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El horizonte de la nueva geografía cultural

Kramsch, Olivier

Abstract

Han pasado ya casi dos décadas desde que se fundaron los principios de una «nueva» geografía cultural, en parte como respuesta a las percibidas limitaciones de la escuela de Berkeley. Este ensayo explora el estado actual de la investigación en la geografía cultural anglosajona, situando las innovaciones recientes dentro del contexto de los debates disciplinares entre enfoques «tradicionales» y «nuevos» a lo largo de los años ochenta e inicios de los noventa. En el acto de seguir las transformaciones teóricas y metodológicas subyacentes a dos de las principales categorías de análisis en la geografía cultural -el estudio de la interconexión entre naturaleza y cultura, y la representación del paisaje- el autor sugiere que en el periodo reciente están reemergiendo las preocupaciones tradicionales de la escuela de Berkeley, aunque no bajo sus condiciones originales de nacimiento.

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Resumen Han pasado ya casi dos décadas desde que se fundaron los principios de una «nueva» geografía cultural, en parte como respuesta a las percibidas limitaciones de la escuela de Berkeley. Este ensayo explora el estado actual de la investigación en la geografía cultural anglosajona, situando las innovaciones recientes dentro del contexto de los debates disciplinares entre enfoques «tradicionales» y «nuevos» a lo largo de los años ochenta e inicios de los noventa. En el acto de seguir las transformaciones teóricas y metodológicas subyacentes a dos de las principales categorías de análisis en la geografía cultural —el estudio de la interconexión entre naturaleza y cultura, y la representación del paisaje— el autor sugiere que en el periodo reciente están reemergiendo las preocupaciones tradicionales de la escuela de Berkeley, aunque no bajo sus condiciones originales de nacimiento. Palabras clave: naturaleza/cultura, identidad, paisaje, reflexividad, ética, nueva geografía cultural. Resum. L’horitzó de la nova geografia cultural Ja han passat quasi dues dècades d’ençà que s’establiren els fonaments d’una «nova» geografia cultural, en part com a resposta a les limitacions presentades per l’escola de Berkeley. Aquest assaig explora l’estat actual de la recerca en la geografia cultural anglosaxona, situant les innovacions recents dins el context dels debats disciplinaris entre enfocaments «tradicionals» i «nous» durant els anys vuitanta i començament dels noranta. En fer el seguiment de les transformacions teòriques i metodològiques subjacents a dues de les principals categories d’anàlisi en la geografia cultural —l’estudi de la interconnexió entre natura i cultura, i la representació del paisatge— l’autor suggereix que recentment estan reemergent les preocupacions tradicionals de l’escola de Berkeley, malgrat que no sota les seves condicions originals. Paraules clau: natura/cultura, identitat, paisatge, reflexivitat, ètica, nova geografia cultural. Résumé. L’horizon de la nouvelle géographie culturelle Il y a bientot vingt ans que furent posés les principes fondamentaux d’une nouvelle géographie culturelle, en partie en réaction contre les limitations de l’école de Berkeley. Cet essai fait le point de la recherche anglosaxonne en géographie culturelle et en situe les avanDoc. Anàl. Geogr. 34, 1999 53-68 El horizonte de la nueva geografía cultural Olivier Kramsch University of California-Los Angeles Department of Urban Planning. School of Public Policy and Social Research PO Box 951656 Los Angeles (California) 90095-1656 USA [email protected]ve.com Data de recepció: juny 1998 Data d’acceptació: setembre 1998 DAG 34 053-068 20/5/99 16:10 Página 53 ces récentes dans le cadre des débats disciplinaires qui ont eu lieu entre les «anciens» et les «modernes» pendant les années 80 et le début des années 90. Les récents changements observés dans les courants théoriques et méthodologiques qui sous-tendent les deux themes majeurs de la geographie culturelle —opposition nature/culture et représentation des paysages— suggerent que certaines préoccupations de l’ancienne école de Berkeley font surface à nouveau, quoique dans des conditions différentes. Mots clé:nature/culture, identité, paysage, réflexivité, éthique, nouvelle géographie culturelle. Abstract. The horizon of new cultural geography Nearly two decades have passed since the founding principles of a «new» cultural geography were established, partly as a reaction to the perceived shortcomings of the Berkeley School. This essay provides an update on research within cultural geography in English-speaking countries, situating recent developments within the context of disciplinary debates between «traditional» and «new» approaches to the field in the 1980s and early 1990s. In tracing the shifting theoretical and methodological currents underlying two of cultural geography’s primary analytical categories —the study of the nature-culture nexus and landscape representation— it is suggested that in recent years certain preoccupations of the «traditional» Berkeley school may be reemerging, although perhaps not under their original conditions. Key words:nature/culture, identity, landscape, reflexivity, ethics, new cultural geography. Introducción Han pasado ya casi dos décadas desde que Peter Jackson (1980) lanzó su llamada a la geografía cultural para que reorientase los principios de la escuela de Berkeley norteamericana y los adecuase a una nueva realidad política e ideológica. Reaccionando ante un enfoque saueriano considerado demasiado ahistoricista y conceptualmente funcionalista (Wagner y Mikesell, 1962), y participando en el «viraje interpretativo»1que influiría a una amplia franja de las ciencias sociales anglosajonas a lo largo de los años ochenta (Geertz, 1973; Rabinow y 54Doc. Anàl. Geogr. 34, 1999 Olivier Kramsch 1.Las traducciones del inglés al castellano son del autor; cualquier error u omisión al respecto son enteramente responsabilidad suya. Sumario DAG 34 053-068 20/5/99 16:10 Página 54 Introducción El «cánon» en cuestión: avances y debates internos en la geografía cultural anglosajona en los años noventa Cultura y naturaleza: evoluciones no muy darwinianas Paisajes, identidades culturales y el retorno de una agenda «social» Bibliografía Sullivan, 1979), geógrafos como Peter Jackson, Denis Cosgrove y David Ley promoverían una visión «activa» de la cultura, vinculada con prácticas concretas imbricadas en una red de significaciones y de relaciones de poder con repercusiones directas en las esferas de la política ciudadana (Cosgrove, 1983; Ley, 1985; Jackson y Cosgrove, l987). En lugar de ser vista como un objeto estático o monolítico, la cultura, considerada como «evento», llevaría una definición interactiva y dinámica, poniendo énfasis analítico en las relaciones complejas de dominación, oposición y reapropriación que caracterizan a las subculturas minoritarias en sociedades urbanas contemporáneas. Influido por el movimiento académico de «estudios culturales británicos», el concepto de «cultura» no sería visto como una categoría residual vis a vis con los análisis económicos más «rigurosos», sino como el medio mismo a través del cual se constituyen y se debaten cambios socioeconómicos más amplios (Williams, 1977; Hebdige, 1979; Hall y otros, 1980). Los nuevos enfoques de la geografía cultural que marcarían los años ochenta llevarían a una ampliación de las fuentes tradicionales de estudio sauerianas, abarcando el análisis simbólico y textual del paisaje, concebido en sí como una compleja construcción simbólico-cultural que ordena el mundo externo, requiriendo herramientas más interpretativas que morfológicas (Cosgrove, 1984; Duncan, 1985; Cosgrove y Daniels, 1987); la estimulación de debates geográficos sobre agencia/estructura iniciados por Anthony Giddens (Mackenzie y Kobayashi, 1989); la revisión de la historiografía científica (Livingstone, 1984); el estudio de localidades (Rose, 1988); la exploración de geografías del consumo (Ewen y Ewen, 1982; Lears, 1983); la incorporación de una agenda geográfica feminista (Avery, 1988; Rose y Ogborn, 1988; Seager, 1988), y la interrogación de la modernidad (Dear, 1988; Gregory, 1989). Los años noventa son testimonio de una profundización y consolidación, en la geografía cultural anglosajona, de temas inaugurados en la década anterior, acompañados por una expansión caleidoscópica de nuevos objetos de análisis. Esta ampliación de temas de estudio ha motivado a un compilador a mencionar recientemente (con la discreción británica usual) que fue «difícil saber qué temas incluir en este resumen» (Matless, 1995: 395). Aunque quedan muchos hilos de continuidad con las corrientes anteriores, han nacido nuevas ramas de investigación dentro de la geografía cultural atentas a las inquietudes que, a un nivel más amplio, recorren las ciencias humanas contemporáneas, reflejando en parte los dramáticos cambios que se asocian con la desintegración de la Unión Soviética, el derrumbe de la utopía socialista y la aparente ascendencia de un modelo económico neoliberal a nivel mundial (Cosgrove, 1992). En efecto, aunque parecería contradictorio, es precisamente en la medida que la esfera de lo económico (encarnada en la lógica del mercado) se erije con pretensiones de ser el único poder en la determinación de las relaciones humanas, que la noción de «cultura» ha atraído un interés teórico intenso como posible idea renovadora dentro de una futura izquierda progresista. La geografía cultural, por supuesto, no sólo ha sido influida por estas tendencias, sino que ha tomado un papel protagonista en dar forma a los debates pertinentes. Antes de El horizonte de la nueva geografía cultural Doc. Anàl. Geogr. 34, 1999 55 DAG 34 053-068 20/5/99 16:10 Página 55 penetrar las nuevas corrientes, revisaremos brevemente el contexto disciplinario dentro del cual se situarían las tendencias heterodoxas. El «cánon» en cuestión: avances y debates internos en la geografía cultural anglosajona en los años noventa Aunque sería demasiado reduccionista atribuir las tensiones epistemológicas que surgen dentro de la geografía cultural anglosajona en los años noventa a tradiciones disciplinarias divergentes por ambos lados del Atlántico, sería más apropiado ubicar la resistencia hacia los postulados de la «nueva» geografía cultural dentro de un contexto social más amplio asociado con la percibida fragmentación del tejido sociocultural estadounidense, fruto, segun algunos, de una «política de identidad» reivindicativa de grupos minoritarios (SoldatenkoGutiérrez, 1990; Young, 1990). Para teóricos literarios como Alan Bloom (1987), una política cultural que hiciera caso a las necesidades reivindicativas de grupos raciales o sexuales en base a sus rasgos diferenciales sólo llevaría a la desintegración de una polis fundada en principios de ciudadanía e igualdad propios de la democracia norteamericana. Estos debates político-filosóficos, que instaurarían un ambiente de crispación en las humanidades que todavía no se ha atenuado en la academia norteamericana, no podrían sino influir en el tenor de las reacciones a las propuestas de la «nueva» geografía cultural. Esta tensión sería implícita, por ejemplo, en discusiones sobre la relación entre la geografía cultural tradicional y la contemporánea, tal como se expresó en un panel de la Association of American Geographers en Miami (Florida) en 1991 (Cosgrove, 1992). En este foro, mientras geógrafos como Nicholas Entrikin intentarían establecer distinciones constructivas entre la tradición de Sauer/Berkeley y las nuevas tendencias teóricas, otros, como Marvyn Mikesell, concluirían que no solamente las obras de Sauer habían sido mal representadas por parte de la «nueva» geografía cultural, sino que en su énfasis analítico dirigido hacia grupos minoritarios y subalternos, se corría el riesgo de ignorar las importantes funciones cohesionadoras de las culturas nacionales y religiosas que sufrían los efectos corrosivos de la modernización (Cosgrove, 1992). Haciéndose eco de la posición de Mikesell, Marie Price y Martin Lewis defenderían la bandera de la escuela de Berkeley contra las pretensiones, por parte de los «nuevos» geógrafos de «reinventar» la disciplina en base a una caricatura de las tradiciones sauerianas (Price y Lewis, 1993). Para los dos geógrafos de la Universidad de Washington, el nivel de abstracción teórico requerido por la «nueva» geografía cultural corría el riesgo de producir un universo cerrado y autosuficiente, cuyos textos sólo podrían ser descifrados por una élite intelectual de la cual el mismo Sauer desconfiaba (Cosgrove, 1992: 12). Bien entrada la década de los noventa, Foote y otros (1994) intentarían codificar el «cánon» tradicional de Wagner y Mikesell a expensas de los nuevos enfoques teóricos; a pesar de sus pretensiones inclusivistas, sólo dos de las dieciocho contribuciones se insertarían dentro de una tradición británica reconocible de geografía cultural (Mitchell, 1996a: 374). 56 Doc. Anàl. Geogr. 34, 1999 Olivier Kramsch DAG 34 053-068 20/5/99 16:10 Página 56 Revisando uno de los textos más emblemáticos del estudio del paisaje de la década de los noventa, The city as text: the politics of landscape interpretation in the Kandyan kingdom (Duncan, 1990), Alan Pred respondería a los detractores de la «nueva» geografía cultural urgiendo que se «tirara por la borda la pesada carga de los estudios de paisajes influenciados por Sauer» y se descartaran «propuestas ingenuas [que abogan por una geografía] de lo meramente visible» (Pred, 1991: 115). En lugar de sostener una geografía de lo «superficial y artifactual», la cual en su concepción superorgánica de la cultura denegaría los procesos sociales y las relaciones de poder que subyacen a la construcción de cualquier paisaje, Pred presentaría el texto de Duncan como un modelo para leer paisajes en tanto que producciones culturales y sistemas simbólicos complejos cuya significación son objeto de luchas y contestaciones sociales (Pred, 1991: 116). Para Pred, las preguntas pertinentes que se deberían plantear al estudioso de paisajes son: «¿Cuál es el papel de los paisajes en la constitución de las prácticas políticas y sociales? ¿Cuáles son los signos ideológicos del paisaje a través de los cuales se reproduce el orden social? ¿De qué forma, bajo qué intereses, y para qué propósitos, se construye la memoria colectiva (la representación del pasado) en el paisaje?» (Pred, 1991). Remarcando la «guerra civil que ha ido desarrollándose en la geografía cultural desde el inicio de los años ochenta», James Duncan (1994) observaría como «la generación mayor se ha quedado contenta manteniendo sus posiciones fuertemente atrincheradas en la academia, mientras que la generación joven [...] lanzó sus ataques utilizando un arsenal de armas teoréticas provistas por subcontratistas en las humanidades y las ciencias sociales» (Duncan, 1994: 401). Duncan acusaría a ambos bandos de buscar una dominación hegemónica ilusoria en la conformación de la subdisciplina y sugeriría, bien al contrario, considerar a la geografía cultural como un «espacio heterotópico» capaz de «yuxtaponer múltiples espacios en un lugar real, varios sitios que son en sí incompatibles» (Foucault, 1986: 25). Para Duncan, el hecho de que la geografía cultural no tuviera centro de gravedad no debería ser motivo de lamento sino de celebración: el estudio de sistemas de riego en México y de los carnavales en Londres «son simple e irremediablemente distintos en el sentido de que no tienen relación entre sí» (Duncan, 1994: 375). Retomando una metáfora más próxima a nuestras raíces culturales, aunque la geografía cultural de los tardíos años noventa podría bien asemejarse a un Aleph, hay sin embargo líneas de continuidad acompañadas de cambios de énfasis a lo largo de los últimos años dentro del «lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos» (Borges, 1971: 166)2. A continuación se intentará trazar las principales idée-forces que atraviesan los principales temas de la subdisciplina. El horizonte de la nueva geografía cultural Doc. Anàl. Geogr. 34, 1999 57 2. Claro está que el Aleph aquí descrito está circunscrito al «universo» anglófono, y no puede sino abarcar una parte muy reducida de la esfera borgesiana. DAG 34 053-068 20/5/99 16:10 Página 57 Cultura y naturaleza: evoluciones no muy darwinianas Entre las corrientes temáticas de la «nueva» geografía cultural se ha observado un interés precoz y persistente en trazar las relaciones entre sociedad y naturaleza. Notables en este sentido son los trabajos pioneros de Burgess y otros (1988; 1990), en los cuales se indaga cómo mujeres urbanas de distintas clases sociales y grupos étnicos perciben la naturaleza circundante, y así esclareciendo cómo el concepto de «naturaleza» en sí se reproduce en discursos y prácticas concretas para sostener la cohesión cultural. Bajo la influencia teórica de la filosofía de la ciencia (Latour, 1993), la frontera misma entre «cultura» y «naturaleza» en años posteriores se ha ido erosionando hasta tal punto que la «colectividad» se ha podido definir en términos humanos y no humanos (Latour, 1993: 4). El efecto del desafío epistemológico de Latour se ha traducido en una paulatina reevaluación del peso humano en la conceptualización de «agencia» en el mundo social, abriendo espacios para otros actores en la promulgación de «proyectos socioecológicos» diversos (Haraway y Harvey, 1995), cuyos posibles protagonistas «apasionados», trascendiendo concepciones tradicionales del espacio-tiempo, podrían incluir bosques (Peluso, 1995), perlas (Callon, 1986) o gatopardos (Emel, 1995). La mutación del «ser geográfico» (Matless, 1996a: 386), donde las categorías de lo «material» y lo «semiótico», lo humano y lo no humano, sufren revisiones ontológicas, prosigue en obras donde temas de identidad, sexualidad, psicología, política, infancia, excursiones y arte se relacionan por medio de metáforas de comportamiento, corporalidad y localización espacial (Pile y Thrift, 1995; Thrift, 1996). En la conceptualización del medio ambiente, hay testimonio de una convergencia entre nociones de justicia social y justicia ambiental (Heiman, 1996; Pulido, 1996), donde la idea del medio ambiente es reorientada desde un referente puramente natural hacia cualquier transformación humana del mundo material (Lipietz, 1996). Un abanico de prácticas sociales se abren para el análisis de la ecología social: los movimientos sociales, propugnando una «ecología de la liberación» en sociedades no occidentales (Peet y Watts, 1996); los efectos de las efluencias de los residuos urbanos como fuente de fertilizantes agrícolas (Goddard, 1996) o sus consecuencias en las infecciones sufridas por practicantes de surf (Ward, 1996). El libro Justice, nature, and the geography of difference, de David Harvey (1996), es una meditación extendida sobre la manera como formulaciones contrastantes de lo universal y lo particular, el lugar y el espacio, la justicia y la diferencia, se elaboran entre distintas ecologías sociales, argumentando por una comprensión dialéctica y relacional de los procesos socioespaciales para entender la raíz de los conflictos medioambientales y forjar posibles alianzas políticas. En las huellas de Haraway y Harvey (1995), y en búsqueda de un lenguaje que elucide con mayor nitidez la compleja interrelación entre «cultura» y «naturaleza», han habido intentos recientes de explorar las obras de Lackoff, Wittgenstein, Bourdieu y Lefebvre (Gerber, 1997), agregándose a evaluaciones de la teoría «actor-red» de Michel Callon, Bruno Latour y John Law, en 58 Doc. Anàl. Geogr. 34, 1999 Olivier Kramsch DAG 34 053-068 20/5/99 16:10 Página 58 la disolución de teorías dicotomizantes que todavía aquejan las ciencias medioambientales (Murdoch, 1997). Con el mismo espíritu crítico, las consecuencias políticas involucradas en la abstracción del medio ambiente de su entorno cultural son trazadas en el contexto neocolonial del desarrollo forestal en Canadá (Willems-Braun, 1997). El año 1997 hace vislumbrar en el horizonte ontologías posindustriales capaces de incluir formas híbridas entre humanos y máquinas (cyborgs, humáquinas) como agentes sociales que sirven para destronar aun más una visión antropocéntrica del mundo (Luke, 1997). Paisajes, identidades culturales y el retorno de una agenda «social» Los vínculos entre el análisis de paisajes y la construcción de «comunidades imaginadas» han sido trabajados desde los prmeros años de la década de los noventa sobre la construcción de identidades nacionales (Gruffudd, 1990; Daniels, 1991; Hooson, 1994) y en la conformación de legados paisajísticos locales (Clifford y King, 1993). Inspirados por teóricos que señalan la cualidad coyuntural y fluida de identidades culturales bajo condiciones del capitalismo tardío (Bhabha, 1994; Chambers, 1994; Gilroy, 1994), ciertos geógrafos juegan con un lenguaje abstracto y geométrico que celebra una geografía de aceleración, rapidez, movimiento y desaparición (Clarke y Doel, 1994, ShurmerSmith y Hannam, 1994). La relativización del agente humano evidente en discusiones sobre el nexo cultura/naturaleza también influye en la producción de estudios de paisaje. Los nuevos enfoques tienden a usar menos imágenes de paisajes como fuente empírica primaria, ya que lo hacen a través de objetos y prácticas cuyas trayectorias navegan entre lo humano y lo no humano (Brannstrom, 1995; Heffernan, 1995; Steedman, 1995). Una creciente preocupación por la «desmaterialización» de estudios paisajísticos implicados en análisis semióticos ha reforzado el análisis de cómo procesos aparentemente abstractos se encarnan materialmente en prácticas sociales: lo «físico (en lugar de lo meramente textual)» (Gregory, 1995). Este gesto ha sido apropiado en la obra de Squire (1995) sobre turistas femeninas en las Montañas Rocosas canadienses por Selwyn (1995) analizando tours ecológicos en Israel; y por Gruffudd (1995) interrogando el papel de las carreteras en la construcción de la nación galesa. El locus de trabajos sobre la constitución de identidades culturales, relacionado originalmente con el imaginario territorial nacional, se expande en su interés por indagar en la constitución de subjetividades diversas a través del consumo (Jackson y Thrift, 1995; Mort, 1995); por medio de la música (Leyshon y otros, 1995); en la exploración de espacios sexuales diversos (Bell y Valentine, 1995), y en la observación de documentos de planificación urbana (Soderstrom, 1996) o de textos geopolíticos (O’Tuathail, 1996). Este cuerpo de trabajo, motivado en parte por un interés en substituir una nueva «ética de flujos» (Pile y Thrift, 1995) por la euforia demostrada inicialmente con un capitalismo tardío caracterizado por la rapidez y la desaparición estética, se ha concretizado en una revalorización dentro del campo de la geografía cultural de preocupaciones propias a la geografía social (Matless, 1997). El horizonte de la nueva geografía cultural Doc. Anàl. Geogr. 34, 1999 59 DAG 34 053-068 20/5/99 16:10 Página 59 Esta tendencia, que logra borrar aun más la distinción entre ambas subdisciplinas (Matless, 1997: 393), ha sido promovida de forma explícita por nuevos trabajos sobre espacio y etnicidad (Black, 1996; Ware, 1996); la capacidad de control territorial por parte de fuerzas policiales (Herbert, 1996); poblaciones sin viviendas (Daly, 1996; Takahashi, 1996), y la definición del espacio público (Mitchell, 1996b). La formación de nuevas subjetividades geográficas ha sido también investigado con éxito a través de la construcción de espacios urbanos activos en Londres y Brisbane (Jacobs, 1996); Los Angeles y Amsterdam (Soja, 1996); las nuevas ciudades norteamericanas de ocio (Zukin, 1995), y a través de procesos de gentrificación (N. Smith, 1996). Más recientemente hemos sido testimonios de una extensión de la preocupación «social» de la geografía cultural en trabajos que establecen vínculos entre la economía política y la paulatina criminalización de poblaciones sin vivienda (D. Mitchell, 1997); que iluminan las complicidades entre la construcción de género y la división de trabajo en las maquiladoras mexicanas (Wright, 1997); que relacionan imágenes con contextos de reestructuración posindustrial en Inglaterra (Hall, 1997), o que interrogan la ideología del desarrollo en las comunidades mineras de Australia (Trigger, 1997) y en el ámbito de preservación cultural en Malasia (Cartier, 1997). Un campo particularmente fértil ha sido la intersección de geografía y racismo, ejemplificado en las obras recientes de Pred (1997) sobre los nuevos «espacios racializados» en Suecia; la marginación espacial de gitanos y «viajeros» en Irlanda (MacLaughlin, 1998), o la producción de regímenes discursivos e institucionales dentro de la Unión Europea que legitimizan una percepción de los inmigrantes como amenaza y problema de seguridad (Tesfahuney, 1998). El «retorno a la tierra» señalado por Gregory ha tenido un impacto en las geografías de género en la medida en que abstracciones que enfatizan la necesidad de una «localización» global feminista son desplazadas por narrativas que concentran la atención en la transformación económica y geográfica de cuerpos, hogares y ciudades como producto del movimiento espacial femenino (Cooper, 1997). Al señalar como las mujeres en Nigeria son implicadas a veces en las mismas ideologías que las que se mantienen en posiciones de subordinación, trabajos como el de Cooper empiezan a demostrar una sensibilidad atenta a las ironías y las contradicciones inherentes a la construcción de identidades colectivas, un rasgo también evidente en discusiones acerca de la producción de espacios heterosexuales por parte de grupos homosexuales (Kirby y Hay, 1997), o en la formación geocultural de la derecha religiosa en Estados Unidos (Gallaher, 1997). La reciente apertura en las ciencias sociales hacia concepciones de subjetividad más autónoma, reflexiva, fluida y coyuntural ha promovido una reconsideración profunda de las bases filosóficas subyacentes a la noción de justicia social, tradicionalmente ligada a nociones de derechos universales amparados por marcos jurídicos democráticos asociados con el Estado nación (Beck, Lash y Giddens, 1994; Harvey, 1996). Con el trasfondo de esta reestructuración político-filosófica, la geografía cultural anglosajona ha promovido la indagación 60 Doc. Anàl. Geogr. 34, 1999 Olivier Kramsch DAG 34 053-068 20/5/99 16:10 Página 60 de «geografías morales», las cuales, en su búsqueda de nexos entre el espacio y las nuevas visiones éticas, labran un terreno distinto a las que caracterizaban una «geografía radical» de hace tan sólo una década (Smith, 1997). Este énfasis se refleja en estudios que iluminan la manera como instituciones de salud mental participan de las geografías del constreñimento (Parr y Philo, 1996); la experiencia de enfermedades crónicas (Moss y Dyck, 1996) o de invalidez física (Gleeson, 1996; Imrie, 1996); los límites espaciales de la empatía hacia otros (Smith, 1998), y la organización geográfica de la maternidad (Holloway, 1998). En su exploración a varias escalas de la «feminización» de flujos masivos migratorios y la formación de culturas urbanas multiculturales en Europa y Estados Unidos, la geografía de género ha tenido un papel catalizador en la reformulación de conceptos de ciudadanía (Binnie, 1997; England, 1997; Fincher, 1997). Estos últimos trabajos forman parte de una revaloración más amplia del concepto geográfico de ciudadanía, reflejados en estudios que exploran la manera como la geografía ha inculcado modalidades específicas de comportamiento medioambiental como vehículo hacia formas innovadoras de ciudadanía (Maddrell, 1996; Matless, 1996b; Nash, 1996; Bell y Evans, 1997), o a través de luchas sobre la definición del acceso a espacios públicos (Staeheli y Thompson, 1997). A un nivel más abstracto, la geografía de género ha tenido un rol influyente en la interrogación epistemológica de los nuevos tipos de conocimiento geográfico que aporta una mayor «reflexividad» teórica (Rose, 1997; Schoenberger, 1998). El ensayo de Rose apunta a una posible contradicción entre el reconocimiento de la necesaria parcialidad del conocimiento feminista y el imperativo académico de comprender el contexto «total» de la investigadora y su entorno. Compartiendo la misma sensibilidad, Whatmore (1997) y Low y Gleeson (1997) revelan la paradoja que surge a raíz del impulso feminista de deconstruir el ser sexual autónomo y su intento de extender el estatus del sujeto ético hacia las esferas de lo no humano. Aunque este ensayo no presume de franquear las fronteras «estables» de la geografía cultural, cabe tomar nota del impacto copernicano que el «viraje éticocultural» está operando dentro de la subdisciplina geográfica más orgullosamente «materialista»: la economía-geográfica. A pesar de reacciones inicialmente escépticas (Sayer, 1994), el proyecto de «culturalizar la economía», de borrar las fronteras entre lo «económico» y sus representaciones, ha recibido un estímulo notable en el análisis del discurso de Bretton Woods (Leyshon y Tickell, 1994); la interrogación de prácticas culturales en el seno mismo de procesos de restructuración económica (Lash y Urry, 1994); el análisis del significado del dinero procedente del petróleo en Venezuela (Watts, 1994), y en estudios recientes de las industrias culturales (Aksoy y Robins, 1997; Boyle, 1997; Leslie, 1997; Pratt, 1997; Sadler, 1997). En efecto, son precisamente trabajos sobre las políticas culturales de consumo (Crang, 1996; Gregson y Crewe, 1997; M. Smith, 1996; Pred, 1996), por ejemplo, propios a la geografía cultural, los que están sirviendo para aclarar las formas en que localidades diversas se articulan con lo global por medio de la internalización de las relaciones geográficas más extensas (Massey, 1993). El horizonte de la nueva geografía cultural Doc. Anàl. Geogr. 34, 1999 61 DAG 34 053-068 20/5/99 16:10 Página 61 STAEHELI, L.A.; THOMPSON, A. (1997). «Citizenship, community, and struggles for public space». The Professional Geographer, 49 (1), p. 28-38. STEEDMAN, C. (1995). «Maps and polar regions: a note on the presentation of childhood subjectivity in fiction of the 18th and 19th centuries». En PILE, S.; THRIFT, N. (eds.). Mapping the subject. Londres: Routledge. TAKAHASHI, L. (1996). «A decade of understanding homelessness in the USA». Progress in Human Geography, 20, p. 291-311. TESFAHUNEY, M. (1998). «Mobility, racism, and geopolitics». Political Geography, 17 (5), p. 499-515. THRIFT, N. (1996). Spatial formations. 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