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Tomás Romay en la tradición clásica cubana

Carbón Sierra, Amaury B.

Abstract

Carbón Sierra, Amaury B.

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Uno de los más distinguidos representantes de la tradición clásica en Cuba y de las ideas de la Ilustración lo fue el sabio médico y notable profesor universitario de Vísperas (Patología) y de Texto Aristotélico Tomás Romay y Chacón (La Habana, 1764-1849), a quien se le debe el haber sido el introductor y propagador de la vacuna y de la higiene pública en la Isla —entonces colonia de España—, y el propulsor del estudio de la medicina y de las ciencias naturales con un carácter científico, frente a la escolástica y la ignorancia imperante. Considerado por todo ello el iniciador del movimiento científico en nuestro país, Tomás Romay abordó en sus trabajos las más disímiles materias, además de la medicina y la filosofía, entre las que se hallan la botánica, la química, la agricultura, la historia del arte, la sociología, y la educación y la gramática (latina). En relación con estas dos últimas, y acorde con los intereses de la nueva clase social, la burguesía criolla azucarera, Romay —socio de número— se pronunció en la Sociedad Económica de Amigos del País, entonces Sociedad Patriótica de La Habana, no sólo partidario fervoroso de la propagación de la instrucción pública mediante la creación de escuelas gratuitas y el empleo de métodos y sistemas pedagógicos nuevos como el de Pestalozzi, sino que presentó en la sesión del 20 de septiembre de 1794 su iluminada Memoria de la clase de Ciencias y Artes para mejorar la enseñanza de la gramática latina.1 En esta memoria Romay expresa su preocupación por el hecho de que los jóvenes no pueden comprender las obras didácticas de la ciencia ni disfrutar los preciosos días de la vida literaria por desconocer aquel idioma hermoso en que están escritos los libros más elementales de toda clase; y atribuye al método con que se enseña o a los maestros que lo ejecutan los defectos que en su dominio y perfeccionamiento presentaban los jóvenes. Por eso, el ilustrado cubano propone exámenes de oposición para proveer cátedras, y que se les concedan los mismos honores y prerrogativas a estos profesores que a las cátedras de Filosofía y Teología. 1. ROMAY, Tomás, Obras completas (Introducción de José López Sánchez), La Habana, Academia de Ciencias de Cuba, 1965, t. II, p. 255-256. A esta obra, que ha sido la principal fuente bibliográfica, aun cuando no se le cite de continuo, remiten las indicaciones de tomo y página. Faventia 24/2, 2002 121-126 Tomás Romay en la tradición clásica cubana Amaury B. Carbón Sierra Universidad de La Habana Data de recepció: 19/01/2001 Faventia 24/2 001-204 19/12/02 11:12 Página 121 Vale recordar que el privilegio concedido a algunas cátedras tenía como precedente lejano la Carta Magna que Alfonso el Sabio otorgó a la Universidad de Salamanca el 8 de mayo de 1254 fijando el salario diferenciado de cada una.2 Hay en alguna medida, en esta consideración del latín expresada por Romay, una visión distinta de aquella en que se estudiaba la lengua del Lacio por sí misma, como lengua viva —era el medio de comunicación académica erudita y el idioma oficial de la Iglesia—, sin tener en cuenta o sin poner énfasis en el disfrute de la literatura escrita en ella. Téngase presente que aún en estos años las clases superiores se explicaban en latín, la bibliografía estaba en esa lengua, y en ella se redactaban las tesis o cuodlibetos y se discutían ante el tribunal, por lo que Romay tuvo que utilizar el latín en los estudios y los ejercicios que lo condujeron a la obtención de los grados menores y los títulos de Maestro en Artes y Doctor en Medicina, y en su labor profesoral. Precisamente, relacionada con esta faceta suya, se conserva la tesis que le dedicara en 1818 en la Universidad de La Habana Agustín Encinoso de Abréu, quien fuera después un connotado profesor de Prima (Fisiología) y de Patología: Medicis congnitionibus necri etiam bonarum artium naturaliumque scientiarum viro praestantissimo DDD Thomas Romay. Has theses d. Agustinus Encinoso de Abreu dicat [...].3 Mucho tiene que ver, sin dudas, en esta actitud de Tomás Romay ante el latín —presente también en José Agustín Caballero y Félix Varela, entre otros—, la nueva corriente filológica surgida en Alemania a fines del siglo XVIII y denominada neohumanismo en oposición al humanismo anterior. No se debe olvidar que el ilustrado cubano conocía y admiraba los aportes de Winkelmann —uno de los iniciadores de ese movimiento—, al cual cita tiempo después en su discurso con motivo del traslado de la Sociedad Económica a una nueva sede.4 Romay, quien ascendió durante su carrera profesional a los más altos cargos en la Facultad de Medicina (1832) y en la Sociedad Económica (1842), y fue socio o miembro de prestigiosas academias y sociedades europeas, además de Médico de la Real Familia, es autor también en el campo del humanismo del artículo «Defensa de Cicerón»,5en el cual considera con cierta exageración al famoso orador uno de los mayores poetas de un siglo en que comenzaba la buena poesía. No le faltaban, sin embargo, razones, pues al Arpinate se le concede también un puesto en el desarrollo de la técnica de versificación latina y el del lenguaje poético. Seguidamente se pregunta: «¿Hay acaso cosa más bella que los versos que se conservan de su poema épico sobre Mario, y que tanto nos hacen sentir se haya perdido aquella obra?». Para apoyar su afirmación transcribe un fragmento conservado de esa obra: 122 Faventia 24/2, 2002 Amaury B. Carbón Sierra 2. GIL, Luis, Panorama social del humanismo español 1500-1800, Madrid, Alhambra, 1981, p. 9. 3. ARCHIVO HISTÓRICO DE LA UNIVERSIDAD DE LAHABANA, Expediente 3997, p. 166v y 168v. 4. Obra citada en nota 1, t. II, p. 239. 5. Ibidem, t. II, p. 245. Faventia 24/2 001-204 19/12/02 11:12 Página 122 Sic Jovis altisoni subito pinnata satelles Arboris e trunco serpentis saucia mirsu, Ipsa feris subigit transfigiens unguibus anguem Semanimum, et varia graviter cervice micantem, Quem se interquentem lanians, rostroque cruentans, Jam satiata animos, jam duros alta dolores, Abijicit et flantem, et laceratum affligit in undas, Seque obitu a solis nitidos converti ad ortus. Aunque reconoce que nuestras lenguas «no llegan a verter la energía armoniosa de los versos latinos o griegos», agrega: «con todo procuraré sacar un bosquejo de este pequeño cuadro hecho por el pincel de aquel grande maestro, para que aun los que no entienden el latín formen una corta idea del talento poético de Cicerón». De esta manera se convierte Tomás Romay en uno de los traductores literarios del latín, si bien su labor en este campo fue modesta. He aquí su versión, bastante libre, en la que trata de trasmitirnos sobre todo la fuerza y la vivacidad del relato: Así el ave que sirve al Dios Tonante Al sentirse mordida de serpiente Salta, la punza con garra penetrante, Vuela, suspende firme prepotente A la bestia que lucha agonizando La lustrosa cerviz horrores dando, Mas el águila atroz que se encarniza Con el pico la tira y desenreda, La maltrata, la rompe y descuartiza; Y ya que harta de venganza queda Al monstruo arroja, que en el agua espira [sic] Y ella triunfando por el cielo gira. Tomás Romay, hombre de vasta erudición y multifacética cultura, por razón de su formación académica y el ambiente de la época, sintió una gran atracción por todo lo relacionado con la cultura grecolatina. En sus trabajos se refirió de continuo a personajes, situaciones y obras del pasado, tanto para apoyar sus argumentaciones como para cualificar los hechos presentes o actuales, aprovechando el prestigio de esa cultura, que era objeto entonces de un verdadero culto. Es por ello que se registran en las obras completas de este autor 407 referencias explícitas al mundo antiguo, de las cuales el 54% (220) remiten a la civilización romana y el resto, a la cultura griega, si bien las asume a ambas como una unidad, por lo que no se necesita mantener esa distinción. Casi todas las citas, menciones y alusiones se localizan en sus trabajos políticos y literarios, y en buena medida en los relacionados con acontecimientos de actualidad, como la invasión napoleónica a la Península y los referidos a los dos períodos constitucionales en España. Indudablemente, de la civilización grecolatina, rica en experiencias y ejemplos de luchas políticas y conductas ciudadanas paradigmáticas, la nueva clase podía Tomás Romay en la tradición clásica cubana Faventia 24/2, 2002 123 Faventia 24/2 001-204 19/12/02 11:12 Página 123 extraer los modelos ideales para formar o exaltar el patriotismo, el civismo, el juicio personal, la autoconciencia, y Romay —como otros autores— estaba persuadido de ello. Cabe señalar en este sentido la presencia en el Papel Periódico de La Habana —del que el sabio fue redactor— y en otras publicaciones, de anécdotas sobre Mucio Scévola, la muerte de Séneca, la muerte de Plinio y fragmentos de Horacio, por sólo citar algunos ejemplos. Al mismo tiempo, en las aulas del Real y Conciliar Seminario de San Carlos y San Ambrosio se leían los Oficios o Deberes de Cicerón, la Vida de Agripa de Tácito, así como a otros autores, considerados sublimes modelos de virtudes sociales.6Será, pues, en este paradigma clásico de ciudadano ideal en el que formarían —al igual que los revolucionarios de América— los hijos de la burguesía cubana, la cual por sus intereses y aspiraciones estaba llamada a ir más de las reformas políticas y desencadenar, tarde o temprano, la lucha por la independencia nacional, como históricamente ocurrió cuando las contradicciones entre la Colonia y la Metrópoli estuvieron maduras. Es por las razones expuestas —y tal vez por otros factores—, por lo que los personajes alcanzan la mayor representación dentro de las referencias clásicas: un 89,7% (367). Debe destacarse, además, el hecho de que sean las de carácter histórico y las histórico-literarias las más favorecidas, pues les corresponde el 93,7% (344), mientras que el porcentaje restante recae en las mitológicas, algunas de las cuales —las más características— aluden a personajes homéricos. De los autores griegos —como era de suponer— los dos más mencionados son Hipócrates (15) y Aristóteles (12), autoridades en su época en los campos respectivos y puntos de referencia obligados para las venideras. En el caso de los latinos, Marco Tulio Cicerón, citado diecinueve veces, principalmente por su sublime elocuencia, su vehemencia y su talento poético, supera con creces, no sólo a su más cercano contrincante, Virgilio (8), cuya lectura es fermento para la noción de patria, según Alfonso Reyes,7sino a los autores griegos, lo que convierte al Arpinate en el escritor de la Antigüedad más mencionado por Romay, quien, a más de varias disertaciones, pronunció nueve discursos, aunque no se le deba considerar un orador en toda la extensión de la palabra. Es evidente que la gran admiración del cubano por Cicerón radica en su estilo periódico característico. Esto, sin contar con que el principal modelo de habla en latín que se seguía entonces era aún, como en otras partes del mundo, el ciceroniano, combatido en sus excesos por Erasmo de Rotterdam. Por supuesto, que la ampulosidad y retoricismo de Romay y su estilo impersonal distaban muchísimo de su paradigma. No obstante, como ha señalado Max Henríquez Ureña,8ningún escritor fue más celebrado por sus contemporáneos, lo cual atribuye a la gran estimación de que gozaba por sus cualidades de carácter y por sus servicios eminentes a la sociedad en que vivía. 124 Faventia 24/2, 2002 Amaury B. Carbón Sierra 6. CABALLERO, José Agustín, Escritos varios, La Habana, Edit. Universidad de La Habana, 1956, t. I, p. 195. 7. REYES, Alfonso, Ensayos, La Habana, Casa de las Américas, p. 109. 8. HENRÍQUEZ UREÑA, Max, Panorama histórico de la literatura cubana, La Habana, Ediciones R, 1967, t. I, p. 94. Faventia 24/2 001-204 19/12/02 11:12 Página 124 En cuanto a la figura retórica o recurso mediante el cual se apropia Romay de las referencias, es la mera mención o evocación del pasado la característica predominante en él, a diferencia de otros autores que se apoyan más en el símil o la metáfora. Muchas veces aparecen en contrapunto y otras a manera de ejemplificación, sin que medien nexos explícitos. He aquí algunos ejemplos: […] repetirá el juramento que pronunció Aníbal tocando el sepulcro de Amílcar: Odio eterno a los romanos; nunca paz a Napoleón. Uno de mis compañeros, más ontologista que clínico, abusó de la licencia que concede Horacio para imponer nuevos nombres a las cosas nuevas, tomándolas si fuera necesario del idioma griego. La fiebre llamada amarilla no era una enfermedad desconocida (I, 102). Solón, sin más autoridad que el respeto y veneración que le conciliaba su sabiduría, pretende fijar con leyes la inconstancia del pueblo más voluble de la Grecia (II, 187). Abundan también los símiles como en: «Entran en Zaragoza, y el pueblo recibe a esos campeones con tanto aplauso y admiración como Pérgamo a Xenofonte y a los diez mil griegos confinados en Persia» (II, 76); o bien: «Parecíame [al trasladarse las cenizas de Cristóbal Colón] que miraba introducir por las calles de Roma el cadáver de Marco Aurelio, muerto en la guerra de Germania» (II, 220). Hay igualmente ejemplos de antonomasia en: «Cuando la pluma de un Salustio [un historiador] presente a la posterioridad el cuadro horrible que sólo he bosquejado» (II, 55). Y «!oh tú, nuevo Ulises [ejemplo por excelencia de caudillo capaz de conducirlos a una victoria]» (II, 67). No faltan tampoco las perífrasis, como la de: «el discípulo de Sócrates» para referirse a Séneca (II, 60), aunque se observa aquí, además, el empleo de Sócrates como antonomasia de filósofo. De las citas en latín (24), la mayoría (16) se utiliza como epígrafe de las refutaciones y artículos periodísticos; dos, como títulos de trabajos suyos; dos más aparecen como citas textuales, y los otros cuatro se hallan en las notas. En relación con las menciones y alusiones restantes (40), que representan el 10,3% del total, y atendiendo al objeto a que hacen referencia, se deben incluir dentro de las culturales en general (artes plásticas, filosofía, objetos...), pues resulta innecesario o no pertinente proceder a nuevas clasificaciones. Las hay que aluden a situaciones como: «las ruinas de Herculano y Pompeya son dos minas riquísimas de los modelos admirables de Grecia y Roma» (I, 51); y: «Atenas y Roma os habrían esculpido en el templo de Minerva y el Capitolio entre los nombres de Harmodio y Codro...» (II, 38); otras se refieren a lugares como las «columnas de Hércules» [estrecho de Gibraltar], repetida varias veces (6) y «yo me considero trasportado a las márgenes del Alfeo en los días felices de la Grecia y desde allí ver congregarse en aquel valle espacioso el lacedemonio y ateniense, el tebano y corintio, el literato y atleta, el rey y el ciudadano…» (II, 202). Se hallan entre ellas, por último, las menciones a libros griegos, emperadores, consulado de Druilio, catacumbas, batalla de Canas, Areópago, y muchas más que completan la idea que se ha querido dar de la fructífera apropiación que hizo Tomás Romay de la cultura grecolatina. Tomás Romay en la tradición clásica cubana Faventia 24/2, 2002 125 Faventia 24/2 001-204 19/12/02 11:12 Página 125 Es por ello, y por todo cuanto se ha dicho, que el sabio Tomás Romay y Chacón, promotor del perfeccionamiento de la enseñanza del latín para su dominio y disfrute, latinista él mismo, profesor de Filosofía y Latín en la Universidad de La Habana, traductor literario de un fragmento poético de Cicerón, y afecto a la cultura grecolatina en general —aparte del sitial de honor que le corresponde como hombre de ciencias—, ocupa, por derecho propio, un lugar relevante en la tradición clásica cubana. 126 Faventia 24/2, 2002 Amaury B. Carbón Sierra Faventia 24/2 001-204 19/12/02 11:12 Página 126