La corteza de la letra
Abstract
La traducción medieval en España tiene todavía numerosos lados de sombra. Señalar con claridad sus artífices -los judíos hispánicos- y las materias traducidas: ciencia, filosofía, pero también literatura, provenientes del extenso mundo árabe permite situar en un lugar harto privilegiado la tradición cultural de al-Andalus. La desaparición de este pasado sólo puede explicarse por la llana omisión de esas raíces en la fundación de la identidad hispánica.
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Resumen La traducción medieval en España tiene todavía numerosos lados de sombra. Señalar con claridad sus artífices —los judíos hispánicos— y las materias traducidas: ciencia, filosofía, pero también literatura, provenientes del extenso mundo árabe permite situar en un lugar harto privilegiado la tradición cultural de al-Andalus. La desaparición de este pasado sólo puede explicarse por la llana omisión de esas raíces en la fundación de la identidad hispánica. Palabras clave: historia de la traducción en España, traducciones medievales, traductores judíos. Abstract Translation in medieval Spain in still largely cloaked in shadows. Identifying its practitioners —Hispanic Jews— and the texts translated: scientific, philosophical and literary, from around the vast Arab world allows us to place the cultural tradition of al-Andalus in a priviledged position. The fact that this tradition has been greatly overlooked can only be explained by the flagrant neglect of these cultural roots in the forging of Hispanic identity. Key words: History of Translation in Spain, Medieval Translations, Jew Translators. I En 1994 George Steiner (1995, 15) terminó la lección inaugural de la cátedra de Literatura Comparada de la Universidad de Oxford señalando la urgente necesidad de añadir a la interpretación de los ricos intercambios de la tradición de Occidente la zona casi no explorada de las traducciones árabes que se hicieron en las riberas del Mediterráneo en los siglos XII y XIII. Unos cien años antes, hacia 1880, Marcelino Menéndez Pelayo había hecho una exhortación quizás parecida, pero mucho más irritada. En la Historia de los heterodoxos españoles, mirando metafóricamente el polvo cuando no las telarañas que cubrían los manuscritos españoles, murmuraba con furia: Quaderns. Revista de traducció 1, 1998 11-26 La corteza de la letra Marietta Gargatagli Universitat Autònoma de Barcelona. Facultat de Traducció i d’Interpretació 08193 Bellaterra (Barcelona). Spain EUTI 1 009-026 16/4/98 10:55 Página 11
Con harto dolor hemos de confesar que debemos a un erudito extranjero las primeras noticias sobre los escritores [Domingo Gundisalvo y Juan Hispalensis] que son asunto de este capítulo, sin que hasta ahora haya ocurrido a ningún español no ya ampliarlas, sino reproducirlas y hacerse cargo de ellas. El eruditísimo libro en que Jourdain reveló la existencia de lo que llama Colegio de traductores toledanos, apenas es conocido en España, con haberse impreso en 1843 (1956, II, 479). La inclusión aquí de Menéndez Pelayo no es un anacronismo. A él se deben las primeras reflexiones sobre las traducciones medievales del ámbito de la cultura hispánica en las que (y esto continúa así) se soslaya una contradicción nada fácil de describir o deshacer. Es arduo entender que la divulgación de la ciencia, la filosofía o la literatura orientales en Europa fuera paralela a la destrucción de la cultura musulmana en al-Andalus y a la desaparición de los manuscritos, los libros, los documentos que testimoniaban su esplendor. Lo paradójico de este doble movimiento (destruir-conservar), que después se repetirá en América casi en los mismos términos, no termina con estos enunciados. Una parte substancial de la historiografía española de los siglos XIX y XX ha intentado minimizar el influjo árabe en la construcción del al-Andalus, cuya singularidad y logros se explican por la supervivencia de la cultura romano-visigoda, poso fundamental de la «química social» que determinó la grandeza de la cultura andalusí. También hay quienes han llegado a conjeturar que: No hubo conquista en el año 711 y que gran parte de los relatos que se refieren a este acontecimiento y a sus efectos inmediatos se han inventado a posteriori para proporcionar una interpretación satisfactoria a la lenta y caótica conversión de la sociedad hispánica, ya en su mayoría conquistada por el arrianismo en el curso del siglo VIII, al Islam que en esa época se extendía desde el Oriente por toda el área mediterránea (Guichard: 1976, 28)1. Refuerzan esta hipótesis estudios sobre onomástica de la época musulmana que proponen que los primeros geógrafos árabes de España plagiaban a Isidoro de Sevilla y otros autores latinos. Según Joaquín Vallvé, autor de esta investigación, Tariq, el primer explorador y conquistador de al-Andalus sería un nombre simbólico, «el que abre el camino», y la denominación del territorio conquistado (al-Andalus) una transposición latina de Insula Atlantis (Guichard, 29). Reducidos a lo esencial (y empobrecidos seguramente por una presentación necesariamente vertiginosa), los argumentos que resultan de estos razonamientos son los siguientes: los «españoles», vago gentilicio que reúne con pasmoso anacronismo el presente con el pasado visigodo, habrían transmitido a Occidente la ciencia y la filosofía orientales en cuya elaboración también habrían participado. En ese resumen no faltan los juicios sobre el valor de esa ciencia 12 Quaderns. Revista de traducció 1, 1998 Marietta Gargatagli 1. Guichard resume la obra de Ignacio Olagüe Les Arabes n’ont pas jamais envahi l’Espagne (1969) publicada después en Barcelona en 1974. No se menciona editorial. EUTI 1 009-026 16/4/98 10:55 Página 12
y filosofía árabes: se la considera de segundo grado, inferior, una mera corrupción a veces, de la auténtica recuperación del pensamiento griego que produjo el Humanismo. La presencia de lo «español» en los siglos XI, XII o incluso XIII o la omisión de que el árabe fue una lengua europea hasta el siglo XV revela múltiples equívocos: la confusión de los estados nacionales modernos con los de la Europa medieval, la supervivencia de prejuicios antisemitas que soslayan el papel que tuvieron musulmanes y judíos en la construcción de Occidente, la vaguedad intrínseca del propio concepto de Occidente, la negación del papel que le cupo a las sociedades «occidentales» en la destrucción y el exterminio de las poblaciones musulmanas y judías, la negación de que la traducción y el estudio de las lenguas semitas se utilizaron para la evangelización o conversión forzosa que llegó después (como ocurrió en América algunos siglos más tarde) de la derrota militar, el genocidio o el pillaje. No es posible explicar con rapidez la complejidad de este largo periodo histórico ni documentar con un exhaustivo estudio de las fuentes las verdaderas características de las traducciones medievales del árabe: muchos originales se perdieron, las versiones están dispersas en bibliotecas de varios países, poco se sabe de los intérpretes, sus métodos y las lenguas que utilizaban. Sólo un equipo interdisciplinario e internacional de arabistas, hebraístas, latinistas, paleólogos y expertos en traducción podría revelar la peregrinación de textos escritos en Atenas, Alejandría o Samarcanda, que, después de atravesar un túnel de lenguas, están depositados en una biblioteca de París o Londres. Quizás debamos reconocer con la mayor modestia que un trabajo de esta magnitud es imposible de hacer, como lo demuestra la pragmática verificación de que no se ha hecho. Nos queda, sin embargo, otro camino: ordenar las informaciones que se poseen y elaborar hipótesis sobre esos fragmentos. Aunque las traducciones medievales distan mucho, por la complejidad de sus procedimientos, de las que conoce el mundo contemporáneo, no es imposible aplicar en ellas un modelo moderno: para traducir se necesita un texto e intérpretes que conozcan las lenguas y las materias de los textos. Esta descripción bastante elemental elimina del análisis: mecenas o patrocinadores; juicios sobre el valor científico, filosófico o literario de las obras traducidas; discursos sobre la originalidad del original o sobre el efectivo, posible o dudoso conocimiento de lenguas de los intérpretes. Dado que estas versiones efectivamente se realizaron, lo que importa saber es qué se tradujo y quién lo hizo. II Las tierras de al-Andalus o de la Marca Hispánica tenían el atractivo desolador de lo que se desea y no se posee: esas traducciones antiguas hechas en Gondashepur, en Damasco o en Bagdad, en las que el sánscrito había pasado al persa, el griego al siríaco, y todas estas lenguas al árabe y en algún caso también al latín, como las precoces versiones que albergaron los monasterios de Gerona, Ripoll o Vic. La vastedad de la cultura musulmana, homogeneizada por La corteza de la letra Quaderns. Revista de traducció 1, 1998 13 EUTI 1 009-026 16/4/98 10:55 Página 13
una lengua común, abarcaba toda la sabiduría antigua y también, en ese momento, el saber contemporáneo. La expansión del islam había llevado los ejércitos árabes hasta los centros de las grandes culturas de la antigüedad: el Oriente índico y el Occidente helénico. Los musulmanes tradujeron las producciones de los pueblos sometidos, las divulgaron, las ampliaron. Y no sólo ellos: sirios, persas, afganos, indios islamizados, cristianos y judíos comenzaron a utilizar el árabe como lengua preferente, que en poco menos de un siglo pasó a convertirse (como antes el griego) en la lengua ecuménica de la alta cultura del Mediterráneo. La peregrinación como deber religioso y una pasión por el saber, sobre todo en el periodo clásico de los abasís en Bagdad y los omeyas en Córdoba, produjeron fluidos intercambios y un movimiento constante de discípulos y maestros, como testimonia la literatura de viajes (rihla), género profusamente practicado en el mundo islámico. Los peregrinos, los viajeros, los comerciantes, los embajadores que se desplazaban por la ancha franja del sur de Europa, el norte de África o los confines de la India traían novedades, relatos orales, manuscritos y libros, como los que se acumularon en las bibliotecas de Abderramán III o Ibn Futays (Ribera: 1928, 194). En ellas, iluminadores y copistas (y algunas mujeres como Lubna y Fátima, secretarias de Al-Hakam II) reproducían, escribían o traducían nuevos volúmenes. Tras la destrucción del califato de Córdoba (1030), los reinos de Taifas reprodujeron el esplendor de esa tradición cultural. Refiere Millás Vallicrosa que en Sevilla era muy famosa la biblioteca real y muy visitado el mercado de libros. En Toledo, la familia reinante de los Banu Du-l-Nun saqueaba las bibliotecas particulares para aumentar los fondos bibliográficos reales, y uno de sus miembros Al-Mamun —el amigo de Alfonso VI— fundó allí un brillante centro de estudios astronómicos donde se redactaron las después famosas Tablas Toledanas de Azarquiel, usadas durante toda la edad media. En Zaragoza, al-Muqtadir (1046-1081), uno de los miembros de la familia reinante, fue un consumado astrónomo, geómetra y filósofo; y en Badajoz, Muhammad al-Muzzafar (1067) redactó una enciclopedia de cincuenta volúmenes que comprendía todos las ramas del saber. Lo que se había conservado del mundo antiguo y los conocimientos más avanzados de ese momento de álgebra, trigonometría, astronomía, física, química, farmacopea, medicina, botánica, zoología, agricultura y filosofía estaban en tierras musulmanas. Y no eran de menor calidad las producciones literarias o los estudios lingüísticos. Gramáticos, poetas y narradores habían explorado con rigor y elegancia la lengua árabe en la que habían renacido la elegancia y profundidad que caracteriza a las formas clásicas y en la que, como rasgo más notable, se expresaba una subjetividad que tardaría muchos siglos en tener representación en las literaturas europeas. Las lenguas vulgares no habían conocido todavía este esplendor ni se recordaba tampoco la grandeza del griego, completamente olvidado hasta el siglo XIV, ni del latín clásico, sólo conocido por una minoría de clérigos que muchas veces no estaba en condiciones de entender a autores paganos. Más aún, en la Europa occidental casi no hubo civilización alguna durante la edad oscura. 14 Quaderns. Revista de traducció 1, 1998 Marietta Gargatagli EUTI 1 009-026 16/4/98 10:55 Página 14
Aquí y allá había grandes hombres, instituciones elevadas, obras hermosas y sabias, pero la masa del pueblo estaba desarmada lo mismo contra la naturaleza que contra sus opresores: los bárbaros que irrumpían, los criminales errabundos y los nobles dominantes. El mismo aspecto físico de Europa era terrible: un continente de ruinas y selvas, alguna ruda fortificación aquí y allá, aldeas miserables y caseríos diseminados, unidos por unos caminos espantosos, entre los cuales se extendían enormes zonas boscosas donde la tierra y sus habitantes eran tan salvajes como en el corazón del África (Highet: 1986, I, 27). Este panorama, que se mantuvo incólume hasta el siglo XII y permaneció muy tangible en grandes zonas muy avanzado el Renacimiento, contradice rotundamente la creencia de que Europa fuera la heredera natural de la cultura grecolatina. El azar o la clarividencia llevó a san Pablo (como razonó Spengler) a Corinto, Atenas y después a Roma, y esto convirtió en cierto modo a la Iglesia católica en la descendiente espiritual del Imperio romano (Highet, I, 26), cuya lengua —aunque simplificada o deformada— conservó para el culto. Y fue también la voluntad de recuperar y dejarse influir por el pasado clásico lo que determinó que la cultura grecolatina se convirtiera en la tradición europea por excelencia. No por ocupar un mismo espacio físico (los centros culturales del mundo antiguo también estaban en Asia Menor y el norte de África), sino por la decisión de conocer y sobre todo traducir ese pasado olvidado y legendario. Las literaturas nacionales europeas empiezan a dar sus primeros balbuceos en el año 1000 en el norte del Europa, pero en los siglos XII y XIII en el resto de los países del Mediterráneo fueron contemporáneas silenciosas de las comunidades que se expresaban en árabe. III No es cuestión de ofrecer testimonios del influjo literario, científico o filosófico de la cultura musulmana en Occidente. Tampoco de dirimir la superioridad o inferioridad de unas culturas y otras. Salvo en el tiempo, todas son iguales porque se imitan, se plagian, se traducen, y no hay lengua en la que a la postre no pueda expresarse la belleza, la necesidad de lo divino o el orgullo de ser humanos. No somos augures para predecir cuáles serán las ciudades, las lenguas o las culturas más ricas del futuro, pero en lo que cabe al pasado no hay duda de que al milagro griego sucedió el milagro árabe y que después vino el Renacimiento. Y una realidad siguió a la otra no por determinismo ni predestinación, sino porque no hay grandes procesos culturales sin apropiación, transformación y traducción de lo antiguo. El axioma de Ezra Pound de que una gran literatura está precedida de un glorioso periodo de traducciones, puede extenderse a cualquier campo del saber. Y no es necesario encontrar los textos que han servido de intermediarios, basta con verificar que una idea o una fábula se dice en distintas lenguas para postular que hubo transhumancia. La escritura, convertida por los estudios filológicos en el único vehículo de las transmisiones culturales, goza de un privilegio desmedido y sin duda falso. La corteza de la letra Quaderns. Revista de traducció 1, 1998 15 EUTI 1 009-026 16/4/98 10:55 Página 15
La peregrinación de argumentos, historias, procedimientos poéticos, conceptos filosóficos o científicos de lengua en lengua debería ser prueba suficiente, no de que existe el azar, sino de que las transmisiones orales son un medio suficiente y hasta más eficaz para los intercambios que tienen lugar entre las culturas. Los traslados de viva voz no implican literalidad ninguna, postulan que lo que se traduce puede transformarse, que lo ajeno engrandecido o disfrazado puede circular como propio. Los relatos, las lecturas o las traducciones orales documentadas hasta en tiempos contemporáneos no son materia reservada a los folkloristas. Todo se puede contar y no se necesita más que una versión para que una idea, un poema o un concepto se multipliquen en numerosos oídos y pasen a formar parte de otra cultura. Si hasta el siglo XI sólo el 1% de la población europea era alfabeta, no es imposible conjeturar que gran parte de las novedades poéticas, filosóficas o científicas discurrían por vías orales. Corrobora esta hipótesis el hecho de que los hombres de la edad media eran grandes viajeros: lo eran los musulmanes, también los de la Europa occidental. Se viajaba para conocer, enseñar y aprender, y no era raro que los discípulos buscaran maestros de otras religiones (Renan: 1992, 146) porque, al menos hasta el siglo XII, se gozó de una libertad intelectual que después se suprimiría: no existía la Inquisición, no había supervisión papal de los estudios, la teología, y las elaboraciones más sutiles del dogma eran todavía fluctuantes (Curtius: 1981, 816). Los clérigos vagabundos ya censurados por el Concilio de Nicea (356); los peregrinos de Canterbury; los de Santiago de Compostela; los juglares; los goliardos de los siglos XII y XIII son testimonios parciales de desplazamientos que incluso hoy resultarían extraordinarios. Y no es una mera conjetura que esa circulación de personas incluía lo que ahora es España. Prueban la presencia de la poesía goliardesca en estas tierras: la Garcineida del canónigo García de Toledo, una sátira sobre la degradación del alto clero (y que incluye a Bernardo de Sédirac, el mentor de Bernardo de Sauvetat, al que se atribuye la fundación de la escuela de traductores de Toledo) o los poemas amorosos del monasterio de Ripoll, Anonim enamorat. IV La descripción más feliz de la gran escena de la traducción medieval podría ser eso que los especialistas llaman «la novela que ocurre en el camino»: una aventura por los caminos de Europa. Recordemos itinerarios posibles. El monje Gerberto de Aurillac, después papa con el nombre de Silvestre II, llegó a la Marca Hispánica en el siglo X, entre 967 y 970, para estudiar matemáticas y astronomía. Mosé Sefardí, convertido a los cuarenta y cuatro años en Pedro Alfonso, promediando el siglo XI, salió quizá de Huesca y después de recorrer la Europa central apareció en Inglaterra, donde Enrique I lo convirtió en su médico. Tradujo al latín la nueva ciencia astronómica y matemática de los árabes y viejos cuentos orientales (Disciplina clericalis). Abraham ibn Ezra entre 1140 y 1167 viajó por Roma, Salerno, Luca, Pisa, Mantua, Verona, Beziers, Narbona, Burdeos, Angers, Londres y Winchester. A lo largo de este incesan16 Quaderns. Revista de traducció 1, 1998 Marietta Gargatagli EUTI 1 009-026 16/4/98 10:55 Página 16
te peregrinar redactó tratados astronómicos, matemáticos, filosóficos, exegéticos, gramáticas y prodigó por doquier recensiones de sus obras. Escribía en hebreo para los suyos y en bajo latín medieval para los cristianos. Otros viajeros incansables del siglo XII fueron Benjamín de Tudela, que llegó hasta Alejandría pasando por el Languedoc, Provenza, Italia y Constantinopla, o el excelso poeta Jehudá ha-Leví, que vivió y escribió en Granada, Córdoba, Toledo y cuyo rastro se perdió después de un viaje mítico en Palestina. Repitiendo esos pasos, nuevos eruditos peregrinaron hacia el sur. Entraban por el litoral de Cataluña y se dirigían a Barcelona, o por Roncesvalles, seguían el camino de Santiago hacia el valle del Ebro, rodeando la frontera de alAndalus que, después de 1085, llegaba ya a Toledo. Así vinieron: Plato Tiburtinus [¿Roma?, primera mitad del siglo XII], Alfredo de Sareshel [Inglaterra, finales del siglo XII], Rodolfo de Brujas [primera mitad del siglo XII], Roberto de Chester [Inglaterra, primera mitad del siglo XIII], Gerardus Cremonensis [Lombardía, 1114-1175 (?)], Michael Scotus [Escocia, primer tercio del siglo XIII], Hermannus Teutonicus o Germanicus [segunda mitad del siglo XIII], Rodolfo de Brujas, Juan de Cremona, Juan de Mesina, Buenaventura de Sena, Aegidus de Thebaldis y Pedro Reggio de Parma. Algunos se quedaron muchos años, como Gerardo de Cremona, otros en cambio sólo estuvieron de paso, recogiendo y cotejando manuscritos, como Michael Scotus que también estuvo en Italia, primero en Pisa y después en la corte siciliana de Federico II. O Adelardo de Bath, del que no se sabe con seguridad que atravesara los Pirineos, pero que recorrió Siria, Italia y Francia. Estos hombres, de biografías confusas o contradictorias, representan la cara transhumante de lo que después se llamó el Renacimiento del siglo XII. Pero ¿quiénes eran sus interlocutores? Pensemos en los corresponsales del papa Silvestre II, que vino a la Marca Hispánica como Gerberto de Aurillac: ese Lupito Barchinonensi, que Millás Vallicrosa identifica como Lobetus (Llobet), arcediano de la catedral de Barcelona; o el obispo Mirón, también llamado Bonfill, de Gerona. Pensemos también en los otros nombres que figuran en la historia de estas traducciones medievales: el obispo Miguel de Tarazona, el arzobispo Raimundo de Sauvetat de Toledo, el arzobispo Juan de Toledo, el rey de Castilla Alfonso el Sabio o los de Aragón: Jaime I el Conquistador, Jaime II el Justo y Pedro IV el Ceremonioso. No cabe duda de que estos dignatarios de la Iglesia o monarcas cristianos tuvieron el papel de mecenas o protectores de aquellos intercambios culturales, pero no fueron, como es obvio, los artífices ni los interlocutores de los sabios que venían allende los Pirineos. Tampoco parecen haber tenido esta función los monjes u otros miembros de la Iglesia, ya que los que se conocen son escasos y casi nada se sabe de ellos: Hugo Sanctallensis que trabajó en Tarazona, Domingo Gundisalvo que lo hizo en Toledo, y Garci Pérez, Juan de Aspa y Guillermo Arremón de Aspa que formaron parte del scriptorium de Alfonso X. Si los religiosos o legos de los reinos cristianos no sabían árabe, y en el caso de que lo supieran, no conocían lo suficiente las materias de los textos, requisito indispensable para traducir, ¿a quién se dirigían los curiosos extranjeros que tampoco sabían árabe? ¿Quiénes La corteza de la letra Quaderns. Revista de traducció 1, 1998 17 EUTI 1 009-026 16/4/98 10:55 Página 17
sabían la lengua, porque era su lengua, y habían ya traducido la ciencia y la filosofía árabes a su propia cultura? Si somos conscientes de que la traducción, como actividad intelectual, requiere un saber lingüístico y cultural y, además, experiencia en el arte de traducir, no cabe otra respuesta: los judíos hispánicos. V La lista de traductores que podemos confeccionar es azarosa porque algunos documentos sólo dan cuenta de la presencia de un «judío», sin mencionar nada más. A veces, los intérpretes tienen nombres pero faltan otras referencias; así, por ejemplo, algunos de los científicos judíos que trabajaron para Alfonso el Sabio: don Abraham, don Mossé, Samuel Haleví. En otros casos, en cambio, se sabe algo de sus biografías y obras. Citaremos a los más importantes: Abraham bar Hiyá, llamado también Habargeloní, o sea el «barcelonés», cuya actividad está documentada en los años 1134 y 1145, en tiempos del conde Ramón Berenguer IV. Fue el primero que se ocupó de ciencia en un estado cristiano y dejó obras de geometría, álgebra y astronomía que influyeron en autores del Renacimiento como Pico della Mirandola y Reuchlin. Iniciando la tradición de traducciones al latín, redactó en esa lengua, con la colaboración de Plato Tiburtinus, de quien no se sabe nada, al menos once obras científicas (Romano: 1992, 155; Bar Hiyá: 1931). Abraham ibn Ezrá, nacido en Tudela en 1092 y muerto de Calahorra en 1167, fue el más influyente de los científicos judíos en la alta edad media, como creador y transmisor de diversos saberes a los intelectuales judíos y cristianos. Gramático, exégeta bíblico y científico, impartió enseñanzas orales en numerosas ciudades europeas (mencionadas arriba) probablemente en latín, ya que parte de sus obras están redactadas en esa lengua. Su obra principal en el terreno científico son las tablas astronómicas llamadas anónimamente Tabulae pisanae escritas en 1145 para el meridiano de Pisa, y ocho opúsculos astrológicos datados en 1146 y 1148 de los que se conservan traducciones al francés (1273) y al catalán. Demuestra la importancia así como la difusión de sus trabajos que el texto francés fuera retraducido tres veces al latín y una de esas latinizaciones vertida al inglés (Romano: 155). Más oscura resulta la personalidad de Juan o Iohannes hispanus, hispalensis, toletanus, de Luna, también llamado Avendaut israelita.. Estos nombres parecen encubrir al historiador y filósofo judío Abraham ben Daud, pero puede tratarse de comunes denominaciones de dos o más personajes2, traductores de diversas obras filosóficas y astrológicas, fechadas en el siglo XII. Algunas de sus traducciones (las de filosofía) mencionan la ayuda de Domingo Gundisalvo y están dedicadas al arzobispo Juan de Toledo. Sin embargo, si este traductor es realmente Abraham ben David ha-Levi ibn Daud (1110-1180) habría que 18 Quaderns. Revista de traducció 1, 1998 Marietta Gargatagli 2. Manuel Alonso Alonso menciona la existencia, entre los siglos XII y XIII, de hasta nueve Iohanes Hispanus, localizados en muy diversos reinos cristianos, en Portugal, Francia, Italia e Inglaterra (Alonso: 1943, 168). EUTI 1 009-026 16/4/98 10:55 Página 18
estos territorios se convirtieron o se disfrazaron, pero la clase más ilustrada de los demoníacamente llamados cristianos nuevos no tuvo ningún otro lugar que los espacios de la cultura: la escritura, la enseñanza, la traducción. No corresponde a quienes reflexionan sobre la traducción hacer revisionismo histórico, pero sí cabe a quienes se ocupan de estas materias señalar el lugar privilegiado que tuvieron esos otros españoles en la historia de la transmisión de los saberes y las ideas. Ellos, nuestros judíos, como los llamaba Alfonso el Sabio, tuvieron la delicadeza de dejarnos lo que Fray Luis de León denominó «la corteza de la letra», el esplendor de las palabras. Bibliografía ALONSO ALONSO, Manuel (1943). «Notas sobre los traductores toledanos Domingo Gundisalvo y Juan Hispano». Al-Andalus. Vol. VIII. Madrid-Granada. ABRAAM BAR HIIA (1929). Libre Revelador. Meguil·lat Hamegal·lé. Según la edición del texto revisado y prologado por el D. Juli Guttmann. Versión del hebreo por J. Millàs i Vallicrosa. Barcelona: Biblioteca hebraica-catalana. Vol. I. Alpha. — Llibre de geometria.(1931). Hibbur hameixihà uehatixbòret. Según la edición del texto revisado y prologado por el D. Miquel Guttmann. Versión del hebreo por J. Millàs i Vallicrosa. Barcelona: Biblioteca hebraica-catalana. Vol. III. Alpha. CASTRO, Américo (1987). La realidad histórica de España. México: Porrúa. — (1970). Aspectos del vivir hispánico. Madrid: Alianza. CURTIUS, Ernest Robert (1981). Literatura europea y Edad Media Latina. México: FCE. 2 vols. DOMÍNGUEZ ORTÍZ,Antonio (1988). Los judeoconversos en España y América. Madrid: Itsmo. — (1991): Los judeoconversos en la España moderna. Madrid: Mapfre. GALMÉS DE FUENTES, Álvaro (1955-1956). «Influencias sintácticas y estilísticas del árabe en la prosa medieval castellana». Madrid. Boletín de la RAE. GARCÍA YEBRA, Valentín (1994). Traducción: historia y teoría. Madrid: Gredos. GUICHARD, Pierre (1976). Al-Andalus. Estructura antropológica de una sociedad islámica en Occidente. Barcelona: Barral. HIGHET, Gilbert. La tradición clásica. México: FCE. 2 vols. JOSEPH BEN SADDIQ —Abraham bar Selomoh (1992). Dos crónicas hispanohebreas del siglo XV.Traducción y notas de Yolanda Moreno Koch; introducción de Ron Barkai. Barcelona: Riopiedras Ediciones. LAPESA, Rafael (1988). Historia de la lengua española. Madrid: Gredos. MAIMÓNIDES (1988). Cinco epístolas de Maimónides. Traducción y notas de María José Cano y Dolores Ferré. Barcelona: Riopiedras Ediciones. MARICHAL, Juan (1984). Teoría e historia del ensayismo hispano. Madrid: Alianza Universidad. MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino (1956). Historia de los heterodoxos españoles. Madrid: BAC. 2 vols. — (1891): Historia de las ideas estéticas en España. Madrid: Imprenta Pérez Dubrull. 9 vols. MENÉNDEZ PIDAL, Gonzalo (1951). «Cómo trabajaron las escuelas alfonsíes». NRFH, año V, núm. 4. México-Cambridge. — (1973). Literatura hebraicoespañola. Buenos Aires: Labor. La corteza de la letra Quaderns. Revista de traducció 1, 1998 25 EUTI 1 009-026 16/4/98 10:55 Página 25
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