellas matrices de poder y discurso que me producen como un «sujeto»
viable. 26
No obstante, es en es te turbulento espacio de confluencia entre la
epistemología feminista y las aportaciones posmodernas y pos testructuralistas
donde comenzamos nuestro itinerario, laberinto y espacio de dispersión, como
diría Foucault, en el que explorar las conexiones esperadas e inesperadas,
siempre con especial aten ción a los efectos y a las posibilidades que se abren o
se bloquean.
1.1.2. La identidad y la diferencia
Lejos de ser un ámbito homogéneo, por lo tanto, la epistemología feminista
está atravesada por intensos debates y enfrentamientos ineludibles, que
exceden su demarcación y se sitúan en el más amplio espacio de la teoría y l a
política feminista. Uno de ellos es la cuestión de la identidad y la diferencia y
su incierta imbricación mutua. ¿cómo se produce un sujeto sexuado? ¿cuál es la
constante, si la hay, que lo caracteriza? ¿a qué identidad es legítimo apelar para
sostener una política feminista? Es obvio que este aspecto es uno de los que
24 (Amorós, 1994, 1997; Benhabi b, 1992; Fraser , 1989; Molina Petit, 2003; Nicholson, 1990)
25 (Foucault, 1979a)p. 784
26 (J. Butler, 1995)
Parte I. Una tensa oscuridad 17
han sacudido con intensidad el deba te feminista de las últimas décadas; una
gran diversidad de orientaciones se ha n puesto en juego en un abanico que
abarca desde postulados de tinte sustancia lista o cuasi-esencialistas, vinculados
a una especificidad femenina irreductible, –sea del cuerpo sexuado, sea referida
a las primeras relaciones afectivas, inspirados, fundamentalmente en el
escenario feminista francés, con autoras como Luce Irigaray o Helène Cixous
(con todas las matizaciones y precauciones q ue la complejidad de tales
desarrollos exigen) o en las aportaciones de autoras como Nancy Chodor ow o
Carol Gilligan en el ámbito de la disciplina psicológica– hasta el
construccionismo radical de intelectuales como Judith Butler y todas las
teóricas que han problematizado tal consideración general acerca de la
constitución del ser mujer, desde el feminismo postestructuralista y
postcolonial, subrayando otras diferencias que se encarnan en los individuos:
construcción de raza, clase social, orientación sexual, y la heterogeneidad de la
categoría «mujer» como sujeto no unitario sino múltiple, fragmentado en
diversas posiciones sociales, como muestran, entr e otras, las obras de Alcoff,
Braidotti, De Lauretis, Gatens,Grosz, Haraway, Spivak. 27
En estos debates acerca de la diferencia se reproduce esa oposición más
amplia que se debate entre la esencia y la construcción ; como una inervadura
del desarrollo teórico, este dilema recorre la producción feminista. Y, como
Campbell señala, la tensión entre una postura y otra ha oscureci do y
obstaculizado en muchas ocasiones el abordaje del cómo se producen sujetos
cuya inteligibilidad está condicionada por el ser sexuados 28 . Esta tensión,
obviamente, es derivada y desplazada de sde otra que late en la propia existencia
del feminismo: cómo justificar y abog ar por una práctica feminista si no
contamos con sujetos caracterizados específicamen te como mujeres.
Esta última consideración lleva a inte ntar no reproducir polaridades en el
mismo análisis de las relaciones de poder, es decir, a no considerar de forma
monolítica la producción de sujetos mujeres, pues éstas comparten con otros
sujetos el ser/ estar insertas en relaci ones de poder, lo cual permite habla r de
mecanismos múltiples y flexibles que varían con el tiempo y que acercan a
mujeres y hombres que comparten una posición de clase social o étnica.
Creemos que cualquier análisis de la especificidad de la opresión de las mujeres
tiene que ser un análisis situado socio-históricam ente y vinculado a la
regulación y producción general de las subjetividades . Lo que se ha dado
en llamar género no alude sino a una noción o construcción relacional. Y
frente a las sustancias, que no cambian, las relaciones siempre son móviles. 29
27 (Alcoff, 2002; Braidotti, 1994; De Lauret is, 1987, 1992, 2000a; Gatens, 1996; Grosz, 1994;
Haraway, 1995)
28 (Campbell, 2004)
29 (Larrauri, 1989) p. 3
24 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
Enraizada genealógicamente en el cuestionamiento que sufrió la psicología
social en la «crisis» interna vivida en los setenta, alcanzará en los 80 unos
desarrollos más explícitos, en los que la obra de Gergen ejercerá un impacto
considerable. Es en los 80 cuando la intensa crítica desemboca en unas
propuestas más elaboradas que prefigur an el construccionismo social. Es
inevitable la referencia al papel repr esentado por Gergen, tanto como su libro
de 1982 49 Toward transformation in social knowledge , como con su artículo de 1985
que bautizó de alguna forma este ámbito incipiente: The so cial construccionist
movement in modern psychology . 50
A partir de ahí se produciría un auge espectacular. En este auge tuvieron
también especial relevancia las intersecciones con otro s ámbitos del
pensamiento como la filosofía. Fueron importantes, y lo son especialmente en
nuestro trabajo, la obra de Foucault , el segundo « giro lingüístico » que ha
alentado el desarrollo del análisis del discurso, el resurgir del « pragmatismo »
de Rorty, y el auge del postestructuralismo . La diversidad férti l generó nuevas
líneas teóricas y abordajes metodológicos con una permeabilidad extraordinaria
al contexto histórico de pensamiento.
Los nuevos movimientos y las luchas so ciales han impregnado el discurrir
múltiple del socioconstruccionismo. El movimiento feminista, así como lo ha
hecho en otros ámbitos de conocimiento, ha introducido preocupaciones y
cuestionamientos que han ampliado y autorizado nuevos focos de atenci ón y
una preocupación reiterada por las relaciones de poder, intensificando la
sensibilidad crítica que atraviesa esta corriente.
La dimensión política ha sido contemplada, tanto en lo que se refiere a los
efectos que las propias prácticas de conocimiento tienen, como en relación c on
el estudio de la discriminación, desigu aldad, o las relaciones interpersonales y
subjetivas en el contexto social.
Creemos, por último, que el cuestionamiento de la propia disciplina y la po-
sición de legitimidad que el socioconstruccionismo ha conseguido, han permiti-
do el desplazamiento de presupuestos inmovilistas ampliando el campo teórico
y de análisis y generando nuevas formas empíricas de abordarlo. Una mayor
libertad para el pensamiento, sin lugar a dudas.
b) Tensiones y límites: ¿postconstruccionismo?
Últimamente, variadas voces señalan una cierta inflexión en el sociocons-
truccionismo, cuya causa, a su vez, puede estar vinculada a la propia heteroge-
neidad de planteamientos teóricos que confluyen en él, cada vez más divergen-
49 (K. J. Gergen, 1982)
50 (K. J. Gergen, 1985)
Parte I. Una tensa oscuridad 25
tes, así como a la consta tación de cierto s elementos privilegiados en detrimento
de la consideración de otros o, in cluso, de las implicaciones políticas
cuestionables de algunos de sus desarrollos. Muestra de tales elaboraciones
críticas o reflexivas en nuestro país es el último número monográfico de l a
revista Política y Sociedad , titulado significativamente, « A partir del construccio nismo
social ». 51
Podría decirse que ciertas promesas iniciales inherentes al momento insti tu-
yente del campo vuelven con fuerza de forma crítica con lo s planteamientos
que no han dado cuenta de ellas. Como en la crisis de los años 70, en la q ue se
destacó, entre otras, la carencia de po tencial emancipador de una disciplina que
así se pretendía, en la consideración cr ítica de los límites del socioconstruccio-
nismo se agita la sospecha de que al gunos de sus desarrollos siguen reprodu-
ciendo aquello que inicialmente el ímpetu crítico de la orientación pretend ía
combatir.
Las tendencias predominantemente lingüísticas del socioconstruccionismo
han revelado sus límites, y con ellas se han establecido líneas de tensión desde
posturas feministas (o postfeministas) —no sólo, pero son las que más nos
interesan— que insisten en las sedi me ntaciones semiótico-materiales de los
efectos de poder que se r eiteran en prácticas no lingüísticas ni racionales, y que
atraviesan una triple dimensión imaginaria, inconsciente e intersubjetiva. 52 Su
análisis se revela pertinente, en ínti ma intrincación con lo discursivo, para
explorar las sujeciones y los límites de la agencia así como su reverso, o el otro
polo de tensión, la posibilidad del ejercicio de prácticas de libertad.
Destacamos por tanto dos tendencias críticas a algunos postulados del corpus
socioconstruccionista: el olvido de la materialidad, de la corporalidad ,
sobre todo, y la deficiente atención prestada a los efectos que los
dispositivos de poder inducen terca e insistentem ente, limitando las
posibilidades de «construcciones» de la realidad, haciendo más persistentes
unas y no otras.
A su vez, estas dos cuestiones están, a nuestro parecer, estrechamente
relacionadas y así lo abordaremos en este trabajo. La obra de Michel Foucault
ofrece extraordinarias reflexiones acerca del cuerpo atravesado por un poder
multiforme y relacional . Es más, permite también introducir otro de los
elementos considerados en ocasiones antitéticos a la materialidad: el discurso .
Tal como iremos explorando con y a partir de los textos foucaultianos, los
discursos, las prácticas discursivas, entr e otras prácticas sociales , nos dotan de
inteligibilidad. Un discurso que nos habilit a, diría Judith Butler, a la vez que,
simultáneamente, tal inteligibilidad y se ntido se compone y se juega en las
51 ("A partir del construccionismo social")
52 (Pujal i Llomba rt, 2005)
26 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
reglas prácticas que actúan a los significados, tal como Wittgenstein suponía.
Pero la adquisición del lenguaje también inaugura una dimensión opaca a la
conciencia en el espacio de la subjetividad, un espacio cuyos procesos no
racionales, vibrando en un cuerpo que habla y por tanto significa , permitirán
experiencias y elaboraciones singulares de sentidos. Sujetados por el lenguaje,
ese elemento que nos habilita y nombra en función de reglas invisibles pero
reales que se producen en su propio actu ar social, ese elemento que nos atrapa
en las mallas del poder se desplaza y sigue trayectorias imprevisibles cuyos
efectos, corporales, afectivos, racionales, permitirán re-significaciones en un
proceso posible de ejercicio de la agencia.
Las críticas planteadas al socioconstruccionismo y el estatus privilegiado
otorgado en sus planteamientos, al me nos en algunos, a lo discursivo y
narrativo, señalan, más concretamente, la desconexión que esto implica en
relación con lo fenomenológico y lo experiencial; 53 recordando la fenomeno-
logía de Merleau-Ponty, que afirmaba que experimentamos el mundo a través
de nuestro cuerpo, no de nuestro lenguaje, algunos autores señalan la
naturaleza extradiscursiva de la expresividad del cuerpo y encuentran en el
fenomenólogo francés una orientación sugerente para afrontar tal desafío. 54 No
obstante, acordando en la consideración de discurso y cuerpo como nociones
heterogéneas y en la necesidad de complejizar y problematizar las líneas
discursivistas –de filiación casi metafísi ca en ocasiones como señala Virno–, 55
nos parece muy relevante establ ecer la relación, pr ecisamente, entre discurso
y cuerpo y subrayar los efectos que la inserción en el orden lingüístico tienen
en el organismo humano, así como la heterogeneidad de la corporalidad en
relación con lo lingüístico, pero, sin em bargo, inextricablemente vinculados.
Pero, por otro lado, las posibles vers iones «neofenomenológicas» plantean o
se encuentran con los n udos candentes que desbrozaron en su obra Michel
Foucault, por un lado, y Paul Ricoeur, en una línea muy diferente, por otro: el
carácter histórico del sujeto , consideración que destituye la propiedad funda-
cional de éste en relación con la realid ad (e histórico para Foucault significa
que está vinculado a dispositivos variables de poder ), pero carácter histórico
también de aquello a lo que se puede re ferir como lo experiencial del sujeto,
que excede lo meramente discursivo. Y, por otro lado, la imposibilidad de dar
cuenta de tales dimensiones si no es mediante la pal abra, lo cual desplaza así lo
53 (Crossley, 2003)
54 (Burr, 1999)
55 (Virno, 1995). Subraya en este prodigioso libro el carácter finito radical de l a palabra
humana restituyendo relevancia y autonomía a todo aquello que perman ece opaco a la
enunciación. Es tablece paralelis mo entre la s derivas discursivistas con la prueba
ontológica de la ex istencia de Dios señala ndo el carácte r metafísico de algunas versiones
linguistícas filosóficas.
Parte I. Una tensa oscuridad 27
fenomenológico a lo hermenéutico , 56 a pes ar de que consideremos que la
palabra no agota ni los seres ni la existencia, y que, a pesar de que los
configure, no los crea de la nada.
La psicología social socioconsruccionista «desconfía de explicaciones que
plantean procesos cognitivos o generativo s corporeizados, y es por ello am bi-
valente hacia la consideración de la subjetividad». 57 Y esta ambivalencia, que
provendría de su ímpetu desencializad or, parece acercarse paradójicamente
hacia aquello que precisamente marca la vi gencia de las dualidades cartesianas
en la psicología cognitivista: la distin ción entre los procesos mentales por un
lado y el cuerpo, olvidado, por otro; es ta cierta proximidad podría explorarse
con relación a la preeminencia otorgada a un discurso que no considera las se-
dimentaciones semiótico-materiales, en el privilegio otorgado a una dimensión
no entroncada problemáticamente con el or ganismo, con el cuerpo, en esa ten-
dencia hacia el reduccionismo discursivo , como señala Burkitt, que establece
un salto no explorado entre lo discursivo y la materialidad. 58 Habría, dentro de
la heterogénea galaxia construccionista, un «desequilibrio» en sus focos de aten-
ción que le ha hecho «olvidar la importancia de las condiciones materiales de la
existencia». 59 Esa no consideración de lo material quizá impide simultáneamen-
te la posibilidad de explorar los efectos materiales del poder , asunto de espe-
cial relevancia en lo que atañe a la con s ideración de la generización de los suje-
tos, de la construcción de sujetos sex uados, con los efectos de desigualdad que
el sistema sexo/ género implica.
En este sentido, la consideración del cuerpo se revela necesaria, como una
ampliación o complejización de la noción discursiva del sujeto. Porque la no
consideración de lo corporal desde al gunos planteamientos socioconstruccio-
nistas quizá sea la herencia no reconoci da y trasfigurada que tales plantea mien-
tos siguen sosteniendo en relación c on el sujeto trascendental del proyecto
racional moderno. Un sujeto ya no aislado como el hongo hobbesiano al que aludía
Celia Amorós, sino lo contrario, un su jeto como epifenómeno de lo social–
discursivo, pero cuyo cuerpo sigue b orrado y eludido: precisamente, aquello
que ha caracterizado el androcentrismo del pensamiento moderno cu yos
avatares han ido situando lo corporal, sensible, emocional como ese «otro» del
sujeto arquetípico y que ha caracterizado la configuración de lo femenino.
Quizá pudiera vislumbrarse en ello una peripecia retórica que, a pesar de
subvertir determinados postulados, enmascara un androcentrismo de nuevo
56 (Ricoeur, 2000)
57 (Cromby, 2004)
58 (Burkitt, 1999) p. 5
59 (Ibáñez, 2003b) p. 160
28 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
cuño. No sería extraño puesto que, como Mary Gergen advierte, el cuerpo no
suele aparecer en las narrativas vitales masculinas. 60
No es casualidad que dentro de los parámetros posmodernos hayan sido las
autoras feministas postestructuralistas las que más y más hondamente hayan
problematizado la noción de sujeto. Porque problematizar no es sinónimo de
evacuar o borrar, sino un ejercicio de re significación que atiende a la dimensión
corporal y sexuada. Tampoco es extra ño que desde otras versiones feministas
diferentes se haya desarrollado un pensam iento fértil y múltiple acerca de los
límites del lenguaje falocéntrico, fundam entalmente desde el pensamiento de la
diferencia sexual y de variaciones psicoanalíticas en obras complejas e intensas
como las de Luce Irigaray, Helène Cixous o Julia Kristeva.
Quizá este olvido del cuerpo se enra iza en el carácter androcéntrico de la
episteme moderna, que constituyendo a lo femenin o como lo otro , proyectaba en
él los elementos situados, sensibles, en carnados, permitiendo así el despegue
trascendental de una figura del sujeto ab stracta y racional, sin cuerpo, aunque
paradójicamente atrapad a en éste.
Tal como Descartes aseveraba «podría existir sin mi cuerpo», así parece que
se ha filtrado tal presupuesto en algu nas versiones y configuraciones del espa-
cio subjetivo, aunque sea, precisamente, para hacerlo desaparecer en formu-
laciones discursivas que se pliegan sobre sí mismas —no para constituir el
pliegue sujeto como plantea Deleuze y Foucault, en un pliegue de lo social—,
sino para postular su desaparición desd e una posición encarnada que ignora sus
efectos. Tal ruptura aparente puede vi ncul arse herética y burdamente con cons-
trucciones filosóficas y psicológicas que, como una constante atravesando dis-
cursos y expresándose en prácticas, cuando han considerado la diferencia
sexual, han proyectado lo masculino en lo abstracto. Ya estaba la configuración
femenina para recoger los elementos particulares, sensibles y encarnados.
La persistente resistencia hacia la consideración del cuerpo es una debilidad
de algunas versiones construccionistas. Pero postular una atención necesar ia a
tales dimensiones materiales no supone vo lver a establecer un objeto «dado»
que albergaría lo psíquico. Es algo mucho más complejo: un p roceso multidi-
mensional en el que las prácticas discursivas y no discursivas, intersubjetivas y
singulares se sedimentan en un cuerpo cuyo dol or y placer ya no será nu nca
ajeno a todo ello. No se trata de una esencia ni d e una naturaleza innata s us-
tantivizada, se trata de un organismo de naturaleza heterogénea al lenguaje que
se sitúa y configura en el tiempo como encrucijada irreducible de sensaciones,
sentidos, pasiones y relatos. Siempre co mo superficie de inscripción habilita-
dora de los significados sociales y de las propias p osibilidades singulares. Como
señala Silvia Tubert:
60 (M. Gergen, 2000)
Parte I. Una tensa oscuridad 29
Considerar al cuerpo como natur al representa un obstáculo episte mo-
lógico, un sustancialismo que otorga u n privilegio ontológico a la cons-
trucción bioló gica del cuerpo. Pero no hay nad a natural que pueda ser
captado como tal por el ser humano, pr isionero de las ca denas significan-
tes del lenguaje y del orde n simbólico en general; para él, lo natural y lo
significante son indiscernibles. 61
1.3. Psicología y teoría(s) feminista
El supuesto de que existe un sujeto femenino da do, en
concordancia con el sexo anatómi co, no es más que una il usión
S ILVIA T UBERT , ¿Psicoanálisis y género? 62
1.3.1. La cuestión de las diferencias sexuales y la
psicología de la mujer
Cerramos este apartado de contextua lización epistemológica y disciplinar,
que no disciplinaria, volviendo de forma recurrente a la consideración de los
conocimientos feministas, pues es un lugar de partida explícito de este trabajo.
Se puede señalar una tensión creciente que en la disciplina psicológica se ha
ido produciendo en la medida en que las cuestiones que atienden a la s
diferencias entre sexos y a los sesgos andr océntricos de la psicología ortodoxa
se han incorporado a la agenda de la disciplina. Esta tensión emergerá de
manera explícita durante los años 80 y 90 en intensos debates en relación con
la pertinencia o no de analizar ese constructo denominado di ferencias sexual es .
Muestra de ello fue el número especial que la revista Feminism & Psychology
dedicó al tema. 63 En general, el registro de las diferencias sexuales en psicología
ha sido un hábito extendido cuando se han intentado explorar los procesos o
los fenómenos relacionados con las mujeres, al tiempo que ha solido eludirse el
intento de comprender o analizar los pr ocesos que generaban tales diferencias.
La variable sexo planteada como variable independiente generaba y puede
generar, por lo tanto, un efecto de naturalización de las diferencias.
Esta tensión evidencia las discrepancias políticas y epistemológicas de las
líneas implicadas en el estudio de las condiciones sociales y de las
características psicológicas de hombres y de mujeres a partir de los años 60, en
61 (Tubert, 2003) p. 369
62 (Tubert, 2003) p. 378
63 (Kitzinger, 199 4). Con la parti cipación, entr e otras d e Rachel T. Ha re-Musti n, Jeanne
Marecek, Wendy Hollway y la misma Celia Kitzinger.
30 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
confluencia con la revitalización del movimiento feminista. Aunque ya
anteriormente algunas mujeres habían desafiado los postulados androcéntricos
de las teorizaciones y de las investigaciones psicológicas desde la propia
disciplina, fue en esta década cuando se intensificó y proliferó la actividad
feminista de muchas psicólogas.
A partir del ya clásico artículo de Naomi Wesstein 64 en el que plantea que
algunos de los hallazgos científicos en relación con «la mujer» no son tales sino
sorprendentes y trasparentes reflejos de los prejuicios sociales, se desarrolla
todo un corpus de investigación que subraya el carácter no innato de las
diferencias sexuales. Éstas, cuando se dan, son fruto de la socialización 65 . Esta
línea que minimiza o relativiza tales di ferencias se ve conf rontada después con
la aparición de trabajos que pretenden al go aparentemente opuesto: ensalzar la
experiencia y las voces de las mujeres. Especialmente relevantes serán aquí las
obras de Carol Gilligan, Nancy Chodorow y las psicólogas del Wellesley
College, entre otras. 66 Desde una perspectiva evolutiva y de orientación
psicodinámica, centrada en las primeras relaciones afectivas de crianza, estas
autoras establecen un desarrollo diferencial de mujeres y hombres con
características particulares. Es esp ecialmente conocido e interesante el
cuestionamiento que Gilligan planteó a la teoría del desarrollo cognitivo-moral
de Kolhberg y que después será retomada por otras autoras feministas desde el
ámbito de la ética como Sheyla Benhabib. 67 Plantea Gilligan en su obra una
contraposición entre la ética de principios universalistas-abstractos y la ética del
cuidado. Al formalismo postconvencional de los últimos estadios del dominio
moral, opone un contextualismo postconvencional que indica que las
diferencias entre hombres y mujeres en relación con los juicios morales no
deben entenderse como un signo de deficiencia de las mujeres sino como la
manifestación de
otro
desarrollo moral, en el que estarían incorporados el
cuidado, la responsabilidad y las relaciones con l os otros. Una voz diferente y
femenina.
Esta perspectiva retomaba la cuestión de la diferencia resignificándola en
términos positivos, oponiéndose a la histór ica caracterización de ella en tanto
carencia o debilidad femenina y viendo en su especificidad elementos
valorizados. Y situaban esta esp ecificidad en la trama relacional que
caracterizaría al desarrollo de la psicología femenina.
Estas dos tendencias, la que minimiza las diferencias sexuales y las que las
maximalizan , fueron analizadas desde una posición socioconstruccionista por
64 (Weisstein, 197 1). Publicado o riginalmente como Kinder, Küche and Kirche as scientific law:
Psychology constructs t he female . Boston: New Engl and Free Press .
65 (Bohan, 2002)
66 (Chodorow, 1978) (Gilligan , 1982)
67 (Benhabib, 1986)
Parte I. Una tensa oscuridad 31
Rachel Hare-Mustin y Jeanne Marecek, en su obra Making a difference: Psycho logy
and the construction of gender. 68 De manera muy resumida podemos decir que estas
autoras exploran los efectos que tales pr ácticas de investigación, a las que
denominan sesgo alfa (la acentuación de la di ferencia) y sesgo beta (la
minimización de la diferencia), produ cen. Desde una posición construccionista
es absurdo el intento por determinar qué elementos y en qué grado establecen
diferencias entre hombres y mujeres, pues tal empeño se insertaría en la
presuposición de esencias inmutables y positivamente cons tatables. Pero no lo
sería atender a los efectos que tales p rácticas tienen en relación con la polí tica
feminista.
Según ellas, insistir en la diferencia construye tales elem entos como
inmutales o sustanciales, pudiendo tener efectos negativos vinculados a la
reproducción de la opresión y la desigualdad. Por otra parte, minimizar o
subrayar la ausencia de diferencias resul ta en una práctica ciega a los efectos
que las posiciones sociales de poder desi gual producen. De ahí que su apuesta,
y la de muchas otras, sea eludir la cuestión candente de las diferencias
establecidas y abordar los procesos relaci onales, insertos en contextos sociales
e históricos en los que se construyen los sujetos. 69 No establecer procesos de
comparación sino atender a las interacciones marcadas por el poder y a la
construcción social del género. La pregunta sobre las diferencias sexuales que
no incluya la consideración del poder «no es nuestra pregunta», como plantean
Hurtig y Pichevin, 70 aunque sea la pregunta que nos hagan y se haga gran parte
de la psicología académica. No lo es en tanto asuma como punto de partida la
existencia de «rasgos» o «característic as» medibles y constatables en los
individuos, en conjunción con una figura ción universal de «los hombres» y de
«las mujeres».
Esta tensión en el seno de la Psicolog ía corre pareja a las derivas que los
conceptos de sexo y de género han sufrido.
1.3.2. Un viaje de ida y vuelta: el sexo que ya era género
a) Invención de la categoría de género
La distinción conceptual entre sexo y género, profusamente utilizada y
desarrollada por el pensamiento feminist a, sobre todo el de ámbito anglosa-
68 (Hare-Mustin y Marecek, 1994)
69 (Hollway, 1991) (Wilkinson, 1997)
70 (Hurtig y Pichevin, 1995)
32 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
jón, 71 ha sido objeto de intensos debates y reflexiones críticas en los últim os
años. Ahora que tal formulación terminol ógica ha traspasado la lindes del
feminismo para extenderse por amplios territorios de la teoría social, con usos
ciertamente variados, han sido versione s de la propia teoría feminista las que
han puesto en cuestió n su pertinencia y sus beneficios epistemológicos.
Ahondaremos a continuación en e llo, pero, siguiendo a Diane Fuss, 72
resaltaremos el carácter político de tales términos, y en tanto políticos, insertos
en su evolución en un contexto teórico y social determinado, las valoraciones
que emitamos pueden situar las tensi one s en una progresión histórica balizada
por los desafíos concretos que en cada momento ha enfrentado el/los
discursos feministas. Prec isamente porque lo que en un contexto suponía un
potencial subversivo, en otro ha dejado de tenerlo.
El término género se inauguró como c ontrapunto del de sexo en la década
de los 60. Pero ya con anterioridad Money 73 había introducido la noción de rol
de género para aludir al papel de la bi ografía y de l as conductas que los padres
asignan al recién nacido. A partir de ello se desarrolla en la psicología todo un
abanico de conceptos diferenciales y específicos de la continuidad sexo-género:
identidad sexual, identidad de género, rol de género e incluso androginia,
constructos complejos y reificadores, c on gran aceptación en la disciplina hoy
en día.
La literatura feminista politizó el con cepto de género y lo utilizó para com-
batir el determinismo biológico y para re saltar la importancia decisiva de las
prácticas sociales en la situación de in ferioridad de las mujeres, con una pro-
ducción vastísima de la que aquí no podemos dar cuenta. El uso del concepto
de género se entronca en la creación de utillaje teórico y metodológico utili-
zado para dar cuenta, comprender e incluso denunciar la constitución de
manera jerárquica de las relaciones en tre hombres y mujeres. Gayle Rubin fue
una autora precursora en la utilización de los conceptos de sexo y género, y
estableció la formulación «sistema sexo/gén ero» en un artículo ya clásico: « El
tráfico en las mujeres: notas sobr e la economía política del sexo » . 74
En él introduce
también la consideración de las prácti cas sexuales y complejiza el aná lisis
otorgando una dimensión relevante a la heterosexualidad obligatoria
analizándola conjuntamente con el proceso a través del cual la socieda d
transforma los sexos en sexos «opuestos» mediante el sistema de género.
No obstante, tal como señala Fraisse, la formulación «sexo y género» parece
señalar, como si se tratara de una evid encia, el sexo biológico y el género social,
71 Fraisse ha señalado las difu cultades polisémicas de tal conc epto así como sus dificultades
de traducción y de uso específi camente en el ámbito de le ngua francesa. (Fraisse, 2003)
72 (Fuss, 1989)
73 (Money, 1955)
74 (Rubin, 1975)
Parte I. Una tensa oscuridad 33
y este esquema heurístico , la oposición entre lo biológico y lo social, permite
interpretaciones múltiples y contradictor ias, pero presupone un marco episte-
mológico que no debemos olvidar. El género, en el uso que de él se ha hecho
desde el feminismo, nace con la estrategia de r educir el alcance del sexo 75 y
proclamar que la biología no es el desti no. Pero esta dualidad biología/ sociali-
zación configura una superficie epistem ológica que Nicholson ha denominado
la «identidad del perchero» sustentada por un fundacionalismo biológico
problemático que corre parejo a la impor tancia que la noción de socialización
ha tenido en el pensamiento del siglo XX . 76
Los rasgos biológicos se constituyen como lo «dado» inmutable sobre lo
que se superpone el ropaje cultural del «género». Tal fundamento supone un
sexo verdadero, y solo uno, de los dos posibles como característica de los seres
humanos. El cuerpo se considera causa invariable de las relaciones de género
susceptibles de variar social e históricam ente. Este papel de lo sexual como un
previo a las variaciones sociales, pero sujeto ya a una dualidad esencial se
entronca en una tradición mucho más antigua en el pensamiento occidental
que pasó de percibir en el cuerpo un se xo a percibir «dos sexos» diferentes en
el siglo XVIII, tal como Laqueur ha analizado. Antes de aquella época el cuerpo
femenino se consideraba una versión inferior del masculino —y ello es muy
relevante también en el pensamiento griego clásico— 77 en un eje vertical de
infinitas gradaciones. 78
Este esquema que naturaliza el sexo plantea problemas cuyo exponente
más intolerable aparecería en la tecnología médica articulada en torno a la
intersexualidad. Dado que las variaciones corporales y biológicas de los ras gos
sexuales no se conforman a un modelo dual y mutuamente excluyente, sino
que presentan una complejidad y heterogeneidad difícilmente simplificable
(morfológica, anatómica, cromosómica, gonadal, etc.), en aquellos casos de
difícil clasificación, esos casos qu e impugnan con su propia existencia las
demarcaciones culturales de los sexos, serán objeto de intervención «social»
para adecuar lo «dado» a lo socialmente aceptable. Es decir, la variabilidad se
convierte en ambigüedad bajo la mirada médica y el sexo será objeto de
modificación cultural. Nos encontramos aquí con la «maleabl e artificialidad del
sexo natural y la sedimentada na turalización del género cultural». 79 Incluso la
propia constatación de la multidimensionalidad de los procesos biológicos
relacionados con los procesos de sexuación, aunque pueda surgir como
75 (Nicholson, 2003) p. 49
76 (Nicholson, 2003) p. 50
77 Para Aristóteles la diferencia sexual se reduce a una diferencia cuantita tiva.
78 (T. Laqueur, 1994b)
79 (García Dauder y Romero Bachiller, 2004)
40 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
presupuestos o los efectos de la propia ps icología feminista, explorando cómo
un discurso de resistencia a la dominación actúa también como un discurso de
poder. 98 Son muchas, pero no podemos dejar de citar, además de Erica
Burman y Sue Wilkinson, a Margareth W etherell, Valerie Walkerdine, Celia
Kitzinger, Wendy Hollway, destacando en n uestro país el trabajo de
Concepción Fernández Villanueva, Teresa Cabruja, Margot Pujal i Llombart,
Silvia García Dauder, Lucía Gómez, entre otras.
Son las complejas relaciones de pod er–saber y sus tensiones las que nos
atraviesan y nos constituyen. El saber no puede ser remitido a un sujeto que lo
origina como inicio metafísico de un pens ar individual, pero sí a un proceso de
constitución subjetiva que configura un es pacio social en el sujeto, singular en
un cuerpo con historia, y que refracta rá todo ello de forma más o menos
creativa, más o menos sometida, en su devenir singular. También, por
supuesto, en las prácticas de conocimiento.
98 (Pujal i Llomba rt, 1998)
Capítulo 2 Una reflexión sobre la epistemología y
genealogía del sujeto
Cuestionar un término como «suj eto» o «universalidad» supone
preguntar cómo funciona, q ué implicaciones tiene, qué objetivos
logra y qué alter aciones produce. La vid a cambiante de este
término no limita la po sibilidad de s u uso. Y si un térmi no se
vuelve cuestionable ¿significa esto que ya no pued e ser
utilizado, y que sólo podemos usar términos que y a sabemos
cómo dominar? ¿Por qué se cons idera que la p regunta sobre un
términ o equi vale a p rohibi r su uso?
J UDITH B UTLER , Lenguaje, poder e identidad , 199 7 99
Pensar el sujeto supone un ejercicio de vértigo. Porque pensar contra el
sujeto, lugar común de algunas corrientes posmodernas, su pone dejar de
pensar la complejidad del sujeto sexuad o y la complejidad de la operatividad
del sistema de género. Pero pensar el sujeto desde posici ones
postestructuralistas, además de herejí a escandalosa para algunos, implica el
riesgo de pensar sin sustancias y sin es encias, lo cual oscurece las certezas
conceptuales o las implicaciones no cuestionadas de muchos conceptos:
supone pensar el cuerpo y el lenguaje, sin identificarlos de manera
reduccionista, asumiendo su heterogeneidad escurridiza y siempre fluctuante.
Tanto el feminismo, cuya reciente literatura ha experimentado u na
ebullición considerable en torno al tema, como la obra de Foucault ofrecen
preciosas herramientas y estrategias teóricas para abordar tal trayecto envuelto
en penumbra. La teoría feminista, mejor en plural dada su diversidad, sus
tensiones y su dimensión, ha establecido confluencias cuyo roce ha resulta do
en revisiones y replanteamientos vibran tes de elementos teóricos heterogéneos,
como los elaborados por Judith Butler sobre los actos de habla de Austin o la
iterabilidad derrideana, o incluso las lecturas feministas, asimismo variadísimas,
de textos psicoanalíticos. Las nociones de deseo, imaginario, identificaciones,
en conjunción con teorías semióticas, constituyen ejes y fructíferas
ramificaciones en las obras de autoras como Teresa De Lauretis, Elisabeth
Grosz, Rosi Braidotti, Moira Gatens, o la misma Judith Butler. Dejam os al
margen, no por carencia de interés, sino porque excedería el marco de nuestro
trabajo, el psicoanálisis y la teoría feminista francesa, sobre todo las obras de
Helène Cixous, Luce Irigaray o Julia Kristeva, cuyas obras intensas Butler ha
99 (J. Butler, 1997b)p. 260
42 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
calificado de «esencialismo estratégico», 100 pero cuya complejidad nos resulta
especialmente sugerente.
Si el feminismo postmoderno ha problematizado y afilado sus análisis en
torno a la noción de sujeto, este tópi co constituye asimismo una de las
constantes de la obra de Michel Fouc ault, e incluso una de las nociones más
discutidas e interpretadas de su obra, pu esto que muchas autoras y autores lo
destacan como una incongru encia insoslayable en sus planteamientos teóricos.
Sin embargo, la lectura feminista de es te autor, si en un primer momento se
interesó sobre todo en él en relación con la analítica del poder y la historia d e la
sexualidad en ella especificada (sobre todo en la voluntad de saber ), en una
segunda fase se ha centrado en la vinculación entre los procesos de
subjetivación y las prácticas de sí o de autoproducción expuestas en sus últimas
obras. Muestra de ello es la reciente publicación de Feminism and the Final
Foucault . 101
El sujeto moderno 102 ha dejado una ausencia, un gran vacío: ése que
testimonia su desaparición. «La mayoría de las corrientes filosóficas se las
arreglan sin sujeto. El paradigma según se dice, se encuentra agotado.» 103
Pero como Nietzche cuando certifica la muerte de Dios, la muerte del
«hombre» que postula Foucault al final de L as palabras y las cosas , postulado
enfáticamente puesto en r elieve por diferentes versiones posmodernas, se sitúa
en una doble temporalidad. Por un lado, es algo que ha ocurrido; por otro, no
ha llegado todavía aún a nosotros. Porque la muerte del sujeto nos desafía en la
posibilidad de explorar ese vacío, en la n ecesidad de escribir y en el ineludible
riesgo de seguir pensando. 104
Esta muerte no es un episodio concreto y fechable, es más bien un proceso
que enraiza en el propio pensamiento de la Modernidad, en discursos que
implicaban seminalmente la comple jización y problematización de una
categoría que con el estructuralismo y el postestructuralismo sería diluída o
frontalmente socavada. Las configurac iones sucesivas o enlazadas de la
subjetividad en la historia del pensamie nto dibujan un paisaje complicado en el
cual unas elaboraciones tendrán mayor incidencia que otras, pero que en modo
alguno han sido ni homogéneas ni unívocas. Asimismo, los procesos de
descentramiento o destitución subjetiva se han dado de forma recurrente,
desde postulados confrontados y en es trecha imbricación con sus posibilidades
100 (J. Butler, 2004b) p. 336
101 (Taylor y Vintges, 2004)
102 Como señala Nebreda «esta deno minación es en cierto modo redun dante puesto que el
sujeto, ese que est á hoy en crisis, se constituye como tal en la modernidad ». (Nebre da,
2003), pág. 19.
103 (Bürger y Bürger, 2001)
104 (Rodríguez Ma gda y Vidal, 1998).
Parte I. Una tensa oscuridad 43
de emergencia, es decir, con aquellas teor izaciones contra las que se deslizaban.
El propio Foucault situa en el siglo XIX el escenario de una tensa batalla contra
el descentramiento del sujeto que ya habría empezado a darse:
Este tema ha desempe ñado un papel c onstante desde el siglo XIX :
salvar, contra todos lo s descentramientos, la so beranía del sujeto […]
contra el descentramietno operado por Marx […] el descentramie nto
operado por la gene alogía nietzschea na […] en fin, más recienteme nte
cuando las investigaci ones del psicoa nálisis, de la lingüística, de la
etnología, han descentrado el sujeto en relación con las leyes de su deseo,
las formas de su lenguaje, las reglas de su acción, o los juegos de sus
discursos míticos o fabulosos, cu ando quedó claro que el propio
hombre, int errogado sobr e lo que él mismo era, no podía dar cue nta de
su sexualidad ni de su inconsciente, de las for mas sistemáticas de su
lengua o de la regularidad de sus ficcione s, se reactivó ot ra vez el tema de
la continuidad de la historia. 105
El concepto de dialogismo , referido a las voces heterogéneas, irreductibles
que aparecen en la polifonía de los desarrollos teóricos, así como el de
intertextualidad , como citas recurrentes y ge nealógicamente ancladas nos
permiten pensar una contextualización hi stórica de la desaparición del sujeto,
pero, también, la problematización de ésta como la que ha desarrollado
intensamente parte del pensamiento femi nista, vinculada tanto a análisis
epistemológicos como políticos , es decir, referida a los efectos de poder que
cualquier discurso, también los que abog an por un olvido radical del sujeto,
ejercen.
Para dotarnos de herramientas de explor ación del espacio de la subjetividad,
más allá de las síntesis históricas, cons ideramos interesante deslizarnos por las
implicaciones y matices que determinadas configuraciones de lo subjetivo han
planteado, con la sospecha de que, en determinadas versiones antisujeto, se
reproducen como movimientos así mismo inaugurales. Aquello que late en las
conceptualizaciones del s ujeto moderno, o por lo menos en algunas de ell as,
puede seguir latiendo, describiendo movimientos retóricos, en las mismas
versiones que lo socavan. Uno es, por ejemplo, nietzschano aunque sea
antinietzschiano, como decía Foucaul t, hay algo de lo rechazado que permane-
ce en las posturas sostenidas. Algo así podría suceder con versiones que
arremeten contra el sujeto olvidando el cuerpo, en sintonía con la tradición
moderna que ha establecido una ruptu ra metafísica entre cuerpo y alma, cuerpo
y psique, despreciando el primero y situando en él aquellos aspectos que
diferentes versiones del humanismo han considerado «negativos» o
despreciables; quizá también se siga manteniendo semejante ejercicio en
105 (Foucault, 1969b) p. 22
44 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
formas de construir el no-sujeto, de manera implícita y fuertemente deudora de
aquello que aparentemente se combate.
Nuestro interés no es tanto una arqueología exhaustiva de corrientes o
escuelas filosóficas sino el bosquejo de aquellos elementos que implícitamente
concurren en versiones postmoderna s, con la exclusiva intención de extender
la comprensión de los efectos de poder en la conceptualización del
sujeto y la subjetividad , en este caso desde una posición política feminista. La
dualidad sexual ha mantenido un extraño estatus en el discurso de la
modernidad. Por un lado, conceptualizadas también como s eres humanos, las
mujeres deberían haberse «beneficiado» de las cualidades y derechos que el
Sujeto adquiere en la Ilustración. Pero, como polo magnético vinculado a lo
biológico y lo irracional, parecen habe rse constituido en los dispositivos
modernos como ese otro sexo, particular y contrapunto diferencial del universal
humano y racional. Además, como señaló Laqueur, durante el siglo XVIII se
establece, dentro de la economía de la verdad de los regímenes de saber/poder,
la distinción de dos sexos opuestos y verdaderos. 106 Durante el XIX , los
discursos psiquiátricos y psicológicos, (también lo harán durante el XX )
construyen una ontología en la que dos sexos se contraponen, estando uno de
ellos marcado por la carencia, la deficiencia, la particularidad compartida
homogéneamente, e incluso por lo patológico, como elemento de la feminidad.
Exploraremos en este capítulo dedica do a las figuraciones históricas del
sujeto aquello que la teoría feminista ha señalado profusamente: cómo las
relaciones de género se reiteran y conforman en p rácticas sociales discursivas.
El pensamiento occidental de los últi mos siglos está profundamente marcado
por la cuestión del género y aquellos disc ursos, sobre todo los enmarcados en
las ciencias humanas y la filosofía, pr etendidamente neutros y trasparentes, más
que representar una realidad «externa » la han configurado desde presupuestos
sexuados en compleja y circular relación con otros ámbitos prácticos sociales.
Por ejemplo, soportando una posición discursiva muy ambivalente, las
biografías de mujeres «ilustres» han sido concernidas por tales configuraciones
discursivas en sus procesos vitales enc ontrando infinidad de límites de todas
clases. Así lo muestra Christa Bürger en su exploración de las narrativas que
algunas de ellas legaron y en las correspondencia que mantuvieron con los
«grandes hombres» de sus épocas. En su escritura emerge rei teradamente un
lugar de auto-referencia que es el lugar del no-saber, del no-ser, o bien una
profusa exploración de las dimensiones afectivas y relacionales. 107 También
podríamos caracterizar el otro polo de las figuraciones de la subjetivi dad
106 (T. Laqueur, 1994b)
107 (Bürger y Bürger, 2001) especialmente pp. 33 0-340.
Parte I. Una tensa oscuridad 45
femenina, sobre todo a partir del siglo XIX, como una sobredeterminación en
sus vivencias singulares debido a que di scursos y prácticas avanzaban en las
definiciones normativas de la feminidad con un rígido y exhaustivo repertorio
de roles o consideraciones patológicas.
En concreto, la elaboración teórica occidental de la subjetividad ha
construido un sujeto universal y abstracto que como una poderosa ficción ha
ejercido su influencia y ha marcado las reflexiones filosóficas; pero tras la
aparente neutralidad de tal noción se escondía casi siempre la marca de género.
Y cuando éste ha sido considerad o, cuando se ha intentado abordar la
constitución del sujeto sexuado, ha sido en primer lugar y en general mediante
una reflexión acerca de las mujeres. Como Foucault plantea , son efectos y
contraefectos de poder: si los dispositivos de poder han normalizado de forma
específica el cuerpo de las mujeres, éste ha sido posteriormente reivindicado
como un estandarte por los movimientos feministas. Porque no se pu ede
responder sino a lo que existe, y porque la lucha contra las dominaciones
siempre establece una filiación genealógica (aunque sea de contraposición) con
los discursos y las practicas que comba te. Cierto es que a veces lo que se
combate está presupuesto en la posición mantenida.
En la introducción a La arqueología del saber , y hablando de sus libros
anteriores, Foucault dice: «sin las dificultades suscitadas, sin las objeciones, no
habría visto, sin duda, dibujarse de ma nera tan precisa la empresa en la que,
quiéranlo o no, me encuentro en adelante compro metido». 108
Esa empresa consiste en desatar las sujeciones antropológicas que todavía
renquean en los desarrollos teóricos loca lizados en la historia del pensamiento
y de las ideas. Su empresa, una empres a sin duda situada bajo el propósito de
socavar «la función otorgada a la actividad sintética del sujeto», la filosofía de la
conciencia, se inscribe en «ese campo en el que se manifiestan, se cruzan, se
entrelazan y se especifican las cuestio nes sobre el ser humano, la conciencia, el
origen y el sujeto». Esa empresa es la de la arqueología del saber , cuyo desarrollo
se abrirá posteriormente a la reflexión acerca del poder.
Rechazar el recurso filosófi co a un sujeto constituyen te no conduce a
hacer como si el sujeto no existi era y a hacer abstracción de él en
beneficio de una objetivida d pura; di cho rechazo tiene com o mira hacer
aparecer los procesos pe culiares de una experiencia en la que el sujeto y
el objeto «se forman y se tra nsforman» uno por rel ación y en función del
otro. 109
108 (Foucault, 1969b) p. 27.
109 (Foucault, 1984b) p. 634.
46 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
Socavar el sujeto trascendental no es sinónimo de olvidar el sujeto. Esto
último puede ser una opción teórica, obviamente, pero no es la nuestra. Y no
lo es porque precisamente el análisis de las relaciones de poder , focalizando
en aquellas que construyen y colocan en posiciones diferentes a mujeres y
hombres, así como regulan las relaciones complejas y ambivalentes, es lo que
nos ha llevado a explorar el espacio subjetivo. Espacio de sujeción y agencia,
espacio localizado en un cuerpo que es él mismo y no otra cosa aquello que
denominamos sujeto, aquello que es el sujeto porque somos cuerpos que
sufren y sienten placer y son capaces de generar y comprender lenguajes.
Abordar el estudio de la subjetividad fue, por lo tanto en nuestro caso, una
opción vinculada a la exploración de la operatividad de las relaciones de poder.
Toda síntesis es una operación discursiva que fuerza y borra diferencias. La
coherencia en lo relatado no es en oc asiones sino una proyección retrospectiva
que tranquilice y sostenga nuestra mirada. «La coherencia es el resultado de la
investigación», decía Foucault, «se está obligado a suponerla para constituirla
[…] aparece como un optimum : el mayor número de contradicciones resueltas
por los medios más sencillos». 110 No obstante, consideramos necesario articular
un mapa provisional, quizá paradójico, de la emergencia del sujeto moderno,
aunque solo sea porque constituye éste el bastión contra el que ha arremetido
la corriente postestructuralista y porque en tal emergencia y desarrollo s e
esbozan los ardides sexistas y androcéntr icos que ha señalado el pensamiento
feminista. Es importante explorar la ge nealogía de lo que se rechaza —aunque
el propio ejercicio genealógico ya sea una socavación, puesto que sitúa en el
terreno histórico y contingente aquello que se consideraba verdadero y
trascendente—, para analizar las implicaciones y efectos políticos de tal
rechazo y de las nuevas propuestas que vi ene a ocupar su sitio. O a desplazarlo.
En intrincado diálogo entre tradiciones, resaltaremos aspectos relevantes
para nuestro trabajo y simplificarem os necesariamente las reflexiones
entretejidas de diferentes corrientes recordando en todo momento, no
obstante, la violencia ejercida por esta operación de análisis sobre la
heterogeneidad y dispersión del pensamiento.
En su obra acerca de la desaparición del sujeto , 111 Bürger recoge la dispersión
recurrente y compleja de obras de diferentes autores y auto ras cuya lectura,
como puntualización específica, tiene el efecto de desdibujar paisajes
falsamente homogéneos y hacer visibl e ese límite que las formaciones
discursivas tienen como condición de existencia. La dispersión da medida de la
historicidad de las figuraciones y nos sitúa en un escenario en el que los
110 (Foucault, 1969b) p. 196.
111 (Bürger y Bürger, 2001).
Parte I. Una tensa oscuridad 47
significados se desplazan y son susceptib les de resignificación e, incluso, como
señala Butler, de reutilización estratégica:
Y, además, parece que la reutilización de ese térmi no en un contexto
post-soberan o, cuestiona el sentido de contexto firme que el término
posee. Derrida denomina a esta posibilidad «reinscripción». Los térmi-
nos clave de la modernidad son ta mbién vulnerables a estas reins-
cripciones […]. Mi posi ción, dicha brevemente, e s ésta: es preci-
samente en la capacidad que tienen estos términos de adquirir
sentidos poco comunes donde reside su inagotable esperanza
política . 112
2.1. El sujeto moderno y sus momentos de emergencia
Los términos no son una pro piedad; a sumen una vida y un
propósito para lo s cuales nunca había n estado dest inados
J UDITH B UTLER , Lenguaje, poder e identidad, 1997 113
2.1.1. Momentos inaugurales: Descartes
[…] en cuanto que yo soy sólo u na cosa que pien sa —y no
extensa—, y, por otra p arte, tengo una idea di stinta del
cuerpo –en cuanto que él e s sólo una cosa extensa —y no
pensante—, es cierto entonce s que ese yo (es decir, mi alm a,
por la cual soy lo que soy) e s, enterament e distinto de mi
cuerpo y que puede existir sin él.
D ESCARTES , Meditaciones metafísicas 114
Así que, mi bien, pienso lueg o existo ; pienso con ternura,
luego la amo
Carta de M ADAME DE S EVIGN É a su hija, 1680
Tiene a su «favor» Descartes ser el pr imer blanco de los reproches de
quienes han llevado a cabo la deconstrucción de la noción de sujeto moderno.
Debe soportar su nombre el reiterado señalamiento acusatorio: ahí empezó todo .
Aunque, como Foucault declara, «no se trata en absoluto de situar ese
momento en una fecha y localizarlo o indi vidualizarlo en torno de una persona
112 (J. Butler, 1997b) p. 236.
113 (J. Butler, 1997b) p. 258.
114 (Descartes, 1642) me di tación sexta, p.66.
48 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
y una sola»; no obstante, el momento es Descartes. 115 La referencia es inevitable y
su cogito ha devenido la clave inaugural de lo que ha dado en denominarse
sujeto moderno. Sabemos que hablar de orígenes supone la invención de
determinado paisaje histórico que actuar ía como supuesto suelo productor de
fenómenos o conceptos específicos. Hablar de principios, y la genealogía
nietzscheana así como su reelaboración foucaultiana nos han mostrado la
problemática complejidad de ello, tien de a establecer un desarrollo lineal y
progresivo, aparentemente neces ario, hasta las cuestiones analizadas. Pero,
generalmente, las palabras y las cosas aparecen en un campo d e enunciación y
visibilidad en relación con condiciones de emergencia variadas, complejas,
prácticas y anudadas también al azar, no exclusivamente a la necesidad
impuesta por el progreso del campo de las ideas. En tal complejidad, también
puede leerse la reflexión de Descartes como un momento incipiente de la
muerte de Dios. 116 Aunque necesitara de éste en el momento último de su
despliegue argumental, puede considerarse a la vez como la emancipación
humana de aquel Dios que revelaba la verdad. El nacimiento del sujeto es a su
vez un paso en la destituc ión de Dios, en el alejam iento del teocentrismo que
había dominado la Edad Media.
No obstante, la obra de Descartes supone un «momento» «con un montón
de comillas» 117 decisivo en los desarrollos filosóficos de Occidente. Foucault
vincula tal influencia al proceder cartesiano que consistió en situar m uy
explícitamente el punto de partida del rumbo filosófico en la evidencia . 118 El
pensamiento se vincula pues a la autoconciencia sin ninguna dud a posible . No se
trata de un autoconocimiento procesual, como podía indicar aquella inquietud de
sí de la cultura griega cuyos avatares analiza Foucault en la Historia de la
sexualidad , sino de un autoconocimiento como evidencia , como una forma
de conciencia de sólido fundamento en la existencia como sujeto pensante. El
acceso a la verdad se enlaza al conocim iento, de manera que aquellas prácticas
de espiritualidad (las transformaciones necesarias en el ser mismo del sujeto)
que en la Antigüedad estaban entrelaz adas a las posibilidades de «acceso a la
verdad» se desvinculan totalmente de ésta: «Entramos en la edad moderna el
día en que se admitió que lo que da acceso a la verdad, las condiciones según
las cuales el sujeto puede tener acceso a ella, es el conocimiento y sólo el
conocimiento». 119 El individuo en general es capaz, tal como es y sin la
necesidad de ningún proceso de transf ormación, de alcanzar la verdad.
115 Como otros muchos, Foucault así lo designa en su curso sob re la herm enéutica del sujeto.
Véase la clase del 6 de en ero de 1982, primera y segunda hora (Foucaul t et al. , 2001).
116 (Nebreda, 2003) p. 16.
117 (Foucault et al., 2001) clase del 6 de enero de 1982: primera y segunda hora.
118 (Foucault et al., 2001) clase del 6 de enero de 1982: primera y segunda hora.
119 (Foucault et al., 2001) clase del 6 de enero de 1982: primera y segunda hora.
Parte I. Una tensa oscuridad 49
Pero a pesar de ello, según las reflex iones cartesianas, tamp oco cualquier
individuo puede hacerlo sin condiciones. Estas serán de orden intrínseco: las
reglas internas del acto de pensar y sus condiciones formales; y de orden
extrínseco, tales como tener formación adecuada o inscribirse en un espacio
académico adecuado. El conocimient o o la verdad ya no «salvará» o
transformará al sujeto, efecto que en la antigüedad se perseguía y en función
del cual se llevaban a cabo prácticas determinadas; constituirá, por el contrario,
una acumulación lineal y progresiva. In definida. Un conocimiento asegurado
por la conciencia pensante del sujeto, pero que a su vez excluye como
incapaces a aquellos cuya alma esté empañada por la realidad corporal, o a
quienes por su posición no pueden garantizar la prosecución de las reglas
epistemológicas de un pensar adecuado. Delicada paradoja: la formulación que
configuraba al sujeto siempre como dotado de aquello que le permitía pensar
de la manera adecuada para alcan zar la verdad, pulveriza en la práctica las
posibilidades concretas de aquellas cuya condición de pensantes no es
evidente (por efecto de complejas interacciones con otras prácticas discurs ivas)
y con aquellos que no pueden garantizar el proced imiento adecuado.
Este es el inicio según Foucault de la filosofía moderna y de la relación
particular que en ella se establece en tre conocimiento y verdad. «El sujeto es
capaz de verdad pero ésta, tal como es, no es ca paz de salvarlo». 120 Pero, tal
como él avanzaba, existen condiciones pa ra ese sujeto abstracto y general que
generarán, a su vez, otros sujetos concretos n o capa ces de verdad. Por otro lado,
a lo largo de los siglos, vendrán otras elaboraciones filosóficas a defender la
posibilidad de «salvación» que el conoc imiento implica: porque un saber
científico permitiría revoluciones o porque se podrían impugnar tanto la
retórica de la verdad como sus efectos.
No obstante, este «momento cartesiano» tiene otras lecturas. Según Paul
Ricoeur, en la obra de Descartes aparece por primera vez un desplazamiento
subjetivo de reflexión que inaugura no sólo una categoría de sujeto
determinada, sino un ejercicio : el de la reflexividad . Se establece el yo, el
sujeto, como conciencia. Yo y sujeto s on aquí dos términos equivalentes. Un
ejercicio que en tensió n constante in tentará progresivamente aclarar los
fundamentos de tal autoconciencia tr ansparente que sostiene el ejercicio del
pensamiento. Un ejercicio que se sostiene articulando diferentes presupuestos
epistemológicos durante toda la filosofía moderna y que quizá, tal como señala
Ricoeur, supone la condición de posib ilidad del propio ejercicio filosófico
contemporáneo, desde la fenomenología a la hermenéutica por lo menos,
donde él encuadra el suyo. Y nos atreveríamos a decir que en el juego entre
poder, verdad y subjetividad, este ejercici o de reflexividad es producto pero
120 (Foucault et al., 2001) clase del 6 de enero de 1982: primera y segunda hora.
56 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
formal previa sino por su propio rea lizarse: «lo que hace que la norma sea
norma es su acción». 144 Lo cual permite pensar las normas despegándose de su
noción habitual represiva y limitadora y atender a su carácter productivo,
vincular y corporeizado.
Consideraciones todas ellas próximas y relevantes para un intento de
teorización feminista, como veremos. De hecho, algunas teóricas han vuelto su
mirada a la obra de spinoza como superfic ie fructífera de reflexión, como la
misma Maite Larrauri o, recientemente, Moira Gantens. 145
2.1.4. Notas sobre el sujeto, el mercado y el capital en Marx
Si hay cosas muy interesa nte en Marx sobre el c uerpo, el
marxismo –en tanto que realidad histórica– las ha ocultado
terriblement e en beneficio de la conciencia o de l a ideología.
M ICHEL F OUCAUL T , Pouvoir et corps , 1975 146
Aunque Marx no (parece) hacer una reflexión explícita sobre sujeto y subje-
tividad, la cuestión del sujeto (cuestión central en el pensamiento liberal frente
al que Marx desarrolla su labor crítica) , aparece en varios momentos de su
obra. En estas notas dejamos de lado el modo en que la cuestión es tratada por
Marx en sus textos políticos ( Manifiesto comunista , etc.), en sus obras filosóficas
( Manuscritos , La ideología alemana , etc.). Sólo indagaremos un poco en có mo
aparece la cuestión del sujeto en la crítica de la economía política, aspecto sin
duda central de la labor intelectual de Marx ( El Capital , Grundrisse ). Tampoco
analizaremos aquí de qué modo ha tratado el marxismo (o los marxismos, mejor
dicho) la cuestión del sujeto y la subjetividad. Cierto marxismo ha sostenido una
visión según la cual los sujetos no serían sino personificación de los papeles que
la estructura económica y social crea por sí misma. Una cierta estructura de
relaciones de producción (fundada en determinado nivel de desarrollo de las
fuerzas productivas) generaría de forma directa «clases sociales» determinadas,
dotadas de una subjetividad propia, característica ( consciencia de clase ),
determinada por las estructuras materiales. Las personas que compondrían
tales clases sociales se limitarían a pe rsonificar dicha subjetividad, a actuar
según el papel que se les ha asignado. Si bien esta visión tiene algunos apoyos
en afirmaciones del propio Marx, trataremos de mostrar una aproximación
distinta a la cuestión del sujeto, abierta a lecturas más ricas, en los textos de
crítica de la economía política de Marx.
144 (Macheray, 1989) p. 181
145 (Gatens, 2000) (Gatens y Lloyd, 1999)
146 (Foucault, 1975b) p. 757
Parte I. Una tensa oscuridad 57
a) La crítica de la economía política como crítica de la cienci a social
La economía política se va abriendo paso desde mediados del XVIII y en la
primera mitad del XIX como la ciencia social por excelencia. La vieja sociedad
organizada en estamentos del Antiguo Régimen va dando paso a una nueva
sociedad (burguesa, capitalista) donde la división del trabajo es creciente y está
mediada cada vez con mayor intensidad por el mercado. La ciencia del
intercambio de los productos del trabajo en el mercado aparece así com o la
ciencia de la sociedad, la ciencia del «cemento» de la sociedad: la llamada
economía política clásica (Adam Smith, T homas Malthus, David Ricardo, etc.).
Para Marx, la crítica de la economía política consiste precisamente en poner en
evidencia los límites de la ciencia social bu rguesa y tratar de ir más allá de ellos.
No pretende desarrollar una ciencia alterna tiva, sino una crítica de la ciencia
existente. Por ello subtitula su obra crítica de la economía política y no tratado de
economía política .
Habría que señalar que, en tanto que ciencia de la sociedad burguesa o
capitalista, la economía política clásica y su crítica marxiana presentan evidentes
puntos ciegos en relación con los espa cios so ciales no integrados en el
circuito mercantil y de valorización del capital . Aunque hay apuntes sobre
dónde podrían encajar, la naturaleza y su valor o los espacios de reproducción
no mercantilizados (centr ales para la visi bilidad de las mujeres) parecen quedar
en un segundo plano.
b) Sociedad de m ercado y sociedad del capital
El sujeto individual caracter ístico del pensamiento liberal (libre, autó-
nomo, igual a los demás, propietario de sí mismo, con capacidad de pensar) parece
nacer de la figura del propietari o que compra y vende en el merca do ,
espacio social en apariencia igualitario, en el que nadie está sometido a nadie y
donde sólo se enajenan las propiedades de libre y común acuerdo. C.B.
Macpherson 147 distingue analíticamente dos tipos de sociedad de mercado: la
sociedad de mercado simple y la sociedad posesiva de mercado. Su intención es
identificar un modelo de sociedad que corresponde con el estado de naturaleza de
Hobbes y los pensadores liberales. Macpherson caracteriza la sociedad de
mercado simple como aquella socieda d de mercado en la que el trabajo no es
una mercancía. 148
En la sociedad de mercado si mple , personas que producen por sí mismas produc-
tos los venden en el mercado a camb io de dinero para comprar después
aquellas otras mercancías que desean obtener y que no producen ellos. Los
147 (Macpherson, 1970).
148 (Macpherson, 1970), p. 51
58 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
sujetos son productores autónomos para otros, vendedores de los productos
de su trabajo y compradores de los productos del trabajo autónomo de otros.
Corresponde al nivel de análisis de los tres primeros capítulos de El Capital , es
decir, al análisis de la mercancía, el dinero y el intercambio; a la circulación de
mercancías. A una especie de mercado sin capital .
En la sociedad posesiva de mercado , al menos una parte de los vendedores de
mercancías llevan al mercado el producto de un proceso de trabajo realizado
bajo su dirección y autoridad, en el que han pues to en combina ción mercancías
que habían comprado previamente: materias primas, herramientas, y una
mercancía especial, la
capacidad de trabajo
de otras personas durante un
tiempo, personas éstas propietarias de esa capacidad y que se la han vend ido
como mercancía.
Esta distinción es importante, como lo muestra el uso que Macpherson hace
de ella para analizar la teoría política liberal. Ésta se mueve en el terreno resba-
ladizo de partir de un sujeto individual inspirado en el productor autóno-
mo y comprador–vendedor del modelo de mercado simple: todos los suje tos
aparecen como iguales formalmente, situ ados en el mismo plano social, nunca
subordinados unos a otros y sólo transfieren los productos de su trabajo social-
mente dividido mediante un acuerdo mutuo o contrato . Sin embargo, en el con-
texto de una sociedad de mercado que ti ende a convertirse en posesiva (la que
se expande con la revolución industrial y el desarrollo capitalista), una parte de
los compradores–vendedores tienen una peculiaridad : desposeídos de medios
de trabajo propios, se ven obligados a vender su capacidad de trabajo a
otros . En apariencia son unos propietarios más de mercancías, pero en realidad
entran en una relación asimétrica , de diferente poder, con otros propietarios
de mercancías. Esta apariencia no se romp e, en palabras de Marx, «mientras la
lucha de clases se encuentra en estado latente o no se manifiesta más que en
apariciones aisladas». Y esa tensión es la que lleva al liberalismo a fundar
una sociedad política de ciudadanos iguales, al tiempo que excluye de la
condición de ciudadanos a sectores am plio s de la población (trabajado-
res directos, mujeres, menores, en general a los no–propietarios).
c) El sujeto en el intercambio mercantil
Al desarrollar su análisis de la mercancí a («célula» de la sociedad burguesa),
Marx analiza en primer lugar, la relación social entre propietario s de mercancías
que se produce en el mercado (espacio de intercambio, espacio de esa relación
social). Correspondería a la sociedad de mercado simple de Macpherson.
Las mercancías no pueden ir ellas mismas al mercado e
intercambiars e por sí mism as. Tene mos, pues, que preguntarnos por sus
Parte I. Una tensa oscuridad 59
custodios, por los poseedores de mercancías. Las mercancías son cosas,
incapaces, por lo tanto de r esistirse a los hombres. Si las merca ncías no
se someten de grado, el h ombre puede violentarl as, o, dicho de otro
modo, cogerlas. 149 Para relaci onar esas cosas en cuanto mercancías, sus
custodios tienen que com portarse entre ellos como per sonas cuyas v oluntades ha biten en
aquellas cosas , de tal modo que c ada uno de ellos no se apropie la
mercancía aje na sino de acuerdo co n la voluntad del otro, o s ea, sólo
mediante un acto de volun tad común a ambos, enaje nando primero su
propia mercancía. Por eso los custod ios de mercancías se tie nen que
considerar re cíprocamente pro pietarios privados. Esta relación jur ídica
cuya forma es el contrato —esté o no desarrollada por ley— es una
relación entre voluntades en la cual se r efleja una rela ción económica.
Aquí las personas no exis ten las unas respecto de las otras más que
como represe ntantes de las mercancías , y, por lo tanto, como poseedores
de mercancías. Dicho más generalmente: en el curso de la exposición
veremos que los disfraces económicos de las pers onas no son sino
personificaciones de l as relaciones y circunstancias e conómicas como
portadoras de las cuales se enfrentan unas con otras. 150
El sujeto humano que se relaciona con el objeto mercancía aparece dotado de
al menos dos elementos centrales: por un lado es portador o sujeto de determinadas
necesidades (que pueden proceder del estómago o la fantasía 151 ); por otro es
portador de la capacidad de trabajar , de alterar la naturaleza para crear productos.
Para Marx, ambos elementos tienen una naturaleza concreta, sensible, por
oposición a la naturaleza abstracta, indife renciada, que atribuirá al valor, al
valor de cambio y al dinero. Al referirse al valor de uso de las mercancías, dice:
La utilidad de una cosa la convierte en v alor de uso. Pero esa u tilidad
no es nada que flote en el aire. Condicionada por las propiedades del
cuerpo de la mercancía, no existe si n ellas. Por lo tanto, el cuerpo mi smo
de la mercancía, como hierro, trigo, di am ante, etc., es un valor de uso, un
bien. (…) S on valores de uso los que consti tuyen el contenido ma terial
de la riqueza, cualquiera que sea la forma s ocial de ésta.
149 En el siglo XII , tan celebra do por su piedad, a parecen a menu do entre esas mercancí as
cosas muy delicadas. A sí, por ejemplo, un poeta fr ancés de la época enum era, entre las
mercancías qu e acudían a la f eria de Lan dit, paños, calzado, cueros, h erramientas, piel es,
etc, pero tambi én femmes foll es de leur corps [muje res locas de cuerpo]. (Not a de Karl Marx
en el fragnm ento citado en la nota sig uiente)
150 (Marx, 1976), cap. II, pág. 95–96.
151 «La mercancía es por de p ronto un objet o exterio r, una cosa qu e por sus propiedades
sati sface ne cesid ades hum anas de a lguna cl as e. La naturaleza de es tas necesidades — el
que procedan, por ejemplo del es tómago o de la fantasía— no hace a la cosa.» (Marx,
1976), cap. I, pág. 43) Marx in troduce aquí un a cita de Ni cholas Barbon, A Discourse on
coining the new mo ney lighter , que il ustra esta id ea: «El deseo inclu ye la necesidad ; es el apeti to
del espíritu, y tan natural como el hambre para el cuerpo… La mayo ría de las cosas
obtienen su val or del hecho de que satisfac en las necesidades del espíritu.»
60 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
Las mercancías aparecen como objetos exteriores al sujeto humano dotados
de valor de uso (en la medida en que s ati sfacen necesidades humanas); produc tos
del trabajo (en la medida en que suponen una acumulación de tr abajo humano);
y dotados de valor de cambio (en la medida en que son inter cambiados en el
mercado por otras mercancías, cuya raz ón de intercambio está regulada por su
valor , o cantidad de trabajo humano abstracto cont enida en ellos).
Una cosa puede ser un v alor de uso sin ser un val or. Así ocurre
cuando su utilidad para el hom bre no es tá mediada por el tr abajo. Así,
por ejemplo, el aire, la tierra virgen , los prados natur ales, la leña no
plantada, et c. Una cosa pu ede ser útil y producto del trabajo hu mano sin
ser mercancía. El que satisface su pr opia necesidad mediante su producto
crea sin duda valor de uso, per o no mercancí a. Para producir merca ncía
no basta co n que produzca valo r de uso, sino que tiene que producir
valor de uso para otros, valor de uso socia l. [Y no sólo para otro s sin
más. El campesino medieval producí a para el seño r feudal el tri go de su
prestación o bligada y para el cura el trigo del diezm o. Pero ni u no ni otro
se convertían en mercancí as por el mero hecho de ser producidos p ara
otros. Para conv ertirse en m ercancía el producto ti ene que ser
transferido mediante intercambio al otro que lo utiliza como valor de
uso.] 152
Así pues, en el espacio social del mercado, del intercambio de mercancías
entre sus productores directos por medio de dinero, nos hallamos al sujeto
humano escindido a lo l argo de varias líneas .
En primer lugar, entre sus dos dimensiones de sujeto transformador
(productor) y sujeto de necesidades (consumidor). El producto de su
trabajo concreto, sensible, es útil para otros, no para él. Sus necesidades
concretas, sensibles, son satisfechas por los pro ductos del trabajo de otras
personas, que llegan a sus manos en la medida en que son intercambiables, en
tanto que trabajo abstracto equivalente representado por el di nero. La escisión
de la mercancía en valor de uso y valor se traduce en la escisió n del sujeto que
se relaciona con otros sujetos por medio de mercancías.
Lo que más diferencia al poseedor de merc ancías de la mercancí a
misma es la circunstancia de que para ésta cualquier otro cuerpo de
mercancía no es más que otra forma de manifestación de su valor. Por
eso la merc ancía — leveller y cínic a de nacimiento — está siempre a punto
de cambiar no sólo de alma, sino incluso de cuerpo con cualquier otra
mercancía, au nque esta tenga más defectos que Maritornes. El
propietario de mercancías compensa, en cambio, con sus cinco o más
sentidos esa falta de sensi bilidad pa ra lo concreto y corpóreo que es
propia de la mercancía. La mercancía no tiene para su poseedor ni ngún
valor de uso inmediato, porque, de tene rlo, no la llev aría al merca do.
152 (Marx, 1976), cap. I, pág. 49.
Parte I. Una tensa oscuridad 61
Tiene valor d e uso para otros. Para él mi smo y en lo inmediato no tiene
más valor de uso que el de ser portado ra de valor de cambio, el de ser,
consiguientemente, un me dio de cambio. Por es a razón quiere enajenarla
a cambio de merc ancías cuyo val or de uso le satisfaga. Todas las
mercancías son n o–valores–de–uso para su s poseedores y val ores de uso
para sus no poseedores. Po r eso han de pasar const antemente de unas
manos a otras. Ah ora bien, ese pasa r de unas manos a otras es el
intercambi o de mercancías, y su cambi o las relaciona en cuanto valore s y
las realiza en cuanto valores. Así pues, las m ercancías se tienen que
realizar como valores antes de poder se realizar como valores de uso. 153
En segundo lugar, esta escisión se traduce en la separación de dos esferas,
una privada (la del consumo de valores de uso y la del trabajo directo) y
otra pública (la del intercambio de me rcancías por dine ro y dinero por
mercancías). En la primera predomina lo sensible, lo corp óreo, lo concreto.
En la segunda predomina lo abstracto (el trabajo en cuanto trabajo genérico,
comparable con otros, como valor; la me rcancía en cuanto va lor de cambio, en
cuanto no–valor–de–uso). En la primera rige el metabolismo con la naturaleza
y el goce del valor de uso; en la segund a las reglas del intercambio (propiedad,
contrato, razón cuantitativa entre val ore s). Y las múltiples y diversas esferas
privadas sólo se relacionan, se integran en un sistema social a través del mer-
cado en cuanto esfera pública.
Hasta aquí, en el análisis de Marx del intercambio en la sociedad de mercado
simple, se reconocen muchos elementos del sujeto individual racional y
autónomo del pensamiento liberal . Antes de pasar a ver cómo esa figura se
modifica a la luz de su análisis del proceso de valorización del capital, debe-
mos recordar cómo buena parte de estos elem entos quedan recogidos en la
noción de carácter místico, de fetich e, o enigmático de la mercancía.
En la medida en que es un valor de uso [ la mercancía] no tiene nad a
de misterioso, igual si l a contempl o desde el pun to de vista de que por
sus propiedades satisfac e necesidades humanas que si consider o que no
cobra esas pr opiedades más que como producto del tr abajo hu mano. Es
claro sin más que el hombre alter a con su actividad l as formas de las
materias naturales de u n modo conveniente par a él. Así, por ej emplo, se
altera la forma de la mader a cuando se hace de ésta una mesa. Pero a
pesar de ello la mesa sigue siendo madera, una ordinaria cosa sensible.
En cambio , en cuanto que se presen ta como mercan cía se con vierte en
una cosa sensiblement e suprasensible. (…)
¿De dónde viene, pues, el carácter enigmáti co del producto del
trabajo en cuant o que toma forma de mercan cía? Evidentemente, de esa
forma misma . La igualdad de los trab ajos humanos cobra la fo rma
objetiva de una igu aldad de materia lidad de valor de los productos del
153 (Marx, 1976), cap. II, pág. 96–97.
62 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
trabajo; la medida del gasto de fuerza de trabajo huma na por su duración
cobra la form a de magnitud de valor de l os productos del tra bajo; y por
último, las rel aciones entre los pr oductores, relaciones en el seno de las
cuales se actúan aquellas determi naciones sociales de sus trabaj os, cobran
la forma de una relaci ón social entre los productos del trabajo.
Lo enigmático de l a forma mercan cía consiste, pues, simple mente en
que devuelve a los hombres la imagen d e los caracter es sociales de su
propio trab ajo deform ados como caracteres m ateriales de los productos
mismos del trabajo, c omo propiedades naturales so ciales de esas cosas; y,
por lo tanto, refleja ta mbién defor madamente l a relación soci al de los
productores con el trabaj o total en forma de un a relación soci al entre
objetos que existiera fuera de ellos. A través de este quid pro quo los
productos del tra bajo se convier ten en m ercancías, en cosas
sensiblemente suprasensibles , en cos as sociales. (…)
Este carácter de fetic he del mund o de l as mercancías nace —com o ya
l o h a m o s t r a d o e l a n t e rior análisis— del peculi ar carácter social del
trabajo pr oductor de mercancías.
Los objetos de uso no se c onvierten en merc ancías sino porque son
productos de trabaj os privados realizados con independ encia los unos de
los otros. El complejo de es os trabajos co nstituye el tra bajo social global.
Como los productores no entran en contac to social sino a tr avés del
intercambio d e los pr oductos de sus trabajos, t ampoco los cara cteres
específicamen te sociales de sus trabaj os privados aparec en sino dentro de
ese intercamb io. Dicho de otr o modo: los trab ajos privados no s e actúan
de hecho co mo miembr os del trabajo s ocial global más que a tr avés de
las relaciones en las que el intercam bio pone a los p roductos del trabaj o
y, mediante ellos, a los productores. 154 Por es o a es tos últimos las
relaciones soc iales entre sus trabajos privados se les apa recen como lo
que son, esto es, no como relaci on es sociales i nmediatas en tre las
personas mis mas en sus trabaj os, sino más bie n como relacio nes
materiales entre las personas y re laci ones sociales entre las cosas. 155
Hasta aquí la forma en la que el sujeto en el intercambio mercantil, el sujeto
individual de la sociedad de mercado simple, inspirador del sujeto liberal,
aparece en el análisis marxiano de la mercancía y el intercambio. Nos aparece
un sujeto escindido entre lo público y lo privado, entre sus dimensiones de
productor, vendedor–comprador y consumidor, entre lo concreto, sensible y
corpóreo y lo sensiblemente supra sensible , lo abstracto. Muchos de estos elemen tos
son reconocibles en partes del propio discur so liberal sobre el sujeto, la razón y
el ciudadano, como hemos visto al analizar a Kant más arriba. En Marx
154 Así pues, los trabajos privados que no se intercambian en el mercado no «exis ten» como parte del trabajo
social global : es el caso del trabajo no m ercantil, domésti co, de la producción p ara la
autosubsistencia, etc.
155 (Marx, 1976), cap. I, págs. 82–83.
Parte I. Una tensa oscuridad 63
aparecen relacionados co n el proceso mate rial de pr oducción e intercambio en
la sociedad de mercado simple.
Sin embargo, al pasar Marx al análisis del capital aparecen elementos
nuevos. En las sociedades de mercado, en el proceso de intercambio de
mercancías aparece pronto un modo peculiar de circulación . Equivale al
paso a la sociedad posesiva de mercad o de Macpherson. Para Marx ese modo
peculiar, la transformación del dinero en capital , deriva necesariamente de la
propia naturaleza del mercado y el dine ro. Macpherson nos hablaba de cómo la
sociedad de mercado simple es más un artificio analítico para separar aspectos
que de hecho se suelen dar en combin ación con la existencia del capital.
El intercambio mercantil aparece co mo un proceso en el que productores
llevan mercancías al mercado, las cambian por dinero y con ese dinero com-
pran mercancías que necesitan y después consumen. En ese modo de circula-
ción, el proceso se inicia y se acaba en sí mismo. Claro es que se reinicia
constantemente, pero se acaba con el mismo ritmo. Sin embargo, aparece
pronto otra forma de circulación . En ella, un poseedor de dinero acude al
mercado, compra mercancías que combina para obtener una nueva merca ncía
distinta que vende a su vez en el m ercad o a cambio de dinero, ésta vez en can-
tidad superior a la inicial. Si se trata de una mera compra para vender más caro,
se trataría de mera especulación. Marx iden tifica la circulación de capital con un
proceso por el que entre compra y venta se produce un incremento de va lor:
producción de plusvalor o valorización del capital.
Para que dicha producción pueda darse, es preciso que intervenga una mer-
cancía especial: la fuerza o capacidad de trabajo . Su particularidad es que su
valor (el tiempo de trabajo abstracto que cues ta producirla) es inferior al valor
que produce su uso (su consumo durante un determinado tiempo). Dicho
burdamente, producir la capacidad de que una persona trabaje ocho horas
cuesta menos de ocho h oras de trabajo. En esa peculiaridad de la merca ncía
fuerza de trabajo reside la posibilidad de producir plusvalor, de valorizar el
capital, respetando las reglas del intercambio (pagar las mercancías por su
valor, por el trabajo que ha costado producirlas).
Este nuevo espacio social modifica la figura del sujeto en el mercado de
dos formas. En primer lugar, hace que los sujetos aparentemente iguales del
mercado (compradores–vendedores) se muestren como diferentes (vendedo-
res de productos y vendedores de su propi a fuerza de trabajo). La insistencia
en la ceguera de los economistas políticos clásicos hacia las clases puede entender-
se como una crítica de la posición que ignora que no todos los sujetos que actúan
en el mercado son iguales. Hay diferentes tipos o clases d e vendedores y com-
pradores, y entre ellos existen notables dife rencias. En el momento en el que el
trabajador vende su fuerza de trabajo, el compr ador está en condicio nes de
64 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
usar a su antojo dicha fuerza (como es lógico, inseparable de su cuerpo ). Los
iguales en el mercado se vuelven amo y esclavo durante la jornada de trabajo,
para volver a ser iguales al renovar la compraventa. Bajo la apariencia de una
relación igualitaria entre personas a través de las cosas aparece una relación de
dominación entre personas . De este modo se abre la puerta al re-
conocimiento de formas de subjetividad diferentes , no derivadas de la mera
condición de actor en el mercado. Es ta relación de dominación, como bien
señaló Foucault, se establece gracias a una compleja trama de tecnologías
políticas de disciplinamiento de los cuerpos. Los procesos económicos están
enredados con esta malla heterogénea de producción de sujetos
disciplinados . La formación de la sociedad capitalista y la proliferación de
controles políticos y sociales están histórica y mutuamente impli cadas:
N o c r e o q u e s e p u e d a a d m i t i r p u r a y simplemente el análisis marxista
tradicional que supone que como el trabajo es l a esencia concreta del
hombre, el sistema capital ista trasform a el trabajo en benefici o, en
sobrebenefi cio o plusvalor . El sistema capitalis ta penetr a mucho más
profundamente en nuestra existencia. Este ré gimen, tal y com o se
instauró en el XIX , se ha visto obligado a elaborar tod o un conjunto de
técnicas políti cas, técnicas de poder, por media ción de las cuales el
hombre se en cuentra ligado a una realidad como l a del trabajo.
Para que haya plusvalo r es necesari o que haya subpoder; es necesario
que una tram a de poder polític o microscópi co, capil ar, enraiz ada en la
existencia de los hom bres se haya instaur ado para fijar a éstos al apar ato
de producción, convirtiénd olos en trabajadores. N o hay sobrebeneficio
sin subpoder 156 .
Esta puede ser una clave para en tender la contradicción del pensamiento
liberal que se funda sobre una sociedad de ciudadanos iguales y tiene que
excluir a una parte sustancial, mayoritari a de las personas de la condición de
ciudadanos.
En segundo lugar, aparecen algunas interesantes indicaciones que permiti-
rían enlazar con la idea de desaparición del sujeto que ha recorrido los siglos XIX y
XX .
La circulación simple de merc ancías —la venta para la compr a—
sirve de medio de un fin úl timo situado fuera de la circulación, el cual es
la apropiaci ón de valores de uso, la satisfacción de necesidades.
Es decir el fin se sitúa en el sujeto humano de la s necesidades que desean
satisfacerse por medio del uso de las mercancías.
156 (Foucault, 1974a) p . 622
Parte I. Una tensa oscuridad 65
La circulación del dinero en cuanto capital es, por el contrario, fi n en
s í m i s m a , p u e s l a v a l o r i z a c i ó n d e l v a l o r n o e x i s t e m á s q u e d e n t r o d e e s e
movimiento constanteme nte renovado. Por eso el movimi ento del
capital es desmedido. 157
Su finalidad no es satisfacer el afán de lucro del p oseedor de dinero, sino la
necesidad de expansión del propio valor, del dinero. Aparece así un sujeto no
humano, que tiende a subordinar a los sujetos humanos:
El valor pas a consta ntemente de una for ma a otr a [dinero a mer can-
cía, mercancía a dinero] sin perderse e n ese movimiento, y se transfor ma
así en un sujeto autom ático . ( … ) E n r e a l i d a d e l v a l o r s e h a c e a q u í s u j e t o d e
un proceso en el cual, sometido al c ambio cons tante de las formas de
dinero y mer cancía, altera su prop ia magnitud, se desprende, como
plusvalor, de sí mismo como valor inicial, se valoriza a sí mismo. Pues el
movimiento en el cual echa plusval or es movimiento propio suyo, y
valorización e s, por lo tant o, autovalori zación. (… )
Como sujeto autónomo y ab arcante de ese pr oceso, en el qu e ora toma la
forma dinero y la form a mercancía, ora la s abandona, pero ma nteniénd o-
se y estirándose en ese c ambio, el valor nec esita ante todo una forma
autónoma me diante la cual se comprueb a su identidad consigo mis mo.
Sólo en el dinero tiene esa form a.
Sujeto no humano, automático, con finalidad propia (autovalorizarse absor-
biendo trabajo humano), autónomo y abarca nte del proceso de circulación, en
el que toman parte los viejos sujetos del mercado, compradores–vendedores de
productos, incluídos los de fuerza de trabajo. Su «autonomía» como sujetos
queda profundamente modificada por esta nueva situación:
El poseedor de dinero es capitalista en cuanto es portador cons ciente
de ese movimiento. Su persona o, por mejor decir, su bolsillo es el punto
de partida y el punto de regreso del dinero. El contenido obje tivo de esa
circulación —la valoriz ación del valor— es su final idad subjetiva, y el
individuo no funciona como capi talista, como c apital personi ficado, más
que en la medida en la que el únic o motor impulsor d e sus operaciones
es la creciente apropiación de riqueza abstracta. Así, pu es, el valor de uso
no se debe tratar nu nca como fi nalidad inmediata del capitalista.
Tampoco cada ga nancia particula r, sino el movimiento incesante del
ganar.
El capitalista d e j a d e s e r s u j e t o a u t ó n o m o l i b r e e n l a m e d i d a e n q u e p a r a
serlo debe ser mera personificación de otro sujeto, el capital. El trabajador libre ,
que vende en el mercado su fuerza de trabajo, no sólo debe ejer cer su actividad
bajo la dirección de otro. Marx ilustra el proceso por el cual progresivamente el
157 (Marx, 1976), ca p. IV, pág. 167
72 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
Puede considerarse que lo que es punto de partida para Husserl resulta para
Foucault una producción histórica, esto es, un momento en la historia de la
racionalidad. Confrontado a la fenomenol ogía, que pensará la subjetividad
como una relación que avanza del indivi duo hacia el mundo, Foucault pensará
en una relación que proviene de saberes y poderes que el individuo encuentra
en su mundo y que, al plegarse, generan zonas de subjetivación. 181 Foucault
iniciará su trayectoria teórica marcado por la voluntad de socavar ese sujeto
constituyente que la fenomenología y los existencialismos más tarde postulan y
asumen como punto de partida.
El problem a para mí era: ¿está el sujeto fen omenológic o,
transhistorico en condiciones de dar cuenta de la historicidad de la
razón? La lectura de Nietzsche r epres ent ó un punto de ruptura para mí.
[…] hay una historia del su jeto como hay una historia de la razón; per o
no podemos pretender que la histori a de la razón se despliegue ante el
primer acto fundacional del sujeto racionalista. 182
Paul Ricoeur, un «fenomenólogo» segú n Foucault, alguien por quien parece
que no tuvo este último inicialmente excesiva simpatía, 183 explicita su propio
itinerario intelectual, siempre en un complicado espacio de mediación entre
posturas que manifestaban a priori desavenencias irreconciliables. 184 Tal como
él mismo considera, su desplazamiento se ha d ado desde la corriente feno-
menológica a la hermenéutica. En la tr adición reflexiva abierta por el propio
Descartes, en la que él se sitúa, Husse rl concibe la fenomenología, no sólo
como un método de descripción esenci al de las articulaciones fundamentales
de la experiencia (perceptiva, imaginativa, intelectiva, volitiva, axiológica, etc.)
sino como una autofundamentación radical en la más completa claridad
intelectual . Sostiene que toda aprehensión de una trascendencia es dudosa,
pero que la inmanencia del yo es indu dable. Debido a esta afirmación, la
fenomenología sigue siendo una filosofía reflexi va. 185
Sin embargo, la fenomenología en su ejercicio efectivo va señalando
paradójicamente el alejamiento más que la realización del sueño de dicha
fundamentación radical basada en la transparencia del sujeto con respecto a sí
mismo.
181 (Miceli, 2003).
182 (Foucault, 1983a) p . 436
183 (Eribon, 1989), p. 233. Se puede señalar que tal recelo fue en un inicio recíproco, tal como
el propio Ricoeur s eñala en un a entrevista : «la idea de que el hombre e s un invento
reciente me parecía simpl emente fant asiosa. [ …] Cómo podía olvida rse de l os estoicos,
con su dominio de los deseos y las pasion es, a las c uales Foucault dirigirá su a tención en
sus últimos libros, por los que tanta admi ració n siento.» (Rico eur, 2003) p. 111
184 (Gabilondo y Aran zueque, 1999) p. 9
185 (Ricoeur, 2000)p. 201
Parte I. Una tensa oscuridad 73
La fenomenología queda atrapada en un movimiento infinito de
interrogación hacia atrás, en el que se desvanece su proyecto de
autofundamentación radical. En este sentido, la fenomenología ha subvertido
su propia idea directriz al intentar realizar la. Aquí reside la gran deza trágica de
la obra de Husserl. 186 L a r u p t u r a d e l a m e t a f í s i c a d e l a c o n c i e n c i a s e d a p u e s ,
como señala Ricoeur, mediante el propio intento fenomenológico que va
desplazándose hacia la hermenéutica . Es decir, el carácter radicalmente
mediado por el lenguaje de cualquier in tento de dar cuenta de la experiencia
inmediata.
No obstante, y tan solo lo apuntaremos de manera tangencial, en el
escenario de la psicología social las versiones fenomenológicas han tenido un
efecto también de problematización, tal como Fernández Villanueva señala con
respecto a la obra de Schutz, a la qu e reconoce la virtud de haber abierto un
nuevo marco de investigaciones con relación a la atención dirigida hacia los
pequeños hechos de la vida cotidiana. «Su interés consiste en mirar lo obvio
con mirada de extraño», 187 otorgar relevancia al sentido subjetivo d esafiando así
las corrientes positivistas y oficialista s que postulan la existencia de un
conocimiento «objetivo».
La imposibilidad de la autofundamenta ción radical y trasparente del sujeto
señalada por los enfoques hermenéuticos, también se estaba fraguando a través
de otro movimiento del pensamiento que ya estaba teniendo lugar durante el
propio desarrollo de la época moderna: las figuraciones del inconsciente.
Aquello, en célebres palabras de Freud, que derroca al yo como dueño de su
casa. Aquello que precede, que procede y actúa excediendo la razón, pero
condicionándola. Este elemento tamb ién desestabiliza algunas narrativas
excesivamente lineales de algunas versiones actuales que ven en toda la
filosofía precedente un monolítico planteamiento en lo que a las figuraciones
del sujeto respecta.
Es conocido que durante todo el siglo XIX la noción de inconsciente se
difunde por obras de diversos autores. Pe ro es Freud quien la reformula de la
forma en la que ha afectado o sembrado las filosofías del siglo XX. Para Freud
–en la formulación de su segunda tópica– el Yo será tan solo un producto del
Ello en su encuentro con la realidad. Un Ello que socava el legado cartesiano:
desbarata la dualidad cuerpo-mente (a unque pueda reactualizarse de otras
formas) y destituye el pensamiento racional como elemento privilegiado que de
cuenta de la existencia.
186 (Ricoeur, 2000)
187 (Fernández Villanueva, 2003) p. 39
74 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
2.1.6. Ese
perpetuo principio de inquietud
: 188 el paradójico papel del
psicoanálisis
Pues bien, me parece que el psicoanáli sis puso en cuestión, d e
un modo insisten te, esta posición absol uta del sujeto
M ICHEL F OUCAUL T , La vérité et les formes juridiques , 1974 189
Como el propio Foucault mostró con la s palabras y reflexiones que dedicó
al psicoanálisis, su postura fue ambivalente y en tretejida de consideraciones
valorativas contrapuestas de éste. El efecto del surgimiento, consolidación y
diversificación del psicoanálisis ha sido múltiple y ha agitado la superficie del
pensamiento y la cultura con fuerzas y direcciones distintas, generando a veces
efectos prácticos liberadores y, en ot ras ocasiones, reforzadores de los
discursos normativos y esencializadores.
No obstante, como señaló en La verdad y las formas jurídicas :
El psicoanálisi s fue ciertame nte la pr ácti ca y la teoría que re evaluó de
un modo más fundame ntal la prioridad un ta nto sacralizada c onferida al
sujeto, prioridad que se estableci ó en el pensamiento occidental a part ir
de Descartes. 190
De hecho, el propio Foucault parte en la Arqueología del saber de la
consideración negativa de las reacciones que los descentramientos subjetivos
efectuados por Nietzche, Marx y Freud habían suscitado a lo largo de un
siglo. 191
Sin embargo, como Gadamer apunta, en la época romántica, que fue
cuando más se extendió este hincapié en la individualidad y en la «cerrazó n»
opaca del sujeto, jamás se puso en duda la posibilidad de redescubrir algo
común e inteligible detrás de la singularidad de una persona. 192 Aquella época
supuso un paso previo a la teorización que Freud hará d el inconsciente,
desplazándola significativamente de las ideas anteriores .
Vimos cómo con Descartes el sujeto es un yo como conciencia de sí mismo,
transparente, que inaugura la concepción del sujeto racional, consciente y ca paz
de acceder a la verdad desde sí mismo tal y como es. La obra de Freud, entre
otros muchos, establece dos giros importa ntes que socavan tales presupuestos
188 «El psicoanálisis y la etnología […] forman con toda certeza un tesoro inexti nguible de
experiencias y de conc eptos, pero sobr e todo un perpetuo principio de inquietud, de
poner en duda, de crítica y de discusión de to do aquello que por otra parte pudo parecer
ya adquirido.» (Foucault, 1966) p. 385
189 (Foucault, 1974a) p . 540
190 (Foucault, 1974a) p . 540
191 (Foucault, 1969b) p. 22
192 (Gadamer, 1997)
Parte I. Una tensa oscuridad 75
y las ideas que de ellos pueden derivarse. En primer lugar, tal y como una de
sus frases más conocidas afirma, «el yo no es el dueño de su casa» es decir, el
sujeto ya no equivale, o no prioritariamente, a un yo consciente y transparente
a sí mismo, sino que es una de las tres instancias que emergen y regulan el
transcurso de la vida psíquica. Ni siquiera la que más peso tiene. Freud va a
descubrir y explorar la instancia de lo inconsciente, lo que implica la
imposibilidad de transparencia del sujeto para s í mismo.
Por lo tanto, de acuerdo con las tr adiciones del siglo XIX que concebían
una interioridad cada vez más profunda del sujeto, Freud la confirma
estableciendo a su vez el carácter opaco a la conciencia de tal interioridad.
Posteriormente, en su relectura de Freud , Lacan subrayará la debilidad
característica del «yo» afirmando su carácter ilus orio . Desplazamientos que,
como mínimo, hieren a ese sujeto moderno .
Cabe juzgar que la hi pótesis del inconsciente infligió una herida
terrible en el narcisismo trascenden tal de la visión clásica del sujeto.
Como supues to epistem ológico, el inc ons ciente señala la no coi ncidencia
del sujeto (El/ella) con su conciencia; es el grano de arena en la máquina
que impide la enunciaci ón de otro sujeto monolíti co, autopresent e. 193
Como así mismo señala Carbonell, no se puede entender la modernidad ni
las teorías de la subjetividad que se suceden en el siglo XX y que hablan del
sujeto descentrado sin esta aportación clave. 194 El propio Foucault insiste en el
efecto que la obra de Lacan tuvo en la destitución del sujeto fenomenológico o
constituyente, «una vez más, el sujeto fe nomenológico era descalificado por el
psicoanálisis, como lo había sido por la teoría lingüística». 195
Pero, además, tal destitución de la in stancia racional y consciente implica el
oscurecimiento de otro de los presupuestos de la tradición cartesiana: la
posibilidad de acceso directo a la « verdad » del sujeto, en las dos acepciones
de la frase: que el sujeto de conocimiento pueda acced er a la «verdad»
directamente siguiendo tan solo reglas formales y de conocimiento; y q ue el
sujeto pueda acceder directamente a la verdad sobre sí mismo. Estas
imposibilidades fueron abordadas por Fouc ault de otra manera, puesto que
consideró de forma compleja la producción y la regulación de la verdad que los
regímenes históricos implican; y, por ot ro, consideró al sujeto como una forma
histórica producida por dispositivos de poder poliédricos que ocultan su
propio actuar. La obra nietzscheana había hablado asimismo de la «invención
de la verdad» y había subrayado la vo luntad de poder como elemento decisivo en
ello.
193 (Braidotti, 2004) p. 41.
194 (Carbonell, 2003) p. 87 .
195 (Foucault, 1983a) p . 435.
76 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
Otro elemento importante de la obra de Freud fue dotar de carácter
específicamente procesual a la subjetividad, y de una dimensión conflictiva y
tensional irreductible.
Por último, sin abordar el complejo desarrollo de una teoría de la feminidad
que llevó a cabo, se puede señalar que «fueron sus pacientes las que le van a
decir alguna cosa sobre la feminidad diferente de los discursos dominantes de
la época» 196 , puesto que eran ellas quienes hablaba n de un malestar específico
en relación con la posición femenina. Para Foucault, que no veía en el trabajo
de Freud acerca de la sexualidad ningún desplazamiento sustantivo respecto del
discurso de la época, esto suponía una vu elta de tuerca en la «histerización del
cuerpo de la mujer». Alude a ella con esa imagen convocada por él de la
histérica a la que se le inducían sus sínt omas, imagen espantosa de la Salpetrière
donde Charcot incitaba y exponía visiblemente los síntomas histéricos de la s
mujeres consideradas enfermas. Una imagen que entronca en ese saber m édico
y científico que construía el cuerpo de la mujer como un espacio satura do de
sexualidad e irracionalidad.
A pesar de que no sea esta indagación en el malestar femenino de la histeria
l o q u e F o u c a u l t r e s c a t e d e l a o b r a d e F r e u d , é s t a c o n d u j o a F r e u d a
exploraciones de la feminidad laberínt icas, cierto, a veces ambiguas, pero
también transgresoras de la explicación biologista de las posiciones femeninas,
socavando su necesidad natural y estableciendo un campo de análisis complejo
sobre los procesos psíquicos de sexuación. Es el carácter inconsciente de éstos,
como de otros procesos subjetivos y su abordaje língüístico lo que Foucault
reconoce como un mérito:
Freud no hizo más que t omar al pie de la letra lo que había oído decir
una tarde a Charcot : desde luego, se tr ata de la sexualidad. El fuerte del
psicoanálisis consiste en haber desemb ocado en otr a cosa, en la lógica
del inconsciente. Y ahí la sexualidad deja de ser lo que era al comienzo. 197
Por ello hay qu e ser justo con Freud. […] Freud retomó la locura en
el nivel de su lenguaje, re constituyó uno de los eleme ntos esenciales de
una experiencia reducida al silenci o por el positivismo. 198
No deja de resultar curiosa la consid eración foucaultiana del psicoanálisis,
ciertamente ambivalente, pero que le hace llegar a decir que él mismo «hace
algo que se parece un poco», en el momento en que acaba de publicar el primer
tomo de Historia de la sexualidad :
196 (Carbonell, 2003) p. 89
197 (Foucault, 1977c)p . 315
198 (Foucault, 1961) p. 411. Citado por Derrida en (Derrida, 1996 ) pp. 119
Parte I. Una tensa oscuridad 77
Quería decir que la gran origin alidad de Freud no consistió en
descubrir la sexualidad bajo neuros is. La sexualidad ya estaba allí,
Charcot ya ha blaba de ella. Su originalidad consistió en tomar eso al pie
de la letra y a partir de ahí edificar la Traumd eutung , que es algo muy
distinto a la etiologí a sexual de las neurosis. […] Yo, siendo muy
pretencioso, diría que hag o algo que se par ece un poco. Parto de un
dispositivo de sexualidad, dato históric o fundament al, y a partir del cual
no se puede h ablar. Lo tomo al pi e de la letra, n o me sitúo e n el exteri or,
porque no es posibl e pero me lleva a ot ra cosa. 199
Continuando con el psicoanálisis, los dos descentramientos que hemos
señalado en relación con el sujeto mode rno confluyen en un paradójico cruce
que constituirá la obra extraordinariamente comp leja de Jaques Lacan. Este,
como Fernández Villanueva ha señalado, da una preeminencia absoluta al len-
guaje. 200 Es conocido el enunciado lacaniando acerca de que «el inconsciente
se estructura como un lenguaje», que luego variará y formulará Lacan más
enigmaticamente como «el inconsciente, en tanto que aquí yo lo sostengo de su
desciframiento, no puede sino estructura rse como un lenguaje» (S XX, 26 de
junio de 1973). Lacan dirá que «el leng uaje es la condición del inconsciente». 201
En su elaboración de la teoría del signif icante, ya en el año 1950 decía ante
el Primer Congreso Mundial de Psiquiatría: «no es que la psicología explique el
lenguaje, sino que el lenguaje determina a la psicología». 202
Este carácter privilegiado también se evidencia en la consideración del
sujeto. El ser mismo de lo humano está en la palabra. No hay esencia ni
existencia, sino que el o la humana está aprehendido en la sola referencia a su
enunciación. 203 Esto es desarrollado de una manera complejísima por Lacan,
plagada de neologismos como el de moterialismo en el que confluyen lo
material y la palabra para subrayar la prim acía fonemática de la materialidad del
lenguaje .
La primacía del lenguaje apunta pues a un límite o a una falta generadas en
el proceso de inserción en el orden simbólico y de adquisición del lenguaje;
procesos que se juegan asimismo en los vínculos que nos van constituyendo
como sujetos, vinculos con el Otro , el orden simbólico, y los otros contretos que
nos nombran y nos distinguen, y de los que aprendemos a distinguirnos.
El pensamient o lacaniano conllevaba una es pecie de humildad y
descentramiento del sujeto que mu cha gent e valoró po rque parecía
liberar al sujeto de la carga del dominio de sí mismo y entreg arlo a un
199 (Foucault, 1977c) p . 320.
200 (Fernández Villanueva, 2000).
201 citado por assoun en (Assoun, 2003).
202 (Lacan, 2001).
203 (Assoun, 2003). p. 77.
78 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
mundo de deseo y le nguaje mucho mayor que él. Por medio de ese
descentramiento se c onecta con otr os de un modo muy profu ndo. 204
Estas relaciones entre lenguaje y límite fueron también una constante en el
contexto intelectual particular en el que Lacan desarrolla su obra. Obviamente
con muchísimas matizaciones, algunas de ellas parecen resonar en este
fragmento de Foucault:
El límite de la muerte abre ante el lenguaje, o mejor e n él, un espacio
infinito; a nte la inmi nencia de l a muerte, s e prosigue co n una prisa
extrema, per o también vuelve a empez ar, se cuenta a sí mismo, descubre
el relato del relato y ese ensambl aje que bien podrí a no acabarse nunca.
El lenguaje, sobre la líne a de la muerte, se refleja: allí encue ntra algo
como un espe jo; y para detener es a muerte que va a detenerlo, sólo ti ene
u n p o d e r : e l d e d a r n a c i m i e n t o e n s í m i s m o a s u p r o p i a i m a g e n e n u n
juego de espejos que, él sí, carece de límites. 205
El lenguaje juega con un límite. Ese límite será una falta en la literatura
psicoanalítica y tendrá varios significan tes en ella. Una falta que establece
asimismo la apariencia de una identidad ficticia.
2.2. La destitución del sujeto
La desaparición del sujeto cartesiano se fragua paradójicamente en s u
propio desarrollo; el dualismo persisten te en las formaciones discursivas que
figuran al sujeto se ve matizado o socavado a lo largo de la articulaci ón
genealógica de otros discursos. Hemos señalado alg unos momentos
interesantes, sin afán sistemático por nues tra parte, para un recorrido algo más
disperso y complejo acerca de tales figuraciones, desde la intu ición de que las
tensiones desatadas por ellos siguen lati endo, más o menos calladamente, en las
producciones actuales. Entre los moment os destacados hemos apuntado la
reflexión sobre el cuerpo en relación d e Spinoza y el giro que Kant establece en
relación con la finitud-trascendencia del suj eto, el cual sirve a Foucault para dar
un paso más en el desplazamiento de lo s aprioris históricos. También la obra
de Marx, en diálogo con la economía política que se nutre y señala una
destitución objetiva del sujeto. Las cien cias humanas complejizaron todos estos
discursos de objetivación del hombre dando lugar a esta nueva figura
discursiva y específica. La fenomenol ogía impugnó algunos planteamientos y
enfatizó el caracter autofundante del s ujeto.
204 (J. Butler, 2004b). p. 332.
205 (Foucault, 1963) 251.
Parte I. Una tensa oscuridad 79
No obstante, otro de los límites y de las fracturas de las figuraciones
subjetivas fue establecido por el psicoaná lisis con la irrupción de la noción de
inconsciente, por un lado, y con la consideración simbólica y lingüística de éste.
El lenguaje será uno de los tópicos que mayor interés han despertado a lo largo
del siglo XX . Aunque otras muchas corrientes pudieran señalarse en este
esbozo de la destitución de la figura del sujeto moderno, nos centraremos a
continuación, precisamente, en el énfasis lingüístico que ha penetrado las
ciencias sociales y las reflexiones filosóficas en otro de los m omentos de este
recorrido.
2.2.1. El giro lingüístico: jue gos de lenguaje y actos de habla
Según Tubert, quizá fuera Kant quien más contribuyera de manera cercana
a llevar la reflexión sobre el lenguaje a primera línea de la reflexión filosófica. 206
Frente al papel meramente instrumental como «expresión del conocimiento»
que el lenguaje tenía en la reflexión an terior, entre la percepci ón sensorial y el
pensamiento, el análisis de las «forma s del juicio» como estructuradoras del
conocimiento, supeditaba la experiencia se nsorial a una estructura que la hacía
inteligible.
No obstante, será a comienzos del siglo XX cuando la reflexión filosófica
privilegie la reflexión y el análisis del lenguaje. Tal desplazamiento filosófico,
emprendido desde diferentes corrientes, dará lugar a ese movimiento que
afectará a otros ámbitos disciplinar es y que se ha dado en llamar giro lingüístico .
Tal como hemos señalado, Freud establece una original e intensa relación con
el lenguaje que lo sitúa como elemento privilegiado del comportamiento y el
sufrimiento humano, así como de la cu ra psicoanalítica. Como dice Forrester,
historiador de la ciencia que se ha dedicado a estudiar los orígenes del
psicoanálisis, con éste, donde leíamos «biología» leemos ahora «lenguaje»:
La diferencia entr e un síntoma neur ológico y un sínt oma neurótic o
consiste en que la ubicaci ón de éste en el cuerpo está deter minada por la
estructura específica de un s istema de pensamie ntos cuya expresión en el
cuerpo a menudo está ligad a a un giro verbal de una f rase. 207
Pero, además de esta etio logía «lingüís tica» de los síntomas, Freud establece
a su vez un movimiento recíproco, y es el hecho de que los síntomas significan,
remiten a otra cosa, hablan , resumido en esa frase magistral de Freud acerca de
cómo «nos encontramos con el fenómeno interesante y no indeseado de que el
206 (Tubert, 1999) p.148
207 (Forrester, 1980) p.20
80 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
síntoma se une a la conversación ...». 208 Y es precisamente esto, además del
socavamiento de las teorías de la degeneración decimonónicas, el mayor mérito
que Foucault reconoce a Freud, en una relación periódicamente ambivalente.
(Nietzsche, Freud, Marx) h an modificado la naturaleza del signo y l a
forma general en la que podía se r interpretad o […] con ellos la
interpretación ha devenido una tarea infinita […] Nietzsc he y Freud,
cuanto más lejos se va e la inter pretación más nos acer camos a una
región peligros: puede llegar a desapare cer entr añando la desapari ción del
propio intérpret e […] porque Freu d no interpreta signos sino
interpretaciones. Bajo los síntom as, ¿qué descubre Freud? No
traumatismos, actualiza fantasmas co n su carga de angustia, un nudo que
es ya él mismo en su propi o ser una interpret ación. 209
La lectura de Lacan enfatizará está di mensión de la función del lenguaje y
Lacan será uno de los protagonistas del auge del movimiento estructuralista en
los años 60. Su relectura de Freud y la in corporación de nociones de la
lingüística moderna inaugurada por Saussure —significante y significado— y
de la lingüística estructural de Jakobson —procesos de metonimia y
metáfora— florecerán en una complejísima y sugerente obra que no ha dejado
de tener férreos enemigos ni reelaboraciones desde parámetros feministas. El
propio Foucault en sus primeros libros reconoce su d euda con algunos
postulados lacanianos. A pesar de un a centralidad y de una influencia
determinante sobre otros discursos culturales, nos limitaremos a señ alar tal
momento puesto que abordar el estatus de lo lingüístico en el ámbito del
psicoanálisis supondría una descomunal empresa.
Reconociendo la relevancia difícilmente cuestionable del psicoanálisis en el
pensamiento del siglo XX y en el progresi vo interés que adquirieron en él los
fenómenos lingüísticos, otras corrientes de muy diferente cariz introdujeron el
estudio del lenguaje como objeto central de sus desarrollos. Entre ellas, la
filosofía an alítica emprendió un sistemático estudio de los pr oblemas y de las
fórmulas potencialmente adecuadas para el uso del lenguaje en la práctica
cognoscitiva. Tanto Frege como Russel r ecurren a la lógica estableciendo las
bases para su posterior desarrollo con la intención de conseguir que el lenguaje
permita un conocimiento adecuado del mu ndo. Tal como señala Ibáñez, esto
supone el desplazamiento de las ideas a los enunciados, reemplazando la
relación ideas/mundo por la de lenguaje/mundo. 210
Aunque siempre sea excesivo situar en un autor la influencia determinante
en relación con un proceso de amplio y heterogéneo de ela boración discursiva,
sí resulta pertinente referirse al extraordinario impacto que la obra de
208 (Freud, 1918 [1914])
209 (Foucault, 1967) pp. 568-571
210 (Ibáñez, 2003a) p. 27
Parte I. Una tensa oscuridad 81
Wittgenstein tuvo y tiene en las reflexiones sobre el lenguaje. Vienés, pero
alumno de Frege y Russel de quienes aprendió la nueva lógica p roposicional, su
transcurso vital le permitió insertarse en contex tos de tradiciones culturales
diversas; asimismo, su propio itinerario intelectual de desplazamientos tan
acentuados, hace que se hable habitual mente de un primer y un segundo
Wittgenstein, y lo caracteriza como un autor decisivo.
Tal como lo expone Cruz, Wittgenstein pasa de un planteamiento atomista
lógico según el cual las proposiciones atómicas representan hechos atómicos, a la
crítica de ese paradigma significado-figura puesto que éste descansaría en un
doble prejuicio: a) que los elementos últimos del lenguaje tienen una
univocidad referencial al objeto y b) q ue la estructura de la proposición es una
proyección de la estructura del estado de los hecho s.
En el desarrollo posterior de su obra, la base de la comprensión del lenguaje
no estará ya en su relación figurativa, sino en la objetividad de sus usos : el
lenguaje no es otra cosa que sus usos, variad os y múltiples. Un uso sería el de la
descripción (que el neopositivismo equipa ra con el significado) pero habría
otros y a todo esto llama Wittgenstein juegos de lenguaje , que son, en el
límite, formas de vida .211
Rompiendo con la concepción representacionista que mantiene en el
Tratactus , se opone después a la esencialización y ontologización del significado,
tal y como se establece en las Investigaciones filosóficas . El significado ya no se
conforma a los requisitos a priori y sugi ere que hay que vincular el significado
al uso , evitando la idea de que a cada palabra le corresponda un objeto. El uso,
obviamente, se da en un contexto ling üístico-social, no puede analizarse el
significado de las palabras desvinculado del mismo.
Las expresiones lingüísticas adquieren, pues, su significación en función de
su empleo en los diferentes contextos vi tales, lo cual lo orienta a centrar su
análisis en las reglas pragmáticas que gobiernan los usos de difer entes
expresiones en los juegos de lenguaje en los que operan esas reglas, y en las
formas de vida más amplias que confieren significación a los juegos de
lenguaje .
Lo que irrumpe con fuerza en las investigaciones filosóficas es,
precisamente, la naturaleza social del lenguaje, su ser mismo emergiendo en la
acción y la interacción humana . «Llamaré juego de lenguaje al todo formado
por el lenguaje y las acciones con las que está entretejido». 212 «La noción juego
de lenguaje debe poner de relieve aquí que hablar el lenguaje forma parte de
una actividad o de una forma de vida». 213
211 (Cruz, 2002)
212 (Wittgenstein, 1953) (VII)
213 (Wittgenstein, 1953) (23)
88 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
La naturalizaci ón tanto de la het erosexualidad como de l a esencialidad
masculina del agent e sexual son co nstrucciones discursivas que en
ningún moment o se explican, p ero que se dan p or sentadas en este
marco estructuralista fundacional. 232
Consideramos que, además de las autoras cuyas aportaciones recogemos en
este trabajo, han sido las obras de Foucault, Deleuze y Derr ida aquellas que
han cuestionado solidamente presupuestos de formas de pensamiento
anteriores. Y es también su obra la interlocutora de muchas teorizaciones
feministas entre las que podemos resaltar la figuración del sujeto nomade de
Braidotti inspirada en la obr a de Deleuze y la noción de performatividad que
Butler utiliza recogiendo la idea de iterabilidad e indecibilidad de Derrida. Este ha
sido también una influencia constante en la teoría reciente a par tir de su noción
de deconstrucción .
Deleuze ha sido un pensador radica lmente creativo, con un pensamiento
intempestivo que ha configurado un intr incado y fluido paisaje teórico, que
bien podría ser el reflejo de una de sus conceptualizaciones más notorias e
innovadoras, el rizoma . Frente a lo que él considera la imagen dogmática del
pensamiento occidental, desarrolla otra , la del pensamiento rizomático, que
escapa a la estructuración y a las formas rígidas y canonizadas de la filosofía.
Un pensar vivo que desplaza incesantemente l o establecido para abrirse de
manera constante al a contecimiento, a lo nuevo. Un pens amiento que es
político porque es en sí mismo resisten cia en tanto creació n de vida. Un
pensamiento en plural, también, puesto que Guattari y Deleuze trabajaro n y
firmaron juntos.
Una de sus preocupaciones fructíferas ha sido la noción de diferencia y
junto a ella la de repetición , rompiendo la forma característica de pensar és tas
que ha dominado la filosofía. Sin entrar en más detalles, considera que ambas
nociones están intrínsecamente unidas, puesto que desde el momento en que
introducimos el eje diacrónico en un ámbito cualitativo, éste se multipli ca,
porque se repite diferenciándose, lo cual a su vez es lo que le permite seguir
repitiéndose. En su pensamiento acer ca del sujeto cobran una importancia
decisiva dos de las características a las que se han opuesto las
conceptualizaciones de la identidad que han prevalecido en los últimos siglos
en occidente: la multiplicidad (frente a lo monolítico y coherente) y el devenir,
el fluir inevitable y gozoso de la vida, de esa vida que siempre es diferente a ella
misma.
Desde estas consideraciones abordará el análisis del sujeto, del cual
acentuará los rasgos más inestables y lo pensará co mo un territorio, fluctuante,
cambiante, cuyos límites con el exterior , si puede establecerse tal distinci ón,
232 (J. Butler, 1990a) pp. 77
Parte I. Una tensa oscuridad 89
serían porosos y cambiantes. Y porque este fluir de la duración es incontenible,
Deleuze liberará al deseo del objeto, pensará el deseo como un vector de
fuerza, fuerza de la vida como líneas pujantes.
De lo que hay, de lo que va habiendo, piensa Deluze, se apodera
inmediatamente el poder, que lleva a cabo sobre todo cuanto ocurre, una tarea
de atribución de sentido. El sentido es una determinación que el acontecimien-
to alcanza cuando consigue hacerse visi ble y enunciable. Pero el control sobre
el sentido es precario porque la subj etividad no se agota en su condición de
efecto del exterior, es también la expresión de una potencia capaz de
desplegarse fuera de las vías trazadas por el poder. Porque como deja claro en
Lógica del sentido «el sentido no es nunca principio ni origen, es producto. No
está por descubrir ni restaurar ni reemplazar; está por producir con nuevas
maquinarias». 233 El individuo, tal como es conceptualizado habitualmente, es
un producto del poder ante el cual lo que cabe hacer es, precismante,
«desindividualizar» mediante la multiplicación y el desplazamiento. Una fuga
tenaz en relación con el poder que le hace decir a Foucault en su prefacio a la
traducción al inglés del Antiedipo , algo sutil y brillante:
Incluso podía decirse que a Deleuze y Guatt ari les gusta tan poco el
poder que han p retendido neutraliz ar los efectos de poder ligados a su
propio discurso. De ahí los juegos y las trampas q ue se encuentran
dispersas por todo el libr o, y que hace n de su traducció n una proeza. No
son sin embargo las trampas familiares de la retórica […]. Las trampas de
el antiedidpo son las trampas del humor: invita ciones incesa ntes a dejarse
expulsar, a irse del text o dando un portaz o. El libro inci ta a veces a
pensar que únicamente hay humor y juego allí d onde, sin embargo
ocurre algo es encial, algo de la ma yor seriedad, el asedio a todas las
formas de fascismo, desde aquellas, colosales, que nos rodean y nos
aplastan, has ta esas o tras form as menudas que consti tuyen la ama rga
tiranía de nuestras vidas cot idianas. 234
Estas transiciones complejas entre momentos históricos del pensamiento no
pueden ser agotadas, obviamente, con lo que hemos señalado, pero nos
permiten pensar la irrupción de la problem ática del sujeto y de la historia en el
panorama postestructuralista. Al respecto, Foucault señalará su propia posición
entre estos dos movimientos, el estr ucturalista y el postestructuralista:
Se admite que el estructuralism o constituyó el esfuerzo más
sistemático para evacuar el concepto de acontecimiento, no s ólo de la
etnología, sino de toda una serie de ciencia e incluso, en último término,
de la historia. No veo quién puede se r más antiestructuralista que
yo. Pero lo importante es no hacer con el acontecimiento lo que se
233 (Deleuze, 1969)
234 (Foucault, 1977g) p . 136
90 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
hizo con la estructura . No se trata de colo carlo todo en un plano, que
sería el del suceso, sino de consider ar detenidamente que existe toda una
estratificación de tipos de a contecimiento s diferentes q ue no tie nen ni la
misma importancia ni la misma ampli tud cronológica, ni tampoco la
misma capacidad para producir efectos . 235
El planteamiento de Foucault matiza la consideración del campo de
dispersión y proliferación que la noción de acontecimiento implica, situando
tales irrupciones de novedad en un complejo entramado social e histórico así
como estableciendo la posibilidad de analizar los propios efectos de tales
novedades. Es una consideración vinculada a y que vuelve pertinente, por
supuesto, la analítica del poder por él desarrollada. 236 Por otro lado, la muerte
del hombre , dibujada en las páginas finales de las palabras y las cosas, puede ser
relacionada asimismo con el hombre conf igurado y emergente en las ciencias
humanas constituidas en el siglo XIX. La muerte del hombr e no resulta para
Foucault en su trayectoria sino el desplaza miento hacia la problematización de
la subjetividad y el sujeto y la exploración de las formas en las que éste es
configurado por los dispositivos del poder , en las mallas del poder, y la tensión
establecida por la resistencia y la práctica política.
De hecho, es la analítica del poder la que lo distancia de planteamientos
postestructuralistas como el de Derrida, quien, en opinión de Foucault, elude la
dimensión inmanente de las prácticas mediante una formalización aristocrática .
Desgraciadamente soy inca paz de rea lizar ese tipo de especul aciones
tan elevadas que permi ten afirmar que la historia del discurso es la
represión logocéntri ca de la escri tura. Si las cos as fuesen tan fáciles sería
maravilloso… por desgracia, el m ate rial absolutamente humilde del que
me sirvo no permite un tr atamiento ta n aristocráti co. 237
Si se quiere hacer la historia de deter minados discursos, por tanto, «no se
pueden dejar de lado las relaciones de poder que existen en las sociedades en
las que funcionan esos discursos». Re laciones que sitúan lo emergente,
reconducen y regulan los aconteceres y las posibilidades.
235 (Foucault, 1999). Los subrayados son nues tros. Es curioso constatar un escepticismo
similar respecto a las etiq uetas por parte de Judith Bu tler: «no sé qué es el
posmodernismo[…] yo no me suscribo bajo esta p e rspectiva , y no sé qué se necesita para
aceptarla o negarla. De h echo, nunca he ente ndido a qué se refiere la gente cuando utiliza
este término.» (J . Butler, 2001a) pp.78
236 En la siguiente cita cif ra en el poder aquello que lo separa de los an álisis estructuralistas:
Ni Deleuze, ni Lyotar d ni Gu attari ni yo hacemos nunca an álisis de estructura, no somos
en absoluto «estructuralistas»…no hacemos una investigaci ón de las estruc turas.
Sirviéndome de un juego de palabras dirí a que hacemos inv estigaciones dinásticas.
…intentamos h acer apar ecer lo que en la histo ria de nuestr a cultur a permaneció has ta
ahora más escondido , más oculto, más p rofunda mente enr aizado: las relacio nes de poder.
(Foucault, 1974a) p . 554
237 (Foucault, 1973a) p . 409
Parte I. Una tensa oscuridad 91
Como señala Vintges, 238 el cuestionamiento radical de la categoría del sujeto
se ha llevado a cabo desde posiciones teóricas diferentes, no asimilables. A su
vez López Petit platea que aquello que las a portaciones postestructuralistas de
Foucault o Deleuze han permitido, es precisamente una crítica del sujeto, es
decir, «que la muerte del hombre abre la s puertas a una teoría del sujeto porque
deja siempre un residuo en tanto que ef ecto de un proceso de subjetivización:
el sí mismo, la singularidad». 239
En palabras de Rosi Braidotti, el focus del po stestructuralismo es una
compleja estructura de poder y de los diversos pero altamente eficaces modos
en que el poder se combina con el conocimiento y la constitución de la
subjetividad. 240 El postestructuralismo reacciona ante el estructuralismo, tanto
por sus versiones marxistas que distinguían lo material de lo ideológico,
estando este último subordinado al prim ero, como ante la di mensión estática,
completa o cerrada de la noción de estructura.
La confluencia dentro de posiciones postestructuralistas de diferentes
autores y autoras, en concreto de corrien tes feministas, se da también en esta
impugnación de la soberanía del sujeto; pero este diálogo no se produce sin
tensiones e incluso contradicciones relevantes. Como cualquier discusión, la
establecida dentro del espacio así etiquetado nos resulta extraordinariamente
viva e interesante porque en ella se perfilan y afinan las consideracio nes
políticas que, más allá del rechazo compartido a la soberanía del sujeto
metafísico cartesiano, plantean la variable delicadeza con la que se secciona n
los hilos del tejido: hay quien después de rasgarlo pasa a otra cosa, pero
también hay quien se detiene a analizar qué heb ras resultan necesarias para
construir otra cosa cuyos efectos sean menos opresivos y mistificadores.
Creemos que los feminismos postestructuralistas han abordado con u na
agudeza y tenacidad reseñables la cuestión del sujeto: en ello se juegan
demasiadas cosas.
Desde estos parámetros se puede entender también el di scurso de la
«muerte del sujeto» —no está de más recordar que en Foucault era la muerte
del «hombre», un hombre configurado por las ciencias humanas—, no en el
sentido de una renuncia a la categoría de sujeto, sino como el signo de un desli-
zamiento epocal dentro de la misma. 241 En este deslizami ento se han
encontrado, en ocasiones fructíferamente, en otras con acritud, el feminismo y
la posmodernidad. Se trata de un proceso en el que esta categ oría central de la
238 (Vintges, 1996).
239 (López Petit, 1996) p. 188
240 (Braidotti, 2004) p. 187
241 (Bürger y Bürger, 2001).
92 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
modernidad va desmontándose, desvelan do, por un lado, los vínculos y las
condiciones de posibili dad que permitieron su ela boración y desarrollo y,
por otro, los otros de ese sujeto abstracto , racional, no incardinado ni
vinculado afectiva e intersubjetivamen te, que hablaba de lo universal y lo
humano excluyendo, entre otros, a los sujetos constituidos en el lugar de la
dependencia, de la afectiv idad, esos suj etos que cargaban con to do lo «natural»
de la especie para que algunos sujetos se constituyeran simból icamente como
trascendencia e individualidad; y ese lugar de inmanencia era en muchas
ocasiones el femenino.
Desde el análisis de las relaciones de poder se avanza hacia la
problematización, no como mera repulsa, del espacio subjetivo. No es
casualidad que gran parte de esta problematización, en tanto destitución
compleja y pausada, irreducible a un simple rechazo, haya sido realizada por el
pensamiento feminista. Incluso por ése que cuesti onará radicalmente el sujeto
moderno en oposición a otras corrientes feministas. Y no es casualidad, a
nuestro entender, porque en esta prodigiosa batalla crea tiva, tenaz y delicada,
los efectos políticos tienen un papel muy relevante.
La categoría de sujeto en el pensamie nto occidental moderno ha funcionado
a través de la exclusión, tal como lo ha señalado Foucault: la exclusión de lo
irracional, de la locura, de lo Otro frente a lo Mismo . Las mujeres, constituyendo
uno de esos otro , han tenido un estatus ontológico borroso que se deslizaba
siempre hacia lo irracional, lo sensible o lo p atológico en ese mecanismo
androcéntrico que ya De Beauvoir señaló como el proceso de configuración de
el segundo sexo . Pero, además del proceso problemático de exclusión y/
configuración discursiva, podría añadirse que este desarrollo ha funcionado a
través de la ocultación: la ocultación de los mecanismos y dispositivos de poder
que reproducen y construyen subjetividades en torno a la diferencia sexu al. La
ocultación más eficaz, evidentemente, es el mecanismo de natur alización.
La teoría feminista ha establecido un pr ofundo diálogo en torno al sujeto no
exento de tensiones, sobre todo en lo re ferido a la disolución de tal categoría,
puesto que de tal desapar ición parecería derivarse la deslegitimación del sujeto
feminista 242 . Pero este diálogo ha permit ido, por lo menos en algunas corrientes
del feminismo, deconstruir también la categoría mujer, desencializarla,
introducir el plural para hablar de las mujeres y considerar las diferentes
posiciones en las que éstas se encuentran, contemplando otros dispositivos d e
poder que condicionan la vida tanto de mujeres como de hombres. Que, en
última instancia, no exista «la mujer», no significa que no pu edan articularse
luchas estratégicas en función de la s constricciones sociales que sufren las
mujeres. Ni que estas luchas se esta blezcan en un proceso reconocido como
242 (Amorós, 1997)
Parte I. Una tensa oscuridad 93
provisional, permanente y crítico. Tal dimensión estratégica ha sido señalada,
entre otras, por Spivak, Nicholson y Butler.
Cuando en 1971 Foucault dice que «e s preciso desembarazarse del sujeto
mismo, llegar a un análisis que pueda dar cuenta de la cons titución del sujeto
en el interior de la trama histórica» 243 a través del análisis genealógico, postula la
pertinencia de una forma de historia que no recurra a una noción de sujeto
trascendente para destacar así la dimensión productiva del ejercicio de p oder.
El sujeto no puede dar cuenta de las transformaciones en los ámbitos de las
formaciones discursivas que ha analiz ado, puesto que es un producto
encarnado de los dispositivos, tal y como señalará explícitamente en Vigilar y
castigar . Pero en su progresiva complejización del poder y la resistencia y de un
dispositivo como el de la sexualidad, perfilará una noción de sujeto como
forma 244 , un sujeto que desde su propia constitución subjetiva en las mallas del
poder, inserto en las prácticas históricas, podrá de alguna manera
autoproducirse o generar cambios. La tensión, pues, entre poder y libertad,
entre los cuerpos dóciles y las prácticas de libertad, encuentra en la superficie
subjetiva un lugar de inscripción, conflictivo y ambivalente .
La muerte del sujeto no trata de un suceso databl e de algún modo, sino de
una transformación en curso del posici onamiento respecto de la ca tegoría
central de la modernidad. Tras su muerte, nos es aún pertinente el espacio
subjetivo sólo que ya no como un esquema, libre de contradicción, sino como
espacio y proceso tensional y fragmentado .
La «muerte de la muerte del suj eto», como diagnostica Laclau, 245 nos sitúa
en las fronteras de múltiples desarrollos teóricos y políticos en los que emerge
un «anhelo de subjetividad» 246 o irrumpe con fuerza renovada el tema del
sujeto 247 . Pero ya será una noción distinta. Como dice López Petit, la muerte
del sujeto nos pone en el camino de analizar precisamente el sujeto , de
generar una teoría sobre el mismo, puesto que ya no damos por sentado ni
partimos de las mismas premisas. 248
Es siempre inquietante cuestionar también lo qu e de ser subversivo puede
devenir en verdad perceptiva. La mu erte del sujeto, expresión polifónica y
polisémica, tiene sus versiones extremas en la negativa a concebir siquiera tal
espacio de reflexión, a eludirlo mediante un gesto epistémico afirmativo: no
existe, no hay por qué estudiarlo. Como Butler, sospechamos de tal «desamarre
243 (Foucault, 1999) p. 47
244 (Foucault, 1984d)
245 (Ernesto Laclau, 1996)p. 43
246 (Birulés, 1996)
247 (Muñoz, 2002) P. 374
248 (López Petit, 1996)
94 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
radical del sujeto» aunque fundamentalmente lo hagamos desde la conside-
ración de las implicaciones políticas que esto tiene. 249
Y desde una perspectiva genealógica y filosófica sería posible plantear,
como lo hace Muñoz:
¿No resultaría más acorde con l o que aquí está realmente en jueg o
interpretar aq uella «destrucción» como u n paso más de ese proc eso de
búsqueda de las condiciones efectivas de posibilidad de sujeto reales o lo
que es igual, inicialmente determ inados, más allá de la consabida
elevación de la subjetividad sin más a origen y fund amento de todo
sentido y «medida de valor de la s cos as» con el que también puede
identificarse la modernidad? Una mo der nidad de la que Spinoza, por
ejemplo, sería y es tan represent ativo como Descar tes. 250
El análisis postestructuralista permite entender instancias que han sido
sustancializadas y concebidas como ontológicamente preexistentes a su
estudio, intenta comprenderlas en un marco relacional en el que sus fronteras y
límites se desdibujan, se vuelven poros os, se desvanecen. El individuo, la
sociedad y el conocimiento que en ella se produce están íntimamente
conectados: el individuo está condiciona do en su desarrollo por el tejido social
de prácticas, relaciones y símbolos en el que se inserta y que remite siempre a
un momento histórico y a una sociedad determina da.
No es posible pensar un sujeto abstrayéndolo de los vínculos que lo
constituyen y que lo determinan, como es difícil pensar una producción
científica que no remita a las posiciones sociales desde la que es elaborada.
249 (J. Butler, 2004b)
250 (Muñoz, 2002) p. 375
Parte I. Una tensa oscuridad 95
2.3. Un espacio teórico para la subjetividad
2.3.1. El self y los aportes de la psicología social crítica
Debemos partir de una doble consider ación. En primer lugar, que la
atención que a diferentes fenómenos psicos ociales se haya prestado a lo largo
de la historia de esta disciplina ha estado condicionada por el contexto
concreto en el que ha emergido y ha ido desarrollándose. En segundo, que el
reflejo que esto haya tenido en las historiografías más o menos aceptad as por la
comunidad científica también será producto de intereses y prácticas
determinadas. Como ha señalado Ibáñez, ninguna historiografía es inocente, y
en muchos casos puede ser un ejercicio de justificación del presente desde el
cual se lee la historia; además, siempre existirá la tendencia a aplicar
retrospectivamente las clasificaciones o distinciones disciplinares vigentes,
como si ya hubieran estado contenidas en el pasado, algo a lo cual Ibáñez
denomina falacia presentista . 251
Por lo tanto, y en el tema que nos ocupa, se p uede analizar qué tipo de
consideración y atención (o desatención) ha tenido la cuestión de la identidad o
la subjetividad en la historia de la disciplina teniendo en cuenta que aquellas
serán fruto de procesos contextuales y sociales; además, que, aun cuando haya
sido aparentemente limitada, quizá haya en los márgenes de la evolución de la
psicología social «oficial» desarrollos y teorizaciones influyentes y ricas. Estas
últimas se han hecho visibles sobre todo a partir de la crisis que sacude a la
disciplina en los 70; crisis que, dicho un tanto sucintamente, es también f ruto
de aportaciones que han convulsionado la historia del pensamiento y las
ciencias sociales en el si glo XX, y de la incapacidad de la psicología social
hegemónica del momento para explicar e intervenir en la realidad tal como
parecía ser una de sus pretensiones. En relación con esto úl timo, han sido
fundamentalmente el paradigma positivista y el individualismo
metodológico imperantes los elementos que se señalaron como «obstáculos»
para ello o, incluso, como causa de efectos de poder en la comprensión o la
definición de la realidad psicosocial.
Este contexto histórico que ha afectado los avatares de la Psicología,
aunque haya desarrollos de ésta que han sido contundentemente impermeables
a él, se caracteriza, entre otros elemento s, por la superación o, por lo menos, la
251 (Ibáñez, 1990) p. 20
96 Relaciones de p oder, esp acio subjetivo y pr ácticas d e libertad
problematización de los planteamientos neopositivistas, el auge del
pragmatismo, de la fenomenología y la hermenéutica, la configuración de la
sociología del conocimiento y la mutación de paradigmas científicos.
Será pues en el contexto d e la crisis de la disciplina en el que, por un lado, se
recuperarán autores y teorizaciones que habían quedado en una órbita
marginal, se harán nuevas lecturas de autores clásicos y emergerán con
características nuevas planteamiento s teóricos innovadores de muchos
fenómenos, entre ellos el interés concedido al self, a la identidad y a los
procesos de subjetivación.
No es nuestra intención analizar este complejo panorama disciplinar, sino
trazar un esbozo breve de las apro ximaciones y de las teorías que han
posibilitado el estudio de los fenómenos de la identidad desde un paradigma
psicosocial, para situar nuestro análisis dentro de su contexto académico.
El cuestionamiento del individualismo metodológico permitió la
recuperación de corrientes como el interaccionismo simbólico de Mead y la
dramaturgia de Goffman, entre otras; el interaccionismo simbólico sitúa la
emergencia del self en las relaciones soci ales, es la propia interacción el soporte
para su configuración, interacción cuya dimensión simbólica es acentuada; por
otra parte, la teoría de la presentación del yo y la gestión de impresiones de
Goffman concibe el self como actor en contextos diversos, con modelos d e
comportamientos organizados socialmen te, que actúa y nego cia en la propia
interacción. Ambas corrientes desesencializan y fragmentan la identidad
considerándola, además, en el proceso de su desarrollo. Además, podemos
añadir que el cuestionamiento de postulados individualistas y positivistas ha
permitido asimismo la permeabilidad a ot ras disciplinas. Esta permeabilidad ha
derivado progresivamente en planteamientos interdisciplinares e incluso
transdisciplinares como se dan en el seno de la psicología social crítica. Así, por
ejemplo, tanto las anteriores escuelas como la etnometodología, la lingüística, la
antropología e incluso las ciencias «duras» han prestado o han permitido la
elaboración de conceptos clave para desa rrollar nuevos discursos y análisis de
la realidad psicosocial.
Todo ello en contraposición con los « mitos positivistas» cuya construcción
de la identidad se da a partir de presupuestos variados como pueden ser la
distinción entre el individuo y la sociedad como entes cons tituidos en mayor o
menor grado antes de establecerse la interacción entre ellos, lo cual se vincula
asimismo a la demarcación de un interior y un exterior, la distinción entre lo
natural y lo cultural, la estabilidad sustantiva de la identidad, así como la
compartimentación de ésta (identid ad social, de género… y todas las
esquematizaciones convenientes acerca de l autoconcepto multidimensional y la
Parte I. Una tensa oscuridad 97
autoestima) y el presupuesto de una iden tidad primera sobre la que se integran
otras tales como la identidad de género.
a) El redescubrim iento del self en la psicología social contemporánea
Tal como se refleja en los Handbooks y en la proliferación de publicaciones y
simposios, el self suscita un notable interés en los años siguientes a la crisis.
Una de las razones de ello es la revoluci ón cognitiva que se da en la psicología
y los dilemas y elementos que pr ogresivamente planteaban las teorías
enmarcadas en tal corriente como las teorí as de la atribución, los esquemas de
conocimiento de sí mismo, el impacto de la teoría de la disonancia cognitiva, la
reflexividad que se adivina en conceptos como la autoeficacia, la
autoconciencia, la autoevaluación, etc.
Por otro lado, la recuperación del trab ajo de Mead y Cooley, así como el de
Goffman, como hemos señalado, permite situar el self en un contexto de
interacción continua en el que se disuelven las fronteras claramente
delimitadas entre individuo y sociedad.
La psicología social europea, reactivada con gran energía tras la crisis, en su
vocación de hacer más social una disciplina limitada en el contexto
norteamericano, introduce conceptos de gran poder explicativo como el de
identidad social de Tajfel, la categorizac ión social, las teorías implícitas de la
personalidad, etc. Por lo tanto, abunda en este desdibujamiento de la
demarcación infranqueable en algunos pos tulados, entre individuo y contexto
social, y vincula la identidad a una categoría social, un «nosotros» en el que uno
se configura.
Ya hemos mencionado el desarrollo de los estudios de género y de la
psicología femenina y feminista que, desde el concepto de género, han
producido una gran cantidad de conceptos-puente entre la identidad y el
género, tales como androginia, identida d de género, rol de género, etc. En
muchas ocasiones algunas conceptualizaciones han reproducido la
esencialización de las diferencias, perm itiendo un efecto de n aturalización del
que quedaba ausente toda referencia a las relaciones de poder que las
reproducen, «marcando la diferencia» y homogeneizando al colectivo de
mujeres. Contra esto, desde el pens amiento crítico feminista se ha
problematizado la categoría de género y las identidades de género, a las que no
se podría asociar de forma estable y continuada unas características y atributos
concretos. Toda posibilidad de conocimiento sobre las identidades de género
está circunscrita a la cultura, historia y relaciones de poder que la envuelven;
padece un proceso de «semiotización» irreductible. 252
252 (Violi, 1991)
104 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
prácticas significantes. El cuerpo em erge en ese proceso como un cuerpo que
habla, un cuerpo que produce y refracta, a su vez, actividad significante. El
cuerpo es, siempre, un cuerpo ya habitado y conc ebido con el lenguaje, a pesar
de que algo heterogéneo lo exceda. El cuerpo es un cuerpo siempre con
historia, como Tubert resalta:
Toda explicac ión que se apoye en analo gías con el cue rpo orgánic o
—que no es, por otra parte, el cuerpo real, sino el cuerpo construido por
la biología— será necesariamente imaginaria porq ue no toma en
consideración la heterogen eidad del organismo y el cuerpo eróg eno,
cuerpo que la histori a de cada sujeto c onfigura como una c artografía
particular del placer y del dolor. 272
Para Burkitt, por ejemplo, el cuerpo es tanto un producto como un
productor cultural que habita un mundo simbólico conectado a otras
dimensiones o a sus experiencias; con ectado a su propia localización en los
distintos espacios y tiempos generados por su actividad social. 273 El sujeto es
un sujeto en y de la semiosis, como sostiene ampliamente De Lauretis. 274 Al
respecto, nos parece enormemente su gerente un texto de García Selgas:
Asentar la semiosis en la enc arnación ha ce que para que algo
funcione como signo sea n ecesario, entre otras cosas, una agente cuya
configuración/asimilación experien cial de la práctica social
permita la realización del signif icado . Igualmente hace que las
prácticas significa ntes no sean casos extraordinari os o inmediatament e
ligados a alguna narr atividad textual, sino que ap arezcan en cualquier
contexto prá ctico. Al usar o recibir signos pr oducimos interpreta ciones.
Sus efectos de significado deben pasar a través de cada uno de
nosotros , antes de poder producir un efec to o una acci ón sobre el
mundo. 275
Esta realización del significado que puede no ser exclusivamente racional o
narrativo y que se produce cuando múltiples conexiones y relaciones nos
atraviesan, creemos que es un proceso implicado y posibilitado en la
adquisición del lenguaje, un proceso que se abre tambien, por lo tanto, a
dimensiones no conscientes de la práctica humana.
El cuerpo puede contemplarse como lugar de inscripción de conocimientos
y poderes, pero también como lugar de producción de agencia, significados,
emociones. Este es el desafío, a nuestr o entender, que la conceptualización de
272 (Tubert, 2003).
273 (Burkitt, 1999).
274 (De Lauretis, 1992)
275 (García Selgas, 1994) p. 521 (l a negrita es nuestra). Debo el de scub rimiento de este texto a
Pepe Ema, cuyos seminarios fueron esp ecialment e rel evantes en el pro ceso de
elaboración de esta tesis y la posib ilidad de un extrao rdinario diálogo.
Parte I. Una tensa oscuridad 105
la «corporeización» se encuentra: cómo se producen los cuerpos, pero cómo la
realidad corporal, sin caer en una posición realista, puesto que nunca podremos
concebir un cuerpo de forma no discursiva, elabora, crea o reproduce
significados y prácticas.
c) Los procesos no conscientes y el deseo
Foucault dijo en una entrevista que haber leído a Lacan a principios de los
cincuenta le había ayudado a liberarse de la «concepción tradici onal del sujeto»,
pues le enseñó que el «uso aparente de l pronombre yo» disfrazaba el hecho de
que el sujeto es, en realidad, «una cosa muy frágil y compleja, de la que es
muy difícil hablar y sin la cual no es posible hablar ». 276 Esa cosa compleja
y frágil, de la que es difícil hablar (y Foucault emprendió una obra inmensa
para hacerlo), habla. Sin ella no es posib le hablar, porque el sujeto es alguien
hablado pero que habla. Y habla con su cuerpo, como expresa una cita de
Leonardo que Agamben resalta:
¡Oh, matemáticos, aclaren el err or! El espíritu no tiene voz, porque
donde hay voz hay cuerpo... 277
Agamben, que se apoya en la lingüísti ca de Benveniste y su cuestionamiento
de la obra de Saussure, sobre todo en relación con la utilización de los
pronombres personales, considera que aquel inconsciente primario, esa parte
sumergida de la tierra psíquica a la que Freud había aludido, era un no-sujeto,
puesto que la idea de una infancia como una «sustancia psíquica presubjetiva se
revela como un mito similar al de un sujeto pr elingüístico». 278 Considera por
ello que sujeto e inconsciente van parejos y q ue se conforman con/en el
lenguaje. No resulta sorprendente, dice, que Lacan nos demuestre que también
ese inconsciente es en sí mismo lenguaje. Los procesos inco nscientes serían
una dimensión imbricada en el curso de la configuración subjetiva, iniciada,
sinuosamente, a través del periplo de la adquisición del lenguaje. Y es esa
dimensión opaca, no racional, la que pu ede servirnos para pensar tanto la
sedimentación de prácticas y disposicione s como la actividad d e producción de
significados. Entrelazadas ambas en el cuerpo que sufre, padece, goza y vibra.
El lenguaje aprehende un cuerpo que atraviesa y configura, inaugurando
asimismo la posibilidad de refractar y recrear el orden simbólico.
Pero es, en la infancia, un lenguaje que se está adquiriendo. Porque tal
adquisición se da siempre desde el inicio de una vida, en un proceso complejo
y largo, y siempre en un contexto social regulado e intersubjetivo . Por lo
276 (Foucault, 1981a) p . 205.
277 (Agamben, 2001a) p. 7.
278 (Agamben, 2001a).
106 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
tanto, el lenguaje que se va adquiriendo es el lenguaje que está aprehendiend o y
atravesando ininterrumpidamente un cuer po. El inconsciente puede ser otra
dimensión de un cuerpo que se inserta paulatinamente en el orden simbólico,
donde los significantes y la elaboración de significados se encarnarán dando
inteligibilidad al sujeto. También Butler recoge esta idea planteando que «el
sujeto emerge al mismo tiempo que el inconsciente». 279
Pero el lenguaje, en el proceso que dota de inteligibilidad a un cuerpo,
funciona también como un límite. Intr oduce la articulación de una identidad
que se distingue de otras. Hay una fractura que el lenguaje posibilita,
posibilitando a la vez la historia y los re latos desde su singularidad. El yo será
una ficción, como recordaba Foucault del presupuesto lacaniano, una ficción
que enmascara una complejidad irreducti ble a lo consciente. Una ficción que
disfraza la heterogeneidad y encubre un a falta. Ahí es donde Lacan situa la
emergencia del deseo dentro de los pr ocesos de movilidad del sujeto. En una
compleja interrelación entre las instanci as de lo real, lo imaginario y lo
simbólico, se establece la dinámica de l deseo vinculada a la inserción en el
lenguaje y las dimensiones no co nscientes que esto implica. Un cuer po
atrapado por los significantes, pero que goza y sufre. Desea.
Sin embargo, subrayamos que tales procesos están situados en un contexto
relacional, intersubjetivo, regulado a su vez por dispositivos y prácticas
sociales , discursivas y no discursivas. La historicidad de éstas, algo relegado en
muchas versiones de la teoría psicoanalítica, nos sitúa en un espacio de
contingencia que puede ser subvertido, que es subvertido en procesos sociales
de mayor o menor alcance, por sujeto s que resignifican, que impugnan y
desvían normas hegemónicas en sus prácticas. La gente lucha y busca
transformaciones en y desde sus condiciones materiales y simbólicas. Desea
cambios, aunque a veces se desee ta mbién abrazar las propias servidumbres. Y
esto nos sitúa en otra línea de tensió n importante, quizá la más importante en
este trabajo, aquella que se refiere a las relaciones de poder como elem ento
instituyente de una realidad que ha cen aparecer como necesaria, siendo
contingente.
d) Sujeto sujetado y sujeto agen te: entre el poder y la libertad
Si los dispositivos de poder están implicados en la configuración de una
realidad determinada mediante técnicas, discursos, instituciones y prácticas
múltiples y heterogéneas, tal como Foucault planteó, la consti tución social de
los sujetos, la propia inteligibilidad de éstos, vinculada a un orden sociosimbó-
lico determinado, está producida, de al guna manera, por las relaciones estraté-
279 (J. Butler, 1997c) p. 17.
Parte I. Una tensa oscuridad 107
gicas e históricas de poder. El propio c onocimiento sobre ellos es un efecto de
prácticas discursivas determinadas. Sus conductas son disciplinadas o medicali-
zadas, controladas de diversas maneras, como individuos y como poblaciones.
Tal como abordaremos más adelante, los propios juegos de verdad sobre los
sujetos son complejos entramados de prácticas y disciplinas, en la doble
acepción de éstas.
Pero si el poder opera s obre la contingencia, la resistencia, como expone la
obra de Foucault, participa en el juego. El poder dispone estratégicamente los
espacios sociales pero lo hace de ma nera histórica, por lo tanto, cambiante. Y
en tal desarrollo o movilidad, la resistencia y la agencia participan. Lo
pertinente sería analizar cómo opera el poder de manera situada, no tanto qué
sea éste, en conflictiva tensión con las posibilidades de subversiones asimismo
localizadas. La inmanencia de las estrategias (de poder y de resistencia) implica
la necesidad de analizar situadamente tales rel aciones conflictivas. De ahí
una analítica del poder histórica y siempre en la necesidad de re-actualizarse, en
la que la tensión entre la sujeción y la agencia, el poder y la potencia, resulte un
elemento problemático e irreductible.
Judith Butler ha profundizado en esta dimensión productiva del poder
explorando sus dimensiones psíquicas. 280 El interés de abordar mecanismos no
conscientes de estos procesos podríamos cifrarlo como el intento por
comprender aquella vieja perplejidad de Spinoza, «luchan por su servidumbre
como si fuera su libertad». La constitución y las regulaciones de los contextos
sociales pasa por la operatividad del poder sobre y en los cuerpos, sin
establecer una relación dialéctica entre estas dos instancias, poder y
sujeto/cuerpo, puesto que operan y son aquello que emerge y se actualiza en la
propia relación. 281 Pero atender a los procesos inconscientes, ima ginarios y de
deseo, permite explorar las identificaciones y los relatos subjetivos que se
ajustan, más o menos, a los imperativos hegemónicos y desde los que
establecen una tensión o resistencia.
Preguntarnos como lo hace Alvarez–Uría ¿cuáles son los complejos procesos
sociales y políticos pero también los procesos de subjetivación que hacen que los sujetos
abdiquen de su libertad y autonomía? O , c o m o B u t l e r ¿ cuáles son los mecanismos
psíquicos del poder? Nos sitúa en el escenario de una analítica incierta, provisional
y continua, inmanente, de carácter ético y político. Si el poder actúa
produciendo su propia invisibilidad, ¿cómo distinguir la liberta d y la sumisión?
¿las prácticas de libertad y las prá cticas de dominación? Huyendo de las
totalizaciones y descend iendo a las prácticas, Foucault enhebra múlti ples
elementos y relaciones para abordar estas paradojas cuya respuesta será
280 (J. Butler, 1997c).
281 (J. Butler, 2004a).
108 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
siempre precaria. Necesaria y deseablemente precaria. Porque toda historicidad,
por un lado, y la dificultad de hablar por todas y todos, impide el recurso a
formulaciones normativas trascendentes , aunque no impide la toma de
posición, por otra parte inevitable, cuando de las condiciones vitales, las
nuestras, las de otras, hablamos. El sufrimiento, así como los placeres y el
deseo que pueden desprenderse de ellas, son siempre vibraciones de un cu erpo
situado. La práctica teórica es también un campo de lucha que, como todas l as
acciones humanas, tienen efectos en tales condiciones.
Si se concibe lo pensado como un producto i nserto en una superficie
histórica y discursiva, entonces la deconstrucción del proceso a través del
cual ese resultado ha tenido lugar pasará a constituir un elemento clave par a su
analítica. La superficie discursiva ha si do un escenario de la práctica teórica
feminista que precisamente ha impugnado, deconstruido y elaborado diversos
desarrollos teóricos subrayando los efectos que éstos tienen en las vidas de las
mujeres. Porque los sujetos son sujetos engenerados ( gendered ) y ello también se
juega en las mallas del poder. 282
Dicho de otra forma, tal como el colectivo de precarias a la deriva plantea, las
interrelaciones entre poder y cuerpo sexuado s on parte de los procesos de
subjetivación:
Rescatamos tambi én un pensamiento y una pr áctica políti ca que
tematizan el cuerpo como lugar y expresión de la dominación y la
explotación y pe nsamos el cuerp o productivo o la «producción del
cuerpo (sexuado)» com o un proceso conti nuo de encarnación de
subjetividades que se encue ntran si multáneamente suje tadas y en pu gna
por determinar sus cond iciones de desarrollo. 283
e) Sujeto generizado
Que las condiciones de existencia de hombres y mujeres se han producido
de manera parcialmente específica es algo que muchos análisis olvidan. Y lo
olvidan porque figuran un sujeto abstracto que opera como universal y deja en
silencio las situaciones y los contexto s específicos que las mujeres viven.
Obviamente, no consideramos como constante invariable tal operatividad del
sistema de género, puesto que éste adquiere concreciones diversas en articula-
ción con otros dispositivos reguladores y hegemónicos, pero sí un elemento
muy importante en el tra sfondo que deter mina nuestras prácticas sociales. Sus
efectos de desigualdad y sometimiento han sido y son p ermanentemente
282 Recojo el título de una con ferencia de Foucault (Fo ucault, 1981b).
283 (Precarias a la deriva, 2004).
Parte I. Una tensa oscuridad 109
señalados. La cuestión del self siempre ha sido central en el feminismo puesto
que en la sociedad no somos nunca selves simples, sino gendered selves. 284
Incluso la consideración del marco de la diferencia sexual, desde una
estrategia política, debería manten erse tal como argumenta Butler:
(…) porque tr ae a debate l a conti nua realidad cultural y polític a de la
dominación patriarca l, porque nos re cuerda que sean cuales sean las
permutacio nes de géner o que se den, no desafían ple namente el marco
dentro del cu al se desarrol lan, ya que e ste marco persiste a un ni vel
simbólico sobre el que es más difícil inter venir. 285
Foucault consideró la sexualidad en La voluntad de saber como un dispositivo
histórico que en Occidente ha confi gur ado el sexo. Otras autoras, como De
Lauretis y Butler han abordado de manera similar la constitución generizada de
los sujetos, desplazando el núcleo de anális is de la sexualidad como práctica de
inteligibilidad y configuración subjetiva ha cia la consideración identitaria de un
«sexo verdadero» que nos dota de in teligibilidad social. Se gún Butler, por
ejemplo, es necesario:
Mostrar cómo la noci ón misma del sujeto, inteligibl e sólo por su
apariencia de género, admite posib ilidades que antes habían quedado
excluidas forzosamen te por las diversas r eificaciones del géner o que han
constituido su s ontologías continge ntes. 286
Siguiendo a esta autora, la exploraci ón del funcionamiento del sistema de
sexo/género supone la consideración del proceso de configuración subjetiva
puesto que, parafraseándola, así como el sexo era, desde antes, género, el sujeto
era, desde el inicio, un sujeto generizado; es decir, constituido como tal en la
configuración de su ser en el entramad o sociosimbólico. Por lo tanto, sería
interesante que en las reflexiones acerca de las fi guraciones subjetivas, éstas
problematicen y complejicen este ejercici o de poder vinculado a la identidad
generizada y corporeizada de los sujetos. El género se construye en la misma
constitución del sujeto.
Al decir que el género está construido no se afirm a que sea ilusorio o
artificial, ente ndiendo estos términos dentro de una rel ación binari a que
contrapone lo «real» y lo «a uténtico» como una oposición. 287
Siendo pragmáticas, podríamos decir que los discursos que prescinden
radicalmente del sujeto prescinden también a nu estro entender del análisis
284 (Coole, 1995) p. 123.
285 (J. Butler, 2001 b) p. 12.
286 (J. Butler, 1990a) p. 66.
287 (J. Butler, 1990b) p. 66.
110 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
exhaustivo y detallado de las prácticas de sujeción de género, ya que éstas
construyen sujetos, pero sujetos diferentes, “diferencia” que se elabora y
reelabora en diferentes momentos histór icos y entornos culturales diversos,
evidentemente, pero que, como subraya De Lauretis, implica experiencias
distintas para hombres y mujeres, asumie ndo que ni todas las mujeres ni todos
los hombres tienen las mismas experiencias.
Sin abordar este complejo campo de los dispositivos de poder, quedan de
nuevo las definiciones genéricas enraizadas en el oscuro subsuelo de lo natural,
o, lo que es peor, invisibilizados sus efectos de desigualdad efectiva.
Desde sus inicios la reflexión de las mu jeres pone en relación los temas de la
individualidad y de la generalidad, de lo que es único y específico de cada s er y
lo que es general y común a tod as, de la diferencia y de las diferencias. Como el
lema «lo personal es político» indica , se han desmantelado demarcaciones
rígidas establecidas para la acción social y política. Hacer político lo privado,
ése es uno de los ejes del pensamiento feminista en el análisis de la identid ad,
politizando las prácticas cotidianas a través de prácticas intersubjetivas.
Partir de sí misma: esta fórmula ha presentado tal vez una de las
adquisiciones más importantes para las mujeres formadas en el feminismo.
Partir de sí misma significa considerar la propia experiencia individual como
fuente primera de conocimiento, base y fundamento imprescindible para
cualquier reflexión y elaboración posterior es. Sabiendo que no se puede da r un
auténtico conocimiento de la realida d ni transformación alguna de ésta si no es
a partir de una compleja implicación de nuestra singular, específica
individualidad; pero inscribiendo ésta en los contextos sociales e históricos en
los que emerge.
f) La inevitable tensión ética
Si seguimos a Foucault, no es posible moverse fuera de las mallas del poder,
aunque éstas, como dispositivos móviles se rearticulen constantemente y en su
actualización permitan la apertura a lo nuevo e imprevisible. Y si los discursos
forman parte de estos dispositivos conformadores de la realidad, todo discu rso,
cualquiera, tiene efectos d eterminados, sean éstos de solidificación del orden
hegemónico o sean impugnaciones del mism o. Pero incluso en un proceso de
subversión, de crítica de los lugares y de las prácticas reguladas, será difícil
prever los efectos y será difícil sustentar las propuestas en necesidades o
imperativos trascendentes; desde una posición abierta aunque se q uiera
emancipadora, en tanto apuesta antiautoritaria o anhelo de transformación de
las condiciones de vida para evitar sufr imientos evitables, la imposibilidad de
una respuesta totalizada implica una incertidumbre atenta a los efectos
Parte I. Una tensa oscuridad 111
inmanentes y a las experiencias creati vas. También a los efectos de su propio
discurso.
Radicalmente escéptica, 288 la apuesta de Foucault , a pesar de haber sido
calificada de conservadora o paralizante (las interpretaciones son inevitables y
muy discutibles) plantea, a nuestro entender, una actitud de alerta, de no
reificación de un lugar de la verdad defi nitivo y con alcance universal, de crítica
constante, asumiendo en su quehacer la dimensión política y ética de toda
práctica y su compromiso con los diferentes contextos en los que se desarrolla.
Lo importante es que la verdad no está fuera del poder, ni car ece de
poder.[…] la verdad es de este mundo. 289
Su escepticismo y sus desarrollos teóricos le impiden aceptar la figura de un
intelectual universal que dijera y supiera un a verdad y una respuesta
omnipotente. Formula la figura del intelectual específico , vinculado con la crítica en
un ámbito localizado e inmanente; c onsciente de la responsabilidad, al
intelectual específico, en tanto la verdad es una cuestión también de lucha
política, le corresponden responsabilidades «que de buen o mal grado está
obligado a adoptar». 290
No hay ninguna posición política purificada de poder. 291 Ni siquiera una
evidencia acerca de qué sea lo subversivo o aquello que no lo es. Tales juicios
son difícilmente sostenibles fuera de un contexto o al margen de la
consideración de lo que sus protagonistas expresan. Aunque podamos
considerarlos de manera estratégica o co mo paulatinos avances. Lo cual enlaza
con la importancia que adquiere la re sponsabilidad en tanto dar cuenta de
manera intersubjetiva de aquello que se hace.
***
Por lo tanto, pensaremos el espacio subjetivo como un efecto de los
procesos de subjetivación sociales, proces os que lo configuran como sujeto al
tiempo que lo sujetan en el desarrollo de prácticas sociales discursivas y no
discursivas, que in–corporan efectos se miótico-materiales; también como un
espacio en tensión compleja, que sigue sujetándose per o que establece
innovaciones y subversiones en una dinámica donde la actividad significante se
288 En una de sus últimas entrevis tas, Foucault se considera a sí mismo como u n pensador
radicalmente escéptico. (Foucaul t, 1984e) p. 707, aun que caracteriza su labor filosófica
dentro de la función que la fil osofía ha re alizado que consiste en desafiar todos los
fenómenos de dominación (Foucault, 1984d) p. 729
289 (Foucault, 1999) p. 53
290 (Foucault, 1999) p. 53
291 (J. Butler, 1990a) p. 25
112 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
da imbrincando procesos racionales y no racionales, emocionales e
intersubjetivos.
Tal como diferentes autores han señ ala do, es mucho más difícil pensar en
términos de relaciones que de sustancias , de relaciones potenciales que de
intercambios visibles (Deleuze, Bourdieu, Ibáñez). Por eso, porque se arrastra
una dificultad y tendencia insidiosa a analizar aquello que se ve y a reificar
aquello que sucede, hay cuestiones como la del poder y la constituci ón y
regulación del género se han estudiado en ocasiones de forma limitada, dejando
que a través de las redes conceptuales predefinidas se esca pen procesos y
conexiones entre ellos como si de agua se tratara.
Como dicen Bürger y Bürger, es necesario apostar por un pensamiento que
se mueva entre los dos paradigmas, fronterizo: que evite, porque le son
imposibles, las aseveraciones rígidas acerca de la inexistencia o de la existencia
del sujeto. 292 Tales aseveraciones siempre ocultan algo. Un pensamiento que se
mueva entre los dos como es el caso del de Foucault, o que los relacione, como
es el caso de Lacan según estos autores, y sobre todo, que los supere
vinculándolos, como puede ser la teor ización enmarcada en el pensamiento
postestructuralista feminista; éste ha desplegado un análisis exhaustivo y
comprometido de diferentes conceptua lizaciones del sujeto, y lo ha abordado
considerando la dimensión generizada del sujeto, corporeizado, sometido a
servidumbres seculares, pero capaz de analizar y modificar tanto los discursos
como las prácticas, en beneficio de esos individuos que viven y se
experimentan como mujeres. Una ana lítica del poder compleja permitirá
alejarnos de homogeneizaciones simplificadas de estas últimas. Pero la analítica
del poder, y ha sido éste el inicio remoto de nuestra empresa, atraviesa los
procesos de configuración subjetiva.
Poder y subjetividad, pues, imbricados en el análisis y la crítica de nosotras
mismas, esa ontología del presente que desarrolló Michel Foucault,
insertándose, según él, en una tradición crítica y reflexiva: un ethos filosófico que
enraíza en la obra kantiana. 293 Labor siempre pertinente e interminable, en
nuestro caso centrada en el análisis de los dispositivos de género.
Pensar, decía Deleuze, es lanzar los dados. Hagámoslo y hagámoslo de una
manera obstinadamente problematizadora de las cer tezas.
292 (Bürger y Bürger, 2001).
293 (Foucault, 1984i) p. 575 .
Parte II. Poder y subjetividad: la tensión entre
sujeción y agencia
El fuerte no es a bsolutamente fue rte, ni el débil absolut amente
débil, pero ambo s lo ignoran.
Y entonces van más allá de la fuerz a de que disp onen, (…) y
allí están desnud os expuestos a la desgracia, sin la arm adura
del poder que protegía sus al mas, sin qu e nada en adel ante los
separe ya de la s lágrima s.
S IMONE W EIL , La Ilíada o el poema de la fuer za
Sed sólo vuestro rostro. Id al u mbral.
No sigáis siendo los sujetos de vu estras facultades o
propiedades, no permanezcáis po r debajo de ell as, sino id con
ellas, en ellas, m ás allá de ellas.
G IORGIO A GAMBEN , Medios sin fin , 2001
Parte II. Poder y subjetivi dad 121
Según Laclau, las relaciones de poder fijan en procesos hegemónicos el
significado, reifican y naturalizan. Lo dado no es causa ni precedente, es
precisamente el efecto de procesos de determinación. La contingencia radical
de lo social adquiere rasgos de necesidad cuando los dispositivos de poder
sedimentan determinados efectos. Y tal como Foucault planteó, ningún
ejercicio de poder será más efectivo que aquel que no aparece, es decir, que
aquel que adquiere invisibilidad expulsado de lo visible o enunciable por efecto
de un régimen de verdad. Y una de las estrategias privilegiada en relación con
esto ha sido, por supuesto sobre todo en relación con los dispositivos de
género, la naturalización.
En 1973, Foucault se preguntaba en relación con el sistema penal:
El problema es saber si es imaginable una sociedad en la que l a
aplicación de las reglas estaría controlada por los propios grupos
sociales . Y en esto radica la cuesti ón del poder políti co, el problem a de
la jerarquía, de la autoridad, del Estado y de los aparatos de Est ado.
Unicamente c uando se hay a dilucidado esta inmensa c uestión se podrá
decidir finalmente si se debe poder castigar de esta forma, o es
totalmente i nútil castigar, o si la sociedad debe dar ésta u otra respuesta a
una conducta irregular. 309
Esta inmensa cuestión, ampliada a otros ámbitos, quizá no pueda resolverse
de manera definitiva. Quizá no deba. Quizá la alternativa sea pensar una
partida constante, abierta y en riesgo permanente de problematizació n y
tensiones, en las redes enmarañadas d el poder y de la libertad.
Todos mis análisis van en contra de la idea de necesid ad universales
en la existencia humana. Muestran la ar bitrariedad de las instituci ones y
muestran cuál es el espacio de libertad del que todaví a podemos
disfrutar, y qué cambios pued en todavía realizars e. 310
Hay una promesa de libertad en las palabras de Foucault, una promesa que
pasa por desmantelar las evidencias y problematizar las verdades. Una libertad,
pues, vinculada a la idea de poder y dominación, puesto que demostrando la
arbitrariedad o la contingencia, es deci r, que algo se ha instituido como
necesario hasta llegar a ser incuestionado, oculta todas esas prácticas y
dispositivos, esos juegos de fuerzas que lo hicieron progresar, pero cuya
inmanecia implica la posibilidad de otras formas y prácticas diferentes.
309 (Foucault, 1973b).
310 (Foucault, 1988c) p . 779.
122 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
Parte II. Poder y subjetivi dad 123
Capítulo 3. Un poder sin un afuera : 311 poder y sujeto en
Michel Foucault
Me parece efectivamente, q ue el poder e stá «siempre a hí», que
no se está nunca «fuera», q ue no hay «márgene s» para la
pirueta de los que está n en ruptur a
M ICHEL F OUCAUL T , Pouvoirs et stratégies , 1977 312
(El polo subjetividad y v erdad) ése ha si do siempre mi proble ma
M ICHEL F OUCAUL T , L’éthique du souci comme pr atique de la liberté ,1984 313
No pretendemos exponer aquí de forma exhausti va y sistemática todo el
desarrollo teórico de la obra de Michel Foucault. Queremos, por el contrario,
señalar algunos de los elementos noda les de su pensamiento y forzar los
espacios que entre ellos se abren y que permiten plantear aquell o que fue una
de las aportaciones más s ignificativas de su trabajo: hacer nuevas preguntas. Su
lucidez implacable iluminó y cuestionó aquellas verdades establecidas. Nunca
quiso que su obra fuera objeto de veneración o de exégesis. Intentaremos
encontrar entre la producción caleidoscópica de Foucault, la tensión y la
reflexión continuas que permiten socava r lo establecido, incluso las versiones
de su propia obra, con otras miradas y preguntas.
En uno de los textos de sus últimos años, como ya señalamos, Foucault
vuelve su mirada hacia el acontecimiento de la ilustración y a la consideración
k a n t i a n a d e l a m i s m a . E n é l s e ñ a l a u n «cambio de respiración» histórico en el
pensamiento que, por primera vez, se in terroga acerca de sus posibilidades y
límites en estrecha vinculación con su presente, con las condiciones
históricas en el que se desarrolla. Foucault mismo se situará en esa trad ición
que se pregunta mediante la reflexi ón crítica por sus circunstancias y sus
aprioris. Como Deleuze ha señalado, re planteó las preguntas kantianas en una
serie inquisitiva: ¿qué puedo saber? ¿qué puedo hacer? ¿quien soy yo? , 314 es decir, la
reflexión sobre las posibilidades y los juegos del saber, del poder y de la
subjetividad en tanto conjunto de las experiencias que uno hace de sí mismo.
Pero estas reflexiones se dan con una ex plícita voluntad situada, no como un
311 Recogemos la formulación que Ewald utilizó en el encuentro i nternacional o rganizado en
París en 1988 por la A ssociation pour le C entre Michel Foucau lt .
312 (Foucault, 1977f).
313 (Foucault, 1984d) p . 708.
314 (Deleuze, 1986).
124 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
ejercicio de pretensiones totalizadoras o universales, sino ceñido a su presente
y a su experiencia. Ceñido a la consid eración de los aprioris que lo hacen
posible, para lo cual su mirada retroceder á más y más lejos en la historia, pues
es en la genealogía y el contraste dond e emerge el caracter contingente d e lo
que somos.
«La espiral foucaultiana», como la ha denominado Maite Larrauri, se
desplaza y retrocede, descubriendo en su movimiento nuevos elementos
pertinentes de análisis, fruto, asimismo , de una problematización constante de
lo establecido. Esta espiral avanza desde la co nsideración del saber y las
formaciones discursivas hacia las relacione s de poder múltiples, vinculadas así
mismo con aquél, hasta alcanzar el anális is de las formas del sujet o, implicadas
también en el análisis precedente. Son las complejas relaciones entre esto s
ámbitos lo que será una y otra vez pe nsado, a través de desplazamientos y
revisiones reiterativas e innovadoras.
Habitualmente se considera a Foucault un pensador del poder. Nosotras
llegamos a su lectura con la voluntad de encontrar herramienta s para pensar las
relaciones de poder, en nuestro caso, desde una óptica de género. Como todos
los viajes no programados, esta lectura nos condujo por caminos imprevistos y
fascinantes. Y descubrimos en él una cartografía accidentada para pensar el
poder y el sujeto: las relaciones de poder y la manera en la que puede pensarse
la configuración subjetiva vinculada a éstas.
3.1. Analítica del poder
Foucault manifiesta desde el principio su «interés en mostrar que las
relaciones políticas no existen únicamente en el ámbito de la «sociedad política»
sino que penetran y tejen toda la fluctuante red de la sociedad civil (y que
incluso constituyen la microfísica de lo genuinamente político)» 315 . Esta
contundencia en la consideración de los espacios no contemplados por la
política convencional confluye y resulta relevante para la práctica feminista,
como veremos más adelante, en su denuncia y esfuerzo de análisis de las
relaciones de dominación que en los ám bitos «privados» se han localizado. Por
supuesto, esto tendrá consecuencias ambiguas y contradictorias en el sentido
de generar exigencias de que el Estado intervenga y regule derechos, o en no
considerar que ésta sea la práctica adecuada para lograr transformaciones.
Es ya casi un lugar común la asev eración de que Foucault ejerció una
considerable influencia y estableció una ruptura significativa frente a versiones
315 (Pardo, 2000) p. 43.
Parte II. Poder y subjetivi dad 125
anteriores al reconceptualizar el poder. Pe ro de este ejercicio no se pued e dar
cuenta completa y sustantiva, porque su noción de poder no responde a una
teorización sistemática ni totalizada, puesto que en su análisis el poder muta en
relaciones de poder cambiantes y heterogéneas .
El poder, en realidad, son unas rel aciones, un h az más o menos
organizado, más o menos pira midalizado, más o m enos coordina do de
relaciones. 316
El poder no es una sustancia ni un principio omniexplicativo: «el poder,
para mí, es aquello que debe ser explicado«. 317 No parte, por lo t anto, de una
noción establecida y generalizable, sino que es en los pasos de su trabajo
analítico donde emergerán constataci ones y conceptualizaciones provisionales
y localizadas, pues las relaciones siempre se sitúan en un escenari o histórico.
Antes que interrogarse sobre qué sea el poder, Foucault plantea, por tanto,
la cuestión del cómo, más concretame nte cómo se ejerce , situando su analítica
como investigación crítica y empírica. 318 El poder es algo que se ejerce, no se
tiene, y se ejerce mediante procesos di versos. De esta manera nos presenta,
más que una teoría del poder, una analítica del poder , aunque esta requiera de
conceptualizaciones previas pero provisionales:
Si tratamos de edificar un a teoría del poder, nos ver emos siempre
obligados a consider arlo como surgiend o de un punto y en un m omento
dado, del que se deberá hacer la géne sis y luego la ded ucción. Pero si el
poder es en re alidad un conjunto abierto, más o menos coo rdinado (y sin
duda tirando a mal coordinado) de rel aciones, en ese caso, el único
problema con siste en procu rarse una red de análisis, que permita una
analítica de las relaciones de poder . 319
Esta red de análisis será, inevitablemente, un andamiaje provisional en
desarrollo y siempre referido al contexto histórico . Analizar las relaciones
de poder supone, por lo tanto, analizarlas en un momento y contexto social
siempre en proceso de cambio, lo cual no quiere decir, de ninguna manera, de
cambio teleológico en pos de un progreso que nos hiciera concebir la historia
como la acumulación finalista, bien sea de libertad, de riqueza o de moralidad.
En la obra del propio autor, en el avance de esta red que permita analizar las
relaciones de poder, ésta se desplaza desde una consideraci ón jurídica del
poder, desde el modelo jurídico de soberanía, a un paradigma estratégico. Se
trata de desamarrar la mirada sobre el poder de sus enganches habituales y con-
316 (Foucault, 1977c) p . 302
317 (Foucault, 1980) p. 83
318 (Foucault, 1982c) p . 233
319 (Foucault, 1977c) p . 302
126 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
vencionales para poder contemplarlo y pensarlo de otra forma. «El modelo
jurídico presupone al individuo como sujeto de derechos naturales o de
poderes primarios; tiene como objetivo dar cuenta de la génesis ideal del
Estado y, por último, hace de la ley la manifestación fundamental del poder»
( Resumé du cours 1975-1976). 320 El modelo jurídico como esquema de
interpretación es una herencia que hemos recibido y que debemos cuestionar
para liberar el espacio de una analítica del presente. Frente al paradigma
jurídico concebirá el paradigma estratégic o, el cual problematiza las asunciones
incuestionadas del anterior.
Frente al paradigma jurídico que presupone a los sujetos pre-constituidos:
«habría que ensayar el estudio del poder no a partir de los términos primarios
de la relación, sino a partir de la relación en sí misma […] y cómo las relacio-
nes de dominio pueden constituir a los sujetos». 321 «Lo que caracteriza al poder
que nosotros analizamos es que pone en juego relaciones entre personas (o
grupos).» 322
Si el poder es aquello que ha y que explicar, que no está definido
a problemáticamente desde el principio, es necesario atender a sus procesos y
efectos, hay que «bajar a la mina», ha y que rastrear sus mecanismos allí donde
se producen huyendo de formulaciones totalizadoras e invariables. La
inmanencia del ejercicio del poder, la im posibilidad de localizarlo en un lugar,
en una institución o ley, es puesta de relieve mediante su aseveración de que el
poder, paradójicamente, no existe:
El poder no existe . Quiero decir con esto: la ide a de que hay en u n
sitio dado, o emanado de un punto dado, algo que es un poder, me
parece reposar sobre u n análisis falseado. 323
La noción de poder, por lo tanto, denomina situaciones estratégicas en
las que se ejerce como forma de restricción o de producción sobre un cam po
de posibilidades. Es algo más que las leyes, que los castigos y que las
prohibiciones; se trata de un campo de fuerzas que regulan las prácticas al
actualizarse en ellas, porque «hay que comprender que no hay norma en sí, que
no hay ley pura, que se afirme como tal en su relación formal consigo
misma» 324
Esto supone que estamos insertos en relaciones de poder que, incluso, nos
han configurado. Pero un poder sin un afuera qu e no adquiere de forma exclusiva
la apariencia de una represión o una pr ohibición permite, es más, implica, pen-
320 (Foucault, 1989).
321 Íbid.
322 (Foucault, 1982c) p . 223.
323 (Foucault, 1977c) p . 302.
324 (Macheray, 1989) p. 180 .
Parte II. Poder y subjetivi dad 127
sar en la resistencia. Como las relaciones de poder son vectores de fuerza,
como no se manifiestan como determinaciones absolutas, —lo cual no nos
permitiría hablar de poder sino de otra cosa, como veremos más adelante—
Foucault considerará que no hay rel aciones de poder sin resistencias, y que si
éstas existen es porque estamos enmarañados, precisamente, en relaciones de
poder. Pero resistencia es una cosa, y libertad, otra. Veremos más adelante
cómo situará las posibilidades del ejercicio de ésta última en el desarrollo de su
propio pensamiento.
Por lo tanto, lejos de configurar una nueva teoría, cometido que siempre ha
rechazado, encuentra sus líneas más f ecundas precisamente en aquello que
rechaza, en la pues ta de manifiesto de las insuficienc ias de los modelos
comúnmente aceptados. Por ello, Foucault se opone tanto a la visión del poder
de cuño dialéctico o marxista –fundamentalmente de elaboraciones marxistas,
no tanto de la propia obra de Marx– cuanto al modelo jurídico de soberanía: 325
Es cierto que fui conducido a interesarme de cerca en l a cuestión del
poder. Pronto vi que, si el s ujeto humano está atrapado en rel aciones de
producción y en relacion es de sentido, también est á igualmente atrapado
en relaciones de poder de una gran complejidad. Ahora bi en,
disponemos, graci as a la historia y a la teo ría económica , de instrumentos
adecuados para estudiar l as relaci ones de producci ón; asimismo, la
lingüística y la semiótica nos proveen de instrume ntos para el es tudio de
las relaciones de sentido. Pero, respec to a las relaci ones de poder, no hay
ninguna herramie nta definida: sólo po díamos recurrir a ma neras de
pensar el p oder que se apoyab an bien sobr e modelos jurídicos (¿es
legítimo el poder?) bien sobre m o delos institucionales (¿qué es el
Estado?). 326
Este rechazo y problematización de las formas habituales de concebir el
poder lo llevan a puntualizar repetidamente aquellos postulados que rechaza
en su analítica, incluso aquellas inter pretaciones que de sus palabras se van
realizando. De una manera muy si ntética señalamos las asunciones
convencionales que él impugna, y para e llo seguimos el esquema propuesto por
él mismo y recogido, entre otros, por Ibáñez o Rodríguez Magda: 327
• postulado de la propiedad : «ellos tienen el poder» (aunque Foucault señale
el valor político y estratégico que tal expresión puede condensar 328 ).
• postulado de la localización : habría un centro o un núcleo desde el que se
desprende el poder. Para él, el aparat o de Estado, por ejemplo, no es el
origen, sino «una forma concentrada —una es tructura de apoyo— el
325 (Rodríguez Magda, 1999) p . 153
326 (Foucault, 1982c) p . 223
327 (Ibáñez, 1982); (Rodrígue z Magda, 1999) p. 1 57
328 (Foucault, 1987) p. 211
128 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
instrumento de un sistema de poderes que lo desbordan
ampliamente». 329
! postulado del poder como derivado exclusivamente de las relaciones de
producción : «el poder no se puede comprender como el gara nte de un
modo de producción, el Poder es, de hecho, u no de los elementos
constituyentes del modo de producción, funciona en el corazón mismo
del modo de producción» . Hay una relación permanente y mu tuamente
condicionante entre diversos procesos:
Se puede ver cómo estos mecanismos de poder, en un
momento dado, en una coyuntura precis a, y mediante un
determinado número de tra nsformaciones, han empe zado a
volverse económicamente v entajosos y políticamente útiles. […] la
burguesía ha enc ontrado su pro pio interés n o en la exclusión de
los locos, por ejempl o, sino más bien en la técnica y en el
procedimiento mismo de l a exclusión. 330
• postulado de la esencia o del atributo del poder: el poder no es ni una cosa
ni otra, no se puede decir que alguien «tenga» el poder.
• postulado de la modalidad : no hay un modo exclusivo de ejercicio del
poder, las relaciones de poder son múltiples y heterogéneas.
• postulado de la legalidad : el poder no son las leyes, o no tienen a és tas
como instrumento exclusivo de su ejercicio.
Frente a ello, como hemos señalado, el poder será pensad o en términos
relacionales, heterogéneos, se ejercerá mediante técnicas variadas y constituirá
una madeja coordinada y estratégica que , no obstante, no será producida en su
origen por la voluntad de un(os) sujeto(s), aunque éstos par ticipen parcial-
mente en la determinación de sus racionalidades u objetivos locales.
Foucault se pregunta si es necesaria una teoría del poder y, como toda teoría
supone una objetivación previa, «ninguna puede servir de base al trabajo de
análisis». Pero todo análisis requiere de una «conceptualización previa de los
problemas tratados y esta conceptualización implica un pensa miento crítico–
una verificación constante ». 331
Este proceso en equilibrio en tre la reflexión crítica y el aterrizaje empírico
socava las miradas monolíticas sobre el poder, así como la consideración
metafísica de éste, acusación que h a recibido repetidamente. Frente a ello,
Foucault juega la batalla de la es trategia desencializadora y móvil:
329 (Foucault, 1987) p. 212
330 (Foucault, 1976a) pp . 182-183
331 (Foucault, 1982c) p . 223
Parte II. Poder y subjetivi dad 129
Hay que ser nominalista , sin duda: el poder no es una inst itución y no
es una estructura, no es cie rta potencia de la que algunos estarí an dota-
dos; es el nombre de una situación estratégica comple ja en una soci edad
dada.
En el poder no hay intencionalidad, hay estrategia sin sujeto. Las estrategias
son anónimas. Es el esbozo de un mapa, de una cartografía de las relaciones
de fuerza lo que Foucault acomete: un diagrama, dirá Deleuze. 332
a) Microfísica del poder
Así sitúa Pardo el esfuerzo foucaultiano para ampliar la c onsideración
convencional del poder:
El poder es la energía política microfísica que carga ese «campo de
mayo» de las relaciones soci ales y el conjunto de estas relaciones desc ribe
lo que podríamos ver de la vida social si la desnudásemos de la pesada
coraza de «repres entación» formada por el Derecho y los grandes
aparatos del Estado 333
Si el poder se ejerce, vincula y produce, atraviesa lo social configurándolo,
su análisis difícilmente puede reducirs e a la consideración de las grandes
estrategias (que también) o a las formas jurídicas que adquiere (que también). Si
el poder es relacional y produce, penetra los cuerpos, su análisis requiere
también de la exploración de estas microrrelaciones: una microfísica del poder
que alcanza los espacios sociales recó nditos convencionalmente excluidos de
su análisis. Este poder se remite a la aparición de nuevos procedimientos,
instrumentos, un aparato complejo durante los siglos XVII y XVIII , que n o es
transcribible en términos de soberanía y que ha sido «uno de los instrumentos
fundamentales de la implantación del capitalismo industrial y del tipo de
sociedad que le es correlativo». 334 Esto le lleva a decir:
Se debe hacer un análisis ascende nte del poder, arrancar de los
mecanismos infinitesimales , que tienen su propia hi storia, su propio
trayecto, su propia técnica y táctica y ver después cómo estos
mecanismos de pode r han sido y todaví a están inv estidos, coloni zados,
doblegados, transform ados, desplazados, exte ndidos por mecanismos
más generales y por formas de domina ción global . 335
Tal como Pardo señala, en la obra de Foucault parece dibujarse una fascina-
ción en torno a la escena en la que un cuerpo desnudo, el « hombre infame», se
332 (Deleuze, 1986) p. 66 (en castellano).
333 (Pardo, 2000) p. 35.
334 (Foucault, 1976a) p . 186.
335 (Foucault, 1976a) p . 181.
130 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
expone sin mediación alguna a la maquinaria del poder, imagen cuyas versiones
diferentes aparecen en Historia de la locura, El nacimi en to de la clínica, Vigilar y casti-
gar o Vidas de los hombres i nfames , pero también en textos sobre literatura y en la
reflexión de su experiencia política. Bajo el rótulo de «microfísica del poder»,
por lo tanto, «la apelación a lo físico es al menos tan prin cipal como la apela-
ción a lo micro» 336 . Lo físico alude y contempla el cuerpo como organismo que
sufre, que es exhibido o analizado, mirado, que es disciplinado y situado –
dispuesto— en coordenadas espacio-temporales determinadas.
Las relaciones de poder configuran lo social como un campo de fuerzas
inestables pero efectivas, que se difunden y penetran hasta aquellos espacios
íntimos habitualmente contemplados, desd e otros paradigmas, como un afuera
de tales relaciones de poder. Este alcance micro y difuso puede referirse con el
término capilaridad d el poder. La dimensión relacional caracteriza esta
capilaridad como un ejercicio múltiple que no tiene un solo origen ni puede
localizarse sólo en algunos espacios, «el poder se ejerce desde puntos
innumerables» 337 . Los excede de manera fluida y tensional, evitando a sí
concebir el poder como una posesión o propiedad. Precisamente, sería preciso
estudiar el poder no a partir de los térm inos primitivos de la relación, si no a
partir de la relación misma, en tanto que es ella quien determi na los elementos
sobre los cuales actúa. 338
Relacional, estratégico, múltiple y capilar, el poder es ante todo, productivo .
«de un modo general, diría que la prohibición, el rechazo, lejos de ser las
formas esenciales que adopta el poder, no son sino sus límites extremos, sus
formas rudas o extremas. Las relacione s de poder son por encima de todo
productivas». 339 Tal productividad será exhaustivamente examinada mediante el
análisis de la disciplina y de la norma, que sujetan produciendo a los sujetos
mediante regulaciones normativas y n ormalizadoras. Pero también lo será en
relación con los juegos de verdad que en una época rigen y tienen efectos, y en
el análisis de las prácticas de sí y la constitución de los sujetos morales.
El poder es productivo, sobre todo, porque «las relaciones de poder
penetran los cuerpos» 340 . El término « assujettissement », sujeción, señalará
esta productividad que opera «progresivamente, realmente, ma terialmente; […]
constituye los sujetos , el sujeto, a partir de la multiplicidad de los cuerpos, de
las fuerzas, de las energías, de la s materias, de los pensamientos, etc.». 341
El poder, dirá asimismo, no existe más que como acto . 342
336 (Pardo, 2000) p. 30.
337 (Foucault, 1976b) p. 123.
338 (Foucault, 1976c) p . 124.
339 (Foucault, 1977e) p . 263.
340 (Foucault, 1977d).
341 (Foucault et al. , 1997) p. 21 (cours du Co llège de France 1975-1976).
342 (Foucault, 1982c) p . 236.
Parte II. Poder y subjetivi dad 137
aquí que el poder, puro ejercicio, preci se libertades sobre las cuales ejercerse.
En conclusión, donde hay poder, hay resisten cia. Pero, al hablar de resistencias,
como al hablar de poder, hay que ser nom inalista: resistencia al poder es el
nombre que se atribuye a una situación oc asional de fuerzas activas, y, en vez
de preguntar qué sea, ha de preguntarse cómo funciona : «la resistencia es,
pues, como el poder, múltiple e integrable en estrategias globales». 356
Podemos resistir y resistimos normas, incluso creamos normas nuevas. La
tarea de Foucault no parece consistir en huir de las normas sociales, lo cual
sería imposible, sino en plantear la posib ilidad de subvertirlas hacia situaciones
de no sometimiento:
Me dedico a analizar mecanismos de ejercicio efectivo del poder; y lo
h a g o d e m o d o t a l q u e a q u e l l o s q u e s e e n c u e n t r a n i n s e r t o s e n a l g u n a
relación de poder, quienes están impli c ados en ellas, puedan escapar de
ellas a través de sus acciones de re sistencia y rebeli ón, puedan
trasformarlas de modo que no estén s ometidos ya 357
O, en sus últimas obras, en la posibilidad de crear formas de ser y de
interactuar que ensanchen el caudal de lo posible, aunque nunca podamos
suponer que este caudal es progresivo e irreversible, o que garantice las
condiciones para el ejercicio de la liberta d a todo el mundo. Si el poder no se
ejerce sobre sujetos dados, éstos se c onstituyen en sus mallas, un modo de
resistirlo entonces consiste en cuestionar esa subjetividad constituida de
hecho. Abrirnos a nuevas posibilidades de ser, algo que nos lleve más allá de
nuestros propios márgenes.
No obstante, si el sujeto para la mira da de Foucault es un sujeto sujetado
(« assujetti ») y su experiencia no es sino su com portamiento tal y como puede y
debe ser con arreglo al momento hist órico y las configuraciones de poder-
saber, si ese sujeto está atrapado en un a red de pr ácticas que determinan lo que
es, tal como analizó conceptualizando los dispositivos disciplinarios y
normalizadores, ¿cómo podremos cambiar, alterar, inventar, crear nuevas
formas de vida? Es e l problem a de la libe rtad e l que Foucau lt se pla ntea rá hasta
el final de su vida. En palabras de Ma ite Larrauri: «cómo hablar de libertad en
el seno de la determinación». 358
No tener garantías acerca de la libertad, sino concebirla como un ejercicio
permanente que laberínticamente nos en reda en relaciones de poder, supone
una revisión constante de aquellos efecto s nuevos establecidos y una inquietud
permanente, una impaciencia por la libertad nunca satisfecha. En sus palabras,
será una moral de la incomodidad — une morale de l’inconfort —.
356 (Foucault, 1977f) p. 425.
357 (Foucault, 1980) p. 93.
358 (Larrauri, 1996) p. 3.
138 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
Si el poder no debe analizarse como si su origen se hallase en un centro de
irradiación, sino que ha de ser observado en sus extremos, donde se torna
capilar, inestable y difuso, la resistencia al poder debe conceb irse también de
forma microfísica , cual maraña de fuerzas que se oponen a otras. Las
resistencias, por muy frágiles y di spersas que sean, existen. Podemos
encontrarlas allí donde otros construyen relatos victimizadores que niegan la
agencia. La cuestión en juego será su intensificación y su efectividad, lo que nos
conduce a analizarlas siempre de manera situada y en relación con aquellos
elementos enmarañados que las condic ionan o las agitan o las ponen en
relación en una nueva situación estr atégica. Las relaciones de poder abren
delante de ellas, «todo un campo de respuestas, reacciones, efectos,
invenciones posibles». 359
Si las relaciones de poder se config uran según un cálculo impersonal o
estrategia sin estratega, y cr istalizan en dispositivos de conjunto, las resistencias
al poder trascienden también las inten ciones de los agentes. Se reconocerán
por la constante ruptura de sus posibles códigos, por su alejamiento respecto a
los diagramas según los cuales todo pod er se estructura, por su permanente
tendencia a destruir cualquier forma de totalidad social 360 . P or ello las
resistencias son aquí luchas inmediatas, actuadas, pensadas o no, que rompen
las reglas en el mismo acto de ponerlas en juego .
«Hay siempre algo e n el cuerpo social, en las clases, en los grupos, e n
los individuos mismos, que escapa en cierto modo a las relaci ones de
poder; algo qu e no es la materi a prima más o m enos dócil, o reaci a, sino
el movimiento centrífug o, la energía inversa, la escapada. Sin duda, «la»
plebe no existe, pero «hay» plebe». 361
Algo que se resiste a quedar asimilado en el orden del saber y poder
consagrados. Paradoja de ese no existe pero hay . Quizá ese «hay» remita a una
constatación indefinida que en la palabra existenci a encontraría la necesidad de
caracterizarse, de vestirse de propiedades y especificidades. Si algo existe tiene
características y propiedades precisas. Quizá su «hay» remita a una instancia
mucho más difusa y, por lo tanto, relati va siempre a las situaci ones concretas y
a actualizaciones imprevisibles.
Cuando a Foucault se le reprocha que con su idea de plebe incurre en
vaguedad de los conceptos teóricos para olvidarse de las realidades concretas
de la vida social, se olvida que, si sus soluciones adoptasen como punto de
partida tales realidades, ese punto inicial ya se hallaría codificado dentro de la
359 (Foucault, 1982c) p . 236.
360 (Hurtado Valero, 1994).
361 (Foucault, 1977f).
Parte II. Poder y subjetivi dad 139
situación de poder actual. 362 Quizá por eso la analítica del poder adquiere la
forma de una genealogía que permite si empre problematizar el presente.
Se le ha acusado a Foucault de provocar desactivación política, en relación
con formas habituales de llevarla a ca bo como los partidos políticos; también
un individualismo que reflejaría, por ej emplo, su manifiesto sobre los derechos
humanos, que comenzaba así: «los aquí reunidos somos únicamente personas
privadas…» o sus últimas obras. Fue muy escrupuloso en su voluntad de evitar
esa «indignidad de hablar en nombre de otros». 363 Y esto, aunque suponga
desafíos y problemas, no supone, como se ha llegado a decir, una «huida hacia
lo privado», sino la advertencia de que hablar por otros implica también una
relación de poder que puede tener efectos autoritarios. Significa que, en última
instancia, solo el sujeto puede dar cuenta de sí mismo como oprimido o decidir
actuar o confrontarse. Lo cual nos plantea dos enor mes paradojas, el lugar del
sujeto (frente a su muerte o agonías) y la paradoja de cómo éste, si es
precisamente producto de dispositivos históricos, si el poder llega a conformar
incluso sus deseos o sus criterios decisionales, puede volverse contra eso:
dónde estaría esa radical voluntad no contaminada que pudiera manifestarse
como libertad.
La cuestión del sujeto la abordamos tal como hemos señalado
anteriormente, como proceso en tensión, como espacio en el q ue se inscriben
los discursos sociales pero en cuyo trascurso se confo rma un cuerpo
atravesado por dolores y placeres, y cuyo residuo singular , vincul ado al deseo, tal
como abordaremos, sostiene sus desplazami entos. No es el Sujeto consciente y
ontológico previo a las relaciones sociales sino el sujeto entrelazado y tejido
por éstas. Pero un sujeto cuya libertad relativa lo hace sujeto ético y
responsable. Aunque, creemos, el grado de sujeción y sometimiento
introduciría un elemento importante en la consideración de la responsabilidad.
La segunda cuestión, que se solventaría fácilmente con términos como el de
ideología o falsa conciencia, los cuales salvaguardan un lugar para una visión
objetiva y verdadera, creemos que supone un desafío constante para la acción
política, pero que, a la vez, nos oblig a a ver ésta como proceso inacabable,
abierto, puesto que nadie podría determinar a priori o de forma estable la
bondad de casi nada. Serán los efectos autoritarios o de dominación, nunca
previsibles del todo, los que irán constituyendo el recurso provisional para el
compromiso político. Si, por ejempl o, como plantea Nicholson y otras
feministas, una definición de mujer no debe sustentar la práctica feminista, sino
que hay que entender ésta como una coa lición estratégica, no de grupos, sino
de mujeres, para evitar los efectos excluyentes que el discurso feminista
362 (Hurtado Valero, 1994).
363 (Ibáñez, 2001).
140 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
también ha provocado, es irrenunciable plantear que la singularidad de un
sujeto (sea fragmentado, múltiple, herido , como dirá Ricoeur) actúe. Quizá la
ética de Foucault, como plantea Schmid, consista en evitar que las relaciones de
poder se consoliden en estructuras permanentes. 364 Podría decirse, desde la
desnuda consideración de los sufrimientos y placeres, malestares y bienestares,
que hay ficciones o regulaciones permanen tes que son mejores que otras. No
sería necesario aludir a criterios univ ersales problemáticos, o podría hacerse
como estrategia política siempre abie rta, tal como plantea Judith Butler. 365
Como dice Deleuze:
¿Se dirá que todos los dispositivos valen? Hace ya mucho tiem po que
pensadores c omo Spinoz a o Nietzsche mostraron q ue los modo s de
existencia posible debían pe nsarse según criterios inmanentes , según su
tenor de «posibilidades», de libertad, de creatividad sin apelar a v alores
trascendentes. Foucault h asta hará alusión a crit erios «estéticos»,
entendidos como criterios de vida, que sustituyen cada vez por una
evaluación in manente las pretension es de un juicio trascendente. 366
Solo la alerta y la consideración cons tante d e los efectos de las regulaciones
que combatimos o vamos estableciendo puede resultar útil para una acción
política de resistencia.
3.1.2. Relaciones de poder y estados de dominación
Las relaciones de poder que atraviesan el campo social presuponen pues la
resistencia. Pero las relaciones de poder, móviles y reversibles, pueden llegar a
fijarse de manera que el margen de libertad esté extremadamente limitad o:
hablará Foucault entonces de estados de dominación .
En numerosos casos, las relaciones de poder están fijad as de manera
que son perpetu amente asimétricas y el margen de libertad está
extremadamente limi tado. Por tom ar un ejemplo , en la estructura
conyugal tradicional del siglo XVIII y XIX , no se puede decir que sólo
estaba el poder del hombre: la mujer podía hacer toda una serie de cosas:
engañarlo, sis arle dinero, recha zarlo sexualme nte. Sin embargo, ella sufría
un estado de dominación en la medida que todo es o no constituía al final
más que un cierto núme ro de argucias que no ll egaban jamás a dar vuelta
a la situación. 367
364 (Schmid, 1994)
365 (J. Butler, 2004b) p. 339
366 (Deleuze, 1989) p. 158
367 (Foucault, 1984d) p . 720-21.
Parte II. Poder y subjetivi dad 141
Es significativo que Foucault acuda a la desigualdad sexual para ejemplificar
un estado de dominación. Un ejemplo que nos sitúa a nosotras en la
consideración de partida del análisis realizado en la última parte, que las
mujeres cuyo testimonio recogemos sufrían también una situación de
dominación. Pero no solo por la desigual dad jerárquica establecida en el seno
de la familia, también en lo que resp ecta a las formas de gubernamentalidad
que configuran el tipo de relaciones su bjetivas (de una consigo misma) y a los
dispositivos sociales que demarcaban y regulaban las funciones, tiempos y
espacios de las mujeres en el momento que inicia su experiencia, es decir, en el
franquismo.
La dificultad que plantean los estados de dominación para la subversión y
para la resistencia debido al bloqueo que las relaciones de poder presentan, se
debe, por lo tanto, a una configuración global que actúa en variados frentes:
En las situaciones de domina ción, los procedimien tos dispersos,
heteromorfos y locales de p oder son reajus tados, reforzados,
transformados por estas estrategias globales y tod o esto c on fenóm enos
numerosos de inercia, de desniveles, de resistenci as; no hay que partir de
un hecho primero y masivo de domi nación (una estru ctura binaria con
un lado de «dominantes» y otro de «dominados») si no más bien una
producción multifor me de relaciones de dominación que son
parcialmente integrables en estrategias de conjunto. 368
La dominación es una estructura global de poder cuyas
significaciones y consecuencias pueden enc ontrarse hasta en la tr ama
más tenue d e la soci edad; pero es al mism o tiempo una situación
estratégica má s o menos ad quirida y solidificada en una confrontaci ón de
largo alcance histórico entr e adversarios. 369
Creemos que su problemático rechazo de un esquema binario (dominantes,
dominados) para analizar las situacio nes de dominación, implica no obs tante
un grado de precisión y de afinamiento muy útiles para evitar simplificaciones
que entrañen la desatención a variados mecanismos de poder o la
consideración de que los «dominado s» conforman una masa homogénea.
Pero, simultáneamente, plantea el pr oblema de cómo nombr ar a quienes se
encuentran dominados, o dominadas, en nuestro caso. Por otra parte, siempre
resultará resbaladizo el criterio para es tablecer si estamos ante una situación de
dominación o no. Hay una gradación elud ida en su distinción tajante en tre
relaciones de poder y estados de dominación.
Algo similar ocurre en la referencia a la violencia como algo específico y
distinto de las relaciones de poder. Las relaciones violentas serán para Foucault
368 (Foucault, 1977f) p. 425.
369 (Foucault, 1982c) p . 243.
142 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
aquellas que encuentran la pasividad en su polo de ejercicio, puesto que si
encuentran resistencia la reducen. Pensando en el fenómeno de la violencia
contra las mujeres, sería muy problemá tico demarcar y trazar una frontera
entre aquellas relaciones que violentan y otras que no lo hacen de manera tan
clara. Parecería más bien que presen tan una continuidad cuya expresión
sangrante fuera la primera.
En los estados de dominación será pues difícil que las resistencias sean
efectivas y fructifiquen. Algo similar plantea Foucault cuando considera que
para poder ejercer la libertad, deben darse procesos de lib eración si un
colectivo se encuentra en una situació n de dominación. Debe producirse algo
que permita la desujeción de estas relaci ones inmóviles y que las vuelva fluídas.
Es precisamente esto, en un contexto que no se corresponde exactamente con
un movimiento de liberación o un pr oceso feminista, lo que intentaremos
explorar en nuestra última parte: qué elementos, mutuamente desencaden antes
o condicionantes, van emergiendo y posibilitando un des-sometimiento
progresivo, posibilitando una experiencia en la cual las prácticas de resistencia y
de libertad, aunque locales y limitadas, puedan ejercerse.
***
A pesar de la densidad que las relaci ones de poder tienen en los análisis
foucaultianos, su analítica histórica y exhaustiva nos permite escudriñar la
productividad del poder sin recurrir ni a una imagen metafísica de éste ni a una
noción omniexplicativa. Son las relaciones de poder las que hay que explicar,
de manera situada y com pleja, sin renunciar a considerar el car ácter represivo
de éste, pero sospechando de los esquemas que lo conciben exclusivamente en
términos prohibitivos:
He querido desplazar los ace ntos y hacer aparecer mec anismos
positivos allí donde, generalmente, se privilegian los mecanismos
negativos. 370
La pregunta sobre su ejercicio multifor me y sutil, individualizador así como
estratégico, es una apuesta que quizá nos permita desplazar fronteras. Y en ese
tránsito interrogarnos sobre la tensión constan te y paradójica entre la sujeción
y la agencia.
370 (Foucault, 1977d)
Parte II. Poder y subjetivi dad 143
3.2. Los ejes de una ontología del presente
La analítica del poder parece una constante en la obra de Foucault pero está
siempre planteada en compleja imbricación con otras nociones a ella
vinculadas: el saber, la verdad y el sujeto. De hecho, él considerará que son
estas últimas sus preocupaciones persistentes, pero que para poder estudiarlas
tuvo que analizar las prácticas y es en ese escenario donde las relaciones de
poder cobran protagonismo.
Así fui conducido a plantear el probl ema del saber/ poder que para
mí es, no el pro blema fun damental, sino un instrumento que permite
analizar de la maner a que me parece más exacta el probl ema de las
relaciones entre sujeto y juegos de verdad. 371
Puede reseñarse su evolución aludiendo a etapas o momentos amplios en
los que, sucesivamente centrará su atención y emergerán como tópicos
destacados el saber y el discurso, el poder y, en último lugar, el sujeto. Pero,
como muchos autores han planteado, sería más a justado ver en tal desarrollo
una dinámica circular que progresivamente incorpora elementos nuevos y
problematiza otros ya presentes en sus reflexiones. Foucault se arriesgó
siempre a deslizarse por l aberintos, a rec onsiderar l o expuesto, a escuchar otras
voces que le permitieran elucidar y afin ar sus plantamientos, a «avanzar fuera
de paisajes familiares lejos de las gara ntías a las que estamos acostumbrados,
por un terreno cuya cuadrícula no se ha hecho aún y hacia un término que no
es fácil de prever». 372
En un movimiento circular y progresivo , –«la espiral foucaultia na» como la
denomina Larrauri–, en el que alternan y se alteran cierta s nociones, se
desplazan las intensidades y las prioridades, 373 se mantienen las hebras iniciales
tejiéndose con aquellas otras que dibuja en su avance. Rodríguez Magda
también señala que en la obra de Fouc ault se dan operacio nes en las que
«reordena y otorga intelegibilidad a todo su pensamiento»; 374 pensamiento que
explícitamente él situará en la tradici ón crítica kantiana en tanto ejercicio
incesante de interrogación acerca de las experiencias posibles en un momento
histórico determinado. 375
Por lo tanto, esta complejidad «insta a no reducir a Foucault a la linealidad
que va del saber, por el poder, a la ética y es tética de la existencia». 376 Creemos
371 (Foucault, 1984d) p . 718.
372 (Foucault, 1969b) p. 54.
373 (Larrauri, 1996) p. 2.
374 (Rodríguez Magda, 1999) p . 24.
375 (Foucault, 1984i) y (Fo ucault, 1984b).
376 (Gabilondo, 1999) p.10.
144 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
que no hay rupturas bruscas ni contradicciones flagrantes en su obra. Se
aprecia, por el contrario, el desplazami ento múltiple que explora, extiende sus
análisis, víncula y reelabora los tópico s iniciales. Solo se puede reprochar
incoherencia al precio de exigir la permanencia inamovible en determina dos
postulados y desistir de contemplar la ev olución y la reescritura. Solo se puede
reprochar vacíos al precio de pretender siempre leer totalizacio nes y síntesis. Y
como él mismo dijo, «nos hemos liberado de las síntesis». 377
El mismo dirá al final que siempre fu e el sujeto el tema explorado, cercado ,
acometido desde un punto y desde otro; aunque fuera, sobre todo en un
principio, el negativo de una fotografía que le otorgaba una soberanía
cuestionada, siempre fue el anhelo de rast rear en los dispositivos que lo hacían
aparecer como un ente autónomo, racional y transparente, suelo último y fértil
de las acciones y los significados. Ese ra stro se convirtió en la analítica del
poder y la analítica del poder contempló la conformación de la s técnicas de sí:
esas prácticas contingentes e históricas en las que un individuo se toma por
objeto y se produce. Claro que ahí entrelazó magistralmente los efectos
productivos del poder con la movilidad irreductible y reflexiva de las formas de
sujeto que conocemos. Exploró las objetivaciones y las demarcaciones que
los discursos efectuaban en torno al «hombre» para estudia r asimismo las
formas de subjetivación de éste en tanto sujeto de conocimiento y
desembocar en una historia de la su bjetividad que contemplaba lo anterior
introduciendo las técnicas establecidas para la relación consigo mismo.
Más adelante, además de la considerac ión de la libertad, introduciremos
otros elementos a nuestr o entender pertinentes p ara comprender los proces os
productivos del poder, la constitución de los sujetos en un orden normativo y
la demarcación de las experiencias posibles que no obstante, no están
determinadas ni limitadas férreamente. Las tensiones entre la sujeción y la
agencia nos conducirán a contemplar, en la constitución de la sujetividad, el
cuerpo lingüístico y el cuerpo que desea. Porque los dispositivos de poder,
móviles y complejamente articulados, aunque cristalicen en formas y
producciones concretas no llegan a congelar absolutamente ni las resistencias
ni las posibilidades de acción.
Por último, ese pensar autrement –pensar de otro modo– que Foucault
persigue, se constituye como un pensar que es experimentar, es problematizar
el saber, el poder y el sí mismo que se constituyen como «la triple raíz de una
problematización de su pensamiento». 378
La problematización y la crítica se deslizarán hacia las consideraciones
éticas, porque son ellas mismas u n ethos filosófico e n e l q u e l a t e u n
377 (Foucault, 1975a) p . 782.
378 (Gabilondo, 1999) p. 12 .
Parte II. Poder y subjetivi dad 145
compromiso por la transformación situada y localizada en estrecha relación
con otros.
La ontología del presente, el territori o analítico de Foucault, avanza pues
por caminos diversos. El campo de la expe riencia, las actuales y las que remiten
a aquello que ya no somos, se constituye a través de prácticas históricas que se
distribuyen en tres ejes: el del saber, el del poder, y el de la ética. Una ontología
de nuestro presente y de pasados cada vez más remotos, en tanto seres
constituidos en esa heterogénea red de prácticas discursivas y no discursivas,
juegos de verdad y relaciones de poder entrelazados :
Tres dominio s de genealog ía son posi bles. Primero, una on tología
histórica de nosotros mismos en relaci ón con la verdad a través de la cual
nos constitui mos como sujetos de co nocimiento; se gundo, una ontología
histórica de nosotr os mismos en rel ación co n un campo de pod er a
través del cual nos constitu imos como sujetos que act úan sobre otros;
tercero, una ontología hist órica en rel ación con la ética a trav és de la cual
nos constitui mos en agente s morales. 379
3.2.1. Formaciones discursiva s, episteme y poder/saber
Mi problema siempr e ha sido, como dije al comienzo, el problema de
la relación entre el sujeto y la verdad. ¿cómo ing resa el sujeto en cierto
juego de verdad? 380
La inserción de los sujetos en un juego de verdad es una cuestión que
Foucault había planteado ya desde su tesis publicada como Historia de la locura
en la época clasica , y en Las palabras y las cosas . Tanto las demarcaciones discursivas
de la locura, como la objetivación del «hombre» que las ciencias humanas
acometen, abordan esta inserción compleja del sujeto en juegos de verdad
cambiantes. Ya desde el principio parece as omar aquí la referencia al poder en
tanto condiciones de posibilidad de la emergencia de ta les discursos y prácticas,
pero esto será abordado explicítamente más adelante.
La arqueología del saber constiuirá un movimiento intelectual que reconsidera
las obras anteriores, fundamentalmente Las palabras y las cosas , desde el punto
de vista del esclarecimiento metodológico. La complejidad y la abstracción de
las formulaciones que desarrolla han provocado en ocasiones la crítica o la
desaprobación aturdida de algunos teóricos. Y es cierto que pueden constatarse
379 (Foucault, 1983c) p . 393.
380 (Foucault, 1984d) p . 717.
146 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
en la obra ciertas incoherencias 381 pero parecen ser l a consecuencia desprendi da
en este ejercicio de indagación y probl ematización exhaustiva. El objeto de
análisis privilegiado serán el discurso, las formaciones discursivas y los
enunciados. Y en esta voluntad de rastrear la superficie de las formaciones
discursivas , sus reglas de emergencia, presci ndiendo de las totalizaciones y
continuidades que utilizamos de manera acrítica , Foucault impugna la linealidad
expuesta habitualmente cuando se habla de una evolución de las «ideas» de las
«tradiciones», de las «corrientes». Desh aciendo las continuidades epistemlógicas
habituales, él intentará abrir un campo de dispersión en el que considerar los
enunciados como acontecimientos . Es decir, atender a la materialidad y
especificidad de las cosas dichas, y en esa empresa rastrear las reglas de
formación de los discursos, que no se aj ustan a la demarcación habitual entr e
disciplinas o autores. Intenta dotar de inteligibilidad metodológica el trabajo
realizado en su libro anterior. Pero en el empeño abre nuevas vías de trabajo
que tendrán profundas consecuencias en sus obras y derivas posteriores.
Dreyfus y Rabinow, así como Maite Larrauri, han señalado la dimensión
pragmática de la arqueología de Foucault, explorando las conexiones y
coincidencias así como las discrepancias «menores» entre éste y las obras de
Wittgenstein, Austin y Searle. 382 Lo que más adelante Foucault denominará
juegos de verdad , será situado por estos autores en el escenario de la
dimensión performativa del lenguaje y considerarán que alude a un efecto
específico que los discursos de las cien cias humanas generan: éstas podrían ser
consideradas como actos ilocucionarios, performativos por tanto, en tanto
configuran los juegos de veridicción: los enunciados configuran el régimen de
la verdad. El mismo Foucault reconocerá esta proximidad conceptual:
Me he equivocado al decir que los enunciados no er an actos de habl a,
pero diciendo esto quería subrayar el he cho de que los considero baj o un
ángulo diferente del suyo. 383
Este «ángulo diferente» es diferente porque él dota de un alcance distinto a
sus reflexiones. Los juegos de verdad son performativos, cierto, pero él
entrelaza este efecto con las condici ones de su emergenci a, cuestión que,
creemos, lo conducirá a la consideración de las relaciones de poder:
Se trataría de una especie de análisis del discurso como estrategi a, un
poco al estil o de lo que hacen los anglosajones y, en concre to,
Wittgenstein, Austin, Strawson, S earle. Lo que me parece un poco
381 Tal como Larrauri señala en relación a la no ción de discurso expues ta en la arqueología.
(Larrauri, 1999).
382 (Dreyfus y Rabinow, 1984) (L arrauri, 1996) (L arrauri , 1999).
383 Carta de Foucault a Searle citada por Dreyfus y Rabinow (Dreyfus y Rabino w, 1984) p.
73.
250 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
configuran diferentes espacios de ser/estar sujeto y en el caso d e las mujeres la
objetualización sea más intensa. 654 Esto podría relacionarse con una
especificidad en la relación compleja que interesó a Foucault durante sus
últimos años, entre las técnicas de poder que determinan la conducta de los
individuos y objetivan al sujeto y las técnicas de sí que permiten a los individuos
efectuar solos o con ayuda de otros al gu nas operaciones sobre su modo de ser.
Quiza la construcción de los individuos como diferenciados según el sexo de
manera desigual se vincule con tecnologías específicas de género que restringen
y particularizan las técnicas de sí que los sujetos mujeres se hayan en condición
de llevar a cabo. Cuando abordemos el androcentrismo de Foucault
indagaremos en las posibles explicaciones y derivas de esta idea.
Que éste, la objetivación discursiva de las mujeres, haya sido uno de los
mecanismos de constitución de sujetos subordinados, como las mujeres –pero
no solo–, ha sido señalado y ampliamente denunciado por la práctica feminista:
los cuestionamientos de las verdades científicas acerca de las particularidades e
inferioridades femeninas, la impugnación de una biología que fuera destino, la
aseveración beauvoiriana de que la mujer no nace, se hace, han sido uno de los
ejes permanentes de la práctica feminista.
Aunque esta confluencia con Foucault es reseñable, también l o es la crítica
que se le ha dirigido en cuanto que, a pesar de haber desentrañado complejos
dispositivos de construcción de la sexualidad y gobierno de la vida, no ha
visibilizado aquellos que de forma especí fica ejercían un plus de violencia
contra las mujeres en función de un a mayor naturalización y por lo tanto
mayor restricción de las posibilidades in dividuales. Esto, como veremos más
adelante, ha sido achacado a una mira da androcéntrica que este autor no hab ría
problematizado.
Las consecuencias de tal androcentrismo en relación con la formulación d e
los vínculos entre sexualidad y verdad, lo veremos más adelante.
5.2.3. Técnicas de sí y procesos de autocreación
La analítica del sujeto que Foucault lleva a cabo más explícitamente en sus
últimas obras es quizá el corpus teórico que más atención reciente ha recib ido
por parte de teóricas feministas. Confluyen do con la problematización tanto de
la noción moderna de sujeto, pero también de la postulación del rechazo de
cualquier forma de éste, la teoría feminista ha abordado una comprometid a y
654 Marta Nuss baum plantea u na gradac ión de la cosificación/objetualización cuyos mati ces y
progresiones consid eramos de inte rés excep cional para poder pen sar unas sujeciones más
intensas que otras. (Nussbaum, 1999).
Parte III. Lecturas feministas de Fo ucault 251
exhaustiva consideración del espacio de lo subjetivo. Y en esta reciente y
candente literatura, que muchas autoras si túan en los noventa y en los primeros
años de este siglo, 655 se retoman las lecturas foucaultianas.
Las lectura de las reflexiones de Foucau lt acerca de las prácticas de sí han
sido variadas. A pesar de algunas discre pancias que luego señalaremos, hay por
parte de autoras una valoración muy ex plícita de este útlimo tramo de su obra
en cuanto reconsideraría una dimensión de agencia obliterada en la noción de
cuerpo dócil. 656 Ese espacio de tensión establ ecido entre las co nfiguraciones
sociales y la posibilidad de generar formas de vida creativas permitiría eludir
asimismo una distinción simplificada entr e dominantes y domi nadas y restituir,
en un análisis más complejo, la capacidad de agencia de las mujeres dentro de
las constricciones sociales múltiples. Permitiría, a su vez, atender a la
multiplicidad de experiencias de las mujeres. Combinando la consideración de
dispositivos variados de poder y la potencialidad creativa de las mujeres
podrían contemplarse de una forma no esquemática tanto las diversas
situaciones de opresión como las di versas maneras de subvertirlas y
modificarlas.
La relación que establece Foucault entre la noción de prácticas de sí con la
noción de gubernamentalidad , permitiría asimismo considerar esa maraña de
fuerzas de poder que no residen en un aparato unificado de dominación, sino
en una red de instituciones y procedimientos que emplean técnicas compleja s
para organizar las relaciones social es y que pueden ser parcialmente
modificadas. La interrogación radical de la identidad que realiza Foucault,
puede converger con la crítica feminista al esencialismo, según Lois McNay, y
retener al mismo tiempo, mediante la consideración de las pr ácticas de sí, la
noción de posibilidad de autocreación como elemento de resistencia política. 657
Esta autora considera que el trabajo de Foucault sobre la subjetividad, a
pesar de que no considere los procesos de género –o quizá precisamente por
ello–, es útil para la labor feminista porque, frente a otros pensadores
postestrucutarilstas, Foucault evita la co lonización de lo «femenino» que según
ella marca el trabajo de Derrida o de Baudrillard.
655 (Allen, 2004) p. 235.
656 (McNay, 1992).
657 (McNay, 1992).
252 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
5.3. Espacio de divergencias
Como veremos más adelante, el pensamie nto de Foucault es calificado de
androcéntrico; aunque siempre aludió a las relaciones entre hombres y mujeres
como relaciones de poder, no llegó a explorarlas específicam ente ni atendió
este espacio de análisis. Muestra, como dice B utler, una cierta indiferencia
problemática respecto a la cuesti ón de la diferencia sexual. 658 Señalaremos a
continuación las reflexiones que esta despreocupación ha podido suscitar.
5.3.1. La responsa bilidad y el ejercicio del poder
Foucault aborda la cuestión ética en su última etapa al considerar que nos
constituimos en agentes morales en función de prácticas de naturaleza
profundamente histórica y contingente. Pero a pesar del espacio abierto a la
reflexión ética, esta es analizada en relación con la libertad ontológica que
presuponen las relaciones de poder, y problematizando los procesos de
subjetivación histórica en su intersección con la reflexión acerca de los placeres
y acerca de su ética.
Pero la problematización genealógic a del sujeto de deseo que realiza
Foucault se circunscribe a un modelo viril, tal como él mismo señala,
sustentado sobre el eje actividad/pasividad, que se ocupaba de regular en
función del tal eje la relación entre desiguales. La reflexión acerca del cuidado
de sí y de las artes de la existencia se localizan en relación con un modelo de
sexualidad y placeres desigual , pues to que no contempla la relación entre
iguales 659 del que las mujeres, por supuesto, están excluidas. Es por tanto una
exploración acerca de la vinculación entre la ética y la libertad, pero sin atender
a la complejidad que introduce en los procesos de subjetivación la relación
entre iguales y la responsabilidad derivada de ella, así como los procesos de
constitución como sujeto de aquellos que ocupan posiciones de subordinación
e inferioridad. Aunque interrumpida, su reflexión sobre la ética se inició
explorando la práctica del cuidado de s í y la práctica de libertad en relación co n
las posibilidades que, desde posiciones concretas, algunos sujetos varones
tenían de relacionarse consigo mismos, de constituirse en sujetos morales en
un contexto explícitamente desigual. Y, aunque no lo aborde, lo cual limita su
análisis, sí lo apunta:
658 (J. Butler, 1990a) p. 30.
659 En la entrevista realizada por Dreyf us y Rabinow, Foucaul t dice qu e «el problem a ¿no
viene del hecho de que introduciendo la noció n de placer del otro, todo el sistema mo ral y
jerárquico amenaza derrum barse?». (Foucault, 1984j)
Parte III. Lecturas feministas de Fo ucault 253
Ejemplo: el estatuto de l as mujeres casadas les prohibía toda
relación sexual fuera del matrimonio; pero sobre e ste «monopolio»
apenas se e ncuentra reflex ión filosófica, ni preocup ación teóric a. En
cambio, el amor con l os muchachos era libre (con c iertos límites) y al
respecto se elaboró toda una conc epción de la moderación, de la
abstinencia, del vínculo no sexual. 660
Por otro lado, las diversas críticas que ha recibido su obra, en tanto s u
planteamiento del poder multiforme y no dual, señalan qu e no permite
establecer una distinción colectiva que suponga una «localización» genérica del
poder. Las responsabilidades, aludiendo a las masculinas, se disuelven. 661
5.3.2. ¿Inadecuación para una política feminista?
El precio por ceder a su discurso [ el de Foucault ] sobre el
poder es nada m enos que la desp olitización del feminis mo
T ORIL M OI , Power, Sex and Su bjectivity , 1985 662
Foucault ha sido muy criticado por su falta de u n marco normativo en el
que enraizar las propuestas políticas. Es es to quizá lo que subyace a las palabras
de Toril Moi, junto con la consideración de lo inadecuado de un poder difuso
que no permitiría señalar posiciones an tagónicas como Monique Deveaux ha
señalado criticando la noción de poder, agónica , de Foucault. 663
En la obra de Foucault, se dice, más allá de su analítica del poder, de su
fascinación por las figuras que subvirtieron toda clase de normas y reglas,
sufriendo después la despiadada disección científica, psiquiátrica y los procesos
judiciales y de castigo; más allá de las prácticas de sí antiguas, mediante las que
algunos varones se constituían a sí mismo en el ejercicio de una libertad que ya
poseían puesto que se trataba de las figu ras privilegiadas en el ordenamiento de
esas sociedades, más allá de localizar las relaciones de poder y ensalzar
resistencias míticas o prácticas de liberta d de una época que ya no es la nuestra,
se dice, en su obra no se dispone de unos postulados normati vos y positivos
mínimos que articulen, sustentando como un suelo firme y fértil, las luchas y
resistencias organizadas; menos aún la s feministas. Si la práctica política
necesita de pautas normativas, Foucault no las da.
Cierto que no propone normas correctas de forma explícita, pero eso no
impide compromisos y denuncias concreta s y furibundas que salpican toda su
660 (Foucault, 1984f) p. 671.
661 (Deveaux, 1994).
662 (Moi, 1985) p. 95.
663 (Deveaux, 1994).
254 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
obra ni la alusión reiterada a los esfuer zos neces arios para modificarlas. Su
labor teórica, tal como hemos citado, perseguía mostrar la contingencia de lo
que aparece como inevitable, intentado, por otro lado, rescatar las posibilidades
de socavarlo. Qué sea concretamente a quello que hay que resistir o modificar
resulta en sus textos una propuesta abie rta y circun scrita a su momento y a sus
experiencias.
A nuestro entender su lectura no devi ene en una desactivación de lo
político; por el contrario, se pueden ex traer de ella múltiples elementos para
articularlo. No postula, huye de establecer principios trascendentes o absoluto.
Para un pensador que ha privilegiado el carácter histórico de la crítica y las
luchas situadas, hubiera supuesto esto un cierto contrasentido. Pero creemos
que sería problemático considerar que ello ejerce un efecto de despolitización;
por el contrario, alerta y provee de sospechas y compromisos que permitan
eludir la fascinación fetichista, el ab solutismo de fundamentos impolutos que,
sin embargo, en las retículas y mallas de poder po drían ejercer una sujeción o
un silenciamiento más efectivo todavía. Los fundamentos para la acción
política, como Butler ha subrayado reiteradamente, pueden ser contingentes .
Que esos fundamentos existan sólo pa ra ser cuestionados es el riesgo
permanente d e un proc eso de democrat ización abierto. Rec hazar esa
disputa es sacrificar el ímpetu democrático radical de la política
feminista. 664
En esta primacía de lo inmanente fr ente a lo trascendente en Foucault, que
parece desprenderse de su elusión de una propuesta normativa positiva,
encontramos espacios abiertos donde lo prioritario resulta la pr áctica política
concreta:
a. la propia implicación pública en demandas de derechos, denuncias,
cuya más significativa manifestació n será la participación en el
Grupo de Información de las Pris iones o el manifiesto colectivo
leído por él en Ginebra, en 1981.
b. esto, más que una contradicción, supone una cautela teórica y un
riesgo político. Aunque la propia teoría tenga una dimensión política
inequívoca en su desactivación de l efecto de naturalidad de lo
«dado» y las relaciones e identidades contingentes pero construidas
como necesarias.
c. la relevancia y protagonismo se otorga a quienes, de manera
colectiva, o individual, luchan o resisten. El intelectual no puede dar
pautas éticas y decir a los otros qué deben hacer. Puede dotar, no
obstante, de instrumentos y análisis específicos
664 (J. Butler, 1995).
Parte III. Lecturas feministas de Fo ucault 255
Como señala McLaren, 665 en el análisis de las tecnologías de normalización,
Foucault critica al menos dos tipos diferentes de normas. Por un lado, normas
universales tales como verdad, justicia y derechos. Por otro, normas sociales
que prescriben conductas particulares y que categorizan a los individuos en
grupos, 666 y la adscripción de identidades que eso supone, añadiríamos. Quizá
Foucault, aunque al final mostró posici ones diferentes de otras que mantuvo a
principios de los 70, no acabó de problematizar algo que, para las mujeres,
como veremos después, y para el movi miento feminista más específicamente,
ha constituido un elemento fundamental, sobre el que se han reificado posturas
antagónicas y se han dibujado tensiones in ternas: la cuestión de la igualdad, en
abstracto, y la de igualdad de derechos concretos. Porque, precisamente, ha
sido en muchos momentos y contingencias diversas esta demanda de igualdad
la estrategia para permitir distanciamie ntos de las identidades prescritas y la
creación de formas de vida antes prescritas. Aquí podríamos recordar la
Antígona de Butler, ese mecanismo de citación que reconfigura
performativamente una situación cuando el discurso del gobierno es dicho por
quién no estaba legitimado a decirlo . Las mismas palabras pero desde una
situación de enunciación no autorizada.
5.3.3. El
androcentrismo
de Foucault
Son abundantes los apelativos que ha recibido la obra de Foucault en
términos de mirada o construcción teó rica androcéntrica. «Flagrante
androcentrismo», dice Rodríguez Magda. 667 Incluso Lois McNay añade que la
visión agenérica del cuerpo y la asu nci ón de la sexualidad masculina como
modelo de análisis le hace caer en la trampa universalista que teóricam ente
rechazaba su proyecto filosófico. 668 Según Hekman, nunca examinó
específicamente la subordinación de las mujeres o las fuentes de su
subjetivación. 669 A tal ceguera ante las diferentes tecnologías de género, Diana
Fuss la llama irónicamente su «voluntad de no saber acerca de las mujeres». 670
No podemos saber nada acerca de esta voluntad, pero sí que él pudo intuir
cierta ceguera o dificultad de atender a elementos que operan en la
configuración de la existencia de las mujeres:
665 (McLaren, 2004) p. 215.
666 (McLaren, 2004)p. 215.
667 (Rodríguez Magda, 1999) p . 25.
668 (McNay, 1992) p. 35.
669 (Hekman, 2004) p. 200.
670 (Fuss, 1989) p. 107.
256 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
Estos diversos tipo s de represión ha n variado a lo larg o de décadas,
pero no puedo decir que haya e ncontrado diferencias fundamentales en
lo que concierne a la mujer o al hom bre. Pero yo soy un hombre. 671
Incluso hay quien ha planteado una genealogía de tal característi ca
androcéntrica, como Romero, que señala que el androcentri smo de Foucault
tendría su origen en la no asunción de M. Mead, y en una lectura sesgada de
Marx. 672
La cuestión de las categorías y las calificaciones es algo incómodo. No
resulta sin embargo descabellado cons iderar tal androcentrismo si lo
vinculamos con los asuntos no problematizados por él, o con su desatención a
determinados aspectos específicos de las relaciones de poder que han operado
históricamente en las vidas de las mujeres. Sobre todo porque permiten, más
que una confrontación, un a matización y la fertilidad que otras o nuevas
preguntan generan.
a) Cuerpo dócil, pero masculino:
Como dice Rodríguez Magda en relación con los análisis de las tecnologías
disciplinarias de Vigilar y castigar , «no existen los cuerpos neutros y universales,
por más que el sexo sea un constructo y la sexualidad una elección» 673 y la
diferencia sexual, construída en la medida que se quiera, es también un
elemento que específicamente ha regulado los dispositivos disciplinarios sobre
y en los cuerpos. Foucault se habría re ferido « a un cuerpo neutro, por el que
no hay que dejarse engañar, puesto que es un cuerpo masculino». 674 Braidotti,
asimismo, sostiene:
Foucault nunca locali za el cuerpo de l a mu j e r c om o e l s i t i o d e u n a de
las divisiones más inter nas y oper acionales en nue stra socied ad, y
consecuent emente, tambié n, una de las más persistentes form as de
exclusión. La diferencia sexual, simplemente, no juega un rol en el
universo de Foucault, dond e la tecnologí a de la subjetiv idad se refiere a
un sujeto «humano» desexualizado y general. 675
Esta es una de las limitaciones achacadas a los análisis de Foucault que más
fructífera y sugerente ha resultado para la investigación feminista.
La consideración de una «ceguera de gé nero», en la reflexión acerca de las
políticas disciplinarias sobre el cuer po ha estimulado otros análisis más
671 (Foucault, 1975a) pp . 770-771.
672 (Romero Pérez, 1996) Tesis doctoral.
673 (Rodríguez Magda, 1999) p . 216.
674 (Le Blanc, 2004) p. 17.
675 (Braidotti, 1991).
Parte III. Lecturas feministas de Fo ucault 257
específicos sobre la disciplinarización del cuerpo de las mujer es. Entre estos
análisis de las prácticas que lo someten y lo conforman, destacan los trabajos
de Susan Bordo y sus análisis sobre la agorafobia femenina durante los años 50
o la anorexia nerviosa de momentos a ctuales, como cristalización corporal de
determinados imperativos culturales y prácticas de poder. 676 También Bartky ha
considerado en un análisis exhaustivo las prácticas estéticas actuales como
prácticas disciplinarias a las que se somete a las mujeres, o a la s que se someten
ellas activamente. 677
Al no abordar de manera específica las disciplinas y tecnologías
normalizadoras que afectaban más concr etament e a las mujeres, al aparecer
éstas bajo la imagen de un cuerpo abstracto que era a su vez m asculino, «deja
en la oscuridad muchas experiencias importantes de poder específicas de las
mujeres»; 678 tampoco Foucault atendió excesivamente —aunque tuvo el
proyecto de hacerlo— a la proliferación de discursos sobre la feminidad desde
los saberes científicos que se entrelazab an con prácticas disciplinarias y con la
gestión de los espacios vitales que producían y sujetaban a la población
femenina: el encierro en el hogar o la docilización exhaustiva y patológica del
cuerpo dispuesta desde preceptos médicos (uso de corsés y otras técnicas de
restricción de la movilidad, sedentarismo obligado, etc.). 679
b) dispositivo de sexualidad
La incitación productiva del dispositivo de la sexualidad que se despliega
c o m o e l h i l o a r g u m e n t a l d e l a Histo ria de la sexualidad ha sido asimismo una
cuestión discutida. ¿La «policía de los en unciados», la incitación discursiva a su
proliferación, ha sido históricamente la misma par a hombres y mujeres? ¿O esa
historia del sujeto de deseo que Foucault planteaba, como producto de los
dispositivos de poder que vinculaban verd ad y sexo, de forma creciente a partir
del siglo XVI, olvidaba las particularidades vinc uladas a la diferenciación sexual,
sobre todo en los últimos siglos?
«Ahí está lo esencial, que el hombre o ccidental se haya visto desde hace tres
siglos apegado a la tarea de decirlo todo sobre su sexo». 680 Pero quizá esta
intensa incitación no ha funcionado exactamente así para las mujeres en
algunos momentos. En determinados disc ursos acerca de las mujeres quizá no
se haya establecido de manera tan clar a la vinculación entre deseo y sexo, sino
que la proliferación discursiva al resp ecto construía más bien una verdad del
676 (Bordo, 1988); (Bordo , 1993).
677 (Bartky, 1988).
678 (Deveaux, 1994) p. 232.
679 (Romero Pérez, 1996).
680 (Rodríguez Magda, 1999).
258 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
sexo y la sexualidad femenina sin un sujeto deseante , o con un sujeto
deseante patológico, cuya verdad no era sino una función biológica y
reproductiva. El deseo y el placer se han seccionado de la sexualidad de las
mujeres en los dispositivos de enunciación d e determinados momentos
históricos. Según Judith Butler, «la asex ualidad es algo que a veces está unido
en la concepción dominante de la mujer heterosexual». 681 Foucault aborda el
desplazamiento de la sexualidad femenina hacia lo patológico en su Historia de
la sexualidad pero, no obstante, no atiende a es ta construcción paradójica de la
asexualidad , que dejaría en silencio el placer; lo ha ce de una manera en la que
parece establecerse una particularidad respecto al g rueso argumental de la obra:
Histerización del cuerpo de la mujer: triple proces o según el cual el
cuerpo de la mujer fue analizado –calificado y descalificad o– como
cuerpo integralmente s aturado de sexualidad; según el cual el cuer po fue
integrado, baj o el efecto d e una patol ogía que le sería intríns eca, al
campo de las práctic as médicas; según el cual por últim o, fue puesto en
comunicación orgánica c on el cuerpo social (cuya fecundidad regulada
debe asegurar), el espaci o familiar (del que debe s er un elemento
sustancial y f uncional) y l a vida de los niños (que produce y debe
garantizar, por una responsabilidad bi ol ógico-moral que dura todo el
tiempo de la e ducación). 682
Es pertinente recordar cómo en obras cl ásicas de esta producció n discursiva
incesante, como resulta el caso de Havelock Ellis, se constituye una sexualidad
femenina en la que el dolor es el placer, 683 llevando a cabo una operación
enunciativa que ha sido reiterada por muchos hombres situados en posiciones
autorizadas de enunciación discursiva, de sde la medicina hasta la filosofía:
detentar un saber tiránico que sanciona como placer lo que p robablemente el
individuo que lo experimenta vive como sufrimiento o dolor. Tal posición
«interpretativa» no sólo ha sido establecida en los discursos sobre la sexualidad,
aunque quizá sea éste el terreno de mayor ocurrencia (los desarrollos que en la
teoría queer analizan la pornografía desde un marco «postporno» lo señalan
acerca de la pornografía convencional) tamb ién la filosofía ha sido territorio de
extraordinaria prolijidad en relación con el interpretante-autorizado-varón
acerca de los sentimientos, pens amientos de un sujeto «mujer/es». 684
En un intento por averiguar las formas en que los individuos son llevados a
reconocerse como sujetos sexuales Foucault se plantea, co mo hemos dicho,
una genealogía del hombre de deseo . Indaga las modalidades de relación consigo
mismo por medio de las cuales el indi viduo se constituye y se reconoce como
681 (J. Butler, 1997b)p. 217 (ed. castellana).
682 (Foucault, 1976b) p. 127.
683 cit. por (Martín González , 2003) p. 84 .
684 Michèle Le Doeuff realiza un prodigioso anál isis de parte de la obr a de Sa rtre obse rv ando
tal fenómeno. (Le Doeuff, 1993).
Parte III. Lecturas feministas de Fo ucault 259
sujeto, y considera que este proceso de subjetivación está indisolublemente
unido, no es un mero paso previo, a la reflexión en torno a los placeres y a la
reflexión moral. Foucault se embarca en tal proyecto, que supone un cam bio
de rumbo en relación con el esquema inicia l de la historia de la sexalidad, para
analizar cómo la actividad sexual ha sido problematizada por los filósofo s del
siglo IV a. C. en el tomo II , y la problematización reflejada en los textos latinos
y griegos de los dos primeros siglos d.C.
Pero ¿quién es ese sujeto que desea? Como señala Rodríguez Magda, hablar
del «hombre de deseo» introduce una penosa ambigüedad. 685 Aunque Foucault
es consciente del carácter viril de las prácticas estudiadas, esto no parece ser
problematizado en su propio análisis:
Es cierto. La étic a griega del plac er se vincula con la sociedad viril,
con la disimetría, con la exclusión del otro, c on una obsesi ón por la
penetración y con una es pecie de amenaza de ser des poseído de l a propia
energía entr e otros temas. ¡Todo esto es bastante desag radable! 686
El sujeto de deseo «mujer» quizá haya sufrido avatares más complejos en
función de un orden androcéntrico: ha sido sujeto pero también, de forma
ambivalente y compleja, objeto del deseo de los otros, ha pensado su
sexualidad vinculada por un lado a la reproducción sin placer (como señala
Laqueur en relación con el «descubrimie nto» de que el orgasmo femenino no
era necesario para la procreación) 687 y por otro a la patología (la histeria, la
criminalización). En algunos momentos históricos, como la época franquista,
las instancias de producción discursiva al respecto, lo que hacían casi
exclusivamente, era manejar silencios , incitar prohibiciones , fomentar ignorancias
sistematicas . 688 Aunque no fuera sólo en relación con una sanción de lo lícito o lo
ilícito sino con técnicas más amplias que a bordaban la regulación del sexo y la
sexualidad «para el mayor bien de todos», sea llamado ese todos, población,
raza o patria…
No obstante, y como es característico de la pastoral cristiana, la indagación
de la verdad acerca del deseo hasta en su más míni ma o desleída percepción ha
sido siempre incesante, e incesante la inci tación a poner en palabras tal verdad
para producir efectos de reconversión espi ritual. Pero en algunos momentos, el
deber decir del sexo , incitador e insidioso, ha tenido diferentes regímenes pa ra
hombres y mujeres. Quizá éstas, por lo menos en la época aquí referida –el
685 (Rodríguez Magda, 1999).
686 (Foucault, 1984j) p. 614 .
687 (Thomas Laqueur, 1994a)
688 «Buscar en cambio las ins tancias de producción dis cursiva (q ue también ci ertamente
manejan silencios) de producción de po der (c uya f unc ión a v eces es prohibi r) d e l as
producciones de saber (qu e a veces hacen circula r errores o ignorancias si stemáticos)»
(Foucault, 1976b) p. 21.
266 Relaciones de poder, esp acio su bjetivo y prácticas de libertad
como dice Deleuze, dentro de esta ma deja que conforma un diagrama de
visibilidad y de enunciación que nos produce y que huye fugazmente.
«El estudio de los proceso s de subjetivación par ece ser una de esas
tareas fundamen tales que Foucault dej ó a quienes h abrían de seguirlo.
[…] toda una tip ología de formaci ones subjetiv as en dispositivos
móviles». 698
Por todo ello, más que ver una limitación negativa en la obra de Foucault,
tal como se apunta d esde algunas lecturas feministas que consideran
inadecuado el conjunto de instrumentos teóricos foucaultianos debido a la
insuficiente atención prestada a las dime nsiones comunicativas y recíproca de
las dimensiones sociales, 699 creemos que sus planteamientos entrañan una gran
fertilidad. La utilidad de sus herramientas guiarán el proceso de análisis que
exponemos a continuación.
Las contradicciones o rechazos tajantes pueden ser producto de una previa
configuración abstracta y dualista, tant o de los planteamientos como de los
tópicos del poder y de la libertad. Precisarlos en un contexto histórico
detallado ayuda a contemplarlos en proceso, en rel ación, en una maraña turbia
que ficcionamos, construyendo una versión atrapada en las prácticas semiótico
materiales concretas.
Después de todo, fue el mismo Foucault quien señaló que las
consideraciones acerca de las técnicas o pr ácticas de sí debían ser contempladas
en su delicada y compleja relación con las técnicas de dominio.
No hemos hecho sino eso que Rodríguez Magda consideraba adecuado
hacer con las ideas de F oucault: «...forzar engranajes y estructuras, para volver
la teoría sobre sí misma hasta el punt o sin retorno de su diseminación. Hacer
circular las sugerencias, aplicar las metodologías a objetos que en principio
quedaron fuera de su horizonte, forzar las interpretaciones hasta su
contradicción o su salto cualitativo…». 700
Es la noción de diferencia sexual la que nos pr opicia incorp orar a la
ética de la libertad la m emoria de las estrategias de poder que han
configurado la producción de un sujeto sexuad o, y que desde esta
sexuación se apresta a construir un a nuev a y más amplia subjetividad. 701
El carácter no totalizador ni hermét ico de las reflexiones de Foucault,
multiplica las preguntas, bosqueja lagu nas y desconciertos, inquietudes sobre
las que precipitarnos para transitarlas.
698 (Deleuze, 1989) p. 157.
699 (Allen, 2004) p. 251.
700 (Rodríguez Magda, 1999) p . 11.
701 (Rodríguez Magda, 1999).
Parte IV Análisis genealógico de un proceso de
transformación de género: los Centros de
Promoción de la Mujer en el contexto de la
transición
Si es correcta, aunque sea en parte, la afirmación de Beauvoir
respecto de que no se nace mujer sino que s e llega a serlo,
entonces mujer es de suyo un término en p roceso, un
convertirse, un construi rse del que no se pu ede decir
definitivamente que tenga un origen o un fin al. Como práctica
discursiva que es tá sucediendo, es tá abierta a la i ntervención y
a la resignificación. Aun cuando el género parezc a congelarse
en las formas m ás reificadas, el «congelamiento» en sí es una
práctica insistente e insidios a, sostenida y regl amentada por
diversos modos sociales.
J UDITH B UTLER , El género en disputa , 1990 702
Mostrar que un cambio, e n el orden del discurso, no supone
unas «ideas nuevas», un poco de invención y de creatividad,
una mentalid ad distinta, sino un as transformaciones e n una
práctica, eventua lmente en las q ue la avecindan y en su
articulación común. Yo no he negado, lejos de eso, la
posibilidad de ca mbiar el discur so: le he retirado el derecho
exclusivo e instantáneo a la soberaní a del sujeto».
M ICHEL F OUCAUL T , L’archéolo gie du savoir , 196 9 703
702 (J. Butler, 1990a) p. 67
703 (Foucault, 1969b) p. 272
Parte IV. Análisis de un pro ceso de transformación intersubjetiva 269
Preámbulo
El juego de la libert ad es un juego dentro d e unos límites. Y
siempre es un ju ego de escisión en el interio r de uno mismo,
entre la parte de uno mismo que ha ido in-corpo rando
inconscientement e, esto es, sin tener consciencia de ello, algunas
prácticas que le hacen ser el sujet o que es y la par te de uno
mismo que se res iste (..) es un viaje de conv ersión por el que el
sujeto que parte recorr e un camino que lo dev uelve a sí mis mo,
transformado; en defintiva, un viaje e n espiral.
M AITE L ARRAURI , La espiral foucaultiana ,1996 704
Nos aventuramos ahora a través de un relato compuesto de múltiples voces
cuyas intensidades, inflexiones y arrullos desaparecen en este tránsito a la
escritura; desaparece la inmediatez vibrante de su enunciación para re-crearse
en esa refracción elaborada por nosotras en un relato nacido al calor del suyo.
El lenguaje florece en un desplazamiento continu o. Como dice Ricoeur, cada
relato, cada lectura, cada transmisión es una refiguración que recrea siempre
innovando y sin cuya nueva apertura no podríamos confeccionar el sentido de
nuestro mundo. De estar en el mu ndo porque estamos en el lenguaje.
La imposibilidad de la denotación exa cta en tanto lazo con un referente
externo concreto que reflejar, que reproduc ir sin alterarlo, es la otra forma de
aludir al poder de configuración de la realidad que ejerce el lenguaje. Pero que
ésta adquiera un estatuto para nuestr a experiencia mediante las palabras no
quiere decir que sea solo lenguaje. Efectivame nte, el carácter finito del lenguaje
permite restituir la importancia de los aspectos no lingüísticos de nuestra
pertenencia al mundo, ese algo heterog éneo que, como dice Virno, nos empuja
a ser un poco afásicos de manera c onstitutiva. Hablamos fundamentalmente
del cuerpo, ése que al ser nombrado deja de ser un organismo mudo y queda
atrapado en un orden social y discursivo . Somos un cuerpo que se dice y dice el
mundo. En un decir incesante que re-figura, con mayores o menores
posibilidades y diversos efectos, su estar en el mundo.
Exponemos aquí una historia tejida de historias encarnadas, actuad as,
sufridas y disfrutadas, relatadas. Un tejido singular y apasionado, imperfecto y
limitado, pero también tenaz en su r econfigurarse. Es singular porque es
nuestra escritura la que lo conforma, alimentánd ose de miles de palabras de
704 (Larrauri, 1996) p. 18.
270 Relaciones de poder, esp acios de su bj etividad y prácticas de libertad
otras. Una historia hecha de historia s extraordinarias que nunca fueron así
consideradas. Una mirada teñida de voluntades y pasiones, la nuestra, por
reconocer y rescatar fragmentos de vi das empeñadas en la práctica de una
libertad contingente y limitada. Enredadas en sus imposibles que
progresivamente se transfiguraron en afectos y actos nuevos.
Las destacamos sobre relatos canónicos de liberaciones, algunos de los
cuales suelen sostenerse sobre categorías que sustantivizan, paradójicamente, a
pesar de la retórica subversiva, y no permiten ver otras resistencias y otras
transformaciones locales e inmanen tes, ni comprender cambios que
transformen identidades, de género en este caso, y se diluyan para
reconfigurarse en un movimiento antes impedido o inimagimable. Son
transformaciones paradójicas estas de mujeres sólidamente consideradas co mo
«amas de casa» y de «clase obrera». Cambios imperceptibles, sin interés para
algunas narrativas y que, sin embargo, hemos escuchado con detenimiento
como vertiginosas aventuras articuladas en una compleja red de el ementos
simultáneos que se convirtieron en cond ición de posibilidad unos de otros.
Hemos trazado una travesía sobre la sup erficie de ese espacio subjetivo que
venimos analizando. Pero es en la sup erficie, evocando a Deleuze, donde
levanta el vuelo, repentino y múltiple, como mariposa fugaz que volviera
siempre distinta, el sentido.
Foucault reflexionó acerca de los juegos de verdad y de poder que
configuran los diversos y cambiantes pr ocesos de subjetivación y objetivación.
En su analítica del poder estu di a las relaciones de fuerzas en ejercicio
produciendo un enfoque conceptual que puede convertirse en modelo para el
esclarecimiento de distintos sistemas de sujeción. 705 Además, su análisis
privilegió en sus últimas obras aquellos ju egos en los que el propio sujeto se
plantea como objeto de un saber posible y como objeto en formaci ón,
desplazándose su eje hacia una historia de la subjetividad, 706 en tanto
esclarecimiento de las formas en las que el sujeto hace experiencia de sí mismo.
En tal intento, la sexualidad fue destacada como la superficie sobre la cual los
individuos han sido interpelados a r econocerse de maneras específicas,
constituyéndose así, mediante dispositivos concretos, en una v erdad interna y
esencial, un elemento que dota de inteligibilidad al sujeto.
Ya hemos comentado cómo algunas autoras feministas, recogiendo esta
reflexión compleja acerca de los procesos subjetivos, han desplazado el vértice
d e l a « v e r d a d » s i t u a d o e n l a n o c i ó n d e s e x u a l i d a d , a l « s e x o v e r d a d e r o » p e r o e n
tanto identidad sexual producida por los dispositivos de género. Y es en el
intento de esclarecer los procesos enraizados en prácticas y que atraviesan el
705 (Díaz, 1995) p. 183.
706 (Foucault, 1981e) p . 214; (Foucault, 1984b) p. 216.
Parte IV. Análisis de un pro ceso de transformación intersubjetiva 271
cuerpo, como se han establecido fértiles y arriesgadas conexiones con la
dimensión opaca de los procesos de s ujeción: imaginarios y deseos, fantasías y
tensiones emocionales que bullen en un cuerpo sometido y disciplinado pero
investido de potencia para la creación y la re-creación; sea mediante la
repetición imperfecta de prácticas constituyentes, sea mediante el
desplazamiento de los significados, sea mediante la reelaboración de relatos
autoconfiguradores, o, más bien, de la co-ocurrencia de ell os, de procesos
diversos en el devenir social.
Cuando los elementos de una tal configuración enmarañada, de es e
diagrama como diría Deleuze, se alter an , correlativamente se reconfiguran y se
mueve el conjunto. Las relaciones de poder, los juegos de verdad, los procesos
de subjetivación y las prácticas de sí. Es esta apertura o deslizamiento el que
intentaremos analizar, estableciendo como eje inicial y prioritario una situación
de dominación, cuyo deshacerse y reh acerse en relación con prácticas concr etas
y circunscritas a un ámbito institucional permite una alteración que
progresivamente abre, no de manera apr oblemática por supuesto, la agencia, o,
en términos de Foucault, intensifica o multiplica las posibilidades para la
resistencia, estableciendo nuevas prácticas de sí que quizá, y esta era nuestra
intuición, se acaben configurando co mo prácticas de libertad. Contingentes,
concretas, históricas. Colectivas y sing ulares a la vez y que quisiéramos
entroncar en la tradición feminista de elaboración de genealogías de la
ontología de género, como postula Butler, y en la rica tradición de práctica
política y ética de los movimientos de mujeres. Aunque, paradójicamente, el
proceso estudiado no se enmarcara en una iniciativa calificada como feminista.
Es la pretendida incoherencia ac hacada a Foucault acerca de las
consideraciones contradictorias de lo s procesos de subjetivación, mediante los
cuales los dispositivos producen, el poder normaliza y disciplina, por un lado, y
el sujeto autopoiético que se configura a sí mismo como una obra de arte, por
otro, el espacio que permite la problematiza ción del cambio. Leída esta
«incoherencia» de manera más fructífera y adecuada, a nuestro entender, y
asumiendo como clave una noción de sujeto no sustantiva y procesual,
relacional e intersubjetiva, intentaremos destacar en ese espacio de tensión
elementos que en su emergencia y en su coexistencia con otros persistentes,
permiten una lectura política de ese movimiento de transformación. Pensamos
un sujeto inaugurado por el poder, un sujeto constituido socialmente en
relaciones de poder, pero cuya cons titución progresiva, enmarañada en
prácticas sociales cambiantes, puede permit irle un ejercicio de libertad en tanto
reflexión y práctica acerca de su propia conformación.
Como punto de partida, solo queda resaltar la pertinencia de la obr a
foucaultiana para las posibilidades de la práctica política feminista: el sujeto,
configuración histórica en las mallas del poder, no es sólo un cuerpo dócil,
272 Relaciones de poder, esp acios de su bj etividad y prácticas de libertad
puede ejercer resistencia incluso de manera muy limitada, como cuando el
género, por ejemplo, se «congele» (en términos de Judith Butler) en la
reiteración persistente de determinadas pr ácticas o, (en términos foucaultianos)
cuando las relaciones de poder se tornen inflexibles, difícilmente reversibles en
un estado de dominación.
No obstante, las posibilidades de una práctica política de la libertad
tampoco serán nunca absolutas ni tr ascendentes; condici onada por las
relaciones heterogéneas de poder en las que emerja, estará siempre sujeta a la
formación de nuevas situaciones estr atégicas que pueden tornarse más
opresivas. Las prácticas de sí están conformadas en los dispositivos históricos,
aunque la subversión permitirá un ej ercicio móvil de algunas cuyos efectos
amplíen la agencia y generen una reducción de los malestares o un incremento
del placer. Incluso si el proceso es irreductiblemente ambivalente
Introduciendo una analítica del poder específica d e la ontología de género,
la consideración habitualmente eludida por Foucault de lo afectivo y del deseo,
y una lectura particular de las prácticas de libertad por él postuladas, creemos
que es posible trazar eso s tránsitos colectivos y singulares que en esta historia
permitieron, no de manera simple y lineal, la experiencia de un bienestar y de
unas posibilidades insospechadas a unas cu antas mujeres. Porque el sujeto es
una formación histórica, su re-creac ión en determinada confluencia de
elementos mutuamente condicionantes es posible.
Parte IV. Análisis de un pro ceso de transformación intersubjetiva 273
Capítulo 6. El a priori histórico de una experiencia posible
Una de las num erosas razones q ue hacen qu e sean para
nosotros tan desconcertant es es que a pesa r de su singularidad
histórica, no son del todo origi nales. El fascismo y el
estalinismo han utilizado y extendido mecanismo s present es ya
en la mayoría d e sociedades
M ICHEL F OUCAUL T , Le sujet et le pouvoir , 1982 707 .
El proceso de cambio que vamos a analizar se produce en un grupo de
mujeres que participan, en Navarra duran te los años 70, en una experiencia que
tiene lugar en los Centros de Promoción de la Mujer y de Cultura Popular . Las mujeres
que hemos entrevistado tienen en la actualidad entre 55 y 70 años. Nacieron
entre 1936 y 1950, y se educaron dura nte la etapa más dura del régimen
franquista, el llamado período autárquico . Su edad adulta se inicia casi al mismo
tiempo que el proceso de desarrollo y mo dernización que arranca del Plan de
Estabilización de 1959. En ese proceso se combina el arranque de la moderna
sociedad capitalista española con el mantenimiento de un régimen dictatorial y
buena parte de los discursos ideológicos del primer franquismo, cada vez
menos coherentes con los procesos sociales en marcha. Su participación en la
experiencia de los Centros se sitúa preci samente en la fase de crisis de las
formas políticas e ideológicas del régimen y de inicio de la transición al régimen
de la Constitución de 1978, consecuencia y continuación del proceso
desarrollista.
El régimen franquista dedica un import ante esfuerzo a establecer y codificar
el papel de las mujeres. Ese esfuerzo es visible tanto en el plano discursivo
como en el del ejercicio disciplinario, que coinciden en configurar el cuerpo
social como una familia, en cuyo seno la mujer tiene el papel exclusivo de
esposa y madre. Una mirada genealógica a cerca de esa ontologí a de género y de
sus desplazamientos en un proceso concreto, implica recoger, y así lo hemos
intentado, tal como insistentemente reclamaba Foucault, la singularidad de los
acontecimientos, evitando la presuposición de una direccionalidad teleológica
hacia la que deberían transitar los procesos subjetivos analizados. Hemos
intentado conservar, implícita pero palp itante, la pregunta sobre por qué esos
movimientos, por qué las coincidencias y las singularidades, esperando
encontrar, en la confluencia y conexiones teóricas de los materiales estudiados
las posibles respuestas. Lo hemos hecho sin considerar que sean las únicas y
evitando una actitud de interpretació n que descuidara la propia emergencia de
707 (Foucault, 1982c) p . 224
274 Relaciones de poder, esp acios de su bj etividad y prácticas de libertad
ejes particulares en el análisis conforme nuestra mirada se afinaba, y
considerando que, aun cuando la aparición de una nueva experiencia sea el
resultado de una modificación de la experiencia anterior, esa modificación no
estaba en absoluto inscrita en la experiencia precedente . 708
La respuesta a las preguntas de qué re sultó tal modificación, qué vivencias
entrañaba, qué tonalidades adquirió, sólo pueden señalarlo las voces recogidas.
Es ahí donde hemos intentado una escrupulosa consideración de lo
manifestado por ellas. Hemos intentad o articularlo utilizando de manera
particular, como ese andamiaje provisiona l que va avanzando en función de lo
elaborado, las herramientas que la lectura de Foucault nos ha proporcionado. E
introduciendo, asimismo, algunos elementos nuevos que las lecturas feministas
y las aproximaciones butlerianas han planteado, como la atención a la
dimensión emocional ambivalente o lo s procesos de desidentificación-
identificación. Iremos introduciendo nues tras consideraciones, recogiendo las
voces de las mujeres entrevistadas, a lo largo de todo este análisis.
6.1. Utilizando la caja de herramientas (II)
6.1.1. Dispositivo de producción de datos
En este análisis genealógico hemos intentado articular diversos elementos
heterogéneos. Por un lado, las herramientas teóricas que hemos ido
explorando, atendiendo fundamental mente a la analítica foucaultiana, tanto de
las relaciones de poder como de las pr ácticas de sí. Además, hemos introducido
la dimensión afectiva vinculada a lo anterior que desde lecturas feministas de la
subjetividad se ha apuntado. Nuestro propósito no es hacer una interpretación
exhaustiva de este proceso de transfor mación de género sino profundizar en
las aportaciones foucaultianas que pued an trazar o esclarecer este complejo
tránsito hacia posiciones de menor sujeción.
Por otro lado, contamos con materiales así mismo diversos.
a. Los documentos que se construyeron en aquel momento y que hemos
revisado en los archivos de los los Centros de promoción de la mujer y cultura popular .
Tales documentos caracterizan el proyecto iniciado en los años 60 y
reelaborado parcialmente en los 70, y dan cuenta del surgimiento de esta
iniciativa en Pamplona y de su desarro llo. Estos documentos, como estatutos,
708 (Larrauri, 1996)p. 2
Parte IV. Análisis de un pro ceso de transformación intersubjetiva 275
actas de las reuniones, objetivos, materi ales de formación, notas de prensa y
evaluaciones, nos han permitido reconfigur ar el funcionamiento y las prácticas
concretas allí realizadas. Todos se insc riben en ese momento histórico del final
de régimen franquista y de la transición.
b. Los relatos de reconstrucción subjetiva, desde el presen te, de aquel
proceso. Para obtener tales datos hemos realizado doce entrevistas en
profundidad que nos han permitido recoger las voces de mujeres que
participaron y se implicaron en tal experi encia. No son explícitamente historias
de vida, puesto que hemos otorgado especial énfasis a este trayecto de sus
vidas, aunque, obviamente, muchos «antes» y muchos «después» se relatan, se
retoman, irrumpen, son elaborados, en fin, en el relato de aquella experiencia.
Planteamos una muestra estratégica para acceder a mujeres que tuvieron en
común su participación en los Centros. Tal muestra estratégica se estableci ó a
partir de los documentos revisados en los archivos y tuvo l a pretensión de
abarcar la participación en los centros de barrios diferentes por parte de
mujeres con cierta variabilidad en su edad. Las mujeres entrevistadas
participaron en los centros de tres barri os de Pamplona: San Juan, la Rotxapea,
San Jorge. Tres barrios significativos que abarcan tres espacios de crecimiento
de la población en los años 60 y son destino de inmigración proveniente de
zonas rurales de Navarra y de otras z onas del Estado. Barrios que crecieron
espectacularmente en aquellos años y que fueron asimismo el lugar de
residencia de gente nacida en la propia ciudad.
Estas mujeres, en su mayoría casadas y con hijos, no habían cursado
estudios secundarios, ni siquiera alguna s habían finalizado los primarios. Sólo
dos de ellas se habían diplomado en estudios superiores, Asistencia Social, pero
solo una, de todas ellas, trabajaba en el momento de implicarse en los Centros.
El resto siguió los cursos de formaci ón que se impartían en ellos. En la
actualidad cuentan entre 55 y 70 años . En aquel momento, por tanto, eran
jóvenes amas de casa, aunque en su mayo ría habían trabajado antes de casarse y
desempeñaban el rol de ama de casa desde hacía poco tiempo o llevaban más
años asentadas en él.
Volvemos ahora a la retícula conceptual y metod ológica foucaultiana para
señalar elementos que se han consti tuido como guías de nuestra elaboración
del análisis de los materiales recogidos.
276 Relaciones de poder, esp acios de su bj etividad y prácticas de libertad
6.1.2. La analítica del po der como punto de partida
Según Foucault la analítica del poder implica ciertos puntos a tener en
cuenta para orientarnos en la complejidad heterogénea de las relaciones de
poder. El señala cuatro elementos que guiarían la exploración de éstas 709 .
En primer lugar
, el sistema de diferenciaciones
, puesto que toda relación
de poder implica diferenciaciones que son a la vez condiciones de su ejercicio y
sus efectos. Se pueden referir a diferencias jurídicas y de privilegios,
económicas en cuanto apropiación de las riquezas, diferencias culturales y de
competencias. En la situación estudi ada, en el apriori histórico en el que se
inserta, las diferenciaciones de género implicaban tanto diferencias jurídicas
como tradicionales , que a pesar de la modificaci ón de las leyes al final del
franquismo, seguían actuando como hábitos incorporados; por otro lado,
implicaban diferencias culturales y de competencias pues la educación
recibida por las mujeres era muy distinta y específica, entra ñando menores
posibilidades de acción y desempeño de tareas, aunque algunas habilidades,
como las referidas a las domésticas, eran objeto de sobreinstrucción. Por otro
lado, también las diferencias económicas, de «clase» son cruciales en
nuestro caso. Las mujeres que acudieron a los centros de promoción provenían
y se relacionaban dentro de las (im)pos ibilidades y prácticas específicas de la
clase obrera. Ellas habían trabajado hasta el momento del matrimonio. Sus
maridos eran fundamentalmente obreros y emplead os en talleres.
En segundo lugar, señala el
tipo de objetivos
en el ejercicio del poder.
Aquí nos encontramos una situación po liédrica en la que se entrecruzan
objetivos de estratos diversos con mayor o menor grado de generalización.
Desde el objetivo explícito que el franquismo situaba en el mantenimiento de
un orden social determinado , articulado fundamentalmente desde la familia,
al mantenimiento de privilegios, relativos, por parte de los varones con los que
conviven estas mujeres y que se verán alterados en su proceso de
transformación. Pero, sobre todo, podemos intuir un objetivo más difuso pero
más encarnado respecto al mantenimiento de las prácticas de género que
definían las subjetividades. Serán éstos los que se pongan más en juego en la
progresiva alteración de las práctica s (funciones, espacios, tiempos...).
En tercer lugar, Foucault señala las
modalidades instrumentales
en el
ejercicio del poder. Es decir, cómo, a trav és de qué medios éste opera sobre un
campo de posibilidades. Desde las sancione s sociales, sistemas de control, de
vigilancia según reglas explícitas o no, dispositivos materiales, etc. Creemos que
aquí resultan especialmente relevantes los sistemas informales de control y
de sanción , que emergerán en los itinerarios analizados cuando comiencen a
709 (Foucault, 1982c) p . 239–41.
Parte IV. Análisis de un pro ceso de transformación intersubjetiva 283
Esas instituciones debían asegurar el fu ncionamiento sin conflictos de esos tres
ámbitos y estaban formal y legalmente re guladas hasta sus mínimos detalles. El
régimen tuvo especial empeño en regular las relaciones de lo que consideraba
la primera «entidad natural»: la familia. 716 En relación con la extrema
segregación de género impuesta por los discursos y la política franquista, el
régimen y la Iglesia Católica hablaron c on la misma voz represora: existía una
imbricación estricta al respecto en ambos discursos. 717
El Estado franquista ejerce de manera límpida el poder pastoral: su
gobierno y cuidado individualizado de las almas. En ese entrelazamiento de
esferas, sobre todo en relación con la objetivación de «la mu jer», la retórica
organicista exigía, por un lado, una dist inción estricta de funciones femenin as y
masculinas y, por otra, la subordinaci ón de las mujeres en una estructura
familiar jerárquica. Una legislación femeni na restrictiva y específica solidifica
ese discurso familista; éste, que ensalzab a el papel fundamental de la mujer en
la familia como garante de un orden «nat ural», advertía exaltado de los peligros
que podrían derivarse de una alteración de estas funciones naturales, asimismo
sacralizadas, 718 lo cual configuraba de manera c onjunta y singular la anomalía y
el pecado. Fueron pues la Iglesia y la Falange —dentro de ell a en especial la
Sección Femenina—, los generadores de discursos apoyados en argumentos
biologicistas, que ya habían proliferado en el XIX en Europa en relación con las
mujeres, y que sostenían la sumisión femenina. No podemos dar cuenta
detallada de ellos aquí, pero sí resulta reseñable un rasgo específico de los
discursos y proclamas de la Sección Femenina: en contraste con otras
organizaciones fascistas europeas, era la única que sostenía una inferioridad
natural de la mujer con relación al ho mbre. Tal como decía Pilar Primo de
716 En plena Guerra Civil, la Pasto ral Cole ctiva d el Episcopado Español escri ta por el
cardenal Gomá decía así: « El Movimiento ha fo rtalecido el sentido de la patria, contra el
exotismo de las fuerzas qu e le son contra rias . La patria implica una paterni dad; es el
ambiente moral, como de una familia di latada , en que logr a el ciuda dano su desa rrollo total; y
el Movimiento nacional ha determinado una corrien te de amor qu e se ha concentra do
alrededor del nombre y de la sustancia histór i ca de España, con aversión de los elemen tos
forasteros que nos acar rearon la ruina.» Cita do por A. Granados, El carden al Gomá, primado
de España , Madrid, 1969, el subr ayado es nuestro.
717 (Molinero, 1999) 63-82.
718 Sobre la idea del orden político construi do sobre el orden jerár quico «natural» de la
familia en el discurso de la derecha reacci onaria española en lo s albores del franquismo,
véase (Moya, 1984). El papel central y superior del padre es evidente en todo ese discurso.
Como muestra, el propio Gomá sosti ene en un libro de 1931 titulado La familia según el
derecho natural y cristiano : «...dondequiera que, en las cosas divinas o humanas, se concentran
los poderes fuertes y dilatados, las profun das influencias, las dulces y recias afecciones, allí
hallaréis el nom bre de pa dre qu e las represen ta y so stiene. El padre es como el origen
frontal de la vida humana; la madre es más bien el r eceptác ulo sagra do que la fomen ta. El
padre aporta la semilla viva; la madre es la tierra que la fecu nda y convierte en tallo vivaz.
La generación, obra solidaria de l padre y la madre, se atribuye , como principi o activo, al
padre...».
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