Alocución ante la XII Asamblea General de la AIERI
Abstract
Pasquali, Antonio
Full text
ALOCUCION ANTE LA XII ASAMBLEA GENERAL DE LA AIERI* (A. Pasquali. Caracas, agosto 1980). [. . .] Ante personas enteradas como ustedes, sería inútil levantar un balance más de los principales acontecimientos en el campo de las políticas de comunicación, desde la anterior Asamblea General de su Asociación en 1978 hasta hoy. Puede decirse de una vez, y sin temores a exageraciones, que durante el presente bienio se han producido más hechos de trascendencia que durante las dos décadas anteriores. Tales hechos van de la Declaración sobre los Medios adoptada en diciembre de 1978, a la próxima creación de un Programa Internacional para el Desarrollo de las Comunicaciones, pasando por dos Conferencias Intergubernamentales, las de Asia y África, y la publicación del llamado Jnforme Mc Bride,. Debe registrarse, además, que hemos asistido no sólo a un cambio en el ritmo de los acontecimientos, sino a un doble salto cualitativo: de la polémica a la concertación internacional sobre principios ahora únicamente aceptados, y de éstos a un comienzo de acción constructiva. Es pues altamente probable que estemos asistiendo a un viraje de importancia en la historia contemporánea de las comunicaciones humanas; un viraje que esta vez no será la adaptación pasiva de los sistemas sociales a las imposiciones tecnológicas, sino el fruto de la precisa voluntad política de las naciones. [. . .] ' Aquí publiquem els fragments fonamentals de la intervenció que, en nom de la UNESCO, va pronunciar I'investigador venecola Antonio Pasquali, subdirector general adjunt del Sector de Cultura i Comunicacions a la XiI Assemblea General de I'Associació Internacional per a 1'Estudi i la Recerca sobre la Informació (AIERIIAMCR).
148 Visto desde el ángulo de una Organización que, como la UNESCO, desempeña un papel central en el estudio y desarrollo de las comunicaciones a escala mundial, el porvenir de la investigación en este sector se perfila muy promisor, comprometedor y problemático a la vez. La demanda superará con creces la oferta, y bastará que en los próximos años una parte siquiera de lo acordado a nivel de muchos países y en las grandes instancias internacionales llegue a concretarse, para que las necesidades de investigación especializada queden parcialmente insatisfechas a falta de profesionales suficientes. Ciertas investigaciones macroscópicas se impondrán aun sin estar actualmente previstas por ningún centro de decisión en particular. Una parte importante de la investigación tendrá que alcanzar un grado mayor de especialización y ser a la vez más interdisciplinaria y más orientada a la acción. Por otra parte, la posibilidad de contar con información y documentación científica abundante y pertinente, deberá garantizarse de manera más equitativa y capilar. Todo esto se refiere, desde luego, a un capítulo seguramente prioritario en el futuro inmediato: el de las políticas de comunicación. Capítulo apasionante y proteiforme, donde habrá de prevalecer la imaginación creadora sobre las fórmulas monolíticas, la adaptación rigurosa a cada realidad social por encima de las poco meditadas transferencias, el espíritu libertario de democratización contra todo proyecto hegemónico. Nuestro director general someterá en septiembre próximo en Belgrado, a la XXI sesión de nuestra Conferencia General, cinco importantes documentos que tocan muy de cerca el problema. Son ellos: 1) el Proyecto de Programa y Presupuesto de la Organización para el trienio 198111983; 2) el primer esbozo del proyecto de Programa a plazo mediano de la UNESCO para el sexenio 19841 1989; 3) los comentarios del Secretariado al Informe producido por la Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de la Comunicación; 4) el Informe final de la tercera Conferencia Intergubernamental sobre Políticas de Comunicación, la que correspondía a los países africanos, aprobado en Yaundé, Camerún, hace apenas venticinco días, y finalmente, 5) la Recomendación adoptada por consenso el pasado abril, por los representantes de los ciento veintitrés Estados que asistieron a la Conferencia Intergubernamental de Cooperación sobre Actividades, Necesidades y Programas relativos al Desarrollo de las Comunicaciones, que pide la creación de un Programa Internacional para el Desarrollo de las Comunicaciones bajo la égida de la UNESCO. [.. .] Todos los documentos que acabo de citar, y cuya importancia reside en que expresan la mejor capacidad de previsión de los Estados miembros o de la comunidad científica internacional, proponen o piden un incremento sustantivo en las actividades de investigación en comunicaciones. Las razones de ello son harto evidentes. En un mundo como el actual que ha rechazado solemne y unánimemente el orden actual de las comunicaciones, por injusto y generador de dependencia, las decisiones políticas, jurídicas, culturales y económicas capaces de
conducirnos a un nuevo orden tendrán que ser de tal envergadura, que sólo una 149 investigación capaz de imponerse por su rigor, desinterés y adecuación podrá evitar a las naciones y sociedades necesitadas costosos errores, despilfarros y azarosas improvisaciones. Desde luego -y la UNESCO lo sabe tanto o más que cualquier otro organismola aplicación de los resultados a la decisión no es el fin único de la investigación. Cada vez que se intenta analizar en profundidad un problema de tanto espesor como el de las comunicaciones; -por ejemplo, cada vez que se busca definir ese nuevo orden ya proclamado, o precisar las bases ético-jurídicas de un nuevo derecho a la comunicación, o definir la especifidad filosófico-social del proceso de comunicar que sería vano reducir a sus meras dimensiones estéticas, técnicas o mercantiles, o prever el futuro ideal-óptimo de las relaciones de comunicación entre los hombresante todos esos intentos, se percibe más bien una necesidad aún insatisfecha de solidez conceptual y de bases teóricas menos contingentes, que sólo una investigación al margen de la cotidianeidad podrá con el tiempo satisfacer. En los actuales momentos, empero, la comunidad científica que ustedes representan confronta un insoslayable deber histórico. La incesante metamorfosis tecnológica, pero sobre todo el esfuerzo político de los países de menor desarrollo, hacen que las urgencias prácticas terminen por imponerse sobre las aún indispensables reflexiones teóricas. Graves necesidades objetivas -a veces apenas formuladas pero no por eso menos dramáticasaguardan el auxilio de estudios previos capaces de optimizar la acción. En la mayoría de los países del mundo, hombres e instituciones víctimas del desequilibrio actual en las comunicaciones, necesitan precisos elementos de juicio para decisiones en que están en juego su rol de interlocutores internacionales, sus márgenes de maniobra y sus respectivas soberanías. En efecto, la búsqueda de una comunicación más justa y equilibrada es a la vez una lucha por la salvaguarda de esa fecunda diversidad enue culturas humanas sin la cual el diálogo -única definición posible de la comunicaciónterminará por degenerar en la entropía del monólogo ordenador o persuasor. Esto hace que a la investigación en comunicaciones, tal vez más que a ningún otro sector de la investigación social, quepa hoy adaptar el lema de la UNESCO uPensar para Actuar,. La nuestra es una época de incipiente universalismo, el primero en la historia de la humanidad digno de ese nombre por sus componentes pluralistas, y sólo un pluralismo comunicacional bien ejercido podrá exorcizar las aún vigentes tentaciones imperialistas. El 2 de junio pasado, durante su histórica visita a la sede de la UNESCO, el Santo Padre Juan Pablo 11 tuvo la ocasión de referirse al problema en los siguientes términos, y citó: apuesto que tales medios son los "medios" sociales de comunicación, ellos no pueden ser los medios de dominación sobre los otros de la parte de los agentes del poder político como de la de las potencias financieras que imponen su programa y su modelo. Ellos deben con-
150 vertirse en el medio -¡y qué importante medio!- de expresión de esa misma sociedad que los utiliza*. No es por azar que el título finalmente adoptado para la publicación del Informe McBride rece así: *Voces múltiples, un solo mundo*. La noción filosófica de amundo* como unidad de lo diverso, convivencia pacificada de sistemas y doctrinas, de valores y estilos de vida, comienza a perfilarse hoy, aún dolorosamente, como causa final de la acción del hombre. Este sentido de pertenencia a una sola familia humana, que implica la desaparición de todos los panteones otrora impuestos por los conquistadores, tiende a generar de sí un pan-humanismo basado en los indeclinables principios de la justicia distributiva, la democratización y la participación efectiva. En esta etapa auroral de un verdadero mundo del hombre -en que la supervivencia de graves desequilibrios comunicacionales sigue constituyendo una amenaza para la convivencia pacificada entre nacioneses simplemente justo que las necesidades de la acción transformadora resulten más urgentes que la profundización de la teoría. De todos modos, y aun desfasadas, ambas actividades deberán seguirse alimentando una a la otra. El que la nuestra sea una hora de pragmatismo y de investigaciones para la acción transformadora, no debe por demás significar de manera alguna la renuncia a la calidad. Tampoco habrá de tomarse como tiempo perdido para la reflexión pura; la praxis se encargará de realimentar a ésta y si es el caso de renovarla. [ . . .] El desarrollo científico actual -en trance de transformar las formas ancestrales del comportamiento relaciona1 y los contratos sociales entre los hombresestá creando una peligrosa solución de continuidad entre la acelerada logística tecnológica y la más pausada razón ética, poética o política a la que incumbe interpretar y humanizar tal desarrollo. Una de las consecuencias de ello es la crisis profunda en que se debaten hoy muchos intelectuales: la crisis de su tradicional liderazgo y de su misma razón de ser ante el colosal poder de las industrias culturales, de una cultura hoy tecnificada e industrializada, obediente a controles aculturales. Dicha crisis asume a veces las formas extremista y poco útiles del rechazo o de la entrega absolutos. Por otro lado, forzoso es reconocer que el principal objeto de vuestro interés científico, a saber, las causas, funcionamiento y efectos de los diferentes procesos de comunicación, es a la vez objeto de poderosos intereses industriales y políticos, en condición de requerir la ayuda del investigador pero también de ejercer sobre él seducciones o amenazas en procura de una domesticación que pueda favorecer tales intereses. El investigador de las comunicaciones capaz de llevar con orgullo ese calificativo es un científico social que ha superado la crisis del intelectual ante un problema crucial de nuestro tiempo, y que sabe esquivar las seducciones de los poderes que quisieran manipularlo. Quiero decirles que la frrmeza de espíritu, el desinterés y el apego a la verdad del investigador de las comunicaciones, siguen cons-
tituyendo una de las mejores garantías de que dispone la humanidad -y sobre 151 todo la mayoría menos favorecida de ella para asegurarse el advenimiento de un nuevo orden mundial de la Información y de la Comunicación. [. . .] Si lo anterior es cierto, no lo es menos el que en la esfera de las comunicaciones (nueva piedra de toque de la buena voluntad internacional), más complejas tareas aguardan a quienes actuamos por edificar un Nuevo Orden mundial de la Información y de la Comunicación, y que esa nueva fase implicará cambios de rumbo y de actitud de la parte de los investigadores. Me refiero al proceso real de transformación y de edificación de ese nuevo orden, que debe naturalmente seguir a la ya superada fase polémica y a la más reciente de los reconocimientos formales. Sin pretender agotar un tema tan complejo ni sobrepasar los iííites de una 1ícita visión prospectiva, quisiera referirme brevemente a algunas de las dificultades que presumiblemente nos esperan. En primer término, cabe señalar con franqueza y realismo el peligro de una rápida obsolescencia o desgaste de la noción misma de *Nuevo Ordenv aún antes de iniciarse la etapa de las acciones concretas. Los escasos o nulos resultados logrados por el Tercer Mundo durante los dos decenios del desarrollo recién transcurridos, y aún en la Conferencia de Viena del pasado año, consagrada por las Naciones Unidas al desarrollo de la ciencia y la tecnología, unidos a la poco favorable coyuntura económica internacional, indican por un lado la presencia de resistencias inerciales y de dificultades objetivas nada fáciles de superar. Por el ouo, no sería inveros'íil la hipótesis de un intento, por parte de las fuerzas conservadoras del orden actual de las comunicaciones, de favorecer una desvitalización del *Nuevo Ordenv a nivel de puro eslogan, intento que perseguiría un diferimiento de decisiones para dejar a los necesitados el mero consuelo de la gratificación verbal. Ante tales eventualidades, es obvio que las fuerzas sociales y políticas que luchan en el seno de los grandes organismos internacionales por transformar el orden actual de las comunicaciones, necesitarán exigir con más vigor ciertas decisiones y un más sólido respaldo argumental y probatorio de parte de la investigación especializada. En segundo término, cabe señalar el paulatino desplazamiento del interés científico hacia una nueva noción más comprensiva, la de tindusuia culturalv, de la que los sistemas de comunicaciones constituyen la parte sustantiva. Esta nueva categoría del pensamiento socio-económico, aún imperfectamente definida en términos operacionales y sin taxonomía normalizada, terminará por favorecer un enfoque más totalizador del problema, por vía de un análisis de los modos de producción y de las formas de gestión que implican una descripción científicamente más rigurosa y sustantiva del fenómeno. Los factores históricos esenciales que inciden sobre el problema son en efecto los modos de producción más que los componentes técnicos, y ya sabemos que el fetichismo tecnológico y la reducción de las comunicaciones a sus aspectos técnico-estéticos disfrazan el
152 intento ideológico de escamotear la verdadera esencia del problema, que es ética, social y política. La industrialización de la producción cultural y de sus formas de comunicación al público ha permitido que los avances tecnológicos, en lugar de servir libremente a la humanidad entera, quedasen sometidos a precisos intereses económicos o políticos, con resultados que están a la vista: concentraciones nacionales y multinacionales de la capacidad de expresión, pérdida de participación popular, oligarquías en lugar de democratización. El proceso en sí de la industrialización de la cultura es, desde luego, irreversible, y sería risible contestarlo. Se trata sin embargo de constatar que sus resultados positivos en favor de un más amplio acceso universal a los bienes y mensajes culturales, se ha producido a expensas de los procesos de participación, generando finalmente nuevas elites nacionales y multinacionales que difunden sus propias ideas convirtiéndolas en las ideas dominantes de la época. No se trata pues de negar las ventajas de una reproducibilidad y de una distribución cultural en serie bien entendidas. Se trata de democratizar esa capacidad por vía de una más amplia participación, y de permitir a cada país de tener industrias culturales propias, alimentadas por la inteligencia nacional y en condiciones de salvaguardar la visión del mundo, la cultura y los valores propios de cada sociedad. Para que ello sea realidad, es indispensable entre otras cosas que la investigación aporte pruebas aún más irrefutables de un principio en el que todos creemos: que las ideas, los valores, las identidades culturales, las concepciones del mundo, la capacidad de expresarse y la exigencia de ser escuchados constituyen un conjunto radicalmente heterogéneo respecto de otros bienes dotados de un puro valor de cambio, y que como tales no son sometibles ni a leyes de mercado ni a los principios comerciales de la libre competencia. Si en términos puramente económicos la desaparición consensual del pequeño productor y los procesos de concentración industrial, aún resultan en ciertos casos comprensibles en términos de productividad y de racionalidad económica, en el ámbito de la cultura y de la expresión de opiniones ese criterio constituye un verdadero acto de lesa soberanía, atentatorio de uno de los más sagrados principios reconocidos a todos por la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. En la esfera de la cultura y de las comunicaciones, no debe haber apequeño productor* amenazado de desaparición, ya que cada sociedad exhibe la misma dignidad y es asistida por un mismo derecho a comunicar. De no ser así, y de identificarse la cultura aún indusuializada con una mercancía cualquiera y el mensaje con la publicidad, estaríamos introduciendo la ley de la selva en el reino del espíritu, y reconociendo que hay sociedades con derecho a tener una cultura y una voz, y otras obligadas a callarse y a asumir la cultura del otro. Por ese motivo, la noción de aindustria culturalv está llamada a adquirir en los próximos años una importancia creciente, y así lo refleja el Proyecto de Programa y presupuesto de la UNESCO para el próximo trienio. Es obvio que esa perspectiva ensanchada requerirá del investi-
gador una nueva apertura interdisciplinaria hacia la historia y la economía, el 153 derecho y la política. Un interés mayor por los problemas de los países en desarrollo parece constituir otro imperativo moral de la investigación para los años venideros. [. . .] No se tratará, naturalmente de investigar por y en lugar de los demás, sino de ayudar al florecimiento de una investigación endógena en los países en desarrollo, y a que los resultados de ésta sean luego suficientemente difundidos aun en los centros de mayor tradición. Una circulación más libre y equilibrada de la información científica entre los propios investigadores de las diferentes regiones, pareciera imponerse como ejemplo de esa misma buena conducta que se pretende exigir de la comunidad internacional. En las bibliografías de muchas investigaciones realizadas en países industrializados, aún es evidente la falta de interés por el trabajo que llevan a cabo los países en desarrollo o en idiomas otros que el inglés o el francés. El resultado de ello es la inadecuación de mucha investigación a los problemas concretos que esperan solución. La repetición de estereotipos y de datos inactuales, o el desconocimiento de fuentes de primera mano a veces altamente reveladoras impiden así el análisis más riguroso o útil. Un ejemplo elocuente de la falta de interés hacia los problemas de los países en desarrollo nos lo ofrece la recién concluida Conferencia Africana de Políticas de Comunicación. Hace tres semanas apenas, el ministro de Cultura de un país africano habló en Yaoundé del tdesafío insuperable de las lenguas, que confronta ese continente. Cabría preguntarse si conyinúa siendo lícito, éticamente hablando, el que la mejor inteligencia lingüística y semiológica de la humanidad siga enfrascada en disquisiciones siempre más refinadas y esotéricas, en momentos en que un continente entero -apenas liberado de la más vergonzosa opresión, y a quien una parte de la humanidad debe una justa compensaciónconfronta el problema de la existencia de mil doscientas cincuenta lenguas, y de todas las decisiones que se imponen a la hora de alfabetizar, de enseñar, de hacer radio. televisión o prensa rural. Es precisamente ante problemas de esa magnitud que el ya experimentado mecanismo de la cooperación internacional pudiera ser asumido como criterio práctico aún en el campo de la investigación en comunicaciones. [ . . . ]