La epidemia europea de gripe de 1708-1709. Difusión témporo- espacial e interpretaciones contemporáneas : G. M. Lancisi, B. Ramazzini y K. F. Hoffmann
Abstract
Olagüe de Ros, Guillermo
Full text
La epidemia europea de gripe de 17081709. Difusión témporo-espacial - - e interpretaciones contemporáneas: G. M. Lancisi, B. Rarnazzini, K. F. Hoffmann (") A Xesc Bujosa i Homar, historiador honesto. Nec doctorem facit cathedra Sed doctor facit cathedram Per virtutis et scientiae rudimenta. Los historiadores de la medicina y de la epidemiología no han valorado en su justo alcance la epidemia de gripe que azotó buena parte del continente europeo en el inverno de 1708 a 1709. Algunos han ignorado totalmente la existencia de tan notable brote, mientras que otros se han limitado a señalar tímidamente su presencia, si bien como prólogo de la primera pandemia de gripe históricamente reconocida (1). (") Algunos aspectos de este trabajo fueron discutidos, en su momento, con Juan Luis Carrillo (Málaga), José Luis Peset (Madrid) y Esteban Rodríguez Ocaña y Luis GarQa Ballester (Granada). Vaya por delante mi agradecimiento por su colaboración. (1) La historiografia sobre la gripe es relativamente abundante. Estudios generales sobre la enfermedad se hallan en las siguientes monografías: ACKERKNECHT, E. H. (1965): Histoíy and geography of the most important diseases. New York-London, Hafner Pub. Co.; BURNET, M. (1967): Historia de las enfermedades infecciosas. Madrid, Alianza Editorial, El Libro de Bolsillo; . CORRADI, A. (1 865-1 895): Annali delle Epzdemie occorse in Italia dalle @.me memorie sino Ü1 1850. ~olo~na, Memorie della Societa Medico-chinirgica di Bologna, 4 partes en 6 vols. + 1 vol, ApPendice (Rqrz'nt: Bologna, Forni Editore, 5 vols., 1973); HIRSCH, A. (1883): Chapter 1. Influenza. Handbook ofGeographica1 and Historical Pathology. Vo'olume 1. Acute Infective Diseases. Transl. fim the 2nd. German Edition by Charles Creighton. London, The New Sydenham Society, pp. 7-54; FAIDHERBE, A. (1897-98): Apercu chronologique des principales épidémies de la Flandre. Janus, 2, 49-56; 153-168; OZANAM, J. A. F. (1835): Histoire médicale générale et particuliere des maladies épidémiques contagieuses et épizootiques. 2.a ed. París, 4 vols., 3.e Partie, pp. 92-218; La " Departamento de Historia de la Medicina. Facultad de Medicina. Universidad de Granada (Espafia). DYNAMIS Acta Hispanica ad Medicinae Scientiarumque Historiam Illustrandam. Vol. 1, 198 1, pp. 5 1-86.
52 GUILLERMC) OLAGUE DE ROS Resulta, pues, paradójico que, frente a las importantes consecuencias sociocientíficas que tal episodio determinó, la historiografía médica no se haya puesto aún de acuerdo sobre el carácter, extensión, factores Bibliotheca Epidemiographica sive Catalogus librorum de historia morborurn epidemicorum cum generali tum speciali conscriptorum. Editio altera. Greifswald, Ex Libraria Academica (1 862) (Repr. Hildesheim-New York, G. Olms V., 1973) de H. HAESER, es ,una magnífica obra de consulta para la heurística de fuentes, pero que exige un cuidadoso manejo. Los diccionarios médicos del siglo pasado constituyen una fuente inapreciable; especialmente útiles nos han sido: PETIT (1 8 17): Grippe. Dictionaire des Sciences Médicales par une Société de Médecins et de chirurgiens. (DSM). París, Tome XIXe, C.L.F. Panckoucke Editeur, páginas 351-367, y las dos voces redactadas por BROCHIN ]para el Dictionnaire ~ncyclopédique des Sciences Médicales (DESM) dirigido por A. Dechambre: Catarrhe. París, Asselin-Masson, Tome XIIIe, pp. 214-300 (1873), y Grippe. Paris, Asselin-Masson, Tome Di~ikme14~ série, pp. 709-749 (1884). Los grandes tratados de historia de la medicina tampoco han descuidado la historia de esta enfermedad. Véase, por ej.: HAESER, H. (1 882): Lehrbuch der Geschichte der Medicin und der epidemi!;chen Krankheiten. III Band. Geschichte der epidemischen Krankheiten. 3.a ed., Jena, V. von Gustav Fischer (Repr. Hildesheim-New York, Georg. Olms V., 1971); FOSSEL, V. (1903). Geschichte der epidemischen Krankheiten. XI. Influenza und Dengue. iw NEUBURGER, M.; PAGEL, J. (Dirs.): Handbuch der Geschichte der Medizin. Begriindet von Th. Puschmann. Jena, V. von Gustav Fischer, vol. 11, pp. 878-887. (Repr.: Hildesheim-New Yoirk, Georg Olms V., 19'7 1); DELAFONTAINE, P.; TROCMÉ, S. (1 949): Histoire des maladies infectieuses. Grippe, érysipkle, typhoide et paratyphoide. in: LAIGNEL-LAVAS'TINE, M.; GECAN, B. (Eds.): Histoire Générale de la Médecine, de la Phanacie, de l'Art dentaire et de I'Art Vétérinaire. París, Albin Michel Ed., Tome 3, pp. 125-127. De los estudios monográficos sobre la historia de la gripe merecen señalarse: BEVERIDGE, W. 1. (1978): Influenza: The last Great Plague. An unfinished story of discovery. New York, Prodist; BURCHARD, G. (1929): Zur Geschichte der Influenza. Arch. Gesch. Med., 22, 201-205, se centra en los brotes aparecidos en Alemania; FUSTER, J. (1861): Monographie clinique de l'affection catarrhale. Montpellier, Gras Imprimeur-Libraire; SAILLANT (1 780): Tableau historique et raisonné des épidémies catarrhales ou la grippe depuis 1540 jusques et y compris celle de 1780, avec l'indication des traitements curatifs et des mqyens propres a s'enpréserver. Paris. THOMPSON, Th. (1 852): Annals $influenza, or epidemic catarrhalfever in Great Britainfrom 1510 to 1837. London, The New Sydenham Si~ciety. Para el brote gripal de 1708-09, la bibliografía no es muy abundante. Además de la monografía de J. FUSTER (1861) antes citada, que consagra su capítulo V a esta epidemia (((Constitutions catarrhales de Rome, en 1709, d'aprés Lmcisi)), pp. 167-1 83), vid.: JARCHO, S. (1979): The ((Epidemia Rheumatica)) Described Iby Lancisi (171 1). in: ROSENBERG, Ch. E. (Editor): Healing and History. Essays for George Rosen. New York, Neale Watson Acad. Publ., pp. 51-58; y PFAFF, C. F. (1809): Ueber die strengen Winter vorzuglich des achtzenhten Jahrhunderts. Kiel. Finalmente, hay que mencionar una serie de artículos teóricos sobre la gripe, escritos por clínicos actuales, pero en los que también se abordan de forma obligada problemas relacionados con la historia de la enfermedad: BADER, M. (1977): Influenza Cycles. JAMA, 237/26, 2813; KAPLAN, M. M.; WEBSTER, R. G. (1977): The epidemilogy of influenza. Scient. Amer., 237 88-106, 190; SHOPE, R. E. (1958): Influenza. History, epidemiology and speculation. Publ. Hlth. Rep. (Wash.), 73, 165-178. También son fuentes ricas en información algunos de los tratados nosotaxistas del s. XVIII, como por ej. el de CULLEN, W. (1780): Synopsis nosologiae methodicae. 3.= ed., Edinburgi, G. Creech, 2 vols. (vol. 2.0, Class. 1, ord. V; Profluvia gen. catarrhus, spec. 2. Catarrhus á contagio); y también el de BURSERIUS, J. B. (1785-89). Institutionum Medicinae Practicae. 4 tomos en 8 vols., Mediolani, Typis Imperialis (vol. 1. Tom. 2, 1785, Pars Tertia. De Febribus Continuis Remittentibus. Febris Catarrlialis).
La epidemia europea de gripe de 17081709 5 3 concomitantes y consecuencias de todo orden que aquél tuvo. Las razones de este olvido son múltiples, pero básicamente pueden reducirse a dos clases: de tipo científico, y de carácter histórico-social. Las causas de tipo científico responden a la propia peculiaridad de la enfermedad que nos ocupa: la gripe. Hasta la llamada «era virológica)) no hemos dispuesto de un esquema interpretativo científico que explicara cabalmente todo el cuadro patogénico que genera el agente causal de la enfermedad. Aún hoy, muchos aspectos de ésta -precisamente los más directamente relacionados con su posible presentación cíclicase hallan fuertemente contestados por buena parte de los epidemiólogos. Por ello, es lógico que los historiadores de la enfermedad y más concretamente de la gripe anteriores a esta era, hayan incurrido en frecuentes contradicciones a la hora de enjuiciar, en general, todo brote histórico de gripe, y en particular, el que en este trabajo pretendemos analizar en toda su dimensión. Uno de los primeros problemas a resolver es el terminológico, referido no sólo al diagnóstico que los distintos autores han utilizado para etiquetar los diferentes estallidos aparecidos en el curso de los tiempos, sino también a su calificación epidemiológica en cuanto a su forma de presentación. En el primer caso, la dificultad viene dada por la poca especificidad del cuadro sintomático, similar a un buen número de procesos, lo que ha movido a los estudiosos a utilizar un dilatado número de fórmulas diagnósticas. Así, si bien el término injuenza era conocido ya desde 1357, no se generalizó su uso en los países anglosa; jones y en Italia hasta la epidemia de 1742-1 743 (2). Por lo que se refiere al término grippe/pz$e, de uso común en Francia y España, éste fue adoptado con carácter universal en la segunda mitad del siglo XVIII (3). Pero junto a estos términos de aceptación común en la actualidad, ya hemos señalado que históricamente se han utilizado una variada gama de sinónimos que, a juicio de quien en cada situación concreta los acuñó, pretendían recalcar un aspecto particularmente significativo del proceso morboso, con lo que en muchos casos la enfermedad quedaba prácticamente desdibujada. A finales del siglo XVI, comenzó a generalizarse en Italia el uso del término male di castrone, que subrayaba en esta circunstancia concreta su fuerte incidencia entre los acuartelamientos militares (4). Pero al ,ser este término muy equívoco, pues podía confundirse con los de morbus castrensis (tifus) y febris castrensis (paludismo), los estudiosos posteriores -especialmente de los siglos XVII y (2) ACKERKNECHT, E. H. (1965), p. 75. (3) Ibidem. (4) JARCHO, S. (1979), p. 53.
54 GUILLERMO OLAGUE DE ROS XVIIIlo abandonaron y buscaron neologismos que, en su opinión, definieran más específicamente la enfermedad. Por ejemplo, Giovanni Maria Lancisi (1 654-1 720), que en el análisis de la epidemia romana de 1708-09 (sobre la que luego volveremos con más detenimiento) rechazó expresamente el nombre male di castrone y lo sustituyó polr el de rheuma, que para él recalcaba el componente de catarro nasal, uno de los síntomas cardinales de la enfermedad junto a la tos y el dolor de pecho (5). Incluso ya en una fecha tan significativa y tardía como 1743, Hermann Paul Juch y Johann Jakob Zuberbuhler, editaron un estudio sobre la epidemia gripal que había azotado por esa época varios lugares de Alemania, con el titulo De Febre Catarrhali Epidemia, cum Tussi et Coriza Complicata, a través del cual se enfatizaba de forma intencionada los principales rasgos del cuadro sintomático y de sus complicaciones (6). Los cinco primeros capítulos (resolutiones) de su tratado son una clara apología de la exactitud con que, a juicio de sus propios autores, juzgan la enfermedad estudiada. Y, cómo no, el recurso a criterios de autoridad -manifiesto por la continua referencia a autores clásicosle sirven para reforzar sus opiniones (7). Igual podríamos decir de otros nombres latinos referidos a la gripe -como los de catarrhus qpidemicus, tussis epidemica y cephalalgia contagiosaque gozaron en algunas fases de gran predicamento pero que, debido a su ambivalencia, fueron abandonados con el tiempo. Es (;urioso señalar que las lenguas vernáculas tampoco quedaron al margen de esta problemática terminológica. Los alemanes, en distintos momentos, han denominado a la gripe ziep, pipf y hühnemeh, mientras que los italianos han utilizado además del ya mencionado male di castrone, los de mazuchi y cocculus. Este último no cabe duda que está emparentado con el francés coqueluche, idioma que posee además los sinónimos de quinte, folette y grippe. Finalmente, señalemos las voces sajonas deju, yfeveret como sinónimas de znjuenza (8). Un claro ejemplo de disparidad terminológica extrema nos lo ofrecen los alemanes R. J. Kammermeister y J. H. Slevogt, autores de sendos tratados sobre la epidemia de gripe alemana de 11 7 12, quienes la -- (5) LANCISI, G. M. (1739), vol. 1, p. 11 l. (6) Este breve tratado cuyo titulo completo es De Febre Catarrhali Ep~demia, cum Tussi et Coriza Complicata, mensibus vernalibus anni praeteriti in pluribus Germaniae provinciis grassante. Erford, 19 Junii 1743, se publlcó en: HALLIER, A. von (1768): Dzsputatzonzs ad morborum Hzstorzam et Curatzonem faczentes, quas collzgzt, edtdzt et recensuzt Albertus Hallrms Lausanae, Sumpt. Marci-Michael. Bousquet et Socior (Tomus Quintus. Ad Febres. num. CLXVII), pp. 295-314. (7) JÜCH, H. P.; ZUBERBUHLER, J. J. (1768), p. 300. (8) FOSEL, V. (1903) zn NEUBURGER, M.; PAGEL, J. (Dirs.), vol. I[I, p. 879.
La epidemia europea de gripe de 1708-1 709 5 5 denominan Krankheit la mode y Galanterie-Krankheit oder Moderfieber (9). Esta falta de concreción definitoria ha pervivido incluso hasta nuestros días. Los dos términos cultos más utilizados en la actualidad para señalar a la enfermedad, injuenza y grippe/gripe, hacen referencia, en el primer caso a la doctrina bajomedieval y renacentista acerca de la relación biunívoca entre influjos astrales y aparición del cuadro morboso (10); y en el segundo -en opinión de Macfarlane Burneta su estimación en el siglo XVIII como enfermedad de moda entre la aristocracia gala (1 1). El brote epidémico de 1708-09 se halla, pues, totalmente inmerso en esta problemática terminológica que hemos apuntado. Veremos luego cómo los diferentes tratadistas del mismo -y muy especialmente Giovanni Maria Lancisi, Bernardino Ramazzini y Karl Friedrich Hoffmann, tres grandes figuras de la medicina de su épocasi bien asintieron en los más sobresalientes rasgos del cuadro clínico, divergieron en lo tocante al diagnóstico, para el que cada uno de ellos recurrió a una fórmula semántica totalmente diferente. El segundo problema terminológico que apuntábamos al principio de este trabajo se refiere a la desigual estimación cualitativa que los diferentes brotes históricos de gripe han merecido para los estudiosos. En la era ((previrológica)), dada la ausencia de criterios uniformes que permitieran establecer claramente el carácterpandémico o epzdémico de un episodio gripal, fue frecuente recurrir a ambas denominaciones para etiquetar a un mismo brote. Sin embargo, por la distinta intencionali-, dad con que se escribieron estos análisis -ya fuera con un espíritu exclusivamente clínico, o bien con un ánimo epidemiológicose enmarañaron aún más los aspectos nosográficos y nosotáxicos de la gripe. Valgan como ejemplificación de lo dicho las antagónicas conclu- . siones adoptadas por dos clásicos de la historia de esta enfermedad que partían de los mismos supuestos. Nos referimos a August Hirsch y Joseph-Jean-Nicolas Fuster. August Hirsch (1 8 171894), que fue profesor de medicina en Berlín, contribuyó poderosamente junto a Pettenkoffer al extraordinario desarrollo de la higiene en la etapa prebacteriológica (1 2). A instancias de Rudolph Virchow concluyó su monumental Handbuch der Historisch- (9) HAESER, H. (1882), vol. 111, p. 944. (10) ACKERKNECHT, E. W. (1965), p. 78. (1 1) BURNET, M. (1967): Historia de las enfermedades infecciosas. Madrid, Alianza Editorial, p6ginas 298-299. (12) HIRSCH, August, in: B. L. H. A./1880. vol. 111, pp. 235-236 (Repr.: München-Berlin, Urban und Schwarzenberg V., 1962).
geographischen Pathologie (1 8591864), que fue traducido al inglés en 1883 (13). En el primer volumen de esta versión -la manejada por nosotrosse consagra precisamente el primer capítuilo de las Acute Infective Diseases al análisis epidemiológico e histórico de la Influenza. Este apartado, al igual que el resto de la obra, está escrito desde unos supuestos científicos muy claros, los propios del ambientalismo hipocratista, y con una intencionalidad muy manifiesta, contribuir a que el médico conozca más profundamente la historia natural de las enfermedades y, por tanto, las pueda tratar mejor. Este pragmatismo es, entre otros motivos, el que le lleva a una distinción muy simple de las distintas formas de presentación de la gripe. Para Hirsch, ((la gripe se presenta siempre como una enfermedad epidémica, ya sea en un estrecho marco, o incluso confinada a lugares concretos, o bien con una difusión generalizada sobre amplias zonas del país, sobre todo un continente, y no raramente, sobre una gran parte del globo, como una auténticapandemia)) (1 4). En la tabla histórica que prologa este primer capítulo, Hhch identifica, para el período cronológico comprendido entre 1 173 y 1 874175 casi 400 brotes epidémicos, de los que una quincena son considerados auténticas pandemias por su amplia difusión (15). El carácter epidemiológico de la obra le lleva' a Hirsch a simplificar incluso las formas de presentación clínica, de las que distingue únicamente la influenza, a la que estima independiente de influjos de tipo externalista (clima, estaciones del año, condiciones telúricas, etc ...), y por ello sin relación con el catarro bronquial epidémico, al que considera fuertemente dependiente de dichas condiciones (1 6). Joseph-Jean-Nicolas Fuster (1 801-1 8 76), es una figura médica significativa de la escuela montepesulana del siglo XIX (17) y es autor, además, de una dilatada obra médica -centrada especialmente en los aspectos epidemiológicos y clínicos de las enfermedadesdesde la que se opuso al brussismo y a una interpretación organicista de los procesos morbosos. En 186 1 publicó en Montpellier una Monographie Clinique de I'afection catarrhale (18) que, como su titulo indica, pretendía ser un (13) SIGERIST, H. (1933): Problems of historical-geographical Pathology. Bull. Znst. Hist. Med., 1, 10-18. (14) HIRSCH, A. (1883), vol. 1, Cap. 1, p. 18. (15) HIRSCH, A. (1883), vol. 1, Cap. 1, pp. 7-17. (16) HIRSCH, A. (1883), vol. 1, Cap. 1, p. 26. (1 7) Sobre este médico vid. DULIEU, L. (1967): Notice Biographiq~ie sur Joseph Fuster. Languedoc Med., 50, 3-30; HAHN, L. (1880): Fuster (Joseph-Jean-Nicolas). DESM, 6/4. She, 401-403; W. -. Fuster, Joseph-Jean-Nico1a.s. BLHA/1880, vol. 11, p. 648 (Repr.: München-Berlin, Urban und Schwarzenberg V., 1962). (1 8) FUSTER, J. (1 86 1): Monographie clinique de l'afrection catarrhale. Montpellier, Gras,
La epidemia europea de gripe de 1708-1 709 5 7 estudio sincrónico de la gripe. Para Fuster, la gripe es una forma peculiar del amplio grupo nosológico de las llamadas por él afecciones catarrales, caracterizadas todas ellas por la presencia de un flujo o catarro. Este grupo incluye además todos los procesos ((fluxionnaires, séreuses, aqueuses, lymphatiques, rhumatiques, muqueuses, etc.» (19). Interesado por la realidad clínica de la enfermedad -y consecuentemente por sus posibles remediosanaliza detenidamente sus diferentes formas clínicas, estableciendo las semejanzas y disparidades entre todas ellas a su juicio más notables. Como Hirsch, recurre a la historia en busca de aserción para sus supuestos, y al igual que aquél, pretende establecer una clasificación cualitativa de sus diversas formas de presentación en la más pura tradición del ambientalismo hipocratista. Pero en el caso de Fuster, prima sobre cualquier otro supuesto su inclinación a la clínica. Así, distingue dos tipos básicos: las constituciones médicas catarrales y las epidemas catarrales generales (20). En el primer caso, su presentación está íntimamente ligada a alteraciones atmosféricas que condicionan unas peculiares formas de manifestación clínica, y que Fuster reduce a tres: las enfermedades catarrales comunes, las reumáticas y las mucosas, linfáticas, serosas o pituitosas (21). En el segundo caso, su aparición no está en relación con las condiciones climáticas y su expresión más frecuente es la gripe propiamente dicha (22). Tanto para Hirsch como para Fuster el brote de 1708-09 es considerado como una epidemia. En la tabla histórica de Hirsch, aquélla precede a la de 1693, y se manifestó en tres fases de diferente difusión témporo-espacial (23). Para Fuster, por su parte, antecedió a la de 1702 y a su juicio fue un típico caso de épidémie catarrhale séculaire (24). sin embargo, es en el análisis retrospectivo del cuadro clínico donde Fuster -a diferencia de Hirschintroduce una serie de matices que le llevan a no considerar a este episodio como una épidémie catarrhale générale (es decir, como una epidemia de gripe), sino más bien como una constitución médica catarral, cuya forma de manifestación en este caso fue del tipo reumático (25). Imprimeur-Libraire, 612 pp. y 1 tabla. Fue traducida al castellano y publicada en Granada en 1890. (19) FUSTER, J. (1861), p. 612. (20) FUSTER, J. (1861), p. 11 1 y pp. 331-333. (21) FUSTER, J. (1861), pp. 518 y SS. (22) FUSTER, J. (1861), pp. 547 y SS. (23) HIRSCH, A. (1883), vol. 1, Cap. 1, p. 9. (24) FUSTER, J. (1861), pp. 167-183. (25) FUSTER, J. (1861), pp. 172-173.
58 GUILLERMO OLAGUE DE ROS Con el descubrimiento en 1933 por Christopher Andrewes y Wilson Smith del virus causal de la gripe humana (26), cabia esperar una clarificación total al problema terminológico y al de las distintas formas de presentación clínica y epidemiológica de la enfermedad. Sin embargo, la falta de acuerdo entre los virólogos acerca del tiempo mínimo que requiere el virus tipo A para experimentar una mutacióii y, por tanto, para producir una nueva pandemia, ha motivado que en la actualidad no se pueda ofrecer un diagnóstico cierto sobre el carácter epidémico o pandémico de las diferentes gripes históricas. Beveridge, por ejemplo, estima que esa mutación viral tiene lugar cada 12 ó 24 años (27). Con arreglo a este supuesto, dicho autor considera como ciertas únicamente a veinte pandemias para el período comprendido entre 1700 y 1900, siendo la primera la de 1729 y la última la de 1968 (28). El brote, pues, de 1708-09 es para Beveridge, por exclusión, una epidemia. Por su parte Kilbourne, aceptando como posible un ciclo de mutación de 11 años -próximo, pues, al de Beveridgeadmite además la probabilidad de cambios más a largo plazo, cada 68 años. Desde esta perspectiva, solamente se habrían producido tres pandemias en esas dos centurias: 17 14, 1782 y 1850 (29). Tampoco los historiadores contemporáneos de la medicina se han puestos de acuerdo en este problema. Para Ackerknecht -aunque sin especificar fecha de aparicióntan sólo en el s. XVIII se dieron cinco pandemias gripales (30), además de múltiples epidemias. Saul Jarcho, médico práctico e historiador, que ha estudiado precisamente la contribución de Giovanni Maria ILancisi al conocimiento de la epidemia gripztl de 1708-09, considera a ésta una pandemia a tenor de su amplia difusión témporolespacial (3 1). En la tabla 1, ofrecemos un resumen de las distintas opiniones emitidas por los ((clínicos)), ((epidemiólogos)) e ((historiadores de la medicina)) sobre el carácter cualitativo del estallido gripztl de 1708-09. Y l (26) BEVERIDGE, W. 1. (1978), pp. 7-10. Una interesante panorámic,i histórica sobre las enfermedades virales en: HUGHES, S. S. (1977): The Vzrus A Ilzstory o/ the Concept. London-New York, Heinemann Educ. Books-Scierice History Publ. (27) BEVERIDGE, W. 1. (1978), p. 36. (28) BE~~IDGE, W. 1. (1978), pp. 27-30 y 37. Introduce, además, una pequeña matización en sus estimaciones, de tal forma que para él sólo se han dado 10 pandemias realmente auténticas (1732, 1781, 1802, 1847, 1857, 1889, 1918, 1957 y 1968) y otras tantas posibles (1729, 1742, 1761, 1767, 1775, 1788, 1836, 1850, 1873 y 1946). (29) KILBOURNE, E. D. (1977), Influenza Pandermics in Perspective. JAMA, 237/12, 12251228. Véase también la interesante carta al editor publicada en ese mismo número de JAMA y dirigida a KILBOURNE, de la que es autor MAX BADER (30) ACKERKNECHT, E. H. (1965), pp. 73-78. (31) JARCHO, S. (1979), p. 54. ,f - >
La epidemia europea de gripe de 1708-1 709 59 en la tabla 2 los dif 'rentes nombres con que desde las clásicas descripciones de Lancisi, offmann y Ramazzini se ha conocido dicho brote. Varias cosas llaman ? a atención del estudio de estas tablas. En la primera de ellas, la gran frecuencia con que se menciona en la literatura esta gripe primosecularl la unánime consideración de la misma como epidemia en la era revirológica y su total olvido en la etapa virológica, 4 con la única excepción de Jarcho (1 979) que, como dijimos, la considera pradójicamente cohio pandemia. En nuestra opinión su reiterada presencia en los escritos médicos se debe al espíritu exhaustivo con que los clínicos de los siglos XVIII y XIX analizaron todos los brotes de gripe precedentes, con elifin de clarificar y corroborar sus afirmaciones. La total unanimidad de todos ellos en cuanto al carácter epidémico del brote de 1708-09, debemos considerarla como resultado del propio desarrollo de la epidemiología como ciencia en esas épocas. Pero, ipor qué ningún autor, desde 1933, ha mencionado en sus estudios a esta epidemia, salvo el y$ mencionado Jarcho? Esto podría responder a que los virólogos y epidemiólogos actuales están más interesados en predecir los próximos ciclos de pandemias gripales que en la propia historia de esta enfermedad. Cuando se han acercado diacrónicarnente a su pasado, ha sido con el objeto de señalar con exactitud matemática las precedentes panderiiias, de las cuales el estallido de 1708-09 ha quedado unánimemente excluido en todos los casos. De ahí que un episodio que con total certitud no pasa de ser una epidemia (de mayor o menor intensidad o impacto) despierte poca curiosidad entre los TABLA 1 Valoración historiográf;ca sobre el carácter del brote gripal de 1 708-1 709 Era previrológica Era virológica EPIDEMIA Cullen (1 780); Burserius (1 785); Pfaff (1809); Ozanam (1835); Fuster (1861); Haeser (1862); Brochin (1873); Corradi (1 8 76); Haeser (1 882); Hirsch (1 883); Brochin (1 884); Fossel (1 903). PANDEMIA Jarcho (1 979) NO MENCIÓN Saillant (1 780); Petit (1 8 17); Delafontaine-Trocmé (1 949); Faidherbe (1897-1898); Shope(1958); Ackerknecht(l965); Burchard (1929). Burnet (1967); Bader (1 97 7); Kilbourne (1 97 7); Beveridge (1978).
66 GUILLERMO OLAGUE DE ROS Cinco días antes de la respuesta de Lancisi a Fantoni, Bernardino Ramazzini recibía la notificación oficial del Senado veneciano de su promoción a la cátedra de Medicina Práctica de la Universidad de Padua (55). Como tema del discurso de toma de posesión de la plaza escogió precisamente la historia del brote gripal que azotaba en ese momento a Padua (56). Esta ciudad, «al igual que Francia, Inglaterra y Alemania)), se hallaba sometida desde el 6 de enero a un intensísimo frío que duró hasta casi el verano. Como consecuencia del mismo aparecieron ((toses, destilaciones, pleuritis, perineumonías, disneas y otras enfermedades de este género)) de consecuencias funestas: en el lapso de dos o tres meses millares de personas perecieron. Tampoco escaparon de la muerte «los que se hallaban bajo la autoridad de la milicia, invernando en campamentos o luchando en los campos de batalla)) (57). En la vecina Forli, nos cuenta Giambattista Morgagni en su autobiografía, también se sintieron intensamente los efectos del frío y de la situación epidémica (58). A causa del primero, los ejércitos imperiales que habían invadido los Estádos Pontificios, como consecuencia de la guerra que mantenían con éstos a raíz del pleito dinástico español, tuvieron que pasar el invierno en esta ciudad. En Milán durante el mes de febrero de 1709 acudieron en masa a los hospitales enfermos aquejados de pleuritis, que mejoraron sensiblemente sin las consabidas flebotomías (59). En Florencia «... a lo largo de los meses de enero y febrero aptirecieron graves y universales enfriamientos y males de pecho, de los que moría la gente en abundancia; movía a la compasión oírles toser en sus casas, en las calles e iglesias, con una tos seca y peligrosísima)) (60). La ,inclemencia del tiempo -especialmente las prolongadas borrascas del veranoempeoró la situación al echar a perder las cosechas. Una situación parecida a la de Milán la sufrió Palermo. De toda Sicilia marcharon a Palermo cientos de enfermos de gripe en busca de remedio (55) BERNARDINI RAMAZZINI Vita a Bartholomaeo Ramazzino, Medicinae Doctore ejus ex Frate Nepote descripta. in: RAMMAZINI, B. (1739): Opera Omnia Medica et Physislogica. Editio Quarta. Londini, Apud Paulum et Isaacum Vaillant, p. XX. (56) Vid. nota 32. (57) RAMAZZINI, B. (1716), In SYDENHAM, Th., Op. d., vol. 11, p. 792. (58) MORGAGNI, C. (1957): Autobiografia. Roma, 1st. Stor. Med., p. 58. (59) CORRADI, A. (1 876), vol. 11, pp. 307 y 309. (Repr.: Bologna, Forni, 1973.) CABIATI, C. (1 709): Quanto di straordinario e di curioso e seguito nell'inverno dell'anno 1709 in alcune parti della Lombardie. Milano. (60) MONGAI, F. M. (s.d.): Succinti Ricordi di tutto cid che segui nella Citta di Firenze da1 1709 al 1721. Ms. cit. por: CORRADI, A. (1876), vol. 11, p. 306 (Repr. Bologna, Forni, 1973).
La epidemia europea de gripe de 1708-1709 67 a su mal, y no bastaron para atenderlos los varios hospitales permanentes de que disponía la ciudad y otros improvisados que se construyeron en sus afueras (61). Ferrara, al igual que Forli, padeció intensamente la epidemia mientras se hallaba sitiada por los ejércitos alemanes (62). Finalmente, Génova -ajuicio de Salvatore de Renzisufrió también esta crisis epidémica (63). Toda la documentación estudiada por nosotros parece concordar en el hecho de que la epidemia estalló en la Europa continental un poco más tardíamente que en la península itálica. Por Fantoni sabemos que en febrero de 1709 la enfermedad ya era una realidad en Francia. En Angers las lluvias, temperaturas y nieves fueron más que normales ese invierno (64). Las consecuencias de este inusual cambio climatológico se tradujeron en un sensible aumento de la mortalidad, al que contribuyó en parte la presencia de ((accidentes pulmonares)) (65). La epidemia -como ya hemos dichoincidió también sobre Europa central. El panorama que nos describen las fuentes estudiadas es igualmente desolador. En sus constituciones epidémicas de la ciudad de Augsburgo para los años 170 1 y siguientes, Lucas Schroeck (1 6461730), médico del municipio, se extiende considerablemente sobre los fenómenos atmosféricos y enfermedades presentes en el crudo invierno de 1708 a 1709 (66). La meteorología fue francamente inusual: intensísimas lluvias en el otoño y una ola de nive, frío y nieblas que perduró en los quince primeros días de diciembre. Aparecieron ((capiti et pectori infesti)). Pocos habitantes se libraron de tales molestias, y en algunos se complicaron con ((efervescencias febriles, intensas cefalalgias, postración de fuerzas (...) estrangulaciones espásticas de las fauces y dolores pleurales)) (67). Los primeros días de 1709 se caracterizaron por continuas lluvias, a las que siguieron abundantes nieves que, con algunos intervalos, perduraron hasta finales de febrero. Para este período cronológico las enfermedades dominantes fueron (61) CORRADI, A. (1892), vol. V, p. 12. (Repr.: Bologna, Forni, 1973.) (62) Ibídem. (63) DE RENZI, S. (1848): Ston'a della Medicina Italiana. Napoli, Filiatre Sebezio, vol. V, p. 801 (Reprint: Bologna, Forni Editore, 1966). (64) LEBRUN, F. (1 97 1): Les hommes et la mort a Anjou aux 1 7e et lBe siicles. Essai de démographie et depsychologie histwtpues. Paris-La Haye, ~outon-École Pratique des Hautes Études. (65) LEBRUN, F. (1971), p. 365. ' (66) SCHROECK, L. (1 7 16): Constitutio Epidemica Augustana Anni 1701 et sequentium. in: SYDENHAM, Th., Op. cit., vol. 11, pp. 735-746 (para 1708-09, u$, pp. 743-746). (67) SCHROECK, L. (1716), p. 744.
68 GUILLERMO OLAGÜE DE ROS (L.. molestias catarrales en narices, bronquios, dientes y articulaciones)) (68). En Laibach in Krain (Laybach in Carniola, actual Ljulblijana, NE. de Yugoslavia) nos relata la situación Marcus Gerbezius (f 17 18) (69). Tras un otofio caracterizado por un tiempo muy desapacible, la llegada de 1709 se manifestó por una oleada de nieves y frío como nunca se recordaba en la región. Las cosechas se perdieron; los árboles no dieron sus frutos, y los pocos que brotaron eran ((rugosos y con ciertas manchas)). Esta reciura se acompañó de graves trastornos en los seres vivos, y de ellos «los hombres padecieron apoplejías, artritis, catarros, pleuritis, tisis, etcétera)) (70). A partir del verano, mejoró la situación climatológica y desapareció la epidemia. Anno 1709 Januarii hyems sine pari, nos dice Rudolf Jakob Kammermeister (1 6551 72 1) en su Constitutio Epidemica Anni 1 701 de Tubinga (7 1). Más explícito es el teólogo protestante Johann Wilhelm Baier (16751729), quien nos da ricas noticias sobre Altdof(72). Tras un diciembre preñado de agua, frío y nieve, el día 5 de enero «... al caer la tarde, comenzó a soplar un viento oriental, primero levemente, pero avanzada la noche -que era en grado sumo muy húmedase tornó más intenso. Al alba se vio que la tierra se hallaba totalmente helada por la nieve y escarcha caídas)) (73). Las alteraciones climatológicas también tuvieron efectos funestos sobre las personas. Y, en opinión de Baier, los mismos acontecimientos se dieron en Hamburgo, Frankfurt, Danzig, Rostock y Stettin, por lo que concluye que la alteración fue generalizada en toda Aiemania. Asombradamente señala que zonas tradicionalmente más cálidas en Europa, como Francia e Italia, padecieron igualmente el rigor invernal y sus consecuencias, y como un fenómeno «increíble» comenta que las termas (68) SCHROECK, L. (1716), p. 745. (69) GERBEZIUS, !M. (1 7 16): Constitutio Anni 1709. Apud Labacenses in Carniolia notata. in: SYDENHAM, Th., Op. cit., v. 11, pp. 762-765. (70) GERBEZIUS,lM. (17 16), p. 762. (7 1) CAMERARIUS, R. J. (1 7 16): Constitutio Epidemica Tubingensis Anni 1701. Ejusdem Schediasma ad Historiam Epidemiam Anni 1702. in: SYDENHANi, Th., Op. cit., vol. 11, páginas 781-788. (72) BAJERIUS, J. G. (1 7 16): De frigore hyemali Anni MDCCIX. Dn. Johannes Guglielmus Bajerus, in: SYDENHAM, Th., Op. cit., vol. 11, pp.788-791. Sobre la crisis de Altdorf, se haila también el estudio de KRAFFT, G. E. (1709): De frigore proximi mensis Januarii insolzto. Diss Phys. Altdorfi Noricomm, Lit. Kohlesi, 8 pp., que por desgracia no hemos podido consultar. (73) BAJERIUS, J. G. (1716), p. 788.
La epidemia europea de gripe de 1708-1 709 69 1 de Aquisgrán llegaron a helarse. Al igual que en Forli y Ferrara, la hyemalis constitutio paralizó la actividad bélica en Altdorf, imponiendo una tregua a los ejércitos beligerantes (74). En Berlín la situación empezó a mejorar muy tardíamente, tras un ~ invierno semejante al de los otros lugares mencionados. Los berlineses experimentaron ((fiebre con escalofríos ... lasitud y tos, que en algunos era sofocativa, sed y náusea a los alimentos. Los enfermos dormían mal, con pesadillas. En algunos, al cuarto día les aparecía un exantema en la piel, con gran prurito. Otros, las mujeres flemáticas y sanguíneas de avanzada edad, padecieron de dolores reumáticos. Quienes apenas convalecientes salían a la calle eran presos de una gran pesadez de cabeza, vértigo y lasitud del cuerpo con dificultad para respirar)) (75). De otros puntos del continente europeo que fueran afectados por la epidemia, poseemos una muy escasa información directa. En abril de 1709, según Hirsch (76), era invadida Bélgica y en el verano de ese año sufría su impacto Copenhague. Parece ser que tampoco se libró de este azote Irlanda, pues en opinión de Fuster, Dublín también fue alcanzada por la enfermedad (77). A pesar de que algunos autores han afirmado que la invasión gripal también se sintió en los Países Bajos, Alexandre Faidherber no ha detectado tal brote en su exhaustivo estudio histórico sobre la epidemiología holandesa. Por otro lado, la llamada ((London Fever)) de 1709, combinación de frio y hambre y que produjo una elevada mortalidad, no deja de ser sospechosa sobre sus causas (78). Pero la desaparición de la epidemia gripal del solar europeo no supuso el retorno a una normalidad total. El riguroso invierno y las consecuentes malas cosechas, agravado por la emigración de campesinos a los centros urbanos que disponían de mejores condiciones asistenciales, y el importante fenómeno social de la guerra, a la que se veía sometida Europa en sus extremos nórdico y mediterráneo, trajo dos nuevas plagas: el tifus exantemático y la peste. A lo largo de 1709, y procedente del comercio con Turquía, llegó la peste a Austria, Hungría, Croacia, Prusia, Polonia, países escandinavos y bálticos, etc., que se propagó rápidamente merced a los desplazamientos de los ejérci- (74) BAJERIUS, J. G. (1716), p. 791. (75) HOFFMANN, C. Fr. (1761), p. 46. (76) HIRSCH, A. (1883), vol. 1, p. 9. (77) FUSTER, J. (1861), p. 489. (78) FAIDHERBE, A. (1897-98), pp. 165-166. HAESER, H. (1883), vol. 111, p. 450, entre otros, estima que Holanda también fue alcanzada por la epidemia; POST, J. D. (1977), páginas 1 18 y SS. /'
70 GUILLERMO OLAGÜE DE ROS tos (79). Incluso rozó, según Sticker, una parte de Italia (80). El titus se sintió intensamente en Irlanda (81). Y en el continente fue fatal acompañante de otros varios ejércitos que litigiaban en el sur del continente (82). A todo ello se sumó el hambre, determinada por la grave crisis de subsistencia debida a las malas cosechas. El consiguiente aumento en el precio del trigo y cereales fue el causante de importantes revueltas populares y campesinas en Francia (1 709) e Inglaterra (1 709-10) (83). De Italia también hay noticias inquietantes (84). Por ejemplo, en Florencia se distribuyó gratuitamente en el invierno de 1709 pan entre los pobres. Algunos monasterios repartieron arroz hervido dos veces por semana. En Pistoia (Toscana) la gente empeñó sus ropas con el fin de atender sus necesidades. En el Piemonte la población, ante la ausencia de víveres, se alimentó de raíces y hierbas cocidas. Por todo ello, Post considera a la crisis europea de 170910 como la más importante de su siglo (85). También las consecuencias demográficas de este complejo proceso fueron más importantes en 1709-10 que en la gran crisis de 18 1 61 7. Así pues, la gripe europea fue un elemento más de desestabilización social, que alcanza su plena expresión cuando se integra en el panorama histórico-social y epidémico que acabamos de comentar. (79) sobre la peste de 1708 y 1709, vid. STICKER, G. (1908): Abhandlungen aus der Seuchengeschichte und Seuchenlehre. I Band: Die Pest. Erster Teil. Die Geschichte der Pest. Giessen, Alfred ~opelmann V., pp. 213-216; HIRSCH, A. (1883), vol. 1, cap. X. Plague, páginas 501-502; BIRABEN, J. N. (1975): Les hommes et la peste en Frunce et dans lespays européens et méditeranéens. Tome I. Lapeste dans l'histoire. Paris-La Ha.ye, Mouton - École des Hautes Études en Sciences Sociales, especialmente los apéndices 111 (pp. 363-374) y IV (páginas 375-449). (80) STICKER, G. (1908), vol. 1, p. 216: «en otoño apareció en las costas orientales de Italia, especialmente en Pesara)). Sticker se basa en: LANCISI, G. M. (1739): De Noxiis Paludum Effluviis eorumque Remediis. in: Opera Varia in Unum Congesta et in Duos Tomos Distributa. Venetiis, Sanctes Pecori, Tomus 1, pp. 223-253 (Lib. 11, Epidemia IV. Castrensium febrium Pisauri ob stagnantes aquas ...) (81) HIRSCH, A. (1&83), vol. 1, cap. XI, Typhus, p. 551. (82) FOSSEL, V. (1903), p. 779. (83) POST, J. D. (1977): The Last great subsisteme crisis in the Western World. Baltimore-London, The Johns ~o~kins U. P., p. 68. (84) Los datos italianos proceden de CORRADI, A. (1876), vol. 11, pp. 304-315 y V (1892), páginas 1015 (Repr.: Bologna, Forni, 1973). (85) POST, J. D. (1977), p. 27. Además, para un conocimiento más rico sobre esta crisis primosecular vid.: ABEL, W. (1973): Crisis Agraires en Europe (XIIIe-XXe sikcle). París, Flammarion Editeur, pp. 221-242; y para el caso español: AMES, G. (1974): Las crisis agrarias en la España Moderna. Madrid, Taurus Eds. y PÉREZ MOREDA, V. (1980): Las crisis de mortaldad en la España Interior. Siglos XVI-XIX. Madrid, Siglo XXI de España, páginas 327 y SS.
La epidemia europea de gripe de 1708-1709 71 En el mapa 1 ofrecemos la difusión témporo-espacial de la epidemia. Un hecho llama poderosamente la atención: la marginación de la península ibérica del brote gripal y de sus consecuencias posteriores. La ausencia de investigación historicomédica sobre la epidemiología española de este período, no nos permite sino aventurar algunas hipótesis acerca del carácter de los diversos episodios epidémicos que azotaron nuestro suelo. Desde la clásica Epzdemiología de Villalba se ha venido afirmando que en 1708 y 1709 toda Andalucía padeció ((la peste)), y que se prolongó hasta 17 11 (86). Según Villalba, en 1708, en Sevilla y su comarca, estalló una ((epidemia de fiebres malignas que puso en consternación a la Andalucía Alta y Baja» (87). Con este motivo se promovió una disputa entre los médicos granadinos y sevillanos con el fin de determinar la etioIogía de Ia enfermedad. Para los sevillanos la crisis no fue pestilencial y contagiosa, mientras que para los granadinos -comisionados por la Real Chancilleríasí lo fue. Curiosamente el Real Protomedicato apoyó las tesis de los médicos de Sevilla. Pero también se pronunció sobre dicho brote Solano de Luque, que en 17 13 daba a luz su Triunfo de la crisis epidémica sevillana (88). En su censura aprobatoria, el padre Benito Blasco de Villalón, que enjuicia positivamente el tratado de Solano, toma partido a favor de los médicos granadinos, pues según él «... fue con procedimiento pestilente)). Pero ya en el Prólogo al Lector, Solano manifiéstase contrario a las tesis de los comisionados por la Real Chancillería, puestO que «... la defensa asegura con la experiencia no aver sido peste)). (86) VILLALBA, J. (1802): Epidemiología Española: o Historia Cronológica de las Pestes, Contagios, Epidemias y Epizootias que han acaeczdo en España desde la venida de los cartagineses hasta el año 1801. Madrid, Imp. Mateo Repullés, vol. 11, pp. 156-159. El juicio de Villalba fue utilizado posteriormente por HERNÁNDEZ MOREJÓN, A. (1850): Historia BibliográJca de la medicina Española. Madrid, Imp. de la Calle de San Vicente, Tomo VI, pp. 349-350. Los historiadores de laenfermedad extranjeros, como los ya clásicos CORRADI (1876), vol. 11, p. 313 (Repr.: Bologna, Forni, 1973) y STICKER, G. (1908), vol. 1, p. 216; así como otros más contemporáneos, por ej.: BIRABEN (1975), p. 394, siguen manejando como válidos los datos aportados por Villalba y Morejón. Esta pervivencia se ha mantenido incluso en la más reciente síntesis, sobre historia de la medicina española publicada en nuestro país, la del profesor SANCHEZ GRANJEL, L. (1979): Historia General de la Medicina Española. Vol. IV. Medicina Española del Siglo XVIII. Salamanca, Ediciones de la Universidad, p. 105, quien se limita a repetir una cita de Casal sobre la misma, pero sin aportar nueva luz al problema. La reciente obra de SAN2 SAMPELAYO, J. (1 980): Granada en el siglo XVIZI. Granada, Diputación Provincial, pp. 255 y SS., se limita a repetir, en este sentido, la información de Villalba y otros clásicos de la epidemiología española. (87) VILLALBA, J. (1802), vol. 11, p. 156. (88) SOLANO DE LUQUE, F. (1 7 13): Triunfo de la crisis epidémica sevillana y contra respuesta a la controversia epidémica que dió a luz el Dr. Rodrigo Parrilla y Villalón, MédicoComplutense y de Antequera. Cordova, Impr. de Esteban de Cabrera, 16 hoj., 1 16 PP.
72 GUILLERMO OLAGUE DE ROS
La epidemia europea de gripe de 1708-1 709 7 3 La epidemia apareció en febrero de 1709. ((Desde fines de marzo hasta mediados de junio se agravó, de suerte que fueron los accidentes muy crueles, los enfermos más y mayor la mortandad en que entran los muchísimos pobres, que más que de la epidemia murieron de hambre)) (89). Al término de la misma -es decir seis u ocho meses despuéshabían fallecido unos catorce mil individuos. El propio Solano nos aporta dos datos que son, a nuestro juicio, claves para la cabal comprensión de esta crisis: intemperie y hambre. A una etapa adversa, se siguió «la temperie subsequente, que lo fue de moderada bondad, [y que pudo] corregir la intemperie antecedente, como en efecto sucedió)) (90). Durante seis u ocho meses «huvo falta de alimento en Sevillm (91). La persistencia en la carestía del pan hizo que creciera el hambre. Pero cuando se superó esta crisis «... no hubo siquiera uno a quien le pasase por la imaginación morirse)). El panorama durante el período de falta de alimento fue bastante desolador: mendicidad extrema. Por todo ello, concluye Solano que «... de los catorce mil que murieron en Sevilla, a muchos se les ocasionó la muerte del rigor de otras enfermedades agudas que padecieron, a otros, y los más, de la horrenda hambre que experimentaron, y los que de la Epidemia de calenturas murieron fue secundum corporis apparatum determinatum, a distinción de las calenturas pestilentes, que indiscriminatim plures, ve1 omnes quos corr$it de medio tollit (92). Aún sin contar con datos climatológicos precisos que nos permitan saber con exactitud hasta qué punto el casó español puede considerarse como un elementos más de la hyemalis constitutio europea de 1709 (93), no cabe duda que la información de Solano apunta hacia esa hipótesis. La crisis climatológica y alimenticia también la sufrió por ejemplo 1 I . . (89) SOLANO DE LUQUE, F. (1713), pp. 6, 8 y 20-21. (90) SOLANO DE LUQUE, F. (1713), pp. 80 y 93. (91) SOLANO DE LUQUE, F. (1713), p. 57. (92) SOLANO DE LU(LUE, F. (1713), p. 80. (93) Henry KAMEN (1 974), en su libro La guerra de Sucesión en Espafia. 1 700-1 71 5. Barcelona, páginas 309-312, advierte de las inclemencias del tiempo para el año 1709. Sin embargo, no hemos podido consultar información más detallada a este respecto. Los estudios de climatología histórica española a los que hemos tenido acceso (como los dos de FONTANA TARRATS, J. M. (1974): El Clima del pasado. Comunicación al Cong. de Climatología. Jaca, 13-1 7 octubre. 10 págs. mecanografiado, y Idem (s.a.): Quzme siglos de clima andaluz (1 66 págs. mecanograf.), se detienen precisamente en 1700.
74 GUILLERMO oLAGÜE DE ROS Galicia, según parrilla Hermida (94). Y a tenor de la información de Casal, debió de ser universal en la península (95). De lo que no cabe duda es que la crisis de subsistencia padecida por la península a partir de 1709 provocó una importante convulsión demográfica y social, totalmente equiparable a la del resto de países europeos (96). Una parte importante de dicha convulsión hay que achacarla al tifus exantemático, compañero inseparable de la guerra -no olvidemos que en esas fechas aún se dirimía en España bélicamente el conflicto sucesorio a la corona españolay del hambre. Pero también no hay que desestimar que algunos focos epidémicos fueran causados por el virus gripal (97). La hyemalis constitutio anni 1709 Para todos los tratadistas de la epidemia gripal, ésta surgió y se desarrolló en lo que -con un claro espíritu neohipocratista y sydenhamnianodenominaron la ((constitución invernal del año 1709)). Ya hemos apuntado algunas impresiones sobre las graves consecuencias que sobre personas y cosas produjo la brusca y sostenida caída de las temperaturas. Pero como el brote y la hyemalis constitutio se dieron en pleno auge de la llamada «era barométrica)) -caracterizada por el sistemático uso de instrumentos de este tipo con fines científicospodemos aportar además algunos datos cuantitativos acerca de su real significado. Paradójicamente, las noticias más precisas que poseemos proceden de aquellos puntos de los que menos conocemos el impacto de la enfermedad. De la Hire nos ha legado las observaciones meteorológicas de París de los años 1708 y 1709 (98). La lluvia caída en el último trimestre de 1708 fue algo menor que la media de los restantes meses de ese (94) PARRILLA HERMIDA, M. (1974): Apuntes históricos sobre la sanidad en La Coruña. Separata de Galzcia ClZnica (enero de 1974), 9 págs. Sobre la situación gallega vid. también GARCÍA GUERRA, D. (1977): Epidemidlogía gallega del siglo XVIII. Asclepio, 29. 147-165. (95) CÁSAL, G. (1 762): Historia Naturaly médica del Principado de Asturias. Obra Póstuma f...). La saca a la luz el Dr. Juan Joseph Garaá Sevillano. Madrid, Ofic. Manuel Martin, 16 hoj., 404 pp., 2 hoj., p. 82. c... y vi que la generalisima epidémia que, casi en todo el Reyno de España, hizo notable estrago desde el año de 1709 hasta el d~e 17 11 ... ». No cabe duda que hay demasiada similaridad entre esta frase y la siguiente de Villalba, publicada varios decenios después: ((Esta generalísima epidemia, que hizo tan notables estragos en casi todo el Reyno de España, y que duró desde el año 1709, hasta el de 17 11 ». (VILLALBA, J. (1802), vol. 11, p. 159.) (96) PÉREZ MOREDA, V. (1980), p. 361 define así la fecha de 1709: ((puede por todo ello ser considerada como la de una de las grandes crisis agrarias, traducida en una aguda miseria entre el campesinado y gran mortandad en la mayor parte de los lugares)). (97) PÉREZ MOREDA, V. (1980), p. 334. (98) DE LA HIRE, Mr. (1709): ~bservations de la quantité de pluie qui est tombée A
La epidemia europea de gripe de 1708-1709 75 año. En relación con las nevadas, menciona expresamente dos, una en noviembre y otra en diciembre. En este último mes, y en su día doceavo, se dio el frío más intenso de todo el año. Pero con todo, De la Hire concluye que tanto el calor como el frío de éste no se salieron de los límites normales. Sin embargo, el panorama fue totalmente distinto en 1709. El frío padecido y la nieve caída a principios de este año cuantitativamente fueron muy superiores a la media. Ello hubiera contribuido a un esperanzador año de recolección de no ser que por las bajísimas temperaturas se helaron el trigo y los cereales. Como el gélido viento procedía del sur, no fue extraño que se congelaran algunos ' puntos de la costa provenzal. Por ello, para De la Hire este invierno ha sido mucho más riguroso que el de 1695, el último del que se guarda recuerdo. Ole RBmer (1 64417 10) nos ha legado sus observaciones térmicas de Copenhague del invierno de 1708 (99). Entre el 26 de diciembre y el 6 de abril del -año siguiente, recogió muy cuidadosamente las oscilaciones de temperatura en la capital danesa. Precisamente, las grandes alteraciones climáticas que padeció la ciudad durante esas fechas le sirvieron de idóneo y natural banco experimental para introducir importantes novedades en los termómetros al uso en su tiempo. Middleton, en su historia de este instrumento, ha reproducido la página manuscrita de Rdmer que contiene las temperaturas de dicha ciudad entre el 26 de diciembre y el 23 de enero del siguiente año. Pues bien, durante esos veintinueve días la temperatura estuvo siempre muy alejada de los ceros grados, muy por debajo de la media de otros años en dicha ciudad. En Augsburgo también realizó mediciones con termómetro de alcohol Lucas Schroeck, concretamente para el período de enero a abril de 1709, y al igual que Rdmer, encuentra valores francamente anormales (100). Por su parte, Rudolph Jakob Kammermeister comparó mensualmente las oscilaciones barométricas obtenidas a lo largo de veinte años (1 69117 10) con instrumentos de mercurio, lo que le permitió encontrar una respuesta científica, a su juicio, a las diversas oscilaciones de ese invierno (101). Paradójicamente, Bernardino Ramazzini, uno de los más importantes i'observatoire pendant l'anné dernikre 1708, avec les changemens qui sont arrivés au Thermometre et au Baromeve par rapport A la chaleur et aux saisons. Histoire Accad. Royale des Sciences. Mémoires (Paris). Chez Jean Boudot, pp. 1 y SS. Zdem (1710): Observations de la quantité d'eau qui est tombée 2 i'observatoire pendant i'anné 1709, avec i'état du Thermometre et du Barometre. Histoire Accad. Royale de Sciences. Mémoires (Paris), pp. 139-143. (99) MIDDLETON, W. E. K. (1 966): A Histoly of the Thennometer and Zts Use 212 Meteorology. Baltimore, The Johns Hopkins U., pp. 66-79. (100) SCHROECK, L. (1716), ir SYDENHAM, Th., vol. 11, pp. 744-45. - (101) CAMERARIUS, R. J. (1716), in: SYDENHAM, Th., vol. 11, pp. 785-788.
82 GUILLERM.0 OLAGUE DE ROS La clave de la patocronia de la enfermedad radicó en la. distinta constitución de los sujetos, así como en su capacidad de: defensa ante la misma. De tal forma que ((10s campesinos que no fueron prontamente aconsejados para defenderse de los efectos de la enfermedad, y en los que adernás se acumularon otras desgracias ajenas, al día cuarto, quinto y tarnbiéri al sexto del inicio de su mal, más que por curados acabaron por ser enterrados)) (128). Esta unicidad de interpretación del cuadro clínico le exige a Lancisi una concepción de la causa de la enfermedad que sea consecuente con sus principios. Para ello, apoyándose en la ((autoridad de la razón y de la experiencia)) divide a aquélla en doble, siguiendo el esquema galénico de la etiología remozado por la visión sydenhamniana de la causa primitiva. Para Lancisi la causa externa de la epidemia no fue una y simple, sino mixta, y radicó en las inusuales fuerzas del otoño e invierno inmediatos. El excesivo calor otoñal y frío invernal temperaron y diluyeron las sales volátiles e ígneas del aire que, al mezclarse en nuestro cuerpo especialmente con la bilis, produjeron una alteración de la misma en los sujetos ((débiles y poco precavidos que no supieron corregir los exaltados humores)) (1 29). Para Lancisi, pues, es fundamenrcl la constitución particular de los sujetos, de la que depende en buena medida su respuesta hacia el factor morboso exógeno. La predisposición individual también actúa como matizadora de la posible acción patógena de la causa interna, a la que concibe muy en consonancia con las ideas de Franz de la Boe, otro de los autores que expresamente cita en este escrito. Según Lancisi, por efecto del frío invernal se alteró cuantitativamente la transpiración externa de la piel (universalis) y la interna de boca, narices, fauces y pulmones (particularis). Al mismo tiempo, la fuerza del viento y del frío introdujo en los cuerpos de los romano:; sales extrañas, especialmente nitrosas y subácidas. La consecuencia de esta doble agresión fue una conmoción en los organismos. La sal simple del aire estancó la sal ácida de la linfa en aquellos puntos que por el contacto con el aire próximo sufrían gravemente. Por ello, la patología inmediata fue a nivel fibrilar. Y Lancisi concibe las alteraciones de éstas al modo de Giorgio Baglivi (1668-1707), es decir, lasitud en órganos subcutáneos y corizas, toses, pleuritis y perineumonías en la superficie interna de narices, fauces y pulmones (1 30). Son pues las sales extrañas introducidas en los organismos, y sus posteriores fermentaciones, las que motivaron el abigarrado cuadro clínico y su compleja evolución. A ellas hay que achacar el estancamiento de la linfa, las perturbaciones sanguí- (1 28) Ibídem. (1 29) Ibz'dem. (130) LANCISI, G. M. (1739), p. 11 1
La epidemia europea de gripe de 1708-1709 83 neas y las punzadas de los nervios, así como la variada gama de afecciones reumáticas, las fiebres agudas y ese color ictérico que padecieron los enfermos (1 3 1). Pero, ;cuál fue la causa de la muerte en los que ésta aconteció? Lancisi, a diferencia de Ramazzini y Hoffmann, autopsió a los que fallecieron en el curso de la epidemia, no con otro objetivo que el de hallar una lesión que fuera complemento a su interpretación ((racional)). Para él la presencia de precordios y diafragmas enrojecidos y ennegrecidos por sangre coagulada, y de pólipos en los grandes vasos cardíacos, ((no deja lugar a dudas, para concluir, que los enfermos fallecieron por causa de los fluidos que encharcaron principalmente los pulmones)) (1 32). En la más pura tradición del ambientalismo hipocrático se cuestiona Lancisi el curso natural de la epidemia. Apoyándose explícitamente en una experiencia semejante vivida por Thomas Sydenham en el curso de la epidemia londinense de 1665, cifra en la evolución climatológica el progreso de la situación epidémica (133). Si se deteriora aún más el tiempo reinante, la enfermedad que no es ni contagiosa ni maligna, se transmutará en otra de naturaleza totalmente diferente. Pero si mejora, la epidemia habrá llegado a su fin. Como ya sabemos, la situación empeoró en mayo, y aparecieron perineumonías malignas que condujeron a la muerte a más de uno (134). El último punto del discurso lancisiano es la terapéutica. En sujetos fuertes, recurrió a la sangría antes del cuarto día; y en los más débiles, a una terapéutica agresiva y coadyuvante de las enflaquecidas fuerzas de estos individuos. En este. capítulo, una vez más, Lancisi se siente fuertemente mediatizado por las ideas de Sydenham en el campo de la terapéutica de las enfermedades reumáticas. La ((Oratio)) (1 709) de Bernardino Ramazzini y la visión de Karl Friedrich Hofmann (1 761) Como ya quedó dicho, Ramazzini compuso su escrito al acceder a la cátedra patavina de Medicina Práctica. Recién impreso, lo distribuyó entre sus amistades, entre ellas Antonio Magliabechi de Florencia, a quien remitió ocho ejemplares del mismo. En la carta que acompaña a éstos -de fecha, 3 de julio de 1709se lamenta Rarnazzini de no haber sabido tratar lo bien que hubiera deseado la epidemia de (131) LANCISI, G. M. (1739), p. 112. (132) LANCISI, G. M. (1739), vol. 1, p. 109. (133) SYDENHAM, Th. (1 7 16): Sectio 11. Caput. 1. Constitutio epidemica Annorum 1665 et 1666. Londini. iw Opera Medica. Genevae, Fratrum de Tournes, vol. 1, pp. 62-78. (134) &ANCISI, G. M. (1739), vol. 1, p. 118.
84 GUILLERMO OLAGUE DE ROS 1709 (135). Sin embargo, una cosa queda clara del contenido de la epístola, independientemente de la valoración que el autor hace de su propio trabajo: la rápida difusión que en el mundo científico de la época tuvo su análisis de la constitución epidémica. Y que por la estrecha amistad que tenía con Lancisi, que éste conociera también precozmente el texto de Ramazzini. Ya desde las primeras líneas de la Oratio late una expresa preocupación metodológica en la indagación del proceso epidémico, que su autor pretende abordar mediante una cuidadosa investigación ((philosophica et medicm (136). Veamos pues, el razonamiento analítico de Ramazzini desde estos supuestos. Un primer fenómeno llama su atención: el intem.pestivo cambio climatológico con sus funestas consecuencias. Ahora bien, ;quién engendró este frío tan desacostumbrado y riguroso? Cuatro son las posibles hipótesis que baraja Ramazzini. La primera, la persistente acción del viento aquilón, que descarta taxativamente, al igual que la brusca presencia de sal nitrosa en el aire y la probable intervención de los cuerpos celestes (137). Para él, la razón última -muy fiel, por otro lado, a la visión que de este problema tenía Thomas Sydenhamradicó en las entrañas de la tierra, «pues toda ella es cavernosa y posee vientres y grandes cavidades no muy distintas a las de los seres vivos, en las que habitan artífices varios y admirables que actúan merced al espíritu...)) (138). En su seno se albergan los minerales, metales, piedras preciosas y manantiales de agua, dulce y también ferruginosas, sulfiúreas, nitrosas y de todo género. Si, como evidencia la experiencia de los buscadores de nitro, este se obtiene más fácilmente en aquellas zonas septentrionales que en. las australes, se cuestiona Ramazzini <(¿por qué no es lícito sospechar que en aquellas zonas inhóspitas, y más protegidas durante muchos meses de los rayos solarles, súbitamente se abriera la puerta del intensísimo frío y de la exhalació11 nitrosa de alguna caverna, y como consecuencia se originara de esta forma la horrible tempestad de este invierno?)) (139). Por todo ello «no puedo hallar otra causa que una gran fisura de la tierra)) (140). -- (1 35) DI PIETRO, P. (1 964): Bernardino Ramazzini Epistolano. Modena, P. Toschi, p. 276. (136) RAMAZZINI, B. (1716). in: SYDENHAM, Th., vol. 11, p. 791. (137) RAMAZZINI, B. (1716). in: SYDENHAM, Th., vol. 11, pp. 792-794. (138) RAMAZZINI, B. (1716). in: SYDENHAM, Th., vol. 11, p. 794. (1 3 9) Zbídem. (140) RAMAZZINI, B. (1716), p. 798.
La epidemia europea de gripe de 1708-1 709 85 1 Esta fisura explicaría que la emanación nitrosa unida a los vientos creara ~ tal frío, y los vapores del elemento acuoso suspendidos en el aire pudieran engendrar la nieve. Todos estos fenómenos crearon la constitución epidémica que azotó gravemente a los habitantes de Padua. Primero sintieron sus efectos los niños, los ancianos y los enfermizos y después los jóvenes y los varones robustos, no sólo de la plebe, sino también de las clases altas. Las enfermedades dominantes de esta epidemica constituio fueron, como sabemos, toses, destilaciones, pleuritis, perineumonías y disneas. Además de una serie de medidas de protección individual, de cuya eficacia duda Ramazzini, recomienda purgaciones y sangrías. Pero, como buen discípulo de Sydenham, confía especialmente en la fuerza curadora de la naturaleza (1 4 1). La breve nota que Karl Friedrich Hoffmann dedica a la constitución epidémica de Berlín del invierno de 1708-09, forma pate de un capítulo más amplio sobre las ((fiebres intermitentes)) que a su vez se inserta en su tratado sobre las fiebres de la Medicina Rationalis Systematica (142). Para Hoffmann, estas fiebres catarrales benignas están íntimamente ligadas en su presentación a condiciones climatológicas adversas, especialmente en otoño. Tras un ((vicio del aire)) pueden convertirse en fiebres epidémicas y, dado su carácter benigno, su resolución por las excretas es la norma (143). En las fiebres catarrales hay un ((aumento del movimiento de sólidos y fluidos)) por lo que el suero superfluo e impuro es expulsado por las glándulas de las fauces, y a través de las narices y de los bronquios. Generalmente se inician por la tarde y se acompañan de ((estremecimiento de la piel y extremidades, principalmente de pies, sequedad de vientre, ganas de orinar pero con escasa micción, debilidad de la cabeza, abatimiento de todo el cuerpo, falta de apetito, sed, dificil deglución por el estimulo de la laringe, calor en narices y fauces; se siguen estornudos, pesadez de pecho y calor al acercarse la noche, con pulso rápido, tos violenta, coriza, ardor de fauces, sueño intranquilo; al amanecer sudor, pesadez y torpeza de todo el cuerpo con postración de apetito)) (1 44). En aquellas condiciones en que se dé una interrupción de la l perspiración, más fácilmente aparecerán estas fiebres. De ahí su gran (1 41) Ibz'dem. (142) Vid. nota 32. (143) HOFFMANN, C. F. (1761), pp. 44-46. (144) HOFFMANN, C. F. (1761), p. 44.
86 GUILLERMO OLAGUE DE ROS frecuencia en otoño, en sujetos flemáticos e intemperados y en los crapulosos. La causa inmediata es el serum o linfa de carácter acrle y cáustico que se encuentra en las túnicas glandulosas y que, al inflamarse éstas, especialmente las de narices, fauces, tráquea, bronquios e intestino, ((originan la ronquera, tos, expectoración de materia viscosa, pesadez de pecho, náusea y a veces, vómitos, ardor de precordio y flujo intestinal» (1 45). Ahora bien, Zcómo se origina este suero anómalo? Para Hoffmann no cabe duda de que esta ((materia cáustica y sutil)) se alberga en el aire, la cual, por la inspiración, ingresa en los organismos originando las alteraciones de las glándulas. Pero, ide dónde procede? A ello responde taxativamente que «por la licuefacción de la nieve, se inunda el suel'o de agua que al estancarse y entrar en putrefacción, envía muchos efluvios nocivos al aire» (1 46). Por todo ello, las medidas terapéuticas irán encamiiiadas a alcanzar tres objetivos: 1) temperar la acrimonia de la linfa; 2) normalizar. la perspiración alterada; y 3) facilitar la excreción del moco viscoso y evitar su posterior formación (147). De las seis obsenlutiones con las que Hoffmann ejemplifica el carácter de estas fiebres, la segunda (((Quum anno MDCCIX ... ») contiene el análisis de la epidemia gripal de Berlín de 1708-09. En esta ciudad, tras un cruiel invierno preñado de lluvias y nieves, comenzaron a aparecer en mayo fiebres con estremecimientos y ardores por el deshielo. En los casos más graves la tos, síntoma común a todos los enfermos, se tornaba ((purulenta con sangre)). Igualmente, era más perjudicial la enfermedad en sujetos que previamente habían padecido de una afección cutánea que impedía la correcta traspiración de ésta. El manifiesto carácter didáctico de su análisis, no 1í: lleva a mayores honduras en su estudio de la epidemia berlinesa. Con una somera epicrisis de la misma, adobada con ideas genéricas solbre este tipo de fiebres, da por finalizada su visión del problema. (145) i'bídem. (146) HOFFMANN, C. F. (1761), p. 45. (147) I-IOFFMANN, C. F. (1761), p. 46.