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La información periodística en la crisis del sida. Algunos temas de interés para la investigación comunicativa

Martínez Nicolás, Manuel Antonio

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Martínez Nicolás, Manuel Antonio

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TEMA Analisi 16, 1994, 89-105 LA INFORMACIÓN PERIODÍSTICA EN LA CRISIS DEL SIDA. ALGUNOS TEMAS DE INTERÉS PARA LA INVESTIGACIÓN COMUNICATIVA' Manuel Antonio Martínez Nicolás La compleja fenomenología asociada al síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida) hizo que la enfermedad desbordase pronto su dimensión estrictamente sanitaria para convertirse, también, en un problema social con irnplicaciones políticas, económicas, éticas y culturales. La gestión de la crisis del sida reclama, por tanto, no sólo el concurso de la investigación biomédica, sino también el de las ciencias sociales y humanas, desde la psicología y la sociología hasta la antropología cultural. Es en este contexto que el sida adquiere relevancia para la investigación comunicativa, y una relevancia particular, si se nos permite, al menos por dos razones. Primero, porque los medios de comunicación de masas desempeñan una función primordial en el trasvase de conocimientos desde cualquier ámbito del saber especializado hacia el público lego. En el caso del sida, esta función se ve reforzada por el hecho de que la única medida efectiva para evitar su propagación es, de momento, una información adecuada y rigurosa sobre la enfermedad y el modo de prevenirla. La segunda de las razones se apoya en la evidencia de que los relatos de los mass media constituyen una de las fuentes principales de las representaciones colectivas sobre los fenómenos sociales, y que tales representaciones, por lo que al sida respecta, motivan en buena parte las reacciones sociales ante esta enfermedad y ante aquellos que la padecen más directamente. En todo caso, no cabe duda de que la crisis del sida constituye un laboratorio idóneo, una oportunidad, si se quiere, para indagar en los mecanismos de la comunicación de masas, tanto por lo que hace al proceso de producción informativa como en lo referente a la recepción y a los efectos de los mensajes distribuidos por los medios. De ahí el interés que desde distintas perspectivas y presupuestos teóricos ha despertado entre los estudiosos de la comunicación2. l Buena parte de los artículos y libros en que se apoya este trabajo fueron obtenidos gracias a la ayuda económica del Departamento de Periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona. Quisiera hacer constar mi gratitud, especialmente a Joan Manuel Tresserras, director de dicho departamento cuando realicé la recopilación bibliográfica. Baste señalar la reciente publicación de compilaciones que abordan este problema desde la perspectiva de la comunicación interpersonal y masiva (cfr. Wolf y Kielwasser, 1991, y Edgar, Fitzpatrick y El objeto de este artículo consiste, pues, en identificar algunos de los temas que ha frecuentado la investigación comunicativa en la última década y, en la medida en que nos sea posible, ordenar y contextualizar sus resultados. El trabajo que presentamos se mueve, y es necesario aclararlo, en un espacio delimitado que constituye también, obviamente, el origen de sus limitaciones. De un lado, atenderemos sólo al conocimiento existente sobre la información periodística relativa al sida en los medios de comunicación generalistas, sin abordar, por tanto, las características de otros productos vehiculados por los mass media (la ficción, el entretenimiento o la publicidad) ni el tratamiento dado al tema por medios especializados o dirigidos a colectivos minoritarios. De otro lado, nos referiremos sólo a la experiencia acumulada en una serie de países y regiones: Europa Occidental, Norteamérica, Australia y Japón; y ello por tres razones: primero, porque comparten un mismo modelo epidemiológico, ya que el sida irrumpe inopinadamente a comienzos de los ochenta y afecta en un principio a la población homosexual y10 bisexual y a los drogadictos por vía intravenosa3; segundo, porque sus estructuras política (democracias con libre concurrencia entre partidos políticos), económica (economías de mercado basadas en la propiedad privada, con mayor o menor intervención del estado) y comunicativa (ausencia de censura administrativa y libertad formal para crear empresas de comunicación) son similares, y tercero, y quizá sea ésta la razón fundamental, porque sus comunidades científicas atesoran los suficientes recursos técnicos, humanos y financieros como para haber producido una ingente cantidad de investigación teórica y aplicada sobre la materia que nos ocupa. El establecimiento del sida en la agenda informativa dle los medios Desde los años cincuenta, la sociología de los medios ha adquirido un conocimiento fundado de las determinaciones que pesan sobre la producción informativa. La investigación en este campo ha deparado dos aproximaciones cuyas perspectivas son, no obstante, perfectamente integrables. La primera de ellas, y sin duda la más prolífica, se ha centrado en el estudio in situ de la labor cotidiana de los profesionales de los medios, lo cual ha permitido conocer con cierto detalle los criterios que utilizan para decidir qué es noticia, la organización del trabajo diario en las redacciones, el acceso a las fuentes de información y otros asuntos de esta índole4. La segunda, todavía incipiente y más magra en cuanto a resultados, coincidiría con lo que Rogers y Dearing (1988: 556) denominan media agenda-setting research, cuyo objetivo consistiría en identificar las diversas variables que inciden en el establecimiento de la agenda informativa de los medios. Para diferenciarlas de una manera sin- Freimuth, 1992), así como la atención creciente que las revistas especializadas en comunicación dispensan al tema. Por otro lado, la existencia de un grupo de trabajo denominado ((Health communication, including AIDS and the mass media» en el seno de la Asociación Internacional para la Investigación en Comunicación de Masas (IAMCRIAIERI), y el establecimiento de equipos de investigación específicos en diversas universidades (el «AIDS Media Research Project~ de la Universidad de Glasgow, por ejernplo) indica la amplitud de ese interés por la dimensión comunicativa de la crisis del sida. Cfr. Piot et al., 1988. Cfr. Tuchman, 1978; Gans, 1979; Golding y Elliott, 1979, y Villafañé et al., 1987, entre otros. tética, diremos que mientras la primera se interesa básicamente por todo aquello que de algún modo u otro afecta a las decisiones relativas a incluir, excluir y jerarquizar los acontecimientos en el seno de los productos informativos, ésta pretende analizar el proceso que lleva a iniciar, mantener y abandonar la cobertura de los temas que componen la agenda de los medios. Como veremos, las dos aproximaciones son igualmente necesarias para comprender la evolución de la cobertura periodística de la crisis del sida. Dearing y Rogers (1992: 174) consideran que en la conformación de la agenda informativa de los mass media intervienen dos tipos de factores, unos relacionados con el funcionamiento interno del sistema de los medios de comunicación y otros externos al mismo. Entre los primeros, los autores destacan los valores-noticia en que se apoyan los periodistas para decidir sobre la noticiabilidad de los temas de actualidad y la influencia que ejercen sobre el conjunto del sistema informativo los denominados diarios de prestigio o de referencia dominante5. En cuanto a los segundos, su carácter puede ser muy variado: la agenda de los medios podría verse influida por la presión de grupos con intereses específicos, por la voluntad del sistema político o cualquier otro subsistema social de atraer la atención pública hacia un asunto, por la irrupción de acontecimientos inesperados o espectaculares y por la existencia de datos que indiquen la importancia objetiva de un problema o de un fenómeno. Trazada a lo largo del tiempo, la cobertura periodística de la crisis del sida muestra una estructura cíclica en la que se suceden periodos de una atención elevada al tema y otros en que el interés de los medios decae notablemente, algo, por otro lado, caractenstico en los eventos de duración prolongada. Los resultados de la investigación empírica existente en distintos países6 han permitido comprobar, por ejemplo, que la tardanza de los medios en incluir el sida entre los temas destacados de su agenda informativa coincidió con el desinterés inicial del sistema político. Por el contrario, cuando las autoridades encargadas de la política sanitaria otorgaron al sida una prioridad máxima, incrementando las partidas presupuestarias o poniendo en marcha campañas públicas de información y prevención, los diarios de referencia dominante, y con ellos el resto de los medios, situaron el problema entre aquellos que Se trata de aquellos medios, habitualmente diarios impresos, que por la calidad y credibilidad de sus informaciones gozan de influencia social y política y de capacidad para incidir en el establecimiento de un tema en la agenda de los demás medios de comunicación. Sería el caso, entre otros, de The New York Times, en los Estados Unidos; Le Monde, en Francia; The Times y The Guardian, en Gran Bretaña; Asahi Shimbun, en Japón; 11 Corriere della Sera y La Repubblica, en Italia; Fran.furterAllgemeine, en Alemania, o El País, en España. En lo que sigue, y excepto en aquellos casos en que lo consideremos conveniente, nos abstendremos de remitir a trabajos concretos para apoyar las afirmaciones que hagamos. Las conclusiones que presentamos se basan en los resultados de numerosas investigaciones referentes a Estados Unidos (Kinsella, 1989; Albert, 1989; Patton, 1990; Colby y Cook, 1991; Rogers et al., 1991; Nelkin, 1991, y Dearing y Rogers, 1992), Canadá (Clarke, 1992), Francia (Soumia, 1987; Herzlich y Pierret, 1988; Chevallier, 1988; Pial, 1988, y Mauriac, 1990), Bélgica (Thiry, 1986); Gran Bretaña (Naylor, 1985; Watney, 1987; Wellings, 1988, y Alcorn, 1989), Italia (Ferrari y Cencetti, 1987); Suecia (Jarlbro y Jonsson, 1991), Alemania (Grube y Boehme-Duerr, 1988), España (Usieto, 1987; Pérez Oliva, 1988; Martínez García et al., 1990, y Arredondo y Coronado, 1990), Japón (Dearing, 1992) y Australia (Tulloch, 1989, y Lupton, 1991, 1992 y 1993). merecían una amplia cobertura. Una tendencia distinta, pero igualmente interpretable a partir de los factores que hemos apuntado, se produjo en aquellos lugares donde la proximidad y la virulencia con que se manifestó la enfermedad y10 la presencia de colectivos de afectados (en particular los homosexuales) capaces de ejercer una presión adecuada sobre los medios contribuyó a hacer más visible desde el primer momento la problemática social y sanitaria ligada al sida7. No obstante, quisiera extenderme con algún detalle en uno de los factores que, a mi juicio, explican mejor las fluctuaciones que sufrió la atención y relevancia dispensada por los tnass media al tema sida; a saber, la variación en el tiempo de la signipcatividad de la crisis para los productores de la información. La significatividad es uno de los criterios que orientan a los profesionales a la hora de determinar el interés periodístico de un acontecimiento o de un fenómeno social. Golding y Elliott (1979: 1 19) consideran que los acontecimientos son significativos (culturalmente próximos, dicen los autores) «si se refieren a hechos inscritos en la experiencia normal de los periodistas y de su audiencia». También Gans (1979: 151) apunta a este concepto cuando afirma que en muchas ocasiones los periodistas valoran el interés de un acontecimiento mediante juicios que califica de impresioizistas, y que son realizados a partir de un indicador básico; esto es, [...] su percepción de la sociedad, que deriva en parte de la gente que conocen mejor. Una revista evaluaba a menudo los acontecimientos en función de sus juicios acerca de cómo afectarían a «nuestro tipo de gente», la clase media-alta y bien educada a la que los propios periodistas pertenecían y que constituía el sector mayoritario entre los lectores de la revista. Estas presunciones sobre «nuestro tipo de gente» conforman lo que podríamos denominar la trama de significatividad de los acontecimientos y los fenómenos sociales. Si un suceso o un problema afecta o pudiera afectar a aquellos sectores de la población que constituyen la audiencia-tipo a la que se dirige un medio de comunicación, probablemente será considerado significativo por éste y, en consecuencia, digno de ser atendido. La evolución de la cobertura periodística del sida puede interpretarse a la luz de estas indicaciones sobre la significatividad. En efecto, hasta bien entrada la crisis, el sida fue percibido por los medios como una curiosidad médica, una enfermedad rara que parecía afectar exclusivamente a grupos sociales marginados, primero a los homosexuales y después a las prostitutas y a los drogadictos por vía intravenosa. Bien es cierto que entre las víctimas iniciales se encontraban también personas contagiadas al haber recibido sangre o hemoderivados contaminados con el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH); pero era todavía la época en que la epidemiología del sida se asociaba a las tres H (homosexuales, heroinómanos y hemofílico~)~, lo cual permitía pensar que ' Este fue el caso, por ejemplo, de los grandes diarios de la costa oeste americana, The Los Angeles Tirnes y The San Francisco Cronicle, editados en ciudades que cuentan con comunidades gay fuertemente organizadas entre las que el sida irrumpió con particular virulencia a comienzos de los ochenta (cfr. Nelkin, 1991). En los Estados Unidos, las tres H fueron cuatro, pues las autoridades sanitarias, inexplicablernente, incluyeron como grupo de alio riesgo a los haitianos debido al numeroso grupo de personas afectadas por el VIH pertenecientes a esa nacionalidad. se trataba de un riesgo controlado, circunscrito a ciertos colectivos. Eran, en cualquier caso, víctimas no noticiables; esto es, con escasa relevancia para propiciar el establecimiento del sida en la agenda informativa de los medios de comunicación. El punto de inflexión en la actitud de los mass media hacia el sida se produjo a raíz de dos hechos que alteraron radicalmente y hasta ahora la percepción de la enfermedad: la confirmación, en el verano de 1985, de que el actor cinematográfico estadounidense Rock Hudson padecía el sida, y, sobre todo, el consenso científico sin paliativos, a comienzos de 1987, relativo a la trasmisión del VIH por contacto heterosexual. El caso Hudson puso de manifiesto la actuación de un mecanismo de la comunicación de masas aún no suficientemente explorado, a mi entender: el de la identificación emocional. En efecto, su homosexualidad hacía de Hudson una víctima perfectamente encuadrable en la epidemiología de la enfermedad y, sin embargo, el anuncio de que había contraído el VIH contribuyó a que los medios de comunicación, y con ellos el público en general, empezasen a percibir el sida como un problema sanitario y social acuciante. Si hasta entonces el rostro humano de la crisis lo componían personas pertenecientes a colectivos marginados, bien por minoritarios, bien por estigmatizados, la enfermedad de Hudson ayudó a acortar la distancia psicológica entre los afectados por el VIH y el resto de la sociedad, algo que volvió a repetirse en el otoño de 1991 con los casos del cantante Freddie Mercury y, especialmente, del baloncestista Earvin Magic Johnson9. Por otro lado, establecida sin ambigüedades la posibilidad de que el sida se extendiese entre la población heterosexual, el tema ganó una indudable significatividad periodística y el interés por el mismo ya no declinará hasta ahora. Podría argumentarse, no obstante, que la atención periodística se incrementó justamente en ese momento porque el riesgo de que el sida se generalizase entre el conjunto de la población parecía entonces más factible. En efecto, sabem~s'~ que la percepción del riesgo de una actividad o de una situación aumenta según lo hace su potencial catastrófico y su incontrolabilidad. Pero también es cierto que el sida ya era un riesgo para la salud mucho antes de que los medios lo percibieran como tal y decidieran concederle la relevancia informativa que merecía. Baste con señalar, sólo por tomar el ejemplo más ostensible, que cuando la mayona de los mass media de los Estados Unidos comenzó a cubrir sistemáticamente el sida, en el verano de 1985, ya se habían producido en ese país 12.000 muertes por su causa, y que cuando retomaron el tema, en 1987, las víctimas eran casi 20.000. Es lícito pensar, por consiguiente, que la percepción de un riesgo no depende necesariamente de su potencial catastrófico, sino de una serie de factores intermediarios de índole socio-cultural. El sida, y por lo que respecta a su establecimiento en la agenda informativa de los mass media, ofrece un ejemplo claro de la influencia de tales factores: los medios percibieron la agudeza del problema a raíz de la irrupción de acontecimientos con un fuerte impacto emocional y, más aún, cuando la crisis sanitaria se tomó significativa, esto es, amenazante, para los sectores de la población que conforman su audiencia potencial. Sobre el interés del caso Hudson desde este punto de vista, cfr. Treichler, 1992b. Para una discusión acerca de la ident$cación emocional en la comunicación de masas, cfr. Rodrigo, 1989: 103-105. 'O Cfr. Slovic, 1987. y Covello. 1992. La calidad de la información sanitaria sobre el sida Aun siendo un fenómeno social complejo que implica una amplia variedad de aspectos, el sida es, en su dimensión más estricta, una crisis sanitaria aguda, ya que su incidencia alcanza ya proporciones pandémicas y todavía no existe un remedio eficaz para combatir el síndrome y el virus que lo causa. En estas condiciones, la información, y también la difundida a través de los medios de circulación masiva, es un instrumento privilegiado para alertar sobre los modos de transmisión del VIH y la manera de prevenir el riesgo de infección. Constituye un lugar común, sobre todo entre los expertos en salud pública, acusar a los profesionales de los medios de múltiples insuficiencias en el tratamiento de los temas sanitarios. Pero no es menos cierto también que los medios cumplen un papel esencial en la transmisión del conocimiento especializado al público lego. La información sanitaria, y en particular la relacionada con los riesgos para la salud, es una de las áreas de cobertura más problemática para los medios de comunicación1'. Y ello por dos razones: de un lado, por la vulnerabilidad y dependencia de los periodistas en cuestiones que suelen entrañar una gran dificultad técnica, y, de otro, por la aplicación de una lógica informativa, de un modo de hacer periodístico, que no siempre es el más adecuado para que los coritenidos de los medios adquieran el rigor que demandan este tipo de asuntos. Existe una amplia coincidencia en señalar, a partir de lo sucedido en diversos países12, que una de las deficiencias más notables de la información periodística hasta bien entrada la crisis del sida consistió en la distorsión, en unos casos, y la reproducción acrítica, en otros, de la terminología utilizada por los científicos para describir el problema. Aunque los ejemplos abundan, quizá lo más significativo fuese la adopción espontánea del lenguaje de la epidemiología, y en particular la utilización abusiva de un término, el de grupos de riesgo, que las autoridades sanitarias abandonaron en cuanto tuvieron constancia de que la infección por VIH no iba ligada a sectores específicos de la población, sino a determinadas prácticas o comportamientos (mantener relaciones sexuales sin protección profiláctica, compartir jeringuillas, realizar transfusiones de sangre o administrar hemoderivados contaminados o gestar estando la mujer infectada). En cualquier caso, la confusión, que todavía perdura, estaba ya establecida, y la idea de que el sida sólo debía preocupar a aquellos individuos incluidos en el grupo de las tres H (homosexuales, heroinómanos y hemofílicos) circulará por los relatos periodísticos como un peligroso salvoconducto para quienes no pertenecían a ninguna de estas categorías. A la hora de elaborar sus informaciones, los profesionales suelen confiar rutinariamente en lo que consideranfuentes autorizadas, una tendencia que se ve reforzada en aquellas coyunturas críticas que suscitan incertidumbre y ansiedad pública, como el caso del sida. La cuestión no es sólo que los medios dependan de ellas para obtener información, sino que acaban adoptando lo que Quarantelli (1989) denomil' Cfr. Neikin, 1987; Klaidman, 1990, y Covello, 1992. l2 Cfr. Jarlbro y Jonsson, 1991 (Suecia), Herzlich y Pierret, 1988 (Francia), Thiry, 1986 (Bélgica), Martínez García et al., 1990 (España); Watney, 1987, y Wellings, 1988 (Gran Bretaña); Patton, 1990 (Estados Unidos), y Lea, 1990, para el caso de algunos países africanos. na una «visión de puesto de mando (command-post view)», que conduce a los periodistas a convertirse en documentalistas ~asivos antes aue en activos buscadores-de información. Así, en la confección de sus informaciones sobre los aspectos sanitarios del sida los medios acudieron casi exclusivamente a fuentes médicas, sin tener en cuenta que la rápida expansión del VIH entre ciertos colectivos, particularmente los homosexuales, y la reacción de la sociedad civil generó en todos los países una red alternativa de información y asesoramiento tan experimentada y fiable como la oficial. Como resultado de este olvido sistemático, los mass media pudieron haber contribuido a esa excesiva medicalización de la crisis del sida que ha detectado McAllister (1992). Esta práctica profesional que conduce a reproducir los puntos de vista de los expertos establecidos (científicos o funcionarios~públicos) se-manifiesta también en la inclinación de los periodistas a utilizar el modelo del relato político en la información sobre los temas científicos y sanitarios. Siguiendo a James Lett, Check (1987) considera que dicho modelo se caracteriza por la facilidad con que deviene noticia cualquier declaración efectuada por lasfuentes autorizadas, al margen de que estén o no respaldadas por hechos contrastados; por la ausencia de un seguimiento continuado de los temas, y, en fin, por la importancia que se concede a las opiniones disidentes y el énfasis que se pone en la controversia. Los ejemplos que ilustran esta actitud durante la crisis del sida se multiplican, algunas tan anecdóticas como la acrítica aquiescencia periodística con la pretensión del Centers for Disease Control estadounidense de que los haitianos constituían un grupo de riesgo específico. Pero quizá el caso que revela más significativamente las carencias derivadas de la aplicación de ese modelo se produjese en la primavera de 1988, cuando los medios de todo el mundo, movidos por el atractivo de la disidencia, dispensaron una atención inusitada a las tesis expuestas por Masters y Johnson en su libro Crisis: heterosexual behavior in the age of AIDS13. Los autores sostenían, de un modo alarmante, que el VIH podía transmitirse por contacto casual y que algo tan cotidiano como ser besado o sentarse en el retrete podían considerarse prácticas de riesgo, unas conclusiones que se oponían abiertamente al saber atesorado en aquel momento por la comunidad científica en torno a los modos de transmisión del virus del sida. Lo sucedido con la repercusión de las tesis de Masters y Johnson pone de manifiesto, por otro lado, que las carencias de la información periodística sobre temas sanitarios complejos no son atribuibles en exclusiva a la negligencia o a la desidia de los profesionales. En efecto, en ocasiones son las propias fuentes dotadas de una supuesta autoridad quienes propician los equívocos por acción u omisión. Así, buena parte de las incorrecciones en que incumeron los medios en la divulgación de los avances médicos en la lucha contra el sida fue responsabilidad de los propios expertos y autoridades. Eso ocumó, por ejemplo, con la publicación de numerosas informaciones sobre el descubrimiento de pretendidos remedios farmacológicos contra el sida, difundidas por científicos más interesados muchas veces en adquirir notoriedad pública o fondos para la investigación que en facilitar datos rigurosamente contrastados. l3 Cfr., por ejemplo, Chevallier, 1988 (Francia); Lupton, 1992 (Australia), y Kinsella, 1989 (Estados Unidos). La calidad de la información sanitaria sobre el sida se resintió también, y especialmente en los primeros años, por el escaso interés que, como hemos señalado antes, mostraron los medios por un problema que parecía afectar sólo a grupos sociales minoritarios o marginados. En este sentido, uno de los errores más dramáticos cometido por los niedios dirigidos a audiencias masivas fue atribuir a las prácticas homosexuales el origen y la propagación del VIH. Este error de atribución orientó la información periodística en dos direcciones que, al tiempo que contribuían a estigmatizar a los ho~nosexuales, en nada servían al objetivo de detener la extensión de la epidemia; a saber: el rechazo de los hábitos sexuales de este colectivo con argumentos morales y una curiosidad malsana por escudriñar en sus estilos de vida. Este mismo desapego inicial por el tema explicaría, a juicio de algunos autores14, que los medios generalistas aplicaran hasta bien entrada la crisis una auténtica auto-censum lingüística que les llevó a describir los modos de transmisión del VIH y las prácticas de riesgo con un lenguaje eufemístico totalmente inadecuado para facilitar la adopción de medidas preventivas por quienes estaban amenazados. Así, por ejemplo, se prefirieron expresiones del tipo «compomniento peligroso, contacto sexual íntimo, sexo seguro, intercambio de fluidos corporales o sexo homosexual» a otras menos ambiguas y clarificadoras como ((penetración anal, sexo oral, semen, rasgadura de tejidos anales o condón». En defdtiva, sólo cuando percibieron que el sida era una amenaza para el conjunto de la población, incluidos aquellos sectores que forman su audiencia potencial, los medios extremaron los controles para ofrecer una información sanitaria de calidad, esto es, útil para facilitar una valoración adecuada del riesgo y el modo de prevenirlo. La simbolización del sida en el discurso de los mass media En el curso de los últimos años, un buen número de autoresL5 ha insistido en que la enfemedad suele trascender los límites del mal biológico que la define en prinlera instancia para acabar integrándose en una serie de configuraciones simbólicas que ayudan a determinar su significado y, con él, la percepción que la sociedad tiene de aquélla. La enfermedad está sujeta inevitablemente a un proceso de simbolización; funciona como metáfora, como expresión de otra cosa que no es ella misma, de las debilidades de un individuo, de la degeneración de un colectivo, de las desgracias de una sociedad. Dar sentido a la enfermedad es buscar una explicación a sus orígenes. La medicina puede descubrir sus causas, pero el sentido de la enfermedad 110 se agota en su etiología; se despliega, en cambio, hacia el terreno movedizo de los significados culturales y morales. Cualquier enfermedad puede ser objeto de una construcción cultural; pero aquellas cuyo origen es desconocido o incierto, que conservan el estatuto de incurables, que son contagiosas o transmisibles, y que, en fin, se adquieren por vía sexual, esas enfermedades, digo, son especialmente proclives a la simbolización. No debe extrañar, por tanto, que desde el primer momento el sida y quienes lo padecen se convirtiesen en objeto de una activa construcción cultural y simbólica en la que los relatos periodísticos desempeñaron un papel relevante. l4 Cfr. Burd, 1989; Treichler, 1992a; Lear, 1990, y Klaidman, 1990. Cfr., en particular, Sontag, 1978; Gilman, 1988, y Resina, 1991. ¿En qué sentido o sentidos se orientó tal construcción? Partiendo de una sugerencia de Gans (1979: 52-69), mi hipótesis es que la simbolización del sida fue el resultado de un proceso por el que algo que no era sino un desorden natural (una enfermedad nueva causada por un virus desconocido) se transformó primero en un desorden moral (el estilo de vida de los homosexuales, los drogadictos y las prostitutas) para acabar convirtiéndose en un desorden social (la amenaza de la enfermedad al conjunto de la población y a ciertos valores consolidados en las sociedades occidentales). Es evidente que ese proceso no fue protagonizado sólo por los medios de comunicación; pero los marcos explicativos que éstos adoptaron sucesivamente para definir la situación contribuyeron a la progresiva recategorización de lo que, en sentido estricto, era un desorden natural, biológico. El sida devino así, como acertadamente sostiene Treichler (1987), una auténtica epidemia de significación16, auspiciada por el hecho de que la enfermedad irrumpiese en las sociedades de capitalismo avanzado en el seno de unos colectivos que aportaban su propio estigma al fenómeno: los homosexuales, primero; los drogadictos por vía intravenosa y las prostitutas, más tarde. El sida, en el momento de su emergencia, será una enfermedad misteriosa que afecta al otro, al diferente, a aquel o aquella que viola las normas morales que comparte el colectivo social. Los mass media tendieron a construir el significado del sida a partir de la identidad de sus primeras víctimas, en particular los homosexuales, y buena prueba de ello es que las denominaciones que otogaron incialmente a la enfermedad estaban todas ellas motivadas por la misma idea fija: «cáncer gay, neumonía homosexual, síndrome homosexual, cáncer rosa, plaga gay» y otras similares. Tipificado el problema del sida en estos términos, pronto se franqueó la barrera que separaba al desorden natural del desorden moral. La búsqueda de la causalidad (natural) dio paso a la atribución de responsabilidad (moral): si el comportamiento sexual licencioso y promiscuo de los homosexuales y el consumo de drogas estaba en el origen del sida, entonces debía entenderse como un castigo merecido, la justa retribución deparada por la naturaleza o por Dios a una conducta inmoral. Los medios de comunicación abrazaron sin demasiados reparos las ideas ancestrales de la enfermedad-castigo y del enfetmo-pecador, impuestas, según Sontag (1978 [1980: 67]), por la concepción punitiva del mal biológico propia del cristianismo. Los relatos periodísticos hablaron de maldición y castigo; emplearon metáforas policiales por las que el reconocimiento de la infección por VIH suponía confesar la enfermedad; recurrieron al lenguaje judicial para concluir que el sida era una sentencia y, más aún, una sentencia a muerte; realizaron montajes fotográficos con la imagen de una persona antes y después de contraer el virus para mostrar la severidad de la plaga que azotaba a los desviados. Cuando, tímidamente hacia la primavera de 1983 y de forma definitiva a partir de 1987, comenzó a fraguar la idea de un riesgo generalizado, y no sólo circunscrito a l6 La exposición que sigue está basada en los resultados de los trabajos de Sournia, 1987; Herzlich y Pierret, 1988; Pial, 1988; Chevallier, 1988, y Maunac, 1990 (Francia); Naylor, 1985; Watney, 1987; Wellings, 1988, y Alcom, 1989 (Gran Bretaña); Usieto, 1987; Martínez García et al., 1990; Arredondo y Coronado, 1990, y De Miguel, 1991 (España); Altman, 1986; Albert, 1986a, 1986b y 1989; Kinsella, 1989; Colby y Cook, 1991, y Nelkin, 1991, (Estados Unidos); Lupton, 1991, 1992 y 1993 (Australia); Clarke, 1992 (Canadá); Ferrari y Cencetti, 1987 (Italia). y Jarlbro y Jonsson, 1991 (Suecia). PATTON, Cindy (1990), Inventing AIDS, Nueva York, Routledge. EREZ OLIVA, Milagros (1988), ((La SIDA com a fenomen informatiu)). Tretzt congrés de metges i biblegs de llengua catalana. Llibre de pontncies (pp. 499-501). 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Entre aquests camps, cal destacar-ne els següents: sida i agenda informativa; paper de la informació penodística en temes sanitaris; comunicació del risc; construcció penodística de la dimensió social de la crisi, i efectes de la informació sobre els comportaments. Paraules clau: sida, rnitjans de comunicació, agenda informativa, informació sanitaria. Abstract Since the outbreak of AIDS in 1981-1982, the medical and social crisis caused by the illness has attracted the attention of researches in the field of mass communications, particulary those who study the evolution of journalism. The aim of the present article is to classify the vast quantity of articles published on the subject, in order to identify the areas or topics which have been the object of research in cornmunication studies. Within this field, the following should be singled out: AIDS and the news agenda; the role of news reporting in health matters; communicating the risk; news reporting and its role in building the social dimension of the crisis, and the effects of information on behaviour. Nota biografica Manuel Antonio Martínez Nicolás, llicenciat en Cikncies de la Informació i profesor ajudant a la Facultat de Cikncies de la Comunicació (UAB), acaba de doctorar-se en aquesta universitat amb una tesi sobre sida i rnitjans de comunicació; també ha investigat el tema de drogues i mass-media.