La metáfora de lo uno-múltiple : una (re-)conceptuación dialógica de la identidad personal (una crítica al reduccionismo "posmodernista")
Abstract
En este trabajo pretendo corregir algunos de los "excesos" y simplificaciones de las teorías posmodernistas sobre la identidad. Trato de restituir al sujeto una ontología que no lo reduzca a meras determinaciones sociales, recuperar su carácter corpóreo-orgánico (embodiment) para su comprensión/construcción y, de este modo, retomar la cuestión de la unidad del sujeto (y de la unidad de/en su identidad) frente a la manida exaltación de su fragmentación (pluralidad de su identidad; en oposición a lo cual sostengo la idea de una 'pluralidad de/en su identidad').
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Athenea Digital - num. 7: 114-132 (primavera 2005) ISSN: 1578-8946 114 La metáfora de lo uno-múltiple:una (re-)conceptuación dialógica de la identidad personal (una crítica al reduccionismo “posmodernista”) The Metaphor of One/Many: towards a dialogical notion of personal identity (against “postmodern” reductionism) Marcos Engelken Jorge Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibersitatea [email protected] Resumen Abstract En este trabajo pretendo corregir algunos de los “excesos” y simplificaciones de las teorías posmodernistas sobre la identidad. Trato de restituir al sujeto una ontología que no lo reduzca a meras determinaciones sociales, recuperar su carácter corpóreo-orgánico (embodiment) para su comprensión/construcción y, de este modo, retomar la cuestión de la unidad del sujeto (y de la unidad de/en su identidad) frente a la manida exaltación de su fragmentación (pluralidad de su identidad; en oposición a lo cual sostengo la idea de una ‘pluralidad de/en su identidad’). In this article I want to correct the excesses and simplifications which postmodernist theories have introduced into the current conception of personal identity. I argue for a subject who transcends social determination (although I do not deny the idea of subjectification) and who is embodied, so that the question of the subject's unity (the unity of/in his or her identity) and can be examined without falling into the clichés of fragmented structure. I argue for the replacement of the notion of the plurality of identity with the more complex notion of plurality of/in identity. Palabras clave: Identidad; Identidad personal Keywords: Identity; Personal identity
La metáfora de lo uno-múltiple Marcos Engelken Jorge Athenea Digital - num. 7: 114-132 (primavera 2005) 115 I. Introducción La identidad personal, entendida como (auto-)comprensión, se ha situado en el centro de la reflexión teórica social. La relevancia de la noción de ‘sentido’ para la comprensión/construcción de la realidad social (Beriain, 1999), unida a procesos como los de desinstitucionalización (Beck, 1995; Touraine, 1997), individualización (Melucci, 2001; Lipovetsky, 1983), globalización (y su consiguiente abstracción del mundo. Pérez-Agote, 2000) y la creciente reflexividad social (Beck, 1995; Giddens, 1990) e hipersocialización (Melucci, 2001), así como a los fenómenos de estetización y desustantivación de una realidad antes “sólida” (Jameson, 1991), y de especialización y ordenación policontextual de la realidad (Luhmann, 1998), han situado el interés del análisis en la manera en que los sujetos sociales (y con ellos, los sujetos individualizados) construyen el mundo (Weltanschauung o Weltbild) y a sí mismos (su identidad). En virtud de este vínculo gordiano entre (auto-)comprensión y comprensión-del-mundo (Weltbild)1, la teoría social se ha preocupado por los fenómenos identitarios, pues proporcionan la clave de la acción social: qué parámetros de sentido mueven a los sujetos a actuar de una forma y no de otra y qué discursos-de-sentido son desplegados para comprender/construir el mundo circundante. La comprensión/construcción de la identidad individual ha variado enormemente (Gergen, 1991) se ha pasado de una concepción romántica (“esencialista”) del individuo, a otra que lo veía como un “manipulador estratégico”, como un actor que representaba una diversidad de papeles; cuando la sensación de culpa y de superficialidad quedaron atrás, se llegó a la noción de “personalidad pastiche”, que parecía valorar positivamente su nuevo ámbito de libertad, su nueva posibilidad de (auto-)re-invención; finalmente, el concepto de “yo relacional” diluyó al sujeto en la red de relaciones sociales: más que un ‘yo’, existía un ‘nosotros’; el sujeto quedaba reducido a un punto, a un nudo donde se cruzaban diferentes procesos y relaciones sociales (realmente, el sujeto no era nada más que el resultado de esta conjunción sincrética, contingente y singular de determinaciones sociales; nada que las trascendiese). Actualmente, la tendencia es a recular: las nociones “posmodernas” que reducían al sujeto a un mero juego de intertextualidad comienzan a ser cuestionadas2. Sin embargo, también se abren nuevas vías para teorizaciones más radicales: los avances de la microtecnología y de la investigación genética, los trasplantes de órganos animales a seres humanos, etc. han llevado a formulaciones de un sujeto a modo de interfaz (interface), que ya no atiende a las fronteras entre humano y animal, entre organismo y máquina, entre físico y no-físico, típicamente el cyborg (Haraway, 1991). El presente texto se inscribe en este esfuerzo por corregir los “excesos” y simplificaciones de las teorías posmodernistas sobre la identidad. Pretende restituir al sujeto una ontología que no lo reduzca 1 Se sostiene –ya se veráque la identidad, en tanto que narración que un sujeto hace de sí mismo para (auto-)comprenderse, conlleva, necesariamente, toda una visión del mundo (Weltanschauung). De este modo, la identidad supone una narración que opera en dos niveles: crea una imagen del mundo (Weltbild) y sitúa al sujeto en un punto determinado dentro de esa imagen (Taylor, 1989). 2 Las obras de Bruno Latour (1999) y de Ian Burkitt (1999) son sintomáticas de este esfuerzo por corregir los excesos de la teorización posmoderna.
La metáfora de lo uno-múltiple Marcos Engelken Jorge Athenea Digital - num. 7: 114-132 (primavera 2005) 116 a simples determinaciones sociales, recuperar su carácter corpóreo-orgánico (embodiment) para su comprensión/construcción y, de este modo, retomar la cuestión de la unidad del sujeto (y de la unidad de/en su identidad) frente a la manida exaltación de su fragmentación (pluralidad de su identidad; en oposición a lo cual se sostiene la idea de una ‘pluralidad de/en su identidad’). II. La lógica “clásica”, el reduccionismo “posmodernista” y la necesidad de un pensamiento meta-lógico La lógica “clásica” (aristotélica) asume tres principios solidarios entre sí (Morin, 1991: 178 – 215): a) el de identidad (A = A, esto es, la imposibilidad de que lo mismo exista y no exista al mismo tiempo y dentro de la misma relación), b) el de no contradicción (A no puede ser a la vez B y no-B), c) el principio del tercio excluso (toda proposición dotada de significación es o verdadera o falsa, por lo que entre dos proposiciones contradictorias sólo una puede ser mantenida como verdadera: A es o B o no-B). Sobre esta base se fue construyendo la Ciencia y los criterios “racionales” de verdad y de realidad (lo real y verdadero respondía a estos tres principios; en caso contrario, se trataba de una “falsa apariencia” o de un “error” en el proceso cognitivo), hasta que, a comienzos del S. XX con la emergencia de la indeterminabilidad cuántica, se comienza a reflexionar sobre los límites de la lógica. La (desdeñada) paradoja del cretense que declara que todos los cretenses son unos mentirosos, atribuida a Epiménides, ya había puesto de relieve la insuficiencia de las operaciones deductivas para abordar ciertas realidades; Karl Popper insistirá en la insuficiencia de la inducción3 que, junto con la deducción, supone la operación básica de la lógica. Finalmente, Kurt Gödel demostrará que “la completa descripción epistemológica de un lenguaje A no puede ser dada en el mismo lenguaje A porque el concepto de la verdad de las proposiciones de A no puede ser definido en A” (K. Gödel citado en Morin, 1991: 191), es decir, la noción de “verdad” relativa a un lenguaje (a una teoría, por ejemplo) no puede ser definida completamente a través de ese lenguaje (teoría), sino que requerirá acudir a un meta-lenguaje (meta-teoría) más rico que lo defina; a su vez, este meta-lenguaje no puede definir completamente su propia verdad, por lo que necesita también de un meta-metalenguaje... y así hasta el infinito. Estas reflexiones –ya se comentópusieron de relieve los límites y debilidades de la lógica clásica, abogándose, en la segunda mitad del S. XX, por nuevas lógicas y/o nuevos métodos que superasen (o tratasen de superar) estos escollos. En este contexto se inserta el “pensamiento complejo” de Edgar Morin (1977; 1980; 1986; 1991; 2001), quien propone un método meta-lógico, esto es, un método que incluya dentro de él a la lógica clásica, pero que, en su movimiento de conjunto, no se deje sojuzgar por ella. De este modo, se pretende integrar en la reflexión las contradicciones radicales (aquellas consideradas insuperables), pero guiando las operaciones fragmentarias del pensamiento a través de la lógica clásica4. Esta apuesta descansa en la creencia de que “la 3 Edgar Morin resume la crítica de Karl Popper de la siguiente manera: “cuando no es trivial, la inducción siempre comporta un riesgo” (Morin, 1991: 190). 4 Este método trataría de asumir, entonces, que A = B y A = no-B (reflexión de conjunto); sin embargo, cada operación fragmentaria (A = B sería una; A = no-B sería la otra) se conduciría de acuerdo a la lógica “clásica”, es decir, se trataría de determinar las condiciones (de observación) bajo
La metáfora de lo uno-múltiple Marcos Engelken Jorge Athenea Digital - num. 7: 114-132 (primavera 2005) 117 contradicción vale para nuestro entendimiento, y no para el mundo. La contradicción surge cuando el mundo se resiste a la lógica, pero el mundo que se resiste a la lógica no es “contradictorio” por ello” (Morin, 1991: 201). Lo que se propone, en consecuencia, es una (re-)conceptuación compleja de la identidad, que integre, en la misma reflexión, la unidad y la pluralidad de la identidad. Desde la idea cartesiana de persona, que situaba una “esencia”, un espíritu, un alma, encerrado dentro del cuerpo (subrayaba, por lo tanto, la unidad “esencial” del sujeto), se ha pasado a la fragmentación radical del sujeto, a la idea de discontinuidad radical planteada por los autores “posmodernistas” (Gergen, 1991; Jameson, 1991; Lipovetsky, 1983). Si bien la propia noción de sujeto (re-)introduce, aunque sea de forma soterrada, una cierta sensación de unidad dentro de esta fragmentación radical, considero que es necesario una conceptuación explícita de la unidad dentro de la pluralidad (así como de la pluralidad dentro de la unidad). Los autores “posmodernos”, pese a su voluntad de pervertir la Ciencia “clásica”, han sucumbido –así parecea las exigencias de una lógica insuficiente para la aprehensión/construcción de la realidad. En virtud del principio de no contradicción, han considerado la dimensión fragmentaria de la identidad, apartando la mirada de su dimensión unitaria. Se impone, entonces, restituir el “pensamiento de conjunto”, esto es, re-organizar las reflexiones (lógicas) parciales (las referidas a la unidad, por un lado, y a la pluralidad, por el otro) a través de un pensamiento dialógico5, capaz de asumir la simultaneidad de lo unitario y de lo fragmentario en la identidad personal. las que cada una de estas dos proposiciones sería válida, sin que por ello se dejase de afirmar, en el plano ontológico, que “no-B = A = B”. 5 Por ‘dialógica’ se entiende la unidad compleja entre dos lógicas, a veces complementarias, otras concurrentes y antagonistas. A diferencia de la dialéctica hegeliana, la dialógica no encuentra solución en una síntesis superior, sino que conserva, como constitutivo de la entidad o fenómeno considerado, la tensión entre ambas lógicas (Morin, 2001: 333). En este contexto, cabe recordar las palabras de Mauro Ceruti: “La desaparición de la imagen clásica de la razón y del conocimiento provoca un deslizamiento de la idea de síntesis hacia la idea de complementación como estrategia constructiva de los universos de discurso. Cada vez más conscientemente la epistemología contemporánea se refiere a las antinomias, a las paradojas y a la ignorancia no como a momentos de impasse extraños al universo de discurso, sino como a momentos constitutivos del universo de discurso y decisivos para su desarrollo.” (Ceruti, 1991: 44)
La metáfora de lo uno-múltiple Marcos Engelken Jorge Athenea Digital - num. 7: 114-132 (primavera 2005) 118 III. Hacia una (re-)conceptuación compleja de la identidad III.I. Primer acercamiento: la identidad como (auto-)comprensión Una vez aclaradas estas cuestiones relativas a los objetivos y pertinencia del artículo, se puede comenzar con la exposición de las ideas básicas que guiarán este esfuerzo de teorización de la identidad personal. Como primera aproximación, se puede afirmar que las identidades (individuales o colectivas) son (auto-)comprensiones de carácter discursivo y creadoras-de-sentido. Es su carácter narrativo el que constituye la “esencia” de la identidad, el que la revela como “unidad abierta” (Melucci, 2001) y como proceso, como continua (re-)construcción discursiva que aspira a una narrativa coherente (Taylor, 1989). A diferencia de instituciones y roles sociales, que pueden estar en la base de esta (auto-)definición, la identidad se caracteriza por construir sentido a partir de la internalización de los procesos de (auto- )definición e individualización (Castells, 2000: 27 – 90). Esta idea es, en cierto modo, paradójica, pues preconiza que la (auto-)comprensión proviene del sentido, al tiempo que actúa como fuente de éste. Supone, esto, la necesidad de conceptuar la identidad como un proceso de continua (re-)producción (no mecánica) de sentido: la identidad personal (pero también la colectiva) exige una determinada imagen del mundo (Weltbild) para poder situarse dentro de ella y, en consecuencia, para procurarse una definición que necesariamente debe vincularse a alguna otra cosa, pero, a la vez, en tanto la identidad presupone esa imagen del mundo, la (re-)produce. Los parámetros de sentido en que se mueve el sujeto lo conducirán hacia una cierta (auto-)comprensión y, a la inversa, su (auto- )comprensión (re-)producirá (no mecánicamente) sus parámetros de sentido. La conceptuación de la identidad como autocomprensión nace (o puede ser fechada, a modo de “mito de origen”) con el cogito cartesiano. Frente a la progresiva desacralización del mundo, el ser humano construye, como eje de “lo verdadero”, las nociones de individuo y razón (Burkitt, 1999: 57), pilares del Proyecto Ilustrado (Habermas, 1985); desde entonces, será la certeza del propio cogito del sujeto la base para cualquier aseveración ulterior. La imagen que se construye es la de un sujeto (burgués, varón, de mediana edad, blanco y heterosexual) (García Selgas, 2001) que, desde su privacidad, se pensará a sí mismo y al mundo (Burkitt, 1999: 56). De esta metáfora del sujeto pensante derivan las conocidas distinciones privado/público, sujeto/objeto, espíritu/materia, cuerpo/mente, individuo/sociedad, yo/otros, que atravesarán el pensamiento occidental hasta nuestros días. La (re-)conceptuación de la identidad que se propone en este artículo pretende, de alguna forma, superar esta lógica binaria y excluyente, pero sin caer en la confusión, ni en la ausencia de capacidad discriminante. Frente a la idea relativamente simple de “autocomprensión”, que connota la imagen de una reflexividad “pura”, esto es, la visión de un individuo que, en su soledad y privacidad, se piensa a sí mismo, se propone la noción de “(auto-)comprensión”, tratando, de esta forma, de situar el acento en la mediación social que acompaña a todo proceso cognitivo y en la dialógica (derivada de la confluencia de dos dinámicas, (auto-)comprensión y (hetero-)comprensión) que acompaña a todo proceso de (re-)construcción de identidad. De esta manera se pervierte la lógica binaria: el sujeto es a la vez objeto (narra y es narrado), el “yo” aparece atravesado por los “otros” (el punto-de-vista-del-yo se construirá en interacción con el punto-de-vista-de-los-otros) y los “otros” por el “yo” (la (hetero-
La metáfora de lo uno-múltiple Marcos Engelken Jorge Athenea Digital - num. 7: 114-132 (primavera 2005) 119 )comprensión, es decir, la imagen que los “otros” se forman del “yo”, se crea en diálogo con la (auto- )comprensión), lo “privado” muestra relaciones de lo “público” y lo “público” sirve a los intereses de reconocimiento de lo “privado”. La idea de una reflexividad “simple” de la identidad (“autocomprensión”) se ve sustituida por la noción de una reflexividad compleja (esto es, “(auto-)comprensión”) al considerar las siguientes tres dinámicas de lo social que operan en la supuesta “privacidad” y reflexión “solitaria” del sujeto: (a) Los elementos simbólicos con los que el sujeto puede, no sólo articular su pensamiento, sino pensarse a sí mismo (no sólo expresar el pensamiento, sino permitir el mismo acto de pensar), derivan del lenguaje. En tanto éste se origina en la interacción social, introduce en la reflexión “subjetiva” gramáticas, conceptos y límites sociales, resultando imposible sustraerse completamente de esta determinación social del pensamiento “individual” (Habermas, 1998: 169 – 198). (b) La noción de habitus de Pierre Bourdieu resulta también interesante en este contexto, en la medida en que consigue visibilizar lo social en la cognición “subjetiva”. Alude a modos precognitivos de comportamiento y de “pensamiento-sentimiento” inculcados en el sujeto (Bourdieu, 1982). Ian Burkitt (1999: 73 - 80) lo califica de bodily knowledge, situándose en un espacio intermedio entre lo mecánico, por un lado, y lo reflexivo y completamente articulado, por el otro; de forma análoga a tocar un instrumento musical, capacidad-conocimiento que no es mecánico, pero que tampoco se basa, durante el acto mismo de tocar, en una reflexión abstracta y articulada en torno al instrumento y al acto de tocarlo. Los habitus no sólo regulan el comportamiento humano, sino que también inciden en los procesos cognitivos, instaurando ciertas lógicas y procesos de pensamiento, así como determinando las reacciones emocionales del sujeto. En gran medida se solapan con las “verdades” del lenguaje, de manera que ambas mediaciones de lo social en lo “subjetivo” actúan a modo de bucle retroactivo (lenguaje ÅÆ habitus), amplificándose/reforzándose mutuamente. (c) El tercer aspecto de lo social en la (auto-)comprensión descansa en la necesidad de reconocimiento por parte del ‘Otro’ (Taylor, 1992; Harré, 1979). Esta voluntad de reconocimiento no es, sin embargo, indiscriminada, sino que se orienta hacia ciertas personas significativas para el sujeto (significant others. Hermans, 2002). Las mismas constituyen la “audiencia” hacia la cual se construye la identidad y, de este modo, consiguen determinarla. La identidad personal es dialógica, no sólo en el sentido de que en ella intervienen (auto- )comprensión y (hetero-)comprensión, complementándose y oponiéndose, sino también en cuanto que en ella se anudan unidad y pluralidad. De este modo, es necesario hacer referencia a los descubrimientos de las teorías posmodernas acerca de la fragmentación de la identidad, pero completando esta idea con la sensación-sentido (sense) de cierta unidad y continuidad que aún caracteriza a los sujetos actuales. Para tratar de explicar esta sensación, se va a proponer recuperar la reflexión sobre el cuerpo humano para la teoría social, lo que permite conceptuar la identidad personal a través de la metáfora de lo uno-múltiple, del sistema. III.II. La recuperación de la corporalidad (embodiment) para la teorización de la identidad personal El cuerpo moderno es el que aparece conceptuado a través de su distinción con la mente. Siguiendo el análisis que hace Ian Burkitt (1999) sobre el origen de esta dicotomía, se puede apuntar a dos
La metáfora de lo uno-múltiple Marcos Engelken Jorge Athenea Digital - num. 7: 114-132 (primavera 2005) 120 grandes transformaciones sociales como configuradoras del contexto de su emergencia. De un lado, la construcción del moderno Estado-nación supone un proceso centralizador que implica la monopolización de los medios de ejercicio (legítimo) de la violencia y el tránsito de la coerción física hacia, fundamentalmente, métodos de control ideológico y normativo. En este sentido, el control practicado entre individuos y sobre uno/a mismo/a (autodisciplina) fomentó una mayor distancia emocional entre sujetos, así como la extensión de un sentimiento de dualidad mente/cuerpo: el ‘Yo’ se siente “encerrado” en un cuerpo sobre el que ejerce algún tipo de control. Por otra parte, el proceso de creciente secularización permitió que el individuo, aislado del mundo y “atrapado” en su cuerpo, sea observado como nueva fuente de conocimiento y certidumbre. Será el sujeto (burgués) el que se narre a sí mismo y al mundo desde su ámbito de privacidad, situación que refleja/produce las dicotomías antes mencionadas (privado/público, sujeto/objeto...), todas ellas relacionadas entre sí por las distinciones básicas hechas entre cuerpos y entre cuerpo y mente (mind). En suma, dicotomías que nacen de una concepción/construcción del “cuerpo cerrado” (closed body) frente al “cuerpo grotesco” (grotesque body), abierto hacia el mundo y hacia los otros, o, en otros términos, de un tránsito desde el mundo holista premoderno al individualismo moderno. Esta concepción del individuo situaba su “esencia” en una suerte de espíritu inmaterial encerrado en un cuerpo. Este último no era, por lo tanto, definitorio del sujeto, más que como el recipiente que lo encierra y que, en cierta forma, lo limita. Los cambios sociales que se han venido produciendo en la segunda mitad del S. XX se han orientado, en gran medida, hacia una re-significación del cuerpo humano (Lipovetsky, 1983): la creciente importancia de la sexualidad y de su expresión pública, las diversas formas de hedonismo, la preocupación por la salud, el culto al cuerpo, etc. son elementos sintomáticos de este cambio. Cada vez más, el sujeto reconoce a su cuerpo como parte imprescindible de su identidad. Esta re-significación del cuerpo puede estar en la base de que se haya vuelto la mirada hacia las disciplinas que se ocupan de él. En este contexto, se propone una explicación, a partir de los importantes avances logrados dentro de la neurobiología, de la articulación de dos lógicas aparentemente contradictorias, pero ambas operativas en el ámbito de la identidad: la fragmentación y pluralización, de un lado, y la “unificación”, del otro. Es necesario, en primer lugar, exponer una metáfora que será recurrente a lo largo de esta explicación. El término de ‘dimensión’ es especialmente interesante en este contexto: permite poder distinguir (a través del esfuerzo de abstracción) determinadas cualidades o características de un Todo, pero no separarlas, pues un análisis atento de ese Todo revelará que las dimensiones se cruzan en todos los puntos y en todo momento, sin comienzo ni fin; así ocurre, por ejemplo, con las dimensiones del espacio: altura, longitud y anchura. Matemáticamente se pueden concebir de forma aislada, pero, en el universo físico, no existe ningún objeto que no presente estas tres dimensiones, por ínfimas que sean. De manera análoga, el sujeto humano puede ser entendido como nudo gordiano de la tríada cuerpomente-cultura; supondría, entonces, una entidad fruto de la confluencia sincrética de estos tres elementos, a la vez que se dejaría dividir analíticamente en estas tres partes (Morin, 2001: 59 – 61). A modo de ejemplo y sin pretender ser exhaustivo, se puede apuntar que el cuerpo, como entidad física-biológica, actúa sobre la sociedad (la materializa, se resiste a ella e innova, aunque lo haga en concordancia con la mente), al tiempo que es el soporte de la mente y la determina (ej. a través de sus diferentes estados somáticos o a través de las capacidades del cerebro); la mente, como
La metáfora de lo uno-múltiple Marcos Engelken Jorge Athenea Digital - num. 7: 114-132 (primavera 2005) 121 emergencia6 de lo cultural-simbólico y del cerebro, actúa tanto sobre la sociedad (la reproduce y la modifica a través de nuevas ideas, reflexiones, creencias) como sobre el cuerpo (controla parte de sus movimientos) y el cerebro (a través del consumo de estupefacientes, o de la autosugestión); y lo social, como conjunto de elementos materiales e imaginarios surgidos de la interacción humana e impuestos (aún de forma imperfecta) a lo humano, actúa sobre el cuerpo (le inculca una serie de habitus y le induce a desarrollar ciertas capacidades en detrimento de otras) y sobre la mente (al proporcionarle los elementos simbólicos, lenguaje, desde los que iniciar la reflexión). Esta conceptuación del sujeto, aún tratando de superar la distinción radical entre cuerpo y mente, parece conservar algo de ella: la tríada cuerpo-mente-sociedad da la impresión de que la ‘mente’ aún ocupa un lugar en cierto modo privilegiado, “auténticamente” individual, pese a que cualquiera de sus manifestaciones siempre esté mediada por elementos corporales y sociales. Esto, en cierto modo, es cierto. Con la noción de ‘mente’ se hace referencia a un momento último de indeterminación radical de la persona, que nos permite aproximarnos a ella a través de los conceptos de “sujeto” y/o de “agente”. No obstante, en tanto que emergencia de lo corporal y social, la noción de mente aparece indisociablemente unida a estos dos ámbitos de lo biológico y social. Su comprensión requiere –hay que insistirde la metáfora de las ‘dimensiones’: los elementos que componen la tríada cuerpomente-sociedad pueden ser distinguidos en abstracto, pero son indisociables, si falla uno de ellos, fallan los otros dos. Asimismo, cabe subrayar el carácter positivo de las dimensiones biológica y social. La concepción cartesiana del ser humano parecía otorgarles, principalmente, un papel negativo: imponían los límites al espíritu. La visión aquí defendida afirma que tal “espíritu” resulta imposible sin las otras dos dimensiones. Lo biológico y social constituyen las condiciones de posibilidad de la mente, no sólo imponen límites, sino que también proporcionan capacidades. Este punto de vista introduce un elemento normalmente desatendido en la teoría social, pero que puede ayudar a explicar esa sensación-sentido de unidad que embarga a los sujetos, pese a su pluralidad (interna). El cuerpo humano, la experiencia de constituir un ser encarnado, es lo que inicia una nueva vía de reflexión relativa a la identidad para resolver la aparente contradicción entre pluralidad y unidad. III.III. La estructura interna de la identidad personal: unidad y pluralidad La identidad personal se estructura dualmente de acuerdo a la fórmula “Je suis moi” (Mead, 1934), lo que obliga a distinguir entre un “Yo” (Je) y un “yo-objetivado” (moi). Esto introduce un problema de conceptuación, pues, intuitivamente, parece que se está afirmando que A = A + A’, es decir, que la identidad es igual a ella misma más otra cosa (A’: la imagen que ella se ha forjado de sí misma). Esto remite, nuevamente, a la necesidad de conceptuar la identidad como un proceso, no como algo dado o ganado de una vez para siempre, sino que, por el contrario, se trata de un continuo (re-)construirse 6 Por ‘emergencia’ se alude a las propiedades surgidas de la organización de elementos diversos asociados en un todo, indeductibles a partir de las cualidades de los constituyentes aislados, e irreductibles a éstos mismos. Las emergencias son las cualidades surgidas de la complejidad organizadora, retroactúan sobre los constituyentes confiriéndoles las cualidades del todo (Morin, 2001: 333).
La metáfora de lo uno-múltiple Marcos Engelken Jorge Athenea Digital - num. 7: 114-132 (primavera 2005) 122 y (re-)organizarse. Las identidades personales deben de ser analizadas desde una doble perspectiva: (1) el contexto de un sujeto (concreto, corpóreo) pensándose a sí mismo y (2) la incidencia de esa narración identitaria, (auto)comprensiva, sobre el sujeto mismo, sobre su comportamiento y actividad cognitiva. Tanto el ‘Yo’ como el “yo-objetivado” son plurales. Éste último es variable, es el conjunto de imágenes, de narraciones que un sujeto hace de sí mismo. El “Yo” también es plural (con lo que se rompe la tradicional identificación del “Yo” con la unidad del sujeto). Un mismo sujeto descentrado está compuesto de múltiples “autores internos” (múltiples “Yo”), así como de múltiples narraciones (auto-)comprensivas (“yo-objetivado”) (Hermans, 2002). La idea de un “Yo” múltiple descansa sobre el supuesto de la determinación contextual de cualquier enunciado; quiero decir, todo enunciado, incluido los discursos identitarios, son formulados desde un contexto de enunciación concreto, incluyendo este contexto, entre otras cosas, una determinada “visión del mundo” (Weltanschauung), que –como se expuso más arriba-, aparece indisolublemente ligada a las identidades, a las (auto)comprensiones. Este contexto de enunciación condiciona parcialmente el contenido de lo que desde él se diga, con lo que desaparece la idea de un ‘Yo’ unitario, descontextualizado. La idea implícita en todo esto es que las identidades, los discursos (auto)comprensivos, no son sólo narraciones que el sujeto piensa o inventa, sino que, al ser internalizadas, son narraciones, “visiones del mundo” desde las que el sujeto piensa. De alguna forma, la pluralidad de discursos identitarios (de “yo-objetivados”. Moi.) termina por pasar al interior del “Yo” (Je) y por fragmentarlo. Esta afirmación, sin embargo, puede ser constatada por un observador externo al sujeto o por el propio sujeto mirándose retrospectivamente; sin embargo, tanto el observador externo, como el propio sujeto que se (auto-)contempla, observan desde una posición en la que ellos mismos son una unidad, se sienten una unidad, pues esa pluralidad sólo puede ser observada desde, en un momento concreto, un “Yo” unitario. Al igual que en epistemología, se asume que las distinciones que posibilitaban el acto mismo de observación son ineludibles e inobservables, a no ser que la observación tenga carácter retrospectivo y parta desde otras distinciones (Luhmann, 1991), la pluralidad del “Yo” sólo puede ser observada asumiendo, en ese momento concreto de la observación, un “Yo” unitario, uno de los “autores internos” que, organizados sin centro alguno, permiten realizar cualquier acción. III.IV. La corporalidad (embodiment) como base del carácter unitario de la identidad personal La explicación más plausible para este sentimiento de unidad, en un espacio y tiempo concretos, que siempre acompaña (pese a que el sujeto cambie), remite al cuerpo, a la experiencia de ser entes encarnados, que puede manifestarse tanto en las narraciones (auto-)comprensivas (yo-objetivado), al aparecer, por ejemplo, como idiosincrasias que el sujeto considera identificativas de sí mismo (su belleza, su fealdad, ciertas habilidades o discapacidades, etc.), o como factor en el proceso mismo de (auto-)comprenderse. Es este último punto el que necesita aclaración. Ian Burkitt (1999: 76 – 77) sugiere que la subjetividad, la sensación de ser un ‘Yo’, no descansa en algún tipo de espíritu o pensamiento inmaterial, ni en ninguna representación construida del propio ‘Yo’, sino, más bien, en la “sensación” (feel) que se tiene del propio cuerpo y de la forma en que éste nos conecta con el mundo. De este modo, las narraciones que construimos de nosotros/as mismos/as
La metáfora de lo uno-múltiple Marcos Engelken Jorge Athenea Digital - num. 7: 114-132 (primavera 2005) 129 única, unitaria y heredada), y del otro, una conceptuación más matizada que aquellas que, con el fin de atacar la noción “esencialista” de la identidad, incidían únicamente en los fenómenos de pluralidad y fragmentación del sujeto. Si bien se reconoce la existencia de fenómenos de fragmentación identitaria, incluso se los radicaliza al colocarlos no sólo en el “yo-objetivado” (moi), sino también dentro del “Yo” (je), también se ha pretendido teorizar sobre la dimensión unitaria de la identidad, sobre las dos lógicas (social y corporal) que operan a favor de la coherencia y unidad de la(s) (auto)comprensión(es). Se ha desarrollado, sobre todo, la segunda de estas dos lógicas, la corporal, arguyendo que es la propia actividad orgánica la que genera esa sensación de subjetividad (una sensación de ser, y de ser uno y con ciertos límites), que fundamentan el que los sujetos se entiendan a sí mismos como unitarios. Sobre esta dimensión innata y atemporal se desarrolla el escenario identitario, todos esos discursos (auto)comprensivos que tratan de responder a la pregunta “¿quién soy yo?”, variable en el tiempo y en el espacio (incluso la pertinencia misma de esa pregunta y con ella, la problematización de la identidad han sido fenómenos contingentes). La metáfora de la organización sistémica ha ayudado a comprender de forma compleja la identidad personal, aunando, en una misma idea, dos fenómenos lógicamente (pero no “realmente”) excluyentes: los de unidad y fragmentación. Supone, asimismo, limitar la capacidad explicativa de la variable identitaria. La atención a la misma se fundamenta en el presupuesto según el cual la (auto-)comprensión guía las ideas y comportamiento del sujeto. No obstante, la inclusión de la dimensión corporal conlleva la introducción de elementos que no operan en el plano de la (auto-)conciencia, pero que determinan parcialmente los pensamientos y conducta del sujeto. En este sentido, la capacidad explicativa que la identidad tiene sobre ideas y comportamiento remite al problema de la (auto-)conciencia como variable independiente, siendo ésta entendida en un doble sentido: como epifenómeno, esto es, como aspecto de carácter secundario y dependiente (por lo tanto, “superficial”) de los “fondos” biológicos y culturales, y como proceso central de la actividad humana, fruto de la (auto-)reflexión y capaz para retroactuar sobre las ideas, el comportamiento y sobre el ser mismo (Morin, 2001: 122 – 127). A lo largo del texto se ha señalado, puntualmente, algunos de los rasgos más característicos de la actualidad en relación al fenómeno identitario, habiéndose hecho especial hincapié en, por un lado, la libertad de los sujetos para vivir diferentes identidades y, del otro, la necesidad (impuesta) de fragmentarse (si quieren adaptarse, con éxito, a un entorno policontextual). No estoy aludiendo a la mera representación de un conjunto de roles sociales, sino a la asunción de una pluralidad de formas de entenderse uno/a mismo/a, de entender el mundo, de sentir y de actuar. No he contestado a la cuestión de “por qué la adaptación a un entorno policontextual requiere de la asunción de una pluralidad de identidades” ni, con ello, a “por qué no es suficiente, para esta adaptación, con la representación de un conjunto de roles sociales, sin necesidad de que los mismos sean internalizados como identidades”. Para responder a estas preguntas, en caso de que pudiera, tendría que vincular, probablemente, procesos como los de desinstitucionalización, globalización y dinámicas de aculturación y deculturación a ella aparejados (Ghalioun, 1998-99), neonarcisismo (Lipovetsky, 1983), reflexividad social, la ya mencionada policontextualidad etc. Pese a dejar estas preguntas en el aire y limitándome a constatar la actual multiplicidad, dentro de un mismo sujeto, de maneras de (auto)comprenderse, la aproximación aquí defendida a la identidad personal sí permite, al menos, una primera valoración de la pluralidad: una cierta pluralidad de identidades sí es asumible, abre el abanico de posibilidades y diversifica las experiencias vividas. No obstante, a partir de cierto umbral,
La metáfora de lo uno-múltiple Marcos Engelken Jorge Athenea Digital - num. 7: 114-132 (primavera 2005) 130 tal multiplicidad constituye un elemento de crisis para la propia (auto)comprensión; si el sujeto no es capaz de simplificarlas o de reordenarlas coherentemente, se enfrenta ante tantas respuestas a la cuestión de “¿quién/qué soy yo?” que, dadas la expectativa social de coherencia y la sensación de subjetividad (de ser uno), tal pluralidad de respuestas no constituyen, en su conjunto, una contestación satisfactoria al interrogante planteado. La metáfora del sistema era la que nos permitía ver cómo, sin sobrepasar este umbral de entropía, se consigue aunar, “a la vez” (no en un mismo instante, sino en una actividad procesual), pluralidad y unidad. Referencias Bauman, Zygmunt (1973). La cultura como praxis. Barcelona: Paidós. 2002. Bauman, Zygmunt (1997). Tourists and Vagabonds: the Heroes and Victims of Postmodernity. En Zygmunt Bauman, Postmodernity and its discontents (pp. 83 – 94). New York: New York University Press. Beck, Ulrich (1995). El conflicto de las dos modernidades. En Ulrich Beck, La democracia y sus enemigos. Textos escogidos (pp. 13 – 31). Barcelona: Paidós. 2000. Beriain, Josetxo (1999). Niklas Luhmann. In memoriam. En Inguruak. Revista Vasca de Sociología y Ciencia Política, núm. 23, 5 – 10. Bourdieu, Pierre (1982). Language and symbolic power. Cambridge: Polity Press. 1991. Burkitt, Ian (1999). Bodies of Thought. Embodiment, Identity & Modernity. London: Sage. Castells, Manuel (2000). Paraísos comunales: identidad y sentido en la sociedad real. En Manuel Castells, La era de la información: economía, sociedad y cultura, vol. II (pp. 27 – 90). Madrid: Alianza. Ceruti, Mauro (1991).El mito de la omnisciencia y el ojo del observador. En Paul Watzlawick y Peter Krieg (comps.), El ojo del observador. Contribuciones al constructivismo (pp. 32 – 59). Barcelona: Gedisa. 1995. Damasio, Antonio R. (1994). El error de Descartes. Barcelona: Crítica. 2001 García Selgas, Fernando (2001). Vías para una teoría social crítica en la postmodernidad. Conferencia pronunciada en la UPV/EHU durante el curso académico 2000/2001. Gergen, Kenneth (1991). El Yo Saturado. Dilemas de identidad en el mundo contemporáneo. Barcelona: Paidós. 1997. Ghalioun, Burhan (1998-99). “Globalización, deculturación y crisis de identidad”. En Revista CIDOB d’Afers Internacionals (núm. 43-44; pp. 107 – 118). Giddens, Anthony (1990). Consecuencias de la modernidad. Madrid: Alianza. 1993. Habermas, Jürgen (1985). Ensayos políticos. Barcelona: Península. 1998. Habermas, Jürgen. (1998). La constelación posnacional. Ensayos políticos. Barcelona: Paidós. 2000.
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