La etiqueta borgoñona en la corte de España (1547-1800)
Abstract
En este artículo, el autor interpreta la etiqueta y el ceremonial de la corte española como un código que promueve el orden y la jerarquía, realzando así la autoridad monárquica. El periodo estudiado se centra en la Edad Moderna y comprende desde los reinados de Carlos V y su hijo Felipe II hasta el de Carlos III.
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Resumen En este artículo, el autor interpreta la etiqueta y el ceremonial de la corte española como un código que promueve el orden y la jerarquía, realzando así la autoridad monárquica. El periodo estudiado se centra en la Edad Moderna y comprende desde los reinados de Carlos V y su hijo Felipe II hasta el de Carlos III. Palabras clave: etiqueta, corte de España, Época Moderna, nobleza, oficiales de la Casa Real. Resum. L’etiqueta borgonyona a la cort d’Espanya (1547-1800) En aquest article, l’autor interpreta l’etiqueta i el cerimonial de la cort espanyola com un codi que promou l’ordre i la jerarquia, amb la qual cosa enalteix l’autoritat monàrquica. El període estudiat se centra en l’Edat Moderna i comprèn des dels regnats de Carles V i el seu fill Felip II fins al de Carles III. Paraules clau: etiqueta, cort d’Espanya, Època Moderna, noblesa, oficials de la Casa Reial. Abstract. Burgundian etiquette at the Court of Spain, 1547-1800 Though this article, the author analyses the Burgundian etiquette that ruled the Court of Spain from 1547 to 1800 as a perfectly structured code to ensure the social respect to the supreme authority of the king and to other members of the royal family. Key words: Burgundian etiquette, Court of Spain, early Modern Age. El primero de mayo de 1681, el último rey Habsburgo de España, Carlos II, la reina, María Luisa de Orleans, y la corte celebraban el santo del padre de la reina, Felipe, duque de Orleans. La corte estaba en ese momento en el pequeño palacio de Aranjuez, situado entre ríos, islas, bosques y jardines, un confortable lugar de recreo al sur de Madrid. Parte de la celebración consistía en un corto entretenimiento teatral representado por los oficiales de la Casa Real y escrito especialManuscrits 22, 2004 139-158 La etiqueta borgoñona en la corte de España (1547-1800)* Charles C. Noel Syracuse University London Center Royalty Studios Unit 4, 105-109 Lancaster Road Londres W11 1QF [email protected] * Traducción de Cristina Hernández revisada por Concepción Romero Porras y Núria de Lucas Val.
mente para la ocasión. A pesar de que la representación era en verso, le faltaba, como a muchas obras semejantes, calidad literaria. Sin embargo, para el historiador vale la pena estudiarla brevemente por su contenido o la importancia de la etiqueta en la corte. Se llamaba Loa de la etiqueta y oficio de las Casas Reales, y los protagonistas eran varios empleados de la despensa, de la cocina del rey, de la tapicería y de otros departamentos de la corte. Sus protagonistas, sin embargo, eran el mismo palacio de Aranjuez y la etiqueta personificada1. El argumento describe cómo Etiqueta, desafiada por Aranjuez, se bate en duelo con éste último, lo derrota y se establece en la Casa Real. Entonces Etiqueta le dice a Aranjuez: «en mi abrazo encontrarás cordura y fortaleza (…) de entre libros y documentos yo surjo como (…) la justicia (…) yo aparezco allí donde mis preceptos se cumplen y mi verdad se desvela». Después, Aranjuez convence a Etiqueta de que se una a él en alabanzas para comunicar a la audiencia que los oficios de palacio, pautados por Etiqueta: «(…) se rigen por la justicia, para que ellos los reciban desde su prudencia, moderación y mantengan su fortaleza». Finalmente, completamente triunfante, Etiqueta canta sus propios elogios proclamando que en ella nosotros escuchamos «la voz de inviolables preceptos como la obligación y la obediencia». Es una obra de teatro seria, sin humor ni encanto. Presentó ante la Corte con gran seriedad los efectos de la etiqueta tal y como los veían los empleados, los burócratas de la misma. Para ellos, la etiqueta conllevaba razón, fortaleza, justicia, verdad, prudencia y moderación a través de sus normas de obligación y de obediencia. Los historiadores, sin embargo, normalmente usan diferentes términos para caracterizar este triunfo de la etiqueta en las jóvenes cortes de la moderna Europa. Otto Cartellieri, uno de los pioneros en el estudio de la etiqueta en la corte borgoñona, creía que los duques y sus consejeros habían elaborado el protocolo con el fin de propagar la creencia que la autoridad ducal era semisagrada; que la pompa contribuía a convencer a los súbditos del duque que «nada era demasiado bueno para él…[que] la mano del soberano no podía tocar nada ordinario». Y, tal y como concluye Cartellieri, los duques de Borgoña, por muchas incomodidades e inconvenientes que les supusieran, «siempre prestaron suma atención a los asuntos ceremoniales y de preferencia»2. El sucesor de Cartellieri, Richard Vaughan, comparte las mismas opiniones en líneas generales. Tal y como demuestra, ya en 1360, los duques mostraban generosidad y magnificencia, solemnidad y «ceremonias esplendorosas y elaboradas»3. Más recientemente, Richard Bonney ha enfatizado en cómo otros gobernantes y cortesanos desarrollaron, desde la época medieval en adelante, una cultura cortesana de ceremonia y mecenazgo con la intención de realzar su autoridad y el poder del estado absolutista. De este modo, se manipulaba a la opinión pública por medio 140 Manuscrits 22, 2004 Charles C. Noel 1. Loa de la etiqueta y oficio de las Casas Reales, Biblioteca Nacional, Madrid, MS 83. 2. CARTELLIERI, Otto (1970). The Court of Burgundy. Studies in the History of Civilization, Nueva York, p. 53-54 y 63. Este trabajo fue publicado originalmente en alemán en 1926. 3. VAUGHAN, Richard (1962). Philip the bold. The Formation of the Burgundian State, Londres. Ver también del mismo autor Valois Burgundy, Londres, 1975, p. 162-83.
de coronaciones, entradas reales en las ciudades, ceremonias fúnebres reales y la popular festividad del Te Deum, entre otros rituales4. También, historiadores hispanistas, aunque en contadas ocasiones, han estudiado la etiqueta y la cultura cortesana y han llegado a algunas conclusiones similares. John E. Varey, en su estudio de las procesiones reales del siglo XVII, concluye que la etiqueta de la Casa Real tiene como principal objetivo «asegurar el mantenimiento del orden a través de la insistencia en las preferencias y en el seguimiento de un ritual social fijo e invariable»5. En su importante estudio de la Corte de Felipe IV (1621-1665), J. H. Elliott concluía que el rey y sus asesores hacían «todo lo posible», haciendo uso de ceremonias y de la organización de la Casa Real, «para preservar el carácter sagrado de la realeza mediante la distancia» y para enfatizar «el único y distante esplendor de un rey divino»6. Ciertamente, Yves Bottineau, destacado estudioso de la cultura cortesana española de finales del XVII y del XVIII, escribió que mientras que el objetivo de la etiqueta era asegurar «la grandeza del príncipe y el lugar de cada cual», en España, a veces se convirtió en un constreñimiento tremendo y en un fin en sí mismo7. La discrepancia entre las dos maneras de presentar la etiqueta es extensa. Por un lado, sus defensores del XVII que la representaban como un código de virtud; por otro, los estudiantes del XX que la analizan como un instrumento de propaganda y de autoridad. Sin embargo, ambos puntos de vista comparten un cierto entendimiento. Tanto para los contemporáneos como para los historiadores, la etiqueta, utilizada debidamente, reforzaba la jerarquía e imponía un orden; y conseguir asentar la jerarquía y el orden era, de entre todos, el principal objetivo de las culturas política y cortesana de las primeras elites dominantes modernas. Y tal era así, que ya Lady Fanshawe, esposa de un diplomático inglés de mediados del XVII y veterana cumplidora de la vida cortesana europea, elogiaba a la corte española describiéndola como la mejor ordenada en el mundo cristiano, por supuesto, después de la inglesa8. El objetivo de este ensayo es interpretar la etiqueta y el ceremonial de la corte española, particularmente el de la hora de comer de la familia real, como un código que promueve deliberadamente el orden y la jerarquía y, por eso, realza la autoridad monárquica. Además, me esforzaré por explicar el protocolo que la hora de la comida adquirió y retuvo su carácter especialmente rígido y realmente antipático. El periodo estudiado comprende casi la totalidad de la Época Moderna, desde La etiqueta borgoñona en la corte de España (1547-1800) Manuscrits 22, 2004 141 4. BONNEY, Richard (1991). The European Dynastic States, 1494-1660, Oxford, p. 486-490. 5. VAREY, John E. (1973). Processional Ceremonial of the Spanish Court in the Seventeenth Century». En: KÖRNER, K-H.; RÜHL, K. (eds). Studia Iberica. Festeschrift für Hans Flasche, Berna, p. 651. 6. ELLIOTT, J. H. (1989). The Court of the Spanish Habsburgs: A Peculiar Institution? En: ELLIOTT, J. H. Spain and its World 1500-1700, New Haven (existe traducción al castellano con el título España y su mundo: 1500-1700, Madrid, 1990). Ver también: ELLIOTT, J. H. Philip of Spain. Prisoner of Ceremony». En: A. G. DICKENS (ed.), The Courts of Europe, Londres, 1977, especialmente p. 160-170. 7. BOTTINEAU, Yves (1972). Aspects de la Cour d’Espagne au XVIIè siècle: l’etiquette de la Chambre du Roi. Bulletin Hispanique, vol. 74, p. 138. 8. FANSHAWE, Anne, Lady, Memoirs. Citado en: DUNLOP, John. Memoirs of Spain during the Reigns of Philip IV and Charles II from 1621 to 1700, Edimburgo, 1834, II, p. 372.
Carlos V (Carlos I de España, 1516-1556) y su hijo Felipe II (1556-1598), pasando por Felipe IV, hasta el más exitoso de los reyes Borbones, Carlos III (17591788). Durante estos siglos, incluso hasta las últimas décadas de la monarquía borbónica de principios del siglo XX, los observadores de la corte española a menudo quedaban impresionados por su etiqueta. Aparecía extraordinariamente rígida, ritualista, fría, y durante el XVII, degradante hacia los cortesanos y sirvientes que trabajaban de acuerdo con sus preceptos. Tanto monarcas como cortesanos parecían encadenados a unos ceremoniales heredados de un pasado lejano. La etiqueta española se basó en los principios y la organización de la corte del ducado borgoñón. Desde 1363, los duques de Valois y sus sucesores Habsburgo elaboraron el estilo borgoñón, regulando con sumo detalle casi todos los aspectos de la vida cortesana: dar a luz, atender la capilla, vestir y desvestir, recibir visitas, hacer regalos, organizar cenas con invitados y supervisar las cocinas ducales —éstas y otras actividades se rodeaban de un ceremonial que creaba una «helada atmósfera» en la cual la familia real se movía—. Pero el ceremonial, combinado con enorme riqueza, generoso mecenazgo artístico y el asiduo culto a los mitos caballerescos, así como la cruzada contra el islam, ayudaron a crear una viva y espléndida inusual corte donde la autoridad de los duques era realmente singular y su persona era considerada casi divina9. No es de sorprender que el esplendor borgoñón hubiera impresionado sumamente a Maximiliano de Habsburgo, el último Sacro Emperador Romano, como su mito deslumbró al hijo de Maximiliano, Felipe el Hermoso. Maximiliano, a través del matrimonio, y Felipe, por herencia, accedieron al trono ducal de Borgoña, así como al complicado ceremonial que eclipsó todo a cuanto la familia Habsburgo había estado acostumbrada. Maximiliano y su hijo, inevitablemente, asumieron los hábitos de la corte borgoñona y elevaron la etiqueta imperial Habsburgo al nivel de los duques de Valois. Fue el hijo de Felipe, Carlos V, Sacro Emperador Romano y el primer rey Habsburgo de una España unida, quien incorporó sistemáticamente el ritual borgoñón a la corte española. Durante toda su vida, Carlos V se enorgulleció de su herencia borgoñona y pensó mucho acerca de cómo él había representado a los duques de Valois —como gran caballero cristiano, defensor del catolicismo, destacado mecenas de artistas, rico y héroe defensor de muchos de los valores medievales tardíos—. Tales pensamientos tomaron fuerza cuando, en abril de 1547, Carlos ganó la mejor victoria militar de su vida: derrotó a los rebeldes príncipes protestantes alemanes en la batalla de Mühlberg en Sajonia. No mucho después de la batalla, y con un temple solemne, Carlos se dedicó a implantar los principios y la sabiduría cortesanos borgoñones en España. Exigió a un agente en España, el tercer duque de Alba, que supervisara el establecimiento de la etiqueta borgoñona en casa de su hijo y heredero, el futuro Felipe II, quien era al mismo tiempo el sustituto del emperador en 142 Manuscrits 22, 2004 Charles C. Noel 9. Para la cita, ver CARTELLIERI, Court of Burgundy, p. 64; y para la Corte Borgoñona, ver, junto con el trabajo nombrado anteriormente, ARMSTRONG, C. A. J. «The Golden Age of Burgundy. Dukes that Outdid Kings». En: DICKENS, A.G. (ed.), The Courts of Europe.
la Península. Allí, mientras que la corte se hallaba en Valladolid, un testigo ocular relató que el 15 de agosto de 1547, el príncipe Felipe era por primera vez servido «a la borgoñona»10. A partir de entonces, el estilo borgoñón se convertirá en la columna vertebral característica de la estructura, ceremonia y etiqueta de la Casa Real. Como J. H. Elliot ha subrayado, hubo sonadas razones políticas para el cumplimiento de la orden que Carlos dio al duque de Alba. El emperador intentaba hacer de su hijo un heredero borgoñón convencido, particularmente de sus posesiones en los Países Bajos. El viaje triunfal de Carlos y Felipe por aquellos estados, que tuvo lugar finalmente en 1549, ya había sido planeado. La imposición del estilo borgoñón en casa de Felipe fue intencionada para inculcar a los futuros súbditos de Felipe la continuidad de la autoridad de los Valois y para asociar a su nombre el esplendor y el éxito de sus ancestros ducales11. Además, Carlos, nacido en Gante y educado en la Corte Holandesa borgoñona, se sentía fuertemente ligado a la etiqueta con la que había crecido y naturalmente deseaba ver como la gloria de Borgoña se reflejaba en su corte española. Era adecuado que los españoles, destinados a gobernar los Países Bajos, compartieran su cultura cortesana. Además, los españoles compartían plenamente los ideales cortesanos de caballería típicamente borgoñones, la cruzada católica y la agresiva construcción de un imperio. Por lo tanto, al imponer la etiqueta borgoñona a su hijo en la corte de Valladolid, el emperador estaba realmente intentando manipular a la opinión política tanto como satisfacer su inclinación personal y prescribir sus gustos. ¿Pero qué decir sobre Carlos de Austria y sus sucesores Borbones? ¿Por qué continuaron aplicando la etiqueta borgoñona a pesar de sus inconvenientes y desventajas? No sólo era un estilo incómodo y rígido; tendía a la vez a aislar al monarca y a su familia entre un pequeño e íntimo círculo de grandes y sirvientes palaciegos; a veces, a finales del siglo XVI, iba muy en contra de los españoles que lo veían como una innovación innecesaria. Para estos hombres, la nueva etiqueta socavaba la tradicional simplicidad de las casas de los monarcas medievales de la Península. Monarcas mallorquines, aragoneses, castellanos y portugueses habían emitido ordenanzas que, aunque personificaban la dignidad real, permitían un cierto grado de informalidad que contradecía las costumbres borgoñonas. Por encima de todo, el nuevo protocolo era enormemente caro de mantener, con su vasto elenco de especialistas, clérigos, artesanos y trabajadores, así como sus generosamente asalariados contables, secretarios y sirvientes aristocráticos. De este modo, en 1558, las Cortes, tradicional delegación de los pueblos y ciudades castellanos, se quejaban a Felipe II que las cantidades empleadas para mantener el sistema borgoñón «serían suficientes para conquistar y ocupar un reino» y recomendaban al rey La etiqueta borgoñona en la corte de España (1547-1800) Manuscrits 22, 2004 143 10. RODRÍGUEZ VILLA, Antonio (1981). Etiquetas de la Casa de Austria, Madrid, p. 8. Elliott, en The Court of the Spanish Habsburgs, p. 152, aporta evidencias para una fecha algo posterior a enero de 1548 para la orden de Carlos I al duque de Alba. 11. ELLITOTT. The Court of the Spanish Habsburgs, p. 152-53. Alguna idea sobre la naturaleza y la magnitud del viaje triunfal de 1549 quedan indicadas en LANDWEHR, John (1971). Splendid Ceremonies. State Entries and Royal Funerals in the Low Countries. 1515-1791. A Bibliography, Leiden, p. 52-59 y 65-74.
que se volviera a la acostumbrada organización doméstica castellana, «lo apropiado y muy antiguo de estos reinos»12. Sin embargo, ni Felipe II ni sus sucesores anularon lo que Carlos V había decretado. Felipe tenía demasiado respeto a su padre como para hacer tal cosa, mientras que los últimos Habsburgo aceptaron el estilo borgoñón como característica inevitable y como un recuerdo de las glorias políticas y militares del poder español. Felipe IV, de entre todos los reyes del antiguo régimen español, fue el más resuelto a mantener la etiqueta en la corte en todo su rigor, entendió la etiqueta como un pilar del poder Habsburgo, una fuente de orden y fortaleza moral. Dentro de su Instrucción Secreta de 1631, dirigida a su hermana María, antes de ponerse en camino hacia Viena donde se casó con el futuro emperador, Fernando III, Felipe advirtió a la princesa «procurad con vigilancia y particular atención mantener en vuestro servicio el estilo de la Casa de Borgoña que nosotros tanto estimamos aquí». También le dijo a la infanta cuán profundamente lamentaba que la corte francesa hubiera olvidado dicha etiqueta13. Los reyes Borbones del siglo XVIII, ansiosos a menudo por enfatizar la continuidad con el pasado Habsburgo, también conservaron el sistema borgoñón. Por entonces, además, hombres y mujeres con intereses creados —cortesanos aristócratas, oficiales, sirvientes, artistas y artesanos, oportunistas y traficantes de influencias y mecenazgos— se beneficiaron del extravagante estilo borgoñón y se resistieron a los pocos intentos serios hechos para una reforma indispensable. No sorprende, por tanto, ver que el intento hecho por Felipe V para reestructurar la Casa Real fallara. Presionado, aparentemente, por el cardenal Alberoni, Felipe V, en 1718, impuso una reforma de la estructura y de la contabilidad financiera de la corte. Él y Alberoni se propusieron el recorte de costes y la mejora de rendimientos. Los departamentos tradicionales borgoñones de la Casa Real —cada uno de ellos encabezado por un aristócrata eminente o por un prelado influyente— habrían perdido su independencia con respecto a la nueva figura del intendente general de la Casa Real de España. Por eso, la denominación oficial de la Casa Real como la Casa de Borgoña se extinguiría. Un contable —que de ninguna manera era aristócrata— era nombrado intendente general y encargado de recortar costes tanto como pudiera. Los encargados de los departamentos se resistieron. El rey insistió y muchos de los ocupantes de los puestos de la corte se sintieron amenazados. Pero unos días después de que Alberoni perdiera el poder en 1719, Felipe revocó su reforma, la Intendencia General fue abolida y la estructura departamental borgoñona totalmente restaurada14. Por lo tanto, una vez más, el estilo borgoñón triunfó sobre sus detractores. En cualquier caso, la etiqueta borgoñona se adaptó a los gustos reales y a las variables circunstancias financieras, políticas e ideológicas. Esto fue así tanto en la corte ducal borgoñona bajo los Valois, como también bajo sus sucesores Habsburgo. 144 Manuscrits 22, 2004 Charles C. Noel 12. Citado en DALMIRO DE LA VÁLGOMA y DÍAZ-VARELA (1958). Norma y Ceremonia de las Reinas de la Casa de Austria, Madrid, p. 26. Ver también p. 13-14; y RODRÍGUEZ VILLA. Etiquetas, p. 7. 13. DELAVÁLGOMA, Norma y Ceremonia, p. 130. 14. Ver la descripción de estos acontecimientos en Gabriel Benito de Alonso López, carta al Marqués de la Ensenada, 12 de septiembre de 1747, Archivo Histórico Nacional, Madrid, Estado, leg. 4825.
El carácter de su casa y de sus ceremonias y la rigidez de su etiqueta varió de reinado a reinado. En numerosas ocasiones, también los duques, apretados económicamente, habían sacado el jugo a la corte y en una ocasión, en 1454, ordenaron prácticamente su disolución15. Los reyes españoles, asimismo, moldearon y remodelaron el protocolo y a menudo lo olvidaron totalmente. Aunque la estructura de la casa, los nombres de sus empleados y la descripción de sus tareas, así como su posición relativa dentro de las detalladas jerarquías de los departamentos, permanecieron básicamente intactas de siglo en siglo, otros aspectos fueron de vez en cuando reformados. Los monarcas ocasionalmente y muy formalmente decretaron nuevas reglas. Tal fue el caso cuando, en 1575, Felipe II publicó sus Ordenanzas que reformaban la casa de la reina, haciéndola más estrechamente conforme a la del rey. En otras ocasiones, los gobernantes ordenaban las modificaciones más calmadamente o simplemente ignoraban las normas, permitiendo la aplicación del silencio sobre las mismas, como mínimo temporalmente. Se ha dicho, por ejemplo, que al hacerse viejo, Felipe II dejó de cenar en público; y que Carlos IV (17881808) y su consorte, María Luisa de Parma, relajaron el protocolo para tomar parte en los entretenimientos que ofrecían los grandes —algo que los monarcas españoles no habían hecho de manera regular desde hacía más de dos siglos—. Las ordenanzas reales, instrucciones y edictos modificando la etiqueta se hacían públicos una vez casi cada diez años, como mínimo, desde 1547 hasta 172016. Mientras Felipe II y Felipe IV tendían a utilizar estos métodos para intensificar el protocolo e imponer una disciplina estricta sobre sus cortesanos, muchos monarcas actuaron de manera totalmente diferente y «reblandecer las normas». Tal y como Dalmiro de la Válgoma lo describía, se convirtió en un pasatiempo habitual tanto de Habsburgos como de Borbones17. Ya en las décadas de 1470 y 1480, Aliénor de Poitiers, un cronista asiduo del ritual de la corte borgoñona, se lamentaba de la laxitud y la irregularidad en que la casa ducal había caído. Otro testigo ocular, Jean Sigonney, respetable cortesano de Carlos V y experto en la etiqueta borgoñona, le echó la culpa al mismo emperador por el aparente empeoramiento de la observancia de las viejas normas. En su descripción del protocolo que se utilizaba en la casa del emperador Carlos V, escrito a petición del príncipe Felipe como guía del establecimiento del sistema borgoñón en España, Sigonney insiste que la corte española de Carlos debía ser inevitablemente «muy diferente» de aquélla de los duques borgoñones. Según Sigonney, mucho del protocolo tradicional se había perdido de manera irreparable. Bajo María de Borgoña y su marido Habsburgo, Maximiliano, la casa ducal se había dotado de personal alemán: «Yo creo que La etiqueta borgoñona en la corte de España (1547-1800) Manuscrits 22, 2004 145 15. ARMSTRONG, The Golden Age, p. 62-63. 16. ELLIOTT, The Court of the Spanish Habsburg, enfatiza el carácter variable de la corte; María del Carmen SIMÓN PALMER. La alimentación y sus circunstancias en el Real Alcázar de Madrid, Madrid, 1982, p. 45; DE LA VÁLGOMA. Norma y ceremonia, p. 31; Camillo BORGHESE, Later Pope Paul V, en Hugh THOMAS (ed.), Madrid, A Traveller’s Companion, Londres, 1988, p. 252; Jean François BOURGOING. Modern State of Spain, Londres, 1808, I, p. 192; Christina HOFMANN. Das Spanische Hofzeremoniell von 1500-1700, Frankfurt, 1985, resume muchos de los cambios más significantes antes de 1700. 17. DELAVÁLGOMA, Norma y ceremonia, p. 121.
entonces lo borgoñón empezó a perder algo de su grandeza». El mismo Carlos V, que se crió en «una casa totalmente diferente (según lo que yo había oído) a la que los Duques, sus antepasados, habían poseído», se reservó el derecho de enmendar y remodelar la etiqueta cuando así lo creyera necesario. El resultado, se ha dicho, fue que «no quedan indicios de tales cosas»18. Tal «reblandecimiento», u olvido total de las normas borgoñonas, dio flexibilidad al sistema y ganó la lealtad, más o menos entusiasta, de todos los monarcas españoles de la Edad Moderna. Sin embargo, esta flexibilidad no fue el simple producto de la negativa real a vivir con un protocolo que podía parecer sin sentido o demasiado estricto, sino que resultó también de una profunda perversión del sistema borgoñón experimentada a finales del XVII. Por entonces, las costumbres originalmente franco-holandesas de los duques de Valois habían quedado diluidas primeramente por los hábitos alemanes. Después, debido a las quejas en las Cortes de 1558, en España, tanto Carlos V como Felipe II habían permitido deliberadamente que algunas de las antiguas costumbres castellanas se mezclaran con las borgoñonas. Además, la etiqueta cortesana portuguesa fue importada a España por la esposa de Carlos I y muchas de las prácticas de la Casa Real de Lisboa se aceptaron y se codificaron en las Ordenanzas de 1575. Incluso contemporáneos de la escuela de Jean Sigonney se dieron cuenta de la desordenada realidad de la etiqueta borgoñona en la corte española. Como el embajador de Venecia escribiera a Felipe II en 1557, describiendo el ritual de la llamada casa de Borgoña, «tal institución no se encuentra en este momento en su literal observancia»19. Más tarde, durante sus primeros años en Madrid, Felipe V complicó aún más el asunto cuando impuso algunas peculiaridades menores de organización y ritual traído de Versalles. De este modo, hacia mediados del siglo XVIII, la pureza que quedaba del protocolo borgoñón era escasa, a pesar de la esperanza que había expresado Felipe IV en 163120. Igual que en otras cortes y en otros sistemas de protocolo, la etiqueta era ante todo una herramienta. Un instrumento que los gobernantes manipulaban, como hemos visto, para glorificarse ellos y su dinastía y para mantener el orden y reforzar la convencional jerarquía social, rodeándose de inexpugnables muros de historia y de tradición. Los reyes españoles utilizaron la etiqueta para hacer que su persona fuera prácticamente inviolable. De ahí que Felipe IV advertiera, a sus gentilhombres de cámara, que no debían permitir que nadie tocara ni las sábanas ni los visillos de su cama «a menos que fueran gentilhombres y ayudas de cámara con el fin de prepararla o para alguna otra cosa necesaria a su mantenimiento, y aun entonces debía de ser hecho con la mayor decencia y respeto»21. Ahora bien, 146 Manuscrits 22, 2004 Charles C. Noel 18. CARTELLIERI. The Court of Burgundy, p. 72; y SIGONNEY, Jean. Relación de la Forma de Servir que se tenía en la Casa del Emperador don Carlos, Nuestro Señor…, Biblioteca Nacional, Madrid, MS1080. 19. Citado en DELAVÁLGOMA, Norma y ceremonia, p. 26; ver también p. 31. 20. BOTTINEAU, Yves. L’art de cour dans l’Espagne de Philippe V 1700-1746, Burdeos, 1962, p. 162196. 21. Ver Etiquetas Generales y Funciones de la Casa Real, Biblioteca del Palacio, Madrid, MS II/578. Éste es uno de los muchos manuscritos sobre etiqueta fechados entro los siglos XVI y XVII que, con diferente título, se conservan en las bibliotecas y archivos de Madrid y de otros lugares de España.
las normas de etiqueta de la corte también servían para necesidades prácticas. La seguridad la proporcionaban los alabarderos y otras compañías de guardias y las reglas que protegían al rey y a su familia de envenamientos y otros peligros y que salvaguardaban la Casa Real de intrusos y ladrones —aunque los robos incesantes de plata y lino indican que tales medidas no eran del todo eficaces—. Incluso las cocinas reales necesitaban una cuidadosa custodia contra los intrusos y Felipe II tuvo grandes dificultades, según cuenta un empleado de la corte, para mantener a los bribones a raya. Así que Felipe II tuvo que intensificar las reglas desde entonces, pues, tal y como Francisco Martínez Montiño escribía, «no hay nada más odioso que cuchillos inmundos y rotos» en la cocina. También se hicieron repetidos intentos para asegurar la moralidad entre todos los rangos de cortesanos y sirvientes. Capítulos enteros de regulaciones, en las Ordenanzas de 1575 o en muchas órdenes de Felipe IV, se dedicaron en particular a mantener a hombres y mujeres separados. Los gobernantes del XVI y del XVII tenían que recordar a los galanes y a las jóvenes damas de la corte el modo de comportarse. Éstas y otras normas aseguraban, cuando se hacían cumplir con efectividad, que las sucesivas reinas, infantas y sus damas y sirvientas estuvieran prácticamente aisladas del mundo exterior. Otras reglas protegían la salud real y la limpieza de los palacios y de aquéllos que trabajaban en estas tareas: se lavaban las manos —incluyendo las del rey—; se fregaban las mesas; se barrían los suelos, y la comida se almacenaba y se servía cuidadosamente —todo ello se hacía de acuerdo con los preceptos detallados en los libros de etiqueta y otras órdenes—. Otras fórmulas regulaban la gradación de los cortesanos, prescribiendo, por ejemplo, en qué lugar tenía que sentarse cada uno cuando los oficiales de alto rango se encontraban para comer o para conducir los negocios de la casa. Estas fórmulas fomentaban la eficacia y la puntualidad, y se aplicaban a supervisar los gastos a través de éxamenes contables frecuentes y a asegurar la buena calidad de los productos adquiridos para la corte22. A pesar de lo anteriormente escrito, es posible que el desafío práctico más general y apremiante para la etiqueta fuera la amenaza de desorden e indisciplina siempre presente. Las necesidades diarias del rey y de su familia, de los ministros y oficiales superiores de su casa podían ser atendidas sólo si la enorme corte funcionaba como una máquina. Sin embargo, su sola dimensión hacía que esto fuera casi imposible. Hacia mediados del siglo XVIII, el rey tenía el enorme palacio nuevo La etiqueta borgoñona en la corte de España (1547-1800) Manuscrits 22, 2004 147 La mayoría de los manuscritos de los siglos XVII y XVIII son copias de la poco revisada etiqueta de Felipe IV (1647-1651). Algunas copias son más completas que otras; otras incluyen órdenes reales hechas de vez en cuando exigiendo modificaciones; algunas llevan adjuntas descripciones de acontecimientos ceremoniales, tales como funerales particulares. Estos manuscritos proporcionan la base esencial de cualquier estudio de las ceremonias españolas de corte, etiqueta y organización durante el Antiguo Régimen. MS II/578 ha sido la principal fuente de este artículo. RODRÍGUEZ VILLA, en Etiquetas publicó más de una copia. John E. VAREY, en La mayordomía mayor y los festejos palaciegos del siglo XVII, Anales del Instituto de Estudios Madrileños, IV (1969), lista las copias de los manuscritos en Madrid, París y Londres. 22. MARTÍNEZ MONTIÑO, Francisco. Arte de cocina, pastelería, vizcochería y conservería, Barcelona, 1982 (edición original, 1611), p. 5; sobre el problema del robo, ver Simón PALMER. Alimentación y sus circunstancias, p. 27 y p. 65-67; sobre la regulación moral, DELAVÁLGOMA. Norma y ceremonia, p. 40-50 y 110-113.
principalmente a aquellos monarcas que se encontraban indispuestos. Hemos visto que Felipe II a finales de su reino también restringió sus comidas públicas, y que Felipe IV, a pesar de su entusiasmo por las reglas de «decencia y de respeto», cenaba públicamente solamente una vez por semana. Carlos III, famoso por su autodisciplina y regularidad de hábitos, fue uno de los pocos reyes que diariamente comía en público —pero incluso él lo hacía tan sólo a mediodía36. En aquellas ocasiones especiales en que el rey compartía su comida formalmente con otros, la etiqueta aseguraba que su única y superior condición se enfatizara más que nunca. Sólo en tres ocasiones el monarca comía públicamente con sus súbditos: en la boda de una dama de la casa de la reina; con los caballeros del Toisón de Oro, para conmemorar su capítulo anual del día de San Andrés, y con el conde de Ribadeo, quien disfrutaba del antiguo privilegio de comer una vez al año con el monarca. Durante estos eventos, el rey se sentaba en una silla, mientras que sus súbditos lo hacían en bancos; el monarca, y también la reina, durante el banquete de boda de una de sus damas, comían sobre una tarima, bajo un toldo; sus platos —tanto los entrantes como el postre y las viandas— les eran servidos por los oficiales de más alto rango, y de manera diferente; sólo su plato (o el de la reina) se traía cubierto, sólo su comida era traída desde la cocina por caballeros con la cabeza descubierta, sólo su comida y bebida eran catadas de antemano para prevenir un posible envenenamiento. El trato que se ofrecía al conde de Ribadeo era tanto para degradarlo como para glorificarlo, por lo que, mientras que se le era permitido compartir la mesa en la que el rey se sentaba —lo cual sólo les era permitido a la reina y a una dama de honor casada—, la manera en que el conde era servido era nítidamente ofensiva. Un ayudante de panetería le daba en mano su servilleta, el pan y el cuchillo de manera poco ceremoniosa y era servido con los platos que el rey no deseaba. Después de la comida, el conde tenía que besar la mano del rey y no se le permitía acompañar al monarca ni a sus gentilhombres al palacio real37. Los libros de etiqueta estipulaban las tres comidas del día en todas las demás ocasiones. En la comida o cena retirada, el rey o el rey y la reina comían de manera privada y eran servidos por relativamente pocos cortesanos de alto rango mientras que los oficiales y sirvientes de menor grado asistían desde fuera de la cámara real, ya que a los oficiales y sirvientes de menor grado se les requería no ser vistos por el monarca. La comida/cena pública ordinaria era la que tenía lugar con más frecuencia. Duraba, en los días de Carlos III, una hora más o menos —un tiempo sorprendentemente corto dado el grado de ceremonia que comportaba— y era presidida por semanero, aunque el mayordomo mayor se podía hacer cargo de ella si lo deseaba. El rey debía ser servido por gentilhombres de la boca en funciones de copero, trinchante y panetier, y éstos eran ayudados por una docena o más de ujieres, oficiales de la despensa, de la cocina, de la bodega, guardias, asistentes, otros oficiales y uno de los capellanes del rey —o bien su limosnero mayor—. Para el estudiante moderno quizás la característica más sorprendente de tales comidas 154 Manuscrits 22, 2004 Charles C. Noel 36. SAINT-SIMON. Cuadro de la Corte, p. 23-27; ELLIOTT, J. H.; BROWN, Jonathan. Un palacio para el rey, Madrid, 1981, p. 33. 37. Etiquetas Generales MS II/578, folios 169-70, p. 196-198 y 206-207.
era el rigor en el movimiento y acción requeridos incluso en las cocinas o en el comedor antes de la entrada del rey. No había una dirección general, ni un sumario o una declaración de principios que permitiera cierto grado de flexibilidad a la hora de satisfacer las demandas del ritual. En los libros de protocolo, sólo se encuentran páginas y páginas de minuciosa descripción sobre lo que hay que hacer exactamente, por parte de quien y cómo. En cada fase se halla veneración por el rey y su comida, preocupación por su seguridad, y ostentación y elegancia a la hora de traer la comida de la cocina, prepararla ante el rey y retirarse —todos estos pasos se hallan enfatizados en la coreografía requerida por la etiqueta—. De un modo más agudo, incluso en la tercera clase de comida descrita en estos libros: la comida/cena pública solemne, ofrecida en ocasiones especiales, tales como la Epifanía, cuando el conde de Ribadeo iba a comer con el rey o cuando el rey deseaba impresionar a algún comensal. En tales ocasiones, el mayordomo mayor, acompañado por maceros, supervisaba la presentación de las viandas del rey en la cocina y, con guardias, gentilhombres de la boca, ujieres y otros, las acompañaba al comedor donde eran servidas, consumidas y sus restos retirados con música de trompetas y tambores. La presencia de estos oficiales, guardias y reyes de armas, todos con espléndidos uniformes, y de cortesanos bien vestidos venía a ofrecer una impresionante y espléndida imagen38. Tal esplendor era también compartido por la reina, a quien servían en su casa su mayordomo mayor, su camarera mayor, damas y pajes y, en menor grado, infantes e infantas, hermanos e hijos del rey. Las comidas públicas de la reina, como las del rey, eran servidas en sus palacios y suponían la ocasión para las visitas de cortesanos, aristócratas, secretarios y visitantes ocasionales de la corte. Enviados extranjeros al rey de España esperaban presentarse, con frecuencia, si no diariamente, en las comidas. El escritor anglo-italiano Joseph Baretti describía el proceso a principios del reinado de Carlos III: Cuando el rey ha bebido su primer vaso, los embajadores y los ministros extranjeros que estaban todo el tiempo en una fila a mano derecha del monarca, hacen sus reverencias y presentan sus respetos al resto de la familia real, los miembros de la cual, se hallan comiendo cada uno en su propio palacio: el príncipe, solo; don Luis [hermano de Carlos III], solo; la infanta [María Josefa, hermana de Carlos], sola; y los dos infantes más jóvenes, juntos. Todas sus mesas son suntuosas […] Se sirven generalmente al rey cerca de cien platos […] Un momento antes, él se levanta de la mesa […] los embajadores y los ministros extranjeros vuelven a pasar por delante de él y se dirigen a una sala contigua donde esperan su llegada. El rey conversa con ellos sobre temas diversos cerca de media hora39. Hubo otros tiempos, sin embargo, en que los reyes comían de manera mucho más informal de la estipulada por la etiqueta borgoñona. Cuando viajaban o cazaban, sencillamente tomaban comidas o tentempiés u organizaban pequeñas expeLa etiqueta borgoñona en la corte de España (1547-1800) Manuscrits 22, 2004 155 38. Etiquetas Generales MS II/578, folios 143-68. 39. BARETTI, Joseph (1970). A Journey from London to Genoa through England, Portugal, Spain and France II, Londres, p. 84.
diciones, como hacía a menudo Carlos II, a un pabellón o al Pardo, llevaban en su séquito al personal y los suministros necesarios para una comida informal. Lo que la etiqueta prescribía para tales excursiones no está nada claro. De vez en cuando, los monarcas llegaban al extremo de cocinar ellos mismos. A María Luisa Gabriela de Saboya, la primera esposa de Felipe V, le gustaba hacerse sopa de cebolla en su palacio. A Carlos IV le gustaba escapar de la rigidez de la corte, por lo que iba a una de sus encantadoras y elegantes casitas y cocinaba él mismo cordero frito, tortillas de ajo y otras exquisiteces similares. Y Carlos III disfrutaba preparando ocasionalmente fiestas para amigos íntimos y familiares durante las cuales él, sus hijos y algunos cortesanos cocinaban diversos platos sencillos para compartirlos con los demás. Sin embargo, Carlos III nunca comía en estos eventos, porque debía volver a su palacio para comer en público40. Siempre que Carlos III y otros monarcas comían en público, eran servidos por oficiales de alto rango de la Casa Real. De entre el numeroso personal de la cocina, sólo el más importante, el cocinero de la servilleta del rey, tenía el derecho de estar presente —y se requería que estuviera de pie justo al lado de la puerta de la sala en la que su señor comía—. El mayordomo mayor era siempre un grande; los mayordomos, gentilhombres de la boca e, incluso, el gran limosnero eran normalmente grandes o pertenecientes a familias sólidamente aristocráticas. Probablemente, lo que más impresionaba a cualquier testigo era la posición social que tenían quienes servían al rey y la manera en que lo hacían. Los mayordomos, caballeros y guardias oficiales de alto rango eran hombres, o hijos jóvenes de hombres importantes y con fortuna. Ellos y sus familias imponían respeto y ejercían poder sobre los súbditos del rey. Sin embargo, cuando le servían la comida se tenían que humillar. Cualquier gentilhombre que servía como copero ofrecía al rey su vino hincándose de hinojos sobre una rodilla; después de acabar la comida, al rey se le ofrecía una toalla sostenida por el caballero que ejercía como panetier y trinchante, mientras que el copero ofrecía una jofaina para el lavado de manos del rey, todo ello de rodillas; el gran limosnero, que era también patriarca de las Indias y frecuentemente cardenal —como el cardenal Borja bajo Felipe V o el cardenal Fernández de Córdoba en los años 1760 y 1770, ambos de grandes familias extremadamente bien relacionadas—, quitaba uno de los dos manteles que cubrían la mesa del rey y el trinchante, utilizando la servilleta que traía al hombro, como un sirviente de cocina, cepillaba las migas que había en la ropa del rey y le besaba la mano. En algunas comidas públicas, como las del día de San Andrés o de la Epifanía, la compañía de duques y grandes sirviendo era incluso más numerosa. Sólo había una comida para la cual la etiqueta era única. No tenía lugar ni en la sala que se usaba para comer ni en la que se usaba para cenar, sino en un espacio todavía más magnificante: en la sala de las columnas del palacio de Madrid. Allí, en el lujoso salón que a finales del siglo XIX fue calificado como el salón de los pobres, una extraordinaria ceremonia tenía lugar cada Jueves Santo. Siguiendo el 156 Manuscrits 22, 2004 Charles C. Noel 40. BOTTINEAU. L’art de cour, p. 177; William BECKFORD. Italy, Spain and Portugal, Londres, 1840, p. 349-350; José CEPEDA ADÁN, «Silueta del madrileño Carlos III». Anales del Instituto de Estudios Madrileños. III (1968), p. 334.
detallado ritual dispuesto en los libros de etiqueta, el rey subvertía la relación diaria entre gobernante y súbdito durante el lavatorio de los pobres. Primero lavaba los pies de trece hombres y luego les servía la comida. Aunque los hombres se sentaban en un banco bajo (como los caballeros del Toisón de Oro en el día de San Andrés), la larga mesa en la que comían estaba adornada con flores, el pan que comían era el mismo con el que el rey sería servido posteriormente, el vino era abundante (un poco más de dos litros para cada uno) y se les permitía llevarse los saleros y utensilios que habían utilizado, ropa nueva y una bolsa con monedas que les daba uno de los capellanes del rey. El rey les lavaba los pies personalmente después de, como signo de humildad, haberse quitado su capa, espada y sombrero. Posteriormente, una vez que los pobres se sentaban, presumiblemente más satisfechos, el monarca les servía individualmente su comida. Era asistido por muchos de los mismos oficiales que le servían a él en una comida pública: el aposentador de palacio, el patriarca de Indias, los mayordomos portando sus bandas oficiales, el venerable guarda de arqueros, uno de sus médicos de cámara y un boticario de palacio (para inspeccionar los pies de los pobres con anterioridad a su lavado) y otros oficiales y gentilhombres de cámara. Entre éstos últimos, a principios del reinado de Carlos III, se contaban personajes tan notables como los duques de Castropignano, Medinaceli y Osuna, el marqués de Santa Cruz, el conde de Aranda y el príncipe de Masserano —hombres de extraordinario poder y fortuna—. Después de servir el postre a los pobres, el rey y sus cortesanos se preparaban para comer y el mundo de la corte volvía otra vez a ser el mismo41. Un día de julio de 1804, Lady Holland, la esposa de un eminente político británico que visitaba Madrid y una gran observadora de los acontecimientos de la corte, fue a comer con un grupo de amigos influyentes. Entre ellos se encontraban el conde de Fernán Núñez, el marqués de Santa Cruz, el hijo del duque de Osuna y otros, principalmente grandes y cortesanos experimentados de alto rango. Allí se habló del carácter rancio y de las tareas exigentes e inútiles del ritual que se les exigía. Normas antiguas, como las que obligaban a los nobles a servir al rey, a la reina y a los infantes arrodillados fueron las más comentadas. También se mencionaron otras normas relativas a los severos castigos impuestos a un sirviente que deliberadamente rompía las convenciones. Para Lady Holland, como para los lectores de su diario, era evidente que estos cortesanos, como mínimo y en aquel momento, encontraban la antigua etiqueta borgoñona inconveniente, inapropiada y humillante para ellos y para el resto de los españoles42. Para ellos, la magia del ritual y de la ceremonia había dejado de existir. Desde tiempos medievales, el principal objetivo político de la etiqueta cortesana había sido el de reforzar la autoridad La etiqueta borgoñona en la corte de España (1547-1800) Manuscrits 22, 2004 157 41. Etiquetas Generales MS II/578, folios 143-45; Archivo General de Palacio, Madrid, Carlos III, leg. 210; Aclaraciones en Varios Puntos de la Etiqueta vigente en Palacio, n. d.; Biblioteca del Palacio, Madrid, caja foll, folio 252. Antes de que el nuevo palacio en Madrid se acabara de construir en 1764, era costumbre celebrar esta ceremonia en la antecámara del rey, la sala en la cual comía normalmente en público. La reina llevaba a cabo una ceremonia similar para los niños pobres. 42. HOLLAND, Elizabeth, Lady. The Spanish Journal of Lady Holland, Londres: Earl of Ilchester, 1910, p. 194.
y el poder reales para demostrar la superioridad de los reyes y otros gobernantes, para establecer y reiterar la naturaleza sacrosanta de la monarquía y para confirmar la esencia jerárquica de la sociedad. Cuando la etiqueta y la ceremonia tenían éxito, los participantes y espectadores, como los hombres de Metz, se imbuían de respeto y majestuosidad. En España, como en otras monarquías modernas, la etiqueta y la ceremonia se combinaban con las artes de la pintura y la arquitectura, las artes decorativas y la literatura y la música para conseguir y mantener el absolutismo del Antiguo Régimen. La cultura de la corte española y la etiqueta borgoñona —ésta última, paradójicamente, rígida y flexible a la vez, contaminada y pura, al menos a ojos de sus promotores como Felipe IV— proporcionaban un sistema de poder político y de disciplina diseñados para promover el bienestar del rey, su seguridad y buena salud, así como también una disciplina diaria a sus sirvientes y cortesanos. En una corte en la que el rey carecía de los atributos sagrados que tenían algunos otros monarcas y en que el ritual semipúblico era poco frecuente, la etiqueta a la hora de comer desempeñaba un papel significante. De este modo, aunque los monarcas a menudo escapaban a la rigidez de la comida pública, prefirieron no abandonar este rito completamente. De ahí, también, el énfasis puesto en los elevados orígenes y en la humildad de aquéllos que servían al rey. Como Jean Bourgoing entendía, el hecho de arrodillarse al servir era una manera de prestar homenaje al monarca43 tan indispensable como el besamanos o la entrada real en Madrid. No es de sorprender, entonces, que casi cuatro años después de que los amigos de Lady Holland menospreciaran el arrodillarse y mucho más al estilo borgoñón, grandes y cortesanos como ellos se alzasen y ayudasen a poner fin a la monarquía absoluta de Carlos IV. 158 Manuscrits 22, 2004 Charles C. Noel 43. BOURGOING. Modern State of Spain, I, p. 134.