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Las galeras en la política militar española en el Mediterráneo durante el siglo XVI

Thompson, I. A. A.

Abstract

Las galeras fueron el instrumento marítimo más efectivo en la lucha naval en el Mediterráneo durante el siglo XVI. Aunque la monarquía hispánica trató de competir en este campo con el imperio turco, finalmente, se tuvo que contentar con desarrollar una estrategia defensiva. El autor analiza la decadencia de las galeras después de 1574, matizando la tesis de Gilmartin.

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Resumen Las galeras fueron el instrumento marítimo más efectivo en la lucha naval en el Mediterráneo durante el siglo XVI. Aunque la monarquía hispánica trató de competir en este campo con el imperio turco, finalmente, se tuvo que contentar con desarrollar una estrategia defensiva. El autor analiza la decadencia de las galeras después de 1574, matizando la tesis de Gilmartin. Palabras clave: siglo XVI, guerra marítima, galera. Resum. Les galeres en la política militar espanyola a la Mediterrània al llarg del segle XVI Les galeres foren l’instrument marítim més efectiu en la lluita naval a la Mediterrània durant el segle XVI. Tot i que la monarquia hispànica va intentar competir en aquest camp amb l’imperi turc, finalment, es va haver d’acontentar a desenvolupar una estratègia defensiva. L’autor analitza la decadència de les galeres després de 1574, tot matisant la tesi de Gilmartin. Paraules clau: segle XVI, guerra marítima, galera. Abstract. The galley in XVIth century Spanish Mediterranean warfare The galleys were the most effective maritime instrument in the naval fight in the Mediterranean Sea during the 16th century. Although the Hispanic monarchy tried to compete with the Turkish Empire, finally, it had to be content by developing a defensive strategy. The author analyzes the decay of the galleys after 1574, changing Gilmartin thesis slightly. Key words: 16th century, maritime war, galley. Manuscrits 24, 2006 95-124 Las galeras en la política militar española en el Mediterráneo durante el siglo XVI1 I. A. A. Thompson Keele University. School of History Keele. Staffordshire ST5 5BG. England (UK) [email protected].co.uk Traducción de Montserrat Jiménez Sureda 1. El presente ensayo resulta de una elaboración conjunta de los análisis realizados en la Universidad de Saint Andrews en 1976, el Congreso Internacional de Historia Económica de Budapest de 1982, el congreso anglohispano sostenido en Madrid en 1988, la Sociedad de Historia Marítima en 1989 y el congreso de historiadores angloamericanos de 2001. I El siglo XVI fue la edad de oro de las galeras o, más exactamente, la edad de oro de las grandes batallas navales entre galeras, sin precedentes en cuanto a magnitud ni en cuanto a la cantidad de potencias navales permanentes. La creación de «fuerzas navales permanentes» puede considerarse más significativa para la historia del siglo XVI de lo que lo fueron los más comúnmente ponderados «ejércitos permanentes»2. Hasta las últimas décadas del siglo XV, las batallas navales en el Mediterráneo eran discontinuas, a relativamente pequeña escala y solían implicar a barcos de quilla redonda y a bajeles que funcionaban a remo. En una fecha tan tardía, como la década de 1450, se estimaba que entre 30 y 40 galeras eran suficientes para contener a las fuerzas otomanas. Hacia la década de 1490, el Imperio otomano tenía una flota de 200 galeras. La expansión de las fuerzas navales en el Mediterráneo se refleja de manera neta en el crecimiento de cuanto se destinaba oficialmente a la reserva naval de Venecia, la cual se incrementó de 25 a 50 galeras durante la segunda mitad del siglo XV, y llegaron a ser 100 hacia la década de 15503. Dos décadas más tarde, probablemente se contaba con más de 500 galeras sirviendo en todas las flotas del Mediterráneo. Estas galeras enrolaban a más de 150.000 hombres, lo cual supone un incremento quíntuple de la cifra que se puede suponer para mediados del siglo XV. Hacia finales del siglo XVI, este crecimiento se estaba empezando a invertir. La flota turca, compuesta de unos 250 bajeles en su momento álgido, había perdido dotaciones hasta situarse en unos 50 o 60 bajeles y el conjunto veneciano se había reducido de nuevo a 50 bajeles en 1633. Hacia la mitad del siglo XVII, la galera no era ya el arma dominante en las batallas navales del Mediterráneo. Ya había pasado el momento de las grandes flotas compuestas de galeras, ya que éstas, entonces, servían, en número reducido, como arma auxiliar de flotas combinadas, como vehículos de transporte comercial a pequeña escala e, incluso, como guardacostas4. Las galeras mediterráneas lucharon su última gran batalla en Matapán en 1717, aunque tuvieron una influencia escasa en el resultado final de la misma. Las galeras toscanas desaparecieron en 1718. No había más que cuatro galeras en Nápoles en 1734. España y Francia abolieron el servicio obligatorio en galeras en 1748. Hacia 1797, Venecia tenía sólo 20 galeras activas5. Las fuerzas navales españolas en el Mediterráneo pasaron por fases similares, aunque no al mismo tiempo y no con la misma intensidad. España fue un poder naval en una época relativamente tardía. La Corona de Aragón de los siglos XIII y XIV era un poder naval considerable que contaba con fuerzas expediciona96 Manuscrits 24, 2006 I. A. A. Thompson 2. VICENS VIVES, Jaume (1969). «Estructura administrativa estatal en los siglos XVI y XVII». En: Coyuntura económica y reformismo burgués. Barcelona: Ariel, p. 99-141. 3. LANE, Frederic C. (1973). Venice. A maritime republic. Baltimore: Johns Hopkins University, p. 361-362. 4. LANE. Venice. A maritime republic, p. 412. 5. ANDERSON, R. C. (1962). Oared fighting ships from classical times to the coming of steam. Londres: Argus Books, cap. 8. rias que rondaban las 80 galeras, a las que se habían de añadir otros bajeles6. Hacia el siglo XV, coincidiendo con la pérdida de autoridad del Estado y la merma de sus recursos demográficos y fiscales, aquel poder naval se había debilitado considerablemente, reduciendo sus fuerzas a sólo 20 o 30 galeras y 10 o 12 naves armadas7. El mayor conjunto de fuerza naval que Alfonso V pudo reunir se cifró en 30 galeras, 10 barcos, 4 grandes galeones y un número indeterminado de galeazas de acarreo. Ahora bien, para la mayoría de sus expediciones, hubo de contentarse con 20 galeras, la mayor parte de las cuales eran de propiedad privada, no suyas, y sólo pudo disponer de ellas por un corto período de tiempo. La cantidad es comparable a la disponible en la marina de guerra de Génova y Venecia8. Ni siquiera los Reyes Católicos, como se ha sostenido algunas veces, fueron decisivos para el reestablecimiento del poder naval español. El papel de la flota en la guerra de Granada fue muy marginal —se invirtieron veinte veces más caudales en el ejército de tierra que en la flota9. Por otro lado, en las guerras de Italia la función principal de la flota fue la del transporte logístico. Sus operaciones bélicas fueron esporádicas. Cuando Carlos I subió al trono, las fuerzas navales de que el rey de España disponía en el Mediterráneo probablemente no pasaban de una docena —o una veintena, a lo sumo10. Entre los años 1520-1529, esta situación cedía enteramente la capacidad ofensiva a los infieles11. Sólo contratando galeras de los Doria, Portuondo y Bazán entre 1528 y 1530, la monarquía hispánica pudo asumir un rol significante en las batallas navales del Mediterráneo. Sin embargo, durante todo el reinado de Carlos I, la flota hispánica se mantuvo en un segundo plano, comparada con la flota veneciana (que dispuso de más de 100 galeras activas en la década de 1530) y con la flota turca (que consiguió movilizar a más de 200 para las campañas de Zonchio entre 1499 y 1501 y, de nuevo, contra Egipto en 1517). A pesar de que Carlos I fue capaz de montar flotas expedicionarias de 60 o 70 galeras, incluyendo en éstas a las galeras de sus aliados italianos (Saboya, Malta, Florencia, Roma o Génova) y a las galeras privadas de armadores italianos y cataLas galeras en la política militar española en el Mediterráneo (s. XVI) Manuscrits 24, 2006 97 6. SCHNEIDMAN, J. Lee (1970). The rise of the Aragonese-Catalan empire, 1200-1350. Nueva York: New York University, p. 314; OLESA MUÑIDO, Francisco Felipe (1968). La organización naval de los estados mediterráneos y en especial de España durante los siglos XVII y XVII. Madrid: Naval, vol. I, p. 348 y s. 7. Por ejemplo, en Córcega en 1420 o en Djerba en 1432. IBÁÑEZ DE IBERO, Carlos (1939). Historia de la marina de guerra española, Madrid: Espasa-Calpe, p. 108; OLESA MUÑIDO. Organización naval. p. 341 y s. 8. RYDER, Alan (1976). The kingdom of Naples under Alfonso the Magnanimous. The making of a modern state. Oxford: Clarendon, p. 297 y 300. 9. LADERO QUESADA, Miguel Ángel (1967). Castilla y la conquista del reino de Granada. Valladolid: Universidad de Valladolid, p. 146 y 150; MIRA CEBALLOS, Esteban (2000). «La armada del reino de Granada (1492-1550). Apuntes para su historia», Revista de historia naval, 68, p. 35-54. 10. «Es cosa de notar el gran número que había antiguamente de galeras y las pocas que ahora se juntan», BUNES IBARRA, Miguel Ángel de; JIMÉNEZ, Nora Edith (eds.) (2000). Francisco López de Gomara. Guerras de mar del emperador Carlos V. Madrid: Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, p. 56. 11. MERRIMAN, Roger Bigelow (1918-1934). The rise of the Spanish empire in the Old World and the New. Nueva York: Macmillan, vol. III, p. 293. lanes, hasta la década de 1550, no pudo disponer de más de 30 o 40 galeras para los servicios ordinarios12. Fue Felipe II quien elevó a España como uno de los mayores poderes navales del Mediterráneo. A su subida al trono, Felipe II se halló dependiente de otros en su casi totalidad para mantener su posición naval en el Mediterráneo. Un listado de galeras fechado en 1561 daba la cifra total de 111. De ellas, sólo 30 pertenecía a la corona. El resto estaba en manos de 22 propietarios diferentes13. De hecho, incluso aquéllas que pertenecían a la corona funcionaban mediante contratos con sus capitanes y se hallaban en una condición miserable a causa de la falta de fondos provocada por las guerras con Francia. Sólo al final de sus guerras en Europa pudo Felipe II concentrarse en el aumento de su poder naval —y esto hasta que los conflictos en tierra firme no volvían a acaparar los recursos de nuevo. Francia y Flandes siempre tuvieron prioridad frente al Mediterráneo. Felipe II empezó reformando la Administración para aumentar el número de galeras bajo control real directo. Luego siguió las directrices de una política de expansión naval que, en 1573, ya había conseguido que el número de galeras mantenido a expensas de la Corona fuese de 168, multiplicando por diez el número de las que Fernando el Católico había dispuesto sesenta años antes y tres o cuatro veces más de cuantas había conseguido tener su padre14. Entre 1551 y 1574, el número de efectivos de que disponían los cuatro escuadrones regulares al servicio de España se multiplicó por tres, pasando de 54 a 146: el escuadrón napolitano pasó de 13 a 54; el escuadrón siciliano, de 10 a 22; el español, de 15 a 46, y el genovés, de 16 a 24. Este incremento resulta más espectacular, si cabe, si se tiene en cuenta que los desastres de Jerba, en 1560, y La Herradura, en 1562, destrozaron 53 galeras y redujeron a la mitad el poder militar español en el Mediterráneo. De modo que la envergadura de la flota se triplicó entre los doce años que van de 1562 a 157415. Ahora bien, 1574 fue el cénit. En diciembre de 1576, la flota se había reducido a 102 galeras, durante la década de 1580 este número fue declinando lentamente y, durante la década de 1590, la recesión se hizo más acelerada. A principios del siglo XVII, el número de galeras había caído hasta los niveles de la década de 1550. Si España dispuso de 73 galeras en 1598, en 1613 éstas se habían 98 Manuscrits 24, 2006 I. A. A. Thompson 12. «Su Magestat paga muchos años a sesenta galeras, que de razón havían de ser las mejores del mundo, pues son bien pagadas, y tanto de invierno como de verano, y, desde que yo sirvo, que a más de veinte y dos años, me acuerdo que quando an sido menester a los tiempos quel turco a enbiado sus armadas a hazer daño en los reynos de vuestra alteza, nunca les he visto ponerse todas juntas en orden, sinó quando mucho treinta, y ésto fué el año de quarenta y quatro […] y nunca he visto salir más sinó fué agora, que salimos con treinta y nueve, y las demás an quedado aquí (podemos dezir desarmadas)», Carta del comendador Girón al príncipe don Felipe. Génova, 27 de agosto de 1552. Archivo General de Simancas (AGS): Guerra Antigua (GA) 47, f. 149. 13. «Las galeras que se podría juntar para el verano que viene», AGS: Estado 444. 14. «Habiendo mandado dar nueva orden en lo que toca a nuestras galeras y crecer y acrecentar el número de ellas […] teniendo fin a entretener de ordinario una gruesa armada […] en servicio de Dios […] y para resistir y ofender a los turcos», Título de general de la mar en favor de don Juan de Austria. CODOIN, vol. III, p. 304. 15. THOMPSON, I. A. A. (1981). Guerra y decadencia. Gobierno y administración en la España de los Austrias, 1560-1620. Barcelona: Crítica, p. 23-24. reducido a 65. Algunos años, el escuadrón español sólo contó con 9 galeras activas, una cifra mínima si se la compara a las más de 40 que lo integraron en la década de 157016. En julio de 1621 se reorganizaron las galeras de España, fijando su número de 21 a 12, y la flota mediterránea de galeras continuó perdiendo potencial, cayendo a 42 en 1634 y a unas 26 en 164917. Las galeras que España financiaba habían costado 648.000 ducados en 1620. Entre los años de 1632 a 1638, su coste medio fue de 340.000 ducados18. En la época de la privanza de Olivares, España no dominaba ya las aguas del Mediterráneo occidental19. II Todos los programas navales del siglo XVI reconocían el dominio de las galeras sobre los barcos de quilla redonda. Las galeras eran más eficaces como fuerza de choque en las batallas navales, así que se fueron abandonando los experimentos de finales del siglo XV con bajeles muy artillados de gran tonelaje (entre 1.200 y 1.500 toneladas), como el bajel de 1.500 toneladas artillado con 400 cañones que participó en la batalla de Zonchio en 149920. Los barcos de quilla redonda tuvieron un papel importante en las operaciones navales del siglo XV21, pero, durante el siglo XVI, su rol fue decreciendo claramente en importancia táctica —aunque quizás haya sido mayor de cuanto se suele creer. La clave fue la construcción de plataformas sólidas, capaces de aguantar el peso de cañones, en las galeras a partir de 150022. Las grandes expediciones de galeras en el siglo XVI jamás se produjeron sin la escolta de los bajeles de quilla redonda23, a pesar de que los documentos no Las galeras en la política militar española en el Mediterráneo (s. XVI) Manuscrits 24, 2006 99 16. «La junta que ha visto las […] consultas del consejo de guerra y junta de galeras sobre crescer el número dellas», 14 de enero de 1615. No había más que nueve en la escuadra de España, «que es número ynferior del que siempre ha avido», AGS: GA 800. 17. DEVÈZE, M. (1970). L’Espagne de Philippe IV. París: Société d’Édition d’Enseignement Supérieur, vol. I, p. 356-363. 18. Actas de las Cortes de Castilla (ACC), vol. LV, p. 441 y s. 19. ANDERSON, R. C. (1970). «The Thirty Years War in the Mediterranean», Mariner’s mirror, 55 (1969), p. 435-451; 56, p. 41-57. 20. LANE. Venice. A maritime republic, p. 360. LANE, Frederic Chapin (1934). Venetian ships and shipbuilders of the Renaissance. Baltimore: Johns Hopkins University, p. 47 y 50. GUILMARTIN jr., John F. (2002). Galleons and galleys. Londres: Cassell, p. 73. 21. Para el creciente papel desempeñado por los barcos de quilla redonda hacia la mitad del siglo XV, véanse TANERONI, Marco. «Marinerie a confronto nel Mediterraneo del Quattrocento». En: SARASA, Esteban; SERRANO, Eliseo (eds.) (1997). La Corona de Aragón y el Mediterráneo, siglos XV-XVI. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, p. 29-40, p. 39; y OLESA MUÑIDO. Organización naval, p. 341 y s. Para algunos casos concretos, resultan útiles SALVÁ, Jaime. La orden de Malta y las acciones navales españolas contra turcos y berberiscos en los siglos XVI y XVII. Madrid: Instituto Histórico de la Marina, 1944, p. 53, 59 y 75; y BUNES-JIMÉNEZ (eds.). Francisco López de Gomara…, p. 62 y 105. De hecho, la flota que capturó Orán en 1509 estaba mayoritariamente compuesta por bajeles de quilla redonda, 34 entre naos y galeones y 22 carabelas. Unos 10.000 toneles en total contra tan solo 10 galeras. CLONARD, conde de (1851-1862). Historia orgánica de las armas de infantería y caballería españolas. Madrid: D. B. González, vol. II, p. 420. 22. GUILMARTIN, John F. (2003). Galleons and galleys, Cassell, p. 114 y 116-117. 23. Andrea Doria dispuso de 44 galeras, 35 naves grandes, 15 galeones, 2 carracas y otros bajeles en Mesina el 6 de agosto de 1532. SALVÁ. La orden de Malta, p. 92. En el tratado suscrito por la Santa suelen ser demasiado explícitos sobre la misión de éstos últimos y a pesar de que su papel en las operaciones navales de aquel siglo haya sido mayoritariamente ignorado por las publicaciones más recientes. Se sabe que cumplían funciones de transporte24, pero probablemente iban más allá en sus tareas, puesto que parece claro que los barcos de quilla redonda desempeñaban también misiones militares25. En Túnez, en 1535, junto a 82 galeras y 50 «naos gruesas para llevar gente de guerra y bastimentos», Carlos I dispuso de 25 carabelas de Portugal, «que, con buena gente y artillería podría hacer cada una casi el efecto de una galera»26. Carlos I envió un enorme contingente de «naos gruesas de combate» y de bajeles de transporte para que se unieran a las 131 galeras de los aliados de la Santa Liga de 153827 y la capacidad artillera en cuestión de bombardeos de los bajeles de quilla redonda resultó muy importante o crucial en muchas campañas28. III El dominio de las galeras en el siglo XVI no sólo fue el dominio de una técnica de combate naval sobre otra —el barco de plataforma artillada y provisto de remos sobre el velero—, sino que también representó el triunfo de las batallas navales sobre las terrestres. Las galeras desafiaron el predominio, no sólo de los barcos de quilla redonda, sino también de las fortalezas y fortificaciones. Durante cincuenta años a partir de la década de 1530, la estrategia española en el Mediterráneo fue esencialmente terrestre, tanto la de los aragoneses en Italia como la de los castellanos en el norte de África. En el norte de África en particular fue una continuación de la estrategia fronteriza de la Reconquista: la captura de una cadena de fortalezas costeras, no para usarlas como bases navales (sólo una mención del conde de Alcaudete en 1550 habla de puertos para las galeras en el Norte de 100 Manuscrits 24, 2006 I. A. A. Thompson Liga en mayo de 1571 se preveía el concurso de 100 naves y de 200 a 250 galeras. Hubo 68 naves con capacidad de 23.456 toneladas a sueldo de la Armada en julio de 1572, según consta en la Relación del [pagador de la Armada] Juan Morales de Torres. Mesina, 31 de julio de 1572. AGS: Estado 448. A mediados de 1573, se planeó llevar a cabo la expedición contra Argel con navíos de 33.000 toneladas. Lo que ha parecido sobre […] lo que será menester para la jornada de Argel, del 29 al 30 de junio de 1573. AGS: Estado 449. 24. CODOIN, vol. III, p. 106. 25. CODOIN, vol. III, p. 46. Don Juan de Austria escribía a Felipe II en Mesina el 25 de noviembre de 1571 que se necesitaban «naves para la vitualla, pero para llevarlas en conserva de galeras para pelear con ellas no hace falta este año». 26. SALVÁ. La orden de Malta, p. 108. BUNES-JIMÉNEZ (ed.). Francisco López de Gomara…, p. 163. MERRIMAN. The rise of the Spanish empire, vol. III, p. 325, nota 1. Merriman cita un manuscrito de El Escorial que habla de presentar batalla a Barbarroja «con sus naos y galeras juntas», porque, aunque, en el número de galeras, estaban equilibrados (Barbarroja tenía 140 y Doria, 134), Doria disponía de más «galeones y naos aragonesas y vizcaynas». 27. MERRIMAN. The rise of the Spanish empire, vol. III, p. 318. 28. En 1533, los turcos enviaron veinte grandes galeones a reconquistar Coron, perdido a causa de los bombardeos de los galeones cristianos, SALVÁ. La orden de Malta, p. 92. Merriman, en The rise of the Spanish empire, vol. III, p. 307, a propósito de la expedición de Túnez de 1535, cita el importante papel jugado por la artillería en el bombardeo de La Goleta desde los barcos, especialmente desde las grandes carracas que avanzaban en primera línea. África29), sino como enclaves para intimidar a los poderes inmediatos y para impedir que fuesen usadas por el enemigo. Hasta la década de 1530, el objetivo de España fue el de dominar el Mediterráneo occidental, no mediante el control marítimo, sino mediante el control terrestre. Así, en los frentes italiano, granadino y norteafricano, las escaramuzas navales fueron subsidiarias a las batallas terrestres —y esta estrategia se repetiría después de la década de 1630. En fechas tan tardías como la década de 1560, los españoles continuaban concibiendo la guerra marítima en el Mediterráneo como una novedad «que, por la revolución de los tiempos, ha venido a ser tan ordinaria la guerra por mar contra infieles como lo era antes de agora por tierra»30. Hacia la década de 1530, cuatro factores interconectados afectaron a la política terrestre: 1. El incremento de la actividad corsaria norteafricana desde 1500, que minó las proverbiales buenas relaciones que habían mantenido la Corona de Aragón y los reinos del norte de África en el siglo precedente y que provocó la lógica agitación en Castilla, las ciudades andaluzas y las Cortes, que organizaron un escuadrón naval para tratar de hacerle frente31. 2. El fin de la amenaza francesa sobre Nápoles después de 1528. La posición española en el sur de Italia ya no necesitaba ser defendida contra un ejército invasor a lo largo de la península Itálica. 3. La creciente penetración naval otomana en el Mediterráneo occidental y la confluencia del problema otomano con los problemas corsario y francés. 4. La pérdida de las posiciones españolas en el norte de África. Hacia 1556, todas las posesiones norteafricanas se habían perdido. Sólo quedaban en manos españolas Melilla, Orán y La Goleta (conquistada en 1535, perdida en 1574)32. Únicamente una fortaleza (el Peñón de los Vélez en 1564) fue la adquisición permanente al territorio norteafricano que España poseía entre 1535 y 1600. La formación de la flota mediterránea fue esencialmente una reacción. Fue la respuesta española a «los daños que los turcos an hecho y hazen en la [Christ]iandad», la reacción a la hegemonía naval otomana33. Las galeras en la política militar española en el Mediterráneo (s. XVI) Manuscrits 24, 2006 101 29. «Lo que el conde de Alcaudete dize y offresce en el asiento que a V. Magd. supplica se tome con él en las galeras», 1550. AGS: GA 18, f. 92. 30. «Lo que conviene a S. Md. tocante a las galeras», anónimo en AGS: GA 140, f. 86. Impreso en GARCÍA HERNÁN, Enrique (1995). La armada española en la monarquía de Felipe II y la defensa del Mediterráneo. Madrid: Tempo, p. 72. Resulta llamativo un comentario hecho en noviembre de 1567 acerca de la dificultad para armar galeras en Valencia por falta de personal que «hubiere visto guerra para lo que se podría ofrecer», GÁRATE-CÓRDOBA, José María (ed.) (1971). Los tercios de España en la ocasión de Lepanto, s. e., Madrid, p. 45. 31. AGS: Estado 5, f. 74, Jérez de la Frontera, 4 de septiembre de 1518. Cortes de los antiguos reinos de León y Castilla, vol. IV, p. 386, pet. 73, 1523. A pesar de lo dicho, los valencianos continuaban preocupándose por sus defensas terrestres, como se ve en PARDO MOLERO, Juan Francisco (1995). «Per terra e no per mar. La actividad naval en la defensa del reino de Valencia en tiempos de Carlos I», Estudis, 21, p. 61-87, p. 84 y s. 32. MERRIMAN. The rise of the Spanish empire, vol. III, p. 348. 33. «Lo que puedo dezir es loar el buen propósito de V. Mt. por que haziéndose una gruesa armada […] no solamente será asegurar y socorrer a las cibdades, villas y fortalezas que V. Mt. tiene en La expansión de la flota mediterránea de galeras marca la inflexión del abandono consciente de la estrategia terrestre y la derivación de recursos desde la tierra hasta el mar. «En ninguna manera conviene que se disminuya ninguna galera», insistía el Consejo de Estado, «porque las fuerças que estuvieren en la mar estarán prestas para acudir a qualquiera parte que sea menester y a la defensa de las costas de los reynos de Su Magd. y que no lo estarían las de tierra»34. De ahí que el incremento del escuadrón de Nápoles de 13 a 30 galeras, ordenado a fines de 1551, se basase en la división, hasta quedar reducida a la mitad la guarnición española del reino35. En todas partes, en lugar de retener y defender con la preceptiva guarnición las fortalezas capturadas, la política que se adoptó, incluso contra el poderoso grupo militarista que abogaba por la opción contraria y cuyo portavoz más prominente era don Juan de Austria36, fue la de desmantelarlas por indefendibles frente al poder naval otomano. Claro que esto implicaba abandonar su uso potencial como bases para una ulterior acción ofensiva en la zona este37. De hecho, incluso se llegó a considerar seriamente el abandono de los presidios de Orán, Mazalquivir y Melilla, ciudadelas clave dentro de la esfera de intereses españoles en el Mediterráneo occidental38. 102 Manuscrits 24, 2006 I. A. A. Thompson África, más aún será fortalezer estos reynos y poner ánymo en la [Christ]iandad para que los enemigos della no tengan el atrevimiento que aora tienen para salir de sus tierras a hazer daño», carta del duque de Medinaceli a la emperatriz Isabel, sin fecha. AGS: Estado 12, f. 94. 34. «Lo que ha parecido en q[onsej]o a 3 de mayo de 1573», AGS: Estado 449. Miguel Soriano subrayó dos posibilidades para la política militar napolitana: disminuir la construcción de fortalezas y «diminuire il numero delle genti da terra ed acrescere l’armata con quello che s’avanzasse di quella spesa», ALBÈRI, Eugenio (1839-1863). Relazioni degli ambasciatori veneti al senato durante il secolo decimosesto. Florencia: Tip. All’insegna di Chio, serie 1, vol. III, p. 350. En la misma fuente, se hipotetiza que la flota incrementaría sus efectivos si el rey hiciese en todas partes lo que había hecho en Nápoles y redujese los gastos en fortalezas y hombres, ibídem, p. 370. Véase también el «Memorial del contador Luis de Ortiz a Felipe II», de 1554, en FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel (1963). Economía, sociedad y corona. Madrid: Cultura Hispánica, p. 419-420. 35. Carta del príncipe don Felipe al marqués de Villafranca, virrey de Nápoles, 24 de noviembre de 1551, Museo Naval: Col. Navarrete XII, n. 72, f. 430-431. Carta de Juan Andrea Doria fechada en el 23 de julio de 1588 apremiando a invertir, tal y como el reino había pedido, los 50.000 ducados que Sicilia había dado para su defensa en galeras, en lugar de en caballería, GARCÍA HERNÁN. La armada española, p. 89. 36. «Que se puede creer que los que han tratado con el señor don Juan de lo que se podría y devría hazer, les deve de aver movido a lo que les ha parecido de cargar más a lo de tierra que no a lo de mar la auctoridad del sr. don Juan, pareciéndoles que estará con mayor reputación en tierra attendiendo a todo que no andar con una vanda de galeras a la cola de la armada del enemigo», AGS: Estado 449, «Lo que ha parecido en q[onsej]o a 3 de mayo de 1573 sobre los despachos del sr. don Juan». 37. La retirada de la guarnición de Coron, en marzo de 1534, en SALVÁ. La orden de Malta, p. 100. Carlos I se dispone a abandonar Túnez y a desmantelar Trípoli y La Goleta, en MERRIMAN. The rise of the Spanish empire, vol. III, p. 330. Mehdia (tomada el 10 de septiembre de 1550) fue desmantelada en 1554, ibídem, p. 341. «Siempre se ha tenido por cosa sin contradicción que lo de dentro en tierra de África no conviene entretenerse», escribía Felipe II a don Juan de Austria el 22 de septiembre de 1573, añadiendo que lo mejor era desmantelar Túnez por si era capturada —o cedérsela a Hamed o a su hermano—, puesto que no podían permitirse los gastos de mantener Túnez. Por lo mismo, Bizerta debía ser desmantelada. CODOIN, vol. CXII, p. 487. 38. Vespasiano Gonzaga, Alba, Medinaceli, Chinchón y don Juan de Ayala recomendaron el desmantelamiento de Orán el 23 de febrero de 1575, AGS: GA 79, f. 122-123. El secretario Delgado El cambio estratégico de la tierra al mar representaba también seguir una línea política más económica. Quizás no sea ninguna coincidencia el hecho de que la focalización marítima llegase justo cuando las viejas fortalezas medievales necesitaban una completa reestructuración para poder soportar los bombardeos de la artillería. Se creía en aquellos momentos que los costes de defensa terrestre que implicaban las nuevas fortificaciones y el mantenimiento en ellas de guarniciones permanentes de miles de hombres doblaría o multiplicaría por tres lo que costaría la defensa marítima. De 1550 en adelante, muchos tratadistas militares y muchos ministros comenzaron a aconsejar el abandono y desmantelamiento de las fortalezas africanas y la transferencia de recursos a la flota. El poder naval había de convertirse en la clave de la defensa y de la reputación. «No dice lo que importa a V. M. ser señor de la mar», comentaba don García de Toledo, «pues no sólo defiende V. M. lo que tiene, pero asegura lo de sus servidores y estorva que no se levanten cosas que le inquieten y hagan gastar en tierra más de lo que gastara en la mar sustentando su armada»39. Dada la obligación de combatir al turco, «enemigo capital de nuestra fee» —recordaba al rey el contador Alonso Gutiérrez—, «ningún camino ay más derecho para ella que poderío de mar, pues si V. Md. se pusiesse en consideración de los gastos que haze para defender sus estados de levante todas las vezes que nos amenaza con la baxada de su armada, allará que con la mitad y aún el tercio podrá sustentar, sin balerse de traça, sino por el camino ordinario, armada, con que le pusiesse con el mismo cuydado que él nos pone, por que tratar de fuerças y fortificaciones en Bervería, Cerdeña y en otros lugares marítimos es banidad y gasto sin provecho, pues, por más fuertes que estén, biniendo una armada turquesca, no bolverá sin hazer effeto donde llegare, aunque sean plaças más fuertes que Rodas y La Goleta, y que con armada de mar se asegurará qualquiera por dévil que sea»40. Consecuentemente, durante la década de 1580, la inversión en las fortalezas fue decayendo si se la compara a la efectuada en las galeras. Las galeras en la política militar española en el Mediterráneo (s. XVI) Manuscrits 24, 2006 103 dijo al marqués de Cortes, sobre Orán y Mazalquivir «y lo que V. Mt. a querido entender de si el armada del turco con el crecimiento que tiene y nuevo modo de pelear y sitiar, viniendo se podrían defender». El marqués era contrario al abandono de Orán, pero don Juan de Cardona, hacia el 14 de julio de 1576, dudaba de los beneficios de fortificar Berbería, ya que era imposible defenderla frente a la superioridad naval del turco y un error fortificarla cuando Nápoles, Sicilia, Cerdeña y las costas españolas estaban «por el suelo». Cardona recordaba el gasto enorme que supuso la fortificación de La Goleta, que cayó al primer bombardeo. Lo primero que se debía hacer, en opinión de Cardona, era fortificar los reinos propios «muy de veras» y, sólo entonces, pensar en Berbería, AGS: GA 80, f. 163. El 20 de octubre de 1576, Juan Andrea Doria opinaba «sobre lo de la laguna de Melilla» que se necesitaban al menos 5.000 o 6.000 hombres y 20.000 o 24.000 piezas de artillería para resistir al turco «y por más que se provea todo, como se dize tan malo el sitio […], no sé si podría resistir a la dicha armada del turco», AGS: GA 81, f. 28. «El sustentar a Melilla tengo por cosa poco acertada porque no sirve de nada y se perderá siempre que venga armada sobrella», insistía el 17 de noviembre de 1576, ibídem, f. 345. En AGS: GA 262, f. 262 y CCG, fechada el 12 de mayo de 1589, se recomienda desmantelar Arzila y Tánger, «fortificando solamente la parte alta de aquella plaça». 39. Carta de don García de Toledo al rey. Nápoles, 10 de septiembre de 1573. AGS: Estado 453. 40. «El memorial que a dado Alonso Gutiérrez de lo que a propuesto», 23 de octubre de 1577. Biblioteca Nacional de Madrid (BNM): ms. 1749, f. 361-370. O puede que fuese sólo la reacción al deseo de incrementar las ventajas tácticas. Ahora bien, fuese lo que fuese, se consiguió a costa de un brusco aumento en el número de tripulantes, el incremento de costes y una reducción notable del radio de movilidad estratégica de las galeras. En este sentido, Guilmartin presenta una ecuación entre el espacio limitado de que se disponía en las galeras para transportar agua y provisiones, por un lado, y, por el otro, el número de soldados y pertrechos militares. El resultado fue que, cuanto más lejos de su base operaba, menos efectiva era la galera y su capacidad de permanencia allí, menor. 3. El cambio de los costes relativos de víveres y pertrechos, que perjudicó a las operaciones que trataban de asignarse a las galeras y triplicó los costes de las mismas entre 1523 y 1587. 4. La disponibilidad creciente de los cañones de hierro, que valían una cuarta parte de lo que costaban los de bronce, lo cual permitía a la marina mercante equiparse con suficiente armamento como para resistir las galeotas que usaban los corsarios de la zona mediterránea. El resultado fue que la maniobrabilidad de las galeras se redujo drásticamente y la carga financiera y logística de mantener una flota de galeras suficientemente poderosa como para mantener bien altos los pabellones, devino prohibitiva. Además, el único estado con recursos suficientes para ello, el Imperio otomano, se hallaba constreñido por la pérdida de su mano de obra cualificada en 1571. Así que el punto culminante de la guerra de galeras de 1570-1574 fue también su final: la conquista y la reconquista de Túnez en 1573 y 1574, respectivamente, representaron las últimas bocanadas de un sistema asfixiado progresivamente por su propia envergadura. Contemplada en su globalidad, la tesis impresiona. De todas formas, no todas las afirmaciones de Guilmartin son inmunes a la crítica. Hay aserciones cuestionables en sus tres argumentos centrales, a saber, los cañones de hierro, la estrategia y los costes relativos del aprovisionamiento naval. 1. En cuanto a los cañones de hierro, el argumento que se basa en el cambio armamentístico de la marina mercante es plausible, pero no queda claro cuándo y hasta qué punto se produjo este cambio. Los mercaderes del Mediterráneo siempre habían usado cañones de hierro y, al menos en España, no hay ninguna evidencia de que los cañones de hierro fuesen mucho más baratos o más numerosos en 1620 de lo que lo habían sido en la década de 157061. Aunque, a causa de su peso, los cañones de hierro sólo costaban una cuarta parte de lo que valían los de bronce, a largo plazo, tampoco resultaban tan baratos, ya que tuvieron que hacerse más pesados para aguantar la misma potencia en los disparos, solían 110 Manuscrits 24, 2006 I. A. A. Thompson 61. Los cañones de bronce costaban unos 16 ducados el quintal en 1582, sobre 28 ducados (incluyendo el encabalgamiento) en 1608 y 37 ducados en 1624 (cuando se usó el cobre húngaro, más caro, a 33 ducados el quintal en lugar del cobre cubano, más barato, a 15 ducados). Los cañones de hierro costaron a 4 ducados el quintal en 1577, 8 ducados en 1624 y 92 reales en 1632 (en un régimen de libre comercio). ser de menor calibre, no duraban tanto como los anteriores, sobre todo en el mar (donde duraban un promedio de seis o siete años) y eran más propensos a estallar62. Los cañones de hierro fueron usados por la marina española como último recurso y las implicaciones financieras de su generalización no resultaron directamente relevantes para la reducción de la flota real de galeras o para su sustitución por flotas de bajeles de más envergadura. Este argumento de los cañones de hierro tampoco es relevante de manera directa en lo que respecta al carácter anfibio de la guerrilla, esto es, los ataques costeros, pues, aunque los corsarios de Berbería se habían dado a fletar barcos en la primera y la segunda décadas del siglo XVII, lo cierto es que seguían confiando en la rapidez y la efectividad de los abordajes más que en la artillería. Dado que el principal material de que se fabricaban las armas de los galeones de la flota española siempre era el bronce, la revolución tecnológica en la producción del hierro barato para cañones no es ninguna solución al problema de la transformación de las batallas navales españolas en el Mediterráneo del siglo XVII. 2. El argumento estratégico ignora el apoyo logístico que podían prestar los grandes bajeles de quilla redonda y subestima la capacidad y el papel de las galeras. Las galeras españolas totalmente equipadas y con un total de 180 soldados a bordo eran capaces de transportar provisiones durante dos meses, no sólo durante los veinte días que Guilmartin sostiene63. Sospecho que los problemas estratégicos derivaban no tanto de la lógica de las galeras, sino de la escala de las batallas navales y eran, esencialmente, problemas de abastecimiento64. Año tras año, España demostró que era incapaz de trasladar una flota al frente hasta que era demasiado tarde, de tal modo que ya no podía conseguirse nada de relevancia. El ejemplo clásico es el abandono de la invasión de Argel en 157365, pero la situación se repetía en casi cada campaña66. La toma de Túnez el 21 de Las galeras en la política militar española en el Mediterráneo (s. XVI) Manuscrits 24, 2006 111 62. «Lo que screví a Agustín Álvarez de Toledo sobre el asiento de Andrea Rodi de artillería y pelotería de hierro». Informe de Andrés de Prada, Madrid, 19 de octubre de 1593. AGS: GA 388. 63. Una carta del secretario Delgado a Antonio Pérez fechada en marzo de 1573 hablaba de 2.000 hombres que habían de embarcar en 11 galeras en Cartagena con destino a Génova, con provisiones para dos meses, AGS: Estado 449. «Relación del dinero que será necessario para la leba de las 32 vanderas que Su Magd. ha mandado se lebanten en estos reynos y proveer de bastimentos para 40 días», 18 de junio de 1613, AGS: GA 778. 64. «Spagnoli sono […] lunghissimi nelle resolutioni di tutte le cose sue […] Io vedo che, nelle cose di armata maritima, ogni picciol minutia intertiene lunghissimo tempo et impedisse li viaggi, perchè il non haver remi o velle pronte, il non haver forni in quantità deputati al cuocer li biscotti, il mancamento di diece soli arbori o antenne intertiene ben spesse volte li mesi interi il progresso delle armate. Et, con tutto che le forze di questo serenissimo re siano amplissime, tuttavia io non so fin hora discernere che quello che aspetta alla provisione di armata et di galee sia cosí ben regolato come potria esser in una signoria di tanta potentia». Madrid, 1 de agosto de 1571. BRUNETTI, M.; VITALE, E. La corrispondenza dell’ambasciatore Leonardo Donà, vol. I, núm. 111, p. 340. 65. Sobre el despacho de don Juan acerca del asunto de Argel, el 30 de mayo de 1573 se vio el parecer del proveedor general Francisco de Ibarra conforme «no ser possible juntarse las fuerças que vienen en el memorial en muchos meses, quanto más de aquí a fin de agosto […] tiene por impossible poderse tales fuerças por mar y tierra». AGS: Estado 449. 66. Como demuestran los casos de Formentera (25 de octubre de 1529), Coron (12 de septiembre de 1532), Prevesa (27 de septiembre de 1538), Argel (23 de octubre de 1541), Mehdia (10 de sep- julio de 1535, después de una campaña de cinco semanas, no es más que la excepción que confirma la regla. 3. Aunque es posible que las condiciones comerciales de la segunda mitad del siglo XVI perjudicasen a las galeras, tal cosa dista de ser convincente del todo. El contrato de mantenimiento de una galera entre 1535 y 1602 dobló su importe, de 6.000 a 12.000 ducados anuales. Ésta es una cifra menor que la que afirma Guilmartin (él sostenía que triplicó su importe). En todo caso, es un aumento inferior al que experimentaron los precios en el mismo período. A pesar de que es difícil saber como podría hacerse un análisis satisfactorio de los costes y los beneficios que generaban las galeras comparándolo con un estudio idéntico sobre galeones, la preferencia de las galeras sobre los galeones en el siglo XVI no puede explicarse sólo en términos de costes, a menos que decida ignorarse el crucial valor que tenían los esclavos y criminales que componían sus tripulaciones. Éstos significaban la mitad o más de los costes de una galera totalmente equipada, es decir, representaban una proporción similar al conjunto de la artillería de bronce en un barco de gran envergadura67. La consecuencia es que, en la década de 1550, el coste de equipar y fletar una galera, incluyendo en él a la artillería y la tripulación, era el mismo que el de equipar un galeón de 300 toneladas, que podía transportar multiplicado por cuatro el peso de los pertrechos, igual número de soldados y pocos o ningún marinero de más. Hacia la década de 1620, el balance de los costes se inclinaba en favor de las galeras, a causa de la mayor proporción de mano de obra barata que iba en ellas68. VI Por consiguiente, la decadencia en el tamaño de las flotas de grandes galeras que se produjo ya en la década de 1570 no tiene nada que ver con los barcos de mayor envergadura y se explica por cuestiones estratégicas relacionadas con el «sistema mediterráneo de guerra marítima». De este modo, la progresiva reducción de la importancia de las galeras y el cambio de su papel táctico van en consonancia con la nueva realidad geoestratégica a que tuvo que enfrentarse la Monarquía hispánica desde 1580, realidad que alteró el epicentro de los intereses en el «lago español que era el Mediterráneo occidental». A mediados del siglo XVI, la amenaza que se cernía sobre el Mediterráneo español se proyectaba desde el canal de Sicilia 112 Manuscrits 24, 2006 I. A. A. Thompson tiembre de 1550), Mostaganem (26 de octubre de 1558), el Peñón (8 de septiembre de 1560), Malta (7 de septiembre de 1565), Lepanto (7 de octubre de 1571) y Túnez (10 de octubre de 1573). 67. Estos costes dependían del material de que estaban hechos los cañones (bronce o hierro) y de como se capitalizaba a la chusma —casi 150 antes de 1568, casi 170 en 1568, casi 190 en 1588 y unos 200 hacia 1600. AGS: Estado 453. En una relación de lo que valía una galera ordinaria totalmente acabada, comparada con lo que costaban en Barcelona ordinariamente, se decía que, en la década de 1570, 139 forzados valían 33 escudos y 25 esclavos valían 70 libras. Si se les añadía el coste de 902 libras para vestir a los forzados, el coste ascendía a 6.487 libras, el 51% del total de 14.283 libras. 68. Sebastián de Oleaga calculaba, el 29 de mayo de 1624, sobre unas relaciones de muestras tomadas a las galeras de España, que el asentista recibía 40 maravedís por ración de gente de cabo y 20 maravedís por ración de remeros. AGS: GA 899. —y las galeras podían maniobrar con igual facilidad desde ambos lados de aquel canal—. Después de la década de 1580, el peligro para el Mediterráneo español llegaba a través del estrecho de Gibraltar, no sólo por los ingleses y neerlandeses que lo cruzaban procedentes del Atlántico, sino también por los corsarios argelinos y norteafricanos que se trasladaban a occidente para atacar las islas y las costas atlánticas de España, amenazando, con galeotas más fuertemente armadas y en toda época del año, incluso antes mismo de zarpar, a las flotas de Indias en su paso a las Canarias y por las Azores. El Mediterráneo y el Atlántico se estaban volviendo interdependientes y Gibraltar estaba siendo la fortaleza clave en las guerras del Mediterráneo69. De esta época data precisamente la modernización del puerto de Gibraltar (se había trazado un primer proyecto en 1579, pero éste no pudo llevarse a término hasta avanzado el reinado de Felipe III y ello a un coste de 250.000 ducados). Por estas fechas se emplazó allí una escuadra de galeones para expresa vigilancia del estrecho (1603, 1607, 1617, 1622). En parte para que pudiesen cerrar la entrada al Mediterráneo, tal y como el rey de Dinamarca hacía con el Báltico, y en parte para que hostigasen a los barcos de que los corsarios se servían para, atravesando el estrecho, internarse en el océano o para hacer incursiones terrestres. Si tenemos en cuenta el hecho de que ambos competían por los mismos recursos escasos —madera, lonas y jarcias, municiones y, sobre todo, hombres y dinero—, el barco de quilla redonda salía a la competición con una notable ventaja. De todos modos, más importante que estos costes relativos en si, era el hecho de que a las galeras les faltaba flexibilidad climatológica para maniobrar correctamente en cualquier estación del año en el Mediterráneo y en el Atlántico a la vez. En cambio, esta flexibilidad fue conseguida por los nuevos, rápidos y ligeros, galeoncetes, diseñados especialmente para conseguir mayor velocidad y construidos en la armada española a principios del siglo XVII. La consecuencia de la fusión de los dos frentes bélicos fue, en primer lugar, que las galeras hubieron de enfrentarse, a un ritmo cada vez mayor, a bajeles de gran envergadura, sobre todo después de que los corsarios norteafricanos se echasen a ambos mares a principios del siglo XVII. En segundo lugar, la defensa contra tales corsarios devino un problema endémico, que requirió que las galeras se hiciesen a la mar en invierno más veces de las que hubiese sido deseable. Ahora bien, el efecto inmediato de lo anteriormente dicho no fue el de acelerar el abandono de las galeras, sino el de construirlas mayores, aumentando el número de sus bancos de 24 a 26, para desafiar con éxito a los potentes barcos corsarios. Muy entrada la segunda década del siglo XVII, la galera continuaba siendo considerada «el puente que V. M. tiene en reynos tan divididos y el único remedio de unirlos en un cuerpo»70 y el «nervio principal para defenderla [la costa española] y ofender [a] los corsarios que la infestan»71. De hecho, hubo gran número de peticiones en los Las galeras en la política militar española en el Mediterráneo (s. XVI) Manuscrits 24, 2006 113 69. THOMPSON, I. A. A. «Gibraltar et la défense du détroit au début du XVIIesiècle». En: POUSSOU, ROGER BAURY; VIGNAL-SOULEYROU (eds.) (2005). Monarchies, noblesses et diplomaties européennes. Mélanges en l’honneur de Jean-François Labourdette. París: Universidad de La Sorbona, p. 233-256. 70. Opinión del marqués de Villafranca en el Consejo de Guerra, 26 de abril de 1611. AGS: GA 744. 71. Opinión de don Diego Brochero en el Consejo de Guerra, 14 de diciembre de 1611. AGS: GA 744. consejos de Felipe III para que se incrementase la cantidad de galeras en aguas españolas. No fue hasta después de 1610 que los consejos se apercibieron de que los corsarios norteafricanos estaban dispuestos para zarpar en masa. La respuesta inicial a tal estado de cosas había sido la de adaptar las galeras a la nueva situación. Como se reconoció en una junta de galeras en octubre de 1607, «es muy conveniente que se crezca el número de los 164 remeros que tienen aquellas galeras [de particulares] por que oy son mucho mayores que quando se instituyó que sirviesen con los 164, y mayores los remos, y las galeotas y navíos de moros, particularmente los de Argel, andan más reforzados que los años atrás, y, al mismo paso que ellos van armando, conviene que se haga acá para poder darles caza y recibirla si se ofreciere, de más de que no solían navegar de invierno y agora es cada año, y, si venían a España, no passavan de Barcelona y agora passan el estrecho donde son los mares más tormentosos y, para proejarlos, es menester más fuerça y, quando la han avido de hazer, han hecho muchas vezes de dos galeras una […] y las galeras de V. M. de España, Nápoles y Sicilia andan todas con 200 remeros cada una y es muy necesario que, aviendo de navegar juntas, vayan ygualmente armadas, porque es de muy grande inconveniente no poder seguir las unas a las otras y suele ser gran ocasión de perder el viaje»72. A pesar de lo dicho, hacia la mitad del reinado de Felipe III, empezó a verse con nitidez en Madrid que, incluso en el Mediterráneo, las galeras estaban siendo superadas por los barcos de mayor envergadura. En 1611, el condestable de Castilla apremiaba a reforzar la flota con «baxeles redondos medianos», con mayor capacidad de navegar con mal tiempo y más apropiados para plantar cara, no sólo a los corsarios, sino también a los bajeles de la flota turca, que hacían «poco caso de las galeras»73. En 1618, el duque de Osuna sugirió que se mantuviese en el Mediterráneo a una flota entera de «bajeles redondos» (30 en España, 20 en Nápoles y 10 en Sicilia), «visto cuán poco ha que no conocían [los corsarios] bajeles redondos y hoy desarman las galeras para armarlos»74. Al año siguiente, el Consejo de Guerra aumentó el presupuesto naval previsto para 1620 a 805.000 ducados, que habían de servir para mantener una flota de 37 navíos, «respecto de haver crecido tanto el número de los navíos de guerra de Argel y de la aliança que han hecho holandeses y venecianos, como por estar a lo último de la tregua de Holanda»75. A medida que fue disminuyendo la relevancia global de las galeras, su papel táctico a nivel individual cambió y, con él, sus características operativas. Hacia 1617 o 1618, se había producido un consenso generalizado sobre el hecho de que las galeras no podían emprender acciones efectivas más que contra otros bajeles 114 Manuscrits 24, 2006 I. A. A. Thompson 72. Una junta de galeras del 23 de octubre de 1607 comentaba una carta de don Pedro de Toledo del 24 de septiembre anterior, diciendo «que haviendo de pasar qualquiera destas galeras de Cartagena a poniente no podrán navegar seguras con menos de 200 remeros cada una, respecto de ser los mares y corrientes diferentes y los vientos más pesados y menos los puertos», AGS: Estado 2637. 73. SORGIA, Giancarlo (1973). Spagna e problemi mediterranei nell’està moderna. Padua: CEDAM, p. 12-13. 74. FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo (1885). El gran duque de Osuna y su marina. Jornadas contra turcos y venecianos, 1602-1624. Sevilla: Renacimiento, p. 362-363. 75. AGS: GA 840, CCG de 5 de diciembre de 1619. provistos de remos. Así, se las contempló como valiosas, sobre todo, en ataques combinados junto a barcos de más envergadura contra los pocos corsarios que todavía iban a remo y también como transportistas y aprovisionadoras. En 1621, la escuadra de España redujo sus galeras a 12, aunque la tripulación de cada una de ellas aumentó. De 70 soldados y marineros y 200 remeros, se pasó a 128 soldados y marineros y 260 remeros. El cambio se produjo para ganar en velocidad y poder dar alcance a los corsarios en actuaciones conjuntas con bajeles de gran envergadura, antes de que la artillería hubiese desmantelado los cascos, y también para mantener las posiciones ante los vientos en contra y el oleaje de invierno76. De este modo, las flotas de galeras tenían menos efectivos, pero, a nivel individual, las galeras ganaron en tamaño, en tripulación y en armamento, contando a veces con hasta ocho cañones y con seis o siete hombres por remo. La decadencia de las galeras fue sólo relativa, exceptuando el lapso de la década de 1570, y se trató de la decadencia no de la galera como tal, sino de la flota de galeras. Esto, en sí mismo, es indicativo del cambio del papel estratégico de las galeras77. De instrumentos de la «guerra», pasaron a restringirse progresivamente a acciones puntuales y servicio de guardacostas, complementando el tamaño y el armamento de los bajeles de más envergadura mediante la velocidad, más cañones y más soldados, todo lo cual requirió hacer más grandes los barcos y sus remos y enrolar a más remeros. El resultado fue que la tripulación de una galera se multiplicó por cuatro en los cincuenta años que siguieron a la batalla de Lepanto78. Lo que F. C. Lane llama «la galera barroca» transportaba a casi 400 hombres en la década de 1620, mientras que sólo había conseguido acarrear a 250 en la época de Lepanto. El dato es muy interesante de cara a las conexiones que se pueden hacer entre el desarrollo bélico y los cambios más genéricos en el entorno social y económico. Se puede observar un cambio en el Mediterráneo que coincide grosso modo con los imperativos demográficos del momento. De formas muy intensivas de hacer la guerra en el siglo XVI, con un número muy considerable de pérdidas humanas y materiales (ejemplificado en el número de galeras valiosas capturadas en Túnez y Lepanto) a formas propias del siglo XVII, menos consuntivas de seres humanos pero más destructivas materialmente (mediante el uso de la artillería). En conjunto, la escuadra de España tenía el doble de remeros en 1574 que en la década de 1620 (de 7.820 a 3.235). Ahora bien, cada galera de la década de 1620 tenía entre el 50 y el 60% más de remeros que en 1574, lo cual sugiere que si es que existe una relación entre la historia demográfica y la militar, ésta no sólo afecta a la escala en la cual se luchaba, sino también a la manera de guerrear. De hecho, uno de los argumentos que justificaban una estrategia naval única era la menor Las galeras en la política militar española en el Mediterráneo (s. XVI) Manuscrits 24, 2006 115 76. AGS: GA 1305, CCG de 18 de noviembre de 1620. 77. Véase la interesante contribución de WILLIAMS, Phillip. «Past and present: the forms and limits of Spanish naval power in the Mediterranean, 1590-1620», RIZZO, Mario; RUIZ IBÁÑEZ, José Javier; SABATINI, Gaetano (eds.) (2003). Le forze del principe: recursos, instrumentos y límites en la práctica del poder soberano en los territorios de la Monarquía Hispánica. Murcia: Universidad de Murcia, vol. I, p. 237-278. 78. En 1529 era de 230 (80 entre marineros y soldados y 150 remeros); en 1568 era de 252 (siendo la ratio de 82 más 170); en 1592, de 300 (100 más 200), y en 1621, de 388 (128 más 260). demanda de hombres79. Sin embargo, resulta significativo que los estados mediterráneos, que tenían carencias en madera, velas, jarcias y artillería, continuasen luchando en bajeles de quilla redonda con los métodos de las galeras, prefiriendo la aproximación rápida y el abordaje a usar la artillería en bombardeos destructivos. VII El siglo XVII fue el de la «atlantización» de la guerra en el Mediterráneo. A principios del siglo XVI, el Mediterráneo tenía un sistema militar cerrado. Sin embargo, en el siglo XVII, el Atlántico penetró en él. Cuando la capacidad ofensiva del Imperio turco se debilitó, el teatro mediterráneo se fragmentó, volviendo a lo que había sido antes de la década de 1530: una serie de escenarios militares más o menos relevantes, en los cuales dominaba una complejidad de formas de combate marítimo. La «manera de combatir atlántica» tendió a imponerse y el barco militar de gran envergadura asumió el papel central en la flota y las actividades de ésta. Hubo una mayor permeabilidad de fuerzas entre el Atlántico y el Mediterráneo. La Armada del Mar Océano, los galeones de la plata, las escuadras de Cantabria, Galicia y Dunquerque prestaron servicio en el Mediterráneo. La capacidad de abrir fuego devino esencial en la flota mediterránea y la galera, aunque no llegó a perder del todo su papel tradicional, especialmente cuando se enfrentaba a sus pares, fue progresivamente usada como plataforma para la artillería o bien pasó a servir en tareas de apoyo en operaciones mixtas de la flota, como si se tratase de una fuerza de caballería ligera en un ámbito naval. En el siglo XVII, de nuevo, volvieron a considerarse como cruciales las batallas terrestres en la órbita militar mediterránea. Con frentes abiertos en Cataluña y Milán después de 1635, numerosas acciones de la flota fueron en apoyo de campañas terrestres, ya fuese en sitios, ya en intentos de levantarlos —así, en Rosas en 1637, 1643 y 1645, en Salses en 1639, en Tarragona en 1641 y 1644, en Barcelona en 1642 y 1651, en Orbitello en 1646 y en Nápoles en 1647. A pesar de que siempre había habido partidarios de matener enclaves fuertemente fortificados para contener a los estados bereberes80, desde finales del siglo XVI, se produjo un renovado énfasis en las fortificaciones y en las defensas terrestres fijas y móviles como alternativa a las galeras81. 116 Manuscrits 24, 2006 I. A. A. Thompson 79. «Discurso con demonstración de quanto convenga hacerse S. M. poderoso en la mar», MN Navarrete 9, doc. 26, sin fecha (época de Olivares), f. 291. «Informe dado en Madrid sobre aumento de la marina de guerra», MN Navarrete 8, doc. 45, 18 de septiembre de 1622, f. 307. 80. CODOIN, vol. III, p. 114, 165. 81. Después de la pérdida de Túnez en 1574, Ligresti percibe un cambio estratégico, de la intervención a la defensa, a través de la reducción de los soldados estranjeros y un énfasis creciente en las torres costeras (1579), las milicias territoriales (1573 y 1595) y la reorganización de la caballería ligera (1576). LIGRESTI, D. «L’organizzazione militare del regno di Sicilia (1575-1635)», Rivista storica italiana, 105 (1993), p. 647-678. El fallo de la estrategia marítima para controlar las bases enemigas condujo a adoptar nuevas medidas defensivas, incluyendo la construcción de torres costeras y el aumento de la densidad de las murallas en las ciudades, SORGIA. Spagna e problemi mediterranei, p. 4. Hubo otro proyecto de atacar Argel en 1614, pero, esta vez, con las miras puestas en aumentar la solidez de las fortificaciones y en el incremento de soldados y municiones, ibídem, p. 19. VIII La guerra en el Mediterráneo del siglo XVI planteaba demandas políticas, materiales, técnicas y humanas muy diferentes a las que requirió la guerra «atlantizada» del siglo XVII. El sistema mediterráneo del siglo XVI requería el control de un espacio marítimo cerrado mediante operaciones simbióticas entre flotas de galeras y fortificaciones costeras. Se trataba de guerras estatales, guerras hasta un cierto punto especializadas, con barcos de remos, con instrumentos permanentes de poder estatal a su servicio, mantenidas por el fisco, dirigidas por el estado, alimentadas por levas forzosas o por sentencias criminales. En su momento álgido, durante la década de 1570, protagonizadas por el estado en su casi totalidad. Las galeras militares, de hasta 170 remeros, no eran viables económicamente, ni tratándose de bajeles mercantes, ni tratándose de piratas. Sólo podían subsistir si estaban «patrocinadas», y sólo con ayuda del estado se podía hacer frente a semejante obligación. La guerra «atlántica», en cambio, era una guerra de bajeles de mayor envergadura. Frecuentemente, se trataba de barcos mercantes armados, apoyados, si era preciso, por el aparato de estado y (hasta la segunda mitad del siglo XVII) de propiedad privada en su mayor parte82. La guerra atlántica era una guerra a mar abierto, una guerra no de control, sino de bloqueo de las acciones del enemigo, que implicaba un sistema de guerrillas de ataque y defensa rápidos de blancos no fijados a priori (costas, marina mercante, rutas comerciales). Una guerra de acciones irregulares y esporádicas hechas por parte de la flota, mantenida por capital independiente del estado y dirigida a través de mecanismos de mercado por hombres de empresa. Contra la amplitud del escenario, una defensa efectuada por fuerzas permanentes del poder estatal podía resultar poco rentable. Por otro lado, los grandes estados no tenían ninguna ventaja organizativa a nivel militar sobre los pequeños —e incluso sobre quienes actuaban a nivel particular. De hecho, todo favorecía al sector privado: los costes de los barcos de quilla redonda, la escasa diferencia estructural entre un barco de guerra y uno mercante (al menos hasta pasada la primera mitad del siglo XVII), la capacidad de transporte de carga y tripulación, la poca habilidad del estado a la hora de hacerse con mayores contingentes de mano de obra destinada a tales bajeles83. En mayor o menor medida, en ámbito atlántico, todas las expediciones estatales grandiosas se convirtieron en decepciones espectaculares. Las galeras en la política militar española en el Mediterráneo (s. XVI) Manuscrits 24, 2006 117 En 1623, don Juan Vivas resucitó un proyecto para construir una escuadra de galeras que prestase servicio permanente en aguas sardas. Sin embargo, este proyecto fue rechazado por Felipe IV, quien ordenó el reestablecimiento de compañías locales de caballería para patrullar la costa, ibídem, p. 26. 82. THOMPSON, I. A. A. «The Spanish Armada: naval warfare between the Mediterranean and the Atlantic». En: RODRÍGUEZ SALGADO, M. J.; ADAMS, Simon (eds.) (1991). England, Spain and the Gran Armada, 1585-1604. Edimburgo. John Donald, p. 70-94, p. 71. 83. Ésta es una de las razones por las cuales eruditos como sir Anthony Sherley argumentaban la necesidad de basar la rentabilidad de la defensa naval en dotar a los barcos de guerra de un doble carácter, integrándolos también en la marina mercante, al modo en que lo hacía la Compañía Inglesa de las Indias Orientales. Real Academia de la Historia (Madrid) (RAH): Salazar y Castro, A86, f. 353-354; conde de Xerley, Madrid, 24 de abril de 1619. La guerra de galeras era una guerra que requería mucho esfuerzo: una guerra de hombres, con peleas cuerpo a cuerpo, una guerra de «pundonor» no exenta de habilidad, una guerra esencialmente «aristocrática», como una especie de choque de caballería en el mar. Por contra, la guerra «atlántica» era una guerra que requería una gran inversión de capitales: una guerra material aunque sus contendientes no careciesen de valor, una guerra «eficiente», en que la habilidad técnica y la experiencia eran muy importantes, una guerra peleada de manera impersonal, a distancia, mediante la pólvora y los cañonazos. Mientras que, en una galera, los remeros suponían la mitad de sus costes y la artillería sólo un 10 o un 12 por ciento; en un galeón, el armamento consumía al menos el 50 por ciento de las inversiones. La municiones constituían el 1 o el 2 por ciento de lo que costaba fletar una galera y entre el 4 y el 8 por ciento del mismo gasto en un galeón. La logística de una flota oceánica, por tanto, favorecía los movimientos de «privatización», ya que el estado no podía llevar su poder coercitivo al terreno de las importaciones de material para la guerra marítima desde fuera de su jurisdicción, como tampoco podía hacer frente al agotamiento de recursos locales o al poco desarrollo de sus tecnologías. Hace muchos años, Vicens Vives resaltó la conexión entre el desarrollo estatal y la institucionalización de la guerra en el Mediterráneo durante la década de 153084. Con guerras en el Atlántico y con las guerras atlánticas invadiendo el Mediterráneo desde la década de 1580, el proceso se estaba invirtiendo. La expansión de la guerra de galeras en el Mediterráneo había implicado una expansión del «sector público» en la organización militar. En 1560, seis galeras de la escuadra de Nápoles eran reales y diez eran privadas. En 1574, 49 eran reales y 4 eran privadas. Sólo 29 de las 146 galeras que Felipe II mantenía en 1574 eran privadas y servían por contrato. Así que la pérdida de importancia de las flotas de galeras en 1576 fue también, y eso se ve bastante explícitamente en la instrucción del 27 de diciembre de aquel año, una pérdida de importancia del «sector público». Las 21 galeras suprimidas de la escuadra de Nápoles eran galeras reales, por ejemplo85. La priorización del bajel de quilla redonda en detrimento de la galera también significó un paso del sector «público» al «privado» en la organización de la guerra y, por consiguiente, cierta pérdida de control sobre el desarrollo de la misma por parte del estado. En Lepanto, el 80 por ciento de las galeras eran reales. En la flota tercera de 1583, sólo 3 de los bajeles de quilla redonda más importantes eran del rey (si exceptuamos las dos galeazas y las 12 galeras). En 1588, sólo 30 de los 130 bajeles y poco más de un tercio de los barcos de la vanguardia eran de Su Majestad. La creación de una gran flota oceánica permanente en la década de 1590 fue un intento de trasladar al Atlántico el dominio del sector público que había en el Mediterráneo. Sin embargo, el inten118 Manuscrits 24, 2006 I. A. A. Thompson 84. VICENS VIVES, Jaume (1960). «Estructura administrativa estatal en los siglos XVI y XVII» en XIe Congrès International des Sciences Historiques, Rapports: IV: Histoire Moderne, Stockholm, p. 9. 85. En una carta fechada el 27 de diciembre de 1576, Felipe II decía al duque de Sessa que «ha parescido que las de particulares, por traerlas personas a quien será conviniente tener prendadas en mi servicio, y porque aya en las ciento de unas y de otras, y que, por este respecto, las que se huviera de desarmar sean de las mías». Bibliothèque Publique et Universitaire (BPU). Ginebra: Favre, vol. XXVIII, f. 8. to fracasó, ya que los galeones reales nunca pasaron de un tercio de los barcos de las flotas expedicionarias de 1596 y 1597. Además, a partir de la década de 1580, la guerra en el Mediterráneo también devino, al menos en gran parte, una guerra privada. Y ello fue así porque la mayor proporción de barcos que servían en la zona mediterránea en el siglo XVII eran barcos que se habían conseguido mediante contratos con sus propietarios: los Judici y los Marini de Génova, los Martolosi y los Masibradi de Ragusa, los Ycart y los Cànoves de Cataluña o bien los barcos de las escuadras que armaban las provincias cantábricas que se desviaban de la zona atlántica para ir allí. Puede considerarse igualmente una guerra privada por la cantidad de corsarios que la hacían en ambos bandos. Esta «guerra de guerrillas» fue posible por la liberación de recursos, energía y control subsiguiente al final de la «guerra» de las grandes flotas estatales. Fue una actividad autosostenida que podían ejercer hombres que, de forma paralela, se dedicaban al comercio y que, cuando guerreaban de esta forma, lo hacían de manera irregular, a través de incursiones rápidas y temporalmente acotadas y sobre blancos aleatorios. No es menos cierto que los españoles consideraron el ejercicio del corsarismo como la única solución al desajuste económico que producía la «guerra de guerrillas». Como se decía en un memorial anónimo de 1612, «es necesario valerse de medios modestos y fáciles pues no se puede de otros». Así es que la corona promovió el corsarismo en una ordenanza general fechada en diciembre de 1621, definiéndolo como un sector privado dentro de la marina real, acreditando sus derechos a un quinto sobre las presas, garantizando a los corsarios una serie de recompensas si sobresalían por su audacia, reputando sus servicios «como si fuesen hechos en mi flota real» y enviándolos, cuando la ocasión lo requería, a unirse a las flotas combatientes86. Los permisos para «hacerse a la mar» no fueron una novedad del reinado de Felipe IV, pero, antes de él, habían sido lo suficientemente irregulares como para parecerlo a ojos de sus contemporáneos87. En realidad, no es que hubiesen demasiadas diferencias entre corsarios como los de Valencia y Mallorca (quizás los dos centros del corsarismo español en la zona mediterránea), las escuadras fletadas por Benavente, Maqueda y otros y las escuadras reales de Nápoles y Sicilia que mandó el marqués de Santa Cruz bajo el virreinato de Osuna. En la década de 1610, estas últimas escuadras operaban en el Mediterráneo oriental en cooperación con las fuerzas de Malta y con la flotilla de barcos del propio Osuna y todas ellas atacaban cualquier objetivo que se les cruzase: galeras militares turcas, galeotas corsarias tunecinas o barcos mercantes neerlandeses, ingleses y venecianos que, supuestamente, transportaban mercancías de contrabando. Las galeras en la política militar española en el Mediterráneo (s. XVI) Manuscrits 24, 2006 119 86. Apuntamiento para el consejo de estado de 1612, M.N. Navarrete 8, núm. 35, f. 242-246. Sobre la piratería patrocinada por España después de 1580, véase LANE. Venice. A maritime republic, p. 387. 87. «De parte desta corona nunca hubo corsarios» se destacaba el 18 de septiembre de 1622 en un informe sobre aumento de la marina de guerra, M.N. Navarrete, 8, núm. 45, f. 307.