Tragedia escrita por Goethe : traducción de Agata Orzeszek
Abstract
Turguénev Fausto, I. S.
Full text
Por definición, toda traducción está destinada a los que no conocen el original. Así, el trabajo del traductor no consiste en proporcionar a los que sí lo conocen la ocasión de juzgar con qué grado de fidelidad ha plasmado tal o tal verso, tal o tal expresión: él trabaja para la «masa». Por más buena que sea la predisposición de los lectores de esa masa hacia la obra objeto de la traducción, hay que conquistarla del mismo modo en que, en su tiempo, el original había conquistado a su propio pueblo. En la masa, empero, tan sólo influye la belleza, belleza más allá de toda duda, nada más que el talento. Y el talento, el don de crear, le resulta imprescindible al traductor; por más exigente y concienzuda que sea, su mera buena fe no es suficiente. ¿Qué puede ser más concienzudo y exacto que un daguerrotipo? Y, sin embargo, ¿no es acaso un buen retrato mil veces más bello y más fiel que un daguerrotipo? El mérito del traductor es inmenso y extraordinario, siempre y cuando nadie pueda dejar de reconocerlo. Muchos, no del todo desprovistos de talento, aunque tampoco muy dotados de él, se lanzan gustosos a traducir; al hacerlo evitan la necesidad de aguzar su propio ingenio (que, tal vez, ya les había jugado más de una mala pasada); tienen delante un material listo y acabado, y, sin embargo, parece que inventen, que creen. Pero no es así como nos imaginamos nosotros a los buenos traductores, buenos de verdad. Naturalezas semejantes no aparecen muy a menudo. A pesar de que no se les pueda llamar talentos independientes, están dotados de una profunda e infalible comprensión de la belleza —en este caso expresada por otro— y de la capacidad de plasmar con la fuerza de su propia poesía la impresión que les ha causado su poeta favorito; predomina en ellos el elemento de la percepción, y su don de crear propio emerge del sufrimiento, de una necesidad perentoria de vencer la resistencia del verso ajeno. En su mayoría se trata de personas de gusto exquisito y de mentes proclives a la reflexión. Así era Schlegel, así era Voss. Su involuntaria simpatía les atrae a aquel poeta cuya obra intentan transmitir (recordemos el caso de Zhukovski y Schiller); toda buena traducción rebosa amor, amor que el traductor siente por su modelo, un amor basado en la razón y en la comprensión, y que se ve expresado de tal manera que el lector percibe que entre esas dos naturalezas existe una unión directa y auténtica. El señor Vronchenko tan sólo en parte satisface estas exigencias. Nos complace reconocer la precisión, la paciencia y la buena fe que han guiado su trabajo; traQuaderns. Revista de traducció 6, 2001 151-152 I.S. Turguénev Fausto, tragedia escrita por Goethe Traducción de Agata Orzeszek EUTI 6 151-152 14/3/2001 12:27 Página 151
dujo el Fausto, como suele decirse, con amore, y muchas cosas, en particular el papel de Mefistófeles, le han salido bien; pero no es un poeta, ni siquiera un versificador; le es inaccesible aquello que constituye el misterio de la armonía del verso. En el prefacio dice que «la tersura de los versículos no era lo principal sino lo último» que le preocupaba. A nosotros tampoco nos preocupa la tersura de sus versículos, sino el verso en sí, el cual —confesamos abiertamente— no logramos hallar en el trabajo del señor Vronchenko. Los cáusticos, prosaicos y entrecortados discursos de Mefistófeles a menudo están transmitidos por el señor traductor —tal como ya hemos manifestado— de manera bastante acertada, aunque a veces se deslice en ellos una burla desagradable, del todo ajena al personaje: el Mefistófeles alemán no es un humorista... Es cierto que la escena con la bruja o la «Casa de la vecina» están muy bien traducidas, aunque incluso en ellas hay expresiones que no acaban de gustarnos, como «querido simplón», metida en boca de Marta. Sin hablar ya de las partes líricas que tanto abundan al principio de la tragedia, el papel del propio Fausto, aunque fielmente, está traducido sin demasiado éxito. Esa fidelidad no acaba de satisfacernos: ahora mismo explicaremos por qué. La traducción, cuanto menos lo parezca y más se asemeje a una obra de creación propia y no de intermediario, más sublime resulta: el lector no debe percibir ni la más mínima huella de esa asimilación, de ese proceso al que ha sido sometido el original en el alma del traductor; una buena traducción es una total transformación, una metamorfosis. Una traducción así no puede ser infiel, al igual que una buena copia de la Madonna de Rafael no puede ser, proporcionalmente, más ancha, más larga ni más estrecha que el original; los malos traductores recuerdan a esos niños que, compás en mano, no paran de comparar la distancia entre el ojo y la boca, etc., en su dibujo y en el original, y se asombran de que les salga otra cosa. Nuestra comparación, por supuesto, no es del todo aplicable al trabajo del señor Vronchenko, aunque su trabajo no resulte más que eso: trabajo. No es una fuente que mana liviana y libremente de las profundidades de la tierra; es un pozo del cual la polea saca agua con chirridos y estridencias. A cada momento nos sentimos impelidos a exclamar: ¡bravo!, ¡vencida una dificultad más!, y eso que, como lectores, no nos corresponde en absoluto fijarnos en las dificultades de traducción. Las personas que desconocen el original, pero que están dotadas de oído y de buen gusto, son los mejores jueces en estas situaciones; háganles leer, sin ir más lejos, los siguientes versos: No soy como los dioses; está claro mi destino, Soy como el gusano que mora en el polvo del camino Y allí halla alimento; y bajo el pie del errabundo Acaba encontrando la muerte y su propia tumba; seguramente les llamarán la atención las palabras impresas en letra quebrada... Y en efecto, son precisamente estas palabras las que no transmiten fielmente el original... 1845 152 Quaderns. Revista de traducció 6, 2001 I.S. Turguénev EUTI 6 151-152 14/3/2001 12:27 Página 152