Cultura cortesana e imperio : el Libro del blasón, de Gonzalo Fernández de Oviedo
Abstract
Se analiza el proyecto de un temprano tratado sobre empresas escrito por el cronista real de Indias Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557), tal como es esbozado en su incompleto Libro del blasón. El interés de Fernández de Oviedo por las empresas es puesto en relación con la cultura hispano-italiana en que se formó y con los modos de autorrepresentación caballeresca y cortesana en la época del imperio de Carlos V.
Full text
Cultura cortesana e imperio: el Libro del blasón, de Gonzalo Fernández de Oviedo Jesús Carrillo Castillo Universidad Autónoma de Madrid Ciudad Universitária de Cantoblanco 28049 Madrid Resumen Se analiza el proyecto de un temprano tratado sobre empresas escrito por el cronista real de Indias Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557), tal como es esbozado en su incompleto Libro del blasón. El interés de Fernández de Oviedo por las empresas es puesto en relación con la cultura hispano-italiana en que se formó y con los modos de autorrepresentación caballeresca y cortesana en la época del imperio de Carlos V. Palabras clave: Renacimiento, empresas, España, Italia. Abstract Court culture an Empire: the Libro del blasón by Gonzalo Fernández de Oviedo The object of analysis is the project of an early treatise on Imprese by the Royal Chronicler of the Indies Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557) as sketched in his unfinished Libro del blasón. Fernández de Oviedo’s interest in the Imprese is explained as being the result of his contacts with both the Hispanic-Italian culture in which he was brought up, and the self-fashioning modes of knights and courtiers in the Imperial period of Charles V. Key words: Renaissance, impresse, Spain, Italy. LOCVS AMŒNVS 4, 1998-1999 137-154
138 LOCVS AMŒNVS 4, 1998-1999 Jesús Carrillo Castillo En 1528 Gonzalo Fernández de Oviedo, a la sazón veedor de la fundición de metales en Tierra Firme, ejercía sus funciones en la recién sometida provincia de Nicaragua. Contaba Fernández de Oviedo cincuenta años de edad y catorce de experiencia indiana y, posiblemente, estaba considerando el instalarse definitivamente en León de Nicaragua, lejos de las intrigas del ambicioso gobernador general Pedrarias Dávila, que tiempo atrás casi le costaron la vida1. Tras sendas estancias en la metrópolis en 1515 y 1523, Fernández de Oviedo veía claro que su futuro no estaba en la nueva y competitiva corte imperial donde, a su edad, no podía aspirar a ser más que un viejo cortesano de segunda fila. Conforme pasaba el tiempo, Oviedo se daba cuenta de que América era el destino final de su vida viajera. Durante su siguiente estancia en España, en 1532, incluso llegó a comentar, en una interesante inversión de la noción de normalidad climática, su impaciencia por huir de los fríos inviernos castellanos y volver a su residencia caribeña2. Pero aunque su vida y hacienda estuvieran ya por entonces en tierras americanas, el Viejo Mundo aún podía ofrecer a Oviedo prestigio y fama mediante el ejercicio de una actividad, la de escritor y cronista al servicio de la monarquía, que le había ocupado de un modo esporádico al menos desde 1505 en que comenzara una genealogía de los reyes españoles para Fernando el Católico3. Sólo dos años antes de la fecha en que nos situamos, en 1526, Oviedo dejó publicado en Toledo un novedoso tratado sobre la naturaleza indiana, el Sumario de la Natural Historia de las Indias (Reme Petras, 1526), cuyo fin inmediato era apoyar su candidatura como sucesor de Pietro Martire d’Anghiera en el cargo de cronista real de Indias4. Pocos años después, en 1532, insistiría en su petición entregando a la emperatriz una copia manuscrita del primer volumen del proyecto genealógico que iniciara casi treinta años antes: el llamado Cathálogo Real de Castilla. Entre ambas entregas Fernández de Oviedo decidía emprender un nuevo proyecto editorial. No se trataba, sin embargo, de la descripción general de la naturaleza americana que había prometido al emperador en la introducción del Sumario, sino una obra de muy distinto carácter: un magno tratado de heráldica en nueve libros del que sólo conservamos con seguridad los dos primeros volúmenes: […] al presente de 1528 […] escrivo el presente libro primo e nueva parte de todo el tractado que es en la cibdad de Nicaragua en la costa del sur o mar austral a tres grados de la linea equinoccial donde Pedrarias de Avila es Governador e capitán general de su majestad en la conquista destas gentes bárbaras e salvajes5. Del primer volumen, que será el objeto central de nuestro análisis, tenemos una copia del siglo XVII en la colección «Salazar y Castro» de la Biblioteca de la Academia de la Historia bajo el título Libro primero que trata del blasón de todas las armas y diferencias dellas e de los escudos e diferencias que en ellas ay…6. Del segundo libro se conservan cuarenta folios de lo que aparentemente es un original autógrafo de Fernández de Oviedo en la Biblioteca Universitaria de Salamanca, bajo el título de Libro segundo que tracta de las armas Appcas y del Scto Padre y de las órdenes militares de Cavalleros i de las órdenes…7. Su contenido responde fielmente al título, siendo reseñables sus ilustraciones, aparentemente de propia mano del autor, sus digresiones autobiográficas y las notas sobre acontecimientos contemporáneos. Además de estos dos volúmenes, la biblioteca de la Academia de la Historia de Madrid contiene en el tono C-24 de la colección «Salazar y Castro» un manuscrito del siglo XVIII que atestigua ser copia de un Libro de Linajes y Armas que escribió el Capitán Gozalo Fernández de Oviedo y Baldes Chronista del Emperador Carlos V y de las Yndias, que bien podría ser otro vo1. Juan PÉREZ DE TUDELA, «Vida y escritos de Gonzalo Fernández de Oviedo», en Historia General y Natural de las Indias, Biblioteca de Autores Españoles, tomo CXVIII, Madrid, 1959, CVII. 2. Gonzalo FERNÁNDEZ DE OVIEDO, Cathálogo Real de Castilla, Biblioteca del Real Monasterio de El Escorial, ms. H-j7, fol. 1. 3. Ibídem. 4. Fernández de Oviedo (14781557) recibió el nombramiento de Cronista Mayor de Indias en 1532, por el que se le encargaba la recopilacion de datos relativos tanto a la historia de los descubrimientos y conquistas de los españoles en América, como de las costumbres de los indios y de las cosas naturales relevantes. Ver al respecto el primer capítulo de mi tesis The Representation of the Natural World in the Early Chroniclers of America: The «Historia General y Natural de las Indias» by Gonzalo Fernández de Oviedo, Universidad de Cambridge, 1996. 5. Libro primero que trata del blasón de todas las armas… Biblioteca de la Academia de la Historia, ms. 9/4023, fol. 9r. 6. El término francés blason fue utilizado en los siglos XII y XIII para denominar el escudo y/o las figuras contenidas en él. En el siglo xv, el verbo blason se utiliza en el sentido de inscribir en términos heráldicos. Blason también se usaba para indicar la explicación o interpretación de un escudo de armas. Ver, a este respecto, Kristen LIPPINCOT, «The Genesis and Significance of the XVth century Italian imprese», en Chivalry in the Renaissance, ed. por Sydney Angle, Woodbridge, 1990, p. 49-76, p. 53. Martín de Riquer apunta que el verbo blasonar significaba en castellano «describir un escudo con la terminología de la heráldica». Éste parece el sentido preciso en que Oviedo utiliza el término al titular su Libro del blasón. Ver Martín DE RIQUER, Heráldica castellana en tiempos de los Reyes Católicos, Barcelona, 1986, p. 220.
139LOCVS AMŒNVS 4, 1998-1999Cultura cortesana e imperio: el Libro del blasón, de Gonzalo Fernández de Oviedo lumen de este tratado. El manuscrito consiste en una relación de apellidos españoles con la somera descripción de sus armas. Es inevitable constatar el enorme contraste entre el contenido tan pronunciadamente europeo del que llamaremos desde ahora Libro del blasón y el escenario en que Oviedo emprendía la composición de la obra: un territorio selvático apenas inscrito en los mapas y sujeto a un violento proceso de conquista militar. La distancia entre texto y experiencia muestra de un modo claro la impermeabilidad del discurso europeo a la materialidad del Nuevo Mundo, incluso en el caso de un participante directo en la empresa colonizadora. En estas circunstancias se diría que la escritura respondía a la urgente necesidad del autor de exorcizar el peligro de alienación derivado de vivir entre «gentes bárbaras y salvajes», anclándole virtualmente en el centro de su propia tradición8. Esta paradoja es un temprano ejemplo de la economía discursiva que se ha venido a denominar «colonial». La compleja cuestión de lo colonial no es, sin embargo, el tema de este estudio, ya que vamos a permanecer en el lado europeo del espejo con el fin de analizar, a través de estos textos, algunos aspectos de la sofisticada cultura de la corte española de inicios del quinientos y los modos de autorrepresentación que Oviedo propone para los caballeros que habían de liderar el nuevo imperio hispánico. Civilité y Civilitas Como Oviedo se encargara de recordar a sus lectores en distintas ocasiones, la corte imprimía en aquellos que la habitaban una distinguible civilité, tal como define este término Norbert Elias: un código de conducta dictado por el contacto social en la corte que determinaría tanto las apariencias externas como el modo de autorrepresentación de los individuos9. Frente a aquéllos que, como fray Antonio de Guevara, veían en la corte la antítesis de la utopía aldeana estática y contemplativa a que debía tender idealmente el imperio10, Oviedo encontraba en el mundo cortesano de su tiempo el ejemplo de sociedad activa donde los buenos podían ejercer y mejorar sus virtudes y condición mediante la conversación con los mejores y el servicio al rey: Algunos son de la opinión que en palacio ay mal aparejo para esto, yo soy de contrario parescer e especial los que en la Corte Real entran temprano porque allí no pueden dejar de conoscer las ventajas que ay de las virtudes e los vicios y el valor y estimación y diferencia que ay de lo uno a lo otro. Allí los generosos son industriados y detenidos de tal manera que demás de su buen natural se mejoran y aumentan es todo lo que en nobleza y militar disciplina compete y tiene conversación con los mejores del reyno a los quales imitandose hagan semejantes en sus obras11. Y de nuevo: […] todos los primores y buena crianza en la corte están y ella sóla es la escuela y principal cátedra de tal arte [cortesía] y entre los mismos señores y cavalleros mucho es cosa de ver y de notar su conversación y afabilidad y la manera y respeto que tienen los unos a los otros y ver quanto estudia cada qual por ser más humano y cortés que el otro para ser más bien quisto con su rey y con todos12. El mejor castellano no sería, para nuestro autor, el de Salamanca y su universidad, sino el más «conversable» que utilizaban los cortesanos para comunicarse entre sí y con su señor. Del mismo modo, la ciudad de Valencia merecía ser distinguida entre todas las de España como «arrabal», o lugar más próximo al modelo cortesano, por el cultivo de los modos caballerescos y de la conversación humana y afable entre sus habitantes13. Es más, cuando Oviedo quiso ensalzar a los conquistadores del imperio azteca les aplicó el apelativo de «cortesanos», jugando con el doble significado del apelativo aplicado a los seguidores de Hernán Cortés14. Este particular aprecio por la vida de corte tiene una clara raíz biográfica. Perteneciente a una influyente familia de escribanos y secretarios que estaba estrechamente vinculada a la monarquía Trastámara, Oviedo había entrado con sólo trece años a servir al hermano bastardo del rey Fernando, el duque de Villahermosa, siendo nombrado en 1493 mozo de cámara del joven príncipe don Juan, heredero de los Reyes Católicos, en cuya casa permaneció hasta la prematura muerte de éste en 149715. La pérdida de tan importante patrón llevaría al joven Oviedo a buscar fortuna en Italia, donde sirvió sucesivamente en Génova, en la corte milanesa de Ludovico Sforza, en Mantua junto a Isabella d’Este, por toda Italia central en la corte itinerante y guerrera del cardenal Giovanni Borgia y su primo Cesare y, por fin, en la cámara del rey Federico de Nápoles hasta que éste fuera destronado en 1501 y Oviedo acompañara al exilio a las dos reinas Juanas con quienes llegó de vuelta a Valencia en 150316. Desde ese año hasta su partida a las Indias en 1513 —e incluso después— Oviedo permanecería en la corte real ejerciendo distintos oficios relacionados tanto con el oficio de escribano que le correspondía por tradición familiar, como con el servicio del joven duque de Calabria, heredero de la corona de Nápoles en el exilio, al que por orden de su tío el 7. Libro segundo que tracta de las Armas Appcas y del Scto Padre y de las ordenes militares de Cavalleros i de las ordenes sagradas o que estan atribuydas y es costumbre propias armas e insignias, Biblioteca de la Universidad de Salamanca, ms. 359. 8. Michel de Certeau describe esta función de la escritura en el proceso colonial en la parte tercera de su ya clásico L’écriture de l’histoire, París, 1975, cuando aborda la figura del viajero calvinista Jean Léry. En su traducción inglesa: The Writing of History, Nueva York, 1988, p. 212. 9. Norbert Elias, en el apartado primero del capítulo segundo «Historia del concepto de civilité», de El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, Madrid, 1987, p. 99-129. Sobre el origen medieval de los códigos de conducta cortesanos, ver el estudio de José Antonio Maravall «La cortesía como saber en la Edad Media», incluido en sus Estudios de Historia del Pensamiento Español, Madrid, 1973, p. 275-285. 10. Ver al respecto el clásico artículo de José Antonio MARAVALL, «La visión utópica del imperio de Carlos V en la España de su época», en Carlos V (1500-1558). Homenaje de la Universidad de Granada, Granada, 1958, p. 41-77. Sobre todo p. 42-59. Sobre la plasmación literaria de este tópico en la época, ver, dentro de la amplia bibliografía al respecto, los capítulos «Le paradigme de la nature» y «Le mythe pastoral», de la obra clásica de Jacqueline FERRERAS Les Dialogues Espagnols du XVIe siècle ou l’expression litteréraire d’une nouvelle conscience, 2 vols., París, 1985, vol. I, p. 222-246. 11. Batallas y Quinquágenas, batalla II, quinquágena II, diálogo XXXIV, dedicado al Caballero de Cartagena. Biblioteca de la Universidad de Salamanca, ms. 359, fol. 190r. 12. Batallas, batalla I, quinquágena II, diálogo XXXVIII, Biblioteca del Palacio Real, ms. II-2604, fol. 38. 13. Ibídem. 14. Historia General y Natural de las Indias, libro XXXIII, cap. XX, vol. IV, p. 98. 15. Ver José DE LA PEÑA CÁMARA en «Contribuciones documentales y críticas para una biografía de Gonzalo Fernández de Oviedo», Revista de Indias, 69-70, 1957, p. 603-705, p. 631-40. 16. Oviedo dedicaría una voluminosa obra a narrar el ambiente cortesano del primer quinientos en España e Italia, las llamadas Batallas y Quinquágenas de las que trataremos más adelante. Con información sacada de las mismas, Juan Pérez de Tudela da cuenta bastante completa de estos años de la vida de Oviedo en su estudio introductorio a la Historia General y Natural de las Indias ya citado.
140 LOCVS AMŒNVS 4, 1998-1999 Jesús Carrillo Castillo Rey Católico, Oviedo quedaría asociado durante largo tiempo17. Con frecuencia, el aprecio por la corte venía expresado en Oviedo con un marcado acento nacionalista hispano, que se confundía a veces con lo castellano, e incluso con lo propio de Madrid, villa de la que Oviedo era originario. Aunque el «cortesanismo» militante de Oviedo fuera en gran medida interesado y revirtiera directamente en su propio estatus social como individuo carente de estirpe nobiliaria propia18, ello no resta interés al hecho de que Oviedo propusiera sistemáticamente la civilité cortesana como equivalente moderno de la civilitas romana: una serie de principios de comportamiento que distinguían al ciudadano romano del resto y fundamentaba tanto su superioridad cultural como la expansión del imperio. En un momento en que desde posiciones encontradas se buscaban modelos respecto a los que acomodar la propia identidad individual y grupal dentro del recién inaugurado régimen universalista de Carlos V, Oviedo propone la corte y los códigos caballerescos como escuela y espejo de conducta para la sociedad laica: militares y funcionarios que habrían de regir el imperio19. A pesar de que el «cortesanismo» de Oviedo está elaborado sobre elementos firmemente establecidos en la mentalidad monárquica castellana del siglo XV y evita los componentes utópicos de otras propuestas, no debe ser clasificado, sin embargo, como exclusivamente «medievalizante» o reaccionario. El modelo defendido por Oviedo suponía la postergación de cualquier otro valor o derecho a aquéllos adquiridos o demostrados por el individuo en el ámbito cortesano o en el servicio al rey, incluso aquéllos de nacimiento propios de una sociedad aristocrática como la hispana. Tal como Oviedo manifiesta al hablar de la figura del secretario Miguel de Almazán, no era exclusivamente el linaje sino el ejercicio de la virtud y su exteriorización en la conversación y la cortesía lo que hacía destacar a un individuo sobre el resto: «Nobilitas est atque unica virtus, dice Juvenal: la única virtud es la nobleza. Non obstante que en los pueblos mayor es el que más aparejo tiene para la combersación de los buenos para ser los hombres virtuosos y mejor ejercitados».20 En definitiva, el individuo cortesano propuesto por Oviedo como agente del nuevo marco sociopolítico imperial se desmarcaba del rígido esquema estamental preexistente. Libros para el Imperio Oviedo estaba dispuesto a enriquecer desde su actividad literaria el imaginario de esta buena sociedad cortesana que debía convertirse en el corazón del imperio. El Libro del blasón no era en modo alguno la primera obra de carácter cortesano y tono imperial que Oviedo proyectara desde América. Entre su llegada a costas americanas en 1514 y su primer viaje de vuelta a la metrópolis a fines del año siguiente, Oviedo concibió la publicación de una galería ilustrada de retratos de emperadores y personajes antiguos y modernos, similar a las que pondrían de moda más adelante Paolo Giovio y André Thevet21: […] un libro en que están al natural puestas las figuras de los emperadores romanos y muchas personas antiguas y algunas de griegos y otras personas señaladas modernas. Y debajo de cada figura hay una copla que dice lo más notable de cada uno y en frente de la otra hoja escrita en suma su vida22. La descripción de tal obra aparece en una carta de enero de 1517 que enviara el rey don Carlos al Consejo transmitiendo una petición de Fernández de Oviedo, por cuenta del obispo de Badajoz y refrendada por el joven secretario real de los Cobos. Gonzalo, que había vuelto de tierras americanas con el fin de informar contra la gestión del gobernador Pedrarias, asistió a la muerte del rey don Fernando e inmediatamente partió hacia Flandes, como muchos otros, para rendir pleitesía al nuevo rey23. En Bruselas le recibiría la princesa Margarita de Habsburgo, viuda de su patrón, el príncipe don Juan y tía del nuevo monarca, quien seguramente apoyaría la solicitud de su antiguo servidor24. Para la concepción de tan innovadora obra —que, desgraciadamente, nunca llegó a ver la luz debido a las dificultades económicas que vivió tras su costoso y accidentado viaje a los Países Bajos— Oviedo pudo beber simultáneamente de varias tradiciones literarias y figurativas. A diferencia de las contrapartidas castellanas de las obras de Plutarco y Valerio Máximo que habían elaborado Pérez de Guzmán y Hernando del Pulgar durante el siglo anterior, la obra de Oviedo era un libro de imágenes. Es posible que Oviedo tuviera conocimiento de un manuscrito similar a la ricamente ilustrada Genealogía de los Reyes de España, una traducción de la Anacephaleosis de Alfonso de Cartagena que añadía a cada una de las biografías reales un elaborado retrato de cada rey con su atributo o en una actitud que permitiera su identificación25. Ésta u otra copia de la misma obra hubo de utilizar por aquellas mismas fechas cuando —según una carta de su protector, el secretario real Lope Conchillos— Oviedo estaba dando los últimos toques a una genealogía de la monarquía castellana26. Otro precedente en el que Oviedo pudo inspirarse eran las galerías de retratos heráldicos, como el borgoñón Grand armorial equestre de l’ordre de la Toison d’Or, compuesto hacia 1438 para Felipe el Bueno, bisabuelo del nuevo rey don Carlos. En 17. Oviedo menciona el dato acerca de su nombramiento como servidor del duque en 1503 en su Relación de lo Sucedido en la Prisión del Rey Francisco de Francia, Biblioteca Nacional, ms. 8756, fol. 19r. 18. Sobre este tema, ver los estudios ya citados de José Antonio MARAVALL, «La cortesía como saber en la Edad Media», p. 275285. Sobre la implicación del estamento de los letrados en la magnificación de la corte real, ver también de MARAVALL, «La formación de la conciencia estamental de los letrados», Revista de Estudios Políticos, 70, julio-agosto de 1953, p. 53-81. 19. Sobre la generalización de este punto de vista en la España de la época, ver la obra de Raffaele PUDDU, El Soldado Gentilhombre. Autorretrato de una sociedad guerrera en la España del siglo XVI, Barcelona, 1984. 20. Batallas, batalla I, quinquágena II, diálogo XV, Biblioteca Nacional, ms. 3134, fol. 61v. 21. La obra de Paolo Giovio, Iscrittioni poste sotto le vere imagini de gli huomini famosi, fue publicado en 1552; La obra de André Thevet, cosmógrafo real de los Valois, Le vrais portraits et vies des hommes illustres, grecz, latins et payens, recuilliz des leurs tablaux, livres, medaillons antiques, fue publicada en París en 1584. 22. Archivo General de Simancas, Libros de Cámara, lib., 37, fol. 4v-5, citado por Vicente BELTRAN DE HEREDIA en su Cartulario de la Universidad de Salamanca, 1978, vol. II, nº 394, p. 399. 23. En el manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional, Papeles Tocantes a los Reyes Católicos, probablemente redactado por el cronista real Galíndez de Carvajal, se hace una crítica feroz de aquellas personas «las más dellas baxas» que acudieron a Bruselas a comprar oficios y obtener beneficios del nuevo rey y Consejo. Ms. 1763, fol. 66v-67r. 24. Oviedo recuerda en las Batallas haber visitado a la princesa Margarita en Bruselas. Batallas, diálogo sobre Bernardino Manrique, Biblioteca de la Academia de la Historia, ms. 4023, fol. 426r. 25. Alfonso DE CARTAGENA, Esta es la Genealogía de los Reyes de España. Anacephaleosis. Biblioteca del Palacio Real, ms. II-3009. 26. Enrique OTTE, «Aspiraciones y Actividades Heterogéneas de Gonzalo Fernández de Oviedo, Cronista». Revista de Indias, 71, 1958, 9-61, p. 24.
141LOCVS AMŒNVS 4, 1998-1999Cultura cortesana e imperio: el Libro del blasón, de Gonzalo Fernández de Oviedo él, reyes y aristócratas de toda Europa aparecían en sus cabalgaduras luciendo las armas de su casa y estados al modo caballeresco. Versado en la literatura nobiliaria como era Oviedo, es muy posible que conociese alguna obra de este género que, según apunta Michel Pastoureau, estaba muy en boga en la España de la época27. Sin embargo, el proyecto de Oviedo tenía un sabor clasicista ausente en los ejemplos anteriores. Cecil H. Clough ha apuntado que durante la segunda mitad del siglo XV los príncipes italianos gustaban de encargar la ilustración de series de biografías imperiales con retratos sacados de monedas y medallas antiguas. Uno de los ejemplos más notables es la Vida de los últimos emperadores, atribuida a Pisanello, que ya estaba en posesión de la familia Gonzaga en 1499, año en que Oviedo sirviera a Isabella d’Este en Mantua28. En 1517, al tiempo en que se cursó en Bruselas la petición de Oviedo, se imprimió en Roma una obra de estas características: las Illustrium Imagines de Andrea Fulvius, que contenía más de doscientos retratos de personajes clásicos inspirados en medallas y monedas de la antigüedad29. En cualquier caso, se puede percibir en la oportunidad de la propuesta de Oviedo una clara sintonía con la imagen romanista que venían promocionando desde inicios de siglo tanto la monarquía fernandina como el imperio habsbúrguico. Uno de los medios que Maximiliano había utilizado más comúnmente para propagar su imagen imperial era la illustración impresa. Gerhild Scholz-Williams ha señalado la intención de Maximiliano de encargar un Kaiserbuch —libro de emperadores— ilustrado30. Este proyecto fue comenzado en 1504 con la colaboración del humanista Conrad Peutinger y del grabador Hans Burkmair, pero nunca llegó a concluirse31. Los grabados del Arco Triunfal en 1515 y de la Procesion Imperial de 1522 formaban parte de este magno programa iconográfico que Maximiliano tampoco pudo ver acabado32. Johannes Huttichius materializaría finalmente la fusión de la moda neoclásica procedente de Italia con la propaganda imperial de los Habsburgo en su Imperatorum et Caesarum vitae cum imaginibus ad viva effigiem expressis, publicado en Estrasburgo en 1525. Huttichius extendió la serie de los emperadores romanos hasta su época, finalizándola con los retratos de Maximiliano y sus nietos Carlos y Fernando, éste último, futuro rey de Hungría y emperador de Austria tras la abdicación de su hermano33. Durante ese mismo ínterim, y antes de volver por segunda vez a América, Oviedo emprendió, esta vez con éxito, la publicación de otra obra de marcado carácter caballeresco: el Libro del muy esforçado e invencible caballero de Fortuna, más conocida como el Claribalte, que pasa por ser la primera novela escrita en América34. Esta novela de caballería en que se mezclaban las convenciones del género con alusiones al proyecto imperial del recientemente nombrado rey de Romanos fue publicada en Valencia en 151935. La habilidad de Oviedo para detectar los gustos literarios de los círculos cortesanos internacionales también se puede apreciar en la publicación de su primera obra de tema américano, el Sumario, que vio la luz en 1526 durante su siguiente viaje a la metrópolis. La aparición del Sumario sucede a la primera tanda importante de obras impresas sobre el Nuevo Mundo, que se había iniciado con las tres primeras Decadas de Pietro Martire en 1518, seguidas por la Summa de Geographia de Fernández de Enciso en 1519 y por la publicación de las cartas de Cortés entre 1522 y 1525. El entorno cortesano y aristócrata al que iban mayormente destinadas obras de tal contenido en la primera mitad del siglo XVI viene confirmada por las referencias explícitas en la introducción del tratado de Enciso «a los varones de nobles corazones y progenies»36, o por el significativo hecho de que la carta de Oviedo al cardenal Bembo sobre el crecimiento del río Marañón fuera seleccionada por Girolamo Ruscelli para ilustrar el tipo de epístola que solían enviarse entre sí los príncipes37. La distancia entre moda cortesana y propaganda imperial no era muy grande en 1526. El Sumario fue redactado y dedicado al emperador durante los fastos de la reunión general de las Cortes castellanas en Toledo que ponían punto final a la tormenta de las Comunidades, y en un momento de gran entusiasmo imperial por la vic27. Michael Pastoureau, en el estudio introductorio a la edición del Grand armorial. Chevaliers de La Toison d’Or. Portraits équestres du XVème siècle, ed. por M. Pastoureau y Christian de Mérindol, París, 1986. 28. Cecil H. Clough menciona también otro ejemplo del periodo 1470-80, la ilustrada Historia Augusta de Suetonio, probablemente relacionada también con el entorno de los Gonzaga, en «Chivalry and Magnificence in the Golden Age of the Italian Renaissance», en Chivalry in the Renaissance, Londres, 1990, p. 24-47, esp. p. 40-41. 29. E. P. GOLDSCHMIDT, The printed book of the Renaissance, Amsterdam, 1966, p. 76 30. Este Kaiserbuch, como la obra de Oviedo, nunca vio la luz del día. De G. SCHOLZ-WILLIAMS, The Literary World of Maximilian I. An annotated bibliography, St. Luis, 1982, p. 15. 31. Los grabados de Burkmair están basados en la colección de monedas romanas de Peutinger. Ver el artículo de Josef Bellot: «Konrad Peutinger und die Literarisch-Künstelerischen Unternehmungen Kaiser Maximilian», Philobiblon, 11, septiembre de 1967, p 171-190; y Peutingerstudien, de Erich KÖNIG, Friburgo, 1914, p. 43-60. 32. Gerhard BENECKE, Maximilian I (1459-1519), An Analytical Biography, Londres, 1982. Especialmente el primer capítulo: «Man and Image». 33. GOLDSCHMIDT, op. cit. p. 76. 34. Daymond TURNER, «Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés: First Spanish-American Author», en Studies in Language and Literature. The Proceedings of the 23rd Mountain Interstate Foreign Language Conference, 1977, p. 1-7. 35. Sobre el Claribalte, ver el incisivo análisis de Stephanie MERRIM en «The Castle of Discourse: Fernández de Oviedo’s Don Claribalte (1519) o «Los correos andan más que los caballeros», Modern Language Notes, 91, 1982, p. 329-346. La principal conexión de nuestro autor con la ciudad de Valencia eran sus anteriores patronos, las dos reinas viudas de Nápoles y don Fernando, duque de Calabria, dedicatario éste último de la obra. Aquel año de 1519 Don Fernando sufría prisión en el castillo de Játiva debido a una conspiración frustrada para recuperar el trono de su padre. Había, sin embargo, una razón más para elegir Valencia como lugar de publicación del Claribalte, ya que en 1519 la ciudad aún poseía el liderazgo en la producción editorial de novelas de caballería. Desde la publicación del Tirant lo Blanch (1490), primera obra de este género impresa en España, muchos títulos vieron su primera edición en la ciudad del Turia. Juan Viñao, impresor del Claribalte, había publicado dos años antes el Libro del esforçado caballero Arderique, uno de los ejemplos más acabados del libro caballeresco en la Península. Philippe BERGER («A propos des romans de chevalerie à Valence», Bulletin Hispanique, vol. 92, nº 1, 1990, p. 83-101), ha interpretado el uso dominante de una lengua no autóctona —como era el castellano en la Valencia anterior a las Germanías— en las novelas de este tipo como signo del creciente filocastellanismo de las élites de la ciudad a quien se dirigían las novelas. Sin embargo, es también muy posible que los impresores valencianos decidieran destinar su producción de obras de género caballeresco al más amplio mercado peninsular, que, a comienzos del siglo XVI, empezaba a leer mayoritariamente en castellano. 36. Suma de Geografía, Sevilla, 1519, introducción. 37. Girolamo RUSCELLI, Lettere di Principi le quali o si scrivono da principi o a principi o ragionan di principi. Libro primo, Venecia, 1563.
142 LOCVS AMŒNVS 4, 1998-1999 Jesús Carrillo Castillo toria de Pavía y los preparativos de la boda de Carlos con Isabel de Portugal en Sevilla. No es descabellado interpretar el Sumario y su descripción de la exótica naturaleza americana como un intento de sumarse a la iconografía triunfal del nuevo imperio. Oviedo había sido testigo directo de todos estos acontecimientos durante la redacción del Sumario, tal como atestigua su Relación de lo sucedido durante la prisión de Francisco I38. En este interesante relato Oviedo describe con detalle la renovada fidelidad de la aristocracia hispana e internacional al proyecto universalista de Carlos. La composición de un tratado sobre historia natural, por tanto, no distaba ni en su público ni en su ideología del magno tratado de heráldica que Oviedo propusiera dos años más tarde desde Nicaragua. El Primer libro del blasón: primer tratado de empresas en España Si el valor universal que da Oviedo a los códigos de representación caballeresca y cortesana explica la aparente paradoja de encontrar un tratado de heráldica escrito en la selva nicaragüense, su carrera editorial, siempre atenta a experimentar con géneros novedosos, proporciona el contexto de una obra que desborda las convenciones de este tipo de literatura en España. Al proponer un tratado que pusiera orden en el cada vez más generalizado uso de los signos heráldicos39, Oviedo se sumaba a las preocupaciones de su más joven contemporáneo, el historiador, arqueólogo y humanista Antonio Agustín, quien, en su Libro de armas y linajes y en su Diálogo de armas y linajes, intentaba reglar una práctica en la que, según sus palabras, «Ay cada día tantos abusos especialmente en España»40. Sin embargo, y como ocurre con otros textos de Oviedo, el Libro del blasón se desmarca por un carácter vivencial y un espíritu práctico que no encontramos ni en la obra de Agustín ni en otras de su género. Oviedo hace de su testimonio directo y de su experimentada opinión la guía principal de la obra oponiéndo su autoridad personal a la de los textos franceses y latinos con que Agustín respaldara sus argumentos41. De este modo, la clasificación de las doce formas de escudo con que Oviedo abre el Primer libro del blasón: «Doce maneras de escudos que están en constumbre entre los cavalleros xpanos, he aún entre los antiguos gentiles, según lo testifican los hedificios, he arcos triumphales, he otras antigüedades pintadas e esculpidas he escriptas»42, aparece como la narración en primera persona del recorrido de un arqueólogo, esteta y experto en protocolo por las cortes españolas e italianas. Desde su experiencia y su juicio de buen cortesano, Oviedo se permite corregir de modo sistemático la tradición libresca. El capítulo central de este Primer libro se ofrece como una guía para la casi infinita combinatoria de los elementos naturales y sobrenaturales que forman parte del complejo lenguaje simbólico de la heráldica: Para conseguir el comentado propósito conbiene especificar he dar noticia particular de los metales del oro he plata, de las cinco colores que según estilo de armas se usan en todo género dellos he para esto conbiene que se digan he declaren de qué calidad es cada cosa de aquestas e a que planeta e complesión es dedicada he sobre que género de hombres a su dominio, en las piedras preciosas quales le son atribuidas, e que elementos o signos conbienen a su proporción he influencia e que animales he plantas he aves, hen que cielo el tal planeta tiene su asiento he en que signo hace su exaltación, he qual metal ha por sí, he que día de la semana se aplica, he que angel es el que tal día de la semana tiene a su protección43. Si bien Oviedo no concede en este largo capítulo un significado unívoco a cada uno de los elementos que se combinan en un escudo, sí parte de la base de que todos los componentes de la creación: los colores, las formas, los animales, las plantas, los minerales, los astros, las constelaciones y los ángeles poseen un contenido simbólico de acuerdo con sus propiedades que los hace naturalmente compatibles o incompatibles, convenientes o inconvenientes para ser conjugados entre sí44. La prolija casuística y el gran número de recomendaciones que Oviedo ofrece en este capítulo tienen como objetivo evitar el error y la disarmonía derivada de ignorar los principios de conveniencia inherentes a las cosas. La naturalidad y el decoro eran para Oviedo especialmente importantes tanto en cuanto que las armas eran, ante todo, el signo de la legitimidad del linaje de cada noble o familia. Esta ratio, a la vez natural y práctica, es comparable a la que Oviedo intentara desentrañar en el aparente caos empírico de la naturaleza americana en su obra más famosa: la Historia general y natural de las Indias. Pero, a pesar de este principio racional común, Oviedo tenía clara la neta separación entre el registro empírico-naturalista propio de la Historia natural y el simbólico-heráldico del Libro del blasón. A propósito del «oro», Oviedo quiso dejar claro que aunque él sabría decir mucho al respecto del preciado metal tras su experiencia en Indias, existía otro lugar, que no un tratado de heráldica, para ocuparse de los aspectos no estrictamente simbólicos: «pero porque en esta materia (del oro) yo podría ablar más largo como hombre avisado en Yndias, no quiero derramarme 38. Esta obra, de la que se conserva una copia manuscrita en la Biblioteca Nacional de Madrid (ms. 8756), contiene la descripción de los acontecimientos que presenciara Oviedo en la corte entre 1525 y 1526, principalmente la reunión de cortes en Toledo, la noticia de la victoria imperial en Pavía, la prisión del rey de Francia en Madrid y las bodas imperiales en Sevilla. 39. A este respecto, ver especialmente Martín DE RIQUER, op. cit.; también Alfonso DE CEBALLOS, «Novedades y cambios en la heráldica castellana del siglo xv», en Las Armerías en Europa al comenzar la Edad Moderna y su proyección en el Nuevo Mundo, ed. Faustino Menéndez Pidal de Navascués, Madrid, 1993, p. 8189. Por el editor de éste, «La armerías medievales y modernas ¿recuerdo del pasado?», Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, tomo L, cuaderno segundo, 1995, p. 83-105. 40. Antonio AGUSTÍN, Libro de Armas y Linajes y Antigüedades curiosas, así de España y de su nobleza como de otros puntos del mundo, (1525c), Biblioteca de la Academia de la Historia, ms. Z27. La cita procede del manuscrito de Diálogos de Armas y Linajes de don Antonio Agustín, Biblioteca de la Academia de la Historia, 9/265, fol. 5v. Este fragmento no está contenido en la edición que Gregorio Mayans i Siscar publicara en 1754. 41. Ibídem. 42. Libro primero…, fol. 3r. 43. Ibídem, fol. 8r. Sobre la simbología de formas, colores y animales aplicada a la heráldica, ver especialmente la obra de Michel PASTOUREAU, Figures et coleurs. Etudes sur la symbolique et la sensibilité médiévales, París, 1986. 44. En este sentido puede aplicarse a Oviedo la noción de convenientia que Michel Foucault apuntara como clave epistemológica del siglo XVI europeo en «Las cuatro similitudes», Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas, Madrid, 1974, p. 26-34. 45. Libro primero…, fol. 8v. 46. Sobre la moda de manuales y guías y la tendencia de codificar y estandarizar cualquier actividad que siguió a la expansión de la imprenta en el siglo XVI, ver especialmente el capítulo segundo de la ya clásica obra de Elisabeth EISENSTEIN, The Printing Press as an Agent of Change, 2 vols., Cambridge, 1990.
143LOCVS AMŒNVS 4, 1998-1999Cultura cortesana e imperio: el Libro del blasón, de Gonzalo Fernández de Oviedo ni decir del oro más de lo que se viere a propósito de las armas»45. Además de este original planteamiento general, el Primer libro del blasón ofrecía otra novedad en el capítulo XXIX cuyo estudio nos va a ocupar a partir de ahora: el proyecto de un completo tratado de empresas. La tendencia observada durante la primera década de la imprenta de producir guías y manuales para las actividades más obstrusas e intrincadas46 proporciona el contexto para el intento de Oviedo por reglar una de las manifestaciones más distintivas del individualismo cortesano: las llamadas imprese o empresas y que Oviedo denomina «divisas» o «invenciones». Michel Pastoureau y Kristen Lippincott han descrito el modo en que la imagen heráldica, concebida originalmente como modo de identificar el estatus y el origen de un aristócrata según un código claro y universal, fue objeto de una evolución a lo largo del siglo XIV en la que su inteligibilidad fue restringiéndose a la vez que se iba incrementando el grado de personalización de sus significados47. Esta transformación sería paralela a la creciente complicación y sofisticación de los códigos de comportamiento en el paso del guerrero o caballero feudal al cortesano que, como apunta Elias, fue acompañada de una creciente psicologización de las relaciones entre individuos y de los modos de autorrepresentación personal y grupal48. El resultado de esta evolución sería la «divisa» o «empresa»: una figura frecuentemente acompañada de una sentencia o lema mediante la cual un caballero, en principio, y más tarde también damas e intelectuales, representaban y expresaban su personalidad en el teatro de la corte y la guerra. Aunque las versiones más tempranas de empresa datan del siglo catorce en Francia, Borgoña y Flandes, no sería hasta comienzos de la siguiente centuria cuando pasaron a ser una práctica común entre las élites italiana y española49. Aunque la afirmación de Paolo Giovio acerca de que la moda de usar empresas había pasado a Italia con las tropas francesas de Luis XII hacia 1500 no pueda interpretarse literalmente, su testimonio debe tomarse al menos como evidencia del fuerte influjo franco-borgoñón en los usos caballerescos y cortesanos de Italia y de España durante el paso del XV al XVI. Kristen Lippincott ha defendido convincentemente que, a diferencia de los emblemas que nacieron a partir de su codificación por Alciato, no existió una regulación precisa para la composición de empresas hasta la segunda mitad del siglo XVI, cuando ya había pasado la edad de oro del género50. Sin embargo, la aparición del texto de Oviedo veinte años antes de que se publicaran los primeros tratados sobre la materia de Paolo Giovio (1555) y Girolamo Ruscelli (1556), obliga a revisar la hipótesis de Lippincott y nos lleva a prestar atención al contexto particular en que Oviedo produjo su obra51. Es importante tener en cuenta, el hecho de que el Libro del blasón antecede también en tres años al Emblematum Liber, de Andrea Alciato (1531), dejando clara la independencia que tuvieron, al menos inicialmente, los intentos de codificación del uso de empresas respecto al éxito de la literatura impresa sobre emblemática que inaugura la obra de Alciato52. En el folio 33 del manuscrito de la Academia de la Historia, Oviedo ofrece una serie de reglas en que los términos divisa e invención aparecen estrechamente asociados a los usos de la heráldica: En lo que toca a las divisas o ynvençiones […] las quales cada uno puede tomar según su proposito con tanto que otro no la traiga porque no se sufre en cortesía, ni es de autoridad ni premio al que lo toma seyendo por otro usada; porque paresce que de sí no tuvo abilidad ni entendimiento por allar alguna ynvençion gentil que significase la paz o la guerra o amor o estado e causa porque tal cavallero la pone he trae en su torneo de armas o en sus edificios o donde le paresce conviniente. He suelense poner estas divisas en los costados de los escudos fuera dellos con una letra que determine su significación e algunas veces acierta a ser tal la divisa o ynvençion de no haya menester letra; he que del nombre solamente o significado della se comprende la causa he motivo del que la trae; pero donde se pone letra u mote que hes mexor en este caso he que no sea villançico o cancion como muchas veces hacen por ynadvertencia […] al proposito de las divisas lo mas breve hes lo mejor he si se pudiese en una palabra demostrar la significación he misterio muy mas linda cosa es he de mas yngenio asi como se vido en aquella divisa del Catolico rey Fernando V de tal nombre de gloriosa memoria que con el yugo he coyundas cortadas decia tanto monta […] he tornando a nuestro proposito las divisas han de ser de lindas ynvenciones he de graves he autorizadas sentencias o significados he sustanciales letras o notas53. Una divisa, de acuerdo con la prescripción de Oviedo, debía ser exclusivamente personal y original, «gentil» y demostrar el ingenio y la erudición de su portador. La función principal de la combinación de imagen o «ynvención», por un lado, y de «letra» o «mote», de que consistía normalmente la divisa, era el comunicar un «mysterio» o «significación» que indicaba la intención o ideal con que se indentificaba su poseedor. Por medio de una trama más o menos compleja de símbolos y referencias literarias, el «mysterio» se refería a algún episodio o circunstancia biográfica, normalmente relacionada con los temas caballerescos del amor y la guerra. Si la 47. Sobre este tema, ver el artículo de Kristen LIPPINCOTT ya citado, p. 50-51 y 61; Michel PASTOUREAU, «Aux origines d l’embleme: la crise de l’heraldique Europeenne aux XVe et XVIe siecles», en Emblems et devises au temps de la Renaissance, ed. M. T. JonesDavies, París, 1981, y del mismo, «La naissance de la médaille: Le problème emblématique», Revue nimismatique, vol. XXIV, 1982, p. 206-221. Ver también los estudios clásicos de Robert KLEIN, «La théorie de l’expression figurée dans les traités italiens sur les impreses, 1555-1612», en Bibliothèque d’humanisme et Renaissance, XIX, 1957, p. 320-42, republicado en R. KLEIN, La forme et l’intelligible, ed. A. Chastel, París, 1970, p. 125-150; y D. RUSSELL, The Emblem and Device in France, Lexington, 1985. 48. Stephen Mennel ha hecho énfasis en las consecuencias «psicogenéticas» y de autorrepresentación subjetiva que tuvo la expansión de los códigos cortesanos analizada por Elias. Ver Norbert Elias Civilization and he Human Self-image, Oxford, 1989, p. 101. 49. Seguimos en esta cronología el estudio de Alfonso CEBALLOSESCALERA, «Las divisas en la heráldica castellana del siglo xv», en Hidalguía, año XXXIII, nº 192, 1985, p. 665-688, p. 666. Kristen Lippincott ha señalado el ojo alado de Leon Battista Alberti y la medalla que Pisanello hiciera para Leonello d’Este como las primeras imprese italianas de las que se conservan ejemplos materiales. Ambas pertenecen a 1438-1444 y al ambiente arqueologista de las ciudades del centro-norte de Italia. Op. cit., p. 66. 50. Karen LIPPINCOTT, op. cit., p. 50-51. 51. Les Devises héroiques, de Claude Paradin, Lyon, 1551, es la primera compilación de empresas de personajes ilustres pero sin dar ninguna guía para su composción. La obra de Paolo Giovio fue escrita probablemente hacia 1550. Girolamo Ruscelli, Discorso […] intorno all’invenzioni dell’imprese, Venecia, 1556. 52. Viri clarissimi D. Andrea Alciati Iurisconsultiss. Mediol. ad D. Chonradum Peutingerum Augustanam, Iurisconsultum Emblematum liber, Augsburgo, 1531. La temprana fecha del tratado de Oviedo añade un nuevo elemento al debate sobre la posible influencia de la obra de Alciati en la regulación del género de la empresa en la segunda mitad del siglo XVI. 53. Libro del blasón, fol. 33v.
144 LOCVS AMŒNVS 4, 1998-1999 Jesús Carrillo Castillo «ynvención» había de poseer valor estético —ser «linda»—, las «sentencias» habían de dejar clara la pertenencia a la élite y la distinción personal de quien la ostentaba. Los principios de individualidad, belleza e ingeniosidad subrayados por Oviedo en esta somera lista de recomendaciones son ciertamente vagos si los comparamos con las cinco reglas que da Giovio en su Dialogo dell’imprese militari et amorose54. Sin embargo, y a pesar de que posiblemente no pretendiera un grado de regulación tan preciso como el de Giovio, hay que tener en cuenta que las directrices apuntadas por Oviedo en el manuscrito de la Academia eran solamente el anticipo del último libro del tratado que pensaba dedicar en exclusiva a este género. Este libro noveno estaba planeado, como lo iban a estar los diálogos de Giovio años después, como un repertorio casuístico de empresas de personajes famosos reproducidas y explicadas: «[…] en el libro noveno que hablo de dichas divisas he ynvenciones que tuve en la memoria se veran algunos muy sotiles, las quales pues en el dicho libro no por orden sino acaso como ocurrieron a la memoria, ocurre el curioso quando verlo quisiere»55. Desgraciadamente, tal libro noveno nunca llegó a escribirse o, como veremos, no lo fue al menos en la forma en que había sido concebido originalmente en 1528. Oviedo no iba a mencionar en ninguna obra posterior su frustrado proyecto heráldico, como tampoco lo hiciera con su novela de caballería el Claribalte. Ello puede ser debido al desprestigio que sufrían contemporáneamente los libros de armas en general del que Oviedo mismo se haría eco, a pesar de que no estuviera totalmente conforme: Aunque algunos se burlan de los libros de armas, no son del todo malos […] yo tengo un libro destos de armas y digo os que ha más de cinquenta años y hase andado conmigo por mar y por tierra todo este tiempo que os dige, y yo he acrescentado hartas cosas en él de más armas que no tenía cuando vino a mi poder56. Fernández de Oviedo y el mundo de las empresas En 1528 el mundo de las empresas no era en modo alguno una novedad en la península Ibérica. En sus escritos autobiográficos Oviedo mismo nos informa frecuentemente de la utilización de empresas por los caballeros asistentes a fiestas, juegos y torneos como los que tuvieron lugar en Barcelona durante la estancia de los Reyes Católicos en la ciudad en 149357. Alfonso de Ceballos-Escalera y Francisco Rico han documentado extensamente la continuidad en la utilización de divisas en el ámbito caballeresco castellano durante el siglo XV58. Por su parte, en su Arte en Valencia, 1472-1522, Miguel Falomir da cuenta del importante papel concedido a los emblemas personales en los monumentos funerarios de los caballeros valencianos de la segunda mitad del siglo XV. Éstos, como el héroe novelesco Tirant lo Blanc, acostumbraban a adornar sus tumbas con los signos de su fama guerrera y su naturaleza aristocrática59. Alfonso Ceballos-Escalera propone una neta distinción entre la divisa medieval, que él define como «emblema o señal que se coloca externamente en un escudo de armas, consistente en una figura acompañada o no de una breve y expresiva sentencia»60, y la más tardía y «renacentista empresa», que ya no sería una «verdadera forma heráldica», pues «no acompaña y completa a un escudo de armas», «suele ser más elaborada y complicada» y «tiene un caracter filosófico-moral acentuado»61. No nos parece conveniente manejar aquí, sin embargo, una distinción que no reconocieron ni Giovio, quien recogió bajo el nombre de empresa figuras que Ceballos-Escalera considera entre las divisas, ni tampoco Oviedo, quién denominó divisas a «invenciones» de gran complejidad conceptual que en nada desmerecían a las «empresas» tratadas por Giovio años después. La distinción terminológica debe ser revisada desde el momento en que cuando Oviedo habla expresamente de «empresas» lo hace para designar un tipo de invención de clara procedencia francesa cuya especificidad no provenía de su mayor o menor complejidad conceptual, sino del hecho de servir de divisa en los torneos caballerescos: ALC/Un cavallero francés vino a España con una empresa e dezía quel cavallero hijodalgo que se la tocase vía de correr con él dos lanças con puntas de diamantes […] SER/ Dezidme qué cosa es esa empresa que se han de tocar. ALC/ Yo he visto ya dos caballeros con empresas. El uno trahía un hilo pequeño de una cadenica de oro, e colgado della un anjllo que dezía él que le avía dado una gentil dama. El otro trahía del cuello una çinta de seda morada e colgando della una medalla de oro en que estava un rretracto de una dama al natural que dezía ser aquella en cuyo servicio andava […] SER/ Yo lo he entendido, e no me parece muy cathólico, ni aún dino, de se permitir porque andan en peligro las almas desos cavalleros de las empresas, e aún de los que a ellos salen. En el Libro del blasón no se acusa ninguna contradicción entre uso heráldico y contenido conceptual en las divisas, sino más bien una continuidad cuya naturaleza ha puesto de relieve Fernando Rodríguez de la Flor62. Dicha continuidad debemos buscarla en los complejos torneos literarios que disputaban caballeros y damas en las cortes de 54. Dialogo dell’Imprese militari et amorose di monsignor Giovio Vescovo di Nocera et del S. Gabriel Symeoni Fiorentino. Con un ragionamento di M. Lodovico Domenichi, nel medesimo soggetto in Lyone 1574, con introducción de Stephen Orgel, Nueva York, 1979. 55. Ibídem, fol. 35v. 56. Batallas, batalla II, quinquágena III, diálogo XLVI, sobre Luis Carrillo de Albornoz, Biblioteca de la Universidad de Salamanca, ms. 359, fol. 717. 57. Ver especialmente la descripción de las fiestas, torneos y juego de cañas celebrados en Barcelona en 1493 en la batalla I, quinquágena III, diálogo XL, sobre Luis de Torres, Biblioteca de la Academia de la Historia, 9/ 5387, fols. 254r-255v. 58. Alfonso DE CEBALLOS, op. cit., y Francisco RICO, «Un penacho de penas: De algunas invenciones y letras de caballeros», en Texto y Contextos. Estudios sobre la poesía española del siglo XV, Barcelona, 1991, p. 189-230. 59. Miguel FALOMIR, Arte en Valencia, 1472-1522, Valencia, 1996, p. 354-365. Se mencionan los casos de los caballeros Guillem Ramón de Borja, Baltasar Sorell y Mossen Francí Aguilar. 60. Alfonso CEBALLOS-ESCALERA, op. cit., p. 666. 61. Alfonso CEBALLOS-ESCALERA, op. cit., p. 688. 62. Fernando RODRÍGUEZ DE LA FLOR en «Los contornos del emblema: del escudo heráldico a la divisa y la empresa», capítulo segundo de Emblemas: lecturas de la imagen simbólica, Madrid, 1995, p. 78-107. 63. Colbert I. NEPAULSINGH, en su introducción a El dezir de las siete virtudes, de Micer Francisco Imperial, Madrid, 1977, p. LIII. 64. En este sentido, ver las invenciones del poeta Pedro de Cartagena (1456-1486) recogidas en el «Cancionero Castellano del siglo xv», en Biblioteca de Autores Españoles, vol. XXII, editado por R. Folché Delbosc, p. 509-535. La obra en siete volúmenes El Cancionero Castellano del siglo XV, de Brian Dutton, Salamanca, 1991, ofrece multiples evidencias del éxito de las invenciones en la poesía cortesana castellana de la época. Respecto a la «novela sentimental», existe una amplia bibliografía recogida por Keith WHINNOM en The Spanish Sentimental Romance 1440-1550; a critical bibliography, Londres, 1983.
145LOCVS AMŒNVS 4, 1998-1999Cultura cortesana e imperio: el Libro del blasón, de Gonzalo Fernández de Oviedo los siglos XV y XVI, y nos viene dada por el mismo término invención que Oviedo utiliza para denominar a la figura que compone la divisa. Procedente del ámbito de la retórica, la invención está claramente vinculada al campo de la creación poética y, más concretamente, a uno de los géneros más comunes de la lírica cancioneril castellana del siglo XV. Según Colbert I. Nepaulsing invención era, ateniéndose a su uso en las rúbricas de Alfonso de Baena, «un recurso original, ingenioso y sutil, descubierto no por casualidad, sino por muchos esfuerzos y aplicado […] a la poesía en lengua romance»63. Las recopilaciones de poesía cancioneril castellana a nuestro alcance y la llamada «novela sentimental» dan abundantes testimonios de la práctica de componer y comentar invenciones en verso entre los poetas caballeros y damas del siglo XV64. De hecho, el Cancionero general de Hernando del Castillo (Valencia, 1511) iba a dedicar un capítulo especialmente a la recopilación de las más famosas de estas invenciones. Aunque Oviedo no es excesivamente consistente ni preciso desde el punto de vista filológico, no parece referirse con el término invención exclusivamente al elemento figurativo aislado, sino a su función como tropo o metáfora poética de un contenido conceptual. En este sentido, las divisas de Oviedo eran verdaderas «invenciones» según la definición anteriormente dada al género literario. Las múltiples anédotas que Oviedo relata acerca de su experiencia en los ambientes cortesanos en las extensísimas y en parte inéditas Batallas y Quinquágenas (1535-1552c) nos ofrecen uno de los testimonios más ricos de la vida cortesana italo-española de comienzos del quinientos65. Es importante resaltar el hecho de que gran parte de la información que nos transmite Oviedo acerca de su actividad personal en tales círculos tiene que ver, de un modo u otro, con la producción de empresas o similares. Ello se inicia durante su etapa al servicio de los Reyes Católicos, quienes, como ha documentado Rafael Domínguez Casas, habían asumido las divisas y empresas como elementos significativos de su lenguaje de poder66. En 1496, cuando aún trabajaba como mozo de cámara del príncipe don Juan, Oviedo recuerda haber diseñado y cortado con las tijeras una cifra con las iniciales de la prometida del príncipe, doña Margarita de Habsburgo, con la que el heredero quería decorar un broche. La cifra o monograma es una figura caprichosa y decorativa hecha del entrelazado de letras iniciales sin un significado aparente que pertenece al mismo ámbito conceptual y cultural de las empresas: Yo incado de rodillas de la otra parte de la mesa y dibuxando ciertas letras que el príncipe me mandava y por que yo no le entendiese el nombre que quería que pusiese en una zifra decíamelas desordenadas de forma que no sonare pero aunque era secreto el encuentro de su matrimonio, cai luego que quería que la cifra dixese Margarita y puse este nombre y muy a su placer y como se satisfizo de la zifra que estava en letras antiguas mayúsculas Latinas y de muy buena gracia […] entonces díxome su Alteza, guardad los papeles y para quando yo venga mañana de caza tenme dibuxadas otras cinco o seis maneras de esa cifra para que escojamos la que mejor fuere para que se haga luego una gentil chapera de oro a martillo67. La participación del joven Oviedo en las cortes más florecientes de Italia (1499-1503) estuvo estrechamente vinculada a su gran habilidad en el diseño y confección —mediante un sorprendente uso de las tijeras— de las invenzioni ideadas por los poetas de corte, los nobles o el príncipe mismo. El caso de Oviedo no era aislado. Como comenta Francisco Rico, «escultores, pintores, poetas, músicos, orfebres, todos, en efecto, debían sujetarse a parejas servidumbres»68. Su habilidad para convertir estos juegos conceptuales en patrones decorativos aptos para ser aplicados a bordados, reposteros, joyas y arneses parece haber justificado su empleo y permanencia en las cortes principescas durante aquellos años. Al describir en las Batallas su actividad en la corte napolitana del rey Federico, en 1500 Oviedo manifestaba: […] tuve un poco de espíritu e acertar a ordenar una linda chapera y boradadura y una guarnición de un caballo o mula. Estuvo contento el principe y despues el rey Fadrique con ello porque ambos fueran inclinados a se vestir e traer bien aderezados e galanamente sus personas y como allavan algún aparexo en mis servicios en esa su inclinación en ambos y cada uno de esos príncipes perdí mucho en perderlos69. Las noticias más tempranas que nos da Oviedo al respecto proceden de su estancia en la corte de Ludovico Sforza en 1499, donde había llegado procedente de Génova tras el paso de la república ligur al bando francés. De acuerdo con lo recogido en el diálogo de las Batallas dedicado a Bernardino Manrique, el joven Gonzalo fue requerido por Ludovico el Moro para diseñar y cortar la notación musical de un «motete de canto de órgano», que le servía como empresa personal. Oviedo no tuvo la modestia de ocultar que su habilidad en esa y otras obras le mereció el aplauso del gran Leonardo da Vinci: Corté en Milán el año 1499 un motete de canto de órgano pintado a quatro voces con las armas del duque que era a la sazón el señor Ludovico Esforza que por otro nombre lo llamaban el 65. Batallas y Quinquágenas (1535-1552c), Juan Bautista Muñoz, cosmógrafo real a finales del siglo XVIII, recuerda haber visto los dos grandes volúmenes del manuscrito en la biblioteca Colegio de Cuenca de Salamanca. Uno de dichos volúmenes permanece hoy en la Biblioteca Universitaria de Salamanca (Biblioteca de la Universidad de Salamanca, ms. 359), mientras que el segundo está en la Academia de la Historia (Biblioteca de la Academia de la Historia, 9/5387). Existen al menos cuatro copias parciales manuscritas: dos en la Biblioteca Nacional de Madrid (mss. 31343135), una en la Academia de la Historia (ms. 9/4023) y otra en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid (ms. II-2604). Juan Pérez de Tudela editó en 1983 una selección de diálogos previamente transcritos por José AMADOR DE LOS RÍOS: Batallas y Quinquágenas, Madrid, 1983. Juan Bautista AVALLE ARCE, tras prometer una edición completa en «Fernández de Oviedo, biógrafo inédito. Muestras de una edición», Anuario de Letras XVIII, 1980, 117-163, publicó la edición del manuscrito de Salamanca: Batallas y Quinquágenas, Salamanca, 1989. 66. Rafael DOMÍNGUEZ CASAS, Artistas, Residencias, Jardines y Bosques, Madrid, 1993, p. 672-700. 67. Batallas, batalla I, quinquágena II, diálogo VII, sobre Juan Velázquez de Cuellar, Biblioteca de la Academia de la Historia, ms. 9-5387, fols. 83v-84r. 68. RICO, Francisco. p. 190. 69. Batallas, sobre Bernardino Manrique, Biblioteca de la Academia de la Historia, ms. 9/4023, fol. 427r.
152 LOCVS AMŒNVS 4, 1998-1999 Jesús Carrillo Castillo López de Mendoza, segundo conde de Tendilla, la vida social de la corte en un verdadero teatro de fingidos enamorados: Costumbre es en España entre los señores de estado que venidos a la corte aunque no estén enamorados o que pasen de la mitad de la vida fingir que aman por servir y favorecer a alguna dama y gastan como quien son en fiestas y otras cosas que ofrecen de tales pasatiempos y amores sin que les de pena cupido114. Un claro ejemplo del tipo de iconografía derivada de ese representar la propia individualidad a través del ansia de un amor inalcanzable es el de la empresa de don Juan de Cardona, tal como Oviedo la pudo contemplar: Esa medalla vi yo muy bien y la tuve en mis manos y era cosa mucho de ver porque era rica de hermosas y preciosas perlas y piedras y dentro de un festón en el oro de medio relieve o más estava una dama muy hermosa y un cavallero delante de ella contemplándola puestas las manos unos dedos entre otros como texidos con un descuydo que de sí propio mostrado que quería llorar y no podía115. Como ha apuntado Kristen Lippincott, estos temas derivaban del desarrollo de los mitos de la búsqueda individual de la virtud por el caballero errante y de los topoi del amor cortés en la baja edad media francesa116. Sin embargo, como Mauda Bregoli-Russo ha argumentado extensamente, el género francés de la empresa se fundió en Italia con los modos de representación del sujeto amante en el petrarquismo y con las corrientes filológicas y éticas del humanismo. Un proceso de asimilación parecido debió ocurrir en España, en particular en relación con la poesía cancioneril castellana. Sin embargo, los casos que Oviedo nos presenta en las Batallas, la mayoría de ellos pertenecientes a los primeros años del siglo XVI, se caracterizan por la influencia explícita y dominante de las modas italianas117. De hecho, la fuente principal de este modo dominante de autorrepresentación era, como el caso de Don Juan de Alvarado «el Mozo» deja traslucir, Petrarca, cuyos Trionfi y Canzionere se habían convertido en lectura obligada de cualquier caballero de palacio: Este cavallero fue muy gentil ombre de palacio y trahía muy en la mano al Petrarca porque como las enfermedades del amor son peligrosas, ocurren a tal auctor los lastimados porque hallan en su amoroso tractado de los triunfos, sonetos y canciones pasos apropiados a su gusto o estado en que amor los tiene118. Aunque Oviedo defendiera en determinados casos el carácter idiosincrático de las invenciones en España, para él el ingrediente italiano era el elemento definidor de la distinción y la elegancia de una empresa, muchas veces derivado de estar inspirada directamente en poemas de Petrarca119. A este respecto señalaría, al elogiar la invención de Don Hugo de Moncada, Virrey de Sicilia: No me paresce que es timbre o invención aquesta para gente común e plebea ni que todos los que la vieren la entiendan sin tener bien entendido lo que avés dicho. Bien paresce queste señor visorrey es fundado y su invención italiana y de más que mediocre ingenio fabricada y compuesta despacio120. Este mismo aprecio por lo italiano puede rastrearse en el importante espacio que Oviedo dedica a la ekfrasis y al juicio estético de las obras de arte en que el caballero exhibía su divisa121. Oviedo pudo familiarizarse con esta práctica durante su estancia en Nápoles, donde, según su testimonio, pudo participar de un ambiente literario que había contado con la presencia de Petrarca, Lorenzo Valla y Bartolommeo Fazio, éste último discípulo directo de Guarino de Verona y precedente inmediato, a través de la sección De pictoribus, incluida en su De viris Illustribus, de los juicios artísticos de Vasari. Como se recoge en Las Quinquágenas y la Historia General y Natural, el joven Oviedo asistió durante su estancia en Nápoles, a los debates literarios presididos por Giovanni Pontano122, cuya obra poética se caracteriza por un estilo rico en imágenes y por una capacidad descriptiva, que ejerció enorme influencia en los autores italianos del quinientos123. La práctica de la ekfrasis no era en modo alguno ajena a la lógica de un género como la empresa a caballo entre lo visual y lo verbal. Las imágenes de que se componían las invenciones eran casi sistemáticamente transposiciones figurativas de famosos pasajes literarios, los cuales, a su vez, no eran otra cosa sino descripciones verbales de la experiencia visual del poeta124. Un ejemplo del círculo hermenéutico en el que la empresa encontraba su lugar es el comentario que Oviedo hace del Cupido que coronaba las armas del coronel Villalba. Para describirlo, Oviedo se iba a apartar de la figura que aparece sobre el papel e iba a recurrir a parafrasear los versos en los que se había inspirado el Coronel para componer su empresa: el Triunfo del Amor de Petrarca: ALC/ Sobre el yelmo de torneo traya el coronel el mesmo cupido on los ojos tapados y sus alas de diversos colores de plumas con arco en las manos y su carcax de saetas según lo pinta Petrarca en el triumpho del amor. SER/ Y aun114. Batallas, diálogo sin numerar, Biblioteca Nacional, ms. 3135, fol. 365r. 115. Batallas, batalla II, quinquágena II, diálogo XXXVIII, Biblioteca de la Universidad de Salamanca, ms. 359, fol. 681v. 116. Kristen LIPPINCOTT, op. cit., p. 61. 117. Mauda BREGOLI-RUSSO, L’impresa come ritratto del Rinascimento, Nápoles, 1990. Roger Bosse y Francisco Rico en sus citadas obras tienden a primar la impronta francesa sobre la italiana en esta tendencia, sin embargo las referencias que nos da Oviedo al respecto son sistemáticamente italianas. 118 Batallas, batalla II, quinquágena II, diálogo XLIII, Biblioteca de la Universidad de Salamanca, ms. 359, fol. 641r. 119. Éste es el caso de la imagen del anillo sin piedra tomado por Alonso de Pimentel de la metáfora «senza gemma anello» del soneto 338 de Petrarca «Lasciato hai, Morte, senza sole il mondo», batalla II, quinquágena III, diálogo IX, Biblioteca de la Universidad de Salamanca, ms. 359, fol. 93. 120. Batallas, batalla II, quinquágena II, diálogo L, Biblioteca de la Universidad de Salamanca, ms. 359, fol. 968r. 121. Sobre este tema, ver ante todo la obra de Michael BAXANDALL, Giotto y los Oradores. La visión de la pintura en los humanistas italianos y el descubrimiento de la composición pictórica, 1350-1450, Madrid, 1996; especialmente la sección II, «Los Humanistas y la Pintura», p. 83-175. 122. Dos fragmentos de las Quinquágenas ofrecen un ejemplo de la participación de Oviedo en los debates intelectuales y literarios napolitanos. Tras referirse a las ideas de Pontano sobre el valor moral de la escritura y la lectura, Oviedo describió el contexto en que pudo oír tales opiniones: «[…] el Pontano (en el tiempo que yo le vi en Napoles en edad de ochenta o más años) y esto era en el año de 1499 y estando platicando con ciertos gentiles ombres doctos y entre ellos el Jacomo Sannazaro […] porque la verdad el Sanazar y todos amavan e acatavan al Pontano como a padre, e era estimado por muy docto en aquella ciudad, a aun en toda Italia». Quinquágena I, estancia XLIII, Biblioteca Nacional, ms. 2217, fol. 103r. En el segundo pasaje Oviedo refiere una conversación personal con Pontano sobre el origen del águila bicéfala de las armas imperiales: «Lo que más me satisface es lo que me dixo aquel docto varón llamado el Pontano de Napoles […] Esto es lo que e dixo el Pontano, e paresce verosimil, pero yo quisiera saber que auctor lo dezía, e si el me lo dixo yo no
153LOCVS AMŒNVS 4, 1998-1999Cultura cortesana e imperio: el Libro del blasón, de Gonzalo Fernández de Oviedo me lo acuerdo, porque se lo oy el año de mil e quinientos», Quinquágena III, estancia XLVIII, Biblioteca Nacional, ms. 2218, fol. 78r. En la primera parte de la Historia General y Natural, Oviedo hace uso de la autoridad de las conferencias de Pontano en Nápoles para defender su atribución de la dedicatoria de la obra de la Historia Naturalis de Plinio a Domiciano: «Y para satisfacer a los que desta inadvertencia quisieren culparme, porque a mi parescer no lo es, digo que yo oi sobre la misma quistion al Pontano en Nápoles, año de mill y quinientos el cual en aquella sazón era tenido por uno de los literatísimos y doctos hombres de Italia; y éste tenía que Plinio escribió a Domiciano e no a su hermano Tito y para ello da suficientes razones». Libro II, cap. I, vol. I, p. 14. 123. Sobre la poesía de Pontano y su ecléctico interés en el mundo natural, ver la obra de que entiendo mal la lengua toscana decidme que quiere decir Petrarca en essos sus versos. Alcaide/ Descrive la forma e ymagen de Cupido dios del amor y pónele como yba en el carro triunphando de sus victorias y dice sobre los hombros havia solas dos alas grandes de mill colores y todo lo otro desnudo y alrededor innumerables mortales parte presos en Batalla y parte muertos y parte heridos de punzantes saetas o flechas, esto dicen los cinco versos toscanos de susso y conforme a essa descripción o pintura y a los diferentes discursos del amor dice el coronel Villalva125. Otro caso paradigmático es la ekfrasis de la medalla que portaba la empresa de Álvar Pérez de Osorio en la que Oviedo describe y elogia, según los cánones clásicos, la composición y acabado de una escena que, a su vez, es la recreación de un paisaje bucólico virgiliano articulado a través de los principios poéticos de varietas y copia. De hecho, son estos principios de variedad y abundancia y no el contenido figurativo concreto de la medalla los que, según rezan los versos que el marqués le entregara a Oviedo en mano, daban la clave para la interpretación de la empresa: ALC/ […] digo que el marqués traía una medalla muy rica de oro con un festón en torno muy acompañado de perlas y piedras de mucho prescio y valor y a la mitad de ella un lago e innumerables y diferentes animales de diversos géneros en torno del agua algunos beviendo a la orilla y otros algo entrados en el agua y otros fuera della en sus requiebros y ayuntamientos amorosos muy al natural y de tal artífice decho que era mucho de contemplar según sus primores tan al bivo y a lo propio de aquellos famosos escultores antiguos aunque fuere Phidias famosissimo por la estatua de Iupiter Olimpo, ni aquella batalla de las amazonas o la de los dioses y de los gigantes quel Plinio descrive en su Natural Historia no devia ser de mayor perficion que la lavor desta medalla y tanto mas es linda quanto mas es hermosa por la significación de los versos […] Y quando llegó par de mí púsome en la mano aquestos versos enseñandome su medalla con el dedo y dándome debuxado un retrato della. Diferentes animales si engendra lo engendrado diferentes animas no dan fruto está provado en las cosas naturales en deseos por mi suerte de estos contrarios nació mi mal pero fruto dio del qual sucedió mi muerte126. Estos ejercicios retóricos aportan información muy valiosa sobre la absorción del gusto artístico italiano en la cultura cortesana española de comienzos del XVI. Las obras que Oviedo describe eran frecuentemente relieves en bronce o plata —como era el caso de la ya mencionada medalla de Don Juan de Cardona, labrada por un «candoroso platero de Milán que yo lo conoscí en el tiempo que el señor Ludovico era duque de Milán y fue uno de los famosos y sotiles ombres de su oficio en aquella sazón de toda Ytalia»127. También podían tratarse de pinturas como la que, según el parecer de Oviedo, había diseñado el paduano Andrea Mantegna para ilustrar la empresa de Diego de Quiñones. El disfrute de la desconocida obra del maestro paduano requería, según Oviedo, mirada pausada, conocimiento pictórico y una sensibilidad que distinguían tanto al entendido caballero que la portaba como a aquél que la contemplaba: ALC/ Trae Diego de Quiñones un mundo redondo con una muy excelente pintura que se cree averla pintado aquel famoso pintor Mantuano llamado Andrea Mantegna (que yo conoscí) y a una parte había una congregación o ayuntamiento de doctores y ombres de sciencia disputando y otra parte puesta una mesa en que unos juegan a los dados y otros a los naipes y otros al ajedrez y el otra parte estavan otros beviendo y banqueteando y a otra parte otros a cavallo y otros a pie peleando y otros en diversos exercicios empleando su tiempo y todo lo que he dicho en tanta perfición que era cosa maravillosa el grandíssimo primor y sotilez de todos aquellas figuras y actos que aquel mundo representava tanto que era menester que con buena vista y atención y muy despacio se considerasse cada cosa y aun tener Giuseppe TOFFANIN, Giovanni Pontano. Tra l’huomo e la natura, Bolonia, 1938, que incluye una traducción italiana del diálogo antiplatónico L’Egidio. Ver también la monografía más reciente de Vicenzo PRESTEPINO, Motivi del pensiero umanistico e Giovanni Pontano, Milán, 1963. Para un tratamiento completo de la obra de Pontano junto con la de Sannazaro y otras figuras relevantes de la escena Napolitana, ver especialmente Domenico DI ROBERTIS, «La Letteratura aragonese», en In Quattrocento e l’Ariosto, en Storia della Letteratura Italiana, editado por Cecchi y Sapegno, Milán, 1988, p. 662-770. Sobre el uso de la ekfrasis en la literatura italiana del cinquecento tras la influencia de Pontano, ver especialmente M. José VEGA RAMOS, El Secreto Artificio. Moronolatría y tradición Pontaniana en la poética del Renacimiento, Madrid, 1992. 124. Sobre el papel de la ekfrasis en la poesía occidental, ver George Kurman «Ecphrasis in Poetry», Comparative Literature, 26, 1974, p. 1-13; para su rol particular en la poesía renacentista española, ver Alan K. G. PATER, «Ecphrasis in Garcilaso’s Egloga Tercera», The Modern Language Review, vol. 72, nº 1, enero 1977, p. 73-92. 125. Batallas, batalla I, quinquágena III, diálogo XLV, Biblioteca Nacional, ms. 3134, fols. 190-190v. 126. Batallas, diálogo XXVI sobre Álvar Pérez de Osorio, Biblioteca de la Academia de la Historia, ms. 9/5387, fol. 437r. 127. Batallas, batalla II, quinquágena II, diálogo XXXVIII, Biblioteca de la Universidad de Salamanca, ms. 359, fol. 681v.
154 LOCVS AMŒNVS 4, 1998-1999 Jesús Carrillo Castillo buen conoscimiento del arte de la pintura y sentirla para gozar de tanta moltutud de primores128. No es de extrañar que a la hora de hacer una valoración del retrato de la esposa de Don Fadrique Enríquez —realizado por Alonso de Berruguete poco después de su vuelta de Italia— Oviedo recurriera a los principios teóricos enunciados por un italiano, Leonardo da Vinci, en lo que es una de las primeras evidencias de la recepción de las ideas pictóricas del genio toscano en España129. Se podría decir que el sentido último de la combinación de imagen y mote, tal como aparece recogido por Oviedo en las Batallas, era el convertirse en detonante de un proceso de interpretación y de lectura cuyo fin era el desentrañar el propósito de quien la compuso, y de ese modo dar con la clave de su individualidad, su verdadero retrato moral. Por medio de la empresa personal el portador exhibía públicamente su subjetividad distinta, a la vez que la insertaba en un círculo hermenéutico del que formaban parte los otros miembros de la corte que debían averiguar su significado. Esta expresión de lo interno debía aparecer —así lo recogía Giovio en su segundo precepto— no como obviedad, sino como ocultación y misterio. La oscuridad voluntaria de las empresas era algo de lo que Oviedo era perfectamente consciente, como demuestra al respecto de la invención del señor Villamarín, almirante de Nápoles130: Mas es menester que me digays para que os entienda y se dexen entender esos versos, se yo bien que este Almirante era ombre leydo y demas deso estas invenciones siempre los cavalleros las inventan sobre misterios que ellos mismos se entienden y a ellos son fáciles metáforas que quieren con dificultad ser entendidas131. Las complejas perífrasis y desplazamientos semánticos que permitía el cruce de metáforas verbales y visuales de la empresa aparecían para el caballero o la dama renacentistas como el modo más adecuado de cifrar su subjetividad. El proceso de desentrañamiento, de sacar a la luz lo oculto que exigía la comprensión de la empresa, ha sido reconocido por Thomas Greene como signo característico del modo en que los renacentistas concebían la búsqueda de lo verdadero y lo valioso, en este caso la personalidad del individuo132. Aunque en muchas ocasiones no fuera posible interpretar con certeza absoluta el significado de la empresa a menos que el personaje en cuestión revelase la clave, el intento de desentrañamiento era, como tranquilizadoramente apunta el Sereno al Alcaide, valioso en sí mismo y cualificador, tanto de quien lo realizaba como del individuo que así se exponía a la interpretación de sus compañeros de corte: ALC/ El duque como sabeys fue muy leydo y estudioso y assí quiso que su invencion no fuese de las comunes, pero como en esto el supiese mejor declarar su invención yo hablaré a tiento lo que della me paresciese. SER/ Como dezir los paresceres en questas invenciones suelen ser equívocos y los inventores dellos se entienden non obstante lo qual a mi me ha parescido muy bien lo que en el caso avés dicho133 . Esta ocultación conllevaba un acto de autoafirmación, ya que oponía la artificiosa opacidad de la propia personalidad a la transparencia del lenguaje cotidiano, a la vez que proponía un pulso y un reto al ingenio y la erudición tanto de los otros portadores de empresas con los que competían, como de aquéllos que intentaran su desciframiento. El espíritu de reto y competición hace eco de la idea de torneo caballeresco con el que la empresa estaba originalmente asociado, pero a la vez deja traslucir la dinámica interna de lucha por el favor real que estaba detrás del individualismo cortesano. Epílogo De cuando Oviedo proyectara el Libro del blasón, en 1528, a cuando escribiera las Batallas y Quinquágenas, con setenta años de edad y más de treinta en América, parece haberse producido un cambio de actitud. Después de veinte años los ingredientes retrospectivos y nostálgicos de su visión del mundo caballeresco tenían más peso que en 1528, cuando aún no estaba muy lejana su propuesta al Consejo de colonizar la gobernación de Santa Marta mediante la exportación a América de cien caballeros de la Orden de Santiago con sus respectivos hábitos y normas de comportamiento134. Posiblemente, también, las efusiones de individualismo y sofisticada distinción que reflejaba el mundo de las empresas le parecieran al anciano Oviedo, desde su residencia antillana, más algo perteneciente a su pasado perdido que un modo plausible de expresar la propia identidad en el mundo real. Lo que en principio había sido concebido como un manual práctico para la regulación de los códigos simbólicos de la élite cortesana y caballeresca que, según Oviedo, había de dirigir el imperio, se había convertido veinte años más tarde en el retrato de una época tan dorada como perdida: la de la juventud del autor. Es más, en la última obra de Oviedo, Las Quinquágenas, de 1556, acabada poco antes de su muerte, el mundo de la corte real que pudo conocer en su última estancia en España de 1546-49 aparece retratado como un lugar peligroso donde el disimulo y la prudencia eran la única garantía de supervivencia moral y física135. 128. Batallas, batalla II, quinquágena II, diálogo XLI, Biblioteca de la Universidad de Salamanca, ms. 359, fol. 220r. 129. Los comentarios de Oviedo, quien cita directamente a Leonardo como su fuente, corresponden a las opiniones de Leonardo sobre retratos femeninos recogidos en su Paragone. Ver Leonardo, on Painting, ed. por Martin KEMP, New Haven, 1989, p. 26-27. Batallas, batalla II, quinquágena I, diálogo V, Biblioteca de la Universidad de Salamanca, ms. 359, fols. 275v-276r. 130. El almirante Bernat de Vilamarí (- 1516) pertenecía a uno de los linajes más destacados de Cataluña. Fue capitán general de la armada de la Corona de Aragón durante las campañas italianas de Fernando V. Señor de Palermo y colaborador del Gran Capitán, por sus servicios fue nombrado Conde de Capaccio en 1504. Fue virrey interino de Nápoles en 1513 y confirmado como capitán general por Carlos V en 1516. 131. Batallas, batalla II, quinquágena I, diálogo XX, Biblioteca de la Universidad de Salamanca, ms. 359, fol. 958r-v. En estos término se refiere a la invención de Diego López Pacheco, marqués de Villena: «[…] estas cosas son a benepláçito fechas equivocas, e algunas tan secretas que sólo el inventor las entiende. E algunos no quieren ser entendidos», batalla III, quinquágena I, diálogo XXIII, Biblioteca de la Universidad de Salamanca, ms. 359, fol. 234r. 132. Thomas GREENE, The light in Troy. Imitation and Discovery in Renaissance Poetry, New Haven, 1982, p. 81-104. 133. Batallas, batalla III, quinquágena II, diálogo XX, Biblioteca de la Universidad de Salamanca, ms. 359, fol. 927r. 134. La petición de Oviedo fue cursada en 1519 como contrapropuesta a una de Bartolomé de Las Casas que finalmente fue concedida. Historia, libro XXVI, cap. I, vol. III, p. 61-62. 135. Quinquágenas de los generosos e ilustres e no menos famosos reyes, príncipes, duques… El manuscrito autógrafo fechado en Santo Domingo en 1555 y acabado en 1556 consta de tres volúmenes hoy en la Biblioteca Nacional, ms. 2217-2219. La primera quinquágena fue editada por Vicente de la Fuente en 1880 y una amplia selección de la obra completa fue publicada por Juan Bautista AVALLE ARCE bajo el título Las Memorias de Gonzalo Fernández de Oviedo, 2 vol., Chapel Hill, 1974.