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Ressenyes

Jiménez Díaz, José Francisco

Abstract

Obra ressenyada: Francisco ENTRENA DURAN, Modernidad y cambio social. Madrid: Editorial Trotta, 2001.

Full text

Papers 68, 2002 219-229 Ressenyes Esta completa monografía de Francisco Entrena Durán se compone de nueve capítulos. En ellos se hace una revisión de las distintas posiciones con respecto a la modernidad y de las imágenes de ésta, como referente del cambio social, manifestadas por el pensamiento sociológico a lo largo de los dos últimos siglos. El objetivo primordial es responder a la siguiente pregunta: «¿qué sentido tiene seguir hablando hoy de la modernidad, cuando tanto se ha dicho sobre ella, cuando para muchos hace ya tiempo que hemos entrado en una nueva era que ha sido reiteradamente tipificada como era de la posmodernidad?»(p. 11). Su autor, Francisco Entrena Durán, es doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, profesor titular de universidad, investigador y docente en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad de Granada (España). La teoría sociológica y el cambio social constituyen áreas prioritarias en las preocupaciones intelectuales de Entrena, como aparece en la bibliografía y están presentes en el proyecto y la realización del libro. En la introducción general, Entrena Durán analiza el marco teórico e histórico que posibilitó el nacimiento de la sociología. Es precisamente este marco el que propició las transformaciones que dieron lugar a la emergencia de la modernidad en Occidente, la cual a la vez fue una consecuencia de los cambios sociales que se derivaron de tales transformaciones. Después, en este capítulo introductorio, se presentan, de modo sistemático y detallado, dichos cambios, así como las características generales de la sociedad moderna que resultó a raíz de los mismos. Todo ello tiene el propósito de proporcionar al lector una imagen general del orden social que se pone en marcha con la modernidad. Ésta, según Entrena, es el referente y el horizonte de cambio social que analizaron las figuras más representativas del pensamiento social occidental de los siglos XIX y XX. Una de las principales características que emergen en esta época es la aceleración y la generalización del cambio social. Según Entrena, algunos de los pensadores ilustrados pueden destacarse como los precursores de la sociología y de la idea ENTRENA DURAN, Francisco Modernidad y cambio social Madrid: Editorial Trotta, 2001 278 p. ISBN: 84-8164-442-0 de modernidad. Estos iniciadores de la conciencia reflexiva sistemática sobre los procesos sociales hacia la modernidad son los siguientes autores europeos: Montesquieau (1689-1755), Rousseau (17121778), Tocqueville (1805-1859) y SaintSimon (1760-1825). «El cambio social hacia la modernidad en Comte y en Spencer» (p. 43) es como titula Entrena el primer capítulo de su obra. En él se discuten las perspectivas generalistas sobre la evolución de la sociedad y de la humanidad que aportan tanto la «ley de los tres estados», de A. Comte (1798-1857), como la «analogía orgánica» y la «ley general de la evolución de la sociedad», de H. Spencer (18201903). Se entiende que ambos autores tienen más puntos en común que diferenciadores, pues recurrieron a la «metáfora orgánica» como medio de establecer una analogía entre la evolución de la humanidad y la de los organismos biológicos, al tiempo que los dos se insertaron en una corriente de pensamiento sociológico que admite la evolución de las sociedades humanas desde etapas primitivas hasta etapas avanzadas, preponderando en éstas últimas la paz, la industria y el progreso. Ya en esos primeros momentos la modernidad es comparada con la propia sociedad industrial y es vista como una meta hacia la que tiende la humanidad, en continua superación de los elementos más tradicionales. El segundo capítulo es titulado «Marx: rechazo de la modernidad y búsqueda revolucionaria de sus ideales». En él, Entrena, analiza el pensamiento de Karl Marx (1818-1883), que supuso un verdadero contraste con todo el pensamiento clásico de las ciencias sociales. Esta idea es argumentada, por el profesor de la Universidad de Granada, basándose en la Tesis XI sobre Feuerbach de Marx: «los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diferentes maneras, pero lo que importa es transformarlo» (p. 68). Con esta sentencia, el filósofo y economista alemán estaba apelando a la acción práctica o compromiso con la realidad que ha de tener todo científico social. Es la indisoluble unidad que ha de haber entre la teoría y la acción social o el ser y el deber ser, para la corriente que inauguraron Marx y su colaborador F. Engels (18201895). El científico es llamado a comprometerse con las transformaciones sociales en marcha, de cara a conseguir la materialización revolucionaria de una utópica sociedad socialista, en la que se harán realidad muchos de los ideales anhelados por la modernidad. Por otra parte, K. Marx, según Entrena, nos aporta una perspectiva macrohistórica de los cambios sociales que se habían dado a lo largo de la historia. Una perspectiva que se sustenta en los conceptos marxistas de «fuerzas productivas y relaciones de producción» (p. 70), «alienación» (p. 72) y «lucha de clases» (p. 78). A su vez, esta estructura teórica nos lleva a la teoría del conflicto y del cambio social. Teoría del cambio social que pone en cuestión los presupuestos teóricos pretendidamente universales y científicos del sistema económico moderno (Marx lo llamó «capitalismo»), que no hacía sino ocultar los intereses de la clase dominante o clase burguesa. En el tercer capítulo de su libro, el profesor Entrena pone de manifiesto las actitudes de desencanto con la modernidad, apoyándose en el estudio de las aportaciones de F. Tönnies (1855-1936), E. Durkheim (1958-1917) y M. Weber (1864-1920). De este modo, se confirma que las desilusiones y las actitudes críticas con relación a la modernidad no son, como parece desprenderse de la lectura de algunos posmodernos, características de los tiempos recientes. Estas desilusiones hunden sus raíces en la propia historia de la modernidad. Si bien es cierto que en el Occidente del siglo XIX las actitudes dominantes, sobre todo entre las clases beneficiarias del proceso de cambio social, eran básicamente optimistas, pronto se manifestó el carácter ambivalente de la 220 Papers 68, 2002 Ressenyes modernidad, cuyas consecuencias no sólo eran positivas sino que incluso en ocasiones podían llegar a ser trágicas, tal y como puso de relieve la llegada de la Primera Guerra Mundial, la cual vivieron los tres pensadores comentados. Además de analizar el progreso material y económico que conlleva la modernidad, Tönnies, Durkhein y Weber se preocupan por observar el declive moral y el consecuente desencanto vital que acarreaban los tiempos modernos. De este modo, según Entrena, Tönnies constató el progresivo deterioro de la comunidad o Gemeinschaft y la consecuente pérdida de valores en ella. Durkhein destacó la escasa cohesión grupal que existe en las asociaciones humanas modernas, con lo que el individuo acaba perdiendo sus referentes morales, lo cual el sociólogo francés llamó «anomia». Weber puso de manifiesto las posibles consecuencias negativas del proceso de racionalización y burocratización de las sociedades modernas. Sociedades que llevaban a los actores sociales a formar parte de grandes instituciones que les confinaban a ejercer determinados cargos o funciones y donde perdían el sentido de su acción social. El cuarto capítulo, que es el más relevante de los hasta ahora glosados, lo titula Entrena: «Los clásicos y la modernidad: Diversidad de enfoques y unidad en sus preocupaciones centrales» (p. 133). En él se pone de manifiesto que la diversidad de enfoques enriquece, y la unidad de preocupaciones sistematiza el cuerpo teórico de la sociología como disciplina científica. En efecto, la mayoría de los clásicos coincidieron en su consideración científica de la sociología y en la perspectiva macrohistórica con la que se podía abordar el estudio riguroso de las sociedades humanas, además de manifestar la utilidad de aquélla para la transformación social. Debido a ello, se ha podido establecer una serie de ideas elementales que centraron las investigaciones de los pensadores clásicos. Pero esta coincidencia no llevó a los clásicos a contemplar de igual manera los mismos hechos sociales. Así, en el caso de estudio de la religión, mientras que para Marx y Comte fue identificada con el atraso, el oscurantismo o la falsa conciencia que se superaría mediante el afianzamiento de la modernidad, Durkheim supo captar las funciones que la religión puede cumplir de cara a propiciar los procesos de integración, y Weber estableció una relación entre la conciencia religiosa puritana calvinista y el proceso de cambio social hacia la modernidad capitalista en su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905). Del declive del evolucionismo unilineal a la relativización de la modernidad, habla Francisco Entrena en el quinto capítulo de su obra. Además, se hace énfasis en lo que el autor denomina «perspectivas cíclicas del cambio social» (p. 163). De forma más o menos acusada, estas perspectivas tenían una imagen decadente de la modernidad industrial occidental y percibían el cambio social no como una línea ascendente de continuo progreso que culminaba con dicha modernidad, sino como una sucesión de ciclos en la que ésta era vista como una etapa más en el círculo de la historia. Dichas perspectivas están representadas por los siguientes autores: Spengler (1880-1936), que escribía sobre la inexorable decadencia de Occidente justo antes de la Primera Guerra Mundial; Toynbee (18891975), quien hizo un análisis riguroso de la historia y de las diferentes civilizaciones a lo largo de sus etapas, que tipificó como de florecimiento, desarrollo, decadencia y desintegración; Sorokin (18891968) y su obra magna Social and Cultural Dynamics (1937), en la que se ponen de relieve los tipos culturales y las relaciones lógico-significativas que conforman toda civilización, puesto que según él el cambio social es el resultado de la oscilación entre las distintas etapas de la historia en las que dominan diversos tipos culturales (ideacional, sensible e idealisRessenyes Papers 68, 2002 221 ta) y Pareto (1848-1923), quien manifiesta la estrecha relación entre la teoría de la acción social y su concepción elitista del poder con su teoría de la circulación de las elites y su enfoque cíclico del cambio social. La corriente funcionalista de la sociología es estudiada, en lo que se refiere a sus visiones de la modernidad y del cambio social, por Entrena Durán. Esta tarea se lleva a cabo en el capítulo sexto de la obra, en el que el autor, después de realizar unas acertadas precisiones conceptuales previas sobre el concepto de función y sus múltiples significados, emprende el estudio de los máxim os representantes del estructural-funcionalismo. El hecho de que el funcionalismo surgiera como una reacción frente al evolucionismo decimonónico clásico, influyó decisivamente en que aquél tendiera a relegar el interés por analizar el cambio social que arraigó tanto en éste. De hecho, la metodología funcionalista se construyó para estudiar todo lo que contribuye a la integración, lo que lleva a su inadecuación para explicar el cambio social. En esta línea, se analiza el pensamiento de los antropólogos funcionalistas B. Malinowski (1884-1942) y A. R. Radcliffe-Brown (1881-1956), quienes destacaron lo que había de funcional en los elementos culturales de las sociedades no modernas, que, según ellos, habían de ser estudiadas en sus particulares contextos sociales e institucionales. Al estudio de T. Parsons (1902-1979), máximo representante del funcionalismo en el siglo XX , se le dedica un apartado independiente en este capítulo sexto del libro. Parsons desarrolló su enfoque estructuralfuncionalista, con el objeto de explicar las funciones sociales, a diversos nive les, desde su relación con el sistema o la estructura social global. Consideró el sociólogo norteamericano a la sociedad, resalta Entrena, desde un punto de vista general y abstracto, ya que su objetivo era determinar cuáles eran las funciones fundamentales que han de cumplirse para que la sociedad exista, se mantenga integrada y se perpetúe en el tiempo. Esta misma obsesión de T. Parsons por comprender los elementos integradores de la sociedad lo llevó a una serie de dificultades en su enfoque para explicar el cambio social, al que percibía desde una perspectiva neoevolucionista y prooccidentalista. Sin embargo, R. K. Merton (1910-), a quien se dedica otro apartado en este capítulo, fue el más original de los funcionalistas contemporáneos, al observar los elementos desintegradores y de conflicto que se desarrollan en todo sistema social. Por eso Merton habló tanto de funciones manifiestas (contribuyen a la integración) como de funciones latentes (llevan al conflicto y al cambio); por lo que su enfoque era más adecuado para tomar en consideración el cambio social. A finales de la década de 1940 los procesos de descolonización llevaron al surgimiento de un gran número de países independientes, lo cual propició el nacimiento y desarrollo de las denominadas «teorías de la modernización». Estas teorías y su relación con el cambio social hacia la modernidad son estudiadas en el capítulo siete del libro. El autor del mismo realza que con frecuencia las teorías de la modernización identifican a ésta con el desenvolvimiento económico experimentado en los países industrializados de forma casi unívoca. Es decir, las teorías de la modernización equiparaban progreso con modernización económica, social, cultural o política. Si los clásicos decimonónicos confiaban en el progreso general de la humanidad de estadios primitivos a estadios avanzados, los teóricos de la modernización solían considerar que cualquier sociedad subdesarrollada podía alcanzar niveles de desarrollo económico semejantes a los estándares de los países industrializados occidentales si adoptaba las reglas de juego socioeconómicas, político-institucionales y culturales de tales países. Distingue Entrena dos corrientes teóricas principales de la modernización: 222 Papers 68, 2002 Ressenyes las teorías liberales y las perspectivas marxistas o críticas (p. 213 y 218). Entre los representantes de las teorías liberales se analizan los siguientes autores: W. W. Rostow y sus etapas del crecimiento económico, K. W. Deutsch, D. E. Apter, S. N. Eisenstadt y D. Lerner. Las perspectivas marxistas de la modernización parten de los estudios de K. Marx y Lenin y los continuadores en la segunda mitad del siglo XX son S. Amin, A. G. Frank, P. Baran y Sweezy, F. H. Cardoso y E. Faletto y, desde una perspectiva más genuina, I. Wallerstein, que teoriza sobre las relaciones económicas y sociales en la historia del sistema económico mundial. Después del estudio de dichas teorías sobre la modernización, el autor pone de relieve que tanto unas como otras coinciden en una serie de conceptos que forman parte del progreso como metarrelato o meta a la que se aspira. Y esos conceptos son: crecimiento económico, occidentalización y racionalidad formal-instrumental. «Modernidad y modernización en la era de la globalización» (p. 233) es como se titula el último capítulo de la obra que comentamos. En él, el profesor de la Universidad de Granada argumenta que los posmodernos han adoptado una imagen unidimensional de la modernidad. De forma amplia, según el autor, el término posmodernidad alude a la realidad de un mundo en el que se ha hecho evidente un estado de crisis y de incertidumbre generalizadas. Pero el término posmodernidad es equívoco por dos razones: dicho concepto alude a lo que sucede por negación, con lo cual desatiende el análisis de la realidad, y además el vocablo posmodernidadda la idea de una rápida discontinuidad entre ésta y la modernidad, lo cual contradice el conocimiento elemental de que la historia humana marcha en proceso. Por esto, el concepto de posmodernidad no es apropiado para entender el actual y complejo proceso de globalización en que se hallan insertas las sociedades actuales. Así, en los debates intelectuales de los últimos años es más frecuente hablar de globalización que de posmodernidad. De acuerdo con los anteriores argumentos, el autor continúa hablando de una intensificación de la reflexividad social, como una característica notable de la expansión de la globalización. Ésta se manifiesta sobre todo como una creciente globalización de los escenarios locales, que han pasado de la autarquía a la desterritorialización. Desterritorialización que lleva a que el espacio localizado deje de ser un elemento central de la vida socioeconómica, a la vez que se imponen una serie flujos financieros y económicos globales que, con frecuencia, tienen más capacidad de acción y decisión que los actores locales sobre sus propios espacios y estructuras sociales. De forma paralela, se dan tentativas de reterritorialización que reaccionan frente a los flujos de internacionalización y por los que se intenta buscar y aportar identidad local en espacios y estructuras sociales ya globalizados. También, dentro de este capítulo, el autor reivindica la vigencia de la modernidad como horizonte de cambio social. Así, a modo de conclusión, propone un detallado modelo para la investigación de los procesos de modernización, estimando las dimensiones socioeconómica, político-institucional y simbólico-legitimadora o cultural para el análisis de los procesos actuales de modernización y globalización de los espacios locales. Pienso que el modelo de análisis que propone el profesor Entrena, es válido para interpretar los actuales procesos globales en que se hallan inmersas muchas de las sociedades locales contemporáneas. O lo que es lo mismo, con dicho modelo es posible un estudio riguroso y sistemático de las manifestaciones de lo global en lo local y viceversa. La interacción de lo global con lo local se ha convertido en uno de los dilemas clave a la hora de interpretar y explicar la acción y los procesos sociales contemporáneos. De Ressenyes Papers 68, 2002 223 224 Papers 68, 2002 Ressenyes tal modo esto es así, que se torna en una quimera, actualmente, pretender estudiar la estructura social de una comunidad local, llámese ciudad, provincia, región o incluso Estado nación, sin tener en cuenta las relaciones que dichos ámbitos locales tuvieron y tienen con sus contextos globales de referencia, como pueden ser: el sistema económico mundial, los diversos Estados nación, las empresas multinacionales, las múltiples organizaciones internacionales (Unión Europea, OTAN, ONU, etc.) y las innumerables organizaciones no gubernamentales. Por este motivo, no es extraño que muchos estudiosos de los fenómenos urbanos contemporáneos denominaran «ciudades globales» a las zonas urbanas que por sus propias características tienen una conexión directa y primordial con el sistema socioeconómico internacional. Pero en la actualidad incluso los pequeños espacios más remotos y aislados, debido a los avances tecnológicos y a las comunicaciones, suelen disponer de toda una serie de vínculos con el sistema social global. José Francisco Jiménez Díaz CHOZA, Jacinto Antropología filosófica. Las representaciones del sí mismo Biblioteca Nueva, 2002 Muchos de los conflictos sociales, culturales, religiosos y políticos que sacuden los frágiles cimientos de nuestra palpitante realidad obedecen a una misma razón: la capacidad de olvido inherente a la condición humana. De ello hablaron con contundencia Adorno y Horkheimer para explicar los peligros que se esconden en cualquier proyecto humano inicialmente emancipador y finalmente dominador. No en vano, cuando se olvida que instituciones, simbolismos, representaciones, banderas, fronteras y demás tuvieron un principio en la contingencia de la historia se crean las condiciones que favorecen la naturalización de la realidad a la mano, que acentúan la inmutabilidad del hecho social y la inmortalidad de todo cuanto nos rodea. En estas situaciones es un lugar común privilegiar expresiones como «siempre ha sido así», «desde los orígenes», «la tradición dice», que, en el fondo, ponen de relieve, como afirmaba Freud, la zozobra que vive el espíritu humano ante la extinción, la caducidad y la fragilidad de todo lo que forma parte de su existencia. El miedo a la muerte obliga a acorazar su circunstancia con débiles muros constituidos por materiales como el miedo, la angustia, la proyección, el olvido y la naturalización y cuya vida apunta, como toda realidad dotada de principio, al decrépito final. Una de las aportaciones del excelente trabajo de Jacinto Choza titulado Antropología filosófica. Las representaciones del sí mismo va en esta dirección. No en vano, se trata de un libro que (nos) hace recordar, como forma privilegiada de conocimiento de la que hablaba Platón, la variedad expresiva y figurativa de que se ha dotado el hombre en un escenario histórico que no es otra cosa que la sucesión de sus propias representaciones. Su lectura hace visible al hombre de hoy el cúmulo de rostros de que se ha servido para forjar una vida tocada por el sentido, afectada por el valor, ansiosa de expresarse en acciones como la ritual, la litúrgica, la teatral, la cognitiva y la estetizante de nuestra posmodernidad. El autor dedica páginas de un elevado nivel