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Reseñas

Rodríguez Alcázar, Francisco Javier

Abstract

Robert N. PROCTOR, Value-Free Science? Purity and power in modern knowledge.

Full text

396  RESERAS relaciones entre alimentación, miseria y enfermedad, de la toma de conciencia del factor alimentario como factor morbífico; de la repercusión de la fluctuación de los salarios y las políticas fiscales, nivel social, etc. en la alimentación; de las diferencias dietéticas en función del factor regional, sexual, o incluso en el seno de la familia, hasta los aspectos simbólicos de la alimentación. En suma, se trata de dos libros muy recomendables, que reúnen como mérito la originalidad en el tratamiento de las fuentes estudiadas y su orientación historiogràfica, que, por otro lado, tan excelentes resultados viene ofreciendo en los últimos arios en el mundo académico italiano. JOSEP LLUIS BARONA Robert N. PROCTOR (1991). Value-Free Science? Purity and Power in Modern Knowledge. Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, XI + 326 pp. ISBN: 067493170X. La compleja cuestión del papel de los valores en la ciencia se aborda en este libro desde una perspectiva predominantemente histórica. En particular, su autor recorre la historia de lo que no duda en denominar la ideología de la neutralidad de la ciencia con respecto a valores morales y políticos. Proctor reconoce que el problema de la neutralidad es, ante todo, un problema filosófico; pero rechaza el acercamiento de la filosofia analítica tradicional, centrado en el estudio abstracto de las relaciones lógicas y semffilticas existentes entre términos como «ser» y «deber ser» o «hechos» y «valores». El resultado de su propio acercamiento es un trabajo bien documentado y, con frecuencia, novedoso, aunque se eche de menos un mayor desarrollo de las conclusiones obtenidas sobre la base del anàlisis histórico. El libro proporciona una apreciable cantidad de información y resulta de amena lectura. Sólo en ciertas secciones (especialmente las dedicadas a los sociólogos alemanes) la exposición se torna algo morosa. La convicción de que la ciencia es, en sí misma, pura o libre de valores lleva frecuentemente a sostener que no es la ciencia, sino su aplicación, la que debe ser juzgada desde el punto de vista moral. Sin embargo, la pràctica real de la ciencia y la tecnología en nuestros días ponen en tela de juicio ambas afirmaciones. Esto ha hecho que la neutralidad de la ciencia sea vista como una ideología encubridora y tranquilizadora. Pero la doctrina de la neutralidad tiene, seriala Proctor, orígenes muy antiguos y ha desemperiado funciones muy diversas (y no siempre negativas) a lo largo del tiempo. El recorrido histórico de Proctor se divide en tres partes. En la primera de ellas el autor examina diversas versiones del ideal de la neutralidad anteriores al siglo XIX. Una es la separación entre teoría y pràctica que encontramos en la filosofía RESEI n IAS  397 cUsica griega y que conduce a la concepción contemplativa de la ciencia que predominó durante siglos. Otra versión aparece con pensadores como Bacon, en los inicios de la modernidad. Estos pensadores, si bien legitiman el conocimiento practico, insisten al mismo tiempo en que la ciencia debe ser independiente con respecto a todo tipo de valores (ahora entendidos como preferencias subjetivas y no ya como propiedades inherentes a las cosas). De este modo comienza a abrirse la brecha (lógica y ontológica) entre el ser y el deber ser. La segunda parte se ocupa de los avatares del concepto de neutralidad en una época (siglo XIX y comienzos del XX) que asiste al estrechamiento radical de la noción de ciencia, a la hiperespecialización de ésta y a su masiva orientación hacia fines industriales. Especial atención presta Proctor a la reivindicación de la neutralidad por parte de los pioneros de la moderna sociología (Weber, Tónnies, Simmel, Sombart, etc.). En éstos, la neutralidad se convierte en condición inexcusable de la objetividad de su naciente disciplina y, por ende, de la cientificidad de ésta. Tal vinculación de neutralidad y cientificidad se manifiesta de forma extrema y paradójica en aquellos que, como Sombart, Bernstein o Adler, abogaron por un marxismo «neutral». Pero es en el contexto del positivismo donde la brecha entre el ser y el deber ser alcanza su mayor profundidad. El tercer período tratado por Proctor abarca, precisamente, el auge del positivismo (especialmente, del positivismo lógico) y la huella de éste en la teoría económica y en la teoría ética (emotivismo moral). También describe el reto planteado por la teoría social de la ciencia al positivismo y, en general, a la orientación estrechamente lingüística de la filosofia analítica. Proctor estima que la teoría social, con su reivindicación del estudio de los orígenes sociales y los efectos de la ciencia, resulta, con todo, insuficiente, al no cuestionar la escisión entre el discurso descriptivo y el normativo y pretender situarse a sí misma en un punto de vista neutral. Esta tercera parte se cierra con un recorrido a las críticas de la ciencia; tras serialar algunos precedentes históricos (mundo cUsico, cristianismo, humanismo), el autor recoge diversas denuncias contemporneas del papel de la ciencia en terrenos como la ecología, la industria militar, la medicina o la agricultura. La tesis central del libro es que el ideal de la neutralidad ha adquirido significados diferentes en diferentes épocas y ha sido defendido con intenciones bien distintas. Sobre esta base, cabe legítimamente argüir que la reivindicación de la neutralidad ha cumplido en ocasiones una función progresiva (por ejemplo, cuando ha servido como defensa frente a la censura eclesi à stica) y en ocasiones reaccionaria (cuando se usa para camuflar intereses o eludir el compromiso). Otra tesis defendida en la obra es que la opción por la neutralidad no es ella 398  RESEN' AS misma neutral, sino una opción política. De hecho, el ideal de la neutralidad, complementado con su correlato en el terreno moral, la doctrina de la subjetividad del valor, constituye, según Proctor, la principal ideología política de la ciencia moderna (p. 269). En general, Proctor cree adecuado afirmar que ambas doctrinas son propias de posiciones políticas liberales (p. 152). Así, seriala cómo los sociólogos alemanes de comienzos de siglo invocaron la neutralidad tanto frente a las intromisiones del estado autoritario y conservador como frente a diversos movimientos sociales y políticos (marxismo y feminismo, entre otros). También sostiene Proctor que la teoría social de la ciencia (que nuestro autor considera, como hemos visto, un avance insuficiente) debe ser complementada con una actitud moralista, que no se limite a describir las dependencias sociales de la ciencia, sino que contribuya a la construcción de alternativas a la pràctica científica existente (pp. 225 y ss.). Pero, al mismo tiempo, Proctor afirma que la adopción de esa actitud moralista no pone en peligro la objetividad científica (p. 226). Tal convicción descansa sobre la previa separación de los conceptos de neutralidad y objetividad (p. 11). Con este propósito, Proctor hace uso de una noción de objetividad deudora de Sandra Harding (p. 253) y también, mas indirectamente, de Popper. En mi opinión, la primera de estas tesis es una importante contribución no sólo a la historia de las relaciones entre ciencia y valores, sino también a los debates actuales en torno a la hipotética neutralidad de la ciencia. Las otras tesis citadas son igualmente verosímiles aunque menos novedosas. Dicho esto, no quiero dejar de serialar algunas limitaciones teóricas que, a mi juicio, presenta esta excelente obra. En primer lugar, aprecio una desproporción excesiva entre la rica base histórica que el libro suministra y la parquedad de las propuestas normativas elaboradas a partir de aquélla. En particular, la reivindicación por parte de Proctor de un moralismo que sustituya al realismo sociológico ha de desarrollarse todavía en gran medida si es que queremos construir una visión alternativa de la ciencia que supere efectivamente la brecha entre el ser y el deber ser. No basta con afirmar que la ciencia debe moralizarse. Es necesario mostrar, aderns, cómo es posible debatir racionalmente los valores que orientan la ciencia. Algún trabajo se ha realizado ya en esta dirección, aunque no con respecto a los objetivos morales y políticos de la actividad científica, sino a los llamados objetivos y valores epistémicos (simplicidad, predicción, etc.). Y aquí aparece la segunda limitación importante del libro que reservo: no toma en consideración este segundo tipo de valores ni las investigaciones que en ese terreno han realizado autores como Laudan o McMullin. Bien es verdad que estos autores han prescindido en sus a su vez, de los objetivos morales y políticos de la ciencia. Parece necesario, pues, combinar y profundizar ambas líneas de investigación, en busca de una visión RESE&AS  399 comprehen-siva del papel de los valores en la ciencia y de un modelo para el debate racional del rumbo y las aplicaciones de la ciencia y la tecnología. En este camino, el libro de Proctor constituye una aportación muy estimable, aunque una aportación que se sitúa mas cerca del punto de partida que del final del camino. FC0. JAVIER RODRÍGUEZ ALCÂZAR