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Resumen Los orígenes del pensamiento económico moderno hay que buscarlos en los siglos XVIII y XIX, en el seno de la fisiocracia y de la economía clásica. Desde aquellos tiempos, el pensamiento económico ha ido evolucionando junto a la política, la ecología y otras disciplinas afines. El sistema político democrático ha forjado, con el tiempo, los valores de la economía liberal. Ésta, sin embargo, está llena de contradicciones naturales que llevan hacia la degeneración del sistema. Conceptos como «libertad» y «propiedad» se contradicen. Desgraciadamente, el concepto de propiedad es indiscutible para el liberalismo. Esto ha llevado hacia el surgimiento del neoliberalismo, que ha hecho que el enfrentamiento se impusiera sobre la cooperación, y la extracción depredadora, sobre la producción renovable. Naredo propone posibles alternativas para poner fin a la degradación constante de la sociedad a la cual nos lleva el neoliberalismo: revisar la teoría de la propiedad y el marco institucional que la regula. Palabras clave: fisiocracia, economía clásica, economía política, pensamiento económico, ecología, sistema político democrático, neoliberalismo, propiedad, libertad. Resum. L’economia en evolució: invent i configuració de l’economia als segles XVIII i XIX i les seves conseqüències actuals Els orígens del pensament econòmic modern cal cercar-los en els segles XVIII i XIX, en el si de la fisiocràcia i de l’economia clàssica. D’aleshores ençà, el pensament econòmic ha anat evolucionant de bracet amb la política, l’ecologia i altres disciplines afins. El sistema polític democràtic ha forjat, amb el temps, els valors de l’economia liberal. Aquesta, però, està plena de contradiccions naturals que porten cap a la degeneració del sistema. Conceptes com ara «llibertat» i «propietat» es contradiuen. Malauradament, el concepte de propietat és indiscutible per al liberalisme. Això ha portat cap al sorgiment del neoliberalisme, que ha fet que l’enfrontament s’imposés sobre la cooperació, i l’extracció depredadora, sobre la producció renovable. Naredo proposa possibles alternatives per posar fi a la degradació constant de la societat vers la qual ens porta el neoliberalisme: revisar la teoria de la propietat i el marc institucional que la regula. Paraules clau: fisiocràcia, economia clàssica, economia política, pensament econòmic, ecologia, sistema polític democràtic, neoliberalisme, propietat, llibertat. Manuscrits 22, 2004 83-117 La economía en evolución: invento y configuración de la economía en los siglos XVIII y XIX y sus consecuencias actuales José Manuel Naredo Universidad Politécnica de Madrid Ciudad Universitaria 28040 Madrid [email protected]
Abstract. Economy in evolution. The invention of the economy during the XVIIIth and XIXth centuries and its modern consequences Tracing the evolution of the economy as a science since the very moment of its birth, this author propounds a revision of the concept of property and of its institutional regulation. Key words: economy, ecology, property, neoliberalism. I. El invento de la economía y su «medio ambiente» Introducción La preocupación por la crisis ambiental y la polarización social ha marcado el final del siglo XX, poniendo en cuestión la fe en la senda de progreso indefinido que nos había propuesto la civilización industrial. Sin embargo, este hecho no autoriza por sí solo a hablar de crisis de civilización. Es más, puede argumentarse que el proyecto de modernidad y progreso subyacente nunca se había extendido tanto, ni había desbancado tanto como ahora a otras formas de concebir y de sentir el mundo. Empecemos por advertir una curiosa paradoja: se dice que la crítica «posmoderna»1ha subvertido los dogmas de la modernidad, pero se silencia que algunos de estos dogmas, como son las ideas al uso de sistema político y económico, han escapado milagrosamente a esa subversión y siguen gozando de buena salud. Se compatibilizan, así, paradójicamente, los más extremos alardes de relativismo «posmoderno», con la petrificación tan extrema del modelo de sociedad actualmente 84 Manuscrits 22, 2004 José Manuel Naredo Sumario I. El invento de la economía y su «medio ambiente» II. Mutaciones actuales III. Consecuencias, perspectivas y alternativas Bibliografía 1. Este término se utiliza hoy profusamente para designar a una corriente de autores (Barthes, Derrida, Fucault, Lyotard, Deleuze, Guattari, Baudrillard…) que subrayan que el lenguaje que nos conecta con el mundo de los objetos tiene una naturaleza cerrada, autorreferencial, que determina lo que entendemos por realidad y hace que se desvanezcan las distancias entre objeto y sujeto…, o entre lenguaje y conciencia. Curiosamente, el término posmoderno, que se impuso para designar a esta corriente que centra su discurso en el lenguaje, no tiene una partida de nacimiento gramatical válida y es en sí mismo contradictorio: moderno encuentra su raíz en los términos latinos modus («modo», «moda»…) y hodiernus («de hoy», «de actualidad»…), por lo que carece de sentido calificar a algo que se pretende actual o moderno de pos actual o pos moderno, cuando este calificativo lo desplaza hacia el futuro. En otros tiempos, el gramático figuraba entre los consejeros áulicos de los poderosos, para asegurar que sus discursos estuvieran bien construidos al menos formalmente, sin embargo hoy, al parecer, ni siquiera el mundo académico se preocupa de ello y términos como el de posmoderno se extienden en él por imperativos ajenos a su coherencia gramatical, como ocurre en el lenguaje ordinario. Si lo que queremos es subrayar que ciertos enfoques, ideas y certidumbres de una época considerada moderna han sido demolidos, relativizados o superados por la reflexión actual, cabría decir que esas modernidades de ayer resultan obsoletas hoy, pero no que estamos viviendo una imposible posmodernidad.
dominante que permite diagnosticar sin rubor «el fin de la historia» y «la muerte de las (otras) ideologías». Y es que la relativización ha trascendido sólo hasta donde resultaba funcional a los poderes establecidos, sirviendo a veces más para esterilizar que para incentivar las críticas al modelo de sociedad actual. La ideología que canta los parabienes de la llamada «globalización» y justifica los poderes hoy hegemónicos en el mundo no es ningún fruto «posmoderno», sino una simple herencia del empeño ilustrado o moderno de construir una civilización universal apoyada en bases pretendidamente racionales. Como los ensayos deconstructivos del pensamiento posmoderno son poco útiles para construir justificaciones sólidas del poder, se mantiene bien firme la visión moderna del individuo y de la sociedad, con sus ideas de sistema político y económico, para ofrecer al poder coartadas de racionalidad. Y es que resulta difícil ofrecer a los ricos y poderosos otro regalo mejor que el que les hizo esta visión de la sociedad, al liberar de cualquier cortapisa moral el manejo del poder y la riqueza. El secreto del éxito del nuevo credo así configurado estriba en que «a los fuertes les promete libertad absoluta en el ejercicio de su fuerza y a los débiles la esperanza de que algún día lleguen a ser fuertes» (Tawney, 1921). En efecto, el pensamiento moderno consiguió emancipar por vez primera lo político y lo económico de las antiguas reglas morales, no sólo mediante la relajación más o menos instrumental y transitoria de estas reglas, sino a base de identificar con el bien el poder y la riqueza, y con la virtud el afán de acrecentarlos. Corresponde al mismo Maquiavelo (en El Príncipe, 1513) el mérito de haber roto tempranamente la dicotomía entre poder y virtud, para hacer de la política una disciplina independiente: «El Príncipe —señala este autor— debe aparecer siempre del lado de la virtud, sólo para trabajar más efectivamente en la causa del poder; porque dentro del Estado el poder es sólo virtud, y como virtud su única recompensa». En lo económico, tanto Mandeville con su famosa Fábula de las abejas (1729), cuyo subtítulo rezaba «donde los vicios privados hacen el bien público», como Smith con su famosa «mano invisible del mercado», que se suponía enderezaba el egoísmo individual en beneficio de la comunidad, presentaban este campo como una excepción a los otros aspectos de la vida regidos por la moral ordinaria. Y Malthus dio un paso más en sus Principios de Economía Política (1820), al cambiar la propia idea de virtud, tal y como lo había hecho Maquiavelo para la política: «Todos los moralistas —señala Malthus— desde los más antiguos a los más modernos, nos han enseñado a preferir la virtud a la riqueza […] se ha supuesto siempre que diferían esencialmente por sí mismas, pero si la virtud constituye la riqueza ¿cómo interpretar todas las admoniciones morales que nos exhortan a abandonar la segunda para dedicarnos a la primera? ¿Por qué repetir que no hay que dirigir nuestra ambición hacia la riqueza si la virtud es la riqueza?». En resumidas cuentas, que tras haber hecho buenos y virtuosos el poder y la riqueza, desde hace tiempo se viene postulando que, en política y en economía, el fin justifica los medios: la eficiencia en el logro de poder o de riqueza dice, a la postre, si los medios son buenos o malos con independencia de los daños sociales o ambientales que estos ocasionen. A continuación reflexionaremos sobre la génesis y el afianzamiento del pensamiento económico dominante y sobre su función a la vez apologética de un La economía en evolución: invento y configuración… Manuscrits 22, 2004 85
poder crecientemente económico y mistificadora de los problemas y las tendencias en curso, que apuntan inequívocamente hacia el deterioro ecológico y la polarización social. Sobre cómo la economía estándar se consolidó generando un «medio ambiente» inestudiado Conseguir un mejor entendimiento entre los enfoques y las áreas de conocimiento diferentes que se ocupan de la problemática horizontal que la gestión de los recursos naturales o ambientales plantea, exige conocer en profundidad las razones que explican el divorcio entre economía y ecología, viendo cómo la noción de sistema económico sobre la que acostumbra a razonar la primera se consolidó echando por la borda las consideraciones sobre la economía de la naturaleza que preocupaban a los autores, hoy llamados «fisiócratas», que la idearon en el siglo XVIII. Asimismo, es necesario conocer cómo fueron surgiendo, ya al margen de la ciencia económica establecida, otras disciplinas que trataban de aportar respuestas útiles para la gestión en ese campo que la economía había abandonado tras aislar y consolidar su reflexión en el universo autosuficiente de los valores de cambio. Pues hay que tener bien claro que la noción de sistema utilizado en estas disciplinas, entre las que ocupa un lugar central la ecología, difiere radicalmente del empleado por la economía, como difiere también su objeto de estudio: de ahí la desconexión, la incomprensión y el conflicto observados entre ambas. Un mejor entendimiento entre enfoques exige, también, tener conciencia de las posibilidades y limitaciones de cada enfoque, a fin de desterrar los reduccionismos que suelen acompañar al conocimiento parcelario. La idea de sistema económico que permitió la consolidación de la economía como disciplina y que ha venido monopolizando hasta ahora la reflexión de los economistas, tomó cuerpo allá por el siglo XVIII, tal y como se detalla en el libro La economía en evolución (Naredo, 1987, 3ª ed. actualizada en 2003). Fueron los economistas franceses de esa época, hoy llamados «fisiócratas», los que instalaron el carrusel de la producción, del consumo, del crecimiento y demás piezas constitutivas de la idea usual de sistema económico. Al proponer la noción de producción (y de su deseable crecimiento) como centro de esta disciplina, se desterró la idea anterior que concebía la actividad mercantil como una especie de juego de suma cero, en el que si unos se enriquecían era a costa de otros. Se desplazó así la reflexión económica desde la adquisición y el reparto de la riqueza hacia la idea de forzar la producción de la misma, que, al suponer que era beneficiosa para todo el mundo, permitía soslayar los conflictos sociales o ambientales inherentes al proceso económico y desterrar las preocupaciones morales de este campo a las que antes se encontraba estrechamente vinculado. Tal desplazamiento se apoyó en la visión organicista del mundo todavía vigente por aquel entonces, que veía sujetos a procesos de generación y crecimiento no sólo a los animales y las plantas, sino también a los minerales. La economía se afianzó como disciplina asumiendo la tarea de promover y orientar ese crecimiento de las riquezas generadas por la madre Tierra. Quesnay, el más destacado de los economistas de la época, proponía como 86 Manuscrits 22, 2004 José Manuel Naredo
objetivo de la moderna economía «acrecentar las riquezas renacientes sin menoscabo de los bienes fondo» (entre los que figuraba sobre todo la capacidad generadora de la madre tierra). Producir, para este autor, no era simplemente «revender con beneficio», sino contribuir al aumento de esas riquezas renacientes (o renovables, diríamos hoy) dando lugar a un producto neto físico (por ejemplo, se plantaba un grano de trigo y se obtenía una espiga con muchos granos) expresable también en términos monetarios. La idea de crecimiento resultaba entonces coherente con la visión organicista del mundo físico en crecimiento antes mencionada, que alcanzaba también al «reino mineral»: no en vano, Quesnay incluía a la minería entre las actividades productivas (es decir, que trabajaban con riquezas renacientes) recogidas en la cabecera de su famoso Tableau économique (Quesnay, 1758). El crecimiento económico (medido en términos físicos y monetarios) se situaba en correspondencia con el crecimiento físico, no sólo de las riquezas renacientes, sino de la propia Tierra que las generaba, tal y como postula Linneo en su Discurso sobre el crecimiento de la Tierra habitable (Oratio Telluris habitabilis incremento) (Linneo, 1744). El crecimiento propuesto pretendía así desarrollarse, ingenuamente, «sin menoscabo de los bienes fondo», es decir, de modo «sostenible» en términos actuales. A partir de aquí, la ciencia económica siguió asumiendo acríticamente las ideas de producción y crecimiento como premisas indiscutibles en la marcha hacia el progreso, olvidando el contexto y las matizaciones originarias, para popularizar toda la mitología vinculada a estas nociones. Para la corriente de pensamiento que se ocupaba en la época de Quesnay y de Linneo de la entonces llamada economía de la naturaleza, «todo lo creado era útil (de forma más o menos inmediata) a nuestras necesidades», habida cuenta las múltiples interdependencias observadas entre animales, minerales y plantas en el marco de un supuesto mutualismo providencial: hasta las criaturas más modestas de la creación, como la lombriz de tierra o los insectos, se consideraban de alguna utilidad, aunque fueran también molestos para el hombre. En consecuencia, los fisiócratas trataron de conciliar sus reflexiones sobre los valores «venales» o pecuniarios, con esa economía de la naturaleza que extendía su objeto de estudio a toda la biosfera y los recursos. Estos autores propusieron así, en pleno siglo XVIII, una síntesis audaz entre crematología y economía de la naturaleza, tratando de orientar la gestión con unos principios de la economía monetaria acordes con las leyes del mundo físico (de ahí su posterior calificación de fisiócratas). Pero, como es sabido, su programa de investigación se vio truncado al irse desplazando su idea de sistema económico al mero campo de los valores pecuniarios o de cambio, hasta cortar el cordón umbilical que originariamente lo unía al mundo físico. En la «ecuación natural» en la que William Petty consideraba ya que «el trabajo era el padre y la naturaleza, la madre de la riqueza», fue perdiendo peso ésta última. Los llamados «economistas clásicos» la mantuvieron como un objeto cada vez más pasivo e incómodo, que se suponía acabaría frenando el crecimiento económico y haciendo desembocar el sistema hacia un inevitable «estado estacionario», manteniendo todavía una noción de producción que permanecía cargada de materialidad y exigía distinguir entre actividades «productivas» e «improductivas». Hay que recordar que a finales del siglo XVIII y principios del XIX la geodesia, la mineralogía y la La economía en evolución: invento y configuración… Manuscrits 22, 2004 87
química modernas desautorizaron la antigua idea del crecimiento de los minerales y de la Tierra misma (e incluso llegó a establecerse la definición del metro, unidad invariable de longitud, como equivalente a la diez millonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre): los economistas clásicos no pudieron menos que aceptar que el crecimiento de la población, la producción y los consumos (materiales) resultaba inviable a largo plazo si la Tierra no crecía. De ahí que aceptaran de mala gana que el crecimiento económico acabaría apuntando irremisiblemente hacia un horizonte de «estado estacionario». El hecho de que un economista tan acreditado como John Stuart Mill, cuyo manual alcanzó numerosas ediciones, viera con buenos ojos ese «estado estacionario», denota hasta qué punto no estaba todavía firmemente establecida la mitología actual del crecimiento como llave inequívoca de progreso. «No puedo mirar al estado estacionario del capital y la riqueza —decía este autor en su manual— con el disgusto que por el mismo manifiestan los economistas de la vieja escuela. Me inclino a creer que, en conjunto, sería un adelanto muy considerable sobre nuestra situación actual. Confirmo que no me gusta el ideal de vida que defienden aquéllos que creen que el estado normal de los seres humanos es una lucha incesante por avanzar, y que aplastar, dar codazos y pisar los talones al que va delante, características del tipo de sociedad actual, constituyen el género de vida más deseable para la especie humana. No veo que haya motivo para congratularse de que personas que son ya más ricas de lo que nadie necesita ser, hayan doblado sus medios para consumir cosas que producen poco o ningún placer. Sólo en los países más atrasados del mundo el aumento de la producción puede ser un asunto importante; en los más adelantados lo que se necesita desde el punto de vista económico es una mejor distribución» (Mill, 1848 [reed. 1978, p. 641]). Serían los economistas llamados «neoclásicos» de finales del siglo XIX y principios del XX, los que acabaron vaciando de materialidad la noción de producción y separando ya por completo el razonamiento económico del mundo físico, completando así la ruptura epistemológica que supuso desplazar la idea de sistema económico, con su carrusel de la producción y el crecimiento, al mero campo del valor, donde seguiría girando libremente, hasta que las recientes preocupaciones ecológicas o ambientales demandaron nuevas conexiones entre lo económico y lo físico. Así, el predominio del enfoque mecánico y causal redujo el campo de estudio de la economía a aquellos objetos que se consideraban directamente útiles para el hombre en sus actividades e industrias. Entre los «economistas neoclásicos» más representativos, podemos decir, por ejemplo, que Walras no comulgaba con ese mutualismo providencial de los fisiócratas, y hablaba ya, en su famoso tratado (1874), de «malas hierbas» y «alimañas» a eliminar, porque atentaban contra esa utilidad directa. Asimismo, Jevons señalaba taxativamente que los recursos naturales no formaban parte de la ciencia económica, ya que sólo podían ofrecer utilidad potencial. La idea de que tanto la Tierra como el trabajo, eran sustituibles por capital, permitió cerrar el razonamiento económico en el universo del valor haciendo abstracción del mundo físico, al considerar el capital como el factor limitativo último para la producción de riqueza. 88 Manuscrits 22, 2004 José Manuel Naredo
Pero todavía es necesario practicar nuevos recortes en esta noción más restringida de lo útil para acercarnos al campo de los objetos económicos a los que se refiere la noción usual de sistema económico. Walras, calificado por Samuelson como el Newton de la ciencia económica, fue consciente de estos recortes, al igual que otros autores neoclásicos, y los explicitó de la siguiente manera. El primer recorte viene dado al considerar sólo aquel subconjunto de lo directamente útil que es objeto de apropiación efectiva por parte de los agentes económicos, pasando a formar parte de su patrimonio. El segundo recorte se practica al retener solamente aquel subconjunto de objetos apropiados que tienen valor de cambio (subconjunto éste que puede ampliarse mediante la imputación de valores a aquellos objetos que, por las razones que sean, no tienen un valor de cambio explícito). El tercer recorte se opera al tomar del campo de lo apropiable y valorable solamente aquellos objetos apropiados y valorados que se consideran productibles, atendiendo al postulado que permite asegurar el equilibrio del sistema (entre producción y consumo, más o menos diferido, de valor) sin recurrir a consideraciones ajenas al mismo. Así, tal y como señalaba Walras en sus Elementos (Walras, 1900), al matizar la noción de riqueza social a la que circunscribe su sistema: «el valor de cambio, la industria y la propiedad, son los tres hechos generales, pues de ellos es teatro la riqueza social». De esta manera, en contra de lo que pretendía Quesnay, producir acabó siendo, sin más, «revender con beneficio», utilizándose la noción de «valor añadido» (calculado como saldo entre el valor en venta de un producto, menos el valor gastado en su obtención) para estimar y agregar dicha producción en los sistemas de cuentas nacionales, plasmada en el consabido producto nacional bruto, que hace abstracción del contenido físico de los procesos que conducen a su obtención. Como contraposición a las operaciones que llevan a la formación, distribución, consumo o acumulación del producto monetario así generado, aparece un «medio ambiente» inestudiado, compuesto por recursos naturales no valorados, apropiados o producidos, y por residuos que, por definición, han perdido su valor. Los recortes mencionados en el objeto de estudio que se han operado entre esa economía de la naturaleza, que los fisiócratas del siglo XVIII mantenían como marco de referencia en sus razonamientos, y la versión de sistema económico adoptada por los autores neoclásicos a finales del siglo XIX y utilizada hasta el momento como objeto de representación (de las contabilidades nacionales de flujos) y de reflexión de los economistas, explica el divorcio entre economía y ecología que ahora se trata de paliar. El problema estriba en que cada una de estas dos disciplinas razona sobre oikos diferentes, lo que da lugar a diálogos de sordos, cuando sus diferentes objetos de estudio no se precisan con claridad. Pues mientras la ecología, al igual que la economía de la naturaleza del siglo XVIII, razona sobre el conjunto de la biosfera y los recursos que componen la Tierra, la economía suele razonar sobre el conjunto más restringido de objetos que son apropiables, valorables y productibles. Y fácilmente se aprecia que la ampliación de este último subconjunto suele entrañar recortes o desplazamientos de los objetos preexistentes en los otros conjuntos de recursos más amplios sobre los que razona la ecología, con el agravante de que tales recortes permanecen al margen del cómputo contable La economía en evolución: invento y configuración… Manuscrits 22, 2004 89
ordinario de la economía. Tal sería el caso de una empresa minera, que amplía la «producción» (léase «extracción») de minerales a costa de reducir las reservas que pueden ser apropiadas y valoradas, pero no producidas. O de la construcción de nuevos edificios que exige la ocupación de suelo fértil. O de la empresa que produce utilizando y contaminando el aire, que no está ni apropiado ni valorado. Es más, la mayoría de los procesos de produción y consumo (de valor) suelen abarcar elementos y sistemas del mundo físico que se ubican en conjuntos de objetos «libres» que pueden pasar a ser apropiados, valorados, intercambiados, producidos o también disipados y contaminados. Por ejemplo, comprender el ciclo del agua exige abarcarlo desde su fase atmosférica, que da paso a la precipitación, a la absorción por el suelo y las plantas, a sus cambios de estado, por evapotranspiración o congelación, a la infiltración superficial y profunda y a la escorrentía hasta que finalmente llega al sumidero de los mares, para volver de nuevo a la fase atmosférica. De todas estas fases sólo una fracción puede ser apropiada, valorada y producida, cuyo estudio debe relacionarse con el resto. A las diferencias observadas entre el objeto de estudio de la economía y la ecología, se añaden otras no menos importantes en las nociones de sistema con las que trabajan: mientras que la economía suele trabajar con una noción de sistema permanentemente equilibrado, que se cierra en el mero campo del valor, aislándose del mundo físico sin dar cuenta de las irreversibilidades, la ecología trabaja con sistemas físicos abiertos (que intercambian materiales y energía con su entorno), permanentemente desequilibrados y sujetos a la «flecha (unidireccional) del tiempo» que marca la Ley de la Entropía. El hecho de trabajar, no sólo con objetos de estudio diferentes, sino también con sistemas de razonamiento diferentes, agrava la falta de entendimiento antes mencionada, cuando se discute sin precisar estos extremos. Así las cosas, cuando la ciencia económica y su sistema contable de referencia, se consolidaron abandonando el contexto físico-natural en el que habían nacido con los fisiócratas, para limitar su campo de aplicación al universo lógicamente autosuficiente de los valores de cambio (productibles), llama la atención que se quiera ampliar ahora su radio de acción para abarcar el «medio ambiente», compuesto por bienes libres o no económicos, que aparece plagado, no sólo de recursos naturales y de residuos artificiales sin valor, sino también, de bienes fondo, como el territorio con sus ecosistemas, que son improductibles en el sentido que Quesnay atribuía a este término. Lo mismo que cuando la ciencia económica se hizo autosuficiente a costa de echar por la borda la conexión con el mundo físico demandada por Quesnay, para asegurar que la producción se realizara «sin menoscabo de los bienes fondo», llama la atención que ahora se trate de restablecer de nuevo esa conexión para pretender que dicha producción sea físicamente sostenible. Ni que decir tiene que estas nuevas exigencias afectan a los cimientos de la ciencia económica establecida y tienen que ver con su propio estatuto como disciplina autosuficiente, por lo que constituyen uno de los puntos más vivos del debate económico actual, lo que da lugar a diversas formas de abordar la nueva problemática, como ocurre con las corrientes de economía ambiental y economía ecológica. Por un lado, la llamada economía ambiental, trata de estirar la vara de medir 90 Manuscrits 22, 2004 José Manuel Naredo
del dinero para abordar los problemas de gestión de la naturaleza como externalidades a valorar desde el instrumental analítico de la economía ordinaria, que razona en términos de precios, costes y beneficios reales o simulados. Curioso empeño éste de construir una economía del medio ambiente inestudiado que la propia economía había generado, empeño que podría asimilarse al de hacer una física de la metafísica. Bien es verdad que, en el fondo, este empeño no busca tanto analizar y solucionar los «problemas ambientales» como justificar la toma de decisiones en este campo con la ayuda de la racionalidad parcelaria propia de la economía estándar. Por otro, la llamada economía ecológica considera los procesos de la economía como parte integrante de esa versión agregada de la naturaleza que es la biosfera y los ecosistemas que la componen (incorporando líneas de trabajo de ecología industrial, ecología urbana, agricultura ecológica, que recaen sobre el comportamiento físico y territorial de los distintos sistemas y procesos). Entre ambos ha surgido también una economía institucional que relativiza los «óptimos» formulados por la economía estándar, al advertir que el intercambio mercantil viene condicionado por la definición de los derechos de propiedad y de las reglas del juego que el marco institucional le impone, tratando de identificar aquellos marcos cuyas soluciones se adaptan mejor al logro de objetivos de conservación del patrimonio natural o de calidad ambiental socialmente deseados. Como es natural, escapa al propósito de este texto hacer una exposición detallada de tales corrientes: ahora se trata más bien de apuntar el telón de fondo ideológico que las hizo nacer, escindiendo el universo académico de los economistas, gobernado hasta hace poco por la hoy llamada economía ordinaria,convencional o estándar. Pero hemos de advertir que el enfoque económico ordinario no sólo genera un «medio ambiente» físico inestudiado, sino que genera también un «medio ambiente» social inestudiado. La ceguera de este enfoque hacia aspectos sociales dio pie a la paradoja de permitir diagnosticar que «España iba bien», a la vez que se extendían la crispación y la inseguridad por todo el cuerpo social. Aunque menos conocido, existe además un «medio ambiente» financiero fruto de la cortedad de miras del enfoque económico estándar. En efecto, las cuentas nacionales y la macroeconomía que se enseña en los manuales razonan sobre los agregados de renta nacional, que se supone generada por procesos de producción (mediante el cálculo habitual de los valores añadidos que se obtienen en el curso del mismo), pero cierran los ojos a aquellos otros, los valores añadidos, que generan un comercio de activos patrimoniales (terrenos, inmuebles, acciones o empresas) alimentado por la emisión de activos financieros, que ocupa un lugar cada vez más relevante en la generación y reparto de la capacidad de compra sobre el mundo. Así, mientras el enfoque económico estándar sigue centrando su reflexión en los agregados monetarios de producción y renta que figuran en el «cuadro macroeconómico» y considera el mundo financiero como un simple apéndice de la «economía real», los principales grupos de empresas transnacionales han desplazado su actividad hacia las finanzas y el comercio de activos patrimoniales (sobre todo de empresas e inmuebles), haciendo que estas actividades «atípicas» acaben condicionando más su cuenta de resultados y sus perspectivas que los ingresos derivados de sus actividades «ordinarias». La economía en evolución: invento y configuración… Manuscrits 22, 2004 91
absurdo defender en bloque todas las propiedades habidas y por haber, como proponer su abolición también en bloque, cuando, insistamos, la propiedad es una categoría extremadamente ambigua que puede englobar los derechos más variopintos que sólo tienen en común ser ejercidos por personas físicas o jurídicas y respaldados por el Estado. Por lo tanto, no tiene sentido tratar toda la propiedad, ni todas las actividades económicas vinculadas a ella, como si estuvieran al mismo nivel. A diferencia de lo que ocurría en la época en la que se vio la propiedad avalada por el trabajo como un derecho universal ajeno a los privilegios del Antiguo Régimen, hoy la mayor parte de la misma no es fruto del trabajo de sus propietarios, ni tampoco la utilizan para su uso o disfrute directo, sino para reforzar y ejercer su poder. Hemos de advertir el peso tan determinante que tienen los activos financieros en el patrimonio mundial y, sobre todo, en el de las personas y los países ricos. Y dentro de esos activos sobresalen hoy las acciones transferibles, que se compran y se venden anónimamente, constituyendo lo que hemos llamado «dinero financiero» (Naredo, 2000a). Hay que recordar que hasta la segunda mitad del siglo XIX ni siquiera en Inglaterra se veía con buenos ojos la financiación de sociedades mediante la emisión anónima de acciones transferibles. Antes, las acciones, por ejemplo, de la famosa Compañía de Indias, se suscribían para cada viaje o agrupación de viajes u operaciones y se pagaban una vez terminados. La financiación global e indiscriminada de las sociedades mediante la emisión de acciones transferibles a cualquiera, tardó en generalizarse por la desconfianza hacia estas prácticas y las limitaciones que suscitaron algunas crisis financieras bastante sonadas en la primera mitad del siglo XVIII, siendo las más conocidas las de La Compagnie d’Occident (o del Mississipi) ligada a la Banque Royale, en Francia, y la South Sea Company, en Inglaterra5. Así, como puntualiza Tawney (1921), «la financiación colectiva basada en la existencia de un extenso cuerpo de accionistas, que ahora es lo corriente, constituía entonces una excepción». El contraste que ofrece esa actitud con los hechos de la organización industrial, tal y como existen hoy, es un índice de la revolución en la naturaleza de la propiedad del capital que ha tenido lugar desde el establecimiento de la Ley de Responsabilidad Limitada (Limited Liability Act) de 1855 y la Ley de Compañías de 1862 (precursoras de la actual legislación de sociedades anónimas). Estas dos leyes abrieron camino hacia la presente situación, que permitió concluir a este autor que, en Inglaterra y hoy diríamos que en el mundo entero, «la justificación de la propiedad tradicional —que veía en ella la seguridad de que cada uno podía gozar de los frutos de su propio trabajo—, aunque mayormente aplicable en la época en la que fue formulada, sufrió la misma suerte que la mayoría de las teorías políticas, siendo refutada, no por las doctrinas de filósofos opuestos a ella, sino por el prosaico curso del desarrollo económico». En efecto, la evolución misma de la propiedad hace obsoletas las razones que tradicionalmente la han venido justificando, en bloque, como algo sagrado 98 Manuscrits 22, 2004 José Manuel Naredo 5. El lector interesado puede encontrar una exposición sucinta de estos affaires y de otros similares que alcanzan hasta nuestros días en GALBRAITH (1990).
e indisolublemente vinculado a la libertad de los individuos. En primer lugar, la propiedad financiera pasiva predominante hoy no puede ya justificarse como fruto del trabajo de sus propietarios. En segundo lugar, el argumento a favor de la propiedad privada, frente a la pública, que postula la superioridad de una organización económica regida por empresarios propietarios pensando que el ojo del amo engorda el caballo, se desmorona junto con el peso de ese colectivo. Hoy día, las grandes empresas transnacionales están dirigidas por asalariados al servicio de los accionistas y no por empresarios propietarios. En tercer lugar, la mayor parte de la propiedad moderna no se tiene para uso o disfrute directo, sino para adquisición de poder. Es más, lo habitual es que uso y propiedad estén separados, como ocurre con las grandes fortunas6. Pero, además, se tiende a escindir la sociedad en dos grupos: uno, minoritario, que tiene su interés primordial en la propiedad pasiva y otro, mayoritario, en el trabajo activo. De esta manera, abunda, por un lado, la propiedad sin función productiva o utilitaria y, por otro, estas funciones desvinculadas del grueso de la propiedad. Insistimos que un derecho sin función y sin tener en cuenta el modo de adquisición, no es más que un privilegio. Y que en los últimos tiempos estos privilegios —apoyados en la vertiginosa expansión de los activos financieros y de la capacidad de compra sobre el mundo— se extienden amparados en un marco institucional que los propicia. Por último, la propiedad especulativa hoy predominante es fuente de inseguridad para aquella otra propiedad más vinculada a las funciones productivas o utilitarias; lo cual deja sin fundamento la defensa tradicional que se venía haciendo de la propiedad, en bloque, como fuente de seguridad para el disfrute de la libertad de la mayoría, frente a las arbitrariedades del Antiguo Régimen. Paradójicamente, lo que hace insegura la propiedad hoy día, no son ni los privilegios de la aristocracia, ni el poder discrecional del monarca absoluto, sino la expansión y concentración insaciable de la propiedad financiera, que amenaza con comprar, absorber o arruinar los patrimonios de empresas locales, administraciones y familias, mediante la creación de dinero financiero, que genera las consiguientes burbujas financiero-inmobiliarias. La realidad actual confirma plenamente que —como supo apreciar tempranamente Tawney (1920)— «la propiedad carente de función es el mayor enemigo de la propiedad legítima, […] el dinero malo puede más que el bueno, y como lo demuestra la historia de los últimos doscientos años, cuando la propiedad destinada a la adquisición o el poder y la propiedad destinada al servicio o a la utilidad se codean libremente en el mercado, sin restricciones […] sobre la enajenación y la herencia, el segundo tipo de propiedad tiende a ser absorbido por el primero». La economía en evolución: invento y configuración… Manuscrits 22, 2004 99 6. En efecto, los muy ricos suelen tener hasta sus fincas, mansiones y yates de uso directo a nombre de sociedades para que desgraven, e incluso domiciliar éstas en paraísos fiscales.
II. Mutaciones actuales Nuevas relaciones entre poder y riqueza, entre el Estado y las empresas: «Maquiavelo para directivos» El dinero ha estado desde siempre vinculado al poder: el derecho a acuñar moneda y a cobrar impuestos ha venido plasmando, en el terreno de lo económico, el ejercicio de la soberanía política sobre los territorios. Pero la economía ordinaria hace abstracción del poder, al presumir la igualdad de individuos y empresas en el intercambio mercantil, salvo las «deformidades» monopolistas. Se trataba así habitualmente la política monetaria como un instrumento técnico al servicio de el sistema económico, no como teatro del ejercicio del poder para obtener directamente dinero, en las variadas formas que hoy adopta, primero sobre todo por el Estado, pero también y cada vez más por las empresas privadas. Cabe subrayar así la posición del dinero como elemento clave en la conexión entre el negocio económico-empresarial y el poder político-estatal. Sin embargo, en los últimos tiempos está culminando a escala internacional la ruptura del vínculo exclusivo que unía al Estado con el dinero, al multiplicarse los activos financieros que usurpan las funciones de éste y las entidades que los emiten al margen del control estatal. El desplazamiento sordo y paulatino que se observa en el control de las finanzas mundiales no es una cuestión meramente técnica, sino que refleja el desplazamiento simétrico de poder que se está operando desde los estados hacia esas otras organizaciones igualmente jerárquicas y centralizadas que son las empresas capitalistas transnacionales. Así, los estados fueron perdiendo las riendas del dinero y, por ende, su capacidad de intervenir sobre la economía, con el consiguiente recorte del poder «político» estatal en favor de los emergentes poderes «económicos» transnacionales, hasta desembocar en la presente «globalización» financiera. La visión unificada y simplista de los procesos económicos que ofrece la economía convencional desde el ángulo de la producción y de la noción usual de sistema económico, soslaya el desplazamiento que se observa en el poder a escala mundial, contribuyendo a evitar que se le otorgue la trascendencia que merece. Desplazamiento que va desde las organizaciones estatales hacia las organizaciones empresariales, haciendo que, por primera vez en la historia, éstas tengan más peso que aquéllas. Este cambio altera las bases sobre las que venían razonando las principales corrientes opositoras al sistema. Tanto el marxismo como el anarquismo pusieron en su punto de mira al Estado como principal bastión de la autoridad y del poder —ya fuera con ánimo de utilizarlo o de destruirlo—, pero, en los últimos tiempos, se observa que el poder de los estados se está socavando —sin revoluciones ni levantamientos que lo anuncien— en favor de esas organizaciones igualmente jerárquicas, centralizadas y coercitivas que son las empresas capitalistas. «La Tierra —señala Ramonet (1997)— como en el siglo XV, está ahora disponible para una nueva era de conquista. En la época del Renacimiento, los Estados eran los principales actores de la expansión colonizadora. Hoy son las empresas y holdings privados los que se plantean dominar el mundo, lanzan sus razias y amasan un botín inmenso. Nunca los amos del mundo han sido tan poco numerosos ni tan potentes». 100 Manuscrits 22, 2004 José Manuel Naredo
Autores como Constant (1813) y Veblen (1889) consideraban —quizá demasiado ingenuamente a la vista de las innumerables guerras acaecidas desde entonces que culminaron con la reciente invasión de Irak— que el comercio estaba llamado a sustituir a la guerra como medio de apropiación de riquezas en el mundo y que el instrumento de tal apropiación sería, al decir de éste último, la «empresa nómada» transnacional. Pero para conseguirlo plenamente hacía falta que se cumplieran dos requisitos. En primer lugar, que la actual «revolución de las comunicaciones» rematara la llamada «revolución del transporte», iniciada en el siglo XIX. Con el apoyo de miles de satélites girando alrededor de la Tierra, el maridaje entre informática y telecomunicación está permitiendo una verdadera globalización de los mercados, que incluso llega a convertir la información misma en mercancía que escapa al control de los estados, lo que constituye un importante campo de negocio, y de conflictos, en el reparto del poder mundial. En segundo lugar, hacía falta que la fe en el mercado como panacea alcanzara nuevos vuelos para eclipsar en la conciencia de la gente las consecuencias negativas de tal globalización y hacer «entrar en razón» a los estados para que no pusieran trabas al comercio ni a la entrada de las empresas transnacionales —capaces de fabricar dinero— en sus territorios y permitieran, mediante «desregulación» en el movimiento de capitales, la compra de sus activos nacionales aunque ello fuera en detrimento de su propia soberanía. Como consecuencia de lo anterior, se ha extendido por todos los confines ese modelo de empresa «nómada» transnacional, que ve en las organizaciones y holdings empresariales un mero instrumento para la adquisición de dinero y de poder. Lo cual está modificando la cultura empresarial desde el modelo tradicional todavía presente en los manuales, orientado a competir en la fabricación de determinados productos de calidad, hacia aquel otro en el que predomina la consideración meramente instrumental de la empresa antes indicada. El antiguo objetivo empresarial de acumular capital a partir de actividades económicas ordinarias, tiende a sustituirse por el de captar capital, emitiendo papel en los mercados financieros, más o menos apalancado con créditos de entidades del grupo, para expandir su poder corporativo a base de comprar con ese papel empresas y otros activos preexistentes. El dinero mismo, y su acumulación, están perdiendo las funciones tan determinantes que habían adquirido. El imperio del dinero se extendió, en principio, facilitando las transacciones y haciendo obsoleto el trueque; pero la expansión y diversificación de los activos líquidos, y la transferencia electrónica de fondos, hicieron obsoleta la tenencia de dinero por motivos de transacción y precaución. Todo se reduce ya a anotaciones de activos (y pasivos) financieros, es decir, de no dinero —en el sentido tradicional del término—; el consumo conspicuo, desenfrenado y ostentoso puede apoyarse así en un endeudamiento crónico, lo mismo que el poder se apoya hoy más en la capacidad de emitir pasivos o «valores virtuales» que todo el mundo acepta (y que son por lo tanto convertibles en dinero), que en la acumulación del dinero mismo mediante actividades «productivas» ordinarias. El observado desplazamiento de poder desde el mundo de lo político hacia aquel otro de lo económico, o, más en concreto, desde las organizaciones estatales hacia las empresariales, va camino de hacer de los estados un cascarón cada vez más La economía en evolución: invento y configuración… Manuscrits 22, 2004 101
vacío de poder autónomo, lo que nos lleva a la paradoja de que, tras haber elaborado la idea de sistema político, e ideado tantos «contrapesos» democráticos, nos encontramos con que el poder que debería gestionar dicho sistema se escapa hacia el campo de lo económico, a la vez que la figura del empresario tradicional con finalidad productiva se desplaza hacia la de nuevos condottieri cuya práctica empresarial parece inspirarse más en Maquiavelo que en Smith. Así lo prueba el libro Maquiavelo: Lecciones para directivos (Jay, 2002), publicado por una editorial especializada en economía de la empresa, donde se evidencia que los consejos de Smith se revelan poco operativos para las prácticas empresariales de hoy día. Y he aquí que la noción al uso de sistema económico sigue haciendo abstracción del poder y careciendo de instrumentos para gestionarlo. Sin embargo, se sigue razonando con el sistema político como si siguiera siendo el bastión de poder supremo que en su día fue, al igual que se sigue razonando sobre el sistema económico como si se ocupara sólo de producir riqueza, y no de adquirirla y utilizarla como vehículo de poder para modificar las reglas del juego que facilitan su adquisición, controladas formalmente por los políticos. El personaje lóbrego de un chiste de «El Roto» sintetizaba tal desplazamiento de funciones, cuando exclamaba: «soy empresario por vocación, pero político por negocios». A la vista de las ideas e instituciones que se han instalado, y de la ideología que las informa, la evolución descrita de los acontecimientos resulta de todo punto razonable. Parece lógico que la expansión continuamente incentivada y liberada de lo económico acabara dominando a aquélla otra más limitada de lo político. Lo mismo que, tras tanto espolear y desregular el ánimo de lucro empresarial, no cabe sorprenderse que éste se haya canalizado por la vía más fácil y directa de la mera adquisición de riqueza, dando cada vez más la razón a Veblen en su visión tan extremadamente negativa del empresario, al que considera como una verdadera plaga social7. Y que al encomendarse el manejo de la economía y de la política a esos dos tipos de organizaciones igualmente jerárquicas, centralizadas y disciplinarias, que son los partidos políticos y las empresas, no cabe sorprenderse que ambas se acabaran coaligando para erigirse en el principal bastión de autoridad que somete a los individuos. Mientras las organizaciones empresariales se imponen en el mundo como núcleos de poder que escapan al control de parlamentos y procesos electorales, los políticos se ven cada vez más impulsados a hacer las veces de gestores al servicio de tales organizaciones, ya que controlan la reglas del juego y, por ende, la llave de los negocios, porque a su vez la política constituye una pieza clave a la hora de establecer un marco institucional propicio al negocio del capital transnacional, que premia y castiga ahora la economía de los países. La información anticipada sobre los cambios en la calificación de terrenos, en las comunicaciones o en cualesquiera otros aspectos institucionales que alteran el valor de los patrimonios y las perspectivas de los negocios, se revelan como instrumentos clave de enriquecimiento y los empresarios están dispuestos a pagar por ello. También parece lógico que tras tanto 102 Manuscrits 22, 2004 José Manuel Naredo 7. Véase SANTOS REDONDO, M. (1997), cap. 5.2. «Veblen: el empresario como obstáculo al progreso», p. 169-181.
proponer y fomentar un modelo de sociedad compuesto básicamente por individuos, empresas y partidos, se haya empobrecido y debilitado la intrincada red de instituciones y relaciones sociales antes existentes, dificultando la construcción de alternativas, ya que estos mimbres condicionan el cesto resultante. Evidentemente, el exclusivo dominio de estos dos tipos de organizaciones jerárquicas y centralizadas, jamás podrá conducir a una sociedad compuesta por individuos libres e iguales. Los individuos aparecen mayoritariamente encajados en uno u otro lugar de las cadenas de mando que despliega este tipo de organizaciones, multiplicándose las relaciones asimétricas y segregando individuos dependientes, desiguales e incluso marginales. Así lo atestigua la sobredimensión de la población penal en los EEUU: el desmantelamiento del «Estado de bienestar», que se ocupaba de paliar la pobreza que segrega la máquina económica en funcionamiento, está dando paso a la expansión del «Estado represivo-penal», como mutación perfectamente previsible en un panorama de creciente polarización económica y social (Wacquant, 1999). La democracia, cuya implantación costó en otro tiempo tantos sacrificios, se extiende ahora sin problemas por el mundo, con lo que se denota que resulta perfectamente funcional a los poderes establecidos, si va acompañada de la eliminación de las trabas económicas a la libre entrada de capitales y productos, facilitando así la subordinación de los países a los dictados del capital transnacional (a la vez que se imponen barreras al libre movimiento de las personas). Con ello, el sistema político democrático se desacredita, al tener que estar los gobiernos más pendientes de practicar políticas acordes con los intereses del capital transnacional del que dependen, que de mantener sus promesas electorales. Hasta la capacidad de crear dinero y de endeudarse de los estados, que se situaba tiempo atrás a años luz de las organizaciones empresariales, se ve ahora continuamente vigilada, limitada y, llegado el caso, penalizada por éstas. Pues son éstas las que, en la era de la «globalización», manejan los recursos económicos más libremente y en cantidades mayores que los estados, financian a los partidos políticos y los someten cada vez más a sus dictados para facilitar sus negocios. Asistimos, así, a un despotismo que se dice democrático y a un intervencionismo que se dice liberal. Los principios libertarios de la utopía liberal están siendo sacrificados en aras de organizaciones empresariales que, curiosamente, enarbolan ahora con oportunismo la bandera liberal para mejor acrecentar su poder sobre la mayoría de los individuos. Y mientras tanto, la economía y la política continúan entreteniéndonos con discursos que reproducen y desarrollan con prolijidad surrealista los viejos sistemas de razonamiento, con sus visiones contractualistas de la sociedad y con la «soberanía» del consumidor y del elector a la cabeza. III. Consecuencias, perspectivas y alternativas La especie humana como patología terrestre Entre las creaciones de la mente humana que hoy gobiernan nuestra existencia destaca cada vez más la idea usual de lo económico, con la convención social del dinero que le da vida y sus afanes de crecimiento permanente, con evidente incidencia La economía en evolución: invento y configuración… Manuscrits 22, 2004 103
en el territorio con sus recursos y calidades ambientales. El hecho de que las reglas del juego económico «globalmente» imperantes se muestren en franca contradicción con aquéllas que caracterizan el comportamiento de la biosfera y sus ecosistemas, induce a considerar a la especie humana como una patología terrestre cuyos rasgos esenciales pasamos a sintetizar. Patologías del crecimiento: cuando el parásito invade al huésped En efecto, en el marco de la llamada «globalización», el objetivo generalizado del crecimiento económico promueve la progresiva explotación y uso humano masivo de la biosfera, la corteza terrestre, la hidrosfera y la atmósfera, unidos a la expansión de asentamientos e infraestructuras, a ritmos muy superiores al del crecimiento demográfico, que están dejando huellas de deterioro territorial evidentes8, lo cual avala la consideración antes mencionada de la especie humana como patología parasitaria de la biosfera que devora, simplifica y deteriora el complejo entramado de ecosistemas y paisajes que había llegado a tejer la vida evolucionada en la Tierra. Hern (1990), médico de profesión, apreció una fuerte analogía entre las características que definen los procesos cancerígenos y la incidencia de la especie humana sobre el territorio, apoyándose en las similitudes observadas entre la evolución de las manchas tumorales reflejadas en los escáneres y las que recoge la cartografía sobre la ocupación del territorio. Este autor enumeró las siguientes características de las patologías cancerígenas: 1. Crecimiento rápido e incontrolado. 2. Indiferenciación de las células malignas. 3. Metástasis en diferentes lugares. 4. Invasión y destrucción de los tejidos adyacentes. Analizó después la relación de estas características con el reflejo territorial de las tendencias incontroladas del crecimiento poblacional, económico, etc.; con sus consecuencias destructivas sobre el patrimonio natural y cultural; con la extensión de los modos de vida y de gestión indiferenciados; con las metástasis que genera la proyección del colonialismo de los estados primero y de las empresas transnacionales después, a través de la «globalización» del comercio, las finanzas y los media. Como pasamos a ver seguidamente, las características mencionadas ofrecen, a mi juicio, un paralelismo todavía más concreto con el modelo territorial, urbano y constructivo que se deriva de las reglas del juego económico dominantes. Nuestro país, pese a contar con una demografía estable o en regresión, ofrece un ejemplo modélico del «crecimiento rápido e incontrolado», no sólo económico en general, sino también urbanístico, con sus crecientes servidumbres territoriales, 104 Manuscrits 22, 2004 José Manuel Naredo 8. Ocupación de los suelos de mejor calidad agronómica para usos extractivos, urbano-industriales e implantación de infraestructuras, reducción de la superficie de bosques y otros ecosistemas naturales con gran diversidad biológica e interés paisajístico, avance de la erosión, los incendios y la pérdida de la cubierta vegetal, etc.
por extracción de recursos, vertido de residuos e infraestructuras diversas, al que se unen los fenómenos paralelos de simplificación extractiva y contaminante de los sistemas agrarios o abandono y ruderización del medio rural, con el consiguiente deterioro del patrimonio natural observable en el paisaje. El trepidante crecimiento de la urbanización viene espoleado, más allá de la demografía, por el insaciable afán de lucro de promotores y compradores, animado por un marco institucional que privilegia la adquisición de viviendas como inversión, que ha situado a nuestro país a la cabeza de Europa en porcentaje de viviendas secundarias y desocupadas (Naredo [dir.] 2000 y 2003a). España ejemplifica cómo, al extenderse por toda la población el virus de la especulación inmobiliaria, se está construyendo un patrimonio inmobiliario sobredimensionado de escasa calidad y se está originando una burbuja especulativa cuyas dimensiones resultan cada vez más amenazantes (Naredo, 2004b), a la vez que la ocupación territorial por usos urbano-industriales indirectos sigue un ritmo expansivo muy superior al de la urbanización directa, lo que contribuye a situar el crecimiento de la ocupación total muy por encima del crecimiento demográfico9. La «indiferenciación de las células malignas» ofrece una clara similitud con el predominio planetario de «un único modelo constructivo: el que podríamos llamar “estilo universal”, que dota a los edificios de un esqueleto de vigas y pilares (de hierro y hormigón) independiente de los muros, por contraposición a la arquitectura vernácula (que construía los edificios como un todo indisoluble adaptado a las condiciones del entorno y utilizando los materiales de éste)» (Naredo, 2000b). A la vez que la aparición de «metástasis en diferentes lugares» encaja como anillo al dedo con la naturaleza del «nuevo modelo de urbanización: el de la «conurbación10 difusa» (el llamado urban sprawl, que separa además las distintas funciones de la ciudad), por contraposición a la «ciudad clásica» o «histórica», más compacta y diversa». Pero aquí ya no son los canales linfáticos del organismo enfermo los que permiten la extensión de las metástasis, sino el viario y las redes que el propio sistema construye posibilitando su difusión hasta los lugares más recónditos. Por último, en lo que concierne a la «invasión y destrucción de los tejidos adyacentes», hay que subrayar que las tendencias indicadas no ayudan a mejorar los asentamientos y edificios anteriores, sino que, en ausencia de frenos institucionales que lo impidan, los engullen y destruyen, para levantar sobre sus ruinas los La economía en evolución: invento y configuración… Manuscrits 22, 2004 105 9. Por ejemplo, en el caso de la provincia de Madrid se ha constatado que entre 1957 y 1980 se duplicó el requerimiento total de suelo por habitante (excluyendo el suelo de uso agrícola), y volvió a duplicarse entre 1980 y 1999, a la vez que aumentaron espectacularmente las exigencias per cápita de energía y materiales. La mayor ocupación de suelo por habitante se debe básicamente al aumento de la segunda residencia y de los usos indirectos (vertederos, actividades extractivas, embalses, viario, suelo en promoción, etc.) que conlleva el fenómeno de la conurbación difusa y de la continua construcción-destrucción de infraestructuras e inmuebles, a la vez que crece la proporción de viviendas y locales desocupados. Así, el presente modelo de urbanización se revela, en Madrid, mucho más consumidor de suelo, energía y materiales que el antiguo (NAREDO, 2003b). 10. Término acuñado por Patrick Geddes (1915), para designar esta nueva forma de urbanización, diferenciándola de lo que antes se entendía por ciudades.
nuevos e indiferenciados modelos territoriales, urbanísticos y constructivos. Destruyen los asentamientos alejados vaciándolos de población, de contenido y condenándolos a la ruina. Y engullen a los asentamientos próximos al envolverlos en un volumen tal de nueva edificación y de esquemas de vida metropolitanos que dejan como algo testimonial o caduco su antigua especificidad económica, cultural o arquitectónica. A la vez que el «estilo universal» tiende a suplantar al patrimonio inmobiliario preexistente, condenándolo a la demolición para acrecentar el volumen construido siempre que la normativa lo permita. En este sentido, ya señalamos que España es líder europeo en destrucción de patrimonio inmobiliario11. También las expectativas de urbanización contribuyen a desorganizar los sistemas agrarios próximos, a la vez que las demandas en recursos y residuos, en extracciones y vertidos, que plantea el modelo de urbanización imperante extienden la «huella» de deterioro ecológico hacia puntos cada vez más alejados. El resultado conjunto de estas tendencias es la creciente exigencia directa en recursos naturales y territorio (y, por ende, en generación de residuos), que acentúan las servidumbres indirectas que tal modelo comporta, unidas a la evolución simplificadora y esquilmante de los propios sistemas agrario-extractivos. El tamaño y la velocidad de estas exigencias dan muestras de un comportamiento que se revela globalmente degradante, al expandirse a mayor tasa las servidumbres territoriales indirectas que tal modelo comporta (vertidos, actividades extractivas e infraestructuras diversas que se incluyen en la denominación de «sistemas generales»)12. Los procesos indicados están produciendo el cambio de fase (Margalef, 2004) en el modelo territorial, lo que denota la extensión de la dolencia descrita. Se está pasando de un mar de ruralidad o naturaleza poco intervenida con algunos islotes urbanos, hacia un mar metropolitano con enclaves de campo o naturaleza cuyo deterioro se trata, en ocasiones, de proteger de la patología en curso (con la doble incidencia degradante no sólo de los sistemas urbanos, sino también de los sistemas agrario-extractivos). Pero el modelo parasitario al que estamos haciendo referencia se solapa con otros también propiciados por las reglas del juego económico imperantes que merece la pena considerar. Patologías competitivas: cuando el enfrentamiento se impone sobre la cooperación y la extracción depredadora, sobre la producción renovable Es un hecho hoy admitido que la simbiosis es el fenómeno que impulsó la evolución de la vida en la Tierra desde sus formas iniciales más simples hacia la configuración de los organismos y ecosistemas complejos que hoy componen la biosfera (Margulis, 106 Manuscrits 22, 2004 José Manuel Naredo 11. En efecto, más de la mitad del parque de viviendas existentes en 1950 ha desaparecido por demolición o ruina en nuestro país, que cuenta con menor porcentaje de viviendas anteriores a 1940 que Alemania. Este país quedó destruido por la Guerra Mundial, haciendo que el crecimiento económico del patrimonio inmobiliario fuera más destructivo de lo que, en proporción, lo fue la Guerra Mundial en Alemania (NAREDO [dir.] 2000). 12. La superficie destinada a «sistemas generales» ha venido creciendo en la Comunidad de Madrid durante los últimos siete años, con datos disponibles a una tasa media anual del 13%, mientras que el suelo urbano y urbanizable lo hacía a tasas medias del 2 y 3 % anual (NAREDO, 2003b).
2002 y 2003). De esta manera, ya hemos visto que la Tierra aparece como una prodigiosa recicladora de materiales que trabaja apoyándose en la energía solar. Y tanto la simbiosis como el reciclaje requieren un alto grado de diversidad biológica, ya que los organismos no acostumbran a alimentarse de sus propios detritus, ni a ser simbiontes de sí mismos. Sin embargo, hoy se divulga a los cuatro vientos que la competitividad debe regir, y en buena medida rige, la vida económica, a la vez que el instrumental económico al uso, no sólo reduce la toma de información a una única dimensión, la monetaria, sino que registra solamente el coste de extracción y manejo de los recursos naturales, pero no el de reposición, lo que favorece el creciente deterioro del patrimonio natural, que no se tiene en consideración en el proceso cuantificador. Los frutos de esta regla de valoración sesgada, que permanece por lo común indiscutida13, son el creciente abastecimiento del metabolismo económico con cargo a la extracción de recursos de la corteza terrestre y el esquilmo de los derivados de la fotosíntesis, que va en detrimento de las verdaderas producciones renovables. De esta manera, el metabolismo de la civilización industrial, a diferencia del correspondiente a la biosfera, se caracteriza por no cerrar los ciclos de materiales y por simplificar o deteriorar drásticamente la diversidad propia de los ecosistemas naturales para aumentar las extracciones de determinados productos. Así las cosas, la especie humana se ha erigido en la cúspide de la pirámide de la depredación planetaria. En la naturaleza, los depredadores suelen estar dotados de mayor tamaño y más medios (dientes, garras) que sus presas: «el pez grande se come al chico». Pero la especie humana, gracias a sus medios de intervención exosomática, no sólo es capaz hoy de capturar ballenas o elefantes, de talar bosques enteros y de domesticar animales y plantas, sino que extiende hasta límites sin precedentes los usos agrarios, urbano-industriales y extractivos sobre el planeta, así como las infraestructuras y medios de transporte que los posibilitan. Las asimetrías en jerarquía y capacidad de control que suelen darse entre el depredador y la presa alcanzan, en el caso de la especie humana, no sólo un cambio de escala, sino también de dimensión, al extender el objeto de las capturas al conjunto de los recursos planetarios, ya sean éstos bióticos o abióticos, lo que da pie a los modelos territoriales antes mencionados y a los símiles de parasitación patológica de la biosfera que comportan. La polarización social y territorial antes mencionada se produce no sólo entre las ciudades y el resto del territorio, sino, dentro de aquéllas, entre barrios ricos y zonas desfavorecidas o «sensibles» y, más allá, entre los países ricos y el resto del mundo, como ejemplifica la creciente «brecha Norte-Sur». En el libro Extremadura saqueada (J. M. Naredo, M. Gaviria y J. Serna [dirs.], 1978), aplicamos ya el modelo depredador-presa para ejemplificar la tendencia a ordenar el territorio en núcleos atractores de capitales, poblaciones y recursos y áreas de apropiación y vertido. Los grandes núcleos, como Madrid o Barcelona, no sólo recibían los flujos netos La economía en evolución: invento y configuración… Manuscrits 22, 2004 107 13. En NAREDO y VALERO (dirs.) (1999), se trata de suplir este vacío de reflexión, aportando y aplicando el instrumental teórico necesario para cuantificar el coste de reposición del capital mineral de la Tierra, que ofrece el principal input en tonelaje que alimenta al metabolismo económico actual.
equilibrio brilla por su ausencia en el actual sistema financiero internacional. A la desregulación le acompaña la carencia de medios reglados de intervención, por lo que tiene que abordarse cada crisis o problema con medios acordados sobre la marcha, en función del poder y las presiones existentes, ello da cabida a una discrecionalidad cada vez más interesada. El mero hecho de que los «paraísos fiscales», donde los capitales escapan a las reglas establecidas por los estados y los organismos financieros internacionales, gocen de buena salud es algo tan vergonzoso como revelador de la supeditación de los estados y organismos internacionales a los intereses del capitalismo transnacional que se extiende junto con el tipo de propiedad parasitaria antes mencionada. La presente situación no tendrá salida mientras los movimientos de protesta que denuncian las actuaciones del capitalismo transnacional y de las entidades que actúan a su servicio no formulen y defiendan con claridad otros marcos institucionales que limiten y supediten este tipo de propiedad parasitaria, estableciendo normas orientadas a minimizar las bolsas de deterioro ecológico y social ligadas al comercio y a las finanzas mundiales, pues en la era de la globalización financiera los planteamientos y los remedios han de ser globales, aunque desciendan también a nivel estatal, regional o local. Los cambios mentales e institucionales propuestos deben de corregir, en suma, la inadecuación que hoy se observa entre la noción usual de «sistema económico» y la de «sistema ecológico»: el reconocimiento generalizado de esa inadecuación sería el primer paso para implantar el por mi denominado enfoque «ecointegrador», a fin de reconciliar en una misma raíz eco la utilidad y el bienestar propugnados por la economía con la estabilidad analizada por la ecología. O, en palabras de Norgaard (1984), se trata de conseguir que el sistema económico actual «coevolucione» adaptándose a exigencias ecológicas, como había ocurrido durante buena parte de la historia de la humanidad, en vez de potenciar las patologías descritas, que fuerzan la evolución degradante del medio a base de crear islas de orden y mares de deterioro. La cuestión clave es si esa «coevolución» se produce o no. A ello tratan de contribuir, con mejor o peor fortuna, las llamadas economía ecológica y ambiental, o especialidades como la ecología industrial, la agroecología, la ecología urbana, etc. En caso de producirse, tal «coevolución» afectaría también a los patrones de vida y de consumo, los cuales no cabe pensar que cambien unilateralmente. Es decir, que el cambio de aquéllos presupone modificar la idea de sistema económico, de crecimiento, de desarrollo, de calidad o nivel de vida20. Aunque esa adecuación del sistema económico a requerimientos ecológicos no esté teniendo lugar en general, y menos aún en España, plantearla sigue siendo el primer paso para conseguirla. Las posibilidades de reconvertir el metabolismo de la sociedad actual dependen de que se replantee el modo de gestión imperante, restableciendo y priorizando los circuitos de información física y social ligada a dicha gestión y moldeando los instrumentos económicos y los precios a partir de esa información. Sin embargo, como 114 Manuscrits 22, 2004 José Manuel Naredo 20. No se trata tanto de disminuir el nivel de vida de las poblaciones de los países ricos, sino de cambiar los patrones de vida de esos países, que hoy se toman como modelo, por otros que no tienen por qué ser inapelablemente peores o «más bajos», aunque sean más bajos en consumo de materiales y energía.
hemos indicado, hoy se invierten muchos más recursos en mantener taponados estos circuitos, mediante campañas de «imagen verde», que en suplir tales carencias de información, más que de solucionar los problemas ecológico-ambientales, se trata de conseguir que la población conviva con ellos como si fuese algo normal o inevitable. De esta manera, por muchas «autopistas de la información» que existan, mientras no se modifique la materia prima que las nutre, seguirán extendiendo el ruido mediático que oculta o banaliza los costes sociales y ambientales que se derivan del modo de gestión imperante, a la vez que la globalización televisiva promueve el conformismo con los patrones de vida y de pensamiento dominantes. Pese a todo, las redes informáticas planetarias también pueden ayudar a materializar esa especie de noosfera, o conciencia global de la humanidad, que Vernadsky (1945, p. 203-218) vislumbraba entre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, como una nueva etapa en la evolución de la biosfera. Esta nueva dotación exosomática de la especie humana puede, llegado el caso, acelerar la reconversión mental e institucional necesaria para replantear las metas y las reglas del juego económico que gobiernan el metabolismo de la sociedad actual, como también puede ayudar a suplir las actuales carencias de información y de participación social que frenan dicha reconversión hacia el modelo de la biosfera. Una reconversión que apunte hacia modelos de sociedad que consideren los costes físicos de reposición del patrimonio natural, que promuevan el uso de energías renovables y el reciclaje de materiales, modelos que privilegien comportamientos más cooperativos y solidarios, favoreciendo de nuevo la diversidad de asentamientos y formas de vida sobre la faz de la Tierra. Bibliografía BOTERO, E. A. (2000). Valoración exergética de los recursos naturales, minerales, agua y combustibles fósiles, tesis doctoral dirigida por A. Valero, Universidad de Zaragoza. CONSTANT, B. (1813). De l’esprit de conquête et d’usurpation dans les rapports avec la civilisation européenne, reeditado en: Oeuvres. París: La Pleiade, 1957. GALBTAITH, J. K. (1990). A Short History of Financial Euphoria. Traducción: Barcelona: Ariel, 1991. GEDDES, P. (1915). Cities in evolution. Traducción: Buenos Aires: Infinito, 1960. HERN, W. M. (1990). «Why are so many of us? Description and diagnosis of a planetary ecopatological process», Population and Environment: A Journal of Interdisciplinary Studies, vol. 12, nº 1. HUERTA DE SOTO, J. (1998). Dinero, crédito bancario y ciclos económicos. Madrid: Unión Editorial. JAY, A. (2002). Maquiavelo. Lecciones para directivos. Barcelona: Gestión 2000. LINNEO, C. (1744). Oratio Telluris habitabilis incremento. Leiden. Reeditado en LINNEO, C. (1979). L’équlibre de la nature. París: Librairie Philosophique J. Vrin. LOCKE, J. (1690). Two Treatises on Civil Government. Traducción: Madrid: Aguilar, 1981. MALTHUS, T. R. (1920). Principles of Political Economy Considered with a View to their Practical Application, Londres. Traducción: México: FCE, 1946. Mi referencia corresponde a la traducción francesa anotada por J. B. Say, París: de Guillaumin, 1848, p. 29. La economía en evolución: invento y configuración… Manuscrits 22, 2004 115
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